Atlántida
Sección 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.
–¿Qué tienes?
–Estoy reuniendo los datos que grabamos antes de que se estropearan las cintas -dijo Ingram con la mirada clavada en la pantalla-. Como sabes, perdimos poco antes el SATCOM, el GPR y la FM. Tengo nuestras últimas transmisiones y nuestra última posición del GPR. Después… -Se interrumpió, entrecerrando los ojos.
–¿Qué? – inquirió Ariana.
–Hay algo raro en los datos del GPR.
Ariana frunció el entrecejo. El GPR se limitaba a conectar el avión a los tres satélites del sistema de posicionamiento global más próximos que les informaba de su posición. Esperó a que Ingram tecleara algo en su ordenador.
–Alguien interceptó la señal del GPR -dijo él por fin.
–¿Qué quieres decir?
–Quiero decir que un miembro de nuestra tripulación estuvo enviando un mensaje secreto del que se supone que no estamos enterados -explicó Hudson-. Alguien envió nuestros datos a otra parte a través de los satélites GPS justo antes de que nosotros los enviáramos al CII. – Levantó la vista hacia ella-. Tenemos un espía a bordo.
–Estupendo -murmuró Ariana.
–¡Oh, no! – El grito llegó del ordenador.
Ariana corrió hacia allí seguida de los demás. Carpenter tenía en la mano un panel gris, pero estaba paralizada, mirando los voluminosos rectángulos metálicos que contenían el núcleo de Argus.
Ariana vio inmediatamente lo que había causado la reacción de Carpenter: un haz de luz dorada de unos veinte centímetros de diámetro había perforado el revestimiento del avión por debajo de la consola del ordenador central. A treinta centímetros del soporte físico del ordenador, el haz se dividía en cuatro rayos más pequeños de cinco centímetros de diámetro, y cada uno se introducía en un panel diferente. Los rayos dorados palpitaban y se ondulaban mientras ellos observaban cómo un nuevo rayo de cinco centímetros se separaba del haz principal y se abría paso a ciegas hacia la izquierda, alcanzando otra parte de Argus. Se oyó un breve siseo y el rayo penetró en su interior. El haz de luz dorada principal se ensanchó otros cinco centímetros.
–¿Qué demonios es eso? – preguntó Ariana.
–No tengo ni idea -respondió Carpenter-. Pero ahora ya sé por qué no puedo acceder a Argus. Eso lo controla.
–¡Desenchúfalo! – ordenó Ariana.
–Ya lo he hecho -dijo Carpenter, señalando un cable negro que habia en el suelo-. Sea lo que sea, no sólo controla la unidad principal, sino que también suministra electricidad a Argus.
Hacía más de veinte minutos que Conners había dado la orden para que el satélite equipado con el Bright Eye cambiara de órbita. Dado que estaba en una órbita polar rápida, la ejecución de la orden requería lanzar cohetes booster para maniobrar el ángulo del vuelo por encima del objetivo. El ordenador le informó que pasarían veintidós minutos antes de que el Bright Eye hiciera el pase, lo cual le dio tiempo para reflexionar sobre la historia secreta del equipo que se disponía a utilizar.
Sabía que el Bright Eye había sido puesto en órbita hacía poco más de un año. Aunque la guerra de las galaxias se había interrumpido oficialmente al ocupar los demócratas la Casa Blanca, como parte de su contribución a la paz, Conners sabía qué había ocurrido en realidad. Los del Presupuesto Negro se habían limitado a conservar la guerra de las galaxias, rebautizándola con el nombre de programa Odysseus, y a mantener en funcionamiento el ochenta por ciento de los programas financiados,
envueltos en un halo de misterio que había existido en la burocrática Washington desde finales de la Segunda Guerra Mundial.
Conners sabía ahora que el complejo industrial-militar, contra el que Eisenhower había despotricado al dejar su cargo, sólo había sido la punta del iceberg. Muy poco de lo que ocurría estaba a la vista del público. Cada año se gastaban billones y billones en operaciones secretas.
Lo que Conners también sabía, después de haber trabajado en la Dirección Nacional de Seguridad y afiliarse a la NRO, la Oficina Nacional de Reconocimiento que supervisaba casi dos tercios de las operaciones del Presupuesto Negro, era que muchos de esos proyectos eran intentos de seguridad nacional válidos y no un despilfarro de dinero. De hecho, se había progresado mucho en distintos campos científicos a través de los programas Odysseus; los resultados llegaban gradualmente al resto de la comunidad científica, para no levantar sospechas.
Una gran parte del trabajo con láser del proyecto Bright Eye había ayudado a otros científicos en el campo de la medicina. Pero fuera de los agentes de los servicios de inteligencia, nadie tenía ni idea de que algo como el Bright Eye hubiera pasado de la fase conceptual y estuviera realmente en órbita.
El Bright Eye se había desarrollado a partir de un programa de la marina para resolver un problema. Con el creciente aumento de la amenaza de los submarinos, sobre todo los lanzadores de misiles, la marina de guerra había empezado a poner cada vez mayor énfasis en la capacidad de rastrear los submarinos enemigos, sobre todo los lanzadores de misiles balísticos.
El primer paso se había dado entre los años cincuenta y sesenta, cuando la marina de guerra había desarrollado un sistema sónico de defensa con el nombre en clave de SOSUS para rastrear submarinos. Los primeros sistemas SOSUS se distribuyeron por la costa atlántica. Luego la marina de guerra instaló a lo largo de la costa del Pacífico un sistema SOSUS con el nombre en clave de Colossus. Después, con los avances tecnológicos, trasladó parte del sistema a Rusia para sorprender los submarinos soviéticos en cuanto salían al mar, y los colocó junto a los dos mayores puertos de submarinos rusos, Polyarnyy y Petropavlovsk.
Con los años, la marina de guerra incrementó el sistema SOSUS y puso en el Pacífico, junto a Hawai, una hilera de hidrófonos. Cada uno de esos aparatos de escucha, del tamaño de un tanque de petróleo, era trasladado a remolque al lugar designado, sumergido hasta el fondo del océano y
conectado mediante un cable enterrado con el siguiente aparato de escucha de la hilera, hasta llegar al final de la costa de Hawai; un proyecto caro e intrincado.
Una vez alcanzada la capacidad de escuchar cualquier actividad en los dos grandes océanos, la marina de guerra dio un paso adelante y conectó los distintos sistemas. Si antes el sistema SOSUS sólo era capaz de señalar vagamente la posición de un submarino, al conectar los distintos sistemas, la marina pudo determinar la posición exacta de cualquier emisor de sonido en el océano utilizando la triangulación de los distintos sistemas SOSUS.
Conectó todos los sistemas SOSUS utilizando el FLTSATCOM -el Sistema de Comunicaciones vía Satélite de la Flota-, que enviaba todos los datos a un ordenador del cuartel general de la flota.
En resumen, se trataba de un sistema muy eficaz, salvo por un problema grave que la marina de guerra no había conseguido resolver: era posible determinar dónde estaban los submarinos, pero no si el submarino detectado era aliado o enemigo. La primera vez que Conners oyó mencionar el problema se había preguntado dónde estaba el problema, ya que, como la mayoría de la gente, había supuesto que la marina sabía dónde estaban todos sus submarinos: si no era suyo, era de los otros. Se sorprendió al enterarse de que la marina no conocía la posición exacta de sus submarinos, y por una razón: afianzar su seguridad.
Los boomers, como los llamaba la marina, patrullaban a criterio de sus capitanes dentro de una amplia zona designada. De ese modo, nadie podía localizarlos. Sin embargo, después de conectar los sistemas SOSUS, se dieron cuenta de que era preciso distinguir sus submarinos de los enemigos, si no querían acabar hundiendo sus propios submarinos en tiempos de guerra.
Fue la solución a este problema lo que dio origen al Bright Eye. Un joven prodigio del laboratorio de la marina dio con la respuesta, que al principio fue recibida con incredulidad. Cada submarino de Estados Unidos y la OTAN recibiría un código de identificación que llevaría pintado en la cubierta superior en grandes letras y números, utilizando una pintura especial reflectante de láser. La marina leería los códigos al determinar la posición de un submarino mediante los SOSUS y, a continuación, utilizaría uno de los satélites FLTSATCOM para disparar un láser. Utilizando una luz verde azulada de gran intensidad, el láser penetraría en las profundidades del océano hasta llegar al submarino. La pintura reflejaría el láser, y el
satélite captaría el reflejo y enviaría el código al cuartel general de la flota.
Si no había ningún código, eso significaba que era del enemigo.
Los científicos del Odysseus estudiaron los resultados de este programa de láser. El factor clave de la guerra de las galaxias siempre había sido localizar y seguir los aviones y misiles del enemigo. Era imposible alcanzarlos si previamente no eran localizados. El punto decisivo era la vigilancia, y se pusieron a buscar el paso siguiente a las imágenes térmicas e infrarrojas utilizadas a bordo del K.H-12. Los láser, que operaban a la velocidad de la luz y tenían una gran potencia, parecían el siguiente paso lógico, y así fue como nació el Bright Eye.
El Bright Eye consistía en un amplio círculo de emisores láser. Al variar la longitud focal de los emisores, los operadores podían variar el color del rayo emitido. Si se utilizaba un ordenador especial, los láser podían recorrer un espectro de colores en rápida sucesión. En función de los colores que se reflejaran y de la velocidad a que se hiciera, se podía obtener una imagen exacta de lo que enfocaba el Bright Eye. La ventaja de los láser sobre los demás emisores residía en su poderoso rayo, que era capaz de salvar las condiciones meteorológicas más adversas. También eran efectivos por la noche. El tener en órbita un suministro de energía lo suficientemente potente para disparar los láser a la Tierra se resolvía lanzando un pequeño reactor nuclear al espacio, una maniobra que se hacía con el mayor secreto.
Cabía, por supuesto, la posibilidad de un desastre nuclear si el vehículo de lanzamiento estallaba al entrar en órbita. Por fortuna, no se había producido ningún accidente.
El segundo problema también era importante. Los láser eran tan potentes que eran capaces de cegar a cualquier ser humano que se hallara en la zona y levantara la vista hacia ellos; de ahí que el uso del Bright Eye fuera limitado.
Por ese motivo Conners había acudido a Konrad. No quería ser responsable de la ceguera de cientos e incluso miles de camboyanos.
El ordenador emitió un pitido, haciendo saber a Conners que el Bright Eye se acercaba rápidamente al objetivo. Hizo las últimas comprobaciones.
Advirtió que Konrad estaba con ella y miraba por encima de su hombro, esperando a ver qué pasaba.
A casi doscientos kilómetros de altura, la combinación de dos satélites surcaba a toda velocidad el espacio de norte a sur por encima del globo, con China deslizándose rápidamente a su paso. El reactor funcionaba
correctamente, un gran cilindro que carecía de la protección de sus primos de abajo, sobre la superficie del planeta. A su lado, el satélite circular que transportaba el Bright Eye también funcionaba perfectamente. La puerta redonda de seis metros que cubría la hilera de láser se abrió con suavidad, revelando los extremos de los emisores. Un gran panel plano, el receptor de láser, estaba extendido en un brazo mecánico a la derecha de la hilera, desplegándose hasta alcanzar los cien metros de largo y cincuenta de ancho, con las células preparadas para captar un láser.
Del reactor a los láser fluía energía, que se acumulaba en condensadores cuando la cuenta atrás estaba por debajo de los veinte segundos. Cuando el Bright Eye pasó por encima del centro norte de Camboya, el ordenador de a bordo se puso en hiperdrive. Los láser se activaron de golpe, y dispararon una y otra vez mientras el ordenador alteraba tanto la frecuencia del láser como la dirección en que apuntaba el extremo del emisor, haciendo pequeños ajustes en la base de cada uno. Estos pequeños ajustes, cuando se multiplicaba por los doscientos kilómetros a los que viajaba cada láser, permitía al Bright Eye obtener una imagen exacta de una extensa zona.
Viajando a la velocidad de la luz, los primeros rayos descendieron y alcanzaron el objetivo.
–Estamos recibiendo algo -dijo Conners leyendo en la pantalla de su ordenador los datos transmitidos en tiempo real por el Bright Eye, que mostraban lo que recibía el panel receptor-. Creo que tenemos un… -Se interrumpió cuando apareció un gran resplandor en el centro de la pantalla-.
¡Qué demonios es eso!
Una acumulación de energía, en forma de una gran esfera dorada de más de cincuenta metros de diámetro, salió de la niebla perforándola, cubrió el triángulo y se elevó a gran velocidad a través de los láser disparados hacia tierra, desviándolos en todas direcciones.
A medida que ganaba altitud, el diámetro de la esfera disminuyó poco a poco de tamaño, pero cubría rápidamente la distancia que la separaba del Bright Eye.
–¡Desconéctalo! – gritó Konrad.
Ambos veían la gran esfera dorada en la pantalla que mostraba el campo de visión del Bright Eye. La imagen láser se había desintegrado.
Los dedos de Conners volaban sobre el teclado, desconectando los láser, pero la esfera seguía ganando altura hacia el Bright Eye, hasta que llenó
toda la pantalla con un destello de luz dorada. La pantalla donde habían aparecido los datos se apagó.
–¿Estás conectada? – preguntó Konrad.
A Conners se le encogió el estómago al asimilar lo que había visto.
–No. ¡El Bright Eye ha desaparecido!
–¡Mierda! Tengo que llamar al director -dijo Konrad, saliendo de la oficina a todo correr.
–¡Dios mío! – susurró Conners.
CAPÍTULO 6
–¿Monstruos? ¿A qué se refiere exactamente?
Dane había esperado esa pregunta, y tal como había supuesto, fue Freed quien la formuló. No había habido tiempo para que se la hicieran antes.
Desde que Dane aceptó la misión, habían estado ocupados, preparándose para partir y dirigiéndose al aeródromo.
Estaban a bordo del avión privado de Michelet, el mismo 707
modificado que había llevado a Dane y a Chelsea del lugar del desastre a Los Ángeles. En esos momentos sobrevolaban el Pacífico oriental y se dirigían al oeste a la máxima velocidad. Paul Michelet y Roland Beasley estaban sentados en mullidos asientos de cuero al otro lado de una pequeña mesa. Freed estaba junto a la ventana a la derecha de Dane, y, tumbada en el pasillo, al otro lado de éste, dormía Chelsea.
–Si la CÍA les ha hablado de mí -dijo Dane-, seguramente habrán leído el informe de esa misión. Les dije la verdad.
–Nunca hemos visto ninguna copia de ese informe -replicó Michelet haciendo un gesto de negación-. Pero si dijo a la CÍA que la misión había fracasado a causa de unos monstruos, eso explica muchas cosas.
–¿Como que me dieran de baja del ejército basándose en un test psicológico? – preguntó Dane.
–Sí -dijo Freed, sosteniéndole la mirada-. Sabíamos lo de su baja, pero todo lo que pudimos averiguar es que fue debida al estrés provocado por el combate.
–Estaba en mi segundo período de servicio y llevaba seis meses realizando misiones de reconocimiento en la frontera. – Dane rió con amargura-. Había sufrido más estrés de combate del que me correspondía, pero cuando di el parte de mi misión en Laos al representante de la CÍA, éste no respaldó una palabra de lo que dije y se limitó a pasarme a su contacto en el ejército, que pensó que estaba loco.
A Dane no le había preocupado abandonar su carrera militar. No, después de lo que había visto. Curiosamente, Foreman lo había escuchado con atención, haciéndole muchas preguntas, sin expresar ninguna opinión en un sentido u otro. Pero el ejército había reaccionado de forma negativa, y sin el respaldo de Foreman se habían deshecho rápidamente de él.
–¿Qué clase de monstruos? – preguntó Freed, siempre profesional, intentando evaluar al contrincante por extraño que fuera.
Dane se preguntó por qué le creían. Claro que tal vez no lo hacían y sólo le seguían la corriente, se dijo a sí mismo.
–Si vamos a entrar allí -dijo, señalando el mapa siempre extendido en la mesa que tenía ante él-, es preciso que sepan lo que ocurrió en esa misión.
Contó la historia desde que abandonaron el campamento del CCN en Vietnam y atravesaron la base de la CÍA en Laos, el vuelo de ida, la zona de aterrizaje y cómo se habían desplazado y cruzado el río. No le interrumpieron ni una sola vez, ni siquiera cuando hizo todo lo posible por describir lo que se habían encontrado al otro lado del río. Cuando terminó de describir cómo Flaherty había sido arrastrado hacia la niebla por un rayo de luz azul, tuvo que hacer una pausa. Nunca había contando a nadie toda la historia desde que dio el parte a Foreman hacía treinta años.
Se había preguntado muchas veces si no había sido todo una pesadilla, pero la realidad de su recuerdo siempre se reflejaba en la cicatriz de su antebrazo.
–¿Cómo escapó? – preguntó Freed.
–Huí.
Esperaron a que diera más detalles, pero Dane no añadió ninguno.
–¿Cómo salió de la zona inmediata y escapó de los monst…, lo que acabó con la vida de sus compañeros?
Dane no podía saber lo que Freed pensaba por el tono de su voz.
–Tuve suerte. – La voz que oía en su cabeza era mejor guardarla para sí, decidió. En los años que llevaba trabajando con Chelsea, había aprendido a callar acerca de las voces y las cosas que oía y veía, y los demás no. Desde que era muy niño había sabido que él era diferente. Había aprendido pronto lo que la gente temía y desconfiaba.
–¿Suerte? – repitió Michelet.
–Me persiguieron hasta el río -respondió Dane, encogiéndose de hombros-. Una vez que llegué a la otra orilla y salí de la niebla, no tuve ningún problema.
–¿No había monstruos? – preguntó Freed con voz inexpresiva.
–No había monstruos.
–¿Ni rayos de luz?
–No.
–¿Cómo salió de Camboya? – insistió Freed-. Ha dicho que no sabía dónde estaba la zona donde debía recogerlos la CÍA.
–Me orienté por el río. Sabía que fluía en dirección este hasta desembocar en el Mekong. Luego seguí el Mekong hasta Vietnam del Sur, donde me recogieron fuerzas aliadas y me llevaron inmediatamente a Laos para que informara.
–Hace que suene sencillo, pero hay más de quinientos kilómetros desde donde estaba hasta Vietnam del Sur -dijo Freed, dando unos golpecitos en el mapa-. A través de un territorio totalmente copado por el Vietcong y el ejército de Vietnam del Norte.
Dane se encogió de hombros, pero no dio más detalles. No sentía necesidad de compartir ese viaje infernal con esos hombres cómodamente sentados en el jet de la compañía Michelet. Las noches que pasó abriéndose camino en la selva; los días que permaneció escondido, cubierto de hojas, sintiendo cómo los insectos corrían por su cuerpo; los gusanos que había comido para alimentarse; la sensación de estar completamente solo, sintiendo que no había nadie en muchos kilómetros a la redonda, escuchando los ruidos de la selva, sumiéndose en un sueño agitado, despertándose sobresaltado por las pesadillas, oyendo los gritos desgarrados de sus compañeros de equipo.
–¿Qué cree que les quemó a usted y a Flaherty? – preguntó Freed, volviendo a las posibles amenazas-. ¿El haz de luz?
A Dane le pareció interesante que, de todo lo que había descrito, fuera esa amenaza lo que había interesado a Freed. Notó la cicatriz en su antebrazo.
–No tengo ni idea. Sólo vi un haz de luz.
–¿Un láser? – preguntó Michelet.
–No lo sé.
–Ha dicho que la luz era de dos colores. ¿Dorada y azul? – preguntó Michelet.
–Sí.
–Tal vez las otras criaturas…, los monstruos que vio, fueran hologramas
-sugirió Michelet-. Una de mis sucursales ha estado trabajando en ello para
la industria cinematográfica. Muy realista. De hecho, esa extraña niebla de la que ha hablado constituiría una notable ayuda para el rodaje.
A Dane no le sorprendió esa respuesta.
–No fue ningún holograma lo que mató a los miembros de mi equipo.
La criatura a la que Flaherty disparó murió. No creo que puedan hacerlo con unos hologramas. Las balas los habrían atravesado. Además, eso fue hace casi treinta años. No creo que nadie tuviera la tecnología necesaria para producir esas criaturas entonces e incluso ahora.
–¿Se le ha ocurrido alguna vez pensar que podría haber imaginado todo el episodio? – preguntó Freed en voz baja.
–Sí -respondió Dane, mirándolo fijamente-. Se me ha ocurrido.
–La CÍA ha trabajado bastante con alucinógenos -insistió Freed-. Tal vez usted formara parte de un experimento. Tengo entendido que an algunas de esas misiones fronterizas utilizaron agentes de guerra química, algunos en la vanguardia de la tecnología.
–Si cree que todo lo que les he contado es una alucinación, comete un grave error trayéndome aquí -respondió Dane encogiéndose de hombros-. A menos, claro está, que también usted haya sufrido una alucinación sobre la caída de su avión.
–Lo dudo -replicó Freed-. Sólo estoy haciendo mi trabajo.
–Lo sé, pero recuerde que fue usted quien vino a buscarme.
–Tengo entendido que el MACV y el SOG repartían drogas a sus hombres -insistió Freed, ignorando su respuesta.
–A veces tomábamos anfetaminas en las misiones, cuando llevábamos varios días fuera, pero no había tomado ninguna en esa misión. No habíamos estado el tiempo suficiente.
–¿Llevaban con ustedes algún agente químico para utilizarlo contra el enemigo? – preguntó Freed. – No.
–Pero… -empezó Freed.
–Escuche -lo interrumpió Dane, señalando el magnetofón de la mesa-.
Fue usted quien me dijo que ese mensaje de mi viejo compañero era auténtico y que sólo tenía dos días. Y que llegó de aquella zona. – Golpeó el mapa con el puño-. Por lo tanto, a menos que me esté mintiendo, tiene que creer que lo que les he dicho es la verdad.
–Un momento… -Beasley atrajo la atención de todos-. ¿Podría describir un poco mejor la criatura a la que el jefe de su equipo disparó?
Dane pasó por alto la mirada irritada de Freed y dio tantos detalles como le fue posible.
Cuando terminó, Beasley sacó de su maletín una carpeta y pasó hojas hasta detenerse en una.
–¿Se parecía a esto?
Dane estudió la fotografía de una figura tallada en piedra y levantó la vista hacia el profesor.
OceanofPDF.com
–Era exactamente igual.
–Hummm -fue el único comentario de Beasly.
–¿Dónde se tomó esa fotografía? – preguntó Freed.
–En Angkor Wat -replicó Beasley-. De la pared de un templo.
–¿Qué es? – preguntó Freed, cogiendo la carpeta y examinando la fotografía con más detenimiento.
–Una criatura de un mito camboyano -explicó Beasley-. Parece ser que la leyenda está resucitando.
Dane hojeó la carpeta, y estudió los otros relieves fotografiados. No había representaciones de los objetos cilindricos que habían alcanzado a Castle. Se detuvo en una página.
–¿Qué es esto?
–Un naga -respondió Beasley bajando la vista.
–En cada esquina de la torre de vigilancia que encontramos había una escultura igual -dijo Dane.
–Es bastante frecuente -dijo Beasley, asintiendo-. Naga significa
«serpiente» en sánscrito. En esa parte del mundo el naga es una serpiente sagrada. Juega un papel importante en la mitología del Sudeste asiático y el hinduismo. De hecho, probablemente sea el símbolo más importante en esa parte del mundo. En la mitología hindú, el naga está enrollado debajo de Visnú y lo soporta en el plano cósmico. La serpiente también traga las aguas de la vida, que son liberadas cuando Indra la alcanza con un rayo, rasgándole la piel.
»Lo interesante -continuó Beasley- es que la palabra se utiliza también en otros lugares donde no se habla el sánscrito. En Egipto, e incluso en Centroamérica y Sudamérica, se usa la palabra naga, pero para referirse al que es sabio. En China, la palabra naga significa dragón y está asociada al emperador o el "hijo del cielo".
»Hay varios grupos marginales que creen que naga es una de las pocas palabras de un lenguaje anterior y universal que han sobrevivido en el lenguaje "moderno". El lenguaje de la Atlántida. – Pasó por alto las expresiones que produjo tal afirmación-. Por supuesto, el mito de la serpiente es más amplio que el simple término sánscrito naga. Hasta en el mito más viejo de la Cristiandad aparece una serpiente.
–¿Dice que ésta es la criatura a la que disparó? – Freed miraba fijamente la primera fotografía.
–Sí.
–Quiero un informe completo sobre Angkor Wat antes de que aterricemos -ordenó Michelet-. Quiero saber todo lo que se sepa sobre él.
–Lo tendrá en diez minutos, porque no se sabe gran cosa -respondió Beasley, encogiéndose de hombros.
–Limítese a prepararlo -dijo Freed con un tono cortante antes de volverse de nuevo hacia Dane.
Lo interrogaron con más minuciosidad, pero a pesar de las pesadillas que había tenido a lo largo de los años, no fue capaz de aportar muchos más detalles. Le pareció que Freed pensaba que se guardaba algo, pero les dijo todo lo que necesitaban saber. Lo que se refería a él, creyó que podía callárselo.
–Tengo una pregunta -dijo durante una de las breves pausas en el interrogatorio-. ¿Cómo sugieren que lleguemos a la zona?
Freed sacó de debajo del mapa una lámina de acetato y la colocó encima.
–Éste es el perímetro de la zona que las Fuerzas Aéreas prohibieron sobrevolar durante la guerra de Vietnam. – Mostraba un triángulo invertido que cubría varios cientos de kilómetros cuadrados del centro norte de Camboya.
Dane la examinó. El ángulo oriental del triángulo corría a lo largo del río que había cruzado hacía tantos años.
–¿Dónde cayó exactamente su avión? – preguntó.
Freed utilizó un rotulador para señalar un lugar en la transparencia. Se hallaba en el interior del triángulo, a unos cinco kilómetros de su límite oriental.
–Por aquí.
–¿Cuándo empezó a tener problemas el avión?
Freed marcó otro lugar a unos diez kilómetros al este del último punto, justo fuera del triángulo.
–Es mayor -observó Dane.
–¿Qué es mayor? – preguntó Michelet.
–El triángulo -respondió Dane-. Si afectó tan pronto a su avión, ha cruzado el río.
Los otros tres miraron fijamente el mapa.
–Ese viejo cuartel que encontraron… -dijo Beasley.
–¿Sí?
–¿Dónde estaba?
–Si es aquí donde dice usted que yo estaba -respondió Dane, mirando el mapa-, entonces fue en terreno montañoso, al este de este río. – Dejó que su mente proyectara el contorno del mapa sobre una imagen mental de tres dimensiones-. Justo aquí.
–Sería un buen lugar para empezar a buscar -dijo Freed, anotando la posición.
–Ése es su cometido, señor Freed -dijo Michelet. Se volvió hacia Beasley-. Ha llegado el momento de que se gane usted su sueldo. Hábleme de Angkor Wat y de ese relieve de la criatura a la que disparó el jefe del equipo de Dane.
–Para que pueda entender lo que voy a decirle sobre Angkor Wat, antes debo darle una visión de conjunto de la historia de Camboya, porque es posterior. – Beasley recorrió el mapa con su gruesa mano-. Cerca del 800
d.C. toda esta zona estaba bajo el dominio del imperio khmer. Casi todo el mundo ha oído hablar de Angkor Wat, que es el gigantesco templo construido en la antigua ciudad de Angkor Thom, justo aquí. Pero el templo de los khmer estaba en Angkor Kol Ker.
–Creía que había dicho que era una leyenda -lo interrumpió Michelet.
–A veces todo lo que tenemos son leyendas -repuso Beasley-. Y en ellas a menudo hay algo de verdad. Después de todo, no surgen de la nada.
–¿De dónde vienen los khmer? – preguntó Dane.
–Si pudiera responderle, pondría fin a uno de los mayores debates sobre esa parte del mundo. Nadie lo sabe. Históricamente, los khmer parecen haber salido de la nada, y un milenio después su reino desapareció y abandonaron la ciudad. De los siglos v al xv el imperio khmer fue el más importante del Sudeste asiático, y la ciudad de Angkor Thom, donde se halla el templo de Angkor Wat, fue una de las más grandes del mundo.
»Pero al principio del imperio -continuó Beasley-, antes de que se fundara Angkor Thom, la capital khmer estaba, según dicen, en Angkor Kol Ker. En el 800 d.C. abandonaron la ciudad y el rey se trasladó al sur para fundar Angkor Thom. Entre los expertos en la historia de Camboya siempre se ha debatido la razón de ese traslado y la ubicación de Kol Ker.
–¿Cuándo se fundó Angkor Kol Ker? – preguntó Dane.
–La primera vez que aparece mencionado el imperio khmer es en las historias chinas del siglo v, por eso dije antes que el imperio había durado un millar de años. Pero incluso esas historias dicen que el imperio khmer existió mucho antes, lo que es bastante singular si uno lo piensa. De hecho -
Beasley parecía disfrutar con su papel de experto-, en un antiguo texto chino sobre el estado Xia, que solía considerarse el primer estado chino unificado en el ni milenio a.C, hay una oscura referencia a un imperio situado muy al sur, cuyos habitantes procedían del otro lado del gran mar.
–¿Qué gran mar? – preguntó Dane con el entrecejo fruncido.
–Supongo que el Pacífico -repuso Beasley-, dada la geografía de esa parte del mundo. Aunque en esos tiempos hasta el mar de China se habría considerado una extensión muy grande de agua.
–Si era el Pacífico, eso significa que los khmer llegaron del continente americano tres mil años antes del nacimiento de Cristo.
–Posiblemente mucho antes que eso.
–Pero… -Dane sacudió la cabeza-. Pero creía que en esos tiempos no era posible cruzar el Pacífico debido a las condiciones de la navegación y los barcos.
–No sólo son los barcos. – Beasley se encogió de hombros-. Lo que conocemos como civilización se supone que no comenzó hasta 3000 a.C. en China y Mesopotamia. ¿Cómo es posible que ese pueblo que evidentemente procedía de un lugar con una avanzada civilización, cruzara el Pacífico y se estableciera en Camboya cuando los historiadores nos dicen que ni siquiera ha existido? Todo un misterio, ¿no?
»Todos ustedes me han mirado con asombro cuando he mencionado la Atlántida, pero puede que haya algo de verdad en la leyenda si uno empieza a relacionar los puntos por todo el mundo. No puedo estar seguro con los datos que poseo en estos momentos, pero no descartaría la posibilidad de haya existido realmente un lugar así, y que los fundadores de Angkor Kol Ker fueran refugiados llegados de allí.
–¿Dónde se supone que estaba Angkor Kol Ker? – preguntó Dane, recordando las palabras del hombre de la CÍA antes de morir y queriendo concentrarse en el problema inmediato.
–Nadie lo sabe con exactitud. – Beasly abarcó el mapa con un amplio ademán-. Calculamos que al nordeste de Angkor Thom y de los últimos palacios construidos en esa región. Lo más probable es que en la zona adonde nos dirigimos, la remota región de Banteay Meanchey. La selva puede sepultar por completo un lugar en pocos años y, por supuesto, nunca ha habido mapas muy detallados de la zona.
–¿Por qué abandonaron Angkor Kol Ker? – preguntó Dane.
–Sea lo que fuere lo que ahora esté pasando allí, sin duda fue motivo suficiente para abandonarla entonces, ¿no le parece? – respondió Beasley, echándose hacia adelante en su silla-. El fortín que usted ha descrito parece haber sido construido para vigilar este triángulo.
–¿Cuánto tiempo fue Angkor Kol Ker el centro espiritual del imperio khmer? – preguntó Michelet.
–No lo sé -respondió Beasley-. Nadie lo sabe. La única historia oficial y aceptada que tenemos de los khmer empieza con la fundación en el 802 d.C.
de Angkor Thom. Como he dicho, podrían haber estado en Angkor Kol Ker durante cientos, si no miles, de años antes que eso. Y a saber dónde estuvieron antes.
–Todo esto es absurdo. – Michelet se levantó y empezó a pasear-. Está hablando de sucesos que ocurrieron hace más de un millar de años. ¿Qué ha podido permanecer allí durante un millar de años?
–¿Ha visto alguna vez mapas antiguos? – continuó Beasley, esbozando una forzada sonrisa-. ¿Mapas de cuando el hombre todavía tenía que aventurarse y adentrarse en lo desconocido, donde, que ellos supieran, no había estado nadie antes que ellos? – No esperó a que respondiera-. En esos mapas solía haber, grandes espacios en blanco, zonas de las que nadie sabía nada o de las que nunca habían regresado quienes habían ido a explorarlas.
A falta de otra cosa, en esos espacios en blanco los cartógrafos escribían:
«Aquí hay monstruos». Bueno, pues creo que aquí… -dio unos golpecitos en el mapa y miró a Dane- hay monstruos. Si hubiera algún lugar en la faz de la Tierra donde podrían seguir escondiéndose monstruos, sería allí, en medio de la selva camboyana, un lugar prácticamente inaccesible.
–Pero no cree que haya monstruos, ¿verdad? – preguntó Dane.
–Creo que todo tiene una explicación científica -respondió Beasley-.
Durante años la gente creyó que había un monstruo en el lago Ness. Hasta le hicieron una foto, o eso afirmaron los defensores de esa teoría. Pero era una fotografía trucada. Allí no había ningún monstruo.
–En el lago Ness no desaparecieron ni personas ni aviones -observó Freed.
–Sí, ése es un detalle alarmante -repuso Michelet.
–Creo que vale la pena que lleve un poco más lejos la analogía -repuso Beasley-. En los mapas antiguos, los espacios en blanco aparecen poblados de monstruos y demonios. A medida que exploraban esas zonas, se representaban con lo que había realmente en ellas. – Dio un golpecito en el
mapa-. Tal vez todo lo que tenemos aquí sea un fenómeno natural que se nos escapa.
–Tiene que ir allí para estudiarlo -replicó Dane-. Y hasta hoy nadie ha conseguido hacerlo.
–¡Pero imagínese! – exclamó Beasley-. ¡Si encontráramos Angkor Kol Ker, podríamos demostrar la existencia de una civilización que es anterior al punto de partida comúnmente aceptado de la civilización! ¡Y si la leyenda china es cierta, esa civilización hasta podría haber cruzado el Pacífico procedente de alguna parte del continente americano, o incluso de más lejos! Eso daría al traste con el curso, que hemos aceptado, de la historia de la civilización. Abre toda clase de emocionantes posibilidades.
Freed se echó hacia adelante, pasando por alto el entusiasmo del científico y concentrándose en Dane.
–Las cosas que usted ha descrito, ¿cómo pudieron afectar a un avión, e interferir en los instrumentos de navegación y la radio?
–No lo sé -respondió Dane-. Ese haz de luz que levantó a Flaherty del suelo. Está claro que poseía una gran energía. La cosa a la que él disparó era un monstruo o alguna clase de criatura, tal vez hasta -miró a Beasly- una clase de animal que había permanecido todos esos años escondido en la selva. Pero lo otro… -Hizo una pausa-. Bueno, la esfera que alcanzó a Castle es otro tema. No creo que fuera natural, pero tampoco una máquina.
–Yo sólo quiero sacar de allí a mi hija -repuso Michelet-. Todas estas hipótesis no nos llevan a ninguna parte.
–Nos dan una idea de que nos encontramos en una situación sin precedentes -intervino Freed.
–Tal vez haya un precedente -observó Beasley-. Hay otro lugar en el planeta donde desaparecen personas, aviones y barcos, y donde se ha denunciado la presencia de monstruos. Estoy seguro de que han oído hablar del Triángulo de las Bermudas.
–¡Dios mío! – murmuró Freed, abandonando su coraza profesional y revelando por fin sus sentimientos.
–¡Piénsenlo! – exclamó Beasley excitado-. El Triángulo de las Bermudas está encerrado en agua. ¿Y si hubiera algo así en tierra firme?
–¿Qué es exactamente el Triángulo de las Bermudas? – preguntó Dane, interesado en esa nueva teoría. Nunca había pensado en tal conexión.
–Nadie lo sabe en realidad -respondió Beasley encogiéndose de hombros-. Pero se han documentado un montón de sucesos extraños en esa
zona. Cada vez que han intentado adentrarse en esta zona de Camboya, también han ocurrido cosas extrañas. Además -añadió-, las dos tienen forma de triángulo.
–Caballeros -interrumpió Paul Michelet-. Ciñámonos a lo que sabemos y no nos salgamos del tema. – Miró el reloj de la pared-. Llegaremos a Tailandia dentro de seis horas.
–Todavía no nos ha hablado de Angkor Wat -insistió Dane, intrigado por el hecho de que una de las criaturas que habían atacado a su equipo apareciera en un relieve de un templo de esta antigua ciudad. Era la primera prueba consistente, además de la cicatriz, de que su recuerdo no era una pesadilla producida por el combate. También era un vínculo con la cordura en otro sentido: tal vez esas criaturas de la leyenda habían existido en la realidad y algunas habían sobrevivido al paso de los siglos, ocultas en lo más profundo de esa tierra prohibida a la que se dirigían.
–Angkor Wat es el templo principal de la ciudad de Angkor Thom -dijo Beasly-. Angkor Thom era la capital del conocido imperio khmer establecido en el 802 d.C. En esa época el imperio se extendía de las montañas Dangrek, en el oeste, a las Cardomon, en el este y sur, hacia la costa.
»Cuenta la leyenda de Camboya que hubo un tiempo en que toda la zona formaba parte del golfo de Siam, pero un príncipe se enamoró de la hija de una serpiente de siete cabezas, el rey naga, como ya he dicho. La serpiente se bebió toda el agua para hacer sitio a su hija, y así nació Camboya. – Hizo una pausa al advertir la falta de interés de Miehelet y Freed-. Caballeros, conviene recordar que detrás de cada leyenda hay una parte de verdad.
–¿Una serpiente de siete cabezas? – gruñó Miehelet-. Lo único que me preocupa es sacar a mi hija de allí.
–Continúe -apremió Dane.
–De acuerdo -repuso Beasley-, sólo los hechos. Además de las montañas que la rodean, los dos rasgos geológicos más importantes de Camboya son el lago Tonle Sap y el río Mekong. Tonle Sap es el mayor lago de agua dulce del Sudeste asiático. Se comunica con el Mekong por medio del río Tonle Sap, que durante la estación de las lluvias, cuando el Mekong se desborda, invierte su curso y fluye de nuevo hacia el lago, duplicando su tamaño. Este fenómeno, que es muy interesante, ha hecho que una enorme cantidad de tierra, parte de la cual se encuentra dentro de su
triángulo -añadió, mirando a Miehelet a la cara-, permanezca anegada la mitad del año. Cuando el Tonle Sap se desborda, llega a unos kilómetros de Angkor Wat. No creó que la situación del templo ni de la ciudad fueran una coincidencia. – Se echó hacia adelante-. El agua es la clave. No sólo el Tonle Sap y el Mekong, sino la forma en que los khmer construyeron sus ciudades y templos. – Abrió su maletín de cuero y sacó varias fotografías-.
Éstas son las imágenes de Angkor Thom y Angkor Wat obtenidas en 1994
por una lanzadera espacial. Fíjense en los fosos. En ningún otro lugar del planeta el hombre se ha esforzado tanto en construir unas estructuras tan gigantescas, con semejantes barreras de agua como parte integral.
»En la mitología khmer, los fosos separaban el mundo sagrado del exterior. Fíjense en cómo rodean totalmente el templo de Angkor Wat.
Dane comprendió lo que Beasley quería decir. Una banda oscura muy ancha rodeaba el templo.
–¿Qué es eso? – preguntó, señalando dos grandes rectángulos que flanqueaban la ciudad.
–Más agua -respondió Beasley, asintiendo-. Son barays o presas, un elemento interesante si tenemos en cuenta que en esa región no se necesitan presas para la agricultura, ya que suele haber suficiente agua. Esas barays, de más de dieciséis kilómetros cuadrados, servían para llenar los fosos que rodeaban tanto Angkor Thom como Angkor Wat. Mantener llenos esos fosos debía de ser importantísimo para los khmer. – Señaló con un dedo grueso el cuadrado que representaba el Angkor Wat.
»El templo se considera una de las principales maravillas arquitectónicas del mundo. De haberse construido fuera de las selvas de Camboya, sería tan famoso como las grandes pirámides de Egipto.
»De hecho, se calcula que en la construcción de Angkor Wat se utilizó la misma cantidad de piedra que en la Gran Pirámide de Gizeh. El templo cubre un kilómetro cuadrado, y la torre central oprang se eleva sesenta y cinco metros por encima de los fosos. Es el templo más grande del mundo, y a su lado las grandes catedrales de Europa parecen pequeñas.
»Sin embargo, a diferencia de las pirámides, las superficies del templo no son de piedra lisa. Los khmer adornaban toda superficie aprovechable con hermosos bajorrelieves y esculturas.
Dane advirtió que hasta Michelet y Freed se habían sentido cautivados por la voz de Beasley y lo escuchaban con atención.
–Se supone que Angkor Wat se construyó con una idea muy concreta: ser una interpretación esquemática del universo hindú. El prang del centro representa el mítico monte Meru, mientras que los fosos de alrededor se supone que representan el océano.
–¿Por qué dice se supone? – preguntó Dane.
–No debemos olvidar que el hinduismo y el budismo llegaron a Camboya después de que se construyeran estos templos, de modo que estas explicaciones de la arquitectura y el trazado, que son comúnmente aceptadas, podrían no haber sido el factor que motivó el diseño o la construcción del edificio, sino haberse sumado al hecho, algo que muchos de mis colegas rechazan. Lo que ellos interpretan como consecuencia de un mito, en realidad podría ser el origen de ese mito.
»Es esta motivación, caballeros -concluyó Beasley-, lo que creo que es esencial para resolver este misterio.
–No tenemos que resolver ningún misterio -replicó Michelet-. Sólo tenemos que sacar de allí a mi hija y a los demás.
–Creo que se equivoca, señor Michelet -repuso Beasley haciendo un gesto de negación-. Creo que este misterio es lo que ha atrapado a su hija…
y a los miembros de su equipo -añadió, dirigiéndose a Dane-. Y no podremos alcanzar nuestros objetivos hasta que tengamos una idea más clara de a qué nos enfrentamos.
Bangkok era conocida en Oriente como la Ciudad del Pecado. Desde sus orígenes, abasteciendo de comida a las divisiones de soldados norteamericanos que llegaban de permiso de Vietnam, hasta los actuales batallones de hombres de negocios japoneses que disfrutaban de viajes sexuales pagados, Bangkok se había convertido en un semillero del crimen, la prostitución y la corrupción que, la verdad sea dicha, satisfacía a los hombres poderosos de Tailandia. El vicio había sido una importante fuente de divisas, y como no era probable que Disney montara un parque temático en las fangosas orillas del río Cho Prang que cruzaba la ciudad, había que resignarse con la industria sexual. En Tailandia el cuerpo humano no valía gran cosa, y a pesar de tener tal vez el índice más alto del mundo de infectados por el sida, el gobierno no estaba demasiado interesado en detener el tráfico de carne pese a los ocasionales ataques de la prensa.
En las más oscuras profundidades del barrio de la prostitución junto a la calle Patpong, la «calle de los mil placeres», entre bares, prostíbulos y salones de masajes, había un hotel de dos pisos renovado cuya última capa
de pintura ya estaba desconchada y sucia. Por la entrada lateral de la planta baja entraban hombres, que eran recibidos por chicas y chicos que los llevaban por oscuros pasillos para satisfacer sus deseos.
El piso de arriba era diferente. Sólo había una forma de acceder a él, una escalera en la parte trasera del edificio. En las sombras de la escalera esperaban varios hombres vestidos de negro, con sus armas automáticas en bandolera. Se aseguraban de que sólo subieran por la escalera quienes habían sido invitados y ahuyentaban a los borrachos tambaleantes.
La escalera daba a una antesala de paredes de acero y una gran puerta acorazada al fondo. Al cruzar la pesada puerta, el visitante se encontraba con un escenario que podría haber sido fácilmente montado debajo del Pentágono, al otro lado del mundo.
A lo largo de una pared había una hilera de radioteléfonos vía satélite último modelo, cuyas antenas parabólicas estaban escondidas entre los palomares y las barracas de madera contrachapada del tejado. En otra pared había un mapa electrónico del Sudeste asiático de dos metros y medio de ancho y metro ochenta de alto. Frente al mapa, tres hileras de ordenadores manejados por diligentes jóvenes. En el fondo de la habitación, al otro lado de la puerta, había una pequeña estancia con una tarima alta y rodeada de cristal oscuro, a prueba de balas e insonorizada. Dentro había una sola silla, de cara a la pantalla de un ordenador.
En esos momentos ocupaba la silla un anciano que partía despacio un cacahuete entre sus dedos arrugados, dejando caer la cascara al suelo.
Sujetas con celo al cristal había tres imágenes que habían llegado por fax durante su vuelo a Tailandia.
Se volvió cuando se encendió una luz roja en el auricular de uno de los teléfonos de su cabina. Lo descolgó.
–Foreman… -La voz al otro lado del hilo era brusca, con cólera contenida-. Foreman, soy Brancroft. Debo comunicarle que hemos perdido el Bright Eye.
–¿Perdido? – Una ceja blanca se arqueó en el rostro de Foreman.
–Ha desaparecido, Foreman -repuso Brancroft con tono cortante-.
Destruido. Se disponía a adquirir las imágenes que usted había pedido cuando algo lo alcanzó y lo destruyó. Una especie de arma energética. ¿Qué demonios está ocurriendo allí? – Elevó la voz en la última frase.
–No lo sé -respondió Foreman-. Por eso utilicé el Bright Eye. ¿Obtuvo algún dato?
–Aún no tengo la información -respondió Bancroft-. Haré que la NSA se la envíe en cuanto la tenga. Pero la cuestión ahora es que tengo encima a una serie de gente muy poderosa, porque hemos hecho estallar un reactor nuclear de tamaño considerable puesto en órbita a doscientos kilómetros de altura. ¿Sabe lo que eso significa? ¿Tiene alguna idea de lo que eso significa?
–Significa que hay algo en la puerta de Angkor que no soporta las fotografías -replicó Foreman-. También significa que por primera vez ha salido algo de una de las puertas. – Y añadió-; Que nosotros sepamos.
–¡Al demonio sus puertas! – gritó Bancroft-. No deberíamos haber tenido ese reactor en órbita. Se supone que no hemos de tener ningún reactor nuclear en órbita. Eso viola cualquier tratado que este país haya firmado sobre la explotación del espacio. Por no hablar del hecho de que el reactor haya estado conectado a un láser. Ese pequeño detalle viola todos los acuerdos sobre armamento espacial que hemos firmado.
–No he sido yo quien ha hecho estallar su satélite -respondió Foreman con ecuanimidad-. Pero voy a averiguar quién lo ha hecho.
–Maldita sea, más le vale.
Foreman se recostó en su silla y trató de controlarse.
–Señor Bancroft, le sugiero que olvide lo que la prensa pueda decir si se entera y que piense en que no tenemos ninguna arma capaz de disparar a un satélite en órbita a doscientos kilómetros de altura y destruirlo. Sin embargo, dentro de la puerta de Angkor hay alguien, o algo, que sí la tiene.
Creo que eso es lo que debe preocuparnos en estos momentos.
–Está bien, Foreman -respondió Bancroft tras un breve silencio-. Le volveré a llamar. Tengo que dar parte al viejo y no se va a poner muy contento.
La comunicación se cortó. Foreman hubiera sonreído si no fuera por la gravedad de la situación; llevaba veinticinco minutos tratando de hablar con el presidente, pero se lo habían impedido Bancroft y otros burócratas tan atolondrados como él, que no se habían tomado en serio la amenaza. Bien, pues ahí estaba.
Se volvió hacia la figura que había aparecido sin hacer ruido a su derecha. Apenas susurró al dirigirse a la mujer que se había detenido ante él.
–Sin Fen.
Era una mujer despampanante, tanto por su estatura como por su belleza. Medía un metro ochenta y dos, y tenía facciones orientales. El pelo negro azabache enmarcaba unos pómulos altos, y tenía sus ojos almendrados y oscuros clavados en el hombre sentado en la silla.
–Michelet aterrizará en el aeropuerto dentro de dos horas -dijo.
–¿Y Dane? – preguntó el hombre.
–Subió al avión en Estados Unidos. Es lógico que siga a bordo.
–¿Puedes sentirlo ya? – preguntó Foreman.
–Viene hacia aquí -respondió Sin Fen-. Lo siento cada vez mejor.
–¿Y a los demás?
–¿Los de aquí o los que han ido allí? – preguntó la mujer enigmáticamente. Pero Foreman entendió la pregunta.
–Los de aquí.
–Están vigilados. Creo que intentarán detener a Michelet antes incluso de que empiece.
–¿Y los que han ido a Camboya?
–Tal como usted supuso. Ésa es la razón por la que el anciano Michelet ha recurrido a Dane.
–¿Tienes algún dato sobre su desaparición?
–Un equipo de rescate coordinado por un hombre llamado Lucían, que representa los intereses de Michelet en esa ciudad, cruzó la frontera de Tailandia con Camboya tres horas después de que cayera el Lady Gayle -
dijo Sin Fen-. La expedición iba a bordo de un helicóptero CH-53. – Miró, por encima de Foreman, los papeles sujetos con celo en el cristal-. En cuanto el helicóptero cruzó la frontera, se perdió el contacto con él. Desde entonces no se ha sabido nada de ellos.
Foreman puso rápidamente al corriente a Sin Fen de lo ocurrido al Bright Eye, Su cara no reveló ninguna emoción al recibir la noticia. Cuando él terminó, del fax salieron varias hojas de papel.
Foreman cogió la primera y la estudió. Al parecer, el Bright Eye había funcionado, pero sólo durante un breve período. Examinó la hoja con los ojos entornados, intentando encontrarle sentido. Luego se la dio a Sin Fen.
–Al menos tenemos la posición del Lady Gayle.
–Lo ocurrido a ese avión es muy extraño -respondió Sin Fen, levantando la vista de la hoja.
–Eso es quedarse corto.
–Debe de haber una explicación -dijo ella, sosteniendo la imagen en alto.
–Eso es exactamente lo que me temo.
–¿Se la doy a Michelet?
–En el momento adecuado -respondió Foreman. Cogió la segunda hoja y cerró brevemente los ojos antes de pasársela a ella.
–¿De dónde es esto? – preguntó Sin Fen.
–De la puerta del Triángulo de las Bermudas. En el Triángulo de las Bermudas.
–Se está activando otra vez -dijo ella. Era una afirmación, no una pregunta.
Foreman hizo un gesto de asentimiento. Del fax salieron otras hojas y las miró; luego se volvió hacia ella.
–Hay alteraciones en las ocho puertas. Aún no se ha abierto ninguna, pero a este paso no tardarán en hacerlo. Hay dos cerca de Estados Unidos.