Así no me compras
Capítulo VI
VI
— parte de que eres muy bonita —ponderó—, que da gusto mirarte, me pregunto qué puedes hacer conmigo que no A pertenezco a la élite de la ciudad y se me antoja que tú eres figura primordial en ella.
Nona se alzó de hombros.
—Te aseguro que me aburro mucho.
—¿Con tus amigos?
—Son banales. No saben hablar más que de frivolidades y eso harta. Yo estudié en un buen colegio y si bien no hice carrera, domino tres idiomas además del mío y no se me caen los guantes por ir, a veces, a ayudarle a papá a traducir en su oficina.
Gaby la miró con mayor curiosidad.
—¿Quieres decir que también trabajas?
—Bueno, no puedo decir que siempre, pero cuando papá me necesita, sí, por supuesto.
Gaby preguntó presuroso:
—¿Y tus amigos qué hacen? ¿Estudian?, ¿trabajan?, ¿a qué se dedican?
Nona se alzó de hombros haciendo un gesto vago.
—Mira, hay de todo. Los que dicen que estudian, pero no aprueban y viven de las rentas de papá, y papá está a pique. Y los hay qué presumen de fortunas considerables y que solo son inversionistas de bolsa, y hace algunos años se podía vivir de eso, pero como sabes la bolsa está por el suelo y los dividendos no dan ni para pagar una renta de casa elevada.
—O sea, que tú me estás saliendo muy realista.
—Es que lo soy. Una cosa es vivir de realidades y otra de fantasías. Yo tengo un padre que me enseñó a vivir de realidades. Oye, ¿no te gustaría conocerlo?
Gaby casi dio un salto ante el volante.
—¿A tu padre?
—Sí. ¿Por qué no? Es un hombre muy campechano, amable y afable.
Gaby no respondió en seguida.
Pero Nona añadió súbitamente entusiasmada:
—Oye, si te apetece nos vamos a casa y charlas con él. Te agradará.
—Pero si quedamos en que íbamos a una discoteca.
Y es que él no quería por nada del mundo una intimidad así.
Una cosa era ser amiga de Nona, y la verdad es que a cada minuto que transcurría le gustaba más serlo. Pero otra muy distinta era intimar hasta conocer al padre.
En realidad, ¿qué rayos le importaba a él el padre de Nona?
Pero no sabía cómo salir del compromiso y para evitarlo insistió:
—Me gustaría llevarte a cenar y después podíamos ir a la discoteca, prometiéndote que a las doce, cuando termine la tele, estás en casa.
—Bueno —aceptó ella conforme—. Te llevaré otro día si no te importa.
—Ya sabes que no estoy en la ciudad más que los sábados y domingos.
—Y los viernes por la noche.
—Bueno, sí. Es que termino la semana el viernes al mediodía y desde donde esté me vengo para casa.
Detenía el auto ante un restaurante normal. Ni lujos ni perifollos.
Él no era rico y se comportaba como tal.
El que ella fuera rica le tenía muy sin cuidado. Una cosa era que te fuera simpática y otra muy diferente que saliera con ella por ser una chica rica.
Él pasaba de eso. Y no era ningún pasota. Pero se consideraba fuerte, inteligente y luchador como para luchar por sí y por los suyos. De modo que nada de cuanto tuviera Nona, excepto ella en sí, le interesaba en particular.
Ella sí.
Ella era una chica estupenda y daba gusto hablar con una muchacha así por su sensatez y su falta absoluta de presunción y vanidad.
Pero de eso a lo otro mediaba un abismo.
—Seguramente —le dijo cerrando el auto y asiéndola por el codo— es la primera vez que vienes a un sitio donde se come bien, pero donde no sirve un camarero a cada comensal.
Nona sonrió feliz.
—Yo soy bastante independiente y cuando papá se va de viaje, como me gusta curiosearlo todo, voy a donde me apetece, así que este restaurante no es desconocido para mí y sé que ponen unas cocochas fabulosas.
—Eso está bien —rio él entrando con ella en el comedor.
La conversación durante la comida fue, como antes, animada y sincera.
Cuando se dieron cuenta eran las doce.
Es decir, que no les quedaba tiempo para irse a una discoteca.
Al salir él dijo pesaroso:
—Oye, no hay tiempo de ir a bailar.
—Otro día.
—¿Pero de veras piensas verme otro día?
—Si no me llamas tú, te llamo yo. Y me parece que si espero que tú lo hagas, tengo espera para rato.
—¿Me dejas ser sincero?
—Te lo pido.
—Pues allá va —salían ya del restaurante—, no volví a acordarme de ti después de dejarte ante la parada de taxis.
Ella se detuvo y le miró desilusionada.
—Gaby, ¿no crees que hay sinceridades que hieren?
—Lo siento. Pero yo tengo que ser sincero, y si no lo soy no me considero yo y como me gusta considerarme yo, pues eso.
—Yo te prefiero así.
—¿Cómo?
—Sincero, aunque hieras.
Gaby arrugó el ceño.
La miró entornando algo los párpados.
—Nona, ¿quieres que te diga una cosa?
—Sí.
—Vamos a dejar de vernos. Me resultas peligrosa.
—¿Cómo? ¿En qué sentido?
—Se me antoja que eres una mujer excepcional y yo no estoy para encontrarme con mujeres excepcionales.
—¿Por qué?
—Porque no quiero comprometerme a nada.
Ella se colgó de su brazo con las dos manos.
—Gaby —susurró, y Gaby sintió como un súbito escalofrío—, a mí me gustaría que te comprometieras a todo.
Gaby no se desprendió.
Le gustaba ir así ligado; Pero… ¿no sería aquel un juego muy peligroso?
Nona no era una chica fácil, eso era obvio.
Pero si se enamoraba de él y él de ella, sería una total equivocación o resultaría sumamente peligroso para su estabilidad moral.
—Subamos —dijo apresurado.
—¿No quieres ser mi amigo verdadero, Gaby?
—Te digo que es mejor que me lleves a casa. Y no creas, me da rabia que tengas que ir después sola hasta la tuya.
—Estoy habituada. Además, en mi bólido no hay quien me detenga. Si lo dices porque me violen o así…
* * *
Gaby sonrió divertido y casi tierno.
Aquella chica calaba.
Tenía el don de persuadir y ahondar.
Además era bonita y joven y tenía una personalidad sumamente femenina.
De pie junto al auto, la sentía aún colgada de su brazo con las dos manos y sus muslos pegados a su cuerpo, lo que le producía un súbito deseo.
Era hombre al fin y al cabo.
Y no podía ocultar su condición.
Y máxime siendo ella tan sumamente femenina y delicada.
Porque, en realidad, era exquisita.
¿En qué berenjenal estaba metiéndose él?
—Lo peor de esas violaciones en masa —dijo para desviar lo que pensaba y sentía— es que los pescan y al día siguiente los sueltan. ¿Qué ocurre? Que dejan a un peligroso violador suelto.
—Gaby, ¿tú violarías si se te presentara la ocasión?
Gaby no dudó en su respuesta.
Era firme y contundente:
—Verás, Nona. Yo soy un tipo masculino como el que más. Pero jamás engañé y mucho menos violé. Yo no voy a decirte que soy casto porque diría el mayor perjurio de mi vida. No lo soy ni quiero serlo. Hice el amor mil veces y desde muy joven, porque para cada hombre siempre hay una mujer dispuesta sin que te pida nada a cambio. He desvirgado, y perdona mi crudeza en la expresión, a muchas chicas, pero porque ellas quisieron. Esa es la diferencia de una violación. Yo jamás forcé a una chica. ¿Quieres venir conmigo? Pues vienes. Pero no esperes nada para el futuro. Esto y se acabó. ¿Qué me gustó una chica en ese plan determinado? Vuelvo. ¿No quiere ella? Pues se acabó.
—Eso es que posees sin amor.
—Indudablemente. Yo entiendo que el sentimiento nada tiene que ver con la posesión.
—Entremos en el auto —dijo Nona empujando con suma suavidad— y si quieres continuemos con la misma conversación.
—¿Para qué dilatarla?
—Es interesante, ¿no?
—¿Lo consideras así?
—¿Tú no?
—Bueno, no sé. Pienso que contigo las cosas son distintas.
—Y son. Pero puedo hablar de eso y mucho más. No voy a ruborizarme por ello, ni nadie soy para censurar lo que hagan los demás, aunque yo para mí no esté de acuerdo.
Subieron al auto.
Gaby volvió a ponerlo en marcha.
Ya estaba familiarizado con él y su automatización era para él facilísima.
Lo puso en marcha y de refilón miró a Nona.
—¿Eres virgen? —le preguntó él cariñoso.
La muchacha afirmó con rotundidad:
—Claro.
—Dices claro como si ello fuera un sacrilegio.
—¿El qué?
—No serlo.
—Ya te digo que no censuro a quien no lo sea, pero yo prefiero serlo y además te diré otra cosa. No acepto dejar la virginidad en una encrucijada. O se deja por sentimiento o no se deja.
—Tú la darías por sentimiento —dijo sin preguntar.
—No estoy segura de ello. Pero sí pienso que la daría si mis sentimientos fueran muy profundos y supiera que mi pareja me correspondía.
Gaby se agitó.
La deseaba.
¿Una barbaridad?
Pues no.
Era algo muy natural en él.
Y en cualquier otro hombre.
Sobre todo tratándose de una pareja como Nona.
El auto corría.
—Gaby —dijo ella ante su silencio—, ¿te escandalicé?
Él soltó una mano del volante y de modo instintivo le asió los dedos.
Fuerte, fuerte.
Con una intimidad grata e inefable.
—No, Nona.
—¿Cuándo nos vemos de nuevo? ¿Lo has pasado mal conmigo?
—No, claro que no.
Ella rio bajo diciendo a media voz:
—Has quedado con tus amigos.
Gaby le mostró la hora.
—Para ciertos hombres como yo, este es el momento oportuno. Sé dónde encontrarlos.
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