Breo
Estrabón, en el Libro IV de Geografía
Eran símbolos extraños. En casa, en las piedras que daban la bienvenida, se podía leer la historia del héroe que había vencido a la bestia. Pero aquello era distinto.
–¿Qué significa?
La voz de la niña, llena de curiosidad, no delataba tanto como sus profundos ojos azules. Eran pedazos arrancados sin permiso al mar del norte, y siempre mostraban su ánimo. Bastaba descubrir el tono de aquel azul para conocer si estaba feliz, asustada o, como en ese momento, confundida.
–Significa que éste es un lugar sagrado. –Fue la respuesta.
Y la mano señaló la espiral, vieja, gastada por el viento y la lluvia, decorada por musgos verdosos que habían crecido allí durante generaciones. Pese a ser vieja, no se veía cansada. Seguía invitando al viajero a detenerse y a hacerse preguntas.
–Lo es, desde hace mucho. Desde antes de que naciera el abuelo del abuelo. Y lo seguirá siendo. Para los nietos de tus nietos.
La niña miraba expectante, aguardando más explicaciones.
La madre se agachó para ponerse a su altura.
–Seguirá siendo un lugar sagrado mientras no lo olvidemos –añadió, seria.
La nariz de la chiquilla se arrugó cómicamente, y en sus ojos brilló un destello azul.
–Yo no me olvidaré –repuso la pequeña, cargada de razón.
La madre sonrió.
–Muchos se han olvidado. Muchos creen que estos lugares ya no importan. Que lo que aquí se aprendía ya no es útil.
–Yo tengo muy buena memoria –aseguró, convencida, la niña–. Yo no me olvidaré.
Una mano cariñosa le apartó el pelo que le caía sobre los ojos. Y a la niña, orgullosa, se le escapó un mohín y se apuró a recolocarse ella misma los mechones rebeldes.
–Estoy segura de que no –respondió con una voz que se debatía entre las preocupaciones y el orgullo.
Y la madre la dejó hacer, observándola con ojos que tenían el mismo tono azul. Cuando terminó, le tendió un guijarro que tenía en la mano.
Era un cuarzo blanco.
No hizo falta que le diese explicaciones. La pequeña se puso de puntillas, haciendo que la pinocha crujiese, y, con mimo, puso la piedra encima de todas las demás.
–Hay muchas –dijo con inocencia infantil.
Y era cierto. Había muchas, y algunas eran también aquellos cuarzos blancos.
–Y habrá más –aseguró su madre.
–¿Por qué?
–Porque algún día tú también traerás hasta aquí a tus hijos, para enseñarles lo que has aprendido hoy.
–Pero si no he aprendido nada...
La risa de su madre le pareció hecha de miel. Y la pequeña también rio, por el puro placer de hacerlo.
De pelambrera oscura, salpicada de manchas cenicientas, el lobero, todavía un cachorro, grande y torpón, se unió a la madre y a la hija.
Movía el rabo con tal fuerza que parecía capaz de descoyuntarlo.
–Y, ahora, ¿a dónde vamos? –preguntó.
–Ahora lo verás.
La niña no quedó convencida, pero no volvió a preguntar y siguió a su madre.
Bajo los árboles retorcidos, el nieto de Arnius, que tenía el rostro de su padre, el mismo de su abuelo, guardaba el sendero con otros tres guerreros, firmes bajo el estandarte en el que flameaban cinco crines. Una blanca, una parda, una baya, una negra y una pía. Cinco crines con los colores de todos los clanes.
Los centinelas se apartaron, respetuosos, inclinando el rostro ante la madre y la hija, que siguieron camino bajo las verdes copas afiladas de los pinos. Y no tardaron en llegar a aquel lugar mágico en el que el agua caía de entre las nubes. Una cascada enredada entre piedras por las que corría un arroyo.
Allí, con el agua por las rodillas, había un anciano muy quieto, con pelambreras tan grises como las plumas de una garza, y con la misma paciencia. Allí llevaba quieto un buen rato cuando la niña, al verlo, echó a correr.
–¡Abuelo!
El anciano se volvió de inmediato, y en su rostro, lleno de arrugas, se abrió una enorme sonrisa. Como se abrieron sus brazos, que prometieron recoger a la pequeña a la carrera.
Y, detrás de la niña, corría también el cachorro.
La madre los observó. Y sonrió, con una sonrisa llena de recuerdos, al ver cómo el anciano cogía a la pequeña, la ponía boca abajo y amenazaba entre risas con meterla en el agua.
Y seguía sonriendo cuando una anciana salió de detrás de la cascada y, con pasos castigados por la edad, caminó hacia ella, aún con una cuchara y un trapo entre las manos. Aunque sus cabellos eran blancos, un reflejo trigueño, un recuerdo de juventud, apareció en las ondas de su melena en el breve suspiro en que el sol se decidió a hacerse un hueco entre las copas de los árboles.
Mientras la niña y el anciano compartían risas, las dos mujeres se abrazaron. Y al separarse se miraron.
La mayor apartó unos mechones de la frente de la más joven, y ésta, como había hecho su hija, se apresuró a terminar el trabajo por sí misma.
Cuando volvieron a mirar hacia el arroyo, el cachorro se había tumbado en la orilla y mordisqueaba un palo. El abuelo animaba a la pequeña, que se había metido en el agua, a que estuviera muy quieta, como una garza.
Y ella lo hizo. Inmóvil, dispuesta a aprender algo nuevo en aquel arroyo de aguas pardas que se colgaba de una cascada. En aquel rincón perdido, a un paseo de la piedra que había sido sagrada para los suyos y que lo seguiría siendo.
Se quedó allí, quieta, junto a su abuelo, que tenía aquellos mismos ojos azules. Entre las piedras. En el agua.
Era un país de piedra y agua.
Un país de mil ríos, de mar bravío, de enormes roquedos. Un país duro pero generoso. Un país escondido en un rincón, que mordía el océano y quedaba encerrado por montañas.
La muchacha caminaba por la tierra esponjosa. Con prisa, ceñuda, buscaba su destino. Y, pese a que el verano empezaba, tuvo que subirse la cremallera, para que el frío de la amanecida no le mordiese la garganta, y metió las manos en los bolsillos, agradeciendo el plumón del relleno y el calor que envolvió sus dedos.
Allí, la sierra dejaba que se notase su altura y obligaba a los árboles a crecer raquíticos, y, además, buena parte del paisaje había sido despejado para instalar unos enormes monstruos blancos de largos brazos: molinos eólicos. Su grave zumbido era tan desagradable como su mera presencia.
En aquel entorno, donde la suerte aún podía llevar al curioso a descubrir un águila, aquellos engendros estropeaban las hermosas siluetas femeninas de los montes.
Algo más allá, tras unos juncales, descubrió un arroyuelo. Y la muchacha apuró el paso, con un último vistazo, lleno de disgusto, a aquellas bestias mecánicas.
Siguió el cauce y pronto quedó prendida en la maraña del sotobosque.
El regato, de aguas pardas y alegres, se revolcaba entre las piedras intentando descender, como si escapase de la montaña, y enseguida se topó con saltos que dejaban cortinas blancas sobre las piedras.
Tuvo que ajustar las cinchas de la mochila, pero se las apañó para seguir el riachuelo pese al duro terreno. Caminaba a buen ritmo, con soltura, acostumbrada a lugares así. Hasta que llegó a un pequeño arenal donde el
regato se remansaba. Más allá, aguas abajo, se veía al agua apurarse para caer por una cascada que hacía olvidar el feo revolverse de las aspas de los molinos. Allí sacó el mapa de la mochila y lo consultó con gesto serio, casi enfadado.
Cuando volvió a plegarlo, algo se removió en la otra orilla, a lo lejos, entre los robles y abedules que se esforzaban por crecer arrinconados por las piedras.
Un potrillo, greñudo y despelucado, la miraba. Tenía una capa negra y reluciente y las crines alborotadas.
La muchacha se quedó quieta y casi dejó de respirar. Contempló al bello animal. Y, por primera vez, su expresión se dulcificó. Pronto llegaría el momento de conducir a las manadas a las tierras bajas. Los jóvenes del valle se encargarían de encerrarlos en viejos corrales de piedra para raparles las greñas del invierno, desinfectarlos y marcar a los potros de la primavera. Como aquel que, con tanto atrevimiento como curiosidad, la miraba desde la otra orilla.
Le hubiera gustado acercarse y acariciarlo. Pero el relincho de una madre preocupada llamó al pequeño, y el potro echó a galopar tras una cabriola.
En cuanto el animal se hubo ido, la expresión de la joven volvió a endurecerse. Por un momento había olvidado sus responsabilidades, los plazos, la presión académica. Pero su rostro volvió ahora a contrariarse y se puso de nuevo en camino.
Al poco, al dejar atrás el arroyo y cortando a través de la maleza, encontró lo que buscaba.
Había allí unos cuantos pinos retorcidos por el viento, punteados por los muñones secos de ramas que habían cedido a las nieves. Y, entre ellos, donde crecían las zarzas, aún se distinguía una vereda que, de tanto en tanto, alguien recorría, evitando que la maleza se la tragase.
Había llegado hasta las piedras.
Y sacó de la mochila un cuaderno y un libro. En la portada, verde intenso y sobada en los cantos, había una fotografía de un petroglifo, un trísquele grabado en granito. El cuaderno, aún más sobado, era de negras tapas de hule y tenía una pegatina, de esquinas ajadas y colores desvaídos,
con un rimbombante escudo con palabrejas en latín. El escudo de la universidad, allá en la capital.
Se sentó sobre el musgo, al pie de la columna que formaban las piedras, consultó el libro y observó la base. No pudo evitar alargar la mano y repasar con las yemas de los dedos la espiral.
Y, al contrario que el potrillo, la piedra no salió corriendo cuando, a lo lejos, se volvió a escuchar un relincho.
La muchacha salió de su abstracción y, con un lápiz, empezó a dibujar en el cuaderno. Con cada trazo, su rostro ganó paz y las prisas se diluyeron.
A los pocos minutos había logrado un vívido retrato del petroglifo.
Había conseguido captar el caprichoso juego de luces que hacía encajes entre el musgo y la piedra.
Sin embargo, no parecía satisfecha. Cada vez que miraba su trabajo, o cualquiera de las otras páginas, donde había retratos similares, encontraba un trazo que añadir o una sombra que matizar. Y, cuando llegó a la primera página, donde tenía escrita una larga lista, se le escapó un resoplido. Muchos de los puntos estaban tachados, pero aún quedaban otros más, y la mina del lápiz caminó por el margen, como si quisiera contarlos y hacer que, por virtud de algún encantamiento, menguasen.
Repasaba aquella cuenta cuando una voz la sorprendió.
–Siento molestar...
No pudo evitar un respingo.
Un joven fornido salía de entre los árboles. Llevaba una cuerda enrollada en la cintura, y la camisa, recia y vieja, se le arrugaba por encima de la soga. En una mano sujetaba una madeja de arreos de lona, con riendas y bocados.
Se miraron el uno al otro, ambos sorprendidos.
–No incordiaré mucho –dijo él con una enorme sonrisa que sus ojos volvieron azul–. Sé que es una tontería, pero mi abuelo me obligaba a hacerlo, y no puedo evitarlo...
Extrañada, ella no entendió aquellas palabras y no supo si preocuparse.
Más aún cuando él siguió caminando. Pasó de largo, se acercó a las
piedras y sacó del bolsillo de sus gastados vaqueros un guijarro que depositó, encima de muchos otros, en el humilladero junto al petroglifo.
Cuando se volvió, un ligero bochorno le coloreaba las mejillas, y, con los arreos y todo, se llevó la mano al cogote para rascarse la vergüenza.
Ella lo estudió, y él se ruborizó aún más.
–He de irme, una de las yeguas sale de cuentas...
Los arreos tintinearon, incómodos. Aun así, no fue capaz de apartar la vista del rostro de la joven.
–Yo todavía tardaré un buen rato –ofreció ella, desinhibida–. Aún tengo que fotografiarlo, señalar la posición vía satélite...
Lo dejó en el aire, como si no mereciera la pena dar explicaciones y, descarada, observó cómo los músculos abultaban la tela de la camisa cuando, cohibido, volvió a rascarse el cogote.
–No suelo encontrarme a mucha gente por aquí –dijo él, incapaz de dar el paso necesario para marcharse.
Ella sonrió, mucho más segura de sí misma que él, y se llevó la mano a la trenza que le colgaba sobre el hombro para colocársela en la espalda.
–¿Sabes cómo los llamaban?
Confundido, él no supo qué responder, y sus profundos ojos azules hicieron un extraño.
–A los caballos –insistió ella, señalando el petroglifo y el humilladero, como si el gesto lo explicase todo.
Sus manos estaban acostumbradas al trabajo. Eran fuertes, y estrujaron los arreos hasta que los nudillos blanquearon.
–Tuve que dejar los estudios cuando...
Calló, al comprender que hablaba demasiado. Y ella recogió el silencio.
–Ellos –dijo volviendo a señalar la piedra– los llamaban «hijos del viento»...
El joven alzó el rostro, se cambió los arreos de mano, la miró un buen rato y se dio cuenta de que ella, por primera vez, sonreía. Y encontró el modo de enderezarse para preguntar algo más, con voz firme, incluso con picardía.
–¿Quieres ver cómo nace uno de esos «hijos del viento»?
Cuando ella salió del claro tras él, lo hizo sin prisa, con pasos ligeros.
Como si el camino importase tanto como llegar. Su ceño se había
desatado.
Y juntos, hablando, se dirigieron hacia una loma. A lo lejos, más allá, en la siguiente vaguada, se veían las siluetas de la manada y, desde una peña escondida entre juncos, alzó su vuelo un cuervo. Negro como aquel potrillo. Y ganó altura, sobre ellos, sobre el arroyo. Voló sobre las piedras, sobre el agua. Y dejó en el cielo un graznido antes de alejarse hacia el norte, hacia el océano.
Era un país de piedra y agua.
Es un país de piedra y agua.
FIN
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