Calígula

Pierre Lunel · Capítulo 2 de 6

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Calígula

Capítulo 12

Jerusalén, diciembre del año 36

Una mujer yacía en la cama, desnuda, con la cabeza vuelta de tal forma que no se le veía la cara. La débil luz de la lámpara danzaba sobre sus formas perfectas. Agripa creyó que se había extraviado en el laberinto del palacio y se había equivocado de habitación. De repente, la maravilla le presentó el rostro y entonces él reconoció los grandes ojos negros de Salomé. La había admirado a menudo desde su llegada, pero ella no se había dignado dirigirle la palabra. Aunque se parecía a su madre, era mucho más hermosa, pues los años aún no habían dejado su impronta en ella.

La joven lo miró con orgullo, como un niño que quiere que lo feliciten por una travesura.

–¡Buenas noches, príncipe! ¡Me has hecho esperar mucho!

Un deseo brutal barrió todo pensamiento de la mente de Agripa. Se quitó con precipitación la ropa y, sin una palabra, se abalanzó sobre ella. La joven le devolvió con pasión los besos. Por lo que a las lides amorosas se refiere, se reveló aún más imaginativa que Herodías.

–¿Y bien? – preguntó con una risita-. ¿Soy mejor que mamá? Al ver la turbación de él, prorrumpió en carcajadas-. ¡En todo caso, eso opinaba mi padrastro!

Agripa cobró bruscamente conciencia de la enormidad del error que acababa de cometer. Entre la madre y la hija había no sólo la animosidad vigilante que opone las beldades maduras a las que comienzan a florecer.

Desde que Salomé había seducido a Antipas para obtener la cabeza del profeta Juan Bautista, la enemistad había degenerado en odio.

–¿Sabes? – añadió-. No lo hice con él más que dos o tres veces. Él quería repetir, pero lo encuentro demasiado feo. A mí me gustan los hombres guapos.

Le hizo pasar una noche ardiente. Al despuntar el día, la inquietud se apoderó del príncipe. Herodías, que para guardar las apariencias se abstenía de recibir a su amante en su apartamento, lo visitaba en sus aposentos, y a veces era muy madrugadora.

–¡Es hora de que te vayas! – murmuró al oído de la muchacha-. Procura que no te vean.

Ella no le respondió. Dormía como una niña. Agotado, Agripa se dejó vencer por el sueño. Cuando despertó, constató con pavor que la luz inundaba la habitación.

–¡Salomé, levántate de una vez!

La joven entreabrió un ojo, y él tuvo la impresión de que fingía despertarse.

–¡Pues sí que has adquirido malas costumbres en Roma! – protestó ella-.

¡Aquí, nos levantamos tarde!

–Tu madre puede llegar de un momento a otro.

–¡Que venga! ¡Sí, que venga! ¡Será divertido!

–Pero ¡estás loca! Si te encuentra conmigo…

Ella le sonrió por toda respuesta. No cejaría en su propósito, estaba claro. Si Herodías aparecía, no cabía esperar sólo los gritos de una amante celosa.

Era el tipo de mujer que se vengaría de la afrenta. Agripa se estremeció.

Apartó la vista de la joven obstinada en dormir, se vistió a toda prisa y pasó a la antesala.

–No dejes pasar a nadie hasta mi regreso -ordenó al criado que acudió a su encuentro.

Aunque jamás hasta entonces había entrado en la alcoba de Herodías, entre dos males había que elegir el menor. Algunos domésticos se afanaban en la gran construcción que honraban con el nombre de palacio. Agripa recordó que la terraza rodeaba la totalidad del primer piso y que se podía acceder a ella sin dificultad. Decidió intentarlo. Emprendió el recorrido pero pronto hubo de detenerse, pues una pared de mármol esculpido protegía la terraza privada de la habitación. Al príncipe no le quedó otro medio que trepar por ella, y necesitó varias tentativas para lograrlo. Estupefacta, Herodías lo vio franquear la gran puerta acristalada.

he sufrido una pesadilla espantosa -anunció él, recuperan do el aliento.

–¿Una pesadilla?

Sí, tú rechazabas mis besos. Al despertar, estaba tan desazonado que no he tenido la paciencia de esperarte.

–¿Rechazarte, yo? ¡Qué desatino! ¡Estás muy pálido!

–Un mal sueño. Ya me siento mejor.

Enternecida, se arrojó a sus brazos y lo llevó hasta la cama. Sus escarceos nocturnos lo habían dejado demasiado cansado para hacer buen papel.

–Es ese maldito sueño -aseguró apesadumbrado-. Creo que me ha alterado más de la cuenta. ¡Perdóname!

–No es grave. Esto les ocurre hasta a los más viriles de los hombres. Es más frecuente de lo que uno cree.

Agripa intuyó que ella se reprimía para no exponerle algunos casos

parecidos extraídos de su dilatada experiencia.

–El tetrarca está fuera de sí -comentó Herodías-. Ha estallado una sublevación en Samaría. Unos judíos devotos han matado a varios romanos y el país está convulsionado.

–¡Perfecto!

–Lo malo es que Simón se ha puesto al frente de los insurgentes. Asegura que Moisés le ha ordenado en sueños defender las sinagogas.

–¡Qué locura! ¡Esperemos que no lo maten! Herodías, que no era de las que se dan fácilmente por vencidas, se aplicó a fondo, pero en vano.

Avergonzado por su inercia, el príncipe recurrió a la imagen de Salomé desnuda sobre su cama. Enseguida, oyó una voz extasiada.

–¡Una torre! ¡Ya te había dicho que no era grave! Agripa pasó los días posteriores en un estado de continua zozobra. Cuando Salomé lo encontraba en compañía de su madre, se divertía maliciosamente lanzándole miradas de complicidad. Lo salvo de este tormento un liberto de Tiberio, que llegó con la misión de regresar a Capri con él y con el mago, a bordo de un barco rápido de la flota.

–Simón tardará unos días en volver -le informó Agripa-.

¿Debo esperarlo?

–No. Esa contingencia estaba prevista. Tengo órdenes de partir mañana mismo con o sin ese hombre.

En otras circunstancias, el príncipe se habría sentido muy contrariado, pero dada la situación experimentó un gran alivio.

Capri, enero del año 37

No bien puso Agripa un pie en la plataforma de madera que hacía las veces

de muelle en el minúsculo puerto de la isla, Calígula lo saludó con un cordial: «¡Ave, venerado maestro!» Conmovido por el hecho de que se hubiera tomado la molestia de ir a recibirlo, el príncipe lo siguió hasta la villa de Capricornio para celebrar su reencuentro. Lo conocía lo bastante bien para percibir que se había producido algún acontecimiento importante en su ausencia. Detrás de la angustia que, normalmente, el joven conjuraba mediante una actividad febril y bromas incesantes, Agripa atisbo una especie de aplomo.

–Y bien, príncipe, ¿no has traído pues a ese ser prodigioso cuya llama debe quemar el mundo?

–¿Lo sabes entonces? Creía que sólo Tiberio…

–Oh, yo sé muchas cosas. ¿Dónde está el mago?

–Vendrá más tarde en otro navío.

–¿Cómo es?

–Se llama Simón. Es un taumaturgo dotado de prodigiosos poderes.

Endereza a los jorobados y transforma los bastones en serpientes.

–Haría mejor en convertirlos en lingotes de oro -observó Calígula con una sonrisa burlona-. ¿Te ha reportado riqueza tu misión?

Todavía no. Me he quedado sin un as. ¿Aún sabes hacer trampas a los latrunculi?

–Ése es un talento que no se pierde.

–En tal caso, estás salvado. A Claudio le faltan contrincantes. Esa gallina gorda es fácil de desplumar.

Al día siguiente, el príncipe acudió a presentar sus respetos a Claudio. El contrahecho de la familia imperial siempre le había manifestado su

simpatía. Cultivado y libidinoso a un tiempo, apreciaba la compañía de un hombre capaz de conversar tanto de chicas como de gramática.

–Cuentan que has abortado una revuelta en Samaria. Todo el mundo admira tu habilidad.

–¿Tiberio te ha hablado de ello?

No. No ha dicho una palabra; me he enterado en las oficinas.

No te conocía ese talento.

–Prefiero distraerme con otras ocupaciones. Jugando a los la-trunculi, por ejemplo.

–¡Pues vienes como caído del cielo!

La partida se prolongó unas seis horas. Si bien el ave resultó más difícil de desplumar de lo que había afirmado Calígula, el príncipe logró embolsarse una fuerte suma.

Hubo de aguardar casi una semana a que el emperador le concediese audiencia. Cuando lo vio, quedó asombrado por su deterioro. El hombre de edad pero sano que recordaba se había convertido en un viejo cuyo aspecto proclamaba a voces que le quedaba poco tiempo de vida.

Tiberio correspondió a su saludo con un gruñido. Parecía de pésimo humor.

–¿Por qué compareces sin Simón?

–Llegará sin tardanza, César. No me fue posible impedirle que partiese a Antioquía, donde sus discípulos le preparaban un homenaje.

–¿Estás seguro de que se trata del hombre del que hablaba Trasilo?

–Todo indica que sí. Obra milagros. Realizará alguno ante ti-¡Ya veremos,

ya veremos! Confío en que no te hayas equivocado. ¡Sería lamentable!

Puedes retirarte.

El emperador no había mencionado siquiera el asunto de Samaria, y menos aún la gratificación esperada. La corona del gran Israel nunca había estado más alejada de la frente del príncipe.

Se apresuró a ir en busca de noticias. Claudio no le había mentido: todos estaban al tanto de su proeza. Calisto le notificó que había precipitado la caída en desgracia de Pilatos y de Antipas. El emperador, muy enojado con ellos, tras acusarlos de incuria e imprevisión, los había convocado en Capri.

Cuando anunciaron la llegada de un navío procedente de Cesa-rea, Agripa, temblando ante la posibilidad de que Simón no figurase entre los pasajeros, corrió hacia el puerto. El primero en desembarcar fue Antipas, seguido de Herodías, que lucía un maquillaje escandaloso, y Salomé, que, visiblemente enfurecida, descargaba el mal genio contra sus criadas. El tetrarca estaba pálido como un condenado al suplicio. Pilatos apareció poco después. Con mala cara también, caminaba ayudado por un criado. Agripa saludó a los recién llegados y, entre las frases de cortesía de rigor, Herodías le informó de que Simón iba a bordo. Después los altos personajes se acomodaron en las literas que los aguardaban.

El mago fue el último en salir del barco. Era un hombre de gran estatura y apuesto, cuyos ojos despedían el brillo propio de los adivinos. Llevaba la cabeza rapada y una túnica de lino blanco como los sacerdotes de Isis.

Agripa lo guió a su casa a fin de prepararlo para la entrevista con el emperador.

–¿Has reflexionado bien sobre lo que vas a decirle?

–¡Hombre de poca fe! – exclamó Simón, con una piadosa sonrisa-. ¿Acaso crees que tengo necesidad de reflexionar?

–Estate atento. Es muy desconfiado. Va a interrogarte sobre un gran número de cuestiones acerca de una eventual destrucción y reconstrucción de Roma.

No le digas nada que pueda ofenderlo. No olvides que tiene un buen concepto del rabino Yeshua.

–Todo eso ya me lo advertiste. Pierde cuidado. En cuanto me Vea actuar, sabrá quién soy.

–Sobre todo, no le hables de Samaria. Podría considerarte amigo de los rebeldes.

–Pero ¿por quién me tomas, príncipe? Que no soy un niño…

Agripa le hacía las últimas recomendaciones cuando un doméstico del emperador se presentó para avisar a Simón que el emperador lo esperaba.

–Después de la entrevista, vuelve aquí a informarme sin demora-le pidió el príncipe.

Pasó las horas siguientes atenazado por la inquietud. Cuando Simón regresó, ya había caído la noche. El mago iba con el pecho henchido.

–¿Y bien? ¿Qué ha dicho Tiberio?

–Primero manda que me laven los pies y me den de beber. Después te explicaré todo cuanto desees saber.

No bien depositaron los esclavos las copas y la jofaina a sus pies, Agripa volvió a la carga.

–Entonces, ¿hablarás por fin?

–Me ha reconocido. Soy la persona que esperaba.

–¡Me quitas un gran peso de encima! ¿Qué te ha dicho exactamente?

–Nada.

–¿Cómo, nada?

–Ha comprobado de qué soy capaz. No ha reprimido un grito de sorpresa al verme transformar los bastones en serpientes. Se adueñó de él tal estupor que se quedó sin habla. Hemos conversado sobre cuestiones diversas. Al final, me ha concedido permiso para retirarme y ha aseverado que pronto recibiré noticias suyas.

–¿Sobre qué habéis conversado?

–Nada digno de comentarse. Ah, sí, ahora recuerdo que me ha preguntado sobre Yeshua.

–¿Y qué le has dicho?

–Que era un impostor cuyas mentiras impresionaban a los espíritus débiles.

–¡Desgraciado! ¿Y qué ha respondido?

–Nada. Ha soltado una risita. Nada más.

–¿Se ha reído?

–Sí. Se burlaba de Yeshua.

Un escalofrío le recorrió el espinazo a Agripa. Iba a intentar averiguar más cuando un esclavo los interrumpió desde el umbral.

–Amo, en la puerta hay cuatro soldados y un centurión que tienen órdenes de conduciros a casa del emperador, a ti y a tu huésped.

–Me envía una guardia de honor -se pavoneó al mago-. Sin duda quiere que me aloje cerca de él a fin de proseguir nuestra conversación. Todavía me quedan muchos trucos que enseñarle, pero le diré que necesito descansar.

¡Sólo faltaría que me tratara como a un criado!

Cuando salieron, el centurión los saludó y los soldados los rodearon en silencio. La villa de Júpiter estaba tan cerca que era natural recorrer el camino a pie. Al llegar, se disponían a dirigirse hacia la gran puerta cuando el oficial los paró en seco con un gesto.

–¡No! ¡Por aquí!

Les indicó una portezuela situada a un lado de la villa, tan bien disimulada que Agripa nunca había reparado en ella.

–César ha ordenado que paséis por aquí.

Entraron en una habitación reducida iluminada por un cabo de vela y que olía a humedad. La puerta se cerró con estrépito tras ellos. Agripa examinó aquel inhóspito lugar. Había anillas fijas al muro, y el suelo estaba cubierto de paja.

–¡Este centurión está loco! – exclamó el mago, sin perder un ápice de altanería-. Me quejaré a Tiberio para que lo castigue.

Agripa se tomaba con filosofía el contratiempo. Cabía esperar cualquier cosa de Tiberio.

–¿Estás seguro -preguntó con socarronería- de que el emperador te ha reconocido como la persona a la que buscaba? ¿Sigues pensando que se burlaba del rabino Yeshua?

–¿Cómo osa tratarme así? ¡Hacerme esto a mí!

El mago, que corría de una pared a otra como un abejorro atrapado en una copa, se detuvo para recriminarle:

–¡Me has hecho venir aquí para que me encierre en un calabozo! ¡Me habías prometido una recompensa, y mira dónde estoy!

Sólo pasaron una noche en aquella celda. Al día siguiente, por la mañana,

Calisto acudió a liberarlos. Se inclinó ante Agripa con una obsequiosidad tras la que se adivinaba un esfuerzo por contener la risa.

–Eres libre, príncipe. Tu amigo embarca mañana hacia Cesa-rea. Tiberio desea hacerle saber que unos cuantos días remando serán muy beneficiosos para su salud.

Antes de abandonar al mago, sumido en lamentos, Agripa le asestó el golpe de gracia:

–Seguro que conoces algún truco genial para abrir puertas o atravesar murallas. Seguro que sabes transformar un pedazo de paja en llave. ¡Éste es el momento para poner esa habilidad en práctica!

Tras un instante de vacilación, en lugar de regresar a su casa, decidió hacerle una visita a Calígula. La villa de Capricornio ofrecía el espectáculo de un decorado de teatro devastado. Uno de los sirvientes le comunicó que el amo acababa de retirarse a su habitación. Mandó que lo anunciaran. Su antiguo alumno, que se estaba desvistiendo, escuchó sin interrumpirlo el relato de su percance nocturno.

–Veamos si te he entendido: ¿ese tal Simón no es el hombre que busca Tiberio?

–¡Por desgracia, no! A pesar de todo es un gran mago. ¿Por qué tuvo que ponerse a hablar de ese maldito rabino? Supongo que soltó otras inconveniencias.

Calígula se acostó en la cama.

–Apártate un poco, te lo ruego. ¡Apestas como si te hubieses acostado con un chivo! Ay, mi venerado maestro, te creía más sutil. ¿Cómo has podido imaginar por un instante que un ilusionista era el prodigioso ser que espera el mundo? Eres un poco corto de entendederas. A propósito, ¿sabes que Tiberio ha destituido a Pilatos y a Antipas? Los envía exiliados a la Galia.

–¡Les está bien empleado! ¿Quién es el nuevo tetrarca?

–Aún no lo ha nombrado. ¿Quieres que interceda en tu favor, oh mi venerado maestro?

Agripa no sonrió. En ocasiones, su ex alumno ponía a prueba su paciencia.

Miseno, febrero del año 37

Como si quisiera desmentir los rumores que corrían sobre la inminencia de su muerte, durante la breve travesía de Capri a Mise-no, Tiberio se paseó por el puente con paso firme. Luego se mostró curioso y divertido durante el recorrido de la villa de Apicio.

El ilustre gastrónomo había decorado su palacio campestre como uno de los gigantescos y elaborados pasteles que se servían en su mesa. Para los romanos, pueblo de campesinos enriquecidos, el lujo residía en lo complicado y lo rebuscado. En sus jardines, lo más alejados posible de la naturaleza, abundaban las grutas artificiales, los surtidores de agua coloreada, las estatuas, los macizos de flores raras, los árboles recortados en formas fantásticas de hipopótamos voladores o de serpientes con patas.

Tiberio se paseó entre tales maravillas, fascinado.

Se había convocado a todos los miembros de la familia imperial a escuchar la lectura del nuevo testamento, a excepción de Drusila. Calígula percibió en ello una pequeña muestra de crueldad del viejo: pensaba privarlo de su hermana querida hasta el último día de su vida. Se esperaba de un momento a otro a Antonia, que se había retrasado a causa de un ataque de gota.

Todos habían comprendido que el final estaba próximo. Los criados se preparaban ya para llevar luto. Lesbia había dejado de reír. Agripina exhibía su vientre redondeado con el orgullo de un centurión portaestandarte, apuntando hacia delante con su mentón cuadrado. Aparte, se esforzaba por calmar a Ahenobarbo, que amenazaba con ir a cantarle cuatro verdades a Tiberio.

A finales de mes, Tiberio había mandado llamar al jefe de las cocinas.

Jamás en Capri lo había honrado con una entrevista privada, ya que su mesa constituía la menor de sus preocupaciones. La entrevista duró tanto rato que todos quedaron intrigados. A su salida, el hombre parecía atónito, pero se negó a efectuar la menor confidencia y circuló entre sus cocineros y pinches una consigna de silencio tan rigurosa que nadie logró averiguar nada. A Claudio, que, aguijoneado por la curiosidad, merodeaba por las cocinas, le cerraron el paso dos guardias germanos. Aquellos rubios brutos debían de haber recibido órdenes de Tiberio en persona.

–Pero ¿qué estará tramando? ¿Acaso se dispone a envenenarnos a todos?

Desde aquella noche que pasó sobre la paja del calabozo de Capri, Agripa le guardaba rencor a Calígula por haberse burlado de su mal trance.

–Yo no sé nada. Pregúntale a Laverna -respondió encogiéndose de hombros.

En el panteón latino, en consonancia con el talante utilitario de aquella civilización, cada divinidad desempeña una función precisa. La diosa Laverna era la especialista en trapacerías, engaños y mentiras. Puesto que disimulaba lo esencial, la representaban unas veces como un cuerpo sin cabeza y otras como una cabeza sin cuerpo. Siempre la invocaban en silencio.

–Jenofonte asegura -prosiguió Calígula- que a Tiberio le queda muy poco tiempo. No es ésa la impresión que da. Por lo visto, ha recuperado el apetito.

–Tal vez prepare un lectisternio.

–Ah, no. Habrían colocado estatuas.

En circunstancias excepcionales, acostaban las estatuas de los dioses en camas frente a mesas guarnecidas de manjares y flores. Así agasajados, los divinos comensales manifestaban su buena disposición hacia los mortales.

El festín fue servido en el mayor de los cinco comedores de la villa. Aquel santuario de la gastronomía estaba decorado con un gigantesco cuadro en el que Baco, coronado de sarmientos, agitaba una cepa de vid en dirección a una mesa rebosante de manjares. Bajo cada plato estaba inscrita la mejor procedencia: pavos de Samos, faisanes de la ribera del Phasis, cabritos de Ambracia, atunes de Calcedonia, jade de Galia y salchichones de Iberia.

Calígula interpretó como un desaire que el emperador dejase a Gemelo recostarse a su derecha.

–Demos las gracias a los dioses por habernos reunido -dijo Tiberio en tono afable-. Estos últimos tiempos he estado enfermo. Ahora me siento mejor, mucho mejor. ¡Que comience la fiesta!

Una larga fila de pinches entró en la estancia. Portaban bandejas, como de costumbre, aunque en esta ocasión no transportaban en ellas jabalíes asados o pavos con la cola desplegada. Los sirvientes dispusieron sobre la mesa central varias decenas de platos que junto con las guarniciones componían una estudiada armonía de color que iba del verde claro al púrpura. No faltaba allí verdura alguna: rodajas de pepino en salmuera en sus recipientes de reluciente cerámica, acelgas alargadas, apio caballar de raíz carnosa, chirivía silvestre que agasaja el paladar y cebolla albarrana, que, según se dice, posee propiedades digestivas. Había coles que estaban dispuestas en cuadrados como un manípulo de legionarios: coles de Cumas de cabeza acampanada, coles de Bruttium de enormes hojas, coles de Alicia de diáfanas hojas, coles tiernas de Pompeya, de dulce sabor. Los brotes de orobanca, de lúpulo o de fresal alineados como en desfile acompañaban los tallos de enredaderas y de cardos silvestres, cardos borriqueros fritos, puerros de Tarento sumergidos en aceite. Unas escudillas de oro contenían humildes gachas de cebada, espelta, espinacas o habas, así como el alioli que se servía en las tabernas de la Suburra. Cada una de las cincuenta y cinco verduras que enumera Apicito en su tratado estaba presentada en todo su esplendor. Los comensales se miraban, sin saber qué actitud adoptar.

¿Había que tomárselo a broma o no?

–Ya sabéis en cuánta estima os tengo a todos -declaró Tibe-no, burlón-. Por

eso me preocupo por vuestra salud. La carne estriñe y el vino enturbia las ideas. Las verduras son saludables. Yo las consumo en abundancia a fin de dejaros lo más tarde posible. ¿Qué Piensas tú de ello, Cayo? ¿Puedo esperar vivir aún mucho tiempo gracias a este régimen?

–Eso es lo que deseamos todos.

No lo dudo. Agripina, hazme el favor de probar este rábano blanco. Livia, que lo comía todas las mañanas, vivió ochenta y seis años. ¡Lesbia, cuidado con la malva! Fue la causante del último coco de Cicerón. ¡Los cólicos no son buenos para las chicas bonitas!

Se volvió hacia Ahenobarbo, que se había tomado el menú como una afrenta y se negaba de forma ostentosa a probar bocado.

–¡Ah, no sales nada caro a tus anfitriones! Si todos los invitados de ese pobre Apicio te hubieran imitado, no se habría suicidado después de caer en la ruina.

Sin aguardar respuesta, pasó a Claudio que, aquejado de una voracidad crónica, estaba concentrado engullendo unas gachas de avena.

–Tú, como historiador, ¿cuál dirías que es la verdura más antigua de nuestra cocina romana?

–El rábano. Se cuenta en los anales que un tal Curio Dentato recibió a los samnitas, que habían venido a comprar su alianza con oro, sin dejar de saborear un rábano asado.

–A Augusto le gustaba mucho el rábano hervido -observó Tiberio, a quien parecía encantar aquel tema de conversación-. Lo acompañaba de queso de cabra. Yo he probado su receta, pero me produce gases. Por lo visto no tengo nada en común con la raza cabruna.

Los asistentes se estremecieron al oírlo aludir al infamante mote que le aplicaban en Roma. La misma palabra caprineus designaba, en efecto, al

lúbrico macho cabrío y al habitante de Capri.

Fijando la mirada en Calígula, Tiberio cambió entonces el tono de guasa por uno de amenaza.

–Mañana por la mañana, os comunicaré las decisiones que he tomado. Os quedaréis muy sorprendidos. Uno solo de entre vosotros tiene motivos para inquietarse.

Se puso en pie rehusando la ayuda de su doméstico y salió de la sala, dejando a los comensales entregados a acalorados comentarios.

–Va a reinstaurar la República -susurró Ahenobarbo a Agripina.

Lesbia, que había advertido cómo se alteraba el semblante de su hermano, acostado a su izquierda, se inclinó con inquietud hacia él.

–¿Qué debe de significar esto?

–Nada. Nada en absoluto -contestó éste, de nuevo con su habitual máscara de indiferencia.

En realidad, estaba paralizado por el pánico. ¿Y si Trasilo se había equivocado? La insinuación del emperador quedaba clara. Se proponía exiliarlo, matarlo tal vez. Convenía actuar sin demora.

Cuando llegó a su habitación, Tiberio se sentía tan exhausto que apenas le restaban fuerzas para levantar los brazos a fin de dejarse desvestir por su criado. Un vez solo, suspiró, como quien culmina por fin una pesada tarea.

Al recordar el espectáculo que acababa de escenificar, rió por un momento entre dientes. Había ofrecido un simulacro de festín a un remedo de familia.

Había terminado con ellos y no volvería a verlos antes de que la Parca cumpliera con su cometido. Lo que le faltaba por llevar a cabo en este mundo se reducía a poco.

El pergamino estaba desplegado sobre la pequeña mesa. Tras verter las gotas de agua sobre los oscuros granos que machacó con la punta redondeada del cálamo, escribió con mano temblorosa: «Recomiendo al Senado y al pueblo de Roma que confíen el Imperio a mi hijo Cayo.»

Fue a acostarse en la cama pensando en Augusto. Antaño, también él había trazado a disgusto las irrevocables palabras, con las que sellaba su elección del hombre a quien detestaba. Cayo estaba corrompido por los vicios, pero, como no había dejado de constatar Jenofonte, su demencia era fingida.

Poseía una inteligencia aguda, apta para comprender cualquier cosa, y, por encima de todo, la cualidad imperial por excelencia: el prodigioso arte del disimulo. Reinaría con dureza sobre un mundo que no merecía la templanza. Su cuna hacía de él un sucesor legítimo y, entre todos esos mediocres, era el único con madera de emperador. Un día caería en la cuenta de que el Imperio era un caramelo envenenado, y el poder supremo, una maldición. Ése sería su castigo.

Tiberio se durmió sumido en estas reflexiones. En mitad de la noche, lo despertó un violento dolor en la mano derecha. Intentó liberarla de la tenaza que le arrancaba el anillo, pero no le dio tiempo. Algo blando y pesado a la vez le aplastaba la cara. Se asfixiaba. Para comprender que lo estaban ahogando con una almohada, hubo de hacer el último esfuerzo de su vida.

Miseno, 11 de marzo del año 37

Antonia pidió que la dejaran a solas con el cuerpo del emperador. Envuelto en su manto púrpura, reposaba sobre una espesa capa de nieve traída de las montañas. Al contemplar aquel rostro desfigurado, lamentó haber llegado demasiado tarde. Si el destino no le hubiera deparado un final tan cruel, ella lo habría asistido hasta el último momento; habría corrido la cortina de los párpados sobre los grandes ojos azules que con tanto afecto la miraban en otro tiempo. No debió haberse limitado a escribirle. Mejor habría sido reunir las fuerzas para volver a verlo. Habrían llorado juntos. Su odio se rasgaba a tiras como un vestido gastado. De improviso tomó conciencia de que siempre había temido la muerte de Tiberio pues, en cierto modo, era él

quien la mantenía apegada a la vida.

Se disponía a marcharse cuando un detalle le llamó la atención. Al anciano le habían cruzado las céreas manos sobre el pecho de una forma poco natural, como si más que juntarlas hubieran querido superponerlas. Se agachó y, sin vacilación, levantó la mano izquierda para dejar al descubierto la diestra. En medio del anular, la piel presentaba una franja de color distinto al del resto del dedo. Lo rascó con suavidad con la punta de la uña, recogiendo una pizca de materia blanquecina que reconoció al instante. Era albayalde, que habían utilizado como maquillaje sobre la piel desgarrada.

Le habían arrancado el anillo. Tiberio había matado a su hija y ahora alguien lo había matado a él. No era sino un acto de justicia.

Avergonzada por haber incurrido en tales pensamientos, le colocó las dos manos en la posición en que las había encontrado y retrocedió un paso. ¡No, no iba a convertirse en cómplice moral del crimen! No quería acordarse más que de los lejanos días en que Tiberio no era aún emperador. Cuando Druso había sufrido una herida de muerte al caer del caballo, en los confines de Germania, él había cabalgado día y noche para llegar a tiempo junto al lecho del amado hermano. Le había prometido velar por su viuda y su hija, y había cumplido su palabra. Entre una campaña y otra, había colmado la infancia de Livila con su tosca adoración.

Antonia reconoció para sus adentros que en cierta época había estado casi a punto de enamorarse de él. Luego sobrevino la desgracia: lo habían erigido emperador. Ella lo oyó maldecir la decisión de Augusto al escogerlo como heredero. ¡Y al final había muerto asesinado, odiado por todos, como una bestia acorralada! El anillo que simbolizaba el poder supremo le había atraído la mala suerte hasta el último instante. El muchacho vicioso cuyo incesto ella había descubierto se lo había robado. ¿Qué uso pretendía darle antes de que se lo arrancasen a su vez? La recorrió un escalofrío. Cayo no debía enterarse de que ella había descubierto su secreto.

Sin dejar traslucir la menor emoción, regresó a los aposentos que le habían asignado. Decidió, antes de nada, informarse sobre lo sucedido la noche anterior. Pidió a una doncella que fuera en busca de Gemelo. Tras llegar a la

conclusión de que era hijo de Sejano, no había querido volver a verlo, pero había desechado ya esa quimera. Era su nieto y corría peligro de muerte. El niño erraba por la villa, donde nadie le prestaba atención.

–Ten valor -le exhortó, abrazándolo-. Recuerda que tu padre fue un héroe.

Al oír estas palabras, pensadas para reparar la prolongada injusticia que se había cometido contra él, Gemelo se ruborizó de orgullo.

–El tío Tiberio nunca hablaba de él. Ay, ¿por qué se ha muerto tan de repente? Anoche parecía encontrarse mejor.

–Estaba muy enfermo. Las Parcas no olvidan a nadie, ya lo sabes. ¿Quién lo cuidó durante estos últimos tiempos?

–Jenofonte.

Antonia conocía la fama de ese médico intrigante, aficionado a las carreras de caballos y mujeriego, sobre el que pesaba la sospecha de haberse apropiado de la herencia de algunas de sus dientas.

–Me han contado que anoche estuvisteis invitados todos a un banquete.

Cuéntame cómo fue.

–No había nada de carne y todos se quedaron muy sorprendidos. Domicio Ahenobarbo no quería comer nada, porque aborrece las verduras. El tío Tiberio le explicó que eran excelentes para la salud y que comiéndolas se podía vivir más tiempo. Dijo que Livia murió muy vieja porque le gustaba mucho el rábano blanco. Bromeó con el tío Claudio y se fue antes del final porque se sentía cansado.

–¿No dijo nada más?

–No, abuela. ¡Ah, sí! Que iba a darnos una gran sorpresa mañana. Bueno, quiero decir hoy.

–¿Una sorpresa?

–Sí. Seguramente se refería a que había elegido a Cayo. Supongo que ya no lo veré mucho. No sé adonde voy a ir.

–No te preocupes. Le pediré que te permita vivir cerca de mí en Roma.

–¿Con Helena?

–Sí, con tu hermana.

El niño se arrojó a sus brazos. No, no se parecía en absoluto a Sejano, el desvergonzado amante de su hija, concluyó, reprochándose lo injusto de su actitud anterior.

Estaba absorta en estas reflexiones cuando Calisto acudió a avisarla de que el emperador la esperaba. Se sobresaltó antes de comprender que se trataba de Calígula. La multitud había invadido la villa, por lo que dos guardias germanos tuvieron que abrirle paso. Cuando entró en la más espaciosa de las salas del primer piso, Calígula se le acercó, con las manos tendidas en señal de bienvenida. Puesto que no se le permitía vestir la púrpura antes de su unción por parte del Senado, el nuevo emperador llevaba una de sus togas de joven elegante. Los ojos de Antonia enseguida se posaron en el anillo. Al recordar el dedo desollado de Tiberio, hubo de recurrir a todo su temple para reprimir un ademán de repugnancia.

–Mi gozo es grande al saberte por fin entre nosotros después de tan larga ausencia. Por desgracia no pudiste hacer más llevaderos los últimos instantes de Tiberio. ¡ Ah, qué pérdida para nosotros y para el Estado!

En el aplomo de la voz y el brillo de los ojos, ella adivinó su felicidad.

–Yo también lo lamento, y te doy las gracias por tu acogida, César.

–Llámame Cayo, como antes. Yo no olvido que me brindaste tu hospitalidad cuando era niño. Tiberio padecía cada vez más, y este final apacible es el que deseaba.

–¿Te encontrabas cerca de él en el momento de su muerte? – ¡Por desgracia, no! Nos dejó anoche después del banquete que había ofrecido a la familia y al que habrías asistido de no ser por tu indisposición. De hecho, no te he preguntado cómo sigues. Perdona mi falta de modales.

A Antonia le produjo la impresión de que se burlaba de ella. – Como ves, no sufro dolor al caminar.

–Me alegro. Como te decía, se había retirado a su habitación. Me mandó llamar para entregarme su anillo y me pareció fatigado, pero yo estaba tan emocionado que confieso que no tenía las ideas muy claras. En todo caso, no advertí nada inusual en él. ¡Se había mostrado tan contento durante el festín, tan gracioso! ¡Un festín de verduras! Pídele a Claudio que te lo cuente; él fue quien le dio réplica. La escena resultó un regalo para el espíritu. Y luego, en plena noche, la Parca cortó su hilo. Jenofonte asegura que murió sin darse cuenta. ¡Qué pérdida!

–Sí, es una gran pérdida. ¿Qué medidas has adoptado? – Vamos a transportar su cuerpo a Roma mañana mismo. La pira se encenderá en el Foro. Recibirá un funeral digno de un gran emperador; quiero que sea tan espléndido como el de Augusto. Tú ocuparás el lugar que te corresponde.

Siempre he deplorado tu distanciamiento de la familia, pero esos tiempos han quedado atrás. Será un placer para mí concederte cuanto me pidas.

–Te lo agradezco -contestó ella, pronta a tomarle la palabra-• Gemelo está muy afectado por la muerte de su tío abuelo. Me gustaría que se instalara en mi casa.

Le pareció que el rostro de Cayo se ensombrecía, pero fue algo tan breve que no estaba segura de lo que había visto.

–¡Mi querido Gemelo, qué niño más delicioso! Por supuesto que sí,

acógelo. Estará muy bien en tu casa.

–No quisiera abusar de tu tiempo, Cayo. Debo regresar a Roma mañana.

–Es cierto, tengo mucho quehacer. Pues bien, ya nos veremos allí. Para mí, que debo acompañar el cadáver, la ruta será larga. Cuídate, mi querida Antonia.

Le sonrió de una forma tan extraña que a Antonia la asaltó la sensación de no haber logrado ocultarle que había descubierto el asesinato.

Cayo la miró cruzar el umbral, digna y erguida como una vestal.

Decididamente, no había cambiado. Ya le enseñaría él que había dejado de ser un objeto decorativo a su merced.

De pronto le vinieron ganas de ver a Enia. Al menos ella nunca había dudado de él. Le mandó un recado pidiéndole que lo esperase en una pequeña habitación adornada con máscaras en la que había reparado al explorar la villa. Macrón iba a pasar el día en el camino a Roma preparando el itinerario de la comitiva fúnebre. Por otro lado, el que llegara a enterarse de su infortunio carecía ya de importancia. Nadie se venga del emperador.

Cuando él entró en la habitación, Enia se lanzó radiante a sus brazos. Era la primera vez que se encontraba con él en privado desde la muerte de Tiberio.

–¡Eres el bienamado de los dioses, César!

–Cayo. Para ti, sigo siendo Cayo.

Riendo por el temblor que la premura le provocaba en las manos, ella lo ayudó a desabrocharse la estricta túnica que llevaba en aquellos días de luto. Calígula la arrojó sobre la cama. Ella experimentó una voluptuosidad que se le antojó más fuerte y más elevada que de costumbre, como si la poseyera un dios.

–No poseo el físico adecuado para el cargo -declaró él de improviso. Se

levantó para exhibir su desnudez como un esclavo a la venta-. Mis brazos son peludos como los de un oso. ¡Tengo piernas de halcón y el pecho hundido! Se me está cayendo el pelo.

»¡Talía y Melpómene -invocó, volviéndose hacia las musas pintadas en la pared-, acudid en mi auxilio! Vosotras sabéis, divinas hijas de Zeus, que siempre os he querido. Ayudadme a representar el papel de emperador.

–¡Pero si tú eres el emperador! No estás obligado a representar un papel.

–Cierto, pero tengo un público. Muchos comedores de ajo y, como en el teatro, las primeras filas para los espectadores de calidad. He cambiado de escenario, nada más.

–Todo el mundo te aplaude.

–El público adolece a menudo de mal gusto -señaló mientras se ponía el licium-. ¿Y acaso es mi lancea comparable a la de Hércules, eh?

Enia se echó a reír simulando un gesto de espanto. – No, y doy gracias a los dioses por ello. La pobre Onfalia debió de pasar momentos duros. ¡Eso sería demasiado! Existen por todas partes gladiadores más musculosos que tú. ¿Crees que a los dioses les interesan los cabellos y los músculos de un mortal cuando deciden ascenderlo a su misma categoría?

Con un tic habitual en él, Calígula se aplastó la rala cabellera. – ¡Aun así, no sé…! Si esto continúa, habré de llevar peluca. – Serás calvo como Julio César. ¿Crees que eso le importó mucho? Tú serás más grande que él.

Se sentía investida de una misión peligrosa y exquisita a un tiempo. Iba a ayudar al hombre al que amaba a asumir el prodigioso destino que su padre le había anunciado.

Miseno, 15 de marzo del año 37

–¡Un inútil que no ha sido nunca cuestor! ¡Y el Senado lo ratifica sin que

haya habido siquiera debate!

La cólera de Ahenobarbo no remitía desde que le habían comunicado la noticia. Había abrigado la esperanza de que Tiberio muriese sin dejar testamento y ni por asomo habría imaginado que designaría a Calígula. No obstante, cuando éste, con el anillo imperial en el dedo, había exhibido las dos líneas de la escritura del difunto, el ejército, el Senado y el pueblo habían cerrado filas en torno al nuevo dirigente sin la menor vacilación.

–¿Un inútil? – protestó Agripina, herida en su orgullo familiar-. Es muy inteligente. Y es el hijo de Germánico.

–¡Un hijo degenerado!

–¡Pues más vale eso que ser el hijo de un borracho!

Su irascible marido se disponía a propinarle una bofetada cuando se vieron interrumpidos por la llegada de un esclavo imperial portador de una carta.

Al leerla, la ira del senador se esfumó al instante.

–Escucha esto: «Tengo gran necesidad de tus consejos y de tu experiencia, mi querido Domicio. ¿Consentirías en prestarme ese favor de inmediato? Te espero. Tu Cayo.» ¿No te lo decía yo? Tocar la pandereta y hacer de histrión es fácil. Gobernar el Imperio es otro cantar. Necesita rodearse de personas inteligentes.

El es inteligente. Según Agripa, nunca ha conocido un ingenio comparable con el suyo .

–Quizás entienda de teatro, pero no sabe nada de Roma. Nunca ha puesto los pies en el Senado. Por eso me necesita. Aunque si se imagina que yo voy a romperme los cuernos gobernando para que él se lleve toda la gloria, se equivoca. De todas maneras, esta comedia no durará mucho. Roma comprenderá pronto quién es el amo.

Agripina se mofó de él sin disimulo. ¿Cómo podía ser tan ingenuo? ¡Ah, si

los dioses la hubieran hecho hombre, ella sí habría sabido sacar partido de una situación como aquélla! Cayo necesitaba un mentor, pero Ahenobarbo no tenía la talla para cumplir esa función. Era tan vanidoso que no se percataba siquiera de que el emperador lo halagaba para granjearse las simpatías del Senado.

–Ayúdalo, pues, puesto que te lo pide. Yo voy a acostarme un rato.

Dado que la mitad de los embarazos romanos terminaban en aborto, ella se imponía con frecuencia una inmovilidad que le resultaba odiosa, con el objetivo de asegurarse de gestar hasta el final al futuro amo del mundo.

A su regreso, Ahenobarbo fue a sentarse junto a su cama. Su amplia cara resplandecía de orgullo.

–Tu hermano me ha pedido que intente conseguir que el Senado rompa el testamento privado de Tiberio. Me lo agradecería sobremanera. No entiende realmente nada de política, pero al menos es lo bastante honrado para reconocerlo. Le he explicado que, de todas maneras, era peligroso dejarle una fortuna a Gemelo, porque podría formarse en torno a él una facción de descontentos. ¡Figúrate que no había pensado en ello! En todo caso, sí sabe que yo soy el que hace y deshace en el Senado. Si quieres que el asno reaccione, has de golpear la albarda. Fíjate, hace sólo unos días, a propósito de la ley sobre las provincias cerealeras del Imperio…

–¿Qué le has contestado? – preguntó ella, interrumpiéndolo. – Que el Senado romperá el testamento si yo lo solicito. Me bastará con un discurso.

–¿No temes que se sorprendan? Tú eras el gran opositor. – Me oponía a Tiberio, y Tiberio ya no está. – Contribuirás a despojar a Gemelo de su patrimonio. Su marido levantó los brazos con tanta brusquedad que ella sí protegió el vientre con las dos manos.

–¿Y a quién le importa Gemelo? A Antonia, quizá, porque es su abuela,

¡pero su influencia pesa lo mismo que un pedo de burro! Tengo mucho que hacer. Debo adelantarme a Cayo a fin de preparar en Roma la acogida que

le dispensará el Senado. Descansa mucho, ya sabes lo importante que es para mí tu salud. Tal vez deberías quedarte aquí hasta que des a luz. Este viaje podría fatigarte.

Agripina sonrió ante aquella novedosa solicitud.

–No, un emperador debe nacer en Roma.

Tras la partida de su marido, fue a ver a su hermano. Éste la recibió con grandes manifestaciones de afecto y después ordenó a los presentes que los dejasen a solas.

–Y bien, ¿qué ocurre? – preguntó él-. Espero que no vayas a quejarte otra vez.

Agripina estaba acostumbrada a aquellos desaires, pues sus relaciones siempre habían estado marcadas por su carácter agridulce.

–Escúchame bien, Cayo. Puedes hacerle creer al burdo de mi marido que precisas de él; eso me importa poco. Puedes nombrarlo viceemperador si eso te divierte; el muy necio se imaginará que es un acto de justicia. Yo, por mi parte, sólo pido una cosa: líbrame de él. Sabes bien que Tiberio me lo endosó por pura maldad.

En el rostro de Calígula, ella vio aparecer la máscara del jefe consciente de sus obligaciones.

–Mi pobre Agripina, ya sé que Tiberio quiso humillarte. Te compadezco sinceramente, créeme, por tener que vivir con Ahenobarbo. Me agradaría mucho complacerte. Por desgracia, la responsabilidad de Estado precede a mi placer, por grande que éste sea. Necesito a tu marido para ablandar a los senadores. No puedo hacer lo que me pides. Supondría un ultraje y, desde el punto de vista político, un error.

–¡Te burlas de mí!

–En absoluto. Por otra parte, no os lleváis tan mal como dices. Acabas de concebir un hijo suyo. Si de verdad fueseis un matrimonio desavenido, habrías rehusado que se te acercara.

¿Rehusar? – replicó ella, ahogada por la indignación-. ¡Como si yo hubiera invitado alguna vez a ese gordo cerdo a compartir mi cama! Desde el primer día, he estado sometida a sus caprichos. ¡ Me viola! Si protesto, no tiene reparo en recurrir a los golpes. ¡Mira! Hizo ademán de levantarse el borde de la estola para mostrar un morado y él la contuvo mediante un gesto, con una mirada socarrona.

–Te creo. ¡Ay, cómo me gustaría estar en condiciones de complacerte! Sin embargo, es esencial que sigas siendo su esposa. Debemos anteponer el interés de Roma al nuestro, mal que nos pese. De todas formas te prometo que no te pegará más. Voy a advertirle que si te levanta la mano se las verá con el emperador.

Se trataba de una concesión irrelevante puesto que, a aquellas alturas, no estaba ya expuesta a malos tratos. Aun así, fingió satisfacción. Para alcanzar sus fines, sabía armarse de paciencia.

Miseno-Roma, 16-28 de marzo del año 37

Encima del catafalco, con el rostro descubierto según la costumbre, Tiberio reposaba por fin con un sueño apacible. Aunque yacía dentro de un saco relleno de plantas aromáticas sobre una capa de nieve que una cadena de agotados esclavos renovaba sin cesar, había comenzado a apestar y nadie se acercaba a él si no era por obligación.

Dos filas de soldados flanqueaban un cortejo de casi doscientos vehículos de toda clase. Entre ellos figuraba tanto el pompaticum oficial usado por los sacerdotes y las vestales como la elegante carruca o la ligera basterna, cuyo nombre significa «devoradora de millas». Calígula viajaba, en esa ocasión, en el dormitorion que había mandado construir poco antes de su muerte el gastrónomo millonario. Arrastrada por cinco muías, la carroza dormitorio rodaba, Como todo vehículo confortable, sobre unas ruedas no

revestidas de hierro que había que cambiar con frecuencia. El interior estaba totalmente tapizado de seda traída de la lejana Seres y guarnecido de cojines de la misma tela, rellenos de pétalos de rosa. Calígula no abandonaba el coche más que cuando circulaban ante un público nutrido, en las proximidades de una ciudad o un pueblo. Entonces, iba a pie detrás del carromato fúnebre, ostentosamente encorvado de dolor.

El aspecto del nuevo emperador era una incógnita para todos cuantos aguardaban su paso a lo largo de la polvorienta ruta que conducía de Miseno a Roma. Todos devoraban con la mirada a ese joven espigado de piernas y brazos flacos cuyo cráneo comenzaba a encalvecer. Era el hijo del gran Germánico, el héroe al que el pueblo romano no había dejado de idolatrar y a cuya familia había exterminado el odioso Tiberio. Les pareció que si bien no había heredado la belleza de su padre, había algo de fiereza y determinación en su porte, cualidades que convenían al amo del mundo-Para todos, del mismo modo que la primavera sucede al invierno, Calígula encarnaba la vida y la renovación. Admiraban la grandeza de alma que demostraba al seguir con tanta piedad el cadáver del viejo de Capri. Los padres explicaban a los hijos que Tiberio había i mandado matar a la madre y a los dos hermanos de aquel que le rendía tan inmerecido homenaje. Los legionarios retirados gritaban: «¡Viva nuestro niño! ¡Viva nuestro Pequeña Bota!», como en los tiempos en que de pequeño se había granjeado su sobrenombre. Los campesinos añadían un respetuoso: «¡Loor a nuestro astro!» En todas las encrucijadas, se ofrecían en altares improvisados sacrificios a los dioses, presididos por el humo acre de la carne asada que compartían haciendo saltar el tapón de cera de las ánforas.

En su palacio itinerante, Calígula concedía audiencias. Cuando se cansaba de los cumplidos de los dignatarios, ordenaba llamar al famoso cómico Apeles para que le recitase un poema o, si le entraba la vena amorosa, a su favorito, el egipcio Helicón. Pese al regocijo que le producía la perspectiva de ver pronto a Drusila, su impaciencia se teñía de inquietud. ¿Cómo habría vivido ella tan larga separación? Él no se atrevía a compartir sus temores con nadie. Había autorizado a Enia a desplazarse directamente a Roma con Macrón, y lo lamentaba. Le había tomado el gusto a su admirativa

confianza en la misión que los dioses le habían encomendado. Agripa poseía una rara inteligencia, pero no creía ni en su dios ni en los de los demás. ¡Ese escéptico ni siquiera había reconocido al prodigioso ser anunciado por Trasilo!

Jenofonte ocupaba la carroza que avanzaba detrás de la del emperador. Tras la muerte de Tiberio, su prestigio había llegado a lo más alto, y sus colegas de las localidades por las que pasaban solicitaban humildemente el honor de ser presentados a la gloria de la isla de Cos. A Agripa le habían asignado, para efectuar el viaje en com pañía de Salomé, el majestuoso pompaticum que proclamaba su dignidad de príncipe extranjero. Su compañera estaba alborozada por verse libre del estorbo de sus padres. Aquélla era su primera estancia en Italia. Como una colegiada en vacaciones, observaba encantada el espectáculo, admirando el porte de los militares que se relevaban para cabalgar junto a su portezuela, como siguiendo un plan preconcebido. Un día, si Agripa sabía manejarse bien, ella misma sería también aclamada por aquella multitud de adoradores y pasaría bajo esos arcos de triunfo de follaje mientras las madres sostenían en alto a sus pequeños, a la vista de la pareja real.

.-Cayo nos invita pocas veces a su carruaje -comentó al concluir el segundo día.

–¡Tiene demasiado quehacer! No te imaginas lo que es la vida de un emperador.

Delante del ludus de una aldea perdida, una decena de gladiadores en atuendo de combate se había alineado para saludar al cortejo. Al príncipe se le ocurrió de improviso una idea para salir del apuro. Mandó buscar a Graco. El lanista acudió sin tardanza y subió al pompaticum con la agilidad de un joven.

–¡ Ay, príncipe, los dioses nos devuelven la vida! El emperador abroga el edicto de Tiberio sobre la caza. ¡Podré utilizar mis fieras!

–Espero que hagas fortuna bajo este nuevo reinado.

–¡No lo dudes! A los Juegos Fúnebres seguirán muchos otros más. Los negocios vuelven a animarse. Calígula me está muy agradecido por los servicios prestados.

–¿Crees que es posible contar con la gratitud de los grandes?

–Tú no sabes todos los servicios que le he prestado.

–Sí que lo sé. Según me ha contado has sido un mensajero muy valioso.

–Me ha prometido darme el anillo con su efigie que permite acceder a él en todo instante.

–Es un gran honor por el cual te felicito, pero ahora hablemos de dinero. Le llueven las propuestas para los Juegos Fúnebres. Tu principal rival de Capua tiene bastantes posibilidades. Verás, mi querido Graco, debo hacerte un pequeño reproche.

¿Un reproche? Ah, si te refieres a esa cuadriga de los Verdes que di por vencedora el año pasado…

–¡Eso es una bagatela! No, lo que te reprocho, amigo mío, es tu falta de ambición. Te contentas con la riqueza, cuando en la posición en que te encuentras, deberías amasar una inmensa fortuna y llegar a convertirte en un nuevo Creso.

–¿Y cómo?

–El emperador me reserva el trono de Israel. ¿Quieres hacer negocios con un rey?

–Sería un gran honor. ¿De qué negocios se trata?

–De vender a los judíos objetos de gran valor. Yo proporcionaré la mercancía y compartiremos los beneficios a partes iguales.

–Ellos no compran nada de valor…

–Tienes razón, no compran ni joyas, ni muebles, ni esclavos. Sí conceden en cambio una enorme importancia a su religión. Algunos de mis futuros súbditos son muy ricos y están dispuestos a pagar cuanto se les pida para parecer piadosos. Nosotros los llamamos fariseos. Les venderemos reliquias de los profetas de Israel, y te garantizo que pagarán sumas que no alcanzas a imaginar.

–¿Qué entiendes por reliquias? Nunca había oído esa palabra.

–Las reliquias son lo que queda del paso por la tierra de los hombres ilustres. Por ejemplo, la trompeta de Josué o el bastón de Moisés.

–¿Un trompeta y un bastón? – repitió Graco, atónito.

–La trompeta por sí sola se vendería fácilmente por mil talentos, tal vez más. Un talento equivale a algo más de treinta mil sestercios.

–¡Treinta millones de sestercios por una trompeta!

–Sí. Y aún se pagaría más por el bastón de Moisés. El número de reliquias es infinito. Por ejemplo, existe en mi país una pequeña secta cuyo profeta ha sido crucificado. ¡Hay algunos discípulos ricos a quienes podrías vender pedazos de su cruz! Comprenderás sin duda que no conviene que un rey lleve a cabo ese tipo de negocios en persona. Necesito un socio. ¿Aceptas, pues, mi proposición?

–Ah, príncipe, la acepto con gratitud. ¡Pongo a Mercurio por testigo!

–¡Pues bien, ya somos socios! Debo asumir algunos gastos antes de mi coronación. Estaría bien que me adelantaras una parte de nuestras ganancias. Bastará con un millón de sestercios.

–¿Un millón de sestercios?

–El bastón solo vale treinta veces más. Aunque si no está dentro de tus posibilidades, ya buscaré otro socio. No se hable más.

–No, príncipe, no está fuera de mis posibilidades. Te facilitar6

la suma no bien lleguemos a Roma. Puedes contar conmigo. ¡Cumpliré mi palabra, por Hércules!

En el momento en que el pompaticum se detenía, Salomé, que egresaba a su puesto, se topó con el lanista. «¡Un bastón! – lo oyó farfullar -. ¡Pedazos de una cruz! ¡Una trompeta!»

–¡Tu amigo se ha vuelto loco! – le comentó a Agripa, que reía para sí.

El cuarto día, Macrón regresó de Roma a galope tendido. Aseguró que la ciudad preparaba al emperador una acogida más prodigiosa que el célebre triunfo de Paulo Emilio. A continuación señaló que diez condenados a muerte aguardaban su ejecución en la cárcel de Tullianum.

–¿Cuáles son tus órdenes, César?

–¿De qué se les acusa?

–De lesa majestad.

–¿Desde cuándo están allí?

–Desde hace diez meses.

–¿Y por qué siguen aún con vida?

–Tiberio no había tomado una decisión al respecto.

–Encárgate de que liberen a esos desdichados. ¿Te has cerciorado de que

otorguen el antiguo apartamento de Livia a Drusila?

–El mayordomo me ha confirmado que ese asunto estará resuelto a tu llegada. A propósito, si me permites un consejo, los gastos de reformas no deben constar en el presupuesto del Estado.

–Lo tomaré en cuenta. Tienes una opinión para todo. ¡Eres un nombre de valor inestimable!

–Sólo quiero serte útil.

¡Francamente, el sarcasmo y el humor quedaban fuera del alcance de los militares!

El décimo día, llegaron a los suburbios de Roma. Se congregó una multitud enorme. El populacho expresaba su sentir por el diento mediante un juego de palabras: «¡Tiberio al Tíber!» Calígula ordenó que los guardias germanos dispersasen a los insolentes. Arrastrada por el gentío, la delegación de la orden ecuestre, que acudía al encuentro del nuevo emperador, recibió su ración de golpes de cuerda y a duras penas logró zafarse de la muchedumbre.

En la Curia, adonde llegaron después de dejar el catafalco bajo la custodia de las vestales, los senadores dispensaron al emperador una recepción deferente y cargada de esperanza. Aquel joven desconocido y pálido había de ser por fuerza preferible al viejo tirano que tanto los había aterrorizado.

Ahenobarbo lo presentó con pomposas fórmulas. Los senadores renovaron por unanimidad los poderes excepcionales atribuidos desde el anuncio de la muerte del emperador y le concedieron su título oficial: Caius Caesar Germanicus Imperator. A continuación, se trasladó a un gabinete próximo donde se vistió con las insignias de la dignidad imperial.

Cuando regresó al pleno, anunciado con su nuevo nombre por un nomenclátor de voz sonora, los padres conscriptos habían roto ya la cláusula del testamento privado que dividía en dos la cuantiosa fortuna personal de Tiberio de dos mil setecientos millones de sestercios. Un

adulador propuso que se confiriese al nuevo emperador el título de Padre de la Patria que había llevado Augusto. Él pidió la palabra levantando el brazo y aguardó humildemente a que el presidente se la cediera. Por primera vez, los senadores oyeron el timbre de voz un poco agrio del nuevo emperador.

–Os estoy muy agradecido por el título que queréis atribuirme, pero no puedo aceptarlo. ¿Qué méritos posee un joven sin experiencia como yo para ser el Padre de la Patria?

Hablaba en el tono, a la vez modesto y digno, con el que convenía declinar ese honor prematuro. En la continuación de su discurso desplegó también mucha habilidad. Con palabras calculadas, aseguró a los senadores que tendría muy en cuenta su opinión y consiguió no criticar a Tiberio al tiempo que condenaba con firmeza su actitud con respecto a la asamblea. Al término de la sesión, Domicio Ahenobarbo le presentó a sus compañeros.

Bajo la máscara de la benevolencia, Calígula pensaba que un mes atrás aquellos mismos senadores lo habrían condenado a muerte por aclamación si el viejo de Capri así se lo hubiera sugerido en una de sus temibles cartas.

Habían votado a favor de la muerte de sus familiares, y les profesaba a todos un odio que jamás se disiparía.

Para desplazarse al Palatino, mandó que descorrieran las cortinas de la litera y no dejó de corresponder con gestos de su mano cargada de anillos a la multitud que lo vitoreaba a su paso. Se oían muchos gritos de «¡Viva nuestro niño!» salidos de las gargantas bien regadas de los veteranos entregados a la celebración.

En la cima de la colina, la modesta casa que Augusto había comprado, sesenta y dos años antes, al orador Hortensio se había convertido en un magnífico conjunto de palacios y jardines. Por orden de Calígula, el cortejo paró delante de las puertas recubiertas de oro y marfil y la hilera de cincuenta estatuas de las Danaides del templo de Apolo, para dirigir una breve plegaria al dios. Luego traspasó el umbral de la residencia imperial.

En lo alto de la monumental entrada, había una corona cívica grabada en el mármol en recuerdo de la que el Senado había entregado a Octavio el día que le había conferido el nombre de Augusto.

El nuevo amo efectuó su solemne entrada en su nueva morada entre dos filas de cientos de sirvientes inclinados. Unos pasos por delante del grupo integrado por los colaborares y libertos, las tres hermanas lucían sus más hermosos atavíos. Al ver a Drusila, Cayo se detuvo en seco, como fulminado por un rayo. Ella parecía igual de conmocionada que él. Agripina trasladaba la mirada del uno al otro como si asistiera a un espectáculo. El silencio se eternizaba. Lesbia, sin quererlo, salvó la situación.

–¡Qué bien te sienta la púrpura, Cayo! – exclamó con una vocecilla aniñada que arrancó una sonrisa a los asistentes.

Ya más serenado, las saludó con un beso. La cabeza le dio vueltas cuando rozó con los labios la mejilla perfumada de Drusila, pero logró disimular el vértigo fijando la vista en Claudio que, en toga de ceremonia, se balanceaba sobre sus piernas desiguales.

–Aquí trabajarás más a gusto en tu gramática etrusca que en Capri -le dijo, propinándole una palmada amistosa.

Luego respondió a las felicitaciones de los presentes con una palabra amable para cada uno. Pese a que Enia aparentemente quería Pasar inadvertida detrás de la imponente estatura de su esposo, Cayo se plantó ante ella.

Ordenaré erigir una estatua en honor de tu padre en su ciudad natal.

Aquella delicada manera de evocar su secreto le hizo aflorar las lágrimas a los ojos.

–¡Vamos! ¡No hagamos esperar a tus hombres! – apremió él a Macrón.

Desde su creación, las cohortes pretorianas se hallaban apostadas fuera del pomoerium, el recinto sagrado trazado por Rómulo, cuyo acceso estaba prohibido para quien fuese armado.

En el centro del campamento habían levantado un estrado. La aparición del emperador fue acogida con una calurosa ovación. Se reclutaba a los pretorianos entre los veteranos de las legiones, y muchos de ellos habían servido a las órdenes de Germánico. Calígula rememoró con detenimiento ante ellos las campañas de su padre y su propia infancia, que pasó rodeado de legionarios. Afirmó estar orgulloso de su sobrenombre de «Pequeña Bota» y hasta llegó a lamentar que la tradición le prohibiera asumirlo como nombre de emperador. Había doblado la suma que Tiberio les había donado a los soldados en las mismas circunstancias; cuando anunció el monto, un atronador «¡Viva Cayo César!» se elevó al cielo, espantando a una bandada de cornejas que alzaron el vuelo.

Correspondía al jefe de las cohortes expresar la gratitud de sus hombres.

Macrón largó un discurso plagado de consejos que Calígula escuchó con irritación, manteniendo los ojos entornados. De no ser por Enia, que por lo visto tenía a aquel tedioso marido en cierta estima, de buena gana habría quitado de en medio a ese aficionado a asesor.

Esa misma noche, convocó a Veranio para dictarle dos edictos, en virtud de los cuales se autorizaba el regreso de todos los actores exiliados por Tiberio y se devolvía la libertad a los condenados políticos.

–¿Todos? Son muy numerosos.

–Todos.

Había decidido que no habría límites para su bondad.

Roma, 3 de abril del año 37

Pese a la espesa capa de nieve que los esclavos renovaban sin cesar, el cadáver apestaba. Se había levantado un viento desapacible que anunciaba tormenta. La madera de la enorme pira no prendía bien, y el maestro de ceremonias corría de un lado a otro para avivar el celo de los esclavos.

El pueblo romano desdeñaba los funerales. En la primera fila del escaso

público, rodeado por soldados con las armas invertidas en señal de duelo, la familia imperial, vestida de colores oscuros, aguardaba a que prendiesen las llamas. Tras ella, los esclavos que el difunto había manumitido por testamento, se reconocían por sus gorros frigios, símbolos de la libertad.

Con la cabeza cubierta por el velo blanco de los huérfanos, Calígula pronunció la oración fúnebre. De vez en cuando se interrumpía, ahogado por un acceso de llanto. El Tiberio a quien tanto elogiaba parecía haber muerto bajo el reinado de Augusto. Gran general de múltiples triunfos, hombre de Estado sagaz, pater familias protector de los suyos, no presentaba el menor rasgo en común con el cruel anciano de Capri. Al escuchar a su alumno, Agripa constato satisfecho que no había perdido el tiempo cuando en otro tiempo le enseñó la retórica. Cayo encadenaba los periodos a la perfección y, después de un exordio elegante, intercaló las citas griegas en los momentos apropiados. El protocolo había situado al príncipe, junto con los diplomáticos extranjeros, a la derecha de la familia, lo que le permitía observarla con toda comodidad…

Claudio había buscado en el vino el valor para afrontar la prueba. Su ancho rostro inclinado, más enrojecido que de costumbre, reflejaba una pena sincera. Había por lo menos un hombre, pensó el príncipe, que echaba de menos al difunto. Lesbia bostezaba, incapaz de mantenerse quieta.

Agripina, con aire incómodo, la reprendía de vez en cuando. Drusila escuchaba y miraba a su hermano con atención, como si quisiera reconocer bajo la púrpura al adolescente del que la habían separado. ¿Se reanudaría su relación, o por el contrario ésta quedaría relegada al pasado como el extravío sin futuro de dos niños?

Agripa reanudó el escrutinio. Antonia, erguida pese a su avanzada edad, no realizaba el menor movimiento. De improviso, él advirtió que Enia, separada de su marido, se hallaba entre las mujeres de la familia. En una ceremonia organizada con tanta minuciosidad, aquello no podía obedecer más que a una orden expresa del emperador. La joven, al parecer incómoda ante semejante privilegio, mantenía la cabeza gacha, como si no quisiera que la reconocieran. ¿A qué jugaba ella? ¿Buscaba, como los otros, dinero y poder?