Cancionero I
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
CANCIONERO
FRANCESCO PRETARCA
PRIMERA PARTE
EN VIDA DE LAURA
I
Los que, en mis rimas sueltas, el sonido oís del suspirar que alimentaba al joven corazón que desvariaba cuando era otro hombre del que luego he sido; del vario estilo con que me he dolido cuando a esperanzas vanas me entregaba, si alguno de saber de amor se alaba, tanta piedad como perdón le pido.
Que anduve en boca de la gente siento mucho tiempo y, así, frecuentemente me advierto avergonzado y me confundo; y que es vergüenza, y loco sentimiento, el fruto de mi amor é claramente, y breve sueño cuanto place al mundo.
II
Porque una hermosa en mí quiso vengarse y enmendar mil ofensas en un día, escondido el Amor su arco traía como el que espera el tiempo de ensañarse.
En mi pecho, do suele cobijarse, mi virtud pecho y ojos defendía cuando el golpe mortal, donde solía mellarse cualquier dardo fue a encajarse.
Pero aturdida en el primer asalto, sentí que tiempo y fuerza le faltaba para que en la ocasión pudiera armarme, o en el collado fatigoso y alto esquivar el dolor que me asaltaba, del que hoy quisiera, y no puedo, guardarme.
III
Fue el día en que del sol palidecieron los rayos, de su autor compadecido, cuando, hallándome yo desprevenido, vuestros ojos, señora, me prendieron.
En tal tiempo, los míos no entendieron defenderse de Amor: que protegido me juzgaba; y mi pena y mi gemido principio en el común dolor tuvieron.
Amor me halló del todo desarmado y abierto al corazón encontró el paso de mis ojos, del llanto puerta y barco: pero, a mi parecer, no quedó honrado hiriéndome de flecha en aquel caso y a vos, armada, no mostrando el arco.
IV
El que su arte infinita y providencia demostró en su admirable magisterio, que, con éste, creó el otro hemisferio y a Jove, más que a Marte, dio clemencia, vino al mundo alumbrando con su ciencia la verdad que en el libro era misterio, cambió de Pedro y Juan el ministerio y, por la red, les dio el cielo en herencia.
Al nacer, no le plugo a Roma darse, sí a Judea: que, más que todo estado, exaltar la humildad le complacía; y hoy, de una aldea chica, un sol ha dado, que a Natura y al sitio hace alegrarse donde mujer tan bella ha visto el día.
V
Si con suspiros de llamaros trato, y al nombre que en mi pecho ha escrito Amor, de que el LAUde comienza ya el rumor del primer dulce acento me percato.
Vuestra REaleza, que hallo de inmediato, redobla, en la alta empresa, mi valor; pero ¡TAte!, me grita el fin, que honor rendirle es de otros hombros peso grato.
AL LAUde, así, y a REverencia, enseña la misma voz, sin más, cuando os nombramos, oh de alabanza y de respeto digna: sino que, si mortal lengua se empeña en hablar de sus siempre verdes ramos, su presunción tal vez a Apolo indigna.
VI
Mi loco afán está tan extraviado de seguir a la que huye tan resuelta, y de lazos de Amor ligera y suelta vuela ante mi correr desalentado, que menos
me oye cuanto más airado busco hacia el buen camino la revuelta: no me vale espolearlo, o darle vuelta, que, por su índole, Amor le hace obstinado.
Y cuando ya el bocado ha sacudido, yo quedo a su merced y, a mi pesar, hacia un trance de muerte me transporta: por llegar al laurel donde es cogido fruto amargo que, dándolo a probar, la llama ajena aflige y no conforta.
VII
Ociosas plumas, gula y somnolencia del mundo a la virtud vedan la entrada, y está casi del todo extraviada nuestra índole, que al uso reverencia; la luz del cielo extingue su influencia, por la que nuestra vida es informada, y por cosa admirable es señalada de Helicona querer fluvial fluencia.
De mirto y de laurel ¿qué anhelo existe?
Pobre y desnuda ve a Filosofía la turba que del vil negocio es presa.
Pocos contigo irán por la otra vía: oh espíritu gentil, pues la emprendiste, magnánimo, no dejes tu alta empresa.
VIII
Cabe los cerros do, por vez primera, los terrenales miembros vistió un día la que despierta al que a tí nos envía y llorar le hace en forma lastimera, vida mortal, mas libre y placentera, tuvimos, como toda bestia ansía, sin temor de encontrar en nuestra vía nada que nuestro andar nos impidiera Mas del mísero estado en que nos vemos, traídas de anterior vida serena, sólo un consuelo, y el morir, tenemos: venganza del que sufre fuerza ajena y, al llevarnos así, ya en sus extremos, queda sujeto por mayor cadena.
IX
Cuando el planeta que las horas cuenta se alberga con el Toro nuevamente, virtud cae de la cuerna incandescente que al mundo da una nueva vestimenta; no sólo a lo que al ojo se presenta, ribera y montes, florecer consiente, que, donde el día ya nunca se siente, al humor terrenal preña y
contenta, y tal fruto con otros coger cuento: así, el sol de las damas, si me hiere los rayos de sus ojos esgrimiendo, crea de amor palabra y pensamiento, mas si los rige u ocultarlos quiere, siempre sin primavera me estoy viendo.
X
De la esperanza nuestra gloriosa columna, y aun del gran nombre latino, al que no desvió del buen camino de Jove airado lluvia tormentosa, no aquí comedia y casa fastuosa, sino, en cambio, un abeto, un haya, un pino, entre la hierba y el alcor vecino, que, al subirlo y bajarlo, el verso glosa, al cielo hacen alzarse al intelecto; y el ruiseñor que; en sombras, dulcemente cada noche llorando se lamenta, de razones de amor llena la mente: mas tal bien trunca, y hace así imperfecto, tu persona, señor, cuando se ausenta.
XI
Dejar por sol o sombra vuestro velo, señora, yo no os veo, desde que en mí advertísteis el deseo que de mi alma ahuyentó todo otro anhelo.
Mientras mi alto pensar tuve encubierto, que deseando dio muerte a mi mente, vi vuestro rostro de ternura ornado; mas desde que el Amor me hizo evidente, el rubio pelo lo lleváis cubierto, y el mirar amoroso ensimismado.
Lo que más deseaba me es quitado: así el velo me trata, con frío y con calor, y así me mata de vuestra dulce luz nublando el cielo.
XII
Si del tormento áspero mi vida puede guardarse, y de los desengaños, tanto que vea en los postreros años la luz de vuestros ojos extinguida, la áurea melena en plata convertida, dejar guirnaldas y vistosos paños, y ajarse el bello rostro que, en mis daños, me hace lento el lamento y me intimida: al fin me dará Amor tanta osadía que podré de mis penas descubriros cuáles
fueron el año y hora y día; y aunque la edad me impida conseguiros, que llegue al menos a la angustia mía un socorro de ya tardos suspiros.
XIII
Cuando, entre las demás, de mi señora viene, a veces, Amor en el semblante, cuanto en belleza va ella por delante, tanto crece el afán que me enamora.
Yo bendigo el lugar, y el tiempo y hora, en que miré a una altura semejante.
y digo: «Da las gracias, alma amante, por ser de tanto honor merecedora.
De ella es el amoroso pensamiento que, siguiéndolo, al sumo bien te envía, teniendo en poco lo que el vulgo ansía; de ella viene la osada gallardía que te encamina al cielo, con aliento tal que, esperando, ufano ya me siento.»
XIV
Ojos cansados, mientras con anhelo os vuelvo al bello rostro que os dio muerte, cuidad de vuestra suerte,
que Amor ya os desafía, y yo me duelo.
Muerte sólo cerrar puede a mi mente el camino amoroso que le muestra de su salud el puerto deleitoso; mas os puede ocultar la lumbre vuestra causa menor, que menos cabalmente estáis hechos que mi ánimo amoroso.
Antes que haya llegado al doloroso llanto, oh dolientes, la cercana hora, tomad, ya al fin, ahora
a tan largo penar breve consuelo.
XV
Yo me vuelvo hacia atrás a cada paso, mi cuerpo exhausto apenas soportando, y de vuestro aire alivio voy tomando que le ayuda a seguir, diciendo: «¡Ay, laso!»
Llamo al perdido bien y el tiempo paso, con vida corta, largo trecho andando, los pies detengo pálido y temblando y mi abatida vista en llanto arraso.
Me asalta, en medio de la pena mía, tal duda: ¿cómo vive separado este cuerpo de su alma, tan lejana?
Pero responde Amor: «¿Has olvidado que ésta es de los amantes regalía, libres de toda cualidad humana?»
XVI
Se aleja el viejecito albo y canoso del sitio en que su edad vio completada y de su familita consternada, que se queda sin padre y sin esposo; desde allí, va llevando el flanco añoso, ya de su vida en la postrer jornada, con voluntad piadosa y esforzada, quebrantado y con paso fatigoso; llega a Roma, su anhelo realizando, para mirar el rostro del que un día también allá en el cielo ver espera: así a veces, ¡ay triste!, voy buscando, hasta donde es posible, oh dueña mía, vuestra anhelada forma verdadera.
XVII
Llanto amargo me llueve de la cara, de suspiros entre un viento angustioso, cuando hacia vos los ojos volver oso, única que del mundo me separa.
Verdad es que la mansa risa clara a mi ardiente deseo es un reposo, pues cuando atento en vos la vista poso, del fuego del martirio ella me ampara.
Pero luego mi espíritu se hiela al ver cómo apartáis con gestos suaves mis fatales estrellas, cuando os dejo.
Librada al fin con amorosas llaves, por seguiros, del pecho el alma vuela; y, pensativo, asaz de ella me alejo.
XVIII
Cuando estoy todo vuelto a aquella parte do la faz de mi dama emana lumbre, y hay en mi pensamiento tanta lumbre que me quema y derrite parte a parte, temo a mi corazón, por si se parte, y cerca el final veo de mi
lumbre; me voy igual que un ciego, ya sin lumbre, que a dónde va no sabe, pero parte.
De esta manera escapo de ser muerto, mas sin huir tan presto que al deseo no me lleve conmigo, como suelo.
Callado voy, pues el lenguaje muerto a otros llorar haría, y yo deseo que el llanto mío caiga solo al suelo.
XIX
Existen animales de tan fiera vista que del sol mismo se defiende; otros, a los que intensa luz ofende, tan sólo por la noche salen fuera; y otros, cuyo deseo loco espera gozar tal vez del fuego, porque esplende, su otra propiedad prueban, la que enciende: la mía es, ay de mí; la última hilera.
No soy tan fuerte que la luz resista de esta mujer, y no en los tenebrosos lugares me protejo, ni en la tarde: mas, con ojos enfermos y llorosos, mirarla es mi destino y mi conquista; y sé muy bien que voy tras lo que me arde.
XX
Me suele avergonzar que no esté siendo por mí vuestra belleza puesta en rima, pues que a ninguna más tuve en estima desde que os vi por vez primera entiendo.
Mas que excede a mis fuerzas estoy viendo obra que no sabrá pulir mi lima: y por ello el ingenio que se estima, helado, al laborar, se está sintiendo.
Abrí los labios, mas la voz no pudo de mi pecho arrancar ningún acento,
¿pues qué voz ascender puede tan alto?
Me puse a escribir versos a menudo, mas la pluma, la mano y el talento fueron vencidos al primer asalto.
XXI
Mil veces, por tener, dulce guerrera, con vuestros ojos paz, os he ofrecido el corazón; mas no os ha complacido, pues no mira tan bajo una altanera.
Y si algo de él otra mujer espera, en débil esperanza ha consentido: desdeño lo que vos no habéis querido, y mío no será como antes era.
Mas si no le ayudáis, si lo espantase, en su exilio infeliz, pues no sabría solo estar, ni acudir si otra le llama, puede que el curso natural no hallase: y grave culpa de los dos sería, y mucho más de vos, pues mucho os ama.
XXII
Para todo animal que anida en tierra, salvo algunos que tienen odio al sol, tiempo es de trabajar mientras hay día; mas cuando el cielo enciende sus estrellas, cual torna a casa, cual se va a la selva a descansar hasta que llega el alba.
Yo, desde que comienza, bella, el alba a remover las sombras de la tierra, despertando a las bestias de la selva, no gozo treguas suspirando al sol; luego, al ver llamear a las estrellas, llorando voy, y deseando el día.
Cuando la noche ahuyenta al claro día, y lo que es mi tiniebla es de otro el alba, pienso en la crueldad de las estrellas que me han formado de sensible tierra; y al día yo maldigo en que vi el sol, que me da aspecto de hijo de la selva.
No creo que paciese nunca en selva ser tan feroz, de noche ni de día, cual la que en sombras lloro y bajo el sol; no el primer sueño cánsame, o el alba: que, aunque sea mortal cuerpo de tierra, viene mi firme amor de las estrellas.
Antes que vuelva a vos, claras estrellas, o dé en el suelo en la amorosa selva, dejando al cuerpo hacerse polvo y tierra,
¡viese en ella piedad!, que en sólo un día puede enmendar mil años y, hasta el alba, enriquecerme tras caer el sol.
¡Si la tuviera, tras marcharse el sol, y tan sólo nos viesen las estrellas, sólo una noche, y no llegase el alba; y no se transformase en verde selva por salir de mis brazos, como el día que Apolo la seguía aquí en la tierra!
Mas yo estaré so tierra en seca selva y al día llenarán chicas estrellas antes que a tan dulce alba llegue el sol.
XXIII
Del dulce tiempo de la edad primera, que vio nacer y todavía en hierba al fiero afán para mi mal crecido, pues cantando el dolor se desacerba, cantaré cómo libre entonces era, hasta que Amor mi albergue no ha sufrido.
Luego diré de cómo le ha ofendido en demasía, y cómo el resultado es que sirvo de ejemplo a mucha gente; aunque esté mi inclemente estrago escrito, y haya fatigado mil plumas: que en el valle y la ribera el grave son de mis suspiros suena dando fe al mundo de mi vida triste.
Y si aquí la memoria no me asiste, como suele, discúlpela mi pena, y un pensamiento que de tal manera la angustia, que alejarse hace a cualquiera y me fuerza a olvidarme: pues procura lo de dentro, y me deja la envoltura Digo que desde que, ay, por vez primera me asaltó Amor, los años ya pasados el juvenil aspecto me cambiaban; y el corazón, envuelto en mis helados pensamientos, de duro esmalte era y mis afectos ya no se ablandaban.
Las lágrimas mi pecho aún no bañaban ni rompían mi sueño, y yo creía portento en otros lo por mí omitido.
¡Ay del que soy, y he sido!
La vida elogia el fin, la noche al día.
Que viendo aquel cruel que la potencia del golpe de su flecha solamente mis ropas traspasaba, aun siendo aguda, a una fuerte mujer llamó en su ayuda, y desde entonces se mostró impotente ingenio o fuerza, o el pedir
clemencia; y los dos transmutaron mi existencia, haciendo de hombre vivo laurel verde que en la fría estación hojas no pierde.
¡Cómo quedéme, al darme cuenta un día de que se transmutaba mi persona, y mi cabello era la fronda donde esperaba coger yo su corona!
Que los pies con que andaba y me movía, pues cada miembro al alma le responde, raíz se hicieron que la riba esconde no del Peneo, si de un río más fiero; y hechos ramas mis brazos vi al momento.
No menos pasmo siento
de blanca pluma al verme por entero cubierto, y ver ya muerto y fulminado mi esperar, que demás se remontaba.
Pues por no saber yo dónde ni cuándo lo volvería a encontrar, solo y llorando donde me lo quitaron siempre andaba buscando por las aguas, y a su lado; y ya mi lengua nunca ha silenciado, mientras podía, su caída dura: y el son me dio del cisne la blancura.
Por la amada ribera anduve tanto que, si quería hablar, siempre cantaba, con desusada voz merced pidiendo; y nunca con dulzura tal templaba ni hacer oía mi amoroso llanto, del rigor mansedumbre requiriendo.
¿Cuál fue el sentir, si al recordar me enciendo?
Mas no es mucho decir, que lo que queda por contar de mi dulce agria enemiga es preciso que diga,
aunque sea tal que a todo hablar exceda.
Esta, que almas robar con la mirada suele, mi corazón tomó en su mano, diciéndome: «No digas nada de esto.»
La vi después y, siendo otro su gesto, no la reconocí y, oh juicio humano, le dijo la verdad mi alma asustada y, al punto, su figura acostumbrada recuperando, me dejó, ¡ay, cautivo!, vuelto guijarro temeroso y vivo.
Tan, turbada me hablaba aquella hermosa que yo temblaba dentro de la piedra, oyendo: «¿Y si no soy quien has creído?»
Yo me decía: «Si esta me despiedra, ninguna vida juzgaré enojosa; dame, oh Señor, el llanto que he tenido.»
Cómo no sé: mas luego me he movido, culpándome a mí mismo solamente, porque entre vivo y muerto estaba absorto.
Mas, como el tiempo es corto, no la pluma seguir puede a la mente y, aunque escritas en ella, preteridas mil cosas dejo, y de otras sigo hablando que al que escuche le harán maravillarse.
Al corazón la muerte fue a enroscarse y no pude librarlo ni callando, o acorrer las virtudes afligidas.
Las vivas voces viendo prohibidas, en tinta y en papel mi grito muestro:
¡No soy mío, y, si muero, el daño es vuestro Ante sus ojos, digno yo creía haberme hecho, de indigno que antes era, y esta esperanza hacíame atrevido: mas del desdén ciega humildad la hoguera o bien la enciende; y esto lo sabía tras estar de tinieblas revestido: que al rogarle, mi luz se había ido.
Y como alrededor yo no encontraba sombra suya, ni huella de su paso, como quien duerme al raso,
sobre la hierba un día descansaba.
Al rayo fugitivo allí acusando, muy tristemente comencé a dolerme y a su gusto dejé correr al llanto; nunca el sol derritió de nieve el manto como yo me sentía disolverme
y convertirme en fuente al pie de un pino: mucho tiempo tuve húmedo el camino.
¿Quién vio que un hombre fuente se volviera?
Y lo que digo es cosa verdadera.
El alma a la que Dios gentil ha hecho, pues otros no dispensan esta gracia, semejante a su autor el temple tiene: de perdonar, por ello, no se sacia a quien, con humildad y amante pecho, tras ofenderla, por mercedes viene.
Y si contra su estilo ella sostiene que ha de ser muy rogada, en El se espeja, que es porque el miedo de pecar aumente: que no bien se arrepiente de un pecado quien otro ya apareja.
Desde que mi señora, conmovida, al dignarse mirarme, vio cómo era mi castigo parejo a mi pecado, benigna me volvió al primer estado.
Mas de este mundo nada el sabio espera: nervios y huesos, siendo requerida, me volvió piedra dura; y desunida del peso antiguo voz fui que llamaba a la Muerte, y que sólo a ella nombraba.
Alma errante (me acuerdo) y dolorida, por extrañas cavernas apartadas mucho lloré mi ardor intemperante, pero al fin vi mis penas acabadas y a mis miembros terrestres me vi unida para un dolor sentir más lacerante.
Mi deseo llevé tan adelante
que de caza una vez, como solía, me fui, y aquella fiera hermosa y cruda vi que estaba, desnuda,
en una fuente, cuando más ardía el sol. Y, como de otra no me pago, a mirarla me puse y, vergonzosa, por esconderse o por venganza rara, con sus manos echóme agua a la cara.
Digo (y no es mi palabra mentirosa) que arrancarme sentí mi propia imago y solitario ciervo, que ahora vago de selva en selva, pronto me volvía; y huyendo sigo aún de mi jauría.
Canción, yo nunca he sido nube de oro que hecha preciosa lluvia cayó un día, tal que amenguó de Júpiter la hoguera; pues llama que encendió un mirar yo era y el pájaro que más alto subía, alzando a aquella que en mi canto honoro: por nueva faz nunca dejé al que adoro primer laurel, que hasta su sombra grata, si es menos bello, a todo placer mata.
XXIV
Si aquella fronda que los golpes para del cielo, cuando truena Jove airado, no la corona hubiérame negado que en premio a los poetas se depara, a vuestras diosas algo más amara, a las que el siglo vil ha abandonado; pero tamaña injuria me ha apartado de la que las olivas inventara que no hierve la arena en Etiopía como ardo yo, bajo su sol ardiente, porque he perdido lo que más quería.
Buscad un manantial, ay, más tranquilo, porque ningún licor mana mi fuente, salvo aquel que llorando yo destilo.
XXV
Amor lloraba, y yo con él gemía, del cual mis pasos nunca andan lejanos, viendo, por los efectos inhumanos, que vuestra alma sus nudos deshacía.
Ahora que al buen camino Dios os guía, con fervor alzo al cielo mis dos manos y doy gracias al ver que los humanos ruegos justos escucha, y gracia envía.
Y si, tornando a la amorosa vida, por alejaros del deseo hermoso, foso o lomas halláis en el sendero, es para demostrar que es espinoso, y que es alpestre y dura la subida que conduce hacia el bien más verdadero.
XXVI
Más alegre que yo no toma tierra nave que por las olas fue vencida, cuando se ve a la gente conmovida hincarse de rodillas en la tierra; ni más alegre, al verse libre, yerra quien la soga a su cuello vio ceñida, que yo, viendo la espada desceñida que movió a mi señor tan larga guerra.
Y cuantos al Amor loáis en rima al que tejió de amor dichos selectos, si antes se equivocó, mostradle estima: que el reino goza más de los electos por uno convertido, y más se estima, que por noventa y nueve ya perfectos.
XXVII
El sucesor de Carlos, que la coma con la antigua corona ya ornamenta, se arma para romper la cornamenta De Babilonia y quien su nombre toma Al vicario de Cristo el peso doma de manto y llaves, e ir al nido intenta, y, si no le desvían, llegar cuenta, tras ver Bolonia, hasta la noble Roma Vence vuestra gentil noble cordera fieros lobos: y así sea tratada gente que amor legal desempareja.
Por tanto, consolad a la que espera, y a Roma, que del cónyuge se queja; y por Jesús ceñíos ya la espada.
XXVIII
Oh esperada en el cielo, alma ferviente y bella, que del cuerpo vas vestida, no, como las demás, con él cargada: para hacerte más suave la subida, predilecta de Dios, sierva obediente, que lleva de su reino hasta la entrada, mira otra vez tu barca aparejada, vuelta su espalda al mundo ciego y duro, para ir a mejor puerto,
de un viento occidental camino cierto; el cual, por medio de este valle oscuro, do lloramos el nuestro y otro entuerto, la llevará, de antiguos lazos suelta, por camino seguro,
al puro oriente hacia el que se halla vuelta.
Tal vez los amorosos ruegos santos y el santo sollozar de los mortales hayan llegado a la piedad superna; y no han sido, tal vez, tantos ni tales, ni sus méritos fueron nunca tantos, que a ellos cediera la justicia eterna; pero el benigno que al cielo gobierna al lugar donde fue crucificado su gracia envía, y mira,
y al nuevo Carlos en el pecho inspira venganza, que nos daña al demorarla, por la que Europa hace años que suspira, y que es socorro de su amante esposa, tal que, con anunciarla,
inquieta a Babilonia temerosa.
Todo el que mora del Garona al monte y entre el Ródano, el Rin y el mar salado, las enseñas cristianas acompaña; y el que esté de la fama
enamorado, del Pirineo al último horizonte, despoblará, con Aragón, a España; de Inglaterra y las ínsulas que baña, del Carro a Calpe, el Oceano ingente, hasta do se pregona
la ciencia del santísimo Helicona, entre distintas armas, lengua y gente, tan alta empresa caridad abona.
¿Cuándo él amor al hijo y a la esposa fueron tan justamente tratados de manera desdeñosa?
Una parte del mundo siempre yace entre los hielos y la helada nieve, del camino del sol muy alejada; y, bajo el día nebuloso y breve, odiando ya la paz, en ella nace gente feroz a quien morir no enfada; y si, con devoción no acostumbrada y tudesco furor, la espada ciñe, la mahometana gente y la que es a los dioses obediente de acá del mar que rojo color tiñe, tú debes ver si acaso es excelente pueblo desnudo, temeroso y lento, que con hierro no riñe,
pues sus golpes confía siempre al viento.
De retirar el cuello el tiempo viene del yugo antiguo, y de rasgar el velo con que se oscureció nuestra mirada; y de que el noble ingenio que del cielo, por gracia del eterno Apolo tiene, muestre, y que su elocuencia sea mostrada con la lengua o con tinta celebrada: que, si de Orfeo y de Anfión leyendo, tu alma no se sorprende,
ver a Italia y sus hijos más se entiende, que, de tu claro hablar el son oyendo, despierta y por Jesús la lanza prende; pues si la antigua madre ve lo cierto, nunca tuvo, riñendo,
mayor razón ni más gentil acierto.
Tú, que el papel antiguo y el moderno viste, para un tesoro así ganarte y al cielo con tu cuerpo has ascendido, sabes bien, desde el vástago de Marte al grande Augusto que del lauro eterno, tres veces triunfador, se vio ceñido, cómo Roma su sangre ya ha vertido saliendo de los otros en defensa:
¿por qué ahora no sería,
no generosa, sí obligada y pía, al vindicar la despiadada ofensa al hijo glorioso de María?
¿Qué, entonces, de la humana ayuda espera la adversa parte, o piensa, sí Cristo se halla en la contraria hilera?
Mira el osar de Jerjes temerario, que ultrajó, por llegar a nuestros lidos, con nuevos puentes la extensión marina; y verás cómo, muertos sus maridos, visten las persas negro funerario, y enrojecido el mar de Salamina Y no sólo esta miserable ruina de aquel infeliz pueblo del Oriente te promete victoria, mas Maratón, do se cubrió de gloria quien, león, lo guardó con poca gente, y otras mil que conoces por la historia: que humillar ante Dios mucho conviene la rodilla y la mente,
pues destinado a tanto bien te tiene.
Verás Italia y la honorable orilla, canción, que a mí me oculta en la contienda, no mar, monte o corriente,
más sólo Amor, que con su luz valiente más me enamora porque más me encienda, que ante el uso Natura es impotente sin perder a las otras, vete ahora, que no sólo do hay venda
se alberga Amor, por quien se ríe y llora.
XXIX
Rojo, oscuro o violáceo ornamento nunca dama ha vestido, ni en rubia trenza el oro retorcía, tan hermosa como esta que ha robado mi arbitrio, y con la cual de libertad pierdo el camino; y no voy sosteniendo carga menos pesada.
Y si a veces dispónese al lamento mi alma, que no ha tenido
consejo, y su martirio la extravía; su vista, del deseo desenfrenado la frena, y de la loca actividad libra al pecho; y suaviza estarla viendo el desdén de la amada.
De cuanto fue de amor mi sufrimiento, y lo que aún no he sufrido, hasta que al pecho cure quien mordía sin piedad, que aún lo tiene enamorado, venganza habré; si no, contra Humildad, Orgullo e Ira, el paso interrumpiendo, dejan la llave echada.
La hora y día en que al blanco y negro, atento, la vista he dirigido, que me expulsó de donde Amor corría, nueva raíz de este vivir cuitado fueron -y la que admira a nuestra edad-y es plomo o leño quien lo está advirtiendo con alma no espantada.
Lágrima que derrama el sentimiento, por las que el dolorido lado izquierdo me bañan, que sufría antes las flechas, no al querer ha ahogado, que la sentencia cae con equidad: y es justo que ella, que la está afligiendo lave al alma llagada.
Se me ha vuelto discorde el pensamiento: cual yo cansada, ha habido quien la adorada espada a sí volvía; no a ella le pido verme liberado: que al cielo el más derecho es, en verdad, su camino, y para él no estoy queriendo nave más aviada.
Suaves estrellas, acompañamiento de aquel seno elegido cuando al mundo el buen parto descendía, que aquí es estrella, y verde ha conservado, como hoja en el laurel, la honestidad, do no. cae rayo y ser no esté temiendo por el viento alterada.
De elogiarla en sus versos, el intento sé que desfallecido al más digno poeta dejaría:
¿tiene el recuerdo un sitio que adecuado sea a tanta virtud, tanta beldad, y valor que en sus ojos voy leyendo, del pecho llave amada No hay, dama, para Amor, so el sol luciendo prenda más adorada.
XXX
A una joven bajo un verde laurel Vi más blanca y más fría que la nieve que no golpea el sol por años y años; y su voz, faz hermosa y los cabellos tanto amo que ahora van ante mis ojos, y siempre irán, por montes o en la riba.
Irán mis pensamientos a la riba cuando no dé hojas verde el laurel; quieto mi corazón, secos los ojos, verán helarse al fuego, arder la nieve: porque no tengo yo tantos cabellos cuantos por ese día aguardara años.
Mas porque el tiempo vuela, huyen los años y en un punto a la muerte el hombre arriba, ya oscuros o ya blancos los cabellos, la sombra ha de seguir de aquel laurel por el ardiente sol y por la nieve, hasta el día en que al fin cierre estos ojos.
No se vieron jamás tan bellos ojos, en nuestra edad o en los primeros años, que me derritan como el sol la nieve: y así un río de llanto va a la riba que Amor conduce hasta el cruel laurel de ramas de diamante, áureos cabellos.
Temo cambiar de faz y de cabellos sin que me muestre con piedad los ojos el ídolo esculpido en tal laurel: Que, si al contar no yerro, hace siete años que suspirando voy de riba en riba, noche y día, al calor y con la nieve.
Mas fuego dentro, y fuera blanca nieve, pensando igual, mudados los cabellos, llorando iré yo siempre a cada riba por que tal vez piedad muestren los ojos de alguien que nazca dentro de mil años; si aún vive, cultivado, este laurel.
A oro y topacio al sul sobre la nieve vencen blondos cabellos, y los ojos que apresuran mis años a la riba.
XXXI
Esta ánima gentil que ahora parte, llamada antes de tiempo a la otra vida, si arriba es cuanto debe agradecida, tendrá del cielo la más santa parte.
Si queda entre la tercia luz y Marte, la luz del sol será descolorida: por verla será de almas circuída su belleza que excede a todo arte.
Si se posara bajo el cuarto nido, ninguna de las tres sería tan bella, todo el renombre en ella reunido; no habitaría el quinto giro ella; y si vuela más alto, sé vencido con Jove al resplandor de cada estrella.
XXXII
Cuanto más me avecino al postrer día, que a la humana miseria hace más breve, más veo al tiempo andar veloz y leve, y a mi esperanza en él falsa y vacía.
Poco andaremos -digo al alma mía de amor hablando, mientras grave lleve el peso terrenal que, como nieve se funde; que a la paz así nos guía: porque con él caerá aquella esperanza que me hizo devanear tan largamente, y la risa y el llanto, y miedo e ira; veremos claro que frecuentemente lo que es dudoso es otro quien lo alcanza y que, a menudo, en vano se suspira.
XXXIII
Ya la amorosa estrella llameaba por Oriente, y la otra, que celosa a Juno pone, bella y luminosa, por Septentrión sus rayos carreteaba; descaIza aún, la viejecita hilaba, tras atizar las brasas, hacendosa; y a los amantes era la hora odiosa, pues a menudo al llanto los llamaba, cuando a mi corazón, casi muriendo, mi esperanza llegó, no por la vía que había el sueño y el dolor cerrado;
¡qué cambiada, ay de mi, yo la veía!
Y parecía decir: .¿Qué estás temiendo?
Ver estos ojos aún no te es vedado.»
XXXIV
Apolo, si el deseo ha perdurado que te inflamaba en la tesalia onda, y si a la amada cabellera blonda, tras tantos años, no la has olvidado, del perezoso hielo y tiempo airado, que durará mientras tu faz se esconda, defiende a la honorable y sacra fronda en que, después que tú, yo me he enredado; y por virtud de la esperanza amante que te hizo soportar la vida acerba, bórrale al aire los nubosos trazos; y admirados veremos al instante a nuestra dama estar sobre la hierba y hacerse sombra con sus propios brazos.
XXXV
Voy midiendo -abstraído, el paso tardo-, los campos más desiertos, lentamente; por si he de huir, mi vista es diligente: que ante una huella humana me acobardo.
' No sé hallar más defensa ni resguardo del claro darse cuenta de la gente, porque en el comportarme tristemente desde fuera se ve que por dentro ardo: tanto, que creo ya que monte y río, ribera y selva saben el talante de mi vida, pues no hay otro testigo.
Mas camino tan áspero y bravío no hallo en que Amor no sea mi acompañante: yo con él razonando, y él conmigo.
XXXVI
Si muriendo creyera ser librado del pensar amoroso que me aterra, con mis manos ya habría puesto en tierra aquel peso y mi cuerpo tan odiado; mas temiendo a tal paso ser llevado de llanto en llanto, y de una en otra guerra, aún del lado de acá, pues se me cierra, medio me quedo, y casi lo he pasado.
Ya es hora de que hubiera despedido la última flecha la inhumana cuerda en otra sangre ya barcada y tinta; y a aquella sorda, y al Amor, lo pido: que ella con su color la faz me pinta y de llamarme a si nunca se acuerda.
XXXVII
Tan débil es el hilo al que confío mi fastidiosa vida
que, si no es socorrida,
pronto verá su ruta terminada: porque después de mi cruel partida de aquel dulce bien mío,
de una esperanza fío
que me mantiene vivo en la jornada, diciendo: «Aunque privada sea de la amada vista,
la triste alma resista;
¿quién sabe si mejor tiempo le espera, y edad más lisonjera, o si el perdido bien se reconquista?.
Esta esperanza me sostuvo un día y, al menguar, me entretiene en demasía.
El tiempo pasa, y quiere que me apronte para el viaje inminente, y espacio suficiente
no hallo para pensar en la partida: de sol apunta un rayo por Oriente y, al punto, al otro monte
del opuesto horizonte
ves que llega por larga vía torcida.
Es tan corta la vida,
tanto el cuerpo flaquea
de la humana ralea,
que cuando ya me veo separado del bello rostro amado,
y el deseo no vuela, y aletea, del consuelo usual poco subsiste, ni sé si durará mi vida triste.
Todo lugar me aflige en que no veo los bellos ojos suaves que tenían las llaves
del pensamiento, mientras Dios quería; y porque mis retiros sean más graves, si duermo o me meneo,
ya nada más deseo,
pues me enfadó lo que después veía.
Cuánta montaña umbría,
cuánto mar, y corriente,
me esconden su luciente
mirada, que el cenit esplendoroso me volvió tenebroso, para que al recordar más me impaciente, y cuánto era mi vida jubilosa me enseñe la presente, tan odiosa.
¡Triste!, si razonando yo renuevo aquel deseo ardiente que me nació en la mente
cuando a mi mejor parte di de lado, y si amor del olvido cruzó el puente,
¿quién me conduce al cebo
y a un mayor dolor nuevo?
¿Y por qué antes no callo, ya empiedrado?
Nunca el vidrio ha mostrado,
ciertamente, por fuera
el color que cubriera
igual que el alma desolada muestra, clara, la pena nuestra, y aún más del pecho la dulzura fiera, por los ojos que, el llanto deseando, siempre quien se lo apague están buscando.
¡Raro placer, que así al ingenio humano frecuentemente lleva a querer cosa nueva
que más suspiros a acoger invita!
Y uno soy yo que al llanto ama y aprueba; y de sutil me ufano porque lloro y me afano
y el corazón con más dolor palpita; y, como a ello me incita de una bella mirada
el razonar, y nada
tanta emoción me hace sentir adentro, suelo correr, y entro, dónde la pena sea más extremada, y a ojos y corazón castigo ofenda, que de amor me guiaron por la senda.
Las trenzas de oro de que el sol se siente tal vez de envidia lleno, y ese mirar sereno
donde el fuego de Amor está encendido, por los que antes de tiempo muero y peno, y el razonar prudente,
en el mundo infrecuente,
que, como don gentil, míos ya han sido, se me quitan, y olvido más cuanto pueda herirme
que privado sentirme
de ese saludo angelical magnánimo que despertaba en mi ánimo la virtud, y me hacía consumirme: y así cosa ninguna ya no espero que no me induzca al llanto lastimero.
Y, para que llorar más me contente, esas manos sutiles y los brazos gentiles,
y ese proceder suave y altanero, y el humilde desdén, y juveniles senos, y el pecho ardiente,
torre de su alta mente,
me cela este lugar alpestre y fiero; y ya no sé si espero ver vivo a mi señora,
puesto que, hora tras hora,
se yergue la esperanza y no se afirma, y al caer me confirma que no he de ver a la que el cielo honora, do Honestidad se alberga, y Cortesía, y donde ver mi albergue yo querría.
Canción, si el dulce sitio
de nuestra dama ves,
bien creo yo que crees
que ella te tenderá la mano bella, que yo estoy lejos de ella.
No la toques; sumisa y a sus pies, dile que en cuanto pueda iré sin duda, con carne y huesos o alma ya desnuda.
XXXVIII
Orso, nunca hubo estero ni corriente, sombra de rama o muro, o de collado, niebla, que es lluvia o cielo encapotado, mar, ni río que a él vuelva hecho afluente, ni impedimento del que me lamente, de nuestra vista obstáculo extremado, como el velo que oculta el rostro amado, y parece que diga:
«Llora y siente.»
Y de ese inclinar de ojos, que el contento me quita, por orgullo o por recato, por el que moriré antes de la cuenta, y de una blanca mano, siempre atenta a provocar mi angustia, me lamento, que un escollo es, si de mirarla trato.
XXXIX
Tanto de ese mirar temo el asalto en que Amor, con mi muerte, se aposenta, que huyo cual niño al que la vara ahuyenta, y hace tiempo que he dado el primer salto.
En adelante, fatigoso o alto
lugar no habrá que yo ambición no sienta de escalar, evitando a la que intenta hacerme esmalte de sentidos falto.
Luego si en ir a veros he tardado, por no acercarme a la que me destruye, no indisculpable fallo tal vez fuera.
Digo más, que el volver aquel que huye, y el corazón del miedo haber librado, de mi fe han sido prueba, y no ligera.
XL
Si Amor o Muerte no hacen al tejido que estoy urdiendo nada de dañoso, y si me desenvuelvo en lo viscoso, y lo hago de verdades bien tupido, en nuevo estilo, con el viejo unido, quizás logre un trabajo artificioso, del que -
con aprensión decirlo oso hasta en Roma podrás oir el ruido.
Mas si, para acabar la obra luego, un poco de hilo santo me es preciso de aquel que le sobró a mi padre amado,
¿por qué a abrirme la mano eres remiso, contra costumbre? Abrela ya, te ruego, y verás cuán bello es el resultado.
XLI
Cuando del propio sitio se está yendo el árbol que amó Febo en cuerpo humano, suspira y suda en su obrador Vulcano, a Júpiter de dardos proveyendo: el cual nieva, o tronando está y lloviendo, sin honorar a César más que a Jano; llora el mundo, y el sol se halla lejano, en otra parte a su adorada viendo.
Cobra entonces valor Saturno y Marte, crueles estrellas; y Orión armado timón y velas al marino parte; a Neptuno y a Juno, Eolo turbado hace sentirse, igual que a mí, si parte el rostro en las alturas esperado.
XLII
Mas cuando el sonreír humilde y llano ya más no esconde su belleza rara, sería esfuerzo vano que forjara aquel antiguo herrero siciliano: que armas no tiene ya Jove en la mano, de las que en Mongibelo le templara, y su hermana es de nuevo bella y clara de Apolo en la mirada, mano a mano.
La costa occidental un aura ha alzado que hace seguro el navegar sin arte, y a los prados de flores ha vestido; y cuanta estrella es enojosa parte, porque la ahuyenta el rostro enamorado, por el que tanto llanto se ha vertido.
XLIII
Por vez novena, el hijo de Latona desde el balcón miraba soberano, por la que había suspirado en vano, que hoy de otro los suspiros emociona.
Ya que, cansado de alumbrar la zona, no halló su albergue, próximo o lejano, se nos mostró lo mismo que hombre insano, que no halla a una amadísima persona.
Y se quedó -tan triste estaba- aparte, y volver no vio al rostro que alabado será en papeles mil, si yo no muero; y la piedad lo había ya cambiado, y los ojos lo habían bañado en parte: mas el aire siguió como primero.
XLIV
El que, en Tesalia, mano diligente tuvo, y de civil sangre la manchaba, la muerte de su yerno lamentaba, viendo la faz sabida ante él presente; y el pastor que a Goliat rompió la frente, por su indócil familia sollozaba, y sobre el buen Saúl la faz cambiaba, de lo que el fiero monte se resiente.
Mas vos, a quien piedad no descolora, y que siempre oponéis defensas fuertes contra el arco de Amor, que en vano tira, me habéis visto vejado por mil muertes: y no han vertido llanto hasta esta hora vuestros ojos, si no ha sido de ira.
XLV
Mi antagonista, en el que ver soléis los ojos que el Amor, y el cielo, honora, con belleza no suya os enamora: que excede a la mortal la que tenéis.
Del dulce albergue mío vos me habéis echado, por consejo de él, señora: mísero exilio, aunque creyera ahora no ser digno de estar do sola estéis.
Mas si allí fuertemente fui clavado, nunca el espejo contra mí debía hacerss, complaciéndoos, tan superba.
Sea por vos Narciso recordado, que al mismo fin lleva una y otra vía, sin que os merezca, vuelta flor, la hierba.
XLVI
El oro y perlas y el floral tocado que ajar debió el invierno riguroso, son púas cuyo extremo ponzoñoso se me clava en el pecho y el costado.
De mis días será el curso truncado, Que un gran dolor no suele hacerse añoso; y al homicida espejo culpar no oso: que, al miraros a vos, le habéis cansado.
Este impuso silencio al clamoreo de mi señor, cuando por mí pedía, viendo en vos terminar vuestro deseo; fue fabricado sobre el agua umbría del abismo, y bañado en el Leteo, donde empezó a nacer la muerte mía.
XLVII
Desfallecer sentía yo en mi seno la virtud que de vos recibe vida; y porque naturalmente se cuida contra la muerte todo ser terreno, largué rienda al deseo, al que hoy refreno, y por la senda fue casi perdida: porque a ella noche y día me convida, aunque a otra, en contra suya, lo condeno.
Y me condujo, lento y vergonzoso, a ver los bellos ojos, que no veo cuanto quiero, por no serles gravoso.