Breo

Francisco Narla · Capítulo 8 de 8

Páginas del PDF

Breo

Cuaderno de notas

OceanofPDF.com

Todo lo anterior, y también el pudor, para qué negarlo, obligan a insistir: es un cuento. Un cuento, sin más. Un producto de la más pura imaginación sin otro afán que el del entretenimiento.

Pretender escribir una novela sobre los llamados celtas, celtas hispánicos, celtas atlánticos o castreños (sea como sea que se los quiera llamar) y, al tiempo, ser riguroso, es una sandez en toda regla. Ni los más afamados arqueólogos, historiadores y eruditos logran alcanzar un consenso sobre aquellos tiempos en que se ponía fin a la Edad del Hierro. Ni tan siquiera logran ponerse de acuerdo en el simple hecho de llamarlos celtas o no.

Es mucho, muchísimo más, lo que ignoramos que lo que sabemos con certeza de aquellas gentes rudas, barbudas, comedoras de bellotas y bebedoras de cerveza (tal y como las describía el geógrafo Estrabón).

De ahí que deba presentar, sin reparos, mis más sinceras disculpas por cualquier error que haya podido cometer al retratar a estos pueblos y sus costumbres, y de ahí que, como en todas mis novelas, brinde, en estos párrafos, algunas pinceladas. No tendría sentido incluir aquí toda la documentación, las entrevistas, los artículos, las conversaciones. Así que espero que estas referencias sirvan para aclarar asuntos controvertidos y galopadas de la imaginación que hayan podido llenar este cuento de disparates arqueológicos. Para ahondar en cualquiera de estos asuntos, hay libros mucho más sesudos y más detallados. Yo lo he hecho lo mejor que he sabido, y espero no decepcionar a nadie, pero, insisto, mi objetivo era entretener; con suerte, emocionar, y nunca dar lecciones de Historia, que es un asunto muy serio que no debe tomarse a la ligera.

* * *

En primer lugar, hay que aclarar cómo y por qué nace esta historia.

Junto a mi hogar, en el corazón de los montes gallegos, hay un castro abandonado: Lagouzos. Nunca ha sido excavado o estudiado (uno más entre los muchísimos de nuestra geografía peninsular), pero, aun así, sabemos que está ahí. Los restos de sus murallas transforman el lugar y

dejan clara la huella de nuestros antepasados. Yo he paseado incontables veces por la zona junto a mi fiel Dumas, entre las zarzas, a la sombra de lo robles, de la mano del aroma del acebo. Ese lugar, con un halo casi mágico de misterio, despertó en mí una curiosidad insaciable.

Aprendí mucho. Tanto como para entrever la inmensidad de mi ignorancia, y, durante años, soñé con la idea de escribir algo sobre ese lugar que tanto me inspiraba, pero no encontraba la idea que sirviera de cimientos a aquel sueño, no hasta que un día, escuchando una conferencia de mi admirado Martín Almagro-Gorbea, vi una diapositiva que mostraba una vereda en la que despuntaban brezos y abedules, y al fondo, una braña. Todas son, por cierto, palabras celtas.

El trabajo de este ilustre arqueólogo me hizo dar cuenta de que no importaba lo poco que sabíamos de estos pueblos enigmáticos; seguían acompañándonos, mucho más de lo que podría parecer, pues su legado está presente en el imaginario, en los mitos, en la literatura (tal y como el profesor describe en su magnífico libro). Y así nació Breo.

Esta historia pretende reivindicar, quiere gritar al cielo que no todo es Roma, que no todo es civilización y progreso (por enorme y maravillosa que sea nuestra deuda con Roma y el proceso de romanización). Una idea vieja y repetida.

He de reconocerlo, el «tema» (aludiendo al término como lo hacen los guionistas de Hollywood, como idea principal tras la historia) se ha explorado en abundancia, en especial en esa marcha atrás, ese recular avergonzado que esos mismos guionistas norteamericanos hicieron al reconsiderar los tópicos sobre los nativos de sus tierras, cuando, antes del cambio de siglo, decidieron abandonar la idea de que las naciones indias eran poco más que salvajes sanguinarios ansiosos por arrancar cabelleras y decidieron acercarse a la verdad, incluso edulcorarla.

Entendí que había llegado el momento de hacer algo parecido, y la idea acabó por cuajar cuando mi querido Daniel, entre chascarrillos, saliendo de la Feria del Libro de Madrid tras una firma de ejemplares, me sugirió que buscase, para mi próxima novela, algo de aquellos celtas gallegos que, en teoría, ambos llevamos en la sangre.

Empecé pronto a tantear con la idea de que quizá podía convertir las viejas leyendas (especialmente aquella de Breogán de la que se seguirán dando referencias en estas notas) en una novela. Sin embargo, pronto comprendí que el conflicto interno entre las distintas tribus celtas, galaicas, astures o castreñas, como quiera llamárselas, carecía de proporciones suficientes. Me daba la impresión de que resultaba tan ajeno al lector que sería misión imposible. Sin embargo, cuando descubrí los párrafos de Tito Livio en los que se habla de lo sucedido en el Monte Medulio (como se refiere en la novela), comprendí de inmediato que tenía, a mi juicio, una historia mejor si, en lugar de enfrentar a los celtas entre sí durante un supuesto proceso de unificación, los enfrentaba, a su vez y al tiempo, a la poderosa e implacable Roma.

De inmediato, aprovechando mis salidas de pesca a la provincia de León, en busca de las truchas de sus maravillosos ríos, se sucedieron numerosas visitas al entorno de Las Médulas, que me atrajo de inmediato como escenario, porque, gracias a la explotación minera, podía mostrar, y no contar, como reza el famoso adagio de «Show, don’t tell», el inmenso poder de Roma.

Ésos fueron los primeros pasos de una larga carrera que ha durado varios años y que ha dado como resultado estas páginas...

* * *

Empezando por el del protagonista, los nombres propios de buena parte de los personajes de la novela no dejan de ser asunciones de una lengua que apenas conocemos, pese a que aquellas variantes celtas habladas en la península ibérica se hayan podido estudiar incluso mejor que el afamado galo del país vecino.

Los textos de los conocidos bronces de Botorrita y el trabajo de lingüistas me dieron pistas y sirvieron de sugerencia. Aun así, no puedo asegurar que se ajusten a la realidad. Además, en ciertos casos, aunque se trate de nombres descubiertos en epígrafes o pactos de concordia, pueden tener cierto aire latino y no celta, usados en el momento en el

que aquellas gentes empezaron a aceptar la romanización y, con ella, la escritura. De hecho, en este aspecto, es curioso mencionar cómo, al poco de completarse la ocupación y pese a las revueltas, hubo gentes que abrazaron la lengua y las costumbres romanas con soltura, adaptando incluso los antropónimos, y apenas un par de siglos después, cuando ya todo el mundo se había visto sumergido en Roma, empezaron, a su vez, a aparecer menciones y referencias a familias que reclaman un origen celta único y diferencial. En este sentido, puede decirse que fuimos, somos y seremos los mismos, con las mismas preocupaciones y vanidades. Y merece la pena, para aquel que esté interesado, echar un vistazo a los trabajos del profesor Jesús Alberto Arenas, muy ilustrativos en este sentido.

En cualquier caso, retomando el tema de los antropónimos, debo aclarar, pese a que algún lingüista pueda disgustarse conmigo, que he elegido las transliteraciones que más me convenían acorde a la pronunciación que haría de ellas el lector moderno, intentando que fuera cómodo en estos tiempos y entendiendo que ésta debía ser mi prioridad, no la precisión del enfoque de un académico.

Además de los mencionados bronces de Botorrita y algunos epígrafes, como el magnífico ejemplo del Museo Provincial de Lugo, donde aparece el nombre Apanio, también he empleado algunos de los trabajos de mi colega, la novelista Morgan Llywelyn, cuyas historias leí con verdadero interés a fin de preparar este cuento, pues reflejan con gran detalle el mundo celta y druídico.

En este sentido, en los nombres romanos, salvo algunas excepciones, como la del prefecto del pretorio y mentor de Nerón, en el que he utilizado la fórmula Sexto Afranio (abandonando la que he considerado más difícil para el lector por el doble significado, la de Burro, pues el nombre completo era Sexto Afranio Burro), en el resto he optado por las terminaciones más modernas, fáciles para el lector, tal y como Druso en lugar de Drusus.

En el caso de los nombres celtas, he preferido conservar la terminación «clásica» para ayudar al lector a distinguir entre unos y otros con facilidad, dando preferencia, por ejemplo, a Reburrus frente a

Reburro. Desde el punto de vista del rigor histórico, hubiera sido más razonable unificar el criterio; sin embargo, debo insistir, el objetivo era facilitar la lectura.

* * *

De modo similar, para la toponimia me encontré con que, pese a algunas excepciones, no tenemos constancia de los nombres que aquellos celtas dieron a sus tierras e hitos geográficos. Apenas unas pinceladas.

Recurrí a mi buen amigo Vicente Feijoo, encargado de ese extraordinario proyecto llamado Galicia Nomeada que intenta recuperar la microtoponimia de nuestro maravilloso rincón del mundo, y, para mi desilusión, pese a sus vastos conocimientos, fueron pocas las soluciones que pudo ofrecerme, porque incluso identificando el origen latino del topónimo no podía brindarme un sustituto de origen celta. El hecho incuestionable es que, en la mayoría de localizaciones de la novela, el topónimo se forma en latín o lengua romance, sin origen celta.

De este modo, he de reconocer que las elecciones hechas en el texto han sido más bien estéticas, buscando que sonase coherente. Un ejemplo de ello es el de A Lanzada, que en el texto aparece referida como cercana a Foxos. El asentamiento, de altísimo valor arqueológico, es una continua fuente de descubrimientos, y hay arqueólogos que están convencidos de su preeminencia en las rutas comerciales del noroeste atlántico, así como de su incipiente industria en el tratamiento de los pescados; en resumen, me veía obligado a mencionarlo. Sin embargo, el nombre A Lanzada destacaba con tanta fuerza en un texto como el presente, que, repito, por meras cuestiones estéticas, preferí decantarme por la cercana referencia de Foxos.

Quizás algún día los estudiosos encuentren alguna prueba arqueológica que nos permita conocer aquellos nombres celtas. Por el momento, desgraciadamente, debemos conformarnos.

* * *

En el noroeste, de un extremo a otro de la cornisa cantábrica, aquellas gentes, aquellas tribus, tuvieron numerosos particulares que los hicieron y hacen inescrutables en algunos aspectos. Por ejemplo, y de ahí se explica la elección de localizaciones en los primeros compases de la novela, no tendieron a los oppida (tal y como los denominó Julio César), antecedentes de las ciudades, resultaron más comunes en las zonas mesetarias, como el caso de la famosa Numancia (o quizá sus equivalentes en las zonas norteñas de Portugal, de los que se conocen algunos ejemplos y han dado en llamarse citânia). Era una sociedad quizá más atrasada y quizá, de nuevo quizá, eso la hizo más atomizada.

Tenía ciertas peculiaridades intrínsecas.

En cualquier caso, fueran cuales fueran los motivos para esas estructuras sociales, lo que no puede negarse es que los restos de castros, monumentos megalíticos, petroglifos y demás elementos de aquellas culturas perdidas son, en el noroeste (en la franja cantábrica con el norte de Portugal, Galicia, Asturias y Cantabria), muchísimo más abundantes que en lugares que presumen de ello sin sonrojo, como Irlanda, Gales, la Bretaña francesa o Inglaterra.

* * *

Según parece, y así concuerdan los expertos, no hay ninguna referencia escrita a que los que hoy conocemos como «druidas»

existieran en el noroeste peninsular. Aunque sí es posible que, como en el país vecino o las islas británicas (que sí cuentan con pruebas documentales), estos «filósofos de la naturaleza» (como parece ser que los denominaron los griegos) vivieran en nuestras tierras. Sin embargo, al no haber certezas, yo he preferido hincar las raíces en el acervo cultural y, sabiendo que las mujeres podían incluirse en esta casta de santos que englobaba a los druidas, bardos y vates, he optado por sustituirlos por esta figura mística que suponen las meigas, aún presentes en el imaginario popular gallego y de las que, no me cabe duda, devengan pasados que han sucumbido al olvido del tiempo.

Resumiendo, existieran o no druidas en aquellos tiempos en Galicia, de

no haberlos debieron existir elementos sociales con una entidad espiritual similar, y yo he decidido representarlos a través de una figura femenina que hunde su razón de ser en la más pura raigambre gallega.

Del mismo modo, entendiendo que una sociedad sin escritura (o apenas escritura durante buena parte de su existencia) necesitaría sin duda alguna a quien recordase su historia y la cantase, he incluido entre los personajes a un bardo, porque creo sinceramente que, pese a la falta de pruebas documentales, la tradición popular nos ha enseñado que, en cada pueblo, en cada rincón, siempre ha habido quien miraba con orgullo al pasado y sabía contar las historias de aquellos que, antes que él, habían pisado los mismos caminos.

* * *

Pese a que la Real Academia de la Lengua acepta la acepción de

«saco» como una especie de vestidura tosca y amplia al estilo de un gabán, y pese a que en el país vecino se siga empleando la misma palabra para referirse a una chaqueta, y pese a que la raíz de ambas acepciones parezca embebida en el vocablo sagum, no me he atrevido a usarla en la novela porque me pareció que resultaría demasiado extraña para el lector. Sin embargo, en estas notas me gustaría aclarar que las capas y capotes encapuchados con los que visten los personajes son precisamente eso; los mismos sagum que nos constan en los acuerdos entre romanos y habitantes peninsulares. Acuerdos normalmente de rendición donde los nativos debían dar como pago a los invasores una cierta cantidad de estas prendas de carácter intrínsecamente local y que, al contrario que las vestimentas romanas, se adaptaban al frío y la lluvia.

Hechos de lana e impermeabilizados con grasa animal, estos antiquísimos chubasqueros fueron sin duda una sorpresa para los invasores, pues hubieron de aceptar que las costumbres locales ofrecían grandes ventajas a la hora de adaptarse a un clima y terreno tan húmedo como el del noroccidente peninsular.

En este ámbito, cabe mencionar que algunos arqueólogos comentan que aquellas prendas debían apestar a mil demonios. Sin embargo, tal y

como la experiencia propia me ha hecho comprobar, eso no es cierto.

Las sucesivas aplicaciones y secados, así como el uso continuo, dejan un tufillo curioso, cierto, pero no tan distinto al de algunas prendas actuales que reciben tratamientos similares o con ceras. En mi opinión, gente tan acostumbrada a la lucha y a la caza en entornos agrestes sabía bien que andar por el mundo apestando no resulta práctico, sino más bien peligroso.

* * *

Al hilo de los párrafos anteriores, debo añadir algo más.

Probablemente, más que en ninguna de mis anteriores novelas, he hecho un esfuerzo consciente por que la lectura fuera lo más amable posible para el lector. Los meses, las largas semanas, las interminables noches, las muchas horas de documentación me gritaban que usase términos más específicos, que emplease de forma explícita todo lo que había aprendido. Sin embargo, me pareció que expresiones como Beltaine o Imbolc ayudarían poco al entretenimiento de quien no estuviese acostumbrado a términos así, de ahí que me haya decantado por referirme a Beltaine simplemente como «festival de año nuevo».

Son sólo un par de ejemplos (como el de sagum), pero creo que ilustrativos. Soy consciente de que hay quien pueda echarlos en falta.

Siempre hay lectores que tienen amplios conocimientos de un período o una época y se topan con gusto con este tipo de vocablos. Aun así, creo que la novela funciona mejor cuando está pensada para una mayoría.

Yo lo he hecho con la mejor de las intenciones y espero que estos últimos sepan perdonarme.

* * *

Aunque no podamos establecer un mapa preciso y haya nombres que parezcan flotar sin llegar a posarse en un lugar concreto, gracias a los textos clásicos y a algunos epígrafes, se ha podido reconstruir una distribución de las principales tribus que ocuparon los territorios norteños de la península; y, aunque he preferido generalizar con la

denominación única de «celta» a fin de hacer el texto más cercano (e impactante) para el lector, me he aprovechado de esos nombres para algunas de las menciones de la novela, de ahí el uso de vocablos como

«tiburos», «nerios», «seurros», «ogurros», «bíbalos», etc. Cuando lo he hecho, he tenido siempre en cuenta las referencias de los textos clásicos respecto a su área de influencia y, si procedía, respecto a sus costumbres.

* * *

A colación de lo anterior, la falta de cohesión entre las distintas tribus, clanes, unidades sociales de aquellos habitantes del noroeste parece evidente por las fuentes clásicas y por los retazos de leyendas que han llegado hasta nuestros días. De hecho, las revueltas de Vercingetorix en la Galia o la de Boudica en la actual Inglaterra ponen de manifiesto que no era sencillo para las tribus aliarse a fin de luchar unidos frente al enemigo. Y quizás esa falta de entidades sociales superiores fuera la primera gran debilidad que ponía a estos pueblos a los pies de los caballos romanos. Elementos como las luchas entre reyezuelos rivales, el famoso combate singular, los abundantes robos de ganado o el evidente espíritu guerrero de aquellas gentes evidencian cómo su peculiar fortaleza (el arrojo y el valor con el que miraban a la muerte) los volvía débiles (al despreciar la unión frente a un enemigo más poderoso).

De hecho, la famosa leyenda de Breogán, tal y como se extrae de las crónicas medievales irlandesas, vendría a decir que este rey, régulo, líder, o como se le quiera llamar, unificó primero a todas las tribus gallegas y después construyó la famosa Brigantia, con su imponente faro, desde el que habrían visto Irlanda, donde su hermano Ith moriría y, al hacerlo, inspiraría a su nieto Mil a buscar venganza y terminar por conquistar la isla.

Sucintamente, así lo retratan las crónicas medievales que los propios monjes irlandeses recopilaron en el más que recomendable Lebor Gabála Érenn o Libro de las conquistas irlandesas.

* * *

Que yo sepa, no hay ninguna constancia de que los llamados celtas (de nuevo, castreños, si se prefiere) usasen estandartes con colas de caballo prendidas. Sin embargo, sí las hay de que los iberos emplearon figuritas en bronce de jinetes que, supuestamente, coronaban astiles que servirían como estandartes con algún tipo de simbología que no podemos precisar. Ejemplo de ello es el famoso Jinete de la Bastida y otros similares sobre los que el profesor Almagro-Gorbea ha escrito artículos más que interesantes.

En cuanto a la adición de las colas de caballo (inspirada en lo que sí hicieron, por ejemplo, los mongoles de Gengis Kan), me pareció un aditamento lógico entre gentes que parecían tener en tan alta consideración a los caballos (de los restos que se han encontrado, en pocos se puede afirmar que los équidos se usasen como alimento), y más aún en una tierra que durante siglos ha mantenido la tradición de la rapa das bestas, en la que los mozos del pueblo, cada primavera, intentan dominar a los caballos salvajes para cortarles las pelambres invernales y prepararlos así para la temporada estival. Práctica que, en cierto modo, también es descrita en los textos clásicos cuando se menciona a los jóvenes celtas que derriban a los caballos con sus propias manos y más tarde emplean esas mismas bestias para hacer incursiones en la meseta.

Además, aunque se hayan perdido buena parte de estas costumbres, aún hoy en día sigue habiendo artesanos que trabajan las crines de caballo, y, como pescador, he conocido más de un modelo de mosca artificial montada con este material de raíces culturales tan hundidas en nuestro pasado.

* * *

Aunque probablemente nunca podremos tener certezas, entre los cultivos anejos a los castros gallegos se han encontrado pruebas que aseguran que aquellas gentes conocían el trigo, la cebada, el centeno o las habas (este caso muy particular, pues la alternancia con leguminosas

permite mejores rendimientos agrarios por motivos demasiado complejos para estas páginas), entre algunos otros menos significativos.

Sin embargo, si he elegido el mijo para la primera escena de la novela es como muestra de la herencia cultural de mi tierra.

Diversos estudios antropológicos sugieren que el mijo era parte importante de la dieta de aquellos tiempos, más de lo que se sospechaba en un principio para estas latitudes, y, en el caso gallego, el mijo sigue presente de una manera velada. Tmbién llamado millo, dio nombre al maíz que se trajo del otro lado del océano. En Galicia, a este cultivo de origen centroamericano que ocupa una parte reseñable de las tierras de labranza se le denomina, justamente, millo (cierto es que las espigas del mijo y las mazorcas de maíz tienen cierto parecido), y al ya olvidado mijo se le ha quedado el apelativo de «millo pequeno». Mi tío, que fue molinero en tiempos, me habló, siendo yo niño, de cómo, de tanto en tanto, aún había quien le llevaba un saco de aquellos granos redondos y duros. Pero, además, yo conocí a un artesano, ya fallecido, que hacía escobas con las espigas de mijo una vez desprovistas de grano. Y en una ocasión, hace ya años, hablando con un pescador de Burela especializado en perseguir a los rápidos bonitos, me explicó cómo se usaban las hojas secas del maíz y de las envolturas de las mazorcas para vestir anzuelos con los que crear artificiales que sirvieran para engañar a los peces; e incluso me contó cómo, en su infancia, había empleado para el mismo propósito las espigas de mijo. En suma, esta gramínea ocupaba en la sociedad gallega un lugar más importante del que pueda parecer a primera vista.

* * *

La descripción que en estas páginas se hace del castro de Lagouzos es una pura invención (también en cierta medida para el caso de Fazouro, aunque hoy tengamos muchísimas más referencias al respecto y éste sí sea un yacimiento visitable). Como ya se ha mencionado, el lugar nunca ha sido excavado propiamente, ni siquiera datado con precisión. Y, pese

a haberlo visitado en infinidad de ocasiones, dado su estado actual, poco se puede afirmar.

Sin embargo, hay que aclarar que lo que se ha intentado es mostrar los elementos lógicos y comunes a un castro de los tiempos inmediatamente posteriores al cambio de era. Es muy probable que en el castro de Lagouzos las murallas fueran más modestas de lo que se menciona en estas páginas, y puede que tampoco hubiera sauna (o casa de vapor; en el texto se evita el empleo del término finés para no resultar anacrónico); incluso puede que tampoco los enormes capazos que, según parece, son antecedentes de los clásicos hórreos gallegos, ni piedras hincadas entre la muralla y el foso, o que, en suma, la arqueología demuestre algún día que lo que aparece en estas páginas no se ajusta a la realidad (y ojalá lo hiciera, porque eso significaría que el lugar ha sido excavado). Sin embargo, el espíritu de la narración no pretende mostrar una verdad arqueológica, sino más bien ofrecer un relato coherente de unas gentes, un tiempo y un modo de vida.

De haber escrito esta novela hace diez años, jamás me hubiera permitido una licencia así. Hubiera incluido en el texto explicaciones que hablarían de lugares donde sí existían esos elementos, sin tener en cuenta que, como la experiencia me ha demostrado, el texto resultaría mucho más pesado y, además, se entorpecería la trama al evitar que el motor narrativo, la acción, se desarrollase como debe.

Como siempre en esta maravillosa profesión, se ha tratado de caminar por la cuerda floja, aceptando un compromiso entre lo riguroso y lo estético. Y quisiera reiterar en este punto que espero no decepcionar.

Debo añadir que todo se ha hecho con la mejor de las intenciones. Me pasé horas deambulando entre los zarzales de Lagouzos para imaginar la vida en aquel lugar y ver hasta los mínimos detalles, esos que se escapan al visitar un yacimiento arqueológico, porque, al contrario que las piedras, no perduran. Como los bloques de sal, los telares, los animales, etc.

* * *

El comercio marítimo en el llamado arco atlántico en la Edad del Hierro es indudable. De hecho, entre los restos arqueológicos de los castros gallegos se han hallado numerosos elementos que lo demuestran. Y también unos cuantos que, al tiempo, ratifican un comercio con zonas mediterráneas, como si, de algún modo, aquella Galicia de antes de nuestra era fuera un jinete con dos caballos. Sin embargo, muchos estudiosos hacen especial hincapié en esa vertiente atlántica, e incluso algunos, como el respetado Barry Cunnlife, plantean que, de hecho, los llamados pueblos celtas nacieron, precisamente, en ese arco atlántico y, como postula en su libro Celts from the West, son estos hombres de poniente los que se instalarían en las zonas centrales de Europa donde, hasta el momento, se ha fijado la cuna de estos pueblos. De hecho, siguiendo la misma línea de pensamiento del profesor británico, se han publicado en los últimos años algunos trabajos, como el del profesor Bryann Sykes, que vienen a respaldar estas ideas tan innovadoras a través del estudio genético de poblaciones en el noroeste peninsular y en las islas británicas. Además, algunos lingüistas también han empezado a alentar teorías similares. Todo ello, en suma, viene a significar que resulta razonable desechar las viejas teorías.

Sea cual sea la verdad, si algún día logramos descubrirla, lo innegable es que en aquellos tiempos se usaron a menudo barcas hechas con entramado de ramas y pieles embreadas (ha habido incluso reproducciones que navegaron en tiempos cercanos), y que, aproximadamente, cuatro eran los días que podía tardarse en navegar hasta el Cádiz fenicio y cuatro también para arribar al Cardiff celta.

Quizás aquella manida leyenda de que los descendientes de Breogán colonizaron la mágica Irlanda tenga algún viso de realidad.

Sea como fuere, la ausencia de enterramientos, como los de los campos de urnas centroeuropeos, y otros elementos curiosos hacen que estos celtas del noroeste, atlánticos si se prefiere, castreños si se quiere, tengan, como pueblo, unas características peculiares y únicas.

Por otro lado, y al hilo de los párrafos anteriores, hay suficientes pruebas arqueológicas para comprender que este arco atlántico del

mundo celta tuvo un contacto más que notable con el mundo fenicio antes de que la todopoderosa Roma barriera a los cartagineses de la península. Hay abundantes elementos, como el llamado Tesoro de Caldas, que ponen de manifiesto cómo la orfebrería y el trabajo en metales diversos (como los lingotes de estaño que se usaban para comerciar) se taraban, medían y pesaban acorde al sistema de pesos y medidas fenicio. Argumento al que acompaña la presencia de restos arqueológicos de evidente origen fenicio, como cerámicas y adornos corporales.

Por último, en este sentido, es recomendable para el interesado echar un vistazo a los trabajos de P. Braun, donde, de manera muy ilustrativa, presenta la evolución humana y social de la Europa de la Edad del Hierro con tres arcos concéntricos, en los que el más interior sería el del entorno mediterráneo, afectado por Grecia y Roma; el siguiente, el de una cultura mixta, y el último, más externo, el plenamente celta. En los mapas de este arqueólogo, acorde a sus teorías, se refleja el carácter peculiar de la península ibérica, que, de un modo único en el entorno europeo, se ve abarcada por los tres arcos.

* * *

Aunque en la novela se hace mención al uso del arco en algunas ocasiones, conviene aclarar que fue un arma que los pueblos de estas páginas no favorecieron en demasía. Son pocos los restos arqueológicos que avalan su uso; sin embargo, como arquero, no he podido evitar la tentación de aprovecharme de esas excepciones para darle cierto protagonismo de tanto en tanto.

* * *

Cuando se mencionan los cantos fúnebres y el soplar de los cuernos, el texto se basa en viejas tradiciones del noroeste peninsular.

En la Galicia más rural, hasta hace no mucho se practicaba esa mística costumbre de que los asistentes a un velorio entonasen cantos rítmicos que recordaban al zumbido de un abejorro y que, por eso mismo, en

gallego dieron en llamarse abellón. Y existen algunas referencias, así como un famoso poema de Alfredo Brañas, que lo fundamentan (aunque haya estudiosos que lo nieguen y tachen de falacia). En cualquier caso, documentada o no, hay antropólogos e historiadores que encuentran las raíces de esta costumbre en tiempos tan lejanos como los de estas páginas.

En ese sentido, y siguiendo con las costumbres funerarias, debe mencionarse que los ritos de aquellos castreños son un absoluto misterio, pues los restos arqueológicos son prácticamente inexistentes.

Aun así, recientes descubrimientos en Vilalba parecen abalar la idea de que a los fallecidos se los incineraba y sus cenizas se guardaban en urnas que se depositaban en una cista bajo la vivienda. Con la salvedad hecha, como demuestran las pinturas de algunas cerámicas, de los guerreros muertos en combate, que, como en tantos otros lugares del mundo, eran ofrecidos a las aves carroñeras para ser descarnados.

* * *

No son éstas las páginas para ahondar en las controversias sobre las legiones que guardaron la explotación de Las Médulas, o al respecto de si fue la Sexta o la Séptima la responsable del asentamiento que hoy conocemos en España como León. Y mucho menos para profundizar en el peliagudo asunto del modo en que Sulpicio Galba estiró los párrafos del ordenamiento jurídico romano para preparar a los legionarios que deberían derrocar al controvertido Nerón.

Lo cierto es que la verdad, como en otros temas en esta novela, resulta tan oscura, compleja, controvertida y, a la vez, incierta, que no he tenido escrúpulos como novelista (que no como historiador) en simplificar el asunto, asumiendo que el grueso del contingente presente en los momentos de la novela quedaba constituido por la conocida como Legio VI Victrix y que buena parte de sus efectivos eran los que se encargaban de la explotación minera. Del mismo modo, he simplificado, aceptando que la Legio X Gemina se acantonaba en Astorga.

El hecho es que las idas y venidas, las refundaciones y la compleja burocracia del enorme aparato militar romano hicieron que me decantase enseguida por simplificar, para presentar una novela lo más limpia posible, con poca narrativa de la que, en el oficio, suele denominarse de «exposición».

En suma, en éste, como en muchos otros aspectos, y por el bien de la propia novela, he procurado simplemente ser veraz, arrinconando la verdad a un lado.

* * *

El proceso extractivo del oro en la explotación de Las Médulas es todavía un misterio. Hay más intuición que certeza.

Me he decidido a numerar los montes y a usar ese tipo de referencias porque he encontrado señalizaciones así en tiempos medievales y creo que puede ser razonable pensar que en días pretéritos también pudo hacerse; sin embargo, no tengo constancia de ello.

Por otro lado, el empleo de vellocinos para capturar el oro, material pesado que se depositaría por decantación en los canales de lavado, sí es bien conocido, y, de hecho, muchos estudiosos explican así el viejo mito del vellocino de oro, asumiendo que no se trataría como tal de un carnero dorado, sino de un vellocino normal que estaría lleno del reluciente metal tras haberse empleado en una explotación de este tipo.

* * *

De los textos clásicos, especialmente gracias a las descripciones de Estrabón, se puede interpretar que los hombres de aquellos castros se reunían en bancos no tan distintos a los que, siglos más tarde, se asentarían primero en los laterales de las lareiras y después en torno a las llamadas «cocinas económicas». De ahí que me haya parecido razonable incluir escenas como las que yo mismo viví de niño en un entorno similar.

Sin embargo, ni arqueológicamente ni a través de los textos, que haya podido averiguar, se puede confirmar que la arraigada costumbre de

mantener las gallinas bajo esos mismos bancos se remonte a los tiempos que enmarcan esta historia. Aun así, fue durante generaciones una tradición de fuerte raigambre y, además, tiene aspectos tremendamente lógicos, como el de asegurarse una mejor producción de huevos (gracias al calor del interior de la vivienda) o proteger a las gallinas de las rapaces.

Por otro lado, y a colación de lo anterior, los restos arqueológicos del consumo de aves son escasos, dada la propia naturaleza de los restos (huesos más pequeños y frágiles que los de otros animales de granja) y de la actividad avícola en sí misma (no son necesarias infraestructuras específicas), y hay quien discute que en aquellos tiempos pudiera haber aves domésticas en el territorio galaico. Sin embargo, me he decantado por ilustrarlo de este modo porque creo que las tradiciones en toda la cornisa cantábrica deben tener, por fuerza, un antecedente muy antiguo.

Ahora bien, ha de quedar claro que no hay elementos arqueológicos que lo avalen.

* * *

No parece haber una respuesta clara sobre si los castaños del noroeste, tan arraigados hoy día, fueron traídos desde Oriente por los propios romanos o bien por otros viajeros más tempraneros desde algún rincón de Asia.

De hecho, y los historiadores y botánicos no parecen ponerse de acuerdo, hay quien cree que el castaño es oriundo de estas tierras peninsulares (hay algunos trabajos en relación a hongos simbióticos que así parecen abalarlo).

Sea o no sea endémico, hay razones suficientes como para considerarlo un árbol común ya en aquellos tiempos, y, pese a las dudas arqueológicas, históricas e incluso botánicas, me he decidido a incluirlo porque se ha convertido en un elemento idiosincrásico de la cultura del noroeste peninsular, no sólo por sus frutos, sino también por su madera, que, durante siglos, ha sido la preferida para los trabajos domésticos por sus maravillosas cualidades. Aún hoy en día se pueden

visitar multitud de casas en las que el suelo, las ventanas y casi cualquier guarnición está hecha con madera de castaño (e iglesias cuyos bancos, algunos con más de un siglo, se construyeron con el mismo material).

* * *

La construcción de la muralla de Lugo, la versión final que ha perdurado hasta nuestros días (al menos en buena parte) es una historia en sí misma y, por lo que parece, posterior a los tiempos retratados en estas páginas. Sin embargo, es factible plantear que, como en otros lugares, la muralla fuera la consumación de parapetos o empalizadas anteriores que, lógicamente, se habrían ido reforzando y ampliando según la conveniencia y el tiempo. Algo habitual en los campamentos castrenses romanos, que evolucionaban a medida que su carácter cambiaba.

En un principio, parece que las pruebas arqueológicas vienen a demostrar que el recorrido de la actual muralla se plantea mucho después del levantamiento de la ciudad como tal, y que se hizo siguiendo un trazado que, de hecho, cortaba parcialmente elementos de dicha ciudad.

Imaginar esas primeras versiones de la que sería la futura muralla ha servido para la inspiración de esta historia, pero la que puede verse hoy (una visita que merece la pena) es de alrededor de siglo y medio más tarde (puede que incluso dos) y ha sufrido a lo largo de los años algunas modificaciones completamente anacrónicas que, sin embargo, no desmerecen su imponente aspecto.

Para comprenderla mejor, así como el propio pasado romano de la ciudad, hay un buen número de elementos musealizados, así como pequeñas exposiciones en distintos puntos de la ciudad. De hecho, en el llamado MIHL (Museo Interactivo da Historia de Lugo), se conserva una de las que se supone piedras fundacionales de la propia ciudad (en ese complejo ritual lleno de tradición y costumbre que los romanos llevaban a cabo para estas tareas), a cargo del legado Paulo Fabio Máximo, entre el año 15 y el 13 a. C. y sobre suelo en el que, en el

contexto de las guerras asturcántabras (de unos años antes), Cayo Antistio Veto había levantado un campamento militar para que la Legión VI Victrix progresara en la conquista y dominación del territorio. Se supone que el auténtico desarrollo de la ciudad se producirá algo más tarde, ya bajo la dinastía Flavia.

* * *

A colación de este aspecto romano de la ciudad y de su enfrentamiento con las tribus locales, desde hace unos años proliferan algunas celebraciones que ponen en valor estos pedazos de historia al modo de las fiestas de moros y cristianos de la costa levantina. Y, aunque sería imposible mencionarlas todas, me siento en la obligación moral de nombrar y recomendar las que más me atañen. Cada junio se celebra en la capital lucense una Fiesta de Interés Turístico Nacional denominada Arde Lucus, y, en términos parecidos, cada mayo, en el ayuntamiento lucense de Friol, se organiza el Friulio.

En ambas (como en otras en la geografía gallega), se ofrecen recreaciones de aquellos tiempos: mercados, interpretaciones históricas y, como es lógico, divertimento. Y todas ellas son visitas más que recomendables para el turista y el curioso.

* * *

Si las crónicas aciertan, cuando el infame Nerón murió (personaje discutido, controvertido y poco entendido), aquel que había conspirado para acabar con él y robarle los laureles, el general Sulpicio Galba, detuvo su propio suicidio al recibir la noticia en Clunia (conocida hoy como Coruña del Conde y sita en la vía romana entre las actuales Zaragoza y Astorga). El mensaje había recorrido unos dos mil kilómetros en apenas siete días; es decir, casi trescientos kilómetros diarios. Racionalizar algo así puede hacerse complejo y controvertido, pero el hecho innegable es que las vías romanas conectaron los extremos del Imperio de una forma asombrosa.

En este sentido, me gustaría hacer hincapié en el magnífico trabajo realizado por el investigador y divulgador Isaac Moreno Gallo, que, gracias a sus estudios de ingeniería, ha logrado clarificar una incontable cantidad de polémicas que la arqueología y las humanidades habían dejado sin resolver.

Como alguien formado en ciencias, en ocasiones, al leer cuestiones históricas, me asaltaban dudas respecto a los planteamientos que los historiadores y arqueólogos hacían en relación a edificios, construcciones, servicios y otras obras públicas. Así, me encontraba de tanto en tanto con incongruencias que no pudieron resolverse hasta descubrir los magníficos trabajos de este investigador, cuya lectura, estudio y visionado recomiendo encarecidamente a cualquiera que desee comprender la ingeniería romana.

* * *

Pese a los textos de Suetonio y otros semejantes, la biografía y la propia figura del emperador Nerón resultan, cuando menos, controvertidas.

En los últimos tiempos se ha tendido, parece, a dulcificar alguno de los aspectos más negativos de la peculiar personalidad del personaje y se le ha exonerado del famoso incendio que asoló Roma, ya no sólo porque no estuviera presente, sino también por la buena disposición con la que regresó y la ristra de buenas y coherentes acciones que, de primera mano, incitó para paliar la tragedia. En este sentido, debo decir que las conferencias de la profesora Eva Tobalina han sido de gran ayuda para mí, y recomiendo su visionado a cualquier interesado en el tema. Sin embargo, sus excesos, incluyendo el de su propio suicidio, parecen dar pábulo a una personalidad compleja e histriónica que alimenta fácilmente la imaginación del novelista.

Yo he de reconocer que, como el maestro Robert Graves antes que yo, he preferido enfocar mi retrato del emperador en términos que sirvieran a la argumentación de la novela que, si bien veraces (al menos hasta cierto punto), no son históricos.

Un ejemplo de ello es la repetidísima anécdota de la felación a cargo del amante de su madre (que bien podía haberse convertido en el sucesor del emperador de haber salido bien los planes de Agripina la Menor). Puede que esté basada en hechos reales o puede que no, pero sin duda parece que ya desde los tiempos de los clásicos se tomó como cierta, quizá porque cuadraba con el personaje.

En cuanto a la posibilidad de que Nerón tuviera tan a mano un asesino como el que aparece en estas páginas en la figura de Sila, no hay ninguna evidencia histórica; sin embargo, dados los atentados contra su madre y el sorprendente número de envenenamientos que rodean la vida del peculiar emperador, creo que es factible asumir que algo así sería posible, pues resulta difícil imaginar, aunque sólo sea por su personalidad, que él mismo se encargase de esos trabajos sucios.

* * *

En cuanto a las legiones, sus cargos, jerarquía y funcionamiento, debe aclararse que se ha intentado conservar, siempre que ha sido posible, una terminología y vocabulario que resultara cómodo para el lector.

Como dice mi admirado Eduardo Mendoza, es fácil perderse en la documentación y querer presumir de todo lo aprendido. Sin embargo, los años me han enseñado que una novela no debe ser un ensayo técnico. He preferido utilizar la expresión «custodio del armamento»

(en una traducción libre, pero fácilmente entendible) que resultar más preciso históricamente y expresarlo como armorum custodes.

Creo sinceramente que el escritor de novela histórica camina al borde del precipicio en estos aspectos; se hace necesario dotar a la novela de la mayor cantidad de detalles posibles que den veracidad a la historia y, sin embargo, debe hacerse sin que se abuse del texto explicativo y, además, evitar que las palabrejas y términos entorpezcan la lectura.

En mis primeras novelas, tenía el prurito de decantarme por la precisión en la terminología histórica. Hoy en día creo que aquello era un error.

* * *

Hay estudiosos que señalan que en las explotaciones mineras romanas no se empleaban esclavos como tal y que, en realidad, la población indígena trabajaba a cambio de un salario. Sin embargo, sin negar que esa posibilidad pudiera ser cierta en determinados lugares, circunstancias y momentos, en el impresionante yacimiento de Las Médulas resulta difícil asumir que alguien estuviera dispuesto a jugarse el pellejo a cambio de un magro sueldo.

Los estudios modernos vienen a acordar que, tras la conquista de la Galia, un tercio de la población había sido masacrada, otro más convertido en esclavo y sólo el último quedó con vida. Si algo similar sucedió tras las guerras asturcántabras, parece razonable asumir que esa mano de obra se emplease, precisamente, en una explotación tan cercana, en la que, con el paso de los años, se llegaron a extraer alrededor de diez mil kilos de oro.

* * *

El proceso metalúrgico específico a través del cual los ingenieros romanos transformaron el oro menudo extraído de los montes bercianos en monedas de uso corriente no está del todo claro, y son varias las teorías al respecto. Ahora bien, la complejidad de los procesos me aconsejó no abusar en las especificaciones o explicaciones técnicas, ya que, al fin y al cabo, el argumento giraba en torno a la explotación y no tanto a la factura posterior.

* * *

Los frescos de la estancia en la que Nerón recibe a Sila existen y, afortunadamente, aún son visitables. Son los que decoraban una de las dependencias en la sección del palacio imperial donde residía la tatarabuela de Nerón y esposa de Octavio Augusto, Livia Drusila.

* * *

Se supone que el proceso de curtir los cueros con corteza de roble es incluso más eficiente que el moderno proceso que utiliza cromo, pero que, al necesitar mucho más tiempo, en remojo resulta descartado por el incremento del coste.

* * *

Cualquiera que tenga curiosidad puede rebuscar en la hemeroteca y encontrará referencias sobre los intentos de construir barcos de inspiración celta a finales de los setenta en un proyecto que, al parecer, involucró a varios ayuntamientos y a la Universidad de Santiago de Compostela, pero que, por desgracia, terminó en agua de borrajas.

En los textos clásicos, hay varias descripciones que no resultan especialmente útiles, pero que podrían conectar las leyendas gallegas con aquellas irlandesas de que los monjes medievales se echaban al mar en «cestos» de mimbre, quizás una mera exageración sobre estos primitivos barcos.

En la novela, además de la escasa documentación al respecto, se han usado referencias más completas de los barcos fenicios encontrados en el puerto de Mazarrón, de los que hay abundante información, incluso réplicas, en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, a donde me llevó mi querido amigo Obdulio López en el marco de la Semana de Novela Histórica de Cartagena, un maravilloso encuentro con lectores y compañeros de profesión.

* * *

Para los precios y el cálculo de los llamados costes de la vida en los tiempos de la novela, se ha empleado el tan conocido Edicto de precios máximos del emperador Diocleciano, intentando paliar la diferencia de dos siglos y medio considerando la posible inflación, algo por lo que estaré siempre agradecido a las cuentas que Arturo Souto hizo para mí.

Además, para referencias más cercanas en el tiempo, han resultado muy útiles los trabajos del profesor Daniel Esperber.

Es probable que los precios no sean al cabo realistas, pues no todo estaba definido y la comparación entre diferentes productos es prácticamente imposible por la falta de referencias. En cualquier caso, como última referencia, baste decir que, en los tiempos de Nerón, el coste de una ración diaria de un pan de calidad media rondaría el sexto de un denario (alrededor de tres ases), y un trabajador medio podría conseguir por día entre dos y seis veces más.

La equivalencia en tiempos imperiales sería que dieciséis ases valen tanto como cuatro sestercios o, a su vez, un denario.

Y en los registros de Pompeya, como última nota, se halla la anotación de la venta de un esclavo por seis mil sestercios, aunque sirva de poco el dato como tal, pues lo que no se especifica es la «calidad» del esclavo.

* * *

No podemos asegurar cómo era la sociedad de aquellos celtas o castreños. Tampoco sabemos con certeza si había esclavitud, por ejemplo, y los grandes estudiosos del tema no logran ponerse de acuerdo, pues de las pocas pistas que tenemos se pueden extraer conclusiones distintas.

En estas páginas, se ha intentado actuar con coherencia, pero ha sido necesario asumir ciertas ideas y conceptos.

Es probable que hubiera una división por algo similar a castas, dando a entender que los guerreros, los luchadores, los que garantizaban la seguridad y la prosperidad estuvieran un escalón por encima de los demás.

Tal y como los siglos posteriores pusieron de manifiesto en lugares como Escocia, así como algunos epitafios ratifican, la pertenencia a un clan, a un grupo, a un castro, pudo tener una enorme importancia. Y

verse fuera de ese círculo protector pudo haber sido una condición cercana a la de paria.

El carácter o aspecto animista de su religión parece más que posible, no sólo por las evidencias que tenemos, sino por mero paralelismo con

otras sociedades de parecido desarrollo técnico e industrial.

Sociedades posteriores, quizás herederas, en Gales, en Escocia, incluso en los países nórdicos, nos han dejado pistas. Y también la cultura popular, que, a través de la tradición oral, nos ha proporcionado innumerables piezas del puzle. Pese a todo, creo que debemos admitir sin ambages que no tenemos la imagen completa de ese puzle.

* * *

Cuando se describen ciertas particularidades de los distintos castros y de los enfrentamientos con los romanos, hay trabajos que han resultado especialmente útiles y que pueden servir para satisfacer curiosidades.

Rampas de acceso prerromanas, la destrucción de las defensas tras el asedio romano, elementos de la vida diaria en ambos bandos e incluso métodos de lucha han quedado descubiertos, corroborados y reafirmados gracias a las fantásticas campañas arqueológicas que se han llevado a cabo en el marco de las llamadas guerras asturcántabras. Y, en concreto, no puede dejar de recomendarse el yacimiento y la musealización del Castro de la Loma en Santibáñez de la Peña, en la provincia de Palencia.

Este yacimiento, hasta el momento, se ha mostrado único para entender el asedio romano a una población indígena. Un auténtico campo de batalla, donde, pese a los furtivos del presente y a los legionarios que recogían los restos tras la victoria, la abundancia de materiales resulta apabullante. De lo que se extrae del yacimiento, y de otros cercanos como el del monte Bernorio, se desprenden increíbles conclusiones que permiten entender mejor nuestro pasado.

Sin duda, los trabajos del profesor Eduardo Peralta Labrador y de todos los que han seguido el camino que él inició merecen una mayor valoración de la que reciben y deberían ser considerados con la importancia real que tienen. Desde fuera de la profesión y del ámbito académico, en ocasiones da la sensación de que, como en otros fueros, los españoles tendemos a despreciar lo patrio y no darle el valor suficiente por el mero hecho de resultar cercano.

* * *

El campamento romano de Ciadella, en la preciosa tierra de Sobrado dos Monxes, aún resulta incipiente en cuanto a estudios arqueológicos.

Pero sí parece probado que resultaría contemporáneo a la novela.

Esta preciosa villa (a la que también hice referencia en Laín. El bastardo) cuenta también con un maravilloso monasterio que es una visita obligada y que explica por qué no puede recomendarse aquí una visita a las fuentes del importante río Támaris, Tambre en la actualidad, ya que esas fuentes fueron aprovechadas por los frailes para, con maestría, generar una laguna artificial que les permitía alimentarse de truchas y bogas fácilmente, además de disponer de agua para riego y otros menesteres.

El río, uno de los más importantes del territorio gallego, tiene además un profundo significado histórico, pues de él devengan denominaciones como la de Trastámara, tan importante en la monarquía española. En cualquier caso, regresando al campamento romano, sí que parece destacar en él la estructura almacenera conocida como horreum, que podría tener sentido como un punto intermedio para asegurar la ruta entre la actual Lugo y la costa.

* * *

Según los estudiosos (de opiniones variadas), no podemos asegurar que todos los castros tuvieran una leyenda fundacional que justificase el emplazamiento de la fortificación. Sin embargo, es algo que sí parece asumible para muchos y, en estos casos, ésta sería una explicación del guerrero que había dominado el territorio a través de las armas. Por lo general, venciendo a un gran toro, matando a un oso o deshaciéndose de un peligroso jabalí (como se cuenta en estas páginas). Y los antropólogos admiten este tipo de mitos fundacionales, pues, en el fondo, la historia es la del hombre domeñando la naturaleza.

* * *

Respecto a la mención a Vindolanda, ese maravilloso emplazamiento arqueológico en los lindes escoceses, cabe aclararse que podría resultar un poco temprana. Las increíbles tablillas de madera de roble con innumerable correspondencia que han sido halladas en el yacimiento nos han enseñado muchísimo sobre el día a día de un destacamento militar romano. Sin embargo, datarían de alrededor de veinte años después de lo que aparece en estas páginas. Aun así, utilizar un personaje que hubiera podido estar allí, sus experiencias vitales y hacer referencia al alto número de compromisos con mujeres locales y consecuentes deserciones me pareció un modo inestimable de reflejar la vida castrense de las legiones. De ahí la referencia y su utilización. Aun así, quede claro que, a falta de nuevos descubrimientos, no sería adecuado establecer esa conexión.

* * *

Se ha empleado el nombre de Marco Septicio para el portador del águila en honor al aquilifer real que puede encontrarse en la famosa placa cordobesa. Las fechas no coincidirían, pero resulta un bonito guiño, porque, además, ha permitido reflejar, a través del personaje, algo que, de otro modo, hubiera sido complejo sin acudir a subtramas demasiado alejadas del eje argumental.

El año de la muerte de Nerón se conoce como «el año de los cuatro emperadores». La corte imperial era un avispero donde el que no moría envenenado lo hacía apuñalado, y, por más que le pese a algún historiador, la verdad es que las crónicas demuestran que algunos de los tópicos que han perdurado en el imaginario popular tienen razón de ser.

Por supuesto, no todos, y no tan exagerados. Calígula no nombró senador a su adorado Incitatus; probablemente fue una broma sacada de contexto que, tras su muerte, sus detractores decidieron exagerar. En cualquier caso, este personaje, este portador del águila, ha permitido adornar un poco más las complejas relaciones entre los entes de poder romanos, algo que se hacía necesario para generar verosimilitud en la trama principal.

* * *

En todas mis novelas hay homenajes a escritores a los que admiro profundamente. Algunos de ellos, conscientes, y muchos, supongo, inconscientes. En este caso, hay una mención obligada que hacer al gran maestro Stephen King, al que la crítica no siempre ha tratado tan bien como se merece, al menos en mi opinión.

Siempre he creído que una de las mejores historias carcelarias de todos los tiempos es Rita Hayworth and the Shawshank Redemption (llevada al cine con gran éxito). Considero, sin haber estado nunca en la cárcel, que el modo en el que refleja la esperanza y la desesperación del prisionero es brillante, y reconozco sin pudor que el maestro me ha servido de guía para contar mucho de lo que le pasa a Tarvus en las minas de Las Médulas.

* * *

El lago Nemorensis, conocido hoy en día como lago Nemi, fue en efecto el atracadero de dos naves gigantescas, las más grandes jamás construidas por el hombre durante siglos (y con tecnología como los cojinetes de bolas, que, hasta ser descubiertos en las excavaciones arqueológicas, eran considerados un invento de anteayer). Ahora bien, la construcción de las naves se atribuye al controvertido Calígula, y no se sabe con certeza si Nerón pudo o no usarlas (aunque resulte factible).

Aunque muchas piezas originales se perdieron durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, se han hecho fantásticas reproducciones y también modelos a escala que dan una idea de lo que fueron aquellos prodigios, y, para verlos, basta acercarse al museo sito a orillas del mismo lago.

* * *

Es cierto que para el año 66, Nerón había reclutado una legión que llevó el nombre de I Itálica y que se suponía estaba destinada a

conquistar Armenia. Y también lo es que fueron hombres escogidos, excepcionalmente altos y fuertes.

Ahora bien, no es cierto que antes de la formalización de esa legión se enviara un contingente a Hispania. Sin embargo, a mi entender, resulta veraz, y las menciones sobre los hombres elegidos, el cómo y el porqué reflejan de modo sucinto el carácter nervioso del propio Nerón y su dubitativa manera de actuar.

* * *

La uniformidad de los legionarios es un tema tan amplio como para llenar varios volúmenes. En este caso, se ha preferido simplificar por el bien de una lectura desahogada; sin embargo, cabe hacer algunas puntualizaciones, acorde a los últimos argumentos expuestos por los expertos en la materia, y siempre en referencia al período de mediados del siglo primero de nuestra era, marco temporal de estas páginas.

No parece que, pese a lo que nos han hecho creer las producciones audiovisuales, la uniformidad estuviera tan conseguida como en los ejércitos actuales. Habría túnicas, escudos y equipamientos variados, aunque siempre con determinados elementos comunes que, entre otras cosas, ayudarían a identificar unidades como la cohorte.

Aun siendo de uso bastante extendido, la loriga segmentada no debió ser la más abundante, y se sugiere que la anillada (con probabilidad una idea robada, precisamente, a los celtas) resultó más popular.

El rojo, como ya comenté en mi novela Balvanera, se conseguía, principalmente, gracias a la raíz de rubia; por lo tanto, aunque recién teñidas tuvieran un color vibrante, lo cierto es que la mayoría de los legionarios irían vestidos con un curioso tono rosado.

* * *

El asunto de la devotio iberica da para tomos y tomos, aun cuando hay pocas cosas que sepamos con certeza. En un resumen a vuelapluma, se podría afirmar que el apelativo de ibérica se queda corto y que es razonable admitir esta relación clientelar más allá de los iberos a todos

los pueblos peninsulares. También que hay varias referencias distintas al respecto, y hay quien se atreve a señalar que la profunda impresión que la costumbre causó en el mismo Julio César sería el germen que acabaría dando lugar a la guardia pretoriana.

En estas páginas, se ha incluido por el innegable carácter épico de la costumbre y porque, cierta o no, refleja buena parte de lo que se asocia respecto al peculiar carácter de aquellos pueblos.

En cuanto a la ceremonia asociada al juramento, ha de reconocerse que es pura invención. Una elucubración basada en la costumbre de los guerreros de usar brazaletes y algunas ceremonias similares en ciertas tribus centroafricanas.

* * *

Las crónicas mencionan esa curiosa costumbre de los herreros hispanos de la Edad del Hierro de enterrar durante largo tiempo el mineral de hierro para permitir que se fuera oxidando y, como consecuencia, desprendiendo de las partes de peor calidad en la materia prima. Y explican de ese modo la extraordinaria calidad del hierro que se producía en estas zonas.

El proceso en sí resulta apasionante por las muchas preguntas que plantea esa capacidad de nuestros ancestros para producir hojas de tanta calidad. Sin embargo, no eran estas páginas el marco adecuado para extenderse en detalles.

Ahora bien, para cualquier interesado, todo mi ánimo a bucear en los escasos trabajos de arqueología experimental que se encuentran disponibles. Resultan muy ilustradores.

* * *

De las que se conservan, ninguna de las espadas celtas, o asociadas a esta cultura y período, presenta una decoración en el pomo como la de estas páginas. Normalmente, son variantes de un tipo que ha dado en llamarse «de antenas» y que, sin embargo, según los expertos en esgrima, sí podrían haberse usado como arma de percusión. Ahora bien,

tras muchas consultas, y teniendo en cuenta las muestras con las que contamos, resulta plausible que hubiera existido alguna decoración como la propuesta en la novela. En cuanto a forrar la empuñadura con cuero, eso sí está fuera de toda duda y parece ser una práctica extendida, pues se puede datar incluso en las particulares falcatas ibéricas, anteriores al período de la novela.

* * *

Al parecer, no se conserva ninguno de los mapas topográficos que podían haber usado los ingenieros romanos para sus muy diferentes trabajos; sin embargo, la precisión de las obras, algunas de ellas de impresionante envergadura, hacen pensar que, con precursores del teodolito, como la dioptra y otros semejantes, realmente tuvieron que disponer de algún tipo de información codificada en planos o mapas.

* * *

Las descripciones que Plinio el Viejo hace de los trabajos en las minas del paraje que hoy conocemos como Las Médulas apenas dan una idea de la enorme escala. Además, por desgracia, han sido interpretadas de modos distintos por expertos en diferentes campos del conocimiento, lo que ha dado como resultado explicaciones dispares.

Sin embargo, su descripción de hombres colgados en los riscos inmersos en tareas de minería, pese a otras interpretaciones, a mi entender sólo puede tener una explicación razonable: la que han brindado algunos ingenieros de minas que han dedicado grandes esfuerzos a estudiar los textos y el lugar. Esos hombres haciendo de

«pájaros» probablemente eran, como se refleja en la novela, topógrafos realizando mediciones que, en buena parte de los casos, debían estar relacionadas con los canales que abastecían de agua la explotación.

* * *

En las descripciones sobre el trabajo del topógrafo en el entorno de Las Médulas (que según algunos expertos bien podrían estar relacionadas con aquel famoso Monte Medulio que supuso el hito para la última lucha de los galaicos contra Roma), ha de reconocerse que se ha abusado un poco del paisaje, casi marciano, del lugar.

Lo más probable es que los topógrafos de las legiones no hubieran hecho sus mediciones en esas tierras ya baldías de la explotación en sí, aunque siempre cabe sospechar que alguna hubiera habido. Lo más razonable es que todo ese trabajo (al estilo de lo que hasta hace unos pocos años se hacía con teodolitos) se hubiera realizado más entre las serranías de los montes Aquilinos. Sin embargo, como bien decía Steven Spielberg respecto a ese curioso final de su gran éxito Tiburón, no se puede permitir que la realidad estropee una buena historia. De ahí la bombona de aire comprimido que estalla y destroza al tiburón, pese a que nunca jamás un disparo, ni con una trazadora, ha conseguido algo semejante (de hecho, lo más probable es que la bombona no estallase ni aun conteniendo un gas inflamable, menos aún mero aire comprimido destinado al buceo).

Era necesario, en la segunda parte del segundo acto, resaltar ese carácter alienígena del escenario en el que tenían lugar los hechos. Un elemento habitual a la hora de contar historias, cuando el héroe, al enfrentarse al clímax del segundo acto, debe verse inmerso en un mundo desconocido y amenazador.

* * *

Somos lo que fuimos y seremos lo que somos, sin duda. De los muchos juegos de dados de época romana que se han encontrado en diferentes excavaciones arqueológicas, es rigurosamente cierto que dos de ellos (que sepamos) estaban trucados, cargados, como se suele decir en el argot.

* * *

El asentamiento conocido como Castro dos Castelos, en la parroquia de Galez, del ayuntamiento orensano de Entrimo, es uno de esos maravillosos tesoros que esconde la geografía gallega y que, por desgracia, no ha tenido ocasión de ser estudiado en profundidad.

Se eligió como escenario para el discurso de Niske, inspirado en parte en las que se suponen palabras de Boudica, por su conveniencia geográfica para la trama y por la espectacularidad del entorno del Parque Natural Baixa Limia-Serra do Xures, donde hay mucho que conocer, que ver e incluso que creer, pues no muy lejos hay referencias que podrían indicar antiguos cultos ancestrales tan peculiares como la adoración de serpientes, u ofiolatría; asuntos debatibles desde el punto de vista académico, pero interesantes desde el antropológico.

Es un lugar que se ha limpiado y desbrozado en los últimos tiempos y que permite al visitante adentrarse en un mundo casi mágico.

* * *

En una ocasión, la mayor de mis hijas, cuando aún no sabía nadar, perdió pie en la orilla misma del río, cuando un terrón lodoso, entre las raíces de un árbol, cedió. La pobre chiquilla se asustó tanto que la vaca de juguete que llevaba en las manos se quedó para siempre en el fondo del río, mugiendo a las truchas, que seguirán preguntándose qué clase de pez será aquel bicho.

Antes de que la hermana pequeña gritase, yo ya estaba en el agua intentando que la corriente no robase a mi primogénita. Y, antes de que yo pudiese hacer nada, el agua estalló en mil pedazos cuando el amigo más fiel que he tenido en mi vida se lanzó a ayudar. Cuando logré atrapar el brazo de mi pequeña, allí estaba también, nadando, mi leal Dumas...

El día en que llegó a casa, cuando paseábamos a aquel cachorro por la propiedad para que conociese su hogar, el perrillo intentó cruzar por una de las esquinas de la piscina y se cayó en el agua...

* * *

En Galicia, en muchas partes de esta bellísima y antigua España, sigue habiendo muchos, miles de lugares donde el caminante deja una piedra a su paso para hacer una ofrenda que asegure el destino.

Hay sitios donde la costumbre se ha cristianizado, otros en los que aún se conserva un cierto halo de misterio y se termina por hablar de ellos en programas de madrugada; incluso los hay famosos, como ese, en pleno Camino a Santiago de Compostela, que escolta a los peregrinos que pasan cerca del río Sil, la conocida como Cruz de Ferro.

Yo aún recuerdo cómo, en una pequeña capilla, en la ribera del Miño, en la fuente que se escondía más allá del templo, siendo un niño, mi abuela me hizo buscar un guijarro que dejar encima del parapeto del caño.

* * *

Y para finalizar me gustaría compartir una última reflexión.

El tema central de esta historia es la confrontación entre progreso y civilización frente a tradición y naturaleza; confrontación entroncada con la manida sostenibilidad e incluso con el ecologismo.

Mi admirado Michael Crichton planteó algo similar con el progreso tecnológico en su famosísimo Parque Jurásico, preocupado por dejar un legado que por explícito no resultó, en absoluto, esclarecedor.

Su respuesta no se limitó a decantarse por blanco y negro, quedó en la más genuina gama de grises. Según él, las maravillas de la tecnología tenían un lado oscuro que debía hacernos alzar la ceja con respecto a la apabullante idea de que hoy en día todos llevemos en el bolsillo procesadores con mayor capacidad de la que tenían los ordenadores que se emplearon en los primeros tiempos de los viajes espaciales para que el hombre viajase a la luna. Y yo tengo que quedarme del lado del maestro en esta misma diatriba.

Me encanta abrir el grifo y ver salir el agua; es fantástico accionar un interruptor y dejar de estar a oscuras, y, si entorno los ojos, reconozco sin problemas la valía del derecho romano como antecedente de los ordenamientos jurídicos modernos o admiro cómo, todavía en tiempos

medievales, las calzadas romanas seguían siendo las principales vías de comunicación terrestre. Aun así, también puedo ver el lado oscuro, el desapego de la naturaleza, el desprecio hacia lo inferior, la evidente ansia de dominar al distinto. Y no puedo evitar fruncir el ceño. Me da la sensación de que los abundantes casos de saturnismo (el terrible envenenamiento que produce el plomo) en aquella Roma imperial, con casi un millón de habitantes, ponen en tela de juicio el uso del plomo en las tuberías, por maravilloso que fuera disponer de agua corriente.

Acaso había también algo de verdad en aquella cultura de los montes del noroeste que veían más razonable acercarse al manantial, pese a que resultase más incómodo. Y debe tener también algo de sentido entender al ser humano como un todo con la naturaleza que lo rodea...

En los últimos años, en diferentes universidades, han aparecido inquietantes estudios que demuestran (a través del análisis de los hielos de lugares como Groenlandia y otras zonas circumpolares) cómo, durante el auge del Imperio romano, hubo un grave problema de aumento de gases de efecto invernadero (especialmente metano), debido sin duda a los procesos industriales, sociales, políticos y económicos de la inmensa maquinaria que mantenía en pie al Imperio. Algo que no volvería a repetirse hasta muchos siglos más tarde.

Algo no tan distinto a lo que está sucediendo hoy en día.

Y, cuando se reflexiona al respecto, no puede evitarse juzgar el presente con la ayuda del pasado y plantearse preguntas cuya respuesta es, como poco, incómoda.

Para mí, al menos, resulta inquietante. En esa otra parte de mi vida más allá de los libros, como piloto de transporte de línea aérea, el trabajo me obliga a gastar toneladas y toneladas de combustible cada vez que hago un vuelo, y, al aterrizar, a veces, no puedo evitar preguntarme si el gasto ha sido razonable, si todos mis pasajeros necesitaban de verdad viajar hasta su destino, si no sería mejor despabilar una industria que, como sucedió con las bombillas incandescentes, se ha conformado por pura comodidad.

Y lo que más me desespera es que soy incapaz de dar con una respuesta. Me siento hipócrita y culpable a un tiempo, por señalar el

problema y no poder ofrecer una solución, y, más que nada, me siento incompetente... Sin embargo, pese a todas esas dudas, vivo perdido en los montes gallegos, rodeado de naturaleza y, con suerte, escuchando de tanto en tanto a los lobos.

* * *

Si ha llegado hasta aquí, querido lector, déjeme decírselo una vez más: gracias, muchas gracias.

Estoy a su disposición en las redes sociales o en mi correo electrónico, francisconarla@francisconarla.com.

OceanofPDF.com

Document Outline

  • Portadilla
  • Créditos
  • Dedicatoria
  • Cita
  • Mapa
  • BREO
    • Introducción
    • Estrabón, en el Libro III de Geografía
    • Amiano Marcelino, en Historias
    • Lucio Anneo Floro, en Epítome de la historia de Tito Livio
    • Estrabón, en el Libro IV de Geografía
    • Táin, en el Libro de Leinster
  • Cuaderno de notas

Terminaste Breo

Francisco Narla

Libros como este

Después del libro

Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.