Boda En Auschwitz
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Así fue. Me echó de su casa. Claro, yo había rebatido sus argumentos.
Margarita dudó un instante. Él lo notó, y se puso furioso. Mucho más tarde, mí hermana me dijo: Marina, tenías razón. Tendría que haberte hecho caso.
Estaba obsesionado con el deseo de liberar a Austria del fascismo. Vale, lo entiendo. Pero entonces, ¿por qué no volvió solo? A probar suerte. Sí no le pasaba nada siempre estaba a tiempo de traérsela. De esta manera se hubiesen evitado muchas cosas. Fue culpa tuya, Rudi, tengo que decírtelo por mucho que signifiques para mí. Te habías vuelto loco. Cuando uno tiene un hijo, debe pensar muy bien los pasos que da. Primero está el hijo, pienso yo. Eso también se lo dije: Habéis perdido el juicio, el niño apenas tiene tres meses. No faltó nada para que le saltara al cuello, sólo por Margarita y la criatura. Y eso que yo a Rudi le tenía cariño, más que cariño. Pero sentía una rabia infinita, por el niño, sobre todo por el niño. Porque mi hermana era joven, sana y fuerte, ¿pero el pequeño Edi? El pobre renacuajito. Recién llegado al mundo.
Naturalmente que a ti también te preguntaron qué opinaba Rudi. Él tiene que saberlo. ¿Qué quiere el partido? ¿De veras han decidido que nos marchemos? Y tú expresaste tu opinión personal: Es más sensato ir a Alemania que morir como perros en Francia. Es peligroso e incierto, pero al menos salimos de esta mierda. No será tan terrible, y la patria es la patria.
¡Vámonos a casa! Así de sencillo.
En la despedida nos volvimos a reconciliar. Rudi me abrazó. Yo le di un beso al pequeño Edí, luego otro a mí hermana. Tenían un compartimento para ellos solos. Al niño lo colocaron en la malla para el equipaje. Cuando el tren se puso en marcha se asomaron por la ventanilla tan sonrientes como sí fuesen al encuentro de su felicidad.
Era una bochornosa mañana de julio de 1941. La tarde amenazaba tormenta.
2
LA PRUEBA
Todos los muertos descansan en la inquietud de una muerte tal vez inútil. Conoces la frase. A menudo me ronda por la cabeza. No me arrepiento de nada, de casi nada. Sin embargo, reconozco que fui demasiado impetuoso. No es que creyera poder escapar al tiempo. Ya entonces sabía que no tiene sentido, que el tiempo nos alcanza. Tampoco creía que el amor
me salvaría de él. El amor y el tiempo están unidos en el afecto o separados por un odio feroz, pero no pueden existir el uno sin el otro. Yo creía en el tiempo, creía fervorosamente en mi condición de testigo del tiempo, con la misma fe con que creía en nuestro amor. ¿Qué razón podía tener para dudar de él? Pero el tiempo siempre es más poderoso que el amor. Ésta es otra de las frases que, en la inquietud de mi muerte tal vez inútil, me niego a aceptar. Mírame. Estoy sonriendo. Llevo un pantalón de presidiario, á rayas y de tela fina, y una camisa de boda con bordado de rosas. Tiempo y amor.
No se aprecia nada más.
–¿Una boda, en Auschwitz? ¿Entre un preso y una mujer de fuera?
¿Con ramo de novia y marcha nupcial? ¿Quién te contó esa trola?
–Oí hablar de ello, años más tarde. No, no lo oí, lo leí. Pero no recuerdo dónde.
–Los nazis nunca hubieran permitido algo así. Y si lo hicieron sería para divertirse. Para burlarse de esos infelices. Igual que cuándo traían en un carro á los fugados con un letrero colgado al cuello que decía «¡Estoy de vuelta!», y la banda de presos tenía que tocar la popular canción infantil de
«Viene un burrito trotando».
–¿Por qué no? En el infierno todo es posible, incluso el cielo.
–De ninguna manera. Es cierto que en el campo había un registro civil, pero se ocupaba exclusivamente de los muertos.
–Todo registro civil tenía tres funciones: tomar constancia de los nacimientos, de las bodas y de las defunciones.
–No puedo imaginarme que los nazis autorizaran una boda regular. A no ser que les sirviera como maniobra de apaciguamiento, para poder ufanarse ante el mundo: Miren qué bien tratamos a nuestros presos preventivos. Los rumores de exterminios masivos son pura propaganda difamatoria de nuestros enemigos. Pero en el cuarenta y cuatro ya nadie estaba interesado en el efecto de un suceso de estás características. Hacía tiempo que los asesinos habían aceptado su mala reputación, los cómplices su mala conciencia y los adversarios su impotencia.
–¡Un momento! El documental propagandístico sobre Theresienstadt no se rodó hasta el cuarenta y cuatro, hasta el otoño del cuarenta y cuatro. ¿Por qué entonces no pudo haber habido una boda en Auschwitz?
–En noviembre del cuarenta y tres, Höss fue relevado de su cargo de comandante del campo. Liebehenschel, su sucesor, trató de atenuar el terror.
Acabó con el poder de los kapos criminales. Por primera vez designaron decano á un recluso con triángulo rojo, es decir, á un preso político.
Liebehenschel declaró la amnistía para los presos del búnker. Ordenó el derribo de la pared negra y del búnker donde sólo se podía estar de pie.
Abolió la pena de muerte. Prohibió las palizas en los interrogatorios.
Combatió también las prácticas del Departamento Político. Probablemente, la boda fue autorizada gracias á él. ¿O no?
–Parece que el padre del novio tenía buenos contactos en Berlín y que sus relaciones llegaban hasta Himmler. ¿O no?
–La novia era española. Es posible que Franco, como aliado de Hitler, hiciera valer su influencia para que se celebrara la boda. ¿Tampoco?
–Los SS se fueron dando cuenta de que la guerra estaba perdida.
Algunos de ellos se volvieron asquerosamente amables. Empezaron a hacer puntos. La boda suponía un importante punto a su favor. ¿O acaso no?
–No podemos partir del supuesto de que los nazis actuaran según las leyes de la lógica. El pensamiento lógico les era ajeno. La decisión sobre vida o muerte se tomaba con absoluta arbitrariedad. A mí, por ejemplo, me condenaron por alta traición, pero no me ejecutaron. A otros, en cambio, que habían cometido faltas absolutamente banales, los pasaron inmediatamente por la guillotina. Lo mismo ocurría en el campo.
Novecientos noventa y nueve presos eran apaleados a muerte, el preso número mil se salvaba por los pelos. No busquemos razones para cada autorización, cada decreto de excepción y cada pedo de los nazis. La boda tuvo lugar. Es lo que podemos dar por hecho.
Lo único que puede darse por sentado es que los separaron nada más llegar a Vierzon, en el mismo andén de la estación. A él se lo llevó la policía militar secreta, mientras que a Marga la obligaron a continuar viaje con Edi rumbo a Alemania. Quizá los agentes les permitieron despedirse el uno del otro. No creo que fuera una despedida con muchas lágrimas. Las lágrimas necesitan tiempo, y ellos no tuvieron más que treinta segundos.
Además, él confiaba en volver a verla pronto. Ni siquiera se le pasó por la cabeza que la relación, apenas iniciada, pudiese tener un desenlace trágico.
Tampoco es cierto que los agentes les gritaran o les pegaran. Probablemente fueron incluso corteses. Sin embargo, Marga estaba tremendamente asustada. Es posible que le dijera: ¿A dónde te llevan, Rudi? ¿Que será de nosotros? ¿Por qué nos separan? ¿Cómo vamos a arreglárnoslas sin ti? No
tengas miedo, le diría él. Cuida. de Edi. Y no te olvides nunca de decir que estamos casados. Eso es importante. No estés triste, será sólo por unos días.
Te quiero.
Yo también te quiero.
Lo vio por última vez cuando él atravesaba las vías flanqueado por los agentes. Se dio la vuelta y levantó el brazo. Ella le devolvió el adiós con la mano. Luego se giró de medio lado para que él todavía pudiera ver a Edi, a quien llevaba en brazos apretándolo contra su pecho.
Fue el 31 de julio de 1941. Dos semanas más tarde, Rudi ingresó en la prisión de Dijon. Así consta en su libreta de notas: Llegada a Dijon, 15 de agosto, 16.30. Pero ¿cómo lo pasó durante esos días? ¿Y qué ocurrió después?
Es muy posible que esa misma tarde o al día siguiente lo trasladaran a Bourges. Permanecería detenido allí durante quince días, en la cárcel o en un cuartel, junto con otros combatientes de la guerra de España. Pues eso también lo anotó en su libreta: Salida de Bourges, 12 de agosto, a las 12.
Los jóvenes reclutas que lo custodiaban lo tratarían correctamente y le preguntarían a escondidas por sus experiencias en España. Sólo un sargento lo haría ponerse firme y lo increparía llamándole lacayo de judíos, bolchevique, rojo de mierda. Perro ladrador, nunca mordedor, pensaría él.
En una ocasión intentaría saber de Marga. La Wehrmacht no está para ocuparse de asuntos familiares, le responderían. ¿Quién entonces? La Delegación del NSDAP en el Extranjero. ¿Dónde? En París. Esto también figura en su libreta: 7 de agosto de 1941, Delegación del NSDAP en el Extranjero, París, 15, rue Beaujon. Poco a poco, las celdas se irían llenando de otros solicitantes de repatriación, pero también de ladrones, estraperlistas, miembros de la Legión Extranjera, corruptores de la moral militar, desertores, objetores, todos ellos capturados a lo largo y ancho de Francia. Un buen día los llevarían a empujones a la estación para hacinarlos en un vagón de carga estacionado en una vía secundaria, a salvo de las miradas de la gente. Rudi tendría suerte porque sería uno de los primeros en montar al vagón, lo que le permitiría asegurarse un sitio cerca de un ventanuco con rejas, con vistas a un país ocupado. En un compartimento situado más adelante iría la guardia, jugando a las cartas y bebiendo vino.
Avanzarían lentamente, parando cada dos por tres. En un momento determinado incluso desengancharían el vagón y esperarían un día entero en
una estación de maniobras, en medio del calor y del hedor, sin permiso para vaciar el cubo en el que hacían sus necesidades. Tardarían tres días en llegar a Dijon, y desde allí lo llevarían a Viena, previo paso por varias prisiones alemanas.
O acaso no.
Pues también cabe pensar que la policía militar lo tuvo arrestado en Dijon una sola noche y que a la mañana siguiente lo trasladó a París, a la Santé. Tal vez fue a parar a la celda número 23, la misma en que yo, medio año antes, había sufrido hambre y frío. Una vez al día, el guardia le pasaba, como me pasaba a mí, una escudilla por la rendija de la puerta, con tres dedos de aguachirle en el que flotaban una zanahoria arrugada y media patata. No sé cómo sobrellevó el hambre, la soledad y la preocupación por su mujer y su hijo. Quizá sintió una bocanada de calor cuando se dio cuenta de que, con las prisas, se le había olvidado anotarle a Marga la dirección de su padre. Es posible que pegara un salto y empezara a golpear la puerta con los puños. Pero no fue así. Recobró la compostura antes de que el celador se acercara a ver lo que pasaba. Pidió que le permitieran leer un libro. Unos días después, el celador le tiró, como me tiró a mí, un ejemplar deshojado de Guillermo Tell, de Schiller. Días después, volvió a dar golpes en la puerta, quiero trabajar, quiero ser útil, y mira por dónde, apareció un hombrecillo de mono azul con un rollo de alambre en la mano y le enseñó, como me enseñó a mí, a hacer ratoneras. Él enseguida se puso manos a la obra y en tres días fabricó cuarenta trampas. Como recompensa, el hombrecillo le dio, como me dio a mí, un paquete de tabaco, papel y cerillas. Yo me fumé todo el tabaco, pero él guardó un papel de fumar para escribir en él una poesía, con letras minúsculas y en español, para su mujer española, y la tituló «Mi dulce mujer».
Estando aún escribiendo, oyó cómo fuera, en el pasillo, alguien gritaba:
¡Vingt-trois! Y un celador abrió la puerta y lo llevó a un cuarto donde esperaban dos agentes de la Gestapo. Luego trajeron a rastras a una mujer, pálida y encogida, con mirada atribulada. En el patio de la prisión los empujaron al interior de un taxi y los condujeron, por calles desiertas, al interrogatorio, a la Avenue Foch. Durante el trayecto uno de los hombres le dijo a la mujer: A ver si esta vez sueltas un poco más la lengua, y ella se estremeció al oír estas palabras. Y a él le dijo, como me dijo a mí: Qué, barbudo. Te vamos a dar una buena restregada. Se te va a caer la barba.
A pesar de la amenaza, el interrogatorio transcurrió sin sobresaltos.
Primero los agentes de la Gestapo le prometieron una mejor alimentación.
Uno de ellos incluso le dio un bocadillo. Así y todo, esperaba el primer golpe y contraía los músculos para que no le flaquearan las piernas. Pero los golpes no llegaban, tampoco cuando respondía con evasivas, como respondía yo. Se dio cuenta de que sabían algunas cosas sobre él, pero no sabían que en España fue delegado político, dato que se cuidó mucho de mencionar. En el fondo, sólo estaban interesados en conocer los nombres de sus antiguos compañeros de la Alianza Republicana, los nombres de aquellos que emigraron en el treinta y cuatro a la Unión Soviética y de allí fueron a combatir en la guerra civil española. Le leyeron, como me leyeron a mí, algunos apellidos: Tränkler, Tesar, Barak, Beyer, Distelberger… Pero él a cada apellido sacudía la cabeza negativamente, no lo conozco, tampoco, tampoco; o asentía, cuando se trataba de quienes ya no podía perjudicar porque habían caído en Madrid, o cerca de Teruel, o durante la ofensiva del Ebro, o porque en Saint-Cyprien se habían alistado en la Legión. No olvide, dijo, que la mayoría de los voluntarios que fueron a luchar a España se pusieron nombres falsos. Con esta información se dieron por satisfechos. O acaso no. Si no fue así, lo abofetearon, lo azotaron, lo estrellaron contra el suelo, lo levantaron agarrándolo de los pelos, le tiraron un cubo de agua fría encima. Pero él guardó silencio.
No sé si pensar en ella lo ayudaría. No sé si guardó silencio porque sabía que ella lo quería. Sólo sé que llegó a Dijon el 15 de agosto, y a Viena el 14 de octubre. ¿Lo trasladarían a Compiègne? Dijon era el lugar donde concentraban a todos los deportados de la región antes de llevarlos a Compiègne. Así lo relató más tarde el escritor Jorge Semprún. Describe como él, o el personaje de su novela, antes del traslado de Dijon a Compiègne, fue atado a un hombre mayor, un polaco que chapurreaba el francés y no paraba de susurrar esta frase: Ha llegado la hora, nos matarán a todos. Semprún, o su protagonista, un español de nombre Manuel o Gérard, intentó tranquilizar al polaco, no tengas miedo, compañero, nadie nos quiere matar. En medio de la noche, el tren paró a mitad del trayecto y el hombre dijo jadeante: ¿Los oyes? Pero él no oía nada salvo la respiración de los otros detenidos. ¿Qué?, le preguntó en voz baja. Los gritos. ¿Qué gritos? Los gritos de los que están masacrando debajo del tren. Él permaneció en silencio, pues era absurdo tratar de calmar al otro, que al
cabo de unos segundos volvió a la carga: La sangre, ¿no oyes correr la sangre? Ahí, bajo el tren, ríos de sangre, oigo correr ríos de sangre. ¡Cállate, imbécil!, le gritó un soldado alemán al polaco asestándole en el pecho un culatazo tan fuerte que lo hizo irse de bruces y, entre vómitos de sangre y mucosidades, arrastrarlo a él, puesto que estaban atados con esposas el uno al otro. ¿Se encontraría Rudi en aquel tren nocturno de Dijon a Compiègne, junto con el polaco y con Manuel o Gérard, el compatriota de Marga?
Nunca lo trasladaron a Compiègne. Junto con sus compatriotas viajó a casa, pasando por Tréveris, Ratisbona, Nuremberg y Wurzburgo. O bien por Karlsruhe, Bruchsal y Linz. Quizá lo encerraron, como me encerraron a mí, en la estación de Karlsruhe en un vagón para arrestados, en una celda estrecha con una rendija que daba a la celda vecina, a través de la cual se comunicó, como me comunicaba yo, con un delincuente alemán que, como los piratas, llevaba un garfio en el lugar de la mano izquierda. El hombre le contó, como me contó a mí, que él mismo se había cortado la mano de un hachazo. Los nazis lo habían metido en una turbera, donde los presos tenían que extraer la turba y transportarla en carretillas, y al que no cumplía con el cupo de extracción diario lo apaleaban hasta dejarlo medio muerto; por eso, un día se cortó la mano con el hacha, y no fue el único. Fueron muchos los que hicieron lo mismo. Una vez cicatrizada la herida, les atornillaban un garfio en el muñón, y ellos se sentían la mar de felices, él también se había sentido feliz, pues con un garfio sólo era apto para empujar la carretilla, cosa que, comparado con la extracción, era un verdadero placer.
Friemel no se dejó impresionar por las palabras del otro. Pensó que quizás el hombre le estaba mintiendo, que tal vez había perdido el brazo en un accidente de trabajo, y además: quienes luchamos en España no somos delincuentes como este hombre del garfio. A nosotros nos tratarán mejor. Y
en efecto, en Viena lo trataron mejor, en la prisión policial de la Elisabethpromenade, prisión que conocía de antes, del treinta y cuatro o treinta y cinco, cuando estuvo allí esperando ser procesado.
No sé quién era el encargado de su caso en la dirección de la Gestapo, situada en la Morzinplatz. Puede ser que por azar le tocara aquel agente de la policía judicial que ya le anduvo detrás en el treinta y cuatro, en la época del austrofascismo, y que oportunamente se cambió al bando de los nazis.
El pasado común de perseguidor y perseguido pudo despertar en ese hombre un extraño sentimiento de camaradería, razón por la cual Rudi
consiguió, ya al cabo de muy pocos días, el permiso de escribirle a su padre.
Entre los agentes de la Gestapo y los funcionarios judiciales de la Liesl, como solíamos llamar, casi cariñosamente, a aquel centro de detención, había cierta rivalidad. Se envidiaban unos a otros los presos que tenían a su cargo. Una vez, por ejemplo, me trasladaron de la Morzinplatz a la Liesl para ser interrogado, y el agente que me acompañaba me hizo parar frente a un estanco. Me puso en la mano un vale y me dijo: Cómprate una cajetilla de Sport, y cuando salí me advirtió de que no me la dejara birlar por el k äs.
Käs, el término austríaco para denominar al preso qué ayudaba a los celadores. Rudi debió de sacar provecho de la desconfianza que había entre los agentes de la Gestapo y los de la policía. Además, es posible que en la Liesl se encontrara con viejos amigos, algún que otro guardia jubilado, obligado a reincorporarse en el servicio en vista de que los jóvenes habían sido reclutados por la Wehrmacht. Pues también en la Liesl le dieron trato preferente. Ya en la primera postal que envió a su padre dice que es trabajador del establecimiento penitenciario. Una posición privilegiada, puesto que como tal no tenía que permanecer en la celda durante el día, no pasaba hambre porque al repartir la comida siempre sobraba una cucharada, podía traficar con tabaco, leer el periódico y pasar notas clandestinas. No todos los trabajadores del establecimiento se comportaron correctamente.
Me acuerdo de uno que, como los criminales, pedía un marco por cada cigarrillo. Un hijo de puta, a pesar de haber luchado en España.
En julio del treinta y nueve, cuando estaba todavía retenido en el campo de Gurs, le escribió la última carta a mi madre. Es una carta fría y distante, en la que le pide el divorcio de común acuerdo. Justifica su petición señalando que su unión matrimonial ya no existe sino sobre el papel, que bajo ningún concepto está dispuesto a abandonar su camino y que, dadas las circunstancias, su vuelta a casa es absolutamente impensable. Dice que naturalmente no esquivará sus obligaciones materiales y que, si ella tuviera dudas, existe la posibilidad de que lo declare responsable de la separación.
El asunto apremia, escribe, pues sólo como persona no casada puede pensar en salir de allí, en marcharse a México o a Argentina y tener alguna perspectiva de encontrar trabajo. Otra justificación no le da. De alguna manera, ella luego se enteró de que estaba liado con otra. Pero nunca habló de eso. Supongo que debía de dolerle.
En su carta, mi padre también asegura que en ningún momento ha dejado de pensar en mí. Dice que me quiere más que nunca. Que le gustaría mucho tenerme a su lado para mostrarme que su vida no es tan infame como ella a lo mejor cree. Espera que haga de mí una persona de la que ni su padre ni su madre tengan que avergonzarse. «Y cuando yo ya no esté, dile que su padre siempre pensó en él, que le hubiera gustado quedarse al lado de su hijo, pero que no fue posible. Que el abuelo le cuente cómo era aquel aspecto de mi vida que tú nunca conociste ni pudiste conocer».
Accediendo a su petición, mi madre pidió el divorcio de común acuerdo. Renunció a los alimentos. Me sorprende que no rechazara esa carta. La correspondencia solía llegar a través de mi abuelo, que se la enviaba a mi madre, y ella a menudo la devolvía sin abrirla. En el legado de mi abuelo encontré una nota que decía: «La última carta a Paula ha sido devuelta».
Lo cierto es que la pareja se divorció. El decreto de divorcio fue expedido por la Audiencia Territorial de Viena el 16 de agosto de 1941. Por lo tanto, el 14 de septiembre, cuando ingresó en la prisión policial, mi padre era un hombre libre.
Cuando lo encarcelaron, yo ya había hecho el camino a Dachau. A él lo metieron en la celda número 78 a, en la cuarta planta, y a mí me habían sacado unos días antes de la 44 a, situada en la segunda. Supongo que no había gran diferencia entre su celda y la mía: ambas eran bastante grandes, casi salas, con cuatro o seis literas y una docena larga de reclusos. En un rincón, a la vista de todos, estaba el retrete. Los que no tenían cama dormían en colchones que durante el día eran apilados en un rincón. Éramos un grupo de gente de lo más variopinta, todos presos políticos a merced de la Gestapo: cinco o seis combatientes de España; un obrero de fábrica que se había roto el tobillo esquiando en Semana Santa y que a su ingreso en el hospital fue detenido bajo la acusación de haber creado una célula comunista; un estafador que se había hecho pasar por capitán de las SS sin pertenecer ni siquiera al NSDAP ni a las SS; un llamado delincuente económico, cuyo delito no recuerdo; un diplomático serbio, capturado después de que Hitler invadiera Yugoslavia; un vagabundo francés, que movido por ideas peregrinas había decidido viajar a la Alemania nazi; un coronel en retiro, a quien su asistenta denunció por escuchar emisoras enemigas, y un comunista austríaco de origen judío, entregado por la policía
secreta soviética a la Gestapo. Se llamaba Franz Koritschoner, no había cumplido los cincuenta, pero ya parecía un anciano. Mientras los otros combatientes de la guerra de España lo evitaban como a un leproso, yo me las arreglaba para quedar a su lado por la noche. Así me enteré de las experiencias de Koritschoner en la Unión Soviética, donde, acusado de espía nazi o trotskista -en aquel entonces no hacíamos diferencias-, había pasado por diversos campos a orillas del Mar del Hielo. Allí había enfermado de escorbuto y se le habían caído todos los dientes. A pesar del destino que le había tocado vivir, no era un hombre amargado. Creía firmemente en que el rumbo equivocado de la Unión Soviética, como lo llamaba, sería corregido. Con respecto a su propio futuro era moderadamente optimista. Un campo de concentración alemán no podía ser peor que los de Pechora y Vorkuta. La Gestapo había comunicado a su hermana que lo trasladarían a Mauthausen. Pero, según supe después de la guerra, Koritschoner acabó en Auschwitz. Un día después de su llegada, el 8 de junio de 1941, fue registrado como fallecido. Eso quiere decir que Rudi ya no lo vio, ni en Viena ni en Auschwitz.
Me imagino que en la celda de Rudi habría gente por el estilo, compañeros de la época de España, que incluso en ese trance seguían demostrando coraje, luchadores de la resistencia que contaban con lo peor y que necesitaban de nuestro apoyo, de por sí insuficiente; malhechores que, en vista de los grandes tiempos que corrían, se vieron involucrados en pequeños delitos que luego les costarían el pellejo. Sin embargo, en la celda número 78 a seguramente no habría ninguno como Koritschoner, y no sé si su presencia hubiera tenido sobre Rudi un efecto positivo, negativo o nulo.
No puedo decir si Rudi contaba por esas fechas con la eventualidad de ser deportado a Auschwitz. Presumiblemente, tenía la esperanza de que lo trasladaran a Mauthausen. Todos deseábamos ir a Mauthausen, tontos que éramos, tan confiados en nuestro patriotismo. Ignorábamos por completo la existencia de la cantera de la muerte, de la escalera de la muerte, de las galerías de la muerte. En cualquier caso, él sabía que le esperaba un campo de concentración, pues en la postal del 24 de septiembre, dirigida a su padre, decía que probablemente no estaría en Viena más que unas cuantas semanas. Le pidió que le llevara tomates, pimientos verdes, algo de fruta, pasta de dientes, un camisón viejo y un par de plantillas. Le dio instrucciones para que un martes a las 14 horas se personara ante el
encargado de su caso en la comandancia de la Gestapo, Morzinplatz 4, oficina 274. También le rogó que ese mismo martes, entre las cinco y media y las seis de la tarde, le recogiera la ropa sucia. Pero lo más urgente -y así lo revela el tono intencionadamente alegre de la postal- es la petición que le hace de dirigirse a la Delegación del NSPAD en el Extranjero, con sede en París, para averiguar la dirección de Margarita Friemel-Ferrer. «¿Te sorprende?», pregunta. «No importa. Facilita a la Delegación en el Extranjero mi dirección y pide que se la hagan llegar a Margarita. No olvides incluir franqueo para la respuesta». Supongo que su padre, versado en tales asuntos, enseguida pudo conseguir un permiso de visita. Los encuentros entre los presos de la Gestapo y sus familiares se desarrollaban en presencia de un celador y un funcionario de la misma, por lo general en la planta baja del centro de detenciones, entrando a mano izquierda, en la llamada zona vedada. Una verja con reja de tijera separaba a los presos de los visitantes. El tiempo máximo de visita era de tres minutos. En tales condiciones no cabía pensar ep una conversación abierta. Sin embargo, tratándose dd Rudi Friemel, considero posible que le permitieran excederse en el tiempo para conversar con su padre.
O pudieron intercambiar noticias gracias a un valiente funcionario de la guardia judicial que hacía de correo. La segunda postal que manda a su padre, con fecha de 10 de noviembre, permite concluir que hablaron largo rato sobre su situación. Al parecer, Clemens Friemel fue instado, desde París, a aportar más datos sobre Margarita Ferrer con el fin de facilitar su localización, pues Rudi dice que espera que su padre ya haya recibido y cursado la información requerida. «No sabes el enorme peso que me quitarías de encima si lograras dar con ella.» Además, se refiere a la
«solicitud de la que hablamos», a la cual «todavía no he obtenido respuesta.
Si fuese denegada, pediré que me permitan permanecer en Viena el máximo tiempo posible». Ninguno de los presos de la Gestapo presentamos solicitud alguna. Tampoco la hubieran aceptado. Supongo que Rudi defendió su intención de casarse con la española desde el primer momento y de forma tan vehemente que logró impresionar a los mismos agentes de la Gestapo.
Pues la mencionada solicitud sólo podía hacer referencia a la petición de contraer matrimonio. El que no fuese atendida es harina de otro costal.
A todos nos pusieron delante ese papel. Siempre tenía el mismo membrete, la misma firma y la misma oración principal: Oficina Central de
Seguridad del Reich, Berlín SO 11, Prinz-Albrechtstrasse, 8. Fdo. Heydrich.
«Justificación de la orden de detención preventiva: Según investigaciones llevadas a cabo por la Policía del Estado, su comportamiento pone en peligro la existencia y seguridad del pueblo…» La pequeña diferencia radicaba en la formulación del resto de la frase, aunque el repertorio de los chupatintas de Berlín no contenía más que cuatro o cinco variantes. A él le tocó la misma que a mí: «…ya que, dada su amplia participación en actividades marxistas y su pertenencia al bando rojo en la guerra civil española, existen fundadas razones para suponer que, en cuanto obtenga la libertad y aprovechándose de la situación de guerra, volverá a actuar en detrimento del Reich».
Su orden de detención preventiva ya fue expedida el 11 de octubre de 1941. La copió el 12 de diciembre a las 15 horas, en la celda colectiva de la planta baja del centro de detenciones, adonde nos llevaron poco antes de nuestra partida. Esto significaría que su deportación se efectuó el 13, o a más tardar el 16 de diciembre. Es decir, el suyo fue un viaje largo y con muchos rodeos. La campaña de Rusia estaba en plena marcha, las vías de ferrocarril hacia el este estaban saturadas. Todas las ruedas ruedan hacia la victoria, se decía. Rudi no figuraba entre los que rodaban hacia la victoria, su tren tuvo que parar una y otra vez durante el trayecto. Está demostrado que el convoy no llegó a Auschwitz hasta el 2 de enero de 1942. Los dieciocho presos recibieron los números 25167 a 25184. A Rudolf Friemel le correspondió el 25173.
A comienzos de octubre del cuarenta y uno regresé a España. En Montauban la Gestapo me pisaba los talones. Mi hermano luchaba en la Resistencia, y yo le conseguía a su grupo dinero y octavillas. Los alemanes no tardaron en sospechar. La primera vez me interrogaron en la clínica de maternidad. Había dado a luz a las cinco de la mañana, a las ocho se plantaron ante mi cama. Cuatro semanas más tarde pusieron mi habitación patas arriba, pero sólo encontraron los comprobantes de nueve giros.
¿Y esto qué es?, preguntaron.
Ah, nada, dije, pagos de manutención.
No me diga, ¿de nueve hombres diferentes? ¡No nos va a decir que mantiene relaciones con todos! Cómo no, respondí.
Lo querían por escrito. Así que certifiqué ser la concubina de los nueve.
Dos días después puse pies en polvorosa. Sabía que si esperaba me
cogerían.
En realidad, hubo dos razones que me movieron a atravesar la frontera.
La primera fue que también el partido español había dado la consigna de que volviese todo aquel que pudiese correr el riesgo. A mí me lo expusieron de esa forma, como si no hubiera que darle demasiadas vueltas. Y no lo hice. Si me hubiesen dicho que a las doce de la noche en punto tenía que estar en la Cibeles con unas bragas moteadas, no hubiese faltado a la cita.
En aquella época era así. Además, quería que mi hijo estuviese en buenas manos. Julián acababa de cumplir un mes, y con la Gestapo pegada al zancajo no podía permitirme seguir en Francia. No había deseado tener un hijo. La culpa fue de Fernando, no tuvo cuidado.
Cuando el niño nació me alegré, por supuesto que me alegré, pero primero… Era consciente de nuestra situación. Tuve clara una cosa: desde ese instante era yo la responsable de una criatura que no tenía arte ni parte en los líos y luchas de sus padres. Es precisamente eso lo que le reprocho a Rudi: que no haya pensado en su hijo. Yo me ocupé de que mi hijo estuviese protegido, de que alguien se encargase de él en caso de que me pillaran. Y me pillaron.
El primero de octubre emprendí viaje. El dos llegué a Perpiñán, donde me esperaba Fernando para despedirse de mí y coger por fin a su hijo en brazos. El cuatro crucé la frontera por Port Bou. Acababa de pisar suela español cuando un grupo de monjas y un pelotón de guardias civiles se atravesaron en mi camino. España en esa época estaba plagada de monjas y guardias civiles, que como un ejército de langostas estaban devastando el país. Los guardias enseguida me interrogaron, pero no me sacaron nada.
Les conté toda clase de mentiras. Creo que nunca he mentido con tanta habilidad como entonces. Ni una palabra de que hubiese pasado los años de la guerra en Barcelona. Les dije que había sido auxiliar de enfermería en un hospital de Madrid, donde en realidad no había vivido sino hasta los dieciséis. Lógico que no encontraran nada sobre mí en sus archivos. Y me soltaron. Me fui a Menorca, donde vivían unos tíos, hermanos de mi padre.
Estaban forrados de dinero. Mejor para mi hijo, pensé. Allí pude ocuparme de él. Había leche, pan, verdura, incluso una cama caliente. Me quedé en Menorca hasta que el pequeñín cumplió los siete meses. Luego me fui con él a Madrid. Naturalmente, los padres de mi marido estaban ansiosos por ver a su nieto. Además, Fernando también había regresado entretanto a
España, con un convoy de inválidos. Lo dejaron entrar a pesar de que en la frontera no se le ocurrió nada mejor que ponerse a cantar a voz en cuello la Marsellesa. Los gendarmes franceses se cuadraron, pero un falangista que aguzó el oído en el vagón de al lado quería hacerlo arrestar allí mismo, por provocador.
Rudi y Margarita no habían dado señales de vida desde que se marcharon. No fue hasta mucho más tarde que supe que mi hermana había recalado en una localidad de la Selva Negra. Allí trajinaba catorce o dieciséis horas al día, haciendo de todo en una charcutería, mientras el pequeño Edi era atendido en una guardería o casa cuna. Ella sólo tenía derecho a verlo una vez por semana. Por su pelo negro la gente la tomaba por judía y la despreciaba. La directora de la casa cuna la mandaba de un lado para otro, a la mujer del charcutero le parecía demasiado lenta, y no tenía noticias de Rudi. Estaba completamente desesperada, por lo que decidió escribir a nuestros parientes de Menorca. Esperaba seguramente que los acogieran en su casa a ella y al pequeño Edi. Pero los buenos parientes no querían saber nada de eso, probablemente pensaban que con lo que me habían dado a mí ya habían cumplido con la parte de caridad cristiana que les correspondía. Al menos se dignaron comunicarle que podía localizarme en el domicilio de mis suegros en Madrid, calle Embajadores, 16, entonces mi hermana me envió un recado con la esperanza de que la ayudara. ¡Pero cómo iba a ayudarla si yo misma estaba fatal! Me encontraba en chirona.
Cuando llegó su carta ya me habían arrestado. Mi suegra me la leyó en Segovia, en la prisión de mujeres, durante una visita. Fernando también estaba tras las rejas, y era su madre la que cuidaba de nuestro hijo. Julián no había cumplido aún los dos años. Tenía un año y once meses.
Yo tenía veintiún años y diez meses cuando nuestro convoy llegó al campo. Fue el 6 de octubre de 1942, nueve meses después que Rudi Friemel, de cuya existencia no tenía noticia en aquel momento. ¿Cómo iba a conocerlo? Viena no es un pueblo, soy trece años menor que él y la política me había interesado muy poco hasta entonces. No obstante, poseía desde pequeño un marcado sentido de la justicia, lo que más de una vez hizo desesperar a mi madre. Pero nunca me afilié a ningún partido. Mi padre era judío, y como no podían celebrarse matrimonios entre miembros de distintas religiones, mi madre, nacida en el seno de una familia baptista de Dresde, se convirtió al judaísmo. Yo tenía apenas tres años cuando se
separaron. Libraron una encarnizada lucha por mi tutela. Mi padrastro, por quien sentía gran afecto, era un famoso abogado defensor. Murió joven, y con su muerte se acabó nuestro bienestar. Mi madre pudo pagarme los estudios hasta cuarto de bachillerato, después tuve que abandonarlos. Al poco tiempo, mi abuela fue atropellada por un coche, y me marché a Dresde para cuidarla. A excepción de un tío político, en la familia de mi madre todos eran unos nazis empedernidos, dos de ellos desde principios de los años veinte. Eso no fue óbice para que me tuvieran cariño. También los vecinos siguieron siendo amables conmigo. Primero, porque me conocían desde que era un bebé; segundo, porque me consideraban una extranjera, para la cual no tenía ninguna importancia lo que ocurría en Alemania; y tercero, porque el barrio de mi abuela siempre había sido un bastión comunista bastante resistente a los nazis.
A mi regreso, mi madre logró colocarme como aprendiz administrativa en la fábrica de cerámicas Goldschneider. Allí aprendí cosas tan útiles como salir a buscarles el desayuno a los empleados, preparar té o café, limpiar el polvo de los muebles de la oficina y apilar viejos archivadores en el sótano.
Si esto es todo lo que me van a enseñar, me dije, y dejé el trabajo sin pensarlo dos veces. Entonces mi madre intentó meterme en una escuela de comercio privada. El plan tardó un año en materializarse porque tuve que ocuparme de nuevo de la abuela de Dresde. En octubre de 1937 comencé por fin la escuela, pero el placer sólo duró seis meses.
La tarde del 11 de marzo de 1938, me había citado con un amigo en el café Börse. En alguna parte sonaba la radio, pero no hacíamos caso hasta que poco antes de las ocho fue interrumpida la programación. «Constato ante el mundo…» Era la retransmisión del último discurso del canciller Schuschnigg. Decía que había que ceder ante la violencia, evitar a toda costa que s$ derramara sangre alemana, que palabra de honor, deseo de mi corazón, Dios guarde a Austria. Salimos del café completamente anonadados. Habían cercado la Ringstrasse con rollos de alambre de espino.
Esa misma noche acompañé a mi madre a la sala de baile del café Herrenhof, donde ella quería alertar a sus amigos judíos. Observamos cómo unos bomberos arrancaban las pancartas del Frente Patriótico, que llamaban al «Sí por Austria». En la esquina de la Schottengasse vimos acercarse a un hombre de pelo negro, con gafas y nariz prominente, y un nazi con brazalete se abalanzó sobre él: Cerdo judío, ahora te vas a enterar, y lo
golpeó en la cara de modo que las gafas salieron volando. Entonces el del pelo negro agarró al agresor por la corbata, lo abofeteó a derecha e izquierda y le dijo sin alterarse: No soy judío, tampoco un cerdo judío, pero por la bofetada que quisiste darle a un judío aquí tienes estas dos de vuelta.
Luego se agachó a recoger las gafas, se las puso y siguió su camino.
A la mañana siguiente fui a la escuela. Ante la entrada de la Rauhensteingasse, acordonada por miembros de la SA, se habían congregado algunos compañeros de clase. Decían que la escuela sería clausurada porque sus dueños, los hermanos Allina, eran judíos. Estuvimos allí una hora y media, sin saber qué hacer, luego nos marchamos cada uno a su casa. En el escaparate de la pastelería Lehmann, en el Graben, colgaba un cartel que decía: «Prohibida la entrada a judíos y perros». Un poco más adelante, vi a unos judíos arrodillados y, junto a ellos, a unos transeúntes que entre carcajadas los obligaban a quitar con cepillos de dientes la cruz pontezada, símbolo de los austrofascistas. Ese mismo día llamaron a la puerta de nuestro piso. Era de nuevo un tipo luciendo el brazalete con la esvástica, buscaba al cerdo judío Rosenfeld, es decir, a mi padrastro, a lo que mi madre respondió con una gélida sonrisa: Pues tendrá que ir al cementerio central, puerta cuatro, que es donde descansa desde el año treinta y uno.
En el piso de arriba vivía un remendón de alfombras, un tal Tesar. Hacía apenas unas semanas había proclamado en el colmado de enfrente que tenía los carnés de tres partidos -el de los socialdemócratas, el de los socialcristianos y el del entonces ilegal partido nazi-, de modo que estaba preparado para cualquier eventualidad; por lo que ahora podía dedicarse a aliviar a la familia Wassermann, vecinos del primero, de sus joyas, vajilla de plata y reloj de pared. Suerte que al cabo de cuatro días un hermano de mi madre, un soldado que había entrado con el ejército alemán, vino a alojarse en nuestra casa a los cuatro días, lo que impresionó mucho a los vecinos de la finca. El tío Alfred, como se llamaba, estaba consternado por los atropellos que, según él, (superaban en brutalidad cuanto había visto en Alemania. A ti no te pasará nada, le dijo a mi madre, pero Dagmar tiene padre judío. En el Reich, bajo la protección de la familia, estará por lo pronto más segura que aquí.
Cuando el tío Alfred abandonó Viena a bordo de su motocicleta, yo iba a su lado en el sidecar, camuflada con abrigo de militar y quepis. Durante
dos años trabajé en Dresde, en una fábrica de textiles, sin que me molestaran. Después me forzaron a incorporarme a la Zeiss-Ikon, donde presté servicio en una sección integrada exclusivamente por judíos. Tenía que llevar la estrella de David y vivir en un piso compartido por judíos. Un funcionario de la Gestapo, que me iba detrás constantemente, me advirtió de que debía abstenerme de cualquier contacto con hombres, fueran judíos o arios. Hice oídos sordos_ Pero mi patrona, cuya hija era compañera mía de trabajo, me jugó una mala pasada. En un interrogatorio de la Gestapo reveló que yo había mantenido una conversación con mi madre desde una cabina telefónica, lo que por mi condición de semijudía me estaba estrictamente prohibido. En agosto de 1942 volví a comparecer ante la Gestapo. Me acompañó mi tío vestido con el uniforme de la Wehrmacht, y los funcionarios le aseguraron que sólo estaría detenida una semana. Pero la celda en las dependencias de la Gestapo se fue llenando, y ya no se habló de que fueran a ponerme en libertad. Una noche de septiembre vinieron a buscarme para que firmara mi orden de prisión preventiva. Fui a parar a la prisión de la Gestapo de Berlín-Alexanderplatz, luego a Ravensbrück. Tres días más tarde, salió de allí un gran convoy cargado de judíos.
Era un tren de pasajeros común y corriente, pero las puertas estaban selladas y en los extremos de cada vagón iban soldados de las SS.
Atravesamos un paisaje plano, yermo y sombrío, y en una estación donde paramos a reponer agua se oyeron voces polacas en medio del crujir de las botas de los guardias, y, de pronto, dijeron la palabra, la palabra clave. No comprendí su significado hasta después de nuestra llegada, cuando, entre las cuatro y las cinco de la mañana, un pelotón de soldados con perros nos arreó hacia un recinto cercado con alambre de espino.
Nos hicieron formar frente a los SS, entre ellos uno que debía de medir dos metros y pico, y a sus espaldas se veían barracones, cabañas y un ir y venir de figuras espectrales con cabezas rapadas; un campo de hombres, pensé, nos han traído a un campo para hombres, y poco a poco empezaba a clarear, y poco a poco me iban abandonando las fuerzas, aguanta, dentro de nada nos harán romper filas, y entonces, en la grisalla del alba, emergía una montaña, casi tan alta como uno de esos barracones, una montaña de broza, qué raro, de dónde salía tanta rama seca, y la grisalla se iba disipando y vi entre la broza algo que se movía, sí, algo se está moviendo, digo susurrando, y a la muchacha que tengo a mi lado le tiemblan los labios,
¡calla!, y entonces veo la broza, las ramas, la montaña de cadáveres, cadáveres descarnados, nudosos, apilados, amontonados unos sobre otros, pero ahora estaban muertos, ya no se movía nada.
¡Moveros, vamos, vamos!, gritaban los SS cuando nuestro convoy entraba en la estación de la localidad, dieciséis meses después de la llegada de Rudi. Era de noche, noche cerrada, y todas las luces estaban apagadas.
Nos hicieron caminar hacia el campo, y allí nos encerraron fuera del muro, en el edificio de la recepción, que aún estaba en obras. Hasta el amanecer no cruzamos el portón principal. Entrada al barracón, ducha, rapado, registro. Coger el uniforme, ponerse las chanclas de madera. La metamorfosis, dejar de ser enemigo del pueblo para convertirse en número.
Pero sería falso pensar que enseguida nos dimos cuenta de la dimensión del horror. Y eso que no estábamos en la inopia. Sabíamos, por insinuaciones, lo que ocurría en los campos de concentración. Yo lo sabía desde el treinta y tres, cuando leí en la prensa austríaca que allí se hacía trabajar a las personas hasta que caían muertas, o sencillamente las mataban a palos, lo cual, en el lenguaje oficial se expresaba con el consabido «abatido en la fuga» (pero desconocía el deporte preferido de los SS, el de tirar la gorra).
También sabía que los presos que trataban de escapar eran ahorcados (pero desconocía la práctica de dejarlos morir de hambre en el búnker, de pegarles un tiro en la nuca ante la pared negra o aplicarles el columpio Boger en los interrogatorios). Creo recordar, también, que durante la deportación oí hablar del exterminio de los judíos. Uno de los que venían en el convoy decía que Thomas Mann había hablado de ello en la radio norteamericana.
Pero tal vez me falla la memoria, razón por la cual desconfío de ella: mezcla las experiencias propias con las ajenas, no respeta la sucesión cronológica de los hechos, no obedece a fechas sino a estaciones. En mi memoria, por ejemplo, aquel día que siempre recuerdo cuando pienso en Rudi Friemel, aparece como un típico día de Todos los Santos: frío y gris, con ramajes desnudos y esporádicos copos de nieve. Lo cierto es que el espanto inicial no fue excesivo. Tuvo que transcurrir algún tiempo para que me percatara de dónde me encontraba.
Los primeros días los pasamos en el barracón de cuarentena. Algunos presos políticos aprovechaban cualquier excusa para tomar contacto con nosotros. Fueron ellos quienes me dijeron por primera vez que había cámaras de gas. Me esperaba palizas, patadas, incluso la horca. Pero eso no.
El segundo espantó lo senté cuando supe que las SS aplicaba inyecciones letales a los presos. Inyecciones de fenol. Pero Auschwitz no es sólo Auschwitz. El campo al que fui a parar, y en el que anteriormente había recalado Rudi Friemel, pertenecía al nivel I, según la denominación oficial.
Quiere decir que, a diferencia de Birkenau, no era un campo de exterminio masivo. Con un poco de suerte y habilidad los llamados arios podíamos superar Auschwitz I. Además, éramos unos privilegiados porque se nos consideraba alemanes, y por tanto ocupábamos el rango más alto en el esquema de los nazis, por encima de los checos y los europeos occidentales, franceses y belgas, que a su vez tenían mayores posibilidades de supervivencia que los yugoslavos o los polacos, sin hablar de los rusos.
Podíamos recibir cartas e incluso paquetes, entendíamos lo que bramaban los SS. Y nos beneficiaba el hecho de que el timbre de nuestras voces les recordara su propia infancia. Otro factor importante era la cohesión entre los presos políticos. A mi llegada, el movimiento de resistencia o grupo de combate Auschwitz, como lo llamábamos, estaba formado no sólo por polacos y austríacos sino por representantes de diferentes nacionalidades.
Se reunían en el barracón cuatro, en un cuartucho situado bajo la escalera del sótano, donde se guardaban cubos, escobas y trapos. El solo hecho de que los presos políticos abordaran a alguien y le dijeran cómo tenía que comportarse podía salvar una vida humana. Cuando llegué a Auschwitz, yo era estudiante de derecho. Estando aún en el barracón de cuarentena, un diseñador gráfico me insistió en que no revelara mi condición de universitario ante la comisión encargada de asignarnos el comando o grupo de trabajo, me dijo que debía decir que era pintor. Y eso que en mi vida había tenido una brocha en la mano. Qué importa, dijo, lo aprendes enseguida, y si no, nadie se dará cuenta. De este modo me destinaron a un comando de los buenos. No tenía que trabajar al aire libre, me movía mucho y no tardé en agenciarme cuchillas de afeitar y carretes de hilo que podía canjear por calcetines o cubitos de margarina. Además, los SS me consideraban un trabajador cualificado, lo cual quería decir que mi vida valía más que la de la mayoría de los presos.
En un primer momento, Rudi Friemel no tuvo necesidad de mentir.
Como mecánico de automóviles había salido bien parado. Tal vez trabajó desde un comienzo en el servicio de automoción de las SS. Su comando se encontraba fuera del campo propiamente dicho, detrás del cuarto del jefe de
barracón. Era un barracón largo de madera con techo de chapa ondulada, situado en un recinto vallado, donde se realizaban las tareas de mantenimiento de camiones, turismos y motocicletas. En el otoño del cuarenta y cuatro, había allí incluso tanques ruinosos de la división
«Juventudes Hitlerianas», perteneciente a las SS, que había que poner a punto para el combate. El servicio de automoción era un comando estupendo. Friemel hasta podía conducir, ponía en marcha los coches y los hacía rodar. Es muy posible que el jefe de su comando también fuera mecánico de automóviles. En tal caso habrían coincidido dos colegas, y el SS rápidamente se habría dado cuenta de que Friemel contaba con una excelente preparación. Lo habría respetado, sobre todo porque Friemel tenía personalidad, no era arrogante, pero tampoco se humillaba. Recuerdo que en una ocasión, un sargento primero de las SS, del comando de electricistas, que tenía una lancha anclada en el Sola, vino a verlo y le dijo: oye, que mi lancha no va. Échale un vistazo, que tú entiendes de motores. Y los dos bajaron al río, Rudi desmontó el motor y volvió a montarlo, y cuando lo hizo arrancar ambos soltaron un grito de júbilo que se oyó hasta muy lejos.
Recuerdo también que me dio pan y ropa de mujer cuando me destinaron a Birkenau para poner números en los barracones y pintar consignas como:
«Un piojo puede ser tu muerte» o «Sólo hay un camino hacia la libertad.
Sus hitos son: dedicación, amor a la patria, limpieza, obediencia…». Rudi no era como otros privilegiados del campo, que almacenaban sus tesoros, ¡y ay de que les pidieras un favor! Era famoso, apreciado, toda una referencia.
El Friemel es uno de los que siempre te echan una mano, decían. Una tarde de domingo, me regaló un puñado de medicamentos para un convoy de austríacos enfermos que acababan de llegar. ¡Medicamentos! Con tener una pastilla contra el dolor de cabeza ya pasabas por rico en el campo.
En la unidad de automoción la comida era mejor, seguramente podían conseguirla en la cocina de las SS. Friemel parecía bien alimentado, igual que Vesely, un chico campechano que allí se encargaba del trabajo administrativo; era una especie de adjunto de Friemel. Los dos eran considerados inseparables, y creo que Rudi se sentía de algún modo responsable del muchacho, que debía de recordarle sus años mozos.
Digamos que Friemel tenía buen humor, era alegre y fuerte, además creía firmemente en la posibilidad de salir vivo de ese campo infernal. Un marxista convencido, con una firmeza moral absoluta, que no se afilió al PC