Cancionero I

Franchesco Petarca · Capítulo 1 de 1 · parte 5/5

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Cancionero I

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

CCIII

Ardiendo estoy aunque alguien no lo crea; así, todos lo creen menos aquella que más quisiera yo, puesto que es ella quien no parece creerlo aunque lo vea.

Suma beldad en quien la fe escasea,

¿de mi incendio en mis ojos no veis huella?

Yo iría, si no fuese por mi estrella, a pedir a Piedad mi panacea.

Mi ardor, al que mostráis tanto desvío, y mis versos, a honraros dedicados, a mil estar podrían inflamando: y me imagino, dulce fuego mío, fría una lengua y dos ojos cerrados quedar, tras nuestras vidas, destellando.

CCIV

Alma que tantas cosas has pensado, leído, hablado, visto, escrito, oído; ojos ansiosos y único sentido que el santo hablar al pecho le has mostrado:

¡ojalá que al camino mal andado hubiérais antes o después venido por no haber un mirar tan encendido, ni las amadas huellas, contemplado!

Mas con tan clara luz, y signos tales, no debemos errar en el camino que lleva a las esferas celestiales.

Valor cansado, sigue ese destino, que, entre la niebla del desdén, señales te hacen sus pasos y el fulgor divino.

CCV

Dulce ira, desdén dulce y dulces paces, dulce mal, dulce afán, dulce gemido, dulce discurso dulcemente oído, que de aire dulce o dulces llamas haces.

Alma, calla y tus penas no rechaces, templa el dulce amargor que te ha ofendido, que un dulce honor amando has conseguido a la que dije: Tú sola me places.

Tal vez habrá quien suspirando diga, lleno de dulce envidia: Este ha sufrido, por bellísimo amor, mucho en su tiempo.

Otros: ¿Por qué mis ojos, oh enemiga Fortuna, no la han visto, y no ha venido ella más tarde, o bien yo más a tiempo?

CCVI

Si lo he dicho, que me odie aquella hermosa sin cuyo amor de vida estoy privádo; si lo he dicho, que viva yo amargado bajo una señoría vergonzosa; si lo he dicho, me sea desastrosa toda estrella, y mi guía sean Miedo y Celosía

y la enemiga mía

se me muestra más bella y desdeñosa.

Si lo he dicho, me hiera una amorosa flecha de oro, y un dardo, a ella, emplomado, si lo he dicho, me vea enemistado con cielo y tierra, y sea ella impiedosa; si lo he dicho, la que arde cautelosa y la muerte me envía siga como solía

y no más dulce y pía

se me quiera mostrar en acto y prosa.

Si lo he dicho, lo que es más por mí odiado llene mi breve y enojosa vía; si lo he dicho, de ver sea privado sol o luna radiosa, dama o doncella airosa,

mas tormenta espantosa

vea, cual Faraón al ser ahogado.

Si lo he dicho, por más que haya llorado, no encuentre compasión ni cortesía; si lo he dicho, el decir dulce que oía cuando yo a él me rendí, sea amargado; si lo he dicho, disguste a quien amado en celda tenebrosa, desde que la jugosa

teta dejé a la fosa,

habría: y tal vez lo haga despreciado.

Si no lo he dicho, quien tan suave abría mi pecho a una esperanza jubilosa con mi cansada nave sea piadosa y quiera gobernar su travesía; y no sea otra, y haga lo que hacía cuando me vio entregado; de mí me he extraviado

(perder más no me es dado).

Quien tanta fe olvidase, mal haría.

Yo no lo dije, ni decir podría por oro o fortaleza poderosa.

Siga en su arzón Verdad y, victoriosa, haga caer en tierra a la Falsía.

Amor, tú me conoces: si ella espía, di de mí lo acertado.

Y bienaventurado

mil veces sea llamado

quien antes muere, si sufrir debía.

Por Raquel he servido, y no por Lía; y no sabría al lado vivir de otra y, osado,

tras la hora dolorosa

con esta esposa al ígneo carro iría.

CCVII

Yo esperaba pasar mi tiempo ahora, igual que transcurrió el recién pasado, sin tener que tramar un nuevo invento: mas mira, Amor, adónde me has llevado

-cuando no pido ayuda a mi señora-porque aprendiendo tu arte estaba atento.

No sé si enfado siento,

que a mi edad en ladrón me has convertido del mirar encendido por el que vivo aunque de pena muero.

Mas debí hacer primero

lo que necesidad a hacer comienza, que errar de joven es menor vergüenza.

Los ojos suaves que me dan la vida con sus santas y altísimas bellezas me consolaban tan frecuentemente que viví como aquel que, sin riquezas, vive de ayuda externa y escondida, sin ser con ellos ni ella impertinente.

Pero, aunque lo lamente,

me vuelvo ahora injusto e importuno: que el pobrecillo ayuno hace lo que, de ser mejor su estado, a otro habría afeado.

Si Envidia de Piedad la mano cierra, hambre de amor excuse al que así yerra.

Que he buscado ya más de mil salidas por, sin ellos, probar si mortal cosa puede un día con vida mantenerme.

Pero el alma, que allí sólo es dichosa, corre hacia esas miradas encendidas y, siendo cera, al fuego he de volverme; y así suele acaecerme

que miro a donde no guardan lo que amo, y como a ave en el ramo, que donde menos teme es atrapada, así yo una mirada le robo a veces a su rostro bello; y a la vez ardo y me sustento de ello.

De mi muerte me nutro, y vivo ardiendo: salamandra admirable y cebo extraño; mas no es milagro, si alguien hay que quiera.

Feliz cordero en el fatal rebaño fui, y Amor y Fortuna estánme haciendo lo que suelen, al fin de mi carrera: así da primavera rosa y violetas, y el invierno nieve.

Pero si al vivir breve

de esta manera de alimento surto, y ella dice que es hurto, tan rica dama debe estar contenta, pues de vivir me da sin darse cuenta.

¿Quién de lo que yo vivo es ignorante desde que aquellos ojos he mirado que me hicieron cambiar vida y costumbre?

Por más que en tierra y mar haya buscado,

¿quién conoce de todos el talante?

Vive de olor la muda muchedumbre, y con fuego y con lumbre a mis ansias famélicas yo cebo.

Amor -decirlo debo-,

no conviene a un señor el ser tan parco.

Tú tienes flechas y arco:

mueve la mano, y no anhelando muera, que un morir bello honra la vida entera.

Llama oculta arde más, y cuando aumenta nada puede ocultar su demasía: lo sé, Amor, pues lo pruebo entre tus manos.

Lo viste tú cuando callado ardía; ahora mi propio llanto me impacienta, y a los que cerca están, y a los lejanos.

¡Oh pensamientos vanos!

¿Dónde me llevas tú, mala ventura?

¡Oh, de qué luz tan pura

mi esperanza nació! ¡Qué lazo ha hecho para oprimir mi pecho la que me arrastra al cabo de mis años!

La culpa es vuestra, y míos pena y daños.

Así, por amar bien, sufro tormento y del pecado ajeno perdón pido; del mío: que evitar su luz debiera, y a cantos de sirena más oído no prestar; pero aún no me arrepiento de que mi pecho emponzoñado fuera.

Aún aguardo que quiera

su último golpe dar quien dio el primero.

Y, si bien pienso, espero

que un modo de piedad sea el matar presto, ya que no está dispuesto a tratarme mejor: que es muerte buena la que al que muere libra de su pena.

Canción, mantendré el campo,

porque es un deshonor morir huyendo; por eso me reprendo mis lamentos, ¡tan dulce es, ay, mi suerte: suspiros, llanto y muerte!

Siervo de Amor, que lees mis poesías, no hay penas en el mundo cual las mías.

CCVIII

Rápido río que de alpestre vena royendo -y de ello el nombre te ha venido-conmigo bajas, por Natura urgido, a donde Amor me empuja y me encadena: ve delante, que el curso no te frena cansancio o sueño, y antes que hayas ido a dar al mar, verás el más florido prado verde, y el aura más serena.

Nuestro dulce sol vivo allí estar suele haciendo florecer tu izquierdo lado: tal vez (¿qué espero?) mi tardar le duele.

Besa su mano, o bien su pie nevado; dile, y el beso en las palabras vuele:

«Si pronta el alma, el cuerpo está cansado.»

CCIX

Las dulces lomas donde me he dejado al partir, pues de allí no puedo irme, como van ante mí, me hacen sentirme bajo el peso que Amor me ha encomendado.

De mí mismo me siento yo asombrado, que siempre avanzo y no sé desunirme del yugo que he querido sacudirme, y más me acerca estar más apartado.

Y como el ciervo herido de saeta lleva en el flanco el hierro que lo ha roto, y el dolor, al huir raudo, le aprieta, así en el lado izquierdo un dardo noto que tanto me deleita cuanto inquieta, y, huyendo del dolor, mi fuerza agoto.

CCX

No desde el indio Idaspe al Ebro hispano, aunque se busque en cada acantilado, ni del Mar Rojo al litoral caspiano, más de una fénix nunca se ha encontrado.

¿Qué cuervo diestro o que corneja, a mano siniestra, anuncian, qué Parca hila, mi hado?

Sorda es Piedad cual áspid africano donde verme feliz siempre he esperado.

Hablar de ella no quiero: en quien la mira la dulzura y el fuego de amor crece, pues tanto tiene y tanto a otros inspira; y porque darme acíbar le apetece, no advierte -que a otro lado el rostro gira-que antes de tiempo ya mi sien florece.

CCXI

Deseo acucia, Amor la vía muestra, Placer me arrastra, Usanza me transporta, Esperanza me halaga y me conforta y al laso corazón tiende la diestra: él la coge, y la ciega escolta nuestra, ay mísero, infielmente se comporta: muerta Razón, tan sólo Afecto importa, y un deseo tras otro se demuestra.

Virtud, Honor, Belleza, hablar gentil, en las hermosas ramas son el unto suave con que enviscada y preso he sido.

El mil trescientos veintisiete, en punto a la hora prima, el día seis de abril, entré en el laberinto, y no he salido.

CCXII

Feliz en sueños, de penar contento, de abrazar sombras e ir tras la aura estiva, en mar sin fondo o playa, aro agua viva, edificio en arena, escribo en viento; y al sol sigo mirando, aunque bien siento que ya ha apagado mi virtud visiva; y a una cierva errabunda y fugitiva cazo con un buey cojo, enfermo y lento.

Noche y día buscando voy mi daño, que para el resto estoy ciego y cansado; sólo a Amor, a ella y a la Muerte anhelo.

Afanándome veinte, año tras año, lágrimas y suspiros he mercado: en tal astro piqué cebo y anzuelo.

CCXIII

Gracias que el cielo a muy pocos destina: rara virtud, que no es de humana gente, bajo el rubio cabello, cana mente, y en la humildad, alta beldad divina; seducción singular y peregrina, y el cantar que en el ánima se siente; celeste andar y bello ánimo ardiente, que al rigor rompe y al orgullo inclina; y ojos que al corazón de piedra tornan, que de alumbrar la noche son capaces y a unos dan vida y a otros han matado.

Y el dulce hablar que altos conceptos ornan, con los suspiros suaves y fugaces: por estos magos fui yo transformado.

CCXIV

Ya estaba el alma tres días en parte en que seguir empresas singulares, y no las que otros creen dignas de premio, cuando dudosa aún de su carrera, sola, pensando, jovencita y libre, en primavera entró en un bello bosque.

Una flor tierna había en aquel bosque en el día antes, y arraigada en parte a donde ir no podía un alma libre: que vi lazos de formas singulares, y tal gozo impulsaba a mi carrera que perder libertad tuve por premio.

Caro, dulce, alto y fatigoso premio,

¡qué veloz me llevaste al verde bosque que desvía a mitad de la carrera!

En el mundo busqué, de parte a parte, versos, gemas o hierbas singulares con que fuese otra vez mi mente libre.

Mas, ay, ya veo que la carne libre se verá de ese nudo que es su premio antes que medicinas singulares cierren las llagas que me abrió aquel bosque espinoso; y así llevo tal parte que cojeo a mitad de mi carrera.

Entre lazos y estacas, mi carrera muy dura es, cuando ligera y libre planta preciso, y sana en toda parte.

Mas tú, Señor, cuya piedad ya es premio, dame tu mano diestra en este bosque: tu sol venza a mis nieblas singulares.

Ve mi estado y mis ansias singulares, que, tras interrumpirme la carrera, me han hecho morador de oscuro bosque; vuélveme, si ser puede, suelta y libre

a mi errante consorte; y a Ti el premio, si contigo la encuentro en mejor parte.

He aquí en parte mis dudas singulares: si gano un premio o pierdo la carrera, o el alma es libre, o presa está en el bosque.

CCXV

En noble sangre, vida humilde y quieta, y en alta mente un cordial ardor; fruto senil en una joven flor, y ánima alegre en actitud discreta, en esta mujer junta su planeta, y el rey de las estrellas; y el honor, la digna loa, el gran precio, el valor, capaces de agobiar a un gran poeta Con Castidad, en ella, está Amor junto; con beldad natural, la cortesía, y un gesto que habla aunque silencio observa; y un no sé qué en los ojos, que en un punto hace clara a la noche, oscuro al día, dulce al ajenjo y a la miel acerba.

CCXVI

Lloro de día; y por la noche, cuando reposan los mortales afligidos, lloro y veo mis males acrecidos: así empleo mi tiempo sollozando.

Con triste humor mis ojos voy gastando, con pena el alma; y soy de los nacidos el último; y de Amor dardos buídos sin cesar de la paz me están privando.

¡Triste de mí! De sol a sol me hallo, y de una sombra a otra, consumiendo lo más de este morir que llaman vida.

Más que mi mal, lamento ajeno fallo: que la viva Piedad, que me está viendo arder, no me socorre conmovida.

CCXVII

Antes quise, en rimada cantinela, y con justa querella, hacerme oír y hacer un fuego de piedad sentir al corazón que bajo el sol se hiela, y que la nube que lo enfría y vela deshiciese -aire ardiente- mi decir; o hacer a los demás odio sentir por quien me acaba, pues sus ojos cela.

No odio por ella, ni por mí piedad busco: que ni lo quiero ni podría (tal fue mi estrella, y tal mi dura suerte); mas canto su divina y cruel beldad para que, cuando el cuerpo deje un día, sepa el mundo qué dulce fue mi muerte.

CCXVIII

Cuando entre las corteses damas bellas aparece la hermosa sin segundo, hace de las demás en un segundo lo mismo que hace el sol con las estrellas.

Amor dice a mi oído sus querellas, diciendo: «Mientras ella esté en el mundo, sus virtudes lo harán bello y jocundo; luego, mi reino morirá con ellas.

Como si, al cielo, luna y sol, Natura, viento al aire, a la tierra hierba y fronda, al hombre la palabra y la cordura, les quitase, y al mar escama y onda; la tierra así estará, sola y oscura cuando al morir sus ojos nos esconda.»

CCXIX

El valle, con sus nuevos cantos bellos, llenan, al clarear, los pajarillos, y lleno de murmullos y de brillos va el arroyo, tan ágil como ellos.

La de albas luces y áureos destellos, la de amores sinceros y sencillos, peina, al son de amorosos caramillos, a su viejo los níveos cabellos.

Así despierto a saludar la aurora, y al sol que trae, y a aquel por el que he sido cegado en años mozos como ahora.

Y, cuando los dos juntos han salido, visto he que a las estrellas, a esa hora, aquél, y este otro a él, ha oscurecidos.

CCXX

¿Dónde halló Amor el oro, y en qué vena, de esas dos trenzas rubias? ¿y en qué espinas cogió las rosas, y esas matutinas escarchas, que de sangre y vida llena?

¿dónde las perlas en que forma y frena las honestas palabras peregrinas?

¿en dónde esas bellezas tan divinas de su frente que el cielo más serena?

¿De qué ángeles procede, de qué esfera el celestial cantar que me está hundiendo tanto que a poco más seré deshecho?

¿De qué cielo esa luz tan altanera de los ojos que, paz y guerra siendo, con hielo y fuego afligen a mi pecho?

CCXXI

¿Cuál destino, cuál fuerza o cuál engaño me vuelve al campo, estando desarmado, del que salgo vencido? (Y, si salvado, asombro sentiré; si muerto, el daño.) Daño no, mas provecho, porque entraño en el pecho el fulgor que lo ha ofuscado y lo derrite: en él vivo inflamado y ardiendo estoy en el vigésimo año.

Son sus ojos, de lejos al mostrarse, nuncios de Muerte y, cuando se aproxima y su mirada a mí quiere tornarse, con tal dulzura Amor hiere y anima, que no puede decirse ni pensarse, pues la verdad escapa a ingenio y rima.

CCXXII

-Damas que solas vais y acompañadas, conversando con pena y alegría,

¿dónde está la que es vida y muerte mía?

¿por qué camináis de ella separadas?

-Recordando a aquel sol, regocijadas vamos, y tristes sin su compañía, que nos quitan Envidia y Celosa, que al bien ajeno miran contrariadas.

-¿Quién freno a los amantes poner pudo?

-Nadie al alma, al cuerpo Ira y Aspereza: como a veces nosotras, siente enojos.

Mas en la faz se lee el alma a menudo: y así vimos nublarse a su belleza y al rocío cubrir sus bellos ojos.

CCXXIII

Cuando el carro del sol baña el mar, siento al aura nuestra, y a mi mente, bruna, y, bajo las estrellas y la luna, una triste y cruel noche presiento.

Después, a la que no me escucha cuento,

¡ay, triste!, mis fatigas, una a una, y con Amor y mi ciega fortuna, y el mundo y mi señora, me lamento.

Se aleja el sueño y reposar me niega; hasta el alba mi pecho se lamenta y lágrimas el alma al rostro envía.

La aurora aclara al aura cuando llega, mas sólo el sol que me arde y me contenta es capaz de endulzar la pena mía.

CCXXIV

Si, en pecho fiel, amor que no es fingido, cortés deseo en un alma vencida; si en gentil fuego honesta ansia encendida, que un ciego laberinto ha recorrido; si un pensar que en la faz es advertido, o en voz cortada apenas entendida, por miedo o por vergüenza interrumpida; si un violaceo palor de amor teñido; si otro bien, y no el propio, siempre amado; si un llanto que sin tregua urge y abruma, paciendo ira, dolor y desengaño; si arder lejos, y cerca estar helado son razón de que amando me consuma, sea vuestro el pecado, y mío el daño.

CCXXV

Doce damas honestamente holgando, doce estrellas y un sol mejor diría, vi en una barca en leda compañía; y que otra igual se viera estoy dudando.

No en nave tal debió ir Jasón buscando la lana que con gusto vestiría cualquiera, ni el pastor que arruinaría a Troya -y de los dos se sigue hablando.

Las vi después en un carro triunfal, y a mi Laurea, con gestos desdeñosos sentarse aparte, y cantar dulcemente.

No cosa humana, ni visión mortal.

¡Automedonte y Tifis venturosos, que condujísteis tan donosa gente!

CCXXVI

Gorrión tan solitario no se halla, cual yo, en tejado, o fiera en espesura, pues no ve mi mirada -y no procura distinto sol- la faz que la avasalla.

Mi gozo es este llanto que no calla, dolor la risa, el pan mío amargura, la noche afán, la clara esfera oscura, y el lecho duro campo de batalla.

El sueño es en verdad, como se dice, pariente de la muerte, pues de vida priva al pecho al calmar su desvarío.

Solo país benéfico y felice,

campo umbroso y ribera florecida, vos poseéis, y yo lloro, el bien mío.

CCXXVII

Aura que el pelo rubio y ondulado mueves y asedias, y él te mueve a coro suavemente, y esparces el dulce oro que en crespos nudos dejas luego atado, con los ojos te estás que me han picado con avispas de amor, y yo aquí lloro y vacilando busco mi tesoro

como animal huído y asustado: pues creo hallarlo o veo claramente que estoy lejos, y caigo en tierra o sigo, y entre anhelo y verdad mi alma se siente.

Aire feliz, esté siempre contigo el vivo rayo; y tú, clara corriente,

¿por qué seguir tu curso no consigo?

CCXXVIII

Amor, con la derecha, me abrió el lado izquierdo, y un laurel de tal verdor plantó en mi corazón, que su color toda esmeralda habría derrotado.

Reja de pluma, el suspirar cuitado, y el llover de los ojos dulce humor, lo adornaron, y al cielo va su olor, lo que otras frondas no sé si han logrado.

Fama, Honor, y Virtud y Cortesía, estilo celestial, casta hermosura, son las raíces de la noble planta.

Tal la llevo en mi pecho noche y día, carga feliz; y, con plegaria pura, rezo y la adoro como a cosa santa.

CCXXIX

Canté, ahora lloro, y no menor dulzura me da el llanto que el canto ya me ha dado, que a la causa, al efecto no, han volado mis sentimientos, que aman tanta altura.

Por eso, la dureza y la blandura, el acto fiero, humilde o mesurado, soporto igual, del peso no agobiado; ni a su desdén despunta mi armadura.

Usen en mí su habitual manera Amor, mi dama, el mundo y mi fortuna, que nunca pienso ser sino feliz.

Un más gentil estado, viva o muera, no hay que el mío debajo de la luna: tan dulce es de su acíbar la raíz.

CCXXX

Lloré, ahora canto, pues su santa lumbre el sol vivo a mis ojos ya no cela, en la que honesto amor claro revela su dulce fuerza y celestial costumbre; suele hacer aquel sol que un río alumbre de lágrimas, y acorta así la tela de mi vida, pues no hay puente ni vela que me salve, ni pluma que me encumbre.

Era tan hondo, y de tan ancha vena, mi llanto, y tan lejana era la riba que a ella llegaba con la mente apena.

No lauro o palma, mas serena oliva Piedad me manda, y ya al tiempo serena y el llanto enjuga, y quiere que yo viva.

CCXXXI

Con mi suerte vivía yo contento, sin triste llanto y sin envidia alguna, que si otro amante tiene más fortuna, mil placeres no valen un tormento.

Los ojos por quien nunca me arrepiento de mis penas, y no renuncio a una, tal niebla cubre, tan pesada y bruna, que casi apaga al sol que es mi sustento.

Piadosa y fiera tú, madre Natura,

¿quién de antojos contrarios te ha dotado, y de fuerza que arruina a la hermosura?

Oh sumo Padre, ¿cómo has tolerado, si eres de todo fuente viva y pura, que alguien nos prive de tu don amado?

CCXXXII

Si Alejandro venció y se vio vencido de ira, fue en parte menos que Filipo: que Apeles y Pirgótile y Lisipo le retrataran poco le ha valido.

De ira tan grande fue Tideo herido que, muriendo, roía a Menalipo; la ira que cegó a Sila un anticipo fue de que al fin sería destruído.

Sabe Valentiniano que a tal pena lleva la ira -y quien de ira muere: Ayax con otros y consigo fuerte-.

Ira es breve furor: si no se frena es furor largo, y a quien mucho hiere a menudo avergüenza o le da muerte.

CCXXXIII

¡Qué venturoso he sido cuando uno del par de ojos más fúlgido y más puro al verlo de dolor turbio y oscuro, a uno mío ha tornado enfermo y bruno!

Pues cuando de mirar rompí el ayuno a la única que ver siempre procuro, Amor me fue, y el Cielo, menos duro, si es que a esta gracia las demás reúno: que desde el ojo, o desde el sol derecho, a mi diestro pasó la dama mía el mal que amo y que daño no me ha hecho; y, aunque ni juicio ni alas

poseía, pasó como una estrella y fue derecho, pues Natura y Piedad fueron su guía.

CCXXXIV

Oh cuartito que otrora fuiste puerto para mis graves tempestades diurnas, fuente eres hoy de lágrimas nocturnas, llanto que por pudor llevo encubierto.

Oh camita que afán y desconcierto sosegaste, ¡de qué dolientes urnas te baña Amor, y qué penas diuturnas la eburnea mano me provoca a tuerto!

No sólo del retiro y del reposo huyo, sino de mí y mi pensamiento, que a veces me remonta si lo sigo', y entre el vulgo, que me es hostil y odioso, (¿quién lo pensara?) refugiarme intento: tal miedo siento cuando estoy conmigo.

CCXXXV

Me lleva, ay triste, Amor donde no quiero y sé que llego a donde no debiera, por lo cual, a quien dentro de mí impera mis importunidades reitero.

Nunca de escollos alejó el barquero a una nave en la que un tesoro fuera cuanto a mi barca yo, flaca y ligera, de los embates de su orgullo fiero.

Mas por llorosa lluvia y fuertes vientos de infinitos suspiros es movida, pues reinan en mi mar noche e invierno: y a ella tedio, y a sí angustia y tormentos lleva sólo, a las olas sometida, desarmada de velas y gobierno.

CCXXXVI

Yo yerro, Amor, y el yerro mío siento y obro como quien tiene ardiendo el seno, pues crece mi dolor, y me enajeno, y a mi razón venciendo está el tormento.

Solía frenar mi ardiente sentimiento por no turbar un rostro tan sereno: ya no puedo, que me has quitado el freno y arde mi alma en su propio desaliento.

Mas si, contra mi estilo se violenta, tu espuela es quien la enciende y quien la guía al mal camino en que salvarse intenta, y más aún la virtud y cortesía de mi señora: haz tú que se dé cuenta y se perdone por la culpa mía.

CCXXXVII

No hay del mar tantos seres en las ondas, ni más allá del cerco de la luna tantas estrellas vio ninguna noche, ni tantas aves viven en los bosques ni tantas hierbas crecen en el campo, cuantos son mis cuidados cada tarde.

Siempre esperando estoy la última tarde que a mi cuerpo separe de las ondas y me deje dormir en cualquier campo: que nadie tanto afán bajo la luna ha sufrido -y lo saben bien los bosques que voy buscando solo día y noche.

Yo no tuve jamás tranquila noche, mas suspirando fui mañana y tarde, desde que Amor me avecindó en los bosques.

Y, antes que pare, no tendrá el mar ondas, al sol su luz le prestará la luna y en abril no habrá flores en el campo.

Consumiéndome voy de campo en campo: pienso de día y lloro por la noche y más quietud no tengo que la luna.

Luego, cuando oscurece y es ya tarde, suspiro y de mis ojos salen ondas que bastaran. a ahogar hierbas y bosques.

Hostil es la ciudad, fieles los bosques, al pensamiento que por este campo voy desahogando, entre murmullos de ondas, por el dulce silencio de la noche: tanto, que siempre espero que, a la tarde, se vaya el sol y dé paso a la luna.

¡Ah, si, como el amante de la luna, dormir pudiera yo en las verdes bosques, y ésta, que antes de tiempo trae la tarde, con aquélla y Amor viniese al campo y sola se quedase aquí una noche, y se quedase el sol entre las ondas!

Verás, sobre las ondas, con la luna, canción hecha de noche en estos bosques, un campo en flor mañana por la tarde.

CCXXXVIII

Reales dotes, angélico intelecto, alma clara, mirar pronto y certero, providencia veloz, y juicio austero y digno de aquel pecho sin defecto: de damas entre un número selecto, en un día solemne y placentero, de entre tan bellos rostros, el sincero juicio escogió en seguida el más perfecto.

A las de más edad o más riqueza con la mano ordenó quedarse a un lado y hacia sí atrajo a la sin par belleza.

Frente y ojos, gentil y mesurado, besó, y todas loaron su fineza: y yo envidié aquel acto inusitado.

CCXXXIX

Hacia la aurora, cuando suele la aura primaveral acariciar las flores mientras los pajarillos cantan versos, siento ir los pensamientos de mi alma hacia quien los posee por la fuerza, y otra vez tengo que entonar mis notas.

¡Ojalá suspirar pudiese en notas tan suaves que endulzaran tanto a Laura que le hiciesen justicia aunque me fuerza!

Pero antes echará el invierno flores que amor florezca en esa gentil alma que nunca ponderó rimas ni versos.

¡Cuántas lágrimas, ay, y cuántos versos en mi vida esparcí! ¡Con cuántas notas mil veces intenté doblegar su alma!

Mas ella cual montaña es ante la aura dulce, que mueve frondas y a las flores, mas nada puede ante tamaña fuerza.

A hombres y dioses ya venció a la fuerza Amor, como se lee en prosas y versos: y lo he probado yo al brotar las flores.

Ahora, ni el señor mío ni sus notas, ni los ruegos ni el llanto, hacen que Laura prive de vida o sufrimiento a mi alma.

Para la última lid, oh mísera alma, acampa todo ingenio y toda fuerza mientras sintamos de la vida la aura, que no hay nada que no puedan los versos: áspides encantar saben sus notas, y al hielo embellecer con raras flores.

Ríen ahora en el campo hierba y flores: no es posible que aquella angélica alma no escuche el son de las amantes notas.

Si nuestro sino cruel tiene más fuerza, llorando y entonando nuestros versos, con el buey cojo cazaremos la aura.

En redes cayó la aura, en hielo flores, con versos tiento a sorda y rígida alma, que no fuerza de Amor estima, o notas.

CCXL

Yo le he rogado a Amor, y aún le ruego, que me excuse ante vos, mi dulce pena, y mi amargo placer, si con fe plena fuera del buen camino me repliego.

Yo no puedo negar, y no lo niego, que a la razón, que al alma noble frena, derrote Amor: atado a su cadena, a donde no deseo a veces llego.

Vos, con tan clara mente virtuosa, que tan alta virtud del cielo asume cuanta jamás llovió benigna estrella, debéis decir, no altiva, mas piadosa:

«¿Qué puede éste? Mi rostro le consume:

¿por qué es tan vehemente, y yo tan bella?»

CCXLI

El gran señor ante el que no aprovecha esconderse ni huir, ni encastillarse, de placer a mi mente hizo incendiarse con una ardiente y amorosa flecha; y aunque es mortal, y vino a mí derecha, queriendo la victoria asegurarse, con una de piedad decidió armarse, con que me punza y el asedio estrecha.

Una llaga arde, y vierte fuego y llama, la otra llora, en mis ojos, porque siente el dolor del estado en el que os veo: ni en una chispa, por la doble

fuente, se atenúa el incendio que me inflama, pues la piedad aumenta mi deseo.

CCXLII

-Mira aquel monte, corazón aciago, do dejamos ayer a la que un día nos mostró compasión, más hoy querría arrancarnos de lágrimas un lago.

Vuelve allí, que de estar solo me pago, e' intenta comprobar si todavía para el duelo creciente hay mejoría, oh de mi mal partícipe y presago.

-Que a ti mismo te olvidas oigo y veo y crees al corazón en tu costado, lleno de pensamientos miserables.

Al alejarte del mayor deseo,

tú te fuiste, pero él allí ha quedado, escondido en sus ojos adorables.

CCXLIII

Alcor verde, florido y sombreado donde ora va pensando, ora cantando, y fe de que hay querubes está dando, la que a todas sus famas ha humillado: mi corazón por ella me ha dejado (y hace bien, y mejor no retornando) y en la hierba sus huellas va buscando, por donde mis dos ojos la han mojado.

A ella se acerca en busca de consuelo y «Ah, si te acompañara sólo un rato», dice, «aquel cuya vida cansa el duelo».

Ella se ríe, y no nos da igual trato: sin corazón, soy piedra; y tú eres cielo, oh lugar sacro, dulce alcor beato.

CCXLIV

Sufro lo malo, y lo peor me aterra, hacia lo cual tan fácil es la vía que he entrado en parecida frenesía y contigo mi mente sufre y yerra; a Dios no sé si pido paz o guerra, que el daño es grave y la vergüenza impía.

Mas ¿para qué penar? Lo que se avía en el cielo, sufrámoslo en la tierra.

Y aunque yo no soy digno de que tanto me honres, que Amor te engaña, y es frecuente que a un ojo sano prive del buen tino, que levantes el alma al reino santo es mi consejo, y que urjas a tu mente: que el tiempo es corto, y es largo el camino.

CCXLV

Dos frescas rosas, que al nacer el día uno de mayo, un viejo y sabio amante cogió en el paraíso, don galante, entre otros dos menores dividía con tan dulce sonrisa y cortesía que a un bruto enamorara en ese instante, y un amoroso rayo deslumbrante al rostro de los dos cambiar hacía.

«¡No ve el sol dos amantes –exclamaba-como éstos!», y reía suspirando; y dio a ambos un abrazo afectuoso.

Así rosas y frases dispensaba, y alegre el corazón está, y temblando:

¡oh feliz elocuencia, oh día dichoso!

CCXLVI

La aura que el verde lauro y la áurea y fina melena mueve suave y flébilmente, hace, con su gracioso continente, que el alma sea del cuerpo peregrina.

Cándida rosa, no sin dura espina,

¿quién hallará quien igualarla intente?

¡Gloria de nuestra edad! Jove viviente,

¡mi fin antes que el suyo determina!

Así el público daño no vería

ni al ciego mundo de su sol privado, ni a mis ojos, pues él sólo es luz mía, ni al corazón, que ignora otro cuidado, ni a mi oído, que no otra melodía escucha, sin su honesto verbo amado.

CCXLVII

Alguien creerá que cuando alabo a aquella que adoro en tierra soy exagerado, pues en belleza, gracia y juicio honrado digo que sobre toda otra descuella.

Yo creo lo contrario, y temo que ella mi estilo encuentre bajo y apocado, que es digna de un decir más elevado: venga a verla quien no la cree tan bella.

Sé que dirá: «El bien al que éste aspira capaz es de agotar a Mantua, Arpino, Esmirna, Atenas, y una y otra lira.»

Lengua mortal a su estado divino llegar no puede: Amor la impulsa, y tira; y no por elección, más por destino.

CCXLVIII

Quien quiera ver cuánto pueden Natura y el Cielo aquí, venga a ver a mi amada, que ella es un sol, no sólo a mi mirada, sino al mundo, que virtud no procura; y venga pronto, que la muerte apura al bueno, y con el malo es descuidada: la que es entre los dioses esperada, cosa bella y mortal, pasa y no dura.

Verá, si llega a tiempo, cortesía, toda belleza y toda real costumbre unidas por armónica argamasa: que es muda, pensará, mi poesía porque a mi ingenio ofusca tanta lumbre; mas siempre ha de llorar si se retrasa.

CCXLIX

¡Qué temor cuando el día vuelve a mi mente en que con ella, seria y cavilosa, dejé mi corazón! -y en otra cosa pensar no gusto tan frecuentemente.

Vuelvo a verla quedarse humildemente entre las bellas damas, como rosa con florecillas, no leda o llorosa, como quien teme, y otro mal no siente.

Había abandonado su alegría,

vistosas prendas, perlas y ornamentos, y risa y canto, y dulce hablar humano.

Dudando yo dejé a la vida mía: tristes presagios, negros pensamientos me acometen, y quiera Dios que en vano.

CCL

Solía, lejana, en sueños consolarme con su visión angélica, mi amada; y hoy está mi alma triste y espantada y de pena y temor no sé guardarme: pues creo, al ver su rostro, percatarme de una piedad con el dolor mezclada, y oír que me aconseja desolada que de esperanza y gozo me desarme.

«¿No recuerdas», me dice, «la postrera tarde en que en tus dos ojos llanto había, y no pude a tu lado detenerme?

Decírtelo no pude, ni quería; y hoy lo digo cual cosa verdadera: en este mundo ya no podrás verme.»

CCLI

¡Oh visión miserable y espantosa!

¿Debo pensar que es cierto que no alienta la que era luz por la que vi contenta a mi vida, ya triste o jubilosa?

¿Puede ser que el rumor de tan gran cosa por otros nuncios, y ella, yo no sienta?

Naturaleza, y Dios, no lo consienta, y mi triste opinión sea mentirosa.

A mí me alivia el esperar ahora la visión dulce de la faz amada que me mantiene, y nuestro siglo honora.

Si por subir a la eternal morada ha dejado el albergue en el que mora, yo ruego que se acorte mi jornada.

CCLII

Dudoso de mi estado, lloro y canto, temo y espero, y suspirando rimas me tranquilizo: Amor todas sus limas usa en mi corazón, que sufre tanto.

¿Ocurrirá que el bello rostro santo a estos ojos le dé sus luces primas (ver mi estado me impiden, ay, mis grimas) o los condene a sempiterno llanto; y que, por irse a la celeste esfera, no piense en el que triste está en la tierra, de quien es sol, y ver más luz no espera?

Con tal pavor y en tan perpetua guerra vivo, que ya no soy el que antes era, como el que en vía incierta teme y yerra.

CCLIII

Dulce mirar, prudente voz, ¿a verte y oírte llegaré quizás un día?

Cabellos rubios con que amor hacía el lazo que me oprime y me da muerte; bella faz que me dio mi dura suerte para que siempre llore y nunca ría:

¡oculto engaño, y del amor falsía, darme un placer que sólo es dolor fuerte!

Y si de los hermosos ojos suaves que albergan cuanto pienso, y a mi vida, me llega acaso una dulzura honesta, luego, por ver a mi merced perdida y alejarme, caballos forja y naves Fortuna, que a mi mal siempre es tan presta.

CCLIV

Por más que escucho, no hay nuevas de aquella dulce amada, que me es tan enemiga; y no sé qué me piense o qué me diga, y esperanza y temor siento por ella.

Alguna ya sufrió por ser tan bella, y ésta es más bella y del pudor amiga: tal vez tanta virtud de Dios consiga dejar el mundo y ser del cielo estrella; más bien un sol; y, si es así, mi vida, mi poca paz, mi afán y desengaños llegarán a su fin. Oh cruel partida,

¿por qué me alejas tanto de mis daños?

Ya está mi breve historia concluída a mitad de la cuenta de mis años.

CCLV

La noche desear, odiar la aurora suelen, si son felices, los amantes; la noche dobla en mí las agobiantes penas, y es la mañana mejor hora: que el otro sol y el sol que mi alma adora abrir suelen entonces dos Levantes de belleza y de luz tan semejantes que el cielo de la tierra aún se enamora, cual le ocurrió con la recién brotada fronda del árbol que en mi pecho arraiga y que más que mi vida es por mí amada.

Y es justo que quien trae quietud me atraiga

-que así me tratan noche y alborada-y tema y odie a quien afán me traiga.

CCLVI

De aquella bien quisiera yo vengarme que mirando y hablando me destruye y, al alejarse, mi pasión rehuye, tras sus crueles ojos ocultarme.

Así la fuerza empieza ya a faltarme, que por ella en mi pecho disminuye, pues sobre él ruge cual león: y huye el sueño que debía consolarme.

El alma, que del cuerpo desenlaza la Muerte, va a buscar a esa altanera, a pesar de que siempre la rechaza.

Y me sorprenderá sobremanera

que, mientras habla, suspira y la abraza, no interrumpa su sueño, si se entera.

CCLVII

Estaba yo mirando fijamente

el rostro del que estoy enamorado cuando Amor, cual diciendo «¿qué has pensado?», tendió la mano que es mi amor siguiente.

Como pez en la red quedó mi mente donde por bien obrar había llegado, y a lo real no volvió el juicio ocupado, o como en liga pájaro inocente.

La vista, que perdió el primer aspecto, como soñando hacia él se dirigía, porque sin él su bien era imperfecto: el alma, entre una y otra gloria mía, yo no sé qué celeste y raro afecto y qué extraña dulzura en sí sentía.

CCLVIII

De sus ojos tan viva luz venía hacia mí dulcemente fulgurando, y de un corazón cuerdo, suspirando, de alta elocuencia tal caudal fluía, que pienso que el recuerdo de aquel día me llega a consumir, rememorando cómo el brío me estaba allí faltando porque variaba su costumbre impía.

Mi alma, de afán y pena alimentada (¡tal poder tiene una prescrita usanza!), contra el doble placer, llegó a enfermarse, que al sabor de merced tan desusada, temblando de pavor o de esperanza, estuvo entre marcharse o no marcharse.

CCLIX

Siempre he buscado solitaria vida (bien lo saben los bosques y los prados) por huir de los sordos descarriados que han perdido del cielo la subida; y si mi voluntad fuese cumplida, si no en mis patrios aires añorados, me vería del Sorga en los collados: que éste al llanto y al canto me convida.

Mas mi fortuna, a mí siempre enemiga, me hace volver al sitio en que me indigno viendo entre el fango a mi tesoro bello.

De mi mano que escribe ha sido amiga esta vez, y quizá no sea indigno: Amor, mi amada y yo sabemos de ello.

CCLX

Dos ojos en tal astro he contemplado tan llenos de pudor y de dulzura, en los cuales a Amor vi refugiado, que a otra luz la desprecio por oscura.

De poseer tan única hermosura ninguna edad ni tierra se ha alabado: no la que con su gracia y su figura afán a Grecia, y muerte a Troya, ha dado; no la bella romana que con hierro abrió su desdeñoso pecho honesto; no Polixena, Isífile o Argía.

Esta excelencia es gloria, si no yerro, de Natura; mas llega tarde, y presto se ha de marchar, la suma dicha mía.

CCLXI

Toda mujer que aspire a honrosa fama de cordura, valor y cortesía, los ojos mire a la enemiga mía, a la que el mundo mi señora llama.

Cómo se adquiere honor, cómo a Dios se ama, cómo se unen recato y ufanía allí se aprende, y la derecha vía del cielo, que la espera y la reclama.

Allí el habla que excede a todo estilo, el buen callar y las caras costumbres que no explican ingenio ni escritura; la belleza en que siempre me encandilo, no se aprenden: que aquellas dulces lumbres no adquiere el arte, sino la ventura.

CCLXII

-Primero amar la vida, y después de ella la honestidad de una mujer hermosa.

-Madre mía, al revés vuelve la glosa, que sin honestidad no hay cosa bella; pues quien deja que su honra sufra mella no es mujer viva; y si la ves hermosa igual que antes, su vida vergonzosa es más que muerte, y ya no es nunca aquélla.

De Lucrecia jamás me ha sorprendido sino que precisase el férreo tajo para morir, y no bastase el duelo-.

Vengan cuantos filósofos han sido: sus opiniones quedarán por bajo de ésta, que sobre todas alza el vuelo.

CCLXIII

Árbol triunfal, oh planta victoriosa de poetas honor, y emperadores, que has llenado de gozos y dolores a mi vida mortal y trabajosa; verdadera mujer, que no otra cosa desea ni cosecha sino honores, ni de amor teme lazos tentadores, ni engaños su conciencia virtuosa.

Gentileza de sangre, y la preciada riqueza de rubíes, perlas y oro, desprecias por igual, cual carga vana.

Tu belleza en el mundo no igualada te hastía, salvo al ver que a tu tesoro de castidad adorna y engalana.

Fin de la Primera Parte

de «Cancionero»

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Terminaste Cancionero I

Franchesco Petarca

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