Cielo sucio

Edgardo Cozarinsky · Capítulo 33 de 35

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Cielo sucio

Vivimos todos...

Vivimos todos en una ciudad propia, se decía Alejandro. La inventamos y padecemos. Nos inspira una intermitencia de amor y despecho.

Ocasionalmente esa ciudad propia coincide con aquella que otros se han inventado. La misma, otra.

Días después de la destrucción del casino flotante, Alejandro recuperaba su vida cotidiana, sacudida pero no cambiada por las emociones vividas en compañía de su hija y Ángel. Se preguntaba cómo guardarían ellos el recuerdo de la aventura compartida, qué sentido le darían con el paso del tiempo, si es que la busca de un sentido fuese a tener lugar en sus preocupaciones.

Sin embargo, en las pausas e intersticios de la rutina lo visitaban imágenes de un vaivén constante de agua nocturna, de añicos de juegos de azar y una decoración estridente. Hubiese preferido que esos desechos fuesen los despojos del empresario de casinos y bingos, sanguijuela de solitarios y desesperados.

Sentado frente a la pantalla de la computadora, intentó escribir. Las palabras se le escapaban; apenas las veía aparecer en la página virtual, las mismas que segundos antes, en su mente, le parecían justas, de pronto perdían vida. Inertes. Desechadas. Ajenas. ¿Epitafios en la lápida de un desconocido? Hubiera querido volver atrás, a alguno de esos momentos, frecuentes, no excepcionales, en que escribir le procuraba placer, en que le daba satisfacción el esfuerzo por limpiar de residuos una primera versión hasta encontrar la forma de una frase que diga más. Pero ya no estaban a su

alcance. Algo se había roto y no estaba seguro de que fuese uno de los tantos desgastes que regala la edad. No podía volver atrás.

Recordó versos de Hölderlin que solía citar un amigo: «Allí donde asoma el peligro, se encuentra lo que salva». Acaso necesitaba perderse para luego encontrarse.

En algún momento se preguntó cuándo había surgido en su ya larga existencia el deseo de satisfacer una pulsión de violencia antes contenida, vocación de verdugo vagamente justificada por una pueril indignación.

Todo podía haber empezado, pero no sabía si podía fiarse de su memoria, una noche de otoño, en un escenario absurdo: el Casino de Montecarlo.

¿Treinta años atrás?

Le costaba imaginarse en Montecarlo. Difícil, pero tendría que aceptarlo como tantas cosas de un pasado que sentía ajeno. Tal vez pudiese explicarlo por la compañía de una mujer, relación intermitente que lo atraía por su mezcla de mundanidad con cierta nostalgia fraudulenta, la de su roce con una militancia caduca. Recordaba su nombre: Silvia.

Cómo habían recalado allí no podía explicarlo. Cosas de los años, demasiados, vividos en Francia. Es posible que estuviesen de vacaciones en algún lugar de la costa, Villefranche por ejemplo, e hicieran escalas explorando el camino hasta la frontera con Italia. Ella o él, alguien había decidido detenerse unas horas en el Principado de Mónaco, territorio de ficción, y visitar su monumento famoso.

Una escena empezaba a cobrar nitidez. Estaban observando a los jugadores en una mesa de baccarat. (Respetuoso de la tradición, el casino desdeñaba la apelación vulgar: punto y banca.) Alejandro seguía fascinado las manos diestras del crupier al deslizar las cartas prisioneras del sabot.

Con un movimiento de cabeza Silvia le llamó la atención hacia un hombre sin edad, restos de pelo rizado, papada satisfecha. Alejandro no le veía más interés que a los demás jugadores, mujeres la mayoría, enajenados todos por igual.

—Henry Kissinger —le susurró Silvia.

Alejandro le prestó atención.

—No lo hubiese reconocido. —Habló dando la espalda a la mesa, sólo audible para Silvia—. Debo haber visto fotos en algún diario, hace años. Un cerdo viejo. ¿Estás segura de que es él?

Ella se rio y se alejó unos pasos de la mesa. Alejandro la siguió.

—Fue un cerdo joven. No tenés por qué conocer su prontuario.

Secretario de Estado en Washing ton antes de ser consejero en política exterior. En fin, ese fue su perfil público. En sus ratos libres, si así puede decirse, prestó servicios a la Corporación RAND, que asesora al gobierno norteamericano en su política nuclear. Además participó en las reuniones del grupo Bilderberg.

Ante la falta de reacción de Alejandro, aclaró:

—Bilderberg, la elite global propietaria de conglomerados mercantiles y fondos de inversión. Se reúnen todos los años en Suiza para unificar políticas de influencia en la creación de un nuevo orden mundial.

Alejandro despertó.

—¿No fue Kissinger el artífice del Plan Cóndor, que impuso las dictaduras de los años setenta en el Cono Sur?

Silvia sonrió satisfecha.

—¡Sí! Y ganó un Premio Nobel de la Paz por haber firmado una tregua con Vietnam en medio de la guerra. La tregua duró tres semanas, el vietnamita devolvió la plata del premio. Kissinger no.

Minutos más tarde estaban sentados en el bar, esperando que les preguntasen qué querían beber. Desde la terraza abierta al Mediterráneo llegaban violines desafinados, una voz fatigada entonando en italiano «nel silenzio ascolterò / questo tango che in una notte profumata / il mio cuore ad un altro cuore incatenò». Emociones vetustas, residuos de 1930.

—¿No te dan ganas de matarlo?

Silvia habló como pensando en voz alta, sin esperar respuesta. Alejandro se sintió invitado a jugar.

—¿Aquí?

—Nunca lo tendremos tan cerca. Aunque no debe desplazarse sin guardaespaldas.

—Tal vez los guardaespaldas no lo sigan cuando va al baño...

Silvia asintió.

—Pero con qué armas... No te veo manos de estrangulador...

Alejandro se miró las manos sin hacer comentario.

—Una mujer tiene recursos, aunque no pueda seguirlo al baño.

Abrió la cartera. Buscaba algo que no encontró.

—Quitaesmalte. Tiene acetona. Se lo echás a los ojos y queda ciego, por lo menos unos minutos.

—Sí, pero puede gritar y los guardaespaldas, esperándolo del otro lado de la puerta, entrarían a ayudarlo. A mí no sé qué podrían hacerme sin crear un escándalo en este piringundín.

Le tuvo que explicar a Silvia el sentido de la palabra, arqueológica para él mismo. Se rieron y en ese momento vieron entrar al «cerdo viejo». Pasó al lado de ellos y registró la mirada curiosa de la pareja. Con cortesía diplomática, supuso que podían ser conocidos no recordados. Les respondió con una sonrisa y una inclinación de cabeza.

Una escena de comedia, conservada como un molusco prehistórico en un trozo de ámbar rescatado del Báltico.

Una escena patética, adultos infantiloides jugueteando con una pulsión de violencia. Pasarían años antes de que ese deseo reapareciese y Alejandro pudiese realizarlo.

No recordaba, en cambio, circunstancias y fechas en que Silvia y él empezaron a distanciarse. Nunca la extrañó. Si de vez en cuando la recordaba, era con afecto y una sonrisa. La suponía en Barcelona, ciudad sensible a su humor. En algún momento se enteró de su muerte temprana,

lejos de la juventud aventurera: ocurrió a pocos kilómetros de Buenos Aires, en Hurlingham, «la cuna del rock argentino», en una incongruente residencia geriátrica de monjas clarisas. Qué reveses de fortuna, qué inesperada vocación la habían llevado a terminar allí, nunca pudo saberlo.

(Intuyó, sin embargo, una simetría cruel: Silvia había estudiado en un colegio de monjas entusiastas de la teología de la liberación. Esta obediencia, ignorada por las familias de clase alta que les confiaban sus hijas, dejó huella en más de una generación, «niñas bien» que adoptaron las consignas de la militancia. Silvia, protegida por su frivolidad, sobrevivió; muchas de sus compañeras no.)

Cada vez que se enteraba de la muerte de alguien que había ocupado un lugar, aun ocasional, en su vida, Alejandro respiraba con renovada fruición.

El memento mori de quienes lo iban precediendo hacía más valiosos sus días.

No le importaba la polución del aire en Buenos Aires, lugar elegido para esperar el fin. Tal vez podría volver a Jujuy, a la Cuesta de Lipán, y detenerse en el camino a Salinas Grandes, en el Alto del Moreno, para respirar eufórico, a 4.200 metros de altura, un aire que lo transportaba más lejos que cualquier sustancia química.

Y allí quedarse sentado observando cómo la última luz del día moría detrás de los cerros.

BUENOS AIRES, DICIEMBRE DE 2020

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