Boda En Auschwitz
R.
Bien, ahora puedo soñar con nuestro reencuentro. ¡Ay niña, no sabes cuánto lo añoro! ¿Seguirás siendo mía para entonces? Piensa un poco en mí, dulce mujer, no me olvides del todo. Es horrible no tener noticias tuyas.
Sigo sin recibir cartas por la vía regular. ¿Ya no me escribes?
Mi querida, querida Marga, te abrazo con pasión y te deseo todo lo mejor para las fiestas.
Por siempre tuyo.
R.
¿Qué hay de mi pequeño cabezota? Cuéntame muchas cosas de él, niña.
Un beso muy fuerte para los dos.
5
LA CICATRIZ
Es muy difícil tener por padre a alguien como tú. ¿Qué puedo decir? Por supuesto que he intentado medirme contigo. Pero al fin y al cabo era poco lo que sabía de ti. Absolutamente nada, en realidad. Tampoco me he esforzado por averiguar más sobre tu vida, pues tú eras un héroe, y en esa guerra hubo muchos héroes de los que nadie ha hablado. Para mí eras uno más, uno al que casualmente me unía un parentesco, y qué hubiera podido hacer para estar a tu altura. Es mejor que no hable de mí; si no obstante lo hago, es sólo por deferencia hacia ti. He estudiado Psicología, soy profesor de Estadística en la universidad y estoy casado, mi mujer es médica, especialista en medicina deportiva, tenemos dos hijos, ya somos abuelos.
Tenemos una casa cerca de París y una casa de veraneo en Menorca. Somos personas honradas y gozamos de crédito en el banco. Mi mujer se llama Françoise. Su padre fue ejecutado durante la ocupación alemana. La Gestapo descubrió la imprenta en la que producía L'Humanité y otros escritos ilegales. Eso no vale. Sólo lo he dicho para que estés satisfecho.
Pero es cierto. Nuestra hija Laura tiene algo más de treinta años y es madre de dos niños, trabaja en una oficina de asesoramiento para jóvenes sin empleo; creo que es feliz en su matrimonio. Nuestro hijo sigue soltero, es técnico energético, ingeniero, está escribiendo su tesis doctoral, en su tiempo libre fabrica bicicletas que ayudan a ahorrar fuerzas, a cual más sofisticada. En lugar de hacer el servicio militar se fue al Camerún a trabajar de cooperante. Por cierto, se llama como tú: Rodolphe. Quería darle una alegría a mi madre.
–Pregúntale si se acuerda de mí. Tiene que acordarse.
–De eso hace mucho tiempo. Él era demasiado joven.
–No puede haberse olvidado de mí.
–Tenía sólo tres años.
–Entonces estuvo con nosotros. Le hacía el caballito en mis rodillas.
Dos caballitos de dos en dos, alzan la pata y dicen adiós. Él lo celebraba.
¡Otra vez! Todos nos oyeron.
–Han pasado años, décadas. Mírelo, está lleno de canas.
–Mírame. No he cambiado. Todo sigue igual. Tiene que acordarse.
–El viaje en tren, dice.
–Sí, sí, el compartimento. ¿Y qué más?
–El hollín, dice. La cantidad de canciones. Aquella vez, en aquel viaje interminable.
–¡Qué siga! ¡Que se acuerde!
No sé cuándo lo supe. Un día del año cuarenta y cinco, creo. Fue mi madre la que se enteró. Por mi abuelo, supongo. Yo tenía trece años, pero he olvidado los pormenores. He encontrado una carta, también del cuarenta y cinco, en la que el abuelo escribe al comandante del campo que está preocupado por no haber tenido noticias de su hijo en mucho tiempo.
Entonces ya se estaba hablando de su liberación, le habían prometido que, si los rusos seguían avanzando, no habría ejecución. Que en ese caso tenía buenas posibilidades. Parece que así se lo dijeron a mi abuelo. Después me enteré de más detalles. He pensado que, si hubiera habido más gente de su condición, nos habríamos ahorrado muchas cosas. Así lo sentía yo. De lo que no estoy tan seguro es de que yo hubiera dado la talla. Aunque me habría gustado, es decir, me gustaría comprometerme con una causa así.
Pero con todo y mis antecedentes familiares no sé si habría actuado como él. Es posible que hubiera ocurrido algo similar si mi familia me hubiese secundado. Pero a lo mejor no. Por lo demás, no puedo decir que él haya cometido un error. No puedo reprocharle su carácter resoluto. Para mí, él es un ejemplo a seguir.
Del viaje en tren me acuerdo. Pero no es mi primer recuerdo. Éste va asociado a la imagen de mi abuelo en Viena: estoy sentado en una silla de la cocina y me llevo un pedazo de pan a la boca. Es duro y tengo que masticar con fuerza. De repente, el abuelo se planta delante de mí, es pequeño y
flaco y tiene un pliegue de piel en el cuello, sobre la abotonadura de la camisa. Pone cara de rabia y me zarandea porque me he comido su pan.
Mi segundo recuerdo es la boca muy abierta de mi madre. Está acuclillada en el suelo e intenta enseñarme los nombres de los días de la semana en alemán. Habla con voz fuerte y clara, gesticulando exageradamente. No puedo menos que reír.
En mi tercer recuerdo voy corriendo de la guardería a casa. Quiero sorprender a mi madre. Abro la puerta, estiro el brazo y exclamo: ¡Heil Hitler! Veo la delgada figura de mi madre encorvándose como si hubiera recibido un latigazo.
Mi cuarto recuerdo es el aullido de la sirena antes de un ataque aéreo.
Mi quinto recuerdo es una sensación que borra todas las demás: el miedo.
Mi sexto recuerdo es el rugido de una escuadrilla de bombarderos, detonaciones lejanas, estrépito de cristales que se rompen.
En mi séptimo recuerdo me dirijo, una vez más, con mi pequeña maleta negra al refugio antiaéreo. Ya estoy frente a la puerta del sótano. Se produce un estallido, la escalera se derrumba y queda reducida a escombros, mi madre cae delante de mí en medio de una espesa nube de polvo.
En mi décimo o undécimo recuerdo me encuentro tumbado en una sala de enfermos. Mi vecino de cama, un chico como yo, me roba las galletas que me ha traído mi madre. Por un momento, la veo en el marco de la puerta al otro extremo de la sala, con la boina roja sobre su pelo oscuro, y la llamo y chillo y pataleo; ella también llora mientras dos enfermeras la empujan hacia la salida porque ha llegado tarde, ya no es hora de visitas.
De vez en cuando aflora un recuerdo que no sé situar: mi madre está arrodillada o de pie sobre el alféizar de la ventana, abierta de par en par, y hace ademán de lanzarse al vacío. ¿Quién o qué la detiene?
Otro recuerdo posterior: muertos en la calle.
Otro, todavía más posterior: soldados soviéticos que me regalan un trozo de chocolate.
Y el último recuerdo antes del viaje en tren corresponde al palacio de Wilhelminenberg, en las inmediaciones de los Bosques de Viena, en lo alto de la ciudad. Gruesos muros, habitaciones altas, estuco en los techos, herrajes de latón. Olor a alcanfor. Salas de enfermos. También los pasillos
están llenos de camas. Hay muchos españoles que ríen y cantan. Uno de ellos me dice que levante el brazo y cierre el puño.
–¿Y después? ¿Qué paso después?
–Después vino el largo viaje en tren, dice él.
–No puede ser. Eso fue antes. Seguro que se refiere al viaje a Alemania.
O al viaje a Viena. O al de Viena a Auschwitz, a nuestra boda.
–Cuando salimos de Viena.
–¿Para ir a España? Entonces tenía yo razón. Estaba convencido de que Marga regresaría a su país.
–No, a España no, a Francia. Con aquel hombre, Paco.
–¿Con su hermano Paco? ¿Fue a buscarla?
–No, no Paco Ferrer, Paco Suárez.
–…
–¿Está celoso?
–Yo soy el que hace las preguntas. Él, que haga el favor de contestarme.
Quiero saber quién es ese Suárez.
Margarita y Suárez se conocieron en Viena. Al final de la guerra, mi hermana estaba escuálida y sin fuerzas. Por eso la llevaron a un sanatorio.
Allí había republicanos españoles sobrevivientes de Mauthausen, entre ellos Suárez. Quién sabe si fue amor. Probablemente fue la sensación de soledad.
Margarita siempre necesitó de alguien que la protegiera. No la volví a ver sino muchos años más tarde, a ella, a mi sobrino Edi y a mi hermano Paco, que después de la guerra se quedó en Francia y enseñaba español y latín en un colegio de monjas. No sabían que estuve cinco años tras las rejas. No fue hasta 1954 cuando me dieron el pasaporte. Paco y Marga me invitaron a París, me pagaron el viaje, porque yo no tenía ni un duro, de dónde iba a tenerlo. Por roja no encontraba trabajo, y menos de maestra. Daba clases particulares, cobraba una miseria. Fernando, desde luego, también había perdido su empleo en el banco. Malvivía como representante de una empresa que fabricaba corchos de botella. Un dinero duramente ganado.
Más tarde logró hacerse distribuidor de mercancías que le daban mayor margen de beneficio: encajes, mantillas, ropa blanca, aparatos quirúrgicos.
Eso lo obligaba a viajar por toda España. En 1953 por fin consiguió un empleo fijo como contable en una editorial especializada en música moderna. Partituras y cosas por el estilo. Y catorce años más tarde comenzó a montar la Liga de Mutilados e Inválidos de la Guerra de la República.
Como venía diciendo, en 1954 fui a París y volví a ver a mis hermanos; les conté cómo había sido mi vida en lo que había transcurrido de tiempo.
Recuerdo perfectamente que el responsable político de la célula del partido a la que pertenecían los había alertado sobre mí: ¡Cuidado con ésa, que viene de la zona fascista! Puede que sea una espía. Y lo decía uno que nunca supo lo que es respirar aire de cárcel. Así era el ambiente de aquella época, un ambiente cargado de miedo y desconfianza.
Suárez despertó mis recelos desde el primer momento. Y eso que en el fondo no era mala persona. Era raro, eso sí, poco comunicativo y, francamente, medio chiflado. Era hijo ilegítimo. Su madre provenía de León, pero él nació cuando ella ya estaba en Madrid, en Carabanchel. Se crió con un tío que le pegaba a menudo. Creo que esa infancia y los años en el campo de concentración lo marcaron para siempre. Era jovencísimo cuando lo cogieron los alemanes y lo llevaron a Mauthausen. No quiero ni saber por las que debió de pasar. No habló nunca de eso, ni una palabra.
Supongo que le harían un lavado de cerebro. Claro que tenía un trauma y estaba amargado, pero eso no es motivo para hacerle la vida imposible a mi hermana y al niño. No hacía otra cosa que dar órdenes todo el día. Para él, el orden era la virtud suprema. Durante años los obligó a sentarse en cajas de madera porque consideraba que las sillas eran un lujo innecesario, y el café del desayuno tenían que tomarlo en latas. Yo estuve más tiempo en la cárcel que él, pero ni en sueños se me hubiese ocurrido asimilar las patéticas vejaciones de la chirona. El día de mi liberación, lo primero que hice fue tomar café de una taza normal.
En su casa se vivía como en una cárcel. Marga lo asumió sin rechistar, y a mí ya me temblaba la mano, me hubiese gustado abofetearla porque decía sí y amén a todo. Me ponía enferma ver cómo se comportaba. Me quedé cuatro días en su casa, al fin y al cabo sentía un gran afecto por ella, pero en un momento dado supe que o le saltaba al cuello a ese Suárez o ponía pies en polvorosa. Ella a lo mejor era feliz con él, puesto que siempre tuvo ese carácter, siempre se arredraba ante cualquier decisión. Aunque era bastante testaruda, lo dejaba hacer, por comodidad o por lo que fuera. Además, estaba mi pobre sobrino. Entonces tenía trece años. Me dolía ver cómo lo machacaban a órdenes. ¡Edi, haz esto! ¡Edi, no hagas lo otro! ¡Edi, a las siete en punto en casa! Era insoportable.
Viena-París, me acuerdo. Fue un viaje largo, de dos o tres días o incluso más, el tren se paró a menudo entre estación y estación. Al comienzo fue una experiencia fenomenal, el compartimento estaba abarrotado, sólo había españoles, y todos estaban muy alegres, cantaban canciones populares, canciones revolucionarias, de la guerra civil. Poco a poco, la euforia fue dando paso al agotamiento. Creí que no llegaríamos nunca. Teníamos la cara tiznada del hollín de la locomotora.
Eso todavía fue en otoño, en otoño del cuarenta y cinco.
Las autoridades francesas nos alojaron en Montrouge, un suburbio al sur de la ciudad, en una casa vieja que se caía a trozos. Nos asignaron a los tres una pequeña habitación. Había una gran cama de matrimonio y seguramente una cama suplementaria para mí, pero sólo recuerdo la gran cama en esa pequeña habitación. También había una cocina, varias cocinas.
Recuerdo que los hombres salieron en busca de trabajo. Poco a poco, todos fueron consiguiendo algo. Recuerdo que las mujeres se reunían a pelar patatas. Recuerdo a los niños, casi todos mayores que yo. Mi padrastro Paco contó que él y yo no nos entendíamos porque yo sólo hablaba alemán. Que un día yo lloré y él me preguntó de qué me reía -no conocía la palabra
«llorar» en alemán-, y cuanto más insistía, más lloraba yo, de rabia. Eso no lo recuerdo. Sólo sé que en Montrouge aprendí muy rápido el español, y que empecé a mearme en la cama. Paco me castigó obligándome a permanecer horas enteras con los brazos en alto. No me atrevía a bajarlos ni siquiera cuando él salía de la habitación. Eso también lo recuerdo.
Al cabo de unas semanas nos mudamos a Cachan, no lejos de Montrouge. El propietario de un pabellón destartalado tuvo que desocupar para nosotros dos habitaciones en la planta baja. La casa estaba en un parque abandonado, con espléndidos árboles centenarios, tilos y castaños, con lilas y rosas. En Cachan vivimos hasta mediados de los años cincuenta.
Paco era obrero de la metalurgia. Su empresa se encontraba al norte de París. Tenía que atravesar la ciudad y hacer varios trasbordos para llegar al trabajo, empleaba dos horas en cada trayecto. Nunca lo veía antes de las ocho de la noche. Mi madre también trabajaba, toda su vida estuvo trabajando. Pintaba letreros fluorescentes con oro en polvo y colores que contenían sustancias tóxicas. También trabajó para un peletero y en una tintorería. En la empresa Flaminaire cargaba los mecheros de gas. Por último, hizo de mujer de la limpieza.
Por las noches salían a menudo, iban juntos a asambleas, cursillos de formación o conferencias en la sede del partido, y yo tenía que quedarme solo en casa. En Cachan había muchas ratas. Me daban miedo, y cuando el miedo no me dejaba conciliar el sueño me ponía a cantar las canciones de cuna de mi madre. Las prefería a las de la guerra civil, cuyas letras Paco había copiado con esmero en un cuaderno.
A los cinco años entré en el preescolar. Entonces tuve que aprender francés. Probablemente, al cabo de un año todavía debía de hablar con acento o emplear de vez en cuando una palabra en alemán, lo cierto es que los otros chicos me pegaron más de una vez. Boche, me decían. Sale boche.
Cachan era una zona residencial humilde. Sin embargo, cada niño de la clase tenía un par de lápices de colores y una pluma, mientras que yo debía conformarme con un lápiz. El día en que lo perdí no tuve con qué escribir porque mi madre no podía comprarme otro enseguida. De manera que me castigaron obligándome a permanecer de pie en un rincón. No obstante, apenas noté diferencias con respecto a mis compañeros.
La cosa cambió cuando entré en el Lycée Louis Le Grand, un colegio de élite en el centro de París, al que acudían los hijos de la burguesía. Allí me encontraba bastante perdido. Mis padres me habían inscrito en ese centro porque el maestro de la escuela primaria así se lo había aconsejado, arguyendo que yo era un alumno estudioso y dotado. Y aprobé el examen de admisión. Por entonces, aquel colegio tenía muy buena fama.
A los once años, pues, fui consciente de que no todos los hombres son iguales. Primero, mis compañeros iban mejor vestidos. Segundo, hablaban de cosas que yo desconocía: cruceros, playas de mar, personal de servicio.
Tercero, podían permitirse libros de texto, carpetas, portaplumas, compases.
Yo, por ejemplo, nunca tuve un diccionario de latín. Era demasiado caro, por eso siempre tenía que echar mano de los diccionarios de mis compañeros. En general, procuraba comprar la menor cantidad de libros posible. También ahorraba papel. Lo sigo haciendo, me cuesta utilizar hojas en blanco. Siempre cojo papel usado. Esa escasez no me hizo sufrir, al contrario, me dio fortaleza.
Lo que a los diecisiete o dieciocho años sí me resultó incómodo fue el hecho de no tener patria. Nunca me sentí español porque el ruido, el jaleo, el gregarismo me son ajenos. Soy lo contrario, muy discreto, muy reservado. Al mismo tiempo tenía bastante aversión a todo lo francés. Veía
el comportamiento sórdido de la gente frente a los extranjeros. También frente a los españoles, al menos al comienzo. Son demasiado perezosos para aprender la lengua, decían. Al cabo de diez años, mi madre seguía teniendo que soportar humillaciones en la panadería de la esquina cada vez que iba a comprar una baguette. Las empleadas se hacían las tontas, fingían no entenderla. No estábamos integrados. No teníamos amigos franceses. Ni uno solo. A menudo tuve que oír que deberíamos marcharnos de una vez.
Que sólo representábamos una carga para sus bolsillos. También vi cómo trataban a la gente que venía de las colonias. Por eso nunca me sentí orgulloso de ser francés. Entonces me dije, vale, no tienes patria, sólo te queda el país de tu padre, Austria. A los dieciocho fui al consulado para hacerme un pasaporte. No es posible, me dijeron. En vista de lo cual les presenté dos docenas de certificados, y entonces, a regañadientes, tuvieron que concederme la nacionalidad. A los veintiuno me hice francés. Podía demostrar que llevaba más de diez años viviendo en el país. Pero no fue para mí un motivo de alegría.
Puede que sea cierto que los españoles se relacionaban sobre todo entre sí. Vivían con un pie en el estribo. Estaban convencidos de que Franco no aguantaría mucho tiempo y que entonces les llegaría el momento de regresar. ¡El año que viene, en España!, brindaban en noche vieja: Mantuvieron la esperanza hasta mediados de los años cincuenta. En algún momento se acabó el brindis.
Sin embargo, fue bonito verla de nuevo. Nos reímos mucho, Marga y yo, mientras nos contábamos nuestras tristezas. De Rudi apenas me habló porque el otro siempre estaba presente. Paco, Paco Suárez. Pero una noche él fue a una reunión del partido, y entonces ella sacó una carpeta con fotos y cartas de Rudi, y por fin pude leerlas. Cuando salíamos a hacer la compra también me hablaba de Rudi, pero poco, muy poco, porque por lo general no estábamos solas. Nos acompañaba el chaval, o ese muermo que no abría la boca.
Tenía nueve años cuando mi madre me habló por primera vez de mi padre. Fue en nuestra casa, en presencia de mi padrastro. Recuerdo poco de lo que dijo: que Rudi había sido comisario político en las Brigadas Internacionales, que luego había sido deportado a Auschwitz, que allí 'había participado en la resistencia dentro del campo. Mi madre me lo describió como una persona con mucha personalidad, un hombre con virtudes
extraordinarias. Decía que era especialmente simpático, que reía siempre y no perdía el humor ni en situaciones difíciles. Tenía muy buen carácter, decía mi madre. Aseguraba que yo me le parecía, que era clavado a él.
También me enseñó el poema que había escrito para mí. En él dice que debo colmar a mi madre de atenciones, no darle disgustos, demostrar carácter, seguir el camino que él me ha señalado, luchar por el progreso.
¿Qué iba a hacer yo con esos preceptos? Nadie me había enseñado cómo se siguen las huellas de un héroe.
–¿Y qué más?
–¿No ve que lo está martirizando?
–No soy yo quien lo martiriza. Se martiriza él mismo.
–¿Qué más quiere saber de él? Si ya lo sabe casi todo.
–No sé nada. Que cuente.
–¿Para qué? Es agua pasada.
–Nada es agua pasada. Tiene que ayudarme hablando. Quiero saber si ella me olvidó.
–Usted fue su gran amor, dice él. Que precisamente por eso ella hablaba tan poco de usted. Que a él le hubiera resultado violento pedirle que le contara más. No quería hacerle daño.
–¿Por el otro? ¿Porque era infeliz con él?
–Sí, por Suárez.
Marga y Suárez no hacían buena pareja, en absoluto. Y me preguntaba por qué razón se había liado con él. Estaba convencida de que sola no podría superar la situación. Cómo voy a salir adelante con mi hijo. Pues muy sencillo, haciendo lo que siempre has hecho. Trabajando. ¿Acaso no te matas a trabajar ya ocho o nueve horas al día? Pues entonces. A currar y a estar por la criatura. Sin que nadie se meta en tu vida. Sin que nadie te dé órdenes. Eres independiente. Tú sola te las arreglas estupendamente. Pero al parecer necesitaba un hombre a su lado. En ese sentido era calcada a nuestra madre, sin un hombre en casa se le hundía el mundo. Para mí eso nunca ha sido un problema. Pero ella insistía en que el chaval necesitaba un padre. Yo intuía lo que iba a pasar.
A fin de cuentas, el que luego terminaran casándose fue culpa mía. Yo me opuse a la relación. Pero si tenía que ser, que fuera con todas las de la ley. Y como me di cuenta de que ella lo deseaba, le eché un buen sermón a ese Suárez. Te doy dos años, le dije. Si para entonces no te has casado mi
hermana, me tendrás aquí de vuelta y te pondré de patitas en la calle. Y si no te vas por las buenas, vendrá mi hermano. Dos días más tarde me marché. Y él no tardó en casarse con ella. Porque mi hermana jamás se habría atrevido a pedírselo. Después Marga me envió la foto de la boda. Yo en su lugar lo hubiese mandado a freír espárragos. Pero ella estaba convencida de que en casa tenía que haber un hombre, eso a una le da autoridad, decía. Una mujer sola no se impone. ¡Tonterías! Suárez se aprovechó de Margarita. Yo sencillamente no la entendí.
Más tarde, cuando cayó enferma, él se ocupó mucho de ella. Eso hay que reconocérselo. La cuidó con abnegación. Para eso servía. Pero para nada más.
En cuanto a su carácter, mi madre era la típica española: muy exaltada, muy apasionada, muy trágica. Lloraba a menudo. Me inculcó sentimientos de culpa. A comienzos de los cincuenta tuvo todos los síntomas de un embarazo. No estaba embarazada, pero sentía náuseas, engordó y empezó a tener antojos de pepinillos en vinagre o huevos cocidos. Y eso que con Paco no podía tener hijos, mi padrastro era estéril. Siempre tenía dolor de cabeza, sufría de depresiones, quizá por su paso por Mauthausen. Sus compañeros lo apreciaban, en el trato con los demás podía ser afectuoso y asequible.
Pero en casa se pasaba semanas enteras sin dirigirnos la palabra. En una ocasión me propinó tal bofetada que la mejilla no se me deshinchó en toda una semana. Cuando ya fui mayor, mi madre un día me preguntó si creía que debía divorciarse. Le aconsejé que no lo hiciera. Fue un error. Pero tuve lástima de él, que siempre tenía presente el ejemplo de su padre. El hombre había abandonado a su mujer y a sus hijos para emigrar a Francia, donde, ya anciano, malvivía en medio de la pobreza y la soledad en un sótano miserable. Paco temía correr la misma suerte. Por eso me opuse a que mi madre se separara de él. Además, su hermana, Marina, me asustó aquella vez que vino a visitarnos. Se pasaba de rosca, lo sabía todo mejor que los demás, se enfrentaba a todos los hombres. Así que Paco me pareció el mal menor.
Nunca vi que pegara al niño. En ese sentido, Suárez se portaba bien.
Pero quizá para una criatura incluso es mejor que le den un azote de cuando en cuando y luego la abracen y la besen y no que la traten con tanta corrección. Con corrección pero sin amor, sin pasión. La libertad era algo que Suárez no contemplaba. En su vida cotidiana había una rutina fija que
no debía alterarse bajo ningún concepto. En Cullera, por ejemplo, donde más tarde tuvieron un piso para pasar las vacaciones, había que salir a pasear a las cinco en punto, en agosto, en una costa mediterránea, en medio de aquel calor sofocante. A las siete había que estar de vuelta. A las ocho y media debía estar la comida en la mesa, y a las diez todo el mundo en la cama. O, por ejemplo, aquella vez que hicimos vacaciones juntos en el cámping de Hendaya. Un día, mi hermana y yo nos fuimos a San Sebastián y nos tomamos unas gambas en el puerto. Y eso sin su consentimiento. Se puso hecho una furia. A su manera, claro, dejando de hablarnos. Ni siquiera nos volvió a mirar. Estuvo un mes sin dirigirle la palabra a mi hermana.
Tuvo suerte de no estar casado conmigo. Yo le hubiese pagado con la misma moneda. Le hubiese dicho, lo que tú haces lo sé hacer yo mil veces mejor. Y me hubiera encerrado en el silencio, igual que él. Y luego, con mis propias manos, hubiera llevado su cama al trastero y le hubiera dicho, mira qué rinconcito más acogedor para dormir.
A los catorce enfermé de tuberculosis. Los médicos ya no sabían qué hacer, no atinaban a encontrar la causa de la enfermedad. Hoy entiendo que fue un síntoma del proceso de independización, de la rebelión contra el mundo de los padres que me tenía atado. Pero nunca me opuse a ellos deliberadamente. He adoptado sus ideales políticos. Siempre he tenido claro que hay que continuar la lucha, aunque al final te quedes solo y con las manos vacías.
Quizás ya tenía algo en el pulmón desde antes, pues a los ocho años me dieron la posibilidad de pasar un verano en Noruega en el marco de un programa de ayuda para ochenta hijos de refugiados españoles. La familia que me acogió, el matrimonio Land, vivía en una granja junto a un bosque, en un lugar muy apartado. Había leche, mantequilla y carne en abundancia.
Me dejaban llevar las vacas a pastar y bañarme en un lago. Muy cerca de allí había un trampolín de esquí y, en medio del bosque, una cabaña en la que la señora Land hilaba la lana. Aprendí unas cuantas frases de noruego.
También aprendí a montar en bicicleta, _n uno de esos armatostes grandes y pesados. Un día se llevaron un gran susto porque a la hora de la cena yo no había vuelto, y entonces salieron a buscarme en un coche de caballos.
Aquél cálido y maravilloso verano que viví en ese lugar fue como un cuento. A los Land, cuyos hijos ya eran mayores, les habría gustado
adoptarme. Nos escribieron durante al menos dos años. Seguramente mis padres no les contestaron sino una sola vez, y la comunicación se cortó.
Creo que la culpa la tuvo mi padrastro. Paco era un hombre que entablaba relaciones con la misma velocidad con que las acababa. Recuerdo que nuestra vida se hacía cada vez más solitaria, porque paulatinamente fue enemistándose con todos los amigos. A mi madre esto la afectaba mucho, pues él incluso le prohibió encontrarse con los amigos de París. No devolver visitas, no contestar cartas, no dar señales de vida.
Desgraciadamente, yo también me volví así.
En la caja de zapatos de mi abuelo he encontrado un fajo de cartas, con sus respectivas copias, que circularon entre Viena y París. Las primeras llevan todavía el sello de la censura de los aliados. Al parecer, mi abuelo quería asumir la tutela de mi hermanastro, pero su nuera opinaba que no era necesario. Al comienzo, ella escribe en alemán, en una especie de transcripción fonética, y Eduard añade cuatro garabatos. Después parece que la comunicación se interrumpe por varios años, pues en una ocasión mi abuelo se queja de que él les escriba cada dos meses y nunca obtenga respuesta.
Las cartas posteriores, enviadas desde París por la segunda mujer de mi padre y mi hermanastro, ya están redactadas en español. Mi abuelo tenía un amigo casado con una española, y ella le traducía las cartas. Hablaban de unas vacaciones de recreo en Zakopane, Polonia, que mi abuelo había solicitado para mi hermanastro a la asociación de ex presos de los campos de concentración. No sé si esas vacaciones tuvieron lugar. La primera vez, la solicitud no se presentó a tiempo, al año siguiente a ella no le dieron las vacaciones para las fechas previstas, y el tercer intento fracasó porque Eduard tenía que estudiar para el examen de bachillerato. Tantas cartas, tantos esfuerzos, tanto afecto desperdiciado. En una de sus cartas, la segunda mujer de mi padre se lamenta de que Edi ya no quiera hablar alemán porque los chicos allí en Francia lo insultan llamándole nazi; en otra dice, muy orgullosa, que el niño es muy aplicado; en otra, confiesa avergonzada que ha engordado mucho, y en una ocasión cuenta que está pensando en volver a contraer matrimonio. Mi abuelo no tiene nada que objetar, al contrario, la anima a dar el paso. La correspondencia es cariñosa por ambas partes. En algún momento se corta.
A los diecisiete o dieciocho pasé por Viena. Estaba recorriendo Europa y aproveché la oportunidad para visitar a mi abuelo. Había escrito que estaba enfermo, que pronto se moriría y que quería volver a verme por última vez. Viena me pareció una ciudad muy burguesa, plagada de monumentos, oculta tras fachadas seño riales. Un poco como Ginebra. Me la había imaginado más bonita, más viva. Recuerdo un parque en el que tocaba una orquesta que estuve escuchando un rato. Los restaurantes no eran caros, estaban al alcance de mi bolsillo, pero la comida era siempre la misma: escalope.
En la foto que nos envió después de la guerra, mi abuelo estaba muy gordo. Cuando lo visité en Viena, estaba otra vez tan delgado como en mi recuerdo. Se ponía los trajes que había llevado de joven. Apenas podíamos entendernos porque yo hacía tiempo que había olvidado el alemán. Creo que tenía un puesto en la administración, era concejal o algo por el estilo.
Su mujer me echó las cartas. Dijo que había dos mujeres en mi vida, una rubia y una morena.
Al hermano de mi padre no lo vi. No me encontré con ningún otro miembro de la familia. Tampoco tenía mayor interés porque mi madre me había contado que había sido muy mal recibida por los familiares de Rudi.
Creo que no llegué a pernoctar en casa de mi abuelo. Me quedaría como mucho un día.
Mi madre nunca conoció a la segunda mujer de mi padre. Yo sí, la vi una vez en casa de mi abuelo, muy brevemente, después de la guerra.
También vi a mi hermanastro. No sé cuándo. Ni siquiera sé cuándo nació.
No tengo recuerdos de él. Creo que su madre tenía muchas pecas, pero no estoy seguro.
A finales de los años cincuenta viajé por primera vez a España, junto con mi madre. Pensé que aquel era su primer viaje desde su huida. Sólo después, en su entierro, me enteré de que ya había atravesado la frontera en una ocasión, cargada de propaganda antifranquista. Eso demuestra que no era tan temerosa como parecía.
En mi recuerdo la estancia en Madrid se transforma en una fiesta interminable. Conocí a mis parientes. Todos eran muy alegres, abiertos, despreocupados, en todo el piso había gente hablando por los codos.
También el barrio de Lavapiés, donde entonces vivía mi tía, palpitaba de ganas de vivir. Hasta altas horas de la noche las calles estaban llenas de
gente, daban voces, cantaban, se reían, batían palmas y avanzaban a empujones. Cuando querían conversar, se paraban. Eso me llamó la atención, que los españoles tuvieran que pararse para hablar. Igual que los gallos, que cierran los ojos para cantar.
Cuando mi hijo y el de Margarita cumplieron dieciocho años, hicimos un viaje a Menorca. Un primo de Sevilla nos lanzó una advertencia: En cuanto los parientes os vean aparecer por Mahón atrancarán la puerta. En efecto, tenían mucho dinero, pero eran muy tacaños. Lo suyo era avaricia.
Nuestro abuelo, el farmaceuta, ya había pasado a mejor vida. Había sido un hombre importante en la isla, galardonado a título póstumo con la orden de Alfonso X el Sabio. Es posible que la mereciese, pero desde el punto de vista humano había sido un desastre. Altivo, irascible e incontrolado.
Pegaba a sus hijos con un látigo. Recuerdo que en un ataque de rabia tiró a mi primo de tres años contra un árbol. Bestia, le dije yo, que tenía catorce años. A partir de entonces no nos volvimos a dirigir la palabra. El resto del clan me traía sin cuidado. A mi vuelta a España me habían acogido con Julián en su casa, pero llevaron escrupulosa cuenta de los gastos de manutención y vestuario y los dedujeron de las treinta mil pesetas que me correspondieron en herencia. Y por supuesto, el dinero se lo enviaron a Fernando, aunque era yo la beneficiaria. Las mujeres no contaban para ellos.
Lo pasado pasado está, decía Marga, y sus hijos no tienen la culpa. Así era mi hermana. Siempre queriendo hacer las paces. Julián dice que era muy guapa y siempre sonriente. Yo también era guapa. Sólo que toda mi vida he sido una feminista, y no se me hubiese ocurrido nunca ponerme esos colgajos. A los doce años agarré toda esa chatarra de anillos, pulseras y collares, la puse sobre la mesa y le dije a mi madre que no la quería, que yo no era una vaca a la que hubiera que adornar para venderla a buen precio en la feria del ganado.
En Menorca fuimos bien recibidos. La isla me gustó enseguida. Con la herencia de mi madre nos compramos, décadas después, un terreno, y a comienzos de los ochenta nos hicimos construir una casa. Desde entonces visito a mis parientes una vez al año. Son muy discretos, muy parcos en palabras. No sé si es una característica de los menorquines, pero creo que los isleños suelen ser más bien gente de pocas palabras. Gente agradable, pero reservada. Los hijos de mis tíos abuelos no tienen la culpa de cómo se
comportaron sus padres, que dejaron a mi madre en la estacada. Por eso nunca saco el tema.
Mi abuelo murió a comienzos de los sesenta. Después de la guerra fue durante unos meses jefe del distrito de Favoriten por el Partido Comunista.
Luego trabajó en Feichtenbach, como administrador de una casa de recreo para niños del municipio de Viena. En 1950 fue relevado del cargo, y hasta su muerte cobró una pequeña jubilación. Algunas veces los visité a él y a su mujer. Déjate ver el pelo de vez en cuando, me decían al despedirme. Pero no iba a menudo porque notaba que a mi madre le sentaba mal. Aunque nunca me ponía trabas, al contrario, me decía: Vete a verlos, si quieres. Ella tuvo uno o dos pretendientes, pero nada serio, al menos por su parte. Tengo la impresión de que era por mí que no quería volver a casarse. De hecho, estuvo pendiente de mí en todo momento, hasta su muerte en 1968. ¿Que si mi padre fue su gran amor? Creo que sí. Pero sobre todo fue su gran decepción.
En mayo del sesenta y ocho, bajo De Gaulle, el centro de París era un hervidero. Por primera vez, la gente se paraba en la calle, discutía, defendía a voces y con vehemencia su opinión, o la modificaba en el transcurso de los debates. Hubo concentraciones masivas, los poderosos se sentían amenazados. Por otra parte, la revuelta no pasaba de ser un juego, y no tardé mucho en darme cuenta. Pues cuando el ocho o diez de mayo los manifestantes levantaron barricadas en las calles, cinco o seis barricadas de la altura de una persona en una noche, la policía no intervino. He ido en mi vida a muchos actos de protesta, como los que hubo contra la guerra de Argelia, por ejemplo, cuando en una sola manifestación mataron a trece personas. Por eso sé que si la cosa va en serio la policía es capaz de limpiar cualquier plaza o calle en un santiamén.
En aquella ocasión me preguntaba por qué las cuadrillas de policías permitían que les tiraran piedras, por qué se limitaban a utilizar bombas lacrimógenas y lanzadores de agua, por qué esperaban tanto para pasar a la acción, por qué actuaban casi con delicadeza. Y llegué a la conclusión de que los estudiantes sublevados eran hijos de la burguesía, de que los policías no querían aporrearlos y no lo hicieron. Pero fue un bonito espectáculo.
Y yo participé. Los comunistas me acusaron de separatismo y me tildaron de aventurero ultraizquierdista. Me defendí de esas acusaciones
sosteniendo que un comunista tenía que estar con las masas.
Lo interesante fue el cambio cultural. El cambio en la mentalidad de la gente. En las universidades, los profesores perdieron una pizca de su poder absoluto. Antes, en la Sorbona, los estudiantes tenían que ponerse de pie cuando el profesor entraba en el aula, algunos incluso aplaudían. Uno no podía sentarse hasta que él hiciera el consabido gesto. Tampoco estaba permitido abordarlos así como así. Recuerdo que una vez, estando yo en los lavabos, entró un profesor. El hombre se puso a orinar a mi lado, y yo cometí el delito de dirigirle la palabra. Se salió de sus casillas. ¡Cómo se atreve usted! ¡Quién se cree que es! A un profesor no se le habla en los servicios.
Tras las luchas callejeras las formas se relajaron, eso supuso un progreso. También el feminismo fue positivo. Pero lo que no se vislumbraba era una revolución. Todo fue muy romántico, como el retorno de un levantamiento social del siglo xix, con adoquines y banderas rojas y las siete estrofas de la Internacional. Y también fue peligroso. Creo que si el Partido Comunista no hubiera permanecido al margen, si se hubiera unido al movimiento o incluso asumido el poder, se habría producido un baño de sangre.
Para mi madre el sesenta y ocho fue el año de la gran desilusión. Estaba convencida de que se avecinaba un cambio radical. Al igual que mi tío, que poco después murió. No entendían la actitud reservada del partido francés, no comprendían que no supiera aprovechar la ocasión. Era una opinión muy generalizada entre los españoles. Un chico, un camarada español que había huido a París, nos maldijo por no haber tenido protagonismo en la revuelta.
Para mí era un trotskista.
Con los comunistas nunca tuve nada que ver. Es cierto que, al término de la guerra, milité durante un tiempo en las juventudes Libres Austríacas, pero fue sobre todo por las chicas. Influido por mi madre, mi ideología era socialdemócrata. Sigue siéndolo. A fin de cuentas, los países del Este han demostrado que el comunismo no era el camino correcto, por decirlo suavemente.
Raras veces pienso en mi padre. Ahora lo hago más que antes, son cosas de la edad. Cuando se produjeron los grandes acontecimientos políticos, como la crisis de Hungría, la Primavera de Praga o el derrumbamiento de la
Unión Soviética, siempre lo tuve presente y pensé: ¿qué diría él al respecto?
¿Cómo se comportaría? ¿Estaría amargado?
Mis padres se alegraron de poder regresar a España tras la muerte de Franco. Cuando comencé la carrera universitaria, tenían la esperanza de que más tarde fuera a instalarme en el país de sus antepasados, como hicieron muchos hijos de exiliados. Pero al ver que me casaba con una francesa y me quedaba en París, abandonaron la idea de regresar definitivamente a España. Eso sí, el país se convirtió en su único destino de vacaciones, y nada más reunir un poco de dinero se compraron un piso en Cullera. Incluso participaron en las actividades del partido, iban a las reuniones de su agrupación y vendían el Mundo Obrero. Todo el esfuerzo resultó infructuoso. Fue triste ver cómo mi madre, hacia el final de su vida, perdía todas sus ilusiones, cómo tuvo que constatar que, si bien los españoles se felicitaban por la libertad recobrada, no querían saber nada de política. Y lo peor fue que con las ilusiones perdió también los recuerdos.
Contra la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob no existe todavía ningún remedio. En aquella época se decía que era de origen vírico, pero hoy se sabe que sus causantes son los priones. Las proteínas ocasionan disfunciones en el cerebro y en el sistema motor. Todo comienza con trastornos del sueño y de la memoria, y a medida que el mal se va desarrollando genera cambios en la personalidad. No se puede prever el momento en que la enfermedad se declara. Según los médicos, afecta a una de cada dos millones de personas. Mi madre fue esa una.
En agosto de 1987 su estado empeoró de tal forma que tuvieron que trasladarla en avión a Francia. Ya no contestaba cuando se le hablaba, parecía ausente, miraba al vacío. Mi padrastro estaba desesperado.
Sencillamente no soportaba que ella no reaccionara a nada.
Fue aquí, en Madrid, donde noté por primera vez la enfermedad de Margarita. Me operaron de cataratas, y ella vino desde París para echarme una mano con las tareas del hogar. Desde su llegada me pareció muy extraña, pero yo sin gafas no veía bien. El primer día fue a hacer la compra con Fernando. Nada más volver tuvo que descansar. Estaba completamente agotada. Y luego tardó tres horas en preparar un pescado al horno, cosa que requiere diez minutos. Confundía los cubiertos, pretendía tomarse la sopa con el tenedor. Y siempre estaba cansada. Apenas se sentaba, se le cerraban