Cancionero I
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Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
Yo ruego a mi acerbísimo dolor que no seque mis lágrimas constantes, y que me dé suspiros anhelantes con que desahogue al pecho de amargor.
Lloren las rimas, lloren, ay, los versos, porque nuestro amoroso micer Cino nos ha dejado solos y ha partido.
Llore Pistoya, y lloren los perversos que han perdido con él tan buen vecino, y esté contento el cielo, al que él ha ido.
XCIII
«Escribe», Amor me dijo; y repetía:
«escribe lo que viste en letras de oro: cómo a mis seguidores descoloro y a la vez les doy vida y agonía.
Hubo un tiempo en que tu alma esto sentía, célebre ejemplo al amoroso coro; otra empresa emprendiste en mi desdoro, mas antes que escapases te prendía.
Si a los ojos do viste mi figura, y en los que tuve yo mi dulce fuerte al romper tu rigor, me restituyen arco y flechas que todo lo destruyen, seca la faz no siempre vas a verte, que bien sabes que el llanto es mi pastura.»
XCIV
Cuando al pecho los ojos han llevado la imagen dueña, otra cualquiera parte: las virtudes que el ánimo comparte dejan los miembros, peso inanimado.
Y es el primer milagro secundado por otro, pues la ya expulsada parte, huyendo por sí misma, va a una parte donde logra un desquite alborozado.
Y así dos rostros suelen marchitarse, porque el vigor que vivos los mostraba ya en ningún lado se halla donde estaba.
Y esto es lo que aquel día recordaba cuando vi a dos amantes transformarse, y lo mismo que yo los vi mostrarse.
XCV
Poner quisiera en verso el pensamiento como en mi corazón lo pongo mudo, que nunca ha habido espíritu tan crudo que no le conmoviera mi lamento.
Mas vos, ojos, me distéis tan violento golpe, que no valió yelmo ni escudo; y por fuera y por dentro voy desnudo, aunque el dolor no impulse a mi lamento.
Puesto que en mí vuestra mirada esplende como el sol por el vidrio reflejado baste el deseo, sin que yo lo diga.
No a María ni a Pedro, ¡ay, desgraciado!, dañó la fe, que a mí me es enemiga; y sé que nadie, sino vos, me entiende.
XCVI
Estoy ya de esperar tan fatigado, y de la lid de llanto en que me empleo, que odio ya la esperanza y el deseo, y cuanto tiene al corazón atado.
Mas el gracioso rostro, que pintado llevo en el pecho, y donde mire veo, me obliga; y al primer martirio reo contra mi voluntad soy empujado, Bien sé que erré cuando la antigua estrada de libertad me fue cortada un día, que es
mal seguir lo que a la vista agrada; entonces a su mal libre corría, y ahora al arbitrio ajeno es empujada, por un solo pecado, el alma mía.
XCVII
¡Ay, bella libertad, en qué medida, al alejarte, me mostraste cuál era mi estado cuando el inicial dardo causóme la incurable herida!
Nada valió de la razón la brida, que mi mirada amó su propio mal, pues le repugna toda obra mortal:
¡triste, a mis ojos avecé en seguida!
Y no puedo escuchar a quien hablando de mi muerte no esté; y al aire el nombre que suena dulcemente voy lanzando.
Que a nada más Amor me está empujando ni otro camino sé, ni cómo un hombre puede, en papeles, a otra estar loando.
XCVIII
Orso, a vuestro corcel ponerse puede, para que retroceda, un buen bocado,
¿mas quién al corazón mantendrá atado si odia al contrario y con honor procede?
No suspiréis: que su valor no cede porque el llegar allí os esté vedado, que, cual la voz del pueblo ha divulgado, allí se encuentra, y nada le precede.
Basta con que en el campo esté presente el día que ha de estar, bajo el emblema que por sangre, virtud y edad merece, gritando: «Aunque mi dueño se halle ausente, en mi impulso gentil arde y se quema, y, por no acompañarme, languidece».
XCIX
Pues tanto vos y yo hemos comprobado cómo nuestro esperar falaz se hace, tras el bien sumo que Jamás desplace alzad el alma a más feliz estado.
Esta vida terrena es como un prado en que entre hierba y flor la sierpe yace; y si a los ojos su apariencia place, se queda el corazón más enredado.
Vos, pues, si procuráis tener la mente serena hasta que llegue el postrer día, id con los pocos, no con vulgar gente.
Se me dirá: «Mostrando vas la vía a otros, ¡oh, hermano!, y tú frecuentemente perdido andas, y más hoy todavía.»
C
Esa ventana en que un sol se presenta cuando quiere -y el otro hacia la nona y ésa. donde, si en él Bóreas se encona, el aire, en días breves, se lamenta; la piedra en que los días largos se sienta mi señora, y consigo allí razona; y cuanto sitio su gentil persona cubra de sombra, o su pisada sienta; y el paso en el que Amor salió a mi encuentro, y la nueva estación que me renueva las heridas cada año, el día reo, y el rostro y las palabras, ay, que lleva mi corazón clavadas en su centro, dan a mis luces de llorar deseo.
CI
Ay, nos convierte en presas doloridas aquella que a ninguno nos perdona, y el mundo sin tardar nos abandona pues no son sus promesas mantenidas; ni son mis penas bien retribuídas, que ya el día final me desazona y Amor, a pesar de ello, me aprisiona y a mis' ojos las parias' son pedidas.
Días, horas e instantes van trayendo a los años, y yo no sufro engaño, sino fuerza mayor que de arte maga.
Siete y siete años luchan ya en mi daño razón y afán; y aquélla irá venciendo, si hay alguna alma aquí del bien presaga.
CII
Cuando el traidor de Egipto le entregó a Julio César la honorable testa, veló éste la alegría manifiesta, y en papel está escrito que lloró; y cuando Aníbal a Fortuna vio contra su imperio hacerse tan molesta, rió entre gente al llanto predispuesta por desahogar la rabia que sintió.
Y así ocurre que el ánimo cada una de sus pasiones con su opuesto manto cubre, y con su apariencia clara o bruna: pero si alguna vez yo río o canto, lo hago porque no tengo sino una manera de ocultar mi triste llanto.
CIII
Venció Aníbal y no supo, venciendo, usar debidamente su ventura: y que debéis obrar con más cordura, caro señor, en vuestro caso entiendo.
La osa por sus oseznos va gruñendo, que en mayo hallaron áspera pastura; se reconcome, afila la uña dura y cobrarnos su daño está queriendo.
Mientras el dolor nuevo la encocora, no queráis envainar la noble espada, y seguid decidido a donde os llama vuestra fortuna; id recto por la estrada que os puede dar, tras vuestra extrema hora, mil años y mil más, honor y fama.
CIV
Esa virtud que en vos vi floreciendo cuando a daros batalla empezó Amor, da un fruto que es igual que aquella flor; y mi esperanza ya se está cumpliendo.
Por ello el corazón me está diciendo que escriba en papel algo en vuestro honor, que no hay para esculpir nada mejor, ni aun al que vive en marmol repitiendo.
¿Creéis que a Pablo Emilio, al Africano, a César o a Marcelo hicieron tales fundiendo bronces o martillo en mano?
Pandolfo mío, son obras mortales esas, mas nuestro estudio soberano convierte a quienes canta en inmortales.
CV
No quiero más cantar como cantaba, pues alguien no escuchaba y burla hacía;
el bienestar podría traerme entuerto.
El siempre suspirar
nada recaba;
cubre a la sierra brava nieve fría; y ya está cerca el día, y me despierto.
Un dulce acto, por cierto
es gentil cosa
y en mujer amorosa
aún me agrada
el verla reservada y desdeñosa, no esquiva y orgullosa: Amor rige su imperio sin espada.
Quien ya perdió la estrada
vuelva el paso;
duerma quien no halla albergue sobre el verde; quien uno de oro pierde, mate su sed en cristalino vaso.
Me dí en guarda a San Pedro; ahora ya no: quien puede, ya entendió, que yo me entiendo.
Un feudo estar sufriendo
es muy pesado:
si puedo, me despiedro, y se acabó.
Faetón en el Po cayó muriendo, y, el río a espaldas viendo,
ya ha pasado
-¡vedlo!- el mirlo cuitado. Ahora no quiero: no hay escollo ligero entre las ondas,
ni entre las frondas
liga. Desespero
cuando orgullo altanero
te hace, mujer, que la virtud escondas.
Puede que a otro respondas
si no llama,
que hay quien del que le ruega escapa y huye; funde el hielo y destruye a otros, y hay quien por verse muerto clama.
El dicho «Ama a quien te ama» yo lo sigo.
Sé lo que digo, mas dejadlo estar, que hay quien se ha de enterar cuando lo vea.
Sufre a una humilde dama un dulce amigo.
Mal se conoce el higo. Y de alabar creo el no comenzar alta tarea;
en el país que sea
hostal se alcanza.
La infinita esperanza
a otros mató;
y a mí ya me tocó
meterme en danza.
Mi ya escasa bonanza
quiero para quien no me rechazó.
En Aquel fío yo que nos regenta y en el bosque a los Suyos da posada: que con pía cayada
me lleve en el rebaño que apacienta.
Puede que un libro coja quien no entiende; y alguno la red tiende y nada pilla; quien por muy sutil brilla
da en locura.
Que la ley no sea coja que otro atiende.
Tras el bien se desciende
milla a milla.
Asombro y maravilla poco dura.
La escondida hermosura
es la más suave.
¡Bendita sea ,la llave
que ha girado
en el pecho, y librado al alma, y sabe quitarle el grillo grave y el suspirar doliente y prolongado!
Donde más me ha llagado
a alguien le duele,
y doliéndole endulza a mi dolor: y doy gracias a Amor pues no lo siento; y no es menor que suele.
Las palabras discretas y calladas, y el son que horas calmadas me procura;
la prisión de la pura
luz que ansío,
en el campo violetas
perfumadas,
las fieras enjauladas,
su bravura,
y la dulce pavura,
el gentil brío,
de dos fuentes un río
apaciguado
do anhelo, y recatado do querría, y Amor y Celosía, me han ganado,
y el bello rostro amado
cuyos signos le indican mejor vía a la esperanza mía y a mis daños.
¡Oh secreto bien mío, y el que venga, ya paz o guerra tenga, nunca me abandonéis en estos paños!
A mis pasados daños
odio y amo,
y en lo que oigo proclamo
una fe ardiente.
Disfruto del presente
y más espero,
y, contando los años,
callo y clamo
y anido en el buen ramo felizmente, y el desdén gratamente loar quiero, que aquel afecto fiero ya ha vencido y en el alma ha esculpido
«Qué escuchado
sería, y señalado», y suprimido (tanto adelante he ido, que lo diré) «No fuiste tan osado».
Quien me ha herido el costado lo consuela, y más en mi alma que en papel escribo; por lo que muero y vivo,
que al mismo tiempo me caldea y hiela.
CVI
Una bella angelita, con gracejo, voló del cielo hasta la fresca riba por donde me llevaba mi destino, Al verme sin compaña ni cortejo, de seda un lazo que tejiendo iba tendió en la hierba, do es verde el camino.
Quedé apresado; y no me causó enojos, tan dulce luz salía de sus ojos.
CVII
No veo donde pueda ya salvarme: siempre soy por sus ojos hostigado .
y temo, ¡triste!, que el afán sobrado pueda el pecho sin treguas destrozarme.
Quisiera huir, mas nunca de alumbrarme la mente esas dos luces han cesado, y el décimo quinto año han aumentado su brillo hasta el extremo de cegarme: su imagen por doquiera se reparte y no puedo mirar donde no vea aquella luz o alguna semejante.
De un laurel solo tal selva verdea que mi adversario, con pasmoso arte, me lleva entre las ramas anhelante.
CVIII
Oh, más que los demás feliz terreno do Amor detuvo el pie, cuando el semblante a mí volvió, y su luz santificante que al aire en torno a sí torna sereno: que antes deshaga el tiempo doy por bueno una sólida imagen de diamante, que el gesto dulce no tenga delante del que memoria y pecho está tan lleno, ni tantas veces contemplarte espero que no me incline, la señal buscando que el pie marcó en aquel gracioso giro.
Si amor no duerme en corazón sincero, Sennuccio mío, implórale, rogando alguna lagrimita, o un suspiro.
CIX
Más de mil veces, ay, amor me asalta de día, y en mis noches intranquilas, y vuelvo a donde arder vi las pupilas que inmortalizan a mi hoguera alta.
Mi alma se aquieta y no se sobresalta, que a vísperas, y a nona, alba y esquilas, en mi pensar las hallo tan tranquilas que nada más recuerdo ni echo en falta.
El aura suave que del rostro hermoso, al son del cortés verbo, se alza y vuela para aquietar el sitio donde espira, como gentil espíritu glorioso en
aquel aire siempre me consuela, que en otro sitio mi alma no respira.
CX
Empujándome Amor al sitio usado, alerta a guisa del que espera guerra
-que se prepara, y todo paso cierra-, de antiguos pensamientos yo iba armado.
Me volví; y una sombra vi que al lado pintaba el sol, y conocí en la tierra a aquella, que si el juicio mío no yerra, era más digna de inmortal estado.
¿Por qué temes?, habló al pecho mi mente.
Mas no entró antes en él mi pensamiento que los rayos en que ardo fatalmente.
Como con el fulgor, truena al momento, a la vez me alcanzaron la luciente mirada y de un saludo el dulce acento.
CXI
La que al mirar mi corazón regenta, donde a solas pensaba en el amor se apareció: v mnvíme Yo en su hnnor con frente reverente y macilenta.
Apenas de mi estado se dio cuenta, volvióse a mí, mostrando tal color que habría Jove, ciego de furor, depuesto armas, y su ira violenta.
Me recobré; y entonces ella, hablando, se fue, que sus palabras no sufría ni de su vista el dulce centelleo.
Tantos placeres gusta el alma mía, y tales, su saludo recordando, que desde entonces sin dolor me veo.
CXII
Sennuccio, sabed bien de qué manera tratado soy, y qué vida es la mía: ardo y me gasto aún como solía; me arrastra la aura, y soy siempre el que era.
Aquí humilde, y aquí la vi altanera; ora áspera, ora afable, acerba o pía; ya vestirse modestia o gallardía; a veces mansa, desdeñosa o fiera.
Cantó aquí dulcemente, aquí sentóse; se volvió aquí, y aquí detuvo el paso; aquí, al mirar, mi pecho ha traspasado; dijo algo aquí, y aquí ella sonrióse; cambió aquí el gesto. En ello Amor, ¡ay, laso!, noche y día me tiene a mí ocupado.
CXIII
Aquí, do medio estoy, Sennuccio mío, (pudiera estar entero, y vos contento), huyendo vine tempestad y viento que al tiempo de repente han vuelto impío.
Seguro estoy; y que entendáis confío por qué del rayo ya temor no siento y por qué no se apaga el violento deseo, ni siquiera pierde brío.
Que en cuanto en la amorosa corte estuve vi dónde nació la aura dulce y pura que aquieta al aire, al trueno desterrando.
En mi alma, que ella rige, el fuego tuve por Amor avivado, y sin pavura.
¿Qué haría sus dos ojos contemplando?
CXIV
De Babilonia impía, que proscrita tiene a vergüenza y es madre de errores, que al bien no alberga, y sí a muchos dolores, el querer vivir más a huir me incita.
Aquí estoy solo; y, como Amor me invita, rimas y versos cojo, hierba y flores, e imagino con él tiempos mejores: mas otra ayuda el alma necesita.
No me ocupo del vulgo o de Fortuna, ni de mí mucho, ni de viles cosas, ni dentro o fuera estoy acalorado.
A dos tan sólo añoro: y quiero a una con miradas humildes y piadosas, y al otro con el pie bien afirmado.
CXV
Yo vi entre dos amantes, altanera y honesta, a una mujer; y vi a su lado a Amor, por dioses y hombres acatado; yo, en baja parte; el Sol, en la cimera.
Cuando se vio cercada por la esfera del amigo más bello, el rostro amado volvió a mí alegre; y nunca más airado, ni altivo, contra mí verlo quisiera.
De pronto, se volvieron alegría los dolorosos celos que primero por tan alto rival había sentido.
Y el Sol el rostro triste y lastimero con una nubecilla se cubría, tanto le disgustó verse vencido.
CXVI
Lleno de la inefable dulcedumbre que en mis dos ojos estampó su huella el día en que, por cara menos bella no ver, debí privarlos de su lumbre, dejé lo que más quiero; que al relumbre avecé a mi razón sólo de aquélla, pues no ve más, y cuanto no sea ella odia y desprecia siempre por costumbre.
En un valle cerrado todo en torno, que alivia el suspirar desfalleciente, entré con Amor sólo, meditando.
No allí mujeres, sino roca y fuente; y a ver la imagen de aquel día torno, que, donde mire, voy imaginando.
CXVII
Si la roca, do el valle es más cerrado
-su propio nombre de ello se deriva-, mirase a Roma y, por índole esquiva, la espalda a Babilonia hubiera dado, tendrían mis suspiros mejor vado para llegar a su esperanza viva; y, aunque esparcidos, cada cual arriba donde lo mando, y ni uno me ha fallado.
Que allá son dulcemente recibidos advierto en que ninguno aquí retorna, con tal deleite al otro lado están.
Mis ojos sufren cuando el día torna por los parajes a ellos escondidos; y me dan llanto, y a mis pies afán.
CXVIII
El décimo sexto año de mi llanto quedóse atrás; y sigo caminando hacia el fin de mi vida, imaginando que no dura mi afán desde hace tanto.
Lo amargo es dulce, y útil mi quebranto; y, aunque el vivir me pesa, estoy rogando que supere a Fortuna, y recelando que antes mueran los ojos que yo canto.
En otra parte quiero estar ahora; y más querer quisiera, y más no quiero, y hago por no poder cuanto es posible; que si de nuevo el viejo anhelo llora, prueba que otro no soy, sino el primero, que ante mil cambios soy inconmovible.
CXIX
Una mujer aún más que el sol hermosa, de igual edad, y más de luz dotada, con beldad afamada,
siendo yo acerbo, me arrastró a su hilera.
Esta en palabras y obras (como cosa en verdad en el mundo inusitada), por una y otra estrada,
siempre ante mí fue amable y altanera.
Por ella dejé yo de ser el que era tras sus ojos de cerca haber sufrido; por ella había emprendido
la fatigosa empresa precozmente: y así, si llego al fatigoso puerto, espero largamente
vivir, cuando me tengan ya por muerto.
Esta mujer me tuvo muchos años lleno de juvenil deseo ardiendo, tal como ahora comprendo,
tan sólo por ponerme más a prueba, mostrándome su sombra, y velo y paños alguna vez, que el resto iba escondiendo; y yo, triste, creyendo ver mucho de ella, toda mi edad nueva gocé, y el gozo el recordar renueva, ya que un poco presente se me hace.
Y poco tiempo-hace
cual hasta entonces visto no la había se descubrió, y el corazón me ha helado; y así estará hasta el día
en que sea por sus brazos abrazado.
Mas no me lo han quitado miedo o hielo, porque mi corazón es tan osado que sus pies he besado
por beber en sus ojos más dulzura; y ella me ha dicho, ya quitado el velo:
«Ve cuán bella a tus ojos me he mostrado y, amigo, lo adecuado para tu edad pedirme ahora procura.»
«Señora -dije-, mucho tiempo dura mi amor por vos, en el que estoy ardiendo.
Y, si así estoy sintiendo,
otro querer o desquerer no cabe.»
Ella con voz tan dulce empezó a hablarme, y con rostro tan grave, que esperanza y temor siempre ha de darme.
«Raro», me dijo, «fue en la humana turba aquel que oyendo hablar de mi valor un fuego en su interior
no sintiera, aunque fuese brevemente; mas mi adversaria, que, ay, el bien perturba, lo apaga pronto, y muere así el honor y reina otro señor
que promete un vivir más indolente.
Amor me dice, pues abrió tu mente, cosas que verdad son, por las que veo que tu ardiente deseo
de recibir honores te hará digno; y así tendrás de mi amistad un día a una mujer por signo,
que a tus ojos dará más alegría.»
Quise decir: «Posible no es tal cosa, y ella: «Oh, mira -y a un sitio oculto luego la vista alcé a su ruego
a una que se ha mostrado a poca gente!»
Pronto incliné la frente vergonzosa, que el corazón ardía en mayor fuego.
Ella lo tomó a juego
y «Veo dónde estás -dijo indulgente-, que lo mismo que el sol con luz potente hace pronto ocultarse a toda estrella, así es ya menos bella mi apariencia si luz más grande brilla.
Mas no por eso de tu lado parto, que a ambas de una semilla, a ella antes, nos produjo el mismo parto.»
El lazo de vergüenza iba rompiendo con que atada quedó la lengua mía cuando escarnio sufría
porque mi pensamiento había leído; y dije: «Si lo que oigo bien entiendo, dichoso el padre, y sea bendito el día en que adorno os hacía del mundo, y cuanto yo os he perseguido; y si del buen camino me he salido, mucho me duele, y más de lo que muestro; pero si del ser vuestro soy digno de oír más, que habléis os ruego.»
Se quedó pensativa, y con dulzura me miró, y dijo luego, mandando al corazón voz y hermosura:
«Tal como a nuestro padre le placía para vida inmortal hemos nacido.
¿Mas de qué os ha valido?
Más os valiera ser nuestra la falla.
Bellas y amadas hemos sido un día, jóvenes y graciosas, y el olvido hace que hacia su nido,
ambas alas moviendo, ésa se vaya; yo soy mi sombra. Y ya mi boca calla, que en poco tiempo mucho estás sabiendo.»
Y dió un paso, diciendo:
«No temas que me vaya de tu lado.»
Y de verde laurel fui gentilmente por ella coronado, pues con sus manos lo ciñó a mi frente.
Canción a quien te tenga por oscura di: No me apura porque pronto espero que lo que es verdadero
otro mensaje hará más manifiesto.
Que a despertar a otros he venido, si quien me impuso esto, al separarme de él, no me ha mentido.
CXX
Las pías rimas por las que he sabido de vuestro ingenio, y del cortés afecto, de tal modo han movido a mi intelecto que a coger esta pluma me han traído para deciros que aún no me ha mordido la que espero con todos, y al respecto digo que sin recelos, en efecto, hasta sus mismas puertas he
corrido; luego me volví atrás, porque vi escrito sobre el umbral del pazo en que ella mora que mi final no estaba aún prescrito, si bien no leí allí el día y la hora.
A que no me lloréis más os invito, y a mejor elegir al que se honora.
CXXI
Mira, Amor, a ésta que en sus verdes años de tu reino se mofa y de mis males, y está segura entre enemigos tales.
Tú estás armado, y ella en trenza y paños está, y descalza, entre florida hierba, conmigo impía, y contra tí superba.
Yo preso estoy; mas si piedad conserva tu arco firme, y acaso alguna flecha, de los dos, mi señor, sea venganza hecha.
CXXII
Diecisiete años ha girado el cielo desde que ardo, y jamás me he apagado; mas cuando pienso en mi presente estado en medio de las llamas siento un hielo.
Cierto es el dicho, que uno cambia el pelo mas no el vicio; y si el cuerpo está cansado, no está el afecto humano atenuado: causa es la sombra del pesado velo.
¡Ay, triste!, ¿llegará el día dichoso en que, mirando huir a la edad mía, salga del fuego, libre ya de enojos?
¿Podré mirar cuanto desee un día ese aire dulce de su rostro hermoso y un sensato placer dar a mis ojos?
CXXIII
Aquel palidecer, que de amorosa niebla a la dulce risa recubría, con tal realeza al alma se ofrecía que a mi faz, en su busca, salió ansiosa.
Entonces ví que igual que la gloriosa gente se mira, en tal guisa se abría la no por otros vista idea pía: mas yo la vi, que no miro a otra cosa.
Todo angélico aspecto, o recatada acción de una mujer que amar consiente, no pueden compararse a lo que digo.
Bajaba a tierra la gentil mirada, y creo que exclamaba, aunque silente:
«¿Quién aleja de mí a mi fiel amigo?»
CXXIV
Amor, Fortuna, y mi conciencia, esquiva ante el presente, y vuelta hacia el pasado, tal me afligen, que a veces he envidiado a cuantos se hallan en la opuesta riba.
Me acaba Amor, y de alivio me priva Fortuna, y mi conciencia un llanto airado y estólido destila; y, apenado, siempre conviene que llorando viva.
No ha de volver el dulce tiempo ido, y el que viene traerá peor mudanza; y de mi curso ya he pasado medio.
No de un diamante real, de uno fingido veo huir de mis manos la esperanza, y a mis designios, ay, partir por medio.
CXXV
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Si éste que me destruye
pensamiento pungente
de un color adecuado se trajease, la que me quema y huye quizás sería ardiente,
y Amor donde ahora duerme despertase; y tal vez no vagase tan solitario, yendo
por campos y collados
con los ojos mojados,
si ardiera la que hielo está ahora siendo, aunque me deje luego sólo llamas y fuego.
Como Amor me empereza
y de ideas me despoja,
al rudo verso dulce son no cubre: no siempre en la corteza la rama en flor, o en hoja,
su natural virtud fuera descubre.
Vean lo que el pecho encubre
Amor y aquellos ojos
cabe los que él se sienta.
Que el dolor, si se ahuyenta, en llanto se desborda y en enojos: me daña aquél, y el llanto
a ella, si bien no canto.
Dulces rimas que he usado
en el primer asalto
de Amor, cuando otras armas no tenía,
¿por quién será quebrado
mi pecho de basalto
para que lo desahogue cual solía?
Que hay dentro de él diría
algo que a mi señora
pinta, y quiere alabarla:
luego, al querer cantarla
no me basto, y morir creo a esa hora.
¡Ay de mí, que así ha huído
el socorro atendido!
Como al niño que prueba
su lengua, cuando intenta
hablar, porque el callar siempre le hastía, así el deseo me lleva a hablar, y a que me sienta,
antes que muera, la enemiga mía.
Si toda su alegría
está en su rostro hermoso
y es para el resto esquiva,
óyelos verde riba,
y a mis suspiros da un vuelo espacioso, y que siempre se diga que tú fuiste mi amiga.
Sabes que no ha tocado
tierra pie tan hermoso
como aquel por el cual ya fuiste hollada: vuelve el pecho cuitado, y el flanco tormentoso,
a que su pena sea por ti escuchada.
Si tuvieses guardada
alguna gentil huella
entre flores y hierba,
la vida mía acerba
llorando buscaría descanso en ella.
Mas cual puede se calma
mi errante y dudosa alma.
Cuanto mi vista observa
me invita a estar sereno,
pues pienso que su luz aquí ha llegado, y si una flor o hierba
cojo, «En este terreno
arraiga -digo- en que ella ha acostumbrado ir, entre río y prado; o un asiento se hacía
fresco, florido y verde».
Así, nada se pierde
de todo ello, y saber más peor sería.
Alma beata, ¿cuál
eres, si a otro haces tal?
¡Oh pobrecilla mía,
qué ruda eres! Creo que te percatas: quédate entre estas matas.
CXXVI
Fresca y dulce agua clara
do la única a quien miro
como a mujer ponía su hermosura; rama en la que apoyara (lo recuerdo y suspiro),
como en una columna, su figura; hierba que por ventura su vestido cubría
al par que al puro seno;
aire sacro, sereno,
do, al mirarme, al amor mi pecho abría: escuchad juntamente
de mi discurso extremo el son doliente.
Pero si es mi destino,
y así lo quiere el cielo,
que estos ojos Amor cierre llorando, a mi cuerpo mezquino dad vosotros consuelo,
y mi alma hasta su hogar suba volando.
Sea el morir más blando
si llevo esta esperanza
a ese dudoso paso: que el espíritu laso no hallará en otro puerto tal bonanza ni en más tranquila fosa
dejaría su carne fatigosa.
Tal vez llegue el instante
en que al acostumbrado
lugar torne la mansa fiera hermosa y, donde me ha mirado un día a mí sagrado,
vuelva la vista alegre y deseosa de verme, y ¡triste cosa!
tierra entre piedras viendo
tan sólo, Amor la inspire
de modo que suspire
dulcemente, por mí merced pidiendo, y la obtenga del cielo secándose los ojos con el velo.
Del ramaje bajaba
(y es dulce a la memoria)
lluvia de flor que el cuerpo le cubría; y ella sentada estaba, humilde en tanta gloria,
y el amoroso nimbo la envolvía; una al manto caía, otra en las trenzas blondas,
que oro pulido y perlas
parecían al verlas;
cuál se posaba en tierra, o en las ondas, o parecía, errando,
«Reina aquí Amor», decir otra girando.
Cuántas veces pensaba
entonces, temeroso:
«Sé que en el paraíso ésta ha nacido.»
Sentí que me llenaba
aquel porte glorioso
-y el rostro y viva voz- de tanto olvido, que dije, dividido ya de la verdadera imagen, suspirando:
«¿Cómo aquí vine, o cuándo?»; pues creí el sitio el cielo, y no el que era.
Y amo tanto a este prado
que paz, si no es en él, nunca he hallado.
Si adornada tú fueses cual deseas, podrías audazmente salir del bosque, e irte con la gente.
CXXVII
Al sitio hacia el que Amor me va empujando debo volver las rimas lastimeras que son secuela de mi triste mente.
¿Cuáles últimas son, cuáles primeras?
Quien de mi mal conmigo está tratando me hace dudar, pues dicta oscuramente.
Mas, porque leo tan frecuentemente la historia, que su mano ha escrito en medio del corazón, de cuanto voy sufriendo, la diré; que diciendo doy tregua al llanto, y al dolor remedio.
Y digo que, aunque viendo
esté mil cosas varias con fijeza, sólo a una mujer veo, y su belleza.
Desde que, despiadada, mi ventura del mayor de mis bienes me ha alejado, inexorable, áspera y superba, Amor con el recuerdo me ha salvado: y así, si veo en juvenil figura al mundo que se viste ya de hierba, ver me parece en esa edad acerba la bella joven, que es mujer ahora; luego que el sol asciende con más lumbre, la creo, por costumbre,
llama de amor del corazón señora; pero si pesadumbre da aquél al día, al desandar camino, ya en sus días perfectos la imagino.
Fronda en ramas, violetas en la tierra, mirando en la estación que el frío pierde, y es la estrella mejor más poderosa, tengo en los ojos el violeta y verde con que estaba al principio de mi guerra Amor armado, tanto que aún me acosa, y la suave corteza deliciosa
que los jóvenes miembros envolvía donde hoy reside el ánima gentil que otro placer por vil
me hace tener: pues veo todavía su humildad femenil en flor, la cual creció antes que los años y es la causa y consuelo de mis daños.
Siempre que tierna nieve en los collados herida por el sol veo, y lejana, como el sol a la nieve Amor me trata: que, lejos, su belleza más que humana pone a mis ojos tiernos y mojados, y, cerca, los deslumbra y me maltrata: pues entre el oro y el color de plata únicamente a mí se está mostrando lo que por nadie contemplado ha sido; y el deseo encendido por ella, si sonríe suspirando, tanto me arde, que olvido nada le afecta, pues se vuelve eterno: sigue en verano y no muere en invierno.
Tras la lluvia nocturna, mi mirada no vio en el aire claro estrella errante, y llamear entre el rocío y el hielo, sin que sus ojos viera en tal instante, que sostienen mi vida fatigada, como los vi a la sombra de su velo; y así como esplendor daban al cielo el día aquel, así los veo ahora, húmedos, centellear; y estoy ardiendo.
Al sol naciente viendo,
siento nacer la luz que me enamora, y cuando va cayendo creo ver que a otro sitio ella se aleja y tenebroso el que abandona deja.
Si rosas blancas y otras encarnadas mi vista, en vaso de oro, cautivaron, por mano virginal recién cogidas, aquella faz mis ojos evocaron que vence a las delicias más preciadas con tres que en ella se hallan reunidas: el cuello y rubias trenzas esparcidas sobre sus más que lácteos blancores, y las mejillas que arden levemente.
Si el aura de repente
mueve las blancas y amarillas flores del campo, suavemente, contemplo el primer día en el que suelto vi su cabello, y vime en fuego envuelto.
Contar una por una las estrellas y encerrar a los mares en un vaso tal vez creía yo cuando he pensado decir, pues mi papel resulta escaso, en qué sitios la bella de las bellas, estando en sí, su luz ha derramado para que nunca de ella esté apartado: no lo haré; que si algunas veces huyo, en cielo y tierra el paso me ha impedido, que a mis ojos ha sido siempre presente, mientras me destruyó.
Y a ella estoy tan unido
que otra no veo ni deseo ni amo, ni el nombre de otra suspirando llamo.
Sabes, canción, que cuanto digo es nada respecto al amoroso pensamiento que día y noche oculto está en mi mente, por el que únicamente un consuelo en tan larga guerra siento: que por mi alma ausente y lejana morir podría llorando, mas voy con él la muerte retrasando.
CXXVIII
Italia mía, aunque el hablar sea vano a las llagas mortales de que tan lleno está tu cuerpo hermoso, quiero que mis suspiros sean cuales los espera el toscano
Arno, y Tíber y el Po, do estoy lloroso.
Y así, pedirte oso
que la piedad que Te condujo a tierra Te haga a Tu almo país mirar con celo y veas, Rector del cielo,
de qué leve razón cuán cruel guerra; y los pechos, que cierra
Marte cruel y fiero,
Tu mano ablande y abra;
y sea yo mensajero
de Tu verdad, diciendo mi palabra.
Vosotros, a quien dio Fortuna el freno de las tierras preciadas que el alma a compasión no os han movido,
¿qué hacen aquí foráneas espadas?
¿Porque el verde terreno
de la bárbara sangre esté teñido?
Gran yerro el vuestro ha sido: mucho parecéis ver, muy poco viendo, que en corazón venal la fe buscáis, y cuantos más pagáis os están más contrarios envolviendo.
¡Diluvio que, viniendo
de extranjeros desiertos,
a nuestros dulces campos así anega!
Si nuestros desaciertos
esto nos traen, ¿quién a salvarse llega?
Bien proveyó Natura a nuestro estado cuando hizo al Alpe escudo contra la ira tudesca destructora, pero el deseo ciego tanto pudo contra su bien, que ha dado
al cuerpo sano sarna roedora; en una jaula ahora
fieras salvajes y las mansas greyes se alojan, y el mejor más pena siente; y esto es de la simiente,
por más dolor, de aquel pueblo sin leyes a cuya tropa y reyes Marco abrió el flanco un día, según se lee, y su obra no se olvida, que en el río bebía,
más que el agua, la sangre allí vertida.
Callo de César, el que en todo suelo la hierba enrojeciera con sus venas, do el hierro nuestro entraba.
Que hace una mala estrella, se dijera, que nos deteste el cielo: culpa es vuestra, en quien tanto se esperaba.
Vuestra discordia acaba
del mundo por gastar la mejor parte.
¿Y qué culpa es, qué juicio o qué destino incordiar al vecino pobre, y la hacienda poca con mal arte vejar, y en otra parte buscar gente y sentir
gozo porque alma y sangre vende a precio?
Verdad quiero decir,
no por odio hacia otros, ni desprecio.
¿No tanta prueba a comprender os mueve el bavárico engaño que con la muerte juega el dedo alzando?
La vejación peor juzgo que el daño; mas vuestra sangre llueve
más, puesto que otra ira os va empujando.
Y si de vos pensando
de maitines a tercia estáis un día, veréis que alzarlos es pensarse vil.
Latina alma gentil,
sacude el peso de esta carga impía y de la idolatría de un nombre sin esencia:
que el vencer gente bárbara y astrosa a nuestra inteligencia pecado es nuestro, y no natural cosa.
¿No es ésta la primera tierra mía?
¿No es éste el nido mío
donde criado fui tan dulcemente?
¿Y no es ésta la patria en que confío, madre benigna y pía que. cubre las cenizas de mi gente?
Por Dios, esto la mente
tal vez os mueva, y con piedad mirad las lágrimas del pueblo doloroso, que de vos el reposo
después de Dios, espera; oh, sí, mostrad un signo de piedad, y fe contra furor
se armará y vencerá en breve; que es cierto que el antiguo valor en los pechos itálicos no ha muerto.
Ved, señores, que el tiempo vuela y muda, y ved cómo la vida
huye, y cómo la muerte está negando.
Aquí estáis, mas pensad en la partida: que el alma sola y nuda aquel sendero pisará dudando.
Y, este valle pasando,
plázcaos deponer el odio insano, viento contrario a la vida serena; y aquel que en pena ajena
tiempo se gasta, en acto más humano, o de ingenio o de mano, en cualquier alabanza,
en un estudio honesto se convierta, que así el gozo se alcanza y la senda del cielo se halla abierta.
Canción, yo te amonesto
que digas tus razones cortésmente porque te habrá de oír gente altanera y en las almas impera
una costumbre antigua inconveniente y amiga de quien miente.
Tú hallarás tu ventura
en los pocos que al bien siguen amando.
Diles: «¿Quién me asegura?
¡La paz, la paz, la paz! yo voy gritando.»
CXXIX
De monte en monte voy, de pensamiento en pensamiento, por Amor guiado, y cuantas rutas sé turban mi vida.
Si en cuesta, arroyo y fuente hallo aislamiento, o en un valle entre lomas sombreado, allí se aquieta el ánima afligida; y si amor la convida ya ríe o llora, o teme o se asegura; y el rostro, que refleja siempre al alma, ya se inquieta o se calma,
y en un estado poco tiempo dura; y quien supiera de esta vida el uso diría:
«Este arde y siéntese confuso.»
Por altos montes y en las selvas pruebo algún reposo, y es cualquier morada fiera enemiga de la vista mía.
A cada paso un pensamiento nuevo de mi señora me hace que cambiada vea en gozo la pena que traía; y apenas yo querría ver mudarse esta vida amarga suave, pues me digo: «Tal vez te guarda Amor para un tiempo mejor
y, viéndote tú vil, alguien te alabe.»
Y en éstas cambio, y digo suspirando:
«¿Podrá ser cierto? Pero ¿cómo y cuándo?»
Donde da sombra un pino o un collado, en cualquier piedra pinta el pensamiento su bella faz, si acaso me detengo; y, vuelto en mí, y en lágrimas bañado de compasión, «¡Ay, triste», me lamento,
«dónde he llegado y qué lejos te tengo!»
Pero mientras mantengo
en el primer pensar la mente inquieta y, olvidado de mí, su rostro veo, tan cerca al Amor creo
que mi alma con su propio error se aquieta: y, al verla en tantos sitios tan hermosa, no quiero, si el error dura, otra cosa.
Muchas veces (¿habrá quien creerlo pueda?) en aguas claras y en la hierba verde, o en un haya, la he visto igual que viva, y en blanca nube -que la misma Leda confesaría que su hija pierde como estrella a que el sol de su luz priva-.
Y cuanto más esquiva
es la parte en que me hallo, y más desierta, tanto más bella yo la voy haciendo.
Después -la verdad viendo
y el dulce error-, cual una piedra muerta, y helado, en una viva tomo asiento, igual que uno que escribe su lamento.
Donde de otra montaña no ha podido dar la sombra en la cima más saliente llevarme suele mi deseo intenso; allí mis daños con los ojos mido y empiezo allí, llorando amargamente, a despejar la niebla que condenso; y en cuanto miro y pienso
cuánto aire de su bella faz me aleja, que siempre está tan lejos y conmigo, en voz baja me digo:
«¿Qué sabes, triste? Allí tal vez se queja ella porque estás lejos, y suspira.»
Y cuando pienso así, mi alma respira.
Canción, tras aquel alpe
donde es alegre el aire y más sereno, tú me verás al pie de una corriente donde la aura se siente
de un laurel odorífero y ameno.
Quien roba mi alma allí con ella mora; que aquí mi imagen sola ves ahora.
CXXX
Pues de Merced cerrada está la vía, por la desesperada me he alejado de los ojos que, no sé por cuál hado, guardan el galardón de la fe mía.
Nacido para el llanto, no querría sino de llanto el pecho ser cebado: y no me duelo, porque en tal estado llorar es dulce más que se creería.
Y tan sólo a una imagen me resigno, no hecha por Praxiteles ni por Fídia, mas por mejor maestro, y más condigno.
¿Qué Escitia me asegura, o qué Numidia, si, aún no saciada de mi exilio indigno, así escondido vuelve a hallarme Envidia?
CXXXI
Yo haría un canto de amor tan diferente que al durísimo pecho le arrancara mil suspiros al día, y que incendiara altos deseos en la fría mente; y vería cambiar frecuentemente, haciéndola llorar, la bella cara, como al que en pena ajena al fin repara y de su error ya tarde se arrepiente; y que las rojas rosas en la nieve el aura mueve, y ver un marfil deja que vuelve mármol a quien lo ha mirado; y todo aquello que en la vida breve más me impulsa a gloriarme que a la queja: pues la edad más tardía he alcanzado.
CXXXII
Si no es amor, ¿qué es esto que yo siento?
Mas si es amor, por Dios, ¿qué cosa y cuál?
Si es buena, ¿por qué es áspera y mortal?
Si mala, ¿por qué es dulce su tormento?
Si ardo por gusto, ¿por qué me lamento?
Si a mi pesar, ¿qué vale un llanto tal?
Oh viva muerte, oh deleitoso mal,
¿por qué puedes en mí, si no consiento?
Y si consiento, error grave es quejarme.
Entre contrarios vientos va mi nave
-que en altamar me encuentro sin gobierno-tan leve de saber, de error tan grave, que no sé lo que quiero aconsejarme y, si tiemblo en verano, ardo en invierno.
CXXXIII
Como blanco a saeta Amor me ha puesto, como al sol nieve, como cera al fuego, y niebla al viento: y aunque ronco os ruego, vos, mi señora, no hacéis caso de esto.
Golpe mortal de vuestros ojos presto partió, y tiempo y lugar no valió luego; de vos procede, y os parece un juego, el fuego y viento y sol a mí funesto.
El rostro es sol, saeta el pensamiento, fuego el deseo: Amor viene a hostigarme y con estas tres armas me destruye; y el angélico canto, y el acento, y el dulce aliento, lejos de salvarme, son la aura ante la cual mi vida huye.
CXXXIV
Paz no encuentro, y no tengo armas de guerra; temo y espero; ardiendo, estoy helado; vuelo hasta el cielo, pero yazgo en tierra; no estrecho nada, al mundo así abrazado.
Quien me aprisiona no me abre ni cierra, por suyo no me da, ni me ha soltado; y no me mata Amor ni me deshierra, ni quiere verme vivo ni acabado.
Sin lengua ni ojos veo y voy gritando; auxilio pido, y en morir me empeño; me odio a mí mismo, y alguien me enamora.