Canina

Rachel Yoder · Capítulo 3 de 5

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Canina

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Y solo entonces, al recordarlos, los acontecimientos de las pasadas semanas empezaron a cobrar sentido. Pues sí, lo había sabido desde que era una niña, habiéndose criado a la antigua usanza alemana, con sus ancianos padres en la ladera de los Apalaches, esos montes boscosos y lóbregos que guardan celosamente en sus valles un secreto de décadas, siglos. Observaba las manos de su madre, en continuo movimiento, bordando detallados ángeles de ganchillo con hilo fino, trabajando en el huerto y luego atando lo recolectado para colgarlo a secar en las viguetas de la cocina, limpiando, deshuesando la carne de una carcasa de pollo, metiendo los dedos entre las costillas, mirando a contraluz el hueso de la suerte para admirarlo, moviendo rápidamente de un lado a otro un cuchillo de pelar sobre un cuenco de fresas, montando las cajas de congelar, forrándolas con bolsas de plástico, vertiendo y atando con cintas y asegurando y amontonando, buscando entre matas más altas que ella miles de arándanos, con su pelo rizado, rascándose la cabeza, con los ojos cansados y cerrados, dándole friegas en el cuello a su marido, hiñendo la masa, buscando tenedores sucios bajo la espuma jabonosa. Se acordaba del tabardo azul marino que su madre llevaba todo el año en la cámara frigorífica y de su gruesa cremallera, de la fuerza con que la pasaba por los dientes para cerrarla antes de tocar cada hilera de carne congelada, como consolándola. Los cachos se mecían a su paso, como consolados. La solitaria bombilla de la cámara proyectaba una luz fría y descarnada sobre los músculos y los huesos. La niña había sabido a qué olía la sangre desde muy pequeña, y conocía las

consecuencias de la violencia. Su familia, su religión, se decía pacifista, pero la violencia estaba presente todos los días de su vida; la veía en las cabezas de pollo, en las cáscaras de huevo resquebrajadas, en los cachorritos de gato muertos en su madriguera, entre las balas de heno, en el cochino colgado de un trípode para desangrarlo, en los lentos cuerpos de los ciervos suspendidos en los árboles.

Su madre había querido ser cantante, de ópera. Tenía esa clase de voz capaz de elevarse a las alturas y de inhalar ese aire para transformarlo en algo nítido, diáfano y perfecto. En vez de eso, se recogía el pelo, se lo tapaba e iba a la iglesia para cantar armonías a cuatro voces todos los domingos. Integrarse era de virtuosos. Poner el interés del grupo por delante del propio era de virtuosos. De manera que eso fue lo que hizo durante toda su vida. Mucho tiempo atrás había cantado un solo en una misa de miércoles noche, cuando todavía era una niña, y ese día precisamente estaba entre el público un primo de fulanito o de menganito, un primo que venía de la gran ciudad en busca de un poco de color local. Tras el oficio, se acercó a su madre, secándose las lágrimas de los ojos con un pañuelo blanco inmaculado, para decirle que jamás había oído una voz semejante, que él se dedicaba al teatro y que sería su mecenas para que pudiera marcharse a estudiar a las mejores escuelas de canto de Europa, y le dio una tarjetita blanca. La escondió dentro de una cajita de música que tenía en su cómoda, pues su familia pensaba que el sueño de cantar en Europa era el colmo de la estupidez, el colmo de la vanidad. Se prometió que lo haría cuando fuera mayor, pero no sabía lo que le depararía el futuro. Así contaba ella la historia y así la terminaba, con ese «no sabía lo que me depararía el futuro», y su hija entonces siempre le preguntaba: «¿El qué no sabías, el qué?», muerta de curiosidad, tras lo cual la madre se pasaba un buen rato riéndose con ganas, mucho más de lo que parecía necesario, y le decía a la niña que se metiera en la cama, porque era tarde.

Durante un tiempo, incluso después de que la madre diera a luz a una niñita perfecta, se habló de viajar a Europa; tanto que la conversación casi se volvió ponzoñosa y amenazó con adentrarse en el terreno de la vanidad

—lo individual, le recordaba su marido, era de poca importancia para la iglesia—, y ya no se habló más. Su padre era un hombre de bien, pero su

madre era extraordinaria. Recordaba las cálidas noches de verano, cuando ella se sentaba descalza sobre el césped y las notas de una ópera emanaban del tocadiscos e impregnaban aquella extensión de hierba, ya negra, el aire negro y los árboles inmóviles. Así se dormía la niña cada noche, con la ópera brotando de las ventanas abiertas y su madre descalza con una falda floreada, tumbada en el pasto y mirando las estrellas. Una noche, soñó que su madre estaba fuera, sobre la hierba, y que era atacada por zorros, mapaches y lobos. Su madre maullaba como una gatita, y cada vez que uno de los animales la atacaba, ella le hacía mimos y le maullaba mientras la fiera la descuartizaba. La niña la observaba desde la ventana del sueño presa de la desesperación. Lo sabía, se dijo, siempre lo supe. Se despertó con la respiración agitada y bajó en busca de su madre, para comprobar que estaba bien, con el sueño todavía vivo pese a estar despierta; lo sucedido, una pura confusión. ¿Estaba su madre allí afuera, con los gatos? Pero si a su madre los gatos no le hacían ni pizca de gracia… No, un momento. Estaba cantando… Y vio, a la luz de la luna, que su madre seguía en el jardín, inmóvil. La niña temió que estuviera muerta y la llamó, y entonces ella se sentó de golpe y se secó la cara. ¿Por qué lloras?, le preguntó la pequeña, y su madre le dijo: No estoy llorando. Estoy cansada. Acuéstate.

Y pasaba que los garitos no dejaban de seguir a la niña, la habían seguido cada mañana en su larga caminata para coger el autobús. Ella lloriqueaba y les tiraba piedras, les regañaba por seguirla y les decía que volvieran a casa, pero ellos sabían que sus dedos tenían el sabor de la leche y querían chupárselos y resguardarse dentro de su chaqueta calentita. Les suplicó a sus padres que metieran a los animales dentro para que no la siguieran, porque se alejaban mucho de la casa y un día acabarían perdiéndose para siempre cuando ella se subiera en el autobús. Se los imaginó llorando todo el día en el sendero rocoso, hambrientos y ateridos de frío, y luego adentrándose en el bosque, donde serían devorados por un zorro. Se lo pedía a sus padres hecha un mar de lágrimas, y ellos no daban crédito a su desesperación. No les pasará nada, aseguraban desconcertados al ver llorar de aquella manera a la niña. Vas a perder el autobús, le dijeron, dándole un empujón para que se marchara. No se molestaban en vigilar a los garitos porque no eran más que animales, y la niña corrió con todas sus

fuerzas durante casi un kilómetro, la distancia que había hasta la parada del autobús, llorando y corriendo, con las piernas al rojo vivo y los pulmones llenos de gravilla, porque quería a esos garitos como si fueran sus propios hijos, les tenía mucho cariño, y a sus padres les daban absolutamente igual, y fue de esta manera como descubrió que los separaba un terrible abismo inabarcable. Se sintió muy sola mientras esperaba el autobús, con la cara mojada y los zapatos enfangados, y el aire de aquella época siempre era frío, mucho más de lo esperado, a la eterna sombra del bosque umbrío bajo un cielo sin sol.

Acudió a su abuela en busca de ayuda; era una mujer arrugada y prácticamente ciega que vivía en una casita erigida en los terrenos de la familia y que solo llevaba vestidos sencillos y zapatos sencillos y que sonreía siempre que se sentaba al sol. Era la madre de su madre, apenas hablaba cuatro palabras de inglés y se expresaba en un alemán enrevesado, pero aun así la niña fue a pedirle un conjuro, porque sabía que la abuelita tenía un libro lleno de ellos, en cuya gastada cubierta se veían símbolos hexagonales y otros dibujos que no conocía, y el texto estaba todo en alemán. Necesito un conjuro para que a los gatitos no les pase nada malo, le dijo a la anciana mujer, que estaba sentada en silencio en una silla de respaldo recto en su pequeño porche. La mujer sonrió y la cara se le iluminó, y le pidió a la pequeña que entrara en su cabañita, que olía a ajo, a tierra y a cera de velas. Cogió el librito de su mesilla de noche y hojeó las suaves páginas. La niña se estaba preguntando cómo podía leer aquellas palabras tan desgastadas cuando vio que la mujer de repente sacaba una lupa de la mesilla para poder verlas mejor. Estuvo un buen rato estudiando el libro hasta que encontró la página que buscaba, y luego se lo llevó a la mesa de la cocina, donde lo dejó abierto para ir lo consultando de cuando en cuando al tiempo que sacaba tarros de los estantes y ponía un pesado cazo de metal a fuego vivo. Con la niña mirando, echó en el cazo hierbas secas y frescas y una medida de agua concreta de la bomba manual que había en el tosco fregadero. Le dijo a la chiquilla que saliera al jardín para coger tres cabezuelas de diente de león, a lo que ella obedeció, y al regresar a la sombría casucha vio que su abuela echaba el cuerpo de un pequeño roedor en el bebistrajo. Cuando tuvieron todos los ingredientes listos y

preparándose, bebieron infusión de manzanilla hasta que el cazo hirvió, momento en que su abuela lo quitó del fuego envolviendo un trapo en el mango y se lo llevó hasta el vallado que rodeaba las tierras, y una vez allí echó aquel mejunje en ebullición por debajo de la cerca y a lo largo de esta mientras musitaba algo en alemán.

Ya está, dijo su abuelita, y la niña la abrazó por la cintura, recreándose en su olor. La quería más que a nadie. Al día siguiente, las malas hierbas que crecían donde vertieron el aguachirle estaban muertas, el ratoncillo había desaparecido y los garitos dormían tranquilos en su escondrijo cuando ella se marchó al colegio.

Su madre era buena y responsable y una santa, y siempre estaba abstraída en sus pensamientos, lejos de allí, o con jaqueca, o durmiendo o pidiendo que se la dejara en paz. Olvídate de tu abuela y de su libro. No digas tonterías. Haz el favor de ser sensata. Y la niña siempre creyendo que la madre la quería echar de casa; venga, vete, márchate, rápido. Se lo había tomado como una especie de abandono, pero ahora lo veía como lo que era: el amor de una madre que quería lo mejor para su hija. ¿Cuántas generaciones de mujeres habían postergado su momento de gloria para, al final, ver cómo el tiempo acababa aniquilándolo? ¿A cuántas mujeres se les había agotado el tiempo mientras los hombres no sabían qué hacer con el suyo? Qué artimaña tan perversa llamarlo abnegación o santidad. Qué maldad halagar a las mujeres por renunciar a todos y cada uno de sus sueños.

Hacía tantísimo tiempo que lo había borrado de su mente; tanto tiempo desde la última vez que había pensado en ello… pues desde que se marchara de casa se había sumido en el olvido, un olvido intencionado, porque olvidar su niñez significaba que había sobrevivido a ella.

Sus propios proyectos de hueso y madera, su labor de costura en la instalación del parque bebían de las habilidades adquiridas durante su tranquila crianza en los Apalaches. Sabía criar abejas, fabricar velas, cardar lana, usar una rueca para hilar, poner a secar cebollas y ajos, revelar fotografías con jugo vegetal, hornear prácticamente de todo, hacer cualquier tipo de trenza, cantar cualquier tipo de canción, seguir el rastro de un animal en el bosque. Sabía reconocer los puntos cardinales o distinguir a un

poni rápido de uno lento solo con mirarlo a la cara. Sabía todo lo que necesitaba para habitar una vida entera en soledad, y sin embargo era su marido —con sus habilidades electrónicas, con su ingeniería— quien ganaba el dinero, pese a que ella podía crear un mundo entero y luego, además, crear a una persona para que viviera en él.

¿Y qué decir de esa persona, su hermoso niño? Abría los ojos cada mañana y la primera palabra que decía era «Mamá». Necesitaba que lo levantaran de la cama —era tan menudo y estaba tan soñoliento—, que lo vistieran, alimentaran, bañaran, que jugaran con él, le cantaran, le hicieran cosquillas, lo lanzaran en volandas, lo persiguieran. Todo el rato le decía:

«Mira, mamá», cada segundo de su vida. A veces le ponía la manita en la cara y le movía la cabeza para que mirase adonde él quería. Y en este gesto ella veía un futuro inminente, un futuro donde todo giraba alrededor de este niño: cuándo despertarse y cuándo dormirse, adonde ir y qué comprar, la orientación de la mirada misma de la madre. Si no iba con cuidado, el pequeño acabaría concibiendo el mundo como un lugar que acomodaba cualquiera de sus caprichos, y eso era precisamente lo que quería hacer ella, porque lo amaba, pero en los momentos más difíciles —como cuando, por ejemplo, sostuvo el cuerpo inerte del gato con las manos ensangrentadas—

se dejaba llevar por el rencor hacia la pobre criaturita, cuya vida estaba destinada a ser plácida, sabiéndose cuidado y teniendo todos sus deseos satisfechos, sabedor también de que el mundo era suyo, de manera muy real. No quería negarle cosas ni complicarle la vida, pero ya sentía aquella pulsión en su interior, la de responsabilizarle de manera fundamental, la de decirle que no, no y no, y sí, intentaba criarlo en contra de todo lo que le decía o intentaba decirle el mundo entero al niño; intentaba decirle: «Mira, no soy solo tuya, no estoy aquí solo por ti», pero luego claro que era suya, toda entera.

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