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J. Cronley · Capítulo 2 de 4 · parte 3/4

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Capítulo 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—Veinte a uno —dijo Lackey—. Esto es como el juego de la botella de leche en el parque de diversiones.

Milt Tune sacó un nombre del recipiente, y se lo dio a Otis Boomershine, que dijo:

—Y el ganador en Hollywood es… —⁠Lo que enfureció tanto a Russ Crane que uno de los guardias de seguridad tuvo que contenerlo. Los guardias de seguridad del aeropuerto no habían sido nunca considerados verdaderos agentes de la ley, casi todo lo que hacían era pisotear colillas encendidas de cigarrillos, de modo que fueron necesarios cuatro hombres de seguridad para reducir a Russ Crane, que agitaba sus grandes puños en dirección al podio, donde Milt Tune se escondía detrás de Otis Boomershine.

Se hacía más y más evidente que Russ Crane era un delincuente que tenía que salir rápido de la ciudad. Había muchos casos, dijo Lackey. Aun cuando era normal estar desencantado, incluso físicamente enfermo, por el exceso de reservas, no podía ser que una persona se rebajara al asesinato como muestra de su desagrado.

Mientras era arrastrado hasta un asiento, Russ Crane amenazó con lastimar a todos los que estaban en el podio, en la habitación y en la cabina de vuelo. Amenazó con arrancarle un ala al vuelo 742. Los empleados de la compaña permanecieron nerviosos pero en silencio en el podio, mientras los guardias hacían sentar a Russ Crane. Otis Boomershine tenía el último nombre en la mano derecha. Dos guardias sostenían a Russ Crane por los hombros. Uno le sostenía la cabeza. Uno estaba parado frente a Russ Crane con su bastón.

—Si se nos permite continuar — ⁠dijo Otis Boomershine⁠—. Por favor.

—Mi nombre no es Crane —aulló Russ Crane⁠—. Es Lombino.

—Caramba —dijo Grimm.

—¡Será mejor para usted que uno de los dos aborde ese avión! —⁠gritó Lombino.

—Conocí a un Lombino en el colegio —⁠dijo Lackey⁠—. Vendía cuchillos.

Otis Boomershine miró el nombre, luego a Lombino, y se mordió el labio.

—Salga de al lado mío, maricón —⁠le dijo Lombino al guardia de seguridad con el bastón.

—Ey, Mr. Lombino, escuche, mi nombre es Fetalichi —⁠dijo el hombre, tocándose la tarjeta identificatoria. Blandió el bastón.

Grimm detectó algo extraño en el procedimiento y gritó que sería mejor que anunciaran el nombre que aparecía en la tarjeta y no otro.

—Ay, Dios Todopoderoso —dijo Otis Boomershine en un susurro.

—¿Qué? —preguntó Lombino—. ¿QUÉ?

—Lackey —dijo Otis Boomershine—. L-a-c-k-e-y. Lackey.

—Carajo —dijo Lackey—. Soy yo.

—¡Lo logramos! —dijo Grimm—. El último nombre. Increíble. Cambió la racha.

Lombino volvió la cabeza y dijo que la racha mandaba a la mierda a muchos en esta época del año. Grimm ayudó a Lackey a ponerse de pie, y avanzaron trabajosamente.

—Este es el milagro más grande que he visto en toda mi vida —⁠dijo Phyllis. Ella estaba haciendo guardia al lado de las valijas.

Los guardias de seguridad habían soltado a Lombino. Este se puso de pie cuan alto era. Estiró una mano y detuvo a Grimm y a Lackey. Dijo con toda la calma del mundo:

—Mil.

—Lo siento —dijo Grimm—. Mala suerte, compañero.

—Necesito estar en Londres —⁠dijo Lombino⁠—. Mucho. —⁠Se estaba poniendo agresivo, pensó Grimm⁠—. Necesito tanto estar en Londres que si no estoy en Londres me voy a alterar mucho. Dos mil.

—¿Por qué no va a comprarse una pizza y se calma? —⁠dijo Lackey⁠—. Es mi asiento. Me lo merezco.

Mr. Lombino dijo algo en italiano que hizo ruborizar al guardia de seguridad llamado Fetalichi.

—Tres mil.

—Si nos permite —dijo Grimm. Lombino dijo que uno podía darse cuenta de lo mal que iba el país cuando escoria como estos desdeñaban dos y tres mil dólares.

—Tres mil dólares, dije.

Lackey dijo que en un tiempo habría aceptado agradecido una oferta tan generosa de un hombre tan amable, pero las circunstancias avalaban el rechazo pues, por más desesperadamente que Mr. Lombino quisiera llegar a Londres, él, Lackey, necesitaba llegar allí con más urgencia.

Mr. Lombino se inclinó hacia adelante y dijo:

—Ruegue que el avión caiga en el océano porque habrá una persona del otro lado esperando para despellejarlo con pinzas. —⁠Sacó una libreta, anotó los nombres y dijo⁠—: Se respirará mejor en el mundo mañana a esta hora.

Mr. Lombino predijo una explosión demográfica.

Lackey aceptó la tarjeta de embarque y la tarjetita con el nombre como recuerdo.

Mr. Lombino se había cansado de ser el explosivo Russ Crane y se sentía cómodo siendo él mismo.

—Usted —le dijo a Otis Boomershine⁠—. Venga —⁠Lombino susurró algo al oído derecho de Otis Boomershine. Otis Boomershine recogió algunos papeles y salió corriendo a la puerta de embarque. Milt Tune se ocupó en conseguir habitación y comidas para los perdedores.

—¿Qué piensas? —le preguntó Lackey a Grimm.

Grimm dijo que no le sorprendería si Mr. Lombino viajaba en lugar del segundo de a bordo.

Como dijo Grimm mientras se dirigían a la puerta de embarque, (era algo en bajada y Lackey pudo renguear más o menos decentemente), cualquier otra cosa que sucediera no sería más que un inconveniente menor, y tenía razón.

Se les había escapado que los hombres y las mujeres no usan los mismos baños. Una hora antes, esta revelación habría bastado para crear el pánico. Ahora, era la vida, perfectamente comprensible. Todo lo sin esfuerzo y sin dolor era anormal. Grimm, Lackey y Phyllis manejaban las catástrofes potencialmente traumáticas, como un juego de niños: se rascaban la cabeza y esperaban a que las cosas se enfriaran.

Se detuvieron frente al baño.

Pasó Lombino, hacia la puerta de embarque. Le dirigió un bramido feroz a Lackey.

—Ese tipo es un psicópata y tendrían que encerrarlo —⁠dijo Lackey.

Se decidió que Grimm y Lackey entraran al baño de caballeros y se pegaran alrededor del cuerpo casi dos tercios del dinero. Entonces le darían la valija a Phyllis, y ella ocultaría el resto. En el baño, Phyllis pondría diarios en la valija, y luego se irían a la puerta de embarque, abordarían el vuelo 742 y se mandarían a mudar a la mierda.

—Me muero de hambre —dijo Lackey. Lo enviaron a un kiosco a buscar cinta adhesiva, diarios y un chocolate. Dijo que el costado parecía un poquito mejor. Empeoraba cuando se quedaba inmóvil. El kiosco quedaba solo a la vuelta.

Otis Boomershine y otros empleados de la compañía aérea se apresuraron hacia la puerta de embarque. El vuelo despegaría en veintidós minutos. Uno de los guardias de seguridad del aeropuerto hablaba con Otis Boomershine, comunicándose con alguien en un walkie-talkie. No era el guardia de seguridad italiano. Este se había amilanado con las palabrotas de Lombino y fue reemplazado por otro que parecía irlandés.

—Sería un crimen perder el vuelo —⁠dijo Phyllis.

Lackey solo demoró cuatro minutos. Volvió con media docena de diarios, un rollo grande de cinta Scotch, tres golosinas y otra bolsa de contenido desconocido.

—La puerta está justo en seguida del detector de metales —⁠dijo Grimm, controlando su reloj⁠—. Hay tiempo.

Lackey dijo que aparte de su cuello duro, estaba funcionando al 75 por ciento de su velocidad normal.

—¿Qué hay en esa bolsa? —preguntó Grimm.

—Cinta Scotch.

—En la otra.

—Ah, en esa. Nada.

—¿Cómo nada?

—El tiempo vuela —dijo Phyllis— y ustedes se quedan ahí charlando.

—Revistas —respondió Lackey.

—Ah —dijo Grimm—. Está bien.

Grimm y Lackey fueron al baño de hombres donde, por alguna razón, las paredes de los baños llegaban hasta el piso, imposibilitando que pasaran la valija llena de dinero de uno a otro, como Dios manda.

Por lo demás, era un baño típico, pequeño y sucio.

Excepto en los cubículos no había ningún lugar donde se pudiera cómoda y privadamente pegarse uno dinero al cuerpo.

—Aquí —dijo Grimm, y él y Lackey entraron al primer baño, juntos.

Estaban apretados, pero había lugar para trabajar si Grimm se sentaba en el inodoro. Abrió la valija y le dijo a Lackey que podrían admirar el dinero más tarde; en estos momentos era hora de ponerse serios. Lackey afirmó que cuanto más se acercaran a Europa mejor se sentiría. Estuvieron de acuerdo: un alto porcentaje de cualquier herida es psicológico.

—Darse contra un kiosco a cincuenta kilómetros por hora duele —⁠dijo Lackey.

—Sí —dijo Grimm. Se guardó quince mil dólares en cada zapato y le pidió a Lackey que le pegara veinte mil al traste. Se pegó otros billetes grandes en los brazos y se sintió satisfecho.

—¿Seguro de que tienen un baño al otro lado del detector de metales? —⁠preguntó Lackey.

Grimm le pegó diez mil dólares a la pantorrilla a Lackey y veinticinco mil a los riñones.

—¿Te parece que la gente que aborda un avión a seis cuadras de distancia usa de baño las plantas?

—Esto es difícil de creer.

—Cállate —dijo Grimm.

Alguien entro al baño y tanteó la primera puerta.

—¿Está ocupado?

—Claro —dijo Grimm—. Hay otros baños.

—Siempre que viajo en avión uso el primer baño —⁠dijo la persona⁠—. Es buena suerte.

—Voy a demorar alrededor de una hora —⁠dijo Grimm.

—Es ridículo. ¿Qué diablos está haciendo?

—Vomitando.

El hombre se fue y buscó un primer baño en otro lugar del aeropuerto.

Cuando habían guardado algo más de dos tercios del dinero, Grimm tomo algunos papeles y los metió en la valija.

—Eso no —dijo Lackey—. Ahí están mis revistas y más golosinas.

Cuando salían juntos del baño, un señor que se peinaba el bigote ante el espejo sobre el lavatorio dijo casi sin voz que era una vergüenza a lo que estaba llegando el país, y que tendría que haber una ley que le prohibiera a los maricones dar este tipo de espectáculo en los baños públicos.

Lackey le dijo al tipo que le diera un beso en el culo.

Grimm dijo que esa respuesta no era lo más apropiada.

Encontraron a Phyllis justo en la puerta del baño de caballeros, le dieron la valija y los diarios que quedaban.

—Vamos —dijo Grimm.

—Eso no —dijo Lackey—. Son mis revistas.

—¿Qué tienen de especial tus revistas? —⁠preguntó Grimm.

—En el avión las buenas desaparecen en seguida y siempre me queda algo así como Mecánica Popular.

—Toma tus estúpidas revistas — ⁠dijo Phyllis.

Lackey apretó la bolsa con sus revistas junto al pecho.

Phyllis fue al baño de damas.

—¿Te sientes bien? —le preguntó Grimm a Lackey.

—Me pica la cinta Scotch. En la espalda me pica mucho.

—No te toques.

—No.

Para mantener el dinero firme en su lugar, habían pasado la cinta todo alrededor de la pierna.

—Se me está durmiendo la pantorrilla derecha — ⁠dijo Lackey.

Grimm le informó que sería cuestión de segundos, hasta pasar el detector de metales. Entonces irían a otro baño y se librarían de la cinta molesta. Desde donde esperaban a Phyllis veían el detector de metales. A esta hora de la madrugada no había mucho movimiento. Los guardias de seguridad leían revistas y tomaban Coca. Un policía de verdad estaba sentado en un escritorio leyendo el diario.

—Creo que no falta mucho para que amanezca — ⁠dijo Lackey.

—No —dijo Grimm.

—Lo lograremos —dijo Lackey.

—¿Te sorprende?

—Por completo.

Se revisaron los bolsillos por si tenían algún objeto que hiciera sonar al detector de metales. Nada. Lackey tenía un alicate de uñas y lo arrojó en la basura.

Phyllis estuvo adentro no más de cinco minutos. Le dio a Grimm la valija llena de papeles.

—¿Engordando un poco, eh, mi amor? —⁠dijo él.

Ella sonrió apenas.

—Siempre dije que tu trasero valía cien mil dólares.

—Vamos —dijo ella.

Nadie estaba de un humor demasiado frívolo. Este era un asunto serio. Hasta Lackey, que había estado a punto de perder el conocimiento, caminó erguido hacia el detector de metales. Hay, y ellos lo sabían, un momento y un lugar para cada cosa. Una vez más allí del detector, serían libres, siempre y cuando el avión no se hundiera en un edificio o en el océano. Eso sería un golpe bajo. El avión no osaría fallar. No habían visto señales de una especial actividad policial en el aeropuerto. Era evidente que los policías caminaban en círculo, sin saber a quién buscaban ni dónde buscar.

—Al llegar a Inglaterra hacemos lo mismo antes de pasar la Aduana; ¿no? —⁠dijo Lackey⁠—. ¿En los baños?

—Así es —dijo Grimm—. Nos ponemos el dinero encima. Llenamos la valija de diarios y pasamos. Turistas.

Phyllis tenía los pasaportes en la cartera, la que dejó sobre la mesa. El guardia de seguridad puso la cartera en una cinta transportadora y pasó por el detector sin problema alguno.

—Así que necesitaremos más cinta —⁠dijo Lackey⁠—. Para antes de pasar la Aduana.

—Ay, Dios —dijo Grimm, mientras Phyllis pasaba por el detector de metales. La máquina no sonó.

Lackey sacó otro rollo de la chaqueta. Sonrió.

—Ya pensé en eso —dijo.

—¿Dónde estuviste toda la noche? —⁠preguntó Grimm, alegre.

—Tú nos trajiste hasta aquí —⁠dijo Lackey⁠—. Es hora de compartir la responsabilidad.

Grimm fue el próximo en pasar por el detector de metales, con cientos de miles de dólares pegados al cuerpo, y se sintió muy aliviado cuando no pasó nada. Le había dado la valija llena de papeles a una chica que la arrojó con indiferencia sobre la cinta transportadora. Otro funcionario miró en un aparato de rayos X y pasó la valija como si llevar un bulto lleno de papeles, fuera lo más normal del mundo.

—Adelante —le dijo la chica a Lackey, señalando el pequeño túnel por el que había que pasar. Tenía la mano extendida. Lackey le miró la mano y frunció el ceño. Él avanzó hacia el túnel detector de metales.

—Espere —dijo la chica. Movió la palma abierta de la mano derecha de arriba abajo.

Grimm y Phyllis estaban del otro lado del túnel, mirando hacia atrás. Phyllis le apretaba la mano a Grimm con fuerza. La apretó más cuando Lackey y la chica se quedaron mirando un segundo. Grimm iba a gritar:

—Dale esa maldita bolsa de revistas, imbécil —⁠pero no quiso hacer una escena.

—Démela —dijo la chica.

—¿Qué cosa? —preguntó Lackey.

—La bolsa —dijo la chica.

—Ah —dijo Lackey, mirando la bolsa, levantándola ⁠—. Son solo revistas y golosinas.

—Claro, claro —dijo la chica—. Deme.

—¿Por qué? —preguntó Lackey.

—¿Qué está haciendo? —le susurró Grimm a Phyllis, que le apretaba la mano muy muy fuerte.

—Está loco —dijo ella.

—Dásela —dijo Grimm entre dientes. En realidad hablaba consigo mismo⁠—. Dale la bolsa, chiflado.

Era como mirar una película donde el muchachito estaba a punto de ser atacado por la espalda.

—Son revistas —volvió a decir Lackey⁠—. Es una bolsa con revistas. Acabo de comprarlas en el kiosco.

—Escuche, compañero.

El policía dejó el diario y miró a Lackey. El otro hombre que operaba la máquina de rayos X también lo estaba mirando, y Lackey se aferraba a su bolsa como si en ella tuviera billetes de mil dólares y no revistas.

—No se puede creer —dijo Phyllis.

—No se podría creer —dijo Grimm.

—¿Me va a dar la bolsa o qué? —⁠preguntó la chica en voz alta. Otros pasajeros se habían juntado detrás de Lackey, unas siete u ocho personas. Observaban y escuchaban.

—Son revistas —volvió a decir Lackey. Estaba pálido⁠—. Póngala en la máquina si no me cree.

—Yo misma voy a mirar adentro de esa bolsa, compañero —⁠dijo la chica.

—¿Qué pasa, Milly? —preguntó el policía.

—Este hombre no quiere darme la bolsa.

—Mi Dios —dijo Grimm nauseado.

—Está loco —dijo Phyllis—. Tendría que estar en un manicomio.

—Tome —dijo Lackey. Sin muchas ganas le dio la bolsa. Milly estiró la mano para agarrarla. Lackey no la soltaba.

—Le dije que son solo revistas.

El policía se había puesto de pie y estaba pronto a revisar a Lackey con espejos y aparatos y entonces también arrestarían a Grimm y a Phyllis y serían mandados todos a la cárcel pero al menos, pensó Grimm, podrían dormir un poco.

Milly tironeaba de la bolsa. Lackey no la soltaba. La bolsa se rompió y los dos chocolatines y las tres revistas cayeron sobre la mesa.

Milly miró adentro de la bolsa vacía y la tiró a la basura.

—¿Ve? —dijo Lackey—. Le dije. Golosinas y revistas.

Grimm parpadeó.

—Quizás puso algunos billetes entre las páginas —⁠dijo Phyllis.

—Nunca haría eso —dijo Grimm—. Nadie es tan bruto.

Milly tomó los chocolates, los miró y los puso en la cinta transportadora. Fueron escrutados a fondo y se descubrió que no eran más que chocolate.

Milly tomó una de las revistas. Miró la portada, luego a Lackey que ahora estaba de un rojo subido. Tosió nervioso.

—Revistas —dijo.

—Dios —dijo Milly, pasando las hojas. Unas quince personas miraban ahora la exhibición que hacía Milly del escogido material de lectura de Lackey, que era pornografía de primera. Mientras Milly pasaba las hojas se cayó la doble página central, que era la foto de una mujer horrible parada arriba de dos sillas, con una pierna en cada una, mientras tres horribles y ridículos hombres desnudos miraban hacia arriba, con la misma expresión con que mirarían por la ventana para ver qué tiempo hace. Pero lo que estaban mirando era a una mujer desde abajo, lo que hizo que Milly y varios pasajeros se atoraran.

—¿Qué es usted? —le preguntó Milly a Lackey, que ya estaba púrpura.

Milly hojeó las otras revistas, deteniéndose en las fotos especialmente asquerosas para dirigirle a Lackey miradas llenas de compasión y asco. En la portada de una de las revistas había una mujer con gorra de béisbol, sosteniendo un bate entre las piernas.

—Dios —dijo Milly.

El policía miraba por encima del hombro de Milly y le hizo una guiñada a Lackey.

—El vuelo es largo —dijo este.

—Con razón no quería entregar la bolsa —⁠dijo Phyllis.

Milly agarró las revistas como si fueran pescado muerto y las dejó caer en la cinta transportadora. Las recogió en el otro extremo otra chica que estaba asqueada. El policía volvió a guiñarle el ojo a Lackey, mientras este recogía sus revistas, las enrollaba y se las escondía debajo del brazo.

El policía guiñó otra vez.

—Bien —dijo Lackey—, ¿estamos prontos?

—Tendrías que haber puesto la cabeza en la cinta transportadora — ⁠dijo Phyllis⁠—. Y hacer que te la pasaran por la máquina de rayos X gratis.

—¿Por qué compraste esa porquería? —⁠preguntó Grimm.

—Me gustan las mujeres —dijo Lackey.

—No te acerques a mí —dijo Phyllis.

Los tres se rascaron y comenzaron a caminar hacia la puerta de embarque.

 

Resolver un caso puede hacer mal a los nervios.

Cosas insignificantes como no encontrar un conductor de ómnibus por cinco minutos puede llevar a un hombre a rasguñar las paredes, destrozar sillas y patear vidrios.

Bud Heathcoat marcó en la terminal y Wax dijo que cuando llamó el hombre del teléfono le dijo que Heathcoat salía en este preciso momento.

—Ya se fue —dijo el encargado de la noche⁠—. Ya es tarde.

Rotzinger digirió la información, respiró hondo y envió a algunos agentes al departamento de Bud Heathcoat. Rotzinger también envió a algunos coches a recorrer la ruta probable que tomaría Bud Heathcoat para llegar a su casa.

Rotzinger rezongaba de su mala suerte y hojeaba las primeras ediciones de los periódicos con desdén. En todas las páginas se hablaba mal de la policía. Que el jefe en persona había estado en la escena estaba muy publicitado. En un diario había una foto de Rotzinger agitando el puño ante el fotógrafo. En otro; se rascaba la cabeza.

Rotzinger habló por teléfono como un pasador de apuestas. Hizo instalar otro teléfono en la pared para seguirle el pulso a la investigación. Habló por teléfono con gente de las compañías aéreas, gente del equipo de mantenimiento en la estación de ómnibus, y con Bernad Overby, que amenazó con suicidarse y dejar una nota inculpando a Rotzinger como la causa por la cual se había volado la tapa de los sesos. El jefe mandó un agente al hotel de Overby, donde encontraron al administrador de la noche acurrucado detrás de su máquina de escribir, con un revólver. Overby fue arrestado. Rotzinger dudaba de que este firme desempeño policial obtuviera mucho espacio en las páginas frontales.

Se verificó que el ómnibus de Bud Heathcoat había dado una vuelta bastante cerca del aeropuerto, pero luego se desviaba y pasaba por una zona congestionada por moteles.

Tomó veinte valiosos minutos ubicar la ruta de Bud Heathcoat. La gente que trabaja en mantenimiento entre la una y las nueve de la mañana no son reconocidos por su agilidad mental.

Las noticias de las compañías aéreas más importantes en el aeropuerto no eran buenas, porque eran lentas. Le llevó a Wax once minutos conseguir con la persona que pudiera revisar todas las reservas para los vuelos de la mañana en la primera compañía a la que llamó, y luego le llevó al supervisor otros quince minutos más informar que desde la medianoche hasta el mediodía se habían hecho dieciocho reservas de grupos de tres pasajeros. Y las reservas no siempre indicaban sexo. Es de creer que tres personas corriendo por sus vidas evitaran, aun cuando reserven sus boletos juntos, usar Mr. o Mrs., ¿no?, pensó Wax.

Rotzinger asignó un agente para investigar con cada compañía y a otro llamado Brooks le hizo montar un escritorio de control con la información vital.

—Ahí se va otro —dijo Brooks, mirando el reloj⁠—. Vuelo 202 a Guatemala o algo parecido —⁠Brooks había sido arrancado de la cama para ayudar en la investigación. Cuando el vuelo 202 hacia algún lado despegó, Brooks le puso una gran tilde y dijo⁠—. Había dos reservas de tres personas en ese.

Parecía tan buena idea, pensó Rotzinger, mientras sonaban los teléfonos y la gente informaba a Brooks. Investigar las reservas de tres boletos era una buena inspiración.

—Vuelo 424 hacia Irlanda que despega en este momento no tiene reservas de tres personas —⁠dijo Brooks.

—Gracias a Dios —dijo Rotzinger.

En la siguiente hora, debían despegar dieciséis vuelos, nueve de cabotaje y el resto internacionales. Había alrededor de setenta y una reservas de tres personas juntas en los dieciocho vuelos. Esta cifra seguía siendo «aproximada» porque una de las compañías informó estar con problemas en la computadora y, según el supervisor, «solo Dios sabía quién abordaría los aviones». La computadora sería reparada «un día de estos».

A Rotzinger le pareció patéticamente increíble que se hubieran hecho tantas reservas de a tres, y esta opinión fue verificada por el supervisor de una de las compañías. Normalmente, dijo el hombre, había una o dos reservas de tres personas por vuelo.

—Ahí se va otro —dijo Brooks—. Dallas. Zummmm.

—¿Qué pasaría —preguntó Wax, durante una pausa de los teléfonos⁠—, y esto es solo una suposición, si los ladrones tomaron algún seguro?

—¿Seguro de vuelo? —preguntó Rotzinger.

—En sentido figurado. ¿Qué pasaría si hicieron varias reservas falsas de tres personas? Las compañías dan tiempo hasta algunas horas antes de la partida para retirar los boletos Las reservas no son borradas del banco de memoria de la computadora hasta que se confirma que ha habido cancelación, es decir, hasta la partida del vuelo.

—América del Sur —dijo Brooks—. Veinte minutos y segundos. Cinco reservas triples.

—Es obvio que esa teoría te proporciona gran placer, Wax — ⁠dijo Rotzinger.

Wax dijo que era una idea, y que si los ladrones cubrían la retirada con la misma coherencia con que tomaron el Banco, nada que supusiera sería demasiado brillante.

Rotzinger tenía levantado el brazo cuando llegó la llamada de Bud Heathcoat. La llamada sin duda salvó a Rotzinger de una condena por homicidio porque Wax estaba en el lugar justo para que al golpearlo cayera de una ventana a treinta y dos pisos del suelo.

—¿No sabe mucho de ómnibus con recorrido desde la medianoche hasta el amanecer, no? —⁠dijo Bud Heathcoat en respuesta a la pregunta de Rotzinger sobre si había ocurrido algo inusual durante el turno de la noche⁠—. La única vez que pasa algo usual es cuando llueve a cántaros, y no sube nadie.

Bud Heathcoat le contó a Rotzinger del borracho con la guitarra y el juego de dados.

—Los que viajan en ómnibus a esta hora de la noche no son la sal de la tierra. Más bien son las migajas.

Rotzinger preguntó si Heathcoat recordaba haber levantado a tres personas, dos hombres y una mujer, llevando valijas.

—Trato de no mirar demasiado a los pasajeros —⁠dijo Bud Heathcoat⁠—. Para no ver armas.

—Parece que subieron en el lugar de un accidente con un taxi.

Bud Heathcoat pensó y dijo que esta noche solo recordaba once accidentes con taxis. Sí recordaba a tres pasajeros juntos en algún momento de la noche. No se ven muchos de a tres.

—¿Con equipaje? —preguntó Rotzinger.

—Creo que sí —dijo Bud Heathcoat⁠—. Los que van al aeropuerto por lo general pueden tomar un taxi. Sí. Tres personas. Dos valijas.

—¿Al aeropuerto?

—Sí. Yo llego hasta un kilómetro y medio.

—¿Dos hombres y una mujer?

—Sí. Uno de los hombres vomitó por la ventanilla. Lo vi por el espejo pero no quise decir nada. Subieron juntos, se sentaron juntos y se bajaron juntos. Dijeron que iban al aeropuerto.

—Excelente —dijo Rotzinger.

—¿Sabe una cosa? Eran pasajeros muy normales. Nada extraño. Demasiados normales para tomar un ómnibus que los dejaría a un kilómetro y medio del aeropuerto, diría yo.

Rotzinger le dijo a Bud Heathcoat que se quedara en su departamento, que en seguida iría un funcionario a tomar una descripción.

—¿Qué hicieron? Parecían inofensivos.

Rotzinger dijo que solo los buscaban para interrogarlos.

Bud Heathcoat dijo que si alguna noche tenían poco trabajo, el policía de ronda debería avisarle, podía arrestar al ómnibus entero y ganarse unos dólares fáciles.

Rotzinger colgó e informó a Wax que los locos habían sido vistos por última vez caminando en dirección al aeropuerto. De inmediato veinte policías fueron enviados al aeropuerto con identikits.

—Hace dos horas —dijo Rotzinger.

Rotzinger habló con Brooks. En la última hora y media habían decolado ocho vuelos.

—Necesitamos suerte —dijo Rotzinger.

—Es un aeropuerto grande —dijo Wax.

—Otra chapuceada.

—Si están ahí.

—Uno de los hombres vomitó en el ómnibus.

Wax maldijo a los ladrones para sus adentros. ¡Tomar un ómnibus hasta el aeropuerto! Según iban las cosas, uno de ellos caería por la rampa que lleva hasta el avión en los brazos de un policía fuera de servicio. Rotzinger tenía razón. Los ladrones se estaban cayendo a pedazos. Sin embargo, podían estar en el aire en cualquiera de los casi doce aviones en vuelo, libres, sin rastros.

Un tal Capitán Holder coordinaba las cosas en el aeropuerto. Rotzinger ordenó que se registrara cada centímetro. Un funcionario sería asignado a controlar cada vuelo que partiera, concentrándose en aquellos vuelos con reservas para tres personas.

—Más despacio, desgraciado — ⁠le dijo Rotzinger al reloj.

Seguro pensó Wax, que este rastro casi obvio era parte de un elaborado plan para cubrir la verdadera ruta de escape. Seguro, pensó, que estaban en un ómnibus hacia Topeka o en barco hacia Hong Kong.

Antes de que Wax pudiera terminar su oración, él y Rotzinger estaban en el aire.

—¿No puede ir más rápido? —⁠le preguntó Rotzinger al piloto, que usaba audífonos y no podía oírlo. Iban en un helicóptero, rumbo al aeropuerto. Rotzinger estaba sentado junto al piloto, un oficial de nombre Pine. Wax estaba en el asiento de atrás, rogando que un edificio acabara con su sufrimiento.

Pine señaló el velocímetro: iban a la máxima velocidad.

Había llegado una llamada del aeropuerto, informando de un disturbio en uno de los detectores de metales, un disturbio conectado con dos hombres y una mujer. Rotzinger le dijo al Capitán Holder que arrestara a esos desgraciados, él llegaría en seguida. El disturbio era por unos gritos y resistencia a ser revisado.

—Lo sabía —le dijo Rotzinger a Wax, quien tuvo que admitir que él también lo sabía.

—Se enviaron autos en busca de la cajera embarazada Teresa Singleton; Charley English, el conductor del taxi y Bud Heathcoat, el del ómnibus. Todos se reunirían en el aeropuerto e identificarían a los delincuentes, la prensa sería notificada y luego Rotzinger se buscaría un buen representante, para las charlas.

—Son ellos —le dijo Rotzinger a Wax, en el asiento trasero del helicóptero.

Wax asintió.

—Más rápido —le dijo Rotzinger a Pine, el piloto, que se sacó un audífono y preguntó:

—¿Qué?

—Más rápido.

—No va más rápido.

—Entonces no aminore cuando aterricemos, por Dios.

Bajaron y aterrizaron en la puerta de embarque 32, cerca de donde el Capitán Holder había detenido a dos hombres y una mujer.

Rotzinger había traído tres juegos de esposas. Le hacían ruido en el cinturón mientras subía los escalones que llevaban hacia la puerta, de a tres.

El viaje en helicóptero solo llevó catorce minutos.

Eran las cinco y veinte.

—¿Dónde diablos están? —le preguntó Rotzinger al Capitán Holder.

—Por aquí —dijo el otro.

Caminaron por el vestíbulo unos treinta metros.

—Ahí adentro —dijo el Capitán Holder.

Wax abrió la puerta.

Rotzinger entró y se enfrentó con los ladrones. Era extraño, sentía como que los hubiera conocido toda su vida.

La habitación era una especie de cantina usada por los empleados de las compañías. Los dos hombres estaban sentados a un lado de la mesa, la mujer al otro. Tenía una peluca en la mano.

—Quiero presentar cargos —le dijo a Rotzinger, que estaba sin aliento⁠—. Quiero que les peguen a esos hombres con la culata de un revólver.

—Pero… —dijo uno de los hombres.

—Vamos, preciosa —dijo el otro.

—No me diga preciosa —dijo la mujer.

—Nosotros no somos los locos —⁠dijo uno de los hombres⁠—. Ella es la loca.

—Pónganles las esposas —dijo ella, mirándole el cinturón a Rotzinger.

—¿Ese es el equipaje? —preguntó Rotzinger al Capitán Holder, que asintió mirando las dos valijas. Rotzinger miró a las tres personas. No eran en absoluto lo que esperaba. Era como hablar con alguien por teléfono durante años, y luego conocerlo en persona. Pensó que serían más sofisticados, más astutos, la mujer en especial. Ella estaba horriblemente maquillada. Parecía que había usado medio litro de pintura para embadurnarse la cara. Los hombres parecían… corderos, como si esperaran que les pegaran. Rotzinger rodeó a la mujer, se inclinó y le miró las piernas.

—Eso es suficiente —dijo ella—. Ya me alcanza con esos dos.

—Tenía las piernas regordetas. Firmes. Buenas y firmes. Admítelo, tenía piernas gordas.

—Le importaría ponerse de pie —⁠dijo Rotzinger.

Cuando lo hizo, Wax le dijo a Rotzinger en el oído que era difícil de creer que esas piernas hubieran sido descritas por testigos varios como de lindas a preciosas.

—Qué saben los conductores de taxis y ómnibus —⁠dijo Rotzinger⁠—. Toma las valijas.

—La marrón la deja ahí —dijo la mujer⁠—. Esa es mi valija. Tengo mis derechos.

—Tiene derecho a hacer lo que yo le diga —⁠dijo Rotzinger.

Wax puso las valijas sobre la mesa.

—Te dije que era una boca abierta —⁠dijo uno de los hombres.

—Sí —dijo el otro—. Los árboles no me dejaron ver el bosque.

—¿Otra vez hablando de mi trasero? —⁠preguntó la mujer.

—¿Qué sucedió? —le preguntó Rotzinger al Capitán Holder, quien llamó a un agente llamado Bean.

—Dígale al jefe lo que sucedió —⁠le dijo el Capitán Holder al agente Bean, que era muy jovencito.

—Bueno, ¿vio? —dijo Bean—. Yo estuve de guardia en el aeropuerto toda la noche, ¿vio?, y me mantuve al tanto con los boletines del asalto al Banco, ¿vio?, como es mi deber.

—Buen trabajo, Bean —dijo Rotzinger. Luego se dirigió a Wax⁠—. Haga un memo. Curso avanzado de oratoria para todos los funcionarios. Continúe, Bean. Y trate de no decir «¿vio?» todo el tiempo.

—Sí, ¿vio?

—Bean.

—Perdone, señor.

—Continúe, Bean. Por favor no me enloquezca.

—Bien —continuó Bean, satisfecho de sí mismo⁠—. Me puse al tanto de todo lo que tuviera que ver con dos hombres y una mujer y, bueno, uno de los guardias de seguridad informó sobre el disturbio en el detector de metales y, bueno, los retuve como dije.

—Yo creé el disturbio —dijo la mujer.

—¿Nombre?

—¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

Los dos hombres se sonrieron.

Rotzinger se puso colorado.

—¿Cuál es su nombre?

—¿Por qué?

—¿Qué? —dijo Rotzinger.

—No —dijo uno de los hombres, sonriendo⁠—. Ese es el hermano.

—La hermana se llama Vengaelmesqueviene —⁠dijo el otro hombre.

—Ve —dijo la mujer—. ¿Ve lo que le dije? Son asquerosos.

—¿Su nombre es Porqué? —le preguntó Rotzinger a la mujer.

—Sí —dijo ella.

—¿Porqué qué?

—Porqué No, —dijo uno de los hombres. Los dos rieron.

Rotzinger dijo que si volvían a abrir la boca se armaría una buena. La policía no aceptaba acusaciones contra el departamento.

—Porqué Montgomery.

—¿Nombre? —le preguntó Rotzinger a los hombres, que se miraron.

—Joe.

—Joe.

—¿Estamos bajo juramento? —⁠preguntó el primer hombre.

—A partir de este momento —⁠dijo Rotzinger. Acababa de recordar cuánto odiaba la rutina policial.

—Tom.

—Tom.

—¿Los dos se llaman Tom?

—Sí.

—Así es. Escuche señor. Esta es una situación muy difícil.

—Cállese —dijo Rotzinger.

—Son unos pervertidos —dijo Porqué⁠—. Los dos.

Los dos hombres miraban el techo como dos angelitos.

—Empezó como una cita común y corriente —⁠dijo Porqué.

Rotzinger miró el reloj.

—Bueno, casi común y corriente. La hora es extraña. ¿Y qué? Estos dos buitres me invitan a salir, y yo digo, está bien. Soy una mujer grande.

Rotzinger le miró los pechos.

—Típico —dijo Porqué.

—¿Adónde la invitaron? —preguntó el Capitán Holder.

—A Houston —dijo Porqué—. Yo pienso, si hay dinero, no hay diferencia entre tener una cita en Houston o en Arby, ¿no es así? De todos modos, estos dos locos dijeron que por qué no íbamos a desayunar a Houston, sin cosas raras, ida y vuelta, nada más. Cuartos separados.

—Cosas como esta pasan todo el tiempo en la calle —⁠le susurró Wax a Rotzinger, como si el jefe hubiera estado en un monasterio los últimos cinco años.

—Pero apenas vamos a tomar el avión estos dos asquerosos empiezan a decir porquerías y a agarrarme el trasero. Tendría que oír lo que dijeron.

—Bien —dijo Tom.

—Carajo —dijo Tom—. Quiero decir, ¿qué esperaba, por el amor de Dios?

—Algo decente —dijo Porqué—. De todos modos, ese empieza a decir obscenidades y me doy cuenta, capaz que estos dos no son simples hombres de negocios, capaz que son mala gente.

—Se alteró porque el cuarto ya estaba pagado y lo único que tenemos son tarjetas de crédito —⁠dijo uno de los Tom.

—¡Eso es mentira! Ese fue el que me agarró el trasero.

—Fue un accidente.

—Sí, claro. A mí nadie me agarra el trasero.

—Ese trasero ha sido tan manoseado que es como los manillares de las bicicletas, tiene las manos marcadas.

—Arréstelos —dijo Porqué.

Aparecieron llaves y se registraron identificaciones y valijas. Se reveló que Porqué era el diminutivo de Porcia Queny, lo que no significaba nada en absoluto excepto que su madre tenía una imaginación muy desarrollada.

—Sí —dijo Tom.

—Claro —dijo el otro Tom—. Gracias a Dios que esto fue cortado siendo pimpollo.

Luego se reveló que el nombre de uno de los Tom era Eugene Jones y el del otro Tom era Shelby Collins. Eugene Jones vendía repuestos para automotores. Shelby Collins compraba repuestos para automotores.

—Eso es perjurio —dijo Porqué.

Porcia Queny Montgomery vendía tragos en un bar y a la hora de cerrar, una cosa llevó a la otra y se fijó la extraña cita.

—¿A Houston? —preguntó el Capitán Holder. Rotzinger se había quedado sin palabras.

—A una convención —dijo Eugene Jones.

—¿Ustedes dos me llevaban a una convención? —⁠resolló Porqué. Se enojó y cruzó las piernas al mismo tiempo⁠—. Borrachos.

El equipaje contenía objetos comunes. Cuando se revisaba la cartera de Porcia Queny Montgomery se la vació sobre la mesa, Eugene Jones se inclinó hacia adelante y dijo:

—No hay cepillo de dientes.

—Nos salvamos por milagro —⁠dijo Shelby Collins.

—Me olvidé —dijo Porcia Queny Montgomery⁠—. Estaba tan emocionada con la cita importante con los grandes derrochones.

—Claro, claro —dijo Eugene Jones.

—¿Quiere insinuar que no me lavo los dientes?

—Quiero irme a mi casa —dijo Shelby Collins.

Rotzinger hizo un reordenamiento de sus pensamientos, que podían llenar un vasito de cartón, y salió al vestíbulo con Wax, el Capitán Holder y el agente Bean. Se había dejado un policía con los sospechosos, para que no robaran los ceniceros. El funcionario Brooks vino en el siguiente helicóptero, instaló un puesto de control en una oficina de administración donde monitoreó los vuelos por razones que le eran ajenas. El vuelo en helicóptero lo hizo sentir muy mal al agente Brooks, así que se tomó cuatro gaseosas y tuvo que ir al baño a toda velocidad tres veces.

—Bueno, ¿vio? —dijo el agente Bean⁠—. Creo que no eran ellos.

—Aleje a ese hombre de mi vista —⁠le dijo Rotzinger al Capitán Holder, que mandó a Bean a registrar las gavetas, lo cual quizás sea ilegal, pero lo que el público ignora no le molesta. En las noches comunes, se pueden hacer hasta una docena de arrestos, registrando las gavetas y encontrando ametralladoras y esperando a que alguien las reclamara. Rotzinger le hizo mandar al Capitán Holder veinte agentes medio dormidos con la última descripción de los ladrones.

Los testigos Singleton, English y Heathcoat llegaron en unos quince minutos. Teresa Singleton, la cajera embarazada, miró los dibujos más recientes de los presuntos ladrones y dijo:

—Ese es mi tío Hal.

Los testigos fueron llevados a la habitación que recién dejaban Eugene, Shelby y Porqué, y se les ofreció café y bollos. Después de unos minutos, el taxista Charley English le preguntó a Rotzinger.

—¿Qué estamos haciendo aquí?

Bud Heathcoat pidió una almohada.

Rotzinger recibió dos llamados del agente Brooks, en el puesto de control. Brooks informaba que la falla de la computadora en una de las compañías no había sido solucionada.

La primera llamada era sobre el encargado de hotel Bernard Overby, que no tenía un carajo que ver con nada. El problema con una sencilla investigación es siempre el mismo: abre una lata llena de moscas de la fruta. Overby había sido confinado bajo varios cargos, incluso escribir en exceso.

—Tírenle con todo el peso de la ley — ⁠dijo Rotzinger, gracioso⁠—. Y con el de un diccionario.

La segunda llamada era sobre el ejecutivo de relaciones públicas Buzz Murdock, quién cuando fue informado que los ladrones seguían en libertad, se clavó un bolígrafo en el cuello y tuvo que ser internado de urgencia.

La tercera llamada fue de la mujer de Rotzinger.

—¿Qué tal va todo, mi amor? —⁠preguntó y colgó cuando su marido no le respondió nada en cuarenta y cinco segundos.

Cuando el alcalde llamó, dijo que le parecía buena señal que Rotzinger estuviera en el aeropuerto, a menos, claro, que quisiera tomar algún avión. Rotzinger le dijo que no estaba allí para arrestar borrachos.

—Manténgame informado —dijo el alcalde.

Rotzinger no le dijo que eso es lo que acababa de hacer.

—Sí, señor.

Rotzinger le preguntó a Wax por qué cuando una persona decía «nos cagaron», todo el mundo decía que eso era malo.

Wax no tenía idea.

Rotzinger pensó. ¿Se habían ido? ¿Estaban aquí? ¿Eran ellos los del taxi y el ómnibus?

—Dos grupos de a tres en el vuelo 222 a algún lugar, a despegar en nueve minutos —⁠informó el agente Brooks⁠—. Esta es la compañía con falla en la computadora, así que nadie sabe nada seguro.

—Bien dicho —dijo Rotzinger. Despachó a un dormido agente a la puerta de embarque 18, con dibujos⁠—. Si tienen un remoto parecido con estos tres, tráelos.

—¿Y qué hago con el vuelo? —⁠preguntó el agente dormido⁠—. ¿Cómo puedo detenerlo? ¿Qué hago si quieren despegar?

Una compañía ya había presentado una denuncia oficial por vuelos demorados sin razón aparente.

—A la mierda con el vuelo —⁠dijo Rotzinger.

—Sí, señor —dijo el agente dormido con firmeza⁠—. Si se parecen a estos, a la mierda el vuelo.

—Si se parecen a estos y el avión empieza a moverse, bájalo a tiros.

—¿Señor? —dijo el muchacho.

—Les dices que esperen un segundo y nos llamas.

—Bien, señor.

—Necesitamos mucha suerte, Wax.

Wax asintió. El viejo aflojaba.

—Necesitamos la ayuda del Señor.

—No arreste a mi tío Hal —le dijo Teresa Singleton al adormilado policía que se dirigía hacia la puerta 222 con los dibujitos⁠—. Sufre del corazón.

—Esto es emocionante —le dijo Charley English a Bud Heathcoat, con algo de su acento noruego.

—Si esto le parece emocionante —⁠respondió Bud Heathcoat⁠—, tendría que manejar un ómnibus.

 

La deprimente interrupción en lo que Rotzinger había supuesto sería acción pero se convirtió en la más absoluta nada, llegó a su fin cuando el Capitán Holder abrió la puerta y le dijo a Rotzinger:

—¡Tenemos algo!

Charley English y Bud Heathcoat le tocaban la panza a Teresa Shingleton porque ella decía que su bebe iba a salir caminando en cualquier momento.

—Si quiere ser policía los demando a todos —⁠dijo ella.

—Hay mucho movimiento ahí adentro —⁠dijo Bud Heathcoat.

—¿Alguna vez trajo a luz a alguno? —⁠le preguntó Charley English.

—¿Está loco? Lo único que suben a un ómnibus abajo de la ropa es alguna tostadora.

—Yo tampoco —dijo Charley English. Tocó otra vez la panza de Teresa Singleton y dijo que el niño estaba haciendo aerobismo.

Rotzinger llamó al piloto del helicóptero y le dijo que llevara a la cajera embarazada al hospital.

—Acaba de correr las cien millas en diez minutos cinco segundos — ⁠dijo Charley English, retirando la mano de la sección media de Teresa Singleton.

—¿Está casada? —preguntó Rotzinger.

—Va a pagar por eso —dijo Teresa Singleton, yéndose con el piloto del helicóptero⁠—, si sigo con vida.

El Capitán Holder estaba charlando con Otis Boomershine.

—Tenemos algo grande —dijo el capitán.

—¿Cómo de grande?

—Cien, ciento veinte kilos —⁠dijo Otis Boomershine nervioso⁠—. Es un elefante. Y salvaje. Me da miedo.

—Es Lombino —dijo el Capitán Holder.

Rotzinger entrecerró los ojos y pensó.

—¿Lombino?

—Vince Lombino —dijo el Capitán Holder.

Otis Boomershine dijo que el tipo había comprado el boleto a nombre de Russ Crane, y que le había dado un puñetazo al empleado Milt Tune justo donde dolía más, en el bigote.

—Ah —dijo Rotzinger, algo desanimado.

—Ese sinvergüenza tiene más prostíbulos y casas de apuestas y vendedores de droga que nadie sobre la tierra —⁠le explicó el Capitán Holder a Otis Boomershine, que tragó saliva⁠—. El Gran Jurado quiere hablar con él por contaminar dos ríos, además.

—María Santísima —dijo Otis Boomershine.

—Con cuerpos. Es malo para la pesca.

—¿Dónde está? —preguntó Rotzinger.

Otis Boomershine les contó.

Hacía tanto tiempo que andaban detrás de Lombino, que él había envejecido y apenas se parecía a la última descripción.

—Este sí que es grande —dijo el Capitán Holder⁠—. Este no es un simple asaltante de Bancos. Este es un asesino. Un traficante de drogas.

Bien, pensó Rotzinger, se podía hablar mucho, en grandes letras, grandes y negras en la primera plana, sobre el arresto de un asesino traficante de drogas. No se trataba de ninguna víctima en el asalto al Banco. Se trataba de inconvenientes y papeleo. Con Lombino, se trataba de sangre, tripas y venas. Se trataba de titulares. Saca a esta inmundicia de la circulación y el alcalde podría ponerle tu nombre a un día o al menos a una tarde.

—Creí que estaba en Arizona —⁠dijo Rotzinger⁠—. Jugando al golf y haciéndose estiramientos de piel.

—Está aquí —dijo el Capitán Holder.

—Llame a la prensa —le dijo Rotzinger al agente Brooks.

Lombino le dio unos billetes a una chica de unos dieciocho años, la palmeó en la cabeza y aceptó la tarjeta de embarque de la muchacha. Esta miró el dinero, lo besó y volvió al bar.

—Esta chica nunca había visto dos billetes de a mil —⁠le dijo Lombino a Lackey. Lombino le tendió la mano y le dijo⁠—: sin rencores.

—Todavía no —dijo Lackey.

—Russ Crane —dijo Lombino.

—Sam Billabong —dijo Lackey.

Estaban parados justo afuera del túnel que llevaba al vuelo.

Lombino le dijo a su mujer que tomara el siguiente vuelo. Le dio un beso y la pellizcó en el traste. Lombino le entregó la tarjeta de embarque al encargado de pasajes Milt Tune, quien retiró bruscamente la cabeza ante el ademán y se pegó contra la pared. El bigote de Tune parecía un pescado muerto. Le arrancó el talón a la tarjeta de embarque de Lombino.

—Escuche. Sin rencores —dijo Lombino. Milt Tune le tendió la mano como para que le examinara a ver si tenía sarpullido y no para que se la estrechara, así que Lombino la ignoró y avanzó por el túnel hacia el avión.

Grimm, Lackey y Phyllis fueron los últimos pasajeros en subir a bordo. Habían vuelto a poner el dinero en la valija, con gran dolor y picazón por la cinta Scotch, y todo estaba bien. Lackey también había tirado sus revistas pornográficas en el baño después de un severo rezongo de Grimm, que dijo que Lackey estaba peor que nunca cuando las cosas marchaban bien.

—No estoy acostumbrado a la fama y la gloria —⁠dijo Lackey. Seguía con el cuello duro, pero el dolor en el costado había disminuido hasta tal punto que la camisa ya no le molestaba sobre la piel.

Grimm le dijo que el océano cura todo.

Le entregaron las tarjetas de embarque a Milt Tune y se dirigieron hacia el túnel. Phyllis se detuvo a mitad de camino y le dio un beso en la boca a Grimm y luego uno en la mejilla a Lackey.

—Ahora me gusta más —dijo Lackey.

Phyllis les recordó que el noventa por ciento de todos los accidentes de tránsito suceden dentro de un área de treinta kilómetros del lugar de origen, así que aun cuando las cosas parecían excelentes en este momento, nunca estaría de más tomar precauciones. Miraba a Lackey mientras decía esto, y él volvió a disculparse por las revistas.

—Después de todos estos años de malos trabajos y hambre — ⁠dijo Lackey⁠—. Después de todas las veces en que estuvimos a punto de ir a la cárcel. Después de todas las veces en que estuvimos a punto de que nos mataran.

—Nunca estuvimos a punto de que nos mataran —⁠dijo Grimm⁠—. Y me gustaría que ustedes dos dejaran de hablar como si esos trabajos fueran ridículos.

—Lo eran —dijo Phyllis—. Pero la práctica perfecciona las cosas, mi amor. Este compensa todo. —⁠Volvió a darle un beso en la boca a Grimm⁠—. No es tu inteligencia lo único que amo.

—Después de trabajos que nunca resultaban, trabajos que casi nos mutilaban —⁠continuó Lackey.

—Es muy especial para sus brindis, ¿no? —⁠dijo Grimm a través del largo beso de Phyllis.

—Después de ser sedado esta noche, después de tocar por accidente la bocina del auto mientras llamabas al Banco, después de doblar mal, después de que tu auto fue destrozado con hachas por el cuerpo de bomberos, después de saltar del taxi, después de tirar los dados en el ómnibus, después del exceso de reservas, después de todo eso.

—No te olvides de las revistas —⁠dijo Grimm por un costado de la boca.

—Cállate y bésame —decía Phyllis.

—Después de las revistas. Después de todas estas cosas, que habrían hecho arrodillar a los mortales, por Dios, lo logramos.

Grimm abrazó a Phyllis allí en el medio del túnel mientras Lackey movía la cabeza de un lado a otro y se maravillaba de ser moderadamente rico.

—Llévame en brazos para pasar la puerta —⁠dijo Phyllis, y Grimm así lo hizo, entrando al avión a los tropezones, aferrado con la mano derecha a la valija llena de dinero.

—¡Pero! —dijo la azafata—. Bienvenidos a bordo. Es un placer tenerlos aquí. Encantados de verlos. ¿Puedo ayudarlo con la valija? Deme la valija.

—No —dijo Lackey.

Grimm dejó a Phyllis en el suelo, le dirigió una mirada salvaje a Lackey y dijo:

—Me quedo con ella, la pondré debajo del asiento — ⁠dijo.

—¿Por qué?

—Tengo papeles importantes —⁠dijo Grimm.

—¿Qué es esto? ¿Un examen de tercer grado?

—Sería muchísimo más cómodo —⁠dijo la azafata⁠— si sacara los papeles y pusiera la valija en el maldito compartimiento para valijas.

—¿Dijo usted maldito? — ⁠preguntó Lackey.

La azafata tenía unos cuarenta años y cara de cansada. Las leyes de la discriminación han sido tan exigentes con las compañías aéreas que se encuentra una cantidad de madres robustas patrullando los pasillos, mujeres casadas, mujeres fuertes, en lugar de las pequeñas coquetas que lograban con tanto éxito sacarle a uno de la cabeza que durante las siguientes siete horas, uno no tendría control alguno sobre su vida.

Hay algunos trabajos, pensó Lackey, donde la belleza debería ser una exigencia. Esta azafata le recordaba a Lackey a un mecánico, y por ende sus pensamientos giraban hacia lo grotesco: ¿y si nos estrellamos?

—Todos estamos cansados, compañero — ⁠le dijo la azafata a Lackey.

—¿Compañero?

—Y a causa del lío de la computadora, hay carradas de gente. Saque los papeles y deje la valija aquí.

—Creo que no lo haré —dijo Grimm.

Lackey pidió una de esas tarjetas donde el pasajero puede opinar sobre el servicio.

La azafata miró la valija, los nudillos blancos de Grimm y luego fue a la cara de Grimm.

—¿Y a mí qué me importa? —dijo. Les indicó los asientos y luego a la cabina.

—No pidan café caliente —dijo Lackey ⁠—. Se los va a tirar encima.

—Ignórenla —dijo Phyllis, y entraron al avión en busca de sus asientos, los cuales, gracias a la computadora, no estaban juntos. Phyllis estaba por la mitad en turística, más o menos a medio camino entre Grimm, que estaba hacia el frente, y Lackey, que estaba junto a la cola, que es lo primero que se incinera si se estrellaban.

El avión era un caos. Gracias a la computadora y la subsiguiente rifa de boletos, gente que viajaba junta había sido ubicada separada en la mayoría de los casos, y hubo muchos empujones y apretones, mientras se arreglaban asientos más cerca. Las tres azafatas que intentaban poner un poco de orden en este lío parecían estar en plena lucha. Tenían las camisas por afuera de la pollera y el pelo en los ojos.

Seguir: parte 4 de 4