Calígula
Amada Drusila
Enia no sospechaba en absoluto que el príncipe estaba sometiéndola a examen. Había aceptado con pesar la invitación del maestro de ceremonias.
Preocupada por no llamar la atención, había decidido no levantar la cabeza, pero el hermoso discurso de Cayo la había conmovido tanto que no fue capaz de reprimir el impulso de compartir su emoción. Al alzar la vista, reparó en la mirada de Antonia. La anciana dama contemplaba al emperador, que bajaba del estrado. Estupefacta, Enia advirtió odio en sus ojos.
Un rumor confuso llegaba de los márgenes del río. La guardia repartía golpes entre los agitadores, cuyos gritos, traídos por las ráfagas de viento, se oían con claridad: «¡Tiberio al Tíber!» De repente, estalló una tormenta y el aguacero dispersó a la reducida multitud. Pese a los esfuerzos de los empapados esclavos, las últimas llamas vacilaban, moribundas; el fuego no duraría lo suficiente para apagarlo con vino, como dictaba el ritual. El maestro de ceremonias efectuó una señal: concluirían la cremación en otra parte. Acto seguido, cargaron sobre una litera una informe masa renegrida en la que se adivinaba el blanco de los huesos y las brillantes entraña desparramadas.
El amo del mundo se despedía de Roma.
AMADA DRUSILA
Abril de 37 – 10 de junio de 38
d.C.
Pandataria, 10 de abril del año 37
El vigoroso viento batía las velas de la embarcación pequeña y alargada.
Una decena de marinos con túnica de cuero se afanaba en el puente. El oficial se acercó al hombre y a la joven que conversaban y se cuadró.
–Estamos listos, César. La travesía no durará más de una hora.
–Zarpemos, pues. No hay tiempo que perder.
Calígula iba vestido con ropa oscura y, sin su anillo, habría podido pasar por un comerciante. Contraviniendo todas las costumbres, había exigido que no lo acompañaran más que unos cuantos guardaespaldas.
–¿Qué va a pensar tu familia? – preguntó Enia-. Tus hermanas deberían estar aquí, y no yo.
–No quería hacerlos pasar por esto. Además, me apetecía estar tranquilo.
Me cansan todos esos cortesanos, esos funcionarios, esos solicitantes.
La precedió hasta el pequeño cuadrado cubierto cuyos bancos de tosca madera habían guarnecido con cojines especialmente para ellos.
–No será muy lujoso, pero nadie nos va a molestar. ¡Al regreso, cuando remontemos el Tíber, será muy distinta la cosa! La ceremonia estará a la altura del acontecimiento. ¡Y pensar que mi madre habrá tardado veinte años en reunirse con mi padre! ¡Veinte años!
Se sentó frente a la joven y le tomó la mano, mientras el barco abandonaba lentamente el puerto.
¡Si supieras, Enia, cuántas veces soñé con este momento en Capri! Ésta era la plegaria que elevaba cada noche a Isis: «Permíteme, bienhechora, reunir las cenizas de los míos. De todos los míos.» Y casi lo hemos conseguido, puesto que mis hermanos descansan ya en el mausoleo.
–Eras muy joven cuando murió tu padre. ¿Te acuerdas de él? – Tenía tres
años. Creo recordar a una especie de gigante que me levantaba en vilo con sus enormes manos y de unas voces que gritaban: «Viva Germánico.»
Había nieve, estábamos en Germania. Como sabes, murió en Asia, lejos de nosotros, unos meses más tarde. ¡Un gigante! ¡Hermoso como Apolo y fuerte como Hércules! En eso, no me parezco a él.
–¿Y tu madre? A ella también te la arrebataron muy pronto. – Sí. Cuando Tiberio la desterró a la isla adonde nos dirigimos, dispuso que me instalase en casa de Livia y luego, después de su muerte, en la de Antonia. Más tarde, por desgracia, me obligó a trasladarme a Capri con él. Yo, por mi parte, soñaba con volver al lado de mi madre.
–¿Tanto la querías?
Cayo irguió la cabeza, con expresión de amargura.
–Sí, la quería.
Desvió la mirada como si quisiera seguir, a través de la amplia portilla, la danza de las chillonas gaviotas.
–Y sin embargo no tenía buen carácter. Agripina no heredó sólo el nombre de nuestra madre. También se le parece en eso.
–La conozco sólo de vista. Nunca me ha dirigido la palabra.
–Es demasiado orgullosa. Para ella, tú no eres nada. Mi madre era de ese tipo de mujeres. ¡Dura como un escudo! ¡Una guerrera temible! Se necesitaba un Germánico para plantarle cara. Comprendo que Tiberio la mandase lejos, pues ella realmente había urdido un complot, pero habría podido enviarla a Samos o a Quíos, en lugar de a ese sitio horrible donde murió de pena. – A su mirada asomó el relumbre que inquietaba a veces a Enia-. Fue un crimen.
¡Y Tiberio lo pagó!
–¿Y Livia? – inquirió ella, para cambiar de tema.
–También era dura, aunque mucho más hábil que mi madre. Tenía dotes para la política; habría gobernado el Imperio si Augusto la hubiera dejado.
Era igual de ambiciosa que Agripina. A propósito, ¿te he dicho que Lesbia te elogia constantemente? Ella siempre dice lo que piensa. «¡Qué bien te sienta la púrpura, Cayo!» -exclamó imitando la voz de su hermana menor.
–¡Pues estoy de acuerdo! – rió Enia-. La púrpura favorece a los rubios.
Estabas magnífico.
La isla, próxima ya, presentaba un aspecto siniestro. Algunos árboles torcidos por el viento brotaban de un suelo grisáceo. En la cala que hacía las veces de puerto, los esperaba un manipulo de soldados a las órdenes de un centurión. Éste saludó cuadrándose.
–Tal como lo ordenaste, César, nadie te molestará. He prohibido a la población que salga de sus casas.
Señaló una plazoleta rodeada de unas cuantas casas de pescadores de un color blanco sucio.
–Sólo hay esta aldea.
–¿ Dónde se alojaba mi madre?
–En la casa de la izquierda. Las otras estaban ocupadas por los guardias.
Unos germanos, según me han dicho. En todo caso, no hablaban una palabra de latín. Y éste es el hombre que se encargó de darle sepultura.
Un viejo de miembros sarmentosos se les acercó, haciendo bocina con la mano en torno a la oreja derecha.
–¿Conociste a mi madre?
El hombre indicó con un ademán que no comprendía.
–Te pregunto si conociste a Agripina -repitió Calígula levantando la voz.
–¡Claro que la conocí! ¡Fui yo mismo quien la quemó! ¡ Ay, pobre mujer!
No dejó más cenizas que un haz de leña. ¡Por Júpiter, cuando murió pesaba lo mismo que una niña de diez años! Ahora, reposa en mi huerto.
–Vayamos allí. ¿No habrán cambiado de lugar la urna, espero?
–Hemos dejado todo como estaba, conforme a tus órdenes.
–Vamos, abuelo, condúcenos a tu huerto.
Enia admiró la devoción filial de Cayo quien, en lugar de disponer que llevasen a Roma las cenizas de su madre, había querido acudir a participar en aquella dolorosa tarea.
–¡No pesaba más que una niña, no! – insistió el campesino-.
Y no dejó más cenizas que un haz de leña. ¡ Ah, los soldados habían preparado su cadáver de una manera…! Tenía un ojo reventado que colgaba y…
–¡Guíanos y mantén la boca cerrada, viejo loco! – lo interrumpió el centurión.
El pequeño grupo se puso en marcha. Calígula animó a Enia, que por discreción avanzaba con los guardaespaldas, a caminar a su diestra.
No fue una caminata larga. Al final de un sendero, la tosca talla de olivo de un dios agrario defendía un huerto contra los ladrones de cebollas y tomates. Pasaron junto a una hilera de colmenas.
–Si quieres miel, hijo, te la venderé menos cara que en Roma -ofreció el viejo, que todavía no había comprendido ante quién se encontraba.
Se detuvo delante de una pequeña construcción de mampostería cubierta de excrementos de pájaro.
–Allí está. Con mi familia. Llévatela, puesto que es tu madre.
–¿Y cómo quieres que la encuentre, asno? – espetó el centurión-. ¡Sólo tú sabes dónde está! ¡A qué esperas, pues!
–¡Ya lo veréis! ¡Menos cenizas que las de un haz de leña!
Rebuscó en la oscura cavidad.
–No, ésta es de mi tío. ¡Esta es mi pobre esposa! ¡ Ah, qué trabajadora que era! Ésta sí es tu madre. – Se volvió con aire triunfal, mostrando un jarrón de terracota recubierto de un liquen verdusco-. Aquí la tienes, tu madre.
Tendió el objeto a Calígula. Viendo que le temblaban las manos, Enia se adelantó, tomó la urna y al echarle un vistazo sufrió un sobresalto. Encima del nombre de Agripina, leyó, trazadas con carbón, las palabras: «La gran puta.» Extrajo de su estola un paño de lino y borró el ultraje.
–¡No lo limpies! ¡Quiero que toda Roma vea cómo trató Tiberio sus cenizas!
Durante el viaje de regreso, Calígula no pronunció una palabra y Enia respetó su silencio. Cuando llegaron a las bocas del Tíber, una barca los recogió para trasladarlos al birreme que iba a remontar el río hasta Roma.
El emperador se puso el majestuoso atuendo de luto y con el velo blanco sobre la cabeza subió de nuevo al puente, donde habían instalado un estrado con un sillón dorado. Se sentó en él, con la urna entre los brazos, a fin de que los espectadores apiñados en las orillas pudieran ver pasar a Agripina, camino de su reencuentro con Germánico.
La muchedumbre era inmensa. La gente repetía que para cumplir sus últimos deberes para con su madre, el nuevo emperador se había enfrentado a una terrible tormenta, y todos admiraban su profundo afecto. En el
embarcadero principal de Roma, que habían desembarazado para la ocasión de los silos donde guardaban el trigo, la familia imperial al completo aguardaba a su jefe. Agripina estaba furiosa.
–¿Cómo ha podido llevar consigo a esa intrigante? ¿Qué tiene que ver ella con nuestra madre? ¡Es una vergüenza, un escándalo!
–Seguramente necesitaba estar con una amiga -apuntó Lesbia.
–¿Y nosotros qué? ¿Acaso no existimos?
–No es lo mismo.
Drusila se desinteresó ostensiblemente de la discusión. Claudio, por su parte, le puso fin.
–¡Silencio! ¡Las vestales os oyen!
Las vírgenes sagradas, precedidas de los lectores a quienes su dignidad les confería derecho a ello, tomaron posición en el muelle. Tras ellas venía la larga procesión de parihuelas de plata destinadas a transportar las imágenes de los antepasados de las dos familias.
Un murmullo de compasión recorrió a los presentes cuando Calígula apareció en la pasarela. Tocado con el velo blanco, mantenía abrazado contra su toga púrpura un pote de barro parecido a esos donde se guardan los rábanos. Luego avanzó hacia los suyos elevando hacia el cielo aquel tosco recipiente.
–¡Nuestra amada madre ha regresado! Va a reunirse con nuestro padre en su mausoleo. ¡Demos gracias a los dioses!
Al oír que Lesbia sollozaba, Agripina le propinó un codazo.
"-¡Calla! ¡Mejor fíjate en lo que ocurre!
Una silueta femenina, con el rostro velado, descendía por la pasarela en medio de un grupo de marinos.
–~¡No tendrá la osadía de imponernos a la intrigante en el mausoleo!
Tras secarse los ojos, Lesbia soltó, en un leve tono de desafío: Pues es muy guapa y muy simpática. Comprendo muy bien a Cayo. Espero que se case con ella.
Siempre le había gustado ver la expresión furibunda que adoptaba Agripina cuando alguien se atrevía a llevarle la contraria.
Roma, abril del año 37
A veces, Calígula tenía la impresión de haber soñado los interminables años de inactividad y angustia transcurridos en Capri, como consecuencia del radical vuelco que había experimentado su vida desde su ascensión al trono.
–¡El asno que da vueltas en el molino no está sin duda más ocupado que yo!
–Tú por lo menos comes mejor y disfrutas de bellas asnas -replicó Claudio-.
¡De todas formas, no me gustaría dedicarme a tu oficio!
–Lo más duro son las palabrerías inútiles. ¡Qué hipócrita, ese Augusto! ¡
Ah, los reyes sí tienen suerte!
Calígula soportaba mal la ficción sobre la que se asentaba el régimen.
Aunque todopoderoso, el emperador no dejaba de ser el princeps, el primero de los romanos, que debía tener en cuenta la opinión de los otros.
Pese a que él habría tomado ya una decisión, estaba obligado a escuchar pacientemente a unos viejos de facultades mermadas y torpe elocuencia.
El 18 de marzo, el Senado le había conferido todos los poderes, de modo que se había convertido en el amo del mundo. Era el gran Pontífice, el que tendía un puente entre la ciudad y sus dioses. Las monedas llevaban su
perfil, y los actos oficiales sus títulos: «Cayo César Germánico, Imperator, Gran Pontífice, Augur, investido de la potencia tribunicia.» Se levantaba al alba y, a primera hora del día, un oficial acudía a pedirle la contraseña.
Después se dirigía a la salutatio donde, de acuerdo con las reglas instituidas por Augusto, presentaba sus respetos a los senadores con un beso, saludaba a los caballeros por su nombre y ponía su mano a disposición de los plebeyos para que se la besaran. Durante la hora siguiente, cumplía con sus obligaciones sacerdotales: tender el cuchillo al victimario pronunciando la oración prescrita por el ritual, poner a quemar incienso, presenciar la degollación, escuchar el augurio derivado del examen de las entrañas. A continuación recibía a los embajadores llegados de las regiones más remotas del Imperio. Los escuchaba con tedio pero se complacía en arengarlos ejercitando sus dotes innatas de orador.
Todas las mañanas, iba a la gran oficina cuya disposición no había cambiado en un solo detalle. Sobre la mesa de Cicerón, gruesos fajos aguardaban su firma: nombramientos de gobernadores, legados de legiones y prefectos de flotas o de tropas auxiliares, peticiones de clemencia para condenados a muerte, solicitudes formuladas desde distintas provincias y ciudades. Lo ayudaba una multitud de libertos. Éstos eran, en efecto, muy numerosos en la administración imperial desde que Mecenas había recomendado a Augusto recurrir a ellos en lugar de a los caballeros o aristócratas, puesto que eran más dóciles y manejables.
Para ocupar el puesto de «efeméride», especie de secretario general del gobierno encargado de llevar el control de los compromisos del emperador, Calígula había elegido a un joven cuestor, Tito Veranio, cuyo padre había lanzado la acusación contra los asesinos de Germánico. El nuevo ascendido poseía una memoria prodigiosa y no perdía la lucidez ni durante una borrachera. Además, comprendía las órdenes a la primera y apreciaba el talante sarcástico de su amo, al que daba réplica de buena gana. El hecho de que a él también se le estuviera cayendo el pelo influyó en su nombramiento, como mínimo en igual medida que sus méritos.
El nuevo emperador conservaba las costumbres de sus años de ociosidad.
Como su predecesor Marco Antonio en la corte de Cleopatra, se había
rodeado de un grupo de «inimitables vividores», jóvenes patricios aficionados a la francachela, artistas de renombre como el mimo Mnester y el actor Apeles, favoritos, mujeres fáciles y prostitutas. Todos llevaban el anillo con la efigie del emperador que abría todas las puertas que conducían hasta él.
El nuevo reinado se presentaba bajo los mejores auspicios. La implacable ley de lesa majestad ya no era vigente. De un extremo a otro del Imperio, los escultores grababan estelas con inscripciones idénticas: «Desde la proclamación del principado, por el que todos los hombres pedían en sus oraciones, de Cayo César Germánico, la alegría del mundo no conoce ya límites. Acaba de iniciarse para los hombres la más feliz de las edades.»
Decidido a conducirse con bondad en toda circunstancia, Calígula efectuaba con benevolencia incluso las venganzas. De este modo, decidió que en el circo ningún espectador, desde el aristócrata hasta el más modesto de los ciudadanos, debía soportar la menor molestia. A falta de un entoldado lo bastante vasto para proteger a la multitud del sol, se distribuyeron con cargo al erario público sombreros de paja. A los senadores se les informó de que, para complacerlos, el emperador los dispensaba de llevar sus botas de etiqueta. Así, se dejaban ver en las gradas ataviados con togas bordadas de púrpura, sandalias en los pies y sombreros de hortelano en la cabeza.
Calígula no se cansaba de aquel espectáculo y les dedicaba irónicos elogios a cuenta de su indumentaria.
Diez años antes, tanto por cicatería como por aversión al circo, Tiberio había limitado a cien pares el número de gladiadores a los que se permitía combatir. Calígula abolió dicha restricción. Él, no obstante, prefería el arte dramático y frecuentaba con mayor gusto que el circo los tres teatros: el de Pompeyo, el de Marcelo y el de Balbo. La gente le perdonaba aquellos gustos un tanto estrambóticos.
Roma salía con alegría de los años de plomo. La multitud aclamaba al niño de las legiones no bien aparecía en público. Después del rígido Augusto y el taciturno Tiberio, el pueblo se dejaba inundar por la novedosa felicidad de tener por emperador a un j oven lleno de vida y fantasía.
Roma, abril del año 37
Al oír que Calígula subía por la escalinata, Antonia hizo acopio de fuerzas para acudir a recibirlo. Bajo las cintas de su pelo, su rostro estaba tan petrificado como el de una muerta. Las palabras rituales brotaron a duras penas de sus labios.
–¡Sé bienvenido a ésta tu casa!
–¡Querida Antonia, qué placer verte! Me han dicho que estabas enferma.
¿No será grave, espero? – La edad, nada más.
–Deberías consultar a Jenofonte.
–Tengo un médico excelente, y no quisiera ofenderlo.
–Tu delicadeza es digna de encomio.
Calígula la invitó a sentarse. A la dama le costó reprimir un suspiro de alivio por el desfallecimiento, debido más a la repulsión que a la fatiga.
Después de lo que había descubierto en Miseno, siempre que veía a Calígula sentía náuseas.
–¿Cómo está mi pequeño Gemelo?
–Muy bien.
–¿Y la pobre Helena, todavía sufre a causa de su enfermedad?
Tras haberse enterado unos años atrás de que su madre había muerto de hambre por órdenes de Tiberio, la chiquilla había sucumbido a la bulimia y la obesidad.
Has hecho bien en acogerlos a los dos -prosiguió Calígula. Te traigo una noticia que te alegrará: he decidido adoptar a Gemelo.
La desconfianza de la anciana se agudizó. No podía tratarse más que de un ardid.
–Te doy las gracias, en su nombre y en el mío. – He querido que fueras tú la primera en saberlo. Lo proclamaré mañana en el Senado. – Extrajo de la toga una tablilla y comenzó a leer con ademán teatral-: «Quiero que quien es por sangre mi primo y por afecto mi hermano comparta conmigo, conforme al deseo del difunto Tiberio, el poder imperial. De todas maneras, como todos sabéis, aún no es más que un niño que necesita tutores y pedagogos. Un día, gracias a él, el duro peso del gobierno se hará más liviano sobre mis espaldas. Me declaro padre suyo y lo declaro hijo mío.
Quiero que sea proclamado Príncipe de la Juventud.»
Antonia vio en estas últimas palabras la descorazonadora confirmación de sus sospechas. Nadie había llevado el título de Príncipe de la Juventud desde que Augusto lo había concedido a sus brillantes nietos y, entonces, aquel honor había parecido excesivo a muchos romanos. No había motivo alguno para conferírselo a Gemelo; aquello ocultaba una intención malévola. – ¿Estás satisfecha, querida Antonia?
–Muy satisfecha, Cayo -respondió ella, esforzándose por imprimir convicción a su voz.
–Me alegro. Por mi parte, querría pedirte un favor. No es nada que pueda ocasionarte molestias. Sólo deseo que reveles al Senado y al pueblo la verdad sobre mi nacimiento. – ¿La verdad sobre tu nacimiento?
–Sí, no simules sorpresa. Hablamos sin testigos. Sé que la conoces.
Los ojos de Cayo despedían aquel brillo que ella había observado a menudo cuando él era niño.
–Sabes muy bien que cuando fui concebido, a mi madre la visitó un dios; ella te lo desveló. En esa época, Germánico estaba lejos de ella. El dios Amón la fecundó, del mismo modo que fecundó a la madre de Alejandro
Magno. Cuento con tu testimonio. Antonia perdió de golpe todo dominio de sí. – ¿El hijo del dios Amón? ¿Tú, hijo de un dios egipcio que fecundo a Agripina? ¡Estás loco, Cayo! Calígula palideció de ira. – Tú nunca me has querido, pero ése no es motivo para que finjas ignorar el secreto de mi nacimiento. Mi madre te lo confió. Ha llegado la hora de revelarlo. Cuento con tu testimonio. De lo contrario…
Le dio la espalda sin precisar la amenaza. Al oír los pesados pasos de la escolta, que subía desde la calle, lamentó con amargura haber intercedido en favor de Cayo ante Tiberio.
Roma, mayo del año 37
Claudio había apreciado durante mucho tiempo las bromas de su sobrino, pero desde que lo habían nombrado emperador, las encontraba mucho menos divertidas. Ahora era importante distinguir si Calígula hablaba en serio o se burlaba de la gente, lo cual no siempre resultaba posible, por desgracia. Aquel cargo de cónsul era un ejemplo de ello: nadie le había advertido siquiera de la concesión de tan insigne honor. ¿Cómo podía concederle el emperador la más elevada de las dignidades públicas a él, que detestaba la política?
–Sí, eres en efecto uno de los dos cónsules del año. Te felicito.
–Si… si ni siquiera he sido cuestor.
–¡Vamos, tío, ya sabes que el consulado no es más que una ficción! Desde Augusto, los cónsules no cuentan para nada, es el emperador quien gobierna. Si eres cónsul, no tienes nada que hacer, tanto si quieres como si no. A propósito, ¿cómo sigue tu gramática etrusca?
–Va avanzando. Ya he terminado las dos terceras partes.
–Mejor. ¿Hace mucho que no ves a tu prima Lépida?
–¿Lépida? En realidad, no tengo especiales ganas de verla.
– i Os habéis peleado?
En absoluto. Ahenobarbo está siempre metido en su casa. Es su amante, como sin duda sabes.
Querrás decir uno de sus amantes. Precisamente, es él quien me interesa,.
Conociendo a Agripina, estoy seguro de que lo presiona para que cometa alguna tontería. Tú eres lo bastante perspicaz para descubrir si trama algo.
Acude todos los días a casa de tu prima. Allí lo encontrarás.
–No puedo pasarme la vida en su casa.
–Lo sé. Por eso he ideado para ti una estratagema digna de Ulises. Lépida tiene una hija de la que está muy orgullosa. Podrías reparar en que sus conocimientos de griego son muy deficientes.
–Pero ¿por qué? ¿Qué tiene que ver con esto los conocimientos de griego de su hija?
–Por Isis, tío, ¿no habrás perdido tus dotes para la sutileza? Hay que encontrar un pretexto para que estés metido todo el tiempo en casa de Lépida. Si constatas que el griego de la pequeña es malo, puedes ofrecerte a darle clases tú mismo; la madre se sentirá halagada. Por otra parte, dicen que la muchachita es muy guapa. ¡Así no te aburrirás, viejo sátiro!
En cuanto regresó a su casa, Claudio se puso a buscar a Elia. La encontró ocupada dictando el menú de la cena al jefe de cocina. En eso, como en otras cuestiones, era una útil consejera. Se había casado con ella diez años antes, poco después de divorciarse de la arpía que Livia le había impuesto.
Su segunda unión la había concertado Tiberio, que, por entonces, quería honrar a Sejano, hermano de Elia. Tras la caída del poderoso prefecto del pretorio, Claudio había salvado de la masacre a su esposa y, con ella, a un buen número de sus parientes. Ella, que le profesaba por ello una gratitud infinita, no le reprochaba a su marido sus pequeños defectos, que algunos definían como lascivia y glotonería. Compartía de vez en cuando su lecho y,
desde hacía dos meses, cosa sorprendente después de tantos años, ella estaba por primera vez embarazada como fruto de sus actividades nocturnas.
Elia escuchó atentamente mientras Claudio le refería la entrevista con Calígula.
–¿Así que vas a enseñarle griego a una muchachita?
–Todavía no. Es preciso que su madre me lo pida.
–Te lo pedirá. Y la muchacha te pedirá otra cosa.
–¿Qué quieres que me pida?
–¡Bah, ya lo sabes! – contestó, encogiéndose de hombros.
Al día siguiente, se hizo anunciar en casa de su prima con el pretexto de querer reanudar el contacto con su familia después de la larga separación.
Lépida era una beldad madura que luchaba por todos los medios contra los estragos de la edad. Tras haber tenido una sucesión de amantes que le valió a su marido la corona de rey de los cornudos de Roma, ahora sólo Domicio Ahenobarbo y, de vez en cuando, un hermoso y discreto esclavo gozaban de sus favores. Lucía un peinado alto y rubio que debía su esplendor tanto al tinte como al refuerzo de los postizos extraídos de las cabelleras de mujeres de Germania, importados a precio de oro. Su pasión por los perfumes y los ungüentos la llevaba a rociarse, según el día, con esencias de nardo pérsico, benjuí o mirra, lo que suponía una dura prueba para el olfato de su esposo.
Éste, Barbato, un aristócrata ajado y escéptico, vestía la inmaculada toga con la misma elegancia con que sobrellevaba su reputación de marido consentido. Acostumbrado a dejar a su mujer a solas con sus visitas, se retiró tras deplorar en términos cuidadosamente escogidos el lluvioso invierno y las aglomeraciones que provocaba la presencia de la corte en Roma.
–Desde mi regreso de Capri, estaba deseoso de volver a verte -dijo Claudio después de abrazar a su fragante prima.
–Me siento muy honrada de que mi ilustre primo no me haya olvidado -
respondió ella, halagada, con un ademán zalamero.
–¿Cómo olvidar a una mujer tan bella? Los años no pasan para ti.
La dama exhaló un suspiro de incredulidad. Después se pusieron a charlar, evocando en especial a Claudia Pulcra, la hermana mayor de Barbato, muerta unos años antes, que había sido la única romana a quien se había aplicado de modo oficial el sobrenombre de «Bella».
–Su hermosura no traía suerte a sus maridos -señaló Lépida. El primero, Varo, perdió la vida en el desastre de las tres legiones de Germania. El segundo murió loco.
¡Ah, Varo! Nunca olvidaré a Augusto, dándose cabezazos contra las paredes mientras gemía: «¡Varo, devuélveme mis legiones!» Con la seguridad de mis veinte años, yo le dije que podía reunir otras. ¡Él me contestó que hacía bien en estudiar la gramática!
A Propósito, ¿tu hija es una buena alumna?
–Pues no es muy aplicada, por desgracia. Ve a buscar a Mesalina -ordenó a un esclavo.
La jovencita que entró en la habitación era preciosa. Aunque no debía de contar más de trece o catorce años, poseía ya las curvas, la boca carnosa y la mirada resuelta de una mujer. Era rubia natural cosa que en Roma se consideraba un preciado don de Venus, y posaba sobre el mundo unos grandes ojos cándidos de color azul cielo. Claudio quedó fascinado desde el instante en que la vio. – Bue… buenos días.
La muchacha sacudió los dorados rizos de su cabellera.
–¡Buenos días, tío Claudio! Me acuerdo muy bien de ti. Tú me enseñaste a jugar a los latrunculi de pequeña.
–Como dice Demócrito -citó él en griego, poniendo en práctica la estratagema sugerida por Calígula-: «Los pequeños servicios prestados en el momento oportuno son los mayores para quienes los reciben.»
–¡Habla en latín, que no he entendido nada! – replicó la chiquilla con un mohín.
–¡Oh, muy mal, Mesalina! – exclamó Claudio-. Una muchacha de tu categoría debe hablar griego sin excusa.
–Se lo he dicho mil veces -explicó, ruborizada, Lépida-, pero ella sólo hace lo que se le antoja.
–Tú eres inteligente -aseguró él, dirigiéndose a la niña-. Aprendiste sin esfuerzo las reglas de los latrunculi, que son mucho más complicadas, así que aprenderás con igual facilidad la lengua de Hornero.
–Mi hija es más testaruda que una muía. No paro de repetirle que debe aplicarse con el griego.
–¡No quiero más esclavos pedagogos, son unos imbéciles!
–Y si yo te diera las clases, ¿querrías?
–¡Ah, sería magnífico! – se apresuró a responder Lépida-• ¡Pero tú tienes tantas cosas que hacer…!
–Y bien, Mesalina, ¿qué opinas tú?
–Contigo creo que sí me gustaría aprender el griego, a condición de que seas muy amable. – Le dedicó una sonrisa que le produjo, fulminante como un relámpago, la deliciosa impresión de haber recuperado la juventud.
–Bueno, seré tu profesor si tu madre da su consentimiento.
–¿De verdad te tomarías la molestia…?
–Esta niña tiene razón: los esclavos pedagogos no valen hoy en día. Estoy seguro, Mesalina, de que no sabes nada de los etruscos, por poner sólo un ejemplo.
–Soy una ignorante.
–Ésa es una enfermedad que se cura con el estudio. Comenzaremos en cuanto tu madre lo permita.
–¡No me atrevo a aceptar tu oferta, primo!
–Acepta. Para mí será un placer. Me gusta enseñar.
–¡Qué generosidad! ¿Cómo puedo agradecértelo?
–No me lo agradezcas. ¿Cuándo empezamos?
–Cuando quieras.
–¡Entonces, hasta mañana, joven colegiala!
Mesalina se acercó y, mientras le plantaba un beso en la frente, Claudio sintió sus duros y pequeños senos tras la tela de la túnica. Despedía un delicado olor a mejorana. El se marchó colmado de bendiciones y alabanzas. La misión que le había encomendado Calígula se anunciaba agradable.
Cuando se presentó para la primera clase, Domicio Ahenobarbo se paseaba por el atrio. Desde que la muchacha había alcanzado la nubilidad, el brutal senador se la comía con los ojos, pero Lépida montaba atenta guardia cerca de ella.
–¿Así que ahora oficias de pedagogo? Vas a enseñarle griego a Mesalina,
¿verdad?
Desde que se había enterado de ello, estaba iracundo.
–Sí, voy a enseñarle griego.
–Veamos, ¿eres también un buen maestro de danza?
Tomándole el brazo, lo hizo girar sobre sí como un trompo.
–¡Déjalo, Domicio! – ordenó una vocecilla desde el umbral-. Tu eres más fuerte que él, pero el hipopótamo es fuerte y no inteligente. Mi tío Claudio es un gran sabio. ¡Incluso sabe etrusco!
La noche anterior, su madre la había puesto al corriente de la buena situación económica del contrahecho de la familia imperial, con lo que éste había ascendido vertiginosamente en la estima de la joven.
–Gracias, Mesalina, eres tan buena como hermosa -la elogió Claudio cuando Ahenobarbo abandonó la habitación gruñendo que en aquella casa nadie comprendía las bromas.
Ella le correspondió con una sonrisa arrebatadora. ¡Por Hércules, qué guapa era! Se instalaron en la sala de estudios. La muchacha no sabía una palabra de griego.
–Te queda mucho que aprender, bonita. Vamos a tener mucho trabajo los dos.
–¡Mejor, tío Claudio! – Fijó en él sus bellos ojos agrandados por la admiración.
Con el rostro sonrojado, él le enseñó los rudimentos. Ella lo escuchaba, atenta, con un punta de la rosada lengua dedicada a explorar el borde de los labios, las piernas desnudas de diosa descubiertas por su corta túnica. Sin
quererlo, Claudio le posó la mano en la rodilla, en medio de una frase, y la retiró acto seguido, como si se hubiera quemado.
Cuando regresó a su casa, se abalanzó sobre una esclava, pero se desprendió de sus brazos sin haberse liberado de la imagen de la muchacha.
En toda la vida, ninguna mujer había despertado en él una pasión tan irrefrenable como aquella niña apenas púber.
Esa noche soñó que Mesalina ofrecía sus muñecas a Juno y él le recitaba los versos de Catulo: «¡Ven a mí, pequeña esposa, mira cómo las antorchas agitan su cabellera de oro!» Se despertó en el momento en que se disponía a desflorarla sobre un lecho púrpura.
Roma, mayo del año 37
Gemelo apartó el tablero de sesenta y cuatro casillas.
–Juegas sólo para complacerme, tío.
–A decir verdad, en este momento, no tengo la cabeza para nada. Dejemos el juego y hablemos un poco los dos. ¿Cómo te va con Antonia?
–Está siempre encerrada en su habitación, delante del altar de los dioses lares. ¡Se la ve tan triste!
–Antonia te quiere mucho, pero hay que reconocer que no es siempre una persona amable. Yo, que soy su hijo, sé algo de eso. ¿Has hecho amigos en Roma?
–No. En Capri, hasta la gente que casi no conocía de nada venía a verme, me invitaban, me hacían regalos. Ahora, nadie.
A Claudio lo invadió una oleada de compasión hacia aquel inocente que estaba tan lejos de sospechar la causa de su soledad. Un emperador desconfiado no dejaría de temer que sus oponentes se aglutinasen en torno a
él. Cabía considerarlo un rival peligroso en potencia, y todo el mundo sabía lo que ocurría en tal caso. Gemelo no tenía la suerte de ser tartamudo y cojo.
–Sabes lo que se decidió con respecto a la herencia de Tiberio, ¿no?
–Sí.
–¿ Quién te lo contó?
–La abuela Antonia. No estaba contenta porque le dije que Cayo necesitaba ese dinero más que yo.
–Deberías evitar hablarle de Cayo.
–¿Por qué?
–Evita hablar de él. Será mejor así.
–En Capri era mi mejor amigo. Ahora que es emperador, ¿crees que me ha olvidado? A veces me entran ganas de ir a preguntárselo.
Claudio se hizo secar meticulosamente la boca, con objeto de ganar tiempo para reflexionar.
–Es preciso que comprendas bien una cosa -dijo por fin-. Cayo es emperador y ya no puede comportarse como cualquiera de nosotros ni mostrar sus sentimientos. Estoy seguro de que sigue sintiendo el mismo afecto por ti, pero no le hagas esa pregunta ni lo visites. Evita en lo posible dejarte ver. Debes anunciar a los cuatro vientos que has elegido un tema de estudio, la geometría o la historia, tanto da, y que no hay nada más en el mundo que te interese. Pero hablamos y hablamos, y ahora he de dejarte, hijo. Casi es la hora de mi clase.
–¿Estás estudiando algo?
–No, enseño. En este momento imparto clases de griego.
–¿A quién?
–A la hija de mi prima Lépida. Es muy estudiosa. Bueno, es hora de que me prepare: me está esperando.
Seguido de su esclavo pedagogo, Gemelo regresó a casa por el camino que seguían los escolares. Roma representaba para él un espectáculo que no se cansaba de contemplar. Le agradaba en especial el Foro, con sus magníficas estatuas doradas.
Al llegar al palacio de Antonia, subió los escalones de mármol de cuatro en cuatro, dejando atrás a Palas, que ascendía con menor ímpetu. La anciana aguardaba en lo alto de la escalinata. – Sí que vuelves tarde. ¿Dónde estabas? – En casa del tío Claudio.
Le pareció que la anciana se encogía de hombros. Prudentemente, el muchacho se escabulló hacia su habitación.
Ningún liberto de Antonia le era más adicto que Palas. Ella le había concedido la libertad veinte años atrás, tras la muerte de Druso, su marido, a quien servía Palas, entonces un joven esclavo. Después, gracias a su inteligencia y sus conocimientos de derecho, éste se había convertido en el administrador de la inmensa fortuna de la viuda. La afligía profundamente tener que comunicarle una mala noticia.
–No lo han encontrado, ama. Ese documento ha desaparecido, no está en los archivos privados de Tiberio. Quizás olvidó extenderlo.
–Tiberio nunca olvidaba nada.
–Calisto se lo ha preguntado al emperador, y éste ha respondido que el mismo había examinado, uno por uno, todos los documentos dejados por Tiberio y que ese escrito no figura entre ellos.
–Calisto miente, al igual que su amo -aseveró Antonia.
–Mientras no se presente ese documento, la sucesión queda obstruida.
–¡Pero es escandaloso! La herencia de su padre es todo lo que posee este niño. ¡Ya lo han despojado de la mitad de los bienes de Tiberio y quieren quitarle lo poco que le queda!
–Es una cuestión de forma que no afecta al fondo, ama. No pueden dejar sin nada a Gemelo. La ley establece que los bienes de su padre le pertenecen desde el momento del fallecimiento de Tiberio, ascendiente y heredero prioritario del de cujus.
–¿Y si Cayo quiere meter la mano en su herencia?
–¿Desviarla? ¡Pero eso sería un robo!
–¿Por qué no? Tú estabas en nuestra casa cuando hizo algo peor. ¡Mil veces peor!
–El príncipe de los romanos está sometido a la ley. Si robara esa herencia, recurriríamos y el pretor lo obligaría a devolverla. En caso, claro está, de que…
–Se la ha robado, pero no recurriré. ¡Que se quede con ella!
–Sin embargo, el pretor podría…
Antonia le impuso silencio con un ademán. Sabía que no conviene disputarle una herencia a un hombre capaz, si así se le antoja, demandar a la cárcel tanto a su adversario como a los jueces.
Roma, julio del año 37
Cuando constató que no había escrito una sola línea desde su primera visita
a la casa de su prima Lépida, Claudio sufrió un acceso de pánico. Vivía anhelando que llegase la hora de la clase, en la que se armaba un lío, por primera vez en su vida, con la gramática griega, embargado de admiración por aquella muchachita. Ella demostraba una inocencia increíble. A todas luces, no barruntaba en absoluto el deseo que lo obsesionaba. A veces, le permitía minúsculas familiaridades, sin recelar del peligro que corría, como un niño que acaricia a un tigre hambriento, confundiéndolo con un gato grande. Sin desconfianza, un día le dejó besarle la oreja. Torturado por una intolerable erección, Claudio rozó con su enorme boca su suave sien tornasolada y besó la fina caracola de carne rosa.
Una mañana de julio, resolvió que, si no quería perder la cabeza, debía casarse con Mesalina cuanto antes. Pidió audiencia protocolaria a su sobrino. Se trataba de una iniciativa sin precedentes, puesto que él estaba dispensado de esa clase de formalidad. Intrigado, Calígula lo vio entrar en su oficina, vestido con una toga ceremonial, como si fuera a presidir un sacrificio. Sin demora lo hizo pasar a la pequeña habitación reservada para entrevistas privadas.
¿Qué es eso tan importante que traes entre manos, tío? ¿ Acaso a Zeus se le ha atragantado la gramática etrusca?
–No estoy de broma. He venido a entrevistarme con el emperador no con mi sobrino Cayo. – Bien, el emperador te escucha.
–Deseo casarme. He venido a pedirte tu beneplácito en calidad de jefe de nuestra familia. – ¡Pero si ya estás casado! – Me divorciaré. – Pero, ¿qué te ocurre? – Estoy enamorado.
–¿Enamorado, tú? ¿De qué ninfa te has prendado, viejo sátiro? – De Mesalina. La hija de Barbato y Lépida. – La hija de Lépida, mejor dicho, porque la paternidad de Barbato me parece incierta. ¡Qué lista, la pequeña!
¡Ha sabido aprovechar bien las clases de griego! – ¿A qué te refieres?
–Un profesor tan rico como tú no podía por menos de gustarle. – Te equivocas. No ha hecho el menor esfuerzo por atraerme,
al contrario.
–¡Vaya! ¿Es nubil, al menos?
–Tiene trece años. La edad mínima establecida por la ley es de doce.
–Te otorgo mi consentimiento. Tengo ganas de ver la pareja que formaréis y los hijos que traeréis al mundo. A propósito, ¿tu esposa actual no espera un heredero?
–Sí-reconoció, cabizbajo, Claudio-. Es un asunto enojoso.
–¿La has puesto sobre aviso?
–Esperaba tu consentimiento.
–¿Te has acostado con Mesalina?
–¡Oh, no! Es virgen y muy púdica.
–No te creía tan respetuoso de la virtud de las doncellas. ¡Cásate con ella, viejo sátiro! Puesto que fui yo quien te envió a su casa, haré de testigo.
Cuando Claudio anunció su intención a Elia, ésta no opuso el menor reparo.
–Ya había leído en tu cara lo que sucede desde hace un tiempo. Me salvaste la vida cuando Tiberio nos perseguía y no seré yo quien se interponga en tu camino. Espero que tu futura esposa no se interesé sólo por tu fortuna.
–Nunca habla de dinero.
–Mejor. Te deseo que seas feliz. Prométeme que vendrás nos a menudo, a mí y al niño.
Te lo prometo. Tú serás siempre mi amiga.
Le quedaba una última obligación que cumplir, la más desagradable de todas: informar a su madre. Quiso pasar por ese mal trago lo antes posible.
Antonia lo escuchó con una actitud altiva y glacial, tal como él la había conocido siempre.
–Si te he entendido bien -resumió-, te has encaprichado de una chiquilla que podría ser tu nieta. ¡Ella quiere casarse con tu dinero y tú te imaginas que te quiere por ti mismo, aunque estés contrahecho! Mi pobre Claudio, no me sorprende viniendo de ti. Creo que tienes muchas posibilidades de arrebatarle a Barbato la corona de rey de los cornudos. ¡No vengas a quejarte cuando llegue el momento!
–La estás injuriando, madre -protestó él, indignado-. Es una muchacha muy púdica.
–¡Eso es lo que te ha hecho creer, pobre memo!
Superado el trance, Claudio corrió a realizar su petición. Barbato manejaba con tanta soltura las fórmulas exigidas por el protocolo como si llevase toda la vida casando a su hija. Lépida, menos ceremoniosa, se abrazó al cuello de su primo, envolviéndolo en una nube de perfume.
–Hacía tiempo que me había percatado de vuestro secreto. ¡Qué feliz soy!
Desde que volviste a esta casa, Mesalina no tiene halagos más que para ti.
¡Esta niña te adora! Pero ¿estás seguro de que el emperador concederá su autorización?
–Cayo se alegra de esta unión. Oficiará de testigo.
Loca de alegría, Lépida estrechó tres veces a su futuro yerno contra sí y después mandó llamar a la muchacha. Mesalina nunca había estado más bonita que entonces, con aquella túnica demasiado corta que llevaba ceñida, a la manera de los niños, con un cordón de cuero. Se humedeció los apetitosos labios con la punta de la lengua mientras oía a su madre anunciar que se iba a casar con el tío.
–Estoy muy orgullosa de que me hayas elegido. Haré todo lo posible por que seas feliz -prometió. Ya lo soy.
Sin embargo, tío, debo decirte la verdad. Has de saber que tengo grandes defectos. Tú no tienes más defectos que un diamante, cariño.
–Sí, los tengo. – ¿Cuáles?
–Me gustan las joyas hermosas y los vestidos bonitos.
–Te proporcionaré todo cuanto desees. Joyas y vestidos.
–¿Esclavos? – Todos los que quieras.
–Me gustan las villas en el campo.
–Poseo unas cuantas por todas partes. Elegirás las que prefieras.
–También me gusta ir de compras.
–Mi administrador te entregará todos los meses cien mil sestercios para tus gastos.
La chiquilla se puso a saltar de contento. – ¡Mesalina! – intervino la madre-.
¡Tu tío pensará que te casas con él por su riqueza!
–¡Oh, no! ¡Lo querría igual aunque fuera pobre!
Se arrojó a sus brazos con un ademán tan cariñoso que a él le costó mantener la compostura.
–¿Cuándo nos casamos, tío?
–La ceremonia no puede celebrarse antes de un mes.
–¡Pero eso es mucho tiempo, un mes!
–¡Pues sí, para mí será mucho más largo que para ti!
Lépida ordenó a la joven novia que los dejara solos.
–Encuentro muy cruel que se os haga esperar tanto. Puesto que el emperador ha decidido uniros, quizá podríamos…
Claudio le tomó la mano, aquejado de tartamudez a causa de su entusiasmo.
–No… no me atrevía a pedírtelo. ¡Qué buena eres!
–Es algo contrario a las buenas costumbres. Si alguien se enterase…
–Seremos discretos.
–Mi reputación…
–¡Te lo suplico! No habrás de lamentarlo.
–No se trata de mí. Sólo me preocupa vuestra felicidad. ¡ Ah, si no fuera por esas malditas cuestiones de decoro!
–¡No me dejes esperando un mes entero!
–Es cruel, lo reconozco, pero no sé si…
–Me gustaría complacerte en algo, querida prima. Nunca te he hecho regalos. Seguramente hay algo que te agradaría tener.
–¡No hablemos de mí! Yo pienso sólo en vosotros dos. No quiero nada para mí.
Dime, te lo ruego, qué te agradaría. Te lo pregunto por pura curiosidad.
Bueno, por si de verdad te interesa, he visto en casa de Rutilio una magnífica túnica de lame dorado.
–¡Ya es tuya!
Pero ¡qué locura! Si vale una fortuna…
–Es tuya. Mi administrador pasará a pagarla hoy mismo.
–¡Qué generosidad! Pensándolo bien, no me siento con valor para haceros esperar todo un mes.
–¡Ay, gracias, prima! ¿Cuándo?.-Ven mañana a la hora de la clase. Será, en cierta manera, vuestra noche de bodas. ¡No olvides que la pequeña está intacta! – añadió, amenazándolo con el índice-. ¡No vayas a asustarla, sobre todo!
–No temas. Sabré comportarme.
Claudio no logró conciliar el sueño esa noche. Recorrió de un lado a otro su palacio, contando los minutos. Cuando por fin se presentó en casa de Lépida, ésta lo abrazó de manera efusiva, orgullosa de tener por yerno al tío del emperador.
–Todo está listo. Por favor, no olvides que no sabe nada de la vida. ¡Sé delicado!
–Lo seré -aseveró, enfermo de impaciencia.
Lépida lo guió a una habitación provista de una gran cama. Bajo la colcha, Mesalina esperaba.
–Estaréis bien anchos para practicar el griego. ¡Buena clase!
Claudio se desnudó a toda prisa y, con mano temblorosa, destapó a la joven.
Estaba desnuda. Olvidando sus buenos propósitos, el la acometió como un
ciervo en celo. Notó que la desgarraba y al instante culminó su gozo. Luego se apartó, avergonzado por su brutalidad.
¡Perdóname, cariño! ¡Es que tenía demasiadas ganas! – ¡Me has hecho mucho daño, tío!
Te prometo que en adelante seré más cuidadoso.
–Mira, estoy sangrando.
Porque es la primera vez. Con el tiempo, verás que es muy agradable.
–¡Me duele! ¡Me escuece!
–Lo siento mucho. Es que eres demasiado hermosa. No he podido controlarme y he ido demasiado deprisa. Hay que hacerlo con más lentitud.
El amor es una ciencia, y yo te la enseñaré. Tienes todavía todo por aprender.
–Mamá me había prohibido eso, pero no soy una ignorante Enternecido, Claudio depositó un beso sobre la carnosa boca de la muchacha.
–En ese sentido, la ignorancia no constituye un defecto, bonita. Ya verás, el amor resulta más fácil que el griego.
–¡No soy ignorante! – insistió ella con aire ofendido.
–Por supuesto. Habrás hablado de este tema con tus amigas. Lo que quería decir es que hay mucha distancia de la teoría a la práctica.
–Sé hacer cosas.
Claudio creyó adivinar a qué se refería. Antes de llegar a la edad nubil, todas las niñas se acariciaban. A la pobrecilla le avergonzaba confesarlo.
–¿Qué cosas, bonita? Dime una. – Por ejemplo, sé hacer gritar. – ¿Hacer
gritar? ¿Y eso en qué consiste? – ¿Quieres que te lo enseñe?
–Oh, yo de todas maneras no grito nunca -advirtió él, divertido ante aquella muestra de infantilidad.
–¿Seguro? Recuéstate en esa almohada, para estar más cómodo. Él obedeció, expectante por saber qué se proponía. Una vez que se hubo arrellanado, ella se arrodilló entre sus piernas.
–¡Oh, qué grande! – la oyó exclamar con su voz pueril. Orgulloso de ser el afortunado que le desvelaba el mundo de la masculinidad, sintió que la mano de la pequeña curiosa se posaba sobre su miembro. Como la serpiente al son de la flauta, ésta se irguió lentamente.
–¡Ten cuidado! ¡Es muy sensible!
Sin responder, ella tomó la base entre dos dedos, como para medir su imponente diámetro.
–¡Despacio, bonita!
Los dedos subieron a lo largo del miembro que se hinchaba» conmovido por aquel ingenuo recorrido. Aún se endureció más cuando ella le propinó una palmada, como cuando se aguija a un caballo. Claudio pensó, divertido, que la inocente chiquilla lo excitaba sin querer, sin saber muy bien qué hacer con aquel novedoso Juguete. Había llegado el momento de impartirle la primera lección de amor.
–¡Espera! Te voy a enseñar.
para su sorpresa, ella le agarró la muñeca en el aire y le colocó de nuevo el brazo al costado.
–¡No te muevas!
Él quiso protestar, pero la manecilla había dejado ya erecto el miembro,
cuya piel hacía deslizar con una suave firmeza. En un instante, quedó más tieso que una jabalina, gracias a la sabia combinación de la presión y la cadencia aplicadas. Claudio gimió, estupefacto. Ella soltó una risita.
–Y ahora, vas a gritar.
Aceleró el movimiento de la mano derecha a lo largo de la verga mientras le deslizaba la izquierda bajo las nalgas. Bruscamente, le hundió en el ano su índice afilado de niña. Al mismo tiempo, apretó con fuerza el glande congestionado.
Fulminado, Claudio gritó a pleno pulmón, al ritmo de las convulsiones que parecía que nunca iban a terminar. Cuando recobró la conciencia, Mesalina lo miraba enjugándose la mejilla.
–Tú también has gritado. Todos los muchachos gritan cuando les hacen eso.
No lo pueden evitar. ¿Ves como sé cosas?
Roma, agosto del año 37
A Salomé le gustaba escenificar sus enfados al espectacular estilo de las mujeres de Oriente. Acababa de romper dos valiosos jarrones y como no pretendía llevar más lejos la destrucción de objetos de arte, esbozó el gesto de golpearse el pecho, mientras Agripa aguantaba estoicamente el chaparrón.
–¡Reconoce que se ha burlado de ti! ¡«Mi venerado maestro»! ¿Qué has obtenido de él hasta ahora? Nada. Promesas, sonrisas y buenas palabras.
–Es emperador desde hace sólo unos meses. Déjale tiempo para arreglar problemas más urgentes que ése.
–¡Te ha asignado un alojamiento más propio de un liberto de su secretaría -
exclamó ella, abarcando el apartamento con la mirada-, a ti que eres de sangre real!
–El Palatino está abarrotado. Al fin y al cabo, yo no pertenezco a la familia imperial.
–¡Yo, Salomé, quiero ser reina! Una reina es la esposa de un rey. –
Explícale que Israel necesita un rey.
–¡Como si fuera tan fácil!
Demuéstrale que eres indispensable. Piensa otra idea tan buena como la revuelta de Samaría. – No me sirvió de nada.
Porque Tiberio ha muerto. Si no, te habría recompensado. Inventa algo.
Puesto que Cayo se digna por fin recibirte, aprovecha su punto débil. Todos los hombres tienen uno, basta con encontrarlo.
–Lo sé muy bien. Tú has encontrado el mío -replicó él, entre galante y mordaz. – ¿Lo lamentas?
–No. Eres la más dulce de mis debilidades. ¡Bueno, no todo es dulzura! No olvides de todas maneras que debo ganarme el dinero que gastamos. Mi trato con Graco se anuncia próspero. Los fariseos compran cuanto se les ofrece.
–¿Por quién me tomas? ¡Me traen sin cuidado tus negocios de tres al cuarto!
Yo quiero ser reina.
En su furor, estrelló contra el suelo una copa de gran valor y, consternada, se detuvo en seco.
–¿Ves? Deberías mantener la calma. La cólera es una demencia breve, en palabras del sabio. Cayo me ha convocado y sin duda va a concederme algún privilegio.
–¡Nada de privilegios! ¡La corona de Israel o nada! – ¡Paciencia! Todo llegará.
Cuando el nomenclátor anunció a Agripa, Calígula se puso en pie y fue a recibirlo con un abrazo. Consciente de que la cordialidad desbordante constituía una de las máscaras del emperador, el príncipe no la interpretó como un buen augurio.
–¡Sé bienvenido, mi venerado maestro! Una vez más preciso de tu sabiduría.
–Estoy a tus órdenes, César.
–¡Vamos, menos formalidades! Te autorizo a llamarme Cayo siempre que estemos a solas. – Gracias, Cayo.
–Y bien, ¿cómo me encuentras esta mañana? – Te veo buena cara.
–Es porque he dormido bien. Me ocurre pocas veces. Tú en cambio, tienes ojeras. ¿Es sin duda a causa de la princesita? ¡Que guapa, esa Salomé! ¡Por su aspecto, se diría que no le falta temperamento!
El príncipe alzó los ojos al cielo.
–¡En la cama es un volcán, pero tiene un carácter de lo más difícil! – Como todas las orientales. Pero no es para hablar de ella para lo que te he mandado llamar. Quiero que me des tu opinión sobre un asunto importante.
¿Un príncipe bueno puede volver buenos a sus súbditos?
.-Si es una adivinanza, confieso que no conozco la solución. Si es un tema de examen para escolares, no me parece bien elegido porque todo el mundo sabe la respuesta.
–Pues respóndeme como si yo la ignorase.
–Es imposible. Por otra parte, también considero del todo imposible que un príncipe sea bueno.
–Sólo lo imposible me interesa.
A Agripa le costó un gran esfuerzo disimular su irritación.
.-A decir verdad, pensaba que me habías convocado a propósito de algo bien distinto. ¿No crees que los judíos necesitan que alguien tome de nuevo las riendas?
–Ya veremos, ya veremos. Tenemos tiempo de sobra. Como muestra de mi bondad, voy a quemar en público las acusaciones que se presentaron a Tiberio contra los miembros de mi familia. Hay cientos de ellas. Cartas anónimas, pero también muchas denuncias firmadas, puesto que la ley concedía al acusador el derecho a la mitad de las sumas confiscadas. ¿Qué te parece?
–No sería prudente. Entre esos acusadores, hay sin duda personas que te son o te serán hostiles. No todos obraron por dinero. Si te ponen trabas, si intrigan contra ti, ¿no crees que sería bueno disponer de sus cartas? Son armas valiosas. ¿Por qué desprenderte de ellas?
–Tienes razón. Las quemaré, pero antes encargaré que las transcriban. Se trata de una precaución que no me resta bondad.
Agripa se preguntó si su antiguo alumno se burlaba de él. Pese al tenue brillo de ironía en sus ojos, su intención no quedaba clara.
Después de la entrevista, Calígula fue a relajarse en los balnea del palacio.
Aquellas termas habían sido objeto de una ampliación considerable desde la época de Augusto, que, poco interesado por los cuidados del cuerpo, se conformaba con unas rudimentarias instalaciones. Tras la sudación en el caldarium, se entregó con beatitud a las benéficas fricciones del strigüis.
Si me permites un consejo, no deberías permanecer tanto tiempo en la sala caliente, César. No es sano.
Cayo se sobresaltó. No se había percatado de que Macrón estaba recibiendo
un masaje en el banco de al lado.
–Sin duda tienes razón. ¿Cuál es, según tú, la manera más sana de proceder?
–Hay que utilizar muy poco el caldarium y mucho el frígidarium. A mí siempre me ha dado buen resultado.
–Es verdad, te ha sentado admirablemente bien. Veamos, tú, el masajista, no me tapes a mi amigo Macrón. Son raras las ocasiones que se me presentan de verlo desnudo.
El negro se apresuró a retroceder un paso.
–¡Qué cuerpo, por Hércules! ¡Qué hombros! ¡Qué músculos!
–Es que, de niño, frecuentaba la palestra -explicó el prefecto del pretorio-.
Y nunca he dejado de hacer ejercicio. Tú deberías levantarte una hora antes para salir a correr. De este modo, endurecerías tu cuerpo.
–Por desgracia, ni siquiera siguiendo tan excelente consejo, llegaría a tener tu soberbio cuerpo. Tus muslos son una maravilla, por no hablar de lo que la decencia prohibe nombrar. ¡Un fuste de columna entre dos puños de gigante! ¡Ay, qué suerte la de tu mujer! Yo no ceso de repetírselo.
Advirtió que había acertado en el blanco. No había mejor forma de cortar su retahíla de consejos que recordándole su condición de cornudo.
Macrón soportaba aquellas humillaciones con filosofía. Fingía creer que su mujer se reunía con el emperador con el inocente objeto de iniciarlo en la astrología. Nunca aludía a esta relación delante de ella. Si hubiera dado muestras de estar informado de su infortunio, la imposibilidad de vengarse de su rival le habría exigido repudiar a la infiel para salvar el honor. Como tal perspectiva se le antojaba insoportable, prefería sufrir en silencio.
Unos días más tarde, se celebró en el Foro la ceremonia del perdón.
Calígula en persona depositó sobre la hoguera el grueso legajo de denuncias. Cuando las llamas se elevaron, tomó la palabra.
–Mirad todos cómo arden las calumnias sobre cuya base mi madre y mis hermanos sufrieron el exilio o fueron condenados a muerte. Los delatores podrán dormir en paz, suponiendo que no los atormenten los remordimientos. Yo no quiero saber nada de quienes obraron mal contra mí y los míos.
En las primeras filas, los senadores no parecían del todo tranquilos. Ellos habían ratificado todas las condenas solicitadas por Tiberio y temían que llegara el día en que hubieran de pagar por su sumisión al tirano.
El pueblo, en cambio, no cabía en sí de asombro, pues jamás uno de sus amos había demostrado tal benevolencia. Calígula se paseaba sin protección por las calles de la ciudad, donde nunca se había visto a un emperador transitar a pie. Dirigía con familiaridad la palabra a la gente sencilla y mandaba tomar nota de sus peticiones o de sus quejas. Un liberto provisto de un morral lo seguía, para dispensar las ayudas más urgentes. No obstante, más que las monedas de oro, era la bondad de Calígula lo que maravillaba a la plebe. Aquel joven se apiadaba de los humildes, consolaba a los afligidos, escuchaba a quienes lo abordaban. Unos y otros repetían a propósito de él «no es orgulloso», lo que en boca de la gente modesta resulta el mayor de los elogios.
Roma, septiembre del año 37
El aire tibio de la noche entraba por el amplio ventanal trayendo consigo una melodía de flauta; sin duda, algún habitante del Palatino había encargado una alborada. Desnudo sobre la cama de plumas, con la cabeza apoyada en las manos, Calígula contemplaba una masa de cabellos rubios que subían y bajaban al ritmo lento de la música. De repente, el movimiento se detuvo.
–¡Continúa! – gimió.
Como para demostrarle que era ella quien dirigía el juego, Enia se incorporó y palpó con cuidado el coloso de carne que ella había erigido.
Satisfecha de su firmeza, apoyó las rodillas a ambos lados del cuerpo del hombre y dobló las piernas apoyándose sobre la punta de los pies. En la posición que en Roma denominaban el equus eroticus, el caballo de Eros, se empaló por medio de prudentes sacudidas de caderas con una concentración de colegiala en el rostro. Él se arqueó para ayudarla. Una vez englutido el coloso, ella exhaló un suspiro de placer y emprendió la cabalgada, primero al paso y después a velocidad creciente. Cada vez que llegaba al final de la carrera, lanzaba un leve jadeo. De improviso, éste se transformó en una ronca queja ininterrumpida.
Enloquecido por el profundo canto, para prolongar su placer, Calígula luchaba como un nadador en peligro contra unas olas de voluptuosidad cada vez más altas. Culminaron los dos en el mismo instante.
La amazona se liberó con gracilidad y él la atrajo hacia sí para besarla en los labios.
–¡Montas mejor que el propio Marte! Creo que voy a nombrarte magister general de caballería.
–Es un oficio que cansa mucho -contestó ella riendo-. Creo que voy a dormir bien.
–¡Ojalá yo pudiera decir lo mismo! – Toma la poción de Jenofonte. – Ya no me hace efecto.
Cayo se puso el vestido de seda blanco que llevaba como vestimenta de interior y se encaminó a la terraza. Ella lo siguió desnuda y se sentó con las piernas abiertas en un gran almohadón de cuero para escucharlo hablar a los astros. Aquel rito no la sorprendía en absoluto; en Oriente, los dioses caminaban entre los hombres, y Cayo tenía la madera de los dioses.
Él levantó los brazos hacia la luna llena, ante la cual desfilaban unos jirones de nubes, e inició la alocución. Enia se dejaba mecer por las palabras
procurando no comprenderlas, con el fin de no inmiscuirse en su diálogo con los inmortales.
–Vamos a acostarnos -dijo por fin Calígula, como quien se resigna a lo inevitable.
–¿Temes las pesadillas?
–Sí. Es peor que en Capri. Él se yergue ante mí, con la cara ennegrecida por el fuego de la pira y me reclama el anillo imperial. Presenta un aspecto realmente horrible con esos ojos desorbitados. ¿Cuándo me dejará en paz?
–Mi madre me decía que cuando uno padece la persecución en sueños de los lémures, existe un remedio. Basta con lavarse las manos tres veces y arrojar después bien lejos tras sí unas habas negras repitiendo nueve veces:
«¡Con estas habas me libero y libero a mi familia!»
–Creo que, en mi caso, ni las habas negras surtirían efecto – repuso, acariciándole la cabeza.
–De todas maneras, tus pesadillas van a desaparecer.
–¿Y por qué?
–Porque eres bueno. Los dioses conceden un sueño apacible a los hombres buenos.
–Creo que dormiría mejor si no viviera en Roma. Esta ciudad me resulta opresiva. Desearía instalarme fuera de la capital del Imperio.
–No puedes.
Sí puedo. Existen lugares mucho más convenientes para mí.
Julio César quería establecerse en Alejandría con Cleopatra, cuando lo asesinaron. No me digas que te gusta Roma.
–No soy infeliz aquí.
–Precisamente. Aquí, lo máximo a lo que cabe aspirar es a no ser infeliz.
Para ser feliz, hay que irse a Atenas, a Antioquía, a Pérgamo. Mi padre adoraba Oriente. Realizó un magnífico viaje a Egipto.
–No es Roma lo que te disgusta, sino los romanos.
–Tienes razón, son los romanos. Detesto sus virtudes mezquinas, su cicatería, sus ardides. Nunca han amado las artes ni la poesía.
–Exageras. Hay grandes poetas entre ellos.
–Los que han sabido copiar a los griegos sin igualarlos. Virgilio no es Hornero, y la Eneida no es la llíada. Prefieren los duelos de gladiadores al teatro, el más noble de los espectáculos. ¡Con eso queda todo dicho!
–Plauto es muy divertido.
–Historias de cornudos y de criados. ¿Dónde está su Aristófanes? ¿Dónde están su Sófocles, su Esquilo?
–Los romanos son valientes.
–Es una cualidad propia de gladiadores. Además, los bárbaros también son valientes. No, su mayor virtud reside en la disciplina. En eso son invencibles. El secreto de las victorias de Roma radica en la legión.
–Y en la voluntad de los dioses.
–No de los suyos, en todo caso. La sabia Juno, protectora de las matronas.
El pater familias Júpiter, príncipe de los maridos engañados. Venus no es más que una copia desvaída de Afrodita.
–¿Quién habrías querido ser si hubiera estado en tu mano elegir tu destino?
– preguntó la joven.
–Alejandro Magno, por supuesto. O Ramsés el Grande, rey de los dos reinos, señor del Junco y de la Abeja. De acuerdo con la religión de Egipto, el faraón es el esposo, el hijo y el hermano de la Gran Diosa. El emperador, por desgracia, no llega a rey ni a dios. Sólo es el p rinceps, el primero de los romanos.
–Posee sin embargo más poder que los reyes. – Del mismo modo que un jabalí posee más poder que un cachorro de león sin pertenecer por ello a la familia del león. Verás Enia, la realeza gravitaba por encima de los hombres. No se trata do una forma de gobierno, como lo creen los romanos, sino del único poder auténtico, el de los dioses. Oriente no conoce más que los reyes, y los adora. Julio César intentó convertirse en rey pero fracasó.
Antonio reinó como tal durante un tiempo en Alejandría. Augusto, que era un hipócrita, se arredró ante la corona y creó la falsa República en la que vivimos. Tiberio, por lo menos, era sincero. Nunca deseó ser emperador.
A menudo, después de hacer el amor, mantenían aquellas largas conversaciones que no conducían a ninguna parte. Con ella, Cayo hablaba sin máscara ni reticencias. No era romana, no buscaba privilegios, y no le tentaban la ambición ni el dinero. Confidente atenta y discreta, sólo ella estaba al corriente de su secreto, y él sabía que no se lo contaría a nadie.
Enia se durmió de repente, a la manera de los niños. Con los ojos abiertos, él escuchaba su suave respiración. La belleza y el afecto de la joven apenas servían para moderar la desdicha del emperador. Para él nunca existiría más que una mujer en el mundo, una felicidad, aquella que había disfrutado hasta el día en que Antonia los había sorprendido. ¡La maldita vieja lo había mancillado todo, lo había estropeado todo! Por culpa de su denuncia, Tiberio los había separado.
Se volvió de costado, esperando sin mucha fe que le fuera concedido un poco de sueño. La flauta había callado. Ahora sólo se oían los pasos regulares de los guardias y, de cuando en cuando, una voz sorda que daba la contraseña al relevo. Aquellos hombres velaban por él, estaban dispuestos a
morir para defenderlo. Cayo tenía la impresión de que los años de Capri habían quedado a una distancia infinita, inmersos en el pasado de otro. Su vida no guardaba ya nada en común con la que había llevado en la isla.
Se adormeció por un instante y lo despertó el miedo a que el viejo de la cara negra se le apareciese en sueños. Por una ironía del destino, Cayo había creído que debía precipitar su muerte. De haber esperado unas horas más, no habría sido necesario cometer el crimen cuyo recuerdo lo obsesionaba.
Se durmió en el momento preciso en que tomaba cuerpo en su cerebro la idea de que su mismo error era la prueba de que había actuado como instrumento de los dioses. Se despertó al rayar el alba, sorprendido de no haber tenido la pesadilla. Enia estaba en lo cierto: los dioses conceden un sueño apacible a los hombres buenos. La despertó con un beso.
Calisto aguardaba en la antesala. Cuando Macrón se ausentaba de Roma, Enia pasaba la noche en la cama de su imperial amante, y el liberto estaba encargado de acompañarla de regreso a su casa, envuelta en el amplio abrigo que la preservaba de las miradas ajenas. Estaba orgullosa de ser la única persona ante la que el emperador se despojaba de su máscara.
Roma, septiembre del año 37
Mesalina se arrellanó en los cojines de seda de la litera imperial. La de su marido era igual de cómoda, pero cuando atravesaba Roma en ella, no la aclamaban. Calígula era tan popular que siempre que se desplazaba suscitaba en torno a sí un concierto de bendiciones, gritos de entusiasmo y voces de «¡Viva nuestra Pequeña Bota!»
–A las caballerizas de los Verdes -ordenó el emperador.
Dos senadores que habían estado aguardándolo a la puerta del palacio corrieron hacia él.
–Tengo mucha prisa -los interrumpió Cayo cuando empezaron a hablar-.
Espero que no tengáis inconveniente en viajar un trecho en mi compañía.
¡Vosotros, en marcha!
Claudio se inclinó hacia su esposa.
–Vas a divertirte.
Los porteadores asieron las parihuelas y los levantaron con un Movimiento ágil.
–Camina a mi izquierda, por favor, y tú a este lado -indicó Calígula a los senadores-. Así, os prestaré un oído a cada uno. Torcuato, ¿de qué querías hablarme?
Este, que no había tenido ocasión desde su lejana juventud de recorrer a pie las calles de adoquinado irregular de Roma, se recogió la toga con su ancha franja de color púrpura y echó a andar.
De una petición de mi ciudad natal, Siracusa. Sus habitantes desean edificar un templo a Belona y desean contar con tu autorización. ¿Y tú, Livio, qué esperas tú de mí?
–Atraer tu benevolencia, César, para con mi sobrino que sirve en Galia y cuyo ascenso está estancado. Es un chico de gran valor Tan serio como si presidiera un sacrificio, el emperador impartió una orden al jefe de los porteadores.
–Un poco más deprisa. Vamos a llegar tarde.
Enseguida, los sirios se lanzaron al trote. Los dos senadores avivaron el paso.
–¿Cuánto cuesta más o menos tu templo?
–Dos… dos millones.
–¿Y tú, qué grado quieres para tu sobrino?
–Pri… pri… primipilo.
Jadeantes, los dos procuraban no quedarse atrás.
–Un momento, la audiencia no ha acabado todavía. ¿Cuánto has dicho, Torcuato?
–Dos… dos millones, César.
Incapaz de correr con sus altas botas, el senador se detuvo y mientras la litera se alejaba, la gente lo vio tambalearse, a punto de caer al suelo. Con los codos pegados al cuerpo y la calva empapada de sudor, su compañero seguía trotando.
–Tu sobrino será ascendido. Pero explícale a tu amigo que no concedo favores a los solicitantes que me faltan al respeto abreviando las audiencias.
Puedes retirarte.
–¿No temes granjearte muchos enemigos en el Senado? – observó, con actitud prudente, Claudio.
–Me da igual. Los senadores no pueden odiarme aún más. No olvides lo que nos hicieron. De todas maneras, esos dos gordos deberían agradecerme por animarlos a hacer ejercicio. Entre el pueblo y yo, no debería haber nadie.
¿Acaso los reyes han de rendir cuentas a un Senado?
Poco después llegaron ante los largos edificios de una sola planta que servían de caballerizas a los Verdes. El auriga estrella de la facción, el célebre Eutico, se acercó a toda prisa a recibir al emperador. Bajito, un poco bizco y patizambo, era tan famoso que las más bellas romanas se disputaban sus favores.
–¡Ave, César! ¡Los que van a correr te saludan! – saludó, empleando la broma habitual.
–¡Di más bien los que han corrido mal! ¿Cómo es posible que haya perdido mi última apuesta?
–No estaba muy en forma. No soy Hércules.
–Eso nunca te había impedido ganar.
–Pregúntale a Graco, aquí presente, por qué he perdido.
–¡No es culpa mía! – protestó el organizador de espectáculos-. No sé qué ha ocurrido. Seguramente la sustancia estaba adulterada. O nos ha traicionado el hombre que tenemos en los Azules. ¡Y eso que le pago una buena cantidad!
–Si nos ha traicionado, lo pagará. No me gusta perder el dinero. Los Verdes deben ganar, ¿está claro? Eso significa que los Azules deben perder. A ti te corresponde asegurarte de que así sea, Graco.
–Así lo haré. ¿Me permites mostrarte el caballo que he comprado para ti?
Se llama Incitatus.
En su espacioso compartimento de paredes revestidas de mármol, el animal presentaba un blanco inmaculado. Tenía el cuello largo y transmitía una rara impresión de potencia y gracia. El brillo en torno a los ojos y los ollares, así como las crines trenzadas, realzaban su belleza. Calígula quedó petrificado de admiración.
–¡Es Bucéfalo! Ha vuelto al mundo por mí. Ha reconocido al nuevo Alejandro.
Hablaba con tal convencimiento que Claudio contuvo la risa. Calígula posó la mano en la testuz del animal, que inclinó la cabeza, como para saludarlo.
–Buenos días, Bucéfalo. ¿Dónde has encontrado esta maravilla, Graco?
–La mandé traer de Iliria. Hubo que amenazar de muerte a su Propietario
para que accediera a desprenderse de él. Permíteme que te lo ofrezca.
–Es un regalo propio de un rey, y tú no eres rey. Te lo compro.
Se enfrascaron con Eutico en una animada discusión sobre el precio de los caballos.
Claudio estaba preocupado desde la mañana por un delicado problema de gramática etrusca. Para reflexionar a sus anchas, fue a pasearse por las cuadras. Llegaba ya a un extremo y, absorto en sus cavilaciones, se disponía a dar media vuelta cuando un ruido lo movió a levantar la vista. A dos pasos de él, encima de un montón de paja, un palafrenero fornicaba con Mesalina, que se había remangado el vestido hasta los pechos.
Claudio se quedó tan estupefacto que creyó estar soñando. Luego, presa de furia, arremetió, blandiendo los puños. Como notase que le aporreaban la espalda, el mozo se volvió y al ver al tío del emperador, huyó con mayor celeridad que una liebre.
Tras ajustarse la estola, Mesalina hundió la cara entre las manos y rompió a llorar con pequeños hipidos de niño castigado.
–¡No ha sido culpa mía!
–¡Cállate, putita!
Dominado por la cólera ciega de los débiles, Claudio no volvió a dirigirle la palabra. De regreso en la litera, se comportó como si ella no existiese.
–¿Qué os pasa? – preguntó Calígula-. ¿Un enfado de enamorados?
–¡Pregúntale a esta putita! ¡Imagínate: la he sorprendido jodiendo con un mozo de cuadra!
–¿Un mozo? ¿De verdad, guapa?
La muchacha guardó silencio, con la cabeza gacha y los hombros sacudidos por sollozos.
–¡Sobre la paja de una caballeriza! ¡Qué vergüenza! – se indignó Claudio.
–Es la caballeriza de Incitatus.
–¡De todas maneras, me lo va a pagar la muy cerda! Mandaré azotarla y, mañana, la devuelvo a su casa. ¡En una caballeriza! ¿No podría haber elegido otro sitio?
–Te repito que es la caballeriza de los Verdes. Está más limpia que muchos palacios. En cuanto a tu mujer, repúdiala si quieres, pero te prohibo que la azotes. Me corresponde a mí castigar los errores de conducta cometidos en la familia.
–¡Follando con un palafrenero en una cuadra y encima de un montón de paja!
–Puesto que este detalle parece muy importante para ti, la castigaré en el sitio donde ha incurrido en falta.
–Sí, es importante para mí. Castígala sobre la paja y, sobre todo,
¡no tengas compasión!
–Te lo prometo, tío. Se acordará durante mucho tiempo del castigo recibido sobre la paja.
Inquieta, Mesalina echó un vistazo entre los dedos y vio el emperador le dirigía un guiño.
Una vez en el Palatino, Claudio se encaminó a sus aposentos y se encerró en la biblioteca, tras ordenar que le sirvieran la cena allí. Mesalina, atenazada por la inquietud, fue a esperarlo en la habitación conyugal.
Él llegó a medianoche. Aunque la muchacha fingía dormir, entornando un ojo, advirtió que su marido había bebido y llorado. Tras desvestirse, éste se acostó al lado de ella con un gran suspiro.
–¡Perdón, no lo haré más!
–¡Cállate! ¿Cómo te has atrevido? ¡Y en una cuadra, para colmo!
–No lo sé.
–¿No tenías bastante conmigo?
–¡Oh, sí, tú me sacias! Venus habrá quizá querido castigarme por creerme igual que ella. ¡Perdóname, Bibendum mío!
–No me llames por ese mote ridículo. Mi nombre es Claudio.
Por su voz, Mesalina adivinó que le estaba costando mostrarse inflexible.
–¡Si te crees igual que Venus, te equivocas! Eres una prostituta como las demás. Mañana abandonarás mi casa.
Ella prorrumpió en sollozos.
–¡Déjame amarte una última vez! Después, te prometo que Volveré a casa de mis padres.
–¡No! No me tientes más, ya no tengo deseos de ti.
–¡Una sola vez! ¡Sólo una! ¡Para despedirnos! ¡Te lo suplico!
–¡Bueno, si tanto insistes…! ¡De todas maneras, será la última tez!
Ella se arrodilló entre sus piernas. – ¡No se repetirá, te lo aseguro!
–No te hagas ilusiones. ¡Mañana, regresarás a casa de tu madre! Cuando él
comenzó a farfullar «bonita» y «cariño», la joven supo que ya no había nada que temer.
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