Así no me compras
Capítulo I
CAPÍTULO PRIMERO
G abriel Torres circulaba por la autopista por el carril dé la derecha. No tenía demasiada prisa y, por otra parte, a él no le agradaba correr porque tenía demasiada experiencia en la carretera y conocía las consecuencias del apresuramiento indebido.
Habían pasado la semana trabajando por toda la provincia, y si bien no sé sentía demasiado satisfecho de los resultados, tampoco defraudado. Ya sabía que aquel trabajo no era el suyo, pero como dice el refrán «a falta de pan, buenas son tortas».
La inflación en el país crecía por momentos, el desempleo abundaba y el hecho de que él fuera perito industrial no significaba que tuviera un empleo a su medida y aptitudes. Pero tampoco por ello había que rasgarse las vestiduras.
El caso era sobrevivir aquella época, lograr superar el trauma que significa no utilizar debidamente su profesión, y en cierto modo sentirse, en lo que cabe, satisfecho de la vida.
No es que él fuese un tipo tremendamente alegre, ni un ente tétrico. Usaba un término medio y su carácter era más bien conformista, ni demasiado eufórico por nada, ni demasiado resentido por lograr en la vida la mitad de la mitad de lo que en principio había ambicionado.
Contaba veintiséis años y hacía por lo menos tres que andaba viajando por toda la provincia con una representación de, maquinaria agrícola. No era lo suyo, de acuerdo, pero se conformaba y mal que bien iba ganando para no ser una carga para sus padres.
Su padre, Julián, era un empleado de Correos y su sueldo tiraba más bien a pequeño, pero si toda su vida trabajó allí, no tenía por qué hacer además pluriempleo, dado que con su pequeño sueldo había logrado que él hiciera un peritaje. Su madre, Pilar, hacía labores primorosas. Nadie como ella para sacar de sus manos verdaderas monerías infantiles que luego vendía a una casa de ropa para niños de extremado lujo. Con el sueldo de su padre y las labores de su madre habían conseguido que su hijo hiciera una carrera media y, además, cuando él se colocó en aquel asunto de las representaciones no quisieron coger un céntimo, lo cual él aprovechaba para en sus ratos libres continuar estudiando e iba camino de conseguir ser ingeniero industrial. Eso sí, poco a poco, y de dos en dos asignaturas.
Pero eso no era el caso.
Gaby —sus amigos le llamaban así— conducía tranquilamente su coche ya no demasiado nuevo y comprado de segunda mano. Era de color azul oscuro, más bien pequeño, pero él lo cuidaba mucho y al volante del mismo hacía sus buenos kilómetros diarios, pero la compañía para la cual trabajaba le abonaba la mitad del gasto de la gasolina, lo cual redundaba en beneficio propio y así su sueldo, si no libre, casi le salía como tal.
No es que vendiera poco, pero costaba lo suyo acreditar la maquinaria agrícola y las más de las veces andaba por pueblos y villas más bien pequeñas.
Se pasaba semanas enteras fuera y también le abonaban las dietas cuando la venta llegaba a las cotas estipuladas, lo que hacía que su sueldo resultara más bien aceptable. No para hacer dispendios, pero sí para mantenerse y lograr comprar un traje una vez al año por lo menos.
En aquel instante conducía serenamente y pensaba que un día, sabe Dios qué día podría vender el auto viejo, comprar uno nuevo subvencionado y pagarlo en letras. Pero para eso tendría que pasar aún algún tiempo.
La autopista tenía cuatro carriles, de modo que por medio de cada dos había una especie de jardincillo y él rodaba por el de la derecha sin ningún deseo de parar a los que se deslizaban por la parte izquierda cruzando a todo el que rodaba tranquilamente.
Fue a mitad de la pista cuando no le faltaban para llegar más de quince kilómetros, que vio un auto detenido en el arcén y a una joven haciendo señas con las manos.
Gaby aún venía un poco lejos y veía distraído como los autos seguían su marcha sin reparar en la chica. Lanzó una breve mirada sobre el auto aparcado en el arcén. Un soberbio auto deportiva de color azul pastel, de importación sin duda, americano cien por cien y de línea aerodinámica. Un vehículo de categoría, vaya.
La chica no cesaba de mover los brazos como pidiendo que algún automovilista le prestara auxilio.
Pero como si nada. Cada uno iba a lo suyo y según pensaba Gaby, dada la situación, todo el mundo andaba un poco deshumanizado.
De repente se encontró dando el intermitente y acercándose al arcén saliendo de su carril. Detuvo el auto detrás del de la joven y asomó la cabeza por la ventanilla.
Era un tipo moreno, de pelo negro y ojos marrón. No es que fuese un tipo apolíneo, pues ni siquiera era muy alto, ya que tenía una estatura normal, pero resultaba muy varonil y atractivo.
—¿Qué le ocurre? —preguntó sin descender.
La chica corrió hacia él toda aturdida.
—He tratado —dijo con voz afligida— detener a más de doscientos autos en media hora y nadie para.
Él se alzó de hombros aún sin descender.
—Cada uno va a lo suyo y además casi todos tienen prisa. Yo seguramente tengo menos.
—El auto no camina. No sé qué le pasa. Se fue parando poco a poco y al fin se ha detenido, todo lo más que pude hacer fue meterlo en el arcén.
Gaby decidió descender y ver por sí mismo si podía arreglar la avería.
—Me llamo Nona Sanjulián —dijo ella aturdida.
—Mucho gusto —respondió Gaby—. Yo me llamo Gabriel Torres.
—Encantada y muy agradecida por su ayuda.
* * *
Gabriel se alzó de hombros y se acercó a la monería mecánica que era el auto de importación, color azul pastel.
Levantó el capot y se topó con un mecanismo que jamás había visto. No creía que pudiera hacer gran cosa. Él sabía lo suyo de mecánica, pero con respecto a vehículos nacionales. Aquel era americano y su motor resultaba inédito para sus conocimientos.
No obstante decidió arremangar las mangas de su suéter azul marino y manipular en las cosas más esenciales, como son los platinos, las bujías y el carburador.
Se estaba poniendo las manos perdidas, pero puesto ya a ayudarle, lo mejor era hacerlo a conciencia y como supiera.
Vestía un pantalón beige, una camisa azulina y un suéter de cuello en pico de un azul oscuro. No llevaba corbata. Calzaba zapatos marrón y calcetines del mismo tono. Casi metió la cabeza bajo el capot y empezó a manipular aquí y allí. No parecía que fuera nada elemental. Sin duda fallaba algo, pero no iba a ser fácil que él lo descubriera.
La chica se hallaba junto a él espiando todos sus movimientos. Era una joven esbelta, rubia, de ojos azules. Vestía pantalones blancos más bien estrechos y una camisola muy moderna de un rojo vivo, atada con un cinturón y que le llegaba por la rodilla.
Calzaba sandalias y Gabriel mientras manipulaba en el motor, miraba distraído sus pequeños pies perdidos en las sandalias de tacón, por donde asomaban los dedos de pintadas uñas de un rosa pálido.
Bonita chica. Le calculó los años y pensó que no sobrepasaría demasiado los dieciocho, lo cual significaba que el carnet de conducir era nuevecito, de la última hornada.
Se incorporó y lanzó una mirada sobre la joven expectante.
—Supongo que usted no sabrá nada de mecánica —dijo.
Ella sacudió su vaporosa melena rubia.
Despidió un sutil perfume que agradó a Gabriel y le hizo pensar: «Una niña rica, sin duda».
—Nada en absoluto.
—Y el carnet de conducir será nuevecito, ¿verdad?
Ella se agitó algo ruborizada:
—Pues sí. Tiene dos meses escasos. Tan pronto cumplí los dieciocho lo saqué, pero sé conducir auto desde muy niña.
—Una cosa es conducir por casa y otra un auto de estos en una autopista, ¿no crees?
La tuteó porque le pareció una cría.
Para sus años pensaba que lo era.
La vio animarse y decir bajo:
—Me parece que no lo puedes arreglar.
Él meneó la cabeza:
—Sí, me parece que no puedo —lanzó una mirada en torno—. No hay que esperar que ningún automovilista se detenga, ni tampoco que, aun deteniéndose, sepan arreglar autos. Estos mecanismos son muy buenos pero escapan a mi entendimiento —se alzó de hombros—. Yo conozco los motores nacionales…
—¿Qué puedo hacer?
Gabriel lanzó otra mirada, esta vez al firmamento.
—Detenida aquí, corres peligro. La carretera no es ningún lugar seguro para una joven como tú. Si quieres un consejo, será mejor que dejes el auto aquí y mandes un taller a recogerlo. Ciérralo todo, ponle él antirrobo si lo tienes y yo puedo llevarte a casa.
Y aun añadió sin que ella dijera nada:
—En lo sucesivo no te metas en autopistas así como así. ¿Vienes de lejos?
—No, no. De la capital próxima. He ido a hacer unas compras.
—La noche caerá en seguida, de modo que si aceptas mi compañía yo te llevo a la ciudad.
Nona pensó que tenía cara de buena persona.
Había pocos tipos decentes de verdad, pero aquel parecía ser uno de ellos. Ni siquiera al mirarla parecía reparar mucho en ella.
Así que abrió la portezuela, sacó unos paquetes y el bolso y dijo que bueno, que sí. Que ya mandaría a por el auto.
Gabriel le ayudó a subir y después cerró la portezuela, dando luego la vuelta al vehículo y sentándose ante el volante.
—Desde luego —dijo riendo a medias— este no es tu bólido.
—Pero, por lo que veo, camina mejor que el mío.
—Lo tengo bien educado.
Y con las mismas dio al intermitente y el auto, en un claro de tantos vehículos como descendían por los dos carriles, se metió en la autopista y rodó tranquilamente.
—Debiera estar en la ciudad hace más de una hora —decía ella—. Pero nadie paraba y yo salía a la orilla pidiendo ayuda.
—La existencia hoy es egoísta. Cada uno va a lo suyo, y lo peor es que casi todos tienen demasiada prisa.
—Pero tú has parado.
Sin dejar de conducir él la miró un segundo.
—Sería que tenía menos.
—¿Recorres mucho esta autopista?
—Pues sí. Casi todos los días. Por ella se va a toda la provincia y por un lado o por el otro, la ruedo todos los días. En cambio se me antoja que tú lo haces pocas veces.
—Alguna sí, pero nunca me ocurrió lo de hoy. El auto es nuevo y está en rodaje.
—Ya lo vi. No tiene ni cinco mil kilómetros. ¿Dónde lo has adquirido? Parece nuevo.
—Y lo es.
—Ya me lo has dicho, pero a veces parecen nuevos y resulta que esos vehículos se compran de segunda mano.
—No, no, el mío fue adquirido en Madrid y venido de fábrica.
—Pero es marca extranjera.
—Por supuesto.
Gaby lanzó sobre ella una mirada curiosa.
—¿Estudias? —preguntó.
—No —dijo Nona—. Lo hice hasta los diecisiete. Terminé el bachillerato y luego pensé que no me merecía la pena continuar. La verdad es que no me gusta demasiado estudiar. —Y de repente preguntó—: ¿Tú, a qué te dedicas?
—Soy representante de maquinaria agrícola y por eso viajo lo mío. Siempre ando tirado por las carreteras y a veces solo regreso a casa en los fines de semana como hoy.
Ella parpadeó antes de preguntar:
—¿Eres casado?
Gaby soltó la risa.
Como para casarse estaba él.
¿Con qué iba a mantener a la familia?
Él no pensaba en una vida mediocre, tan trabajada como la de sus padres. Y para vivir mal, prefería vivir solo, sin esposa y sin hijos. En realidad tales cosas eran bonitas, pero demasiado complicadas y además conflictivas dada la situación actual.
Meneó la cabeza.
—Soy soltero y sin compromiso —dijo.
Y sacando la cajetilla le ofreció a ella.
—Fumo rubio —dijo Nona sacando la suya a su vez.
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