Canina
Capítulo 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
A lo lejos, oyó que su marido la llamaba desde el jardín de atrás de la casa, pero ella ya no era la mujer, madre y esposa que él había conocido.
Ahora era Perra de noche, y era la rehostia. Tenía la impresión de haber estado esperando este momento desde hacía mucho, muchísimo tiempo.
Fue abriéndose paso por las sombras. Pisoteó las petunias plantadas con mimo alrededor de la casa donde vivía su vecino de enfrente, un tipo llamado Stanley, que votaba a los Republicanos, jamás prestaba a nadie ni una herramienta de su amplísima colección, la saludaba a regañadientes cuando pasaba a su lado y no soportaba que su hijo diera ni un pasito en su césped, al que el viejo le prestaba las atenciones de una abnegada niñera; y que, es más, fulminaba con la mirada al pequeño y se quedaba cruzado de brazos mirando cómo la madre regañaba al nene y le instaba a volver con ella, sin tan siquiera sonreír cuando ella se disculpaba e intentaba bromear para rebajar la tensión.
Toma puto césped de mierda, se dijo para sus adentros mientras acuclillada en un lateral de la casa le dejaba un zurullo descomunal. Hincó las garras junto al montón de mierda y arrancó mazacotes de hierba y tierra.
Luego fue adonde acababa la parcela de césped y asomaban calvas de tierra en las que Stanley acababa de lanzar semillas de hierba, y pateándolas las envió a la acera.
Avanzó cruzando jardines traseros, pegada a vallas, evitando los círculos de luz proyectados por las farolas, hasta llegar al túnel que pasaba por debajo de las vías del tren, y luego al parquecito que discurría paralelo a
un arroyuelo. Sabía que había hombres sin techo que dormían allí, en los bancos, y una vez, yendo en bicicleta, se había topado con un grupo de hombres jóvenes pasándose una pipa. Normalmente evitaba pasar por el parque, porque tenía miedo de lo que pudiera pasarle allí, pero esa noche era el único sitio donde quería estar. El corazón empezó a latirle con fuerza cuando le llegó el olor de todos los animales y el tufo acre de los hombres dormidos en los bancos.
¡Podría arrancarles el pellejo mientras duermen!, pensó embriagada por una energía que la recorría por dentro. Estaba sobrecogida por su fuerza física, por la violencia que la inundaba. Quería aullar, pero lo que hizo fue arrastrarse sigilosamente por el sendero que cruzaba el bosque, pisando con suma cautela para no romper el silencio. El frío riachuelo del bosque fluía en los márgenes de su conciencia, y pensó en su gelidez nocturna y en su avance furtivo e implacable. En este sentido, era como ella.
A la luz de la luna, veía la vida nocturna que normalmente le estaba vedada a sus sentidos. Gusanos que trepaban por hojas, un asustado pajarillo en lo alto de un árbol. Bajo el pasto y la hojarasca, una serpiente se acercaba a un ratón, apenas alterando el aire. La noche era puro zumbido y chasqueo a su alrededor. La misma luz de la luna parecía vibrar y dar vida a todas y cada una de las cosas.
Se quedó paralizada, más tiesa que un palo, cuando entrevió al conejo junto al álamo. Se le erizó el pelo de la nuca, y enseñó los dientes. Levantó una pata y la volvió a posar en el suelo, y luego levantó la otra. Sus movimientos se volvieron casi mecánicos, lentos y comedidos. Debía ser una sombra imprecisa y vaga que engañara a la vista por el trampantojo de la luz.
El conejo movió la nariz, luego una oreja, y de un brinco se sumió en la oscuridad. Todos los músculos del cuerpo se le tensaron antes de estallar en puro movimiento. Se lanzó tras el animal, chocó con arbustos y destrozó maleza para atraparle la pata trasera antes de que pudiera desaparecer en un soto de zarzas.
Le atenazó el cuello con los dientes, y la pequeña bestia respiró dentro de su boca. La zarandeó violentamente de un lado a otro. Echando fuego por los ojos, la arrojó contra el suelo para ver si se movía, después volvió a
atraparla y la sacudió de nuevo.
¡Ah, el perfume de su miedo!
¡Ah, su cálida sangre!
¡Ah, el hundimiento de su cráneo al resquebrajarse entre sus dientes!
Cargó con el animal muerto en el morro atravesando la noche, el vecindario, hasta que estuvo detrás de su casa, en el rincón más alejado del jardín, donde cavó un hoyo poco profundo en el que enterrar a la criatura, su tesoro, su premio.
Después, vagó por el jardín. Husmeó el lugar donde se había tumbado su hijo unas horas antes, y el recorrido que había seguido desde la puerta hasta llegar al césped, los sitios donde sus manitas habían tocado la pelota azul que todavía estaba a un lado de la entrada. Olió la tierra y los neumáticos del coche. Olfateó los escalones de atrás, donde a la gata le gustaba tumbarse al sol, y después olisqueó la ruta que siguió la minina hasta llegar al patio y luego al jardín; siguió el rastro hasta dar con su sitio favorito, bajo el manzano silvestre. Allí percibió el perfume de las manzanas y todos los olores fantasma de las ardillas y los pájaros. Se tumbó y se revolcó en la hierba para hacer acopio de todos los olores en su pelaje y gimió de puro gusto; acto seguido se fue al contenedor de compostaje y al jardincito de piedras donde le gustaba plantar las flores de primavera, y allí estaba su olor, su olor humano; lo reconoció de inmediato.
No había tenido forma de saber que lo que de verdad había necesitado desde el principio —más que atención médica o psicoterapia, más que elegir la felicidad o corregir su actitud— era hincar los dientes en algo vivo y sangriento y sentir cómo se apagaba su esencia hasta que se convertía en algo inerte en proceso de putrefacción.
Ni tenía falta de hierro ni le había dado ningún ataque. No le pasaba nada de nada. Una noche, nada más. Una noche de violencia era lo que había necesitado. Una noche de pasar de lo que pensaran los demás, de cagarse donde le apeteciera, de que ningún ser vivo la necesitara, de no ser más que un cuerpo en movimiento en la oscuridad, una sombra, un fantasma de sí misma que solo respondía a los mandatos de su cuerpo.
Agotada, se acurrucó sobre la hierba para dormir.
Desnuda y calada por el rocío, hecha un ovillo, se despertó a la mañana siguiente a su correría nocturna, invadida por una sensación de bienestar hasta entonces desconocida para la madre o, mejor dicho, para Perra de noche. El sol empezaba a despuntar por el confín más alejado de la ciudad y bañaba el jardín trasero en una luz limpia y uniforme. Todas las briznas de hierba centelleaban. Todos los pájaros cantaban.
Se notaba descansada pese a haber dormido apenas unas horas bajo el manzano silvestre. Sentía una gran fortaleza y vigor en el cuerpo. No había estado tan despierta desde el nacimiento de su hijo, o incluso antes; no estaba grogui ni enfurruñada, sino de buen humor y (pensó) en perfectas condiciones de echarse una carrerita de buena mañana, aunque no lo hubiera hecho en su vida. Tenía las fosas nasales despejadísimas y la mirada vivaz. El pelo, al tacto, parecía limpio, y supuso que tendría la piel tersa, sin rastro de los años de dormir poco y de no beber suficiente agua y de no ponerse protector solar y de no comer suficiente lechuga.
Se desperezó, desentumeció los brazos para sentir el tirón de la piel contra el músculo, estiró las piernas despacio y a continuación extendió los dedos de los pies hasta oír un clac. Se levantó, y la columna le crujió de arriba abajo, luego alzó los brazos al cielo y dio un bostezo maravilloso, como solo había visto hacer a la gente en las películas.
Contempló el jardín, el despertar de las abejas y los insectos, la delicada luz de la mañana asomando por las ramas, las enormes y brillantes hojas de las hostas. No sabía que era posible estar tan bien, tan feliz, tan despierta y tan satisfecha.
Avanzó a hurtadillas hacia el garaje y tecleó el código para que se abriera la puerta. Se quedó agazapada mientras la puerta se alzaba con un chirrido mecánico demasiado ruidoso y después recuperó la copia de la llave que había dentro. Correteó furtivamente hacia la puerta lateral, cubriéndose, y la abrió, sintiéndose como debió de sentirse Eva la primera mañana que pasó fuera del jardín, pero, la verdad, menudo alivio.
Entenderte de una manera completamente nueva. No quedarte estancada en los «y si…». Saberlo todo.
El espejo del cuarto de baño le devolvió la imagen de un ser hasta entonces desconocido, con el pelo apelmazado y embarrado, la cara manchada de sangre y de tierra, las fosas nasales embadurnadas en una especie de alquitrán. Por cómo tenía las manos, parecía que se hubiera pasado semanas enteras trabajando en el jardín. En las piernas tenía marcas de arañazos que se entrecruzaban, de un rojo vivo. Se arrancó una espina de la planta del pie antes de meterse en la ducha.
Con el chorro de agua entró en calor, y vio desaparecer por el desagüe greñas y restos de pelambre. El barro de las manos y los pies. Los pedazos de hojas y ramitas que llevaba enredados en el pelo. Se le cayó hasta lo que se figuró que eran las puntas de sus colmillos, y las escupió en el agua turbia.
La apabullante sensación de tener razón, del ya te lo decía yo, de no haber perdido en ningún momento la cordura se apoderó de ella mientras se secaba, se ponía una camiseta limpia y fresca y se metía en la cama entre su durmiente marido y su durmiente hijo.
El quid de la cuestión era que no se había equivocado en nada. Ni en lo del pelo que crecía por todo el cuerpo ni en lo de los dientes afilados.
Tampoco se había equivocado con respecto a lo de la cola ni a lo del misterio de la jauría de perros que se presentó inexplicablemente en su patio delantero. De hecho, todo lo que había sentido había sido perfectamente razonable, y había dado justo en el clavo: no solo había acertado con lo de ser medio perra, sino que había tenido razón mucho antes con lo de estar enfadada y exhausta, con lo de no parecerle justo tenerse que quedar en casa, excluida de la población activa, haciendo un parón en su carrera profesional, en sus proyectos artísticos, en su vida, interrumpida indefinidamente, mientras su marido se realizaba como persona. No era justo que ocuparse de la crianza del niño estuviera infravalorado (era cosa de mujeres, como las tareas del hogar), que desde que pasó a ser ama de casa empezara, muy, muy despacio a desaparecer, hasta llegar a un punto en el que solo existía de verdad en presencia de su retoño. Cuando pensaba en cómo discurría su día a día, no era descabellado que se preguntara: sin él,
¿acaso existía ella en absoluto?
Sí, podía concluirse que ella era la ganadora de calle, pero precisar de qué discusión concreta ya era más difícil. Sentía que podía asumir sin miedo a equivocarse que había tenido la razón en todas las discusiones, por lo menos en las más recientes. Que en adelante podía confiar con toda seguridad en su juicio y en sus instintos, aunque al principio le pareciesen demenciales. Podía y debía sentirse justificada, regodearse en su certeza de haber estado en lo cierto; pero qué desesperante era no poder revelárselo a su marido, que en ese momento dormía a su lado.
No, de ninguna de las maneras podía revelarle su transformación a ese alma de cántaro, jamás. Aunque era un hombre bueno y sensato, no sabía qué le diría ni qué haría si ella le mostraba su yo más auténtico; su yo verdadero. ¿La llevaría de cabeza al médico o, incluso peor, al psiquiatra?
¿Acabaría rodeada de frascos de pastillas que embotaran su jubileo transformador o, mucho peor, lo interrumpieran para siempre? ¿Y si la internaba en un psiquiátrico y la separaba de su hijo? ¿Languidecería en una sala blanca, con los brazos y las piernas atados a una silla, vestida con una bata de tacto suave y mullido, mirando por la ventana con expresión ausente? Seguro que sería incapaz de entender que su transformación era algo natural, sano y reparador. Y de ninguna manera comprendería que su hijo estaba bien cuidado pese a sus tendencias caninas, pese a sus juegos perrunos.
Eso no se hace y punto, le dijo su marido con cara de circunstancias en la cocina la mañana siguiente a su transformación. ¿Qué es eso de llegar a casa y que no estés? ¿Y encima me encuentro al crío solo? ¿Y con ese perrazo?
Perra de noche lo miró impasible. Se cruzó de brazos y luego los descruzó como pequeño gesto benevolente. Se dijo que debía esforzarse por que la conversación fuera por buenos derroteros, no gruñir, no enseñar los dientes, no dejarse llevar por ningún arrebato de agresividad porque, la verdad, quería zanjar el tema con el mínimo alboroto, sobre todo porque no quería confesarle a su marido lo que había hecho la noche anterior, ni por qué se había tenido que marchar temprano. Quería que sus secretos siguieran siendo solo suyos. En aquel momento, eran lo único que le
pertenecía de verdad, algo que no tenía que ver con ser madre, esposa o mujer madura. Ahora sus secretos eran un bien casi tan preciado como lo había sido su arte y, al pensar sobre ello, se dio cuenta de que su arte también había tenido algo de secreto. La ensoñación de las ideas, la emoción contenida en silencio en su interior al empezar a trabajar, las cotas a las que soñó que llegaría algún proyecto, las horas de trabajo en solitario, los momentos de meditación y de imaginación, las conversaciones en soledad. Esa vida, ese arte que había creado tenía algo de secreto, íntimo y embriagador. Y era una sensación deliciosa, bella.
Hablar de un proyecto demasiado pronto podía echarlo a perder. Y
hablar demasiado de él una vez había concluido también podía convertirlo en algo vulgar.
Lo mejor era crear algo calladamente, en secreto, y enseñárselo después al mundo para que lo admirara sorprendido en todo su esplendor. Es igual que parir, pensó. Empujar algo desde lo más íntimo de tu ser. Que grite al llegar al mundo. Que sea perfecto y extraordinario, que sobren las palabras y baste con tenerlo en los brazos para presentárselo al mundo con una única palabra implorante: Mirad.
Sí. Su arte. Sus secretos. Debía conservarlos como propios, por muy poco que le quedara de ellos.
Su marido seguía esperando una respuesta, la que fuera.
Te dejé una nota, dijo, negándose a disculparse, negándose a ceder. Ni que hubiera desaparecido para siempre sin dar explicaciones. La nota que había tenido la perspicacia de dejarle en la encimera de la cocina decía claramente que había salido a airearse y que no volvería hasta el día siguiente, que necesitaba espacio, que no pasaba nada y que no se preocupara, que sentía dejar al niño solo pero que en el mapa que tenía en el móvil veía que el coche del marido estaba ya cerca —solo a unas manzanas
— y que no iba a pasar nada por marcharse unos minutos antes de tiempo, que se estaba desquiciando en casa y que necesitaba salir, que lo quería y que quería al niño y que los vería por la mañana.
A fin de cuentas, su marido nunca cedía. Jamás se disculpaba. Se limitaba a razonarlo todo para salirse con la suya (o lo intentaba). Seguía en sus trece, se explicaba con toda la calma del mundo y jamás atentaba contra
sus propios intereses. Pues en adelante ella haría lo mismo.
¿Acaso se disculpó él cuando le tiró al suelo su planta del cacahuete, que llevaba un año cuidando y con tanto mimo intentaba ganársela para que creciera? —¿por qué no daba un estirón?—, cambiándola de ventana según la estación, nutriéndola con agua de color azul fertilizada con polvo azul.
Cabreado un sábado por la mañana porque la madre había tenido la desfachatez de que se le pegaran las sábanas, en plena operación de prepararle el desayuno al niño y leerle un cuento e intentar vestirlo, el marido había ido a la basura a tirar una cáscara de plátano y, a saber cómo, con su torpeza y despiste habituales, había tirado la planta del alféizar de la ventana, y luego había recogido y metido la tierra rápidamente dentro de la maceta y encajado la planta de cualquier manera. Todo eso había hecho sin decirle ni mu, y cuando la madre se topó con aquel desastre, con los restos de tierra por el suelo y el alféizar, con la planta mustia, cuando vio el percal y se encaró con su marido, él le dijo, molesto, que la planta estaba puesta en muy mal sitio y que de todas maneras se habría acabado cayendo, dando a entender que él se había limitado a cumplir los designios que el destino tenía para la planta y que no tenía culpa de nada.
Había sido una insensatez intentar cultivar una planta del cacahuete.
¿Quién tenía una en casa? ¿Cómo iba a dar fruta en esas latitudes, tan al norte? ¿Cuánto tardaba en madurar? Y luego, ¿cómo se tostaban los cacahuetes? Todas esas preguntas y muchas más, obviamente, ya se las había hecho ella, pero aun así perseveró porque era divertido, porque era un proyecto solo de ella, porque era un gesto artístico de madre frente a la domesticidad aniquiladora.
No tendría por qué morirse, había dicho el marido, molesto. No hay razón para que lo haga. Plántala bien. Riégala.
Es lo que he hecho, le había contestado ella.
Bueno, pues no tiene lógica que la planta se muera porque se haya caído al suelo, siguió exponiendo mecánicamente, como si su razonamiento fuera a revivirla.
Me basta con que me pidas perdón, le dijo ella. Me sentiría mejor.
Pero es que quiero solucionarlo, dijo. Eso me haría sentir mejor a mí.
Discúlpate y ya está, insistió, pero él se fue hacia la planta, se puso a
toquetear la tierra, levantó el brote y se quedó mirando cómo se derrumbaba todo cuando lo volvía a dejar en su sitio.
Al final, después del incidente, pasó por su lado, de camino a la sala de estar, y rezongó: Perdona.
Habría querido pegarle una buena dentellada en el cuello o hacerlo picadillo con un bate de béisbol o gritar a pleno pulmón, pero en vez de hacer nada de eso se puso a lavar los platos que él había ensuciado durante el desayuno.
De modo que hizo hincapié en sus razonamientos, en que había dejado una nota, no se disculpó, dijo que marcharse era lo que había necesitado hacer en ese momento y que ¿alguien se ha hecho daño? ¿A que no? ¡Pues no! El marido escuchaba, protestaba, volvía a escuchar y al final se acabó calmando. Su hijo balbuceaba en la sala de estar, jugando con —¿qué otra cosa si no?— sus trenes.
Por un momento tuve miedo de que el perro ese fueras tú, dijo el marido con la cabeza gacha.
Ah, ya, claro, le dijo ella. Resulta que me volví perra, fíjate. ¿Pero tú te estás oyendo?
Bueno, como has estado diciendo que…, empezó a decir él, pero no acabó la frase, dudando de sí mismo y del territorio desconocido en el que se había adentrado.
No irás a decir en serio que…, añadió ella.
Se quedaron callados y luego se partieron de la risa. La agarró por la cintura y ella se abalanzó sobre él, y acabaron rodando juntos por el suelo, y luego fue el niño y también rodó con ellos.
En la casa se notaba un maravilloso vacío ese sábado por la mañana mientras la familia peleaba en el suelo entre risas, tocaba la ropa del otro y acariciaba la piel suave de brazos y piernas. Se quedaron sentados en el suelo, contando cuentos y bromas, jugando a juegos de manos y a hacerse cosquillas. El niño acariciaba el pelo de la madre y Perra de noche acariciaba el pelo del marido y luego se pasaron horas leyendo.
La gata deambulaba por la sala de estar, maullando desesperada, y el marido se levantó para ir detrás de ella con paso bamboleante y los brazos extendidos, un juego al que solo se entregaba cuando estaba de un humor
excelente.
¡Michi!, exclamó su marido, acosando al animal mientras este intentaba zafarse de él torpemente y con los ojos como platos de puro pánico. Voy a lanzarte al tejado y te dejaré allí para que te mueras de hambre, dijo, agarrándola por los dos lados de la convexa barriga, haciéndola desinflarse y chirriar, como si fuera un juguetito de goma de los de morder.
Puede que cuando esté ahí arriba un gavilán baje en picado y la atrape con sus garras, sugirió Perra de noche mientras le quitaba una pelusa de la pata que la gata no dejaba de sacudir, riéndose de su terror. Luego se la llevará en volandas y la dejará caer desde las alturas a una cantera muy profunda, donde excavadoras gigantes con ruedas tipo oruga atropellarán una y otra vez su cuerpo hecho pedazos.
Guau, dijo el marido, impresionado. Qué precisión.
Gracias, le respondió.
Perra de noche y su marido hicieron el amor aquella tarde mientras su hijo dormía en su dormitorio, a resguardo del sol, bajo la fresca brisa del ventilador de techo. Ellos, también en su dormitorio y a resguardo del sol, se unieron como jamás lo habían hecho. La actuación de su marido, el ingeniero, fue especialmente sensual, algo que sabía que era dificultoso para un hombre de su talante. Sin embargo, esa vez parecía que se había dejado llevar al morderle los hombros, lamerle el cuello, devorarla con besos hambrientos hasta que ambos, al fin, quedaron libres del lastre de su mente humana, de hipotecas y facturas, de la mugre del suelo, de las hormigas del armario; todo desapareció y allí solo quedaron ellos, juntos, dos animales vivos en una casa.
Que queden abiertas las puertas de par en par, que no haya ni una sola ventana cerrada. Que sean bienvenidos los bichos, la tierra, los alérgenos.
La familia transitó con toda libertad por varios mundos a la vez, entrando y saliendo, como la brisa.
Y, con todo, ¿no era extrañísimo (diríase que incluso más que la propia transformación de la madre) que el marido no pusiera ningún empeño en querer averiguar de verdad, activamente, de dónde había salido aquel perro con el que se había topado la tarde que volvió a una casa prácticamente vacía? ¿Acaso no era desconcertante que ese detalle no fuera cuestionado
en absoluto, teniendo en cuenta que era un hombre de ciencia, amante de las explicaciones racionales? ¿Y no era raro también que la madre no hubiera sentido necesidad alguna de justificar la presencia del can?
¿Podía quizá asumirse que hasta el marido —ese hombre de bien, centrado, digno de confianza, con su sensatez de ingeniero, su sentido común, su profundo apego por la realidad— había sido, en mayor o menor medida, hechizado?
El lunes por la mañana, hizo lo que cualquier persona completamente normal que se hubiese transformado en perro en los últimos días haría: sentarse en el váter con la tapa bajada y ponerse a buscar en Internet mientras oía a su marido y a su hijo ir de un lado a otro de la casa. Empezó con «qué sabemos de los licántropos» y «monstruos reales», luego pasó a
«metamorfosis» y a «indígenas americanos metamorfos», luego a
«cambiapieles» y «hechiceras navajas». Se dejó los ojos leyendo, pero lo que ella buscaba era una madre que se convirtiera en perra —una normal, mansa, que incluso pudiera ser un animal doméstico—, de modo que siguió con «mito de la madre» y « mater canis» (quizá poniéndolo en pseudolatín tenía más suerte con los resultados), «vello y hormonas», «hirsutismo posnatal», «humanos que matan animales a mordiscos» y luego, porque eso fue lo que le vino a la mente, «caníbales» y «cazadores de cabezas», y en ese momento supo que se había desviado mucho del tema y paró en seco.
Esa semana, pese a haber limpiado, el baño seguía hecho una porquería; el moho ganaba terreno entre las juntas de los azulejos, por cada rincón había pelos y detrás del cubito de la basura, un bastoncillo de algodón. Las toallas estaban colgadas de cualquier manera, y las sacudió con la mano como pobre intento de poner un poco de orden.
No pensaba ponerse a limpiar a fondo. De ninguna manera. ¡En realidad, por mucho que se esforzaba, no había forma de limpiar nada! Ya había decidido que tiraba la toalla. Dejaría que la casa se ensuciara hasta que, algún fin de semana, su marido acabara percatándose y haciendo algo al respecto. ¿Y si no pego ni sello?, se preguntó. ¿Y si dejo de hacer cosas?
¿Se dará cuenta? ¿Hará algo? Hasta entonces, sus conclusiones eran: no y
no.
Aunque la sesión amatoria del fin de semana ciertamente había sido reparadora para su matrimonio y para la actitud de Perra de noche hacia su marido, aquella especie de luna de miel embelesada no había durado más que un día. El domingo por la mañana salió a toda prisa de la cama para ir al baño, pues notó la inminente precipitación de la sangre en su interior, un aluvión que se derramó en el váter cuando se sentó y que la sumió en un gran alivio a la vez que desencadenó una oleada de agotamiento extremo, un proyecto farragoso del que debería ocuparse durante la semana siguiente.
Con la sangre llegaron también los resentimientos de antaño. El baño, sí, estaba sucio. Su marido, sí, se marchaba otra vez. Y si sería o no ella feliz y conseguiría realizarse como madre y como persona esa semana eran preguntas que de nuevo quedaban abiertas y pendientes de respuesta, suspendidas en el aire, burlándose de ella.
Se levantó del váter y se desperezó. Se miró en el espejo, observó las pronunciadas ojeras y luego se levantó el labio superior por ver si había algún rastro de actividad canina en los dientes. Nada de nada. Estaba decidida, una vez más, a salir de casa. Irían a la biblioteca, a los Biblionenes, para poder demostrarse a sí misma que ni se estaba volviendo loca ni estaba a punto de perder la chaveta. Aún mejor, estudiaría a fondo
—u olería a fondo— a Jen y a sus acolitas, solo para cerciorarse de que, bueno, eran mamis y no otra cosa. Mujeres. Homo sapiens que querían vender hierbas y nada más.
Sí, estaba haciendo lo correcto y razonable, se dijo mientras metía en la bolsa juguetes y pañales y toallitas húmedas y canosas para picar y agua y una muda para el nene por si las moscas. Sintió un extraño alborozo al despedirse con un beso de su marido, al salir de casa incluso antes que él y verlo diciéndole adiós con la mano desde el porche; el tipo parecía un poco alicaído, para qué negarlo.
Bueno, adióóós, voceó mientras le decía adiós con la mano.
Le intrigaba saber cómo alguien que se había pasado la noche entera campando a sus anchas por todo el vecindario, cagándose por ahí y matando animales y aullando, cómo esa misma persona podía levantarse unos días después para llevar a su hijo a hacer algo tan prosaico como leer cuentos en
la biblioteca del barrio.
¿Cómo puede ser que esté haciendo esto?, se preguntó a sí misma mientras se miraba las manos con las que agarraba el volante. La única huella que quedaba de su transformación era una franja de piel oscura en el antebrazo, una especie de marca de nacimiento. Sentía el impulso de lamérsela, pero se aguantó las ganas.
Aunque le había desaparecido casi todo el pelaje —la cola se le había perdido en el sotobosque y las garras se le habían retraído para convertirse otra vez en dedos—, seguía sintiendo con fuerza el latido y el jadeo del animal en el que se había transformado. Su sentido del olfato la había distraído aquella mañana, llevándola a limpiar rincones más y más recónditos de la cocina para poner todo su empeño en quitar hasta el último resto de moho y cebolla y carne. Anhelaba cuidar de su hijo como el cuerpo le pedía que lo hiciera: lamiéndolo y dándole cariñosos mordisquitos en los pies, aullando mientras jugaban y dándole de comer carne cruda. Y aunque su animalidad prevalecía, por dentro también seguía siendo la misma madre humana, con las preocupaciones e inseguridades de siempre, con la idea de triunfar profesionalmente, el lastre del fracaso, los piques maritales, la rabia feminista, etcétera. Todo eso había vuelto, pero transformado, en cierto modo. Sentía que podía soportarlo siempre que tuviera a Perra de noche.
Siempre que le quedara eso.
Perra de noche sentía que tenía derecho a tener secretos, pero eso no impedía que brotaran en ella sentimientos de profunda culpa precisamente por su celo por protegerlos. No contarle a su marido su transformación, guardársela como un recuerdo silencioso y seductor, hacer como si no hubiera ocurrido algo extraordinario que marcaba un antes y un después, como si la vida siguiera igual que siempre: el niño en la sala de estar entretenido con sus muchos juguetes con ruedas, el marido otra vez de viaje y la madre que se quedaba en casa, sin ningún cambio perceptible, ocupada con sus quehaceres domésticos y con su vida sencilla; seguir como si todo esto fuera verdad despertaba en lo más profundo de Perra de noche una sensación de temor. No acostumbraba a mentirle a su marido, cuando menos no en cosas tan importantes, pero le parecía de vital importancia guardárselo para ella.
Durante Biblionenes, las madres y sus cachorros se arremolinaban en la sala multiusos de la biblioteca, donde un vivaracho bibliotecario les enseñaba cuentos y marionetas y les cantaba canciones; después, los pequeños gateaban y andaban y se amontonaban unos sobre otros; una masa reptante de puños y pañales colganderos y cabezas demasiado grandes. Allí estaban, obviamente, Jen, Babs y Poppy, charlando animadamente como siempre, tan felices. Perra de noche se sentó en el último hueco disponible que quedaba en el suelo, más cerca de Jen de lo que le habría gustado, pues no sabía qué decirle ni cómo comportarse. Cuando sus miradas se cruzaron, Perra de noche asintió a modo de saludo formal, incómodo, y luego se puso roja como un tomate.
¿Eran ellas o no? ¡Menudo disparate era siquiera plantearse que esas mujeres habían acudido a su casa, le habían arrancado la ropa y luego le habían dejado una montaña de bichos muertos para su disfrute!
¡Iba a sentarse allí, a participar y a ser una madre normal! ¡Y punto!
Oía a las otras madres, las realizadas, hablar de las recetas que más éxito tenían entre los pequeños. Parecía que eran todas amigas. No miró a nadie a los ojos, prefirió clavar la vista en el móvil y se sintió un poco superior porque le importaban un comino los leggings y los aceites esenciales. Se veía como una mujer culta, interesante e independiente y no tenía ningún interés en parecerse a las madres felices. ¿Era porque no quería ser feliz? No, no era eso. Ella lo que quería era tener otra alternativa.
Todo el rato estuvo lanzando miraditas de reojo al núcleo duro de las Ribliomamis —a las que les chiflaba ser mamis y vender hierbas y mejorar a sus hijos constantemente—; la jefa de todas, por supuesto, era Jen, con sus pestañas rizadas y sus cejas definidas, con el corrector aplicado sin duda a conciencia para tapar cualquier marca, la imperfección más pequeña.
Llevaba hecha la manicura y la pedicura. Tenía las piernas depiladas.
Sonreía y charlaba con naturalidad sobre hierbas, sobre lo mucho que le gustaba Animami (a saber qué era eso) cuando se levantaba con gruñonitis, como si esa madre, esa Jen, tuviera la más remota idea de lo que era eso.
Perra de noche se moría de ganas de decirle: Pero ¿qué gruñonitis ni qué niño muerto? ¡Tú no tienes ni idea de lo que es eso! ¿Alguna vez les has gritado a tus gemelas, a pleno pulmón, a las tantas de la noche? ¿Te has
desgañitado, has echado el diafragma por la boca para pedirles que se durmieran? ¿Te has quedado lloriqueando a su lado cuando te han vuelto a pedir otro vaso de agua, algo más de comer, a las diez de la noche? ¿Has tirado la toalla y te has puesto a llorar a moco tendido delante de tus hijas, y han sido ellas las que te han acabado consolando? ¿Alguna vez te has encerrado en el baño veinte minutos de reloj para abstraerte con el móvil mientras tu hijo golpea la puerta y grita MAMÁ con toda la fuerza de sus pulmones hasta que se rinde, lloroso y, probablemente, traumatizado para el resto de su vida?
A veces —se moría de ganas de decirles Perra de noche para dejarlas pasmadas y sumidas en un triunfante silencio—, me imagino que me subo al coche y conduzco de día y de noche hacia el sur, lo más lejos posible, hasta que llego a una playa roñosa y pillo una habitación en un motel cutre donde me paso el día bebiendo piña colada en una tumbona de playa descolorida.
A veces —imaginaba Perra de noche que les soltaba a bocajarro en sus bonitas y felices caras—, fantaseo con abandonar a mi familia, con abandonar esta vida que llevo.
Así que no menciones la gruñonitis si no la tienes, quería gritarle.
Quédate calladita.
Mientras el bibliotecario les leía un cuento sobre un gigante tristón que solo quería que lo abrazaran, Perra de noche examinó detenidamente a Jen, hasta las casi imperceptibles arruguitas que tenía junto a los ojos y los restos blancuzcos de maquillaje depositados en los surcos. Esa otra mujer, esa mujer perfecta… ¿se había convertido en perro últimamente? ¿Había estado callejeando por la ciudad? ¿Cómo podía saberse qué madres se transformaban y qué madres no? Ella no era la única, ¿no? Una terrible soledad le aguijoneó el pecho al imaginar que era la única madre de la sala, del mundo entero, que vagaba por las calles silenciosas a la luz de las farolas, mitad mujer, mitad animal.
Perra de noche se sentía presa de una ansiedad mortificante. ¡Tenía que hacerse amiga de alguna madre! ¡Tenía que abrir la boca y decir algo! Por lo menos tenía que intentarlo: una sonrisa tímida, una palabra nada más. Era apremiante afianzar un vínculo humano real o acabaría volviéndose majara,
si acaso no lo estaba ya.
Lo único que tenía que hacer era decir, con buen ánimo: «Pero mira que es mono tu hijo» o afirmar con complicidad que «A nosotros también nos encantan los lacitos salados» o, poniendo los ojos en blanco y señalando a su nene, contarles que «Está obsesionado con los coches». También podría limitarse a preguntar: «¿Qué propiedades tienen estas hierbas que vais a vender?». Un comentario de pasada, lo que fuera, cualquier cosa que abriera las compuertas a una charla distendida a propósito de nada. ¿Por qué narices era tan difícil?
Miró a la madre que tenía a su izquierda, dispuesta a sonreírle, pero estaba liada rebuscando algo en la bolsa de los pañales mientras una niña pequeña berreaba a su lado con dos buenas candelas colgándole de la nariz.
A su derecha, Jen tenía los ojos cerrados y estaba canturreando mientras mecía en los brazos a una de sus sonrientes gemelas.
El bibliotecario leyó la última página del cuento, y Perra de noche le pasó los dedos por el alborotado pelo a su hijo y luego, distraídamente, por instinto, agachó la cabeza y le lamió el remolino que tenía en mitad del cuero cabelludo.
A medio lametazo —no le dio ni tiempo a lamerlo como era debido, la verdad—, Perra de noche se irguió como un resorte, como si le hubiera dado una descarga eléctrica. Se sofocó, luego sintió frío y otra vez calor; las orejas le abrasaban y se le pusieron rojísimas. Miró al frente, cerró los ojos y respiró hondo.
No me ha visto nadie, se dijo. Estaban todas ocupadas preparándolo todo para salir. Ha sido un lametoncillo de nada, un toquecito de lengua; ni se lo he acabado de dar. No pasa nada. Ni que fuera tan raro.
Se tranquilizó repitiéndose una y otra vez cosas que sabía que no eran verdad.
Al final se obligó a abrir los ojos y a echar un vistazo a su alrededor como si tal cosa, con todo el aplomo y la parsimonia, que fue capaz de mostrar. Allí no pasaba nada. No había hecho nada raro. ¿Y qué si le había lamido la cabeza? Puede que fuera un poco excéntrica, nada más. Su acción había sido peculiar y sorprendente, pero no una prueba fehaciente de sus correrías perrunas. Nadie que lo hubiera visto habría pensado: Anda, seguro
que esa madre se convierte en perro de vez en cuando.
No pasaba nada.
La madre de la niña de los mocos como candelas le estaba limpiando la cara con una toallita húmeda. La pequeña ya no lloraba y se estaba zampando unos Cheerios de un táper lila. Al otro lado, Jen charlaba con otras Bibliomamis. Todos los críos estaban entretenidos con los juguetes que había sacado del armario el bibliotecario: rampas de plástico para coches y bolas afelpadas de colorines, marionetas de dedo con forma de animales y piezas de Lego infestadas de gérmenes.
Sí, todo el mundo charlaba calmadamente, y nadie había visto nada.
Perra de noche respiró aliviada y observó cómo su hijo hacía rodar para atrás un coche, lo soltaba y se lo quedaba mirando mientras aceleraba y se estrellaba contra la pared, partiéndose de la risa.
Jen siguió con su perorata sobre las hierbas, y luego metió baza Babs para hablar de leggings, y Poppy tomó el relevo con sus aceites esenciales.
Se quejaban de sus maridos, de que quisieran enterarse de lo que hacían con las hierbas y tal; de cuánto dinero se gastaban en eso.
Yo es que a estas alturas, la verdad, si me dice que no está de acuerdo conmigo, voy y le pego un bocado en la pierna y no se la suelto hasta que no dé su brazo a torcer, dijo Jen, que acto seguido echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar una sonora risotada.
Es que hay que domarlos, convino Poppy.
Jen miró directamente a Perra de noche, que había tenido la antena puesta disimuladamente.
¿A que tú me entiendes? ¿Verdad que tengo razón?, le preguntó a Perra de noche, que se quedó petrificada y sonrió azorada mientras decía: ¿Qué?
Ah… Esto… Ja, ja, ja. Sí, sí, claro.
Porque ya sabes cómo somos en este grrrrrrrupo…, gruñó Jen, enseñándole los dientes, moviendo la cabeza de un lado a otro y abriendo mucho los ojos. Las Bibliomamis se rieron por lo bajo y Perra de noche los abrió incluso más mientras esbozaba una sonrisa apagada y recelosa.
Ja, ja…, dijo Perra de noche. ¿Ah, sí? Vale.
Mira, le dijo Jen. De verdad que tienes que saber lo de estas hierbas.
No necesito tomar ninguna hierba, contestó Perra de noche mientras
preparaba la bolsa por tener las manos ocupadas y metía dentro una botella de agua, un cartoncito de zumo y un camión que se había quedado tirado por ahí.
Oye, te doy mi tarjeta, dijo Jen rebuscando en su bolso antes de acercársele bastante para darle un rectángulo arrugado. No se la doy a cualquiera, solo a la gente que creo que destacará. O sea que échale un vistazo y ten la mente abierta. Ya lo verás, puedes ganar muchísimo dinero.
Es una oportunidad única. En ese momento se quedó callada y le dedicó una mirada elocuente a Perra de noche; una mirada que parecía ensayada, como si hubiera practicado ese mismo gesto en un círculo de sillas, bajo los fluorescentes de la sala de actos de algún hotel.
Perra de noche no sabía qué cara poner, qué tipo de emoción mostrar.
No solo la había dejado estupefacta aquel alarde de comportamiento animal proveniente de Jen —que le había enseñado los dientes y había sacudido la cabeza, algo particularmente extraño e impropio viniendo de la típica mamá rubia del medio oeste—, sino, sobre todo, el característico e inconfundible aroma de la cabellera de Jen que otra vez había advertido cuando esta se inclinó hacia ella para darle la tarjeta. Ajá: champú de fresa.
Perra de noche se dijo para sus adentros que, obviamente, todo aquello eran imaginaciones suyas. Ni que fuera tan raro usar un champú que oliera a fresa, ¿no? Y puede que ni tan siquiera fuera fresa. Podía ser perfectamente frambuesa o mango.
¿Y qué si esa madre tan amigable con esa melena rubia tan impecable olía igual que un perro misterioso que se había presentado en su jardín y había intentado llevársela lejos de casa mientras otros dos canes acostaban a su hijo? Se fijó en Babs y en Poppy, que flanqueaban a Jen. Poppy con ese pelo largo, tupido y matizado, y su constitución atlética y siempre alerta.
Babs tenía la piel de la cara y del cuello un poco colgandera y sí, su cara recordaba un poco a la de un perrillo tristón. Perra nocturna se habría echado a reír si no se hubiera quedado tan a cuadros. Era todo demasiado absurdo como para plantearse siquiera por un instante que esas madres completamente normales y corrientes llevaran una doble vida como perras.
Sí, era cierto que había deseado dar con otras que fueran como ella, pero ahora que ese anhelo amenazaba con convertirse en realidad, a Perra de
noche le entraron los sudores y se sintió abrumada por aquel contacto visual, por el olor a fresa, que ya había remitido, por lo extraño que era todo, por lo que había pasado ese fin de semana y lo que acababa de pasar allí, en Biblionenes, y por lo que a saber que pasaría en el futuro.
Ay, pobrecilla, qué sofoco llevas, dijo Jen con una mueca de preocupación. Ya verás como un poquito de Equilibrio hace maravillas, añadió antes de ponerse a hurgar de nuevo en el enorme bolso.
Ah, no, gracias, respondió Perra de noche mirando la tarjeta de Jen, que anunciaba qué era «Embajadora herbal» e incluía la coletilla «Vive la vida que mereces».
Gracias, de verdad, repitió Perra de noche, pero es que no necesito nada.
Luego se tumbó bocarriba en el suelo, inhaló unas profundas bocanadas de aire y se dijo que todo aquello eran imaginaciones suyas.
La cara de Jen ocupaba todo el campo de visión de Perra de noche, y la mujer agitó un paquetito de Equilibrio delante de sus ojos. Tómatelo, le dijo, y te encontrarás mejor. ¡Te busco en Internet!
Le dejó el paquete en el pecho y, acto seguido, desapareció, y Perra de noche se quedó allí, tumbada en aquel suelo de moqueta industrial, con su hijo subiéndosele encima una y otra vez, metiéndole la mano en la boca y repitiéndole: Mamá.
Perra de noche había manejado la situación extraordinariamente bien hasta ese momento. Había seguido con su vida aunque se hubiera visto invadida por sucesos desconcertantes y mágicos. Y por eso, a pesar de Jen, a pesar de sus gruñidos, de que le hubiera enseñado los dientes y de que oliera a fresa, a pesar de Babs y de Poppy y de sus rasgos posiblemente caninos según los miraras, Perra de noche perseveraría.
Quiso llamar a Jen: ¡Espera! ¡Vuelve, por favor! ¡Tengo muchas preguntas que hacerte! Pero era impensable decirle: Hola, ¿qué tal?, ya sé que no nos conocemos, pero… Ja, ja, ja; ay, es que la cosa tiene su gracia,
¿verdad? Oye, ¿tú te transformas a veces en un golden retriever? Mira, pues me lo preguntaba porque resulta que tu champú huele a fresa…
Pero el momento ya había pasado.
A la mañana siguiente, su hijo la despertó de golpe saltándole en la barriga desde lo alto del sofá, donde se había quedado dormida leyendo, una vez más, la parte de «Variedades domésticas» del Compendio.
Últimamente se había convertido en su sección favorita, ya que reconocía en sus páginas a mujeres a las que había conocido o de las que se imaginaba siendo amiga un día. La noche anterior, Perra de noche había leído el apartado de las Azules, una variedad preciosa que le recordaba a una amiga que se había ido a vivir a otra parte hacía mucho y a la que ahora, inspirada por ese pasaje, añoraba muchísimo.
«Nacidas cerca del agua», escribía White, «ya sea en la costa o a orillas de un mar epicontinental, las Azules son famosas por la intensidad y belleza de sus ojos, cuya gama de color va del añil plateado al profundo y meditabundo azul marino…».
Son amantes de la música y suelen tocar la mandolina o el ukelele; cierto es que cualquier pequeño instrumento de cuerda que sea un poco extravagante les vale. Las Azules, sin excepción, son muy espirituales (véase: Rituales [Solsticio], Herbología, Voluntariado), aunque no les apetece formar parte de religiones estandarizadas y se rodearán de un ecléctico y talentoso círculo de artistas, músicos, drogadictos en rehabilitación, capitalistas renegados, gente anciana, gente pobre, gente romántica, buscadores de todo tipo. Esta encantadora especie puede identificarse con facilidad gracias a su capacidad de conseguir que todas las mujeres que la rodean sincronicen su ciclo menstrual con el suyo, pues su fecundidad está entre las más potentes de todo el planeta (aunque casi nunca hallarás ninguna que se haya desposado con un hombre).
Las plantas que tiene en su hogar destacan por su excepcional salud.
Sorpréndela regándolas con el agua usada para lavar y aclarar sus compresas de tela y no te cabrá duda de que has dado con una auténtica Azul. ¡La fortuna te ha sonreído!
Se durmió leyendo y soñó con marmitas rebosantes de brebajes de olor dulzón, gotas de lluvia rojas como la sangre, huellas de hollín señalando el camino por un sendero arbolado y veteado por el sol, precedidas a lo lejos por el sonido de voces femeninas entonando un canto ancestral.
Así que cuando el niño la despertó de este sueño saltándole encima de tal manera que sintió que le había aplastado el hígado para siempre, la madre aulló, y mientras lo hacía deseó con todas sus fuerzas que una Azul apareciera en su sala de estar para hacer algo maternal y embrujador, quemar hierbajos y cantar algo, lo que fuera, para enderezar la situación.
¡Aaaaaaaaauuuuuuuuu! Su quejido fue tan atronador y persistente que el niño se puso a llorar.
Ay, lo siento, tesoro, dijo al fin, llevándose la mano al costado.