Breo

Francisco Narla · Capítulo 6 de 8

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Breo

Lucio Anneo Floro, en Epítome de la historia de Tito Livio

Se volvería loco.

Y se tapaba los oídos, apretando hasta que los nudillos blanqueaban.

Aquel barullo le estaba robando la cordura.

Ya no había silencio. Las voces se habían vuelto reales y lo ocupaban todo.

Había estado solo, en la más completa soledad que ser humano hubiera vivido antes. Enterrado en vida. Y ahora lo rodeaba una muchedumbre.

Quizá llevaban allí dos días, quizás unas pocas horas. Tarvus no lo sabía. Nadie podía saberlo.

Sólo por cómo aumentaba su desesperación podían imaginar que el tiempo pasaba.

Uno, dos días. Unas pocas horas. Pero los rumores, esas voces que ahora lo llenaban todo, corrían de un lado a otro y ya hablaban de muertos.

Y entonces la tierra empezó a temblar. A lo lejos se oyeron los gruñidos de la tormenta. La oscuridad se llenó de angustia, hecha de gritos, maldiciones, reniegos y juramentos. También hubo alguno que tuvo la ocurrencia de pedir auxilio a los dioses.

Pronto corrió una nueva voz desde las galerías superiores. Ya no se hablaba de los muertos; se decía que Teutates había enfurecido y descargaba su ira. La tierra temblaba porque fuera, más allá de la oscuridad, caían truenos. Y no tardaron mucho en comprobar que era cierto.

A los truenos les siguió el agua, y con el agua llegaron los derrumbes. Y

más muertos.

Y no importó si llevaban allí uno, dos o siete días. O si sólo habían sido unas horas.

El trece llevaba mucho tiempo herido de muerte, y la incansable tromba estaba dispuesta a rematar una tarea que se había demorado demasiado.

El pánico gritaba en cientos de gargantas apretujadas.

Tarvus apoyó la mano en la pared de la galería. Sintió el temblor, y en sus pies, el agua que empezaba a correr. Y tuvo la certeza de que iban a morir.

No había entendido por qué, pero habían metido a todos los esclavos en el trece. Los habían emparedado en vida, encerrados en el fantasma de aquel monte. Y ahora iban a morir, porque el trece, el mismo que se había empeñado en burlarse por dos veces de los ingenieros de Roma, se rendiría. No aguantaría mucho más.

Cientos de almas corrían asustadas por aquel laberinto hecho de oscuridad y arcilla. Sus pisadas retumbaban, y el eco las paseaba de una galería a la siguiente mientras los truenos sacudían los cielos y la lluvia se colaba por las rendijas. Era demasiado para aquel viejo y valiente que, testarudo, se había opuesto a Roma.

Arriba, muy arriba, algunos suplicaban, golpeaban las piedras y se despellejaban los dedos intentando apartarlas. Amontonados unos encima de otros, el pánico aplastaba a los más débiles.

–Tenemos que salir de aquí.

Fue un bisbiseo que nadie escuchó. El terror alzaba las voces, nadie se oía y todos hablaban.

Alguien pasó entre codazos histéricos, abriéndose paso, buscando una salida que no encontraría, porque Tarvus sabía que iba en dirección contraria. Si seguía así, caería a la sima de más de diez brazas que conectaba en vertical otras dos galerías. Había estado a punto de caer por allí. Y sólo se había salvado porque, desde el primer momento, había optado por moverse tan despacio como las lombrices a las que había tenido que recurrir para engañar el hambre.

El trece volvió a temblar. Sus entrañas se llenaron de gritos.

–O salimos de aquí o moriremos.

En esta ocasión logró alzar la voz, pero no supo si alguien lo había escuchado. La oscuridad se lo tragaba todo.

Tarvus podía oler el sudor rancio, la orina fresca, el miedo incluso. Y el miedo apestaba. Podía sentir las corrientes de aire que cientos de cuerpos asustados producían al agitarse, nerviosos, como abejas bajo el humo del recolector de miel. Y también el nivel del agua, que ya corría por sus tobillos.

–¡Hay que salir!

Y esta vez alguien lo escuchó. Y le contestó, aunque sus palabras quedaron aplastadas por la cacofonía de cientos de voces atropelladas.

–¿Cómo?

Advirtió la desesperación en la voz.

–¿Eres aguador?

No hubo respuesta.

–¿Eres aguador?

No podía verle la cara, no tenía ni idea de quién era.

–No, cavaba en el diecinueve.

Tarvus palmeó hasta encontrar un brazo que era todo huesos.

–¡Ven conmigo!

Hacia arriba sería imposible. Las galerías no eran lugar para multitudes; para cuando hubiera atravesado el gentío, ya sería tarde. Los desesperados seguirían aplastando a sus compañeros como reses enloquecidas en una estampida. Y continuarían despellejándose las manos, incapaces de apartar las grandes rocas que tapiaban la entrada, porque en aquella estrecha galería, sin una mísera barra con la que hacer palanca, jamás podrían apartarlas. Ascender significaba morir. Descender, también. Aun así, cabía una remota posibilidad. Muy remota.

–¡Di a los que estén detrás que vengan! ¡Que se cojan de la mano!

Evitó la sima, torció por la misma galería donde, uno, dos, tres días antes, quién lo sabía, había logrado atrapar un topo que le había servido de banquete. Con la mano libre buscaba en la pared las oquedades donde, cada pocos pasos, habían colocado las lucernas. Eso era lo que lo había ayudado a no perderse, a saber por dónde ir. En algunas de ellas, incluso había colocado piedras, o trozos de raíz que podía reconocer a oscuras, casi sin dudar.

Supo que tras él venían más. La voz pasaba de uno a otro. Algunos creerían, otros no, y Tarvus sabía que, en el mejor de los casos, muchos quedarían allí, enterrados en vida.

Apenas había empezado, pero, si trabajaban juntos, lo podrían conseguir.

No se rendiría. Engullido por la oscuridad del trece, si algo había servido para mantenerlo cuerdo, había sido el inextinguible deseo de escapar. Huir de las minas era lo único que le quedaba.

En el corazón de la montaña, en la más baja de las galerías, había encontrado el tope, el remanso diseñado por los ingenieros. Allí donde el

agua, en las intentonas que habían hecho los romanos, se había topado con la pared de arcilla. Por ahí debería haber reventado. Y, sin embargo, había fallado por dos veces.

Allí quedaban los huesos de tres desgraciados. Tres a quienes los capataces no habían sacado de las galerías antes de abrir las compuertas.

Y entre los huesos, dos picos.

Sabía que, si el agua se había detenido en ese lugar, era porque entre ellos y la libertad sólo había unos palmos de aquella condenada arcilla rojiza. Sólo eso, un muro que el agua debería haber podido derribar.

Y estaba volviendo a intentarlo. El nivel subía, ya le llegaba a la pantorrilla.

Cuando llegó a la pared, sintió tras él que algunos chocaban entre sí.

Coscorrones y golpes, maldiciones. Pero no había tiempo para preguntar cuántos eran o si estaban bien. Tenían prisa.

Los picos estaban donde los había dejado antes de que el restallar del látigo, rebotando por las paredes de las galerías, le dijese que algo sucedía. Eso había hecho, comer apenas y cavar, chupar algo de agua de las paredes y cavar. Cavar para huir.

–¡Cava!

Al tiempo que dio la orden, pasó atrás uno de los picos.

–¡Todos a cavar! ¡Con las manos, con los dientes! ¡Cavad!

La tierra tembló de nuevo. El agua, fría, seguía subiendo.

–¡Cavad!

Ya no había que cavar para escapar. Había que hacerlo para vivir.

El dolor segó sus entrañas. Intentó gritar, y no pudo hacerlo. Aunque era inútil, desenvainó. Y el barro se le escurrió entre los dedos por las crines forjadas en la empuñadura.

–¡Tenemos que ayudarlos!

Segilus lo sujetó. Shabako ni siquiera fue capaz de moverse.

–¡Tenemos que bajar!

De no estar atrapado en los brazos de su amigo, hubiera caído pendiente abajo.

–¡Vamooos...!

La voz se rompió de nuevo. Y su espíritu. Y su voluntad. Lo único que quedó fue un montón de añicos. Añicos aún más pequeños que aquellos que habían salido de Lagouzos rumbo al norte, hacia el oceáno.

–¡Nooo...!

Y la pesadilla empeoró. Porque el horror que anida en el corazón de un hombre, el mismo que lo hace encogerse como un chiquillo asustado, a veces se hace realidad.

–¡Me cago en los cuernos de Cernunus!

Segilus había visto algo. Y, cuando soltó a su amigo, a punto estuvieron ambos de caer por el precipicio.

–¡Hijos de mala madre! –escupió.

Se puso en pie, y también desenfundó.

Breo consiguió apartar los ojos. Allí abajo sus amigos estaban muriendo. De los barracones, como una plaga, salían más y más legionarios, y la cuenta crecía con cada relámpago. Los estaban masacrando. Y Breo sentía que debía estar con ellos. Pero consiguió

apartar los ojos y volverse. Shabako también lo hizo, y Segilus dio un paso al frente y metió la bota en el agua.

Al otro lado del lago, coronando el dieciocho, saliendo de quién sabía dónde, del corazón de los montes, de los bosques, de aquel maldito barro del color de la sangre, aparecieron más.

Los habían emboscado.

Al otro lado del lago, Cerno ladró con desesperación, y el primero en plantar cara fue Plandus, porque había llegado a creer y ahora estaba convencido de haber conocido a un loco que tenía razón. Ahora Plandus creía con más fervor que ningún otro. Y fue el primero en pelear.

Pero un hombre solo poco podía hacer.

–Maldito cabrón –masculló Segilus, mascando odio.

Salieron de entre la lluvia, aparecieron allí. Tenían que haber estado esperándolos. Y regodeándose, aguardando el momento oportuno para atacar.

Sólo había una respuesta a tantas preguntas. Y su nombre era Reburrus.

Y allí estaban. Escogidos de entre aquellos soldados de élite que habían llegado del corazón de Roma. Lobos con los colmillos recién afilados.

Los más altos y fuertes jamás reclutados. El orgullo de su patria. La Primera Itálica. Y estaban allí para pisar, para pisotear las cenizas de una rebelión que ya ni siquiera ardía.

Sila iba el primero. Y junto a él, encadenado, sujeto por dos lobos, Reburrus y su terror.

Los ojos del celta se abrían espantados, su boca se movía en súplicas que nadie escuchaba. Sus manos engrilletadas rogaban perdón, a los suyos o a sus captores. Nadie lo supo.

–Me cago en todos sus muertos –rugió Segilus–. Le voy a sacar las tripas y ahorcarlo con ellas.

Pero no tuvo ocasión.

Un relámpago estalló y, con el destello, el largo y afilado cuchillo de Sila cercenó la lluvia.

Sin detenerse, sin mirar a su víctima, en su camino hacia el lago, Sila se movió como una centella. Y el acero abrió el pescuezo de Reburrus. Así pagó Roma la traición. Ésa fue la recompensa que consiguió el celta. La

garganta abierta y caer olvidado en el barro. Los legionarios que lo habían sujetado por los sobacos le pisaron la espalda para seguir adelante.

Allí, enterrado en aquella arcilla, quedaron Reburrus y sus sueños.

Plandus ni siquiera llegó a tener al enviado imperial a su alcance.

Apenas tuvo tiempo de dar unos cuantos pasos. Antes de cruzar su espada, una lanza lo atravesó de parte a parte.

Aquellos lobos sabían lo que hacían. Sila había escogido a lo mejor de lo mejor: a los ambiciosos que aspiraban al pretorio, a los que habían entrenado hasta desfallecer.

–Llegó el momento –gruñó Segilus–. En pie. Con dos cojones –bramó, alzando su hierro–. Vamos a enseñar a esos malnacidos cómo mueren los clanes.

Antes de que Breo o Shabako pudieran hacer nada, su amigo echó a correr en aquel maldito barro aullando los viejos gritos de guerra, dispuesto a morir con la espada en la mano y el valor en el pecho.

Al este, el sol se alzaba. Espantaba las tinieblas de la tormenta y la lluvia se pintaba de reflejos dorados.

Cerno ladraba. Los celtas gritaban. Los lobos de Roma aullaban.

La lanza le arrebató la vida, pero no el impulso. Plandus todavía dio dos pasos más hasta caer de bruces en el barro para no volver a moverse.

La escaramuza comenzó, en el lodo, bajo la lluvia, junto al lago.

No se arredraron. Porque Segilus gritaba las viejas consignas o porque lo llevaban en la sangre. Luchar y morir antes que escapar y vivir. Eran norteños. Celtas, hijos de los clanes, indómitos e incorregibles. Y si había que morir, aquélla era una buena ocasión y un mejor lugar Allí, sobre sus cabezas, los dioses despedazaban el cielo.

A Sila no le importaba la lucha, le daba igual el honor. Avanzó hasta auparse al mecanismo de las compuertas y lo buscó. A su alrededor, los hombres peleaban, las espadas chocaban, las vidas pendían de un hilo.

Pero el enviado imperial sólo prestaba atención a Breo.

El sol arrancaba las primeras sombras cuando los dos enemigos se miraron a los ojos, al corazón. Y ambos supieron que sólo uno de los dos saldría de allí con vida.

Sila lo señaló. Breo se puso en pie.

Estalló otro relámpago, tan cerca que el resplandor hizo que las cabezas se agachasen. Que todos se quedasen quietos.

Hasta que a Resinus, que había echado a correr para levantar a Plandus, lo atraparon entre tres y el acero lo cercó. Recibió un tajo en la pierna, otro en un hombro. Los legionarios talaban un inmenso roble que se negaba a ceder.

Las flechas de Fraxilus derribaron a dos de ellos, el gigantón respiró y pudo atrapar por el pescuezo al que faltaba. Pero el arquero pagó cara la jugada: otro de los lobos se abalanzó sobre él, y ya no importó el arco ni tampoco las espadas. Se enzarzaron con los puños desnudos, buscando cada uno su puñal. Desesperados por ser el primero en acertar.

A Merrius lo agarró por la espalda un legionario. Lo sorprendió mientras trataba de ayudar a Fraxilus y lo sujetó entre sus manazas. Le partió el pescuezo como si desnucase un pez recién sacado del agua. El celta no tuvo tiempo siquiera de intentar defenderse.

Breo miró al horizonte, entre la lluvia. Buscaba la única esperanza. A lo mejor no todo estaba perdido. Pero no vio aparecer el estandarte de las tres crines blancas.

En el horizonte seguía la guerra, allí el sol y la tormenta peleaban. Uno quería que llegase el día, la otra que las tinieblas perdurasen.

Cerno ladraba como un poseso. Se le oía por encima del rugir de la lluvia, pero nadie le prestaba atención, cada cual tenía con quien enzarzarse. Aun así, el lobero sí sabía a quién dedicarse. Recordaba el olor, refinado y profundo, de afeites y finuras. El mismo olor que había embadurnado la muerte de Akuius.

–¡Nooo!

Esta vez no obedeció. Aquel día, en el campamento, bajo la lluvia, Cerno había claudicado. Hoy, allí, bajo la tormenta, no supo hacerlo.

–¡Noooooo!

Galopó y saltó para alcanzar a Sila, para destrozarlo a dentelladas, allí mismo, junto a las compuertas. Y el romano, con endiablada rapidez, se apartó a tiempo de evitar la bocaza y clavó su cuchillo en el animal. Las gotas de sangre se perdieron en la lluvia. El gañido del perro lo engulló un trueno. Cerno cayó sobre el barro entre lamentos.

Estalló otro relámpago. Iluminó la sangre en el pelaje gris. Los cielos tronaron.

Contra cuatro a un tiempo, Segilus golpeaba, apuñalaba, mordía, escupía. Mató a dos de ellos entre rugidos y encaró a los otros, con total desprecio por uno más que acudió en ayuda de sus compañeros.

Además de la muerte, había muchos más hombres allí. Pero Sila y Breo se habían quedado solos. Ya nada más importaba. Pareció incluso que la

lluvia se abría para ellos, porque las nubes dejaron que el sol encendiese sus ojos. Y quedaron trabados el uno con el otro, como extremos de una cadena que se iba acortando a medida que Breo se acercaba a las compuertas.

No dijeron nada, porque nada había que decirse. Ahora los que debían hablar eran los hierros.

El cuchillo de Sila cambió de mano, y el romano, para cubrir la falta, tomó la espada de un legionario que agonizaba junto a él. Una víctima de la última arremetida de Segilus, que ya buscaba la retaguardia de los romanos sin preocupación alguna por el cerco que se cerraba a sus espaldas.

No tuvo tiempo de mirar si Cerno seguía respirando; apenas vio la sangre y ya tuvo que esquivar la primera embestida. Obligado a retroceder, sus pies peleaban con el barro mientras la cabeza aún intentaba espantar el horror salido de los barracones y el corazón rogaba por el lobero.

Eran un asesino a sueldo y un pescador. Poco importaba el coraje. O

los ideales.

Cuando el siguiente relámpago encendió los cielos, Sila se aprovechó.

Mientras Breo retrocedía, usó el largo cuchillo para atacar bajo la guardia. Con la soltura de un movimiento que mil veces le había dado frutos, giró sobre sí mismo y dejó un largo tajo en la pierna. Y quedó a un costado para revolverse de nuevo, tan rápido como los relámpagos, para fallar apenas por una pulgada al intentar cortarle los tendones de la corva de la otra pierna.

Breo lo intentó. Descargó un puñetazo. Pero no golpeó otra cosa que la lluvia, y tuvo que seguir retrocediendo.

Heridas, las piernas le flaqueaban. Iba a morir allí mismo. Como tantos otros que agonizaban a su alrededor. La Loba había mordido con fuerza y no soltaba su presa.

El marco que sostenía las palancas de las compuertas se llevó la siguiente. Breo tuvo el tiempo justo de protegerse y la espada se clavó en los duros maderos que habían instalado los zapadores romanos.

Pensó que contaba con un respiro. Pero se equivocó, porque la otra mano encerraba ya aquel extraño cuchillo. Y aquella mano relampagueó.

Y el cuchillo pasó entre el madero y las palancas de los contrapesos, por el único hueco, y se clavó en el hombro con facilidad. Y la herida le robó las fuerzas a su brazo. La mano con la que sostenía la espada se quedó sin fuerzas.

Un trueno rugió con tal fuerza que hasta aquel condenado barro retembló. Al borde del agua, Breo sintió que se hundía allí mismo, junto a las compuertas.

El cuchillo salió y se preparó para embestir de nuevo.

Por detrás de Sila, Breo vio cómo Segilus, cubierto de sangre y lodo, corría hacia él para evitar lo inevitable. Lo perseguían dos legionarios que estaban a punto de alcanzarlo por la espalda. Y, tan testarudo como siempre, Segilus no quería entender que no tenía tiempo, que más le valía cuidar de sí mismo.

El ingenio de las compuertas no dejaba sitio alguno, sólo el suficiente para acuchillar de nuevo, esta vez buscando el corazón, para rematar al fin el encargo del emperador.

Intentó levantar la espada. No pudo, y se sintió perdido. A punto de morir. No había salida.

Fue entonces cuando se acordó del pequeño Cirrius. De su promesa. Y

rebuscó con la mano buena, durante el parpadeo que su enemigo necesitó para preparar la última puñalada.

El cuchillo de matarife apareció entre la lluvia, afilado con esperanza.

Sila dudó al verlo. Breo tuvo una oportunidad. Una sola.

El pescador hincó los pies en el maldito barro y buscó la guardia abierta conforme su enemigo preparaba la cuchillada. Pensó qué hacer.

Comprendió que no alcanzaría. Y recordó a Flavio. Sin olvidar que sólo tendría una oportunidad.

Sila lo vio prepararse, y dio un paso atrás para hacer imposible que lo alcanzase, pero aquel barbudo sujetó el cuchillo por el filo, lo echó atrás y lo lanzó.

Lo lanzó con toda su alma, con tanta fuerza como fue capaz, tanta que en cuanto salió de sus dedos el barro cedió y sus pies resbalaron.

El cuchillo de Cirrius cortó la lluvia. Era un buen lanzamiento, hubiera acertado entre todas aquellas marcas que Flavio había dejado en el abedul. Pero los reflejos del romano se las apañaron.

Pasó cerca, tan cerca como para rasgar uno de los correajes del peto, pero no causó daño. Y Sila reaccionó de inmediato. Él no iba a fallar.

Breo hubiera muerto allí mismo, con el corazón atravesado por un acero que había viajado desde los confines del Imperio. Pero siguió resbalando.

Con la misma facilidad, el hierro entró de nuevo en su hombro y llegó al hueso. Sintió la patada inmisericorde del dolor. Un trallazo que le recorrió el brazo y el costillar. Las piernas volvieron a fallarle. La arcilla cedió. Y siguió resbalando.

Cayó al lago. Y el agua lo abrazó.

Sila se subió a los maderos del ingenio para verlo.

Pensó que una ola lo había vencido, quiso buscar con la mano su espátula de hierro, comprobar si aún tenía el bolsón de sus capturas.

El dolor no lo dejó. El brazo no le respondió.

Arriba, Sila gritaba pidiendo una lanza.

Habían muerto en los barracones. Allí, en el lago, seguían muriendo. Y

por el horizonte no aparecían las tres crines blancas.

Breo, el hijo de Turainos, del castro de Lagouzos, se hundió.

El agua se lo tragó.

El agua ya le mojaba las rodillas. Y apenas se oía el golpear incesante de los picos.

El trece temblaba. Se resentía, amenazaba con deshacerse y, alrededor de Tarvus, hubo quien se rindió, arropado en la oscuridad, sin ojos que le recriminasen la falta de voluntad. Las uñas arrancadas, las manos destrozadas y la esperanza perdida; alguno se acurrucó sin más, sin importarle el agua, y esperó a que la muerte llegase. Tarvus, no.

Tarvus siguió picando.

Nunca se rendiría. Nunca.

Y la pared se resquebrajó. Un diminuto agujero se abrió. Una brillante moneda hecha de luz apareció entre la arcilla rojiza.

Y siguió picando. Y picando.

Los ánimos se recobraron. Pronto a su lado hubo quien se levantó de nuevo. Ya se distinguían las siluetas, ya se veían los rostros, todos marcados por la familiar miseria de las minas.

Caía un pico, caía el otro. Cavar en las minas era lo que habían estado haciendo durante años.

Poco a poco, el hueco se abrió, creció. Y cayeron pegotes de aquella arcilla, y grava, y la luz gris de un amanecer lluvioso lo llenó todo.

La tierra empezó a escupir esclavos. Salieron a empujones, entre codazos, incluso los que habían dejado de cavar. La angustia por quedar atrapados los espabiló, y todos salieron, espantados, a las explanadas que llevaban a los lavaderos bajo la lluvia inclemente. Un poco más allá estaban los barracones, y los hombres ni siquiera pudieron gritar su libertad. Porque allí, como si los hubieran estado esperando, aparecieron los lobos de Roma.

Allí estaba aquel malnacido de Druso. Su látigo castigaba la espalda de un hombre, una y otra vez, sin descanso. Aquel pobre desgraciado ya estaba muerto; las costillas, blancas, asomaban en la espalda descarnada, pero el látigo no se detenía.

Algunos legionarios los vieron salir de las entrañas del trece. Al momento, señalaron, hablaron. Y un oficial mandó una partida para que se hiciese cargo.

Mientras, los esclavos salían al exterior, interminables, uno tras otro, atropellándose, y la tormenta les lavaba la arcilla pegada a la piel. Ellos miraban al cielo y permitían que la lluvia escurriese por sus cuerpos demacrados. Suspiraban, aliviados, y un instante después gritaban desesperados al ver que su libertad no duraría.

El látigo no se detenía.

Caía sobre alguien que no era un esclavo. Y había más allí. Eran gentes de los clanes, hombres de las tribus. Tenían espadas cortas, pequeños y ágiles escudos. Los pantalones de cada cual dibujaban cuadros y colores que contaban historias. No eran esclavos. Eran hombres libres, celtas.

Un puñado que peleaba contra miles. Un puñado intentando reventar las mandíbulas de la Loba.

El látigo se detuvo. Druso lo vio, y lo reconoció.

Los otros legionarios se acercaban, con la confianza pintada en sus rostros afeitados.

Estalló otro relámpago, descargó otro trueno y, aunque parecía imposible, la lluvia arreció.

Como recién nacidos, los esclavos acababan de salir de las entrañas del monte y no sabían qué hacer. Algunos levantaron las manos; se dieron por satisfechos con haber salido del trece, se conformaron con volver a los barracones. Otros, los menos, insultaron y berrearon; sus bocas escupieron maldiciones.

Druso lo señaló con el látigo.

Tarvus ya debería haber muerto. Era el último que quedaba. Todos los demás, todos los que habían llegado hacía nueve años, los que habían sido vendidos a Roma por unas monedas, los que habían perdido en Lagouzos, los que habían sido traicionados, todos habían muerto. Y

Tarvus también debería haber muerto. Las minas, el hambre, los castigos.

Debería haber muerto, pero allí seguía, cargado de odio.

Todavía tenía el pico en las manos. Un trasto viejo y oxidado. El mango se había partido, y el hierro estaba tan gastado que parecía una maza.

Pero aferró la madera pulida con fuerza y echó a andar.

Los legionarios que había mandado el oficial pasaron de largo, dispuestos a derramar sangre, a ofrecer algo que beber a aquella arcilla insaciable. Empezaron a matar, incluso a quienes tenían las manos levantadas, incluso a quienes gritaban a pleno pulmón que se rendían.

Una espada cortó una mano, otra atravesó unos pulmones que chillaban clemencia. Una lanza atravesó un cráneo.

Al fin el sol ganaba la batalla. La mañana nacía, pero la tormenta no aceptaba la derrota; se había aferrado a aquellas tierras baldías y descargaba sobre ellas como si pretendiese borrarlas para siempre.

Tarvus dio otro paso. Y Druso, con una mueca salvaje, también echó a andar.

Se acercaron el uno al otro, y el mundo se empequeñeció. Sólo quedaron ellos dos. Aunque los esclavos seguían saliendo del trece, los legionarios seguían matando y la lluvia no cesaba.

Como una víbora, rodeándole los pies, el látigo de Druso cimbreaba sobre la arcilla empapada, hambriento de carne. Y el pico también se movía en las manos de Tarvus. Pero aquel viejo trasto no apagaba la sonrisa de Druso.

A su alrededor, los hombres morían sin presentar batalla. Las minas les habían robado la voluntad. Se apagaban sin más.

Y los cielos lloraban, quizá porque eran sus hijos los que perdían la vida. Sus hijos, los que agradecían el calor del verano, el temple del otoño, las nieves del invierno y las lluvias de la primavera. Sus hijos, los que miraban al sol y la luna, los que no se habían perdido en templos y ladrillos, los que tomaban asiento bajo un roble anciano y contemplaban el bosque. Los clanes habían robado el oro que las tierras escondían, y su hierro, su cobre y su estaño, pero nunca habían abierto heridas semejantes. Los clanes talaban un árbol, jamás un bosque.

Se acercaban. El uno al otro. Se acercaban, hasta que Tarvus se detuvo.

Entonces la sonrisa de Druso creció. Alzó el brazo. Y el látigo serpenteó en el aire, restalló a su espalda y, sin detenerse, salió disparado hacia delante, como un relámpago más.

Tarvus no se movió. Había recibido muchos latigazos antes, muchos, más que ningún otro. Su espalda era una red de cicatrices. Conocía bien aquel látigo. Lo conocía incluso mejor que el propio Druso.

El cuero de camello partió el aire con su restallar a un palmo de sus narices. A un solo palmo. Sin tocarlo.

Druso comprendió su error demasiado tarde. Y aquella sonrisa quedó enterrada a sus pies.

Con las dos manos, Tarvus alzó el pico sobre su cabeza.

Druso desenvainó. Era un legionario curtido y desenvainó echándose a correr. No podía creer que aquel barbudo, apenas pellejo y huesos, tuviera alguna posibilidad. Sin embargo, un paso al frente fue todo lo que Tarvus necesitó. Un paso al frente y odio recocido durante nueve años.

Cuando el legionario comprendió, cuando intentó apartarse, ya era tarde. Tarvus movió los brazos como si fueran aquel maldito látigo y lanzó el pico con todo lo que hervía en su interior.

Se estampó en el rostro de Druso, donde había estado su lacónica sonrisa. El hierro le reventó los dientes, le arrancó las muelas y quedó trabado en el paladar del legionario.

Druso estaba muerto antes de tocar el suelo, y el celta gritó como hacía nueve años que no gritaba.

Otro relámpago estalló en los cielos, y al momento, con el trueno siguiente, la furia de Tarvus quedó libre. Sin detenerse, robó la espada de Druso y se lanzó a la carrera contra quienes masacraban a sus compañeros.

Y, cuando atravesó el cuello del primero de ellos, aquel que lo había seguido por las entrañas del trece, lo vio.

Y otros cuantos más lo vieron.

Y las manos alzadas descendieron. Y los que se ofrecían rendidos descubrieron que había algo más que podían hacer.

Tarvus era como la tormenta misma, caía sobre los lobos con idéntica fuerza. Otro más quedó muerto a sus pies. Y ya lo rodeaban cinco,

dispuestos a acabar de una vez por todas con aquel insensato que no comprendía su deber. Pero Tarvus ya no estaba solo.

Los clanes volvían a luchar. Habían surgido de las entrañas de la tierra para plantar cara a la Loba.

Eran desharrapados, muertos de hambre, esclavos. Y eran muchos menos. Al menos había tres legionarios por cada uno de ellos. Y los legionarios no tenían hambre ni frío, y sí armas mejores que piedras y picos; conocían los secretos de la guerra. Era una locura, una condena.

Sin embargo, los corderos habían decidido dar caza a los lobos.

No venían.

A levante, tras el telón de las nubes, el alba gritaba a pleno pulmón y hacía nerviosos aspavientos. Pese a la tormenta, la mañana empujaba el sol hacia el mediodía. Y no venían.

Aunque Niske no hubiera podido señalar qué asfixiaba su corazón. Era como si la lluvia le calase sus ropas y la misma carne, anegándole el pecho. Y no acertaba a averiguar si se debía a que ellos no venían o si se debía a que era él quien no venía.

Lo que sí sabía era que había naufragado para siempre en aquellos ojos azules y que, con sólo pensarlo, le temblaban las rodillas.

Allí estaba la pradería, y allí estaba el arroyo. Habían llegado a tiempo, apenas, con la lengua fuera, pero lo habían logrado. Allí estaban. Y no venían.

Y él tampoco venía.

–Algo ha salido mal...

Se volvió apenas para descubrir a Sento y asintió preocupada. El bardo tenía razón. Habían contado con la noche y la luna llena y ya no había oscuridad en la que refugiarse. La tormenta flaqueaba. El día crecía. Era tarde.

–No vuelvas a pedírmelo –rogó con amargura.

Sento acusó las palabras como un puñetazo. Incluso encogió los hombros y arrugó el ceño. Aun así, no pudo callarse:

–Debemos aceptarlo. Es lo sensato.

–Aún hay tiempo –insistió ella, sin dejar de mirar al horizonte, esperando verlos aparecer de un momento a otro. Esperando verlo a él.

Sento le puso la mano buena en el hombro.

–No, no lo hay –dijo, seguro de sí mismo–. Si algo ha salido mal, pueden haberlos torturado; puede que, ahora mismo, una cohorte entera esté en camino.

Ella no quiso hablar. Volvió a perder la mirada en la lejanía, buscando con ansia una señal. Esperando escuchar voces conocidas, esperando distinguir una esperanza.

El bardo la miró largo rato. Habían compartido mucho.

–No puedes...

Niske hizo oídos sordos.

No hubo silencio, porque la lluvia se empeñó en rugir. Los relámpagos, acobardados por el día, se tomaban su tiempo, como si tuvieran que reunir el valor para lanzarse en su loca carrera. Y los truenos sonaban lejos, como si huyesen del sol. Pero la lluvia no cesaba. El arroyo ya no corría con aguas cristalinas; era un revoltijo lodoso, lleno de hojas y ramas. Y el viento, indeciso, iba y venía con rachas que se cansaban rápido.

Unos pasos por delante, clavado en la hierba empapada, estaba el estandarte con las tres crines blancas. Alicaído, vencido por el aguacero.

–No puedes pedirles que arriesguen sus vidas en balde –insistió el bardo.

Tras ellos se oía el piafar de un caballo nervioso, el rumor de voces incómodas, pisadas en el suelo encharcado y el inconfundible tintineo de los arreos. Pero ninguno de los dos se volvió. Se quedaron como estaban, junto al estandarte, con los ojos perdidos en el horizonte.

Pensativo, Sento se acarició el brazo encerrado en el cabestrillo. Hasta unas semanas antes, había atesorado una pizca de esperanza. Luego, a regañadientes, había tenido que abandonarla en el camino. Aquello ya no era un brazo, era sólo un colgajo inútil. Nunca volvería a tocar.

–Los clanes... –titubeó por un momento–. No podemos perder lo poco que nos queda –dijo entonces, e intentó aparentar una firmeza que no sentía.

Pese a la melena empapada y a las ropas chorreando, la presencia de Niske imponía. Su rostro estaba lleno de determinación.

–¿Te han enviado de recadero? –preguntó, sacudiendo el mentón hacia sus espaldas.

Al bardo se le subieron los colores.

–No creen que merezca la pena –reconoció abochornado–. Si aún no han llegado, no serviría de nada...

Ella clavó sus ojos en el bardo. Y los bigotes, que no habían vuelto a adornarse con estrambóticos arillos, se humillaron.

–¿Y tú? ¿Es ésta una de las hazañas que cantarías al amor de la lumbre?

No esperó respuesta. Se movió con brusquedad, con la decisión tomada. Llevó los dedos a los labios y silbó.

Y hasta donde estaba, bajo la lluvia, trotó obediente aquel espléndido garañón, el semental de la manada de Fazouro, el mismo que con tanto cariño había cuidado su hermano Akuius. El mismo que había nacido gracias a la ayuda de Cirrius cuando el parto se torció. El caballo, recio y temperamental como era, se detuvo a su lado con la delicadeza de un potrillo junto a su madre.

La dura expresión se dulcificó. Niske acarició el cuello del espléndido animal, le susurró algo al oído y montó con agilidad, sujetando apenas las crines con los dedos.

Hincó los talones y cabalgó hasta el estandarte. Lo arrancó, salpicando agua y tierra, y obligó con las riendas al semental a caracolear hasta mirarlos. Cara a cara.

No eran muchos.

Los hombres de Galez, que se habían ocupado de reunir la manada de Fazouro. Y unos pocos clanes más, que habían escuchado el clamor y habían sentido la llamada del orgullo.

Apenas un puñado, y sus voluntades flaqueaban. Empapados, ateridos de frío, parecían cachorrillos que se han meado junto al hogar. La vergüenza podía palparse.

No había allí ninguno de los grandes jefes. Muchos eran demasiado viejos y unos cuantos aún no se afeitaban.

No llegaban a doscientos, y quizás el doble de caballos y unos pocos carretones.

No eran muchos.

Y todos llevaban la sombra de la duda en sus rostros empapados, incluso el orgulloso hijo del viejo Arnius. Se suponía que estaban allí

para ayudar a quienes escapaban de las minas; se suponía que solamente iban a acercarse hasta la madriguera de la Loba y tirar una piedra.

Niske cabalgó ante ellos, recorriendo la primera fila de ojos indecisos, y alzó el estandarte. De su larga melena, de sus ropas, del pelaje del caballo se desprendían gotas que cazaban la luz que se colaba entre las nubes.

Al verla, Sento supo que tenía ante él los versos más bellos.

Era Niske, la hija de Abulus, del castro de Fazouro. Era una piedra en la enorme corriente de un gran río, aguantando la crecida.

El semental relinchó con fuerza. Sus cascos arrancaron terrones de tierra y escupieron hierba.

No eran muchos. Pero eran celtas.

–¡Los cuervos se darán un festín!

El galope había dotado de vida al estandarte. Las blancas crines flameaban sacudiéndose la lluvia y brillaban bajo el sol que espantaba a la tormenta.

–¡Los bardos cantarán la tragedia!

Sento sintió que su corazón se encogía. Allí, ante él, ardía el coraje de los antiguos sobre un garañón negro. Allí galopaba el valor de las gestas que el pueblo contaba.

–¡Moriremos!

Tiró de las riendas y se echó atrás. El garañón alzó las manos y coceó el aire.

–¡Cobardes! –rugió por encima de la lluvia.

El semental volvió a alzarse y volvió a patear, como si una víbora se hubiera cruzado en el camino.

–¡Cobardes!

Los hombres la miraban. Se habían hecho tan pequeños que no parecían guerreros, sino niños con miedo a la oscuridad.

Niske hincó los talones en los ijares del garañón y sacudió las riendas para galopar al horizonte, hacia la tormenta, hacia las minas, hacia la Loba.

Hacia la muerte.

No miró atrás ni una sola vez. No quiso saber si la seguirían.

Sento cayó de rodillas sobre la hierba empapada. Y la lluvia tuvo el decoro de esconder sus lágrimas.

A sus espaldas, la muerte arrancaba gritos de agonía. Alguien aulló de dolor, y el inconfundible crujido de un hueso reverberó en la lluvia. Sus hombres descabellaban a aquellos palurdos y Sila, encaramado en las compuertas, esperaba con los ojos clavados en el agua lodosa. Su mirada nadaba en el lago que coronaba el dieciocho.

Nadie podía sobrevivir tanto tiempo. Nadie.

Se había hundido. Y Sila, que conocía las historias de los pescadores de ostras griegos, tuvo el convencimiento de que no podía seguir vivo.

Una racha indecisa le trajo entonces el inconfundible rechinar de la guerra al marchitarse; porque allí ya no quedaba guerra, sólo muerte.

Saltó. Cayó en aquella condenada arcilla pegajosa y recorrió la franja que hacía de orilla. No fue a gatas, y no se asomó con miedo, como antes habían hecho tres locos llenos de esperanzas. Y, al ver lo que vio, escupió al viento una carcajada.

Luchaban, sin más que la desesperación. Quién sabía cómo, los esclavos habían escapado y allí estaban, en la explanada de los barracones. Luchando. Perdiendo. Muriendo.

Costaba creer que aquellos infelices hubieran encontrado los redaños, pero allí estaban, peleando.

Un salvaje, algo que sólo podía ser una bestia, vestido apenas con andrajos, manejaba una espada con una mano y un pico con la otra.

Parecía poseído por los demonios más oscuros del profundo Tártaro, un engendro del infierno de los titanes, un compañero de aquel Cerbero de tres cabezas. Cubierto de sangre y barro, aun herido, se resistía a morir.

Tras él quedaban los cadáveres y, ante él, aguardaba la Sexta, la Victoriosa. Y enseñaba los colmillos.

Y otros, tan chiflados o más, lo seguían. Aullando, con piedras, con palos. Uno de ellos no tenía otra cosa que el asta quebrada de una lanza.

Otro ni siquiera eso, sólo alzaba los puños y gritaba maldiciones.

–¡Imbéciles!

Aquellos condenados celtas eran poco más que animales. Alimañas que no entendían las mínimas reglas del combate, que no habían leído las memorias de los grandes generales, que no recordaban que el invicto César había echado cuentas en la Galia, un tercio muerto, otro esclavo y el último en la miseria. Eran imbéciles, incapaces de reconocer la verdad aun teniéndola ante sus narices. Habían sido derrotados, conquistados. Y

se negaban a asumirlo.

No tenían una sola posibilidad de salir con vida.

Se volvió para mirar una vez más el agua del lago. La lluvia y el viento seguían pintando mosaicos en la superficie. Nada más.

–Está muerto.

Y se dispuso a disfrutar del espectáculo. Aquello no era, ni mucho menos, el espléndido anfiteatro de Pompeya, recién renovado tras el terremoto, un maravilloso prodigio de la arquitectura. Y aquellos tampoco eran gladiadores bien entrenados en escuelas de raigambre. No había intriga en saber cuál sería el resultado, pero, aun así, era un buen espectáculo. Una feliz distracción antes de regresar a casa con el deber cumplido.

Era una pena que aquel engendro con el pico estuviera a punto de morir. No lejos de su villa de Pompeya, regentaba su escuela un lanista que hubiera pagado buenos sestercios por incluir a aquel hijo de las Furias entre sus gladiadores.

No tenía ni la más mínima idea de cómo emplear la espada, pero giraba salvajemente, usando el pico como una maza, y, a su alrededor, los legionarios caían muertos, incapaces de contener aquel torbellino de rabia.

Ese loco. Ese loco y aquella muchacha corajuda que se había alzado en el corral de mulas de Lucus. Por cualquiera de los dos Sila hubiera podido sacar un buen pellizco. Vendiéndolos, podría costear la nueva bodega de la villa, y también encargar una escultura para decorar el aljibe

del atrio. Hacía ya años que tenía el capricho de colocar allí, junto al agua, un bronce que representase el rapto de Hilas.

Echó un vistazo a sus espaldas.

Nadie podía haber sobrevivido tanto tiempo bajo el agua. Y, más allá, no quedaba leña que cortar.

Todos habían caído.

No quedaba uno solo de aquellos pestilentes barbudos. También buena parte de los legionarios había pagado su precio. Pero, no podía negarse, aquellos muchachos de la Primera se habían portado bien. Seguían haciéndolo, todavía cargaban con la ilusión de los novatos y, sin que tuviera que ordenárselo, ya se deslizaban ladera abajo para ayudar a sus compañeros de la Sexta en los barracones.

El resto era barro y muertos.

Todo había terminado. Sofocar aquella rebelión de esclavos ya era un asunto del tribuno Didio Severo. Él había cumplido el encargo del emperador. Podía regresar a Roma. Y cobrar su precio.

Advirtió con disgusto manchas de barro en su peto y dejó que la lluvia le mojase los dedos para deshacerse de ellas frotando con exquisito cuidado. Podía encargar un transporte y esa noche, tras tomar un baño en Astúrica, descansar en una cama decente. Quizás incluso disfrutar de una buena cena: lenguas de alondra u ortiguillas rebozadas y crujientes.

Se recolocó la túnica, arrugada bajo el peto que había sacado de los almacenes de Marco Lucio, e intentó peinarse para borrar de sus cabellos el ajetreo.

Abajo, junto a los barracones, los legionarios habían maniobrado para no verse cercados y, sabiéndose superiores en número, daban la espalda al monte. Encaraban al enjambre que seguía saliendo de las entrañas del trece.

La disciplina mantenía la formación, las filas se daban el relevo, la retaguardia estaba a salvo, y la proporción de hombres garantizaba la victoria.

Era un buen espectáculo. No tan bueno como El eunuco de Terencio que había visto en el teatro de Pompeyo poco antes de tener que partir, pero casi.

Solo, en la cima del dieciocho, al borde del lago, se vio a sí mismo como Alejandro tras conquistar Persépolis.

No quedaba otra cosa que hacer.

Volvía a Roma.

Pensó que el viejo Suntus le echaba una mano.

Incluso sonrió. Cuántas veces aquel vejancón revenido lo había salvado de ahogarse. Cuántas.

El mar del norte no perdonaba los errores, y la paciencia del maestro había evitado la muerte del pupilo muchas veces.

Rascando percebes de las rocas, buceando a por pulpos, muchas veces el inmenso azul le había enseñado humildad. Y, viéndose ya perdido, había descubierto, a contraluz, las seguras brazadas del viejo que nadaba hacia él para echarle una mano y evitar que se ahogase.

Y allí estaba una vez más. Para sacar las castañas del fuego a aquel criajo que se había presentado en su casa asegurando que iba a marcharse lejos, muy lejos, a las islas del norte, hasta la misma Éren.

Estiró el brazo, pero no alcanzaba. El viejo Suntus no se sumergía a por él. Sin embargo, saberlo allí, en la superficie, rescató de sus tripas la voluntad de vivir.

No fue fácil. No tenía un solo recoveco en su cuerpo sin una herida o un golpe. Obligarse a dar la primera patada fue un tormento. Y falló al intentarlo con el brazo herido. Pero se las apañó para dejar en el fondo del lago la espada, el escudo e incluso el cinto. Y, con el siguiente impulso, consiguió ascender hacia Suntus.

Sus brazadas eran débiles y su pecho reclamaba aire, pero no sintió pánico. Había roto el abrazo del agua muchas veces.

–Mantén la calma.

Casi podía escuchar al viejo renegando entre dientes apretados, siempre mordiendo un junco arrancado de la orilla. Como si por mucho hincar

los dientes en el tallo pudiera olvidar que él también era un descastado de los clanes.

Pateó.

Braceó.

Y, al nervioso contraluz, allí, en la superficie, el viejo Suntus lo esperaba para llevarlo a la orilla, espetarle una regañina y revolverle el pelo.

Su boca quería abrirse para llenarse de aire, sus pulmones palpitaban y todo su cuerpo vacilaba, empapado, no por el agua, sino por el dolor.

Hubiera muerto de no ser porque el viejo Suntus estaba allí.

Salió a la superficie y aspiró con ansia.

Y aquel viejo gruñón no se metió con él por ser un cabeza hueca que se había dejado atrapar por el mar. El viejo cascarrabias gañó. Y sus dedos no recogieron otra mano que lo ayudase a auparse. Por el contrario, se enredaron en un pelaje hosco, en una pelambrera gris como la ceniza.

Escuchó al viejo Suntus. Lo oyó. Su voz ronca, inconfundible. Se despidió con una sonrisa en la que colgaba uno de aquellos juncos. Y, como era su costumbre, le dijo que era un zoquete, como años después haría Tana. A los dos les había costado regalarle un cumplido. Los dos habían estado siempre demasiado ocupados intentando sacar lo mejor de él.Suntus le dijo adiós. Ya no estaba. Pero sí estaba su amigo. Con ojos aterrados, luchando contra el más cerval de sus miedos, incapaz de abandonarlo.

–Cerno –se le escapó en un susurro.

El lobero temblaba, presa del pánico. Gemía. Pero seguía nadando. Y

Breo se abrazó a aquella pelambrera en la que tantas veces había dejado una caricia.

Ya no tenía fuerzas, pero el lobero no iba a rendirse. El lobero estaba decidido a luchar por los dos, a cualquier precio.

Se hundían. Tragaban agua. Y las patas del animal peleaban por un nuevo esfuerzo, se reencontraban con el aire que tanta falta les hacía a ambos y se volvían a hundir. No nadaban, chapoteaban apenas para mantenerse a flote, en una lucha que deberían haber perdido.

Un perro lleno de miedo y un hombre medio muerto no tendrían que haber escapado del lago en la cima del dieciocho. Y no lo hubieran conseguido en un océano rugiente, batidos por el oleaje.

Pero el lobero no entendía de mareas, de marejadas o de olas. No entendía otro deber que el de ayudar a su amigo. El lobero era todo corazón. Y su lealtad fue mayor que su miedo.

Se hundieron dos veces más, se separaron, tragaron agua, volvieron a sujetarse el uno al otro, siguieron pateando, braceando, arañando; con todo lo que tenían, con todo lo que les quedaba. No se rindieron.

El lodo rojizo, pegajoso, testarudo e inclemente los abrazó en la orilla como un monstruo que quisiera engullirlos. Y el hombre tuvo que ayudar al animal para que no quedase atrapado.

Antes incluso de lograr ponerlo a salvo, el lobero estiraba el pescuezo y le lamía las mejillas. Y su rabo sacudía el agua con tanta fuerza que salpicaba más que la lluvia. Gemía como un cachorrillo, tan feliz que ni prestaba atención al feo tajo del costado.

De aquella trampa de barro que tiraba de ellos, salieron los dos a cuatro patas, sucios, empapados y exhaustos. Cojeando y sangrando.

Y se derrumbaron sobre la arcilla, no lejos de las compuertas que contenían la inmensidad del lago, cerca del reborde que habían diseñado los ingenieros. Rodaron entonces hasta caer al hueco que habían formado los esclavos con los picos, y allí pudieron descansar, apoyados contra los fuertes postes hincados en el monte, junto a un canal que ya no traía más agua que la de la lluvia, al lado de la entrada a las galerías.

Allí estaba el mecanismo que decidía si se llenaba el lago o se inundaba la montaña.

Y allí se quedaron, intentando respirar, porque la lluvia, tan pesada, hacía que, por momentos, pareciese que aún seguían bajo el agua.

Era un refugio escaso, un cubo de aquella arcilla. Por detrás, los tablones de las compuertas y, frente a ellos, la oscura boca de las galerías hacia las entrañas del monte. Con un palmo de agua en el fondo.

Cuando tuvo el valor de asomarse, la verdad lo abofeteó.

Estaban muertos. Fraxilus, que aún tenía una flecha en la mano.

Merrius, tan alto que caminaba siempre agachando la cabeza. Resinus, que parecía una montaña rendida. Plandus, que había encontrado la

verdad en su corazón. Shabako, que había dado su vida tan lejos de su hogar luchando por una causa ajena. Aquel negro risueño había cumplido su palabra, no había vuelto a cavar en las minas.

Muertos. Todos muertos. Los hombres y sus anhelos.

Y los cielos lloraban.

Entre el barro, bajo la lluvia y la luz gris de la mañana, yacían los hombres que lo habían seguido. Todos habían cumplido su palabra, habían dado su vida por un sueño.

Y que hubieran muerto luchando no ofrecía consuelo.

Y el lobero lamió su rostro una vez más. Porque Breo también lloraba.

Estaban todos muertos.

–¡Eh! Maldito loco...

Roto. Un árbol tras el rayo. Aún quedaba alguien con vida.

–Pescador del carajo.

Unas guedejas negras, cubiertas de arcilla, se alzaron del barro.

Segilus lo miraba con un único ojo. El lado izquierdo de su rostro estaba destrozado. Donde no había una brecha había un corte y, si no, un cardenal. Se había acercado hasta el borde mismo y, ansioso, señalaba algo.

Breo aupó al pesado lobero en brazos para sacarlo del colector junto a las compuertas. Luego comenzó a trepar él mismo, hundiendo las manos en el barro y, al no lograr ponerse en pie, gateó hasta su amigo y Cerno lo siguió.

–Lo siento –se disculpó con un hilo de voz.

Y Segilus, sabiendo que no le quedaba tiempo, ni siquiera se molestó en llevarle la contraria. Prefirió enseñarle lo que acababa de descubrir.

–Mira...

–Lo siento –insistió Breo, comido por la culpa.

–¡Mira!

Allí abajo nadie les había dicho que no quedaba esperanza. Los esclavos se habían hartado del hambre, de la miseria, de los latigazos, de las ejecuciones. Los esclavos luchaban contra los lobos, sin importarles que todo se hubiera perdido.

–Los clanes están peleando, ¡juntos! –exclamó Segilus.

Hablar lo obligó a toser. Y terminó por escupir, con rabia, un gargajo sanguinolento.

–Por los cuernos del mamarracho de Cernunus –continuó, espantando la incredulidad–, están luchando, ¡juntos! ¡Todos! ¡Están luchando!

Aquellos hombres, vestidos de andrajos, hechos de andrajos, peleaban con las manos, con los dientes, con piedras. Le plantaban cara a la Loba.

Y los legionarios, esforzándose por mantener las líneas, maniobraban para contener aquella furia.

Y no era todo.

–Allá...

La mano de Segilus se alzó hacia el único lugar donde las nubes se habían consumido. Una silueta había aparecido en una loma. Un caballo, un garañón negro, que galopaba como el viento.

–Está tan loca como tú –aseguró Segilus antes de toser de nuevo.

Con el sol a la espalda, como una furia desbocada, Niske se recortó sobre el horizonte. Y llevaba el estandarte de las tres crines blancas.

A ambos se les encogió el corazón. Sola, decidida a enfrentarse a todas las legiones de Roma, sin mirar atrás. Y demostró que era la hija de Abulus, la heredera de un clan destinada a reinar y una amazona excepcional. Soltó las riendas y desenvainó. El estandarte en una mano, la espada en la otra. Y gritó como el más fiero de los guerreros.

Segilus se echó a reír. Tuvo que luchar con la tos. Le faltaba el aire y, cuando inspiraba, un silbido se escapaba de alguna parte, como un fuelle agujereado, pero, aun así, lleno de felicidad, rio.

–Maldito loco, ¡lo has conseguido!

Y, mientras la tos lo sacudía de nuevo, en el horizonte aparecieron más jinetes, más caballos, más guerreros. Los hombres seguían a Niske. Y

hasta la cima del dieciocho, como una ola, llegaron los vítores de los esclavos.

Los lobos, sorprendidos, pese a seguir siendo más y mejor armados, dieron un paso atrás y se arrinconaron contra el monte. Y los esclavos dieron un paso al frente, y los jinetes rodearon los flancos y chocaron contra las lanzas de Roma, en una oleada tras otra, dispuestos a ensartarse a cambio de aplastar a aquellos malnacidos.

Segilus gritó con ellos.

–Hay que bajar, todavía nos quedan culos por patear –aseguró con voz ronca.

Y, usando su espada como un bastón, se puso en pie, escupió sangre y se limpió el rostro con el dorso de una mano a la que faltaban dos dedos.

Fue entonces cuando la lluvia amainó y las nubes se rindieron. Como si quisieran compartir la alegría de aquellos dos desesperados en la cima del dieciocho, los cielos se abrieron. Como si celebrasen que los esclavos luchasen, que los clanes se habían unido, que los refuerzos cabalgaban hacia los lavaderos. El sol brilló con fuerza sobre la lluvia caída, y todo, de un extremo a otro, quedó cubierto por reflejos dorados. Incluso el viento decidió retirarse.

–Alabado sea Teutates –carraspeó Segilus–. ¡Vamos!

Y a Breo se le pegó aquel ímpetu. La esperanza renació de sus propias cenizas.

–¡Vamos! –insistió Segilus, dando un primer paso renco.

Breo la miró. Allí abajo, montando a aquel garañón, se echaba a la cara a los cachorros de la Loba. Tras las crines blancas galopaban más estandartes. Y los esclavos aullaban y arremetían contra los muros de escudos con fuerzas renovadas.

–¡Vamos!

Cerno ladró.

Y los dos hombres advirtieron algo nervioso en el animal.

–¡Hijo de la gran puta!

Allí estaba el enviado imperial. Caminaba hacia ellos a lo largo de la orilla, como si caminase hacia el teatro. Impecable, no tenía una sola mancha de barro; y en el peto, dos caballos rampantes se desafiaban entre florituras que imitaban hojas de laurel. Lucía listo para un desfile triunfal por las mismas calles de Roma. Repeinado, incluso. Aunque en su mano llevaba aquel largo y extraño cuchillo.

–¡Cabrón con pintas!

Segilus alzó la espada, y Breo, tras rebuscar en el barro, se hizo con la piedra más grande que encontró. Cerno volvió a ladrar y gruñó enseñando los colmillos.

–Sois como ratas, cuesta lo indecible acabar con vosotros.

El desprecio era palpable. Y aquellos ojos, como carbones, parecían sin vida.

–¿Cuándo aprenderéis cuál es vuestro lugar?

Segilus volvió a escupir sangre con pedazos de lo que se había roto dentro de él.

–Sé cuál es el de mi espada –rugió como una fiera–: ¡tus tripas! ¡Ése es su lugar!

Y se lanzó al ataque. Sin pensarlo, antes incluso de que el lobero reaccionase. En un abrir y cerrar de ojos, intentaba ensartar al enviado imperial con violentas estocadas. Dispuesto a pagar el precio, fuera cual fuese.

Ágil y fresco, Sila se movía con una rapidez endiablada, sin preocuparse por el escaso alcance de su arma. Sabía lo que hacía. Y lo que hacía, lo hacía bien. Las arremetidas de Segilus no quedaron cerca ni una sola vez.

Los dos hombres danzaban en el barro, entre el lago y una caída de más de cien varas. Los dos hombres, y la muerte.

Angustiado, Breo sobrepasó las compuertas y aprovechó los troncos desbastados que había cada pocos pasos, aguantando la orilla. Se aupó en uno, y Cerno lo siguió. Entre gruñidos, el lobero esperaba la orden de atacar.

Su espada se había quedado en el fondo del lago, como una ofrenda.

Había perdido el cuchillo de Cirrius. Miró a los muertos y pensó en correr hasta ellos para conseguir un arma. Pero supo que no lo conseguiría. Sólo tenía la piedra que daba vueltas en la mano; una mísera piedra, un trozo de aquel dieciocho.

La sujetó con fuerza, echó el brazo atrás, apuntó.

No le dio tiempo.

Con reflejos inhumanos, en un parpadeo, Sila se coló bajo la guardia del celta y, evitando el tajo que buscaba su cuello, se alzó para dar tres rápidas puñaladas en el costillar y salir de allí antes de que hubiera represalias. Y salió con el trabajo hecho.

Los cabellos de Segilus salpicaron. Sus labios se fruncieron, llenos de dolor. Pero no emitió una sola queja. Se sacudió una, dos, tres veces. Una por cada cuchillada. Y, tras la última, cerró los ojos.

Y Breo se abalanzó hacia ellos. Pero Segilus ya se había preparado.

Había tomado su decisión. Y, siendo quien era, no vaciló.

Podía haberse dejado caer por la pendiente del dieciocho. Podía haberse echado al agua. Podía haber hecho muchas cosas distintas. Pero Segilus tenía que hacerlo a su modo: arrancando gloria.

Cuando aquel largo cuchillo volvió a morder, lo hizo en su costado, clavándose en el hígado, destrozando uno de los riñones. Y cualquier otro hubiera gritado como un niño. Pero Segilus, no.

Segilus, el hijo del traidor, el hijo del que había mentido a los clanes, abrió los ojos. Los abrió y sonrió. Sila incluso tuvo tiempo de que el desconcierto se le pintase en el rostro. Aun así, revolvió el cuchillo en las asaduras del celta, lo revolvió para destrozarlas antes de sacarlo. Pero el celta ni siquiera pestañeó. Dejó caer su propia espada, que sí se escurrió pendiente abajo, sobre el fango, y echó sus manazas al frente.

Y atrapó aquel peto impoluto, sin una mancha de barro, brillante por la lluvia. Lo agarró con la fuerza de un cepo y lo llenó de pegotes de aquel condenado lodo del color de la sangre. Embarró los caballos y los laureles y apretó con tanta fuerza que arrastró al enviado imperial sobre el lodo de la orilla.

–Te voy a enseñar tu lugar –gruñó entre dientes.

Breo no pudo escuchar sus palabras. Breo, enterrado en el barro hasta los tobillos, peleaba por llegar hasta ellos. Y, entre ladridos, Cerno intentaba seguirlo.

El enviado imperial comprendió al instante lo que iba a suceder. Lo vio reflejado en aquellos ojos llenos de furia. Y reaccionó de inmediato, sin permitir que el pavor le restase reflejos.

El largo cuchillo, aquel que había sido parte del instrumental de su padre, entró en el cuello del celta con una brutal puñalada.

–¡Nooo!

Lo intentaba, pero no podía correr. El lodo lo tenía atrapado. Y Breo sintió la cuchillada como si la hubiera recibido él mismo.

Pero al que menos le importó fue al propio Segilus, cuya sonrisa se amplió, más aún cuando dejó que todo su peso los venciese a ambos. A él y a su enemigo.

–¡Noooooo!

El cuchillo volvió a entrar y salir. Bajo aquellas barbas negras y espesas y bajo aquella sonrisa, no vaciló. Como tampoco vacilaron aquellas manos que habían domado a aquellos caballos rodeados de laureles. Y

que no soltaron su presa.

Segilus lo consiguió. Cayeron.

Sila intentó evitarlo. Pateó y quiso hacer pie en la orilla, pero no pudo.

Quiso cogerse de uno de aquellos refuerzos, pero no pudo. Cayeron al agua. Con estrépito, salpicando en todas direcciones, levantando olas en aquel océano en la cima del dieciocho.

El romano forcejeaba mientras Segilus moría en una nube de su propia sangre, pero no soltó su presa.

Y los dos hombres se hundieron.

Se hundieron. La cima del dieciocho se los tragó. Cerno dejó de ladrar. Y

la lluvia cobró fuerzas.

Abajo, los esclavos y los jinetes bajo el estandarte seguían luchando. Se dejaban arrancar la piel, no daban un paso atrás, pero nunca podrían superar a los legionarios. Los lobos de Roma se habían acantonado contra el propio monte, protegían los flancos y maniobraban sin descanso. Funcionaban como una máquina bien engrasada.

El perro arrimó la cabezota a la pierna de Breo, y éste lo miró, pidiendo un consejo que su amigo no supo darle.

–¿Qué hemos hecho?

Le respondió la lluvia, que arreció. Y el viento, que sopló con fuerza.

Cerno lamió la mano de su amo. Sin quejarse de la herida en el costado, que aún sangraba, se quedó allí, junto a él.

Todos se quedaron allí, batidos por la lluvia y el viento. El hombre, el animal, las dudas, el arrepentimiento.

Y el lobero empezó a ladrar.

El agua del lago se movía, la superficie se agitaba. Y los ladridos se convirtieron en gruñidos cuando Sila emergió, en el centro del lago, sin peto, sin grebas, sin casco, pero con aquel largo cuchillo en la mano.

Y aquella piedra entre sus dedos era todo lo que Breo tenía.

El lobero ladraba con todas sus fuerzas, escupiendo espumarajos.

El asesino dio la primera brazada.

Con un suspiro, Breo sintió el alivio de ver cómo la muerte nadaba hacia él. Ya no habría dolor. Ya no se sentiría culpable.

Aún tenía la piedra en la mano. Y el lago se agitaba.

Breo se enderezó para plantar cara a la muerte. El lobero dejó de ladrar.

Y en los cielos abiertos apareció un cuervo.

Entre la lluvia. Un cuervo grande, lustroso. Un cuervo que no se posó en los cadáveres, que despreció la carroña y la sangre. Un cuervo que sobrevoló el lago y graznó con fuerza.

–Eres tojo. Eres pizarra.

Volvió a graznar. La lluvia caía sin remisión.

–Eres tojo. Eres pizarra. Eres roble y aliso. Eres nieve en la cumbre, sal en el mar. Eres piedra. Eres agua.

Eso le había dicho Tana.

–Eres piedra. Eres agua.

El cuervo volvió a graznar y se elevó, ganó altura sobre el lago, sobre el dieciocho, sobre los hombres.

Sila nadaba hacia la orilla. Su rostro impasible no mostraba preocupación alguna. Estaba seguro de sí mismo. Terminaría su trabajo y mataría a Breo, al hijo de Turainos. Nunca más alguien podría llamar a los clanes para que se unieran bajo un estandarte.

El cuervo graznó. La lluvia arreció.

Sintió la piedra en su mano. La lluvia en su cara.

Sila nadaba con calma. Hasta que Breo se movió. Entonces se detuvo.

Un instante apenas, y luego el ritmo de sus brazadas se aceleró. Por primera vez desde que dejara atrás su infancia, Sila tuvo miedo.

Aquel niño criado entre legionarios, Solón, había tenido muchas veces miedo. Demasiadas. Pero Sila, no. El hombre que había matado a aquel niño a sangre fría, el hombre que había matado a su propio padre, nunca antes había tenido miedo. Hasta que aquel barbudo se movió.

–¡Vete!

Cerno no hizo caso. Se quedó a su lado, junto a sus piernas.

–¡Márchate! –le ordenó Breo.

Y el lobero, después de mirarlo con reproche, después de llamarlo insensato con la expresión de sus ojos, se sentó.

Breo levantó la mano, dispuesto a pegarle, a obligarlo, aunque fuese a golpes. Y no pudo. No fue capaz de hacerlo cuando aquellos grandes ojos pardos lo miraron. No pudo.

Se arrodilló y lo abrazó.

–Siempre has sido un maldito testarudo.

Sila braceaba tan rápido como podía. Cortaba el agua hacia la orilla.

En las compuertas, en el marco que sostenía el ingenio y los mecanismos, en el mismo sitio donde el propio Sila se había encaramado, apareció ahora Breo. Y allí, junto a los maderos que lo sostenían todo, se quedó sentado el lobero.

El cuervo seguía alzándose, ganando altura.

–Eres piedra. Eres agua –volvió a recitar Breo, comprendiendo al fin lo que Tana le había enseñado–. Piedra y agua. Agua y piedra.

El cuervo volvió a graznar. Cerno aulló.

Breo tiró la piedra que había cogido al agua del lago. La vio hundirse, como había visto hundirse a su amigo. Y accionó las palancas.

La lluvia se detuvo. El viento dejó de soplar. El cuervo quedó suspendido entre las gotas que cubrían el cielo. Y no ocurrió nada.

Hasta que los contrapesos cayeron con un silbido.

Las sogas empapadas humearon, escupieron agua. Las pesadas compuertas gimieron, se levantaron y obedecieron. Se alzaron.

De inmediato, con el rugir de una crecida, el agua se escapó del lago. La cima del dieciocho se vació con la violencia de una tempestad.

En una loca carrera, el agua se coló por el hueco que dejaban las compuertas abiertas y siguió hacia las galerías que atravesaban el monte.

Y las galerías la recogieron como un embudo. Sedientas pese a la lluvia.

Breo vio pasar a Segilus envuelto en un torbellino de lodo, vencido por la inmensa corriente. Y lo vio desaparecer en la boca negra de aquellas galerías.

Y aquel asesino nadaba a contracorriente. Trataba de alcanzar la orilla, aunque ambos sabían que de poco le serviría.

El agua tiraba de él con una fuerza desbocada. Las galerías en las entrañas del monte se bebían a grandes tragos el lago de la cima. Y su sed era infinita. Pronto se desprendieron pedazos de la orilla; pronto la misma arcilla fue arrancada de las paredes, incluso uno de los postes de refuerzo.

El agua corría por las tripas del dieciocho, chocando con los recovecos, golpeando el monte, arrastrando arena, guijarros, piedra.

Nadaba con todas sus fuerzas, y fue inútil. La corriente lo empujó. A él y a su pánico. Pasó bajo las compuertas, y su cabeza, buscando aire, se

estampó contra los tablones y se abrió como un cascarón vacío. Lo que salió por el otro lado, lo que se tragaron las galerías, fue un guiñapo retorcido.

Aún no se había vaciado un cuarto del lago cuando todo empezó a temblar y los maderos amenazaron con descoyuntarse, cuando el agua apuñaló el corazón del monte.

El agua apuñaló la piedra.

Los dioses, todos, sacudieron la tierra. La tomaron en sus manos y la agitaron a capricho.

La tormenta había avanzado el trabajo. Y el dieciocho se tambaleó, herido de muerte.

La lucha se detuvo. Los legionarios miraron a sus espaldas, los esclavos alzaron el rostro.

La montaña se estremeció con el gruñido de una bestia.

El primero en echar a correr fue el tribuno Didio Severo. Corrió, con su peto enlucido, con sus medallas, con su casco decorado, arrastrando por el fango el orgullo y dejando caer su vara de mando. Corrió como si sus sandalias ardiesen. Apartaba a sus hombres, soltaba alaridos, berreaba su título y reclamaba todas sus alcurnias para que le abrieran paso.

Corría espantado, poniendo tierra por medio.

El pico de Tarvus le atravesó el cogote y lo dejó seco allí mismo. Y ésa fue la señal para la desbandada.

Los cachorros de la Loba ya no querían morder, sólo querían mearse donde estaban, con el rabo entre las piernas. Y echaron a correr.

Los caballos piafaban, nerviosos, y los jinetes tenían que esforzarse con las riendas, eso era lo complicado. El resto era sencillo. No tenían más que segar a los aterrorizados legionarios. Las espadas celtas se tiñeron con la sangre de Roma.

La tierra temblaba. Un sordo quejido lo llenaba todo. En los charcos vibraba el agua, como el pellejo de un tambor.

Niske controló los nervios del garañón palmeándolo en el cuello. Se inclinó y susurró palabras calmas junto a su oído, pese a sentir en las tripas cómo la tierra castañeteaba.

Todo se sacudió con violencia. Tembló, retembló y crujió como madera seca al partirse. Algunos legionarios perdieron pie y cayeron al lodo en mitad de su carrera. Otros se arrodillaron y miraron a los cielos. Uno incluso empezó a escupir profecías.

Cuando la tierra volvió a estremecerse, muchos más acabaron con sus huesos en aquel fangal sanguinolento.

Un pedazo del dieciocho se desgajó con estruendo y se deslizó ladera abajo, soltando de golpe lo que aún quedaba en el lago. Una avalancha de piedra y agua se precipitó sobre los legionarios parapetados allí. Y los gritos de terror se unieron al rugir de la tierra. El derrumbe se los tragó a todos de un bocado.

Incluso a caballo, a través de las patas del semental, Niske sintió el impacto. Y tuvo que esforzarse para que el garañón, aterrorizado, no se desbocase.

Y no fue más que el principio.

El trece recibió el empujón que le faltaba, y, si la tormenta lo había debilitado, el colapso de su vecino lo sentenció.

Se derrumbó. Se desmigó. Esparció piedra, escupió grava, vomitó lodo.

Se deshizo hasta convertirse en un gigantesco montón de barro, una bestia informe, rugiente y hambrienta. Un engendro de aquella arcilla rojiza que todo lo llenaba. Fue como si el fango hubiera cobrado vida, decidido a vengarse de los hombres que le habían agujereado las entrañas. Atrapó a muchos legionarios, y los que salieron con vida corrieron hacia las montañas del este como liebres asustadas.

Y no terminó.

Lo que quedaba del dieciocho se lamentó como una bestia herida al fondo de su guarida. Un lamento que obligó a taparse los oídos y a fruncir el ceño. Tembló. Volvió a temblar. Se aquietó un momento. Y

tembló aún con más fuerza, haciendo que los dientes rechinasen y que el miedo campase a sus anchas.

Los legionarios, acorralados, pedían clemencia. Aquellos que intentaban escapar quedaban ensartados. El cerco los obligaba contra la mole temblorosa. Muchos quedaron aplastados por sus propios compañeros, y alguno intentó escapar y hasta acuchilló a los suyos para abrirse camino.

El dieciocho tembló una vez más. La última. Y se resquebrajó a lo largo de las heridas que habían dejado los picos de los esclavos. Intentó seguir en pie, aguantó cuanto pudo, pero el daño era irreparable. Se derrumbó.

Quedó como un trapo caído al suelo. El monte perdió su orgullo y se desparramó, convertido en escombros, en guijarros y lodo. En piedra y agua.

Las legiones de la Loba murieron, atrapadas en el oro que ansiaban.

Y la tierra aún se sacudió con un último espasmo.

Cuando acabó, el silencio se hizo dueño y señor. Un silencio irreal.

Espeso. Pegajoso.

Pese a que todo estaba empapado, el polvo se movía de un lado a otro, como niebla al capricho del viento. Cubría a los hombres, a las bestias, a los muertos, y teñía el horizonte de sangre. Y por las narices se metía aquel olor gredoso, tan fuerte, tan intenso, que lo recordarían hasta el fin de sus días.

El silencio era tan profundo que costaba creerlo. Un silencio que aplastó las minas.

Y los hombres lo rompieron. Primero fue un grito. Luego, dos. Y

enseguida, cientos. Las voces se alzaron. Los brazos, también. Las espadas brillaron al sol.

Había que celebrarlo.

Niske vio cómo uno de los esclavos caía de rodillas, soltaba el pico que había usado como arma y se llevaba las manos al rostro. Tenía la espalda cruzada por largas cicatrices, y su piel era apenas una tela gastada, tensa entre los huesos. Un hombre curtido por la tortura y el dolor, mordido hasta en el alma por la Loba. Y ella comprendió de inmediato en cuanto aquel pecho escuálido empezó a sacudirse por los espasmos del llanto.

Los esclavos eran libres. Los clanes los acogerían. Los canales ya no traían agua. La guarnición se asfixiaba en el barro. Las minas se habían convertido en ruinas.

La mayoría empezó a abrazarse, a felicitarse. La mayoría intentó asimilar lo sucedido. Los más rabiosos prefirieron rematar la faena a conciencia, y unos pocos persiguieron a los legionarios escapados. No harían rehenes. La venganza los espoleaba.

En el cielo, no quedaba ya una sola nube. El sol radiante saludaba a sus hijos. La mañana brillaba, y el día celebraba la ocasión.

La Loba había caído, y tardaría mucho en levantarse.

La felicidad tejió un manto, prieto y cómodo, sobre los escombros de las minas de Astúrica, y los celtas se arroparon con él. Nunca, antes o después, sintieron un calor semejante.

Habían vencido.

Pero Niske no quiso taparse. Ella había comprendido. Habían ganado; los clanes, las tribus. Se habían sacudido al monstruo de encima.

Habían vencido. Pero ella temió haber perdido.

Con un susurro, pidió al garañón que se echase a galopar una vez más.

El animal obedeció. Y ella se inclinó de nuevo sobre el poderoso cuello del animal.

–No lo olvides, salió con vida del desaguadero...

Y el garañón pareció entenderla. Relinchó y apuró el galope. Rumbo al dieciocho, a los escombros. Hacia aquel océano roto, roto y sanguinolento.

Hacia aquel océano de piedra y agua.

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