Calígula

Pierre Lunel · Capítulo 5 de 6 · parte 1/2

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Calígula

Capítulo 34

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

palabras.

–Últimamente casi no lo veo.

–Porque yo estoy aquí. En cuanto me haya ido, volverá a ti.

De nuevo Enia se llenó de contento. Drusila contemplaba con aire soñador la estatuilla de plata.

•-El niño se ha transformado en un hombre. Mi deseo es, Enia, que tú seas su esposa y que le des un hijo. Sólo tú puedes ayudarlo a convertirse, como predijo tu padre, en el mejor de los emperadores. Está decidido a transmitir una imagen de bondad. Indulta a los condenados a muerte y a los gladiadores vencidos, pero la enfermedad ha cambiado algo en él. Hay momentos en que ríe como Tiberio.

–¿Como Tiberio, él? – exclamó Enia-. ¡Qué idea más estrafalaria!

También ella había reparado, con todo, en aquella risa desprovista de alegría, pero albergaba una secreta esperanza. Cayo estaba embargado de tristeza porque Drusila se disponía a dejarlo. Ella se sentía lo bastante fuerte y enamorada como para devolverle el gozo de vivir.

34

Tiberíades, febrero del año 38

En la azotea del palacio, Agripa tomaba un baño de sol, considerado benéfico para regenerar la potencia viril. Salomé, en túnica de interior, estaba arrellanada en un asiento provisto de un dosel, pues la luz intensa estropeaba el cutis de las mujeres.

–¿Quién hubiera creído que iba a encontrarme aquí hoy?

Agripa se volvió para exponer la espalda a los benéficos rayos y oyó la voz irónica de Salomé.

–¡No te enorgullezcas tanto! ¡No eres más que tetrarca de Galilea, y todo gracias a mí!

–Tal vez te deba el nombramiento, pero me complicaste la tarea al meterle al emperador una idea descabellada en la cabeza.

–Al contrario, era una idea muy acertada. Puesto que él habla de bondad, al igual que Yeshua, pensé que la secta le interesaría.

–También Tiberio quedó impresionado por ese rabino exaltado, pero nunca habría creído que Cayo…

–Eso es porque le gusta todo lo extravagante. Como aquello de la mejilla derecha y la izquierda, por ejemplo.

–¡Y pensar que le hiciste creer que esos iluminados iban a socavar el poder del sumo sacerdote cuando en realidad la secta habrá desaparecido en cuestión de meses!

–No va a desaparecer -repuso ella.

–¿Porqué?

–Desde que entró a trabajar en casa de los amigos de Yeshua, mi criada Miriam ha cambiado completamente. ¡Casi no la reconozco! Era atolondrada, descarada, desobediente y ahora no hay nadie más sumiso que ella. Esta secta mejora la calidad del servicio. Dos de mis amigas ya han animado a su personal a ingresar en ella y están muy contentas.

–No son los criados quienes acabarán con el dominio de los sacerdotes.

–Miriam dice que los amigos de Yeshua no temen a nada y que convertirán a todos los judíos.

–Esa tal Miriam era la doncella de tu madre, ¿no?

–Sí. Una chica perezosa e insolente que se abría de piernas al primero que pasaba. Pues para que lo sepas, desde que va a la casa de los amigos de Yeshua, se ha vuelto casta. Me ha propuesto que la acompañe a una de sus reuniones. Será divertido y, bien mirado, no es imposible que tú encuentres el modo de utilizarlos.

–Ve disfrazada. No me gustaría que creyesen que te has convertido.

–¡ Ah, si fuera una sirvienta, me lo pensaría! – exclamó con una carcajada-.

Me encantaría sentirme a la misma altura que mi señora. Es una religión apropiada para criados.

–Bueno -dijo Agripa, desperezándose-, he de ir a entrevistarme con ese viejo zorro del sumo sacerdote. ¡ Ay, ojalá pudiera imitar a nuestro antepasado Herodes, que mandó castrar a su predecesor para castigarlo por su insolencia! ¡Si llevara la corona de Salomón, lo haría sin dudarlo, pero a un tetrarca no le está permitido castrar a nadie!

–Ten cuidado. Es más venenoso que una serpiente.

El sumo sacerdote aguardaba al nuevo tetrarca en una dependencia del templo que, a diferencia de la austera celda en la que se había celebrado su encuentro anterior, estaba provista de asientos. Tras el interminable intercambio de fórmulas de cortesía propias de Oriente, abordó el tema más candente.

–Tú, que gozas de la confianza del emperador, ¿sabes por que todavía no ha nombrado al sucesor de Pilatos?

–Se propone reorganizar por completo la región. – ¿Reorganizar? ¿A qué te

refieres con eso? – No entró en más detalles. Te prometo que si me entero de algo serás el primero a quien informe. Pero ¿consentirías tal vez en ponerme al día sobre lo que sucede en Jerusalén?

Anas se llevó los brazos a la cabeza.

–¡Es una locura! Tú estabas en Roma cuando Pilatos mandó crucificar a ese falso profeta. Y ahora, que creíamos resuelto el asunto, resulta que ha nacido esa maldita secta. Aunque no son numerosos, arman mucho ruido.

Según esos iluminados, el tal Yeshua era el Mesías de Israel. ¡El Mesías crucificado! ¡Con eso basta para formarse una idea de su demencia!

–¡En efecto! ¿Quién puede creer una cosa así?

–¡ Ay, la locura humana nunca dejará de sorprenderme, ni aunque viva tantos años como Matusalén! Robaron el cadáver de su tumba y desde entonces aseguran sin rubor que resucitó de entre los muertos. Continúan muy activos en Galilea y hasta me extraña que aún no hayas tenido que habértelas con ellos. Es verdad, de todos modos, que acabas de llegar.

–Sé que su cabecilla se llama Pedro.

–¡Bah, no es el peor! Se trata de un viejo pescador aquejado de una locura pacífica. Va contando que dejó la pesca para hacerse pescador de hombres.

¡Pescador de hombres! El hermano de Yeshua, un tal Santiago, resulta más peligroso. ¡Un alborotador, eso es lo que es! Se cree un gran defensor de la Ley, y se pasa los días en el Templo. Si lo dejáramos, nos impartiría lecciones de Talmud. Estoy convencido de que fue él quien se llevó el cuerpo. – ¿Consideras peligrosa su secta?

–No. Captan adeptos sobre todo entre los menesterosos. Claro que si ese Pedro y el tal Santiago nos proporcionasen un pretexto para lapidarlos, la cosa sería más fácil, pero evitan blasfemar en público, a diferencia del muchacho que comparece esta mañana ante el sanedrín. Por cierto, debo despedirme puesto que yo presido el tribunal.

–¿Me permitirías que vaya contigo? Nunca he visto un miembro de esa secta.

–Ven si quieres, pero no aprenderás gran cosa de ése. Es uno de esos jóvenes fanáticos que se empeñan en morir por su falso profeta. Desde que lapidamos a un tal Esteban, hace ya cinco años, no transcurren tres meses seguidos sin que aparezca uno de esos suicidas. Ahora verás la clase de calaña con la que te vas a encontrar.

En la sala del tribunal, Agripa permaneció discretamente apozado en la muralla. El acusado, un adolescente guapo y rubio, presentaba un aspecto más adecuado para representar a Apolo en el teatro que para predicar una herejía del judaísmo. Mantenía la vista fija en los jueces sin manifestar el menor temor. Anas le ordenó identificarse.

–Me llamo Elías, discípulo del Bendito.

–¿De qué Bendito hablas?

–De Yeshua, que murió en la cruz por ti.

–No digas tonterías. Te acusan de blasfemo. ¿Acaso ignoras que ese crimen te expone a la lapidación?

–No lo ignoro.

–Que pase el testigo.

Un hombre fornido, vestido con una túnica ceñida con un cinturón de cuero, se plantó ante el tribunal con la rigidez de los militares veteranos.

–Haz tu declaración.

–Oí al acusado proferir varias veces blasfemias contra el lugar sagrado y contra la Ley. Aseguró que Yeshua el Nazareno echaría abajo el templo y lo reconstruiría en tres días.

Un rumor escandalizado recorrió la hilera de jueces.

–¿Eso dijiste, Elías?

El efebo extendió el brazo como el orador presto a pronunciar una arenga.

–Hombres de cabeza dura, incircuncisos de corazón y de oídos, ¿por qué rechazáis la verdad que Yeshua el Bendito nos ha traído? Sois iguales que vuestros antepasados. ¿A qué profeta no persiguieron? Mataron a quienes anunciaban la llegada del Justo, y vosotros, vosotros lo condenasteis a muerte, ¡vosotros que recibisteis la Ley y no la habéis respetado! – Levantó la mirada hacia el elevado techo de piedra gris-. Veo el cielo abierto y a Yeshua el Salvador, el Hijo del Hombre, sentado a la diestra del Padre.

¡Cerca de él, veo a Esteban, a quien vosotros condenasteis a morir y con quien me reuniré en la gloria del Bendito!

Los sacerdotes se taparon los oídos. A una señal del sumo sacerdote, cuatro guardias rodearon al blasfemo y se lo llevaron.

–¿Has oído? – susurró Anas a Agripa-. Ha repetido las palabras del otro loco a fin de morir como él. ¡Un muchacho tan apuesto! ¡Qué tristeza!

¿Deseas asistir a la lapidación?

–No, gracias. Ya sé bastante, y ese espectáculo no me enseñará nada más.

Vuelvo a mi casa. Creo, en efecto, que conviene vigilar d e cerca esta secta.

Cuando llegó, Agripa le refirió la entrevista a Salomé.

–¿Qué te había dicho? Poseen un poder sobrenatural. A Miriam no la asusta más el sumo sacerdote que un ratón. Esa gente conoce fórmulas mágicas muy eficaces. Para evitar las pesadillas, Miriam me ha enseñado una que funciona muy bien.

–¿Cómo es?

–Prométeme que no te vas a reír.

–Te lo prometo.

–Hay que repetir tres veces: «Yeshua, Bendito, Hijo del Dios vivo, tú que has muerto por nosotros y resucitado al tercer día, ¡ten piedad de mí!»

–¿Hijo del Dios vivo, el hijo de un carpintero? ¡Están locos de atar!

–Ya sé que es ridículo, pero así duermo mejor. ¿Cómo te explicas eso?

Agripa se encogió de hombros. La respuesta era evidente: la credulidad femenina no tiene límites.

Baias, febrero del año 38

El viento encrespaba el mar formando miles de crestas blancas. Una multitud de hombres se afanaba empujando y alineando lado a lado las planas embarcaciones, que luego ataban entre sí con cuerdas. Bajo la vigilancia de los centuriones, los manípulos de soldados y grupos de campesinos despavoridos acarreaban unas pesadas vigas destinadas a afianzar el puente de barcas. Cuando ya no hacían pie, los trabajadores debían mantenerse en equilibrio encima de odres inflados o de balsas.

Continuamente, alguno caía al agua, y mientras sus camaradas intentaban rescatarlo, sus gesticulaciones, vistas de lejos, le conferían el aspecto de un insecto pugnando por no ahogarse.

En la orilla opuesta del vasto golfo, Calígula señaló con el dedo Un pequeño edificio blanco engastado en el verdor vegetal.

–A caballo, llegaré al templo en menos de media hora. De otro modo, habría que efectuar un gran rodeo, lo que representa perder medio día. Con este sistema habré cruzado el golfo sin mojarme los pies, tal como anunció tu padre. Te he pedido que vinieras para que veas cumplirse su predicción.

Era la primera vez que se reencontraba con Enia desde la partida de Drusila.

Ella vaciló, pero decidió que debía sacarlo de su error.

–No es exactamente a eso a lo que se refería mi padre.

–¿Acaso has perdido la memoria? «Tiene tantas posibilidades de ser emperador como de atravesar a caballo el golfo de Baias.» Bien, puesto que soy emperador, debo atravesarlo a caballo.

–Recuerda que dijo eso para protegerte de Tiberio, que deseaba tu muerte.

Pretendía hacerle creer que tú nunca serías emperador. La travesía del golfo de Baias a pie no es más que una metáfora, una imagen que ilustra la imposibilidad de algo.

–¡Nada es imposible para mí!

Un oficial se acercó a ellos. Era un veterano de sienes grises y cara surcada por una cicatriz desde el ojo izquierdo hasta la boca.

–Las olas son demasiado fuertes para proseguir el trabajo. Desde que ha refrescado, hemos perdido una docena de hombres. Están al límite de las fuerzas. Neptuno nos es hostil. ¿Debemos continuar en estas condiciones?

–Sí. Neptuno necesita una lección. No me impedirá llevar a término mis designios.

–Perdóname que insista. Mi padre, que estaba al mando de los pontoneros de Julio César, me contaba que éste había suspendido los preparativos para cruzar el Rin porque se había levantado viento. Y no era más que un río.

Aquí se trata del mar.

–Tu padre se moría de miedo, como tú ahora. La cobardía es hereditaria, ya se sabe.

Sobre el color rojo ladrillo que tino el rostro del oficial, la cicatriz destacaba como una línea pálida.

–¿Alguien ha tendido antes un puente como el tuyo? – preguntó Enia, incómoda.

–Nadie.

–¿Ni siquiera Alejandro Magno?

–Ni siquiera él. Está Jerjes, que atravesó el Helesponto, pero Jerjes sólo era rey de Persia y el Helesponto es menos ancho que este golfo.

–¿La empresa te parece realizable?

–Basta con disponer de los medios, miles de hombres y todos los barcos que se puedan requisar. Ante tus ojos se encuentran todos los que, normalmente, transportan el trigo a Roma.

–¿Los romanos se han quedado sin trigo?

–Estarán privados de él sólo durante unos días. Desmontaran el puente en cuanto yo lo haya franqueado. Les devolveremos las barcas. Unos días de ayuno les aguzarán el apetito.

–¡Muchos hombres morirán ahogados!

–En toda guerra hay bajas.

. – Has desafiado a Neptuno. Tal vez habría que ofrecerle un sacrificio para que se calme.

–Yo soy más poderoso que Neptuno.

–Pero dime, ¿cómo puedes llevar a la muerte a tantos hombres únicamente por el capricho de atravesar sin mojarte los pies el golfo de Baias?

Calígula se encogió de hombros. Su tono, tajante, no era ya el del, hombre que ella amaba.

–Deja de decir bobadas. ¿Acaso cabe mejor destino para la vida de los hombres que sacrificarla a mi divinidad?

Enia oyó la voz de su padre: «El mejor o el peor de los emperadores.» Ella lucharía contra el sufrimiento que lo volvía a veces injusto y cruel. A fuerza de amor, lograría vencer la pasión de Cayo por la ausente.

Jerusalén, marzo del año 38

En la espaciosa sala de la planta baja se concentraba por lo menos un centenar de personas. Salomé se felicitó del atuendo que había elegido; había acertado al disfrazarse de pobre. En torno a sí veía ropas oscuras, pero también túnicas elegantes. En cuanto al velo con el que disimulaba a medias la cara, no extrañaba a nadie. Las mujeres no asistían a las reuniones de los Amigos para llamar la atención. Su criada le mostró a Miriam, la madre de Yeshua. Debió de haber sido un mujer bella en otro tiempo, pero su rostro, arrugado y ennegrecido por las penalidades, semejaba una flor arrojada al fuego. Repartieron entre los presentes unos trozos de torta mal cocida.

–¿Hay que comer? – preguntó, con un poco de asco.

–Tú no, ama. Un día quizá, si el Bendito así lo quiere.

La sirvienta tomó respetuosamente entre dos dedos el pedacito de pasta medio crudo, lo engulló y aparentemente entró en éxtasis. Aquella gente era extraña; su reunión, que ellos designaban con la palabra griega «iglesia», se había iniciado con el relato de algunas anécdotas relacionadas con el difunto Maestro por parte de un tal Juan, que debió de conocerlo bien, pues parecía desconsolado por el hecho de que lo condenasen a muerte.

Llegó después un hombrecillo moreno con el acento áspero de Galilea.

Presentaba el aspecto de aquellos dotados de la pasión por convencer. Su aplomo y el silencio que se impuso desde que tomó la palabra evidenciaron que gozaba de un gran prestigio en la comunidad.

Salomé aguardó a que su criada despertara de su trance para darle un golpecito con el codo.

–¿Quién es?

–Santiago, el hermano del Bendito.

–¿Por qué está furioso?

–No está furioso. Siempre habla así.

Al advertir que sus cuchicheos molestaban a sus vecinos, calló y se puso a escuchar. El orador, un judío muy religioso, aludía de continuo al Libro y al Talmud, que por lo visto conocía con asombrosa profundidad. Salomé se llevó la impresión de que estaba muy en contra de otros miembros de la secta que habían propuesto admitir en ella a los no circuncidados.

–¡Es en nuestro país, en Jerusalén, en la tierra de Israel, donde nos espera la cosecha, hermanos míos! – repetía-. No tenemos nada que hacer en otra parte.

Sus palabras suscitaron un murmullo de aprobación en la concurrencia.

Luego un anciano de anchas espaldas subió al pequeño estrado.

–¿Y ése?

–Es Pedro el Pescador. Yeshua lo eligió para dirigirnos.

El hombre se expresaba en un tono apacible. Comenzó su alocución narrando, para quienes no la habían presenciado, la visita al Templo que había realizado el día anterior en compañía de Juan para rezar la oración de la onceava hora. Habían curado a su paso a un tullido de nacimiento a quien cada mañana depositaban a la puerta denominada «la Bella», y el milagro había provocado una especie de tumulto entre los asistentes.

–Yo les dije: «Hombres de Israel, ¿por qué os sorprendéis de esto? ¿Por qué

nos miráis como si fuera por nuestro propio poder o gracias a nuestra piedad que hemos hecho caminar a este hombre? El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su servidor, Yeshua. Y vosotros, vosotros lo entregasteis y renegasteis de él ante Pilatos cuando éste estaba decidido a liberarlo. Acusasteis al Bendito y al Justo, causasteis su muerte mientras pedíais la gracia para un asesino. Pero Dios lo ha resucitado, nosotros somos testigos de ello, y es la fe en él lo que ha devuelto las piernas a este inválido. Arrepentíos y convertíos.› Eso fue lo que les dije.

–¿De verdad hizo caminar a un tullido? – musitó Salomé.

–Sí, ama -contestó su sirvienta-. Los compañeros del Bendito obran milagros todos los días. No alcanzarías a imaginar sus poderes. En virtud de ellos los mudos hablan, los paralíticos andan. Además, aportan la paz al alma. ¡Si supieras lo feliz que soy desde que los conozco!

Toda su persona irradiaba una serena alegría. Antaño, cuando estaba al servicio de Herodías, Salomé la había conocido arrogante y libertina, como su ama. ¡Y había que ver en lo que se había convertido! Sí, los Amigos de Yeshua obraban milagros, no cabía la menor duda.

Le vino a la mente la imagen de sus pesadillas, aquella pálida cabeza del profeta sobre la bandeja de plata. ¡Si pudiera librarse para siempre de aquella visión! Esta la atormentaba a menudo todavía, a pesar de la fórmula mágica. Para ahuyentarla de su pensamiento, concentró toda la atención en el discurso de Pedro. Este repetía diez veces los mismos argumentos para demostrar que había que mandar hermanos allende los mares con el fin de convertir a todas las naciones.

–La buena nueva -concluyó- es también para los romanos.

La sala manifestó su desacuerdo entre dientes.

–¿Admitís a personas que no son judías? – inquirió Salomé.

–No lo sé. ¿ Quieres que se lo preguntemos a Tobías? Es él quien da las explicaciones.

Salomé asintió, interesada en reunir la mayor información posible sobre la secta.

Tobías era un joven apuesto y fornido con una abundante cabellera negra cuyas hechuras parecían más apropiadas para los juegos del estadio y del amor que para los comentarios bíblicos.

–Mi sirvienta me ha traído aquí por primera vez y querría conoceros mejor -

dijo Salomé, incapaz de resistir el impulso de levantar un poco el velo para aprovechar la ventaja de su belleza.

–Aquí no hay ni sirvientes ni amos. Todos somos iguales ante Dios, hermanos y hermanas en Yeshua el Bendito.

–Mi hermana… -rectificó ella con docilidad.

–No importa -la interrumpió él con una sonrisa-. ¿Qué deseas saber?

–¿Aceptáis a los romanos?

–Tú eres judía, que yo sepa.

–Así es, pero conozco a algunos romanos.

–Todo ser humano puede contarse entre los amigos de Yeshua La buena nueva no tiene fronteras. Sólo existe un desacuerdo en torno al momento en que habrá que revelarla a los gentiles. Pedro y Juan querrían enviarles a algunos de los nuestros para anunciarla. Santiago desea comenzar por Jerusalén. Según él, cuando nuestra Iglesia esté firmemente consolidada, habrá llegado el momento de pensar en los demás. Yo, por mi parte, me decantaría más bien por esta opción, pero, en cuanto portavoz de la comunidad, no debo tomar en cuenta mis preferencias.

Elegía con cuidado las palabras, y a Salomé le produjo la sensación de no haberlo dejado indiferente.

–Ante todo -prosiguió él- debemos resolver la cuestión de la circuncisión.

Si admitimos adeptos no judíos, ¿hay que practicarles la circuncisión, como a nosotros? A los hombres hechos, la operación les resulta dolorosa.

Reconozco que, si tuviera que someterme a ella hoy en día, me lo pensaría.

Salomé se sintió más turbada por aquel pequeño problema de lo que exigía su dimensión religiosa.

–¿Deja uno de ser un buen judío si viene a vuestra casa?

–Al contrario, nuestros dirigentes son los más piadosos de todos los judíos.

El Bendito vino para cumplir la Ley, no para destruirla. Es eso lo que no le perdonaron el sumo sacerdote ni los fariseos.

–No sois de su agrado.

Tobías alzó los ojos para poner al cielo por testigo.

–¡Tú lo has dicho, no somos de su agrado! No obstante, a juzgar por el ritmo al que crece nuestra comunidad, el futuro les depara todavía muchas penas. Si lo deseas, Miriam te indicará los sitios y las horas en que podrás aprender a conocernos mejor. Quizá llegues a ser, tú también, mi hermana en el Bendito.

–Te doy las gracias, Tobías. Tal vez vuelva.

A Salomé le vinieron de improviso ganas de meter en su cama a ese muchacho que semejaba un ángel del Señor. Le lanzó una mirada insinuante, pero él no pareció advertirlo siquiera.

Roma, abril del año 38

Desde la marcha de Drusila, cuyo nombre nadie osaba pronunciar ante él, el

emperador había adoptado de nuevo la máscara de la indiferencia. Quienes lo conocían bien percibían de todas formas que había cambiado. Su susceptibilidad, por ejemplo, llegaba a extremos enfermizos. Consideraba una alusión ofensiva a su incipiente calvicie que alguien con una tupida cabellera compareciese ante él. De igual modo, su impaciencia se había agudizado, por lo que castigaba con severidad el menor retraso en la ejecución de una orden.

Siempre le había gustado sorprender, desconcertar y escandalizar. De niño, había memorizado a tal efecto la larga lista de preguntas estrafalarias de Varrón: «¿Por qué está prohibido preguntar si el protector divino de la ciudad es un dios o una diosa? ¿Por qué se ata heno a los cuernos de los bueyes? ¿Por qué llevan los ciudadanos nobles pequeños lunares en los zapatos? ¿Por qué es costumbre que los recién casados toquen el fuego y el agua?» Nadie había sabido encontrar una explicación satisfactoria para tales rarezas. Con mala sombra, el imperial bromista planteaba a los magistrados y dignatarios despavoridos aquellas retorcidas adivinanzas y se enfadaba si no se les ocurría al instante una solución, por absurda que fuera. Su pasión por las bromas, unida al poder imperial, se había vuelto temible. Dio un ejemplo espeluznante de ello.

En el momento en que todo el mundo lo creía a punto de expirar, un tal Potito, cargado de deudas, había ideado una ingeniosa manera de salir del apuro. Se había inspirado en la antigua práctica de la devotio que consistía en ofrecer la propia vida a los dioses infernales a cambio de la de un enfermo. Sólo algunas madres desesperadas por salvar la vida de su hijo agonizante realizaban aquel terrible juramento. Calígula mandó llamar al imprudente.

–Me he enterado de tu hermosa acción -le anunció-. He decidido recompensarte. Recibirás cien mil sestercios.

–¿Cómo agradecértelo, César? ¡Eres tan bueno!

–Deja el menester de agradecérmelo a tus herederos. Por supuesto, yo soy demasiado bueno para rechazar tu ofrecimiento, así que tu deseo se verá

cumplido.

A una señal suya, dos lictores flanquearon al hombre.

–Coronad a mi amigo Potito de verbena, adornadlo con cintas como a las víctimas de los sacrificios y paseadlo por Roma para que todos le rindan homenaje. Después conducidlo a la roca Tarpeya. Pero fijaos bien: debéis empujarlo al vacío con ayuda de una barra de oro macizo. – Dirigiéndose al hombre, que temblaba como un azogado, agregó-: Mereces ese honor. No olvides, te lo ruego, trasmitirles mis saludos a Augusto y a Tiberio en la morada de los muertos.

Aquella crueldad pretendidamente graciosa, seguida del pago de la suma prometida a la viuda del condenado, fue la comidilla de la sociedad romana hasta el día en que el asunto aún más asombroso de la boda de Pisón la relegó casi al olvido.

Calpurnio Pisón era el hijo único de una noble familia que, por motivos que sólo Tiberio conocía, había recibido un trato desfavorable por parte del régimen anterior. Aquel ambicioso joven, a quien todavía no se le había presentado la ocasión de hacer valer sus méritos ante el nuevo emperador, lo invitó a su boda con la esperanza de obtener su beneplácito.

Mientras aguardaban al emperador y a su séquito, los invitados se apresuraron a cambiar su atuendo de ciudad por la ligera túnica sin ceñir que se llevaba para las comidas. Luego se instalaron en los divanes. Cuando Calígula ocupó su lugar, los presentes guardaron silencio y se pasaron unos a otros los dioses lares de la casa. Todo el mundo besó las antiguas estatuillas.

La costumbre dictaba que las familias exhibieran ante los invitados sus posesiones de más valor. Las mesas estaban cubiertas de espléndidas vajillas de oro, plata y cristal. Bajo el velo naranja de las novias, Orestila, una muchacha morena de dieciséis años, estaba resplandeciente. Calpurnio Pisón pronunció un breve discurso demasiado redondo para ser improvisado.

–El emperador está en su casa en cualquier lugar que honra con su presencia -concluyó-. Todo, bajo mi techo, le pertenece aún más que a mí mismo.

–Te doy las gracias, Calpurnio. Que tu unión sea feliz y fecunda.

Eligieron a suertes al «maestro de la bebida», encargado de supervisar la preparación y la mezcla de los vinos. La función le correspondió a Barbato, que tras ponerse de acuerdo con el especialista en tales artes, anunció sus intenciones mediante unas cuantas frases alambicadas. Orgullosa de que su esposo desempeñara un papel vistoso, Lépida no perdía de vista a Mesalina, cuyas imprudencias temía.

Por fin, los esclavos encargados del comedor llevaron ayudándose de unas parihuelas los manjares que constituían el primer plato. Según los usos de los amantes de la alta gastronomía, éste comenzaba con una gollería exótica cuyo aspecto debía convencer de la fortuna y el buen gusto del anfitrión. En aquel caso se trataba de un jabalí gigante que un artista había dotado de colmillos de marfil y de dos enormes ojos de lapislázuli. Lo habían vaciado y recompuesto prestando tal atención a los detalles que cualquiera hubiera dicho que el animal estaba a punto de arremeter contra los asistentes.

–Esto se presenta bien -dictaminó Claudio-. Tengo la impresión de que el cocinero conoce su oficio. ¿Tú qué opinas, bonita?

–El jabalí es estupendo, pero ¿te has fijado en los sirvientes? Es Una idea divertida. Deberíamos imitarla en casa.

El personal doméstico estrenaba ropa y, gracias a un ingenioso refinamiento, los que cumplían la misma tarea guardaban cierto parecido físico. Así, los escanciadores eran muchachos rubios, las camareras eran rollizas morenas y los portadores de platos, nubios. Uno de éstos, un mozo de colosales proporciones, adornaba con su escultural cuerpo de ébano la puerta que conducía a las cocinas.

Como la corte que acompaña al monarca, seguía al jabalí una larga procesión de bandejas de plata cargadas de exquisiteces de lo más diversas: primero el marisco, que fascinaba a los romanos, erizos de mar, ostras del lago Lucrino, almejas y moluscos de toda clase. Después venían los patés y pasteles salados en sus relucientes terrinas de barro pulido, las aves dispuestas sobre un lecho de espárragos y las especialidades más delicadas, como papafigos, ubres y vulvas de cerda. Cada cual alargó la mano hacia su plato preferido mientras los escanciadores de cortas túnicas llenaban las copas.

–¡Sírvete, bonita! Estoy seguro de que nunca has probado esto. Son pulpejos de camello, un descubrimiento de Apicio. Regados con vino mezclado con agua de mar reposada, son una absoluta delicia.

–¿Tú crees? Resulta un poco correoso para mi gusto.

–¿Y este pastel? Lenguas de pavo y ruiseñor confitadas con miel. Muy tiernas.

El jabalí, cuya barriga había descosido con gran habilidad valiéndose de un puñal un sirviente disfrazado de tracio, estaba relleno de salchichas y tordos. Helena, siempre dominada por su acuciante apetito, lanzaba entre un bocado y otro miradas inquietas en dirección a Gemelo.

–¡Aliméntate, querida hermana! – apostrofó de improviso Calígula a Agripina-. ¡Nuestros anfitriones no tienen intención de envenenarte!

La aludida tendió lánguidamente la mano hacia el plato más próximo.

–Coloca a Gemelo a su derecha -murmuró-, y se imagina que voy a precipitarme sobre la cena como ese glotón de Claudio.

–¡Cuando pienso que lo creímos al borde de la muerte! – suspiró Ahenobarbo.

–¿Quién iba a prever que Drusila lo curaría metiéndose en su cama? El

juego no ha acabado. Sin ella, él no resistirá mucho tiempo. Ya llegará tu momento.

Para calmar a su marido, Agripina fingía confiar en sus posibilidades, aunque para sus adentros, su ambición se le antojaba quimérica.

En el otro extremo de la sala, Lesbia se defendía de las maniobras de su joven vecino.

–¡Compórtate como es debido, Lucio! No está bien que metas la mano bajo mi estola.

–Pero si sólo he tendido el brazo para llamar al sirviente. La he posado a tu lado sin mala intención. Lo juro por Júpiter.

La joven se echó a reír, incapaz de interpretar durante mucho tiempo el papel de recatada.

Comiendo con mucha moderación por temor a engordar, Lépida observaba a Mesalina. De repente, tiró a Barbato de la manga.

–Ya te había dicho que se interesaba por ese negro.

–Te aseguro que te equivocas, querida. Deja ya de preocuparte por su conducta. Eso es asunto de su marido y nada más. No tiene más que vigilarla.

–¿Cómo quieres que la vigile? Se pasa la mitad del tiempo atracándose y la otra mitad durmiendo. ¡Y ella bien que se aprovecha, la muy zorra! Mis amigas me han contado unas cosas… Él es cornudo a más no poder.

–Se trata de una desgracia que afecta a personas de calidad. No hay que concederle demasiada importancia.

Lépida prosiguió como si no hubiera captado la indirecta.

–Si él se entera, será terrible.

–Deja de inquietarte y sírvete un poco de este cabrito, querida. Está delicioso. La salsa es una maravilla.

–¡Me trae sin cuidado tu salsa! Esta idiota supo seducir a ese memo, y ahora hay que ir con cuidado o lo perderá. Si la pillan, la va a repudiar. ¡Qué vergüenza para nosotros! ¡Pero mírala! ¡Acaba de guiñarle el ojo al negro!

–Estoy convencido de que te equivocas.

–¿Que me equivoco? Te apuesto a que se va a levantar como para ir al vomitorium y que el negro la va a seguir.

Calló de golpe. Mesalina se había puesto en pie. Se encaminó a la puerta y al franquearla, susurró unas palabras al gigante que, casi de inmediato, se esfumó.

–¡Pues sí, tenías razón, querida! – concedió Barbato con resignación-.

Nuestra hija tiene unos gustos bien extraños.

Aguardaron durante un largo rato el retorno de la lujuriosa, y Lépida propinó a su marido un codazo furibundo cuando ésta apareció, por fin, fresca y sonriente como si acabara de retocarse el maquillaje.

La abundancia de platos y de vino había animado a los comensales cuando seis bailarinas de Cádiz salieron al vasto espacio dispuesto en el centro del triclinio. Las jóvenes morenas, llevaban el cuerpo cubierto de un velo azulado impalpable, destinado más a resaltar su desnudez que a ocultarla.

–En esta familia saben vivir, sí señor -comentó Claudio-. Nos han ahorrado los acróbatas, los prestidigitadores y los recitadores de poemas. Vamos directos a Venus sin pasar por las musas. Esas chicas son capaces de resucitar a un muerto -musitó, inclinándose hacia Mesalina-. Me parecen casi tan excitantes como tú, bonita.

Las bailarinas comenzaron a contonearse. Todo en ellas rezumaba lubricidad. Con las manos acariciaban unos falos invisibles que sus bocas acogían mediante sabias felaciones. Los vientres color de bronce se agitaban con la cadencia frenética de la flauta y la pandereta. Los hombres, con un nudo en la garganta, interrumpieron sus charlas y libaciones. Las mujeres ponían de manifiesto su turbación meditante risitas. Claudio tomó la mano de Mesalina y se la acercó al bulto que le tensaba la tela de la túnica. Como el músico de la pandereta, ella tamborileó con los dedos al ritmo de la música.

–¡Vamos, bonita! – le imploró él.

Ni el lugar ni el momento se prestaban a refinamientos. Mesalina apretó la protuberancia con fuerza hasta el momento en que ésta dejó de pulsar.

Lamentaba no estar en condiciones de esmerarse más ya que las embestidas del negro le habían abierto el apetito.

Había llegado el momento del beso nupcial. Calpurnio se volvió hacia la joven novia y posó los labios en su mejilla. De repente, la voz áspera del emperador se oyó por encima del jolgorio:

–¿Quién te ha permitido tratar así a mi mujer?

El tono, ajeno por completo al ambiente distendido que reinaba, sumió a los presentes en un silencio sepulcral.

–¿Me hablas a mí, César? – balbució el joven.

–¿A quién si no? ¡Deja de acariciar a mi esposa ante mi vista! ¿Te parece apropiado? Y tú, amada mía, no te dejes besar por ese hombre. ¡Ten un poco de decencia!

Con los ojos muy abiertos por el estupor, la novia se había quedado inmóvil, como fulminada por un rayo. Calígula se levanto y fue a tomarla de la mano.

–¡Ven, hermosa mía!

Demasiado aterrorizada para ofrecer resistencia, ella dirigió una mirada enfebrecida a su marido, que mantenía la vista fija en el mantel, como absorto en una meditación que lo aislaba del mundo. Con pasos cortos, como una cautiva, su novia siguió al emperador hasta la puerta cuya colgadura levantó el gigantesco negro.

Los comensales permanecieron callados durante unos momentos.

–¡Pobre Cayo! – susurró Lesbia al oído de su vecino-. Es su enfermedad.

Lucio se guardó de responder. Cualquier palabra era susceptible de ser oída, repetida, deformada, y no le apetecía en absoluto conocer de cerca la roca Tarpeya ni las Gemonías. Helena fue la primera en hablar.

–¡Está loco! ¡Completamente loco!

Como si hubiesen estado esperando esta señal, los comensales se pusieron a intercambiar en voz alta comentarios sobre el arte culinario.

–El cochinillo a la jardinera está delicioso, aunque todo depende de la salsa.

–Mi cocinero tiene una receta: pimienta, ruda, garó, vino blanco, miel y un poco de aceite. Es exquisito.

–Vamos, prueba este vino de Creta, bonita.

–¡No se puede preparar un buen minutal sin testículos de gallo! ¡Por más menudillos y croquetas que se añadan, la pepitoria no merece el nombre de minutal si no lleva testículos de gallo!

–¿Con apio silvestre y cilantro?

–Sí. Mucho cilantro.

Por fin, el esclavo levantó la colgadura y el emperador reapareció, seguido de Livia Orestila, ruborizada y con el pelo enmarañado. Sin apartar los ojos del suelo, la joven regresó a su asiento.

–Te felicito, Calpurnio. Has demostrado tu buen gusto al querer acariciar a mi mujer y te lo perdono si me prometes que no se va a repetir.

–¡Te lo prometo, César!

–Eres un chico inteligente. Encontraremos un puesto a tu altura.

Entonces se oyó una voz infantil.

–¡Pero Cayo, no puedes quitarle a su mujer!

–¿Quién te ha pedido tu parecer? – chilló Calígula-. ¿Desde cuándo el hijo de Sejano y de su puta imparte lecciones al emperador?

Gemelo prorrumpió en sollozos. Helena rompió el silencio que el exabrupto había impuesto en la sala.

–¿Cómo te atreves a insultar a nuestra madre? ¡Tú, que no eres más que un enfermo, un demente! ¡Todo el mundo te teme aquí, pero a mí no me das miedo! ¿Es culpa nuestra que tu Drusila te haya dejado plantado?

Acto seguido se levantó, y llevándose a su hermano, se encaminó con paso altivo hacia la puerta.

Calígula la miró alejarse sin rechistar. A quienes osaron alzar la mirada hacia él les pareció que su rostro se había transformado en piedra.

Roma, abril del año 38

Helena se despertó con un sobresalto. Unos golpes fuertes resonaron en la puerta y por toda la casa se oyó un frenético ruido de pisadas. Corrió al baúl de la ropa y tras cambiarse la túnica de noche por una estola, corrió hacia la

escalera.

Tres hombres subían por ella. El primero llevaba el casco con el penacho rojo distintivo de los centuriones.

–Traemos una orden imperial. ¿Dónde está tu hermano?

Esclavos y criados habían desaparecido como por arte de magia, y la casa había recuperado su habitual quietud nocturna.

–¿Qué orden?

–Sólo se lo notificaré a él.

–¿Venís a matarlo?

–Condúcenos hasta tu hermano.

Helena los guió. La habitación, con los pesados postigos cerrados, estaba alumbrada sólo por una pequeña lámpara, de modo que el cuerpo tendido en la cama, más que verse, se adivinaba.

–Levántate y síguenos. Éste no es el lugar adecuado para comunicarte el mensaje del emperador.

Gemelo estaba tan asustado que no lograba incorporarse bajo las sábanas.

Helena lo ayudó a ponerse de pie. Con la vista borrosa a causa de las lágrimas, consiguió que se cubriera con su más hermosa túnica. El nieto de Tiberio no debía morir en atuendo de noche.

–Ha llegado el momento -le susurró ella-. Ten coraje.

Intentó sostenerlo mientras bajaba la escalera, pero su propia corpulencia se lo impedía. Un legionario tomó al adolescente bajo el brazo para evitar que se cayera. Las primeras luces del alba iluminaban el atrio.

–César ordena que te des muerte ante nuestros ojos. Aquí tienes una espada.

¡Deprisa!

Horrorizado, el niño miró el arma que le tendía un legionario.

–¡Pero si Cayo me quiere! ¡Me adoptó y soy su hijo! ¡Él no puede haber ordenado eso, es un error!

–He recibido la orden de los mismos labios del emperador. No nos hagas perder el tiempo.

–Cayo nos odia a los dos -terció Helena- y, tarde o temprano, era inevitable que acabase con nosotros. ¡Es peor que Tiberio! ¡Terminad con esto de una vez y matadlo! Ya veis que no es capaz de quitarse la vida. ¡Matadme a mí también, os lo suplico!

–La orden especifica que tu hermano debe darse muerte.

–¡El muy bribón! ¡Peor que Tiberio!

–Ten cuidado con lo que dices. Y tú, agarra esa espada y ejecuta sin demora la orden del emperador.

Helena tomó la mano de su hermano.

–¡Demuéstrales de quién eres hijo!

–No… no sé cómo hacerlo.

El centurión dio unos pasos al frente y le habló como a un recluta durante la instrucción.

–Es muy sencillo. Colocas la punta bajo las costillas, ahí, ése es el lugar adecuado, exacto. Normalmente, se apoya la empuñadura al pie de una pared, pero vamos a sujetarla, así resultará más sencillo. Después, tú te abalanzas hacia delante con todas tus fuerzas.

Gemelo temblaba de tal modo que el centurión, impaciente, se situó detrás de él y, con un violento empellón, lo arrojó sobre la espada que empuñaba su subordinado. El adolescente profirió un alarido al caer sobre el suelo de mármol.

–¡Ahora me toca a mí! – reclamó Helena.

–No tenemos órdenes respecto a ti.

–¡El emperador es un perro! – gritó, decidida a perecer-. ¡Un cerdo!

–¡Cállate, loca!

–¡Lo mataré!

–¿Te vas a callar, sí o no?

–No, no me pienso callar. ¡El emperador es un batalos!

Aquella palabra griega, que designaba al invertido que cumplía el ignominioso papel de la mujer, constituía el peor de los insultos para un romano.

–Cállate, gorda, o si no…

Helena sintió que el momento de la liberación se hallaba cerca.

–¡Tú también, centurión, eres un batalos! ¡Te dejas dar por el culo por tus hombres!

Con un revés de espada, el hombre le segó la cabeza.

| Roma, mayo del año 38

Luchando por contener las lágrimas que se agolpaban en su garganta, el viejo liberto sacudió la cabeza de arriba abajo, con el gesto de negación propio de los griegos.

–¡No, ama, no! Todavía no ha llegado tu hora. No es momento aún de separarnos.

Rígida en su sillón, con la tez más cérea que nunca, Antonia levantó la mano para hacerlo callar.

–Para de gemir, Palas. Sé muy bien en qué momento me encuentro. Te dejo dinero suficiente para que puedas retirarte al campo. ¿Acaso no es eso lo que deseas?

–No. Si sobreviene tan funesto suceso, quiero quedarme con tu familia. Ése es mi lugar.

–¿Quieres pasar al servicio de mi hijo?

–Sí.

–Muy bien. Como no eres esclavo, tienes derecho a elegir a tu amo. Tal vez evites que ese pobre Claudio cometa más locuras. Lamento que debas soportar a la pequeña ramera que ha metido la mano en su fortuna. Vela por él, no es un hombre malo, aunque peca de atolondrado, glotón y lujurioso.

Procura paliar los efectos de esos vicios.

El liberto se parapetó frente a la emoción tras una expresión hierática.

–Haré lo que me ordenas, ama.

–Harás lo que podrás, lo sé, ¡pero vas a vivir en un curioso mundo, mi pobre Palas! Un mundo gobernado por un asesino incestuoso. La anciana intentó levantarse pero cayó pesadamente en el asiento.

–¿Quieres que llame al médico, ama?

–¿Para qué? El mejor de los médicos está a punto de llegar.

Reuniendo todas sus energías, logró ponerse de pie y después como una torre cuyos cimientos lleva socavando durante largo tiempo el enemigo, se desplomó cuan larga era sobre las losas de mármol.

El liberto se precipitó hacia ella. Acababa de comprender que la dama se había propuesto morir de pie.

La muerte de Gemelo y de Helena sólo había provocado emociones secretas. Para entonces todos estaban demasiado atemorizados para hablar del doble asesinato. Claudio no se atrevía a aludir a él delante de su sobrino.

Enia quedó tan consternada que experimentó un gran alivio al advertir que su amante la rehuía, pues temía no ser capaz de disimular su horror. Macrón le comunicó que Domicio Ahenobarbo había votado a favor de una moción presentada en el Senado para felicitar al emperador por haber extirpado de raíz la conspiración de los partidarios de Gemelo.

–¡Es monstruoso! ¡Regocijarse de la muerte de un niño! – No se regocija.

Es que cree que si Cayo muriese, él estaría en la lista de los posibles sucesores.

–¿Ningún senador ha protestado? – ¡Si supieras lo cobardes que son! – ¿Y

el pueblo?

–Los romanos casi no conocían a Gemelo, y menos aún a Helena. Y

además, piensan como Augusto, que, antes de mandar estrangular al hijo de Julio César y de Cleopatra, sentenció: «No puede haber dos Césares bajo el mismo sol.»

–¡No es lo mismo! Augusto no conocía a Cesarión. Cayo, en cambio, ordenó que matasen a su compañero de Capri, que lo amaba y lo admiraba.

¿Cómo ha llegado hasta ese punto?

Para sus adentros, Macrón estaba encantado de que aquella crueldad le

abriese por fin los ojos a Enia con respecto a la verdadera calaña de su amante.

–Padece un trastorno del espíritu, eso es todo. La manía, la megalomanía,

¿qué se yo?

–¡Tiberio le hizo pasar tanto miedo en Capri…! Su enfermedad deriva de eso, porque él posee un fondo bueno. Me cuesta creer lo que está ocurriendo. Me preocupa tu seguridad.

–Pierde cuidado. En todo caso, yo seguiré manifestándole lo que pienso.

–Se toma muy mal tus observaciones. Dice que siempre pontificas.

–Ha perdido la razón, y es preciso que alguien se la devuelva. Pasa la mitad del tiempo disfrazado, unas veces de Isis, otras de Apolo. Cuentan que sus criados se llevan las estatuas de Júpiter de los templos para que el escultor sustituya la cabeza del rey de los dioses por la suya. ¡Imagínate!

–¡Esa crueldad parece tan impropia de él…! Él no es malo.

–¡Tus esfuerzos por convertirlo en el mejor de los emperadores no han rendido, por desgracia, grandes frutos! Y eso que tú pusiste todo de tu parte.

Otro en su lugar se habría mostrado triunfal, le habría restregado por las narices las advertencias que había desoído, habría aprovechado para vengarse. Sin embargo, ahora que su amante la abandonaba, su tosco marido, a quien tanto había descuidado, la trataba con una delicadeza infinita. La idea de que la quería sin saber expresárselo se abrió paso en su mente como una revelación.

–Lo siento -murmuró.

–Yo también lo siento -contestó él-. Debí intervenir cuando mató a Tiberio.

–¿Lo mató? – preguntó ella, atónita.

–El o un hombre que actuaba bajo sus órdenes. Lo descubrí todo porque habían obrado con mucha torpeza. Fui yo quien encontró el testamento en el que Tiberio lo nombraba sucesor. Habría podido ocultarlo, sublevar las cohortes, alertar al Senado. En lugar de ello, me callé.

Enia apeló a todo su valor.

–He de hablar con él. Quizá no todo esté perdido.

–Sé prudente, Enia. Sus enfados son temibles.

Fue a ver a Calígula al día siguiente. Como si hubiera olvidado que la había estado esquivando durante varias semanas, éste se mostró encantado por la visita.

–Es preciso que conozcas a Incitatus. Te va a gustar mucho. Te llevaré a las caballerizas de los Verdes.

Pese a que se había propuesto mantener la calma, ella estaba con los nervios a flor de piel y al oír aquella proposición, se deshizo en sollozos.

–¿Cómo pudiste ordenar la muerte de Gemelo? – logró articular por fin-.

¡Qué horror, Cayo, qué horror!

Estupefacta, se percató de que a él se le habían humedecido los ojos.

–Sí, es verdad. ¡Lo maté para castigar a la gorda de su hermana! «¿Es culpa nuestra si tu Drusila te ha dejado plantado?» Eso dijo, ¿te das cuenta? Yo sabía que la muerte de su hermano sería para ella el peor de los castigos.

Pero el imbécil del centurión no comprendió nada. ¡Ella lo provocó y la degolló, el muy cretino! – Las palabras brotaban de su boca a borbotones, como el vino de un odre agujereado-. Y Gemelo que me insultó en público:

«¡Pero Cayo, no puedes quitarle a su mujer!» ¡En público, Enia, en público!

¿Qué le importaba a él que yo me acostara con Livia Orestila o con otra?

¡Ah, la virtuosa joven novia! ¡Si la hubieras visto detrás de la colgadura,

pedía aún más! ¡A continuación, solicitó un puesto para su marido! ¡Todas unas putas! Tiberio tenía razón: ¡el mundo está podrido, Enia, el mundo está podrido! ¡Y Drusila ya no me quiere!

–Sí te quiere, Cayo. Te dejó porque no está en su mano darte lo que esperas de ella. Quisiera dártelo, pero no puede. Cree que es un delito y teme el castigo de los dioses.

–Yo no temo en absoluto a los dioses puesto que soy un dios. Ella lo sabe y aun así quiere tratarme como a un hombre normal. ¿Te dijo que me pidió que me casara contigo y que tuviera un hijo contigo?

–Sí, Cayo, me lo dijo.

–¿Y qué le respondiste?

–Que representaría un orgullo y un placer par mí, pero que tú no aceptarías.

–¡No, no aceptaría! – espetó él, de nuevo en tono tajante- Es ella quien te envía, ¿verdad? Escríbele que, si no regresa, ocurrirán cosas terribles en Roma. Adiós, Enia. Cuídate. Y ámame.

Cuando ella repasó este episodio en su mente, esa noche, la fórmula usual de despedida le pareció una amarga ironía. Lo amaba, pero en eso consistía precisamente su enfermedad.

Tiberíades, mayo del año 38

Agripa no alcanzaba a comprender el creciente interés que despertaba en Salomé la secta de los Amigos de Yeshua. ¿ Cómo era posible que aquella jovencita licenciosa e impía, que se había acostado con su padrastro a fin de obtener la cabeza de un hombre, frecuentara a los visionarios que habían tomado al hijo de un carpintero por el Mesías de Israel?

–¿ Podrías explicarme qué es lo que te atrae de esos iluminados? – Nunca

había conocido a judíos como ellos. No se pelean, los pobres no envidian a los ricos, los ricos no tienen miedo de los pobres. No sólo se llaman hermanos unos a otros, sino que lo son de veras. Se aman.

–¿Quieres decir que se acuestan todos juntos como los romanos en las bacanales?

–Por supuesto que no -repuso, indignada-. Te repito que han recibido algo de lo que los otros carecen. Si oyeras hablar a Pedro, estoy segura de que pensarías como yo. – ¿El pescador del lago? – Sí.

…, – No debe de ser un gran orador. De todas formas, el arameo no es un idioma adecuado para la elocuencia. – Habla latín y griego. – ¿Estás de broma?

–No. El asegura que es un don que le concedió el Bendito para convencer a los incircuncisos.

–¡Pamplinas! – Obra milagros. – ¡Cuentos!

–Es un gran taumaturgo. Está en Tiberíades desde hace unos días. Esta noche viene a palacio.

–¿Lo has invitado aquí? ¡Pero si es una locura! ¡Si alguien se enterase, me encontraría en un aprieto!

–Viene por la pequeña Ester, la hija del portero. – ¿Para qué? Si tiene los pulmones destrozados. Mi médico me ha dicho esta mañana que no durará más de dos días.

–Por eso su madre ha llamado a Pedro. En Jerusalén hace muchos milagros.

–¿Un hombre que aprende el latín y el griego en tres semanas y cura a los moribundos? ¡Has perdido la cabeza, mi pobre Salomé! – ¿Por qué no pasas un momento por casa de nuestro portero esta noche? Al fin y al cabo, le conté a Calígula que eras amigo de Pedro, y no está de más que lo

conozcas.

Aquello olía a encerrona. Todo encajaba demasiado bien para que ella no hubiera organizado el encuentro.

–Haré algo más que eso: recibiré a tu taumaturgo. Me ha entrado curiosidad por conocer a ese personaje.

Al caer la noche, entró en la caseta del portero. El pescador se encontraba ya allí. Era un hombre de hombros musculosos con una barba casi totalmente blanca cuyo rostro atezado irradiaba la bondad sin remilgos de los humildes. Respondía con paciencia, en un arameo áspero, a las súplicas de la madre.

–No me pidas nada. Reza a Yeshua, que murió por ti, para que cure a tu hija. ¿Dónde está?

Agripa los siguió hasta la habitación. Desde la cama llegaba un estertor indicativo de que la pequeña había entrado ya en agonía. Sus dedos se crispaban ya sobre la colcha. Pedro se inclinó, la tomo en brazos y la levantó.

–¡Bendito el que murió por nosotros, acógela en tu piedad! Depositó a la niña en el suelo y, con una gran carcajada, ésta corrió a abrazar a su madre.

Dudando de lo que acababa de presenciar, Agripa oyó a los asistentes dar gracias al Bendito. Luego se acercó a Pedro. – ¿Sabes quién soy? – le preguntó en griego.

–Eres el príncipe Agripa -le respondió el pescador en esa lengua, sin el menor asomo de acento-, nieto de Herodes el Cruel, nombrado no hace mucho tetrarca de Galilea.

–Me gustaría hablar contigo con más calma. ¿Querrías acompañarme?

El anciano llegó sin muestra de ahogo a lo alto de las escaleras. El príncipe

lo hizo pasar a su biblioteca y lo invitó a sentarse. – ¿ Quieres beber o comer algo? – le preguntó, esta vez en latín. – No, gracias. Veo que te interesa averiguar qué lenguas hablo. Aparte del arameo, conozco sólo estas dos. Yeshua pensó sin duda que me bastarían para predicar la buena nueva.

Agripa creía estar soñando. Aquel judío inculto hablaba latín como un vecino de la ciudad del Tíber.

–¡Eres un hombre sorprendente! ¿A qué llamas la buena nueva?

–El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob nos envió a su hijo, Yeshua el Bendito. Él sufrió por nosotros en la cruz, y resucitó al tercer día. Con él y por él gozaremos de la vida eterna. Ésta es la buena nueva. Crees que estoy loco, ¿verdad?

–Para ser sincero, me dejas estupefacto con tus prodigios. Hablas unas lenguas que no has aprendido y has curado ante mis ojos a una niña que se hallaba a las puertas de la muerte. ¿Quién eres?

–Soy el servidor de la Verdad. Un día, el mundo la recibirá, pero para ello hay que anunciarla, y por eso Yeshua me animó a dejar las redes del lago para convertirme en pescador de hombres.

–¿Dónde pretendes pescar hombres?

–Por todas parte donde se hable latín y griego.

–¿Y a qué hombres quieres pescar?

–A todos. Yeshua murió por todos los hombres.

–¿Incluso los que no son judíos?

–Desde luego.

–¿Los esclavos?

–¿Acaso no son hombres?

–¿Los ricos?

–Sí, incluso los ricos.

–¿Los senadores? ¿Los gobernadores de provincias?

–¿Porqué no?

–¿El emperador?

Pedro esbozó una astuta sonrisa de campesino.

–¡Por fin! Pensaba que nunca lo mencionarías. Y yo te doy la misma respuesta. ¿Acaso no es un hombre? Yeshua murió también por él.

–Reconoce, pescador, que es un pez muy grande.

–La red del Bendito es capaz de atraparlos a todos, grandes o pequeños.

–¿Te atreverías a llevar tu buena nueva a Roma? Pedro posó sobre el príncipe su tranquila mirada. – ¿Por qué no? ¿Has oído hablar alguna vez de un pescador que rehusara pescar un pez porque es demasiado grande?

Seguir: parte 2 de 2