Chile Mutante
El viajero del tiempo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Choqué contra el cerro, dejando que su oscuridad me cubriera. Retomé la palanca, y puse los comandos al máximo. Los cronómetros que medían el tiempo giraban como locos. Así y todo, sabía que la máquina demoraría un buen rato en atravesar el cerro. Fue entonces que comencé a sentir el frío. Sin la luz del sol que me abrigara, estaba totalmente aislado en las entrañas del coloso de tierra. Prendí un fósforo, y me cerré los botones superiores de la camisa, estaba entumido. Luego el fósforo se apagó, el oxígeno también se estaba acabando. Sin muchas opciones, procuré mantener la calma. Barajé la tenebrosa posibilidad de que la maquina ya no se estuviera desplazando. El miedo era cada vez mayor, luego recordé la virgen que los chilenos había erigido en la cima de este cerro. Yo soy anglicano, como saben. Nunca le guardé devoción a esos símbolos católicos, pero recé. Le recé a la virgen, con toda la devoción que un buen cristiano puede tener. Recé y aguardé, paciente, con la respiración más pausada que pude mantener.
Luego vino la luz. Una poderosa y acogedora luz de atardecer me bañó como una oleada. Roca por roca me fui alejando del cerro. Sonreí aliviado, con mi corazón lleno de agradecimientos para el Creador. Bajé lentamente la velocidad de los comandos. El cielo sobre mi cabeza estaba mucho más diáfano. Disminuí un poco más. Me encontraba en un sector precordillerano, no distinguía nada salvo terrenos baldíos. Entonces detuve la máquina.
Miré los controles. Me encontraba en el 12 de febrero del año 101.541 después de cristo. ¡100 mil años, 1000 siglos de nuestra época!
III
Mi llegada fue más o menos accidentada, pero mi voluntad férrea. Había atravesado tiempo, espacio, y montañas enteras hasta arribar a esos extraños parajes. Mi espíritu científico y mi curiosidad innata me movían a contestar varias preguntas ¿qué había sido de la humanidad? ¿cuál había sido el destino del hombre en esos cien mil años? Y respecto a este pequeño pueblo en particular ¿habrían aprendido los chilenos a convivir armoniosamente?
Por lo pronto, me encontraba en un terreno eriazo. Era un sector precordillerano, no muy distinto al que encontraríamos en la actualidad en el mismo lugar. A poca distancia se encontraba el cerro, y hacia el otro lado la cordillera. Entre medio solo había un poco de vegetación, propia de un ambiente seco, y tierra, mucha tierra.
A medida que fui avanzando, fui notando algunas diferencias en el paisaje. La cordillera parecía más alta y escarpada de lo que conocemos. Y bajo mis pies, un tipo de roca sedimentaria. Era lava petrificada, lo que indicaba que no solo los terremotos y las placas tectónicas había hecho de las suyas en todo ese tiempo, sino que también el volcán Maipo.
No vi señales de vida, y estuve a punto de regresar al valle de Santiago, hasta que divisé una columna de humo en lo alto de los cerros. Así que caminé, caminé y escalé. El camino no solo era progresivamente más vertical, sino que tuve que escalar una muralla de piedra, de al menos siete metros. Sin cuerdas, ni ningún tipo de equipo, aproveché cada uno de los agujeros y rocas sobresalientes (claramente no era el primero en subir). Fue gracias a que practiqué ese deporte en mi juventud en Inglaterra que logré ascender. Cualquier otra persona se hubiese roto más de un hueso de una caída.
Caballeros, quedé boquiabierto ante lo que vi en aquella meseta. Era un auténtico oasis. Una ciudad hecha en las alturas. Como los monasterios budistas de Asia, pero con una estética más cercana al modernismo catalán. Casas de distintos tamaños brotaban de los largos riscos y cerros de ese valle, resguardado por las murallas cordilleranas. Casi totalmente camufladas con la roca, pero decoradas de forma bien artística. Algunas parecían estar hechas de huesos de enormes animales; otras de azulejos, troncos, lianas, u otros elementos naturales. A primera vista se veía que las viviendas habían sido construidas en armonía con el medio ambiente. De alguna forma, todo estaba estructurado como un todo.
Había viviendas de distintos tamaños y formas. Todas con balcones, y jardines colgantes. Para subir a ellas había toda una red de ascensores, similares a los de Valparaíso, pero todos de cristal. Brillantes y relucientes. Otros eran totalmente transparentes. Recortado todo contra la luz del sol, se reflejaba un aura especial difícil de explicar, caballeros. La ciudad parecía un enorme manto de joyas con incrustaciones de diamantes. Hacia abajo, donde me encontraba yo, era todo de césped, y de amplios estanques de agua, donde se refleja la escena.
En estos bellos parques jugaban libremente niños y parejas. Fue allí donde tuve mi primer contacto con la gente del futuro. Se hacían llamar los “tenten”. Eran todos rubios o pelirrojos. De ojos azules o verdes. Lo adultos eran bastante altos, y de complexión fuerte. El más bajo que vi, era más o menos de mi tamaño (yo mido un metro ochenta). Las mujeres eran todas delgadas, bellas, y con un cabello que oscilaba entre el rubio y el castaño.
Se veían siempre sanos y alegres. Usaban ropas bastante similares entre ellos, siempre de colores primarios, sin mayor adorno. Hablaban también un idioma curioso. Parecía un dialecto del español, mezclaba también varios vocablos de distintos idiomas, como el inglés, el portugués, e incluso el vasco. Movían mucho la boca al hablar, seseaban de forma curiosa, y el sonido “Tch” era muy recurrente en su idioma.
Por supuesto que esto lo fui descubriendo con el tiempo, pues apenas me acerqué muchos retrocedieron. Obviamente les asustaban los extraños. Intenté hablar con varios de ellos, pero me gritaban cosas en su idioma, y luego huían. Una palabra se repetía bastante, “caicai”, más adelante entendería porqué.
Casi no quedaba gente en ese parque, hasta que me acerqué a una joven, sentada frente a un estanque más grande, con una caña de pescar, y un niño como de seis años al lado suyo. Era rubia, y pequeña para su pueblo (me llegaba más o menos a la altura del mentón), pero tenía un aura angelical y una sonrisa imborrable. Sobre su oreja derecha cargaba una curiosa flor blanca. Tenía en sus mejillas unas dulces margaritas, y unos dientes blancos como perlas. Tras unos torpes y largos esfuerzos por intentar comunicarme con ella, me invitó a sentarme al lado suyo.
Se llamaba “Coya”. Era relajada, y al mismo tiempo receptiva. Me escuchó con atención todas mis peripecias y todas mis preguntas. No me dijo muchas cosas, ella era de frases cortas. Solo me reveló el nombre de su pueblo, y que no les gustaban los extraños. Que por mi pelo negro y mi extraña ropa se notaba que yo era un forastero. No me dijo ninguna otra cosa útil, y si lo hizo, no le entendí. Pero en cuanto reaccionó la caña de pescar, se puso de pie, enérgica, y extrajo su presa.
Era un pez pequeño, se agitaba como loco, pero lo más impresionante, era dorado. Brillaba como un foco de luz, y sin vacilar, Coya, se lo metió en la boca y lo engulló. Cinco minutos después, había pescado otro, y se lo dio al niño pequeño, que resultó ser su hermano. Y un rato después, fue mi turno probar el espécimen. Reticente al principio, finalmente cedí. Para mi sorpresa, fue como comer una fruta. El pececillo tenía un sabor dulce, como de durazno, pero más intenso.
El niño, cuyo nombre resultó ser Pincoy, dijo que quería otro. Agarró la caña de pescar y la volvió a arrojar con una nueva carnada al estanque. Tras pocos minutos el hilo se tensó. Era un pez fuerte. El niño luchó con la caña un buen rato, y tras varias sacudidas, logró sacar el anzuelo del agua. Del estanque saltó un curioso salmón de tres ojos, el cual escupió el anzuelo, y volvió a sumergirse. Lo vimos dar varios saltos dentro y fuera del agua a medida que se alejaba. Pincoy, enojado, agarró una piedra y se la arrojó al pez. Sin mucha suerte, agarró otra, y también falló. Siguió arrojando rocas, aunque ya no se veía el salmón. Yo le dije que no insistiera, que ya lo había perdido. No me entendió y solo me ignoró. Así que agarré algunas piedras y me puse a arrojarlas con él. Logré que una de ellas dieras cuatro saltos en el agua. “¡Arrain!” exclamó el niño, que en su idioma quiere decir pez, impresionado por la trayectoria de la roca. Había logrado capturar su atención, así que traté de explicarle la técnica que usaba para que la roca rebotara. Todo era cuestión de encontrar una más o menos plana y aerodinámica. Tras varios intentos, logré que Pincoy hiciera a su roca rebotar tres veces. Bastante entretenido, el niño se puso bien eufórico cuando logré realizar siete saltos en al agua con mi roca.
Coya se rio efusivamente, y me pidió que le enseñara a hacerlo. Le pasé la mejor roca que encontré, ella la agarró con cuidado. Tenía unas manos suaves y delicadas. Le enseñé cómo debía poner los dedos, y la postura que había que adoptar para arrojarla bien. En eso nos entretuvimos los tres un buen rato. Ya más en confianza, Coya me invitó a comer a su casa. Tuvo que repetirme tres veces la invitación para que lograra entenderle.
Me llevó hasta detrás de una altísima torre de cristal, donde había tres asombrosas criaturas amarradas a una baranda. Eran muy similares a los cóndores actuales, pero mucho más grandes, de un plumaje blanco pulcrísimo, y con unos pequeños cuernos en la cabeza.
Coya lo desató, y lo acercó, como si fuese un caballo hacia Pincoy, el cual lo montó sin dificultad. Después se subió Coya, y ésta me hizo un gesto con la mano para que la acompañara. Titubeé, como se imaginarán, pero accedí. En el lomo había una montura delgada, casi imperceptible, que se camuflaba con el plumaje del ser. No pude identificar el material del que estaba hecha. Coya tomó por los cuernos a la bestia, y ésta emitió un agudísimo clamor, como de un águila. Acto seguido dio unos rápidos pasos y elevó vuelo.
Yo instintivamente me aferré a Coya, pero casi no se percibió la inercia al elevarnos. Solo el viento que agitaba nuestros cabellos. En ese fantástico viaje pude ver el valle en todo su esplendor. Todas las formas, edificaciones, siempre en altura, y los distintos ángulos de esa preciosísima bóveda cordillerana. Nos fuimos adentrando más entre el laberinto de cerros y rocas de la cordillera. En el trayecto observé que no éramos los únicos que recurrían a este peculiar medio de transporte, Coya saludó a más de un viajero que pasó cerca de nosotros. Fue así que llegamos al hogar de Coya. Se emplazaba en la cima del pico más alto, desde donde se podía ver a todo el pueblo de los Tenten. Era una preciosa casa de cristal, de tubos que se doblaban y entrelazaban como si fueran cuerdas. Junto a ella había unas pocas casas más de formas similares. El techo de éstas era un plato totalmente circular, con un mirador que dotaba de una panorámica de 360 grados del paisaje. El de Coya era un disco de un radio un poco menor al de los vecinos.
Aterrizamos en el techo de dicho mirador. Otra vez un patio, lleno de las flores más fantásticas y coloridas que he visto. Coya dejó el “cóndor” pastando unas hierbas. No lo amarró esta vez, el ave tenía total libertad de movimiento, pero volvía durante la noche a dormir.
Yo mismo me quedé a dormir esa noche. Coya no tuvo problema en recibirme. En su hogar abundaban las habitaciones vacías y bien amuebladas. Había más parientes viviendo allí, todos primos o hermanos, nunca supe de sus padres y preferí no preguntar. Poco a poco me fueron perdiendo el miedo, al igual que el resto de los habitantes del valle. Fue así que pude conocer mejor, y a fondo, la sociedad tenten.
No había nada parecido a un líder o un gobierno. Y en realidad tampoco hacía falta en esa sociedad, donde todo parecía funcionar, de forma colectiva y comunitaria. Todos eran parte de la misma gran familia (lo que explicaba el que me hubiesen acogido sin problemas en su hogar. Por lo visto la gente iba y venía sin compromiso). Para mi sorpresa, tampoco disponían de tecnología más avanzada. Solo su increíble arquitectura que era testimonio de un pasado glorioso en términos técnicos y científicos.
Cada mañana bajábamos a comer a la mesa principal, en el primer piso. La comida era de frutos y verduras que se extraían del mismo techo de la casa. Había un discreto sistema de alcantarillado, que canalizaba el agua que bajaba de la cordillera, lo que facilitaba bastante las labores de cultivo. Los tenten eran estrictamente vegetarianos, y cada hogar parecía ser igual de autosuficiente en la comida. Fuera de frutas y verduras, solo comían un pescado particularmente amargo, cuyo origen me sería revelado más adelante.
La casa era tan bella por dentro como por fuera. Las terminaciones eran finas y bellísimas. Había pequeñas esculturas de mármol de pájaros y lagartijas en las barandas y en distintos rincones de la casa. Además de varios animales fabulosos que desconocía. Y en el exterior, los azulejos evocaban la forma de hojas, pájaros y mariposas. No había basura, reciclaban todo lo que podían. Todo en la sociedad tenten estaba orientado hacia la naturaleza.
Y a la actividad física. Los habitantes del futuro hacían muchos deportes. En el aire, usaban los cóndores para practicar una especie de juego que consistía en dos equipos que competían entre sí por tres pelotas de distintas formas, las cuales debían arrojar dentro de unos aros, a gran altura, para ganar puntos. Y en tierra, practicaban mucho unos juegos muy similares al handboll y al rugby. Si bien una entretención común era viajar más hacia el oriente a jugar en la nieve, curiosamente ninguno de ellos practicaba escalada. Sus cuerpos eran más bien sensibles y no les gustaba ensuciarse. Pero quedaron fascinados cuando les enseñé que las fisuras en la roca podían ser usadas para escalar dentro de la meseta. Con eso logré capturar la atención de algunos de ellos. Coya recurrentemente me llamaba para enseñarle a sus amigos esa curiosa práctica. Al poco tiempo comenzamos a organizar competencias. Yo siempre era el que lograba escalar más alto, los tenten se cansaban rápido y tenían muy poca resistencia (creo que así me gané la antipatía de muchos de ellos).
Tras los juegos, siempre trataba de explicarles que yo venía de un mundo muy distinto. Uno mucho más duro, donde los hombres son moldeados desde jóvenes por un ambiente más hostil. Yo, por ejemplo, había hecho el servicio militar en mi país, y había servido en la guerra de Bóeres. Eso me hacía relativamente más fuerte que ellos, que vivían en un utópico mundo de goces y amancebamiento, sin guerras o ejércitos. Pero a nadie pareció interesarle.
Los tenten en sí no eran muy inteligentes. Ninguno manifestó interés por saber de dónde venía yo. Y por más que me esforcé en explicarles, muy pocos, entre ellos Coya, lograron comprender que yo venía de otro tiempo. Idea que tampoco les llamó la atención. Eran muy pocas las cosas que les interesaban. Todo su tiempo lo dedicaban al ocio, comían lo que crecía de la tierra, consumían una curiosa planta estimulante (según Coya no tenía ningún tipo de efectos secundarios) con fines recreativos, jugaban en los parques, hacían deportes, conversaban largas horas, y hacían el amor. No vi a ninguno que dedicara su tiempo o sus esfuerzos a labores más elevadas. Ni científicos ni artistas. Solo un pueblo de bellos y alegres hedonistas. En verdad el ambiente que los rodeaba no daba para nada más. ¿Quién era yo para juzgarlos? Solo un extraño venido de épocas anteriores, mucho más bárbaras.
Una vez desechada mi primera impresión, de leve decepción por lo banal de su sociedad, me di cuenta que debía valorar el edén conseguido: el hombre había logrado construir una auténtica utopía tras cien mil años de lucha, ingenio y evolución. Estaba ante el fin de la historia.
al menos eso creía.
Rudimentariamente lograba comunicarme con ellos. Su idioma no era muy difícil, y rápidamente conseguí dominar algunas frases básicas. Jamás pude pronunciar el nombre con el que designaban a esa magnífica meseta, pero sí averigüé que en su idioma significa algo así como “Lugar de cóndores”, las razones del nombre saltaban a la vista. Ya llevaba una semana en ese lugar, y sentía que abusaba de la hospitalidad de Coya y su gente. Sabía muy bien que tenía que volver por mi máquina, allá afuera de la meseta. Pero cada vez que le planteaba el tema, ella me disuadía. Nadie parecía querer que yo me alejara de la cordillera (aunque varios amigos de Coya parecían esperar que yo me fuera), pero no me quisieron dar detalles.
Finalmente, a fuerza de insistencias, logré que me acompañaran a buscar mi máquina. Viajamos temprano, a eso de las nueve de la mañana (intuí que les daba miedo salir de noche), en uno de los cóndores de Coya. Con él cruzamos la meseta, descendimos el risco y atravesamos el terreno eriazo hasta mi punto de partida. Se podría decir que “estacionamos” nuestra bestia, en el árbol más cercano, como a dos minutos a pie de donde se encontraba la máquina. Una vez allí, la inspeccioné. Todo estaba en su lugar. Nada, salvo un poco de tierra sobre la estructura, había variado. Coya y Pincoy me observaban con curiosidad mientras testeaba los controles, pero con un extraño halo de temor en sus rostros. No les gustaba ese lugar, no se sentían seguros fuera de la meseta.
Estaba todo listo para irme. No planeaba partir permanentemente, con mi maquina podía volver cuando quisiese, y así se lo aseguré a Coya. Me le acerqué y se lo dije con tacto, con todo el agradecimiento que pude expresar mientras le acariciaba su mejilla. Claro que no le bastó esa explicación. Había hecho tanto por mí esa joven, y me sentía mal por abandonarla, así como así. Pero más allá de los sentimientos, tenía una labor científica que continuar. Ella rehuyó mi mirada, y estuvo con la vista perdida en el suelo un rato, hasta que llevó su mano a su oreja y extrajo su característica flor. Recuperando un poco de su hermosa sonrisa, me dijo algo en su idioma que no logré entender. Asentí con la cabeza, y le di un beso en la frente. Luego me despedí del niño, revolviéndole un poco su castaño cabello, y repitiéndole que volvería pronto.
Me disponía a subir a la máquina, cuando escuchamos un ruido. Primero fueron unas ramas quebrándose, luego algo que se movía. La expresión de terror entre Pincoy y Coya le dieron una carga de tensión extra al fenómeno. Saqué mi pie del aparato y les hice un gesto para que se tranquilizaran. Miré a mí alrededor. Los ruidos provenían del cerro, e inspeccioné con la mirada la basta y seca superficie del macizo. Finalmente di con algo entre los matorrales. Una abertura totalmente oscura que se camuflaba casi perfectamente con los alrededores. Me le acerqué, estaba a muy pocos metros de nosotros. Era una cueva, grande y profunda. Agachándome un poco podía entrar.
Desde el borde percibí un olor nauseabundo. Los ruidos cesaron, tras unos eternos instantes de suspenso observé la superficie irregular de la cueva, que se internaba casi en diagonal dentro del cerro, hasta que me sorprendieron un par de brillantes ojos rojos. No alcanzaría a canalizar el susto que me produjeron, pues de los ojos salió expulsado un contundente pedazo de roca que me tumbó en el suelo.
Perdí momentáneamente el conocimiento. Pero al dolor del chichón en la cabeza, le sumaron unas patadas que me dieron unos desconocidos en el suelo. Golpes y chillidos guturales inentendibles, además de los gritos de Coya, que era del mismo modo atacada. Entre dos me levantaron y se disponían a llevarme a rastras al interior de la cueva. Claro que no tardé en oponerme. No me fue muy difícil, los seres a los que me enfrentaban no superaban en ningún caso el metro sesenta de estatura. Estaban envueltos en una túnica obscura y sucia, y las manos enguantadas. No pude verles las caras, pero logré zafarme de los dos que me sostenían y pelear a puño limpio contra estos.
En el entretanto, las criaturas habían reducido a Coya, y la llevaban a la fuerza a la cueva, junto a su hermano. Apurado por la crisis, cogí un tronco seco del piso y golpeé a mis dos agresores en la cabeza. Estos regresaron a la caverna, lo que me permitió ir en auxilio de Coya. Ya estaban entrando a la cueva. Agarré una roca filosa del piso, y me lancé contra las criaturas de las túnicas. Debieron ser por lo menos seis. Clave mi improvisada arma en la espalda de la criatura que cargaba a Pincoy, un asqueroso y viscoso líquido obscuro brotó de la herida, junto con un agudo chirrido. Dos de ellos se me lanzaron encima, mientras Pincoy se zafaba de su captor y huía fuera de la cueva. En medio de la confusión, un bramido, como de un cuerno, sonó en lo profundo de las tinieblas. Y acudiendo al llamado, los atacantes súbitamente me soltaron y huyeron perdiéndose en esa obscuridad insondable.
Antes de que me diera cuenta, estaba solo entre las sombras, sin más que ese pútrido hedor envolviéndome. “¡Coya!” grité con todas las fuerzas que les restaban a mis pulmones, sin más respuesta que mi propio eco. Recuperando el aliento, y limpiando la sangre de mi boca, titubee un segundo entre seguirlos o salir de la cueva. Hice lo más prudente y regresé al exterior.
Afuera encontré al pequeño Pincoy en posición fetal, junto a mi máquina, y temblando de miedo. Lo sacudí, lo levanté, traté que me diera alguna explicación a lo ocurrido. Solo palabras sueltas sin sentido. Y una frase que se repetía “Caicai, caicai… ¡se la llevaron los caicai!”. Esto era a lo que le temían los Tenten. Me acerqué de nuevo a la cueva. Una oscuridad insondable yacía ante mí. Junto con el nauseabundo olor que emanaba, un escalofrío me recorrió la espalda. Miré al abismo, y sentí que el abismo me devolvía la mirada. Claramente no era una opción volver a internarse en el macizo de tierra. Me volví hacia Pincoy y traté que me dijera hacia dónde llevaba el túnel. Me señaló hacia el oeste, más allá de los cerros. Me dijo que nadie bajaba de los cerros, que era muy peligroso, que debían quedarse en su hogar, solo allí estarían seguros. Un tenten no debía bajar de los cerros, gente como ellos no hacía eso.
Me di cuenta que no tenía caso seguir insistiendo, así que le limpié las lágrimas de los ojos, y le dije que tomara el cóndor y volviera a la meseta por ayuda. Yo cruzaría el cerro, e iría a buscar a Coya. Trató de disuadirme, pero terminó por ceder. Le desee suerte, y volvió corriendo hacia la bestia voladora.
Una vez solo, dirigí mi atención a la máquina: me preocupaba su seguridad. Esas criaturas, los “caicai”, podían volver en cualquier minuto. No obstante, la máquina era muy pesada para que la movieran. Solo por si acaso, dejé activado un campo de fuerza en torno a ésta. Otra de las maravillas de las que es capaz mi máquina. Ajusté el cronómetro de los controles para que el campo se apagara al cabo de tres días exactos. Tiempo suficiente para buscar a Coya.
Ya resuelto eso, me puse a buscar un camino a través del cerro. Lo subí por el sendero más fácil que vislumbré. En el camino, fui descubriendo varias entradas a la cueva. Una red subterránea parecía conectar el cerro. Me volteé y, para mi sorpresa, también distinguí aberturas a lo largo de la tierra al oriente del cerro, como hoyos cavados por conejos. Tras una hora ascendiendo y caminando, logré llegar hasta la cima. Lo que vi me dejó sin aliento.
IV
Viviendo rodeado de montañas y altos cerros no era mucho lo que se podía ver del valle de Santiago. Pero allí en la cima del San Cristóbal, pude ver por primera la suerte que corrió esta tierra en esos miles de años: el paisaje que tenía ante mí era digno de un pasaje del Apocalipsis. El fértil valle que descubrieron los españoles ahora era una tierra negra, yerma, y desolada. Una gruesa capa gris cubría de smog el cielo santiaguino. No muy lejos de donde me encontraba, brotaba un volcán, más bien bajo, de cuya chimenea exhalaba una continua columna de humo que engruesaba la suciedad del cielo. No solo eso, sino que de éste también surgía un incesante río de lava hirviendo que atravesaba todo el valle, como en reemplazo del río Mapocho, del cual ni rastros quedaban.
Curiosamente había agua: la parte sur y occidental estaban inundadas por unas lagunas negras y pútridas. Era comprensible que nada creciera en torno a eso, pero lo increíble de todo eso era la procedencia del agua. Agucé la vista, y distinguí, más allá de la cordillera de la costa, un horizonte indefinido y movedizo ¡El mar estaba al lado del valle! Al parecer, la geografía chilena había cambiado mucho durante esos milenios. El mar se había tragado casi todo Chile. De éste brotaban unos tenues y estrechos riachuelos, que atravesaban los cerros islas conectando las lagunas con el mar.
Recorrí con la mirada todo el paisaje, distinguiendo solo podredumbre y desolación, hasta identificar, entre roqueríos y ceniza, las ruinas de una ciudad. Como un sobreviviente de los embates del tiempo y la naturaleza, la ciudad de Santiago prevalecía. Con un nudo en el estómago, me dirigí a la ruinosa capital. Era el único lugar al que podían haber llevado a Coya.
Al cabo de unas horas llegué caminando a las ruinas. Una mancha negra y metálica en medio del desolador paisaje iba tomando forma y contornos ante mis ojos. Vigas retorcidas, carbonizadas, oxidadas, y muchas de ellas petrificadas se alzaban por sobre la superficie de ceniza de Santiago. Agujeros de balas en las paredes, y viejos cohetes sin detonar, revelaban que esta ciudad no solo había sido víctima del paso del tiempo. También de la furia del hombre. Edificios antiquísimos yacían regados por el piso. Muy pocos seguían en pie. El más alto era una torre como a media hora caminando desde Plaza Italia. Solo quedaba el esqueleto, ferroso y oxidado. Tenía la forma de un choclo, y en la cima, en el mirador, brillaba todavía una intensa llama de un antiquísimo y sempiterno incendio. Era como un ojo, cuya flama, hacía a la vez de un iris intenso, de forma felina, que acosaba y penetraba a todo lo que lo rodeaba.
Reconocí Plaza Italia por la forma de la rotonda. Una enorme grieta, vestigio de un terremoto anterior, la atravesaba, marcando una línea horizontal que separaba el poniente del occidente.
Me paré justo al centro, y luego me senté sobre un viejo proyectil. Tenía la forma de un cohete alargado, con una superficie metálica grisácea, y cerca de la punta tenía estampado un curioso símbolo. Consistente en un triángulo y lo que parecía ser un modelo atómico de Rutherford. No conocía el potencial de esa arma, pero tras tantos milenios no podía ser letal. Me senté con tranquilidad y miré a mí alrededor. Estaba en una auténtica Pompeya, de ruinas de metal. Donde la roca y el asfalto se unían en una sola materia petrificada. Un gas, cuyo olor era principalmente a azufre, cubría levemente la superficie de la ciudad, engrosándose en una bruma cada vez más espesa que dificultaba la visión del horizonte de la antigua capital. No había rastros de vida, al menos no los que un hombre de mi tiempo esperaría. Así y todo, tras reponer fuerzas, reanudé mi marcha hacia el poniente. Respiré con dificultad algunos minutos, pero mis pulmones lograron acostumbrarse al aire enrarecido. No tanto mis ojos, que ya no distinguían tan bien el detalle de las rocas.
Aún con la imagen de la llama visible, sentí una extraña punzada en la nuca, esa sensación de que alguien me estaba siguiendo. Ruidos leves y sueltos provenientes de las ruinas azuzaron ese escalofrío que me recorrió como una serpiente eléctrica por la espalda.
Avancé por la avenida más ancha. Indudablemente se trataba de la Alameda. Era increíble pensar que yo era el único transeúnte en la que fuera alguna vez la calle más circulada. Los edificios por esos lares se mantenían de mejor forma, supuse que por su baja altura.
El espectral eco del viento deslizándose contra las lisas superficies de roca, se confundía con unos susurros inexplicables e indeterminados entre la bruma. No sabía si mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero estaba casi seguro de escuchar voces.
Inconscientemente había apurado el paso. Miraba a todos lados, sin disimular el sudor que ya se asomaba por los poros de mi piel. Estaba seguro de que me estaban siguiendo. En algún momento tropecé con un tubo viejo, y casi me desplomo, pero seguí avanzando con torpeza. El crujir de las rocas me sacaron de mi estado de enajenamiento, y me voltee con violencia.
No había nadie. Ningún perseguidor. Solo unas rocas que caían tranquilamente de un cerro bastante bajo (yo diría que el Santa Lucía). Intimidado como estaba, doblé en la siguiente calle hacia el norte. No fue algo que pensé muy bien, el riesgo de que algo se derrumbara o me cayera en la cabeza era mayor en esa jungla de enredados tubos, que en la avenida principal. Pero me tranquilicé a mí mismo con la ingenua idea de que era una presa fácil en la Alameda, y que me era más fácil esconderme entre las callejuelas.
Las calles eran estrechas, y el aroma que se encerraba entre los viejos edificios era bastante desagradable. No supe precisar su origen, solo que mareaba. Sin percatarme, terminé enfilando mis pasos en dirección a mi hogar. Tal y como esperaba, no había nada parecido al edificio decimonónico que dejé atrás. Solo un montón anónimo de escombros y tierra. Rodeado de estructuras muertas. Muchas de ellas abiertas de cuajo, como si solo la mitad de ellas se hubiese venido abajo con el tiempo. Avancé por unas calles donde los edificios se conectaban entre sí por distintas pasarelas suspendidas a distintas alturas. En su momento debieron ser de cristal. La luz se hacía poca en ese sector, y el eco de mis pasos retumbando en bóvedas muertas cada vez mayor.
La tierra se volvía cada vez más húmeda por ese sector, debo estar cerca de los pozos de agua, pensé. Esquivando charcos de lodo, terminé introduciendo mi pie en una estrecha grieta en el piso. Me demoró un rato sacarlo. Primero tuve que sacarme el zapato. Me costó despegar la suela. Seguí la grieta, bastante larga, por cierto, un par de calles, hacia donde se volvía cada vez más ancha, hasta dar con un pavoroso descubrimiento.
Ante mis pies yacía un gigantesco agujero. Tal pozo se perdía en profundidades insondables que la escasa luz del sol no dejaba vislumbrar. En esa amplia explanada había existido hacía muchísimo tiempo La Moneda. El Palacio de Gobierno había sido tragado por la tierra, en algún olvidado terremoto. La metáfora perfecta del hundimiento de esta nación. La grieta se extendía hasta mucho más al poniente, dando forma a unos cerros que no existían en mí época. A los pies de estos comenzaban las lagunas que distinguí desde lo alto del valle.
Hacia allá no era mucho lo que me deparaba el camino. Solo rocas perdidas entre el polvo y el olvido. Me desvié hacia el norte. Tras caminar unos montículos bordeando la grieta, decidí entrar a uno de los edificios. La mayoría eran de forma cúbica, debían ser los antiguos ministerios. No había mucho que ver en su interior, hasta que di con lo que parecía ser una fosa común. No tendría más de dos metros de profundidad. En su interior descansaban los restos de cinco esqueletos. Descendí con cuidado. Uno de los cuerpos estaba sentado, como si hubiese llegado allí por sus propios medios. Vestía un casco y un uniforme similar al que vi en el siglo XX, de manchas negras y un azul obscuro de fondo. Portaba sobre sus manos una especie de escopeta, hecha de un metal también azul obscuro. Al apretarla un poco, me di cuenta que no era muy difícil doblar el cañón con lo gastado que estaba.
Inspeccioné sus ropas, mucho mejor mantenidas que sus huesos. Palpé algo extraño dentro de su uniforme y lo saqué. De las viejas costillas extraje una especie de revolver, hecho de un material desconocido. A pesar de los miles de años transcurridos, se mantenía perfectamente. De un color que oscilaba entre el negro y el plateado, casi se podría decir que brillaba. No había fisuras, parecía hecha de una sola pieza. Tenía una forma bastante ergonométrica, cuyo mango se ajustaba a la perfección a la forma de los dedos de la mano. El cañón era muy extraño. Consistía de una especie de rendija, y tras esto algo similar a un cristal irregular. Sin intenciones de usarla, instintivamente acomodé mi mano en su enigmática forma. No tenía gatillo, ni ningún botón para accionarla. Solo había una pequeña abertura donde esperaba encontrar el martillo. En ella introduje el dedo pulgar y empujé un poco la superficie.
Súbitamente una sacudida eléctrica me recorrió el brazo. Sentí claramente a la sangre de mis venas palpitar en dirección a mi mano, la cual emitió un resplandor rojizo, como quien pone la palma sobre una linterna; y la pistola, en contraste, emitió un resplandor azul.
Antes de que me diera cuenta, una brillante explosión me había empujado contra la pared de tierra de la fosa, y una carga de energía lumínica fue disparada contra el techo. Cuando recuperé el aliento, observé un enorme agujero en el segundo piso, cuyos bordes todavía estaban incandescentes. Miré con una mezcla de horror y fascinación lo que tenía en mi poder. Se trataba de una tecnología muy superior y desconocida. No funcionaba con balas, claramente. Sino con energía, y, por lo visto, la energía la extraía de quien disparara. De estar en lo correcto, eso explicaba como ese prodigio de la destrucción seguía activo aún después de tantos siglos. Con mucho cuidado, retiré un trozo de tela, casi por deshacerse, de los cuerpos que me rodeaban, y envolví el arma, guardándola en mi chaqueta. Al hacerlo, me percaté en algo de los cuerpos. Estaban todos esposados, y uno de ellos tenía un agujero de bala en la parte superior de la cabeza, como si la bala la hubiesen disparado desde abajo de su mandíbula. Observé esta triste escena, y luego elevé la vista hacia el techo, donde estaba el agujero. Claramente, no fue solo la naturaleza la que destruyó esta ciudad, pensé. Con una sincera lástima por los prisioneros, y por el militar que murió vigilándolos, estiré mis brazos para salir de allí. Pero algo me detuvo.
Fugazmente percibí algo distinto en la imagen de uno de los cadáveres. Me devolví y lo revisé. Se trataba de un esqueleto que estaba con la cabeza encubierta por viejas ropas. Lo limpié, y comprobé mi primera impresión. No era un cráneo normal. La cabeza era mucho más ancha y alargada. Los ojos estaban anormalmente separados, y eran bastante anchos. Y los dientes, los pocos que quedaban, eran más similares a colmillos. Con un desconcierto cada vez mayor contemplé un largo rato esos grandes y oscuros ojos. Ojos cuyas fosas negras, mucho más que donde me encontraba, parecían esconder muchos más secretos, peligrosos y letales para un extraño como yo en esas peligrosas tierras. Un vacío de miles de años reflejado en esa enigmática, y a la vez fascinante mirada de ultratumba, que solo pude llenar con todas las preguntas que me revoloteaban en la cabeza ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho estos hombres para morir aquí? ¿Qué era lo que tenía en mi mano? ¿Era un humano el portador de este cráneo?
Ensimismado como estaba, un inconfundible grito de voz femenina vino a sacarme de mis cavilaciones, sustituyendo todas mis preguntas por una sola. “Coya” dije en voz alta, y me apresuré a salir de esa fosa.
Busqué en el exterior, y escuché de nuevo los gritos ahogados de la joven tenten, como si la tuviesen amordazada. El eco parecía provenir de una especie de subterráneo que se abría en la tierra, similar al metro de Londres. No obstante, al asomarme, mi pie se enredó en una especie de hierba negruzca. Pensé que estaba muerta, pero al jalar un poco, todo mi mundo se puso repentinamente de cabeza. Súbitamente me encontré suspendido a metro y medio del suelo, y colgando de mi pierna derecha. Había caído en una trampa. La cuerda tambaleaba bastante, y yo no pude asirme de nada para bajar. Solo alcancé a escuchar fugazmente los mismos susurros de la Alameda, seguidos de un contundente golpe atrás de mi cabeza y todo se fue a negro.
La jaqueca generada por la sangre acumulada en mi cabeza fue el primer estímulo en sacarme de mi estado de semiinconsciencia. Confundido y con la cabeza colgando de un lado a otro, supuse que seguía suspendido de la cuerda. Al entreabrir los ojos me percaté que me encontraba amarrado de pies y manos de un largo tubo. Me estaban transportando como a una presa de caza.
Mis captores eran los mismos personajes siniestros del cerro. Había uno en cada extremo del tubo, cargándolo sobre su hombro, junto con otros dos que iban más atrás. Nos dirigíamos a una zona de las ruinas de Santiago dominada por tres grandes edificios circulares. Eran similares al coliseo romano, pero techados, y de un color grisáceo bastante sucio. Entramos, y al hacerlo me despedí de la luz del sol. No había pisos, sino una interminable rampa que recorría todo el edificio en forma de caracol, y descendía hasta lo más profundo. Era un auténtico pozo de un olor infecto y aturdidor. El fondo parecía ser una laguna subterránea, apenas distinguible, puesto que se encontraba a por lo menos cien metros de profundidad. En todo el camino de ese largo agujero se amontonaban viejas maquinarias, movidas por engranes y chimeneas, accionadas por los misteriosos caicai.
Mi destino fue una jaula, ubicada como a cinco “pisos” del nivel de la entrada. Escuché el mismo grito, y vi como transportaban a Coya, amordazada, y sobre los hombros de un caicai encapuchado, a pocos metros de donde me encontraba. Quise gritar su nombre, pero en lugar de eso me arrojaron violentamente al piso de mi celda. Atado como estaba, uno de ellos se me acercó. Allí pude ver claramente a los caicai.
Ante mi tenía el rostro de la capucha, de un horror que jamás hubiese imaginado. No era un rostro humano, era un ser grisáceo, de piel húmeda y escamosa. Sus ojos amarillentos, grandes y bien distantes entre sí, bajo los cuales colgaban unas moradas y plegadas ojeras. De su grueso cuello se abrían unas especies de branquias, como tres cicatrices al rojo vivo. Y su boca consistía en dos intimidantes hileras de colmillos, rodeadas de dos labios morados y deformes.
Se me acercó, con cuchillo en mano, y una penetrante mirada. Su repugnante hedor me impactó en la cara como un golpe. Pensé que era mi fin, pero el ser solo cortó las amarras de mis manos. Mientras hacía lo mismo con mis pies, me percaté que el tubo de madera se estaba deshaciendo en astillas en el extremo superior. Instintivamente arranqué un pedazo, lo más filudo que pude, y lo escondí en mis ropas. Desatado de pies y manos, el ser se llevó el tubo y me encerró con llave en la jaula, emplazada en una esquina rocosa como una caverna. Éste y sus acólitos se alejaron. Uno de ellos tenía mi pistola, debieron sacármela mientras estuve inconsciente. Mientras caminaban, se echaron la capucha para atrás, y pude distinguir mejor la extraña forma de sus cabezas. Alargadas, sin cabello y escamosas como las de un anfibio. Eran sin lugar a dudas la especie del cráneo que había encontrado en la fosa. Se alejaron hablando en una extraña jerigonza, llena de sonidos animalescos y agudos que dañaban el oído humano.