Chile Mutante

Diego Escobedo · Capítulo 5 de 9 · parte 3/3

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Chile Mutante

El viajero del tiempo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Me aferré a los barrotes. Era inútil intentar abrirlos por la fuerza. Solo pude contemplar el ambiente de pesadilla en que me encontraba inserto. Mal iluminado por antorchas y unas esferas llenas de un líquido brillante que desconocía. Había varias celdas como la mía repartidas a lo largo del caracol, pero solo distinguí a seis de ellas ocupadas. Los prisioneros parecían ser jóvenes tenten, pero no vi a Coya en ninguna parte. Se veían cansados, desnutridos, y con las ropas sucias y rasgadas. Claramente llevaban mucho más tiempo allí.

Las extrañas criaturas, en cambio, andaban casi desnudas dentro del caracol. No portaban más armas que cuchillos y mazas, similares a las de los cavernícolas. Los observé con cuidado. Sus modales eran rudos, y constantemente se peleaban entre sí, a veces sin razón alguna. Solo con pantalones puestos. Casi todos poseían una serie de tatuajes, con forma de líneas circulares similares al curso del viento o del agua, en tórax y espalda.

Por repugnantes que eran los caicai, algunos conservaban más rasgos humanos que otros. Su piel, en especial en torno a las articulaciones, era abombada, rugosa y grisácea. Las orejas eran pequeñas, y muchos de ellos no poseían más de una docena de delgados, pero muy largos pelos, que colgaban de la coronilla de sus cabezas. Si bien poseían branquias, también tenían narices, planas y disminuidas, lo que me llevaba a pensar que los caicai eran anfibios. Sus figuras eran encorvadas y bajas, y por lo que observé, no tenían pulgares, solo cuatro largos y flexibles dedos. Algunos especímenes los tenían unidos por cartílagos membranosos.

Fue entremedio de estas observaciones que me tocaría ser testigo de una horrorosa escena. Tras una pelea entre dos caicai, uno de ellos se dirigió a una de las celdas donde había una joven tenten en posición fetal. Ésta se arrinconó aterrada cuando el ser entró. La sacó a la fuerza, entre gritos y forcejeos. La joven, de cabello castaño y muy pálida fue arrastrada hasta un punto donde se intersectaban tres rampas distintas. A medida que avanzaban, los fueron siguiendo docenas de caicai, expectantes a lo que se venía. Finalmente, la criatura anfibia arrojó a la joven al piso.

Monstruoso se queda corto para describir lo que pasó. Con un salvajismo, y una maldad que nunca antes había visto, el ser violó a la indefensa mujer, mientras las demás bestias se arrojaban sobre sus extremidades para devorarla. Desde donde estaba, pude ver la expresión de miedo y dolor en sus ojos. Sus gritos, de un pavor inconmensurable, fueron de tal magnitud que retumbaron hasta lo más profundo del abismo que nos rodeaba, quebrando hasta la voluntad del más fuerte.

Cuando ya no quedaba carne que devorar, se armó una trifulca entre aquellos monstruos, que terminó con peleas a cuchillazos; y con el perdedor de la pelea siendo devorado por sus propios compañeros, mientras éste aún respiraba. Reducido a solo huesos en cosa de minutos, sus restos fueron arrojados hacia la fosa.

Más adelante me enteraría que la fosa subterránea conectaba directamente con las lagunas que vi allá afuera. El valle de Santiago se encontraba semi inundado e infestado de estos horrendos hombres— peces, que pululaban principalmente en el agua, donde llevaban una existencia salvaje. Y de vez en cuando se aventuraban a la superficie en busca de alimento, donde también mantenían pequeños atisbos de civilización en esos rancios y enormes caracoles.

Traté de ordenar un poco mis ideas, y de explicarme la presencia de estos horrorosos fenómenos en el Santiago del año cien mil. Recordé lo que Vicuña Mackenna y Larraín decían de la degeneración biológica y social. Pero no, esto era mucho más que eso. Por lo visto, la evolución del hombre había seguido dos derroteros completamente distintos. Por un lado, los Tenten, seres sanos y hermosos, y en contraste estos horribles monstruos caníbales. Involución completa del ser humano a algún estadio anterior de la cadena evolutiva. Un eslabón perdido, primitivo y salvaje. Esa había sido la condena del hombre tras miles de años de decadencia y sufrimiento en una tierra muerta y sin recursos. Una supervivencia con cuestionables resultados.

Con la imagen de la monstruosa escena aún vívida en mi retina, me propuse a salir de allí. Tenía que ser listo, necesitaba un buen plan para escapar. Miré a mí alrededor, y distinguí a mis secuestradores solo un piso más abajo, hablando entre sí, aparentemente sobre el misterioso objeto que me había confiscado. Lo olfateaban y escudriñaban como si no lo conocieran. Tenía a mi favor el hecho de que no la pudieran usar, pues no poseían pulgares oponibles.

Por mi parte, en mis manos tenía mi improvisado puñal de madera. Tenía que pensar muy bien lo que iba a hacer. Divisé unas pequeñas piedras a un costado de la celda, y recordé el juego que hacíamos con Pincoy. Tras una rápida reflexión, decidí lo que tenía que hacer, y reuní algunas de las piedras. Con mi mejor puntería, las arrojé directo a la nuca del caicai que le presentaba a su grupo mi arma. La primera no llegó. La segunda pareció no sentirla, pero ya a la tercera hubo una reacción. Se dio vuelta, lo que coincidió que la cuarta le diera justo en la nariz. Y un grujido bestial fue emitido por sus fauces, el cual fue replicado por algunos caicai que lo rodeaban. Procuré mantenerme sereno, y aparentar la sonrisa más burlona que pude ¡Oye tú, pescado apestoso! Le espeté, aunque sabía que no entendería mis palabras. La provocación había funcionado, el ser le entregó el arma a otro caicai, y se aproximó con fuertes zancadas y un mazo que cogió en el camino.

Se acercaba a paso rápido, y yo apretaba firmemente la madera entre mis manos. El caicai abrió con mucha furia la celda, me gritó algo en su impronunciable dialecto, levantó la maza y la abalanzó contra mí. Aunque estaba echado en el piso cuando entró, me giré ágilmente y esquivé el golpe. Me levanté y le saqué provecho a mi estatura. Forcejeamos un rato (para ser pequeños eran bastante fuertes), su cuerpo era húmedo y resbaloso, pero conseguí mi objetivo y le inserté mi pequeño puñal de madera directo en la branquia izquierda. El alarido que emitió la bestia iba más allá de las cuerdas vocales normales. Empujé y giré para que no cerrara la herida. La sangre corrió a borbotones, y el caicai tambaleó hasta desplomarse en el piso. Mi arriesgado plan había resultado. Afuera los caicai esperaban el resultado del escarmiento. Muchos no alcanzaron a decepcionarse, pues saqué el cuerpo arrastrándolo de la celda, y lo arrojé al grupo. Tal como esperaba, se dieron un festín.

Mientras todos los demás comían, dos de ellos corrieron hacia mí. El primero que llegó, logré inmovilizarlo con la maza del difunto caicai. El segundo todavía tenía su capucha puesta, y portaba mi pistola colgando en su cinturón. Aunque no la usó, fue más difícil enfrentarme a él. Le asesté varios golpes en la cabeza, pero mis puños parecía que no le hacían nada. Me asestó varios golpes en la boca del estómago, para posteriormente hacerme zancadilla y derribarme. Se arrojó encima de mí y continuó castigándome en el piso. Me deshizo la cabeza a golpes. Cuando pensé que no podía hacer nada, con todas las fuerzas que pude sacar, me incorporé y dirigí mis manos a su cuello. Apreté en el punto débil de su especie, las branquias. Clavando mis uñas entremedio de las agallas, el caicai chilló fugazmente y logré quitármelo de encima.

Mi vista recayó sobre una antorcha fuera de la jaula. La extraje de su lugar, y la usé para ahuyentar a mi agresor. Lo hice retroceder algunos pasos, luego me lancé sobre él, presionando la antorcha contra su cuerpo. Sus ropas ardieron en llamas, y el caicai lanzó quejidos de dolor. Se fue quitando sus prendas, que resultaron ser varias. Entre ellas el cinturón. Aún con la capucha encima, y gritando desesperadamente, se arrojó al pozo. Pero no llegó al fondo, sino que cayó en una rampa dos niveles más abajo, justo donde había unas viejas máquinas de madera. Así, las llamas se expandieron rápidamente por ese nivel.

Yo me acerqué a las ropas que había dejado atrás, y apagué las llamas con mis zapatos. Encontré la pistola, sin daño aparente (¡era increíble como resistía el paso del fuego y del tiempo!), la limpié y la llevé conmigo.

Aprovechando la confusión, y el incipiente incendio, descendí al piso donde se encontraba la mayoría de las celdas. Luché contra el carcelero. Afortunadamente nadie vino en su ayuda, todos estaban tratando de controlar las llamas. Finalmente utilicé la pistola. Se repitió el mismo luminoso espectáculo que desaté en la superficie. Una bola de energía desintegró en menos de un instante la cabeza del caicai. Su cuerpo, cercenado e inmóvil, cayó al piso. Y yo terminé agotado, necesité unos momentos para recuperar el aire tras el disparo. Si había alguna técnica para usar esa extraña arma yo no la conocía, solo sabía que extraía bastante de la energía vital de quien la usaba. Registré el cuerpo, y encontré las llaves.

Fui liberando uno por uno a los jóvenes tenten, pero ninguno de ellos salió sin algo de reticencia. Tenían miedo de escapar, no sabía lo que les esperaba. A punta de puros gestos logré hacer que me entendieran y que corrieran hacia la superficie. Le pasé a dos de ellos el cuchillo y el mazo del carcelero, pero ninguno se atrevió a portarlos. Exasperado, les grité que corrieran. Más por miedo a mi ademán, que, por supervivencia, me hicieron caso. Los guié hasta la salida, y les dije, chapurreando palabras en su idioma, que se alejaran lo más posible de ese infernal caracol. Yo fui el único que no salió, todavía no encontraba a Coya.

Estuve a solo unos metros de la salida, por donde se filtraba la luz solar; pero volví a descender, esta vez mucho más abajo. Y ya con las llamas apoderándose de la estructura. Curiosamente no se veía ningún caicai. O se había escondido, o se arrojaron al pozo, supuse. Busqué y busqué, descubriendo caminos y escaleras bastante enredados a medida que descendía.

El eco de un grito en la oscuridad me orientó. Era ella. Tenía que seguir, a pesar de las llamas. El humo se disipó un poco, y pude distinguirla. Ella y un caicai, en el borde de un amplio balcón, en el mismo nivel en que me encontraba. Corrí hacia ellos, al acercarme la expresión de Coya me nubló el ánimo. Ya no era la niña sonriente que había conocido. Sus ojos morados, con evidentes símbolos de haber sido golpeados, solo reflejaban desesperación. Su rostro estaba sucio, y sus ropas hecha tiras. No quise ni imaginar lo que le había hecho esos monstruos.

El caicai la sujetaba por atrás, tapándole la boca con su viscosa mano. Parecía que quería arrojarla al abismo. Me acerqué, desafiante. Le grité que se detuviera, y lo apunté con mi arma. Lejos de intimidarse, la criatura sonrió ante mi presencia.

Apunté decidido, pero repentinamente varias manos me sujetaron por atrás y trataron de quitarme la pistola. En medio del forcejeo, terminé accionando el botón, y disparé una suerte de bala loca hacia el techo. Un resplandor azul iluminó el lugar cegándonos a todos. El impacto dejó una enorme abertura sobre nuestras cabezas, que iluminó el obscuro incendio en que se consumía el caracol con unos últimos rayos solares. Yo caí de rodillas al piso, rendido y agotado. Me encontraba rodeado de caicais, uno de los cuales me quitó la pistola y la arrojó al pozo. Había caído en la trampa, otra vez. Me arrastraron hasta el centro del balcón, donde todos sacaron sus cuchillas. Con sus fauces abiertas y babeantes, se acercaron a mí. Con paso amenazante, sus ojos me degustaron. Estaba acorralado, y débil. No me quedaban fuerzas, ni ideas para librarme de lo que venía. No había escapatoria.

Repentinamente un alarido llenó el caracol. No era ni de un caicai ni de un tenten. Confundidos por el fenómeno, los hombres anfibios miraron al cielo. Entonces descendieron, como ángeles, los tenten montados en sus blanquísimos y altivos cóndores. Ángeles venidos del cielo hasta ese profundo abismo del infierno para auxiliarnos. Me sentí como en un cuadro de Miguel Ángel. Los caicai se dispersaron, se escondieron donde pudieron, otros tantos se arrojaron al pozo de agua.

Contemplé con horror como el anfibio que aprisionaba a Coya se arrojaba con ella, dejando tras de sí un estremecedor grito de la joven tenten. Corrí hacia la orilla. Temí que ya la había perdido, pero tras unos segundos de incertidumbre, la vi aferrándose a una especie de escalera de incendios que colgaba del balcón. A duras penas comenzó a escalar, acercándose poco a poco. Yo estiré mi mano para asir la suya, pero algo la hizo súbitamente retroceder. Allí descubrimos con horror que un caicai (uno distinto, quizás oculto de antes en la escalera) la estaba jalando de las piernas. Haciendo un sobrehumano esfuerzo, Coya intentó subir. Logré tomarla de ambas manos, pero estaban muy sudadas. Terminé sujetando el peso de la joven y del monstruo, que colgaban a docenas de metros de un foso de horrores y secretos.

Dos cóndores intentaron acercarse para ayudarnos, pero en eso vino el contraataque de los caicai. Y arrojaron a los invasores voladores todo lo que tenían: piedras, maderas, fierros, material prendido en fuego, y las esferas amarillas, que, por lo visto, también eran combustibles. Uno de los cóndores ardió en llamas, y sus desesperados revoloteos por la caverna incrementaron la confusión general.

El caicai comenzó a trepar, y a hacer fuerza, por las piernas de Coya. Ella me miraba desesperada. No iba a aguantar mucho más. Llorando, balbuceó unas palabras en su lengua. Su expresión era la de una persona quebrada por completo. Insistí en que no se rindiera, que no la soltaría, que tenía que ser fuerte.

Pero no pudo hacerlo. El caicai mordió su tobillo. La inyección de sus dientes salpicó una buena cantidad de sangre, y le sacó un profundo alarido a Coya. Ésta me soltó.

—¡Coya! —exclamé, con todas mis fuerzas.

 

V

 

Jamás olvidaré su rostro desecho, sus brazos y piernas siendo agitados desesperadamente, y cayendo en la obscuridad más profunda. Perdiéndose entre las sombras con sus desgarradores gritos.

Había fracasado. Apenas pude sentir el chapuzón de la caída. Quedé en estado de shock por un buen rato. Esa niña había muerto por mi culpa, y yo no pude hacer nada para evitarlo. Todo ese viaje, todos los descubrimientos, todas las peripecias pasadas… había logrado salvar algunas vidas, pero no la que más me importaba. El futuro me había vencido. Ese horrible futuro al que nunca debí haber ido.

Mientras digería esa tragedia, recostado en el balcón y mirando al abismo, se realizaba sobre mi cabeza una extravagante batalla entre las dos especies del futuro. Los cóndores resultaron ser, además de transporte, armas bien efectivas contra la raza de anfibios. Uno de los tenten voladores descendió y me indicó que subiera a su cóndor. Con una inusitada lentitud, le hice caso.

Salimos sin mayor problema del caracol, dejando tras de sí una ola de caicais muertos. Era cerca de una decena de cóndores los que componían el escuadrón de rescate. Sobre sus lomos llevaban, junto con los rescatistas, a los jóvenes tenten que liberé poco antes de volver por Coya. Sobrevolamos uno de los lagos del sur del valle, y observé con gran sorpresa a uno de los cóndores descender en un veloz vuelo a ras del agua. Y en un rápido movimiento, recoger con el pico a uno de los caicai (este estaba completamente desnudo, por cierto). Y se lo llevaba en la boca como si fuera un pescado más.

Volvimos cuando el sol ya estaba escondiéndose. El regreso al hogar de los cóndores tampoco estuvo exento de sorpresas. Allí me enteré que los jóvenes prisioneros llevaban semanas perdidos. Algunos no eran de la meseta, sino de montañas más al sur de la cordillera. En general, el clima era de alegría por el regreso de los extraviados. Vi a pocos lamentar la muerte de Coya, principalmente al pequeño Pincoy. El niño me gritó e hizo una rabieta en cuanto me vio. No me volvió a hablar más, y no lo culpo. Sin su hermana, que era mi única amiga en esa pequeña sociedad, los tenten dejaron de dirigirme la palabra. No quise volver a la casa de Coya.

Pasé la noche en el lago ubicado a los pies de la meseta, alimentándome de peces, como me enseñó Coya. Me senté en la orilla, y procuré despejar mi mente. Había sido un día macabro, y la consciencia arremetía contra mis pensamientos. Observando el estanque, diáfano y espejo de la luna llena, me pregunté si alguno de esos extraños pecesillos brillantes y dulces que daban vueltas en él, no estaría emparentado evolutivamente con los hombres—peces de más abajo. En algún minuto, acosado por la fatiga, me recosté de lado, siempre mirando al estanque, y puse mis manos a modo de almohada. Tras varias horas de meditación terminé, sin darme cuenta, por quedarme dormido. El clima y lo cómodo del pasto lo hacían una experiencia bastante amena. El sueño cayó sobre mí junto con la esperanza de despertar de nuevo en mi hogar, en mi cama, y en mi tiempo.

Dormí bastante, más de lo que suelo descansar. No me despertó el sol, sino las risas y gritos de los tenten. Alguien se había tomado la molestia de poner una frazada sobre mí, jamás averigüé quién. La dejé sobre una banca, y me dirigí a la multitud de dónde provenía el ruido. Los tenten se había agrupado en torno a una especie de corral, solo que no había animales de ganado en su interior. Había un árbol, del cual colgaba un caicai amarrado de los pies y agitando los brazos. En el suelo, había otros tres de su especie. Todos en lúgubres condiciones. Uno de ellos tenía las cavidades de los ojos vacías y sangrantes, y buscaba a tientas algo de qué aferrarse. Los otros dos estaban amarrados de pies y manos en el piso, y se agitaban en el pasto como auténticos peces. A los tres, los tenten les arrojaban piedras. Después arrojarían tomates podridos y otras frutas. El invidente, tratando de defenderse de ese ataque, terminó tropezándose.

Yo no pude evitar sentir cierta compasión por el caicai ciego, impresión que nadie más parecía compartir. En los ojos de los tenten se veía un placer sádico, de ese que solo se ve en las facciones de los hombres en guerra (yo mismo lo vi en varios de mis compañeros de armas en Sudáfrica). Después de eso, un tenten bastante alto y de rostro severo, entró al corral con un látigo en la mano. Desató a los cautivos, y los llevó a punta de latigazos fuera del perímetro.

La tranquilidad que sentía de haber despertado de la pesadilla del día anterior se había esfumado.

De la incursión de rescate, los cóndores habían vuelto con al menos dos docenas de caicais capturados. Eran el precio que había cobrado por la pérdida de una de los suyos. Se los había repartido entre diversos grupos, que se entretenían con ellos de las maneras más brutales. Los amarraban a los árboles, y los niños les arrojaban piedras. Otros, eran amarrados de pies y manos y tirados al piso, donde los niños los molían a golpes de palo y patadas.

Los inquilinos de Coya agarraron a uno y, entre carcajadas, le rellenaron las branquias con una especie de pegamento. Posteriormente les amarraron una piedra muy pesada a los pies y lo arrojaron al lago. Hicieron una apuesta, para ver si sobrevivía. A los cinco minutos el agua se revolvió entre pataleos furtivos y el caicai llegó a la orilla, desamarrado, y desesperado por el oxígeno. Tras unos aplausos, los tenten que perdieron la apuesta le cedieron tres cigarros de la planta estimulante que tanto les gustaba consumir. Mientras fumaban, dejaron al caicai yacer de boca al sol, agitando su respiración y su vientre violentamente. Progresivamente, éste último dejó de moverse. Los tenten volvieron a intercambiar los cigarros, y luego hicieron un silbido para atraer a un cóndor. Éste le abrió la panza con su pico, y comenzó a devorar las entrañas. No tardarían en llegar otros dos cóndores a acompañarlo. Devoraban el cuerpo inerte de esa criatura como si fuera un pescado más.

Mientras lo devoraban, me fui percatando de lo humano que eran esas criaturas por dentro. Los mismos huesos, las mismas vísceras, y el mismo instinto de supervivencia. Grotesco cuadro, que evocaba inmediatamente en mi mente la imagen de un hombre siendo devorado por aves de rapiña, cual Prometeo. Se me revolvió el estómago, y también la consciencia.

No dije nada, solo los observé calladamente. En parte porque ni yo consideraba a esas criaturas humanas, por lo visto para esta sociedad eran menos que animales. Pero mi impresión fue cambiando a medida que las represalias se tornaron más y más violentas.

Mi repudio a esas bárbaras prácticas llegó a su punto culmine hacia el final de la jornada. En un anfiteatro bastante espacioso y alto, se reunieron casi todos los tenten que habitaban la meseta. Estaba hecho de roca caliza, y frente a éste yacía una amplia explanada donde se agrupaban los asistentes. Era bastante similar a un foro griego. Estaban expectantes, y aún animosos tras el día de vejaciones contra los caicai.

Sobre el escenario estaban los más altos y apuestos miembros de los tenten. Tres de ellos los había rescatado yo mismo del caracol, ya no tenían el cariz de terror en sus rostros, sino todo lo contrario. La cólera se refleja en sus semblantes. Tenían todos unos curiosos indumentarios, usaban uniformes, ¡el mismo uniforme azul que vi en las ruinas de Santiago! Habían agregado al traje una banda blanca en el brazo derecho, con bordes dorados. Tenía unas palabras en su idioma, escritas con un extraño alfabeto, y el dibujo de un cóndor con las alas bien abiertas.

El público pasó de las risas a los silbidos. Después a los gritos. Exigían que empezara la función. Y así fue. Subieron al primer caicai, éste se encontraba en deplorables condiciones. Cojeaba arrastrando un pie izquierdo ensangrentado, sus branquias estaban inflamadas, y su torso y espalda eran recorridos por largas cicatrices de látigos. El miserable ser subió al escenario arrastrando unas pesadas cadenas. Se le acercó un hombre uniformado de ojos color miel, rubio y de mentón cuadrado, que parecía dirigir el “espectáculo”. Lo primero que hizo al tenerlo frente a frente, fue sacarse su guante de la mano derecha y con él, darle una fuerte bofetada en el rostro. Seguido inmediatamente de un puño en el rostro, y un rodillazo en el estómago. El público reaccionó, celebrando.

Yo era el único que permanecía impávido, en realidad incómodo, ante tal violencia. Acto seguido subirían unos niños al escenario, también con uniforme. Reconocí inmediatamente a uno de ellos. Era Pincoy, con su rostro juvenil, y unas mejillas húmedas que evidenciaban que había dejado de llorar hace no mucho. El maestro de ceremonias se le acercó con una lujosa caja negra. La abrió, y de ella sacó un cuchillo, el mismo que usaban los caicai. Se lo pasó con sumo cuidado, y le dijo unas palabras al oído. Después el tenten se dirigió al público, dio un breve discurso, en el cual señaló con desprecio a la criatura encadenada varias veces, y el público lo ovacionó.

Fue entonces que Pincoy se acercó a la criatura. Y la masa se tornó enardecida. Vitoreaban y vitoreaban. Querían que el pequeño procediera, que ejecutara su venganza. Mi indignación por lo que obligaban a ese niño a hacer era enorme. Pero fue aún mayor cuando el ser anfibio emitió unos sonidos. Primero unos guturales. Luego otros en los que se notaba que forzaba la garganta. Y finalmente, una revelación. Tres simples palabras: “No… por favor…no”. En claro español. Una lengua muerta para esta gente, cuando no primitiva, pero que yo conocía muy bien, Al igual que esta criatura. Era el empujón que necesitaba, y a punta de puros codazos y empujones, me hice camino hasta llegar al escenario.

 

Subí, no sin recibir abucheos de la masa, pero sin que nadie me detuviera me dirigí a Pincoy. Lo hice alejarse de la criatura, y le quité el cuchillo. Le dije que no lo hiciera, que eso estaba mal. No sé si logró escucharme, pues el ambiente estaba saturado de los reclamos de los tenten que exigían que me bajara del escenario. No los miré, solo desvié la mirada para observar al caicai, cuyos ojos reflejaban más que solo compasión. Reflejaban humanidad, lucidez y humanidad. Insistí con Pincoy, y le rogué que no lo hiciera. Traté de explicarle que en la vida existe algo mucho más elevado que la venganza, y es el perdón. Causándole dolor a esa criatura, no recuperaría a su hermana. Pero el niño rehuyó mi mirada a lo largo de todo el sermón. Se notaba inseguro, y triste.

El hombre de ojos color miel se aburrió de esperar a que me bajara, y ordenó a dos gorilas de dos metros cada uno que me sacaran a la fuerza. No logré nada con resistirme, solo seguí gritando que todo eso estaba mal. El maestro de ceremonias me quitó el cuchillo, y se lo devolvió con delicadeza a Pincoy. El pequeño lo tomó como si fuera algo sagrado. Se quedó mirando al piso unos instantes, para luego contemplar el cuchillo.

Retomó su tarea. Se acercó al caicai, y lo miró fijamente a los ojos. Contemplé a lo lejos, desde el público, cómo el niño tomaba firmemente el cuchillo. Lo empuñaba, y lo clavaba en el vientre de la criatura. Su grito ahogado casi no se percibió, pues Pincoy repitió la hazaña con una fuerza y una rabia inusitada para alguien tan pequeño. La multitud enloqueció. Subieron a tres más, y se repitió la misma masacre.

El contenido de los estómagos era arrojado a una vasija, y los cuerpos eran dados a los cóndores, quienes no dejaban pedazo sin devorar. Esa noche, tras algunas horas cocinando, los tenten comieron pescado. Era el mismo pescado que me sirvió Coya durante mi estadía en su hogar.

Esa noche no comí nada, ni quise ver nada más. Traté de volver al mismo lugar donde había pernoctado esa noche, a orillas del lago, pero allí estaban de nuevo los cóndores. Alimentándose de los restos de la merienda. Lo más perturbador y repugnante que he visto en mi vida fue verlos pelearse un hombre—anfibio cuyo cuerpo había sido cercenado más o menos desde la mitad de su tronco, y del cual colgaba aún intestinos y un corazón latiendo frenéticamente. Sus ojos brillantes evidenciaban que aún estaba vivo, aunque ya no fuera capaz de articular aullidos de dolor, y su cuerpo fuera menos que un trapo exquisito que se peleaban las gigantescas aves.

No, tenía que alejarme de todo eso. De haber podido hubiese abandonado el valle esa misma noche, pero ya sabía lo que me esperaba en el exterior. Encontré en medio de la bifurcación de dos cerros, escondido tras algunas torres de mármol, una pequeña caverna donde me acomodé. Allí aproveché unos pequeños arbustos como almohada.

La oscuridad absoluta me ayudó a pensar. Aunque reflexionar sobre la decadente jornada que había vivido no haría más que dificultarme el sueño, esto se volvía inevitable. Sin lugar a dudas que los caicai y los tenten tenían el mismo origen en el Homo Sapiens. Aunque los primeros no lo aparentaran, así era. Y aunque los segundos dijeran ser superiores, en la práctica se comportaban igual o peor que esas criaturas. La diferencia era que ellos causaban dolor por placer. Los caicai, por salvajes que fueran, solo buscaban alimento. A pesar de las distancias, de la clara separación física entre ambas especies, el odio que las enfrentaba no arreciaba. Era un odio ancestral, casi primigenio, de esos que no se resuelven simplemente derramando sangre. Sino que exigía regocijarse del sufrimiento del enemigo.

Me había equivocado cabalmente. La humanidad no había avanzado nada. Como los hedonistas por excelencia que eran los tenten, el placer por el dolor ajeno era algo que no podía faltar en sus insulsas existencias, basadas en la repetición inacabada de placeres mundanos. No pude evitar preguntarme si la tierna Coya era igual de sádica…

El futuro claramente no era un lugar para mí. Por lo que pude averiguar, los enfrentamientos entre ambas especies eran continuos. No solo aquí, sino que, a lo largo de toda esta tierra, donde la cordillera se juntaba con el mar. La convivencia pacífica entre esas dos razas, tan distintas y conflictivas, parecía ser imposible.

Así fue que, al día siguiente, pasado el mediodía, salí de la meseta. No me despedí de nadie, y ninguno de los que me vio alejarme se dignó siquiera a mirarme. Tras un par de horas caminando, mirando siempre tras mi espalda, me reencontré con mi máquina del tiempo. Solo tuve que esperar una hora más a que se apagara el campo de fuerza de modo automático. Me había llevado un cuchillo conmigo, uno de los tantos que quedaron sueltos tras la masacre de los caicai. Esperé sentado tranquilamente a un costado de la máquina, con el sol sacándome gruesas gotas de transpiración, y contemplando mi cuchillo. Símbolo de una época, mucho más bárbara que las que la precedieron. Era lo único que me defendía en caso que volvieran los caicai o, también era posible, los tenten quisiesen desquitarse conmigo también. Mi mayor consuelo era que ese cuchillo era el arma más peligrosa de la que disponían los habitantes del futuro.

Pasado el rato, pude subir a mi máquina. Guardé el cuchillo dentro de mi chaqueta, y procedí a ajustar los controles. Cronómetro, presión, energía, amperes… si mis cálculos no fallaban, debía regresar al lugar exacto del que he había partido (sin repetir el error del primer viaje). Moví un par de palancas, el reactor se encendió, los emisores de fuerza comenzaron a girar y, antes de accionar el último botón, le dediqué una última mirada al paisaje del futuro. A esa franja de terreno vacío y eriazo que separaba a dos mundos tan radicalmente distintos. Todo eso desapareció, en un remolino de energía y flashes azulados.

 

VI

 

El reloj del salón principal tocaba las doce campanadas de la media noche cuando el doctor Echaurren analizaba, con su monóculo puesto y expresión de incredulidad, el extraño cuchillo que el ingeniero Taylor había traído consigo. Tras limpiarlo con la servilleta, se lo devolvió a su portador.

—Está sin duda hecho de hueso.

—¡Qué les parece! Nuestro cuentacuentos nos trajo un souvenir de África —comentó despreocupadamente Smith.

—¡No, esto no es de África, señor Smith! Ni de ningún otro lado — precisó el médico— es una pieza dental, claramente, pero el filo y la forma que tiene no corresponde a ninguna especie que conozca. Es más, me atrevería a decir que ninguna especie conocida puede tener colmillos como estos, ni un tiburón, ni un cocodrilo…

—Bueno, caballeros —exclamó Fernández, quitándose la servilleta de su regazo—, ya oyeron la hora, se nos hizo bastante tarde. Aunque debo decir que valió la pena pasar la noche escuchando la ingeniosa historia de nuestro querido Taylor. Si mi periódico publicara ficción, publicaría la suya sin dudarlo.

Mientras todos se levantaban, Taylor seguía impávido en su lugar, a la cabecera de la mesa. Ya se había desgastado la garganta narrando todo lo que le había pasado en la última semana, y no le quedaban energías en tratar de que los demás le creyesen.

Adivinando su pensamiento, el diputado se le acercó y le dijo:

—Creo que una de las mejores formas de pasar las veladas es echando a volar la imaginación, y usted lo ha logrado de manera notable, mister Taylor. Pero si quiere un consejo, será mejor para todos, y en especial para usted, que no insista en contarle esto a todo el mundo esperando a que le crean— le advirtió Larraín en el mejor de los tonos, tras darle una palmada en la espalda.

—A mí me pareció una muy divertida historia. Sabe, en Londres conocí a un tipo de apellido Wells que escribe historias como de ese estilo, más o menos de fantasía. Ustedes dos podrían escribir juntos una novela muy divertida —dijo el obeso Smith antes de retirarse.

Antes de que la sirvienta terminara de retirar los platos de la mesa, solo quedaron Taylor y Echaurren en el comedor.

—¿Y tú? También te vas, supongo.

—Algo me dice que no debería dejarte solo, George —le espetó su amigo, claramente preocupado.

—Bah, no te preocupes por mí. No iré a ningún lugar… salvo a mi cama. Estoy desecho, y necesito dormir. Disculpa que no te acompañe hasta la puerta.

Dicho esto, los dos amigos se pusieron de pie, y Taylor se dirigió al segundo piso. Mientras iba subiendo la escalera, Echaurren lo detuvo.

—¡George!

—Dime.

—…No hagas ninguna locura, por favor.

Fue lo único que pudo decir el médico, aferrándose a la esperanza de que su amigo cumpliera su promesa de no ir a ningún lado. Taylor contestó asintiendo con una sonrisa.

***

Al día siguiente, el médico volvió a la casa del ingeniero. Lo encontró en su taller, trabajando en su máquina como esperaba. Desatornillaba la esfera trasera del resto de la estructura, ya no estaba tan demacrado como la última vez. Vestía una camiseta blanca, sin mangas, con algunas manchas de aceite. En su expresión había un leve dejo de cansancio, pero a la vez de tranquilidad. Giraba concentradamente los tornillos, hasta que levantó la vista para recibir a su invitado.

—Espero que esta visita no sea por mi salud mental, doc.

—Para nada. Pero no puedo negar que me preocupas —respondió. Su sonrisa natural esta vez estaba un poco disminuida, por el respeto que profesaba a la labor de su colega.

Echaurren se sentó distendidamente en una mesa del taller, dejando una pierna colgando en el aire, mientras observaba al británico trabajar.

—Debo decir que temí no encontrarte aquí. Pensé que habías emprendido otra aventura a través del tiempo —le espetó, hablando en serio.

—¿Y por qué iba a hacer eso? —le dijo, sin despegar la mirada del destornillador.

—Bueno, dejaste algunas cosas pendientes en el futuro…

—¡Oh, no! No pienso volver a ese lugar. No tengo razones para volver… —hizo una pausa, y buscó algo en su bolsillo. Lo primero que extrajo fue la flor que le entregó Coya, la acercó con cariño a su rostro y buscó su aroma. Su aire pensativo revelaba que ya casi no quedaba— Además, un hombre como yo es capaz de ayudar, pero no para cambiar el mundo que vi— siguió buscando en su bolsillo hasta dar con su reloj. Al destaparlo saltó un poco del lodo del futuro, pero aún funcionaba. Eran las tres y treinta y tres—. Aunque debo decir que lo he pensado. Volver y enseñarle a monstruos y hedonistas todo lo que el hombre olvidó a lo largo de los siglos, ciencias, cultura, civilidad, convivencia… pero tú me conoces. Soy ingeniero. Yo no ataco las consecuencias del problema. Yo resuelvo las causas.

Finalmente, la estructura cedió. Taylor tomó firmemente la esfera con ambas manos, y la llevó a la mesa de trabajo. La depositó en el extremo opuesto a donde se encontraba sentado Echaurren. Éste se puso de pie, y siguió atento sus movimientos.

—El futuro no está escrito, podemos cambiar ese horrible porvenir. Todo está en nuestras manos…

—Querrás decir en las tuyas ¿cómo piensas hacerlo, George?

El ingeniero giró otro par de tornillos. Levantó una pequeña placa, y accionó tres switches en el diámetro de la estructura. La esfera hizo un ruido seco, como si descomprimiera aire. Taylor procedió a ponerse unos guantes negros de trabajo.

—Lo he estado pensando desde hace tiempo, incluso antes de ese viaje. ¿Cuál es la causa de todos los males, Fernando?

—Cielos, esa es una pregunta muy amplia, George— el médico ordenó rápidamente todas las causas que le venían a la mente— las enfermedades, las infecciones, la hambruna, la pobreza, el odio, la guerra…

—Pero todo eso tiene el mismo origen: la escasez. Desde el principio de los tiempos que el hombre ha hecho frente a este problema. La escasez de comida, recursos, y demases. Las sociedades humanas se organizan en torno a eso: para optimizar los escasos recursos, mejorando la calidad de vida de sus integrantes. Los problemas y conflictos humanos parten por eso, porque hay quienes acaparan los recursos, los que quieren arrebatárselos a otros, o simplemente los que no disponen de ellos porque no hay. Esto desata guerras, asesinatos, robos, pobreza… incluso la parte más oscura del hombre. Los prejuicios, el racismo, clasismo, la segregación, todo el odio que alimenta estos obstáculos para la convivencia en armonía, parten del sufrimiento que te he descrito.

—Todo eso es muy bonito, George. Pero te estas remontando hasta la mismísima caja de pandora. ¿Cómo piensas solucionar esta “escases”?

George Taylor tomó la esfera por el anillo metálico que cubría su diámetro. Retiro la mitad superior, descubriendo la roca de combarbalita que había mostrado a sus invitados hace meses, pero esta vez con una gran diferencia: ya no brillaba.

—Una roca de este tamaño tiene de por sí energía inagotable, no obstante, ésta logra ser consumida con un viaje en el tiempo, de ida y vuelta —Taylor tomó unas pinzas y retiró, con sumo cuidado, la desgastada roca de combarbalita, y la soltó en una caja de plomo—. Ahora, imagina qué pasaría si nos olvidamos de ésta máquina, y nos concentramos en el presente.

El irlandés se dirigió a su escritorio, donde desenvolvió un mapa. El médico lo acompañó. El mapa era de la zona austral de Chile, e incluía un papiro con un dibujo aparentemente trazado por el mismo Taylor. Éste describía una roca similar a la que tenía el extranjero en su mano. Pero en torno a ella había una serie de apuntes que describían sus dimensiones y características.

—Esta roca fue la que encontré con los franceses en la expedición al Melimoyu. Tiene cinco metros de diámetro, y era muy pesada para transportarla, y por más que lo intentamos no logramos cortar un pedazo. Tuvimos que recoger los fragmentos que había junto a ella. Yo me llevé esta roca —señaló a la combarbalita que tenía en su mano—, lo franceses algunas pepitas. Pero esto sigue ahí, escondido entre los fiordos de Aysén. Una auténtica mina de oro. Aguardando por nosotros.

El médico tomó el dibujo y lo observó con detención. Taylor se había preocupado de dibujar rayos en torno a la silueta representando el brillo que ya conocía, e imaginó las enormes cantidades de energía que escondía ese coloso oculto en el sur.

—Mi expedición, nuestra expedición, amigo mío, es más urgente que nunca. Tienes que venir conmigo, Fernando, serás parte de algo histórico. Con esta roca, y las otras que encontremos en el Melimoyu, todos los males del mundo se van a acabar.

Echaurren se dejó deslumbrar por la idea por unos largos momentos. Finalmente contestó a la oferta del ingeniero asintiendo tímidamente. Éste respondió con una juvenil sonrisa.

—Excelente. Ni los chilenos ni sus vecinos tendrán que volver a pelearse por algo tan banal como el salitre… no más viajes en el tiempo. Lo que importa es el presente, y vamos a cambiar el mundo, amigo mío –enfatizó Taylor, lleno de orgullo.

No había exageración en sus palabras. Para la infinita energía que irradiaba ese prodigio no había límites, pensó Echaurren, la máquina del tiempo era prueba de ello.

—Entonces corrijo… lo que tienes en el sur es la auténtica caja de pandora, George —fue lo único que atinó a decir el médico.

—Lo sé, pero adentro tengo mucho más que la sola esperanza.

 

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