Atlántida

Greg Donegan · Capítulo 1 de 5 · parte 8/8

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Atlántida

Sección 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 8 partes.

»En la mayoría de las personas estas áreas funcionan conjuntamente desde el hemisferio izquierdo para producir el habla, pero también están presentes en el derecho, aparentemente sin funcionar. Algunos creen que era en estos centros del habla del otro hemisferio donde residía la capacidad telepática. Inicialmente, los dos lados del cerebro humano estaban más conectados, y los centros del habla trabajaban en armonía, de modo que todos los hombres podían «hablar» unos con otros como lo hacemos nosotros. – Sin Fen sonrió, mostrando una dentadura perfecta y muy blanca-. Siempre has sido capaz de sentir cosas, hasta de oír «voces» que otros no oían, ¿verdad?

Dane hizo un gesto de asentimiento.

–Claro que, como el lenguaje verbal aún no estaba desarrollado, los mensajes que podían enviar eran muy básicos, apenas oleadas de emoción pura. Como advertencias de peligro a través de un ataque de miedo, por ejemplo. En cierto sentido era preciso el desarrollo de un vocabulario verbal para que el hombre incorporara al lenguaje la profundidad y la sutileza que nos ha permitido avanzar como especie. Pero al perder nuestra capacidad telepática, en cierto sentido también hemos retrocedido.

»¿Te imaginas que los seres humanos hubieran vuelto al punto de partida? ¿Si tuvieran el lenguaje verbal y conservaran también la capacidad telepática? ¡Pues así somos nosotros!

«Nuestros centros del habla han experimentado el mismo desarrollo en ambos lados del cerebro. Y los dos hemisferios de nuestro cerebro están también mejor interconectados que los de una persona normal. He visto imágenes de resonancia magnética de mi cerebro y sé que es un hecho. De ahí que podamos comunicarnos telepáticamente y que tengas ese "sexto"

sentido que tan útil te ha sido. Sencillamente, tu cerebro está funcionando a un nivel superior, es capaz de analizar un mayor número de datos sensoriales de una forma más eficiente que una persona normal.

Dane se quedó mirando a Sin Fen. Siempre había sabido que era diferente, pero como no tenía una idea muy clara de qué era lo normal, no había sospechado lo diferente que era en realidad.

–Todos los psicólogos fisiológicos -continuó Sin Fen- admiten que en el lado del cerebro que no interviene en el habla hay un área de Wernicke. Y

en la mayoría de las personas puede eliminarse sin causar ningún problema.

Pero algunos defienden que esa área que aparentemente no funciona es el centro de nuestra imaginación, el lugar donde oímos las voces de los dioses.

Dane se sobresaltó. Había oído voces dentro de su cabeza toda su vida, y sabía por la forma en que la voz de Sin Fen resonaba en su cerebro que no se refería a «dioses» en el sentido tradicional, sino a un orden más elevado de conciencia.

–Esta área no sólo te proporciona la capacidad para «hablarme» -

prosiguió Sin Fen-, sino también otras muchas capacidades, de algunas de las cuales no eres consciente. Tienes parte del poder que los antiguos atribuían a los dioses.

Dane vio que Freed pasaba una mano por la línea estática que se extendía por el interior de la cabina, de la parte delantera a la trasera, para comprobarla.

–¿Qué tiene esto que ver con el lugar adonde vamos? – preguntó Dane, intentando llevar la conversación a un nivel que él pudiera manejar.

–No lo sabemos.

–¿Por qué hablas en plural? ¿Para quién trabajas?

Dane se sobresaltó al ver la imagen en la conciencia de Sin Fen justo antes de que cayera sobre ella una cortina mental.

–¡Foreman!

–¿Qué? – gritó Freed, con voz apenas audible por los ruidos del avión-.

¿Qué ha dicho?

Dane interrumpió la comunicación con Sin Fen, ganándose un ladrido de aprobación de Chelsea.

–¿Cómo dice?

–Ha dicho algo -gritó Freed.

–Nada -respondió Dane.

–Es hora de prepararnos para saltar.

Dane miró a Beasley, que en ese momento parecía muy poco entusiasmado con la perspectiva. Al ponerse de pie, proyectó sus pensamientos hacia Sin Fen: Quiero saber toda la verdad.

Los oscuros ojos de Sin Fen sostuvieron su mirada.

Te diré todo lo que sé, pero no es gran cosa.

–¿Dónde está Mansor? – preguntó Ingram, agarrando a Ariana por el brazo y clavándole los dedos en los bíceps.

Ariana sabía que él temía que estuviera en estado de shock, pero aún no estaba preparada para volver a la realidad. Deseaba estar en estado de shock, olvidar lo que acababa de presenciar.

La habían arrastrado hasta el interior del avión tirando del cable coaxial.

Levantó la mirada. El ver que la escotilla seguía abierta sobre sus cabezas tuvo el mismo efecto que si le hubieran dado una bofetada en la cara, haciéndola volver a la realidad.

–¡Cerrad la escotilla! ¡Cerradla! – gritó.

Lisa Carpenter subió de un salto al escritorio y la cerró.

–¿Qué le ha pasado a Mansor? – preguntó Ingram una vez más, mientras ella retiraba la mano de su brazo-. ¿Está fuera? ¿Salimos a buscarlo?

Ariana lo miró fijamente, reprimiendo la carcajada demencial que le subía por el pecho. Extendió los brazos mostrando la sangre que la cubría.

–Esto es lo que le ha pasado a Mansor. Esto es Mansor.

–¡Santo cielo! – exclamó Ingram, conmocionado.

–¿Qué hay del SATCOM? – preguntó Carpenter.

Ariana mostró el cable. Había sido cortado limpiamente. Tiró del cabo suelto y lo desenrolló de su muñeca. Le dolía por donde le había apretado, pero no era un dolor agudo, sino amortiguado. Tiró el cable al suelo y se desplomó en una silla giratoria.

Hizo balance de la situación, procurando dominarse. Sólo quedaban cinco con vida. Hudson estaba sentado en una silla, con sus piernas heridas en alto. Herrín se había acurrucado en un rincón y sus ojos vidriosos indicaron a Ariana que hacía tiempo que se había ido y no podía contar con él. Ingram parecía estar bien, pero la edad era un inconveniente. Carpenter parecía preparada, con sus musculosos brazos negros cruzados. Pero

¿preparada para qué?, se preguntó Ariana. Se llevó una mano a la cara, distraída, y la apartó pringosa y cubierta de sangre seca.

–Toma -dijo Carpenter, tendiéndole una toalla.

Ariana se limpió lo mejor que pudo.

–¿Qué ha pasado ahí fuera? – preguntó Ingram.

Ariana explicó lo ocurrido. Cuando hubo terminado, reinó el silencio.

–¿Qué hacemos ahora? – preguntó Carpenter, rompiendo el angustioso silencio.

–Nada -dijo Ariana-. No vamos a hacer nada. Sólo esperar y rezar. Pero ni siquiera sé si eso servirá de algo, porque, que yo sepa, podríamos estar ya en el infierno.

Por mucho que Foreman detestara la burocracia, había ocasiones en que también la agradecía, así como la lealtad ciega que le profesaban quienes ocupaban los distintos recovecos del gobierno.

En esos momentos tenía un satélite conectado directamente con el representante de la Oficina Nacional de Reconocimiento (NRO) del Centro de Pruebas del lago Groom, conocida en los medios de comunicación y entre los fanáticos de los ovnis como Área 51. Había dado la orden hacía veinte minutos, y la eficiente NRO había respondido con su habitual diligencia.

–El SR-75 está listo para despegar -informó el representante de la NRO.

–Adelante -ordenó Foreman.

El lago Groom se caracterizaba por tener la pista de aterrizaje más larga del mundo, construida sobre el lecho seco del lago. De once kilómetros de longitud, había sido el terreno desde el que se habían probado por primera vez aviones tan exóticos como el Stealth Fighter y el bombadero B-2.

Pero el avión que acababa de salir de un hangar gigantesco por orden de Foreman hacía que esos aviones más antiguos parecieran juguetes a su lado.

De más de setenta y cinco metros de largo, casi la longitud de un campo de fútbol, y trescientos de ancho de un extremo a otro de sus alas en forma de V, el Penetrator SR-75 era la aeronave más avanzada construida por el hombre. Tenía la forma de un bombardero B-2 alargado. La tripulación estaba integrada por el piloto, el copiloto y el oficial de reconocimiento (RSO), sentado en un compartimento especial en la parte superior de la cabina de mando. En el interior del avión había sentado un cuarto hombre, esperando.

Tras la última orden de Foreman, el piloto del SR-75 accionó el acelerador de mano del motor turborreactor convencional y el colosal aparato empezó a deslizarse por la pista. Fue preciso que recorriera cuatro

kilómetros para alcanzar la velocidad necesaria para que las alas delta se elevaran y las ruedas se despegaran del suelo.

Con el motor turborreactor funcionando a tope, el piloto siguió ganando altura y velocidad.

–Necesito que esté al tanto y me informe inmediatamente de cualquier cambio.

–Estaremos al tanto -respondió Patricia Conners, frotándose el entrecejo cansinamente y dirigiendo una mirada a Jimmy, sentado al otro lado del escritorio, que respondió con un gesto de asentimiento.

–Se lo agradezco -resonó la voz de Foreman en el altavoz de la oficina tras un breve silencio.

–No hay de qué. Me alegro de que alguien haga algo.

–¿Está conectada al MHV?

–A través de la NRO -respondió Conners-. Me haré con el control en cuanto lo lancen.

–Sólo dispondrá dé un disparo -recordó Foreman.

–Lo sé.

CAPÍTULO 11

–¡Engánchense! – gritó Freed, doblando los índices y moviéndolos arriba y abajo.

Dane deslizó el gancho de la línea estática por el cable y lo cerró con un clic, luego pasó el delgado alambre de seguridad por el pequeño agujero y cerró el gancho en su sitio. Habían transcurrido treinta años desde la última vez que había llevado un paracaídas a la espalda, pero la rutina y las emociones que había experimentado por primera vez en Fort Benning durante su entrenamiento básico regresaron de golpe. Se disponía a saltar de un avión en perfectas condiciones. A diferencia de ese primer salto de prácticas, no le preocupaba el salto en sí. Esta vez temía el terreno que se extendía a sus pies.

Llevaba un traje diseñado para saltos en terreno agreste: con refuerzos en los brazos y las piernas, un casco con rejilla para protegerse la cara y un grueso chaleco enguatado que le cubría el torso. Atada a la mochila tenía una cuerda de sesenta metros de longitud, para descolgarse por ella en caso de que cayera en un árbol. El M-16, las minas, la munición y el resto del equipo los llevaba desmontados en su mochila.

Delante de él, Beasley manejaba con torpeza su gancho. Se lo quitó de las manos y lo enganchó por él. Beasley no le dio las gracias.

–Tranquilo -dijo Dane.

Beasley se limitó a proferir un gemido de angustia.

Dane volvió la cabeza. Chelsea estaba con Sin Fen y no parecía muy contenta. Envió a la mujer una imagen de Chelsea acurrucada en el cojín de su casa.

La proyección mental de Sin Fen hizo eco en el cerebro de Dane.

Cuidaré de ella.

Él se inclinó y gritó para hacerse oír por encima del ruido del avión.

–Foreman te ha enviado como contacto, ¿no? – preguntó-. Cree que tú y yo podremos seguir comunicándonos cuando entre en este lugar.

–Sí.

–¿Hasta qué distancia puedes comunicarte conmigo?

–No lo sé.

–Estupendo.

–Foreman también cree que eres capaz de muchas más cosas además de comunicarte conmigo -añadió Sin Fen.

–No me vendría mal que me dieras una pista.

–Te corresponde a ti descubrirlo, porque sobrepasa lo que nosotros sabemos.

–Estupendo -repitió Dane-. ¿Alguna idea de qué clase de lugar es ése?

–Tú sabes más que nosotros, ya que has estado en él. Pero tenemos que averiguar si el sistema de satélites MILSTARS está siendo utilizado por la fuerza que se encuentra dentro de la puerta de Angkor.

–¿Utilizado para qué? – preguntó Dane. Se sobresaltó cuando su mente registró una imagen de todo el planeta cubierto de varias líneas de colores.

A lo largo de esas líneas había varios puntos brillantes. También vio, justo encima del lugar adonde se dirigían, un satélite espía, y supo, sin saber cómo, que éste no veía nada de lo que ocurría dentro de la puerta.

–Ésa es la energía que está siendo propagada a partir de una fuente que se encuentra dentro de la puerta de Angkor. Los puntos son los satélites MILSTARS. La energía que se está acumulando alcanzará niveles peligrosos, letales, en menos de un día. Tenemos que detenerla.

–¿Qué quiere Foreman que haga?

–Averiguar la causa. Y detenerla.

–Claro. Volveré a tiempo para el almuerzo.

–Esto es muy peligroso, más de lo que ya sabes. Estas áreas se están ampliando y podrían destruir el mundo.

–Gracias por decírmelo ahora.

Dane trató de penetrar en su mente para ver si le ocultaba algo, pero su sonda psíquica se estrelló con un muro negro que se lo impidió. Maldijo para sí, y la voz de ella se hizo eco por encima de la maldición: Lleva práctica. Me he entrenado mucho para disciplinar mi mente.

–Entonces tal vez deberías llevar tú este paracaídas -dijo Dane en voz alta.

No. Eres tú el que debe hacerlo.

–¡Espera! – gritó Freed.

Dane pensó en el lugar de Camboya que se agrandaba. Se aseguró de que las correas de su mochila estaban firmes y a continuación se apretó las del arnés.

La rampa trasera empezó a abrirse, la mitad superior desapareciendo en la cola, la mitad inferior nivelándose, formando una plataforma. Freed se acercó a ella.

Dane parpadeó cuando el viento le azotó la cara. Seguía siendo de noche, pero sabía que pronto amanecería. Freed se arrodilló y agarró el brazo hidráulico que movía la plataforma. Los cuatro canadienses y Beasley, vestidos con abultados trajes, estaban sentados entre Dane y Freed, esperando.

–¡Listos para saltar! – gritó Freed, levantándose. Se acercó deprisa, al borde e indicó a Michelet con el pulgar que todo iba bien-. ¡Ya! – Y se deslizó en la oscuridad.

Los canadienses se apresuraron a seguirle, y Dane vio cómo sus paracaídas se desplegaban detrás del avión, con los paquetes todavía conectados al cable de acero retorciéndose al viento. Beasley se detuvo en el borde y Dane se limitó a empujarlo. Saltó detrás de él. Sintió la familiar sensación de caída libre mientras la línea estática iba soltándose detrás de él, y a continuación el brusco tirón de su paracaídas al desplegarse.

Levantó la vista para asegurarse de que tenía encima un buen toldo y agarró los cazonetes; luego miró hacia abajo. Apenas se distinguía la alfombra verde de la vegetación cada vez más próxima. Al acercarse a ella, vio que iba a aterrizar a un lado de una cresta cubierta de selva. También vio los demás paracaídas, un par de ellos ya en los árboles.

Se protegió la cara con los codos y se puso tenso al acercarse a la capa superior de la selva. Chocó con hojas, y rebotó contra una rama rompiendo otra, hasta que de pronto se quedó inmóvil, colgado de su arnés.

Antes de hacer otra cosa, cerró los ojos.

Sin Fen.

Enseguida escuchó la respuesta en su cabeza: Te oigo.

El SR-75 pasó a una velocidad de Mach 2,5 por el extremo oriental del océano Pacífico a sesenta mil pies de altura. A esa altitud entraba en juego el diseño radical del avión: los motores turborreactores convencionales se esforzaban al máximo, resollando a la velocidad y altitud límites de las especificaciones de su diseño.

En la cabina de mando, el copiloto destapó una hilera de cuatro interruptores rojos.

–Listo para arrancar el PDWE -informó al piloto.

–Adelante.

El copiloto apretó los interruptores de izquierda a derecha. En la cola del avión, bajo el motor turborreactor, el motor de onda de detonación pulsátil (PDWE) cobró vida. Se trataba de un dispositivo bastante sencillo que consistía en una serie de pequeñas cámaras en las que se producían miniexplosiones rítmicamente. Estas explosiones hacían que se formaran unas ondas expansivas supersónicas y que se precipitaran en una cámara de combustión más amplia. Las ondas expansivas comprimían la mezcla de combustible y aire, y producían una onda expansiva mayor que era canalizada hacia la parte trasera del avión, proporcionando una propulsión a niveles nunca alcanzados por el hombre.

Dejando una estela de humo blanco en la alta atmósfera, el SR-75 se elevó aún más a Mach 5 camino de la velocidad máxima de Mach 7, a ocho mil seiscientos kilómetros por hora.

El C-123 se ladeó en el cielo a diez kilómetros de distancia de la zona de lanzamiento. La rampa seguía bajada, y uno de los miembros de la tripulación desenrollaba despacio una serie de correas de nailon sujetas a la plataforma a la que estaba atada la bomba «cortadora de margaritas». La plataforma tenía ruedas, y el hombre fue soltando el nailon hasta que ésta se detuvo en el borde de la rampa. A continuación tiró de un gran gancho que había en la parte superior del paracaídas sujeto a la bomba, y lo enganchó a la línea estática.

Escuchaba por unos auriculares al piloto, y cuando éste le dio luz verde, cortó las correas con una navaja y dejó caer la plataforma por la rampa.

Cayó la bomba junto con la plataforma, y acto seguido se abrió un gran paracaídas. El C-123 dio vueltas mientras la bomba descendía. Esta

atravesó las capas superiores de la selva, y justo antes de alcanzar el suelo, dos mil doscientos kilos de explosivo de alta potencia estallaron en una gran llamarada.

Desde el C-123 que lo sobrevolaba, Paul Michelet vio la pista de aterrizaje que acababan de crear. Apretó el botón del intercomunicador.

–Bien. Volvamos a Tailandia. – Luego se volvió hacia Sin Fen, que había permanecido callada junto a Chelsea-. Quiero saber quién es usted y para quién trabaja -dijo, sentándose a su lado.

Sin Fen tenía la mirada extraviada y tardó un poco en volver a cobrar conciencia de su entorno inmediato. Se volvió ligeramente para mirar al anciano.

–Lo que usted quiere ya no importa. – Introdujo una mano en su bolsa y sacó una pequeña radio SATCOM. Empezó a marcar un número cuando Michelet le sujetó la muñeca.

–Escuche -siseó-. Éste es mi avión y… -Jadeó de dolor cuando Sin Fen le agarró el antebrazo con su mano libre y apretó.

–No vuelva a ponerme un dedo encima -dijo-. No vuelva a interponerse en mi camino. – Lo soltó y terminó de marcar-. Han saltado -informó tan pronto como contestaron. Escuchó unos segundos, luego cortó la comunicación-. Ha salido un helicóptero de Angkor Wat -dijo a Michelet, que la miraba furioso, masajeándose el brazo.

–¿Cómo?

–Syn-Tech -se limitó a decir ella.

–¡Maldita sea! – estalló Michelet-. Esos hijos de…

–Basta -dijo Sin Fen-. Syn-Tech no debe preocuparle.

–Sugiero eliminar los MILSTARS -dijo Foreman. Tenía la mirada clavada en la pantalla del ordenador que le mostraba lo que se veía desde la cabina de mando del SR-75. Éste volaba a unos ciento veinticinco mil pies sobre el Pacífico occidental, a una velocidad de Mach 7.

–¡Por Dios! – exclamó Bancroft-. ¿Sabe cuántos billones de dólares hemos invertido en ese sistema?

–Señor presidente -prosiguió Foreman, ignorando al asesor de Seguridad Nacional-, nuestros satélites están siendo utilizados de alguna manera por esa fuerza. Van a morir muchas personas en menos de doce horas cerca de alguna de las puertas. Debemos detenerla antes de que sea demasiado tarde.

–¿Puede demostrarlo? – preguntó Bancroft-. No tenemos nada que demuestre que esas ondas se están propagando a través de los satélites MILSTARS.

–Tengo pruebas de la NSA -dijo Foreman.

–No, tiene una hipótesis de la NSA -replicó Bancroft-. He visto lo que están diciendo y lo único que tienen es una coincidencia. Maldita sea, algunos de los satélites MILSTARS no parecen haber sido afectados. Eso no es una prueba concluyente.

–Cuando tengamos pruebas concluyentes, será demasiado tarde -insistió Foreman-. Recuerde lo que ocurrió con el Bright Eye.

–Mis asesores disienten de usted, señor Foreman -dijo por fin el presidente-. No creen ni que la amenaza sea tan grave como usted dice, ni que los MILSTARS estén siendo utilizados de ese modo. Afirman que es imposible.

–Sin embargo, lo están haciendo, señor presidente. – Foreman hizo un esfuerzo para controlar su voz-. ¿Tienen sus asesores alguna explicación de lo que está ocurriendo?

–Aún no.

–Entonces, señor, tenemos…

–Está pidiéndome que destruya un equipo de billones de dólares -lo interrumpió el presidente.

–El equipo puede reemplazarse -replicó Foreman-. Las personas no.

–Ni siquiera tenemos una manera de eliminar los MILSTARS -insistió el presidente.

–Tenemos una, señor-respondió Foreman, mirando una i más la pantalla de su ordenador.

–¿Y cuál es?

–El Thunder Dart.

–¿Qué demonios es eso? – preguntó el presidente.

–¡Dios mío! – estalló Bancroft antes de que Foreman pudiera responder siquiera-. Ya nos ha costado el Bright Eye. ¿Ahora pretende que arriesguemos la integridad del Thunder Dart?

Foreman se recostó en su silla. Eso formaba parte de la burocracia que tanto desdeñaba.

–Su plataforma de lanzamiento ya está en el aire, y faltan dos minutos para que se ponga en funcionamiento.

–¡Foreman! – gritó Bancroft.

Foreman se echó hacia adelante y habló con apasionamiento por el altavoz.

–Señor presidente, deje que el Thunder Dart elimine uno de los MILSTARS afectados, el más próximo a la puerta de Angkor. El primero que fue afectado. Veamos qué pasa. Si se frena la propagación, sabremos con certeza que están utilizando los satélites MILSTARS. Si no, lo único que habremos perdido es un satélite que ya está inutilizado.

–De acuerdo -dijo el presidente por fin-. Elimínelo.

Una puerta en la base del SR-75 se deslizó hacia adelante y hacia arriba simultáneamente, con unos adaptadores construidos ex profeso para soportar la fuerte presión del tenue aire a una velocidad superior a Mach 7.

La cabina abierta también tenía un diseño aerodinámico, de modo que la velocidad del avión sólo se frenó ochocientos kilómetros por hora.

En el interior, sujeto con firmeza a dos brazos hidráulicos, estaba el Thunder Dart, la progenie del SR-71 y la otra mitad del Penetrator. Con una configuración en delta de sus alas de 75 grados, también contaba con un PDWE, pero mucho más pequeño. El Thunder Dart medía menos de doce metros de largo y nueve de ancho con las alas completamente desplegadas.

Dentro de la cabina de mando construida expresamente, el comandante Frank Mitchell esperaba paciente el momento adecuado, con una mano enguantada en el acelerador y el pulgar sobre un botón rojo.

–¿Luz verde? – le preguntó el copiloto de la nave principal, el SR-75.

Mitchell no había apartado los ojos de los indicadores en los últimos diez minutos, pero los recorrió una última vez con la mirada.

–Luz verde.

–Soltando a la de cinco -informó el copiloto-. Cuatro. Tres. Dos. Uno.

Mitchel sintió la ingravidez cuando los brazos hidráulicos soltaron el Thunder Dart y éste perdió la fuerza de gravedad de la aceleración constante del SR-75. Bajo ellos, el cielo estaba despejado, pero volaban tan alto que veía la curvatura de la Tierra más adelante. Era la tercera vez que pilotaba el Thunder Dart, aunque había hecho más de tres mil misiones en el simulador. Pero ningún simulador era capaz de recrear la sensación de una caída libre a ciento veinticinco mil pies y a una velocidad hacia adelante inicial de más de ocho mil kilómetros por hora. Más arriba, el SR-75 giró ligeramente y se perdió de vista.

Mitchel apretó con el pulgar el botón rojo y se vio arrojado hacia atrás en su asiento al ponerse en marcha el motor pulsátil. Retrocedió

ligeramente y levantó cinco grados el morro del Thunder Dart. Miró hacia fuera y vio que los bordes de su aeronave ya estaban incandescentes a causa del calor, pero era normal. Incluso a esa altitud había suficientes moléculas de oxígeno para causar fricción. El casco de aleación de titanio podía resistir el calor siempre que mantuviera el control del avión.

Miró hacia arriba y vio la negrura del espacio. Luego bajó la vista hacia la ruta de vuelo trazada en rojo en la pantalla de su ordenador. El triángulo que simbolizaba su avión estaba ligeramente a la derecha del centro de la ruta trazada en verde. Mitchell movió la palanca un poco hacia la izquierda y se situó de nuevo en el centro.

–Estoy en línea con todos mis sistemas -dijo Jimmy-. Si se produce cualquier cambio, lo sabremos.

Estaba sentado enfrente de Conners, con su portátil abierto ante él, conectado a la red central para tener acceso a los satélites que canalizaban los datos de radiactividad y electromagnetismo.

Ella estaba sentada detrás de su escritorio, y junto al tablero de su ordenador había una pequeña palanca de mandos esperándola. Cogió la gorra de béisbol con las alas de astronauta y se la puso sobre su pelo canoso, con la visera hacia atrás.

Jimmy la miró y sonrió.

–¿Preparada, timonel?

–Preparada -respondió ella, esbozando una sonrisa.

–Todo listo -anunció el comandante Mitchel dentro de su máscara de oxígeno.

El pequeño triángulo estaba justo en el centro de su pantalla. El altímetro marcaba ciento cincuenta y cinco mil pies, unos cuarenta y cinco kilómetros de altura. Sabía que fuera el aire era tan fino que hasta el motor pulsátil tenía problemas.

Bajó la vista una vez más. Justo en el centro de la pantalla se veía un débil círculo rojo que se encendía y se apagaba.

–Adquisición iniciada -informó.

Colocó la mano libre, con la palma hacia abajo, sobre una pantalla plana. La superficie estaba especialmente diseñada para el guante de presión, y cada botón coincidía con exactitud.

–Armando el MHV -Mitchell había memorizado los pasos y sus dedos pulsaron el código sin equivocarse. Sintió una leve sacudida en el patrón de pulsaciones del PDWE.

–Cuando tengas la señal luminosa en el punto de mira, asegúrate de fijar la trayectoria.

–Roger -respondió Mitchell. Apretó la pantalla con los dedos y en la esquina superior derecha aparecieron una serie de números-. Encendiendo la señal luminosa del MILSTARS. Señal encendida. El MHV ha identificado como blanco la señal luminosa del MILSTARS. Identificado como blanco primordial. – Observó cómo el círculo rojo dejaba de encenderse y apagarse, y permanecía fijo. Luego apretó con el pulgar un botón de otro panel-. Tierra, ¿tenéis el control?

–Aquí tierra. – Era la voz de una mujer-. Tenemos el control.

–Listo para lanzar -dijo Mitchel.

–Adelante.

–Lanzando. – El pulgar de Mitchell apretó el botón de su palanca de mandos.

Se produjeron unas explosiones debajo del Thunder Dart, y a continuación el MHV se separó del cuerpo del avión. De menos de dos metros y medio de largo y sólo veinte centímetros de diámetro, el MHV era el resultado de ocho generaciones de antisatélites (ASAT) de desarrollo. Su motor pulsátil miniaturizado y sumamente sofisticado arrancó en cuanto se separó del Thunder Dart y se elevó en ángulo hacia el espacio.

El comandante Mitchel veía el MHV en su pantalla cuando hizo que el avión se ladeara ligeramente y comenzó un descenso cuidadosamente calculado a tierra.

–El MHV funciona como una seda.

Patricia Conners sabía que un MHV era un minivehículo buscador de blancos, y vio la misma imagen que se veía desde el cohete cuando el cono del morro se desprendió, permitiendo que se activara el sistema de búsqueda de infrarrojos incorporado. Éste llenó toda la pantalla de su ordenador.

–¡Aquí! – exclamó Jimmy, señalando un punto muy pequeño en el centro de la pantalla-. Éste es el MILSTARS 16. El MHV ha localizando la señal luminosa de seguridad del satélite y se dirige hacia ella, de modo que no debería tener problemas para alcanzarlo.

La mano de Conners seguía suspendida sobre la palanca de mandos, por si acaso…

En el morro del cohete MHV, el ordenador que fijaba la trayectoria tenía la posición exacta de la señal luminosa del MILSTARS 16; la misma señal

que la lanzadora espacial utilizaba cada dos años para localizar y acoplarse al satélite para reponer el combustible. La señal luminosa solía ser silenciosa, salvo cuando se activaba con un código de acceso especial, del mismo modo que las luces de aterrizaje de un aeropuerto lejano se encendían cuando un avión que se acercaba hacía señales en alguna frecuencia FM.

En el morro también había una cámara de infrarrojos, que en esos momentos enviaba a Conners una imagen del MILSTARS y del resplandor dorado que aumentaba a su alrededor.

–¿Qué demonios es eso? – preguntó Jimmy.

–No lo sé. – Conners tenía la mano alrededor del control manual-. Pero se parece mucho a lo que destruyó el Bright Eye.

–¡Cielos! – exclamó Jimmy a medida que aumentaba el resplandor-.

¿Cómo demonios sabe que el MHV se dirige allí?

–Por la radio. – Con la mano libre Conners tecleaba mientras hablaba-.

Voy a desconectar la radio que comunica el MHV al Thunder Dart. – Pulsó la tecla de «Enter» mientras con la otra sujetaba la palanca de mandos-.

Tengo el control del MHV -anunció por el micrófono.

Jimmy retrocedió un paso en silencio. Sabía que Conners controlaba en esos momentos un misil de veinte centímetros de diámetro que viajaba a seis mil cuatrocientos kilómetros por hora hacia un blanco de seis metros de ancho. Alrededor de la periferia del cohete había cuarenta pequeños cohetes booster de combustible sólrdo que ella podía disparar para rectificar la trayectoria, pero era como enhebrar una aguja clavada en un buzón desde la ventana de un coche que iba a cien kilómetros por hora.

–Treinta segundos -anunció Conners. El resplandor dorado aumentaba-.

¡Mierda! – exclamó, tratando de pensar mientras seguía concentrada en el puntito que representaba el satélite MILSTARS-. ¡Oh, Dios! Jimmy, di al Thunder… -Se interrumpió cuando una esfera dorada se separó del aura principal y se precipitó hacia la derecha.

–¡No pierdas el MHV! – gritó Jimmy.

El comandante Mitchel vio lo mismo que Conners. Bajó al instante el acelerador de mano y sintió cómo el motor pulsátil ganaba velocidad.

No tenía ni idea de lo deprisa que avanzaba la bola de fuego. Seguía viendo la curvatura de la Tierra más adelante, y su altímetro indicaba ciento doce mil pies.

–¡Sal de ahí! – oyó que le gritaba la mujer por los auriculares.

–Ya lo creo -murmuró Mitchell para sí, y movió la palanca hacia la derecha.

El Thunder Dart empezó a girar, pero Mitchell no tenía ni idea de si estaba esquivando o no el peligro.

Un segundo después supo que no lo había conseguido. Sintió un chisporroteo en la piel cuando una luz dorada inundó la cabina de mando.

Bajó violentamente con el puño una palanca roja, y todo el armazón de la cabina del Thunder Dart se separó del cuerpo principal del avión, arrojándolo contra el arnés que lo sujetaba con tal fuerza que perdió el conocimiento.

–Vamos, vamos -murmuró Conners mientras el satélite MILSTARS

aumentaba rápidamente de tamaño en la pantalla que tenía ante ella. Los números en la esquina superior derecha descendían a medida que el cohete engullía la distancia. Contó hasta tres y apretó el gatillo.

La carga explosiva del MHV estalló, y el núcleo del cohete se desintegró en miles de esferas de acero de casi tres centímetros de diámetro, que se desperdigaron de forma uniforme, moviéndose en el vacío del espacio a la velocidad original del cohete, cubriendo un área superior a doscientos metros de ancho.

Más de doscientas esferas se incrustaron en el satélite MILSTARS y lo destruyeron, como una escopeta que hace saltar una lata por los aires.

Conners se desplomó en su silla. Miró a Jimmy, que estudiaba con atención la pantalla de su portátil al otro lado del escritorio.

–¿Y?

–Estoy descargando.

Conners apretó el botón de su teléfono por satélite.

–Foreman, ¿qué ha sido del piloto?

–Se ha eyectado. Estamos rastreándolo. Voy a organizar una operación de rescate, pero hemos perdido el contacto.

–¡Maldita sea!

–Nadie se había eyectado antes, ni siquiera dentro de su cápsula, a cinco mil seiscientos kilómetros por hora -dijo Foreman-. ¿Qué hay del patrón?

Conners dirigió una mirada a Jimmy. Por su expresión supo cuál era la respuesta, pero esperó.

–Negativo -dijo Jimmy-. Las líneas se cruzan sin interrupción en el lugar que ocupaba el MILSTARS. Hemos llegado demasiado tarde. Hay demasiadas conexiones entrecruzadas. Sea lo que sea ese objeto, se ha

desviado, y probablemente puede hacerlo antes de que consigamos eliminar los satélites.

Conners transmitió la información. Siguió un largo silencio.

–Bueno -dijo Foreman por fin-, supongo que entonces sólo nos queda detenerlo en su fuente.

CAPÍTULO 12

El sueño de los muertos, pensó Ariana oyendo el sueño agitado de sus compañeros prisioneros. Después de permanecer más de veinticuatro horas seguidas despiertos y sin saber aún qué medidas tomar, habían decidido intentar descansar un poco. Había pedido a Ingram que apagara hasta las luces de emergencia para ahorrar batería, dejando el interior del avión a oscuras salvo por los dos haces de luz dorada que cruzaban la sala principal de las consolas y el resplandor dorado que salía del soporte físico de Argus.

Sabía que necesitaba despejarse y buscar una línea de acción, pero estaba tan cansada que apenas podía pensar. Así y todo, el sueño seguía esquivándola. En su mente consciente se amontonaban las imágenes de Mansor agonizante, mientras por su subconsciente se deslizaban serpientes enormes, con mandíbulas que se abrían y cerraban y lenguas que siseaban.

El haz dorado de Argus había dejado de extenderse. Al parecer ya había accedido a todo lo que necesitaba. Habían arrancado más paneles de la unidad central y descubierto que de la parte trasera salía un haz dorado que desaparecía por el techo. Ariana no tenía ninguna duda de que era el mismo haz que había visto salir de la antena de radar.

Ningún otro rayo de luz dorada había vuelto a perforar el avión, ni se había vuelto a oír el ruido de algo deslizándose.

Ariana había descrito a sus compañeros la serpiente gigantesca de siete cabezas, pero había visto la mirada de incomprensión en sus caras. Sabía que si ellos no hubieran oído el ruido, no la habrían creído. Tal como estaban las cosas, le concedían el beneficio de la duda en una situación demencial, algo de lo que no estaba muy contenta.

Se puso de costado, intentando ponerse cómoda en su butaca, cuando oyó un ruido débil. Alguien, o algo, se movía por el pasillo. Cogió la Beretta y, haciendo el menor ruido posible, comprobó que la recámara estaba cargada y movió hacia atrás el percutor. Luego sacó de su escritorio una pequeña linterna, y agarrando con fuerza la linterna y el arma, se levantó de la silla.

El ruido se había desplazado hacia adelante, más allá de su compartimiento, hacia la zona de la radio. Lo siguió, moviéndose sin hacer ruido. Le llegó un ruido amortiguado de metal sobre metal de un armario al abrirse.

En la mano derecha sostenía la culata del arma, con el dedo en el gatillo, y en la izquierda la linterna pegada al cañón. Al doblar la esquina del área de comunicaciones, encendió la linterna.

Advirtió movimiento y curvó el dedo alrededor del gatillo, pero se detuvo justo antes de apretarlo al reconocer a Hudson encorvado sobre algo en el suelo.

–¡No te muevas! – ordenó Ariana.

–¡Por Dios! – exclamó él, parpadeando ante el resplandor del haz de la linterna-. Me has dado un susto de muerte. – Se dispuso a ponerse de pie.

–He dicho que no te muevas -repitió Ariana. Dio un paso hacia adelante, apuntándolo con el arma.

–¿Qué pasa? – preguntó Hudson sin moverse.

–¿Qué estás haciendo?

–Comprobando algo -respondió Hudson.

–¿A oscuras? – Ariana se movió hacia la izquierda, iluminándolo con el haz de la linterna sin dejar de apuntarlo con el arma. Quería ver qué había estado haciendo.

–No quería despertar a nadie -dijo Hudson. Se agachó para recoger lo que tenía en el suelo-. Sólo…

Ariana le golpeó el dorso de la mano con la boca del arma, haciéndole gritar del dolor.

–He dicho que lo sueltes. – Le clavó la Beretta en el pecho-. Atrás.

Hudson levantó las manos y se apretujó contra la consola principal.

Ariana iluminó brevemente el suelo con la linterna. Había una pequeña antena parabólica abierta sobre un trípode diminuto. Volvió a dirigir la linterna hacia la cara de Hudson.

Las luces de emergencia parpadearon y a continuación se encendieron.

Ingram y Carpenter aparecieron en el pasillo, mirando hacia el interior de la habitación.

–¿Qué está pasando aquí? – preguntó Ingram, sosteniendo la otra Beretta en la mano de forma vacilante.

–He descubierto a nuestro espía -explicó Ariana.

–Escucha… -empezó a decir Hudson, pero se interrumpió cuando Ariana se acercó más a él y apretó la boca del arma contra su frente, justo entre los ojos.

–¿Saboteaste tú el avión? – susurró.

–¡No!

Apretó más el arma, clavándosela en la piel.

–¡Di la verdad!

–¡ Yo no hice nada!

–¿A quién tratabas de llamar? – preguntó, señalando con la cabeza la antena parabólica.

–Espera -dijo Ingram, deteniéndose al lado de Ariana-. ¿Cómo sabes que es el espía?

–Sólo tengo que apretar ligeramente este gatillo -continuó Ariana, concentrándose en Hudson-. Y tengo verdaderas ganas. Si me mientes ahora y te dejo vivir, y luego descubro que me has mentido, me encargaré de que mueras de forma muy dolorosa. ¿Está claro?

Hudson sostuvo su mirada. Empezó a hacer un gesto de asentimiento, pero la pistola no se lo permitió.

–Sí.

–¿Eres espía? – preguntó Ariana.

–Sí.

–¿Para quién trabajas?

–Para Syn-Tech.

–¿Intentabas llamarlos con eso?

–Sólo es una señal luminosa -respondió Hudson.

Ariana se apartó de Hudson, que se dejó caer en su silla, con el sudor corriendo por sus flaccidas mejillas.

–Te juro, Ariana, que no hice nada. – Se frotó sus piernas vendadas.

–No -dijo ella-, sólo dejaste que Mansor y yo saliéramos ahí -apuntó la boca del arma hacia el techo- para pasar un cable por la antena parabólica cuando tenías este aparato.

–No podía decirlo, porque me hubiera descubierto.

–Preferiste dejar morir a Mansor. – Ariana lo apuntó una vez más con el arma.

–¡No sabía que iba a morir! ¿Cómo iba a saberlo? – suplicó Hudson-.

¡Lo siento!

–¡Espera! – dijo Ingram, interponiéndose entre los dos.

–Apártate, Mark -ordenó Ariana.

–Escucha -insistió Ingram-. Dice que es una señal luminosa. ¡Deja que la encienda!

–¿Quién recibirá la señal, Hudson? – Carpenter habló por primera vez.

–Syn-Tech tiene un equipo cerca de Angkor Wat -respondió Hudson-.

La localizarán y vendrán a rescatarnos.

–Estupendo, enciéndela -dijo Ariana, bajando el arma y soltando una carcajada que sonó falsa-. Dejemos que vengan.

–No hacía falta que me empujaras -protestó Beasley, tocándose con cuidado un arañazo en la mejilla-. Iba a saltar.

–Calla -dijo Dane. Recorría con la mirada el terreno que los rodeaba, con el M-16 preparado.

Por encima del dosel de la selva clareaba, pero bajo él estaba oscuro y apenas se veían veinte pasos más allá. Había recogido a Beasley, ayudándolo a bajar de un árbol. Luego había oído la explosión del cortador de margaritas en alguna parte hacia el este, y finalmente había vuelto el ruido de la selva.

Avanzaban a lo largo de la trayectoria seguida por el avión, siguiendo el sentido de la orientación interno de Dane. Éste ya había comprobado que ni su brújula ni su reloj funcionaban. Sabía que los canadienses y Freed seguían el mismo camino. Hasta oyó a alguien bajar de un árbol no muy lejos.

Sintió cómo recuperaba todas las viejas facultades, convirtiéndolo en parte de la jungla, parte de la fauna y de la flora. Aparte de la irritante presencia de Beasley y los demás, percibió tranquilidad en los alrededores.

Percibió asimismo la sombra hacia el este, tal como lo había hecho hacía treinta años.

Foreman observaba el tablero principal, que mostraba las señales captadas por un KH-12 que seguía el helicóptero de Syn-Tech. El KH-12

las había captado tan pronto como el helicóptero había despegado del campamento base de la compañía situado fuera de Angkor Wat. Seguía una trayectoria que bordeaba los límites de la puerta de Angkor. Foreman concedió cierto mérito a quienquiera que estuviera a cargo de la operación: el helicóptero se acercaría todo lo posible al avión estrellado antes de entrar.

Sin embargo, no le interesaba el helicóptero. Lo que le pareció intrigante fue la señal luminosa que conducía al helicóptero hacia la puerta de Angkor. Que la señal escapara a las interferencias electromagnéticas de

la puerta era escalofriante. Alguien, o algo, quería que el helicóptero entrara.

–¿Por dónde es? – preguntó Freed.

–La torre de vigilancia está allí -dijo Dane, señalándola con la boca de su M-16. Todo lo que se veía en cualquier dirección era selva densa, pero él no tenía ninguna duda acerca del camino que debían seguir-. El río está al otro lado. Según la fotografía, el avión está a cinco kilómetros al otro lado del río.

Freed iba el primero, y subía con dificultad la pronunciada cuesta con Dane pegado a sus talones. Los canadienses y Beasley, en mucha peor forma que los dos hombres que marcaban el paso, intentaban no quedarse atrás.

Dane no se molestó siquiera en mirar por encima del hombro. Se detuvo un segundo y, cerrando los ojos, imaginó a Sin Fen.

¿Sigues ahí!

Luego abrió los ojos y siguió avanzando.

Acudió a su mente la imagen del aeródromo del que habían despegado.

Chelsea y Sin Fen bajando del avión y acercándose a un helicóptero. En su visión, Sin Fen se detenía. La imagen cambió, y Dane vio el satélite en lo alto, que estalló. Superpuesto a la imagen estaba el mensaje inconfundible de Sin Fen de que había fracasado el intento de detener lo que salía de la puerta mediante la destrucción del satélite.

Se cercioró de que estaba justo detrás de Freed, luego volvió a concentrarse en sus visiones. La escena cambió. Vio despegar un helicóptero y supo, por el subtexto que Sin Fen proyectaba, que se dirigía hacia ellos y que era de Syn-Tech.

El helicóptero avanzaba siguiendo una línea. Dane frunció el entrecejo intentando dar sentido a la imagen, luego cayó en la cuenta de que la línea era una transmisión, una señal de radio que salía de la puerta.

Se detuvo al comprender las implicaciones que eso tenía. Miró por encima del hombro la cara sudorosa de Beasley, luego se volvió de nuevo hacia el frente.

Siguió subiendo con el cuerpo echado hacia adelante, sintiendo cómo el sudor le corría por la espalda, empapándole la camisa. De pronto salió al claro y una fría brisa le acarició la cara, secándole el sudor. Levantó la vista.

La torre de vigilancia.

Recorrió rápidamente la distancia que lo separaba de ella y se reunió con Freed al pie del muro. Tocó un enorme bloque de piedra y sintió bajo sus dedos la superficie lisa, reconfortante.

–No se ve nada -comentó Freed.

La momentánea sensación de alivio que Dane había experimentado lo abandonó en cuanto miró en la misma dirección. Tenían el sol detrás y proyectaba sombras alargadas por el valle, pero al otro lado del río flotaba la misma niebla espesa que Dane había visto hacía tantos años. Sólo que aún era más espesa e impenetrable de lo que recordaba, y se extendía al sur y al norte hasta donde alcanzaba la vista.

–Subamos -dijo Freed a Dane, sacándolo de su ensimismamiento.

Los canadienses y Beasley aparecieron en el claro, jadeando.

–Beasley, acompáñanos -dijo Freed-. McKenzie, quiero que vigile el perímetro de este edificio.

Dane advirtió cómo el cansancio de Beasly desaparecía al contemplar la antigua obra de piedra de la torre de vigilancia.

–Es increíble -exclamó el profesor acercándose a las piedras.

Freed cruzó primero la puerta, seguido de Dane y Beasley. Subieron por las escaleras que rodeaban la muralla interior, y Beasley se detuvo para examinar los bajorrelieves. Dane oyó el clic de su máquina fotográfica y su respiración pesada resonando en la piedra antigua.

Dane se detuvo junto a Freed, que miraba con sus prismáticos. Desde el interior de la muralla no se veía mejor el otro lado del río, pero se abarcaba más extensión de campo en la otra dirección.

–¡Los muros! – Beasley jadeaba cuando se reunió con ellos-. Hay tanto en ellos. No es como Angkor Wat ni ningún otro emplazamiento. ¡Esto es diferente! Más antiguo. Sí, decididamente más antiguo.

–Calma -aconsejó Dane-. Si sufre un ataque cardíaco, tardarán en sacarlo de aquí.

–Pero ¿no lo entiende? – Beasley no hablaba con nadie en realidad-. En esos lugares sólo hay esculturas. ¡Pero aquí hay escritura! – Se volvió hacia Dane y lo sujetó por los hombros-. ¡Escritura! Una forma antigua de sánscrito.

–¿Puede leerlo? – preguntó Dane.

–Puedo entender algo -respondió Beasley.

–Entonces hágalo -ordenó Dane. Se volvió hacia Freed, que bajó los prismáticos con una expresión preocupada.

–Ahí lo tiene -susurró Dane.

Freed le dirigió una mirada.

–Supongo que… -Se interrumpió al oír el ruido de unos rotores procedente del este.

–Syn-Tech -dijo Dane.

–¿Cómo lo sabe? – preguntó Freed, llevándose los prismáticos de nuevo a los ojos.

–Sin Fen nos lo ha dicho, recuerde.

–Un Huey -dijo Freed, enfocándolo-. A unos tres kilómetros.

–¡Estoy recibiendo en FM! – exclamó Hudson.

Ariana estaba sentada en una silla frente a él, con la Beretta en el regazo. No reaccionó como Carpenter o Ingram, que dieron un brinco al oír la noticia. Mike Herrín se había acercado poco antes, pero no parecía haberlo oído. Estaba sentado en una esquina del área de comunicaciones, con los ojos cerrados, balanceándose hacia adelante y hacia atrás, y tarareando para sí mismo en voz baja.

–Es un helicóptero -añadió Hudson, apretándose el auricular a una oreja. Luego apretó un botón de su radio FM-. Bravo Dos Nueve, aquí Angler. Bravo Dos Nueve, aquí Angler. Corto.

–¿Angler? – preguntó Ariana-. ¿Es tu nombre en clave?

Hudson hizo un gesto de asentimiento.

–¿Cuánto tiempo hace que trabajas para Syn-Tech?

–Sólo accedí a enviarles los datos de esta misión -respondió Hudson.

–Y aprovechaste la señal del GPS para enviárselos -dijo ella, ganándose una mirada de sorpresa del operador de la radio.

–¿Lo sabías? – preguntó. Luego volvió a concentrarse en el auricular-.

Roger, Bravo Dos Nueve. Te recibo entrecortado y distorsionado. Corto. –

Tapó con una mano el micrófono-. Voy a conectar la FM al altavoz. – Se volvió hacia la radio y apretó un interruptor-. Roger, Bravo Dos Nueve.

Esperamos tu llegada. Nuestra situación es crítica y necesitamos ayuda inmediata. Corto.

Por el altavoz se oyó una voz por encima de una mezcla de interferencias que sonaban como pequeñas explosiones.

–Aquí Dos Nueve. Nunca he visto nada parecido. La visibilidad es mala. Podemos… captar la señal luminosa pero… de vez en cuando desaparece. Estamos… cuatro… vuestra…

–Bravo Dos Nueve, repite -dijo Hudson, apretando el botón del micrófono-. Te recibo entrecortado y distorsionado. Corto.

El altavoz emitió el crujido de parásitos.

–Esto… dificultad…

Hudson esperó unos segundos.

–Bravo Dos Nueve, aquí Angler. Adelante. Corto.

El altavoz emitió un desagradable chirrido de parásitos.

–¡Allá va! – exclamó Freed cuando el helicóptero se ladeó por encima de ellos y descendió en picado hacia el valle. Se precipitó contra el muro de niebla y se desplazó a lo largo de él durante casi un kilómetro, luego describió un círculo sobre el río, sin dejar de ganar altitud.

–Se lo están pensando mejor-observó Dane. Tenía las manos en el muro de piedra-. Si entran, son hombres muertos.

Beasley y Freed intercambiaron una mirada.

–Están entrando -dijo Dane.

El helicóptero se dirigió directamente hacia la niebla, ganando aún altitud. A menos de medio kilómetro del borde de la niebla apareció alrededor del helicóptero un gran círculo de luz dorada que se contrajo rápidamente, centrándose en él. Se produjo un destello y a continuación empezaron a caer pequeños fragmentos sobre la selva. Unos segundos después, el ruido de la explosión retumbó como un trueno lejano.

–¡Dios mío! – exclamó Beasley.

–Eso significa que hemos acertado al decidir no entrar por el aire -

comentó Freed.

–¿Cree que nos va a ir mucho mejor a pie? – preguntó Dane.

Los gritos del piloto del helicóptero resonaron en toda el área de comunicaciones y luego se produjo un silencio reverberante.

Mike Herrín se levantó de un salto.

–¡Vienen por nosotros! ¡Tenemos que salir de aquí! Están ahí arriba, esperándonos. Oigo el helicóptero.

Se subió a la mesa y, alargando las manos hacia la escotilla del techo, agarró la palanca para abrirla. Ariana y Carpenter lo sujetaron por las piernas, pero él propinó una fuerte patada a Carpenter en plena cara, haciéndole retroceder tambaleante y llevándose consigo a Ariana.

Se abrió la escotilla y Ariana consiguió ver por encima de Herrín. La niebla que se arremolinaba apenas dejaba entrar la luz del sol.

–¡Mike! – gritó, sujetándole una pierna-. ¡Vuelve a entrar!

Ingram había ocupado el lugar de Carpenter y tiraba de la otra pierna de Herrín, que tenía la mitad del cuerpo fuera de la escotilla. Ariana miraba hacia arriba, cuando en el espacio que había alrededor del torso de Herrín apareció una gran sombra, llenando la escotilla. Oyó gritar a Herrín y sintió convulsiones de sus piernas. El grito cesó tan bruscamente como había empezado, reemplazado por unos chasquidos muy fuertes, y a continuación Herrín cayó dentro del avión, o, mejor dicho, la mitad inferior de su cuerpo.

Ariana levantó la vista de sus piernas que se retorcían. Sorprendentemente, del torso partido manaba poca sangre.

–¡Dios mío! – murmuró. El ruido regresó, como si una criatura se deslizara sobre el avión. Pero esta vez consiguió ver por la escotilla las grandes escamas de la criatura, que pasó de largo. Sacó la Beretta y apuntó.

–¡No! – gritó Carpenter, sujetándole los brazos-. ¡No lo hagas!

Ariana retrocedió tambaleante, mientras Carpenter cerraba de golpe la escotilla. Sintieron cómo se movía todo el avión, inclinándose ligeramente hacia la izquierda. El ruido continuó otros diez segundos, luego cesó y el avión se quedó quieto.

El altavoz cobró de nuevo vida, esta vez con los puntos y rayas del morse. Hudson copió ansioso el mensaje, mientras Ariana cubría con una tela la mitad inferior del cuerpo de Herrín.

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