Boda En Auschwitz
Capítulo 1
No sé cuál es la verdad. Quizás alguno de los narradores ha mentido a sabiendas. O, al contrario, todos han dicho aquello que creían que era la verdad. O quizás han inventado detalles, aquí y allá, por un gusto innato por embellecer las historias. O, la hipótesis más probable, sobre los hechos se posa el velo de la memoria, que lentamente distorsiona, transforma, fabula, el narrar de los protagonistas no menos que las conclusiones de los historiadores.
SERGio ATZENI, El hijo de Bakunin
1
LA TORMENTA
Esta noche soñaré con Rudi Friemel. Tendrá la cara blanca como la cera y los ojos muy abiertos, como si se hubiese dado un susto de muerte.
Llevará un pantalón de presidiario, a rayas y de tela fina, tapándole los sabañones, y una camisa blanca con bordado de rosal. Un regalo, ¿de quién? Sonreirá como siempre sonreía. Veré el hoyuelo en su mentón. Dirá: Todos me han olvidado, las mujeres, los amigos, los camaradas.
Tonterías, diré yo.
Ay, Marina, mi brava cuñadita. ¿Aún te acuerdas de mí?, responderá él.
Era un buen chaval. Mecánico de coches, forofo de las motos. Un socialista convencido. Un poco loco. Un tipo de rompe y rasga, intrépido y aventurero. Dicen que en febrero del treinta y cuatro, en Viena, luchó a brazo partido. Luego huyó a Checoslovaquia, y más tarde vino a combatir con nosotros en España. Me pregunto qué hubiese sido de él.
Es extraño que sueñe precisamente con Rudi. Han pasado tantos años.
Soñar con los muertos no trae mala suerte, pero ¿por qué no se me ha aparecido antes?
¿Quieres que te cuente su historia? ¿Quieres oírla? Pero te advierto: no son más que retazos de su vida y no conforman una imagen nítida en mi mente. Los años pasan volando, y cuando uno vuelve la vista atrás ya es demasiado tarde para separar imaginación y realidad. Es mejor que preguntes a otros por él. Aunque tampoco te podrán decir mucho. ¿Vivirá todavía alguno de los que lo conocieron? Murieron tantos. Y los que no murieron fallecieron en la cama, como corresponde a un ser humano. Y los que no murieron entonces ni tampoco fallecieron en la cama no recuerdan porque no quieren. Pero tampoco entre los que no quieren recordar encontrarás ya a nadie que lo haya conocido.
Friemel. Edeltrude Friemel. Trude. No tengo ningún pariente llamado Rudolf Friemel. Pero aquí, en este edificio, en el bloque siete, vive uno con
ese nombre. ¿Cuántos años tendrá? Tal vez treinta y dos o treinta y tres.
Más bien treinta y dos, y su padre debe de andar por los sesenta. Que yo sepa no tienen teléfono.
–En nuestra familia no hay nadie que se llame Rudolf. Y eso desde hace ciento cincuenta años. Entre los veintiocho varones Friemel no hay ni un solo Rudolf. Lo sé porque he hecho un árbol genealógico. Me interesaría saber si nació en Viena. Porque todos los Friemel que tengo registrados provienen de Silesia.
–María Friemel. Dio de baja el teléfono el 30 de junio.
–No, Therese. Therese Friemel. No me consta ningún Rudolf Friemel.
¿Ya lo ha intentado en Graz? Dicen que allí vive una familia de apellido Friemel.
–¿Friemel o Frieml? ¿O Frimmel, escrito con dos emes? ¿España, Francia, Polonia? Oiga, esto no es una agencia de viajes.
–Me acuerdo vagamente de un Friemel. No lo conocí personalmente, pero su nombre se mencionó varias veces en reuniones clandestinas con jóvenes dirigentes de los Socialistas Revolucionarios de Austria. Nos juntábamos en la calle para organizar campañas, alguna concentración ilegal con motivo del primero de mayo o un reparto de octavillas el día del aniversario del levantamiento de febrero. Entonces siempre volvía a sonar el nombre de Friemel. Se sabía que existía, que andaba por ahí, por el barrio de Favoriten. De eso hace sesenta y seis años.
–Enseguida lo tengo: Freytag, Friedmann, Friedrich, Friemel. En el archivador está todo lo que pude averiguar sobre él. En España estuvo en el'
servicio de comunicaciones, instalando cables para la transmisión de mensajes. «Pioleros» les decían. Pero fue más tarde cuando lo conocí, en Francia, en el campo. No tengo mal recuerdo de él. Al contrario, me parecía un tipo simpático, y además era guapo.
–Un mujeriego, diría yo. Como quien dice: una en cada puerto. No sé qué le encontraban. Tal vez era su carácter resoluto, su valentía unida a la inocencia, su entrega a una causa que consideraba justa. O quizá veían marcada en su frente una señal que a nosotros los hombres se nos escapaba.
El caso es que revoloteaban a su alrededor como las polillas en torno a un foco de luz.
–A mí que no me lo mienten. Por él pasé muchas noches en blanco.
Durante horas vigilaba su piso, el de su padre y el de su hermana, casada
con un tal Korvas, otro de esos extremistas. Pero en vano. Al día siguiente me enteraba de que lo habían visto en tal o tal sitio. Jugaba conmigo al gato y al ratón. Pero tarde o temprano todos caen. El brazo de la ley es largo.
–Era mi padre. Apenas si lo conocí. Los pocos recuerdos que tenía se han difuminado. Pero en algún sitio tiene que estar aquella caja de zapatos que me dejó mi abuelo. Contiene cartas y fotos. No muchas, según pude comprobar a simple vista. Había muerto la segunda mujer de mi abuelo y había que desocupar el piso, la administración de la finca metía prisa. A decir verdad, hasta hoy no he tenido el valor de abrirla.
Hoy soñaré también con mi hermana. Durante años no sueño o sólo sueño tonterías que olvido nada más despertarme. Pero lo que generalmente ocurre es que no llego a soñar, porque el hombre que tengo a mi lado ronca noche tras noche. Cuando está dormido, suelta auténticas parrafadas.
Entonces le digo, Fernando, quieres dejar de roncar. Y cuando por fin se ha hecho el silencio, siento un codazo en las costillas. Marina, estás roncando, dice Fernando, y se da media vuelta, pero yo quedo despierta y no pego ojo hasta la madrugada. Y ahora quiero que durante dos noches seguidas no haya parrafadas ni codazos en las costillas, y entonces se presentará Rudi en una noche y Margarita en la otra. Creo que se me aparecerá en sueños porque está celosa. ¡Qué voy a estar celosa! La celosa eres tú, dirá. No digas estupideces, le contestaré.
Pobre Marga.
La partida de nacimiento, expedida por la parroquia de la Sagrada Familia de Neu-Ottakring. Según consta en la misma, nació el 11 de mayo de 1907, en el número 9 de la Habichergasse, y fue bautizado al día siguiente con el nombre de Rudolf Adolf. El padre: Clemens Friemel, de religión católica, pintor, nacido en Praga el 21 de diciembre de 1881. La madre: Stefanie. Apellido de soltera: Spitzer. De religión católica, chica de servicio, nacida en Viena el 20 de diciembre de 1882.
Su diploma, expedido por la Escuela de Mecánica situada en la Mollardgasse 87, en el distrito seis de Viena, al finalizar los tres años de formación profesional.
El certificado, fechado el 4 de julio de 1925, conforme al cual aprobó el examen de oficial mecánico con buena nota.
Su licencia para conducir vehículos con motor de combustión interna y motocicletas con sidecar.
Certificados laborales de las empresas Steyrermühl, Vereins-Molkerei, OEWA, Neues Wiener Tagblatt y Productiv-Gesellschaft der Wiener Fleischselcher, de los cuales se desprende que ha desempeñado satisfactoriamente todos los trabajos que se le han encomendado, pero que dada la escasez de pedidos la empresa lamenta tener que despedirlo.
Las fotos. La primera muestra a una niña en traje de verano, con un brazalete y una cinta en la frente. Es mi tía. Tiene ojos oscuros. ¿Sonríe?
Más bien no. En su regazo hay unas ramitas en flor. Parecen campanitas chinas o espuelas de caballero. No las distingo bien, la foto está tomada con poca luz. En el dorso dice: «Tu hermana Steferl, 17 de noviembre de 1923.
Primer premio de belleza».
Luego hay tres fotos de mi padre, tomadas en un estudio de fotografía.
Creo que me le parezco, con la diferencia de que soy más alto, más corpulento y mucho mayor de lo que él era entonces; además, tengo el mentón redondo de mi madre. Pero la frente ancha, el tupido arranque del pelo y la cabellera ondulada son de él. Sólo su forma de mirar es diferente.
No es que sea altiva, pero sí de alguna manera desafiante, obstinada, díscola. Un joven fornido, ataviado con traje y corbata; en una de las fotos está de pie, en la otra sentado; en una tiene barba, en la otra lleva sombrero y bastón. Esto fue en mayo de 1927, el día de su vigésimo cumpleaños. No sé qué me molesta de las fotos. ¿Es el atuendo elegante, la luz artificial o el decorado oriental del fondo? ¿O es la certeza de que nunca estaré a su altura? En la tercera foto, lleva una rebeca de punto. En ésta me gusta más, aunque pone cara seria. No resulta tan distante, parece como si pudiera aceptarme tal como soy.
Mi madre. Una instantánea. Tiene cara de cansada. En su juventud era una persona alegre. Le gustaba reír, salía mucho, incluso tocaba en una orquesta de mandolinas. Después se le acabaron las ganas de reír.
Diez o doce poemas, unos escritos a mano, otros a máquina. No sabía que escribiera poemas. No suelo leer poesías, pero éstas me gustan. Riman y son graciosas. No todas, también las hay serias. Hay una sobre el paso de las estaciones, otra sobre una pobre huérfana que acaba convirtiéndose en prostituta, otra sobre una amante lejana, dos que hablan de la añoranza que siente por mí: «Mi hijito», «Para Norbert». Éstas las debió de escribir en el exilio. Son la prueba de que sí pensaba en mí. «En la vigilia y en el sueño, veo tu claro rostro risueño.» Luego están las poesías políticas que tratan del
pueblo encadenado, de la lucha por la libertad y del desplegar triunfante de la bandera púrpura.
El rojo sigue siendo mi color preferido, le diré. Porque roja nací, en la época de la Revolución soviética, y como roja bajaré al hoyo. No lo considero un mérito, simplemente ocurrió así. Yo no escogí a mis padres ni las circunstancias de mi vida.
Mi madre nació en Madrid. Su padre era José Rey, un hombre importante entre los socialistas, el segundo después de Pablo Iglesias.
Murió joven, igual que mi abuela. A los cinco años mi madre quedó huérfana.
Era camisera de oficio. Había aprendido con la tía.
Mi padre se crió en Menorca. Los Ferrer tenían antepasados judíos. Por tanto, en algún momento fueron perseguidos, lo que no les impidió arrimarse a las sotanas y hacer causa común con los ricachones de la isla.
Sólo mi padre les salió rana. A los diecisiete fue a estudiar a Madrid, pero antes de matricularse hizo oposiciones a aduanas. Aprobó y después se pagó los estudios porque sus padres, que se hacían de oro con su farmacia, le guardaban rencor. Nunca le dieron un duro porque, a diferencia de ellos, él era un revolucionario y no ponía un pie en una iglesia. Durante los estudios vivía en la calle Montera, donde ahora están las putas, en una pensión en la que mi madre lavaba platos. Así se conocieron. Ella tenía ocho años.
Nueve o diez años más tarde llamaba él a la puerta de un taller de la calle Encomienda, esquina Mesón dé Paredes. Otra zona mala, y no ha mejorado. Allí se reunían los anarquistas. Mi madre era amiga de la hermana de uno de ellos, y dio la casualidad de que esa noche estaba allí de visita, cuando tuvo lugar una asamblea en la que participaba mi padre.
Enseguida se enamoraron. Igual que tú y Margarita, le diré a Rudi. Mi padre era nueve años mayor que mi madre. Rudi también era unos cuantos años mayor que Margarita.
¿Cómo te llamas?, le preguntó mi padre.
Rosario.
¿De veras? Yo conocí una vez a una Rosario. Era yo.
Así comenzó todo.
Todo comenzó cuando mis padres se conocieron después de la manifestación de los socialdemócratas. Fue el primero de mayo de 1930, en
el Prater. Mi madre se llamaba Pauline, Pauline Fucka, pero todos le decían Paula. Simpatizaba con el partido, aunque no estaba tan comprometida como él. Mi padre conducía una Monus, era repartidor de periódicos. La Monus, una motocicleta de tres ruedas, dos delante y una detrás, tenía en la parte delantera una caja para los periódicos. Lo contrataban por días, el resto del tiempo andaba sin trabajo. Mi madre era dependienta de la panificadora Hammerbrot. En algún momento la reducción de plantilla también le afectó a ella. Me acuerdo de que una vez fuimos a recoger el subsidio de paro, doce chelines. Al volver a casa perdimos el dinero en el tranvía. Mi madre estaba desesperada. Su hermana, que era soltera, nos echó una mano. Siempre nos ayudaba, pues él nunca estaba. Pero si alguna vez aparecía por casa, yo no tenía nada que temer. Conmigo siempre fue agradable. A veces era estricto, aunque nunca me dio una bofetada. Sin embargo, no se preocupaba demasiado por mí. Toda la carga la llevaba mi madre, él nunca la ayudó económicamente. Tampoco es que ella insistiera en que lo hiciese.
La madre, hija de un dirigente socialista; el padre, anarquista, luego comunista. De raza le viene al galgo. Yo acababa de cumplir los catorce cuando fui a mi primera asamblea. Fue en el treinta y uno o treinta y dos.
Más bien en el treinta y dos, en enero del treinta y dos. Los dirigentes obreros tenían entonces otra manera de explicarle a uno la lucha de clases.
Una manera drástica y quizás un poco ingenua. Despotricaban contra la burguesía, a la que había que liquidar. Decían que al burgués se le reconocía por el sombrero (y yo me sobresaltaba, porque mi padre llevaba sombrero), que le le reconocía por el bastón (y volvía a sobresaltarme, porque mi padre llevaba bastón), que se le reconocía por la corbata (y ay: mi padre también llevaba corbata). Decían que el burgués le chupaba la sangre al obrero. Yo quedaba como paralizada, literalmente paralizada. No podía pronunciar palabra. No me atrevía a mirar a nadie, temblaba de miedo de que uno de ellos dijera: Mirad, ahí está sentada la hija de un chupasangre, matadla.
En la caja de zapatos de mi abuelo encontré un informe de la policía federal de Viena, en el que figura toda una relación de antecedentes penales.
Juzgado de Menores de Viena, 19 de mayo de 1924: condenado a cinco días de arresto severo según el artículo 460 del código penal; Juzgado Distrital número uno, 16 de julio de 1926: condenado a cuarenta y ocho horas de arresto y libertad condicional según el artículo 431 del código penal;
Audiencia Territorial número uno, 6 de abril de 1933: condenado a catorce días de arresto severo y libertad condicional con cargos hasta el 6 de abril de 1935, según los artículos 197 y 199 del código penal; Juzgado Distrital número diez, 2 de enero de 1934: condenado a una multa de dieciséis chelines en aplicación del artículo 411 del código penal, o veinticuatro horas de arresto en caso de impago. También consta que, el 21 de noviembre de 1932, mi padre es acusado de perturbar el orden público por insultar a un transeúnte que leía un cartel nacionalsocialista; lo detienen a instancias de dicha persona y, una vez presentada la denuncia, lo ponen en libertad. Friemel, dice aquí, llevaba el emblema del Partido Socialdemócrata, mientras que el denunciante no portaba ninguna insignia partidista.
Yo no sabía nada de todo eso. Sólo tenía constancia de un antecedente penal: mi padre se había comprado una moto y quería dar una vuelta para probarla. Fabricó una matrícula de cartón, un policía lo detuvo y puso una denuncia. Creo que sucedió cuando yo ya había nacido, mientras que lo del accidente ocurrió antes, en el treinta o treinta y uno. Mis padres habían ido de viaje en la moto. En Estiria, mi padre no vio una obra mal iluminada.
Sufrieron una grave caída. Mi madre se fracturó la base del cráneo y perdió los incisivos. Así que ya a los veinticuatro años tuvieron que hacerle un puente. Lo llevó hasta los sesenta. Sólo entonces le pusieron una prótesis.
Al darle el alta, el médico le dijo que no volviera a montarse con nadie en una moto. A lo que ella respondió: Mire por la ventana, ahí me está esperando. Y volvió a subirse a la moto y salieron disparados rumbo a casa, hacia Favoriten.
Favoriten era un coto difícil para quienes velábamos por la ley y el orden público. La gente se emborrachaba y se liaba a puñetazos, discutía de política y pegaba tiros. El caso es que había que salir de comisaría, acudir al lugar de los hechos, levantar acta, tomar declaración a los testigos, proceder a las detenciones. Nunca faltaban las burlas y los insultos. Los testigos decían no haber visto nada y los delincuentes oponían resistencia o se daban a la fuga. Las agresiones físicas estaban a la orden del día. Eh, madero, largo de aquí o te rajo. En más de una ocasión me arrancaron la gorra, y cuando me agachaba a recogerla ponían el pie encima y se me quedaban mirando con una risa burlona. Ellos eran veinte y nosotros dos. Incluso a los niños les tenían comido el coco, a las mujeres, los viejos, los parados, los
obreros de la fábrica de ladrillos de Oberlaa. Era la chusma roja, sobre la cual los gerifaltes del partido extendían su mano protectora desde el ayuntamiento. Los fines de semana hacían acto de presencia los de la Alianza Republicana, con sus desfiles y maniobras en el Laaerberg, luciendo sus uniformes y sus armas, y a nosotros no nos quedaba más remedio que dejarlos pasar. Pero en el treinta y tres cambiaron las tornas.
Dollfuss liquidó el Parlamento, instauró la pena de muerte y prohibió la Alianza Republicana. Ésta es la nuestra, dijimos. Están acorralados. Hay que machacarlos. Recibimos órdenes de buscar los lugares donde tenían escondidas las armas. No paramos de remover el carbón en las sedes de sus agrupaciones. Naturalmente, no encontramos nada. Al cabo de varias horas de búsqueda infructuosa salimos negros de pies a cabeza, en medio de una lluvia de risas y burlas. ¿En qué andas, madero? ¿Ahora te dedicas a limpiar chimeneas? Luego, cuando se vieron con el agua al cuello, pasaron a la acción. Pero las fuerzas del orden no habíamos bajado la guardia. Y
entonces se les acabaron las ganas de reír.
Friemel era uno de los cabecillas, uno de los más alborotadores, pero tengo que decir a su favor que luchaba a cara descubierta. Hubo otros que se las arreglaron para salir airosos. Primero muy bocazas, y después con el rabo entre las piernas. De él no se puede decir lo mismo. Sin embargo, por ley tendría que haber sido ahorcado, pues era el jefe de una unidad de alerta de la Alianza Republicana y durante las operaciones de combate del 12 de febrero de 1934 disparó contra mi compañero, el inspector Schuster.
Sucedió en la Kudlichgasse, a eso de las cinco de la tarde, frente a la peluquería Sobotka. Le pegó un tiro a bocajarro, en el abdomen. Otro de los agentes, el sargento Reimer si no me equivoco, resultó herido de dos disparos en el muslo. Schuster murió al día siguiente. Eso prueba que los rojos no se andaban con contemplaciones. Friemel se fugó antes de que pudiéramos detenerlo. Atravesó la frontera con Checoslovaquia, y desde allí mantuvo una asidua correspondencia con sus compañeros. Esa correspondencia fue interceptada por nosotros o entregada por los propios destinatarios. Al parecer, su mujer hizo llegar una de sus cartas a las autoridades. La veracidad de este particular escapa a mi conocimiento. Lo único que me consta es que el matrimonio Friemel no estaba bien avenido.
En el barrio había una joven de la que se decía que era la amante de
Friemel. No sé si era cierto. En cualquier caso, le encontramos material subversivo.
A Friemel no lo capturamos hasta finales de agosto. Tuvo suerte. La situación política había cambiado, se había practicado el debido escarmiento y la preocupación principal no se centraba ya en los socialistas sino en los nazis, que se hacían cada vez más fuertes. Además, Friemel se defendió con gran habilidad ante el tribunal. Tenía mucha seguridad en sí mismo, hay que reconocerlo, y eso, al parecer, impresionó al juez. La querella por asesinato fue declarada nula, y por eso sólo le cayó una condena de prisión por los delitos de disturbio y violencia en la vía pública.
El proceso despertó gran interés. Recuerdo que la noche anterior echamos el guante a varios comunistas que habían repartido octavillas en Favoriten:
«Salvemos de la cadena perpetua a Rudolf Friemel, jefe de la Alianza Republicana», decían, o «Abajo el fascismo italiano».
Creo que tras la sentencia Friemel ingresó en el penal de Stein, y que desde allí lo trasladaron al campo de detención de Wöllersdorf. De su destino posterior no puedo dar razón. No sé si después fue partidario o enemigo de los nazis. Como no era judío… Yo, con los nazis, personalmente no tuve problemas. Es más: fui uno ellos.
Cuando mi hermana y yo éramos niñas, mi padre solía retirarse al mediodía con unos obreros a la cocina de casa. Allí alternaban la lectura de El Capital con la de la Biblia. Los días pares, interpretaban a Marx; los impares, la Biblia.
Mi padre era biólogo y médico. Había hecho ambas carreras y luego se puso a estudiar Astronomía. Como médico sólo ejerció durante la guerra, por las tardes, de dos a seis. Su verdadera vocación era la biología, se había especializado en unicelulares. Vaya usted a saber qué diablos les encontraba. Varias células juntas le aburrían, pero una célula, eso a él le volvía loco. Viajaba mucho, a Inglaterra, a Alemania, al Mar Rojo, incluso a la India. Todo por sus queridos unicelulares. También escribió muchos libros. La Facultad de Ciencias del Mar le ofreció una cátedra, por eso nos mudamos a Barcelona.
Como biólogo gozó de prestigio internacional. Años después de su muerte, Hitler pidió una foto suya, y mi abuelo la envió a Berlín. ¡El retrato de un anarquista y comunista español, encima con antepasados judíos,
colgado en el Museo de Historia Natural de los nazis! Prefiero no imaginar lo que él hubiera dicho al respecto.
Mi madre nunca fue a la escuela. Era muy hacendosa, una trabajadora ejemplar, pero de pocas luces, a decir verdad. Era tonta, con todo el respeto que me merece.
Recuerdo que en una ocasión mi padre le explicaba el firmamento.
Intentaba enseñarle que la luna gira alrededor de la Tierra, que está muy lejos y que es muy grande. Y ella dice, ¿cómo es de grande? ¿Como este barreño? ¡Lo decía una mujer adulta! Era muy tímida, muy asustadiza, porque de niña lo pasó bastante mal. Después mejoró su vida.
Mi hermana salió clavada a mi madre. Huraña, insegura, muy femenina.
Siempre dejaba que decidiesen los demás. Pero también podía ser muy testaruda. Lo que se le metía en la cabeza, lo conseguía, aunque fuera con rodeos.
Creo que para mi padre la política estaba antes que la familia. En eso mi madre no lo siguió. Así fueron separándose. Al parecer, mi padre tenía un trato desenfadado con las mujeres, dicen que una y otra vez mantuvo relaciones extramatrimoniales, y de ahí surgió la enemistad entre mi madre y mi abuelo. Acabaron por no dirigirse la palabra. Ella le echaba la culpa de que mi padre se fuera con otras mujeres, parece que él se las conseguía. No sé hasta qué punto sería cierto.
Mi abuelo vivía en la casa de enfrente, en la ErnstLudwig-Gasse.
Veíamos su piso desde el nuestro. Entonces mi padre y mi abuelo acordaron que, en caso de que se produjera un registro domiciliario o arresto, mi abuelo lo avisaría poniendo algo en la ventana. Ya no recuerdo de qué objeto se trataba. Pero sí me acuerdo que un día, mientras se ponía los pantalones, mi padre miró hacia la casa de enfrente y gritó: ¡Joder, están aquí! Cogió el cinturón y lo golpeó contra la cama. Es una imagen que se me quedó grabada.
Por lo demás, sólo recuerdo fragmentos. Cuando me levantaba, lo primero que me preguntaba era: ¿Dónde tienes el pañuelo? Estaba obligado, como quien dice, a guardar las formas. Tenía un pijama con bolsillo de pecho donde debía llevar el pañuelo. Conservo una carta suya en la que le dice a mi madre que no me cebe y que me alimente como es debido, y le da toda clase de instrucciones de cómo he de comportarme, que debo hacer deporte regularmente, saludar en voz alta y caminar derecho.
La última vez que mi padre volvió a casa se pelearon, y la discusión fue subiendo de tono hasta que él le dijo a mi madre: ¡Te pego un tiro! Y ella, burlona, le contestó: Sí, con una longaniza.
Esa vez estuvo dos días, luego se marchó para siempre. Creo que fue a comienzos del treinta y ocho, unas semanas antes de la invasión alemana.
Mi hermano Paco y yo estábamos muy politizados. Margarita no; ella se parecía más a nuestra madre, era reservada y un poco miedosa. Paco había estudiado Geología, y yo quería ser maestra. Luego empezó la guerra. Paco sufría de un asma grave. Eso no impidió que se alistase en la milicia y partiera al frente. Más tarde fue contratado por la agencia de noticias soviética. Leía todos los diarios españoles y escogía los artículos que habrían de ser reproducidos por la prensa rusa. Margarita había estudiado secretariado. Era muy buena mecanógrafa, pero sus habilidades no daban para mucho más. Las matemáticas no iban con ella. Se desesperaba, no sirvo para nada, soy tonta. Qué va, Marga, eres muy ducha para ciertas cosas, y cada cual debe hacer lo que mejor se le dé.
Yo quería trabajar para la resistencia. Por eso, cuando estalló la guerra, entré como maestra en el Rivas, en Barcelona. El Rivas, antes de la guerra, había sido un orfelinato, luego lo convirtieron en hospital adonde llevaban a los heridos en la cabeza. Yo trabajaba allí cada día, asistiendo a un cirujano, el doctor Ley. Muchos de los ingresados se habían quedado ciegos y trataban de disimularlo, pero yo sabía en qué estado se encontraban.
Estaban al borde de la desesperación y aguardaban el momento propicio para poner fin a sus días. Necesitaban algo que los vinculara al mundo.
Conseguí un profesor para ciegos que les enseñara el método Braille. De este modo aprendieron a valerse por sí mismos. Mientras unos practicaban cómo descifrar al tacto las letras, yo me encargaba de los que no habían perdido la vista, pero sufrían otro tipo de ceguera: había muchos, muchísimos milicianos analfabetos. Después, en la cárcel, tuve otro tipo de alumnos a quienes enseñar a leer y escribir. Mujeres, presas como yo.
España, ese país dejado de la mano de Dios, estaba azotado por la lacra de la ignorancia.
Margarita trabajaba como secretaria de mi padre. Por las tardes él atendía en su consulta, pero las mañanas las dedicaba a sus investigaciones.
También impartía algunas clases. Su facultad quedaba abajo en el puerto, y allí se llevaba a Margarita, su hija predilecta. Ella temblaba porque cada día
bombardeaban el puerto; mi hospital, en cambio, estaba a salvo de los bombardeo, pues quedaba arriba en la montaña.
Mujeres soldados sólo las hubo en los primeros meses de la guerra. A finales del treinta y seis, cuando se implantó el Ejército Popular, eso se acabó. Dejaron de movilizarlas, de llamarlas a filas y de enviarlas al frente, incluso a las que se empeñaban en ir. Una decisión sin duda acertada, si sólo pienso en lo que pasa en las trincheras. Es terrible. Y no me refiero únicamente a los piojos. La trinchera es tu casa, y tu retrete, y tu cama, y tu lavabo. Pero no estás solo en tu intimidad. Siempre hay alguien mirando. Te pones de cuclillas, haces tus necesidades y luego coges una pala y tiras la mierda afuera. Así es la vida en las trincheras. Cuando reina la calma en el tramo que te han asignado, empiezas a sacarte los piojos. No puedes lavarte porque no hay agua, a no ser que de noche vayas a buscarla. Si estás de malas te alcanza un francotirador. Pero eso sí: la de canciones que hay sobre la hermosa vida del soldado. ¡Mentira podrida! La hermosa vida del soldado es una mierda. Heces y basura. Por la mañana te levantas al lado de tu compañero, y por la noche él ya no está. Ha muerto. Ha quedado despanzurrado. O mutilado. Pero vamos a dejarlo, no tengo por qué hablar de eso. Friemel también lo vivió.
Margarita y yo conocimos a Rudi al mismo tiempo. Había venido a España a luchar con las Brigadas Internacionales contra Franco. En la primavera del treinta y ocho su batallón estaba en el Ebro. Un día a las Mujeres Antifascistas nos dijeron que iríamos a visitar las posiciones de los internacionales cerca de Falset, en el frente oriental. Eso ocurría a menudo.
Teníamos la misión de divertir a los soldados, de ahuyentar sus negros pensamientos, de hacerles olvidar, al menos por unas horas, el día a día de la guerra. A mi hermana le gustaba participar en esas excursiones. A mí no, yo las odiaba. En aquella ocasión fui por primera y última vez. Éramos unas cien chicas y mujeres jóvenes, repartidas en cuatro o cinco camiones.
Tuvimos que interrumpir el viaje varias veces por alarma aérea o fuego enemigo. Cuando llegamos, los hombres habían preparado una larga mesa con una merienda que se habían quitado de la boca. Ver eso me dio mucha pena. Pues ellos luchaban por nosotros, no tenían qué comer, y nosotras llegábamos de la retaguardia tan arregladas y recompuestas para dejarnos agasajar. ¡Si al menos hubiésemos llevado fusiles! ¡Si al menos hubiésemos combatido a su lado!
Eran voluntarios venidos de todos los países del mundo. Húngaros, holandeses, alemanes, polacos, norteamericanos. No había problemas para entenderse. Aprendieron muy rápido el español. Con cuatro palabras ya se defendían. Había uno que a cada rato sacaba un pequeño diccionario del bolsillo, se llamaba Rudi y era austríaco. El más divertido de todos.
Claro que te alegras de su visita. Te alegras ya de sólo poder mirar a una mujer. Te alegras también de los regalos que traen, cigarrillos y chocolate, aunque te remuerda la conciencia, porque esos regalos son productos escasos que ellas se han quitado de la boca y que en las ciudades apenas si se encuentran, pero que tú, después de que tu unidad sea relevada y tengas un par de días de descanso, puedes comprar con la paga que has ahorrado.
Te alegras y miras y escuchas, y luego termina la parte oficial de la visita, y como todavía eres un crío inexperto que no se atreve a abordar a una muchacha, ¿que quizás está esperando que lo hagas, aunque quizás no, porque está comprometida o casada?, porque tiene buena labia ¿cosa que te gusta, pero te pone nervioso?, o porque ya no eres un crío inexperto pero quieres permanecer fiel a la chica que, en Austria o en algún lugar del exilio, posiblemente esté pensando en ti, o porque tienes principios que son más importantes, como por ejemplo estar alerta y disciplinado en la lucha contra el fascismo; por eso, tras la entrega de bandera y una vez terminadas las canciones, te limitas a fumar uno de los cigarrillos que han traído, sonríes turbadamente, mueves un poco las piernas y, sin habértelo propuesto, vuelves a tu trinchera y coges los prismáticos para examinar el horizonte sobre los montes grises y ralos en busca de Junkers y Caprioni, porque hombre prevenido vale por dos. Y apenas distingues ya las voces graves y las agudas, las carcajadas y las risitas esporádicas, ni siquiera oyes el rugido de los motores que se encienden. La guerra te ha atrapado de nuevo.
Pero vamos a dejarlo. Friemel también lo vivió.
A las cuatro, de repente, recibieron la orden de entrar en combate. Había que regresar. Caballeros que eran, nos ayudaron a subir a los camiones.
Rudi me dio un abrazo de despedida y me dijo que se había enamorado de mi hermana. Y como nunca me he cortado un pelo, le contesté: Vaya, Cupido ha lanzado una flecha. Se rió y hojeó su diccionario. ¡Ay tú, mucha labia, mucha labia! Eso me gustó. Enseguida me cayó simpático. Tenía sentido del humor.
Margarita también se había enamorado. Me lo confesó durante el viaje de vuelta. De manera que Cupido había lanzado dos flechas. Una para Rudi, la otra para mi hermana. Había dado en el blanco. No le encuentro otra explicación a un amor que se encendió en el lapso de cuatro horas. Aunque no era de extrañar. Eras muy galante, Rudi, muy atractivo. Tenías pinta de artista de cine. Siempre con una sonrisa en los labios, afable, bien plantado, no demasiado alto ni tampoco bajito. ¿Por qué después no te quedaste en Francia? Eras fuerte, tenías trabajo, hubierais salido adelante.
No conocí a Friemel hasta el momento en que se inició el repliegue de las Brigadas Internacionales. Fue en Bisaura de Ter. Allí, en Cataluña, me hice cuadro del Partido Comunista. Empecé a desarrollar la actividad política, topé con los socialistas y discutí con ellos, también con Rudi Friemel. Era un tipo agradable y un contacto importante. Me sorprendió ver lo bien que sobrellevaba la situación, que era realmente jodida. Éramos el peón que habían sacrificado. El gobierno de la República Española nos había retirado del frente y nos había presentado ante una comisión internacional. Quería congraciarse con los estados democráticos, como diciendo: ¡Tomad nota! En nuestro bando no hay intervención extranjera.
Franco, en cambio, se apoyaba en los moros, en los soldados de Mussolini, en la Legión Cóndor de los nazis. Los cálculos fallaron. Al extranjero la lucha del pueblo español había dejado de importarle hacía tiempo, sólo le interesaba salvar el propio pellejo. Incluso cerraron las fronteras. México fue el único país dispuesto a acogernos, su gobierno incluso envió un barco a Burdeos, pero luego, por lo visto, tuvo miedo de su propio coraje. No sabíamos qué iba a ser de nosotros. Nuestro ánimo estaba por los suelos. La disciplina brillaba por su ausencia, incluso entre mis propios camaradas.
Pillé a un alto cuadro jugando a las cartas en un desván día y noche. Otros dos llegaron a las manos por una tontería. Otro cuidaba de que el vaso de vino que tenía delante estuviera siempre lleno. Friemel, en cambio, no se dio por vencido. Yo al menos no noté nada que diera pie a creerlo. A menudo se ausentaba. Cuando regresaba, su cara resplandecía.
En aquella época vivíamos en la calle Vilamarí. Siempre que venía a Barcelona, Rudi llamaba y quedaba con Marga. Entonces yo tenía que bajar con ella hasta la próxima esquina, donde él ya la esperaba. Yo era la carabina, por así decirlo. Un beso, un apretón de manos y ya los dejaba solos. Hasta las nueve. Porque a las nueve en punto teníamos que estar de
vuelta en casa. Mis padres no sabían nada. Pero un día llaman a la puerta, mi padre sale a abrir y se encuentra con Rudi que le pide la mano de su hija.
Quería llevársela al instante.
¿Que cuándo fue eso? En otoño retiraron a los internacionales del frente. Ocurrió poco antes, en septiembre, es decir, en septiembre del treinta y ocho.
Mi padre que lo ve por primera vez. De repente tiene delante a un hombre que chapurrea el español y que pasa ya de los treinta, o sea, es más de diez años mayor que mi hermana. Sin miramientos, lo puso de patitas en la calle.
Mi hermana lloró como una magdalena porque estaba enamorada de él hasta las cejas. Pero era la niña preferida de mi padre, y un padre que está embelesado por su hija no da su brazo a torcer. Ese amor ciego le venía de cuando yo nací. Marga me lleva catorce meses. Cuando mi madre estaba embarazada de mí tuvo que dejar de amamantarla, y desde ese momento fue mi padre quien se encargó de darle el biberón, noche tras noche. Así se convirtió en la niña de sus ojos. Y no estaba dispuesto a entregarla, menos a un desconocido que se la pide a bocajarro. Y eso que mi padre era progresista. De otra generación, claro. Para poner un ejemplo: la víspera de la guerra, el 17 de julio de 1936, llegué a casa a las nueve y cinco de la noche. Mi padre me dio una torta que me mandó de esa pared a esa otra.
Pero al día siguiente va y me da la llave del piso y me envía a buscar a mi hermano detrás de las barricadas.
Mi madre no tenía voz ni voto. Así eran las cosas en aquella época. Los hombres se tomaban sus libertades cuando les daba la gana. Pero las mujeres… ¡Ay las mujeres! A las nueve en casa, a las doce en cama.
Fue en Alfambra, al norte de Teruel, cerca del frente. En la plaza mayor había paseo. Chicos y chicas caminando en círculo. Los unos hacia la izquierda, los otros hacia la derecha. Cuando se cruzaban, se lanzaban alguna que otra palabra. De ahí no pasaba. Ninguna de las chicas iba con los chicos, ni viceversa. Siempre en círculo. Y tú contemplabas la escena, en la plaza mayor de Alfambra.
Fue en Castelserás, a veinte kilómetros del frente. La población recibió con vítores al cuarto batallón. Algo sensacional: ¡extranjeros, internacionales, rusos! La comida era estupenda, el pueblo, eso sí, estaba colectivizado, los anarquistas llevaban las riendas. El dinero no valía nada,
pero a los internacionales nos dejaron pagar con pesetas. Cuando entramos, una mujer se acercó a ti y a otro compañero para preguntaros si buscabais alojamiento. Dijo que os podía ofrecer una bonita habitación. Os fuisteis con ella. Vivían en una casa al lado de la iglesia, la mujer, el marido y las dos hijas de unos dieciocho y veinte años, respectivamente. Arreglaron el cuarto de las chicas para vosotros, dejasteis el equipaje, y entonces la mujer dijo: Muy bien, ustedes nos van a honrar con su visita unos días, y mis hijas tratarán de hacerles la estancia lo más agradable posible. Si lo desean, también saldrán con ustedes. Pero que de ahí no pase. En caso de que ustedes tengan necesidades, aquí tienen veinte pesetas, al final de la calle hay un burdel. Así lo dijo, delante de la familia en pleno, delante de sus hijas que no se mostraron en absoluto sorprendidas, dices. Con las chicas se podía hablar sobre cualquier tema, sobre las cosas más íntimas, que harían sonrojar y protestar a cualquier mujer de por aquí. Hablar, sólo hablar. De ahí no pasaba. Así eran entonces las cosas en Castelserás.
En Sitges, a cuarenta kilómetros del frente, una noche entraste en un burdel por pura curiosidad. Pediste un café con un trozo de pastel y te pusiste a hablar con las chicas, que te acosaron a preguntas personales y que en cuestiones de política eran muy inteligentes, dices, más inteligentes que el ciudadano medio. Cuando te preguntaron, ¿qué, compañero, vamos al cuarto?, rechazaste la propuesta. No, gracias, estoy cansado. Y de ahí no pasó. Ellas no insistieron, en aquel burdel de Sitges.
Fue en el recodo del Ebro, en las inmediaciones del frente. Un soldado te palmeó el hombro diciendo: Mira, sargento, allá hay un burdel. Y señala hacia un granero de adobe encalado. Te acercas corriendo, hay una cola de soldados. Abres de un tirón la puerta o lo que cuelga de unos goznes oxidados, y ves un montón de paja esparcida por el suelo y a cuatro mujeres, una en cada rincón, y sobre cada una de ellas a un hombre con los pantalones bajados. En la puerta, dices, había dos hombres vestidos de paisano que cobraban. Diste órdenes de que se llevaran al par de rufianes y a las cuatro mujeres, y a los soldados los mandaste de vuelta a sus puestos.
Durante un momento te preguntaste cómo consiguieron atravesar el Ebro sin ser detenidos. Y de ahí no pasó.
Hubo varios voluntarios que trabaron amistad con mujeres españolas.
Era una situación muy peculiar. Teníamos contacto con mujeres, sobre todo con las de la organización de mujeres de Barcelona, quienes nos habían
apadrinado, por así decirlo. Recuerdo que una vez, recién llegados al frente, vinieron a visitarnos. Las chicas no eran nada asequibles. Quiero decir, asequibles para las relaciones sexuales. Si acaso lo eran las mujeres más adultas. Con las chicas podías hacer de todo, menos acostarte con ellas. Era una actitud muy arraigada. Después de la guerra, en París, me sorprendió que las españolas que conocí fueran tan diferentes. Pero en aquella época sólo podías tener suerte con las chicas si les prometías casarte con ellas. De hecho, hubo varios austríacos dispuestos a contraer matrimonio. No me acuerdo de casos concretos, la cosa no era tan importante para mí. Éramos cautelosos, teníamos cuidado de no llamar la atención en cuestiones de moral, es decir, manteníamos una actitud reservada con las mujeres, siempre que no fueran ellas las que tomaran la iniciativa. Pero como ya he dicho, algunos establecieron vínculos estables. Y parece que Friemel incluso se casó. Estando aún en España.
Ya sé que te hubiese gustado casarte con Marga al instante, le diré.
Porque la querías, la querías de verdad. Puedo dar testimonio de ello, aunque me siga doliendo mi cascado y necio corazón. La querías, pero tenías miedo de decirle la verdad. Porque si se la hubieses dicho, mi hermana hubiese perdido el interés por ti. Más claro el agua.
El caso es que Rudi estaba casado con una austríaca. Y la austríaca tenía un hijo suyo. Un niño. Eso también es más claro que el agua. Pero Rudi no se lo confesó hasta mucho después. En general, hablaba poco de sí mismo.
Tan parlanchín como era en otros casos, así de reservado era cuando se trataba de hablar de su familia. Había una razón por la cual no soltaba prenda. Y es que su padre era un nazi que denunció a su propia mujer. De otro modo no me explico cómo ella fue a parar a un campo de concentración. Allí la asesinaron. No sé por qué. Sólo sé que en una ocasión Rudi dijo que la habían matado.
Eso es una soberana tontería. No puedo imaginarme que mi padre difundiera tales mentiras.
Sí, Rudi, sí lo dijiste. Lo escuché con mis propios oídos. ¿O acaso me lo contó mi hermana? ¿O lo soñé?
La relación entre mi padre y mi abuelo siempre fue muy buena. Hacían muchas cosas juntos, en el terreno político y probablemente también en el personal. La abuela pasaba la mayor parte del tiempo en casa. No me atrevo a decir si eran o no un matrimonio feliz. Más bien no, por lo que intuyo,
pero no puedo jurarlo. Ella nunca acudía a actos políticos. Murió en 1936, mientras mi padre estaba preso en el campo de detención de Wöllersdorf.
De sus cartas se desprende que sufría una enfermedad grave. Tal vez cáncer.
En cualquier caso, murió de muerte natural mucho antes de la invasión alemana, y tampoco es cierto que mi abuelo la denunciara. De su hoja de vida, que encontré en la caja de zapatos, se desprende inequívocamente que nunca simpatizó ni con los austrofascistas ni con los nazis. Siempre estuvo con los de izquierdas. De no haber sido así, mi madre habría hecho algún comentario al respecto.
Y que la hermana se suicidó. La hermana de Rudi. En un campo de concentración. Eso también lo dijo.
De mi tía Steffi no me acuerdo. Sólo sé que en una ocasión intentó suicidarse. Tomó pastillas o abrió la llave del gas, y mi madre dijo que Steffi era una pérfida de mucho cuidado que sabía exactamente cómo despertar la compasión de los demás. Sin embargo, aquel intento de suicidio no fue una broma, porque en marzo del treinta y ocho se tiró por una ventana, y allí no había nadie que pudiera retenerla. Hay una carta de mí padre, también en la caja de zapatos, en la que trata de consolar a mi abuelo. Parece muy preocupado porque casi le suplica que no pierda la esperanza. Recuerda una experiencia de su niñez, un día del otoño del dieciséis en que él y Steffi cruzaban con su madre el puente de Floridsdorf y ella se quedó mirando fijamente las aguas del Danubio que pasaba por debajo. «Quería escapar de una vez por todas a nuestra horrible miseria -
escribe refiriéndose a su madre-. Estuvo un buen rato debatiéndose consigo misma. Lloraba y nos miraba una y otra vez con unos ojos que jamás olvidaré. Pero luego siguió en la brecha hasta que acabó la mierda esa. Tú no puedes ser más débil de lo que fue tu mujer en aquellos tiempos, padre.
¡Tienes que aguantar y perseverar en la lucha, con la misma tenacidad que has demostrado hasta ahora! ¡Nosotros no debemos huir de la vida!»
La relación que los unía era peculiarmente estrecha. No eran como padre e hijo, sino más bien como dos hermanos o amigos íntimos que se guardan fidelidad eterna.
Lo cierto es que Rudi estaba enamorado de Marga hasta la médula, de eso no cabe duda. Estoy convencida de que le hubiese gustado casarse con ella en el acto, en Barcelona. Pero ya estaba casado. Separado, pero casado.
Y su mujer, la austríaca, se negaba al divorcio.
En realidad, mi madre nunca habló mal de él. Sí habló mal de alguien fue de su suegro. A su modo de ver, él era el culpable de que mí padre anduviera con otras mujeres. Pero nunca habría pedido el divorcio por iniciativa propia. Me acuerdo de que un vecino de escalera, un tal Baburek, dijo una vez: A ver, ¿cuál es el problema? ¿Por qué no se divorcia usted? Y
ella contestó: No necesito divorciarme, puesto que no tendré otro marido.
Era mala la austríaca. El mismo Rudi me dijo que llegó a denunciarlo ante la policía. La propia mujer, fíjate.
Hay una carta que mí padre le escribió desde Praga, tras su huida, en abril del treinta y cuatro. La acusa de haber entregado a la policía unas fotos que permitieron la identificación y el arresto de varios de sus camaradas.
Dice también que se ha enterado de que ella les ha prohibido a sus padres la entrada al piso y el trato conmigo y que tiene la intención de hacerme bautizar. Y la amenaza abiertamente. «No deja de ser peligroso enfrentarse a mí -escribe-. Los hay que salieron mal parados. Por tanto, piensa lo que haces.» Luego le reprocha haber aceptado dinero de la obra social del cuerpo de policía. Menciona a algunos de los traidores y cómo pagaron su traición. Muerto a golpes. Muerto de un disparo. Ingresado en un hospital.
Apuñalado y brutalmente apaleado. Y la llama desgraciada de mierda.
No sé qué pensar de esa carta. Preferiría no haberla leído.
Medio año más tarde, las tropas de Franco entraron en Barcelona. Bajo esa horrible bandera, con esa horrible música marcial y en medio de esos horribles alaridos. La gente parecía otra. Vitoreaban como locos.
Seguramente tenían miedo, o sólo manifestaban su alegría de que por fin hubiese terminado la guerra, el hambre, la pobreza y los ataques aéreos que habían sido el pan de cada día, mañana, tarde y noche. Aplaudían hasta que acababan dolíendoles las manos. Y seguían aplaudiendo cuando los moros se abalanzaron sobre las mujeres, y también cuando otras se brindaron a cambio de una cena, un par de medias o la bendición de la Iglesia.
Prostitución, violaciones, malos tratos, detenciones y ejecuciones a mansalva. Y continuaban los aplausos, los vítores de republicanos, catalanistas y socialistas convencidos que, de puro miedo o por entusiasmo, fueron corriendo a la misa castrense.
Para entonces mi padre ya había fallecido hacía un par de semanas.
Murió prácticamente de un día para otro. Una noche, durante un apagón, lo atropelló un ciclista. La septicemia le produjo gangrena y murió en medio
de terribles dolores. En los últimos momentos de vida me mandó llamar para que le llevara la pipa al hospital, y así lo hice, poco antes de las nueve de la noche. Se la llené, se la encendí y se la puse en la boca. Dio una calada, sonrió, tosió y luego murió. Mi padre había sido un hombre fuerte, pesaba setenta y tantos kilos. Al morir se quedó en los cincuenta.
Paco se escapó a las cuatro de la tarde, las tropas de Franco ya estaban en la ciudad. En realidad, Marga y yo también debíamos huir. Todo el mundo sabía que habíamos colaborado con el Socorro Rojo, a mí incluso me habían ascendido a teniente en el hospital de campaña. Por lo tanto, teníamos que desaparecer. Pero mi madre tenía muchas piezas de plata, joyas y cristal de Bohemia, y quería llevárselo todo.
Cómo voy a dejar esto, dijo.
Un abrigo y una manta, no necesitas más, dijimos nosotras.
Pero ella no podía separarse de nada. Y, naturalmente, al final se juntaron tantas cosas que en el camión no había espacio.
Iros vosotras, dijo, yo me quedo.
Ni hablar.
Así que nos quedamos.
Después de que los fascistas tomaron la ciudad se lamentó de no haber huido.
Soy un estorbo para vosotras, decía, os hago la vida imposible.
¡Cómo que nos haces la vida imposible! ¿Qué haríamos sin ti?
Pero ella insistía en que suponía una carga para nosotras. Además, se le metió en la cabeza que tenía que reunirse con mi padre.
En el cielo hay un reencuentro, decía. Es la voluntad de Dios.
Si de veras es ésa su voluntad, ¿por qué no os envió la muerte al mismo tiempo?, replicaba yo. A lo que ella respondía: Porque Dios está en el otro mundo.
¿En el otro mundo? ¿En qué otro mundo, si se puede saber? ¿Dónde vive tu Dios? ¿En un palacio o en una choza?
Ay, Marina. No digas esas cosas, que son blasfemias. Yo no podía por menos que responderle de esa manera. No podía tomarla en serio. Mi madre nunca fue comunista. Era socialista, pero de pocas luces. El concepto del amor libre, por ejemplo, nunca lo entendió. Todo lo que quieran, decía, pero los hijos tienen que estar al lado de la madre. De ahí no la sacaba nadie. Y
ahora estaba obsesionada con quitarse la vida. Así me voy derecho al cielo,
decía, donde Francisco me está esperando. Para ella mi padre lo era todo: madre, padre, tío, hermana, abuelo, todo. Sin él, ella no era nada.
Yo no le quitaba ojo. Por las noches la ataba a la cama, después de que se había levantado en dos ocasiones para tirarse por la ventana. Además, logró trabajarse a Margarita. Y una noche oigo ruidos, salto de la cama, prendo la luz y las veo a las dos de pie en el balcón. Las agarro, las arrastro de vuelta a la habitación y las tumbo sobre la cama.
En efecto, también mi hermana quería suicidarse, porque mi madre la había convencido de que las dos se encontraban solas y desvalidas en un mundo del que ya no tenían nada que esperar. Más tarde, mi hermana intentó quitarse la vida varias veces. A pesar de su amor por Rudi no quería seguir viviendo. Yo tengo parte de culpa en ello porque, en mi desesperación, se me escaparon aquellas palabras que no quise decir.
Ocurrió el 1 de mayo del treinta y nueve, y desde entonces ese día me produce un mal sabor de boca, aunque cada año, desde que mi padre me llevó de niña a la primera concentración, salga a la calle a manifestarme.
Aquel uno de mayo mi madre ya se había acostado, pero todavía estaba despierta. Cada noche me la llevaba primero a mi cama, y cuando se calmaba la acompañaba a su alcoba y la ataba al lecho. Pero aquel día ella todavía estaba tumbada en mi cama, y yo tenía que ir al lavabo. Por eso le pedí a mi hermana que estuviera atenta, vigílala, le dije, que no se mueva.
Sin embargo, cuando salí de la habitación, mi madre empezó a lisonjearla: Margarita, eres más buena que el pan, no como Marina, que es mala. Anda, sé buena, mi niña bonita, dame un beso y déjame sola, quiero dormir. Y la estúpida de mi hermana va y le hace caso. Y eso que hacía apenas unas horas que mi madre había intentado tirarse por el balcón.
Margarita la tapa, sale de la habitación y enseguida mi madre echa el cerrojo a la puerta. Margarita se da cuenta, zarandea el picaporte, y entonces oigo un ruido seco, un choque contra el empedrado, salgo corriendo del baño y grito: ¡Tú tienes la culpa, Margarita!
Nunca olvidó esa frase. Y por eso, en las noches siguientes, intentó quitarse la vida varias veces. Se acercaba a hurtadillas a la ventana, yo no pegaba ojo, durante una semana entera. Luego, una prima la acogió en su casa y dormía con ella en la misma cama, Margarita en el lado de la pared.
Ya de niña era muy insegura. Mi padre, por ejemplo, nunca nos envió a clase de religión, pero una vez ella fue a una colonia de verano y allí los
maestros la trastornaron con el cuento de satanás, el fuego del infierno, la condena eterna. Tardó mucho en liberarse de esa experiencia, y parece que algo se le quedó pegado.
En agosto, alguien que me conocía de antes me delató. Entonces comprendí que teníamos que desaparecer. Emprendimos viaje hacia Francia, a pie, cruzando los Pirineos. Antes de partir lo vendí todo, la vajilla de plata de mi madre y la biblioteca de mi padre, y con lo que saqué pagué un guía y soborné a un guardia. Nada más atravesar la frontera entramos en una fonda, en lugar de comprar los billetes para el autobús. No habíamos comido en tres días. No olvidaré nunca aquella cara regordeta, aquella barba de foca del dueño del establecimiento. Nos atendió con exquisita amabilidad. Cuando habíamos tragado el último bocado, se nos presentaron dos gendarmes. ¡De vuelta a España o al campo de concentración!
Escogimos el campo. Primero nos llevaron al de Saint-Cyprien, luego al de Argelès. Las pasamos putas. Margarita estaba a punto de darse por vencida, se debilitaba cada vez más. Hasta que un día unas mujeres me pidieron que les enseñara a leer y escribir. Me pagaron con medio kilo de pan blanco, del que le di un trozo a un chiquillo y el resto a mi hermana. Así fuimos saliendo al otro lado. En realidad, toda la vida hice de hermana mayor, y eso que era un año menor que Marga. Pero siempre fui la más fuerte.
El nueve de febrero atravesamos la frontera, cerca de Port Bou. La Garde mobile ya nos estaba esperando. Éramos soldados de un ejército derrotado, representábamos una causa perdida. De lo primero nos dimos cuenta al deponer las armas, de lo segundo fuimos tomando conciencia paulatinamente. En Saint-Cyprien, donde la lucha por la subsistencia consumía todas nuestras fuerzas, prácticamente no teníamos tiempo para reflexionar. El campo era una franja larga y estrecha a orillas del mar, y estaba cercada con alambre de espino. Cuando llegamos no había barracones, ni retretes, ni lugar alguno donde resguardarse. Teníamos que pelear por cada trozo de pan y cada trago de agua. Los franceses se deleitaban con nuestra miseria. Pensaban que éramos presa fácil para sus oficiales, que querían engancharnos para la Legión Extranjera. Pero, salvo contadas excepciones, nos resistimos a sus intentos de captación. Hoy se dice que la dirección del partido nos prohibió aceptar la oferta porque interpretó la gran guerra que se avecinaba como una contienda entre las potencias imperialistas que no tenía nada que ver con nosotros. Puede ser
que en ese momento tal postura encajara con los intereses de Stalin, pero no fue ésa la razón de nuestra negativa. Nunca habíamos luchado como mercenarios, ni en nuestros países de origen, ni en España. Y ahora tampoco queríamos servir a amos ajenos. Daba la casualidad de que teníamos algo más que la obediencia de cadáver a nuestros dirigentes, algo que a menudo escapa a los historiadores y que hoy nadie nos quiere reconocer. Para salvar ese algo queríamos mantenernos unidos. O buscar otras posibilidades de vida fuera de las alambradas, como la emigración a Inglaterra, a Escandinavia o a México. Recuerdo que Friemel se apuntó en la lista de los que pidieron asilo en Suecia. No me consta que entonces mencionara a su española. Además, yo no sabía de su relación. Pero eso no significa nada. En contra de la opinión generalizada, en tiempos de extremo acoso apenas si llegas a conocer al que tienes al lado. ¿De qué le habría servido hacerla incluir en la lista? ¿Estaría en contacto con ella? ¿Sabría que ella en ese momento intentaba huir hacia Francia? Hubo entre los republicanos españoles parejas de casados que estuvieron internados en Saint-Cyprien al mismo tiempo, separados tan sólo por una alambrada, y no lo supieron hasta años después. Éramos noventa mil presos, hacinados sobre un kilómetro cuadrado. Una ciudad de tamaño medio, pero sin calles ni casas, azotada por un viento helado que bajaba de los Pirineos ululando y arrastrando una arenilla que rechinaba entre los dientes.
En Saint-Cyprien estuvimos desde febrero hasta abril del treinta y nueve. Luego, todos los combatientes de la guerra de España fuimos trasladados a Gurs. En ambos campos Friemel fue representante de los Socialistas Revolucionarios de Austria. Era muy querido, todos lo apreciaban, se podía hablar de muchas cosas con él. Es cierto que tenía su línea propia, sus propias convicciones, era normal; pero nunca participó en la campaña contra nosotros. Pues hubo algunos, aunque muy pocos en el grupo de los austríacos, que sencillamente estaban desmoralizados e intentaban echarle la culpa de todo a los comunistas. La comandancia del campo atizaba el odio y la desconfianza. Tras el pacto de no agresión germano-soviético la situación se agravó considerablemente. Para los franceses los comunistas eran poco más o menos que asesinos, malhechores y ladrones. Por supuesto que había entre nosotros diferencias de opinión sobre si el pacto había sido necesario o no. Que si Stalin por aquí, que si traición por allá. Pero la discusión no fue demasiado intensa, cosa por otra
parte comprensible, pues era la Garde mobile y no Hitler ni Stalin la que nos daba las palizas.
En Gurs creamos una universidad popular para adultos según el modelo de la Viena roja. Ofrecíamos cursos de idiomas, de literatura, de estenografía, geografía, historia, matemáticas, y al que aprobaba se le daba un diploma. No sé si Friemel participó; probablemente sí, porque casi todos participamos. No sólo se trataba de seguir instruyéndonos; mucho más importante era mantener la cohesión y la necesidad de olvidarnos un poco de los acontecimientos mundiales y de la incertidumbre con respecto al propio futuro. Austria ya no existía, y los franceses nos lo recordaban con notoria fruición. Nationalité, preguntaban los oficiales, y cuando contestábamos: autrichien, decían: ¡Ah, un autre chien! Después de fracasar en su intento de captarnos para la Legión, querían meternos en sus compañías de trabajo. Primero nos negamos, pero al final no hubo más remedio que plegarnos. Entre los austríacos prácticamente nos apuntamos uno de cada dos, curramos de sol a sol para los franceses, desde la frontera suiza hasta el Canal de la Mancha.
No sé cómo Friemel logró salir de Gurs. Quizá se alistó en una compañía de trabajo. Quizá obtuvo una autorización por haber podido acreditar que su mujer lo esperaba, casos así se dieron. Tal vez lo trasladaron a otro campo, donde eran permitidas las visitas de mujeres. O
simplemente se largó, saltando la valla o atravesándola por debajo al abrigo de la noche. Lo cierto es que un día desapareció.
Entonces cerraron nuestro campo. Quien pueda trabajar, que trabaje, decían. A mí me cogieron porque era fuerte, pero a mi hermana no la querían, era demasiado frágil y enclenque.
Si no la dejan trabajar a ella, yo tampoco voy. Está bien, dijeron.
Los franceses nos metieron en vagones de ganado, no lo olvidaré jamás, en cada vagón iban cuarenta mujeres. En Saboya, cerca de la frontera suiza, nos desembarcaron. Estaba previsto que trabajáramos como criadas de granja. A mí me destinaron al servicio de una condesa que vivía en un auténtico palacio, y al lado estaban las dependencias, con el establo y el granero. Marga fue a parar a casa de una campesina de Sillingy, un pueblo situado a treinta kilómetros de donde me encontraba yo. Al menos no pasaba hambre. No sé cómo Rudi logró dar con su paradero. El caso es que un día fue a visitarla. Ya no estaba preso, podía moverse libremente. De
algún modo consiguieron reunirse. Y entonces Margarita quedó embarazada.
Cuando terminó mi contrato de trabajo, fui a recogerla. Su patrona quería que me quedara. Yo siempre he sido rebelde, díscola, nunca me he dejado doblegar. Marga, en cambio, era la típica mujercita. Le gustaba vestir bien, maquillarse, pintarse los labios. Pero era melindrosa. No iba con ella eso de limpiar establos, ordeñar vacas o recolectar patatas. La campesina estaba hasta las narices de ella. Qué pena, dijo al verme. Si me hubiese tocado una como usted. La verdad es que yo arrimaba el hombro en las labores del campo. La primera vez que tuve que llevar las vacas a pastar se me escaparon todas, las catorce bajaron a galope tendido por la carretera y se metieron en la iglesia. Todo el pueblo tuvo que ayudar a sacarlas. Con esto quiero decir que la cosa para mí no fue miel sobre hojuelas.
De Annecy fuimos en tren hasta Montauban. Dos noches enteras atravesando toda Francia, ¡y sin papeles! La Gestapo ya estaba por todas partes. Los alemanes. Mi hermana temblaba de miedo. Antes de cada control la enviaba al lavabo. Echa el cerrojo, le decía, y no abras hasta que yo te diga. Luego, cuando los alemanes llegaban, yo ponía mi mejor sonrisa. Excusez-moi, monsieur.
Los papeles los lleva mi hermana. Ha tenido qué ir al servicio. Si quiere esperar a que salga… Funcionó siempre. Sólo una vez uno de esos cabezas cuadradas zarandeó la puerta del retrete. ¡Abra, control! Salí de mi compartimento y me abalancé sobre él hecha una furia: ¡Quite sus zarpas de la puerta! Mi hermana se ha mareado. Está embarazada. El alemán se quedó mirándome, pero luego se escabulló hacia el vagón siguiente. ¡Suerte que tuvo! Porque le hubiese sacado los ojos.
Llegamos a Montauban el 2 de octubre, el día que cumplí veintitrés años. Alquilamos una habitación amueblada. Marga le escribió a Rudi, que entonces ya estaba de minero, picando carbón en las minas de Carmaux. Al tercer día vino a buscarla. Después no supe nada de ellos hasta que mi hermana dio a luz, el 26 de abril del cuarenta y uno. Entonces fui a visitarla.
Estreché en los brazos a mi pequeño sobrino. Al cabo de un rato llegó Rudi.
Nos abrazamos. Y ya era hora de marcharme.
Margarita dio a luz en Albi, en una clínica de maternidad, igual que yo.
Ninguna de las dos tuvimos suerte. A ella le pusieron el pie encima para hacer salir a la criatura, y a mí casi me tienen que abrir, me lo sacaron con
fórceps. Sé que hay partos fáciles, pero nosotras estuvimos sufriendo una eternidad. A mí las contracciones me duraron tres días; a ella dos. Entonces una se dice a sí misma que si a la criatura tanto le ha costado nacer, al menos hay que darle una buena vida. Hacer todo lo posible por no perderla.
Pero Rudi no lo entendió. Perdió a su hijo. Sólo estuvo con él las primeras semanas, y luego aquella única noche que pudieron pasar juntos. Después nunca lo volvió a ver.
La pregunta de la repatriación cobró actualidad a raíz del armisticio entre Francia y Alemania. Después de que la Wehrmacht hubiera pulverizado las posiciones francesas, el país quedó dividido en dos. Los campos se hallaban en el sur, en la zona libre, que tan libre no era. Un día nos hicieron formar, y entonces llegaron los oficiales alemanes para instarnos a volver a la patria. No tenéis nada que temer, dijeron, no sois otra cosa que alemanes, no habéis violado las leyes del Reich, y el Estado necesita de todos los súbditos. Os vamos a reeducar, eso sí. No nos dijeron lo que eso significaba. A ver, ¿quién se apunta? En Le Vernet, donde yo me encontraba a la sazón, sólo se apuntó uno. Todos los demás rechazaron la propuesta.
Luego, el partido dio un giro. Quizás abrigó esperanzas por el pacto germano-soviético, esperanzas de que los nazis no les tocarían el pelo a los comunistas. En cualquier caso, del exterior llegaron instrucciones para salvar a los cuadros, que en Francia se los están cargando a todos, decían, que no hay perspectivas. Tarde o temprano tenemos que considerar la opción de apuntarnos. De volver a casa. La idea no era tan descabellada. Ya había habido combatientes checos y yugoslavos que se apuntaron al servicio de trabajo en Alemania. Se habían marchado a centenares. Y en efecto, encontraron trabajo. Lo sabíamos porque nos llegaban sus cartas.
Contaban que trabajaban en tal o cual fábrica, y que en Alemania los trataban mejor que en esos campos franceses de mierda.
Al cabo de quince días volví a visitarlos. Quería echarle una mano a mi hermana con el niño. Entonces Rudi me contó que pensaba volver a Austria y llevarse a Marga y al pequeño Edi. ¡Imagínate! Mi cuñado había huido de su país, les había plantado cara a los nazis, había luchado en España contra los fascistas. ¡Y ese mismo hombre quería entregarse a los alemanes! Creí que me daba algo.
¿Estás chiflado? ¿Acaso quieres acabar como un perro? Si te empeñas en volver, hazlo clandestinamente, camuflado de trabajador extranjero, con papeles falsos. ¡Pero no por la vía oficial!
Tuvimos una pelea de mil demonios.
¿Cómo se te ocurre llevarte a tu mujer, a tu hijo recién nacido? ¿Quieres que os maten a los tres?
Y él, furioso: Margarita, tú eliges. Tu hermana o yo. Bien, dije yo, me llevo a mi hermana inmediatamente. Pero ella, claro, optó por él. Estaba enamorada hasta la médula. Él era el padre de su hijo. Yo hubiese querido estrangularlo. Estrangularlo o besarlo. Quédate, por favor, le hubiese dicho.
Quedarse más tiempo no tenía sentido. Por lo tanto, nos fuimos haciendo a la idea de regresar a casa. El partido sólo dio la siguiente consigna: No irá ninguno al que se le puedan aplicar las leyes raciales de Nuremberg. Sin embargo, se apuntó uno que, por su condición de judío, o semijudío, según la pedantería nazi, estaba afectado por dichas leyes. Era un cuadro famoso, no voy a decir su nombre porque está muerto, y de los muertos no hay que hablar mal. En cualquier caso, lo expulsamos por saltarse la resolución del partido. O sea, que no iría nadie a quien pudieran aplicársele las leyes raciales de Nuremberg, ni nadie del que los nazis quisieran vengarse. Por ejemplo, había entre nosotros un combatiente de la guerra de España que se había visto involucrado en un tiroteo con ellos, en alguna comarca de la Alta Austria, con el resultado de varios muertos. Ése tampoco se apuntó. Así fue. Los demás debían decidir por su cuenta si querían permanecer en Francia o ser repatriados,, Lo que sí es cierto es que no hubo una orden inequívoca. Se dejó al libre albedrío de cada uno volver a casa o quedarse. Quiero subrayar que la mayoría decidió marcharse. No todos. Entonces escribimos a la Comisión Alemana para el Armisticio, con sede en Toulouse, y pedimos la repatriación a Alemania. Cada uno por separado. Pero repito: no todos. Algunos no escribieron.
Sigo sin entender por qué volvió a Alemania. No me cabe en la cabeza.
Pero no fue el único, fueron muchos los que se apuntaron, entre ellos un tal Hans. Era un tipo muy atractivo, muy alto, de uno noventa y pico. Quería llevarme al registro civil y de allí derechito a Alemania. Le dije: Conmigo no cuentes. Ni que me ataran me iría contigo. Aunque yo también volví, a España, a la dictadura, y voluntariamente. También yo regresé con mi hijo.
Si quieren fusilarme, que me fusilen, me dije. Pero a mi hijo no se lo
entrego, estoy segura de que Julián saldrá adelante. A mí que me fusilen, si quieren, esos fascistas. El que no me fusilaran se debe únicamente a que no me condenaron hasta el cuarenta y cinco. Alemania ya estaba derrotada, y Franco estaba cagado de miedo ante los aliados. Así y todo, el tribunal quería condenarme a la pena máxima. Quiero decir con esto que también yo me marché por voluntad propia, pero a Alemania no me hubiesen llevado ni a rastras. Vale, si los fascistas no tienen pruebas contra uno, pues adelante.
Pero en el caso de Rudi, con su pasado rojo, de perseguido, figurando en lista de busca y captura, huido de Viena… No, no y mil veces no. No sé si su hijo lo sabe, yo no le he dicho una palabra. Estaba convencida de que ese hombre se había desquiciado.
Naturalmente que el asunto fue objeto de largos debates. De hecho, no faltaban argumentos de peso en favor del no. Te vas sin ninguna garantía.
No puedes confiar nunca en un nazi, promete el cielo y la tierra y luego no cumple. Te encierran en un campo de concentración o en algún otro sitio.
Todos estos argumentos fueron sopesados por cada uno de nosotros: ¿Debo arriesgarme? ¿Sí o no? Pero también estaba la esperanza de conseguir trabajo, como los yugoslavos. ¿Y qué futuro nos espera en Francia?
¿Quieren acabar con nosotros, matarnos de hambre? ¿Podremos pasar a la clandestinidad? Eso tampoco era una solución, al menos no para la gran mayoría. Porque los alemanes nos hubieran buscado por todas partes hasta dar con nosotros, y si no lo hacían ellos lo harían los franceses, que colaboraban con los nazis. Al que no se apuntaba, la Gestapo se encargaba de capturarlo por otros medios.
No quiero decir que no entendiese su decisión. Al fin y al cabo fueron muchos los que volvieron, clandestinamente, a España, a Alemania o a Austria, que entonces había dejado de existir. Entendí perfectamente los motivos que tuvieron. Incluso hubiese entendido que se marchara a Alemania clandestinamente, armado, para luchar en la resistencia. En aquel entonces pensábamos de esta manera. Arriesgábamos nuestras vidas, nuestra suerte, nuestra salud. Todo por la libertad. Yo también asumí el riesgo. Y no tuve que lamentarlo. Pero yo no era tan ingenua como Rudi, que va y se apunta oficialmente a la repatriación, con mujer e hijo.
Friemel presentó la solicitud. Estoy seguro de que minimizó en lo posible el papel que desempeñó en la lucha contra el nacionalsocialismo, eso lo hicimos todos. Subrayamos, por ejemplo, nuestra oposición al
régimen de Dollfuss, a quien los nazis también odiaban, y declaramos habernos marchado a España porque en Austria no encontrábamos trabajo.
Friemel también debió de alegar que tardó en solicitar la repatriación porque no quería dejar sola a su mujer. Y que en Alemania esperaba encontrar trabajo en el oficio que había aprendido. Seguramente no mintió.
Seguramente no se dejó arrancar una declaración de lealtad al Reich.
Presentaría su solicitud el 1 de junio de 1941.
Una semana más tarde, debió de recibir una carta del encargado de repatriaciones de la Comisión Alemana para el Armisticio de Toulouse. «A la atención del señor Rudolf Friemel, Place de l'Eglise 9, Arthès (Tarn). He dado órdenes a las autoridades francesas para que procedan a su entrega a las autoridades alemanas en la línea de demarcación. Su entrega se llevará a cabo por gendarmes franceses vestidos de paisano. Con la presente recibe también un carné de repatriación, el cual le servirá para acreditar donde convenga su condición de súbdito del Reich, y en el que consta que su repatriación ha sido tramitada por el abajo firmante en su calidad de encargado de repatriaciones de la Comisión Alemana para el Armisticio.
Dicho documento de identificación no le autoriza a abandonar su actual paradero, ni a atravesar libremente la línea de demarcación. Una vez realizada la entrega, deberá separar el desprendible, firmarlo indicando la fecha y enviármelo a vuelta de correo en el sobre franqueado que adjunto.
Es imprescindible que cumpla con estas instrucciones. Fdo.: Lutz. Jefe de zona.»
Es de suponer que Friemel siguió las instrucciones.
Rudi defendió su decisión. Tengo que luchar, dijo.
¿Cómo quieres luchar si ya te están esperando? Vas al encuentro de tus verdugos, dije yo.
¡Y qué! Tengo que ayudar a liberar a mi país.
Entonces me puse furiosa. Si buscas la desgracia, allá tú. Haz lo que tengas que hacer. Es tu vida. Pero no te lleves al niño ni a mi hermana.
Y él: Son mi familia. Les corresponde estar conmigo. No tengo a nadie más en el mundo. Cuidaré de ellos.
¡De aquí no se mueven!
¡Se vienen conmigo!
Margarita, tienes que decidir. O tu hermana o yo.