Cambio rápido
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Cuando Rotzinger se alistó en la policía, no había grabadores de ruidos que, al ser enchufados en una computadora, dos horas después del hecho, podían identificar una bocina de auto. No había computadoras, ni psiquiatras policiales que, después de oír toda la evidencia, decían: «Está loco». Cuando Rotzinger se unió al departamento no se mimaba a los delincuentes. Una persona tenía derecho a permanecer callada, sin embargo, y si optaba por esta última actitud, también tenía derecho a puntadas, muletas y plasma gratis.
Uno no trataba con gente normal. Uno trataba con delincuentes peligrosos que no dudarían en partir en dos a un ciudadano obediente de las leyes y temeroso de Dios. Si la gente quería ser tratada como seres humanos, entonces qué no infringieran las leyes, así de simple. Cuando uno golpea a un viejo en la cabeza con la culata del revólver y le saca la plata, renuncia a sus derechos.
Rotzinger estaba de acuerdo en que era terrible lo de las prisiones atestadas de gente y el puré de papas frío y el cesto de basquet roto en el patio. Eso le hace a uno escribirle a su congresista. Mala recepción en los televisores. Manchas de salsa en los libros. No hay espacio para vivir.
La cosa que a ninguno de los que hablan contra la pena capital, la rehabilitación y las condiciones infrahumanas de vida en las prisiones le pasó nunca por la cabeza, es que un hijo de puta de estos viniera a su negocio con un revólver o un cuchillo y le sacara el dinero o le abriera la cabeza o le pegara un tiro en el estómago. Rotzinger estaba firmemente convencido de que ser acuchillado, baleado o violado era mucho más deshumanizante que dormir en un colchón deforme o no tener más que una hora al día para jugar al basquet.
Lo que los grupos de virtuosos legisladores y pomposos ciudadanos olvidan, es que nadie obliga a nadie a cometer un delito, y que una vez que alguien las hace, las paga. Hablamos de delitos serios. Digamos que un tipo hace un desfalco. Bien. Póngalo en una granja que parezca un club. Pero cuando alguien hiere a otro, el único derecho que tiene el hijo de puta es al cuchillo.
A Rotzinger le daba mucha rabia cuando se lanzaban cruzadas sobre cosas tan estúpidas como las condiciones en las celdas de los condenados a muerte. Hay que equilibrar las cosas.
¿La silla eléctrica es cruel e insólita? ¿Y qué diablos es dispararle a un pobre viejo en el estómago, en un asalto? Muy pocos asesinos se preocupan por que sus víctimas mueran con dignidad. El que a hierro mata, a hierro muere. La justicia es la justicia. Así que si una viejita envenena a sus cinco esposos, hay que ponerle unas gotas en el cereal una mañana y ya está. Lindo y sencillo. Pero cuando un hijo de puta balea a un ciudadano y luego se queja porque hay muchas moscas en la sopa, es hora de hacer las valijas e irse a algún lugar donde el delito sea igual al castigo. Esa es la única fórmula. No malentiendan a Rotzinger Él no cree en el castigo universal. Liquidar a todo el mundo no tiene sentido. Pero tampoco lo tiene darle lo mismo a un asesino a sangre fría, un podrido hijo de puta, que a uno que comete una infracción de tránsito. Eso apesta hasta el cielo.
No hay duda de que la pena de muerte actúa como un freno para el asesinato. No queda ninguna duda. Si uno limpia a un asesino, es un hecho científico que no volverá a matar. Cuando es posible para un tipo robar una licorería y estar afuera en un año si lo atrapan, habrá muchos tipos robando licorerías. Las cárceles no estarían tan superpobladas si los delincuentes supieran que el delito iguala al castigo. Punto.
Lo que hay que recordar es que los que protestan sobre lo incómodas que son las prisiones son, o delincuentes o políticos idiotas o intelectuales. Los políticos van detrás de los votos de los delincuentes que todavía no han sido atrapados y de los intelectuales. Las épocas de paz mundial son muy difíciles para los departamentos de policía: los políticos y los intelectuales no saben qué hacer con sus lenguas.
—Perdón —dijo Wax.
Rotzinger parpadeó.
—¿Qué?
—Perdón por interrumpir su concentración.
—Está bien.
—Se fue.
—¿Quién?
—Singleton.
Teresa Singleton fue alcanzada bajando los escalones del frente. Verificó los dibujos de Gilbert, dijo que eran bastante acertados, excepto que obviamente la mujer tenía peluca y quizás los hombres también.
—Yo digo que son idiotas —le dijo Rotzinger a Wax. Digo que están en las últimas. La gente inteligente no permite que suene una bocina.
—Puede ser —dijo Wax.
—Van a hacer algo muy torpe.
Rotzinger no tenía mucha fe en los dibujos, por los disfraces obvios, pero saber que eran tres ya era una gran ayuda, y saber que eran capaces de estupidez en masa era de un valor enorme. Rotzinger le dijo a Wax que corriera hasta la computadora y consiguiera un informe de absolutamente todo lo que había sucedido en las últimas dos horas. Las últimas tres, mejor.
Aunque había un delito cada quince minutos en los fines de semana, cuanto más tarde se hacía más se calmaban las cosas.
—Quiero todo lo que comprenda a tres personas, dos hombres y una mujer. Desde escupir en el suelo hasta pedir pasajes con prisa. Todo.
—Estamos suponiendo que se quedaron juntos —dijo Wax—. Y que no se separaron o que fueron a otra ciudad, o quizás hasta hayan emprendido una travesía a campo traviesa, lo cual, si fueron hacia el norte, los ubicaría cerca de Canadá. Por otro lado, quizás se hayan quedado en la ciudad, seguros con sus nuevas identidades.
—Habla más alto tu traición — dijo Rotzinger, sosteniendo el grabador.
Wax se levantó para consultar la computadora. Violaciones, crímenes y quejas son grabadas de inmediato en una computadora.
—Lo único que suponemos, Wax, es que son unos estúpidos.
Jefe de Policía Wax sonaba bárbaro.
El viejo había embarullado las cosas de tal forma que era una posibilidad cierta. Una idea que lo serenaba era pensar que algún día como jefe podría encontrarse con un adversario tan inteligente como el ladrón. Wax nunca dejaría la oficina, seguro. No había obtenido una licenciatura en administración en vano.
Era hora de que un poco de sangre joven ocupara la silla del jefe. Rotzinger era tan viejo e innovador como la radio.
Grimm decidió que el mundo era divertido.
Su amiga más querida estaba sentada una fila más allá en el ómnibus con ochocientos mil dólares en una valija en la falda. Apoyaba la nariz contra el vidrio de la ventanilla. Buscaba jugadores de fútbol.
Su mejor amigo estaba dormido o en coma en el asiento de la ventanilla, con las costillas arruinadas y el estómago revuelto.
Quién lo hubiera creído. Era una maldición familiar, supuso Grimm, que lo había puesto en esta situación.
Nació en un nido de gente que apreciaba las amenidades del dinero, pero a la que no le gustaba mucho el trabajo Su padre y sus tíos tenían un próspero negocio de venta de autos usados, y Grimm trabajó un tiempo vendiéndoles cacharros a los recién casados, haciendo retroceder odómetros, pintando raspaduras. Grimm tenía primos que vendían varios tipos de seguros por una monedita de diez centavos a la semana, y tenía tías que fabricaban joyas indias falsas para una tienda en Nuevo México. Pero, pensó, engañar a la gente da trabajo. Cuando Grimm intentaba vender propiedades, trató de deshacerse de un cobertizo vendiéndoselo a unos extranjeros, y pintó las vigas. Perdió la venta porque las termitas salieron a la superficie. En algún lugar de esta ciudad hay alrededor de cuatro millones de termitas rojas.
Como decía su tío Lonnie.
—Nacen cinco cada minuto.
—¿Incautos, tío Lonnie? —preguntó Grimm.
—No, ladrones —dijo el tío Lonnie.
El tío Lonnie creía que la única manera de sacar la cabeza afuera del agua era pararse en los hombros de alguien.
Si uno de los parientes de Grimm hubiera sido un ciudadano trabajador y respetuoso del gobierno, quizás Grimm no estaría sentado en este estúpido ómnibus, en este momento. Estaría en una casa en los suburbios, con una esposa, un perro, un auto, un trabajo, tarjetas de crédito, un televisor de veinte pulgadas, aire acondicionado, hijos, sin lo suficiente para estar a flote, ¡pero con seguridad!
Pero la cosa era que ahora estaba a flote. No debía un centavo. Estaba sentado arriba de un tercio de ochocientos de los grandes. Cierto, las cosas no se desarrollaron con rapidez hacia el resultado previsto, pero Grimm se preguntaba cuántos en este gran país hubieran cambiado su lugar por el suyo.
Treinta, cuarenta millones, pensaba.
—Vamos, Bud —gritó—. Sigue manejando así. Estás haciendo un buen trabajo.
Grimm tenía una oportunidad. ¿Qué más podía pedir alguien de la vida que una oportunidad? ¿Dos oportunidades? Eso era exagerar las cosas.
No había lastimado a nadie, excepto al pobre Lackey, tirado ahí, hecho un ovillo en el asiento, y todavía había tiempo. No iban tan bien como se había esperado, pero seguían compitiendo.
El juego no termina hasta que uno no tira los números perdedores. Y si el número que hay que tirar es discutible, como un cuatro, ¿qué hay?, se ha hecho otras veces.
—Todavía tenemos los dados —dijo Grimm.
Eso era lo que parecía todo esto, una partida de dados. Habían venido a la mesa con un buen plan de administración de dinero. Habían tirado cuatro o cinco pases y ahora se jugaban el todo por el todo.
—Todavía tenemos dados.
Bud Heathcoat pisó los frenos y dijo por encima del hombro:
—Aeropuerto.
Grimm se inclinó sobre Lackey y sacó la cabeza por la ventanilla y oyó el hermoso ruido de los jets al despegar y aterrizar.
—Lackey —dijo Grimm—. Despiértate. —Lo sacudió con suavidad—. Sé que te resultará una sorpresa, pero lo logramos. Estamos en el aeropuerto.
—Estamos cerca del aeropuerto —dijo Phyllis.
Lackey abrió los ojos.
—Tuve una pesadilla. Una pesadilla fea.
—Todo está bien.
—Soñé que nos baleaban en el aire. Estábamos a punto de aterrizar en Europa y aviones de caza nos derriban.
—Vamos —dijo Phyllis.
—También soñé que me descomponía y vomitaba por la ventanilla del avión.
Grimm le preguntó a Lackey cómo estaba su costado. Se estiró y dijo que sentía como si le flotaran cosas allí, costillas y coyunturas.
—Escucha, Lackey. Te conseguiré una silla de ruedas en el aeropuerto. Te llevarán hasta la puerta de embarque y te ayudarán a subir a bordo. En menos de una hora y media estaremos en pleno vuelo. Mañana a la mañana, Lackey, estaremos en una playa, nadando.
—Lo dudo, Grimm —dijo Lackey.
—Caminando por el agua. Cualquier cosa. Tienes que ser valiente, Lackey. Ya casi llegamos.
—Lo haré por ti, Grimm.
Grimm le puso las manos en los hombros a Lackey y dijo que se lo agradecía.
—Como en los viejos tiempos, Grimm.
—Sí, amigo, así es.
—Podré hacerlo.
—Bien, muchacho.
—Ustedes dos me enferman —dijo Phyllis. Se levantó con las valijas y fue adelante, y abandonó el ómnibus de Bud Heathcoat.
Grimm ayudó a Lackey a ponerse de pie y lo guio por los escalones.
Lackey miró a los lados y luego hacia arriba.
—Creí que habías dicho que habíamos llegado. Creí que habías dicho que estábamos en el aeropuerto.
Bud Heathcoat se inclinó hacia ellos, señaló hacia arriba con la cabeza y dijo:
—Sigan a ese avión.
Cerró las puertas y desapareció en la noche. Según les había explicado Bud Heathcoat, llegar al aeropuerto desde este preciso lugar insumía alrededor de dos kilómetros por una autopista. Este ómnibus no podía circular por la autopista. Había toda clase de ómnibus en la flota, explicó Bud, ómnibus buenos, ómnibus malos, ómnibus de autopista, ómnibus urbanos. El de él era un ómnibus urbano. Si ponía a este ómnibus en la autopista y circulaba a setenta kilómetros por hora, el ómnibus se caería en pedazos, el motor dejaría de funcionar y tres o más cubiertas estallarían. Y, dijo Bud, el único pasajero que quedaba, el tipo de la chaqueta de cuero, podía ser de Control de Tránsito. En su furia, Phyllis le había ofrecido a Bud Heathcoat pagarle mil dólares por el kilómetro y medio hasta la terminal, pero las reglas son las reglas, y un recorrido certificado era un recorrido certificado. Cuando Phyllis hizo el ofrecimiento, Bud bizqueó y pareció sospechar. La gente que anda en ómnibus no suele dar grandes propinas.
—Eso fue una estupidez —dijo Grimm cuando fueron depositados en el cordón—. Ofrecerle mil.
Phyllis dijo que la ignorancia debe de ser contagiosa.
Se quedaron allí, en la vereda, a dos kilómetros del aeropuerto, escuchando los aviones, y controlaron los relojes, como comandos o algo así, y Grimm les dijo lo que debían hacer en caso de emergencia, por ejemplo, si eran separados.
Si nos separan, pensó Phyllis, será el momento más feliz de mi vida. Me pararé de cabeza y haré repiquetear los tacos. Era tan difícil comprender a Grimm. Nunca falla: los buenos mozos son peligrosos. Phyllis había salido con aproximadamente ochocientos tipos en sus treinta años, y los que habían definido su futuro de manera clara, los que ahorraban un poquito todas las semanas, eran estúpidos papanatas. Los lindos, como Grimm, están siempre en el borde. Phyllis se lo imaginaba, el día que dejara a Grimm, ese sería el día en que él se haría rico, y todo el tiempo y la energía estarían perdidos. Era difícil creer que había abandonado a un jugador de fútbol de segundo equipo y un trabajo en una agencia de viajes por esto, pero, claro, se podría decir algo a favor de un tipo buen mozo y una valija llena de dinero. Trabajar en una agencia de viajes, enviar por avión a las viudas a Grecia, el Yucatán y España, no era un trabajo muy agradable.
A veces las viudas la llamaban en el medio de la noche, llamada a cobrar, quejándose porque las hamburguesas en Limerick, Irlanda, eran de jamón, no de carne, o porque la marea en la Bahía de Fundy demoraba en venir, o porque en la corrida de toros en España usaban palos de croquet contra terneros. Allí fue donde Phyllis conoció a Grimm. Es una lástima que la pinta cuente tanto, pero cuenta. Grimm estaba allí sonriendo, murmurando algo de un viaje a Londres que quizás querría hacer, pero no quiso dejar depósito, para después tener que cancelar y perderlo. En resumidas cuentas, Grimm reservó y canceló ocho excursiones, luego de «negocios» frustrados. En términos estrictos, Phyllis no se había ido de la agencia. Estaba de vacaciones por quince días. Si despegaban, podría enviar un telegrama con su renuncia. Si fallaba, Phyllis podría estar en su escritorio la semana siguiente, diciéndole a las viudas lo encantadora que es la India en esta época del año.
En cuanto a Grimm, él estaba algo más comprometido. En este momento no tenía auto, un lugar para vivir, trabajo ni esperanza para el futuro.
Phyllis abrazó a Grimm allí mismo.
—¿Y eso por qué fue? —preguntó él.
—Eres precioso.
—Todo esto es muy romántico —dijo Lackey—, pero no me arregla el costado.
Tenían una hora y tres minutos para ir caminando hasta el aeropuerto, despachar el equipaje y abordar el avión.
Lackey estaba en muy malas condiciones. Tenía que inclinarse hacia la izquierda para que no le pincharan las costillas, y con el viaje en ómnibus se le había dormido la pierna derecha. No podía flexionar bien la rodilla. Lackey movía la pierna derecha en grandes círculos rígidos y se impulsaba hacia adelante, como un saltador de garrocha. Cada vez que pisaba con el pie derecho gemía, pero se consolaba con el recuerdo del dinero, y además, como dijo Grimm, los ingleses hacen las mejores patas de palo.
Mucha gente viaja a deshora a propósito. El aeropuerto está menos atiborrado de gente a las tres de la mañana y por lo tanto uno puede moverse sin tener que hacer enormes colas en todos lados. Pero el inconveniente de viajar a las tres de la mañana es el mismo de cuando, por ejemplo, uno quiere conseguir un taxi o un ómnibus a las tres de la mañana: los que trabajan en los turnos de medianoche son en general menos competentes que los de ocho a cinco. Los que trabajan toda la noche tienen por lo común dos empleos para llegar a fin de mes y están siempre de mal humor.
—¿No me diga? —le dijo a Grimm el hombre de la puerta.
—Le digo —respondió Grimm.
Grimm había pedido una silla de ruedas para Lackey. Grimm había estado en aeropuertos a horas normales y había visto a los changadores pedir, cortés y eficientemente, y obtener, sillas de ruedas para los inválidos. Pero era obvio que este tipo tenía problemas personales, problemas que hacían insignificantes los de Lackey.
El changador se llamaba Harvey.
Tenía que buscar el número para pedir sillas de ruedas.
Estaban tan contentos por haber caminado hasta el aeropuerto sin inconvenientes, que no se molestaron mucho cuando Harvey abrió el cajón donde estaba el número para pedir silla de ruedas y se le cayó todo el contenido en la vereda.
—Dudo que pueda conseguir una silla de ruedas —dijo Harvey—. A esta hora de la noche trabajan en las sillas.
—¿Cómo trabajan en las sillas? —pregunto Grimm.
—¿Usted se cree que marchan solas? —Harvey recogió algunos papeles y empezó a buscar entre números de teléfono—. ¿Y si en cambio les consigo una linda pizza? —Harvey guardó con cuidado el número de la pizzería—. La cosa funciona así, algunos de los muchachos trabajan en ese edificio de departamentos, y, al precio que está la nafta, algunos de los muchachos van en las sillas a sus casas. Las destrozan.
Grimm dejó la valija llena de ropa al lado del kiosco y le pidió a Harvey que por favor les despachara el equipaje hasta Londres.
—Ya tenemos nuestros números de asientos —dijo Phyllis—. Así que por favor despache la valija ¿está bien?
—Inglaterra —dijo Harvey—. Qué lujo. —Encontró el número de las sillas de ruedas y habló con un hombre llamado Rollo. Harvey miró a Lackey y le dijo a Rollo que no, que el pasajero no estaba postrado, más bien parecía jorobado. Luego dijo, dirigiéndose a Grimm—: Una hora para la silla.
—Nuestro vuelo sale en cuarenta minutos —dijo Grimm.
—Entonces tienen que elegir —dijo Harvey—. La silla de ruedas o el vuelo.
Grimm, Phyllis y Lackey eligieron el vuelo. Aunque Lackey tuvo que pensarlo.
—Despache el equipaje —dijo Phyllis— que nosotros ya vamos.
—Tengo presión alta —dijo Harvey—. Si no tomo estas pastillas me puedo caer redondo, en cualquier momento, en cualquier lado. Y la razón por la que tengo presión alta es que no gano lo suficiente. Y uno se preocupa.
—A Inglaterra —dijo Phyllis—. Despache el equipaje a Inglaterra.
—Inglaterra puede esperar —dijo Harvey—. Yo no.
Hurgó entre otros papeles y dijo que no podía despachar la valija a Inglaterra.
—Entonces, para curarme la presión tomo las pastillas y trabajo aquí, así gano bastante dinero y no tengo que preocuparme.
—¿Por qué no puede despachar el equipaje? —preguntó Phyllis.
—Hay un problema con el vuelo —dijo Harvey—. Está escrito acá. Cuando hay un problema con el vuelo, nos mandan del mostrador esta tarjetita amarilla que dice que hay un problema con el vuelo, que no despache más valijas.
—¿Qué problema? —preguntó Phyllis.
Lackey se apoyaba en un cartel de NO ESTACIONAR.
Grimm se pasaba la mano por la cara.
—Pregunte en el mostrador —dijo Harvey—. Ellos saben.
—Tenemos los pasajes —dijo Phyllis—. ¿Qué problema puede haber?
—Señora, en una época yo actuaba como usted. Me enojaba Me ponía furioso. Pero ahora, ¿vio?, todo me importa un carajo. Si dicen que hay problemas, hay problemas. Quizás se haya caído un ala. Quién sabe. Agarre su valija, vaya al mostrador y dígales que Harvey dijo que había un problema. ¿Quiere que le despache el equipaje a Cleveland? Tenemos un vuelo a Cleveland en una hora. No hay problemas con ese. Con Londres sí, hay problema.
Dijo que podía despachar el equipaje a Inglaterra, pero que quizás ellos no fueran a Inglaterra.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó Grimm.
Harvey dijo que a veces cuando había un problema, la gente no iba a donde quería ir.
Miró el reloj.
—Tienen cuarenta y seis minutos. En cuarenta y seis minutos se puede resolver cualquier problema. A menos que quieran quedarse parados ahí jorobándome.
Lackey arremetió contra la puerta automática y entró tropezando al hall. Phyllis llevaba la valija con el dinero y Grimm la valija con la ropa.
Había unas doce personas en el mostrador. Había una ventanilla abierta. El encargado de pasajes de la aerolínea hojeaba un libro, encogiéndose de hombros de vez en cuando. Grimm dejó a Lackey y a Phyllis con las valijas en la fila y se dirigió al mostrador.
El encargado de pasajes estaba muy acicalado. El pelo peinado a la perfección y el bigote recortado hermosamente. Los pasajeros no estaban tan prolijos.
—A la fila —dijo el tercero de la fila. Se había sacado la corbata y la tenía colgada al cuello.
—¿Qué pasa? —le preguntó Grimm al encargado de pasajes, quien según la tarjeta prendida al saco, se llamaba Milt Tune—. ¿Pasa algo malo con el avión?
El empleado Tune levantó lentamente los ojos de su libro y le dijo a Grimm:
—No pasa nada malo con el avión.
—Entonces —dijo Grimm.
—Sí pasa algo malo con los pasajeros. Hay demasiados —Tune esbozó una amplia sonrisa. Por favor haga la fila y así podremos atenderlo con la consideración que se merece.
El tercero de la fila le habló a Tune.
—Estúpido hijo de puta. Acaba de perder quince segundos.
El empleado Tune le dirigió una mirada feroz al tercero de la fila, luego marcó un número en la computadora, sacudió la cabeza y le dijo al pasajero primero de la fila que no había nada en el vuelo del mediodía a Londres excepto lista de espera.
—Este vuelo de mierda está sobre-reservado —le dijo a Grimm el pasajero tercero en la fila, en voz alta—. Y ese piojoso, esa hermosa azafata, no hace nada.
El encargado de pasajes Milt Tune volvió a levantar la vista de su trabajo para mirar al pasajero en la línea.
—Ya me oíste —dijo el pasajero tercero de la fila—. Una hermosa azafata piojosa que tiene miedo de actuar como un hombre.
El empleado Tune se pasó la lengua por los labios y volvió a mirar la computadora.
El tercer hombre en la fila se llamaba Russ Crane y el nombre de su esposa era Norma y tenían que estar en Inglaterra mañana por un gran negocio.
—Si no estoy en Londres mañana —dijo Russ Crane en voz muy alta— una hermosa azafata que yo conozco va a tener que conseguirse una nariz nueva.
—Nosotros hace casi un mes que tenemos los pasajes —dijo Grimm.
—Querido —dijo Norma Crane— nosotros hace siete meses que tenemos los pasajes. ¿Eh, Russ?
—Sí, mi amor. Siete meses de mierda.
Norma Crane llevaba un peinado abultado que parecía un pequeño tornado. Se le había empezado a ladear hacia estribor.
—Hasta tenemos los números de los asientos — dijo Grimm.
—Querido, todo el mundo tiene los asientos. Hay hasta cuatro y cinco personas en algunos asientos. Qué lío que han hecho.
Russ Crane se parecía más y más a un bulldog. Incluso se le oía gruñir en dirección al encargado de pasajes Milt Tune, quien manejaba la computadora y pasaba hojas en un libro. Otros pasajeros volvían de la puerta de embarque, a preguntar qué pasaba.
—Esta compañía de mierda me las va a pagar si no estoy en Londres mañana, y no en ese vuelo de mierda del mediodía.
—El vuelo del mediodía es todo en lista de espera —dijo el encargado de pasajes Milt Tune—. Hay ocho, no, nueve, lugares en el de las 18.30.
—¡Quiero dos lugares en ese! —dijo alguien al fondo de la fila.
—Ese es mañana de noche —se dijo Grimm—. Este es esta mañana.
—Escuche —dijo una chica detrás del supuestamente importante pasajero Russ Crane—, yo tengo tanto derecho a ir en ese vuelo como usted.
—Usted no tiene derechos —dijo Russ Crane.
—Nadie tiene derechos —dijo Norma Crane.
—Se le deben de estar acumulando las toxinas en el cuerpo —dijo la chica.
—Escucha, bruja —le dijo Russ Crane a la insignificante pasajera Rose Miller, con un vestido que parecía una media marcándole el cuerpo y tenía que ir a Londres a estudiar arte—. La única manera de llegar a Inglaterra antes que nosotros es con los pies para adelante.
—Dios santo —dijo Rose Miller—. Usted tiene un problema muy serio. —Se golpeteó en la sien—. Es la gente como usted la que hace a este mundo tan tenso —Rose Miller sacó una libreta de su bolso y comenzó a dibujar a Russ Crane.
—Te está dibujando, Russ —dijo Norma Crane—. Te está haciendo una nariz grande como un melón. Russ, le está poniendo orejas largas y caídas.
Russ Crane arrancó la hoja de la libreta de Rose Miller, la hizo una pelota y la arrojó en dirección al encargado de pasajes Milt Tune, que discaba un número en el teléfono. La pelota de papel rebotó en la frente del empleado Tune.
La despreciable pasajera Rose Miller se mordió el labio y movió el cuello en círculos, con los ojos cerrados.
Había empezado a respirar rápido.
—Russ —le dijo Norma Crane nerviosa a su marido, que le rogaba al encargado de pasajes Tune que reaccionara por haber sido golpeado con una bola de papel.
—¿Qué? —dijo Russ Crane.
—Russ, mira a esa chica.
Rose Miller seguía moviendo la cabeza.
—¿Qué hay? —dijo Russ Crane.
—Russ, creo que te está haciendo un hechizo. Vi un programa en la televisión sobre las brujas modernas, y hacían cosas así, Russ. —El pelo de Norma Crane parecía a punto de caérsele de la cabeza. Lo acomodó, como si fuera un sombrero—. Russ, me da miedo.
—Quédese quieta —le dijo Russ Crane a Rose Miller, que ahora gruñía en voz baja.
—Que pare, Russ. Yo no subo al avión si te hace mal de ojo. Y no quiero que viaje en nuestro avión, Russ.
—Basta con esas porquerías —dijo Russ Crane.
Russ Crane se salió de la fila y le dijo al encargado de pasajes Milt Tune que ahora había tres personas que tenían que tomar este avión, carajo.
Grimm volvió y le explicó la situación a Lackey, que estaba sentado en una valija, y a Phyllis, que buscaba en la cartera unas credenciales de la agencia de viajes que quería blandir ante el encargado de pasajes Milt Tune, y la situación no parecía muy buena.
La computadora indicaba que en el vuelo a Londres se habían tomado veintidós reservas de más, pero tres pasajeros habían optado por otros vuelos, así que sobraban diecinueve, por ahora, es decir, a treinta y nueve minutos de la salida del vuelo. El encargado de pasajes Milt Tune actuaba como si estuviera de paseo por el parque y perdía un tiempo valiosísimo en sonrisas afectadas. La artista Rose Miller le había hecho un hechizo horrible a Russ y Norma Crane. Las cosas, era obvio, estaban absolutamente fuera de control.
—Tendría que ser ilegal —dijo Lackey.
—Todo el mundo toma reservas de más —dijo Phyllis—. Es la política. No hay ninguna regla en contra de eso. Cuando no hay cancelaciones, puede haber problemas.
—El dolor que tengo en el costado es lo que debería ser ilegal —dijo Lackey.
—Debe de ser un error de la computadora —dijo Phyllis con severidad—. Los pasajeros con asientos reservados, con número de asiento, tiene lugar garantido —Phyllis agitó las tarjetas de embarque que había obtenido hacía tres semanas y dos días.
—¿Qué asiento tiene? —preguntó alguien en la mitad de la fila.
—Fila trece, asientos A, B y C.
—Ey, yo también —gritó una voz entre la multitud—. Yo tengo la fila trece, asiento B.
—¿Por qué conseguiste fila trece? —preguntó Lackey—. Es mala suerte.
—Tonterías —dijo Phyllis.
—Vamos, Grimm —suplicó Lackey—. Sácanos de esta. Piensa algo.
—El asunto del Banco empalidece en comparación —suspiró Grimm—. Es como una turba linchadora. Si alguien intenta hacer algo, esa gente lo va a pisotear.
Parecía el final de la partida.
Ahí estaba la ciudad maldita, con su par de dos, apostando. Grimm, Lackey y Phyllis se habían aguantado después del primer corazón, del segundo, del tercero y del cuarto, y se jugaron todo a lo que viniera, y les vino un trébol. Cuatro corazones y un trébol no sirven para nada.
—Podríamos optar por un vuelo posterior —sugirió Lackey. Había perdido el coraje. Estaba sentado allí como un esqueleto, la vida había escapado de sus miembros.
—Tengo la impresión —dijo Phyllis— de que eso sería un error. Tengo la impresión de que lo mejor es irnos lo antes posible.
Explicó que habían dejado la estela de autos junto a tomas de aguas y kioscos de diarios destrozados y conductores de ómnibus desconfiados, todo lo cual, si ataban cabos, traería a este preciso lugar.
Pero por primera vez en toda la noche, y toda la mañana, (Dios, hacía mucho que estaban en esta), nadie estaba enojado con nadie. Esto no era culpa de nadie. Se habían tomado precauciones: las tarjetas de embarque. Habían llegado con tiempo. Por derecho, tendrían que estar abordando el avión en este mismo instante. Esto era solo mala suerte, una suerte de mierda, y como era una injusticia y no error humano, Grimm, Lackey y Phyllis se mantenían unidos, porque tres cabezas son mejores que una, aun cuando una de las cabezas le doliera a su dueño.
—Qué mala suerte —dijo Lackey—. ¡Carajo!
Muchos de los de la fila se volvieron para mirar a Lackey, mientras él se ponía dificultosamente de pie.
—Tiene razón —dijo Lackey a nadie en particular, pero mirando a Phyllis—. Tenemos que irnos de aquí. ¡Ahora!
Otros se volvieron.
—Merecemos salir de aquí. Es nuestro derecho.
—Tranquilo —dijo Grimm.
—Siéntate y déjanos pensar —dijo Phyllis.
Ya no eran los últimos de la fila. Unas veinte personas habían sido rebotadas en la puerta de embarque.
—No podemos sentarnos a esperar —dijo Lackey.
—¿Por qué van a Londres? —preguntó una mujer adelante de Lackey—. ¿De vacaciones?
—¡Tenemos que irnos!
Lackey reunió la poca energía que le quedaba, en un valiente esfuerzo, y fue a los tumbos hasta el mostrador, donde el encargado de pasajes Tune revoloteaba, llamando a un lado y otro, siendo un espectador desinteresado. Lackey llegó al mostrador y casi se cae.
—Por favor haga la fila, señor — dijo Tune—, y podremos atenderlo mejor. Ya he pedido ayuda arriba. Otro empleado viene en camino. El vuelo saldrá demorado, supongo, hasta que se solucione este asunto de la computadora.
Lackey le mostró el pasaje y la tarjeta de embarque.
—Al diablo con Londres —dijo—. Quiero cambiar este pasaje por uno a Cleveland.
—Ay, Dios —dijo Phyllis.
—Salga de ahí —dijo Russ Crane.
El encargado de pasajes Milt Tune parpadeó.
Todos los de la fila lo miraban y escucharon a Lackey volver a decir que ya no quería ir a Europa, que quería ir a Cleveland.
—En cualquier momento vienen con esposas y redes —dijo Phyllis.
—Si eso es lo que quiere —dijo el encargado de pasajes Tune tragando saliva—, es la otra ventanilla.
Lackey se apoyó contra el mostrador y miró la otra ventanilla, la de «Pasajeros sin Boleto».
—Pero yo tengo boleto.
—A Londres.
—Sí —dijo Lackey—. Pero odio Londres.
—Pero no tiene boleto para Cleveland.
—No. Y sin embargo, me encanta.
—Tiene que ir a esa ventanilla —dijo Tune…
La fila se abrió y Lackey rengueó hasta la ventanilla, pero no había nadie atendiendo. Lackey se quedó allí, como atontado.
—Espero que termine ahí —dijo Phyllis.
Grimm no dijo nada. Vio enfurecerse al pasajero Russ Crane porque Milt Tune acababa de perder un minuto hablando con un loco insignificante (pobre Lackey), y Grimm continuó mirando a Russ Crane, que dejó su lugar en la fila y avanzaba hacia el mostrador. Todos vieron cuando el empleado Tune señalaba al pasajero Crane. Luego alguien dijo: «Dios mío».
—Este país se va a la mierda —dijo la artista Rose Miller, y empezó a dibujar la pelea, que en realidad no era una pelea, más bien era una paliza. Russ Crane agarró el brazo del empleado Tune y lo retorció como a una toalla. El empleado Tune gritó. Entonces Russ Crane le pegó al empleado Tune en la nariz y el empleado Tune se cayó para atrás.
Varios, más aún, alrededor de un ochenta por ciento de los de la fila, aclamaron al puñetazo de Russ Crane, pero su esposa dijo:
—Te sacaste las ganas. Pero ahora ese tipo va a tardar un día entero en poner las cosas en orden.
—Levántate, maricón —dijo Russ Crane, inclinándose por encima del mostrador.
—Péguele otra vez —sugirió alguien.
Grimm predijo que en cualquier momento empezaba el saqueo.
Harvey, el changador, se asomó, sacudió la cabeza de derecha a izquierda, tomó una pastilla para la presión sanguínea y empezó a hablar en su walkie-talkie para ver si se podía traer toda la flota de sillas de ruedas al mostrador.
El empleado Tune se puso de pie, agarrándose la nariz, que sangraba. Había perdido mucha imagen. Parecía a punto de llorar. Desapareció por una puerta detrás del mostrador.
Russ Crane asintió.
Luego todos se preguntaron, ¿y ahora?
En algunos minutos, vino otro funcionario de la compañía aérea desde la oficina trasera y le pidió a todos los pasajeros con número de asiento para el vuelo a Londres, con salida prevista para dentro de veintinueve minutos por favor vinieran por aquí, al salón de espera.
—Ahora no venga usted a hacemos perder el tiempo —dijo Russ Crane.
—¡Eso! —dijeron otros de la fila.
El nuevo empleado se pasó la lengua por los labios y dijo que no habría demoras. Dijo que el problema de demasiados pasajeros para muy pocos asientos se resolvería de la manera más equitativa posible.
Phyllis fue a la ventanilla donde Lackey estaba recostado.
Bien, decidió Grimm, es hora de volver a mirar las cartas.
¿Quién sabe? El trébol que les vino con los cuatro corazones les hacía un par. ¡Tenían par de seis! Grimm estaba tan entusiasmado con la posibilidad de color que no había considerado nada menos. Pero el par de seis le gana al par de dos de la ciudad, a menos, claro, que la ciudad tuviera pierna de dos o dos pares. Todo estaba sobre la mesa. Cuando uno apuesta casi todo a las primeras cuatro cartas, no se puede retirar porque alguien suba la apuesta. No había más remedio que ver.
—Vamos —le dijo Grimm a Lackey y Phyllis.
Lackey pidió disculpas por tratar de cambiar Londres por Cleveland adelante de toda esa gente.
Grimm le dijo que no se preocupara.
A nadie se le pasó por la cabeza que hablara en serio.
Mientras Rotzinger esperaba el informe de la computadora sobre los delitos y denuncias registrados en las últimas horas, vino el alcalde a enterarse de las últimas novedades y a informar al jefe que recibiría llamadas de Halifax, Lima, Moscú y Chicken Livers, Idaho, solicitando información sobre lo que ya se denominaba El Asalto del Eón, de la más alta inteligencia.
El alcalde se llamaba Sands, y había sido elegido gracias a su plataforma de igualdad de derechos, y el alcalde decía que ahora su plataforma parecía un cadalso.
Había obviamente repercusiones de esta monstruosidad que Rotzinger no había considerado.
Rotzinger estaba seguro de que había considerado todo (el bote, el tercer auto, el carnet del club) pero escuchaba obediente mientras el alcalde exponía sus pensamientos.
El alcalde limpió una silla y se sentó. Dijo que acababa de leer todos los informes, y estaba sorprendido, humillado, furioso, cansado y deprimido, Rotzinger le preguntó al alcalde aparte de eso, ¿cómo se sentía?
—Todo esto fue mal manejado desde el principio —dijo el alcalde— y la prensa nos va a castrar.
Los alcaldes también son seres humanos. Son seres humanos políticos, pero tienen emociones. El ciudadano medio piensa que un alcalde u otro funcionario público de alto nivel funciona acaso a control remoto, y tiene respuestas prefabricadas para todo. Pero los alcaldes se enojan, como todo el mundo. El alcalde le dijo a Rotzinger que era un burro incompetente.
Rotzinger empezó a llamar a Wax para decirle a él burro incompetente, pero en lugar de eso rompió un lápiz.
—Tenemos dos problemas aquí — dijo el alcalde—. El primero es de relaciones públicas. En estos momentos, cientos de miles de personas se están riendo de nosotros. Es como cuando se recuerda a Dallas como la ciudad donde Kennedy fue asesinado. Esta ciudad será recordada como el lugar donde el payaso robó un Banco, mientras los policías se masturbaban alrededor del edificio.
Rotzinger dijo que mientras hay vida hay esperanza.
—No nos podemos dar el lujo de otra entrada —dijo el alcalde—. ¿Se da cuenta de que en este mismo momento hay gente vestida de payaso robando almacenes y estaciones de servicio?
Se daban cuenta.
—¿Se da cuenta de que si no aprehendemos a esta gente van a hacer una película, y su papel lo hará alguien como Elmer Fudd?
Rotzinger dijo que el agente Stark sería arrastrado por el parque por haber permitido que se fueran los rehenes.
—El segundo problema —dijo el alcalde— es más personal. El suyo es un trabajo importante. Todos los trabajos entrañan algún riesgo, este más que otros. Nos debemos a la ciudad, a la gente.
El alcalde caminó hasta la ventana y descorrió la cortina.
—Mire a todos estos hijos de puta ahí abajo a las tres de la mañana.
Rotzinger recibió una llamada de Wax, diciéndole que acababa de obtener el informe de la computadora sobre la actividad reciente, y que en seguida subía.
—Nos pagan —decía el alcalde— y les debemos.
Rotzinger esperaba, sinceramente, que el alcalde se fuera.
—Sería como si yo me pusiera a arrojar basura a la calle continuó el alcalde, con pesadez.
—¿El asalto?
—Sí —dijo el alcalde—. El robo.
—Comprendo —dijo Rotzinger.
—¿En realidad comprende lo que quiero decir?
—Sí.
—Es un asunto de riesgos, Rotzinger, la vida. A mí me gusta mucho mi trabajo. Alcalde de una ciudad grande e importante. Es mucho trabajo, pero la recompensa es grande, Pero si chapuceo, si le permito al departamento de sanidad arrojar basura en los parques, estoy perdido.
El alcalde empezó a buscar un cenicero entre los escombros de la oficina de Rotzinger. Frunció el ceño antes de continuar.
—Es como este cigarrillo. Fumar es lindo, pero ¿vale la pena correr el riesgo?
La mujer de Rotzinger llamó, dijo que no podía dormir y se preguntaba cómo irían las cosas porque a mediodía había una reunión del Comité para Valentine y quería poder decirle a los miembros que todo estaba bien y que no había necesidad de llamar a sesión ejecutiva del Comité de Prueba, ah, querido. Además, dijo la mujer de Rotzinger, hacía tres semanas ella había votado que se pusiera en período de prueba a los Scott cuando lo arrestaron a Henry Scott por manejar borracho, y eso significaría que las amigas de Shirley Scott podrían guardarle rencor y jugar un juego de poderes por este asalto al Banco, que no era culpa de nadie, pero, claro, EL CLUB es cruel, duro, eh, mi amor. ¿Podía entonces decirle al Comité para Valentine que se estaba progresando? Porque después de todo El Club era casi lo único que le importaba a Mrs. Rotzinger en el mundo. ¿Qué novedades había?
—Gracias —dijo Rotzinger y colgó.
Tenía gotitas de sudor en la frente.
—¿Y? —preguntó el alcalde.
—El laboratorio —dijo Rotzinger.
—No destrocemos más Bancos — sugirió solemne el alcalde—, porque en primer lugar nos hace quedar como unos tontos, y en segundo lugar, cuesta mucho dinero reponer cinco secciones de piso de mármol italiano.
—¿Mármol italiano?
—Mármol italiano —dijo el alcalde—. Quizás haya que inscribir a nuestros agentes en un curso de arte.
Quizás, supuso Rotzinger.
—Tenemos que recuperar la confianza del público —dijo el alcalde, acercando un fósforo a un cigarrillo. En su campaña había prometido dejar de fumar si lo elegían, como prueba de su dedicación—. Uno no puede evitar volver a los malos hábitos cuando se siente presionado —dijo sonriendo—. En este momento, me fumaría una planta entera de tabaco.
Rotzinger enteró al alcalde de las últimas novedades y dijo que esperaba algo bueno del informe de la computadora. El alcalde escuchó el informe del progreso hecho y dijo que Rotzinger la estaba embarrando.
Rotzinger parpadeó.
—Corríjame si me equivoco. Sacamos descripciones de gente que use disfraces. Van a arrestar a todos los Titanes en el Ring.
—Estructura ósea —jadeó Rotzinger—. Altura. Peso.
—No sabemos quién lo hizo ni dónde están. Un delincuente común nos ha embaucado y, por lo que sabemos, ya podría haberle dado media vuelta al mundo.
Rotzinger miró el reloj. No, un quinto del camino, iba a decir, pero se detuvo.
—¡Tenemos todo este equipo, y todos los expertos del mundo, pero no podemos detener a un maldito ladrón que además, ya estaba atrapado! —El alcalde encendió un fósforo y volvió a acercar la llama a su cigarrillo.
Rotzinger empezó a decirle al alcalde que el psicólogo del departamento había entregado su informe. La conclusión era que el ladrón posiblemente necesitara dinero en el momento del supuesto delito. Pero no era así.
—Dese vuelta —dijo el alcalde.
Rotzinger así lo hizo. Cuando volvió a enfrentarlo, el cigarrillo del alcalde estaba chamuscado en el extremo y una columna de humo flotaba hacia el aparato del aire acondicionado.
—Tengo dos caminos a seguir en este asunto. Esperar a que los agarre. Esperar a que no los agarre y relevarlo de sus funciones. De cualquiera de las dos maneras, se restablecerá el orden. No podemos permitir que todos los delincuentes del mundo vengan a esta ciudad a probar suerte en algún Banco. Mírelo de esta forma. Usted la embarró.
Wax entró sin golpear e intercambió una mirada de entendimiento con el alcalde. Le tendió el informe.
—Todos cometemos errores —dijo el alcalde —. Y el suyo puede costarle su futuro.
—Los agarraremos —dijo Rotzinger.
—Esperemos —dijo el alcalde—. Hola, Wax.
—Señor.
Wax acababa de hablar con su novia, Irene, y ella, a su vez, había levantado a su hermano de la cama, y este ya estaba estudiando unos planos de construcción porque había un terreno cerca de la calle que llevaba a la carretera que llevaba a la playa, que era una ganga, y lo único que necesitaban era diez de los grandes. El hermano de Irene podría conseguir una carga de leños con lo cual se podría hacer casi una casa de playa… Del sueldo de cuarenta y dos mil dólares, Wax solo podía ahorrar alrededor de un dólar noventa y cinco por semana, pero si obtenía el puesto de jefe tendría otros cincuenta grandes por año para jugar. Wax estaba alborozado, y le era muy difícil parecer deprimido. Se corría el rumor en todo el edificio de que el viejo Rotzinger pendía de un hilito.
—¿Qué es esto? —preguntó el alcalde.
Wax le dijo que era el informe de la computadora de todo el movimiento de la noche.
—¿Y?
Wax se encogió de hombros y señaló apenas con la cabeza a Rotzinger, quien se estaba preguntando cómo hacer para llevar medio Valium desde el cajón de su escritorio a la boca sin ser visto.
—Puede haber alguna pista ahí —dijo Rotzinger. Se dio cuenta de que parecía Basil Rathbone, así que cambió «pistas» por «indicios» y explicó su teoría de que se trataba de aficionados. Una cosa lleva a la otra.
—Esperemos que no —dijo el alcalde— o en este momento ese payaso podría estar en su dormitorio.
—Un detalle negativo —dijo Rotzinger— es que los aficionados se asustan.
—Quizás se hicieron atropellar por un camión —sugirió Wax, guiñándole un ojo al alcalde.
—Manténgame informado —le dijo el alcalde a Rotzinger. Dijo que estaría en su oficina, manteniendo al corriente a los ocho billones de miembros de la prensa. El alcalde dijo que había oído que Créalo o no de Ripley iba a mandar un equipo al lugar del hecho y que el Banco sería la portada del próximo libro.
Rotzinger tosió y tomó el sedante.
El alcalde se fue.
Rotzinger tomó el informe de la computadora. Era de casi un metro de largo.
—Tengo un trabajo importante para ti, Wax.
—Sí, señor.
—Algo en lo que te destacarás.
Wax asintió.
—Tráeme una hamburguesa de queso y papas fritas.
Quién sabe, después de que atrapara a estos desgraciados, él podría postularse a alcalde. La rata esa de alcalde, exmiembro de sociedades universitarias, había convertido la cárcel de la ciudad en una especie de Asociación Cristiana de Jóvenes. Los asesinos y ladrones necesitaban «espacio vital», como no, y las inmundas cucarachas también. Apenas terminara esto, Rotzinger decidió llamar al alcalde y sus farsantes amigos intelectuales de Main Street para una confrontación decisiva.
La mujer de Rotzinger llamó otra vez. Él le dijo que si volvía a molestarlo se pondría corbatín en la próxima cena del club.
Había estado tranquilo, para ser viernes.
Es un poco agobiante sentarse con el informe de arrestos y denuncias frente a los ojos, pero cuando se está en la profesión tantos años uno se vuelve inmune al dolor. Es, después de todo, un trabajo. Los que investigan las denuncias son agentes, no trabajadores sociales. Si uno se lleva a la casa todas las heridas, se vuelve loco en menos de un mes.
Era como mirar el electrocardiograma de la ciudad.
La aguja se escapaba del borde del papel con el asalto al Banco.
Se habían logrado grandes adelantos en el campo de prevención de delitos. Por ejemplo, el departamento gastó ciento veinticinco mil dólares el año pasado en un estudio que probó sin lugar a dudas que el tiempo influye en el comportamiento humano. Es bueno saberlo, que cuando hay baja presión la gente se vuelve despreciable. Había un párrafo excelente donde se decía que los peces no pican cuando sopla viento del este. Entonces, cuando bajaba el barómetro, se ponían dos funcionarios más en el conmutador. ¿Qué tal como forma de utilizar su máxima potencialidad más de cien billetes de los grandes? Las llamadas se manejan más rápido y se pueden limpiar las manchas de sangre de las paredes aproximadamente seis minutos antes sabiendo que el tiempo influye en el comportamiento. Lo que en realidad necesitamos saber, murmuro Rotzinger para sus adentros, pasando el dedo por el informe y órdenes de arresto, es dónde planea una persona asesinar a otra persona, para así poder poner a un agente allí. Según los últimos datos, había trece millones y medio de esquinas, sin contar las esquinas de los callejones y, como le decía Rotzinger a los grupos civiles, es algo difícil poner un policía en cada cruce.
Rotzinger sabía qué afectaba al comportamiento más que el tiempo: el dinero.
Si un hombre tiene que dormir en una escalera para incendios es obvio que va a estar más alterado cuando llueve que un hombre que puede darse el lujo de pasar dos semanas en Miami.
Son los drogadictos los que matan y roban, y cuando los atrapan, vienen estos maravillosos proyectos gubernamentales que ayudan al pobre, desafortunado drogadicto para que no vomite las vísceras. Estos programas eran como darle cerveza a los borrachos para que no se emborrachen tanto como con whisky.
Rotzinger llegó a la conclusión de que el mundo andaba mal.
Entre las diez de la noche y las dos de la madrugada había habido un asesinato y medio (un muchacho acuchillado en el estómago en un cine pornográfico estaba con la vida pendiendo de un hilo), veintiséis hurtos, once asaltos, diecinueve autos robados, noventa y cuatro actos de vandalismo, seis violaciones y ocho atentados sexuales involucrando a menores.
La computadora da un exhaustivo detalle.
Se pueden escudriñar todos los delitos, o buscar una categoría, y apretar el botón para obtener la hoja de arrestos. Es una diversión barata. Rotzinger apretó el botón y estudió el fichero reciente de atentados sexuales involucrando a menores. Se ve fácil cuáles son las zonas más peligrosas. Rotzinger tomó nota mentalmente de enviar más gente a esa cuadra, la del garito de striptease, si seguía en el puesto, claro, porque tres menores habían estado molestando a las bailarinas cuando dejaban el trabajo.
Había siempre una buena proporción de jugadas ganadas, delitos que no resultaban como se los había dibujado en la pared del subterráneo.
Mientras trataba de robar una licorería, a un ladrón le cayó una red encima, se asustó y salió corriendo, atravesando una puerta de vidrio, y se cruzó en el camino de un auto. La red se enredó en el paragolpes y el ladrón fue arrastrado una cuadra. El dueño de la licorería había pisado un botón en el piso que soltaba la red que pendía del techo.
Otro asalto a una licorería se frustró cuando el dueño pisó el botón que abría una puerta trampa y el delincuente cayó en el sótano, como en las películas, donde se rompió el cuello. Habría juicio, por supuesto. Los delincuentes armados tienen derecho a ser arrestados en calma. Antes de golpearlos, hay que preguntar: «¿Puedo?».
Un hombre que dormía en su departamento recibió un tiro en la pierna. El tiro vino del departamento contiguo, en medio de una reyerta conyugal. Una mujer trató de asustar al marido. La bala atravesó la pared ordinaria y le pegó a un hombre llamado Jeffries, cerca del traste.
Era dudoso que los asaltantes del Banco intentaran robar una licorería para tomar un trago, así que Rotzinger siguió estudiando los delitos «reales», rápidamente, y luego pidió el «Fichero Tutti-frutti», que es un informe de disparates que hacen perder el tiempo y constituyen algo así como el noventa por ciento del trabajo policial, cosas como: