Asimetría

Lisa Halliday · Capítulo 1 de 3 · parte 2/4

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Asimetría

Asimetría

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—¿Se ha golpeado la cabeza?

—¿Se ha mordido la lengua?

—¿Se ha hecho pis encima?

Había una mancha de humedad en el pantalón del chándal, donde había derramado el agua del vasito de cartón que le habían dado.

—El lunes a primera hora tendrá que ponerse en contacto con un cirujano

—le dijo el interno atareado—. ¿Puede llamar a alguien para que venga a recogerla?

—Sí —susurró Alice.

Era casi medianoche cuando salió y se topó con una fuerte ráfaga de copos gruesos que, obstinados, caían de lado. Se sujetó la mano como si estuviera hecha de cáscara de huevo, caminó hasta la esquina y miró arriba, abajo y arriba otra vez, buscando un taxi.

NÚMERO OCULTO.

—¿Hola?

—Solo quería que escucharas el ruido que hace el humidificador.

—¡Ezra, no, me he roto una mano!

—¡Ay, Dios! ¿Cómo? ¿Te duele?

—¡Sí!

—¿Dónde estás?

—En la Cincuenta y nueve con Columbus.

—¿Puedes coger un taxi?

—¡Lo estoy intentando!

Cuando llegó, él llevaba ropa interior larga de seda y una tirita en la frente.

—¿Qué ha pasado?

—Me han quitado un lunar. ¿Qué te ha pasado a ti?

—Me resbalé en la escalinata de entrada.

—¿Cuándo?

—Esta mañana —mintió ella.

—¿Estaba helada?

—Sí.

—Podrías poner una denuncia.

Alice negó triste con la cabeza.

—No quiero denunciar a nadie.

—Querida, el mejor experto en manos de Nueva York es Ira Obstbaum.

O-B-S-T-B-A-U-M. Está en el hospital Mount Sinai y, si quieres, lo llamo mañana para que te vea. ¿Vale?

—Vale.

—Mientras, te vas a tomar esto para el dolor. ¿Podrás dormir?

—Creo que sí.

—Qué valiente eres. Has sufrido una conmoción. Tienes que decirte :

«Estoy aquí, me encuentro bien, disfruto del calor y la comodidad de mi cama».

Alice se echó a llorar.

—No llores, cariño.

—Ya lo sé.

—¿Por qué lloras?

—Perdona. Eres tan amable conmigo.

—Tú harías lo mismo por mí.

Alice asintió.

—Lo sé, lo siento

—No digas «Lo siento» todo el tiempo, querida. La próxima vez que tengas ganas de decir «lo siento», dime «Que te jodan». ¿Vale?

—Vale.

—¿Entendido?

—Ajá.

—¿Y?

Alice resopló.

—Que te jodan —dijo con voz débil.

—Así me gusta.

Después de tomarse las pastillas, Alice se sentó al borde de la cama, todavía con el chaquetón puesto. Ezra se sentó en su sillón de lectura, con las piernas cruzadas y el pulso latiéndole en las sienes, mientras la observaba veladamente.

—Tardan unos tres cuartos de hora en surtir efecto —dijo, mirando el reloj.

—¿Quieres que me quede?

—Claro que puedes quedarte. ¿Te apetece comer algo? Tenemos compota de manzana, bagels, requesón de tofu con cebollino y Tropicana con mucha pulpa.

Se levantó para tostarle un bagel y la miró comer con una sola mano.

Luego, Alice se acostó de cara a la nieve que, bajo la luz del balcón, caía ahora más despacio, sigilosa y uniforme, como un ejército de paracaidistas invasores. Ezra volvió al sillón y cogió un libro. Tres veces rompió el silencio el roce de las páginas al pasarlas. Luego, una efervescencia balsámica inundó las entrañas de Alice y empezó a notar una especie de vibración en la piel.

—¡Guau!

Ezra consultó el reloj.

—¿Te hace efecto?

—Mmm…

Él llamó a Obstbaum y la llevó en taxi al Mount Sinai. Encargó a Zingone que llevaran comida al piso de ella dos veces por semana durante un mes y medio.

Le hizo fotos con la mano escayolada.

—Te quiero —ronroneó Alice.

—Quieres al Vicodin, eso es lo que quieres. Se ha terminado el carrete.

Fue al armario.

—¿Qué más tienes ahí dentro?

—No quieras saberlo.

—Claro que quiero.

—Más chicas. Atadas.

—¿Cuántas?

—Tres.

—¿Cómo se llaman?

—Katie…

—No —dijo Alice—. Déjame adivinarlo. Katie y… ¿Emily? ¿Está Emily ahí dentro?

—Sí.

—¿Y Miranda?

—Exacto.

—Esas chicas son incorregibles.

—Incorregibles —repitió él, como si Alice se hubiese inventado la palabra.

La escayola pesaba y parecía pesar más cuando no llevaba nada más puesto. Se puso bocabajo y se estiró como una gata de tres patas. Luego se irguió, arqueó la espalda, los costados, volvió la cabeza y sonrió pícaramente.

—¿Qué?

Alice fue hacia él de rodillas.

—Hagamos algo malo.

Él se sorprendió un poco.

—Mary-Alice, eso es lo más inteligente que has dicho jamás.

Se sentaron en la última fila para no llamar la atención y también para que él pudiera levantarse y estirar la espalda si lo necesitaba, pero no lo necesitó. Era la matiné del sábado, el cine estaba lleno de niños. Cuando uno muy alborotado le tiró palomitas a Ezra en la manga, Alice se temió que él fuese a pensárselo mejor. Pero, entonces, Harpo encendió un puro con un soplete, Groucho pasó el sombrero a través del «espejo» y la risa

desenfrenada que soltó Ezra, echando la cabeza hacia atrás, se oyó por encima de todas las demás. Al final, cuando Freedonia le declaraba la guerra a Sylvania y los hermanos meneaban las caderas mientras cantaban

«All God’s chillun’ got guns», Ezra se sacó una pistola de agua del bolsillo y le disparó a Alice un chorro furtivo en las costillas.

— We’re going to war! [4] —iban cantando Broadway abajo, dejando atrás las luces de colores, los montículos de nieve, que parecía pintados con témperas, y los árboles navideños, atados bien prietos para que pareciesen cipreses—. Hidey hidey hidey hidey hidey hidey hidey ho!

En una tienda en la que vendían esturión, amontonados junto al resto de clientes contra el mostrador a prueba de estornudos, contemplaron el pescado ahumado, la lengua encurtida y la taramasalata como si fuesen recién nacidos en el nido de maternidad. Alice señaló un queso con la etiqueta FIRME AL UNTAR y silbó finamente. Cuando le tocó el turno, Ezra levantó un dedo y pidió «dos trozos de pescado gefilte, rábanos picantes, un cuarto de salmón ahumado y, qué diablos, cincuenta gramos de las mejores huevas de pez espátula que tengan para la señorita Eileen aquí presente».

—Uy —dijo Alice.

Ezra se volvió para mirarla con calma. Luego chasqueó la lengua y movió la cabeza con desaprobación.

—Lo siento, querida. Tú no eres Eileen.

NÚMERO OCULTO.

—¿Diga?

—Buenas noches. ¿Podría hablar con Miranda, por favor?

—Miranda no está.

—¿Dónde está?

—En la cárcel.

—¿Emily está?

—Emily también está en la cárcel.

—¿Por qué?

—Es mejor que no lo sepas.

—¿Y…?

—¿Katie?

—Eso. Katie. Katharine.

—Ella sí está aquí. ¿Quieres hablar con ella?

—Por favor.

—¿Hola?

—Hola, Katie. Soy el señor Zipperstein, del colegio.

—Ah, qué hay, señor Zipperstein.

—Hola. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Estupendo. Escucha. Te llamo para preguntarte si te gustaría estudiar en mi casa alguna noche de esta semana.

—Vale.

—¿Te gustaría venir?

—Claro.

—¿Mañana?

—Vaya, mañana no puedo. Tengo clase de piano.

—¿El jueves?

—Club de arte.

—¿Y después? ¿Después del club de arte?

—El jueves por la noche me toca poner la mesa.

—He hablado de eso con tu madre. Ha dicho que puedes poner la mesa dos veces el viernes.

—Vale.

—Entonces ¿el jueves a las seis?

—Claro.

—Dime otra vez cuál eras tú.

—Katie.

—Que no te metan en la cárcel, Katie.

—Tendré cuidado, señor Zipperstein.

—Zipper stein.

—Zipper stein.

—Así me gusta.

—«Nora, mi dulce putita, hice lo que me dijiste, guarrilla, y me la casqué dos veces cuando leí tu carta… Sí, ahora recuerdo aquella noche en que te estuve follando así tanto tiempo… Aquella noche tenías el culo lleno de

pedos, cariño, y te los saqué con mis embestidas, grandes y gordos, larguiruchos y ventosos, pequeños trallazos, rápidos y alegres, y un montón de pedetes diminutos y traviesos que finalizaban con una larga emanación de tu agujero. Es maravilloso follar con una pedorra que suelta un pedo con cada embestida. Creo que reconocería un pedo de Nora en cualquier parte.»

—Es repugnante —dijo Alice.

Él dejó el libro y la miró con cierto agravio, como aburrido. Alice se metió bajo las sábanas con dulzura y estuvo enredando por ahí hasta que él se corrió con un chorrito como el de una fuente con poca potencia.

Dormitaron.

Cuando el reloj de Ezra dio las ocho, Alice gruñó y susurró que tenía que irse. Él asintió con amabilidad y ternura, sin abrir los ojos.

Mientras se calzaba, sentada ante la mesa, dijo:

—¿Conoces al vagabundo que está delante de Zabar’s y lleva un montón de abrigos hasta en verano?

—Mmm.

—¿Le has comprado tú todos esos abrigos?

—Sí.

—¿Y crees que se volvió loco antes de ser un vagabundo o fue al revés?

Ezra lo pensó un momento.

—No te dejes llevar por el sentimentalismo.

—¿Qué quieres decir?

—Que no le tengas lástima. No le tengas demasiada empatía. Él está bien así.

En el baño, Alice se enjuagó la boca, se peinó y con el hilo dental le puso un lazo al consolador que había encima del tocador. Luego se fue.

Cuando bajaba por la escalera de su edificio:

—¡Buenos días, querida! Hoy estás muy guapa. Dime, ¿tienes novio?

—Todavía no, Anna. Todavía no.

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Él se fue a su isla a pasar allí las fiestas. Alice se fue en tren a visitar a su madre, con la que llegó a la conclusión de que era imposible no dejarse llevar por el sentimentalismo y volvió en Nochevieja para ir a una cena con unos compañeros. La berenjena estaba dura y el risotto demasiado salado y luego todos se emborracharon con un brut barato y escribieron estupideces en la escayola de Alice.

—¿Algún propósito de Año Nuevo? —le preguntó al chico que estaba repantigado junto a ella. Alguien le había dicho que iba a sacar un poemario en primavera.

—Claro —respondió él, mientras estiraba una pierna y se pasaba una mano por el cabello largo y acaracolado—. Calidad y cantidad.

En Union Square, una chica vestida con lentejuelas doradas vomitó en la boca del metro mientras sus amigos hacían fotos y se reían.

Cuando volvió Ezra, abrieron una botella de champán auténtico y comieron caviar búlgaro comprado en una tienda gourmet, Murray’s. Ezra también trajo una caja de berlinesas rellenas de mermelada de la panadería de la isla de Shelter y un estuche con ocho CD de grandes clásicos románticos, titulado They’re Playing Our Song.

—¿Hay alguna que no conozcas?

—¿«My Heart Stood Still»?

Ezra asintió, se reclinó en su sillón y respiró hondo.

—I took one look at you, that’s all I meant to do and then my heart stood

still…[5]

—¿«September Song»?

Él volvió a respirar hondo.

— For it’s a long, long while from May to December, but the days grow short when you reach September…[6]

Tenía buena voz, pero la distorsionaba para quitarle seriedad. Alice bajó los ojos con timidez y sonrió con la berlinesa en la mano. Ezra soltó una risita y se acarició la mandíbula.

—Tienes mermelada justo aquí —dijo.

—Ezra —dijo ella al cabo de un momento en la cocina, mientras le iba pasando los platos—, creo que esta noche no puedo hacerlo.

—Yo tampoco, querida. Solo quiero tumbarme contigo.

Alice luchó para encontrar un sitio en la cama en el que apoyar la mano escayolada.

—¿Cuándo te la quitan?

—El miércoles por la mañana.

—¿Por qué no te vienes luego y te doy de comer?

—Vale. Gracias.

—¿Qué tal el trabajo?

—¿Qué?

—Que qué tal el trabajo, querida.

—Ah, bien, ya sabes. No es algo que quiera hacer el resto de mi vida, pero está bien.

—¿Qué quieres hacer el resto de tu vida?

—No lo sé —rio quedamente—. Vivir en Europa.

—¿Te pagan bien?

—Sí, teniendo en cuenta mi edad.

—¿Tienes muchas responsabilidades?

—Pues sí. Y el mes que viene mi superior inmediata estará de baja por maternidad, así que dentro de poco tendré que hacer parte de su trabajo.

—¿Qué edad tiene?

—Treinta y tantos, supongo.

—¿Y tú? ¿Quieres tener hijos?

—Pues no lo sé. No lo sé, ahora no.

Ezra asintió.

—Mi querida Eileen llegó a los cuarenta y quiso tener un hijo, conmigo.

No quería perderla, así que me lo pensé muy en serio. Estuve a punto de hacerlo. Me alegro muchísimo de no haberlo hecho.

—¿Qué pasó?

—Nos separamos, fue muy duro, y le llevó cierto tiempo, pero conoció a otro, Edwin Wu. Y ahora tienen al pequeño Kyle y a Olivia Wu, dos encantos de cuatro y seis años.

Se adormecieron, aunque él no había hecho su centenar de tareas. Alice resopló.

—¿Qué?

—Mi abuela, la aficionada al béisbol, se llama Elaine, y cuando mi abuelo, que era alcohólico, le pidió matrimonio, estaba tan borracho que le dijo: «¿Quieres casarte conmigo, Eileen?» —Alice se rio.

Ezra la abrazó más fuerte.

—¡Oh, Mary-Alice, mi adorable Mary-Alice! Quiero que tengas éxito,

¿lo sabes?

Alice levantó la cabeza para mirarle.

—¿Por qué no iba a tener éxito?

Él se pasó una mano por los ojos, con dedos temblorosos.

—Tengo miedo de que aparezca algún hombre que te joda viva.

La víspera del cumpleaños de Ezra compartieron una tarta de praliné y vieron al presidente anunciar la invasión.

—En este conflicto, Estados Unidos se enfrenta con un enemigo que no se preocupa por las convenciones de guerra o los preceptos de moral…

Vamos a Iraq con respeto por sus ciudadanos, por su gran civilización y por las creencias religiosas que practican. No tenemos ninguna ambición en Iraq que no sea la de eliminar una amenaza y restablecer el control de ese país para su propio pueblo.

—Qué estúpido es este hombre —dijo Alice, negando con la cabeza.

—Esto va a acabar conmigo —dijo Ezra, pinchando un trozo de tarta con el tenedor.

Ella le regaló un cordón para las gafas de leer. Él le dio otros mil dólares para que se los gastara en Searle. La noche siguiente, un amigo daba una fiesta en su honor a la que Alice no estaba invitada.

—¿Es el mismo amigo que me llama «niña»?

Ezra procuró no sonreír.

—¿No ha oído hablar nunca de la mesa de los niños?

—Cariño, no te iba a gustar. Ni siquiera yo quiero ir. Además, eres tú la que no quiere que se sepa lo nuestro. Eres tú la que no quiere terminar en las revistas de cotilleos.

Estaba mejor de la espalda. Su libro iba bien. Quería comida china.

—Una ración de gambas con salsa de langosta, una ración de brócoli con anacardos, una ración de pollo troceado y… Mary-Alice, ¿quieres una cerveza? Dos botellas de Tsingtao… Sí. Pues no, creo que era una de

gambas, una de brócoli, una de pollo troceado y… Exacto. Dos sing-sou.

Sing-tou. Sí. Exactamente. Chin-dou —Ezra se dio una palmada en la frente con impotencia y se rio. La voz al otro extremo de la línea sonó indignada

—. ¡No! —dijo Ezra—. ¡Me río de mi manera de hablar! —Colgó—.

Cuarenta minutos. ¿Qué hacemos?

—¿Tomar un Vicodin?

—Eso ya lo hemos hecho.

Alice suspiró y se dejó caer hacia atrás en la cama.

—¡Ay, si por lo menos pusieran un partido de béisbol por la tele!

—Ay, zorrita, esta me la vas a pagar…

Él le estaba hablando de una guapa periodista palestina que había estado en la fiesta y que quería hacerle una entrevista y Alice frunció el ceño y levantó la cabeza del pecho de él.

—Oh, oh.

—¿Qué?

—El corazón te está haciendo algo raro.

—¿Qué tiene de raro?

—Chsss.

Ezra la miró con las cejas arqueadas y esperó. Alice volvió a levantar la cabeza.

—Da tres latidos y se para, cuatro latidos y se para, tres latidos y se para.

—¿Estás segura?

—Creo que sí.

—Mmm. Tal vez debería llamar a Pransky.

—¿Quién es Pransky? ¿El mejor cardiólogo de Nueva York?

—Sabelotodo. ¿Me pasas el teléfono, por favor, y mi agenda negra?

Pransky accedió a verle la mañana siguiente y no detectó ningún problema, pero decidió que de todos modos deberían implantarle un desfibrilador. Esta vez, mientras esperaba noticias, Alice estaba en el trabajo, entrevistando a la canguro de la hija de su jefe para unas prácticas.

—¿Cómo es que conoces a Roger?

—Vive al lado de mi tío, en East Hampton.

—¿Y a qué se dedica tu tío?

—Trabaja en el mercado de valores.

—Pero tú prefieres trabajar en el mundo editorial.

La chica se encogió de hombros.

—Me gusta leer.

—¿A quién te gusta leer?

NÚMERO OCULTO.

—¿Quieres que salga?

—No, no, no importa.

—Bueno, mmm, a Ann Beattie y… —NÚMERO OCULTO—. ¿Estás segura?

—No te preocupes. Ann Beattie. ¿Y?

—Julia Glass. Acabo de terminar Tres junios y es buenísima.

—Ya. ¿Alguien más?

La chica se giró para mirar a un limpiador de ventanas que estaba rapelando por el edificio de enfrente. Unos segundos después, resopló y levantó el brazo cargado de brazaletes para rascarse la nariz.

Biiip.

—Ah —dijo la chica, girándose—. Y me encanta Ezra Blazer.

—¿Qué sientes?

—Como si tuviese un mechero dentro del pecho.

—Es que precisamente parece que llevas un mechero dentro del pecho.

Sentado en el inodoro, la observó con atención mientras ella estrujaba una manopla y le daba unos toquecitos a los puntos de la herida, que terminaba a escasos dos centímetros de la cicatriz de la esternotomía. El hilo negro y rígido entraba y salía de la piel atravesándola como alambre de espino.

—¿Estás seguro de que esto es una buena idea? —le preguntó Alice—.

Mojarlo así…

—¡SSSHHH! —exclamó Ezra, sobresaltándola.

La víspera del primer partido entre Boston y los Yankees fueron a un restaurante llamado Il Bacio, al que Ezra prefería llamar La Albóndiga.

—Aquí la comida es una mierda —dijo alegremente mientras abría la carta—. Pero no podemos estar todo el tiempo en ese cuartito, ¿sabes? —Le pasó por debajo de la mesa un bote de desinfectante para manos.

—Yo voy a tomar el salmón —le dijo Alice al camarero, mientras seguía frotándose las manos.

—Y yo los espaguetis alle vongole sin las vongole. Y una Coca-Cola Light. Y… Mary-Alice, ¿quieres una copa de vino? Una copa de vino blanco, por favor, para la señorita.

Una mujer vestida con traje pantalón de color fucsia se acercó al reservado, apretándose las manos con alborozo.

—Disculpen. Estoy avergonzando a mi marido, pero tenía que decirle lo mucho que significan sus libros para nosotros.

—Gracias.

—Ahora mismo tengo dos en la mesilla de noche.

—Estupendo.

—Y usted —dijo la mujer, volviéndose hacia Alice— es muy guapa.

—Gracias —dijo Alice.

Cuando la mujer se fue, se quedaron mirándose con timidez. Ezra apoyó los codos en la mesa y se masajeó las manos.

—Bueno, Mary-Alice, he estado pensado… —El camarero trajo las bebidas—. A lo mejor te gustaría venir a visitarme al campo este verano.

—¿De veras?

—Solo si quieres.

—Claro que quiero.

Él asintió.

—Podrías ir en el tren de Greenport algún viernes cuando salgas del trabajo y luego vas en el transbordador y Clete o yo iríamos a recogerte.

—Me encantaría. Gracias.

—O podrías tomarte un viernes libre.

—Eso sería estupendo. Lo haré.

Él volvió a asentir, aunque la idea ya parecía hastiarle.

—Pero escucha, querida. Allí estaremos solos la mayor parte del tiempo, pero está Clete y otra gente que viene a cortar el césped y esas cosas, por lo que te sugiero que tomemos la precaución de buscarte un alias.

—¿Qué?

—Un nombre diferente.

—Ya sé lo que es un alias, ¿pero por qué?

—Porque son todos unos chismosos, ¿sabes? Así que te llamaremos de otra manera mientras estés allí y si alguien pregunta diremos que me estás ayudando en una investigación. Así, si alguien habla, cosa que harán, no tendrás que preocuparte cuando vuelvas al trabajo.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente en serio.

—Mmm, bueno. ¿Se te ha ocurrido algún nombre?

Él se reclinó en la silla y puso las manos en la mesa.

—Samantha Bargeman.

Alice se echó a reír y tuvo que dejar la copa de vino.

—¿De dónde has sacado ese nombre?

—Me lo he inventado.

Se limpió las manos con la servilleta y se sacó una tarjeta de visita del bolsillo de la camisa:

SAMANTHA BARGEMAN

Asistente editorial y de investigación de Ezra Blazer

—Pero no tiene número de teléfono. ¿Qué clase de tarjeta de visita no tiene número?

—No querrás que te llame nadie, querida.

—Lo sé, pero… es por la credibilidad. ¿Quién se va a creer que esta es mi tarjeta de verdad?

Sin inmutarse, se puso cómodo para dar cuenta de los espaguetis. Agarró el tenedor.

—Está bien —dijo Alice, riendo—, ¿y cuándo piensas…?

—Tal vez en julio. Podría ser el fin de semana del cuatro de julio. Ya veremos.

Aquella noche Ezra le dio, además del resto de tarjetas (doscientas, impresas en cartulina de color mantequilla y empaquetadas en una caja de color gris jaspeado):

Seis melocotones verdes.

Un catálogo de la Vermont Country Store y le dijo que pidiese caramelos Walnettos, además de lo que quisiera, y que lo cargase a su cuenta.

Quince billetes de cien dólares envueltos en una hoja de cuaderno de rayas en la que había escrito con rotulador rojo: YA SABES DÓNDE IR CON

ESTO.

—Esta semana el Congreso de Estados Unidos ha aprobado una legislación histórica para fortalecer y modernizar Medicare. Bajo los proyectos de ley de la Cámara de Representantes y del Senado, por primera vez en los treinta y ocho años de Medicare, las personas mayores de Estados Unidos recibirían cobertura para medicamentos recetados.

Estamos actuando porque Medicare no ha mantenido el ritmo de los avances de la medicina moderna. El programa fue diseñado en los años sesenta, época en la cual permanecer en el hospital era común mientras que las terapias con medicamentos eran más bien poco frecuentes. Hoy en día, los medicamentos y otros tratamientos pueden reducir el tiempo de estancia en el hospital, al mismo tiempo que mejoran drásticamente la calidad de la atención. Ya que Medicare no cubre el costo de estas medicinas, muchas personas mayores tienen que pagar por las recetas de su propio bolsillo, lo que frecuentemente las obliga a tomar la difícil decisión de o bien pagar las medicinas o bien hacer frente a otros gastos.

En enero sometí al Congreso mi plan para la reforma de Medicare, que insistía en dar a las personas mayores acceso a la cobertura de los medicamentos recetadas y al mismo tiempo ofrecer más opciones bajo Medicare. El punto central de este enfoque es el de la opcionalidad: las personas mayores deben poder escoger planes de atención sanitaria que sean adecuados a sus necesidades. Cuando los planes de atención sanitaria compitan para ganárselos como clientes, las personas mayores tendrán opciones mejores y más económicas para su cobertura sanitaria. Los miembros del Congreso y otros empleados federales ya tienen la posibilidad de escoger entre diferentes planes de salud. Si poder escoger es bueno para los legisladores, entonces es bueno para las personas mayores de Estados Unidos…

—Cállate ya —musitó Alice y se levantó para cambiar de emisora antes de seguir cortando las etiquetas de la ropa nueva que había comprado en Searle.

Un soniquete llamando a la puerta.

Era Anna, vestida con una bata mal abrochada, que le tendía con manos trémulas un tarro de sauerkraut.

—¿Podrías abrirme esto, querida?

—… Aquí tiene.

—Gracias. ¿Cómo te llamas?

—Alice.

—Qué nombre tan bonito. ¿Estás casada?

—No.

—Me pareció oír a alguien. ¿Tienes novio?

—No, no tengo novio, me temo…

Además de los Walnettos, Alice eligió unas barritas de caramelo de coco con sabor a sandía, unos caramelos de mantequilla de cacahuete y melaza, unos caramelos masticables y unos soldaditos de caramelo («Un saludo marcial a tu espíritu goloso»). Luego se metió en la cama y se durmió con la radio encendida, el Camus inclinado sobre las rodillas y el bolígrafo con el que había subrayado ciertos pasajes manchándose de tinta la manga del pijama.

—Porque le tengo afecto —respondió Cormery con calma.

Malan acercó la ensalada de frutas y no contestó nada.

—Porque —prosiguió Cormery—, cuando yo era muy joven, muy necio y estaba muy solo […], usted se acercó a mí y sin mostrarlo me abrió las puertas de todo lo que yo amo en este mundo.

Le dolía la espalda. Tenía los pechos hinchados. En el trabajo regañó a la chica nueva por vaciar demasiado despacio el lavavajillas de la oficina.

De debajo de su lavabo sacó una caja plegable de plástico rosa que estaba gris del polvo. MAR, decía la última cavidad sin píldora. Las blancas le dicen a tu cuerpo que estás embarazada, las azules que era broma. Tres años antes, seis semanas de píldora la dejaron llorosa e irascible hasta el borde de la demencia y las dejó. Pero ahora era mayor, mayor y más atenta a la probabilidad de una emboscada hormonal. Esta vez, estaría preparada para los pensamientos histéricos y sería más lista que ellos.

Así pues: una píldora blanca esta noche, una píldora blanca mañana, una píldora blanca el viernes, más una cuarta el sábado, después de comer. Así, supuso que pasaría el fin de semana sin sangre…

NÚMERO OCULTO.

—¿Sí?

—¿Todo listo?

—Casi.

—¿A qué hora sale el tren?

—A las nueve y doce.

—No te lo vas a creer, pero estoy releyendo David Copperfield para mi libro y en la cuarta línea de la página ciento doce he encontrado la palabra gabarrero. [7]

—No.

—¡Sí! Escucha esto: «Me contó que su padre era gabarrero y participaba con un tocado de terciopelo negro en el desfile del alcalde. También me informó de que nuestro principal asociado sería otro chico al que me presentó con lo que me pareció el extraño nombre de Fécula de Patata». Así te voy a llamar a partir de ahora, Mary-Alice, «Fécula de Patata».

—Estupendo.

—¿Te lo puedes creer? ¿Qué haya leído gabarrero la víspera de tu llegada? ¿Con qué frecuencia se encuentra uno con esa palabra?

—Casi nunca.

—Exacto, casi nunca.

Alice tomó un sorbo de marrasquino Luxardo.

—¿Un polvo?

—Si quieres.

—No, supongo que no debemos. Es tarde.

Ella esperó.

—Querida.

—¿Qué?

—Dime una cosa.

—Vale.

—¿Piensas alguna vez que esto no es bueno para ti?

—Al contrario —respondió Alice, un poco demasiado alto—. Creo que es muy bueno para mí.

Ezra se rio con ternura.

—Eres una chica muy divertida, Mary-Alice.

—Estoy segura de que las hay más divertidas.

—Probablemente tengas razón.

—En cualquier caso, me haces feliz —dijo ella.

—Ay, querida. Tú también me haces feliz.

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La luz brillaba entre los árboles, cuyas hojas, cuando el viento las traspasaba, susurraban como dioses tras un largo y etílico almuerzo. El aire era templado y salobre y, de vez en cuando, traía un olorcillo a resina de pino que burbujeaba al sol. Alice se zambulló en el agua, que Ezra mantenía a una temperatura similar a la corporal, y, tras avanzar como un torpedo hasta la mitad, emergió para completar sin prisas treinta largos a braza, moviendo las piernas como una rana, casi juntando las manos antes de girar, una y otra vez, la derecha siempre estirada para posarse entre los insectos que se arrastraban por las lajas de piedras del borde y la izquierda siempre doblada para limpiarse la nariz antes de iniciar la siguiente vuelta. Algunos días hasta le parecía que, de alguna forma, estaba progresando con la rutina, como si los largos que nadaba no tuviesen exactamente la misma distancia recorrida y vuelta a recorrer una y otra vez, sino longitudes que extendidas como tuberías de un extremo al otro algún día la llevarían a un destino tan lejano como lo que entre todas sumaban. Sus manos, cuando se acercaban hasta casi juntarse del todo y luego se separaban, le parecían las de alguien antes seducido por la oración que luego la había abandonado por otras formas de hallar paz: una persona instruida, liberal, culta. Una persona ilustrada. La caseta de la bomba de la piscina zumbaba.

Por las noches escuchaban Music For a Weekend to Remember, que era como el programa de Jonathan Schwartz pero más ñoño, y se llevaban los platos a la caseta con mosquitera o, si había partido, a la sala de estar rosada. Sobre la repisa de la chimenea, al lado de una pirámide de cristal que proyectaba en la pared unos arcoíris trémulos, había un antiguo calendario de madera con tres aberturas en el frente y unas espigas que hacían girar hacia delante los rollos de tela que tenía dentro hasta el día de la semana, la fecha y el mes correctos:

SÁBADO

2

AGOSTO

Las espigas eran pálidas y suaves y, cada vez que pasaba al lado, Alice no podía resistirse a hacer girar una un poco, aunque nunca se atrevió a cambiar del sábado al domingo o del 2 al 3 o de agosto a septiembre, por temor a no poder moverlas hacia atrás.

Detrás del sofá había una estrecha consola de mármol con un montón de libros que a Alice le llegaba a la altura del codo. Muchos eran de escritores destacados, de otros conocía el nombre por ser amigos de él. El amigo que la llamaba «la niña», por ejemplo, había escrito un libro sobre Auschwitz para el que Ezra había dado una cita comedidamente favorable. También había galeradas, entre ellas las de una biografía de Arthur Miller y las de una novela que el lugar donde trabajaba Alice tenía previsto publicar en otoño, con una carta de su jefe metida dentro con cuidado.

Querido señor Blazer:

Como verá en mi introducción, Allatoona! es una novela muy especial, por no hablar de un tributo sutil, respetuoso y, por último, muy conseguido a su influencia. No le pido que la promocione, solo espero que la disfrute tanto como hemos hecho todos en Gryphon, con sorpresa y placer por su aplomo, su equilibrio exquisito, su ingenio mordaz…

Alice cerró la galerada, cogió el libro sobre Auschwitz y salió al porche.

A veces, a la hora de la cena, pasaba un vecino anciano que les traía huevos de su gallinero y los rumores del lugar. Otras noches, Ezra y ella jugaban a las cartas o leían o se iban con una linterna al embarcadero a contemplar las estrellas. Un sábado caminaron hasta la hostería Ram’s Head, donde un banquete de bodas seguía en plena celebración. Unos hombres blandían mazos de croquet y perseguían por el césped a las damas de honor descalzas, mientras un quinteto tocaba estándares de jazz en el bar.

«No», dijo Ezra con firmeza cuando Alice lo atrajo provocativa agarrándolo de los brazos. Pero entonces comenzó la matraca tribal de «Sing Sing Sing»

y al instante él se puso a percutir el aire como si estuviera poseído por Lionel Hampton. Un chasquido de dedos por aquí, un giro de tacones por allá; en un momento dado, llegó a ponerse de puntillas y se atrevió a doblar un segundo las rodillas como un acordeón. Le había agarrado la mano a Alice y la hacía dar giros, como si estuviese dibujando con un espirógrafo,

que se iban volviendo más largos y amplios con cada rotación, cuando una mujer que llevaba un ramillete al revés, se acercó contoneándose y dijo:

—¿Sabes? Todo el mundo me dice que eres clavado a mi marido.

—Es que soy tu marido —respondió Ezra, antes de inclinar a Alice hacia atrás hasta dejarla en posición casi horizontal y conducirla hacia la banda.

El dormitorio estaba en la parte más alta de la casa, donde los suelos crujían con sobriedad y las ramas nudosas de un viejo roble llenaban las ventanas de un verdor ondulante. Por las mañanas, acostada frente a él, cuando observaba el marrón radiante de su iris y se maravillaba de que pareciera estar sin estrenar, límpido y despierto, incluso después de muchos cumpleaños y guerras y matrimonios y presidentes y asesinatos y operaciones y premios y libros, Alice suspiraba. Entre los dos habían vivido noventa y siete años. Cuanto más duraban, más confundía los ojos de Ezra con los suyos. Fuera, los pájaros chismorreaban con alegría. Cuando el sol le empezó a dar en la cara, Alice se incorporó y se metió un mechón de pelo por detrás de la oreja. En la mejilla seguían marcadas las arrugas de la almohada. Con solemnidad, se tocó la nariz con un dedo, luego la barbilla, luego el codo, otra vez la punta de la nariz y se tiró de la oreja.

—Toque de bola —dijo Ezra con voz ronca.

¡Sí! Nariz, barbilla, codo, muslo, lóbulo, lóbulo, otra vez la punta de la nariz, tres palmadas rápidas.

—Robar una base.

¡Bien! Barbilla, muslo, lóbulo, lóbulo, codo, codo, visera imaginaria.

—Bateo y carrera.

Cuando le tocó a él, Ezra reprodujo lo que había hecho ella, pero en el doble de tiempo y con la cara impávida y al final de cada secuencia le señalaba el ombligo. Alice se tiró hacia atrás sobre la almohada, riendo.

Ezra se le unió y le besó el pelo.

—La más adorable. Eres tú la más adorable.

Las palabras eran como una pluma cálida en su oído. En el otro oído, en un tono que sonaba casi arrepentido por tener que recordárselo, el reloj de Ezra dio las doce.

«Sigo mi camino con la precisión y la seguridad de un sonámbulo.» Y, sin embargo, el camino de un sonámbulo es cualquier cosa menos preciso y seguro. El líder inseguro es el que se esfuerza por convencer a sus súbditos

y, tal vez por encima de todo, a sí mismo de que sus objetivos son sensatos y puros. Solo de una cosa está seguro, de que le gustaría dirigir, le gustaría detentar el poder, le gustaría que le adorasen, le gustaría que le obedecieran. Hasta cierto punto, todos los políticos tienen deseos así, pues de lo contrario habrían elegido otra profesión menos autoritaria. Pero en algunos casos los deseos son extremos, nacen del impulso de compensar humillaciones pasadas, tal vez un padre ilegítimo o el rechazo de una institución académica a la que uno aspiraba a pertenecer. Le exaspera la sensación de que el mundo no le comprende, no le aprecia, por lo que debe reconstruirlo para que sea un mundo que sí lo haga. La dominación no es tan solo una fantasía, sino también una forma de venganza por su condición de fracasado, de subordinado, de «paria entre parias», como diría The New York Times en una necrológica del Führer que no tenía menos de trece mil palabras.

En la cocina había tres medias botellas de Pinot Noir, una jarra de Stolichnaya y una botella sin abrir de Knob Creek. Mientras miraba por la ventana la piscina de abajo, donde Clete retiraba las impurezas de la superficie con una red de mango largo, Alice le quitó el tapón al vodka, lo empinó para tomar un trago y volvió al porche.

Pero megalomanía no es la palabra correcta. Tanto el sufijo como el prefijo implican un exceso, un sentido incongruente de la propia influencia, una idea delirante. Sin embargo, Hitler no tenía ideas delirantes sobre la magnitud de su poder. Sí, se engañaba sobre el valor de sus objetivos, pero no parece verosímil que exagerase su impacto en la historia de la humanidad. ¿Cuándo se convierte entonces la idea delirante de un solo hombre en realidad mundial? ¿Está destinada cada generación a lidiar con los caprichos de un dictador? «Mediante la astuta y constante aplicación de la propaganda —leemos en Mein Kampf —, el cielo le puede ser presentado al pueblo como infierno y viceversa, la experiencia más desdichada como el paraíso». Pero solo cuando el pueblo en cuestión no cumple con su deber de vigilancia. Solo cuando somos cómplices a través de la inacción. Solo cuando incluso nosotros caminamos como sonámbulos.

Otro trago.

—¿Cariño? Cariño, ¿dónde estás?

Empezó a sonar una radio. Se oyó el sonido de una cisterna. Pasos que cruzaban las viejas tablas del suelo y bajaban los escalones como un muchacho. Alice le observó a través de la ventana del porche, mientras él revisaba lo que parecía una antigua caja de municiones de madera, seleccionaba uno de los álbumes del montón que había dentro y lo sacaba ceremoniosamente de su funda. Al instante, se oyó un sonido brusco, aterciopelado, seguido por unos compases tropicales que sonaban como un luau.

Beyond the blue horizon

waits a beautiful day.

Goodbye to things that bore me,

joy is waiting for me! [8]

Entre una y otra estrofa, gritó por la ventana:

—¿Quieres beber algo?

Estaban en la caseta con mosquitera, chupándose la salsa barbacoa de los dedos y observando una canoa que cruzaba deslizándose el puerto cristalino, cuando apareció un hombre por el césped y se acercó vacilante a través de la oscuridad.

—¡Virgil! —lo llamó Ezra—. ¿Cuál es la buena nueva?

—Esta mañana un topo se ha metido debajo de mi cobertizo, pero me he encargado de él.

—¿Te has encargado de él?

—Me he encargado de él.

El viejo tosió, levantó la puerta de tela mosquitera y se agachó con cautela para entrar.

—Escucha, Virgil, tengo que pedirte un favor. ¿Sabes la parcela que hay frente a la carretera? ¿La que llega a North Cartwright?

—Sí.

—¿Sabes quién es el propietario?

—La tiene una señora de Cape Coral desde hace años.

—¿Qué clase de señora?

—Más o menos de mi edad. Se llama Stokes. Su tío vivía en aquella casita gris de tablas, en Williette. Cuando murió, sus hijos se la vendieron a

los músicos esos.

—Bueno, pues me gustaría ponerme en contacto con la señora Stokes, si puede ser, porque he estado pensando que me gustaría comprar esa parcela antes de que venga cualquiera y ponga allí un túnel de lavado de coches.

Virgil asintió y volvió a toser, se le contraían los hombros y la piel de alrededor de las manchas se le ponía de un vívido tono ciruela.

—Querida —dijo Ezra en voz baja.

Alice asintió y entró en la casa. Volvió con un vaso de agua y se lo ofreció a Virgil.

—Gracias, Samantha —dijo Virgil.

Después estaban ella y Ezra en la cocina jugando al gin rummy cuando Alice le preguntó con despreocupación «qué se debería hacer en caso de una urgencia». Ezra recolocó con calma sus cartas y contestó:

—¿Te refieres a qué tendrías que hacer si estuviéramos haciéndolo y se apagase el mechero?

—Sí, algo así.

—Llamar a Virgil.

—Ja.

—Lo digo en serio. Virgil es el técnico en emergencias sanitarias del lugar.

—¿El técnico en emergencias sanitarias del lugar tiene cien años?

—Tiene setenta y nueve y fue paramédico de ambulancia en la Segunda Guerra Mundial. Estaba allí cuando Patton dijo: «Cabrones, os estamos entrenando para que les deis una paliza a los japoneses». Pero tú no tienes por qué saber quién era Patton. Gin.

Se levantó para ir al baño y cuando volvió parecía asombrado.

—Casi se me había olvidado que habíamos comido espárragos.

—Entonces…, ¿no hay ningún hospital en la isla?

—Hay un hospital en Greenport y otro en Southampton. Pero no te preocupes. Virgil sabe lo que hace. Y en cualquier caso —extendió la mano

—, mírame. Estoy bien.

Después de mirar a Alice durante un momento, parpadeando, con aire pensativo, retiró la mano para mirar el reloj.

—¿Has leído esto? —levantó el libro sobre Auschwitz.

—No es bueno. —Ezra negó con la cabeza.

—¿Qué quieres decir?

—Demasiado control de esfínteres.

—¿Perdona?

—Que si a Hitler le enseñaron a controlar sus esfínteres demasiado pronto, que si a Mussolini lo dejaron en el orinal demasiado tiempo. Todo es especulación freudiana que no tiene ninguna relación con nada. Si quieres saber algo del Holocausto, te diré lo que tienes que leer.

Los domingos ella se dedicaba a rumiar lo que sería ir a la ciudad, cinco días más de responder llamadas, terminar a toda prisa los textos de contracubierta, desatascar grapadoras. Cuando Ezra bajó a la piscina a hacer gimnasia acuática, Alice se lo quedó mirando por la ventana mientras él descendía para caminar dentro del agua de un lado a otro por la parte menos honda, moteada por el sol, disfrutando de la resistencia. Entonces se levantó el viento, borrándolo de la vista, y Alice se pasó el resto de la mañana vagando de una habitación a otra, cogiendo y dejando libros, sirviéndose vasos de limonada y sentándose en la cocina para bebérselos, escuchando las abejas. El reloj de encima del fregadero sonaba muy fuerte.

Él entró poco después de las dos y la encontró tendida en el sofá, con el antebrazo tapándole los ojos.

—¿Qué te pasa, querida?

—Nada, solo estaba pensando.

—¿No quieres meterte en la piscina?

—Dentro de un rato.

—¿A qué hora sale tu tren?

—A las seis y once.

—¿A qué hora llegas?

—Debería estar en casa a las nueve y media.

—Te va a llevar Clete al transbordador. Yo, mientras… —Miró a su alrededor, como si la habitación estuviera hecha un desastre y no supiera por dónde empezar—. Me voy a quedar aquí un tiempo. Por lo menos hasta finales de septiembre. Tengo que terminar este borrador.

—Vale.

—Me está dando problemas.

—Ajá.

—Tengo algo para ti.

Se sacó del bolsillo de la camisa una hoja de papel con tres orificios, doblada con cuidado en cuatro partes.

Gitta Sereny, Desde aquella oscuridad

Primo Levi, Si esto es un hombre

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén

—Gracias —dijo Alice.

—No se meguecen —dijo él.

Había nacido en Altmünster, una pequeña ciudad austriaca, el 26 de marzo de 1908. Su única hermana ya tenía diez años, su madre aún era joven y guapa, aunque su padre ya era un hombre mayor.

—Cuando nací, él trabajaba de sereno, pero todo en lo que pensaba y de lo que hablaba era de sus días como oficial de dragones del ejército austrohúngaro. Su uniforme de dragón, siempre bien cepillado y planchado, colgaba del armario. No lo soportaba, acabé odiando los uniformes. Sabía desde muy pequeño, no sé exactamente cuándo, que mi padre no me había deseado realmente. Les oía hablar. Él pensaba que yo no era suyo. Pensaba que mi madre…, ya sabe…

—Y, a pesar de todo, ¿era cariñoso con usted? —le pregunté.

Se rio sin regocijo.

—Era un dragón. Nuestras vidas se regían según sus pautas marciales.

Le tenía un miedo atroz. Recuerdo con nitidez un día en concreto; yo tenía cuatro o cinco años y me habían regalado unas zapatillas nuevas. Era una fría mañana invernal. Los vecinos de al lado se trasladaban. El vehículo de la mudanza estaba allí; un carruaje de caballos, naturalmente. El chófer se había metido en la casa para ayudar con los muebles y ahí estaba ese precioso carruaje sin nadie que lo vigilara.

»Me puse a correr sobre la nieve, con las zapatillas nuevas y todo. La nieve casi me llegaba hasta las rodillas, pero no me importó. Subí y me senté en el asiento del conductor, allí arriba. Todo lo que podía verse estaba calmo, blanco, detenido. Únicamente, en la distancia, podía divisarse una mota negra que se movía sobre la blancura de la nieve. La miré con atención, pero no conseguía identificar la figura, cuando de pronto me di cuenta de que era mi padre que volvía a casa. Me bajé enseguida y corrí sobre la nieve tupida hasta llegar a la cocina, donde me

escondí detrás de mi madre. Pero llegó casi al mismo tiempo que yo.

«¿Dónde está el chico?», preguntó, y tuve que salir. Me puso sobre sus rodillas y me azotó. Se había cortado el dedo unos días antes y llevaba una venda. Me atizó tan fuerte que se le abrió la herida y empezó a derramar sangre. Oí gritar a mi madre: «¡Para ya, estás salpicando sangre en las paredes limpias!».

Su jefe estaba al teléfono, con los pies en el escritorio, haciendo rodar entre los dedos un trozo de cinta adhesiva.

—¿Qué me dices de Blazer? ¿Por qué ya no publicamos nada de Ezra Blazer? Hilly sería incapaz de distinguir algo de la literatura ni aunque se le pusiera de rodillas.

Alice dejó una carpeta en la bandeja de alambre de fuera del despacho y se arrodilló para ajustarse la correa del zapato.

—No. ¡No! Yo no dije eso. Hilly es un mentiroso de mierda. Lo que dije fue que íbamos a ganar un millón con el libro nuevo más otros doscientos cincuenta por el fondo editorial, aunque es una cantidad mayor de la que nos merecemos, casi lo mismo que vale la puta casa que tienes en Montauk.

¿Eso te parece «prudente»?

Actualmente, en Alemania, esta idea de los judíos «prominentes» todavía no ha sido olvidada. Y así vemos que mientras los judíos excombatientes y los demás grupos de judíos privilegiados ni siquiera se mencionan, todavía se lamenta el sino de judíos «famosos», con total olvido de los restantes. No son pocos, especialmente en las minorías cultas, quienes todavía lamentan públicamente que Alemania expulsara a Einstein, sin darse cuenta de que constituyó un crimen mucho más grave dar muerte al insignificante vecino de la casa de enfrente, a un Hans Cohn cualquiera, pese a no ser un genio.

NÚMERO OCULTO.

—Hola.

—¿Cómo estás, Mary-Alice?

—Muy bien, ¿y tú?

—Estoy bien. Solo quería saber cómo te va.

—Mmm.

—¿Seguro que estás bien? Pareces un poco triste.

—Estoy un poco triste, pero no es nada. No te preocupes. ¿Qué tal tu libro?

—No sé. A saber si es bueno. Qué cosa rara esta. Inventarse cosas.

Describir cosas. Describir la puerta que alguien acaba de cruzar. Es marrón, los goznes chirrían… ¿A quién le importa una mierda? Es una puerta.

—«Los empeños artísticos requieren mucha paciencia» —dijo finalmente Alice. Podía oír croar a las ranas.

—La memoria es como una trampa de acero, Fécula de Patata.

El campo tenía unas veinte hectáreas (seiscientos metros por cuatrocientos) y se dividía en dos grandes secciones y cuatro subsecciones.

El «campo superior» —Campo II— incluía las cámaras de gas, la instalación para el tratamiento de los cadáveres (fosas de cal al principio, luego inmensas parrillas para la incineración, conocidas como

«asadores») y los barracones para los Totenjuden, los grupos de trabajo judíos. Una de las barracas era para hombres, luego hubo otra para mujeres. Los hombres cargaban con los cuerpos y los quemaban; las doce chicas cocinaban y lavaban.

El «campo inferior» o Campo I estaba subdividido en tres secciones, rígidamente separadas por alambradas de espino que, al igual que las vallas exteriores, estaban entretejidas con ramas de pino a efectos de camuflaje. La primera sección contenía la rampa de descarga y la plaza (Sortierungsplatz) donde se hacían las primeras selecciones; el falso hospital (el Lazarett ), donde los viejos y enfermos eran tiroteados en lugar de gaseados; las barracas para desnudarse, donde las víctimas dejaban su ropa, se les cortaba el pelo si eran mujeres y eran registradas internamente en busca de objetos valiosos escondidos y, por fin, la «carretera hacia el cielo». Esta, que empezaba a la salida de la barraca donde se desnudaban las mujeres y los niños, era un paso de tres metros de ancho con alambradas de espino de tres metros de alto a ambos lados (también espesamente camufladas con ramas, que se renovaban constantemente, de

modo que no podía verse nada), por el que los prisioneros desnudos, en hileras de a cinco, tenían que correr cien metros colina arriba hasta los

«baños» —las cámaras de gas— y donde, cuando el mecanismo del gaseo se averiaba —algo que sucedía a menudo—, debían mantenerse a la espera de su turno durante horas.

Alice estaba a punto de enviar un correo rechazando otra novela escrita en segunda persona, cuando la pantalla se puso en negro y el aparato de aire acondicionado chisporroteó y se apagó, a lo que siguió un silencio sombrío y primordial.

—Joder —dijo su jefe desde el pasillo.

Una hora después ella y sus compañeros seguían inclinados sobre papeleo atrasado, en un ambiente cada vez más frío y húmedo, y él pasó con mala cara y les dijo que podían irse a casa, si es que eran capaces de llegar.

Veintiún pisos más abajo, en el vestíbulo, los bomberos iban de acá para allá por los ascensores precintados, mirando los indicadores de posición parados. En la calle Cincuenta y siete, los vehículos competían por abrirse paso en los cruces sin semáforo, mientras que el número de peatones parecía haberse cuadriplicado desde por la mañana. Al norte de Columbus Circle, donde un hombre con gafas de espejo y con la camisa remangada hasta los bíceps se había autoproclamado guardia de tráfico, la cola de Mister Softee rodeaba toda la manzana. Más largas todavía eran las colas para usar las viejas cabinas telefónicas, que se habían ganado una prórroga: la gente se acercaba a ellas con recelo, como si estuviesen entrando en confesionarios plantados en la calle. En la calle Sesenta y ocho y en la Setenta y dos, la muchedumbre revuelta empujaba para entrar en autobuses ya vencidos por el peso. En la Sesenta y ocho, una tienda de frutos secos y helados estaba regalando cucuruchos. Una manzana más arriba, el arpa de neón del pub Dublin House parecía haber consumido todo su color y el calor habitual, en aquellas circunstancias misteriosas, empezó a parecer extraordinario: penetraba de modo siniestro e ineludible, como un gas llenando una celda. Delante de los grandes almacenes Filene’s Basement, dos mujeres que llevaban cuatro bolsas y cinco niños entre las dos regateaban con el conductor de una limusina que se dirigía al norte de la

ciudad. En la esquina de enfrente, el vagabundo, que parecía más jorobado que nunca debajo de un centenar de abrigos, tenía los codos apoyados en un dispensador de periódicos y, al tanto de todo, bostezó.

Alice llamó a la puerta de Anna, pero no hubo respuesta. Ya en su piso se quitó los zapatos, la blusa, la falda de trescientos dólares, se sirvió una copa de Luxardo y durmió. Se despertó en medio de una negrura insondable y con el móvil emitiendo un sonido quejumbroso. Justo frente a la puerta de su piso, un quinto tramo de escaleras subía a la azotea, o más bien a una puerta con una advertencia de alarma que en dos años no había oído nunca saltar. La ignoró y subió cruzando el romboide de cielo violáceo y, con el alivio de notar una brisa leve, caminó sobre el techo de su propio piso, se detuvo en la proa del edificio y miró a la calle. De la avenida de Ámsterdam salía un coche que aceleró en dirección al oeste, los faros se abrían paso en la oscuridad con una intensidad nueva y valiosa. Dos fachadas más allá, la luz de una vela titilaba en una escalera de incendios. A la derecha, al otro lado de la franja de aquel río negro como la tinta, la costa de Nueva Jersey aparecía muy poco iluminada, como si solo hubiese hogueras en el paisaje.

Desde Broadway subía una voz masculina: «Cerveza fría. Todavía me queda cerveza fría. Tres dólares».

El teléfono emitió otro pitido funesto. Sin el estruendo del metro, sin los trenes zumbando a toda velocidad subiendo por Hudson ni el zumbido de las máquinas de aire acondicionado ni de los frigoríficos ni de las lavanderías, de las que hay tres por manzana, era como si a un mamut se le hubiese parado el corazón. Alice se sentó y al rato miró hacia arriba para enfrentarse a las estrellas. Parecían mucho más brillantes sin la competencia que solían tener abajo, más brillantes y victoriosas, una vez reafirmada su supremacía en el cosmos. Desde la oscilante escalera de incendios llegaban los acordes indefinidos de una guitarra. El vendedor de cerveza se había dado por vencido o había agotado las existencias. La luna también parecía más definida y luminosa, de modo que, de pronto, ya no era la luna de Céline ni la de Hemingway ni la de Genet, sino la de Alice, que juró describirla un día como era realmente: la luz que recibía del sol. La sirena de un coche de bomberos pasó de un tono más agudo a otro más grave en dirección al norte debido al efecto Doppler. Un helicóptero cambió de dirección como si fuera una langosta ahuyentada por unos dedos

gigantescos que estuvieran surcando el cielo. El móvil de Alice, que ella tenía en la mano, emitió tres pitidos finales y exasperados y murió.

… me parece, en cambio, digno de atención este hecho: queda claro que hay entre los hombres dos categorías particularmente bien distintas: los salvados y los hundidos. Otras parejas de contrarios (los buenos y los malos, los sabios y los tontos, los cobardes y los valientes, los desgraciados y los afortunados) son bastante menos definidas, parecen menos congénitas y, sobre todo, admiten gradaciones intermedias más numerosas y complejas.

Seguir: parte 3 de 4