Así no me compras

Corín Tellado · Capítulo 2 de 14

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Así no me compras

Capítulo II

II

 

T enía una voz armoniosa y dulce, muy femenina. Olía muy bien y según pensaba Gabriel, tenía todo el aspecto de una chica rica. —Yo tampoco tengo novio —dijo ella fumando con deleite y acomodándose mejor en el asiento—. Tengo muchos amigos y eso que se dice pretendientes, pero yo creo en el amor, ¿sabes? ¿Tú no crees?

Gabriel se echó a reír.

—Claro que creo. Supongo que será un sentimiento tan fuerte que te induce al matrimonio. Por eso yo prefiero no sentirlo.

—¿Estás en contra del matrimonio?

—No, no. ¿Por qué iba a estarlo? Mis padres llevan casados muchos años y son enormemente felices. Nunca les oí disputar. Si acaso lo más que hacen es dialogar y siempre llegan a un entendimiento. Yo a eso le llamo felicidad.

—Y teniendo el ejemplo en casa, tú, sin embargo, no estás por casarte.

La miró brevemente poniéndose serio.

—Si un día lo hago prefiero mantener decentemente a una mujer, y de momento no gano para tanto. Puedo salir una semana a vender y vendo para vivir el resto del mes. Pero a veces me paso meses sin vender nada. Son maquinarias caras y no salen como el vino o el pan. Me entiendes, ¿no?

No demasiado.

Pero, sí sabía una cosa. Que era un chico sumamente agradable y educado y ni por un momento fijó en ella una mirada equívoca.

Era demasiado aventurado subir al auto de un desconocido, su padre bien advertido se lo tenía, pero aquel chico, que seguramente ya no cumpliría los veinticinco años, resultaba de lo más correcto.

—¿Hace mucho que te dedicas a vender maquinaria agrícola? — preguntó amable.

Gaby se alzó de hombros.

—Desde que terminé el peritaje.

—Y siendo perito, ¿cómo es que te dedicas a viajante?

—Pues muy fácil, Nona. Muy fácil. No encontré otra cosa. Mi padre es empleado de correos y yo pude hacer oposiciones al mismo cuerpo, pero no me dio la gana. No sirvo para hombre de oficina. O tengo acción o soy capaz de trabajar de peón. Al menos podré moverme.

—¿Y no has procurado buscar un empleo acomodado a tus aptitudes?

—Claro. Pero ¿dónde anda ese buen señor? El trabajo no abunda y si vas por la oficina de colocación, te quedas tiesa de asombro, de las colas que hay.

—Ah.

—Por esa razón yo acepté lo que me daban y lo curioso es que lo encontré por el anuncio de un periódico. Llevo tres años en esto esperando siempre tiempos mejores, pero esos tiempos no llegan y ya me voy habituando a rodar por carreteras y hacer kilómetros.

—Pero según tú, no puedes casarte.

—Bueno, pues no. Yo mantengo honestamente a una mujer o no me caso. Eso de contigo pan y cebolla es un cuento novelesco. Si las cosas andan abundantes en el hogar, los ánimos son más alegres. Si las cosas andan mal económicamente, hasta el amor se quema.

—¿No eres demasiado realista?

—¿Y de qué me sirve ser sentimental o fantasioso?

—Yo tengo una idea distinta del amor.

—¿Sí? ¿Cómo es esa idea?

Nona no respondió en seguida.

Había terminado de fumar y miraba al frente.

No se veían más que puntos luminosos amarillentos viniendo y puntos rojos delante de ellos yendo hacia su destino.

Se había hecho noche cerrada.

—Yo creo que ese sentimiento amoroso está por encima de cualquier necesidad.

—Eres muy joven y no tienes idea de nada. Sobre todo de lo que es el matrimonio sin dinero.

—Bueno —sonrió ella algo confusa—, tampoco tengo demasiada idea de lo que es el amor. Nunca me enamoré de verdad. Ligues, amigos, unos que te agradan más que otros, cosas así, pero amor, novio, prometido, de eso nada.

—¿Has estudiado aquí?

—No, no. Interna en un colegio extranjero.

—Ya.

Y guardó silencio.

El auto iba acercándose más a la ciudad.

Casi se veían ya como si se pudiera pillar con la mano.

—Será mejor —dijo él cambiando de conversación— que mañana mandes a buscar tu auto.

—Tal vez lo haga hoy mismo. No me fío demasiado del antirrobo e igual se lo llevan:

—El mejor antirrobo es esta gruesa cadena que llevo yo a mis pies —rio él—. Es difícil que quien venga a robar se preocupe de romperla, mientras hay otros autos libres por ahí. Los ladrones de coches que tanto abundan, prefieren lo fácil.

—Tú no tienes antirrobo invisible.

—Claro que no. Para los ladrones de autos no hay antirrobos invisibles. Saben muy bien dónde están situados.

—Más a mi favor para enviar hoy a por mi auto.

—Tal vez hagas bien. —Y sin transición—: ¿Dónde te dejo?

—¿Dónde vives tú?

—Yo en una calle bastante céntrica, pero transversal.

—¿No me das tu tarjeta para poder algún día agradecerte lo que has hecho por mí? La miró asombrado.

—Si no hice más que cumplir con mi deber.

—Otros antes que tú pudieron hacerlo, y continuaron su ruta sin fijarse en mí.

—Cada uno paga por lo suyo.

—Por eso yo quiero demostrarte de algún modo mi agradecimiento.

—No, no aceptaría nada. Pero si quieres saber donde puedes tener un amigo, si quieres amistad, coge la tarjeta que está ahí en la guantera.

Nona abrió aquella y se hizo con una tarjeta.

—«Gabriel Torres, representante, calle tal y cual…» —leyó.

Gaby no dijo nada.

—Si quieres me dejas en la primera parada de taxis —dijo ella al rato —. Es suficiente.

—No me cuesta nada llevarte a casa.

—Es que prefiero pasar por la oficina de papá. Seguro que me espera allí porque quedó en esperarme.

—Como gustes.

Nona dudó un rato para decir después:

—¿Podemos vernos otro día?

—Pues… —la miró breve— ¿para qué?

—Me gusta tener un buen amigo.

—Igual no te resulto tan bueno como supones. El hecho de haberte traído hasta aquí no quiere decir que yo sea perfecto.

—Es que no busco tu perfección, sino tu amistad. Me pareces una buena persona.

Gaby rio mostrando dos hileras de perfectos dientes.

—No me considero malo, desde luego. Pero de perfecto nada.

—De todos modos me gustaría volverte a ver —lanzó una mirada a la tarjeta—. Tienes teléfono.

—Ya lo ves.

 

* * *

Y los dos se quedaron callados, como algo absortos.

Las luces de la ciudad ya se divisaban cerquísima.

La velocidad de los vehículos disminuía porque al entrar en la ciudad, no se podía correr como en una autopista.

—Mañana es sábado —decía Nona de súbito—. Podíamos vernos si tú no tienes compromiso.

Gaby no tenía más que el de sus amigos.

Solía ir con ellos a comer por la noche y luego se iba, también con ellos, a una discoteca y solía hacer el amor con alguna chica que se prestara a ello.

Lanzó una breve mirada sobre Nona.

Seguro que aquella chica no era fácil.

Pero aunque lo fuera, tampoco él tenía ganas de complicarse la vida.

Prefería andar con sus amigos, buscar amiguitas de las que no te ligaban a nada y vivir un poco a lo loco.

Solía regresar al amanecer de los sábados y después, el domingo, dormía toda la mañana y a la tarde se iba al fútbol si el equipo local jugaba en casa, y si no era así, daba un paseo por las cafeterías y a la noche solía regresar tarde.

También le agradaba hacer la tertulia de las noches de los domingos con sus padres. Eran dos excelentes personas y él sabía lo mucho que les debía, porque en vez de ponerlo a trabajar desde jovenzuelo, le ayudaron a sacar una carrera media adelante.

Por eso él tenía tanto empeño en estudiar una superior e iba camino de lograrlo. Claro que no creía que el ser ingeniero industrial le reportara más beneficios que los actuales, pues tenía amigos ingenieros de minas, licenciados o abogados que se ganaban la vida dando clases particulares.

—Verás —intentó disculparse—, como resulta que no tengo más que dos días libres a la semana, suelo tenerlos siempre comprometidos.

—¿No decías que no tenías novia?

Volvió a mirarla con expresión sonriente y afable.

—No hace falta tener novia para tener compromisos. Tengo amigos.

—Yo también los tengo, y amigas, pero prefiero mañana salir contigo.

Gaby no tenía ningún interés.

La chica era mona y simpática.

Muy joven.

Un verdadero bombón, pero eso no quería decir que él fuera a perder la cabeza.

Era un tipo bastante sereno y maldito si le gustaba aventuras comprometidas. Él prefería las otras.

Las que no dejan huella, las que no te obligan a nada. Y además, tenía la mundología suficiente para saber que la amistad con una chica determinada, a la larga o te enamoras de ella o te da disgustos.

Si él seguía tratando a aquella chica, seguro que le daría disgustos.

Mejor vivir como vivía.

Nunca se había enamorado y prefería no hacerlo.

No tenía nada contra el matrimonio, es más, pensaba que un día que pudiera estabilizar su vida se casaría porque a él le gustaba mucho el hogar. Pero no estaba ni con mucho estabilizado, y sus ingresos eran como para echarse a reír.

—Podemos ir al cine —decía ella en voz baja.

Bueno, en cierto modo era como una tentación.

—Si quieres —añadía ella viéndole titubear— te doy mi número de teléfono y me llamas.

—Dámelo si quieres —dijo Gaby por ser galante, pero pensando que no iba a usarlo nunca.

Ella abrió, el bolso, sacó una tarjeta y la metió en la guantera.

—Te la dejo con las tuyas. Recuerda que me llamo Nona.

—¿Y qué nombre es ese?

—Me empezaron a llamar así de niña y para todo el mundo soy Nona. Mi nombre nada tiene que ver con el apelativo. Me llamo Sandra.

—Pues a mí me gusta más tu verdadero nombre.

—Eso dice papá. Pero como todos me llaman Nona, yo ya no me acuerdo de mi nombre.

El auto ya estaba en la ciudad.

Los autos se amontonaban en las calles.

No había más que luces y chispeos en la noche, mezclados con las luces de las calles.

—Mira, ahí tienes una parada de taxis.

—¿De veras quieres que te deje aquí?

—Es lo mejor.

Gaby detuvo el auto a la altura de una parada y se volvió para mirarla. Ella le sonreía mostrando las dos hileras de blancos y perfectos dientes: Era muy linda y, sobre todo, muy femenina. Frágil y preciosa.

—¿Me llamarás? —preguntó ella.

—Bueno, quizá.

—Llámame. A las once es buena hora.

—De acuerdo.

—Gracias por todo, Gabriel.

—Ah, es verdad. A ti te llaman Nona, pues a mí Gaby.

—Pues muchas gracias por tu ayuda, Gaby. No sabes cuánto celebro haberte conocido.

—Igual digo.

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