Boves, el urogallo
Segunda parte: «El Caudillo»
SEGUNDA PARTE
«EL CAUDILLO»
CAPÍTULO V
De Calabozo a Guayabal
(Primera Campaña)
51. El regalo
El día de Reyes, con el sol araguato de los venados, burlado y desganado, José Tomás Boves hizo su entrada a Calabozo. La gente se quedó boquiabierta al verlo pasar. Nadie salió a darle la bienvenida ni intentaron saludarle. El también rehuía las miradas. Con aire ausente caminaba al paso de su caballo buscando la casa del Comandante de Plaza, Tiburcio Domínguez.
Al llegar frente al portal, un negro-azul se le enfrentó con un chopo de piedra:
—¿Qué quiere? —preguntó iracundo y zumbón como tábano.
—Dígale al Comandante de la Plaza que aquí está José Tomás Boves, quien quiere hablar con él.
El guardián encapulló una expresión desdeñosa. Estuvo presente cuando lo azotaron. Desapareció y volvió con un regocijo amargo:
—El Comandante no lo puede atender. Mejor siga su camino.
El asturiano, sin inmutarse, le ordenó:
—Entréguele estos papeles y que se reporte de inmediato, porque ahora, el nuevo Comandante, soy yo.
Cenizo se puso el sicario ante la afirmación. Balbuceando un sí, mi Comandante, entró a la casa a toda carrera en busca de Domínguez.
Al instante apareció el hombre con el rostro conturbado y la palabra doliente:
—Perdón, perdón Comandante Boves, que no supe en el primer momento que era usted. Mande y será obedecido.
José Tomás, sin bajarse de su cabalgadura, le descargó con asco:
—Convoque a los vecinos y salga inmediatamente de esta casa. Confusos y temerosos se quedaron los calaboceños cuando supieron que el nuevo Comandante era José Tomás Boves.
La noticia fue recibida con júbilo dentro del pardaje donde el asturiano tenía grandes amigos; pero envolvió como una mancha tenebrosa el alma de mantuanos y criollos.
A pesar de todo, hicieron lo indecible por ganárselo. De todas partes recibió regalos y apaciguamientos. Alrededor de la plaza era cada vez mayor el número de notables que se aglomeraban, en la esperanza de tener un encuentro que pareciera casual con el nuevo Comandante.
Pero José Tomás no salió de su residencia en los primeros días ni permitió la visita de esos notables. A todos, el indio Eulogio devolvía con gesto airado mientras con su navaja se empeñaba en labrar un palito.
—No está o no lo quiere recibir, ¿qué sé yo? —decía al preguntón, sin importarle nada ni rango ni apellido.
Tan sólo el Padre Llamozas y Don Juan Corrales lograron trasponer la defensa. Ambos trataron de hacerle ver la conveniencia de reconciliarse con los notables de la Villa.
—Una cosa es el gobernante y otra el hombre —decía el Padre Llamozas—; yo comprendo que tú, como ser humano, estés resentido, pero es imposible que confundas los intereses del Estado con tus problemas personales. La buena marcha de los intereses del reino así lo exige.
Don Juan Corrales le expresó con disgusto:
—Yo creía conocerte mejor, pero veo que estaba equivocado. Te creía un hombre de buen corazón que perdonaba las ofensas, pero estoy equivocado. Veo que eres más rencoroso que un tigre herido. Por dos o tres que te hicieron mal, ¿cómo es posible que nos incluyas a todos? Eso es una injusticia.
—Que me entreguen entonces al negro Sebastián y a Vicente Berroterán y olvidaremos lo sucedido.
—Eso no es posible, hijo. Nosotros ni somos policías ni perros de presa — respondía a punto de hervor el ganadero.
—Pues entonces, que me dejen quieto, y que agradezcan que no haga con ellos una escabechina, que bien merecida la tendrían después de lo que hicieron conmigo.
—Los ricos y nobles de un lugar —apuntó sentencioso el Padre Llamozas— están casados siempre con el Príncipe; dependen mutuamente el uno del otro. Si tú te niegas a vincularte con los mantuanos de Calabozo, peligra la hacienda de ellos, pero también tu poder. Será una batalla a corto plazo donde tú serás el perdedor, por haberte apartado del papel que encarnas.
—Pues ni con eso, padre —respondía José Tomás más testarudo que nunca—. Si quieren reconciliación —ya le dije—, que me traigan la cabeza de Sebastián o de Vicente Berroterán. Con cualquiera de las dos me conformo. Entretanto, no quiero saber ni una palabra de esa gente.
Dos días más tarde el indio Eulogio se presentó en el despacho de José Tomás con una caja.
—Aquí le mandan un regalo.
El Comandante comentó con sorna:
—Mantuano, cuando no aplasta, soborna. Abrelo, Eulogio, pero ten cuidado, no vaya a ser una mapanare. Estos mantuanos son capaces de todo.
El indio rasgó con cuidado la envoltura. Los dos hombres se quedaron estupefactos. Dentro de la caja, con los ojos abiertos y desesperados, estaba la cabeza recién cortada de Sebastián.
52. Boves el pacificador
A los pocos días José Tomás decidió hacer las paces con la oligarquía calaboceña, en un Tedéum que dirigió el Padre Llamozas, donde habló elocuente sobre las virtudes del gobernante y los deberes de los gobernados. El Comandante y los mantuanos se abrazaron y se perdonaron mutuamente los agravios inferidos. Seguido de todo Calabozo, y ostentando a mitad del pecho su banda morada de Comandante de la Plaza, se dirigió al Cementerio, y depositó una corona de flores sobre la tumba de Juan Caribe. Terminado el acto pasaron a la casa de Juan Bautista Riverol, uno de los notables de la ciudad, donde se brindó por el éxito del nuevo gobernante.
José Tomás, al final, se sintió casi contento ante las innumerables demostraciones de cariño y de aprecio que recibía.
—Mi hermano querido —gemía Eusebio Sequeda, pasado de tragos—, no sabe lo feliz que me siento de esta reconciliación entre el hijo más ilustre de Calabozo y nosotros.
Sequeda se aferraba al hombre, como la perezosa a la rama. José Tomás sonreía, pero en el fondo recordaba que Eusebio Sequeda había sido de los que más gritaba y aplaudía en la plaza cuando caían recios los vergajazos del negro Sebastián. Y recordaba también las sentencias de Monteverde sobre los criollos:
—Para adularte no hay nada mejor que un criollo; lo mismo que engañan adulan; son gente baja con la que no hay que tener ninguna consideración. Yo por eso los trato a las patadas, y mientras más me arrequinto, más se arrastran. Pero ay de mí si algún día estuviera fuñido. Pocas veces he visto a un pueblo más cruel con los vencidos como esta gente.
José Tomás, al poco tiempo, comenzó a olvidarse de las opiniones del Capitán canario y de las afrentas recibidas. Era Comandante de la ciudad y eso bastaba para que echara en el olvido todas las humillaciones sufridas en el pasado, y hasta la misma muerte de Juan Caribe.
No había día que no fuese objeto de un obsequio, de un agasajo o de una distinción.
Hábiles y probados comerciantes sometían a sus consideraciones las operaciones comerciales más obvias. Ganaderos, hijos y nietos de ganaderos le pedían consejos sobre la gusanera del ganado o el apareamiento de la vacada; en tanto que algunas matronas célebres por su buena mesa solicitaban su parecer sobre la utilización del jengibre en los bizcochuelos.
Las hijas y las mujeres de los mantuanos le sonreían bulliciosas al verlo pasar, y más de una se dejó llevar por el indio Eulogio, agachada dentro de un saco, al filo de la madrugada.
—Eso es lo mejor que tiene el poder —le decía al indio—. Un gobernante es con las mujeres como una lanza en medio de una estampida de ganado. No hay que hacer ningún esfuerzo para agarrarlas, son ellas las que vienen solas y se ensartan.
Un día Don Juan Corrales se presentó en la Comandancia, y con aspecto preocupado le dijo:
—Ahí está mi hija Inés que tiene algo que pedirte.
—Concedido de antemano.
—No te precipites, porque la cosa no es fácil; yo no creo que accedas, pero en fin, que ella misma te lo pida.
Al llamado de su padre, se acercó Inés. Como siempre, se mostraba hostil al mozo. José Tomás, sin poderlo evitar, se embebió en su presencia.
—Vengo a pedirte algo —dijo convulsa la muchacha.
—Concedido de antemano, ya se lo dije a tu padre —respondió el Comandante.
—¿Sea lo que sea? —preguntó escéptica y esbozando por primera vez una sonrisa.
El hombretón, subyugado por aquellos dientecillos menudos, no hizo caso de la pregunta y respondió impulsivo:
—Sea lo que sea.
—¡Ya! Ahora no te eches para atrás, mira que a mí me han dicho que tú no tienes sino una palabra.
—Sí, sí, está bien, chica —exclamó ya impaciente José Tomás. ¿Pero de qué se trata?
—Que le perdones la vida a Vicente Berroterán —dijo Inés en un susurro.
Boves empalideció. Más que los vergajazos del verdugo, le había dolido el puñetazo a traición que le diera Vicente, a quien tenía por uno de sus mejores amigos. Su primera intención fue decir no, aunque se lo hubiese prometido a Inés. Si había alguien a quien se la tenía jurada era a Vicente; ¿cómo perdonarlo entonces?
Don Juan Corrales vino en auxilio de su hija:
—Yo no quiero meterme en tus decisiones; pero sí deseo explicarte algunas cosas. Vicente Berroterán actuó en aquel momento como un cobarde y tuvo miedo de que lo consideraran tu cómplice. El mismo me lo contó llorando, después que sucedieron tantas cosas. Además, no es tan grave que te hubiera metido un puñetazo… ¡Perdónalo, chico, no seas rencoroso!
José Tomás permaneció un rato en silencio. Luego, viendo a Inés, al principio serio, luego sonriente, le dijo:
—Está bien, que venga Vicente Berroterán…
Horas más tarde se presentó el fugitivo; arrodillándose ante Boves, le besó las manos, mientras balbuceaba:
—¡Gracias hermano… gracias… y perdóname por haber sido tan carajo!
53. La insurrección de Espino
El indulto concedido a Vicente Berroterán robusteció las relaciones de José Tomás con el mantuanaje calaboceño.
Como antes de la guerra, Vicente y José Tomás volvieron a trasegar copas de ron añejo y salieron a cazar tigres por los aledaños de la villa, mientras la gente se hacía lenguas del buen corazón de Boves.
A fines de febrero, dos noticias vinieron a perturbar la paz monteverdina de Calabozo: la una era que Maturín había caído en manos de los insurgentes; la otra, que el pueblo de Espino, a mitad de camino entre Calabozo y Maturín, se había alzado a favor de la República.
José Tomás hizo un llamado a las armas. Entre los primeros voluntarios iban Vicente Berroterán, Eusebio Sequeda y Gil Antonio Parpacén.
Cinco días más tarde llegó ante el pueblo la expedición armada. Espino era una pequeña, pero muy próspera población del Alto Llano, siendo sus habitantes gente enérgica y aguerrida. Inmediatamente comenzó el combate entre aquellos menguados atacantes y no menos escasos defensores. Los espinenses resistían con brío la carga de los calaboceños.
Una noche que José Tomás comenzaba a dormirse en su chinchorro, vio que se le acercaba el indio Eulogio. Con voz baja le dijo:
—Venga pa acá corriendo.
Al pie de una mata tres hombres armados apuntaban a un cuarto de aspecto distinguido. Boves pegó un respingo al darse cuenta de que tenía por delante nada menos que a José Barreto, el jefe de los republicanos de Espino.
—¿Y esto…?
El hombre comenzó a hablar:
—Vine a explicarte todo, y a salvarte la vida si perdonas Ja mía. Todo esto del alzamiento es una añagaza de Vicente Berroterán y de sus amigos para obligarte a salir de Calabozo y matarte en el camino. Nosotros nunca creimos que llegaran hasta acá. Ellos son los culpables y no nosotros. Ya nos han matado más de treinta hombres y no estamos dispuestos a que esto continúe.
José Tomás permanecía estupefacto ante las revelaciones de Barreto. ¿Conque eso era lo que pretendían? La pupila se le contrajo de ira al recordar la invitación que noches antes le hicieran Vicente y sus amigos, para salir a cazar venados en un pozo que quedaba a una legua del campamento. Un brillo ansioso que le captó en los ojos al ganadero lo hizo desechar la invitación.
Barreto puso cara de conejo cuando vio a Boves crispado por la ira.
—Pero yo no hice nada —balbuceó como un comerciante sorprendido en falta.
—¿Cómo que no hiciste nada, grandísimo traidor…? —le espetó Boves, mientras le arrebataba la lanza a uno de los llaneros.
—Que los agarren a todos —le gritó a sus hombres, mientras hundía la lanza en el vientre del cabecilla.
Todos los conspiradores, con excepción de Vicente Berroterán que logró escapar, fueron apresados, conducidos a Calabozo y condenados a muerte en la Plaza Mayor.
—Razón tenía el Comandante Monteverde. Los criollos son unas mierdas y hay que acabarlos de raíz —pensaba el jefe de la Plaza mientras veía caer las cabezas de sus fracasados victimarios.
Entre los ejecutados estaba Juan Mujica, el marido de Martiniana Sierralta; antes de ofrecerle su cabeza al verdugo le dirigió una sonrisa a su mujer. Martiniana veía la escena con la expresión turbada. Nunca había llegado a amar a aquel mantuano sereno y adusto, pero por un extraño impulso se sintió acongojada y juró vengarse.
54. La noche de Martiniana
Una noche de luna clara, los patriotas de Calabozo deciden jugarse el todo por el todo.
Martiniana Sierralta, a quien el caudillo asedió de nuevo sin ningún resultado, ha accedido a dejarse conducir en un saco por el indio Eulogio hasta sus habitaciones.
Con el toque de ánimas, los conspiradores ven pasar al indio con su carga. A las once, de acuerdo a lo convenido, la guardia de la entrada se habrá retirado y los conjurados tendrán puerta franca hasta las habitaciones del Comandante, quien estará durmiendo profundamente, por obra de los brebajes y de las caricias de Martiniana.
A la hora convenida, en medio de un guiño de la luna, los siete conjurados traspusieron el portal y se encontraron con el amplio patio envuelto en un profundo silencio, de esos que no tienen grillos, ni gemidos, ni sapos.
Arriba, en la ventana del cuarto, pende el vestido de Martiniana, señal de que la bestia duerme.
En puntillas suben la escalera. Domingo Cousín precede al grupo. Está muy oscuro; al pasadizo no llega la claridad lunar. Arriba se distingue el final de la escalera.
Domingo ve sobre la baranda una cabeza de mujer. ¡Es Martiniana!, dice respirando con alivio. Le extraña, sin embargo, la posición de la muchacha. Tiene una extraña postura. ¡Martiniana!, le susurra al tenerla al alcance de la mano. La mujer no responde.
Domingo se enloquece. Al final de la escalera sí está la cabeza de Martiniana, pero separada del cuerpo que yace desnudo en la inmensa cama. Por esta vez a Judit se le adelantó Holofernes.
Conmovido de terror grita:
—Hemos sido descubiertos… ¡Sálvese quien pueda!
A carrera tendida atraviesa el patio tratando de ganar la calle. El aire fresco y la noche clara deparan una nueva sorpresa. Diez jinetes a cada lado de la avenida les cierran el paso, mientras de la plaza los apuntan veinte fusiles.
Al frente de ellos José Tomás Boves los contempla con sus pupilas felinas, desde su caballo bayo. Sus frustrados asesinos intentan replegarse hacia la casa de donde han salido, pero el indio Eulogio, seguido de cinco fusileros los apunta desde un entreportón. Los hombres se retiran y el portal se cierra a sus espaldas. La luna brilla claramente. Hace calor y Boves sigue sonriendo. Domingo Cousín y sus amigos se persignan mientras ven avanzar, buscándoles el cuerpo, las dos filas de lanceros.
55. Morales y el Compadre Zaraza
Para alivio de los calaboceños, Boves recibió órdenes de Monteverde de trasladarse de inmediato a Barcelona para que lo ayudase a someter a los insurgentes que se habían apoderado de Maturín y de otras plazas de Oriente.
Con trescientos hombres y el corazón lleno de malos presagios abandonó Calabozo a primeros de mayo de 1813.
La marcha a través del llano es difícil en esta época del año. Llueve copiosamente y la planicie comienza a inundarse.
Embozados en sus cobijas rojas y azules cabalgan los trescientos lanceros de Calabozo. Ni un criollo hay entre ellos. Después de lo de Espino, José Tomás salió escarmentado.
La nueva traición de Vicente Berroterán lo enardece. Se sorprende de la capacidad de disimulo de este hombrón tan bien plantado. Pero al mismo tiempo se pregunta, sin hallar respuesta, el porqué de esa animadversión que le tienen los mantuanos de Calabozo.
—La aristocracia de la sangre —le ha dicho el Padre Llamozas— somete a duras penas a los que triunfan por su propio esfuerzo. Si no pueden destruirlos los incorporan a su seno y los ponen a su servicio. Tú todavía eres un pichón de caudillo; tratan de destruirte, por consiguiente… Cuando los destruyas tú a ellos habrás hecho la revolución.
¿Representaba él una revolución? Cuando veía a sus negros y zambos bailar en derredor suyo, se sentía cómodo entre ellos, pero no parte de ellos. Tenía por sus hombres la espléndida complacencia del criador ante la bestia bella. Hay hombres que se quedan entre las bestias sin que quiera decir que se les han igualado, tan sólo se han apartado de sus semejantes.
¿Son sus semejantes los criollos y los otros blancos de Calabozo? Boves no atinaba a responderse. Tan sólo pensaba, con obsesión dolorosa, en la traición de Vicente Berroterán.
—Los españoles son incapaces de traicionar porque no tienen miedo —afirmaba Monteverde—, y los criollos engañan porque son cobardes —concluía, el que ahora ocupaba el cargo de Capitán General de Venezuela.
José Tomás era español, ¿era por eso que se sentía incapaz de traicionar? Pero, a su vez, se preguntaba: ¿Soy español?
Asturias era para él un brumoso sueño que comenzaba a desvanecerse después de quince años de ausencia. Apenas tenía 15 años cuando salió de Gijón en aquella fragata. Recuerda la cabeza del ajusticiado, la gonorrea y Humbold. Menuda trilogía la que preludió su historia en el país.
La fiebre le sube. Le martillea la cabeza. El aguacero sigue cayendo sobre los hombres metidos en sus cobijas azules.
Después de diez días de caminos, la caravana arriba al pie de la monotonía del Bergantín, ya cerca de Barcelona. Una vasta plantación de caña se extiende hasta la montaña. En medio hay una gran casa, la hacienda «Peñuelas», de su compadre Pedro Zaraza, llamado por los indios Taita Cordillera.
Su palabra es ley entre la indiada, desde Barcelona hasta el Orinoco.
La casa se divisa entre desierta e inmóvil. Envía una avanzada de cuatro soldados.
—Dígale al Taita Cordillera, que es su compadre José Tomos Boves.
Los hombres se pierden por el camino rojizo. De retorno galopan cinco. Al frente de ellos viene un hombre blanco de unos cuarenta años, flaco y con cara de gavilán; tiene la cabeza completamente blanca, de ahí su apodo de Taita Cordillera.
—Bien venido, José Tomás —le grita el hacendado.
Los dos hombres tienen una fuerte amistad, cultivada a través de estos últimos ocho años. José Tomás es padrino del menor de los hijos de Zaraza, y es el primer acreedor sobre la hipoteca que tiene sobre la hacienda.
Como buen oriental, Taita Cordillera es parlanchín y afable. Con su característico acento le va informando de todo, menos del asunto que más le preocupa a Boves: la guerra.
Por la expresión del hombre, Boves infiere que no coincide esta vez con su compadre, no obstante, se atreve. Le debe dinero y le salvó la vida en una ocasión en que se lo llevó corriente abajo un río crecido; sin pensarlo, se tiró en seguimiento y lo atajó inconsciente atravesado en un palo.
—Sin usted no estaría vivo… solía decirle Zaraza. Por eso lo hice padrino de mi hijo.
José Tomás siempre ha pensado que el día en que se insurreccione el llano, Zaraza será su segundo en mando. Taita Cordillera no se lo ha negado. En el credo de los hombres de la llanura no cabe la persuasión sino la fidelidad jerárquica. Por eso le dice al Taita oriental:
—¿De cuántos hombres dispone, Taita?
—De unos ochenta, a lo más.
—Hágalos entonces recoger para ponernos mañana en marcha.
El Taita Cordillera se aleja por la montaña convocando a sus hombres. La tropa de Boves lo ve pasar.
Ahora se están reuniendo en el trapiche. Boves sonríe con satisfacción y esa noche duerme a pierna suelta.
En la mañana, Eulogio le da la noticia: no hay ni rastros de Zaraza ni de los ochenta hombres de Peñuelas.
—El compadre desertó antes de la recluta —le apunta con sorna el indio—. Debió partir de madrugada, camino hacia Maturín, tratando de unirse a los insurgentes.
56. Juan Manuel de Cajigal
A fines de mayo llegó a Barcelona. Allí se entera de que su jefe, Domingo Monteverde, ha sido derrotado, y también sustituido de su cargo de Capitán General.
A los pocos días conoce al nuevo Capitán General, Don Manuel de Cajigal. Es un hombre de aspecto fuerte con esa cordialidad ausente y condescendiente de los ancianos entontecidos. Boves detesta esos modos y sabe, desde el primer momento, que no hay comunicación posible entre él y el sustituto de Monteverde. Por eso es áspero e irrespetuoso con el Mariscal de Campo; lo provoca a ver si estalla, pero el militar sigue impávido con sus modos afables. La guerra continúa en el Oriente. Los insurgentes hacen progresos. Cajigal y Boves, a duras penas, se mantienen en Barcelona hasta que, a comienzos de agosto, deciden retirarse hacia el Orinoco.
Triste y con aspecto enfermizo, marcha el asturiano al frente de la tropa. A su lado va un canario, a quien ha decidido poner su segundo y que se llama Tomás José Morales. A Boves le place, porque es el primer español que se le parece al indio Eulogio; callado y preciso como una macagua, obediente como un sacristán y lento y fuerte como un oso hormiguero. Ha sido ordenanza de los Comandantes de Barcelona y pulpero en Píritu. Comparte con él la antipatía hacia Cajigal.
En su larga retirada continúa estudiando al viejo militar. Tiene aspecto poco dominador. Con su aire distinguido y su afabilidad de padre tímido. Accede a cualquiera de sus solicitudes; casi siempre permanece sonriente y pide disculpas por cualquier cosa.
—Con un hombre así no vamos a ninguna parte —le dice José Tomás al indio Eulogio—. Así era Miranda, y lo fregaron.
Le aburre sobre todo la conversación del Viejo Tonto, como ha decidido llamarle. Habla demasiado; como para sí, que sería lo de menos, lo malo es que obliga a oírle. Hace constantes comentarios sobre filósofos antiguos y sobre el arte militar de César.
—Ah, hombre bien pendejo, si va a creer que en estos gamelotales se puede pelear como en las Galias.
Boves ya no puede más. Siente que la paciencia lo abandona. Un día decide jugarse el todo por el todo. Se dirige al viejo mariscal y le implora con la mano en la espada que lo deje marcharse para organizar la guerra en el Alto Llano.
Cajigal, que ya no tiene ánimo para replicarle, lo deja ir.
57. Machado y Boada Con Boves se van Tomás José Morales, quien de ahora en adelante será su lugarteniente, y el indio Eulogio, su espaldero. Comienza a organizar su fuerza. Para reunir gente se vale de toda clase de estratagemas, desde proclamar bandos donde decreta la libertad de los esclavos, a prometer a los negros y pardos la posesión de toda la riqueza de los blancos.
Los métodos utilizados dieron resultado. De todas partes del Llano acudían hombres de las más diversas calañas: desde los esclavos que habían abandonado o asesinado a sus amos hasta los bandoleros y forajidos de la llanura. Al mes tenía un ejército de 700 hombres.
Cerca de Chaguaramal de Perales se le acercó un mulato perfilado:
—Pido servir en sus filas, mi general —dijo el mulato.
Al guerrillero le llamó la atención la pinta bravia del hombre.
—Y usted quién es y qué pide —le preguntó bronco, desde su cabalgadura, a tiempo que reconocía al posadero de San Sebastián.
—Yo soy Andrés Machado, mayordomo del Hato de Casupita del General Pedro Zaraza.
—¿El mayordomo de Zaraza? —exclamó con alegría de fiera el Taita, olvidándose de lo que iba a preguntar sobre los Zarrasqueta.
—¿Y dónde está el Taita Cordillera? —añadió goloso, mientras le echaba una mirada de rabmadante al mulato.
—Por los alrededores de Chachipo, alzando gente contra usted.
—¿Conque así es la cosa? Ahora es cuando va a ver lo que es bueno. ¡Eulogio! — clamó de pronto—, te me vas con veinte hombres al hato de Zaraza, me lo quemas de punta a punta y no me dejas a nadie vivo. Ya va a saber Zaraza lo que es bueno.
El indio y el mulato cumplieron con exactitud el encargo. La mujer de Zaraza se hallaba con sus hijos, cuando de pronto cayeron sobre ella los hombres de Boves. A machetazos los asesinaron.
Boves derrotó a los patriotas en la Corona, cerca de Santa María de Ipire, y más tarde en Cachipo.
Caen trescientos prisioneros. Entre los oficiales hay un español gordo con aspecto de sabueso marino y rostro rubicundo de bebedor. A José Tomás le viene presto un recuerdo de la escuela, allá en Gijón.
—¿Tú no eres Tomás Boada?
—El mismo —contesta el otro sorprendido y sin darse cuenta que tiene por delante a su condiscípulo Rodríguez Boves.
Al poco rato los dos hombres charlan cordiales bajo un ceibo. Boada le cuenta a Boves su historia. Al salir de la escuela fue destinado a Cuba y Puerto Rico. La mala suerte continuó persiguiéndole. El barco que piloteaba naufragó en Guadalupe. Se le acusó de impericia y pretendieron seguirle proceso. Se negó a regresar a territorio español y de Guadalupe pasó a Trinidad, donde montó una taberna.
José Tomás, al ver el largo trago de ron que trasega su compañero, no deja de preguntarse si se habrá bebido la taberna.
En Trinidad conoció a José Francisco Bermúdez, el general insurgente que ahora anda dando quehacer por los lados de Maturín. Con él y los sesenta hombres de Mariño, desembarcó en enero de ese mismo año por Güiria. Se metió en la empresa, más por aburrimiento que por ideales. Total, para morirse de murria en Trinidad, es preferible jugarse el todo por el todo. Combatió arduamente a todo lo largo de estos seis meses; pero está decepcionado de Bermúdez, de su torpeza y su crueldad.
Cuando se tropezó con Boves, estaba a punto de desertar y de volver con los suyos.
José Tomás le echa una mirada penetrante y le parece sincero. Además que es su compañero y el único que compartía con el asturiano el desdén por los señoritos de la escuela. Boada es hijo de un tornero. Tiene la tosquedad, y por lo que ve, el mismo resentimiento suyo.
Ni siquiera es necesario que José Tomás le proponga quedarse. A los pocos días comanda un batallón de lanceros. Aunque es triste y bebe en exceso, Boada resulta un buen oficial. Es práctico y disciplinado. Dos meses más tarde es su hombre de confianza.
En una escaramuza, cincuenta y dos hombres caen prisioneros. José Tomás da orden de ejecutar a los tres oficiales que lo comandan. La orden es cumplida de inmediato. Los tres hombres caen abatidos por las balas. El indio Eulogio se acerca a Boves y le dice:
—No me gusta Boada.
—¿Por qué? —le pregunta Boves.
—Porque pone la cara chiquita, como si tuviera asco, cuando se fusila a los prisioneros.
A José Tomás lo salpica la observación. Detiene el paso y observa a Boada. El hombre, de espaldas, empina una botella de aguardiente. Boada no es cobarde, combate bien y con valentía. Decide ponerlo a prueba. Elige seis prisioneros y los hace fusilar mientras le escudriña el rostro a su compañero. Eulogio tiene razón, el hombre frunce el hocico.
—¿Conque no le gusta?, ahora va a ver.
58. Segunda muerte del padre
El 22 de septiembre, un ejército considerable conduce Boves hacia Calabozo, su antigua y añorada gobernación. Hace cinco meses que salió de la ciudad que tantas penas y venturas le ha deparado. El tiempo y la guerra lo han ido cambiando. Ahora ni él mismo se reconoce. Se ha tornado feral y despiadado. No hace prisioneros.
—Yo no cargo preso amarrado. Estamos en una época en que mono no carga a su hijo, —decía a guisa de explicación cuando su capellán, el Padre Llamozas, le echaba en cara los asesinatos en masa de los vencidos.
—Mire, padre, el prisionero es un gorro. Si usted se descuida se le viene encima, y si lo suelta le pierde a uno el respeto, como pasaba con el Viejo Tonto. Si encima usted tiene que darles de comer y el rancho no es mucho, ya usted se imaginará. Boves deja vagar el recuerdo y piensa en su buen amigo Eusebio Antoñanzas, su padrino de guerra, el hombre por el cual ha sentido más afecto y respeto.
Antoñanzas es para José Tomás Boves, la imagen del padre que hubiera deseado tener: afectuoso y fuerte, sabio y protector, y todo esto sin ser pendejo. Sus consejos y opiniones sobre la vida y sobre los hombres, son claros y descarnados como un verano llanero. Cualquiera diría que es cruel y desalmado, pero para José Tomás, que lo conoce a fondo, Antoñanzas es simplemente un estratega del dolor, que utiliza la destrucción y la muerte al servicio de la vida.
—El mal hay que hacerlo al principio y seguido, para que luego lo bueno refresque como una llovizna —decía el capitán canario—. Mientras más rápido se salga de todo lo que molesta, más pronto se alcanza la paz.
Por eso, suele extasiarse en el recuerdo de Don Eusebio, preguntándose muchas veces si su viejo amigo hubiera aplaudido o desaprobado su conducta.
Llegando a El Calvario recibió un parte de guerra del cuartel general. Después de una marcha exitosa a través de los pueblos de la cordillera andina, Bolívar había entrado a Caracas el 7 de julio. En Trujillo, el mes anterior, había decretado guerra a muerte a todos los españoles y canarios, aunque fuesen simpatizantes de la República. El diablo Briceño, en un edicto, estipulaba el número de cabezas que tenían que presentarse para recibir ascensos. Dos cabezas de españoles ameritaban el título de capitán, diez, de comandante.
Mientras leía, Boves le dio la razón a Antoñanzas. Los insurgentes tomaban ventaja porque utilizaban el terror. Continuó leyendo: los patriotas de Oriente también hacían grandes avances. Cumaná y Barcelona habían caído en poder del enemigo. Antoñanzas, el gobernador de Cumaná, había muerto. José Tomás se quedó atónito. ¿Antoñanzas muerto? No es posible —se dijo con desesperación. Volvió a leer. El informe daba detalles: Huyendo de Cumaná y perseguido en alta mar por una fragata insurgente, un cañonazo le arrancó una pierna. Murió el 2 de agosto, al llegar a Curazao.
José Tomás cerró con dolor sus ojos. Sintió deseos de llorar, pero se acordó de lo que decía Antoñanzas. Haciendo un esfuerzo se tragó las lágrimas y dio paso a la ira.
—¡Tomás Boada! —ordenó imperioso.
—Sí, mi Comandante —le respondió nervioso el aludido.
—Fusila a los prisioneros.
Parpadeó con terror el oficial, ante la orden. Le echó un vistazo a los doscientos hombres que desde hacía días arrastraban. Aquello le pareció una enormidad. Creyó no entender la orden.
—¿A todos, mi Comandante?
—A todos —le respondió en el mismo tono enérgico el caudillo.
Tomás Boada empalideció.
Como si asistiese a sus reflexiones, Boves le espetó malhumorado.
—Vamos, ¿qué espera?, ¿quiere que comience con usted?
El militar dio un respingo de terror. Formó un pelotón de veinte hombres, y de diez en diez, los doscientos hombres fueron fusilados.
A cada descarga, Tomás Boada se iba sumergiendo en el pánico, en tanto que Boves, gozoso, emergía un grado de su tristeza.
Cuando terminó la matanza tenía la sensación de que Antoñanzas vivía.
59. Santa Catalina
El 23 de septiembre de 1813, Boves se encontró en el caño de Santa Catalina con el Comandante Tomás Montilla y un ejército considerable.
Durante horas combatieron insurgentes y realistas.
Con los últimos destellos del sol terminó la batalla. Boves, con habilidad increíble derrotó al enemigo. Más de seiscientos prisioneros se amontonan en círculo estrecho, mientras fusiles y lanzas los apuntan homicidas. El caudillo, desde un montículo, sonríe satisfecho. No hay nada que más lo excite que el miedo que inspira. La humillación y terror del otro abonan su grandeza.
En medio del círculo de prisioneros, un hombre alto y fuerte, con arreos de oficial, trata de pasar desapercibido, envolviéndose en una cobija que pasa sobre su cabeza. Es Vicente Berroterán.
La oscuridad comienza a envolverlo todo. Ocho hogueras se encienden alrededor de los presos. Los hombres de Boves continúan apuntando a los vencidos. El Caudillo, entretanto, se mece en su hamaca de moriche mientras trasega largos tragos de ron. El Padre Llamozas lo ve y se santigua, sabe que todo terminará en matanza. Boves bebe para emborracharse. Necesita estar borracho para matar. Una guitarra y un canto destemplado de guariqueño, se esparce por la sabana. Los llaneros se curan las heridas con sus propias aguas. Otros descuartizan un caballo muerto y van asando las piezas sobre las ocho hogueras que en la noche parecen una rueda de San Antonio.
La noche sigue su avance. No hay luna. Es una noche de suspiros y hogueras.
Boves se incorpora en su hamaca y le dice al indio Eulogio:
—Vamos a ver el rebaño.
La elevada figura del Caudillo se perfila en el fuego. Los prisioneros lo ven con la larga mirada del miedo.
De pronto grita:
—Los oficiales, que son los culpables de esta vaina, que se acerquen para hacer un trato.
Una docena de hombres emergen de la masa aterida y silenciosa. Vicente Berroterán, continúa agazapado tras su cobija en la oscuridad de la noche. Los doce hombres hacen fila frente a la hoguera mayor donde se asa el caballo. El asturiano recorre el rostro de los prisioneros. A todos les hace las mismas preguntas.
—Tú, ¿quién eres y qué hacías?
Cada uno de los oficiales va respondiendo a las preguntas del vencedor. En unos hay altivez, en otros resignación, en dos o tres, franco temor.
A uno de estos últimos le pregunta:
—¿Te gustaría seguir la guerra conmigo?
El hombre, bruscamente cambia de color y una mirada codiciosa le chispea de esperanza:
—Sí, señor… —responde alborozado.
—Pero a mí no —le responde burlón—. Hombres como tú venden a su madre — y dirigiéndose a Eulogio le grita:
—Que raspen a este primero que a todos…
Entre ayes y lamentos el oficial fue amarrado a un árbol y fusilado de lleno. Sudan amarillo sus once compañeros. Vicente Berroterán, con sus ojillos de rata, atisba el proceso.
Boves interpela a otro de los prisioneros:
—¿Cómo te llamas?
—Francisco Ibarra.
Es un guapo mozo de ojos azules y recto perfil.
—¿De los Ibarra de Caracas? —pregunta interesado Boves.
—De los mismos, señor —contesta el mozo.
—No me digas señor, que mantuano a pulpero no enseñorea…
El muchacho enrojece de rubor y de ira, y le espeta:
—Tienes razón, asesino.
Boves deja salir una larga y estruendosa carcajada.
—Te salió el mantuano, chico… Pero hasta aquí llegaste picaflor.
Sin inmutarse, el muchacho se colocó frente a los fusileros y cayó derribado.
Boves se detiene frente a otro mozalbete, con menos de veinte años, que tiene el grado de subteniente. Tiene los bigotes lacios y el ojillo indígena de los grandes mantuanos.
—Tú eres mantuano —le grita a quemarropa al verlo.
—Mi apellido es Figueredo, por si acaso le dice algo.
—¿Hijo de Don Ignacio? —pregunta con sorpresa el Caudillo.
—Así es —le contesta sin rastro de cortesía.
Boves se queda bruscamente serio y dice:
—Yo le debo la vida a tu padre.
—Ya lo sé —contesta el muchacho—, y tanto él como yo lo lamentamos todos los días.
El Caudillo da un respingo, le desconcierta la profunda animadversión del hijo del amigo. No obstante añade:
—Te voy a perdonar la vida… ahora mismo te largas para donde quieras.
—Prefiero la muerte a tener que deberle a usted la vida —respondió el oficial—, y para que no tenga dudas aquí tiene… —y diciendo esto lo escupió en medio de la cara.
José Tomás se limpió con ira y le gritó a tiempo que le arrebataba a unos hombres su látigo:
—Te voy a perdonar la vida, pero lo que es de esta pela no te libras… muchacho malcriado.
Como un chico travieso fue azotado el muchacho; luego lo amarraron de un caballo y lo condujeron de las riendas hacia las líneas patriotas.
Esa misma noche y tras el mismo interrogatorio, fueron fusilados otros tres oficiales.
Al día siguiente continuó esta parodia de tribunal de justicia. Entre las siete y las nueve de la mañana fueron fusilados otros prisioneros.
Vicente Berroterán, envuelto en su cobija y tapado con un sombrero de cogollo que le había facilitado uno de sus hombres, continuaba pasando desapercibido.
Luego de la matanza de oficiales, Boves se dirigió a los soldados y les pidió que se unieran a sus filas. Proposición que fue recibida con un clamor de entusiasmo por aquellos seiscientos hombres que ya se veían masacrados por la tropa de Boves.
—Nosotros representamos al Rey, a la justicia… Bajo las banderas de Boves ustedes no serán víctimas de la opresión de los mantuanos.
—Viva Boves… —clamaban mil voces por el campamento, mientras el Caudillo, con su vanguardia, se ponía en marcha hacia Calabozo, reforzada ahora por seiscientos hombres.
Cuando ya había vuelto grupas y comenzaba a alejarse, una voz destemplada llamó su atención:
—Taita… Taita… pido justicia…
Al lado de Vicente Berroterán, un indiecillo menudo, el ordenanza del mantuano, seguía reclamando su atención con chillidos descompuestos.
Boves se volvió curioso. Al lado del indiecillo se perfilaba la silueta embozada de Vicente Berroterán. Boves casi adivinó su presencia, momentos antes de que el ordenanza de Vicente, de un manotazo, le arrancase el sombrero a tiempo que decía:
—Aquí está Vicente Berroterán, Taita…, oficial y enemigo suyo.
60. Las hormigas de la sabana
Los ojos de Boves brillaron con extraños fulgores, al divisar desde su cabalgadura el rostro vencido de su enemigo.
—¡Vicente! —dijo para sí y para todos mientras se tiraba del caballo.
Sin parpadear y con los ojos fijos en los de Vicente, Boves se acercó al hombre como si estuviera bajo los efectos de un trance hipnótico. A pequeños pasos, como si quisiera retardar aquel encuentro tantas veces ansiado, se acercó al ganadero, que con ojos de espanto lo veía aproximarse. Cuando lo tuvo al alcance de la mano se detuvo, con la pupila cada vez más dilatada por el odio y la sorpresa, se le quedó mirando como si estuviera ante una aparición. Con voz queda, que más parecía un lamento que una amenaza, le dijo:
—Vicente…
Luego reaccionó. La cara se le encendió, los ojos le brillaron atormentados y dejó salir la voz como un trueno y como un lamento:
—¡Por fin te agarro, gran carajo…! —y le descargó con furia el puño sobre la boca.
La boca del hombre gordo se cubrió de sangre.
—Déjemelo a mí, Taita —dijo por detrás de Boves una voz.
Era Andrés Machado.
El caudillo astur, que estaba al corriente de lo sucedido entre su lugarteniente y el mantuano de Calabozo, sonrió con beneplácito.
—No, Andrés Machado, este angelito es mío y me lo voy a comer poco a poco.
Dirigiendo una mirada de triunfo a un hormiguero gigante que estaba cinco varas más allá, le preguntó al indio:
—¿Qué te parece, Eulogio, si se lo soltamos a las tambochas?
El indio sonrió con su aire de máscara funeraria.
Vicente Berroterán fue enterrado hasta el cuello a pocos pasos del hormiguero. El sol de las nueve de la mañana comenzaba a quemar.
—Pónganme el chinchorro debajo de aquel cují —dijo el Caudillo—, que esto merece verse con calma.
Boves, con su propia mano, derramó un tarro de melado sobre la cabeza del ganadero. A los cinco minutos llegó la primera hormiga. Media hora después, la cabeza de Vicente era una masa sanguinolenta, cubierta de insectos, que se fue comiendo sus gritos. Otra hora más tarde sólo quedaba una calavera, pulcramente disecada, que parecía mirar desde el fondo de las órbitas la recua trágica de sus asesinos.
Antes de marcharse, cuando el grueso de la tropa iba ya lejos, el mulato Machado le dio una patada al cráneo descarnado de su patrono.
61. Mosquiteros
El 28 de septiembre, a los pocos días de la victoria de Santa Catalina, Boves ocupó a Calabozo. Luego de ejecutar a toda la oficialidad, se enseñoreó en la plaza. Poco le duró el goce: el 14 de octubre tuvo que salir con 2500 hombres a combatir a su compatriota Campo Elias, quien venía con un numeroso ejército. El choque fue formidable. El jefe patriota fue hábil en la maniobra. La infantería salió en desbandada; buena parte de los 2000 jinetes hizo otro tanto. Pero lo que decidió la suerte de la batalla fue la deserción de Tomás Boada y de su batallón de lanceros.
Desde la matanza que lo obligara a hacer de los prisioneros, el joven español sintió verdadera repulsión por el Caudillo y se prometió abandonarlo a la primera oportunidad. Al grito de «Viva la Patria» se pasó al enemigo.
Boves salvó la vida de milagro. Seguido por el indio Eulogio y de unos pocos hombres, llegó a Guayabal donde le esperaban los restos de su destruido ejército.
Juan Palacios y sus negros les prodigaron toda clase de cuidados, mientras Fray Tiburcio decía misas moradas en la sacristía.
Las noticias que iban llegando eran aterradoras: Campo Elias había hecho ejecutar, sobre el campo de batalla, a más de 1500 prisioneros. Tomás Boada se quedó sin saber quién era peor, si el vencedor o el vencido.
La crueldad del patriota desencadenó en los llaneros el deseo de venganza. De todas partes del Llano acudían hombres dispuestos a vengar la ejecución de sus deudos.
—Ya verás, José Tomás, ya verás —le decía con su proverbial entusiasmo Juan Palacios— como esta no la pelas. No hay mal que por bien no venga, y estaba de Dios que de aquí, del Guayabal, tú salieras triunfante. Eso lo vi yo desde nuestros tiempos en Puerto Cabello. Por los momentos descansa, chico, que buena falta te va a hacer.
62. Pésame
Ese mismo 14 de octubre de 1813, que tan aciago fuese a Boves en Mosquiteros, se muestra esplendente para Simón Bolívar. La Municipalidad de Caracas, en cabildo extraordinario convocado en la Iglesia de San Francisco, lo aclama como Capitán General de los Ejércitos patriotas y le confiere el título de Libertador de Venezuela.
Las campanas volean, como de costumbre, las glorias del vencedor. Salvas de artillería desde el San Carlos y el Reducto de San Roque, ponen un poco de paz en la boca de los cañones.
—Se prendió la fiesta —le dice a Doñana, Juana la Poncha, mientras barre las hojas secas del patio.
Doñana no le responde. Con sus ojos azules, fijos en la estatua del pez que escupe el agua, espera que la negra se acerque. Con su característica inmutabilidad, le comunica a su aya:
—Anoche le volví a ver. —Juana la Poncha sabe perfectamente a qué se refiere la mujer del Conde de la Granja, pero para darse tiempo le riposta:
—¿A quién, niña?
—A ella…
—Ave María Purísima, mijita —murmura la negra santiguándose.
—Estaba de espaldas, a la orilla de mi cama, igual que el otro día…
—Ay, mi amor —sollozó Juana la Poncha—, eso es muerte segura de alguien de la familia. ¿Quién habrá sido?
En eso resuenan los pasos fuertes de Don Fernando Ascanio, Conde de la Granja, que regresa de la Iglesia de San Francisco, donde se tributa el homenaje a Bolívar.
—¡Uf!, menos mal que eso terminó. ¡Qué gentío, qué adulancia, qué fastidio! El discurso de Cristóbal Mendoza fue aburridísimo. El único que estuvo a tono fue Simón. Por cierto que me extrañó la cara que me puso. En un comienzo pensé que era mi posición frente a esta guarandinga que llaman la Independencia, pero luego me di cuenta de que no, pues en una pasadita me dijo: «Les tengo una noticia, ahora van para allá Bernardo y Diego».
En el mismo instante en que terminaba de decir estas palabras, un retumbar de botas se oyó en el entreportón. Doñana abrió los ojos con terror y Don Fernando se volvió bruscamente.
Dos figuras marciales brillaron con sus entorchados en el umbral de la puerta. Eran Herrera e Ibarra, los dos edecanes de Bolívar.
—Guá, si son Bernardo y Diego —exclamó afable el Conde.
Los visitantes avanzaron por el medio del patio, inusitadamente sombríos y silenciosos. Doñana echó hacia atrás su mecedora. Juana la Poncha, en la punta de su escoba, los veía venir como atisba un marino el horizonte.
—Traemos malas noticias —disparó sin preámbulos Bernardo Herrera.
Doñana no necesitó saber más para darse cuenta de lo que había sucedido. Desde la muerte de su padre, nadie, ni siquiera Juana la Poncha, la había visto llorar. Pero esta vez se desbordó en el más incontenible de los llantos. Mariana, su nieta, le cubrió con sus manos mientras sus ojos azules relampagueaban de espanto.
—¿Qué te pasa, abuelita? —preguntó la niña, sin darse cuenta que había quedado huérfana.
Doñana la abrazó muy fuerte, mientras los rizos rubios se le metían entre los ojos y un alarido de Matilde señalaba a todos que la había tocado la noticia.
Largo rato estuvieron abrazadas abuela y nieta, mientras alrededor lloraban las catorce negras del servicio de adentro. Poco a poco fueron llegando los hombres: Juan el mayordomo, Felipe el agüero, Antonio el de los gallos, Domingo el caballericero. En puntillas se acercaban a Doñana y sin decirle nada la rodeaban en silencio, como perros ovejeros.
Afuera, el día de júbilo continuaba en todo su esplendor. Resonaban los cañones y los vivas al Libertador. Tambores y fanfarrias se oían a lo lejos. El cortejo triunfal baja de la Catedral por la Calle Mayor. Lentamente se va acercando a la casa de los Condes de la Granja. Los vivas atronan el aire. La charanga se acerca. Se oye el paso de los soldados, arrastrando los pies frente a la casa. Cloquean los cascos de los caballos sobre el enlosado.
De pronto cesa toda aquella algarabía. Ya no se oyen los tambores ni los vivas ni las órdenes de mando. Parece que el cortejo se hubiese fundido al pasar por la casa enlutada, hasta que un murmullo de admiración de la gente que la rodea le hace levantar la cara a Doñana. Diego Ibarra y Bernardo Herrera se cuadran militarmente. Un hombre pequeño y moreno, vestido de General en Jefe, se acerca a Doñana y le dice con voz suave mientras la besa en la mejilla:
—Mi sentido pésame, prima; no sabes cuánto lo siento.
63. El pato es de los isleños
Tres viudas tuvo Vicente: Matilde la aparente, Doñana la verdadera y Eugenia la ocasional.
La bella novicia, que aún no se había profesado, volvió de nuevo a la casa de su madrina. La vida austera del convento había quebrantado un poco su belleza. Se notaba algo pálida y más delgada. Recibió la noticia de la muerte de Vicente con un llanto convencional y la de su exclaustramiento con una infinita alegría.
Tres años habían transcurrido desde aquella penosa escena del oratorio. El tiempo no había quebrado su vivacidad de lagartija. Siguió riendo y cantando, como siempre, a pesar del luto riguroso impuesto por Doñana.
Matilde, la viuda de Vicente, se tomó el muerto para ella. Lloró el tiempo prudencial que señalan los cánones, recibió visitas de pésame en el horario prescrito por la costumbre, y habló como una guara desde el alba hasta el anochecer.
Doñana, en cambio, permaneció en silencio. Pasaba más tiempo de lo habitual en el oratorio. Juana la Poncha, que la conocía, se daba cuenta de que no era del todo ni por la muerte de Vicente ni porque hubiese aumentado su piedad. Doñana estaba envuelta por una tristeza contagiosa. Un día la negra le preguntó:
—¿Y qué es lo que te pasa, mijita? Ya es tiempo de que te despabiles.
—Tengo miedo por mis nietos —dijo la matrona—. No sé qué va a ser de ellos. Me da miedo todo esto de la revolución.
—¿Qué revolución de mis tormentos? —dijo la negra consoladora—. Ya esto se acabó y aquí no ha pasado nada. Blanco arriba y negro abajo. Aquí los únicos que pagaron el pato fueron los isleños. ¿Tú crees que el niño Simón se va a meter con ustedes o es que la sangre no duele? ¿Pa qué eres tú prima de Doña Concepción, que en paz descanse? Los Bolívar tendrán sus cosas, pero los Palacios son gente cabal, y además, por lo Blanco, llevan tu misma sangre. ¡Qué va, mijita, perro no come perro! Si eso es lo que te preocupa, mejor te quedas quieta.
Doñana dejó caer su opinión:
—No es Simón ni mi gente los que me preocupan. Es lo que está abajo, lo que se ha removido, lo que se volverá contra nosotros. Me preocupan los hombres, que como ese Boves, matan a hombres como Vicente. Me preocupa que personas como el Dr. José Domingo Díaz, un ser tan bueno y tan inteligente, tenga que salir huyendo de su país como si fuera un bandido.
Cuando eso sucede, Juana, es algo peor que un terremoto lo que se avecina.
—Terremoto. ¡Zape, bicho! —dijo la negra haciendo la guiña y cortando en seco una conversación de la que no entendía nada, pero la angustiaba profundamente.
En eso la negra Higinia anunció:
—Doñana, ahí está el marqués de Casa León, que viene a darle el pésame.
—¡Qué viejo tan faramallero! —dijo con desprecio Juana la Poncha. Ahora es patriota, ayer realista; ¿quién lo entiende?
Dirigiéndose a la negra, Doñana ordenó:
—Dile a Matilde que lo atienda, porque yo no me siento bien.
64. En Guayabal el Taita espera
Al reclamo de Boves en el Guayabal acudían llaneros de todos los confines: indios de Camaguán y del Apure, zambos de piernas torcidas de Calabozo, mestizos claros y perfilados de Barbacoas, negros y mulatos del Tuy.
La poza de sangre que vertió Campo Elias en Mosquiteros corrió hasta el Guárico, y por este río vertebral del llano calaboceño llegó hasta el Apure y subió hasta el Orinoco y se volcó en el mar.
Lloraban los indios de Camaguán y los negros de Barlovento y los zambos del Vichada y del Meta. Cantos de luto y venganza hicieron vibrar la tierra y se oyó una voz, que como lo había predicho Juan Palacios, señaló a Boves como el Caudillo vengador.
—El hombre es el Taita.
—El Taita nos está esperando en Guayabal.
—Ha llegado la hora de la venganza. Llanero, deja tu rancho, quema la casa, mata la siembra, que el Taita espera.
Y así se fueron por los caminos del río y de la llanura hasta que sumaron siete mil. Entonces retumbaron los tambores de guerra. Y Fray Tiburcio danzó en la Iglesia, con su palma y con su chicha. Y las negras no se dieron abasto para revolcarse con los recién venidos. Y comenzó el pleito. Hasta que Juan Palacios le puso fin.
—Las mujeres al convento con Fray Tiburcio y conmigo, que es hora de recogimiento. Que se cierren las puertas y callen las chirimías, porque la hora de la oración ha llegado.
Trescientas cincuenta y dos negras destilan fuego y sábila en el interior del convento, mientras siete mil hombres afuera, les sacan filo a los machetes.
Barandales de paz y sueños de romanilla son ahora lanzas carniceras.
En el médano de Cazorla el Taita en persona ejercita a su caballería:
—¡Carguen!!! ¡Vuelvan caras!!
—¡A la derecha! —¡A la izquierda!
Cuatro horas lleva el ejercicio. Dos hombres se desmayan. El Taita, enfurecido, ordena:
—Métanlos con las mujeres.
Han agarrado a un desertor.
—Tasajéenle las piernas y échenlo en la charca, a ver si aprende con los caribes.
El ejercicio dura desde el amanecer hasta la tarde. Antes de la caída del sol es el banquete. Novillos enteros se asan en las grandes hogueras. Los llaneros, con hambre verdadera, los devoran a dentelladas. Resuenan las guitarras, el arpa y las maracas.
Una voz con gracejo le dice al indio Eulogio:
—Capitán, ¿cuándo es que nos vamos a echar un palito?
—En Calabozo, si es que te lo ganas —le responde hosco el caporal.
Más de dos semanas tienen los hombres acampados. El olor a hembra que exhala el convento los tiene tensos y con el belfo atento. Aludiendo a los que se desvanecieron en el médano esta mañana, apunta un zambo de pelo rojizo:
—Lo que es mañana me desmayo.
Al indio Eulogio lo alcanza la puya. Con voz agria le desgrana lentamente:
—Si prefieres, ahora mismo te llevo, pero aguaita para que veas lo que viene de allá.
Dos hombres desnudos y lacerados, con una sola llaga de cabeza a pies, avanzan hacia la hoguera. Uno de ellos tiene el miembro tumefacto, el otro, casi desprendido.
—Así son las mujeres —comenta Eulogio risueño— con los que se caen del caballo a mitad del camino. ¿Quieren que los lleve allá?
65. …Y tras él se fueron siete mil
Boves se deja ir por el fuego de la hoguera. Su mirada es fija. La barba la tiene recrecida, el bigote poblado; a los 31 años tiene la edad indefinida de los caudillos. Con él está Tomás José Morales, el pulpero canario que lo acompaña desde Barcelona. Es también un hombre de edad indefinida, pero no por caudillo sino por su ausencia de afirmaciones y de posiciones frontales. Al indio Eulogio no le gusta. Y menos a Juan Palacios. Es quizás en lo único en que ambos coinciden. Su expresión es cruel, con el labio fino arremangado sobre el lado izquierdo mientras un bigotillo levanta el vuelo. Es cetrino, mediana estatura, facciones regulares, ligeramente adiposo en el vientre.
—Tiene barriga de pulpero —diagnosticó Juan Palacios al verlo.
El guerrillero, pensando en su antiguo oficio, lo miró resentido. El negro, zalamero, corrigió:
—No me veas así, hijo de tu mamá, que tú no eres pulpero y lo estás demostrando. Tú siempre has sido un caballero vendiendo arroz.
Morales tiene la voz atropellada de un becerro y la petulancia corta de los que teniendo conciencia de sus limitaciones, tampoco renuncian a los grandes papeles.
—Ese hombre te envidia —le apunta Juan Palacios— y lo que es peor, que no termina de reconocer tu jefatura. El día menos pensado te va a echar una zancadilla. Yo recuerdo lo que decía mi padrino, que en paz descanse, que con zoquete ni a misa. Y ese es un zoquete alzao, no se te olvide.
Boves no le ponía mucha atención a las invectivas de Juan Palacios y del indio Eulogio contra Morales. Su lugarteniente era un hombre disciplinado y preciso que ejecutaba a cabalidad sus instrucciones. Eso le aburría de Morales —pero la guerra no es para divertirse—, le decía el Padre Llamozas, su último confidente.
Al Padre Llamozas el ambiente de Guayabal lo tenía al borde de la locura. La Iglesia profanada y aquel cura diabólico vendiendo chicha en las gradas del altar mayor, le parecían una pesadilla.
El asturiano lo apaciguaba:
—Pero cálmese, Padre Llamozas. ¿Usted no ve que es la forma de atraer a nuestra causa a esos negros semisalvajes? El hecho de que estén así, es una prueba de lo poco que hicieron los frailes de por aquí. La culpa es de ustedes, no mía; ¿no le parece?
Una noche, la última de octubre, la puerta del convento, cerrada desde hacía doce días, se abrió para dejar salir a Fray Tiburcio. Para sorpresa de todos caminó sobrio hasta donde está Boves. Un hálito fuerte de negras en celo le precedía.
—Taita —díjole—, el Gran Bulú quiere que vengas al templo.
El hombretón lo siguió. Trescientas cincuenta y dos negras se le quedaron viendo con temor, regocijo y deseo.
Juan Palacios le salió al encuentro.
—¡Ven! —le dijo, y desapareció con él tras lo que había sido en una época la sacristía.
—Yo creo que ha llegado el momento en que te pongas en camino —le dijo de repente—. Ya todo está madurito. Esperar más es exponerte a que se enfríen y paren la cola. —Luego, haciendo una pausa y echándole una chupada larga a su tabaco, siguió—: Pasado mañana es día de Todos los Santos. De esa noche para el día de Todos los Muertos, Mandinga anda suelto. Dicen por eso que es día bueno para meterse en cosas de guerra.
A la caída del sol del día de Todos los Santos, comenzó la fiesta. Se abrieron las puertas del convento y salieron las negras. Rompieron al unísono los tambores, los cohetes y la fusilería. A la media noche, Boves leyó en medio de caras ebrias su proclamación de guerra, su bando del Guayabal, donde, sin contemplación, condenaba a muerte a todos los blancos y repartía sus propiedades entre los pardos y los negros.
—¡Que viva el Taita! —clamaron las siete mil voces.
Días después, una larga cabalgata partió, en son de guerra, hacia Calabozo. Al frente iba José Tomás Boves con su barba rojiza y su perfil de pájaro carnicero. A cada lado le seguían el mulato Machado y Tomás José Morales. Adelante, como a cien varas, iba el indio Eulogio con su mirada vacía. Juan Palacios no iba en el cortejo, se negó a acompañar al Caudillo.
—Yo soy hombre de paz. Yo te atizo la candela desde aquí, pero no me pidas que sea carbón —le respondió el negro.
66. La cara larga de la guerra
Por el camino de Villa de Cura avanza hacia La Victoria una muchedumbre de ancianos, mujeres y niños. Todos tienen el rostro cerúleo de la angustia. Un cura gordo y de aspecto cansado dirige el coro de letanías y el aire sepulcral del Miserere.
—Virgen amantísima… ora pro nobis.
—Virgen piatísima… ora pro nobis.
Febrero el loco arropa con su tristeza aquel día trágico. Boves, hace pocas horas, derrotó en La Puerta al General Campo Elias, el carnicero de Mosquiteros.
—En este momento —piensa un anciano— deben estar haciendo lo mismo que hicieron en Calabozo: allá todos fueron degollados. A su Coronel Aldao le tienen la cabeza clavada en una pica en la Plaza Mayor de la ciudad.
En Ocumare, las tropas de Boves comandadas por Don Francisco Rósete y Andrés Machado, han repartido el espanto. Forzaron las puertas de la Iglesia donde se habían refugiado los moradores de la Villa, y sobre los mismos altares asesinaron y violaron, como si estuvieran en descampado.
Rósete es un pulpero de Camatagua, isleño, de aspecto repulsivo, que odia al mantuanaje de la región. A Don Pedro de Vegas y Mendoza, Justicia Mayor de Ocumare, lo ha asesinado en medio de un banquete. Se encontraba el patriarca en el amplio comedor de su casa, rodeado por sus hijos y de su mujer Doña Chichita, cuando el feroz lugarteniente de Boves, quien estaba sentado como invitado especial en el otro extremo de la mesa, dio la orden de asesinarlo. Don Pedro intentó huir saltando por la ventana. Los años le habían restado ligereza. Resbaló y cayó. Cinco de sus negros, que los tenía por leales, dejaron caer sobre el patricio el filo amellado de sus machetes.
En Caracas y en La Guayra están matando a los españoles. En menos de tres días, Leandro Palacios, siguiendo instrucciones del Libertador, ha ejecutado ochocientos prisioneros que se asfixiaban en las bóvedas del puerto. Para ahorrar municiones se les mata a lanzazos, a golpes y a patadas.
A la salida de la villa, camino de Macuto, arde una pira, donde son quemadas las víctimas. A veces son lanzados a la hoguera prisioneros vivos.
En Caracas, en la Plaza Mayor, Arismendi, gobernador militar de la ciudad, se ha hecho una promesa de ejecutar diariamente diecinueve españoles. Diecinueve banquillos rodean el estrado del verdugo. Un día tan sólo se han tomado dieciocho prisioneros. El tiempo transcurre, el público comienza a aburrirse, Arismendi se impacienta. Entonces acierta a pasar por la esquina un isleño de inquebrantable fidelidad a los patriotas; es nada menos que el mayordomo de José Félix Ribas.
Arismendi pega un grito de júbilo: ¡que lo agarren!
El fiel mayordomo fue ejecutado con los otros prisioneros, mientras hermosas doncellas bailaban entre la sangre de las víctimas, un bambuco de moda llamado El Palito.
Recia fue la pelea en La Victoria. Ribas derrotó a Boves. Los seminaristas de Caracas en casi su totalidad pierden la vida. Entre ellos muere, aunque no era seminarista, ni heroico, José María Ascanio, el hijo de Doñana. Los patriotas persiguen al ejército de Boves que se bate en retirada hasta Villa de Cura. Se combate en las calles del pueblo. Un tiro mata el caballo del astur. Nadie lo ve caer. Los suyos siguen huyendo en desorden. Está frente a la Iglesia de la Villa. A tres cuadras desemboca un pelotón de caballería patriota. El Caudillo tiene el tiempo justo para alcanzar la Iglesia. Ya se oyen los pasos de sus perseguidores. La tumba en mármol que imita el Santo Sepulcro de Jerusalén, está levemente abierta. El asturiano duda, Al final se decide. Hace la guiña y se sumerge dentro de la cripta funeraria. Sus perseguidores lo buscan por toda la Iglesia. De pronto se oye un alarido. Acaban de matar a alguien. Era un zambo llanero que también se había escondido en la Iglesia, dentro de un confesonario. En la seguridad de que el muerto era el fugitivo, los perseguidores abandonaron la búsqueda.
Afuera el rumor de la refriega aumentaba. Boves se aburría. Para matar el tiempo grabó en la losa sus iniciales. El rumor cesó y se fue alejando hacia Cagua. El Caudillo dio un respiro: habían triunfado los suyos.
Cuando salió del Sepulcro su gente lo esperaba. Con sus siete mil hombres, apenas menguados, volvió a la carga.
El 25 de febrero de 1814 ocupa a Cagua y toma prisioneros. Entre ellos cae el Dr. Arvelo Larriva, el médico aquel que le salvó la vida cuando le dio pulmonía.
El médico sigue siendo republicano y altivo. Se queda estupefacto al descubrir que Boves es el mismo hombre que hace un año se alojó en su casa. El Caudillo, al verlo, le da un abrazo mientras le dice:
—Las vueltas que da el mundo, Dr. Arvelo. ¿Quién nos iba a decir que nos volveríamos a ver en estas circunstancias? Mal negocio hizo usted dejándome vivo.
Sin perder la serenidad, Arvelo le responde:
—Verdaderamente…
Al asturiano le hace gracia la parsimonia de Arvelo. Lo invita a almorzar.
La comida transcurre agitada. Ordenes y contraórdenes de destrucción y muerte se suscitan entre un plato y otro. Arvelo continúa impasible. Nada logra perturbarle. Es una condición de superioridad que el guerrero, secretamente, ansia; él, una naturaleza desbordante. Decide jugarle una mala pasada.
—Dr. Arvelo —le dice de pronto— aquí tiene una lista de los cincuenta prisioneros que voy a hacer fusilar esta tarde. Le voy a conceder la gracia de perdonarle la vida al reo que usted designe.
El Dr. Arvelo empalidece un poco. Encabezando la lista está él mismo. Sin perder la calma le responde a Boves:
—Si usted me pide que designe a una persona para que le perdone la vida, le pido la de Francisco Ortega.
El militar ríe gozoso. Está de buen humor. Le perdona la vida a Ortega y a Arvelo.
67. La palabra del Caudillo
Un joven de más o menos 20 años, pide ser recibido por el Caudillo, ya que tiene algo muy importante que comunicarle. Es el hijo de uno de los cuarenta y ocho condenados a muerte.
Enérgico y vehemente, le explica a Boves:
—Señor, vengo a pediros la vida de mi padre. Si él es culpable, yo lo soy mucho más que él. Si él ha de ser fusilado, pido acompañarlo en el último suplicio.
La tropa contempla la escena. El padre ve al hijo con ternura. Boves se queda mirando serio e inescrutable al jovencito. Se ve concentrado en su cÁvilar. Dándose finalmente vuelta, le dijo al indio Eulogio:
—Que lo fusilen para que no sea pendejo.
Sentado en la Plaza Mayor de Villa de Cura, y protegido del sol por las acacias blancas, el Caudillo, rodeado de su oficialidad, oye el alegato de los prisioneros. Se le aproxima una bella joven, de perfil sereno y de tez verdosa. Intercede por su novio, un oficial de caballería. Boves lo ha conocido en otra época. Una vez le hizo un desaire en Cagua. La muchacha gime y suplica. El astur le codicia las formas. La muchacha presiente el deseo del hombre.
—Señor, si usted no fusila a mi novio, lo complaceré en lo que me pida.
José Tomás se regodea: es una hembra deliciosa, tiene los labios pulposos como un pomagás y la mirada ardiente de la malaria. La proposición lo tienta, pero detesta al prisionero, La mirada insolente del oficial le hace recrecer la ira. Boves se balancea entre la rabia y el deseo. Más pueden los senos que se desbordan opulentos.
—Sea —le dice a la moza—. Tu novio no será fusilado, pero eso sí, tienes que ser buena conmigo.
Buena fue la tarde que pasó con Rosalía, como se llamaba la muchacha. En la cama dejó las señas rojizas de un sueño roto.
A las cuatro en punto comenzó la matanza. Uno a uno iban siendo fusilados los prisioneros frente al muro largo que está al lado de la Iglesia.
Cuando le llegó el turno al novio de Rosalía, y ya iba entre dos soldados camino del paredón, la muchacha gritó:
—¡Señor! ¡Señor! Me prometiste que no sería fusilado y tú eres hombre de palabra.
Con el rostro contrariado, el Caudillo la miró de soslayo. Sin cambiar de expresión le ordenó a los soldados:
—En efecto, le prometí a esta señorita que su novio no sería fusilado… que lo maten a lanzazos.
68. «Y la dejaron tirada en el camino de Camoruco»
En Valencia, la ciudad del Cabriales, la muerte hace cabriolas. Cuatro arrieros, con más de treinta años en Venezuela, pero que tuvieron la ocurrencia de haber nacido en Canarias, son masacrados en medio de la plaza. Fueron enterrados vivos hasta el cuello, mientras la caballería, por tres horas, caracoleó juguetona hasta hacerles trizas los sesos. Turbas armadas persiguen y destruyen a los enemigos de la patria.
De repente alguien exclamó:
—Vamos a casa de María Trinidad Bolívar, que ella es la querida de Boves.
La poblada ruge enfurecida agradeciendo el recordatorio.
—¡Vamos! —responden cien voces.
Quien ha hecho la trágica invitación es el zambo Remigio, el primer amante de la mulata, el ventero de la cumbre, el que vendió a los celadores a Boves y Rosaliano.
La mulata, advertida a tiempo, apenas logra cerrar las puertas de la posada. La turba, arremolinada en la fachada, vocea injurias e imprecaciones, mientras forcejea para derrumbar la puerta.
María Trinidad, llena de terror, se abraza a su hijo, mientras murmura una plegaria.
—¡Muera esa puta!
—¡Muera la querida de Boves!
Llegan Carpóforo Medina y Manuel Antonio Malpica, que pretenden apaciguar a los manifestantes. Casi lo logran. Por un momento se callan. María Trinidad respira en un rapto de esperanza; pero en ese instante ve llegar hasta ella a cuatro hombres que saltando al patio por la casa de al lado, se le meten dentro de la habitación. Al frente, con los ojos puyudos por el deseo, viene el indio Asdrúbal, el mesero. Atrás viene Remigio, más lleno de odio que de ganas.
—Agárrenla… —vocea con rabia el mesero—. Tírenla encima de la colcha. — Remigio le propina una trompada en la boca que la hace sangrar.
A rastras es llevada a la cama. La mulata grita desesperada. La multitud, afuera, oye los gritos y se excita. A empellones apartan a Malpica y a Medina. El portal claveteado es fuerte. Las ventanas tienen balaustres de hierro. No hay manera de entrar. Alguien trae una viga y comienza a golpear la puerta. Entretanto, los alaridos se oyeron en la esquina. Los cuatro hombres, luego de amarrarle los brazos y las piernas, la gozan uno a uno. Primero fue Asdrúbal, quien desató sobre la mujer deseos y resentimientos; luego vinieron los otros. A mordiscos en la cara y en los senos descargaron su deseo y su odio; mientras al lado lloraba desesperado el niño José Trinidad Bolívar.
Cuando minutos más tarde cedió la puerta y se metió la turba, María Trinidad yacía desmayada en el camastrón.
La gente no se calmó con el lastimoso espectáculo, sino que pareció excitarse con la visión de la mujer desnuda. Una pordiosera, a quien María Trinidad le daba limosna los sábados, le pegó con un palo en la cabeza mientras le decía puta. Otra le introdujo un palo de escoba por la vagina sangrante. Una violenta contracción y una cara a filo dieron paso a la muerte.
A palos rompieron los muebles de la posada. Finalmente amarraron el cadáver sobre un burro, y en medio de cánticos patrióticos la pasearon desnuda por Valencia hasta que cansados y borrachos, la dejaron tirada en el camino de Camoruco.
69. Boves, Francisco Espejo y la mulata
Boves pretende avanzar hacia Caracas. Su primer intento fue frenado por José Félix Ribas, quien le salió al paso en La Victoria. Su segundo intento encontrará resistencia en San Mateo; se le opone Simón Bolívar el Libertador.
Es la pelea más sangrienta y más larga de la guerra. Dura casi un mes.
Los sitiados están a punto de rendirse cuando el ejército de Oriente, al mando del General Santiago Mariño, llega en su auxilio.
Boves fue derrotado y salió a escape hacia Valencia, buscando el apoyo de Ceballos que pone sitio a la ciudad. Tomás Montilla lo rastrea perdiguero. En las sucesivas peleas de Magdaleno y Güigüe, va perdiendo hombres que se le huyen y se le mueren. Todavía confía en reforzar su ejército al llegar a Valencia, ya que cuenta con apenas 500 hombres. Allá se entera de que Ceballos ha decidido retirarse hacia San Carlos. También sabe lo de María Trinidad. Enloquecido de dolor se retiró hasta Calabozo a donde llegó deshecho en abril de 1814.
Cuando arribaron al descampado donde se pudría el cadáver insepulto de la mulata María Trinidad, le dijo Juan Ricardo Zozaya al Dr. Francisco Espejo, gobernador civil de Valencia:
—Dios no quiera que la muerte de esta pobre mujer traiga sobre Valencia toda clase de desdichas.
Una mueca hizo el antiguo abogado de Doñana y Presidente de la Primera República, cuando una oleada nauseabunda llegó hasta él.
Era un hombre de mediana estatura, de unos cincuenta y cinco años, cetrino, facciones irregulares y poco nobles, enmarcadas por una barba negra tupida, sedosa y cuadrada, que le hacían decir al marqués de Casa León:
—Yo no sé por qué, pero cada vez que veo a Espejo me acuerdo del pirata Barbanegra —añadiendo con su retorcida sonrisa de chivo viejo—, bueno, un barbanegra chiquito e inofensivo…
El Dr. Espejo poseía una clara inteligencia, inspirada elocuencia y apasionado temperamento. Fue sorprendido por los sucesos de 1810, a los que se sumó con valor y vehemencia desde el primer momento.
Fue firmante del Acta de la Independencia. Vocal de la Corte Suprema y Presidente de la Junta Patriótica. En esa fecha se le veía ardoroso, trepar a cualquier sitio e irrumpir en cálidos y vehementes discursos de enciclopedista ante una muchedumbre, que con el belfo descolgado y la mirada vacía, lo miraba, lo aplaudía y lo elogiaba.
—El que está alzao es el Dr. Espejo —le comentaba a Casa León el Conde de la Granja—. Ahora pasé por la plazuela de Santa Rosalía y estaba echando un tronco de discurso, cuando me miró a caballo casi interrumpió para acusarme de algo. ¡Quién lo viera antes!, tan sumiso, parsimonioso y obediente. Que si por aquí, señor Conde; cómo no, señor Conde.
—Es que ese hombre nunca ha tenido clase ni convicciones —decía Don Antonio, lisonjero, olvidándose de su origen y recordando el de los Ascanio.
Cuando los principios no proceden de varias generaciones, es raro que se encuentre un hombre vertical dispuesto a morir por ellos. Doñana bostezaba con discreción tras el abanico. Hermenegilda le acerca un vaso con un carato de parcha. Doñana bebe, hace un mohín.
—Ay, mijita, qué desabrida está la parcha, se parece a la República del Dr. Espejo.
Doñana no le podía perdonar a su abogado lo que le hizo a Juan Díaz Flores, un canario que los sábados le traía fresas y flores de Galipán. El pobre hombre, junto con otros sesenta canarios, en la sabana del Teque, montados en burro y con el pecho cubierto de hojalatas, se dieron a dar vivas a Fernando VII y mueras a la República.
La alta Corte de Justicia, presidida por Espejo, condenó a muerte a ocho de ellos, y a trabajos forzados al resto.
Doñana le mandó a decir una misa en la Candelaria y le envió cincuenta pesos a la viuda.
Regresaba a paso corto con el joven Escalona hacia el centro de Valencia, cuando el Dr. Espejo alcanzó a divisar a su espaldero, el zambo Vicente, quien a galope tendido venía a su encuentro sacudiendo un papel.
—Noticias urgentes, señor —le grita el zambo.
Espejo guarda el sobre. Un comunicado del Cuartel General Libertador le participa que Boves, en Calabozo, con un formidable ejército se dispone a invadir el centro del país.
70. El recuerdo de Simeón
La noticia hizo estragos en Caracas. La ciudad, por sí ya quebrada y rota por el terremoto y una epidemia de colerina, cayó postrada. Largos rostros silenciosos esquivaban a las familias patriotas, por temor a la palabra que mañana se tomará en cuenta. A Leandro Palacios se le había ido la mano en el asunto de los isleños, y quién más quién menos, tenía algún amigo o pariente entre los ochocientos canarios inmolados en las bóvedas de La Guayra o ejecutados en la Plaza Mayor de Caracas.
La República había perdido simpatía. El bajo pueblo era partidario de la causa del Rey; y la clase media, hasta ahora vacilante, después de los infaustos y crueles acontecimientos, se había inclinado definitivamente hacia España.
En las inmediaciones de Caracas, partidas de forajidos, invocando la autoridad del monarca, saqueaban las fincas de los alrededores.
Las partidas patrióticas que recorrían los caminos, y aun las calles solitarias de los pueblos circunvecinos, tenían que hacerlo en grueso número, apertrechados y vigilantes, so riesgo de caer en emboscadas o de ser víctimas de los francotiradores que proliferaban por todas partes.
Los esclavos y los pardos del servicio comenzaron a desertar de sus amos. Como animales sedientos que buscan la charca, recorren distancias increíbles persiguiendo la luz que emanaba del Taita.
Eugenia había iniciado, entre tanto, amores con Francisco de la Montera, rico hacendado de los contornos, viudo, cincuentón y atractivo, que si bien no tenía el rango social de los Blancos, no dejaba de ser un buen partido, de tomarse en cuenta la pobreza de la muchacha. Aparte de que a los veintidós años, como tenía Eugenia, no se podía estar eligiendo marido, así como así. Además que Doñana vería observando con preocupación la coquetería de su sobrina, hasta el punto de haberla sorprendido más de una vez haciéndole caracolas a pardos y mayordomos.
Eugenia se reconocía atraída hacia los hombres de color. No lo podía remediar. La vista de un mulato perfilado, como el mayordomo de su tía, la lubricaba los prejuicios de casta. Ello lo atribuía a Simeón, aquel guardaespaldas de su padre, tan parecido a Andrés Machado. Un día sorprendió a Simeón con su madre. La vio desnuda tras el mosquitero. Simeón la besaba en los labios mientras ella gemía de placer. La escena la asustó por no entenderla, pero un cosquilleo tibio la clavó tras la cómoda, desde donde espiaba.
Cuando su padre iba a Caracas, en viaje de negocios, lo que sucedía frecuentemente, Simeón, como un gato grande, iba al cuarto de su madre: ágil, joven y sediento. Ella los oía retozar toda la noche. No decía nada, pero grandes ojeras delataban su oscura vela.
Un día el mulato la sorprendió espiando y se le acercó a la cama. Le hizo señas, risueño, de que callara. Le acarició los cabellos y la besó en los ojos. Sus manos fuertes y callosas tomaron sus manecitas y las posaron sobre un látigo negro y caliente que parecía un pájaro vivo. Desde entonces Simeón, antes de entrar a la otra alcoba, se Retenía en la de Eugenia, hasta que una noche fueron sorprendidos. Simeón jugaba. Una sombra blanca se posó en el umbral de la puerta: era Dolores. De un salto, el espaldero desapareció en las sombras. Nunca más, ni Eugenia ni su familia supieron de él, pero el tipo físico de Simeón se enraizó posesivo y exclusivo dentro de las apetencias de la muchacha.
71. El matrimonio de Eugenia
La proximidad de la guerra en las puertas de Caracas decidió a Don Francisco de la Montera a adelantar la fecha de su matrimonio, fijado para diciembre.
Con toda la pompa propia de una mantuana de su rango se celebró la boda de Eugenia.
La novia estaba esa noche imponente. Doñana, en su gran sillón de terciopelo rojo, rodeada de los retratos de sus antepasados, presidía el acto en medio de sus viejas parientes.
Esa noche, el pez de piedra que escupe el agua, escupió más alto, mientras Mariana, de 16 años, paseaba con su novio Martín Tovar, un muchacho promisor, que como decía Bernardo Herrera, a pesar de ser Tovar, ya había llegado a subteniente.
En el patio charlaban animadamente el Conde de la Granja, el Conde de San Javier, Vicente Tejera y el General Ribas. El marqués del Toro, un poco rígido por su edad y por los cuernos —como chasqueaba el mala lengua del marqués de Casa León —, le contaba por enésima vez a Diego Ibarra, cómo había dominado la insurrección de Valencia.
Un revuelo en la puerta cortó todas las conversaciones. Un clérigo alto, delgado y de mediana edad, vestido de Obispo, hace su entrada, mientras los mantuanos caraqueños le besan el anillo. Es Don Narciso Coll y Prat, Obispo de Caracas, y el único realista a quien respetan los patriotas. Es un hombre recto y limpio en sus procedimientos. Jamás ha negado su fidelidad al Rey, ni ha dejado de clamar contra ese desacato que se llama Independencia. No toma, sin embargo, partido activo, ni por uno ni por otro bando. Es el pastor al servicio de su grey. Es el verdadero padre, que sabe que no puede parcializarse cuando sus hijos disputan. Su lengua es ágil, y a pesar de ser dominico tiene una gracia infinita. Convaleciente de una colerina, está muy pálido y quebrantado. Matilde Ascanio de Berroterán, siempre tan tonta, le sale al paso y le dice a voz en cuello:
—¿Pero qué le pasa a Su Ilustrísima, que la veo tan pálida?
El arzobispo, sin olvidar el sexo que le asignaba Matilde, le dijo risueño:
—Es que estoy mala, Matilde, es que estoy mala…
Doñana se arrodilla y le besa el anillo. Don Narciso se sienta a su lado.
—¿Y qué tal, Doñana? Usted y yo, al parecer, somos los únicos realistas confesos que hay en esta sala.
—Y Juana la Poncha, Su Ilustrísima —rochelea contra su costumbre la mantuana.
Otro revuelo se oye en el zaguán. El rumor de colmena del sarao se cambia ahora por un solapado siseo de sapos. A la entrada del gran salón, el Capitán Ibarra se cuadra para saludar militarmente. Desde su retrato, Don Feliciano Palacios y Sojo echa una mirada impertinente. Hombres y mujeres se ponen de pies. Unos pasos firmes se aproximan a Doñana. Una voz cálida, con un leve acento nasal de caraqueño viejo, le dice a Doñana:
—Felicitaciones, prima.
El recién llegado se sienta a su derecha. Don Narciso Coll y Prat, mirando al primo de Doñana le susurra esta afectuoso y zumbón:
—No se puede quejar, Doñana. Se encuentra usted entre el nuevo y el antiguo régimen. Para usted nada cambia. Venga quien venga siempre estará en el medio; es usted el fiel de la balanza.
Doñana se quedó mirando muy largo el severo retrato de su antepasado Don Feliciano.
—¡Dios mío! —saltó la anciana—. Juraría que Don Feliciano le guiñó un ojo. Debe ser el Oporto —caviló para sus adentros.
Eugenia se ve hermosa y contenta. Su marido es aceptable, aunque el cabello le escasea y el vientre ondula añoso.
La sobrina de Doñana siempre ha sabido que el matrimonio no es una fuente de placer físico, sino de equilibrio y de armonía espiritual y familiar. Ella, físicamente, hubiese preferido a Andrés Ibarra o a Luis Blanco, dos efebos que la pretendían. Pero como dice Juana la Poncha: «Amor con hambre no dura». Con su maduro y próspero hacendado, Eugenia pretende edificar su vida sobre unas bases más sólidas que el deseo y la emoción. Es un hombre inteligente y bueno, que ha sabido comprenderla. A su lado se siente cómoda, y está segura de que llegará a quererlo. Tan sólo le molesta pensar cuando llegue el momento cumbre de la entrega.
Durante años, la imagen de un mozo, moreno y joven, la ha desvelado. Se lo ha imaginado igual o mejor que Simeón; como Andrés, largo, erecto y palpitante. Una mirada a su esposo le sacó un mohín de leve desencanto: era blanco, fofo e indudablemente viejo. De pronto un cosquilleo en la nuca le hizo volver los ojos. A dos pasos de ella, un hombre pequeño, vestido de General en Jefe, la veía fijo, con la mirada penetrante y acariciadora, eran unos ojos negros, negrísimos, extrañamente expresivos y dominantes que le dijeron a Eugenia a través de una sonrisa:
—Tarde o temprano, prima… tarde o temprano…
Un oficial de caballería, en traje de campaña, entró a la fiesta. Se dirigió sin pedir permiso hasta donde estaba el Coronel Austria. Le hizo entrega de un sobre. Acariciándose el bigote, el secretario se enteró del mensaje. Frunció el ceño. Discretamente se acercó al primo de Eugenia y le dijo:
—Ya vienen.
El hombre leyó a su vez. Contrajo el rostro. Hizo una seña a Ambrosio Plaza y a Bernardo Herrera. Los tres hombres salieron de la casa de Doñana sin despedirse de nadie. Tenían los rostros graves y preocupados cuando llegaban a la esquina.
72. De cómo se fusila a un traidor
—Llegaremos a Caracas y reduciremos a la obediencia a esos caraqueños insolentes —le decía el Padre Llamozas a Don Juan Corrales y a un grupo de distinguidos calaboceños—. El coronel Boves es el instrumento del que se ha valido Dios para devolver la paz a estos reinos y restablecer la autoridad de nuestro señor el Rey — continuaba el sacerdote con su característica vehemencia.
Una descarga de fusilería interrumpió al Padre Llamozas. Todos los presentes se santiguaron. En la plaza cercana un pelotón de fusilamiento acababa de ejecutar al capitán Tomás Boada, aquel oficial español compañero de colegio del Caudillo que desertó en Mosquiteros.
Una negra grande entró a la sala trayendo en una bandeja unas tazas de café humeante.
—¿Un cafecito?… preguntó a los presentes Don Juan Corrales, el dueño de la casa.
En eso otra descarga resonó en la plaza vecina. Todos se sorprendieron.
—¿Otro? —exclamó una voz.
—No sabía que para hoy había más… —le ripostó un anciano de barbas misioneras.
—Debe ser entonces algún coleado —apuntó conciliador el anfitrión.
Un pelotón de caballería llenó la calle de un retintín metálico.
—¡Que viva San Francisco de Tiznados! —gritó en la esquina una voz amaestrada que hacía poco había victoreado a los voluntarios de Espino.
—Y sigue llegando gente —observó un hacendado con entusiasmo de alcalde de feria.
Un cañón y luego otro, y otro, y otro resonaron hacia el norte, camino del Sombrero. El Padre Llamozas hizo un ademán de sobresalto; Don Juan Corrales, burlón, le dijo:
—Tranquilízate, Ambrosito… la artillería también practica.
Una tercera descarga de fusilería se oyó de nuevo en la plaza. En esta ocasión todos los presentes enseriaron el rostro y dejaron de santiguarse.
—Algo pasa… —murmuró el levita.
—Mejor vamos a ver… —señaló otro de los presentes.
A paso de perro alerta recorrieron las dos cuadras. En la plaza se arremolinaba la gente. Los voluntarios de Guardatinajas llenaban de cagajones la calle del Ayuntamiento; los del Rastro la de la Alcaldía; los de Camaguán la de la Iglesia. Una hilera de soldaditos acordonaban la plaza.
El vasto espacio está vacío bajo los tamarindos. A los lados la gente se agolpa a punto de desbordarse. Hay silencio, sin embargo. En el medio de la plaza está el rollo de la justicia, manchado todavía con la sangre de Aldao. De una pica, con los ojos cerrados, cuelga la cabeza del ajusticiado, frita en aceite.
Amarrado al rollo está Tomás Boada. Tiene la mirada extraviada y la barba de tres días. Boves lo contempla con tristeza y con resentimiento; le había brindado toda su confianza hasta creer que era uno de sus incondicionales. Pero está visto que blanco es blanco, y que esta es una pelea de blanco contra negro, reflexionaba el Caudillo desde su silla de vaqueta, mientras el pelotón de fusilamiento, en actitud de descanso, veía al prisionero.
El hombre, con los ojos desorbitados por el terror, se agitaba en el rollo como un gallo herido. Boves dio por cuarta vez la orden:
—¡¡Pelotón!! ¡¡¡Firmes!!! —Los hombres se cuadraron, la multitud contuvo el aliento, el prisionero se irguió y la frente se le mojó de sudor.
Vio la multitud, el azul intenso del cielo de Calabozo, los tamarindos, los soldaditos, la cabeza leonada de este hombre grueso, que solo, en medio de la plaza, lo condenaba a muerte.
—¡Apunten! —ordenó el Caudillo.
El prisionero sólo vio el guiño trágico de los soldados mientras le apuntaban el corazón. Dijo una oración para sí; y tuvo tiempo de oír la voz que decía:
—¡¡¡Fuego!!!
—¡Ay, mí madre! —gritó Boada, mientras una carcajada descomunal asolaba la plaza.
Por cuarta vez el capitán, el compañero de José Tomás, había sido fusilado con salvas de pólvora. El militar, fuera de sí y enloquecido, gritaba:
—¡Mátenme de una vez, pero no me torturen más!
Boves reía y le respondió:
—No te preocupes, que algún día será. Puede ser mañana o dentro de una semana o en la próxima descarga, o dentro de dos. Verás muchas veces la muerte, como la vi yo, por tu culpa, aquella tarde en Mosquiteros.
El indio Eulogio atravesó la plaza. Largo y silencioso llegó hasta Boves. Sin mirarle a los ojos, como era su costumbre, le musitó con su voz tenebrosa, poniéndose en cuclillas:
—Taita, le traigo noticias. Los insurgentes están reclutando gente. De Barquisimeto viene tropa, lo mismo que de Oriente. Han quedado en reunirse en La Victoria.
Boves sonrió y dijo, más para sí que para su sicario:
—Llegó la hora…
Bruscamente se puso en pies. La gente alrededor de la plaza lo veía. Los soldaditos, en actitud de descanso, simulaban no verlo. El prisionero, atado al rollo, pendía de sus cadenas con la boca babeante.
—¡Tomás Boada! —le gritó Boves.
El prisionero abrió los ojos.
—Vamos a complacerte. —¡Pelotón, media vuelta a la izquierda, al hombro, march!
El pelotón se deslizó por la plaza y desapareció entre el gentío. El reo seguía atado al rollo de la justicia. Desconcertado con el retiro de la tropa, abrigó súbitamente una esperanza de vida. El Taita tenía esos gestos, de repente.
Boves miró al prisionero y luego a Eulogio; le dijo algo en voz baja. El indio asintió sin mover un músculo de su cara. Sacó de su costado un largo puñal. Con meneos de buitre se fue acercando a su presa, a tiempo que este gritaba enloquecido y con voz de ebrio.
—¡No, así no!, ¡no, así no!, ¡perdón!, ¡perdón!
Cuando los cañones de El Sombrero recitaron por décima vez su retahila de bombardas, el cuerpo de Boada pendía sin vida del rollo de la justicia. Un chorreón de sangre le bajaba a borbotones desde el cuello. Al terminar su mandato, el indio Eulogio le preguntó a su jefe:
—¿Le corto la cabeza y lo clavo en una pica, como al otro? —dijo señalando con un gesto despectivo la cabeza de Aldao.
—No —respondió el Caudillo—, aquel era un hombre, su cabeza en la plaza no es escarnio para él, es un trofeo para mí. Yo fui más macho que él, pero se le respeta. En cambio, este carajo no merece ni el honor de una sepultura, que lo amarren a la cola de un caballo y lo tiren en medio del Llano para que se lo coman los zamuros.
73. Las reflexiones del Dr. Espejo
Don Francisco Espejo, Gobernador de Valencia, está visiblemente preocupado por las noticias que llegan.
—Boves no es un accidente; no es tan sólo un bandido, como piensan muchos con un criterio superficial, sino la expresión del alma irredenta de este pueblo buscando su síntesis —le decía el jurista a su amigo Manuel Antonio Malpica, que sin entenderlo mucho y aburriéndose más, lo seguía atento con una cordial sonrisa, parpadeando de vez en cuando sus grandes ojos azules enmarcados por unas pestañas blanquísimas.
—La Independencia, hay que reconocerlo —seguía el Gobernador—, la declaramos antes de tiempo. No se tomó en cuenta el problema de las castas, ni el hecho de que si se mantenía el orden era por el aspecto teocrático de la monarquía española y por el poderío militar del imperio. Sin imperio, y alterado el orden secular, las partes se han revertido, y hasta que no se igualen no cesará el malestar. Boves, misteriosamente, ya que es blanco, ha sido el encargado de agitar ese menjurje de razas, y no está tan equivocado cuando dice que este país hay que pardizarlo, es decir, que sea sólo para los pardos. ¿Y cómo es la única forma de lograrlo? Pues haciendo lo que está haciendo el Coronel Boves —dijo con un leve dejo de respeto—; matando blancos y petateándole a sus mujeres. Con este sistema no quedará un blanco ni para remedio, dentro de poco tiempo. Lo mismo que en Santo Domingo.
El Suizo se le quedaba viendo con expresión benévola y atontada, pero el Dr. Espejo sabía perfectamente que Malpica pensaba en ese momento a ritmo vertiginoso y sacaba cuentas. De haber un cambio político, es muy probable que el hombre que tenía enfrente lo sustituyese en sus funciones, tanto por su gran prestigio social y económico como por su moderación. El corazón le decía también al viejo abogado, que más que una simple receptividad existía en el alma de Malpica frente al caudillo Boves. ¿Y si fuera el enlace del asturiano en Valencia? Espejo se sentía vigilado, a pesar de las grandes precauciones que tomaba. En una ocasión, cambios de impresiones sobre algunos aspectos tácticos de la contienda se supieron en el campo enemigo. Y tan sólo dos personas hubieran podido informar sobre este particular: su mayordomo Vicente, persona de confiar, a quien había criado prácticamente desde que era niño, y Malpica, a quien tuvieron que hacer partícipe del hecho por necesidades insoslayables. Espejo hizo vigilar estrechamente a Malpica, sin que pudiese sorprenderlo. No obstante, su agudo sentido del ser humano le decía que tuviera cuidado, ya que tenía por delante al más peligroso agente del realismo retaliativo. El Suizo abrió los labios y le dijo a su interlocutor con un dejo irónico:
—Dr. Espejo, está hablando mucho; mire que por menos de eso usted ha hecho fusilar a más de uno.
Espejo, sin turbarse, le ripostó:
—Creo que estamos entre amigos, Manuel Antonio. De no ser tú quien tengo por delante no abriría la boca, como no la he abierto hasta la fecha. Pero tengo miedo. Yo no le veo salida a esto. Creo que, indefectiblemente, estamos perdidos. La República es débil, el pardaje no la quiere; los negros, menos. Boves les ha ofrecido la libertad, y hasta honores para que maten a sus amos. Los esclavos están huyendo. En lo que va de la semana he recibido diecisiete denuncias de negros que se les fugaron a los amos. ¿A dónde van esos negros? Seguro que a reunirse con Boves. Ya los veremos venir contra nosotros. Esto, Manuel Antonio, no lo para nadie.
El Suizo se le quedó mirando con sus grandes ojos de bordes blanquecinos y con su cara rosada de goloso satisfecho. Transcurrió un lapso de silencio bastante largo. Finalmente el Suizo dijo:
—Y usted ¿qué propone, Dr. Espejo?
El gobernador civil de Valencia agradeció la pregunta, y se disponía a responder cuando la voz de Vicente le alertó:
—Aquí está el Coronel Juan de Escalona.
Sin dar tiempo para nada apareció tras la voz del sirviente la figura obesa y jocunda del jefe militar de Valencia. Espejo se incorporó para salir al encuentro del visitante, pero deteniéndose un momento, le dijo al Suizo:
—Tenemos que seguir hablando, Manuel Antonio, pero por los momentos me perdonas, porque Escalona y yo tenemos que ir hasta el Morro a revisar las defensas. Pero acuérdate —le dijo con velada intención—, que a ese muchacho no lo compone nadie. Es un tarambana.
Trasponiendo el zaguán, Espejo se sintió obligado a decirle a Escalona, con voz confidencial:
—Estábamos hablando del sobrino de Malpica, José Ignacio, tú lo conoces.
Escalona, con indiferencia, hizo una leve señal de asentimiento. El Gobernador de Valencia se decía para sí: «En efecto, este gobierno es como el sobrino de Malpica: grande, tonto y pretencioso».