Cielo sucio

Edgardo Cozarinsky · Capítulo 12 de 35

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Cielo sucio

Pocos días...

Pocos días antes la habían llamado para despenar a un vecino.

El nieto la siguió, escondido entre las sombras de una noche temprana de agosto. Una mujer llorosa le había ido a pedir ese servicio. Habían hablado en voz tan baja que él no había podido descifrar el susurro a dos voces que le llegaba. La abuela, envuelta en un poncho negro que se confundía con la oscuridad, siguió a la enviada hasta la última casa del poblado.

Un grupo de plañideras esperaba ante la puerta; absortas en sus rezos y gemidos no prestaron atención al niño que se escurría entre ellas y se asomaba al interior. Vio a un anciano, boca abierta, respiración dificultosa, mirada desorbitada, echado en un jergón entre velas casi consumidas. La abuela lo dio vuelta con un movimiento diestro, rápido, descubrió la espalda huesuda y la palpó hasta encontrar el lugar que buscaba en la base del espinazo. Tomó aliento, alzó la mano con los dedos pegados y asestó un golpe seco, certero. El hombre jadeó brevemente antes de quedar sereno, ya despenado.

El grupo que esperaba ante la puerta renovó con fuerza sus plegarias y lamentos, ahora unidos a los gemidos de la familia que rodeaba al difunto.

El chico alcanzó a ver que deslizaban algo en la mano de la abuela. Le bastó ver que ella se envolvía en el poncho para salir corriendo hasta su casa y fingirse dormido cuando llegó.

Días más tarde verá de lejos que lavan en el arroyo las ropas del muerto y las secan tendidas sobre la tierra antes de quemarlas. Al caballo también lo lavan, lo tusan y lo echan al campo abierto. Iba a recordar primero su

incomprensión, más tarde la ternura con que al perro del difunto le dieron bien de comer antes de ahorcarlo y enterrarlo al lado del amo para que su alma le haga compañía.

Dudó entre preguntarle al maestro o al cura. Finalmente se decidió por el cura, pensó que de la muerte y del después sabría más. El maestro siempre le había parecido desconfiado cuando se tocaba algún tema ajeno a la vida práctica.

Le preguntó por las cartas, sobres que llevaban escrito el nombre de una persona. Estaban por bajar el ataúd a la tierra cuando algunas mujeres los deslizaron, rápidas, entre el cuerpo del muerto y la sábana que lo envolvía.

El cura sonrió.

—Son cartas para los seres queridos que ya no están. Les escriben para decirles que no los han olvidado. También para darles noticias de la familia, o enviarles saludos para alguien que se fue antes que ellos.

Ángel asintió sin mucha convicción.

—Te das cuenta de que es una superstición. Los que están del otro lado no necesitan leer para saber lo que piensan los que aún no llegaron. Pero tenemos que respetar esa forma de fe. Es de buen corazón, una fe inocente.

No hay malicia en ella.

Horas más tarde Ángel repetía estas palabras a la abuela, que se rio. Una risa breve, seca, cortante.

—El cura tiene razón. Por una vez. Imaginate si los muertos van a andar abriendo sobres, leyendo el nombre del destinatario. Transmitiendo saludos.

Pero no clausuró el tema. Leyó en la mirada del nieto que esperaba algo más.

—Si uno quisiera hablar con los muertos, puede hacerlo sentándose bajo el lapacho, el que está en la subida de la cuesta. El de las flores color amarillo niebla. El de las flores rojas no escucha. Esperá sin distraerte,

deseá con fuerza y te hablarán. Pero mejor no buscarlos. Si quisieran decirte algo, lo harán en tus sueños. Es su manera de hablarnos sin que los busquemos.

Ángel iba a pasar más de una vez frente al lapacho, evitando detenerse.

No quería hablar con los muertos, no tenía muerto con quien hablar. Se le ocurrió una noche que tal vez su padre estuviese muerto, podía haber chocado el camión en un camino de Chile, y su madre, que se había ido a la ciudad, qué ciudad nunca le dijeron, tal vez tampoco viviera. Pero no les deseaba mal, y pensó que si los llamara, sentado bajo el lapacho de las flores de ese color que para la abuela era amarillo niebla, estaría deseándoles la muerte.

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