Cancionero I

Franchesco Petarca · Capítulo 1 de 1 · parte 4/5

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Cancionero I

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

Me nutro de dolor, río llorando; muerte y vida de igual modo desdeño: en este estado me tenéis, señora.

CXXXV

La más distinta y nueva

cosa que hubo jamás en otro clima a mí, si bien se estima, más se asemeja: Amor esto me hace.

Allá donde el sol nace

vuela un ave soltera de tal suerte que de querida muerte renace, y toda en vida se renueva.

Vida igual sólo lleva

mi querer, pues así sobre la cima de su alto pensamiento al sol se vuelve, lo mismo se disuelve

y de nuevo la vida así lo anima: arde y muere, y con fuerzas deja el fuego para luego

de ser Fénix dar prueba.

Una piedra se cita

que, en el índico mar, de tal manera atrae al hierro, que de la madera lo arranca y echa a pique el bastimento.

Esto entre olas yo siento

de amargo llanto; que el escollo amado con su orgullo ha llevado al naufragio a mi vida ya marchita: así sus armas quita al corazón (que cosa dura era y me mantuvo, y ahora anda esparcido) la piedra que ha atraído

carne y no hierro. ¡Oh suerte traicionera: que, siendo carne, arrástrame a la riba aquella viva

piedra calamita!

Al extremo Occidente

muestra su mansedumbre y dulce encanto una fiera, mas llanto muerte y dolor dentro en sus ojos tiene: avisado conviene que hacia ella quien la ve la vista gire; quien sus ojos no mire lo demás puede ver tranquilamente.

Mas yo, incauto y doliente,

corro siempre a mi mal, y sé bien cuánto sufro y sufrir espero; pero, luego, el querer sordo y ciego

tanto puede, que el bello rostro santo y los ojos sin par harán que muera por esta fiera

angélica inocente.

Surge en el mediodía

la fuente a la que el sol su nombre ha dado: de modo desusado, suele de noche hervir, de día helarse; pues más suele enfriarse cuanto más sube el sol y el calor crece.

Y esto a mí me acontece,

que es fuente de dolor el alma mía: y cuando se desvía la que es sol para mí, y estoy privado de mi luz, y en la oscura noche lloro, suelo arder; mas si el oro

veo y los rayos de mi sol amado, por dentro y fuera empiezo a transformarme y a congelarme: así mi alma se enfría.

Tiene Epiro otra fuente

que, siendo de agua fría -escriben de ella-, si un candil no destella, lo enciende, pero apaga al encendido.

Mi pecho, que ofendido

no estaba aún por amoroso fuego, al acercarse luego a esa fría, que al llanto hace que aumente, se incendió: y tan hirviente martirio nunca han visto sol ni estrella, que a un corazón de piedra ablandaría; pues cuando mi alma ardía

apagóla virtud helada y bella.

Mi corazón así apaga y enciende: mi alma lo entiende y justa ira siente.

Lejos de este mar -leo

en las famosas islas de Fortuna dos fuentes hay: quien de una de ellas bebe, riendo alegre muere; si en la otra beber quiere, se salva. Así es mi suerte: que riendo moriría, no siendo, ay, por mi doloroso clamoreo.

Pues mi guía te creo,

Amor, hacia una fama oculta y bruna, callemos de esta fuente siempre llena, que con más ancha vena

vemos cuando con Tauro el sol se aduna; que así mis ojos lloran todo el tiempo, y más al tiempo en que a mi dama veo.

Canción, si, impertinente,

alguien me espía, dile: «Se halla junto al peñón en que el río Sorga surge; y nadie le ve ni urge

sino Amor, que jamás le deja un punto, y la imagen fatal que le destruye, puesto que huye del resto de la gente.»

CXXXVI

Fuego del cielo entre tus trenzas llueva, malvada, que del río y de la encina llegaste a rica y grande, a la mezquina gente robando: así obrar mal te prueba; nido de la traición eres, y cueva de cuanto mal al mundo de hoy inquina, sierva del vino, el lecho y la cocina, en que Lujuria su potencia prueba..

Por tus salas, la joven junto al viejo va triscando, y el Diablo anda ocupado con el fuelle y el fuego y el espejo.

No a la sombra entre plumas te has criado, sino descalza, al aire tu pellejo; y ahora tu hedor a Dios habrá llegado.

CXXXVII

Colmado ha el saco Babilonia avara de la ira de Dios, y está estallando de vicios: que, a Minerva y Jove odiando, por Venus y por Baco se declara.

Justicia espero y me consumo; y para ella un sultán estoy vaticinando que hará una sede única, no cuando yo quisiera, en Bagdad para su tiara.

Sus ídolos habrán de desplomarse con torres de los cielos enemigas, y a los torreros se verá quemarse.

Las almas bellas, de virtud amigas, guiarán al mundo, y lo verán llenarse de antiguas obras y áureas espigas.

CXXXVIII

¡Oh fuente de dolor, albergue de ira, de error escuela y templo de herejía!

Roma ya fuiste, Babilonia impía por quien tanto se llora y se suspira.

¡Oh prisión dura, fragua de mentira, donde el bien muere, donde el mal se cría!

¡Oh infierno en vida, gran pasmo sería ver que Cristo contigo no se aíra!

En fiel pobreza y castidad nacida, contra quien te fundó tú alzas los cuernos.

¿En quién esperas, puta descarada?

¿En tu adulterio? ¿En plata mal habida?

Ya Constantino no volverá a vernos; mas tome al mundo triste por morada.

CXXXIX

Cuando hacia vos con más deseo expando las alas, oh amistoso grupo bueno, con más liga Fortuna pone un freno a mi vuelo, y me obliga a andar errando.

El corazón, que a su pesar os mando, siempre tenéis en ese valle ameno, donde al mar más la tierra estrecha el seno, del que anteayer yo me alejé llorando.

Si hacia la izquierda voy, él bien camina; va él con Amor, y yo me voy forzado; yo hacia Egipto, pero él a Palestina.

Mas la paciencia alivia al apenado, pues la larga costumbre determina un vernos juntos corto y poco usado.

CXL

Amor, que vive en mi alma y la domeña y en mi pecho su sede mayor tiene, armado a veces a la frente viene, se instala allí, y allí planta su enseña.

La que a amar y a sufrir a mí me enseña, y quiere que el deseo ardiente frene con respeto y razón -que así conviene-, porque me muestro osado me desdeña.

Y Amor huye hacia el pecho, temeroso, toda empresa abandona y tiembla y llora, y no asoma, escondido y silencioso.

¿Qué más haré, si es mi señor medroso, que estar con él hasta la extrema hora?

Quien muere amando tiene un fin dichoso.

CXLI

Lo mismo que en verano volar suele la polilla a la luz acostumbrada hacia unos ojos cuya luz le agrada, por lo que, cuando muere, otro se duele; así mi sol fatal me hace que vuele hacia la dulce luz de su mirada; pues quiere Amor, al que cordura enfada, que a quien discierna venza quien anhele.

Bien sé de su esquivez y su recelo, por los que moriré indudablemente, pues no domino a mi angustioso anhelo; mas me encandila Amor tan suavemente que lloro ajeno enfado, y no mi duelo; y el alma, ciega, en perecer consiente.

CXLII

Hacia la sombra de las bellas frondas yo corrí, huyendo de implacable luz que me abrasaba desde el tercio cielo.

Ya libraba de nieve a los collados la aura amorosa que renueva al tiempo, y florecían ya hierbas y ramas.

No ha visto el mundo tan graciosas ramas, ni el viento movió ya tan verdes frondas, cual las que me mostró aquel primer tiempo: tal que, temiendo yo la ardiente luz, sombra no quise ya de los collados, sino del árbol que es más grato al cielo.

Un laurel defendióme de aquel cielo, por lo que, deseoso de sus ramas, mucho he ido por selvas y collados; pero nunca encontré tronco ni frondas que tanto honrase la suprema luz que no cambiara su virtud el tiempo.

Más firme cada vez de tiempo en tiempo, yendo hacia do sentí llamarme al cielo, y guiado por suave y clara luz, volví devoto a las primeras ramas cuando en tierra esparcidas son las frondas y cuando al sol son verdes los collados.

Campos, ríos, selvas, piedras y collados, cuanto es creado, vence y cambia el tiempo: por lo que yo perdón pido a estas frondas si, tras haber girado mucho el cielo, quise evitar las enviscadas ramas tan pronto como pude ver la luz.

Tanto al principio amé la dulce luz que con gusto pasé grandes collados para arrimarme a las amantes ramas: ahora la vida breve, y sitio y tiempo, muéstranme otro camino de ir al cielo y frutos dar, no sólo flor y frondas.

Otro amor, otras frondas y otra luz, otro ir al cielo por otros collados, busco, porque ya es tiempo, y otras ramas.

CXLIII

Cuando os escucho hablar tan dulcemente como Amor a sus fieles les instila, tanto el deseo ardiente se encandila que inflamaría a la difunta gente.

Entonces a mi dama hallo presente doquiera ya me fue dulce o tranquila y con suspiros, no con otra esquila, me despertaba tan frecuentemente.

Con el cabello al aura desatado, volver la veo: al corazón tan bella regresa porque viene con su llave.

Mas el fuerte placer, atravesado en mi lengua, de qué modo está ella dentro de mí mostrar claro no sabe.

CXLIV

Ni al sol jamás tan bello vi elevarse en un cielo de niebla despejado, ni al arcoiris, cuando ya ha escampado, con tan varios colores adornarse, en cuantos llameando vi cambiarse, el día que de Amor tomé el recado, al rostro al cual -y no soy extremado-nada que sea mortal puede igualarse.

Vi que los ojos el Amor volvía tan suaves, que cualquiera vista oscura desde entonces acá ya me parece.

Sennuccio, el arco vi cómo tendía, tal que mi vida ya no fue segura, y el deseo de verlo en ella crece.

CXLV

Ponme do mata el sol flores y hierba o allí donde lo vencen hielo y nieve; ponme donde su carro es tibio y leve, do está quien nos lo da y nos lo conserva; ponme en fortuna humilde o bien superba, donde el cielo está claro, donde llueve; ponme en la noche, en día largo y breve, en la edad más madura o en la acerba; ponme en el cielo, en el abismo, en tierra, en alto cerro, en valle hondo y palustre, alma que es libre, o que su cuerpo encierra, ponme con fama oscura, o con ilustre: seré cual fui, proseguiré mi guerra, continuando el suspirar trilustre.

CXLVI

Oh de ardiente virtud engalanada alma gentil, por la que escribo tanto, oh de la honestidad albergue santo, firme torre en valor alto fundada, oh llama nívea, cuesta salpicada de rosas, do me espejo y me abrillanto, oh placer por quien yo el vuelo levanto hacia el rostro de luz más extremada: vuestro nombre, de andar tanto camino mis rimas, llenaría Tule y Batro, el Don, el Nilo, Atlas, Olimpo y Calpe.

Mas si del mundo no se oye en las cuatro partes, lo oirá el país que el Apenino divide, y lo circunda el mar y el Alpe.

CXLVII

Cuando el querer, que con sus dos ardientes espuelas y su freno cruel me rige, por contentar al pecho que así aflige, viola a veces sus leyes

inclementes, halla a quien el temor y los candentes deseos en la frente lee y colige y ve a Amor, que su empresa audaz dirige en los ojos turbados y pungentes.

Y, como aquel que el golpe está temiendo de Jove airado, atrás se echa al instante: que el gran temor al gran deseo frena.

Mas al frío llamear, que transluciendo igual que un vidrio está el alma anhelante, su visión dulce a veces lo serena.

CXLVIII

Po, Arno, Tesino, Varo, Adigio y Tebro, Eufrates, Tigris, Nilo, Hermo, Indo y Era, Ródano, Sena, Alfeo y la mar fiera, Rin, Danubio, Albia, Ganges, Don y el Ebro, y yedra, abeto, pino, haya o enebro no pueden mitigar en mí la hoguera cual la corriente que es mi compañera de lágrimas, y el árbol que celebro.

Sólo esta ayuda encuentro en los asaltos de Amor, y es fuerza, pues, que armado viva la vida que transcurre a grandes saltos.

Crezca el verde laurel en fresca riba, y aquél que lo plantó conceptos altos bajo su sombra al son del agua escriba.

CXLIX

A veces se me muestra menos dura la angélica figura y risa clara

y el aura de su cara

y de sus ojos es menos oscura.

¿Qué hace conmigo aquí tanto

suspiro que engendraba el dolor, mostrando al exterior mi despechada y angustiada vida?

Si hacia el lugar aquel el rostro giro por sentirme mejor, ver me parece a Amor

por quien mi causa ahora es sostenida: mas no veo la guerra concluida ni al corazón ya serenado veo, que más arde el deseo cuanto más la Aperanza me asegura.

CL

-¿Qué piensas, alma?, ¿habrá paz o batalla?

¿habrá tregua?, ¿o será el guerrear eterno?

-Qué ha de ser de nosotros no discierno, mas sí que en nuestro mal placer no halla.

-Nos vuelve, con su vista que avasalla, hielo en verano y fuego en el invierno.

-Ella no, quien ejerce su gobierno.

-¿Qué nos importa, si ella lo ve y calla?

-Calla a veces la lengua y se lamenta el corazón, y allí donde no es vista llora, aunque muestre el rostro sosegado.

-Para aplacar la mente esto no cuenta, pues en ella el dolor sigue y se enquista; que no cree en la esperanza el desgraciado.

CLI

Nunca de oscura tempestad marina huyó al puerto el barquero fatigado cual yo del pensamiento alborotado huyo a donde el deseo más me inclina.

Ni venció a ojos mortales luz divina como a mi vista el rayo despiadado del blanco y negro suave y delicado en que su dardo Amor dora y afina.

No ciego, con la aljaba yo le veo; nudo cuanto vergüenza no le vela; garzón con alas, no pintado: vivo.

Me muestra desde allí lo que a otros cela: .

punto por punto en esos ojos leo cuanto digo de Amor, y cuanto escribo.

CLII

La mansa fiera, alma de tigre o de osa, con rostro humano y forma de ángel viene, y entre el gozo y el llanto me mantiene y hace a mi suerte parecer dudosa.

Si no me acoge o libra presurosa, mas, como suele, en duda a mi alma tiene, hará que este veneno el pecho llene y acabe, Amor, mi vida dolorosa.

No puede ya mi ánimo cansado

tantos cambios sufrir, que hacen que quede a un tiempo al rojo vivo y congelado; que si huir un descanso no concede, pues me hallo cada vez más acabado, no podrá nada quien morir no puede CLIII Igneos suspiros, id al pecho frío y el hielo abrid que con Piedad contiende y, si al ruego mortal el cielo atiende, muerte o merced acabe el dolor mío.

Id, pensamientos dulces, que os envío a decir lo que, al no verlo, no entiende: si el sino o su aspereza nos ofende, no esperanza tendremos, ni extravío.

Decir podéis, quizá no propiamente, cuán inquieto y cuán hosco es nuestro estado, cuando ella en paz está serenamente.

Id seguros, que Amor va a vuestro lado; que tal vez sea Fortuna más clemente, si de mi sol el gesto he descifrado.

CLIV

Los cielos y la tierra han puesto a prueba todo su arte y cuidado en la luz pura que es espejo del sol y de Natura, si aquél a lo demás ventaja lleva.

La obra es tan noble, tan graciosa y nueva, que la vista mortal no está segura: que en los ojos su gracia y su dulzura se diría que Amor hace que llueva.

El aire, por sus rayos conmovido, de dulce honestidad queda inflamado, y es el decir, y hasta el pensar, vencido.

Deseo bajo allí no es despertado, mas de honor y virtud: ¿y cuándo ha sido vil querer por beldad suma apagado?

CLV

No fueron Julio y Jove tan, movidos, éste a empuñar el rayo, aquél la espada, que no viese Piedad su ira calmada, de sus armas los dos desposeídos.

Lloraba mi señora, y sus gemidos quiso Amor que escuchase, y que embargada viese de anhelo a mi alma, y apenada, y a mi médula y huesos removidos.

El dulce llanto Amor quiso pintarme; aún más: quiso en el pecho aquellos suaves dichos, como en diamante, cincelarme, donde con fuertes e ingeniosas llaves vuelve a menudo, y es para arrancarme lágrimas pocas y suspiros graves.

CLVI

Angélicas costumbres vi en el suelo y una celeste y única hermosura, cuyo recuerdo es gozo y amargura, pues entre sombras y humo me desvelo.

Dos bellas luces vi llorar con duelo, que a la lumbre del sol hacen oscura, y oí cosas que al Tíber, por ventura, harían parar, y andar al Mongibelo.

Cordura, Amor, Dolor y Cortesía tan bien armonizaba su lamento que nunca el mundo oyó tal armonía; y el cielo estaba a ella tan atento que en las ramas ni una hoja se movía, pues su dulzura saturaba al viento.

CLVII

El día aquel, si amargo, siempre honrado, tanto en mi alma estampó su imagen viva que estilo y juicio no hay que lo describa, aunque mil veces lo haya recordado.

El porte, de gentil piedad ornado, su dulce queja, amarga y expresiva, hacían dudar si era mujer o diva la que así al cielo había serenado.

Oro el cabello, el rostro nieve ardiente, cejas de ébano y ojos como estrellas donde no en vano Amor su arco tensaba; y, entre perlas y rosas, el pungente dolor formaba ardientes voces bellas: cristal llorando, llamas suspiraba.

CLVIII

Doquiera que mis tristes ojos lleve por sentir a mi anhelo serenado, hallo a quien una dama allí ha pintado para que mi deseo se renueve.

Alta piedad que al fiel pecho conmueve dice su sufrimiento delicado: a oído y vista finge el venerado suspirar, y la voz viviente mueve.

Con Amor y Verdad, juzgué que aquellas eran bellezas que jamás se vieron, porque no tienen par, so las estrellas.

Ni tan piadosos términos se oyeron, y tan dulces, ni lágrimas tan bellas de ojos tan bellos bajo el sol salieron.

CLIX

¿En qué parte del cielo y en qué idea se encontraba el ejemplo en que Natura tomó el rostro gentil con que procura que cuanto puede arriba aquí se vea?

¿Qué ninfa en fuente, en qué selva una dea, al aire un oro dio de tal finura?

¿Cuándo un pecho acogió virtud tan pura, aunque culpable de mi muerte sea?

Por ver beldad divina en vano mira quien los ojos no vio que, suavemente, hacia quien la contempla a veces gira: ni cuán duro es Amor, y cuán

clemente, sabe quien nunca vio cómo suspira, y cómo ríe y habla dulcemente.

CLX

A Amor y a mí tan admirados deja como a quien mira una increíble cosa la que, cuando habla o ríe jubilosa, a ninguna sino a ella se asemeja.

Bajo su sosegada sobreceja

dan mis estrellas luz tan candorosa, que otra no inflama y guía a la ardorosa alma que altos amores se aconseja.

¡Qué milagro cuando ella entre la hierba está como una flor, o está oprimiendo una mata su seno inmaculado!

¡Y qué dulzura, en la estación acerba, ver cómo, pensativa, le está haciendo una guirnalda al terso oro rizado!

CLXI

¡Oh pasos vanos, oh ideas vehementes, oh memoria tenaz, oh fiero ardor, oh débil pecho, oh afán arrollador, oh mis ojos, que más que ojos sois fuentes!

¡Oh fronda, honor de las famosas frentes, oh del valor gemelo único honor!

¡Oh fatigada vida, oh dulce error, que me empujáis tan lejos de las gentes!

¡Oh bello rostro a quien, para que pueda excitarme y frenarme, espuela y brida ha dado Amor, y resistir no vale!

¡Oh almas gentiles, si es que alguna queda, y vos, sombras y polvo ya sin vida, paraos a ver si hay mal que al mío iguale!

CLXII

¡Flores felices, biennacidas hierbas que, pensativa, pisa mi señora; campo que oyes su voz cautivadora y de sus bellos pies huellas conservas; arbustillos de frondas aún acerbas, violetas cuyo tinte me enamora,

umbrosas selvas, que os mostráis ahora, llenas de sol, más altas y superbas; oh sitio ameno, oh río de agua pura que le bañas la faz, y de su vista tomas la viva luz que es tu hermosura; yo envidio que de honesto amor os vista!

No habrá en vosotros una piedra dura que a arder entre mis llamas se resista.

CLXIII

Amor, que mi alma ves y me has guiado por un camino duro e inclemente, pon la vista en el fondo de mi mente, donde ves lo que a todos he ocultado.

Bien sabes, tras de ti, cuánto he penado, mas surges ante mí constantemente, día a día, y en monte y en pendiente, y no ves que el sendero es empinado.

La dulce luz de lejos estoy viendo y a ella me empujas por fragosa vía, mas volar como tú jamás entiendo.

Contenta dejarás al ansia mía si, aunque de desear estoy muriendo, no le disgusta a ella mi agonía.

CLXIV

La Noche a cielo y tierra callar hace, y al viento, y fieras y aves encadena, que en su carro estrellado va serena, y en su lecho la mar sin olas yace.

Veo, ardo y lloro; y la que me deshace está ante mí por darme dulce pena: guerra es mi estado, de ira y dolor llena, y evocarla es la paz que me complace.

Así sólo una clara fuente viva mana el dulzor y la amargura mía, que herida y cura vienen de una mano; mi sufrimiento a puerto nunca arriba, y muero y nazco mil veces al día, tanto de mi salud me hallo lejano.

CLXV

Cuando el cándido pie en el fresco prado el dulce paso honestamente mueve, virtud que yema y flor abra y renueve parece de su planta haber

brotado.

Amor, que al cortés pecho tiene atado, sin que su fuerza en otro sitio pruebe, de esos ojos placer tan dulce llueve que de otro bien no quiero ser cebado.

Y con el modo de ir va armonizando el dulce hablar y la mirada suave, y el porte lento, decoroso y blando.

Con estas cuatro llamas prender sabe el fuego en el que yo me voy quemando, que al sol estoy igual que nocturna ave.

CLXVI

Si me hubiese quedado en la espelunca en la que Apolo se volvió profeta, tal vez tendría Florencia su poeta, no sólo Mantua, Verona y Aurunca; mas como mi terreno no se enjunca con humor de tal piedra, otro planeta seguir conviene, y que en mi campo meta, para segar abrojos, la hoz adunca.

Seca la oliva, hacia otra parte mueve Parnaso el agua que hacia ella iba y la mantuvo un tiempo en flor y viva.

Mi desventura, o culpa, así me priva de buen fruto, si a Jove no conmueve y sobre mí su inspiración no llueve.

CLXVII

Cuando Amor su mirada a tierra inclina y acoge en un suspiro el bello aliento con sus manos, y luego su voz siento, clara, apacible, angelical, divina, un dulce rapto al corazón domina y digo -así me cambia el pensamiento-:

«Sea su despojo este último momento, si tan fiel muerte el cielo me destina.»

Y el dulce son que a mis sentidos ata, porque al oír se siente afortunada, al alma, a partir presta, luego frena.

Así vivo, y así liga y desata el hilo de la vida que me es dada la única que del cielo aquí es sirena.

CLXVIII

Tráeme Amor un recado lisonjero, que secretario nuestro siempre ha sido: me consuela y se muestra decidido a lo que, deseoso, tanto espero.

Yo, que, a veces, por falso y embustero y por veraz, a veces, le he tenido, entre creerle y no estoy suspendido, porque ni el sí ni el no me suena entero.

En éstas pasa el tiempo: en el espejo me veo andar hacia la edad opuesta a lo que me promete y tanto ansío.

No sólo yo me estoy poniendo viejo, mas mi deseo igual se manifiesta y en mi ya breves días no confío.

CLXIX

Lleno de un dulce afán que me desvía de los demás, huir del mundo suelo, y de mí mismo con frecuencia vuelo buscando a la que huir me convendría; y la veo pasar dulce e impía, tanto que el alma tiembla y alza el vuelo, porque armados suspiros guía el celo de la enemiga del Amor y mía.

Cierto es que, si no yerro, he percibido un claro rayo en su nublada frente, que calma en parte al pecho doloroso: retengo al alma y, ya que he decidido descubrirle mis males claramente, tanto he de hablar que comenzar no oso.

CLXX

Muchas veces, tan bello rostro humano me anima, y a la fiel escolta mía, a asaltar con honesta cortesía a mi enemiga, y con discurso llano.

Mi pensamiento hacen sus ojos vano, pues mi buena fortuna o suerte impía, mi bien, mi mal, mi vida y mi agonía, el que lo puede hacer puso en su mano.

Por lo que nunca puedo decir nada que por otro que yo sea entendido: así me ha vuelto Amor flojo y cobarde.

Y veo que un amor tan encendido me ata la lengua y luego me anonada: pues quien su ardor explica, poco arde.

CLXXI

Los brazos sin razón me están matando a que Amor me ha entregado, y si me duelo crece el dolor; por eso, como suelo, es mejor que me calle y muera amando: que ésta podría al Rin, cuando está helando, romper escollos e incendiar el hielo; y a sus gracias su orgullo es paralelo y le disgusta ver a otro gozando.

Yo, con mi ingenio, no puedo hacer mella en el diamante de su pecho duro, que lo demás es mármol que respira: ni con sus mil desdenes podrá ella quitarle, ni aunque muestre el aire oscuro, la esperanza a mi pecho que suspira.

CLXXII

Oh Envidia, de virtudes enemiga, que tan bellos comienzos impugnaste,

¿por qué sendero silenciosa entraste en el propicio pecho de mi amiga?

Has arrancado de raíz la espiga de mi salud: si amante la mostraste a mis ruegos, ¿con qué artes la cambiaste que así me odia, y mi casto amor castiga?

Pero, aunque con su obrar agrio e impío, de mi bien llore y de mi llanto ría, no ha de cambiar ni un pensamiento mío; no, aunque me mate mil veces al día, de mi esperanza hará menguar el brío: si ella me espanta, a Amor tengo por guía.

CLXXIII

De sus ojos mirando el sol sereno, donde está quien los míos pinta y baña, al corazón ya el alma no acompaña por ir en busca de su edén terreno.

Luego, hallando de miel y acíbar lleno cuanto teje este mundo, obra de araña ve, y se queja de Amor y de su saña, y de su ardiente espuela y duro freno.

Entre extremos mezclados y contrarios, ya su deseo helado, ya encendido, queda el alma entre mísera y feliz: más que alegre, está el pecho acongojado y de su ardiente empresa arrepentido, pues tal fruto procura tal raíz.

CLXXIV

Bajo estrella cruel (si tiene el cielo poder en nuestra suerte) yo he nacido; cruel la cuna fue donde he dormido, y el que mi pie pisó fue cruel suelo; y de una cruel dama yo me duelo cuyos crueles ojos me han herido: por lo que, lejos de callar, te pido, Amor, que sea tal arma mi consuelo.

Mas de mis penas tú te estás burlando: ella no, porque no son aún más duras, pues de dardo, y no lanza, el dolor siento.

Mas me alivia por ella estar penando y no gozando de otra; y me lo juras por tus saetas de oro, y yo consiento.

CLXXV

Cuando el tiempo y lugar me represento en donde me perdí, y el nudo amado con que Amor de tal forma me ha ligado que amargo es dulce, y llanto esparcimento, soy mecha y yesca, y fuego dentro siento, pues siempre su sollozo delicado oigo, y gozo sintiéndome inflamado, y de ello vivo, a nada más atento.

El solo sol que ante mi vista esplende aún me calienta con su lumbre cara en la tarde, como hace tanto tiempo; y me alumbra de lejos y me enciende tanto, que la memoria firme y clara me muestra el nudo aquel, y el sitio y tiempo.

CLXXVI

Por los salvajes bosques arriesgados y, aunque con gente armada he de cruzarme, voy tranquilo, pues no pueden turbarme más que unos ojos por Amor armados.

Cantando voy (¡oh afectos alocados!) a quien ni el cielo puede arrebatarme: va en mis ojos, y suelo figurarme ver su compaña, y son los arbolados.

Creo oirla, y del aire oigo el rumor en las frondas, del pájaro el lamento, y al agua huyendo entre la hierba verde.

Nunca un silencio, un solitario horror de umbrosa selva dióme tal contento: si no es porque mi sol lejos se pierde.

CLXXVII

Mil arroyos y cuestas en un día mostróme Amor por la famosa Ardena, que pies y corazón de plumas llena, para ir al tercer cielo, a quienes guía.

Pasar sin armas donde Marte hería sin avisar fortuna juzgo buena, pues cual nao sin timón y sin entena, lleno de ideas tristes, me sentía.

Llegado al fin de la jornada oscura, de dó vengo, y con qué alas, recordando, siento de tanto ardor nacer pavura.

Pero el bello país que estoy pisando, y su río, me acoge y me asegura el pecho, que a su luz' ya estoy mirando.

CLXXVIII

Amor a un tiempo me espolea y frena, me asegura y me espanta, arde y enfría, mima y desdeña, llama y se desvía, ora me da esperanza y ora pena, y me eleva o me arrastra, y me encadena donde el vago deseo se extravía, y su sumo placer es agonía,

¡de error tan singular mi alma está llena!

Muéstrale un pensamiento amigo el vado, no de agua que en los ojos se deshace, para ir a donde espera estar contenta; pero fuerza mayor volverse la hace, y que por otra vía, y no de grado, su larga muerte, y mía, ella consienta.

CLXXIX

Geri, cuando por mí se enciende en ira mi enemiga, tan dulce y altanera, siento un consuelo que hace que no muera, y por cuya virtud mi alma respira.

Si desdeñosa hacia otra parte mira (¿es que privar de luz mi vida espera?), muéstranle una humildad tan verdadera mis ojos, que el desdén luego retira Si así no fuera, no diversamente a verla iría que al rostro de Medusa, que hacía volverse mármol a la gente.

Lo mismo has de hacer tú: que veo exclusa otra ayuda, y huir no es pertinente de las veloces alas que Amor usa.

CLXXX

Po, bien puedes llevarte mi envoltura con tu fuerte corriente apresurada, pero al alma que dentro está encerrada la tuya ni otra fuerza no la apura; que a su deseo va por la segura aura, sin un bandazo ni una orzada, volando hacia la fronda de oro amada, y más que remo y vela se apresura.

Rey de los otros y soberbio río que al sol encuentras cuando nace el día y en el poniente dejas al sol mío, sobre tu cuerno va la carne mía y, con plumas de amor, vuela con brío el resto a donde habita su alegría.

CLXXXI

Amor tejió una red encantadora, de oro y de perlas hecha, bajo un ramo del árbol siempre verde que tanto amo, aunque a su sombra el alma triste llora.

Su semilla, que amarga y enamora, sembró y recoge, y yo tiemblo y me inflamo; nunca tan suave y plácido reclamo se escuchó desde Adán hasta esta hora.

La luz que al sol había oscurecido lucía en torno, y el cordel tenía la mano que a la nieve ha derrotado.

Así caí en la red, pues me han cogido el angélico hablar, la cortesía y el desear y estar esperanzado.

CLXXXII

Amor, que al corazón da ardiente celo, con helado temor lo tiene atado, y dudo qué es mayor en tal estado: la esperanza, el temor, la llama, el hielo.

Tiemblo en verano, y bajo el frío cielo ardo, y es mi anhelar desconfiado, como si un hombre fuese disfrazado con traje de mujer, o bajo un velo.

De éstas, la primer pena me lastima, pues ardo siempre, y a entender no llego el dulce mal, ni cabe en verso o rima; mas la otra no, que es tal mi bello fuego que iguala a todos; de su luz por cima quien volar piensa, en vano vuela luego.

CLXXXIII

Si el suave hablar y la gentil mirada me matan cuando mira de esta suerte, y si Amor sobre mí la hace tan fuerte, sólo con que hable, o ría sosegada,

¡ay, triste!, ¿qué será cuando apartada, o por mí culpa o por perversa suerte, tenga la vista de Merced, y a muerte me reto mientras hoy mi paz le agrada?

Pero si tiemblo -el corazón helado-cuando veo cambiada su figura, tal temor desde antiguo está probado.

Mujer es cosa móvil por natura: y yo sé bien que un amoroso estado en pecho femenil muy poco dura.

CLXXXIV

Natura, Amor y el alma pudorosa do toda alta virtud vive reinando contra mí están: su estilo practicando, porque del todo muera, Amor me acosa.

Soportar un esfuerzo jamás osa la que Natura está sin fuerza atando, que ella se esquiva siempre, desdeñando esta vida tan vil y fatigosa.

Así el alma se escapa de su seno muy poco a poco, y de su forma honesta que era espejo gentil de cortesía; y si a Muerte Piedad no tiene el freno, ay, bien veo en qué estado se halla esta vana esperanza en que vivir solía.

CLXXXV

Esta ave Fénix de dorada pluma con tan bello collar lleva adornado sin artificio el cuello delicado que hace a mi corazón que se consuma; con su diadema natural abruma de luz al aire: el eslabón celado de Amor le saca un fuego tan sobrado que me hace arder entre la helada bruma.

Con borde azul, de rosas adornada, roja prenda sus bellos hombros vela; belleza impar y novedoso velo.

Se dice que la falda perfumada de los montes arábigos la cela

-y no es verdad, que vuela en nuestro cielo.

CLXXXVI

Si Virgilio y Homero hubiesen visto el bello sol que con mis ojos veo, lo habrían ensalzado, según creo, de ambos estilos cada cual provisto: quedara Eneas triste y desprovisto de fama, como Ulises y Aquileo, y el que rigió al Imperio en su apogeo más de once lustros, y el que mató a Egisto.

Aquella antigua flor de armas y honor tuvo un destino semejante al de esta nueva flor de belleza y compostura: Ennio de aquélla fue rudo cantor y de ésta yo; y ¡oh, nunca esté molesta porque mi ingenio alabe a su hermosura!

CLXXXVII

Cuando Alejandro vio la sepultura de Aquileo, exclamó: «¡Oh afortunado, que a quien ha enaltecido tu bravura con tan ilustre trompa has encontrado!»

En cambio a esta paloma blanca y pura, cuya igual nunca el mundo ha contemplado, poca gloria mi estilo le procura: así una suerte y otra fija el hado.

Pues digna de que Orfeo, el sabio Homero, y el pastor al que Mantua aún honora a ella tan sólo fuesen celebrando, deforme estrella y sino traicionero lo encargó al que su bello nombre adora, mas tal vez la rebaja de ella hablando.

CLXXXVIII

Oh Sol, la única fronda por mí amada, que amaste tú, en el valle nemoroso verdea sola, y desde que su hermoso mal nuestro miró Adán no es igualada.

La miramos, mas es por ti ignorada mi súplica: que el monte tenebroso está, porque has huído presuroso, quitándome la luz por mí anhelada.

La sombra que desciende del collado humilde en que mi fuego centellea, y en el que mi laurel fue una varita, creciendo mientras hablo, me ha privado del sitio en que mi vista se recrea y donde mi alma con su dama habita.

CLXXXIX

Llena mi nao de olvido, un mar capeo áspero, a medianoche y en invierno, entre Escila y Caribdis; y al gobierno a mi señor, que es mi enemigo, veo; en cada remo, un pensamiento reo que no muestra temor ante este infierno; la vela rompe un viento húmedo eterno de esperanzas, suspiros y deseo.

Lluvia de llanto, niebla de desvío, moja las jarcias, que se están soltando, pues con dudas y error las he trenzado.

Sus dos luces me oculta el faro mío; arte y razón están ya naufragando: pienso en el puerto, y voy desesperado.

CXC

Una cándida cierva vi en la hierba que sus dos cuernos de oro me mostraba: so un laurel, entre dos ríos estaba cuando el sol sale, en la estación acerba.

Su vista era tan dulce y tan superba que en seguirla tan sólo me ocupaba, como el avaro que un tesoro cava y el gozo del cansancio le preserva.

«Nadie me toque -su collar decía en letras de diamantes y topacios-: hacerme libre quiso el César mío.»

Cuando llegaba el sol al mediodía, ya cansados mis ojos, mas no sacios, ella esfumóse, y yo caí en el río.

CM

Igual que es ver a Dios eterna vida, y nada más se puede estar queriendo, así el veros, señora, me está haciendo feliz la vida breve y desvalida.

Nunca os vi una belleza tan cumplida, si la verdad mi vista está diciendo: hora beata es ésta, pues venciendo está a toda esperanza ya sentida.

Y más no pediría si en el acto no huyese; y si verdades reputadas son que alguien del olor sólo subsista, y alguien de agua o de fuego, y vista y tacto aquietan cosas de dulzor privadas,

¿por qué no he de vivir de vuestra vista?

CXCII

Contemplemos, Amor, la esplendorosa gloria nuestra, prodigios de Natura: ve cómo en ella llueve la dulzura y la luz celestial muestra gloriosa, ve con cuánto arte dora, orna y endosa su airosa y nunca vista vestidura, cómo el paso y los ojos con blandura moviendo va por esta nava umbrosa.

La hierba verde de pintadas flores que hay bajo aquella encina antigua y negra pide que el pie la pise, o ser rozada, y el cielo de lucientes resplandores se enciende en torno, y muestra que se alegra de que así lo serene su mirada.

CXCIII

De un alimento tan ilustre vivo que no le envidio a Jove su ambrosía, pues mirando se olvida el alma mía de otras dulzuras, y un Leteo libo.

Cuando en el pecho lo que dice escribo, para llorar después, y Amor me guía a donde declarar yo no sabría, doble dulzura en una faz delibo: que esa voz que en el cielo es tan querida suena con un decir tan agraciado que no se puede creer si no es oída.

Y así, en menos de un palmo se ha juntado lo mejor que Natura en esta vida, e ingenio y arte y Cielos, han creado.

CXCIV

La aura gentil, que al monte ya serena sembrando flores por el bosque umbroso, conozco por su soplo rumoroso, por el que voy ganando fama y pena.

Por dar descanso al alma que se apena, huyo del toscano aire delicioso; y hoy, contra el pensamiento tenebroso, ver quiero al sol que de su luz me llena.

En el que pruebo tanta y tal dulzura que hasta él Amor por fuerza me ha traído; luego, me ciega, y en huir no tardo.

Alas me han de salvar, y no armadura; mas morir de esta luz mi sino ha sido, que lejos me consumo y cerca ardo.

CXCV

De día en día cambio rostro y pelo, mas muerdo el dulce anzuelo bien cebado, a las untadas ramas abrazado

del árbol que no teme sol ni yelo.

Seca estará la mar y oscuro el cielo antes que no esté ansioso y asustado de su sombra, y odiando enamorado la alta llaga amorosa que mal celo.

Descansar de mi afán jamás espero hasta que me deshuese y me deshaga o piedad tenga la enemiga mía.

Que antes espero ver lo no hacedero que ella o la muerte curen esta llaga que Amor con su mirada me hizo un día.

CXCVI

La aura serena que entre verde fronda viene a rozar mi rostro murmurando me trae a la memoria cómo y cuándo primero Amor me abrió una herida honda; y el bello rostro, aunque alguien me lo esconda, que celos o desdén está ocultando, y la enjoyada trenza está evocando, antaño suelta y más que el oro blonda: la cual ella esparcía dulcemente y recoger sabía de tal suerte que, al pensarlo, temblar siento a mi mente; luego, el tiempo le ató un nudo

más fuerte y ciñó al pecho un lazo tan potente que no lo ha de soltar sino la muerte.

CXCVII

La aura celeste que ahora está oreando al laurel donde Amor a Apólo hería, que un dulce yugo puso al alma mía del que tarde demás me estoy librando, puede en mí lo que obró Medusa cuando al viejo moro en piedra convertía, pues soltarme del nudo no sabría que al oro, y aun al sol, está humillando: nombro al cabello rubio, y al rizado lazo que me ata tan graciosamente que armarme de humildad sólo procuro.

A su sombra mi pecho siento helado, pues de blanco pavor tiñe mi frente; mas sus ojos me vuelven mármol duro.

CXCVIII

La aura suave al sol despliega y vibra el oro que el Amor mismo ha tejido, y con esos cabellos me ha ceñido un lazo del que mi alma no se libra.

No hay médula en mis huesos, sangre en fibra, que no me hayan temblado cuando he ido junto a la que en su peso suspendido me tiene, y muerte y vida allí equilibra, viendo a la luz arder en que me enciendo, y el nudo que me tiene tan atado, flotando al lado izquierdo o al derecho.

Yo no puedo decir lo que no entiendo: de tanta luz, mi juicio está ofuscado, y de tanta dulzura, estoy deshecho.

CXCIX

Bella mano que oprimes con ardor mi corazón, y así acabas mi vida; mano por cielo y tierra concebida con todo su arte para hacerse honor; de cinco perlas oriental color, duras y ásperas, ay, sólo en mi herida, dedos ahusados, muy poco os convida a que os mostréis, para obsequiarme, Amor.

Oh cándido, gracioso amado guante que cubrió marfil puro y frescas rosas,

¿quién tan dulce despojo ha poseído?

¡Así tuviese el velo en este instante!

Son inconscientes las humanas cosas, y esto es hurto, y será restituído.

CC

No sólo la desnuda bella mano que por mi mal el guante ya se ha puesto, sino la otra y los brazos, han dispuesto el lazo que ahoga al pecho humilde y llano.

Mil tiende Amor, pero ninguno en vano, entre las formas de su cuerpo honesto, adorno del celeste y alto gesto que no logra entender ingenio humano: brillantes cejas y mirar pausado, y boca angelical llena de perlas y rosas, y de dulce melodía,

por quien suelo temblar maravillado; y las guedejas áureas, que al verlas vencen al sol estivo a mediodía.

CCI

Amor me había hecho, y mi ventura, el don de un bello guante recamado, y a ser casi feliz había llegado, diciéndome:

«¡De quién fuiste envoltura!»

Y nunca sin temblar esa aventura, que me hizo rico y pobre, he recordado, pues el dolor y la ira me han llenado de amorosa vergüenza y de amargura: pues constante no supe allí mostrarme cuando la noble presa retenía de que un ángel quería despojarme; ni con alados pies huí aquel día, aunque tan sólo fuera por vengarme de la mano que causa mi agonía.

CCII

De un bello, claro, pulcro y vivo hielo viene la llama en la que estoy ardiendo: venas y corazón me está sorbiendo y me deshago aunque mi angustia celo.

La Muerte alza su acero, y como cielo airado o cual león está rugiendo, a mi vida que huye persiguiendo, y yo, lleno de horror, callo y me duelo.

Bien podría Piedad, a Amor unida, ser la doble columna protectora entre mi alma y las armas de la Muerte; mas no me invita a creerlo la acogida de mi dulce y tiránica señora; y no la culpo a ella, y sí a mi suerte.

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