Canina
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Las madres acudieron en grupos de dos y de tres. Llevaban ropa reservada para noches sin presencia de manos pequeñas y pegajosas: una vaporosa blusa de seda, su bolso más caro, una prenda sexi de esas que dejan el hombro al descubierto, pantalones blanquísimos. Estaban todas preciosas, estas madres, y rezumaban distensión por todos los poros.
La estación llegaba a su fin, con un universo entero de cigarras cantando con gran alboroto, despertando en cada madre esa tristeza pertinaz que les invade cuando notan la calidez del aire en los brazos, antes de desvanecerse al instante provocándoles un escalofrío, cuando los desaliñados escolares vagan por las aceras por la tarde y la consistencia melancólica y difusa de todos los años transcurridos llega de golpe, con sus «y si» y sus «tendría que haber», con sus recuerdos de preciosos niños sin camiseta en el lago y la humedad de una toalla de playa contra la mejilla, el sol blanco y alto, la explosión en la boca de un grano de uva frío y verde. Sí, era el momento perfecto, la noche perfecta, para sentir y beber y disfrutar.
Se presentaron en casa de Perra de noche sabiendo que habría vino, pero no qué se celebraba exactamente. Jen se autoproclamó promotora del evento; fue ella quien envió las invitaciones que todas habían recibido y quien hablaba sin parar de lo «rompedor» y lo «totalmente vanguardista»
que sería el evento. Sí, allí estaban las Bibliomamis —todas y cada una de ellas—, el grupito de los remedios herbales, leal a los leggings y a los aceites esenciales. Sí, puede que hubieran acudido casi todas las mamis más entusiastas de la ciudad, pues esa noche llegó una gran horda de mujeres,
para gran satisfacción de Jen. Se quedó plantada junto al destartalado arco de la entrada, cubierto por la madreselva, que llevaba al patio trasero, carpetita en ristre, con un traje entallado de sus días de relaciones públicas, que seguía quedándole como un guante. ¡Con qué naturalidad se le adaptaba el sedoso forro a las curvas! ¡Qué eficiente y capaz se sentía dentro de aquellos confines perfectamente confeccionados!
Hola. Qué tal. Bienvenida, le decía a cada madre que desfilaba delante de ella. Sírvete lo que te apetezca de beber, indicaba con una solemnidad redescubierta, con una profesionalidad que había estado ausente en sus desmadradas presentaciones herbales, pues esto era algo suyo, suyo y de Perra de noche, a quien no pensaba fallar. Estaba entregada y deseaba construir algo propio para que las dos pudieran triunfar y prosperar.
Jen prestó especial atención a la llegada de las antiguas compañeras de máster de Perra de noche, la madre trabajadora y la camarógrafa, porque sabía que aquella quería reservarles los mejores sitios.
Fue una delicia para las madres descubrir que de las puertas acristaladas traseras de la casa salía una melodía, y que, en el patio, una mesa cubierta por un mantel blanco de algodón con unas encantadoras flores bordadas exhibía botellas fresquitas de vino rosado y Pinot Grigio y vasitos de plástico apilados en torres bien rectas.
Había también cuencos de cristal repletos de frutos secos y, colocadas dentro de una cesta, tabletas enteras de chocolate; verduras recién cortadas para las amantes de lo verde, aguas con gas. Había un cuenco irresistible donde resplandecían unos arándanos bien hermosos que parecía rellenarse por arte de magia, independientemente de cuántos puñados se llevaran a la boca las madres. En otra cesta había productos recién horneados que todavía estaban calientes; todos los caprichos altos en carbohidratos a los que renunciaban las buenas madres en un intento de quitarse de encima esos kilitos de más que habían cogido durante el embarazo, de afinar esos muslos y de librarse de esas lorzas que les afeaban la silueta. Pero esa noche quizá hacían una excepción y se tomaban solo una cosita.
Se sentaron todas en el patio, en tres hileras de sillas plegables de color blanco dispuestas en filas con un pasillo central. Y las sillas, la mesa de los canapés y el pequeño entarimado de madera dispuesto al frente hacían que
el ambiente casi pareciera nupcial. Sin embargo, en ese escenario minúsculo no iba a celebrarse ningún casamiento. No, desde luego que no. Las madres hablaban entre susurros, tapándose la boca con la mano: Fíjate, ¿tú lo estás viendo? No puede ser, ¿verdad? Pero vaya que si lo era. Allí, en el centro del entarimado, había un grueso filete de carne, rojo y crudo, tapado con una campana de cristal. Las madres permanecían sentadas, lanzando risitas nerviosas, bebiendo, riéndose y susurrando. Buscaban a Jen para sonsacarle algo de información sobre la actuación, pero ya no estaba junto a la puerta y parecía haberse volatilizado en la oscuridad creciente del crepúsculo. Qué raro, murmuraban, dándole sorbos al vino. Daban su opinión sobre lo que fuese que iba a pasar o no. ¿No os parece de mala educación que la actuación no haya empezado todavía, sea lo que sea? Es rarísimo.
¿Conocéis a la persona que actúa? A mí esta chica no me suena de nada, pero me da igual: por lo menos hay vino. Y luego venga a reír y a suspirar y a decir estoy cansada y ¿me he pillado canguro para esto? De verdad, ¿qué coño está pasando? Pero entonces un estruendo sordo y sincopado se coló por las puertas acristaladas abiertas — I hear the drums echoing tonight— y el ambiente se relajó de repente. Una de las madres cerró los ojos y se puso a cantar en voz baja, y otra madre se echó demasiado para atrás y la silla acabó volcándose, provocando las risas de todas —las carcajadas, a decir verdad—, que intentaban enderezar a la madre borrachilla mientras le decían: No te preocupes o Es tu noche libre o Tranquila que yo te llevo en coche a casa, y si no, nos pillamos un Uber o Tú tranqui. Cuántas veces ha salido Kevin y no ha pensado ni una vez que estabas sola en casa con los críos. I bless the raaaaaaaaains, cantaban todas al unísono, bailando bajo el centelleante crepúsculo; una madre blandiendo en el aire su copa de Pinot y desafinando que daba gusto, otro dúo bailando mejilla contra mejilla, como unas tortolitas.
Cuando acabó la canción, hablaron y hablaron y hablaron hasta que se hizo tardísimo, mucho más de lo que tenían pensado quedarse, y salió la luna. Le habían perdido la pista hasta a su anfitriona, no tenían ni idea de dónde estaba ni de por qué ni se había dignado a saludarlas; quizá está camuflada entre el público, sugirió una madre que llevaba una buena curda.
¡A ver si resultará que la anfitriona eres tú!, dijo, clavándole el dedo en
el pecho a otra mujer, ¡y que te estás quedando con nosotras! Por aquel entonces, la música había adquirido notas graves y vibrantes; sonaba como jazz pero no lo era; el sonido era más oscuro y denso.
Y entonces fue cuando apareció la criatura, descrita por algunas como
«un perro o algo así», «una especie de oso pequeño o de hombre lobo. Ni puta idea de lo que era».
Avanzaba por los pasillos con mucho cuidado, despacio, y ninguna de las madres se turbó ni se apartó como habría sido de esperar. No, ninguna reaccionó como supondríamos que reaccionaría una madre corriente. La madre trabajadora y la camarógrafa se echaron hacia delante para intentar verla más de cerca mientras se aproximaba a la tarima.
Todas la miraron. Estaban alcoholizadas y desinhibidas y calentonas y tenían ganas de gresca, pero aun así permanecieron calladas. Se diría que mostrando respeto. Puede que en ese momento estuvieran siendo mejores madres que nunca.
Reina, murmuró una de las madres cuando la bestia avanzó de una zancada a su lado.
Otra, profundamente conmovida, hincó las rodillas en el suelo y siguió a gatas al animal. Y otra. Y otra más. De entre las madres menos vigorosas, unas pocas se sintieron cada vez más incómodas, asustadas y preocupadas por si no tenían al día la vacuna de la rabia y acabaron marchándose.
Con viento fresco, dijeron las demás madres.
Estamos en una especie de secta, dijo una, y otra le contestó: Justo acabo de escuchar un pódcast que habla de cosas de este estilo. Y una más: Buf, voy cieguísima. Pero aun así se quedaron.
Y las que se quedaron… Lo hicieron porque lo entendían. Entendían los movimientos de Perra de noche, el pelaje que coronaba la cúspide del espinazo, el reflejo de los fieros colmillos a la luz de la luna, cada gesto labrado con poder y oscuridad y rabia y supervivencia.
Esta madre, esta perra, os va a dejar bien jodidas; las madres lo sabían y estaban encantadas.
Una madre echó la cabeza para atrás y le aulló a la luna. Otra se acurrucó junto a un tocón medio putrefacto y se durmió.
Las demás se arrancaron a estirones la ropa del cuerpo y, a la fresca luz
de la luna, contemplaron cómo ese can, esa Perra de noche, se arrastraba hasta llegar a la tarima de madera. Un foco que había estado encendido desde que llegaron, proveniente de una ventana del piso superior, iluminó el escenario, y la criatura gruñó y lanzó una feroz dentellada. Le dio un empujón a la campana de cristal, haciéndola añicos, y a continuación devoró con ansia el bistec que le habían dejado delante. Tardó bastante en comérselo, pero todas se quedaron sentadas observándola pacientemente, absortas, sin poder apartar la vista.
Silencio. Volvió la mirada hacia las madres, con la cara, las mejillas y el mentón manchados de sangre y un brillo en los ojos… ¿de locura? ¿De poder? ¿De conocimiento eufórico? ¿De fiera feminidad?
Una madre gritó y rompió el hechizo, y acto seguido otra madre chilló y ya no hubo vuelta atrás: el equilibrio al que parecía haberse llegado se había descompensado horriblemente. El animal se abalanzó desde el escenario sobre la horda de madres borrachas y desnudas, que empezó a gritar y a correr hacia los oscuros vehículos que abarrotaban la calle. Solo la madre trabajadora y la camarógrafa permanecieron en sus asientos, estupefactas, maravilladas, con lágrimas en los ojos a resultas del dramatismo de la situación —del maravilloso dramatismo artístico—, cogidas de las suaves manos.
¡Mi ropa!, gritaba una madre.
¡Mis llaves!, se lamentaba otra.
¡Hostia!, escupía otra.
Perra de noche las persiguió a todas y cada una de ellas hasta que desaparecieron, marchándose en tromba a por un Uber mientras intentaban quitarle hierro al tema de su desnudez, y se echó a las fauces una magdalena de la primorosa mesita, la devoró y desapareció entre la frondosa maleza del crecido jardín del vecino en busca de un corazón pequeño que latiera y pararlo.
Cuando nació el hijo de Perra de noche, lo que más le sorprendió fue que no lo reconoció. Estaba convencida de que el niño se parecería a alguien a quien conocía de memoria, pero tenía una cara muy roja y
enfadada, una nariz ancha y una boca como la de un viejo. Había tardado años en parecerse al hijo al que conocía ahora. Ahora, cuando lo miraba, solía pensar: Ajá, aquí estás. Sí, te reconozco, porque se parecía a ella y también a su marido, pero otras veces era igual que su propio padre y, a su vez, igual que su suegro.
Cuando se abismaba en estos pensamientos, no era capaz de diferenciarse de su hijo, que tan claramente era parte de ella, físicamente, que no podía sacudirse el vértigo, la sensación de mismidad combinada, que a ratos la abrumaba.
Contemplaba la posibilidad de que un día la reclamaran para cuidar de sus padres quienes, a sus setenta años, seguían gozando de una excelente salud. Sin duda llegaría el momento en que la cosa se torcería. Se los imaginaba viviendo en el cuarto de invitados, del que emergerían cada mañana, flacos y despeinados, soñolientos, sentándose al lado de su hijo para tomarse sus tortitas para desayunar y sus vitaminas. Por la mañana y por la tarde dormirían como niños. Quizá, cuando se acercase su final, tendría que bañarlos y cambiarlos. Y pese a que sin duda sería una carga, en su corazón, al parecer, se había abierto un gran espacio de amor que contemplaba esas tareas con gratitud y respeto y no con inercia. Frotarle amorosamente la espalda a su madre con un paño caliente. Enjabonarle el fino pelo a su padre. Sería un honor cuidarlos, pues en ellos había partes de ella.
Esto es lo que debe significar ser un animal, poder mirar a otro y decir: soy tanto de esta otra cosa que somos todos parte los unos de los otros. Esta es mi piel. Esta es la tuya. Bajo la luna, nos amontonamos en la cálida cueva y nos convertimos en una única criatura para preservar nuestro calor.
Respiramos juntos y soñamos juntos. Así ha sido siempre y así será. Nos mantenemos vivos los unos a los otros por medio de este linaje de irrompible unión.
Wanda White no es una persona. Wanda White es un lugar al que al fin llega una persona.
Perra de noche, esta madre, aguarda tras el voluminoso telón de
terciopelo, a oscuras, oliendo su propia esencia almizclada a rosas. Sí, está aquí, en Wanda White, con la emoción desbocada por lo venidero, justo antes de subir a lo que sea que le espere más allá de aquella oscuridad y de aquel escenario: invencibilidad o aire… algo.
Se oye el chirriar de las cuerdas. Se levanta el telón. Primero hay oscuridad y luego se hace una pequeña luz. Huele a todas las personas que hay en la sala.
Está en un escenario, a oscuras. Un pellejo de gruesas cerdas le recubre la espalda. Vuelve los ojos cerrados al techo y respira hondo. Una inadvertida corriente de aire le agita con delicadeza el vello de la cara.
Allí está, desnuda. El pelo le tapa los ojos y la cara. Las palmas extendidas retan al público.
Empieza su performance igual que las ha empezado todas: abriendo el espacio contenido dentro del pecho y luego la boca; abriendo ese canal perfecto que comunica corazón y voz y lanzando un aullido larguísimo y agudo que retumba por toda la sala.
Alguien ahoga un grito cuando se hace la luz. Ella abre los ojos pero no ve a nadie. Se deja caer sobre las manos y cruza el escenario dando zancadas. Se gira para gruñir al público. Alguien se ríe. Alguien reprime un grito.
Empieza a oírse una música de fondo, como surgida de un sueño infantil largamente olvidado, o de una pesadilla. Descuellan los violines. Las trompetas anuncian el inicio de algo, aunque el público no sabe de qué.
Retumban los timbales: pum, catapum; pum, catapum; pum, catapum. En un escenario, lejos de allí, una soprano se lleva las manos al pecho y abre la boca para liberar un glorioso y sinuoso torrente melódico que rebosa pena, que rebosa amor. Canta en alemán, o en una lengua parecida, es difícil saberlo; ¿y qué es lo que dice? El público se imagina a esta cantante, imagina su pecho agitado, su pelo trenzado como las cuerdas. Lo más curioso es que se la imaginan en un jardín oscuro, derramando su canto de noche. Está descalza y la esponjosa hierba se le mete entre los dedos. Canta bajo un árbol de ramas poderosas en las que se posan las gallinas. Lleva un sencillo vestido labriego de algodón. Todos y cada uno de los presentes ven a esta misma mujer en su imaginación, y todos y cada uno de ellos se
preguntan quién será, qué significará su canción y se maravillan al ver aquellas gallinas en los árboles. Es solo la primera de las muchas bazas que se ha reservado Perra de noche para su actuación.
Perra de noche avanza por el escenario, la música se oye con más fuerza y el público empieza a incomodarse. Pero, claro, lo que más le incomoda es la propia artista. Es a ella a quien quieren ver. Ella es la razón de que hayan entregado un dinero ganado con esfuerzo, el porqué de que hayan acudido a un espectáculo de ese tipo, porque, bueno… ¿Qué es esto, exactamente?
¿Es real? ¿Es un engaño? ¿Y qué es lo que pretende cuestionarse? Esa mujer existe, claro, pero ¿ese pelo también? Podía deducirse que el de su cabeza era auténtico, pero… ¿y qué pasaba con el de la espalda? ¿El de los brazos? ¿El de los pies?
Lo más perturbador de todo es que Perra de noche se mueve a cuatro patas con una fluidez animal. Es algo que solo han visto en películas de miedo o, si no son seguidores de este género, en sus pesadillas más remotas.
¿Cómo es posible que una mujer se mueva así? Es de suponer que tenga formación en danza o en alguna disciplina pionera de baile moderno… No cabe duda de que ha ensayado durante horas y horas para clavar exactamente el movimiento, ese paso carnal, esa conciencia instintiva, ese modo de ladear la cabeza para olisquear el aire, de dar zancadas hacia el público para luego darse la vuelta con ligereza pasmosa y perderse entre las sombras…
Después de la performance, el público se arremolina en torno a las puertas de entrada del teatro. Hay quien dice que los conejos que aparecieron en el escenario al poco de que arrancara la música habían salido sin lugar a dudas de las tenebrosas sombras de las bambalinas para ir acercándose poco a poco hacia la luz y quedarse allí observando, con sus delicadas contracciones espasmódicas. Todo el mundo está de acuerdo en que no ha sido un acto de brujería, en que debe de haber una explicación perfectamente razonable que justifique la aparición de los conejos, porque nadie está preparado para asimilar que, en el fondo, su presentimiento era cierto: los conejos habían aparecido en el escenario, y de manera bastante insólita. Más aterrador si cabe era lo que pensaría este público más tarde, bien arropado bajo las sábanas: ¿De dónde demonios habían salido aquellos
animales? Le daban vueltas y más vueltas al tema. ¿Eran criaturas auténticas, como las que te encontrarías en una excursión inofensiva y placentera por las montañas? ¿Se habían quedado esas montañas huérfanas de conejos, unos animales que hasta entonces habrían estado mordisqueado florecillas tranquilamente pero cuya existencia en ese medio había cesado repentinamente para materializarse después sobre un escenario? Y si no los habían transportado hasta allí desde algún sitio… entonces, ¿qué eran? ¿De qué estaban hechos? ¿Quién los había fabricado? Esas preguntas despertaban las ganas de llorar en todas las personas que habían asistido a la performance, pero en vez de eso, caían en una duermevela incómoda en la que permanecían toda la noche.
Sí, el tema de los conejos fue el que más reacciones provocó de la actuación de Perra de noche. Todas las críticas hablaban de ello, si bien ninguna mencionaba a la soprano descalza que cantaba bajo el árbol; la visión colectiva, por así llamarla, que el público entero había tenido. No se quería destripar la sorpresa; era algo que los asistentes debían vivir en primera persona cuando llegara el momento.
De modo que sí, en el escenario hay conejos. Primero aparece uno, luego un puñado y después una docena. Algunos se quedan escondidos cerca del boscoso telón de fondo. Otros amenazan con saltar encima del público, tan cerca están del borde del escenario. Entretanto, Perra de noche espera, tan quieta como la oscuridad que la rodea. Cuando se mueve, ves cada músculo, notas su tensión, percibes su espera grabada en el cuerpo.
Unos montículos de huesos, con destellos dorados, puntean el oscuro escenario. Perra de noche se coloca en el centro y extiende las manos abiertas a los lados del cuerpo. Despacio, mientras la música se desvanece y en el teatro solo se oye la vibración de una nota sorda, levanta las palmas como si dirigiera la orquesta más lenta y silenciosa jamás imaginada.
Mientras sus manos se elevan, flotando, más y más, y otro poco más, los montículos de huesos se mueven y resplandecen, y el baño de oro capta la luz y la refleja en un millón de esquirlas. Los conejos saltan asustados del escenario cuando los huesos se elevan como si estuvieran cogidos por cuerdas, como si fueran marionetas zombis ultraterrenas, aunque el público no ve cuerdas ni tampoco otro tipo de artimaña, por mucho que guiñan los
ojos, por mucho que se fijan. Los huesos adoptan la forma de animales pequeños, pero no de los normales y corrientes. Este de aquí es una especie de coyote de largas orejas que recuerda a una liebre. Aquel se parece a un gamo, pero tiene cabecita de felino. Y otro más tiene los cuartos traseros de un conejo y una minúscula cornamenta; unos cuernos imposibles de encontrar en la naturaleza. Y aun así, estos animales de hueso sí tienen un componente natural, dirá el público. Un componente lógico, incluso.
Cobran sentido dentro del mundo de Perra de noche, con sus movimientos controlados y delicados, con sus cabezas cimbreantes, con sus pasitos prudentes, con su modo de caer en el negro suelo y recolocarse, recomponiéndose como por obra del poder de un dios.
Es en ese momento cuando Perra de noche y los animales de hueso ejecutan una inquietante coreografía —«una cacería encantada», en palabras de la crítica— en la que, alternativamente, ella se mueve a la vez que los esqueletos áureos y luego les da caza. El público afirmará que podía haber contemplado eternamente aquella actuación, tan ensimismado estaba por los movimientos animales de la mujer y de los huesos —«parece que floten solos en el escenario, ¿cómo lo hace?»—, tan estupefacto lo había dejado aquel espectáculo, tan perplejo estaba por lo que veía que parecía imposible separar realidad y arte.
Y aun así todos, aquella noche, esperaron a lo que vendría después, ya que, obviamente, se habían enterado de lo que iba a pasar. Se había escrito muchísimo sobre aquel espectáculo, se había comentado, criticado, analizado, condenado y observado desde todos los puntos de vista posibles.
Lo habían hecho críticos, escritores, activistas de los derechos animales y el público en general. Y aunque era un poco torpe asociar a Perra de noche simplemente con la matanza en vivo de conejos, sin duda era por lo que más se la conocía, aunque debe comentarse que había otros aspectos de la performance mucho más interesantes y peculiares.
Y así, después de danzar con los huesos, Perra de noche acecha a los conejos, ya escondidos entre las sombras, y la caza resulta extrañamente embriagadora y hermosa, incluso el momento en que se abalanza y atrapa a una criatura con la boca y la zarandea con fuerza hasta que el cuerpo le pende flácido de la boca. El teatro ha enmudecido, y ella coloca el animal
inerte sobre el escenario antes de mirar al público. Gruñe, y la incomodidad se adueña de los presentes. Parece que ahora los acose a ellos. Unas pocas personas se levantan en las últimas filas y se marchan. Un momento de quietud antes de que se desate el caos cuando Perra de noche salte del escenario y la multitud se levante de un brinco de sus asientos y se disperse entre gritos.
Algunos de los presentes relatarán que al verse perseguidos llegaron a una inexplicable zona boscosa, tan poblada de hojas y lianas que era difícil saber si era fruto de la imaginación de la artista o si se trataba de una anomalía espaciotemporal materializada solo para la actuación y que desaparecería transcurrida la noche. Durante el suceso no especificado (nombre por el que pasó a conocerse) fueron a parar a la guarida de unas Madres lobas que les dieron cobijo y una sopa deliciosa. Otros dirán que, durante el suceso no especificado, se toparon con unas maravillosas Mujeres pájaro de extravagantes alas emplumadas que les enseñaron a volar, y que fue así como se marcharon del teatro. E incluso habrá quien hable de unas mujeres que aparecían y desaparecían a voluntad durante el suceso no especificado; unas visiones divinas que despertaban en quien las observaba el más profundo deseo de benevolencia y unidad; tan fuerte era la emoción que acababa llorando y postrado a sus pies.
Los profesionales de la psiquiatría estudiaron a fondo la locura colectiva y las supuestas alucinaciones experimentadas comúnmente durante el espectáculo, y concluyeron que debía de producirse una narcotización a gran escala; a fin de cuentas, cada uno de los presentes recibía un paquetito de pastillas etiquetado como Aullido nada más pisar el teatro, además de un vasito de papel lleno de agua, y se le animaba «encarecidamente» a tragárselas ipso facto para «poner a prueba las nociones del bienestar y la percepción», así como para experimentar «los efectos más inmersivos de la performance». Podría ser que las drogas se hubieran administrado furtivamente; que se hubieran bombeado a través de los conductos de ventilación, aprovechando el sistema de calefacción y refrigeración de cada local. ¿Cómo saberlo? Y si el público no había sido drogado, entonces por fuerza debía de haber sido hipnotizado, razonaban los psicólogos, para que participara del imaginario del artista, pese a que Perra de noche dijera que
no había estudiado hipnosis ni era una profesional autorizada para ejercerla.
Si se quedaron hipnotizados, aclaró ella, fue algo totalmente involuntario por mi parte y una prueba fehaciente de la naturaleza fascinante del propio arte.
«La naturaleza subyugante del espectáculo no hace sino poner de relieve el talento artístico de Perra de noche», expresó Jen en un comunicado oficial a los medios para contradecir a los escépticos y a los detractores, para responder a quienes decían que el espectáculo no era más que «basura izquierdosa para colgados», que no era «arte de verdad» ni
«serio», sino un «numerito del montón» que pretendía deslumbrar y maravillar al populacho. «Los efectos experimentados al final del espectáculo suponen la culminación de más dos años de rigurosa práctica artística. Las experiencias a veces extremas que el auditorio siente en el espectáculo de Perra de noche recalcan el altísimo nivel de trabajo de esta artista, así como la capacidad transformadora del arte».
Y, como respuesta a quienes decían que su actuación era «de una brutalidad gratuita», que representaba «lo peor del arte de la performance»
y que era «una abominación que reunía los aspectos más viles de la humanidad para exhibirlos a la vista de todos», la propia Perra de noche explicó que su obra pretendía recalcar el aspecto brutal de la maternidad, cómo la violencia es la primera acción que lleva a cabo un hijo contra una madre que le ha dado la vida. Y cómo, pese a todo, la madre lo ama con el amor más poderoso que se conoce en el universo.
Este ser sale de nosotras, explicará en las entrevistas. Se abre paso rasgándonos, partiéndonos en dos, en un baño de dolor inconmensurable, sangre, excremento y pis. Si la criatura no llega al mundo de esta manera, entonces, con un cuchillo, nos es arrancada del cuerpo y, con ella, también los órganos, antes de meterlos dentro de nuevo y cosernos. Puede que sea la experiencia más violenta que viva un ser humano, con excepción de la propia muerte. Y esta performance tiene por objetivo hacer hincapié en la brutalidad, el poder y los aspectos sombríos de la maternidad, porque nuestra sociedad moderna los ha esterilizado y castrado. Al fin y al cabo, en el fondo somos animales, y negarnos tanto nuestra naturaleza animal como nuestra dignidad humana es un crimen contra la existencia. Es muy posible
que ser mujer y ser madre sean las fuerzas más poderosas de la sociedad humana, y por ello los hombres se han dado mucha prisa por intentar anularlas, pues hacen bien en temerlas.
Sus seguidores más fervientes llevan pequeñas insignias que preguntan.
¿Adónde vas de noche?, con la imagen de una perra feroz que enseña las fauces, a punto de atacar. Las insignias y demás productos de promoción son obra de Jen, que ha demostrado ser un genio de las relaciones públicas al crear una de las campañas más impresionantes del mercado, haciendo que aparezcan conejos en localizaciones peculiares y de gran repercusión, organizando actos relámpago por redes sociales, llegando a la cumbre de sus logros profesionales con un «misterio» creado con gran ingenio y ejecutado con exquisita maestría. Se disparan las ventas del antaño descatalogado Compendio de mujeres mágicas, aunque nadie, absolutamente nadie, consigue dar con Wanda White. Al investigar sobre la Universidad de Sacramento, los periodistas descubren que fue una institución efímera ya inexistente y que la propia White es un personaje que solo existe como perfil virtual en una escuela extinta.
Los pocos espectadores que consiguen dominar el pánico y no salir corriendo, aquellos de carácter tenaz e imperturbable —podríamos decir que poseedores de una «ecuanimidad de ingeniero»—, esta gente es testigo del final del espectáculo y ve a Perra de noche en el escenario, con un niño pequeño —su hijo— a quien le presenta el cuerpo inerte del conejo para que lo olisquee y lo acaricie. A medida que se va bajando el telón, esto es lo que ven estos pocos valientes: a una mujer salvaje y a su cachorro con el cuerpo todavía caliente de un conejo en las manos. Dirán que del dúo emanaba una belleza jamás vista, pese a las protestas de quienes dicen que someter a un niño a algo así es maltratarlo.
No, alegaban quienes habían estado presentes.
Estaban ante una mujer sabedora de que la vida discurría a través del misterio y la metáfora, sin más explicación, que contemplaba a su hijo perfecto, al que tenía ante ella; su hijo, una persona a la que había creado valiéndose de la magia más poderosa y que estaba justo allí, bajo la cegadora luz de los focos, como si no fuera un milagro, como si no fuera la cosa más imposible del mundo entero.
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