Boves, el urogallo

Francisco Herrera Luque · Capítulo 9 de 14

Páginas del PDF

Boves, el urogallo

IX. De Valencia a Calabozo

CAPÍTULO IX

De Valencia a Calabozo

 

102. Simeón no es un fantasma

El décimo día de jornada, la Emigración llegó a Río Chico, en el extremo oriental de Barlovento. De las 20 000 personas que salieron de Caracas, el 6 de julio, ya habían perecido más de 5000. El camino a través de las montañas se tragó a los fugitivos; los fue tumbando de hambre, tifus y fatiga. Se desbordaron los ríos y las culebras; y Andrés Machado, en la retaguardia, como un guardián de parque, iba clavando a los rezagados como papeles sin dueño.

Sobre el lomo de una mula se pudre, desde hace tres días, el cadáver de un niño, porque sus padres quieren enterrarlo en un lugar bendecido.

Una madre loca tira por el abismo a un niño de tres meses que le secó los senos.

Dos soldados, a puñaladas, le arrebatan a un chicuelo un pañuelo lleno de frutas silvestres.

Negros y blancos, mantuanos y esclavos, se igualan en el camino. Se vienen abajo las leyes de casta. Mantuanas de tres repiques en Catedral, departen con mulatas barcinas a la luz de las hogueras. Pardos ancilares se revuelcan con sus dueñas en los recodos de la maleza.

Simeón se encontró a Eugenia, la primera tarde en que la Emigración llegó a la playa, e hizo de los arenales desiertos un sendero hacia Oriente. En ese momento los fugitivos pudieron darse cuenta del tamaño de la tragedia. A través de la selva nadie alcanzaba a ver a nadie más allá de cincuenta pies. Ahora, en cambio, el arco barloventeño desvelaba en la noche la magnitud de aquella romería siniestra. Por más de tres leguas brillan las hogueras, entre el Caribe silencioso y la maleza. El contacto de la arena húmeda y la conciencia de haber dejado atrás aquella pesadilla de bejucos, pantanos y riscos, puso de buen humor a Eugenia. Tan pronto se dio la orden de acampar, mientras Santiago y María Teresa hacían fuego, la bella rubia se metió en el mar mientras el sol se derretía en el Caribe.

El contacto con el agua tibia y la comida abundante que enviaron los hacendados de Río Chico la reconfortaron. Recostada en el suelo y con el cabello húmedo veía parpadear las estrellas.

En el preciso instante en que se preguntaba por Simeón, a quien suponía en la vanguardia, junto al Libertador, una voz le dijo desde toda su altura:

—¡Cómo ha crecido mi niña!

Eugenia se incorporó. Frente a ella, sin que el tiempo lo hubiera quebrado, estaba el fantasma que la perseguía desde hacía ocho años.

—¡Simeón! —exclamó Eugenia, aparentando sorpresa.

Nada se dijeron mientras charlaban en forma insustancial frente a los niños, pero se miraron largo y con extraños destellos. Simeón les explicó a todos, que de ahora en adelante el camino era más fácil porque era plano y mullido sobre la arena, pero de más peligro porque ahora el ejército que los perseguía podría hostilizarlos con ventaja. Por esta razón Simeón había sido destacado junto con sus hombres a reforzar la retaguardia.

—Lo que los veo es muy solos —dijo el mulato—. Con el perdón del jovencito, les hace falta otro hombre, sobre todo en la noche. De modo que si me lo permiten, vendré cuando no esté de guardia a hacerles compañía, y como a nosotros los oficiales —añadió bajando la voz—, nos dan más bastimento que a los paisanos, pues así tendrán más comida. ¿Qué les parece?

Tanto Santiago como María Teresa encontraron la idea excelente. La única en protestar fue Matilde.

—¿Yo?, ¿dormir con negro?, ¡qué va, mijita! ¡Ni en descampado! ¡Imagínense si mamá nos ve!

Esa noche Eugenia, en el momento justo en que lo deseaba, sintió a su lado el cuerpo de Simeón.

Ya muy avanzada la tarde siguiente, llegaron a Río Chico. Un caño crecido obstaculizaba el paso. Un hombre a caballo ayuda a cruzar a los niños. Lleva uno en cada brazo y dos en la grupa.

El hombre, sonriente, deposita su carga en la otra orilla. Los pequeñuelos del lado acá hacen fila esperando turno. Una niña rubia, casi una mujer, grita:

—A mí primero, General.

El jinete contesta risueño:

—Ya voy, mi amor. ¿Cómo te llamas?

—Luisa Cáceres —contesta la niña.

El hombre con su caballo ha hecho un alto a esta procesión sombría. La gente se aglomera a uno y otro lado del cañón y se ríen de las travesuras de los pequeños y de los cariñosos aspavientos del hombre.

Cuando Eugenia llega a la orilla el hombre se da vuelta en la vertiente opuesta. Una mirada de fuego desde una cara cetrina la penetra. Le ha salido bigote y ha enflaquecido tanto que a duras penas lo reconoce. Su uniforme de General en Jefe está sucio y roto. Al ver a Eugenia le grita con voz chillona a mitad del camino:

—¡Hola, prima, qué bella estás!

En la grupa de su caballo, Eugenia cruzó el caño y entró a Río Chico.

Esa noche pernoctaron en una de las mejores viviendas del pueblo. Era una casa de rico de esas de seis balcones, tres patios y corral.

Por primera vez, después de doce días, Eugenia y su familia durmieron sobre mullidas camas. Eugenia se acostó en la galería. Matilde en el cuarto de arriba. María Teresa al lado de Eugenia y Santiago en el que estaba al final del corredor.

Simeón, por orden expresa del Libertador, fue asignado a la familia de la Montera en calidad de guardia personal.

Esa noche Simeón y Eugenia se desquitaron de ocho años de fantasía en una cama copetona de la mejor caoba de la región. Cuando Eugenia despertó, en la madrugada, ya el hombre no estaba a su lado. Sonrió distendida y satisfecha. Pensando en Juana la Poncha, se dijo: —¡Ahora sí me gustan las conservas de la Cojita!—. Ya caía en el vértigo de su propia entrega cuando una idea la sobresaltó. Detuvo la respiración en la noche y se incorporó en el lecho. En la habitación de al lado, donde dormía María Teresa, la muchacha dio un suspiro y la cama emitió un leve crujido. La idea tomó cuerpo en la cabeza de Eugenia. —No, no podía ser —se dijo para tranquilizarse—. Dos veces en la vida sería imposible—. Ya volvía a distenderse sobre la cama copetuda cuando vio la silueta de Simeón deslizarse como un cunaguaro por el ancho sendero del patio.

 

103. Tacarigua

A las cinco de la mañana, cargas de fusilería y órdenes de mando la despertaron. La columna de Andrés Machado había sido detenida en el caño. Patriotas y realistas estaban enfrascados en una estrepitosa lucha. Se dio la orden de partir.

Un destacamento era suficiente para contener por un rato largo a los perseguidores. Simeón tuvo que quedarse para hacerle frente al enemigo.

La emigración siguió por el estrecho que hay entre la selva y el mar. A lo lejos se seguía oyendo la fusilería. A mediodía llegaron a la Laguna de Tacarigua, un largo y estrecho lago, que por varias millas deja un no menos estrecho corredor del ancho de la calle entre sus aguas salitrosas y el mar. Los aguaceros de julio habían preñado a la laguna que parecía emponzoñada y verdosa. Casi al llegar a ella una boa arrastró a un niño. La emigración a Oriente ha entrado en callejón de muerte. A derecha e izquierda la huida es imposible; de un lado está el mar, del otro está esa ciénaga gigantesca de arenas movedizas y aguas podridas. Atrás los perseguidores. Adelante, cinco leguas de arena blanca que al mediodía desuella los pies.

El Caribe luce azul y plácido. A lo lejos, tres hileras de cocoteros, cimbreándose al viento, dan un saludo de paz a aquella muchedumbre que vuelve a arrastrarse bajo el sol inclemente de Barlovento.

De repente el mar se cubre de velas. Eugenia cuenta: una, siete, doce. Doce bergantines se acercan a la playa. La muchedumbre se espanta; las barcas llevan los colores de España. De inmediato una andanada la deja sorda. Delante de ella, a pocos pasos, una familia entera es barrida por una bala de cañón. Los fugitivos gimen. Pretenden huir. Los cañonazos los llevan a buscar la protección de la ciénaga que cruza a su derecha. Los caimanes y las culebras los engullen. Eugenia, enloquecida, corre con Matilde y los muchachos hacia adelante. Una bala parte en dos a Matilde. Otra le arranca la cabeza a Santiago, el único nieto de Doñana. La arena se ha enfangado de sangre. Más de dos mil personas han sido fusiladas por un pelotón de barcas.

Cuando finalmente partieron, se reagrupó la multitud. Esa noche la tragedia se extendió por el campamento patriota. Todos tenían alguien por quien llorar. Eugenia y María Teresa lo hicieron sobre los cadáveres de Matilde y Santiago. La cabeza del muchacho cayó en la ciénaga; al cinto todavía cargaba las pistolas que le regaló Doñana. Matilde tenía las pupilas dilatadas; había un terrible dolor en sus ojos. Momentos antes vio decapitar a su hijo.

Se entierra a los muertos. Son tantos, que no alcanzan las palas ni los hombres. Eugenia y María Teresa, con las manos sangrantes, cavaron dos tumbas en la arena. Cansadas de llorar se durmieron encima de ellas.

Pasada la noche llegó el destacamento de Simeón. El mulato no venía con sus hombres. Un balazo lo dejó tendido en el caño. Eugenia y María Teresa nada se dijeron, pero en el fondo de cada una, le dieron gracias a Dios.

 

104. ¿Y si yo fuera el rey?

El 13 de julio, al día siguiente del trágico baile, Morales, por orden de Boves, salió con el grueso del ejército camino de Oriente. Iba en persecución de los fugitivos. Al llegar a Cagua, bajó hasta San Juan de Los Morros y tomó la ruta del Llano. Al pasar por La Puerta, un olor a podredumbre le hizo levantar el vuelo de su bigote. En la quebrada se pudrían 200 hombres que Boves hizo decapitar al pie del matapalo. El Guárico, entre tanto, seguía imperturbable en su canto, mientras los conotos y las paraulatas lo acompañaban desde la enramada.

Boves abandonó a Valencia el 14 de julio de 1814, luego de asistir al fusilamiento de 17 insurgentes. Lo seguía, como de costumbre, un largo cordón de prisioneros, que iba colgando en ristras de sus patibularias ceibas. Nadie disputa su autoridad desde el Orinoco hasta el mar, y desde Maracaibo hasta el Uñare. Puerto Cabello, Caracas y Valencia, están en su poder. Los pueblos se inclinan a su paso. Multitudes entusiastas salen a su encuentro y hacen sonar las campanas y disparan salvas de pólvora en su honor. Ya no huyen como antes. Caracas se apresta a recibirlo. En Guacara mandó a paseo al Viejo Tonto. Provocó una bronca y Cajigal, regañado, volvió grupas para encerrarse en Puerto Cabello. Cuando el Padre Llamozas le recriminó su proceder, recordándole que Cajigal representaba al Rey, Boves se le quedó viendo y semisonreído le apuntó:

—¿Y a usted quién le ha dicho que yo voy con el Rey? Por los momentos tenemos enemigos comunes, pero yo mismo no sé a dónde va a ir a parar esta suerte. No somos siempre lo que queremos sino lo que los demás nos obligan a ser. Fíjese usted, que me conoció de pulpero en Calabozo, ¿quién nos iba a decir, tanto a usted como a mí, que yo terminaría en esto? ¿Cómo podemos prever entonces que yo terminaré de General de Su Majestad, sirviendo de gobernador en alguna pacífica provincia? Si yo fuera rey, ¿qué opinaría, padre?

—¡Que estás loco, José Tomás! —le respondió el clérigo con evidente desazón.

La marcha, a través de los valles valencianos y aragüeños, tardó dos días. Las ciudades y los pueblos mostraron los destrozos de la guerra. Al llegar a La Cabrera, la zamurada les recordó a los vencedores las 1500 víctimas que a su paso habían dejado. En La Victoria se acordó de José Félix Ribas; en San Mateo de Bolívar. Casi un mes duró el ajetreo. Los verdes cañaverales llevaban todavía impresa la huella de la bombarda. Los torreones de los ingenios y el mugir de la vacada ponían una pincelada de paz a los mil lanceros.

José Tomás echó una mirada golosa de cerro a cerro. Le embelesaba el verde esmeralda de los campos aragüeños y el azul verdoso de sus montes, con su yerba pequeña y recortada como cabeza de recluta.

De pie sobre los estribos, sorbió con deleite el olor a mostrante y a bosta de vaca, y le preguntó satisfecho al Padre Llamozas.

—Esta es mi tierra, don Ambrosio… ¿Será mi reino algún día?

 

105. Boves en Caracas

A las diez de la mañana del día 16 de julio, hizo el Caudillo su entrada en Caracas. En el límite sur de la ciudad, en la quebrada de Lazarinos, lo esperaba Su Ilustrísima, don Narciso Coll y Prat, Arzobispo de la ciudad, con todo el cabildo metropolitano. Los escasos 10 000 habitantes que le quedaban a Caracas, se agolparon por el trayecto que había de recorrer el Conquistador en su paseo triunfal. Los caraqueños vestían sus mejores galas y por el paseo se oían vivas alegres o fingidos. Las campanas repiqueteaban con júbilo. Los cañones, broncos y severos, contrastaban con la alegría aguda y estrepitosa de los cohetes, mientras volaban las palomas sobre los techos rojos.

Era el mismo espectáculo de los años anteriores. Sólo que esta vez, en lugar de llamarse Bolívar o Monteverde, se llamaba Boves. En cuatro años sucesivos, Caracas, en el mes de julio, cambió de dueño. El 5 de julio de 1811 se divorció de España; el 29 de julio de 1812 se desposó por poder con la Corona, del brazo de Monteverde. El 7 de julio del año 1813, recibió, postrada, al Libertador, para que al año, y en el mismo mes, hiciese lo mismo con su máximo contendor.

—Julio es pavoso para Caracas —decía Juana la Poncha, mientras veía pasar la tropa.

Hacía contraste la magnificencia y el lujo de los cabildantes y notables con el aspecto salvaje de la soldadesca. Negros semi-desnudos y de rostros feroces hacían temblar a las caraqueñas que se asomaban a verlos. En primera fila y en lugar de honor estaban las Bejarano, que aplaudían, frenéticas, al ver a Boves. El Caudillo se quedó prendado de la cara de Rosa.

—Invítame a esa muchacha para la fiesta —le dijo a uno de sus hombres, mientras le dirigía una última mirada llena de interés.

La mulata le respondió abriendo los ojos y abultando aún más los labios pulposos.

—¡Ay!, hermanita —le susurró Virginia—. Me parece que hasta hoy duraste señorita.

—Pues si me lo pide —le contestó la otra—, me le entregaré en cuerpo y alma.

En ese instante llegó hasta las mujeres el oficial designado por Boves. Luego de hacerles una profunda reverencia, les comunicó el mensaje:

—Su Excelencia me ha designado para invitarlas a la fiesta que en su honor se celebrará esta noche en la ciudad. Me ha encargado acompañarlas si desean complacerle.

El oficial era un muchacho andaluz de apellido Serna, de los que vinieron con Cajigal. En Valencia abandonó al Viejo Tonto y le pidió a Boves que lo aceptase en sus filas. Aunque José Tomás recelaba de la oficialidad blanca, aun española, el muchacho le cayó en gracia, tanto por gracejo como por sus condiciones de artillero. Desde entonces se convirtió en uno de sus hombres de confianza.

Tanto Rosa como Virginia se sintieron deslumbradas por Serna. Era un guapo mozo, que en cierta forma les recordó el novio aquel que los prejuicios de casta les arrebató cruelmente. Sin pensarlo le comunicaron al joven su voluntad de complacer al Caudillo. El oficial se alejó presuroso tras el cortejo que en ese momento llegaba a Capuchinos. Quedó en buscar a las mulatas a la caída de la noche.

—Lo que es hoy algo se me queda entre las patas —se prometió el joven para consolarse de su papel de trotaconventos. O la grande o la chiquita, pero esta noche no duermo solo.

Luego de comunicarle a Boves los resultados de su misión, siguió a su lado vigilando atento los pasos del Caudillo. Los vítores y aplausos continuaban a todo lo largo de la ruta. Boves se sentía dichoso de haber conquistado la ciudad capital.

Un calofrío sintió de pronto José Tomás al divisar entre la muchedumbre la figura esmirriada del viejo Domingo Zarrasqueta, el padre de Magdalena Zarrasqueta, aquella novia de San Sebastián con quien lo obligaron a romper al saberse su condición de presidiario. El rencor le inundó la cabeza. Pensó en las humillaciones de que le habían hecho objeto y las terribles amenazas que profirió contra el viejo Zarrasqueta en aquella ocasión. Rápido le apuntó a Serna la presa:

—Hazme preso a ese hombre inmediatamente; ¡cuidado si se te escapa!

El andaluz metió el caballo entre la multitud y de un salto agarró al viejo que intentó huir. A empellones fue llevado a la cárcel mientras Magdalena, su hija, lo seguía desconsolada.

106. Boves y Juan Palacios

Juan Palacios le salió al encuentro a la entrada de la calle del Triunfo. A horcajadas sobre una estatua de piedra del león ibérico, el negro gritó estentóreo:

—¡Que viva el Taita!

Boves detuvo su macho y le gritó al hombre visiblemente complacido:

—¡Ven acá, negro resabiao!…

El Caudillo descendió del alazán y Juan Palacios de su león de piedra. La gente estaba absorta. ¿Quién era ese negro capaz de detener el cortejo del triunfador?

—¡Juan Palacios! —apuntaban algunos con jactancia de conocedores.

—¿Y quién es Juan Palacios? —preguntaba otro, no satisfecho con la explicación.

—El alma blanca de Boves —respondía grandilocuente un barbero de San Juan que gustaba de las contradicciones.

Juan Palacios se abría paso, sonriente, entre el gentío; finalmente llegó al medio de la calle donde lo esperaba el caudillo. Emotivo, como siempre, no pudo contener las lágrimas al enfrentarse con su viejo amigo, e intentó arrodillarse. José Tomás lo paró en el aire y le susurró enérgico:

—Ahora te digo yo, como en Guayabal, que dejes la pendejada, porque si te resbalas nos fregamos.

Los dos hombres se abrazaron en medio de la multitud que, conmovida, los aplaudía.

Don Narciso Coll y Prat no disimuló su disgusto ante la escena, y murmuró para sí:

—A este país, con Boves o con Bolívar, se lo cogieron los negros.

Con Juan Palacios a su izquierda y el Arzobispo a su derecha, entró José Tomás Boves triunfante a Caracas.

La ciudad le dispensó una de sus mejores acogidas. Alojado en el Palacio Arzobispal recibió, junto con el Arzobispo, a los notables de Caracas. Cuando se enfrentó al marqués de Casa León, ambos se sorprendieron al reconocerse.

Pensó el marqués:

—Demasiado rápido vas, jovencito… demasiado rápido…

Las Bejarano, escoltadas por Serna, fueron de las primeras en llegar. Cuando José Tomás se enteró, por el Arzobispo, de la historia de las confiteras y de su actitud frente al mantuanaje criollo, se inclinó ante ellas y las trató con el mismo respeto que le prodigara a las más encopetadas mantuanas que poblaban esa noche el Palacio Episcopal.

—Mis señoras, créanme su más sincero admirador —les dijo en algún momento. Y lamentó que aquellas mujeres mereciesen su respeto. Ante la respetabilidad, se le huía el deseo como potro cimarrón. Rosa se lamentó, a su vez, de la distancia que entre ellas y él había puesto el Caudillo, y se prometió enviarle para mañana, la más grande y sabrosa torta Bejarana.

Después de una decena de brindis, Boves empezó a tartajear. El indio Eulogio y Juan Palacios, que no lo desamparaban, se cruzaron miradas de entendimiento. El Taita comenzaba a elevar la voz y a dirigirle miradas procaces a una bella mujer. Juan Palacios se le acercó en medio de un grupo y le dijo:

—Con perdón, mi jefe, tengo algo muy importante que comunicarle.

El triunfador entre dos luces, y Juan Palacios, hicieron un aparte:

—Estás metiendo la pata, ya estás rascado y vas a disparatar.

El Caudillo intentó defenderse. Juan Palacios, con su aspecto de Obispo en reserva, insistió:

—Anda a acostarte, chico, porque todo el mundo se está dando cuenta. Acuérdate que me prometiste irte a dormir cuando yo te lo pidiera; y que yo sepa, José Tomás Boves, quitando a Valencia, jamás falta a su palabra.

El Caudillo dio un respiro en medio de la borrachera.

Prosiguió el negro:

—En Valencia metiste la pata porque estabas borracho, y te emborrachaste porque yo no estaba.

Boves dio un traspié mientras le dirigía una mirada hostil a un San Miguel que pisaba al diablo, representado como un negro cornudo.

—Mira Juan Palacios, fíjate cómo el carajito ese tiene fregao al negro.

Un eructo atronó el salón Episcopal.

El indio Eulogio vino en auxilio de su colega:

—Juan Palacios dice la verdad, Taita, mejor se va a dormir.

Boves, luego de argumentar, se dio por vencido. Murmurando un pretexto cualquiera se despidió de la concurrencia, dando traspiés y colgado del indio y del negro, le dijo a Juan Palacios:

—No sé qué haría yo sin este negro. Cuando yo sea rey, te haré un reinecito aparte, para que siendo libre puedas ser mi amigo.

Con voz ebria gritó en medio de una carcajada:

—Te llamarán Negro I… Te llamarán Negro I…

 

107. «Y entonces vino ella…»

—Si no lo hace a la entrada, lo hará a la salida —respondía Juana la Poncha al marqués de Casa León que en ese momento le hacía elogios a Doñana sobre la conducta del Conquistador.

—Ese hombre es mandinga, y lo que quiere es sangre —insistía la negra—. Fíjense en lo de Valencia.

—Eso es distinto, negra —le respondía el Marqués—, los valencianos estaban en deuda con Boves. Demasiado poco les hizo después de lo que le hicieron a su mujer. Ya ustedes verán cómo aquí no hace nada.

Doñana recordaba a Vicente Berroterán, asesinado por ese hombre que había conquistado a Caracas, y pensaba en su marido muerto por su lugarteniente, y pensaba en sus hijos y en sus nietos, aventados por el huracán de lágrimas desatado por este monstruo. No había, sin embargo, sombra de rencor en los ojos de la mantuana; sus ojos tan sólo se fueron poniendo más azules y más melancólicos desde que el Conquistador llegó a Caracas; y los pinchazos cerca del corazón se hicieron más agudos y frecuentes, los pies se le fueron hinchando. Cada vez salía menos a la calle y desmejoraba a ojos vista. Una noche un grito de pánico retumbó en el caserón de Doñana.

—¡Juana la Poncha!… ¡Juana la Poncha!… —gritaba desesperada la matrona.

La casa se pobló de ruidos. Al grito de Doñana acudía en carrera toda su servidumbre. Al frente de ella Juana la Poncha.

—¿Qué fue, mijita, qué te pasó? —interpeló la vieja.

¡Ay, Juana! —decía Doñana— ¡la vi!… ¡la vi!…

Juana la Poncha hizo salir a todo el mundo y pretendió tranquilizarla:

—La viste… ¿bueno, y qué?; ¿cuánto tiempo tienes viéndola?

—No, Juana, es que esta vez —le decía la mantuana ahogando un sollozo—, esta vez le vi la cara por primera vez…

—¿Le viste la cara? —preguntó alarmada la negra, mientras se persignaba; sabía que esto sucedía como presagio de muerte—. ¿Y quién es?…

Juana la Poncha sintió crecer sus temores al darse cuenta de que Doñana, igual que su padre, e igual que su abuela, momentos antes de la muerte de aquellos, se negó en redondo a revelar las características fisonómicas de la mujer del manto. A las interpelaciones de la negra, Doñana se limitaba a menear la cabeza a lado y lado, como idiotizada.

Por tres días la mantuana no habló con nadie. No salía del oratorio y del salón de los retratos. Desde su sillón de terciopelo rojo y rodeada por los cuadros de Don Feliciano y de sus antepasados, Doñana dejó pasar las horas en un largo y enigmático silencio. La abrumaba la idea fija de la aparición. Primero la presintió, sin verla, como siempre sucedía, en su cama, con los ojos cerrados. Cuando los abrió en la oscuridad, la lamparita de aceite que le tenía encendida al alma de Don Feliciano, la iluminó claramente. Era una mujer alta, fornida, vestida de negro, con el gran manto de las mantuanas cuando van a misa a Catedral. La aparición estuvo frente a ella, inmóvil y de espaldas, por minutos centenarios. De pronto las manos del fantasma se elevaron hasta la cabeza, y lenta y suavemente se bajaron el manto.

Doñana se sintió aterrorizada. Lejos de ser una matrona entrada en años, como ella suponía, la luz de la lamparilla dejaba ver la cabeza grande y redonda de un hombre de pelo rojizo, que antes de volverse, rasgó sin hacer el menor ruido el grueso manto de la aristocracia criolla.

108. Parecía una paloma con el pescuezo torcido

El domingo sale Doñana de su casa en dirección a Catedral. Atrás van cinco negras, que como flecheras persiguen a un bongo real. Grave y oronda va la mantuana por la calle mayor, mientras las campanas llaman a misa. Ya llega a la esquina cuando ve a la muchedumbre correr y aglomerarse hacia la calle vecina. Doñana, imperturbable, sigue su marcha. Domitila, una de sus negritas, le dice simpática y curiosa:

—Mi ama, ¿quiere que vaya a ver qué pasa?

Doñana no le responde. Domitila se queda quieta. Una voz grita cansona: ¡Viva Boves!

La mantuana comprende que el Caudillo hace su recorrido matutino. Doñana tiembla. Nunca ha querido ver a ese hombre, aunque a diario lo siente pasar desde el gran salón de los retratos. Ha temido que su corazón ponga en pugna sus firmes creencias monárquicas. El mató a Vicente Berroterán, y a su hijo José María. Pero representa al rey, a la voluntad divina. Si los míos faltaron a sus deberes, caiga sobre ellos el castigo, aunque se desgarre mi corazón. Boves es la restauración de todos los principios en los que ella ha creído, aunque para restablecerlos tenga que valerse de la espada y del fuego. Doñana no cree mucho en las interpretaciones teológicas de Don Narciso, cuando dice que Boves es el enviado de Dios, como lo fue Gengis Khan, quien además de cruel y bárbaro era profundamente cristiano. Pero ¿quién es ella para juzgar? ¿Qué hacer si este hombre pretende visitarla, como se lo ha hecho saber a través del marqués de Casa León y del Arzobispo? El representa la ley efímera del poder inmutable de un mundo que se hizo mundo desde la Conquista. ¿Tiene ella derecho a tener sentimientos? ¿Tiene ella derecho a comprometer el destino de ese mundo, negándole su apoyo a un hombre, por el solo hecho de que le ha matado a su marido, a su hijo y a su yerno? Doñana tiene días haciéndose esas mismas preguntas, y ha tomado una decisión. Ella no es Ana Clemencia de Blanco y Herrera, un ser libre, que puede hacer con su vida lo que le dé la gana, ella es un símbolo del poder de una familia, es el eslabón, un simple eslabón que une el pasado con el futuro. ¿Qué importa la suerte de un eslabón si ha de seguir viva la cadena? Si Boves se le acerca, ella lo acogerá como al triunfador. Estar cerca del poder, y administrarlo, es el destino de su familia.

La gente continúa aglomerándose en la esquina. Resuenan los cascos de los caballos. Emergen dos lanceros con lanzas de flecos amarillos. Luego otros y otros, hasta llenar la calle. Finalmente aparece un hombre grande montado sobre un caballo negro, seguido de un escuadrón de caballería. Doñana detiene el paso para ver pasar el desfile. Comprende que el hombre que viene adelante es Boves, el ser de sus soliloquios, el que tantas veces ha sentido pasar bajo sus balcones.

El corazón se detiene. La cabeza le da vueltas. Doñana siente que la vida se le va en aquel instante. Parecía una paloma con el pescuezo torcido cuando en brazos de Boves cruzó por última vez el portal de su casa.

109. Rota y sangrienta va la emigración

Como una inmensa oruga mutilada avanza reptante y convulsiva la Emigración de Oriente. Adelante va el Libertador, cejijunto y delgado, sobre su caballo negro. Lleva el traje desgarrado y los ojos color de fiebre. Atrás va la partida de Andrés Machado, hostilizándolos continuamente y ultimando a los rezagados. Ya no quedan viejos en la expedición. Los que no sucumbieron en los pasos montañeros de Capaya, se van quedando ahora en ese desierto salitroso que va del Uñare a Barcelona. Si antes el arenal era un sendero entre la arboleda fresca y el mar, ahora la arena lo penetra todo, hasta perderse en un sur inmenso y calcinado. Cardonales, piedras desnudas y una sed imposible acosa a los fugitivos.

Una mujer de mediana edad se derrumba y se queda muerta frente al Caribe. Su hija permanece atónita. Alguien le recuerda que debe seguir huyendo, porque atrás viene el enemigo. Caminando de espaldas, como la Sayona, se alejó la muchacha.

Un matrimonio atrasado en años ha desertado de la fuga. Cansados y dignos ven pasar la muchedumbre bajo la sombra precaria de un cují. Uno que los conoce, los aconseja:

—Siga, Don Félix, que si descansa es peor.

El viejo apenas le responde con una sonrisa muda. Su mujer se muestra extrañamente plácida. Parece un matrimonio de venteros a la orilla de un camino.

¡Qué muchedumbre aquella! Negros y blancos en espantoso revoltijo. Pasa una blanca a quien le mataron el marido en la andanada de Tacarigua; va del brazo de un cuarterón fornido de pelo crespo. Los viejos del cují la conocen. Dice la vieja:

—Tienes razón, Félix, para ver esto es mejor morir.

Una muchacha muy joven avanza a saltitos. Con un gemido se arrima a la pareja. Tiene un dedo amoratado. Es la única sobreviviente de una familia de ocho personas que salió de Caracas hace veinte días.

—No puedo más —les dice quejumbrosa a los viejos.

—No te preocupes, hija, que nosotros tampoco —le responde risueño el hombre.

—Se me clavó una espina —gime sin expresión la muchacha—, y me duele mucho.

—No te preocupes, hija, que pronto todo pasará.

Continúa el desfile. Dos hombres jóvenes llevan a otro en una litera de cobijas. Debe estar vivo, porque lleva el rojo hacia fuera.

Una mujer, que ha debido ser bella, avanza con un niño muerto en los brazos. Sus ojos son grandes, negros, y encandilan de locura. Su traje está hecho jirones y camina de prisa.

Un gigantón lleva a cabrito a una niña: son padre e hija. Parece un San Cristóbal que se quedó sin río. Un poco antes de llegar al cují hay un cardonal que ya da una leve sombra a esta hora flagelante del atardecer, cuando el sol, la tierra y el agua mueren en triple cópula. A su vera hay también un pequeño grupo de cinco personas; han ido cayendo el uno sobre el otro, como las piedras en una tumba caminera.

El grito de una boca sedienta sacude el silencio pesaroso de la tarde. Un hombre ha sido mordido por una cascabel. Echa espumarajos y se retuerce de dolor en el suelo. La gente, sin bríos, sigue fluyendo hacia Oriente, mientras le pasa al lado y lo deja morir, entre ayes y convulsiones.

Al cují de las tres personas se arrima un negro, sin pedir permiso, y se echa al suelo, jadeante. Huele a cují, y no se sabe si es el negro o es el árbol. El viejo da un respingo, la vieja reza, la niña llora.

Un oficial pasa a caballo, es de los pocos que restan; la casi totalidad de las bestias, se las han ido comiendo los fugitivos. Detrás de él vienen Eugenia y María Teresa. No tienen mal aspecto las dos muchachas. Eugenia está bronceada por los caminos de Barlovento y el pelo se le ha tornado más rubio con las aguas del mar. Su paso es ágil y elástico y su rostro firme. El oficial de a caballo le ofrece la grupa de su montura. Eugenia lo mira y no le gusta, es demasiado rubio. Un sargento mulato se le acerca obsequioso:

—Tome, señorita, es bueno para la sed —y le entrega unas raíces verdinegras.

Eugenia masca y sonríe. Le gusta el perfil del mulato. María Teresa también ríe. Eugenia se pregunta si Simeón habrá sembrado en la niña la misma semilla, aquella noche de Río Chico. El sargento, afable, continúa su cháchara. Eugenia simula escuchar y piensa en la próxima noche frente a la playa, en el vivac. Simeón le ha soltado el potro. Bastaron dos noches para que se encendiera el fuego. Ni siquiera esta espantosa caminata ha podido apagarlo. Todas las noches sueña con Simeón y con Andrés. Y se los imagina junto al fuego buscándole sigilosos el cuerpo, y no puede dormir hasta que las aguas del Caribe le calan la cintura. Por eso se queda viendo largo al sargento de las raíces verdinegras y de la cháchara insustancial. Ojalá que esta noche se quede junto a ellas.

Eugenia conoce a los viejos del cují. Los ve y comprende. Le inspiran lástima, pero se siente sin ánimos de contradecirlos en su decisión de muerte. Pasa a su lado sin verlos, con la mirada fija en el amplio arco de la playa, poblada de gente, que camina con paso vacilante, mientras el sol tasajea la arena y los cardonales.

Los últimos en pasar fueron los soldados de la retaguardia. Un oficial con barba misionera se acercó a los grupos. Les dirigió breves palabras a los del cardonal y siguió de largo. Se detuvo ante el hombre que en medio del camino gemía mordido por la culebra, y atendiendo a sus súplicas, de un tiro lo dejó muerto. Y se llegó ante el cují de los viejos y cargó a la niña sobre sus hombros.

A poco de haberse alejado de retaguardia apareció la avanzada de Andrés Machado. Los viejos del cují vieron cómo mataron a lanzazos a los que tomaban la sombra del cardonal. Al frente de ellos el mulato Machado, traía un sable en la mano. De pronto el negro que jadeaba al lado de ellos se incorporó y haciendo zalemas se acercó al mulato. Por los gestos comprendieron que imploraba por su vida. El mulato lo veía con expresión repulsiva. Luego sonrió. Le dirigió unas palabras al negro y el esclavo hizo señales de asentimiento, mientras le besaba los pies Machado le dirigió una larga mirada a los viejos mientras le entregaba el sable al negro.

Al anochecer, las dos cabezas, lejos de sus cuerpos, reposaban la una junto a la otra; tranquilas, amorosas, como si fuera una siesta de domingo.

 

110. Una noche en Píritu

Esa noche del 19 de julio no durmieron en descampado como había pensado Eugenia, sino que llegaron a Puerto Píritu. La población los recibió generosa. Alimentos y medicinas volcaron sobre los fugitivos. Esa tarde la laguna lucía más hermosa que nunca con sus botes multicolores, mecidos por las aguas tibias. Eugenia quedó sorprendida de la armonía de aquel puerto con sus calles rectas y estrechas como zaguanes infinitos. Paseaba entre las callejas con María Teresa cuando un Guía de la Guardia se cuadró ante ellas.

—Por favor, de parte de Su Excelencia, tengan la bondad de acompañarme.

En la mejor casa del pueblo las esperaba el hombre del caballo negro y la mirada de fuego.

—Primas, quiero que se alojen conmigo por estos días, hasta que llegue la hora de separarnos.

Un gesto de extrañeza de Eugenia, lo llevó a explicar:

—Es que Morales, el segundo de Boves, avanza hacia nosotros y tenemos que salirle al paso. Ustedes continuarán hasta Barcelona que está a una jornada y nos esperan allá.

Eugenia escudriñó palpitante aquel pequeño hombre de mirada afiebrada y de menudos y parejos dientes. Lejos de lo que se había imaginado, le habló muy poco de la guerra, de la política o del futuro del país. Le habló, por el contrario, de Doñana, de la hacienda de Las Mercedes y de su estada en París. Eugenia, cortés, trataba de desviar la conversación hacia el lado de la política, pero él, sonriente, le apuntaba:

—Deja eso, chica, no seas fastidiosa.

Luego de cenar bajaron a la playa. El primo hablaba con tranquilidad. Eugenia lo escuchaba con agrado. No le atraía particularmente su pariente, pero esa noche había decidido hacer una cuantiosa contribución a la causa de la Libertad.

Cuando el toque de diana derribó la noche y se pobló de gaviotas la ensenada, Eugenia abrió muy grandes los ojos y dijo:

¡Guay, qué primo! —cuando vio desaparecer tras la puerta la silueta del general.

 

111. Por la cuesta del Guayabo va el Caudillo

El 26 de julio, a dos leguas de Caracas, en el abra que se conoce con el nombre de la Cortada del Guayabo, marcha el ejército de Boves.

Sombrío va el caudillo sobre su bestia. Las nieblas del amanecer le dan una aureola fantasmal. El sol comienza a teñir de rosa los valles del Tuy que se divisan en lontananza. Hace dos horas que partió de Caracas. Salió de madrugada para que no le vieran la cara ni se supiera el nombre de los prisioneros que enmecatados, arrastra. Se cumplió la profecía de Juana la Poncha, «si no lo hace a la entrada lo hace a la salida». En sus diez días de estada en Caracas, su conducta ha sido intachable. No hubo una sola ejecución, aunque se hicieron más de doscientos prisioneros. «Bueno es cilantro, pero no tanto». Si iban a creer que con presentarse serían perdonados, estaban más pelados que paloma de judío. Entre los que se presentaron hubo criminales que ajusticiaron en la Plaza Mayor, y en las bóvedas, a cientos de españoles inocentes. Boves no olvida ni lo bueno ni lo malo.

—Por eso voy a colgar de esa hermosa ceiba que está enfrente a la pulpería, al viejo Zarrasqueta. No terminaré hasta que haya acabado con todos los que destrozaron mi vida —piensa el Caudillo—. A mí el que me la hace me la paga. Conmigo nadie tuvo compasión, yo tampoco la tendré con ninguno. ¿Qué le había hecho yo a este viejo, aparte de quererle la hija, para que me humillase en aquella forma?

La columna en marcha se detiene.

—Sí, ahí mismo —le dice al indio Eulogio señalándole el sitio.

—Padre Llamozas, la absolución y nada más, que no tengo tiempo para confesiones.

De un tirón izan al mantuano de San Sebastián. Boves le concede una última merced, satisfecho.

Juan Palacios le dice con reproche:

—Por eso no se mata a un hombre.

—Me cuelgan a esos tres que siguen —riposta el Caudillo sin hacerle caso.

Una bandada de pericos mañaneros, que pasa bulliciosa, se sorprende de las pataletas de los cuatro ahorcados. Del Valle a la Cortada, esa mañana de julio, penden cuarenta hombres.

—Si sigo colgando de cuatro en cuatro —le dice a Eulogio—, no me van a alcanzar hasta Barbacoas.

La columna armada desciende la cuesta del Guayabo. Hace contraste la muerte que baja y el trino de la alborada. Por encima de las lanzas vuelan y cantan los turpiales y los cristofué, a tiempo que el murmullo de los hombres en marcha da paso definitivo a la mañana.

José Tomás rumia con ira, una vez más ha sido postergado. Una comunicación del Rey, llegada a Caracas hacía tres días, le daba el Grado de Coronel y de Comandante General de Barlovento. «¿Coronel él que había hecho a generales? ¿Coronel él que había conquistado a un mundo? S.M. el Rey Don Fernando VIII es una mierda».

—Lo mismo le hizo Carlos V a Cortés —apuntaba el Padre Llamozas ante los exabruptos cacológicos de José Tomás.

—Me importa un carajo Carlos V —decía el Caudillo, mientras el cura guardaba un comprensivo silencio.

—Este hombre es un misterio de la naturaleza —pensaba el sacerdote—. Con tan inmenso poder y todavía no sabe para qué ha nacido. Con todas sus crueldades e iniquidades tiene un extraño encanto sobre los menesterosos, negros y desvalidos, como nadie hasta la fecha, en este país, ha tenido.

 

112. Y de Charallave bajo a Calabozo

Al Padre Llamozas le recordaba al flautista de Hamelín, pero un flautista gordo y siniestro que se hacía seguir de negros asesinos. En Charallave lo esperaba el pueblo entero. No menos de 300 hombres se le sumaron espontáneamente a su ejército.

Un ¡Viva Boves!, sincero y pletórico, sacudía los pueblos del Tuy. En Cúa comió queso de mano, colgó a cinco prisioneros y le dio libertad a los esclavos.

—¡Que viva el Taita! —Gritaron las 3000 voces que lo seguían—. En San Casimiro fue recibido con discursos y cohetería, lo mismo que en Camatagua y Barbacoas. Allá se le apareció el Llano, ancho, inmenso y generoso.

Como un niño que se sumerge sudoroso en la charca después de una larga caminata, el Caudillo dejó galopar su caballo bayo, mientras el sol, la brisa y los mirichales le acariciaban el rostro.

—Por fin Calabozo me verá triunfar —decía el hombre con regocijo, mientras veía marchar el grueso de su ejército hacia Oriente—. Voy a levantar el ejército más formidable que nadie conociera por estos contornos; un ejército que me permita de una vez por todas, aclararme una duda: si soy Capitán General de un rey que me está cayendo grueso o si soy realmente rey de una tierra ganada con mi lanza —una carcajada rubricó lo que el Padre Llamozas llamaba un delirio.

Boves siguió su derrotero hacia Calabozo. En El Sombrero se le añadieron 300 jinetes armados. De los pueblos y de los fundos más distantes acudía la gente en armas. El ¡Viva Boves! atronó la llanura guariqueña, desde Camaguán hasta Santa María de Ipire. Y desde Altagracia de Orituco hasta Cabruta.

A principios de agosto divisó finalmente la cúpula de la Iglesia de Calabozo. Un poco antes de la caída del sol hizo su entrada en la ciudad. Las campanas tocaban a júbilo. Los cohetes y la fusilería le recordaron aquel lejano 5 de julio en que puso un letrero a la puerta de su tienda que decía: ¡Viva la Patria! En el atrio de la Iglesia lo esperaba el cura párroco y las autoridades del pueblo. Entre ellas divisó a Don Juan Corrales, quien, rubicundo, le hacía señales de júbilo. Vio rostros amigos y enemigos, todos sonrientes. Vio el palio dispuesto en su honor, a los caballeros de la ciudad muy orondos, a encopetadas damas, pero a quien no vio fue a Inés. Ansioso dirigió una mirada a Don Juan Corrales. En ese momento la autoridad principal iniciaba su discurso:

«El Señor ha querido que en este memorable día»…

José Tomás no lo dejó seguir, acababa de divisar en uno de los balcones frente a la Plaza, a Inés, quien tocada de peineta y mantilla lo miraba voluptuosa, retadora y concitante.

Haciendo caso omiso de las formalidades, se abrió paso con su caballo a través de la muchedumbre, y tomando a la muchacha en vilo, le dio un beso grande, impúdico y sonoro, en medio del regocijo general. Cuando pasó de nuevo frente a los notables que lo esperaban muy formales, les gritó sonriente:

—Otro día, señores —y diciendo esto se alejó por las calles hacia la llanura, con Inés montada en su grupa.

 

113. «En cambio Boves…»

Eugenia lo sospechó desde el momento mismo en que vio pasar, como alma que lleva el diablo, a Ambrosio de Plaza, uno de los edecanes de su primo, que con la cara descompuesta y a todo galope hizo tronar el puente sobre el Neverí y se perdió sudoroso camino del Ayuntamiento. Fuimos derrotados, pensó Eugenia, mientras Juan José Landaeta, un músico mulato que caminaba a su lado, le confirmaba agorero:

—No es esa la cara de la victoria.

La noticia no tardó en saberse: Bolívar y Bermúdez habían sido derrotados en Aragua de Barcelona. Más de 1000 muertos costó a los patriotas las disensiones entre el Libertador y el gigantesco oriental. Muchos de ellos fueron degollados en la Iglesia, tal como hicieron antes en Ocumare y en la Villa.

—Hombre infernal este Boves —dijo con acento grave el mismo autor de una tonadilla de moda que se llamaba «Gloria al Bravo Pueblo»—. ¿Cómo es posible — continuó diciéndole a Eugenia— que no respete ni la santidad de los altares? Estoy por creer lo que dicen los curas patriotas, de que es hijo de Satanás. ¿Conoce usted la leyenda, señorita Blanco?

—No —le respondió Eugenia, con esa mirada ausente que tienen las mujeres para con los hombres que no les interesan.

—Bueno, dicen —continuó el músico bajando la voz—, que fue concebido por una loca y que su padre es Mandinga, ¿qué le parece?

Eugenia nada le respondió, su mirada se perdía entre la multitud, persiguiendo el penacho de un gallardo húsar que en ese momento se alejaba río arriba.

A Eugenia le gustaban hasta la locura, los perfiles de algunos mulatos, pero no soportaba su cháchara y modos relamidos. Los encontraba envarados, aburridos, ausentes totalmente de espontaneidad, y en particular, si pretendían pasar por eruditos o por gentilhombres. Cuando carecían de belleza, como era el caso del músico Landaeta, unos impulsos terribles de salir corriendo la sacudían. Una cosa es la cama y otra la mesa —le había dicho su primo refiriéndose a una morena a quien toda la Emigración le atribuía hábitos de favorita nocturna, pero con la cual jamás se le vio departir públicamente.

—Nunca superaremos, prima, nuestros prejuicios de casta —decía el hombre de la mirada de fuego—. Ese es el mayor problema que tiene nuestra gente para conducir a los venezolanos, pardos en su mayoría. En cambio Boves…

Eugenia no se molestó en averiguar lo que quiso decir su primo con aquello. Ni a él ni a ella le interesaba la política ni la guerra cuando estaban juntos. Preferían rochelear como niños por las casas vacías o entregarse a esa acibarada maledicencia hermética que tienen los mantuanos caraqueños para con su propia gente.

 

114. Retirada hacia Cumana

Tres días más tarde llegó el Libertador. Con cien caballos apenas y menos de cuatrocientos hombres, Eugenia, sobre la baranda del Puente, lo vio cruzar el Neverí. Los soldados venían deshechos, en puntillas, como todos los derrotados. La gente comprendió la pena de los guerreros, y la vergüenza era la misma de ellos; por eso los dejaron llegar y los dejaron hacer, en silencio, como hacen los padres cuando ven llegar a sus hijos vencidos.

—Porque la culpa era de los patriotas —clamaba la gente—. ¿Cómo es posible que un ejército de apenas 3000 hombres no se pueda poner de acuerdo sobre el mando supremo, cuando en frente tiene un ejército compacto de 8000 forajidos al mando de Morales? Ni Bermúdez aceptó la dirección de Bolívar, ni este la de aquel. Total: combatieron cada uno por su lado y en medio se coló el canario.

Esa noche, cuando Eugenia trataba de domarle un rizo al hombre de la mirada de fuego, este clamó de pronto:

—¡Bestia!

—¡Ay! —dijo Eugenia dando un salto.

—No —dijo el hombre riendo—, no es contigo, es con Bermúdez.

El hombre pequeño que yacía sobre la cama, continuó pensando en voz alta:

—Estos orientales…

Al poco tiempo se dio la orden de retirarse hacia Cumaná. Era imposible sostener a Barcelona frente al empuje de Morales y de sus ocho mil llaneros. La emigración volvió a ponerse en marcha después de diecinueve días de reposo. Los 11 000 sobrevivientes de aquellos 20 000 caraqueños reemprendieron la fuga, a través de fragosos caminos y de doradas playas. La resignación más absoluta había seguido a la ansiedad, la indiferencia a la tragedia, el aburrimiento a las lágrimas.

Ante aquella muchedumbre hastiada y rota marchaba el Libertador, seguido de sus edecanes. Las deserciones fueron cada vez más numerosas. Cuando los fugitivos se encontraron de nuevo al descampado, muchos tuvieron miedo y regresaron a la ciudad para enfrentarse definitivamente al perseguidor. En el Puerto de la Cruz, un villorrio indígena, a dos leguas de Barcelona, algunas familias caraqueñas prefirieron quedarse entre los pescadores, antes que seguir huyendo.

En Guanta pasaron la primera noche entre las arenas y los cocoteros. Pájaros nocturnos los estremecieron con horripilantes chillidos. Esa mañana, cuando se ordenó la partida, dos tiros de pistola alarmaron a la gente. Un mantuano de mediana edad, desfigurado por el cansancio y la locura, se había suicidado junto con su mujer. La muchedumbre se agolpó, sin detenerse ante los desventurados, mientras contemplaban la cara de aquel hombre, en un tiempo dichoso, y de su mujer. Un oficial le ordenó a dos peones que cavaran una fosa. Los hombres comenzaron a palear la arena. La muchedumbre continuaba pasando con indiferencia, a veces hasta con regocijo. De entre ella emerge un cura español de balandrán y gorra militar. Dirigiéndose al oficial que preside el enterramiento, le interpela, sabiendo de antemano la respuesta:

—¿Y qué hacen estos hombres?

—Enterrar a los muertos, padre —le responde con negligencia el joven.

—¿Cómo? —grita con voz enrarecida el sacerdote—. ¿Enterrar a estos tíos después de este asco? ¡Que se pudran al descampado después de lo que han hecho! ¡Los suicidas a la mierda! —continuó como un energúmeno.

Pero una voz imperiosa, a sus espaldas, ordenó:

—Teniente, haga que sus hombres entierren a los muertos, y en cuanto a usted, Padre, réceles un responso. Son mis parientes.

Y dando vuelta se alejó persiguiendo al punto más avanzado de la vanguardia, que como una lanza se aprestaba a remontar la serranía.

 

115. Morales y los baños del Neverí

Al día siguiente de la huida entró Tomás José Morales en Barcelona al frente de sus 8000 jinetes. Como si las marejadas de sangre vertidas en la Villa de Aragua le hubiesen abierto su apetito sanguinario, Morales no se le quedó a la zaga a su jefe en lo que a asesinatos se refiere.

—Hizo su entrada en Barcelona —refería un testigo presencial que alcanzó a la Emigración el 23 de agosto—, aparentando magnanimidad. Como los vecinos enarbolaran en la calle pendones de Castilla, les hizo saber su complacencia y el deseo de reconciliarse con los fugitivos. Publicó bandos de paz; a su reclamo fueron llegando muchos de los emigrados que en las afueras de la ciudad se mantenían ocultos. Con sus sonrisas de mono viejo los tranquilizó prometiéndoles no atentar contra sus vidas. Con el fin de evitar inconvenientes, los recién llegados eran alojados, provisionalmente, en una casa llamada de Principal, que queda junto al río. Los emigrados se sintieron contentos de su elección, sin darse cuenta del vuelo trágico que emprendía el bigotillo de Morales.

Esa noche, los barceloneses se deleitaban en la Plaza Mayor con los aires de la retreta. Morales contemplaba risueño el espectáculo desde un balcón del Ayuntamiento. A una señal suya la orquesta hizo vibrar a los paseantes con los aires burlescos del Piquineo. El testigo que alcanzó a la Emigración, recordó súbitamente cómo aquella melodía había servido de música de fondo a la masacre de Valencia. Observó a los soldados de Morales que rodeaban la Plaza y los vio cambiar de postura. Todos sin excepción miraban a los vecinos. Y todos sin excepción tenían una expresión cruelmente risueña. El hombre, receloso, se deslizó hacia una de las esquinas de la plaza. Vio venir hacia él a un lancero. Lo reconoció en el acto. Era un ahijado suyo. El hombre apresuró el paso, y cuando estuvo a su altura le dijo quedo, pero enérgico:

—Corra padrino, lo más que pueda, mientras dura el Piquineo.

Sin pensarlo mucho apresuró el paso hasta casi correr. Llegando a la otra esquina oyó las últimas estrofas y el grito de espanto de los barceloneses, al ver que los soldados de Morales comenzaron a lancearlos con la mirada roja.

Esa noche Morales, desde el puente sobre el Neverí, inició lo que de ahí en adelante llamarían los baños.

Cuando el isleño quería que alancearan a alguno de los que estaban encerrados en la casa de Principal, le decía a sus sicarios jactándose de su ocurrencia: a fulano que le den un baño. Al poco rato, un cuerpo con el vientre perforado pasaba debajo del puente entre las carcajadas de Morales y de sus hombres.

—Esto sí que tiene gracia —le decía un español, mientras en ese momento pasaba, llevado por la corriente del río, el cadáver de Santiago Arguindegui.

Al día siguiente se pobló el Neverí de piraguas de viudas y huérfanos pescando a sus deudos.

 

116. Cumaná

En el trayecto hacia Cumaná la Emigración hubo de luchar con un nuevo y terrible enemigo: los indios caribes, los cuales no perdían oportunidad de lanzarse sobre los que se descuidaban, y en particular sobre los rezagados. Hubo numerosas víctimas por parte de estos inconscientes aliados del Caudillo.

Cuando llegaron a Cumaná, el 25 de agosto de 1814, después de cuatro días de marcha, no menos de 500 personas habían perecido. La ciudad los recibió recelosa, hostil, cansada, como se recibe a una pariente pobre a quien persigue la desdicha. Nadie, ni siquiera el primo de Eugenia, se hacía ilusiones sobre el final de esta guerra.

—A Boves no lo para nadie —le dijo una noche a la muchacha—. Su poder es inmenso. A este rey de los zamuros, como a los reyes medievales, nada lo separa del bajo pueblo. Esa es su fuerza; en cambio nosotros creíamos que nada iba a cambiar cuando volteáramos la tortilla. Tenía razón Don Francisco Iturbide cuando me dijo que yo no iba a poder manejar a las castas. ¡Qué equivocado estuve cuando le respondí aquello de: La demagogia en los labios y la aristocracia en el corazón!

En Cumaná, Eugenia tuvo ocasión de conocer a numerosos jefes patriotas. Mariño le pareció un excelente hombre y muy apuesto; parecía, sin embargo, tímido y autoritario. Manuel Piar le gustó desde el primer momento. Era un mulato aguerrido que le hacía ojitos. Tenía pinta y garra. Quien no le cayó nada en gracia fue el pirata Bianchi, un italiano gordo, de largos mostachos, que con su flotilla y aspecto de buhonero, prestaba servicios a la República. No le gustaban las lisonjas y modales de aquel hombre de mirada rapaz y de anillos en las orejas. Aparte que a ella siempre le habían disgustado los hombres gordos y ventrudos.

Esa tarde, el General en Jefe hizo conducir a bordo el tesoro de la Catedral de Caracas, e invitó a Eugenia a una cabalgata por los alrededores de la ciudad. La gente encumbrada los saludaba fríos y distantes.

—Esta gente no nos quiere. Carlos III se equivocó cuando nos puso, bajo el mismo sello de venezolanos, a caraqueños y cumaneses. Son 300 años de historia, razas y riquezas diferentes, para que con una firma se declare una unidad. Ha de pasar un siglo para que todos se sientan venezolanos, pero por los momentos, eso puede ser nuestra perdición.

Eugenia, con mirada indiferente, desviaba la atención para fijarla en una garza que levantaba el vuelo.

A lo lejos, el castillo de San Antonio se perfilaba en el poniente.

Al amanecer, fuertes golpes resonaron en la habitación donde dormía Eugenia.

—¡Excelencia! —llamó con premura Bernardo Herrera—. ¡Excelencia! —volvió a clamar con urgencia.

Como no se produjese una respuesta, pegó con más fuerza y cambió el trato:

—¡Simón, sal corriendo, que Bianchi está levando anclas!

Eugenia abrió la puerta y se precipitaron en la alcoba, Bernardo Herrera, Tomás Montilla y Soublette.

Todos corrieron hacia el ventanal desde donde se divisaba el puerto. Con las velas henchidas, la flota de Bianchi se disponía a zarpar, llevándose el tesoro de la Catedral.

—¡Pronto, pronto! —le dijo Bolívar a sus oficiales—; ¡démosle alcance!

A medio vestir salieron los hombres y desde el balcón Eugenia los vio abordar una chalupa. Rápidos remaron hasta dar alcance a Bianchi. Subieron al puente y desaparecieron en el interior de la nave. Por media hora nada sucedió. Luego la nao capitana se deslizó por la rada, bogando mar afuera, hacia Margarita.

Ya a mediodía de aquel 7 de septiembre, corrían los más extraños y absurdos rumores. Unos decían que Bianchi había secuestrado a los jefes patriotas y otros, que aquellos se habían fugado con el tesoro de la Catedral, abandonando a los fugitivos a su suerte.