Ariel (El jefe nº 2)
Sinopsis
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
- No hemos terminado, bomboncito.
Un golpe cortó el aire. Contuvo el aliento. En ese instante no le gustaría nada ser ese hombre. Cuando su amiga se enfadaba, todo el que estuviera a su alrededor, se topaba de lleno con un fuego demoledor muy difícil de apagar. Se podía comparar con un bosque ardiendo, que por mucho que se intentara reducir, si no se podía controlar, seguía avanzando arrasando hectáreas y más hectáreas.
Así era su amiga; un fuego fuera de control, dispuesto a arrasar y derruir a
cenizas a todo el que no se apartara de su camino.
- Dime.
- ¿Le acabas de cruzar la cara?
Sabía la respuesta, pero necesitaba la confirmación.
- Dos veces.
Su amiga rompió a reír. Alucinó. Su amiga era única.
- ¿Por qué? ¿Qué ha hecho?
El silencio se abrió paso llenando los segundos que transcurrían.
- Me ha acorralado.
No le hizo falta tener a su amiga delante para saber que se había encogido de hombros.
- ¿Cómo?
Oyó el movimiento de su sillón de oficina. Su amiga debía haberse sentado y estar mirando por la ventana como las nubes negras iban cerrando el cielo.
- Ha entrado a mi despacho. El capullo ha cerrado la puerta, ha venido hacia mí, luego me ha cogido en brazos como si fuera una puta muñeca hinchable para colocarme encima de la mesa y así poder colocarse entre mis piernas. ¿Te parece poco?
Ocultó una carcajada. Ya solo le faltaba cabrear a su amiga y que le colgara el teléfono.
- Y el verdadero motivo es...
- ¿No puedes callarte nunca?
- No si sé que hay más. — Contraatacó.
- El imbécil a conseguido que perdiera la cabeza a tal punto que su mano a terminado dentro de mis bragas, tocándome de una manera que... ¡Joder, me ha hecho ir en segundos!
- ¿Qué tal si cenamos y me informas de las novedades?
- ¿Qué tal si te bloqueo y te tacho de mi lista de amistades? — Se burló.
- Tú sabrás, pero entonces yo no podría contarte que de nuevo he dejado que Dmitriy se meta en mi cama, que otra vez quiere que me quede en su casa y que estoy en su maldita puerta sin saber si debo entrar o si debo irme.
- ¡Eso es fenomenal! — Gritó su amiga eufórica.
¿Dónde veía ella lo genial en todo lo que le había dicho?
- No estoy de acuerdo.
Su amiga se calló de golpe.
- Pero a ver, Ariel, ¿a ti qué te pasa? Llevas un mes lamentando que te haya dejado. Un mes en el que nos has apartado y en el que te has encerrado. Un mes en el que has parecido una muerta, comiendo porque lo necesitabas para subsistir, pero no pasando de lo justo para poder mantenerte de pie. — Cogió aire. - Ahora me dices que de nuevo te quiere en su vida y que está yendo a por ti otra vez sin dejarte opción a que salgas huyendo... ¿Y te atreves a decir que no sabes que a hacer?
- No lo entiendes...
- ¡No, no te entiendo! Deberías estar dando saltos de alegría porque ese hombre que por cierto te ama, quiera volver contigo.
¡Zas! Otra vez conseguía cerrarle el pico con dos frases.
- Pero es que ese hombre que me ama, resulta que salió lastimado por mi culpa.
No es tan fácil. No es un arroz al que has olvidado echarle la sal y lo solucionas añadiéndola cuando ya lo has apagado.
- ¡De qué hablas ahora! — Interrumpió Claudia su sermón.
Miró al cielo de una manera que decía: ¡Dame paciencia! Había olvidado que su amiga no sabía los verdaderos acontecimientos. Después, bajó la mirada al suelo y buscó en su cabeza como explicarle a su amiga lo que quería decir. ¿Y si se lo exponía como si se tratara de un niño pequeño?
Noooo... No lo entendería. Bueno, al menos podía intentarlo...
- Claudia, perder el bebé nos ha marcado a los dos. Nunca quise quedar embarazada, pero cuando lo supe, me di cuenta que ya lo amaba. Dmitriy es distinto... Él si quería el bebé y yo...
- Tú no sabías lo que iba a pasar. No puedes seguir teniendo esa carga sobre ti.
- Sigues sin escuchar y si no escuchas, no puedes entender. Lo que a Dmitriy le ha dolido, fue que se lo escondiera, que me lo callara, que no fuera corriendo a él a darle la noticia que yo sabía le haría brincar de alegría. Y encima todo se empeoró con lo ocurrido...
- Ariel, cambia el chip, ¿quieres? Dmitriy te quiere. Es hora de que os sentéis y habléis para aclarar las cosas.
Colgó el teléfono sin darle contestación. ¡Menuda amiga estaba hecha!
Suspiró. No podía olvidar lo cruel que había sido el día anterior, la manera de
"hago contigo lo que me da la gana y tienes que aceptarlo" con la que la había tratado. Su mirada... Fría, vacía, sin rastro del pequeño reluciente que los solía cubrir cuando la miraba.
¡Le iba a estallar la cabeza!
Quería a Dmitriy, no imaginaba una vida sin él. Los ojos se le empeñaron...
Tenía presente que si decidía a abrir esa puerta, tendría que ser fuerte, aguantar como una campeona hasta conseguir romper esa muralla que de nuevo estaba construída y que tanto le había costado derribar.
Se levantó. Dio unos pasos. Su corazón latía muy rápido, podía oír su propio retumbar. Abrió la puerta bruscamente. Había tomado una decisión... Era una leona, las leonas luchaban para proteger lo que querían y ella amaba a Dmitriy e iba a lograr que él olvidara su error aunque para ello tuviera que convertirse en una fiera.
Se sentó en la cama y observó el techo. ¡Cómo lo había añorado! Casi se le había olvidado la paz que sentía cuando la lluvia caía y chocaba contra el cristal.
Desvió la mirada un segundo; Dmitriy seguía sin aparecer y casi eran las diez y media.
Cogió el vaso de leche y la pastilla. Había decidido a partir de ese día que las tomaría únicamente para dormir. No lo haría más. No podía seguir abusando de ellas. Llevaba todo el día dando vueltas por la casa evitando a hacerse con el frasco que siempre tenía en el bolso. Pero la hora que era... Había conseguido menguar su fuerza. Sus manos habían empezado a temblar, su respiración se agitaba y sonaba más fuerte de lo normal, las gotas de sudor habían aparecido en su frente y empezaba a sentir que perdía el control; las ganas de auto dañarse eran muy potentes.
Se metió la pastilla en la boca y dio un gran sorbo de leche fría. Esperó unos minutos para empezar a sentir los efectos de aturdimiento y así lograr dejar su cabeza en blanco.
Miró de nuevo el bote. Refrenó como tres veces el impulso de tomarse otra. Se llevó las manos a la cabeza. Nada... ¡No le hacía nada! Movió la cabeza de un lado a otro. No era posible que se hubiera hecho tan dependiente de unas simples pastillas.
Segundos más tarde la segunda pastilla acabó en su boca mientras con los ojos llorosos; suplicaba perdón al aire.
- Estás aquí...
Oyó que le susurraban al oído. Se removió un poco. Su cuerpo pesaba... Como siempre lo que su cabeza ordenaba era ignorado. Quiso a abrir los ojos, pero el sueño la tenía sujeta como una cadena a una bicicleta.
- Dmitriy... — Murmuró con mucho esfuerzo.
La miró. Sus manos que habían rodeado su cintura con rapidez abandonaron su cuerpo. Con todos sus sentidos en alerta, encendió la luz. ¡Joder! La pelirroja de nuevo lo estaba a haciendo perder la cabeza.
- Ariel, ¡mírame!
Le dio un golpe con la palma de la mano en la cara. Un gemido llenó sus oídos.
Volvió a hacer la misma operación. El terror empezó a correr por sus venas. La cogió en brazos y sin dilatación la metió en la ducha. Con ella entre sus brazos, abrió el grifo. Pronto el agua helada los cubrió a los dos. La sintió temblar, como la neblina que la había atrapado se iba difuminando...
Sus ojos se abrieron y dieron con los suyos atemorizados.
Su corazón al verla quebrada e indefensa, frágil y destruida, se sacudió.
Escondió la cabeza en su cuello y la abrazó con desesperación. ¿Qué había hecho?
- Tengo frío...
- Lo sé...
Besó su cuello negándose a soltarla. Pasados unos minutos cerró el grifo y la sacó. Se encargó de secarla bien y a la vez mantenerla equilibrada. Casi no podía mirarla. La tenía de pie frente a él desnuda y sus ojos rehuían tener que ponerse sobre su piel.
¡Había sido un desalmado, hijo de su madre sin compasión!
Estaba ante él y apenas reconocía a la mujer que tocaban sus manos. Podía sentir cada hueso allí por donde pasaba la mano. ¡Estaba esquelética! Y él era el culpable. La había tratado como a cualquier otra mujer imponiéndose contra las protestas de su corazón. Y por mucho que lo había intentado, de nuevo se veía queriendo protegerla, mimarla, sanarla...
¡Menuda idiotez! Si ella estaba así era porque él la había mandado a volar y desterrado de su vida. Había querido alejarla por haber sido una mentirosa que le había ocultado algo tan importante como lo era que iban a tener un bebé y solamente conocía una forma de lograrlo; actuando como el jefe que era y sin una sola duda.
¡Le había dolido!
No sabía la magnitud del daño que le había provocado con su silencio, con su imprudencia, con su actitud irresponsable... Y aun así la miraba y no podía dejar de querer abrazarla.
Terminó de recostarla en la cama y la tapó. La observó... Observó... Y así estuvo
posiblemente un buen rato pensando qué hacer con ella.
Abrió los ojos despacio. Los cerró y volvió a abrir. ¡Joder que cansancio! Se dijo mientras se sentaba y apoyaba la espalda en el respaldo de la cama.
- ¿Qué demonios? — Le salió en un chillido.
No reconocía nada de lo que había a su alrededor. Esa no era la habitación de Dmitriy. Jamás había visto ese dormitorio de lujo con cortinas doradas, paredes brillantes en blanco y dorado, televisión gigante colgada...
Se levantó. Tenía que a hacerlo. Su prioridad en ese instante era averiguar donde se encontraba. Abrió la puerta blanca... La cerró de golpe... Respiró. Se pellizcó las mejillas y volvió a abrir...
- ¡Cielos no es un sueño!
Se acercó hasta estar en medio del cuarto. Tocó curiosa la madera. ¡Un jacuzzi!
¡Y de los caros! Pasó la mano por los botones. Apretó uno. Enseguida las burbujas empezaron a hacerse visibles. Metió la mano en el agua...
- ¡Qué lujazo!
Sin dejar de balancear la mano, miró a su costado derecho. El reflejo de una mujer deteriorada, fue lo que encontraron sus ojos al dar con el inmenso espejo.
Por unos segundos, la chispa de ilusión de niña pequeña que está descubriendo una habitación llena de muñecas, desapareció.
Contempló su reflejo y se dio cuanta de que su pequeña sonrisa se había borrado, al mismo tiempo descubrió que ese lugar no era el baño; era una habitación de relajación.
Tanto el espejo de diseño sin mueble, que abarcaba toda la pared, como el jacuzzi, como la especie de caja de madera con puerta que había a su espalda y que había visto por el reflejo del cristal, así lo confirmaban. Además de que había un banco como de vestuario también completamente de madera.
- ¿Por qué no entras y disfrutas del agua caliente y te relajas?
Se giró al oír la voz del hombre que hacía que su mundo fuera una atracción de feria. La sonrisa que encontró en sus labios la noqueó. Fue tal el golpe que
recibió que sus piernas empezaron a temblar. Como pudo recuperó la compostura. Desvió la mirada al agua y dejó su mirada fija en las burbujas.
- Sabes que el lujo y yo no nos llevamos muy bien. — Comentó con tristeza.
- Pero te gusta.
Se encogió de hombros.
- Como a todos, supongo. El problema es que yo sé de donde sale todo este lujo... Y no lo quiero.
Extrajo la mano del agua y con firmeza le dio al mismo botón que había encendido esa cosa. Se dio la vuelta y caminó hasta estar frente a Dmitriy.
- Eh... ¿Me dejas...? Mmm... ¿Qué pase?
Dmitriy arqueó una ceja. Arrugó el ceño. Su mano subió hasta su cara y acarició con delicadeza su moflete. Confundida buscó sus ojos. Dmitriy dio un paso hacía adelante. La rodeó con su mano libre por la cintura y la pegó a su duro pecho.
- Dmitriy...
Su mano se desplazó hasta sostenerla con seguridad de la nuca.
¡Oh Dios!
Sus ojos grises le hablaron como si su boca hubiera mencionado palabra por palabra; "no huyas de mí". Instantes después, su boca implacable estaba moviéndose sobre la suya obligándola con su lengua a recibir cada deslizamiento en su interior. Gimió. Se retorció. Se apretó más contra él.
Y es que cuando Dmitriy la besaba de esa forma arrolladora, su cuerpo se volvía pura llama. El calor la dominaba y la excitación tomaba el control de todo lo que su cabeza pudiera estar pensando.
- No... Todo lo que... Tengo... Proviene de ahí... — Dijo con la respiración agitada.
- La mayoría... — Soltó sin saber que era lo que sus labios habían soltado.
Todavía estaba afectada por el beso que Dmitriy le había dado. Su cabeza estaba en modo parado. Por mucho que quisiera pensar, no había forma de lograr que lo hiciera. Dmitriy era como un interruptor de seguridad; con un toque la dejaba fuera de juego. Su voz era la que valía, sus besos los que dirigían, sus manos las que mandaban, su cuerpo el que exigía...
¡Qué mal! ¡Qué mal! Dmitriy era para ella como la kriptonita para Clark Kent.
- ¿Por qué le das tanta importancia? — Dejó salir en un suspiro juntando su frente a la suya.
Cerró con fuerza los ojos. Tener a Dmitriy tan cerca le ocasionaba muchas dificultades para mantener sus latidos a raya; se habían vuelto igual de descontrolados que un caballo desbocado.
Despacio dejó que el aire saliera de sus pulmones. Empezaba a sentir la ansiedad, como sus manos temblaban, como le costaba mantener la respiración a un ritmo constante.
- No puedo disfrutar algo que por muy bueno que sea proviene de la sangre.
Se detuvo un segundo para aspirar aire. De repente sentía que se ahogaba. Aun así trató de mantener la cordura y evitar que la zozobra que sentía la dominara.
- Que sientes.
¿Qué? Abrió los ojos de golpe y se encontró de lleno con unos ojos grises muy irritados mirándola con mucha intensidad.
- Que sientes. Sabes que no me gusta repetirme.
Su mirada exigente la hizo asentir como si fuera una pelota que había lanzado y no dejaba de rebotar; así movió la cabeza una y otra vez hasta que Dmitriy paralizó sus movimientos con sus manos posesivas.
- No sé... No me siento bien... Pienso en ese hombre o mujer... En si tenía niños... Una esposa esperándolo en casa... Un proyecto de futuro... — Parpadeó.
Necesitaba dejar de pensar. - Una vida, Dmitriy. ¿Quién sois para decir si ha de vivir o morir?
Vio como poco a poco sus facciones se endurecían, como el hombre que amaba desaparecía para dejar paso al hombre de hielo; el jefe, el implacable, el frío y devastador hombre sin corazón.
Sus manos la soltaron como si el simple hecho de tocarla le estuviera provocando ronchas alérgicas. Dio dos pasos atrás y la miró de una manera tan dura que la hizo sentir pánico. Pisó con fuerza el suelo para no salir corriendo y esconderse del hombre que tenía su vida y corazón en sus manos.
- Actuamos por justicia. — Aclaró con un tono de voz escalofriante. - ¿Me gusta? No. ¿Disfruto con ello? No. Pero si una mujer viene y me dice que su hija fue brutalmente asesinada y que quien lo hizo vive libremente como si no hubiera destrozado una familia... Sí, hago justicia y ese individuo recibe su merecido y es tratado de la misma manera que él trató a su víctima. — Tambaleó hacia atrás. - Si una persona viene y me dice que un hombre está abusando de su hija pequeña... Sí, hago justicia y que se acuerde de quien soy antes de mandarlo al infierno.
Se mordió el labio. Estaba a punto de echarse a llorar. Su seguridad al hablar era aplastante. Empezó a temer saber de que era capaz Dmitriy Novikov.
- Si un hombre maltrata a una mujer... Te juro que ese sí vive para contarlo, ahora me encargo de que recuerde bien que si se le ocurre o si siquiera se le pasa por la mente lastimar a otra mujer, me volverá a ver y no habrá segunda oportunidad.
- Ya, por...
- Sea la injusticia que sea, yo me la cobro. No quieras a hacerme sentir mal por librar al mundo de un puñado de alimañas sin escrúpulos que se creen con derecho de insultar, vejar, golpear, violar, matar y hacer daño a quien no lo merece.
- ¡Eres un hipócrita!
Le dio un empujón y pasó corriendo por su lado. No sabía donde ir. No conocía ese lugar. No sabía donde estaba, ni si Dmitriy la habría aislado del mundo. No le costó demasiado pensar que lo más seguro su razonamiento iba por buen camino.
Una mano rodeó su brazo con firmeza. ¡Era un bruto! La había hecho girar y apretaba con fuerza. No es que quisiera ocasionarle dolor, sino todo lo contrario, sus ojos le dejaban claro que cuando se comportaba como una cabezota, lo que él quería era dominarla a base de otra clase de golpes. Ese pensamiento la hizo sonreír y a la vez desear que lo hiciera. No había nada más apetitoso o delicioso que pasar horas recorriendo su piel con la lengua.
- ¡No me compares con ellos! — Gritó cerca de sus labios. - Lo que yo he hecho contigo ha sido protegerte... — Dijo como si fuera un secreto en un murmullo. -
A ti te he protegido. A ti he querido cuidarte. A ti es a la única que he querido mantener a salvo poniendo mi vida en juego... No vuelvas a mirarme como si fuera igual a ellos por unos cuantos encuentros en los que he querido a hacerte daño para alejarte de mí. ¡No lo soy!
CAPÍTULO SIETE
Se miraron durante segundos con la vista fija en la del otro. Su labio empezó a temblar, sus ojos se empañaron y el sollozo escapó de su pecho rasgando su garganta provocando un sonido en la estancia desgarrador...
- Dmitriy... Me has encerrado... Apartado de tu vida... Negado el trabajar...
Prohibido comunicarme contigo... Dicho cosas que cada día me han partido el corazón un poco más...
Limpió las lágrimas que había derramado con el puño de su jersey. Dmitriy intentó abrazarla. Le dio un manotazo y se lo impidió. No era el mejor momento para que la tocara. La ansiedad que sentía era muy grande y temía perder el control.
¡Necesitaba las putas pastillas!
- Deseo estar contigo, te lo juro. — Se obligó a dejar de mirar esos ojos que la volvían la mujer más boba del mundo. - Pero a veces pienso que si seguimos por este camino posiblemente acabaremos destruyendonos... ¡Dmitriy! ¿Qué haces?
¡Levántate!
- Lo siento. Perdóname.
Mantuvo las manos pegadas a su pecho temerosa de ponerlas sobre su cabeza; Dmitriy estaba arrodillado a sus pies, abrazado a su cintura con fuerza y con la cabeza pegada a su estómago.
Había sido tan rápido, que le había costado procesar lo que ese idiota estaba haciendo.
- Perdóname. Estaba muy enfadado... ¡Dios Ariel! No solamente tengo grabado en la cabeza la pérdida del bebé, si no que sueño cada noche con ese jodido día.
Te veo caer, como tus ojos se apagan, como tu vida se escapa en mis brazos e indefenso sin poder a hacer nada contempló como tu pecho deja de subir y bajar...
¡No estaba llorando! Llevó sus manos a su pelo y sin contemplaciones tiró. Sus ojos le asestaron un golpe que por poco no consiguen todo lo que Dmitriy acababa de decir; dejarla sin vida.
Su corazón se encogió. Lo rodeó con sus brazos y con fuerza lo acercó más a ella. No le gustaba ese Dmitriy. Se veía abatido, triste, perdido, angustioso...
- ¡Levántate! — Dijo cabreada.
Ese hombre que estaba a sus pies, no era su posesivo, dominante, controlador...
Ese que estaba a sus pies era uno traumatizado, asustado y sin un gesto que mostrara su característica seguridad.
¡No quería ese hombre!
Quería al que con una de sus miradas intensas la hacía deshacerse... Al que con un roce, la volvía la mujer más desinhibida de la tierra... Al que con una exigencia de su tono de voz ronco, deseaba darle lo que pedía e incluso lo que aún no le había demandado... Ese hombre era al que amaba, el que la volvía loca, el que hacía que su cuerpo se encendiera, el que hacía que se sintiera hermosa, deseada, amada... Quería devuelta a su Dmitriy Novikov, apodado hombre de hielo con corazón de oro escondido.
- Lo siento... No debí tratarte de esa forma en el ascensor... Lo siento, leona.
Perdóname.
¡Ahí estaba de nuevo su mote! Su corazón se agitó. Sin darse cuenta la sonrisa apareció en sus labios. Se acercó hasta su oído y dijo:
- Novikov, me estás enfureciendo y te prometo que si no dejas de hacerlo, salgo por esa puerta y no vuelves a verme hasta que te hayan salido canas y andes con bastón.
La sonrisa que Dmitriy le dedicó, hizo que todo su cuerpo vibrara, que su boca se secara y su bragas se humedecieran. Lentamente vio como se ponía de pie. La apretó contra él y acarició sus labios con la lengua.
- Te estoy pidiendo perdón... — Susurró.
- Hazlo, pero no como un hombre derrotado
- ¿Es lo que quieres? — Dijo arqueando una ceja.
Asintió con una enorme sonrisa en los labios.
- Vale...
De pronto se vio volando por el aire. Dmitriy la había tomado de la cintura y colgado de su hombro. No podía quejarse; tenía en primer plano su culo duro y bien formado.
- ¡Dmitriy! — Amonestó.
Se recuperó de la sorpresa que le había provocado que la tirara en la cama como un animal y retrocedió despacio hasta que su cabeza tocó el cabecero. Dmitriy agarró sus piernas y tiró haciéndola regresar al medio de la cama. El aliento se le escapó cuando lo sintió recostarse encima de ella...
- Lo siento.
Besó su cuello y después lo mordió.
- No volverá a pasar.
Acarició con su lengua su garganta.
- Te necesito, leona.
Subió la tela de su jersey hasta dejar toda su tripa a la vista. Acercó su cabeza.
Besó su ombligo, luego introdujo su lengua y después mordió la piel atrapándola en sus dientes durante unos segundos.
- Dmitriy...
Se agarró con fuerza a las sábanas cuando Dmitriy acarició su cicatriz. Gimió cuando la besó.
- Dmitriy... — El miedo se percibió en su voz.
Dmitriy no dejaba de besar ese lugar. Parecía dispuesto a mimarlo, a lograr que esa marca desapareciera de su piel. Se incorporó y lo observó mientras aprisionaba el labio entre sus dientes. Al percibir el movimiento, Dmitriy la
miró. Sus ojos se unieron. La resolución que vio en ellos la dejó helada.
- Lo volveremos a intentar.
Con los ojos de par en par, estalló a reír. Sí, Dmitriy había regresado. Su corazón se aceleró. Dmitriy había ascendido por su cuerpo hasta estar mirándola a los ojos y tener su boca a milímetros de la suya.
- Lo digo en serio.
Su forma de niño caprichoso al decirlo, de nuevo la hizo reír. Claro que eso fue hasta que Dmitriy se aprovechó y coló su lengua en su boca. No le quedó más remedio que recibir su lengua y saborearla hasta sentir que iba a perder el conocimiento.
- Otra vez... Estás corriendo...
- ¿Y qué?
- ¿Cómo qué y qué? ¡Dmitriy! Mira todo lo que ha pasado.
Se encogió de hombros.
- Hablas en serio, ¿verdad? Digo, que no vas a parar hasta que tengas ese bebé.
- Tengamos. — Rectificó.
Bufó sonoramente. ¡Increíble! ¿Cómo le decía que ahora mismo ella no estaba para preocuparse por tener un niño al que había que cuidar y alimentar? ¡Si no sabía ni cuidar de si misma!
- Lo pensaré.
Le dio la sonrisa más inocente que pudo encontrar en la recopilación de falsas sonrisas ficticias que tenía ensayadas.
- No tienes que pensar nada. Solamente tirar a la basura las pastillas.
Su boca se abrió enormemente. Iba a contestar. Tenía el gusto de darle la réplica
que merecían esas palabras arrogantes que había soltado por su labia mandona.
- Perdón. Yo... ¡La Santa Eulalia quién me mandará a mí no tocar!
Miró a la mujer avergonzada. Escondió la cabeza en el pecho de Dmitriy y ocultó una carcajada.
- No pasa nada Coral.
¡Qué no pasaba nada!
Alzó la cabeza para encontrar la mirada de Dmitriy. ¡Así qué se estaba divirtiendo! Achicó los ojos hacia esa sonrisa graciosa que la había molestado y con un gesto que denotaba su cabreo, le asestó un empujón que lo hizo volcar y chocar contra al suelo.
- ¡Ay madre! ¡Pobre!
Al mirar de nuevo a la mujer mayor, no pudo evitar sentir una especie de conexión, como si la conociera, como si la hubiera visto en algún lugar y no lo pudiera recordar. La observó... Observó... Y siguió observando con el ceño arrugado a esa mujer de pelo canoso recogido en un tirante moño, algo bajita, bastante barrigona, con sonrisa de ángel y ojos de zafiro.
- ¡Ariel!
Se sobresaltó. Había olvidado que acababa de mandar a un estrellazo seguro y sin miramientos a su hombre. Sonrió inocentemente. Dmitriy se acercó... Casi lo tenía encima... Su cara se había descompuesto... La atravesaba como una lanza a un jabalí...
- Dmitriy, fuera está Tristán.
Dmitriy se detuvo en seco. Ante sus ojos vio como le costaba ocultar la incredulidad que le había provocado saber que el jefe de la Rosa estaba allí.
Se sentó y esperó. Sabía que Dmitriy estaba pensando con velocidad; su gesto ceñudo, su mandíbula apretada y su cuerpo tieso como si acabaran de pegarle con una botella en la cabeza y lo hubieran dejado fuera de juego, lo decían a voces.
- No te muevas de aquí. Coral traerá la cena y cuando regrese cenaremos.
Se dirigió hacia la puerta sin esperar su respuesta. ¿Qué había dicho de no moverse?
¡Era imbécil si creía que le iba a hacer caso! ¿Es que no la conocía?
En cuanto la mujer desapareció, se puso de pie. Primero dio un rodeo rápido con la vista alrededor para buscar su bolso. Estaba claro; no se hallaba allí.
Se pasó las manos por la cara. Las necesitaba. Tenía que encontrar su bolso antes de que Dmitriy se diera cuenta de que le estaba ocultando algo.
Asomó la cabeza por la puerta con cuidado. Un pasillo larguísimo la recibió. Era tan largo que por unos segundos sintió pereza de tener que recorrerlo. Avanzó despacio. ¡Ni una puerta a excepción de la que daba a la habitación!
Al llegar al final, calculó que unos cinco minutos más o menos después, volvió a hacer la misma operación. Sigilosa observó el comedor. Jamás podría decir que Dmitriy no era hombre de buen gusto. Era un salón espectacular, con mucha luz y una mesa larga de madera acompañada de sillas en tono marrón con el tapiz dorado. Las cortinas por lo que pudo alcanzar a ver, iban a juego con las sillas.
- Señora, por favor...
Se tapó la boca corriendo para que el grito no retumbara en el lugar; la misma mujer de antes tiraba de su ropa para que regresara a la habitación. Con precaución retiró sus manos y negó en su dirección. La mujer miró la sala, un destello de pánico se mostró en sus ojos.
Se giró siguiendo su mirada. De lleno encontró una puerta entreabierta. Se apresuró a ir hacia allí.
- Suélteme. — Dijo en voz baja.
- Señora, Dmitriy se enfadará.
Volvió a apartar sus manos con delicadeza. No quería a hacerle daño, pero como insistiera en seguir tirando de su ropa, no aseguraba lastimarla sin querer.
Se paró detrás de la puerta. Miró por el lateral abierto.
¡Los había encontrado!
Sentados alrededor de una mesa de despacho conversaban como si fueran dos buenos amigos. Se sorprendió al fijarse en el cuarto. Exactamente era igual que el despacho de su empresa. No le dio ninguna importancia. Quería saber que estaba ocurriendo y lo iba a descubrir aunque luego tuviera que liarse a practicar kárate con la cara de Dmitriy.
- Señora...
- Ssssh...
Agradeció que la mujer se cansara y bajara los brazos a su costado desistiendo en su intento por a hacerla regresar al cuarto. Atenta escuchó...
- ¿Qué pasa ahora?
- Dmitriy, nuestros clientes no están nada contentos. Se les ha quitado a lo que tanto tiempo llevan acostumbrados y se quejan. Habla con la asamblea y pide que reviertan esa orden absurda.
- ¿Absurda? ¿Te parece absurdo evitar que niñas que no llegan a los dieciocho puedan trabajar en el club?
- ¡Sí, me lo parece!
Tristán dio un golpe en la mesa cabreado. Dmitriy le miró. Una mirada que dejaba claro que esos humos en su territorio no los toleraba.
- Pues a mí no. Hable con cada uno de ellos y expuse buenos argumentos para ser muy convincente y por lo que parece el único que no lo entiende eres tú.
Tristán lo atravesó. Sus ojos de pronto mostraron el asco que le tenía, las ganas que corrían por sus venas de despedazarlo con sus propias manos. Se asustó y dio un paso hacia atrás; ese hombre le despreciaba, quería a hacer desaparecer de su camino a su hombre.
- No lo entiendo porque siempre ha habido menores, siempre se ha decretado que la mujer que traiciona a la organización ese es su lugar o la muerte. Y de repente porque tú vas y te enamoras de la mocosa... Decides hablar y que esas
mujeres en vez de terminar en los clubs, acaben como muchachas de servicio en casas de la organización. ¿Cómo se entiende eso? ¡Te has vuelto loco!
- Si vuelves a llamar a Ariel mocosa... Me encargaré de coserte la lengua. —
Amenazó con brusquedad.
- No me digas que aún estando a miles de metros bajo tierra, sigues enamorado de ella.
A la misma vez que se cubrió la boca, Dmitriy saltó por encima de la mesa, dio una patada que impactó en el estómago de Tristán y le hizo volcar hacia atrás. Se acercó, puso el pie encima de su estómago y apretó. Llegó a creer que lo mataría.
- Tus perros aquí no te pueden defender. Tengo la casa bien protegida con mis hombres y si tu estás en mi puta sala es porque yo te dejo estar. Lava tu boca antes de hablar de ella o dejaré el acuerdo y me preocuparé de hallar la manera de acabar con tu vida. ¿Lo has entendido?
- Está... Muerta...
Observó como la ira se abría camino por la piel de Dmitriy. Su cuerpo se tensó.
Sus manos se hicieron puños y crujieron cuando hizo un poco más de fuerza. Sus ojos se volvieron oscuros. Jamás habría dicho que Dmitriy alguna vez la haría sentir terror.
Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando lo vio llevar la mano a su espalda.
Tembló impotente al ver como su mano portaba una navaja con mango negro.
Casi gritó al ver como lo ponía de punta hacia Tristán justo donde tenía el corazón.
- Señora... Vámonos...
- Ssssh...
- Repítelo y nadie impedirá que te mate, ni siquiera ese viejo zorro que te tiene tanto aprecio y al que le prometí hace años no acabar con tu vida.
Tristán sonrió. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Las manos le picaban...
Rascó con fiereza. Su sonrisa le daba mala espina.
- Los dos sabemos que si Ethan no hubiera matado primero a mi hermano, lo habrías hecho tú por esa mujer...
- Los dos sabemos que tu hermano al disparar quebrantó el pacto dándome vía libre para enterrarlo si me apetecía hasta diez veces... — Espetó egocéntrico.
Tristán volvió a sonreír como un demonio.
- Tú lo quebrantaste primero al quedarte con la mujer de mi hermano.
Dmitriy lanzó el cuchillo contra la puerta. Asustada dio un bote. Se llevó la mano al pecho y verificó que seguía latiendo. Tristán se puso de pie. Pasaron segundos mirándose el uno al otro. Se percibía la tensión cortante en el aire.
- En mis planes no entraba quedarme con ella. En cuanto vi a tu hermano en ese hotel, quise alejarla de mí para no empezar una guerra entre nosotros. Mis planes salieron mal. Esa pelirroja con sus ojos miel, con sus locuras y sus planes suicidas se ganó el quedarse a mi lado. Por nada del mundo iba a dejar que ese hermano tuyo pusiera una mano encima de lo que es mío.
¡Se acabó! ¿De qué estaba hablando ese gilipollas? ¿Qué tratos tenían? ¿Qué le impedía a acabar con él? Alzó la cabeza y se encontró con la mirada entristecida de Coral. Pasó por su lado. Habría gritado, pataleado, roto todo lo que había a allí adentro. No lo hizo y fue porque las palabras de Tristán se repetían en su cabeza sin control; está muerta.
Abrió la primera puerta que encontró en su camino. Menos mal que la suerte estaba de su lado y era la que daba a la calle. Un enorme jardín con palmeras, césped verde y camino asfaltado, la dejó tiesa en el sitio. Giró la cabeza llevada por la curiosidad.
¡Joder, aquello no era una casa, era una mansión!
Tenía que salir de allí. Corrió hacia la verja. Dos hombres entorpecieron su camino. Los empujó, les dio una patada e incluso arremetió con el codo en su estómago. ¡Esas piedras llamadas hombres ni se inmutaron!
- ¡Ariel!
- ¡No, no!
- ¡Basta!
Travis la cogió por la cintura y con rapidez la llevó al costado derecho de la casa.
Siguió por un caminito de tierra rodeado de árboles y mientras le daba puñetazos en la espalda, sus ojos dieron con una casa pequeña de madera.
- ¡Suéltame capullo!
Al instante sus pies tocaron el suelo. ¡Capullo! La había encerrado en esa pequeña casa. Que ahora que la miraba bien, de casa tenía poco; había una mesa con sillas, una cocina y una televisión gigante que mostraba toda la casa desde fuera.
- ¡Ah, así que por eso me has visto!
Señaló la condenada pantalla de vigilancia.
- ¡Dónde ibas!
- Lejos de toda esta mierda.
Hizo movimientos con las manos para dejar en claro a qué se refería.
Travis extrajo el celular y marcó...
- Señor, tenemos un problema.
Escuchó atenta tratando de oír la voz de Dmitriy. Una tarea inútil. Esos teléfonos debían tener algún botón para reducir el volumen cuando los descolgaban, porque era alucinante que ni aun estando cabreado y gritando detectara su voz.
- Sí, señor.
Se cruzó de brazos. Por el rabillo del ojo estudió la estancia. Debía haber alguna forma de salir de allí. No podía ser posible que Dmitriy la hubiera encerrado en una casa, rodeada de sus guardias, como si aquello fuera una cárcel y ella una presa conflictiva.
Su cabreo ascendía por segundos...
- Siéntate, Coral traerá la cena. La reunión va para largo, luego si quieres puedes regresar a tu cuarto o quedarte en la habitación que hay detrás de esa puerta.
- Me quiero ir.
- No está en mis manos tomar esa decisión.
Le empujó.
- ¡Qué me abras que me vaya!
- Ya le he dicho que no soy yo quien decide.
Le dio otro empujón más fuerte. La rabia y la ansiedad se mezclaban en su organismo. Estaba a poco para perder el control.
- ¡Qué me dejes ir!
- ¡Richard, tú turno!
Los ojos se le desencajaron al ver al segundo de Dmitriy entrar con cara de perro rabioso. Tragó con mucha dificultad y tomó asiento. Después de lo que les había hecho, mejor no darle problemas. Ese no era como Travis que todo se lo aguantaba.
- Ves, macho, te torea porque se lo permites.
- Gilipollas... — Susurró.
- ¿Qué ha dicho, señorita?
- Que me traigas la comida que tengo hambre.
El idiota dos arqueó las dos cejas. Durante un segundo le pareció un gesto de diversión. Por supuesto, que eso fue hasta que abrió la boca...
- Si yo le traigo la comida no la comerá, porque después de la majadería que hizo, saldría, cortaría dos hojas verdes, cogería un poco de arena, los serviría en un plato y se lo pondría delante para comer. Y le aseguró que se lo comería, ya
he hecho varias veces la prueba.
- Richard... — Amonestó Travis.
Tragó fuerte. Se le había hecho una bola en la garganta y temía ahogarse con ella.
- Creo que he... Perdido el apetito... Prefiero recostarme... — Tartamudeó.
Richard señaló la puerta con una sonrisa triunfante en los labios.
CAPÍTULO OCHO
Dio otra vuelta hacia el lado derecho. Resopló. De nuevo los recuerdos se abrían paso con insistencia. Apretó los ojos con ferocidad para intentar bloquearlos.
¡No, no, no! Se sentó de golpe. Llevó sus manos a la cabeza y frotó. No lo lograba. Necesitaba las pastillas y no podía salir de allí. Bajó las manos hasta los muslos. Desesperada arañó con brío. Ahogó un chillido mordiéndose el labio; la sangre empezó a brotar.
- Calla por favor... Basta...
Las lágrimas cayeron de sus ojos. Las voces se hicieron más audibles, los recuerdos de aquel día se alzaban potentes para atormentarla... Arañó con más urgencia... ¡No funcionaba!
Se puso de pie. Buscó a su alrededor una manera de escapar. Ya lo había hecho cuatro veces en dos horas y media que llevaba allí y sabía que no había forma de huir a no ser que saliera por la puerta principal.
¡La habían metido en un agujero!
Un cuarto pequeño, sin ventanas, sin baño, sin muebles, sin televisión y únicamente con una cama pequeña del tipo militar... No se le podía llamar habitación.
Exasperada se dejó caer en el suelo. Reposó la cabeza en la pared y pegó las piernas a su pecho. Las rodeó con sus brazos. Se meció y empezó a cantar:
- Calla mi vida,
no hay que llorar,
duerme y sueña feliz.
Siempre tú debes
mi arrullo llevar,
así yo estaré junto a ti.
Repitió las mismas palabras hasta que el llanto se tragó su voz. Hacía tanto que no pronunciaba esa melodía de cuna, que había olvidado las veces que su madre se había tumbado con ella en la noche tras haber despertado gritando de una pesadilla y se la había cantado al oído.
Derrotada agachó la cabeza y la escondió entre sus brazos. La angustia no la
dejaba respirar. La ansiedad controlaba su cuerpo y su cabeza; ya no podía pensar. Solamente sentía como su cuerpo sufría espasmo tras espasmo... Como las gotas de sudor mojaban su frente... Como iba perdiendo el dominio sobre sí misma...
- Ariel...
Unos brazos la rodearon. Entre gemidos se abrazó a su cuello. Enseguida su olor impregnó sus fosas nasales haciéndole recordar que él siempre era su salvador, que cuando le necesitaba él estaba ahí, que cuando caía él la sostenía, que cuando se perdía en sus crisis él la traía de vuelta a la realidad...
- Dmitriy... — Susurró escondida en su cuello.
Dmitriy no contestó. La sostuvo en sus brazos acariciando su nuca y besando su cabeza. Pronto su cuerpo se relajó, la angustia cesó y su llanto menguó.
Subió la mano hasta su mentón; todavía le temblaba. Le acarició. Pasó la mano por su barba una y otra... Y otra vez... Y así el sueño la atrapó.
Abrió los ojos con pereza. Se restregó con los puños para acabar de despertarse.
Parpadeó... Repitió la acción de nuevo.
- ¿Dmitriy?
- Hola.
- ¿Qué es eso?
Dmitriy sonrió y su corazón se olvidó de como se latía.
- El desayuno.
Dmitriy destapó los platos y una sonrisa apareció en su rostro. Como niña pequeña saltó de la cama. Hizo una mueca al sentir la piel del muslo tirar al andar; ya se le había olvidado la crisis sufrida recientemente. Se acercó a la mesa y contempló ilusionada cada uno de ellos.
- ¡Por Dios Dmitriy deja de a hacer eso que el día menos pensado me da un infarto!
Rió pegado a su espalda.
- No puedo evitarlo. Me encanta tenerte sentada en mis piernas...
- Mmm, ¿por qué será? — Le dijo con voz pícara.
Dmitriy mordió su hombro. Una forma de amonestarla. Luego besó esa misma zona. Suspiró. El aire salido con fuerza de la boca de Dmitriy, le acarició la piel.
Juguetona se removió encima de él.
- No me provoques y come. — Ordenó con su voz de mando.
- ¡Anda, mi madre...! ¿Y qué hay cuando lo haces tú?
Se acercó y mordió su oído. Después pasó su lengua por todo el lóbulo. Lo atrapó con sus dientes, estiró y soltó...
- Yo sé cuando jugar una batalla que tengo ganada.
¡Rojo! Sus palabras prepotentes y su chulería al decirlas, la pusieron furiosa.
Decidió contar hasta veinte y no darle el sopapo que picaba en la palma de su mano.
- ¿Qué diferencia esta situación de las tuyas?
Arrugó el ceño a la vez que miró por encima de su hombro. Interesada le prestó toda su atención.
- Come.
Desvió un segundo la mirada para contemplar las tortitas, el chocolate, los cafés y los bollos rellenos de chocolate.
- No me da la gana. — Dijo clavando de nuevo los ojos en los suyos.
- ¿No vas a comer?
- No.
- Lo he hecho con todo el cariño para ti y sabes que no me gusta la cocina.
- ¿Qué tú has hecho qué...?
Observó de nuevo el contenido de la mesa. ¡Ja, se la quería colar! Todo eso estaba muy bien hecho para que hubiera sido él quien los hubiera hecho.
- Estos. — Dijo con orgullo.
Siguió su mano. La metió debajo de la mesa, trasteó unos segundos y al sacarla, un plato pequeño relució en su mano. Lo dejó en la mesa. Intrigada estiró la mano para quitar el plato que lo cubría...
- ¡Ay!
Lo miró confusa; le había dado un manotazo en la mano cuando ya casi sus dedos tocaban el borde del plato.
- Eres una desagradecida.
- ¿Y ahora qué he hecho?
- No siento en mis labios la humedad, ni el calor de los tuyos tras haberme dado un beso matutino...
- ¡Serás idiota! — Dijo muerta de risa.
Se giró todo lo que su cuerpo le permitió. Rodeó su cuello y pegó sus bocas en un beso asfixiante. Poco después lo finalizó con una lamida juguetona.
- ¿Contento?
- No sé... Creo que ha... Sido algo corto...
- ¡Imbécil!
Con la mano abierta le arreó el golpe en la cabeza que hacía rato quería darle.
- ¿Por qué siempre tienes que golpearme? — Se quejó.
Al ver como se acariciaba el cabello, rompió a reír.
- ¿Por qué siempre tienes que ser tan arrogante?
- Mi madre me parió así.
- Pues recuerda que a mi la mía me parió con la mano algo suelta. — Espetó con chulería.
- Ja, ja, ja. ¿Solo un poco? Leona.
Su voz sugerente, hizo que un escalofrío la recorriera de pies a cabeza. Cerró un segundo los ojos para recuperarse y soltó:
- No me tientes que aun te doy otro en la cara y te la pongo del color del tomate.
- Te quiero, leona.
Destapó el plato. Paralizada no pudo dejar de observar la especie de bombones en forma de corazón. Algunos en forma de luna y otros en forma de estrellas, pero todos... Todos... Con las iniciales A y D; Ariel y Dmitriy.
La euforia que recorrió su cuerpo fue una sensación demasiado enérgica. Tenía ganas de llorar, pero por primera vez de alegría. No entendía como ese hombre que la miraba con esos ojos grisáceos llenos de esperanza, era capaz de hacer en un segundo y con un simple gesto, que le amara más de lo que ya le amaba.
- ¿Por qué has esperado tanto? — Dijo apenada.
Desde que la había dejado su vida había sido caótica. Sus crisis habían empeorado a gran escala. No podía controlarse como había venido a haciendo desde que tenía uso de razón. Que él la hubiera dejado y hubiera sido tan cruel, le había provocado unas graves secuelas, de las cuales se avergonzaba y a las que no sabía cómo poner fin.
- Es difícil de explicar.
Su mirada que hasta ese momento había estado puesta en los chocolates, pasó a centrarse únicamente en sus ojos. De repente se le reflejó en ellos la tristeza. Esa revelación la golpeó con dureza.
¿Qué le estaba ocultando? ¿Por qué de la nada al mirarle había sentido que lo que escondía posiblemente era algo muy grave?
- Come.
Dmitriy apartó sus ojos de los suyos. Le dio la sensación de que mirarla en ese instante le suponía un gran esfuerzo. Lo dejaron así. Ninguno volvió a tocar el tema. Pasaron el rato tranquilos centrándose en comer y en sonreír cada vez que se encontraban sus miradas.
Al dar las doce ya estaba aburrida. Había buscado por toda la casa su bolso aprovechando que Dmitriy había recibido una llamada de los guardias de un local cerca de Princezno, pero no lo había encontrado.
De nuevo se veía sin salida. ¡Por su santa madre que el bolso no tenía patas!
Dmitriy debía de haberlo escondido, pero... ¿Dónde? Se dejó caer en el sofá. Le dio vueltas al coco hasta que comenzó a sentir un leve dolor. Se pasó la mano por el cabello y luego se llevó la mano a la boca y mordisqueó; estaba preocupada... Muy preocupada... No encontrar el bolso, mejor dicho lo que tenía dentro el bolso y que tanta falta le hacía, solamente llevaba a una vía; a vivir una nueva crisis y conociendo el historial de las últimas... Eso no era nada bueno...
- ¿Le apetece que le prepare un emparedado?
Miró a la mujer que acababa de entrar en el salón y que había interrumpido sus pensamientos. Negó con la cabeza.
- ¿Ha visto un bolso negro pequeño con un cierre dorado?
Quizás ella podría ahorrarle el trabajo de seguir buscando. Si esa mujer vivía allí, tal vez ella lo hubiera visto. La mujer se dio la vuelta y salió de la enorme sala. Se masajeó la frente. Ni fuerzas tenía para fijarse en lo que la rodeaba.
Tampoco le importaba. Había sido suficiente con el cuarto de baño que había en la habitación que Dmitriy le había designado.
¿Dónde? ¡Ni puñetera idea!
Dmitriy ni eso le había dicho. Mientras desayunaban le había preguntado, como siempre, recibió evasivas que la llevaron a dejar de insistir.
- ¿Es este?
Al ver lo que la mujer le mostraba sus ojos se abrieron, su sonrisa floreció y su corazón dejó de palpitar a una velocidad que si hubiera mantenido ese ritmo unos segundos más, le habría explotado.
Saltó del sofá. Se lo arrebató de las manos. Mientras la mujer la observaba con una mirada que no supo descifrar, buscó dentro como si su vida dependiera de ello.
- ¡Maldito sea!
Lanzó el bolso a la otra punta de la sala. Se le había acabado la paciencia. Su cabeza colapsó y empezó a tirar todo lo que encontró a su paso. La rabia y ansiedad dirigían sus actos. Las dos sensaciones corrían por sus venas, ya no había remedio, lo que tanto miedo le daba había ocurrido; había entrado en trance.
Tiró sillas, vajilla, retratos, vasos... Todo lo que había encontrado en el mueble terminó destrozado en el suelo.
- Por favor, señora cálmese. Ya he llamado al señor.
No la escuchó o puede que sí, pero su cabeza era tal cacao que las palabras no llegaron a su cerebro. Corrió a la cocina, en su recorrido la había visto de pasada.
Con la respiración sonando fuerte se detuvo. Sabía que la mujer la había seguido, pero no llegaba a procesar lo que estaba haciendo, ni sucedía; la desesperación se lo impedía.
Abrió cajón por cajón. Cada uno aterrizó con un golpe estruendoso en el suelo.
Cuando abrió el último sus ojos se abrieron con un brillo diferente. Ida se hizo con uno. No veía más allá del artilugio que sujetaban sus manos. Percibió el terror en los ojos de la mujer cuando alzó un segundo la mirada, pero su juicio estaba tan nublado, que esa sensación la hizo sonreír como una posesa.
- ¡Fuera!
Observó como la mujer salía a la carrera aterrorizada. Una vez sola, puso el artilugio bien pegado a su muñeca siguiendo la voz de su cabeza; "hazlo y el
sufrimiento se detendrá".
Apretó decidida, si su cabeza se lo decía, debía ser verdad. Gritó al sentir como la carne se abría, sintió alivio cuando vio la sangre empezar a caer... De pronto empezó a sentirse mareada. El cuchillo cayó de sus manos. Quiso correr, taponar la herida, pero para cuando se dio cuenta de lo que había hecho, ya era tarde; la vista se le nubló. Tambaleante intentó a andar. Se sujetó a la encimera. No tenía fuerzas, el cansancio la llamaba a cerrar los ojos. Sus piernas cedieron... Y
cayó... En el mismo momento que Dmitriy traspasaba la puerta con una mirada llena de pánico...
- Mmm.
Se removió. Era difícil no hacerlo y obviar lo que le había parecido un beso en su frente. Había sentido tanta ternura en un simple beso, que únicamente por volver a sentirlo, mantuvo los ojos cerrados.
- Sé que estás despierta. Así que mírame, debemos hablar.
Como un resorte los abrió de par en par. Tanto su voz, como sus palabras, le indicaron que Dmitriy se encontraba muy enfadado. Sé sentó y entonces las imágenes la avasallaron sin piedad. Miró su muñeca. No había sido un sueño.
¡Oh, Dios! ¿Qué estaba mal con ella? ¿Por qué no podía parar?
Se cubrió la cara. Esa no era ella. No lo podía ser. ¡Joder, había intentado a acabar con su vida! Los ojos se le humedecieron. Con razón Dmitriy estaba furioso. Le extrañó que no estuviera saliendo humo de sus oídos como si fuera una locomotora.
- Lo siento. — Dijo compungida.
- Yo también.
Se incorporó con la intención de abrazarle. Algo se lo impidió, no podía seguir hacia su destino. Desorientada se miró de arriba a abajo.
¡Qué demonios!
¿Por qué tenía una especie de cinta rodeando su estomago y espalda? Y aún
peor... ¿Por qué de esa cosa salían dos tiras a cada lado?
Siguió la cinta. ¡No podía creerlo! ¡Estaba sujeta a la cama! Se movió para intentar alcanzar las cintas que la retenían. No logró nada. Soltó el aire furiosamente. Esas cosas estaban bien pensadas para que solamente pudiera sentarse.
- Dime que no estoy atada a la jodida cama. — Dijo muy despacio.
Le estaba costando mantener su cabreo. No podía creer que Dmitriy fuera capaz de privarla de la poca libertad que tenía.
No le respondió. Se puso de pie y se alejó yendo hacia la puerta. Su mosqueo creció.
- Pasa.
¡Mierda! ¿Por qué lo hacía?
- Hola.
Se sentó a sus pies y la miró. Que le sonriera de esa forma tan apacible, la crispó.
Desvió la vista hasta encontrar a Dmitriy. Con sus ojos se lo dijo todo; "eres un desgraciado".
- Ariel mírame. Estoy aquí para a hablar, no quiero juzgarte, ni que me cuentes porque has llegado a esto. Únicamente quiero que me acompañes a un par de reuniones, que te relaciones con otras personas que pasan por lo mismo...
- Te lo agradezco, Keith. — Cortó. - Pero no pienso ir a ninguna reunión, no pienso sentarme en un círculo como niñas de patio y mucho menos voy a decirle a unas desconocidas mi vida, ni lo que pasa por mi cabeza.
Keith dejó caer los ojos. Ese gesto la hizo enfadar más todavía. Empezaba a sentir las ganas de arañar sus manos. Sopló el aire con fuerza hacia afuera y lo volvió a coger. Lo hizo tantas veces que perdió la cuenta. Era una mera forma de contenerse, de demostrar que podía parar, de dejar claro que no estaba enferma y que no necesitaba ayuda.
Mentalmente se lo repitió sin cesar. Era a lo único que podía a agarrarse para que las voces críticas y dañinas que le gritaban sin cesar lo poco que valía, no utilizaran también eso en su contra.
Alzó la cabeza. Dmitriy no dejaba de mirarla. El pecho se le comprimió. Él sufría. Sus ojos estaban cubiertos por una tela de dolor y... ¿Culpabilidad?
¿Remordimientos? No supo decirlo, pero si se dio cuenta de que mintiendo y sonriendo con falsa felicidad, no engañaba a nadie; lo único que estaba haciendo era engañarse a sí misma.
- Ariel...
- No.
- Ariel, deja...
- HE DICHO QUE NO.
Que hubiera reconocido que no estaba bien, no quería decir, ni que les iba a dar la razón, ni les iba a permitir que la trataran como a una enferma mental.
¡Empezando por esas cintas opresivas!
Tiró con fuerza queriendo soltarse. Tiró... Tiró... Y siguió tirando hasta que sintió las manos de Dmitriy en su cuello cogiéndola de esa manera tan suya que la hacía perderse en su tacto, en el color de sus ojos...
- Basta, leona. — Susurró cerca de sus labios. - Tienes que parar, ¡joder! Hazlo por mí, necesito que estés bien. No puedo salir por la puerta y a cada minuto estar pensando en si estás bien o has tenido otra crisis. No sirve de nada tenerte rodeada de hombres que darían su vida por protegerte, si eres tú la que se provoca ese mal cada vez que estás fuera de su vista.