Boves, el urogallo

Francisco Herrera Luque · Capítulo 6 de 14

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Boves, el urogallo

VI. De Guayabal a Calabozo (Segunda Campaña)

CAPÍTULO VI

De Guayabal a Calabozo

(Segunda Campaña)

 

74. El marido de Eugenia ama a Rousseau

Como ella preveía, la luna de miel de Eugenia transcurrió sin pena ni gloria. Don Francisco la tomó en el primer asalto, y lejos de lo que ella creía, entraba y salía de las trincheras con gran facilidad. Eugenia, sin embargo, no le agradecía ni la opulencia ni su buena disposición. Recordando una reflexión de Juana la Poncha sobre un caso similar, se decía:

—Es como comerse diez panelas de conserva de la cojita cuando a uno no le gusta el dulce…

Eugenia, sin embargo, estaba contenta. Don Francisco era bueno y tranquilo. Con excepción de sus fogosas cargas nocturnas, que a veces la complacían, procuraba ser cariñoso, ponderado y firme. A su lado Eugenia se sentía inmensamente protegida, como no lo había estado desde que perdió a su padre. Don Francisco era rico, muy rico. Su hermosa hacienda de Valle Arriba, en el mismo valle de Caracas, tenía poca monta, de comparársela con sus maravillosas plantaciones de Aragua, Barlovento y la Cortada del Guayabo. Su casa en Caracas, a cuadra y media de la Plaza Mayor, era una de las mejores de la capitanía, comparable con la de Doñana y la del Marqués del Toro.

Habían elegido la hacienda de Valle Arriba para pasar los primeros tiempos de matrimonio, tanto por su agradable clima como por la belleza del paraje.

Don Francisco, consciente de que su gallardía era un aspecto pretérito de su persona, procuraba no cansar demasiado a la desposada con su presencia. Simulando que tenía que supervigilar la hacienda, se pasaba la mañana entre el trapiche y la oficina, mientras Eugenia, aburrida, llegaba a desearlo. Al mediodía en punto hacía su aparición en el patio de la hacienda. Esclavos y caporales salían a su encuentro y le besaban los estribos.

En las haciendas del marido de Eugenia no habían cepos ni instrumentos de torturas. Don Francisco, sin ser un enciclopedista, y siendo en el fondo partidario del antiguo régimen, mantenía un concepto muy elevado de la naturaleza humana; por eso, más que en ninguna parte, los trescientos cincuenta esclavos del señor de la Montera eran tratados como gente y ellos aparentaban quererlo.

—No confíes en esos negros, Francisco —le aconsejaba el Conde de la Granja. Negro es negro y su apellido… Fíjate lo que le pasó a Perucho Vegas, que era como tú. ¿No lo descuartizaron vivo sus propios negros, a quienes trataba como si fueran sus hijos? Que entre Boves en Caracas para que tú veas lo que es bueno.

Don Francisco sonreía escéptico y hasta ligeramente desdeñoso, consideraba que el tío de su mujer era un déspota, limitado y perdido entre las sombras de prejuicios centenarios.

—Estos mantuanos no tienen remedio —pensaba el marido de Eugenia—. Si pasa algo en este país, ellos llegarán a ser los únicos culpables, por su soberbia.

Don Francisco recordaba los desprecios que había recibido en su infancia, y eso que su padre era un factótum de la riqueza colonial. El hecho de haber nacido en España era suficiente para que los mantuanos lo tratasen con distancia a pesar de su fortuna y de los innumerables vínculos que tenía con ellos. Por eso a Don Francisco no se le llamaba por su nombre de pila, ni el recuerdo de su padre se traía a colación en las reuniones donde se hablaba interminablemente de genealogías mientras se tomaba el chocolate. El no pasaba de ser Don Francisco o el señor de la Montera, un hombre rico, hijo de españoles, a quien no se le decía primo y a quien se le permitía casarse con las parientes pobres.

A Don Francisco estos hechos no le molestaban. Tenía la recia estructura donde no anida el resentimiento y donde la vida es un constante quehacer tratando de comprender y de dominar la realidad. De esa actitud firme y valiente le había nacido un hijo: su propio hijo, su único hijo. Fiel discípulo de su padre, cuando llegó a la adolescencia le señaló a Don Francisco lo fútil de la existencia terrena y su deseo de incorporarse al sacerdocio. Don Francisco, sin una lágrima, lo dejó partir, mientras pensaba que había llegado el momento de engendrar otro heredero.

Fríamente eligió a Eugenia. La sabía ingrávida, aunque bien dotada intelectualmente. La sabía enlentecida, pero a tiempo justo de despertarla. Pero por encima de todo la sabía hermosa, radiante, apetecible.

—Mi bella mantuana, me darás un hijo a quien tu gente le dirá primo, y a quien el Rey, cuando esta rochela pase, Jo nombrará Capitán General —le decía sonriente desde la cama mientras le acariciaba los senos erectos y pequeños como parchitas maracuyá.

Eugenia sonreía con la mirada verde perdida en lontananza y el cuerpo desnudo sobre las sábanas de Holanda. Tenía todo el aspecto de las hembras satisfechas, y lo estaba. A diferencia de los primeros tiempos, ahora, cada vez que la piedra caía en el pozo, le sacaba callados ecos húmedos. Don Francisco se sentía joven y hasta orgulloso de que a sus años hiciera temblar de gozo a la más rica hembra de los contornos.

Lo que ignoraba Don Francisco era que Eugenia, para humedecer las sábanas de Holanda, imaginaba estar muy lejos de la alcoba nupcial y entre la maleza o sobre un catre de maderas crujientes, soñaba besos ardientes y largos con Andrés Machado y con Simeón.

Don Francisco regresa de la oficina, cejijunto. Por primera vez se ha sentido tentado a darle la razón a su tío, el Conde de la Granja, cuando decía:

—El negro, cuando no la hace a la entrada, la hace a la salida y cuando no sale, se asoma.

Tres esclavos, los de la vaquera, se le han fugado. El comprendía que lo hicieran en otros fundos, pero hacérselo a él que había sido un padre para ellos, era injusto y desleal.

La deslealtad es el peor crimen que pueda cometer el hombre contra el hombre — rumiaba desde su caballo, camino de la casa grande—, porque lo resiente más que ninguna otra cosa. La base de la existencia humana es la lealtad, sin lealtad no hay # sociedad posible. Pero, ¿está obligado a lealtad el esclavo para con el amo? Se preguntó el hacendado.

No terminó de responderse porque divisó a lo lejos una aglomeración de caballos y de gentes en el patio de la hacienda. Lo sobresaltó una partida de húsares y de Guías de la Guardia con lanzas y banderolas tricolores.

—¿El…? ¿Qué hace en mi casa?

No tardó en saber la respuesta.

—Nos vamos, Don Francisco. El enemigo avanza y le saldremos al paso a mitad de camino. El ejército salió esta mañana por Antímano. Yo me vine por aquí para acortar camino y decidí darles un saludo.

—Es un honor, Excelencia —dijo el señor de La Montera, mientras Petronia, la mulata, servía grandes vasos de carato de guanábana.

Cuando la mujer llegó a la cocina una gran sombra negra salió tras el fogón.

—Dame un poquito, mulata… —dijo jocunda una voz.

—¡Jesús…! —gritó Petronia; luego se santiguó y se rio gorjeando al descubrir que tenía delante a su amigo Juan Palacios.

 

75. Los problemas de Fray Tiburcio

Boves, al mediodía, conversa con un corro de amigos en la Plaza Mayor de Calabozo. Cuatro hileras de soldados, en alpargatas, acordonan el recinto. Los tamarindos defienden al grupo de los rigores de junio. Don Juan Corrales cuenta una anécdota. Todos ríen, menos el asturiano.

De un tiempo para acá el Caudillo se ha tornado sombrío y silencioso. Habla mucho con el indio Eulogio y muy poco con Juan Palacios. El negro se ha ido en comisión hacia el Norte. El Gran Bulú le ha dejado su gente y se ha ido a levantar las esclavitudes de los valles de Aragua y de Caracas. Cumple bien su cometido. Todos los días llegan negros y mulatos, que han desertado del servicio de sus amos, enviados por Juan Palacios. Ese negro es una gran cosa. Hay que conservarlo.

No así Fray Tiburcio, quien estaba muy bien para Guayabal y para el convento abandonado. Pero en Calabozo la cosa cambia. No tuvo el valor de obligarlo a quedarse en su pueblo. Quizás hasta hubiese sido conveniente. Al fin y al cabo era el guía espiritual de esa gente. Por eso se lo trajo consigo, desoyendo los consejos del Padre Llamozas y de Morales. En Calabozo, con sus calles enlosadas y sus iglesias, y sus plazas con tamarindos, pretendió hacer lo mismo. Intentó entrar en la Iglesia y el Padre Llamozas lo sacó a trompadas. Dos negros de Guayabal se le vinieron encima. Si no es porque él mismo interviene, el Padre Llamozas la hubiese pasado mal. Ese es el problema de Fray Tiburcio. Con la ida de Juan Palacios el mal se ha agravado. Ayer lo vieron pasar completamente borracho, con su palma a manera de palio, camino del cementerio. Lo seguía una muchedumbre. Tenía aspecto de visionario.

El problema lo discutió a fondo con el indio Eulogio. El indio tenía sus razones y sus procedimientos. El Comandante de Calabozo no estaba muy seguro de la eficacia y oportunidad de ellos. Un día se decidió definitivamente; fue cuando lo vio borracho salirle al paso a Inés Corrales. En la tarde el indio Eulogio se le acercó, y con voz suave le dijo:

—Fray Tiburcio, quiero que me haga un favor.

—Dime, hijo, ¿qué será qué no será… que quien lo adivinare, buen adivinador será? —le contestó, meneando como metras los ojos.

—Quiero que me ensalme unos reales que voy a enterrar antes de irme para la guerra.

—Será, será… —le contestó el cura con aire totalmente afeminado por la locura —. Pero me pagarás con chicha, como hizo el Señor con Judas camino de Getsemaní…

A paso rápido y a la media noche llegaron al segundo patio de una casa abandonada por la guerra. Un gato salió a escape. La maleza lo cubría todo. Fray Tiburcio decía:

—Solo, como un lamento… triste, como una rana… ¿Es aquí, hijo? —preguntó el loco al divisar una fosa abierta en medio del patio.

—Aquí es, Padre… —y diciendo esto le hundió la daga hasta la empuñadura.

 

76. Erase un novio caudillo

Seis días antes de su partida José Tomás comprendió que Inés lo amaba. Sólo que la muchacha era de esos seres contradictorios que temen lo que aman o anhelan lo que los atemoriza. Ella, de siempre, se sintió atraída por aquel mocetón rudo que al colear levantaba los toros en vilo con una sonrisa, o aguantaba sin desmayarse doscientos latigazos en el lomo. A Inés, el dolor ajeno y el propio, la excitaban. Una vez se lo contó al Padre Llamozas en secreto de confesión y casi la excomulga. Pero nunca se había sentido tan atraída por un hombre, como el día aquel en que el verdugo Sebastián le destrozó la espalda a vergajazos. La guerra la excitaba como todo lo que fuese muerte y destrucción. La cabeza de Aldao, frita en aceite y clavada en una lanza en la plaza, llegaba a embelesarla. Ella había conocido a Aldao. Nunca le había parecido gran cosa, pero ahora que estaba en la plaza, se sentía una nueva Salomé cuando le bullía el deseo de contemplar sus labios tumefactos.

Inés decidió conquistar y retener a José Tomás para sí, el sexto día antes de su partida. Le bastó con dirigirle una mirada, la misma que le dirigía a Aldao en la Plaza de Calabozo.

Boves dio un respingo, como el macho que siente en el camino la culebra cascabel. Por más de cinco años había deseado a Inés, pero por el mismo tiempo ella lo había rechazado con sus solas pestañas y su tremenda indiferencia. Nunca lo vio con una mirada verdadera. El asturiano se sentía frente a Inés como un vidrio que se mira al trasluz. Se sentía cosa, objeto inerte, carente de la más leve significación. Por eso creyó que soñaba cuando la moza le dirigió aquella mirada plena de intención.

Con su natural desconfianza, se preguntó:

—¿A quién le tendré preso y me va a pedir que se lo suelte? Cuando Inés le abrió los labios en rítmico movimiento del mentón, José Tomás no puso en duda que Inés lo deseaba como macho. Se le acercó parsimonioso y con cautela:

—¿Y a ti qué te pasa hoy que amaneciste tan simpática?

Inés, sin demostrar cortedad, le respondió siempre sonriente:

—Es que he decidido ser tu mujer, ya que vas para Capitán General…

A Boves lo desarmó la confesión. Tragando saliva le preguntó, temeroso de despertar:

—¿Va en serio o es broma tuya?

—En serio, chico, en serio.

—¿Quieres entonces ser mi novia?

—Sí, hombre, sí.

Loco de alegría salió José Tomás de la casa de los Corrales. A galope tendido recorrió las calles, sin camino ni intención, tal como lo hacía cuando era un simple muchacho por las calles de Calabozo.

José Tomás sintió ganas de echar pie a tierra en la primera pulpería, y beber y decir pendejadas y abrazarse a todos los hombres, con esos pasos amplios y generosos de todos los ebrios. Pero se sintió pequeño, y se sintió disminuido por el peso trágico de la historia.

Sólo pudo expresar su júbilo en el momento de llegar a la plaza. Seis mozalbetes ansiosos iban a ser pasados por las armas. No se sabía ni siquiera de lo que se les acusaba. Eran prisioneros de Eulogio, y al indio había que complacerlo en sus arrebatos homicidas.

A caballo se llegó muy quedo tras el pelotón. Los seis muchachos se le quedaron viendo con la mirada biliosa del miedo. El los miró a ellos. Eulogio esperaba, mientras labraba con la navaja su eterno palito. Boves, de pronto, dijo, dirigiéndose a los muchachos:

—Que los suelten.

Todo el mundo se quedó sorprendido.

—¿Cómo? —exclamó Eulogio.

—Que los suelten —repitió el Caudillo—, porque hoy me siento feliz. Y que le den las gracias a la señorita Inés.

Por cinco días José Tomás fue novio formal, de ventana y romanilla, de cuatro a seis. El último día le pidió la mano a Don Juan Corrales:

—¿Y cómo hago yo para negártela? —le respondió risueño el ganadero—. Si te digo que no, te la llevas de todas maneras, y con ella mi cabeza. Cásense, pues, y que sean felices.

Un beso casto en la mejilla se dieron los novios el día de la partida. Un beso casto en un violador de doncellas. Un beso casto en una muchacha que soñaba con ser una nueva Salomé con la cabeza de Aldao. Esa madrugada, a las dos, se dijeron adiós José Tomás e Inés.