Cielo sucio

Edgardo Cozarinsky · Capítulo 8 de 35

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Cielo sucio

Un chico...

Un chico de unos diez años, remera de una universidad norteamericana, zapatillas gastadas, llamó la atención del encargado desde la calle, sin entrar. El hombre asintió y desapareció en la cocina. Instantes más tarde reapareció con un paquete, donde no era difícil imaginar los restos del día que no sobrevivirían hasta el día siguiente. Los amigos sonrieron: el bar, como otros, y algunos restaurantes también, practicaba esa forma poco costosa de solidaridad ante la crisis ya endémica.

Ángel y Alejandro siguieron con la mirada al chico. Cruzó la calle para reunirse con su familia, instalada para el resto de la noche al pie del monumento que recordaba al incauto fundador de la ciudad. Los vieron improvisar un pícnic.

Callaban la historia compartida, sórdida y banal. Como si les produjera asco. La conversación había empezado tomando otro rumbo. Más tarde se infiltraría sin que la llamasen.

Ángel, la mirada perdida en otro paisaje y otro tiempo, sintió necesidad de hablar.

—A mí me crio la abuela. Mi padre, me contaron, manejaba un camión, cruzaba dos veces por semana el Paso de Jama yendo y viniendo de Chile.

Un buen día decidió quedarse del otro lado, hay quienes lo vieron en Antofagasta. El camión no era de él, él lo trabajaba de peón, debe haberlo vendido en Chile, será por eso que no dio señales de vida. Mi madre esperó sin noticias un año largo, después me confió a la abuela y se fue a la ciudad.

De vez en cuando mandaba un giro.

Alejandro lo escuchaba. No se le ocurría interrumpir. Le confiaban algo valioso, y debía protegerlo con su silencio.

—La abuela me llevaba a la escuela. A pie, dos horas caminando. Tres veces por semana. Y me esperaba. Llevaba una bolsa para juntar plantas, una bolsa de arpillera para que las plantas pudiesen respirar. Juntaba tola, yareta, natre. Seguro que usted nunca oyó esos nombres. Plantas medicinales. Venían de lejos a consultarla, ella los escuchaba y les decía cuál servía para su dolencia.

Sólo cuando Ángel hizo una pausa que pareció anunciar el fin de su relato, Alejandro se atrevió a hablar.

—¿Te enseñó todo eso?

—No. Para nada. La abuela era muy celosa de su saber. A mí me enseñó otras cosas. Lo que un hombre necesita para protegerse.

Alejandro reconoció la nueva pausa, definitiva, en la mirada de Ángel.

Unas horas antes ya lo había visto ponerse serio y guardar silencio cuando le preguntó qué había aprendido de la abuela.

Ángel sintió la necesidad de justificar ese silencio.

—Cosas de las que no se habla.

Alejandro hubiese querido responder con una confidencia a la confianza que le regalaban, pero no se le ocurría qué decir. Una vez más, el silencio le pareció más rico que cualquier relato.

Sacó del bolsillo una página de diario, reciente pero ya gastada en los dobleces. Había sido leída más de una vez, doblada con cuidado y guardada. La puso sobre la mesa. Ángel sintió inmediatamente el peso de lo no dicho y tardó en abrirla. Rozó con la mirada el titular. «Liberan al culpable de violar reiteradamente al hijo de cuatro años de edad de su compañera, provocándole la muerte». Sabía de qué hablaba, tal vez lo había leído en otro diario, o lo había oído comentar cuando decretaron las excarcelaciones masivas. Volvió a plegar la hoja con la punta de los dedos, como si pudiera ensuciarlo.

Con un gesto hacia la barra Alejandro indicó que renovaran las bebidas, la cerveza de Ángel, su ginebra. Había visto en los estantes los viejos envases de barro, altos y delgados, fieles al original holandés de la ginebra Bols. No le interesaba particularmente la bebida pero, reflejo literario, lo tentó beber algo en vías de extinción.

Por las ventanas vieron que un leve movimiento se insinuaba en las copas de los árboles del parque, hasta ese momento quietas. Puntual, una brisa anunciaba la madrugada de verano. El cielo ya empezaba a palidecer.

En la vereda de Defensa los últimos milongueros se alejaban a desgano del templo de su culto.

Alejandro le propuso a Ángel acercarlo a su barrio. Dio por sentado que no le daría una dirección exacta.

—Le agradezco, pero tengo ganas de dar una vuelta por este parque. No creo que vaya a volver por aquí.

Había recuperado la chaqueta del uniforme y se diría que al ponérsela se borraba algo de la espontaneidad que había mostrado ante Alejandro. Tenía la mirada absorta en los follajes que se mecían perezosamente, parecía atento a su rumor, escuchar algo que Alejandro no podía oír.

—¿Cuándo plantaron estos árboles?

—No tengo idea. Supongo que a mediados o a fines del XIX.

Ángel permanecía inmóvil, callado.

—Debajo de sus raíces hay mucho dolor. Sufrimiento sin nombre ni cara, pero muy fuerte.

Alejandro lo escuchaba con respeto, reprimía las ganas de interrumpir con una pregunta.

—Créame. A esta hora hablan los muertos.

Se alejó entre los árboles que despertaban en la brisa.

Alejandro lo siguió con la mirada hasta perderlo de vista. Permaneció cabizbajo un momento antes de cruzar la calle y volver al Británico, como

si buscara en la repetición de los gestos cotidianos un ancla para no naufragar en una realidad que asusta.

Un hombre de saco y corbata entró al bar y pidió un café con leche y medialunas. Fue una señal. Un temblor silencioso agitó a los parroquianos de la noche, se alzaron con cautela, poco confiados en la solidez de piernas que habían estado inmóviles durante horas. La única mujer no los siguió. Su reacción fue refrescarse el maquillaje.

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