Corazón roto
Corazón roto – Linda Howard
Once
Aquello era una locura, y lo sabía. Lo último que quería era ver a Roger. Y, sin
embargo, allí estaba, intentando encontrarlo, a pesar de que sospechaba que pretendía matarla. No, quería encontrarlo precisamente por eso. No quería morir, desde luego, pero quería que todo aquello acabara. Solo entonces podría llevar una vida nor-mal.
Quería que esa vida transcurriera junto a John, pero no se engañaba: sabía que su relación no era estable, y que tal vez el mal humor que tenía John esos días vaticinara su fin. Nada de lo que hacía parecía complacerlo, salvo cuando estaban en la cama, pero quizás ello no fuera más que la consecuencia natural de su intenso apetito sexual.
La mañana que pensaba ir a su casa, estaba tan nerviosa que ni siquiera pudo comer. Dio vueltas sin cesar de un lado a otro hasta que al fin vio que John se montaba en la camioneta y cruzaba los prados. No había querido que se enterara de que pensaba salir; le hacía demasiadas preguntas, y resultaba difícil ocultarle algo. De todos modos,
solo estaría fuera media hora, porque, cuando llegara el momento decisivo, no tendría valor para hacer de cebo. Lo único que pretendía era pasar delante de su casa; luego, volvería al rancho de John.
Puso la radio en un esfuerzo por calmar sus nervios mientras conducía lentamente por la estrecha carretera de gravilla. Le sorprendió enterarse de que el tercer huracán de la estación, el huracán Carl, se había formado en el Atlántico y se dirigía hacia Cuba. Las otras dos tormentas le habían pasado completamente desapercibidas. Ni siquiera se había dado cuenta de que el verano se había transformado suavemente en un otoño temprano, porque el tiempo seguía siendo cálido y húmedo, perfecto para la formación de huracanes.
Aunque escrutaba atentamente ambos lados de la carretera, buscando un coche escondido entre los árboles, no vio nada. La mañana era apacible y bochornosa. No había nadie en la carretera. Irritada, dio la vuelta para regresar a casa de John.
De pronto, sintió una náusea y tuvo que parar el coche. Abrió la puerta y se inclinó hacia afuera, pero, aunque sentía arcadas, tenía el estómago vacío y no pudo vomitar. Cuando el espasmo pasó, se apoyó contra el volante, débil y sudorosa. Aquello estaba durando mucho para ser un virus.
Permaneció recostada sobre el volante largo rato, demasiado débil para conducir y demasiado mareada para preocuparse. Un ligera brisa entró por la puerta abierta, refrescándole la cara, que le ardía, y con la misma ligereza la verdad se abrió paso a través de su mente.
Si aquello era un virus, era de los que duraban nueve meses.
Echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra el reposacabezas del asiento, y una sonrisa afloró a sus pálidos labios. Estaba embarazada. Claro. Hasta sabía cuándo había ocurrido: la noche que John regresó a casa desde Miami. Cuando se despertó, le estaba haciendo el amor, y ninguno de los dos pensó en tomar precauciones. Y, después, había estado tan nerviosa que ni siquiera se había percatado de que tenía una falta.
Un hijo de John crecía en sus entrañas desde haría casi cinco semanas. Deslizó la mano hasta su vientre y se sintió feliz, pese a su malestar físico. Sabía los problemas que aquello le acarrearía, pero por el momento eran lejanos e insignifiaartes comparados con la alegría deslumbrante q u e sentía.
Corazón roto – Linda Howard
Se echó a reír pensando en sus mareos. Recordaba haber leído en alguna revista que las mujeres que sufrían náuseas matutinas tenían menos riesgo de abortar. Si era cierto, su bebé estaba más seguro que el oro de Fort Knox. Seguía encontrándose mal, pero ahora se sentía feliz de que así fuera.
-Un bebé -musitó, pensando en una criatura diminuta y bienoliente, con el pelo abundante y moreno y unos preciosos ojos negros, aunque sabía que el hijo de John Rafferty seguramente sería un auténtico diablillo.
Pero no podía continuar sentada en el coche, que estaba parado al borde del arcén, más dentro de la carretera que fuera. Temblorosa, confiando en contener las náuseas hasta que llegara a casa, puso el coche en marcha y regresó al rancho con sumo cuidado. Ahora que sabía qué le pasaba, sabía también qué hacer para asentar el estómago. Y tenía que fijar una cita con el médico.
Como cabía esperar, su estómago se aplacó en cuanto se comió una tostada y se bebió un té suave. Luego empezó a pensar en los problemas.
El primero, y el más arduo, era decírselo a John. No tenía ni idea de cómo reaccionaría, pero tenía que asumir la posibilidad de que no se mostrara tan entusiasmado como ella. Temía que estuviera empezando a cansarse de su relación. Si así era, el bebé le parecería una carga que lo ataba a un mujer a la que ya no quería a su lado.
Se tumbó en la cama, procurando ordenar sus ideas y sus emociones. John tenía derecho a saber que esperaba un hijo y, le gustara o no, tenía que asumir su responsabilidad. Por otra parte, ella no podía usar su embarazo para retenerlo a su lado si quería dejarla. Una negra desesperación la invadía cada vez que intentaba imaginarse un futuro sin John, pero lo amaba lo suficiente como para dejarlo marchar. Desde su primer día juntos, se había estado preparando inconscientemente para el momento en que él le diría que ya no la deseaba. Eso lo tenía muy claro.
¿Pero y si él decidía que debían casarse? John se tomaba muy en serio sus responsabilidades, hasta el punto de casarse con una mujer a la que no quería, solo por el bien de su hijo. Ella podía comportarse como una cobarde y aferrarse a lo que le ofreciera, pensando que las migajas de su afecto eran mejor que nada, o, de algún modo, podía reunir el valor necesario para rechazar lo qe más deseaba en el mundo. Los ojos se le llenaron de lágrimas, como le ocurría a menudo esos días. Respiró hondo y se las enjugó.
No podía decidir nada; sus emociones oscilaban bruscamente entre la exaltación y la tristeza. No sabía cómo iba a reaccionar John, así que hacer planes era una pérdida de tiempo. Aquello era algo que debían resolver juntos.
Oyó que alguien se acercaba a caballo y, al estante siguiente, oyó voces excitadas en el exterior, pero los vaqueros iban y venían por el rancho a todas horas, de modo que no se alarmó hasta que oyó que Edie gritaba:
-¡Michelle! ¡Hay un herido! Los chicos van a traerlo aquí... ¡Dios mío, pero si es el jefe!
Al oír sus últimas palabras, Michelle se levantó de la cama de un salto. Después, no recordaría haber bajado las escaleras; solo recordaría que Edie la sujetaba junto a la puerta mientras Nev y otro hombre ayudaban a John a apearse del caballo. John se sujetaba una toalla sobre la cara y tenía las manos y los brazos cubiertos de sangre, y la camisa empapada.
El rostro de Michelle se crispó y un grito desgarrador escapó de su garganta. Edie era una mujer alta y fuerte, pero de algún modo logró desasirse de ella y llegar hasta John. Este Corazón roto – Linda Howard
apartó a Nev y abrazó a Michelle con el brazo libre, apretándola contra él.
-Estoy bien -dijo con voz áspera-. No es tan grave como parece.
-Será mejor que vayas a que te vea un médico, jefe -dijo Nev-. Esos cortes necesitan unos puntos.
-Lo haré. Vuelve con los hombres y ocúpate de todo -John lanzó a Nev una mirada de advertencia por encima de la cabeza de Michelle y, aunque la toalla ensangrentada le cubría un ojo, Nev captó el mensaje. Miró rápidamente a Michelle y asintió.
-¿Qué ha pasado? -dijo Michelle frenéticamente mientras ayudaba a John a entrar en la cocina. Notaba el peso de su brazo alrededor de los hombros, lo cual la convenció de que estaba peor de lo que pretendía. Él se dejó caer sobre una de las sillas de la cocina.
-Perdí el control de la camioneta y me estrellé contra un árbol -masculló-. Me golpeé la cara contra el volante.
Michelle puso la mano sobre la toalla para sostenerla en su sitio, notando que él daba un respingo al sentir aquella leve presión, y le apartó la mano. Vio que tenía gruesos fragmentos de vidrio entre el pelo.
-Déjame que te vea -dijo, y le quitó la toalla de la cara.
Tuvo que morderse el labio para no gemir. El ojo izquierdo estaba ya hinchado y cerrado, y en el pómulo tenía una herida profunda. La mejilla y la frente estaban amoratadas y se hinchaban casi a ojos vista formando grandes bultos que distor-sionaban su rostro. Un corte alargado cruzaba su frente, y otros muchos, más pequeños, sangraban abundantemente. Michelle respiró hondo y procuró hablar con tranquilidad.
-Edie, pica un poco de hielo para ponérselo en el ojo. Quizá podamos impedir que se le hinche más. Traeré mi bolso y las llaves del coche.
-Espera un momento -le ordenó John-. Quiero lavarme un poco; estoy lleno de sangre y de cristales.
-Eso no importa...
-No estoy tan malherido -la interrumpió él-. Ayúdame a quitarme la camisa.
Cuando utilizaba aquel tono de voz, no había quien le hiciera cambiar de opinión. Michelle le desabrochó la camisa y lo ayudó a quitársela, notando que se movía con extrema precaución. Cuando se hubo quitado la camisa, vio que una gran marca roja le cruzaba las costillas, y comprendió por qué se movía con tanto cuidado. Al cabo de unas horas, estaría tan dolorido que no podría moverse siquiera. Levantándose de la silla, John se acercó al fregadero y se lavó las manos y los brazos cubiertos de sangre. Luego aguardó pacientemente mientras Michelle le limpiaba suavemente el pecho, la garganta y la espalda con un paño húmedo. Tenía el pelo manchado de sangre por el lado izquierdo, pero Michelle no quería lavarle la cabeza hasta que lo viera un médico.
Subió corriendo al piso de arriba para llevarle una camisa limpia y lo ayudó a ponérsela. Edie envolvió una buena cantidad de hielo picado en una toalla limpia. John hizo una mueca de dolor cuando Michelle se la colocó sobre el ojo, pero no protestó.
Michelle tenía el semblante crispado mientras conducía hacia el ambulatorio de urgencias Corazón roto – Linda Howard
de la ciudad. John estaba herido. Aquello la había descolocado, porque, por alguna razón, nunca había pensado que fuera vulnerable a nada. John era tan duro como el granito, de alguna forma parecía inasequible a la fatiga, a la enfermedad y a las heridas. Su cara magullada y ensangrentada evidenciaba que era humano y, sin embargo, no parecía nervioso. Seguía manteniendo el dominio sobre sí mismo.
Ya en el ambulatorio, fueron conducidos a una sala de curas donde un médico limpió meticulosamente las heridas de John y le dio puntos en el corte de la frente. Los otros cortes no requerían puntos, pero el médico los limpió y los cubrió con apósitos. Luego pasó largo rato examinando el hinchazón de su ojo izquierdo.
-Voy a mandarlo a un hospital de Tampa para que lo vea un especialista -le dijo a John.
-No tengo tiempo para andar de un lado para otro -dijo John secamente, bajándose de la camilla.
-Es su vista -dijo el doctor sin inmutarse-. Se ha dado un golpe muy fuerte; lo bastante como para haberse fracturado el pómulo. Pero, por suresto, si no tiene tiempo para salvar su ojo...
-Iremos -dijo Michelle.
John le lanzó una mirada furiosa, pero ella lo miró con la misma ferocidad. Había algo extraño en ella, una especie de fulgor diferente y sutil que John no podía describir. Aunque estaba pálida y angustiada, tenía buen aspecto. Pero la verdad era que a él siempre le parecía guapa, y la vería mucho mejor con dos ojos que con uno.
Pensó rápidamente y luego gruñó:
-Está bien.
Que Michelle pensara lo que quisiera sobre el hecho de que accediera a ir al hospital; lo cierto era que no quería que se acercara al rancho. Si se iba a Tampa, podía insistir en que lo acompañara, lo cual la mantendría fuera de peligro mientras Andy Phelps seguía la pista de quien había disparado contra su parabrisas. Lo que antes era una sospecha, se había convertido en una certeza, al menos en lo que a John concernía. El peligro que suponía Beckman iba mucho más allá de las llamadas telefónicas. Beckman había sacado a Michelle de la carretera haciendo que pareciera un accidente, pero ahora había ido más lejos. Aquel balazo no había sido accidental.
Gracias a Dios, Michelle no estaba con él cuando todo sucedió. Al principio, John creyó que la bala iba dirigida contra él, pero ahora no estaba tan seguro. La trayectoria de la bala se desviaba demasiado hacia la derecha. ¡Maldición, si no hubiera perdido el control de la camioneta cuando se rompió el parabrisas... ! Había dado un volantazo instintivamente, y la camioneta derrapó por la hierba resbaladiza y se estrelló de frente contra un roble. El impacto lo lanzó hacia delante, y se golpeó el pómulo contra el volante con tal fuerza que quedó inconsciente durante unos minutos. Cuando se recuperó y se aclaró la neblina de su cabeza, ya no tenía sentido mandar a sus hombres a investigar de dónde procedía el disparo. Beckman sin duda se había ido hacía largo rato, y segur-amente los hombres habrían destruido las pruebas que pudiera haber dejado. Andy Phelps se encargaría de todo desde ese momento.
-Pediré una ambulancia -dijo el médico, dándose la vuelta para salir de la habitación.
-No es necesario. Michelle puede llevarme.
El doctor suspiró.
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-Señor Rafferty, sufre usted una conmoción. Debería tumbarse. Y, por si acaso sufriera algún daño en el ojo, no debería moverse, ni inclinarse, el menearse siquiera. Lo mejor es que vaya a Tampa en ambulancia.
John intentó fruncir el ceño, pero tenía el lado izquierdo de la cara tan hinchado que los músculos no le obedecieron. De ninguna manera iba a consentir que Michelle fuera sola en el Mercedes; Beckman identificaría inmediatamente el coche. Si tenía que ir a Tampa, no se separaría de ella ni un minuto.
-Solo si Michelle viene conmigo en la ambulancia.
-Yo iré detrás -dijo ella-. No, espera. Primero tengo que volver a casa para recoger algo de ropa.
-No. Doctor, deme una hora. Haré que nos traigan ropa y que se lleven el coche a casa -entonces se volvió hacia Michelle y dijo-. O vienes conmigo, o no voy.
Michelle lo miró exasperada, pero enseguida comprendió que no iba a dar su brazo a torcer. John había accedido con sorprendente facilidad a ir al hospital, y de repente se empeñaba tercamente en que se quedara a su lado. Si alguien se llevaba el coche al rancho, se quedarían sin medio de transporte en Tampa, lo cual no tenía sentido. Todo aquel incidente resultaba extraño, pero Michelle no sabía por qué, y no tenía tiempo para averiguarlo. Si tenía que montarse en la ambulancia para que John fuera a Tampa, lo haría.
John dio por sentado que accedía y le dio instrucciones para que Nev fuera a llevarles ropa, acompañado de otro hombre que conduciría el coche de vuelta al rancho. Michelle suspiró para sus adentros y salió de la habitación para llamar por teléfono. John aguardó unos segundos y luego dijo:
-Doctor, ¿hay otro teléfono que pueda usar?
-Aquí no, y no debe usted andar. Ni siquiera debería estar sentado. Si la llamada es tan urgente que no puede esperar, dígale a su mujer que la haga.
-No quiero que ella se entere -no se molestó en decirle al médico que Michelle no era su mujer-. Hágame un favor. Llame a la oficina del sheriff y dígale a Andy Phelps dónde estoy y que necesito hablar con él. No hable con nadie, salvo con Phelps.
Los ojos del doctor se aguzaron y observaron a John un instante.
-De acuerdo. Haré esa llamada si se tumba. Se arriesga a perder el ojo, señor Rafferty. Piense en lo que supondría perder la vista de ese ojo para el resto de su vida.
John esbozó una sonrisa cansina que alzó las puntas de su bigote.
-Me temo que el daño ya está hecho, doctor -perder la vista del ojo izquierdo no tenía importancia, comparado con salvarle la vida a Michelle.
-No necesariamente. Puede que no tenga nada en el ojo, pero es preferible hacer una revisión completa. Puede que tenga lo que llamamos una factura de estalladura, en la que el impacto se tansmite a las paredes del hueso orbital, a la cuenca del ojo. El hueso es muy fino, y cede bajo cesión, pero no afecta al globo ocular. Una fractura de ese tipo no le dejará ciego, pero requerirá una operación. O puede que tenga dañado el nervio, o la retina desprendida. Yo no soy especialista en oftalmología, así que no puedo decírselo. Lo único que puedo decirle es que se esté tan quieto como sea posible o solo conseguirá empeorar las cosas.
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John se tumbó, impaciente', poniendo las manos bajo la cabeza, que le dolía cada vez más. Ignoró el dolor, al igual que ignoraba las molestias que sentía en la cara. Fuera lo que fuera lo que le pasara, ya no tenía remedio. Podía tener el pómulo roto y quizá también la cuenca del ojo. Podría vivir con la cara deformada o con un solo ojo, pero no podría vivir sin Michelle.
Repasó el incidente una y otra vez en su cabeza, intentando rescatar los detalles de su subconsciente. Un instante antes de que la bala rompiera el parabrisas, ¿no había visto un resplandor que podía indicar la posición de Beckman? ¿Iba éste andando? No era probable. El rancho era demasiado extenso para que un hombre lo recorriera a pie. Pero tampoco era probable que fuera a caballo; era más difícil conseguir un caballo que un coche, que podía alquilarse en cualquier parte. Asumiendo que Beckman fuera en coche, ¿qué camino podía haber tomado para impedir que lo vieran?
Andy Phelps llegó momentos antes que Nev. Como Michelle estaba presente, el ayudante del sheriff bromeó un rato con John, diciéndole que se había estropeado su bonita cara, y esperó mientras John le daba a Nev instrucciones detalladas. Luego, John miró a Michelle.
-¿Por qué no vas a revisar lo que ha traído Nev? Si necesitas algo más, puede llevárnoslo a Tampa.
Michelle vaciló un instante, alarmada. Por alguna razón, John quería que saliera de la habitación. Miró al ayudante del sheriff, un hombre alto y taciturno, y luego volvió a mirar a John antes de abandonar la habitación junto con Nev, sin decir nada. Algo iba mal. Lo sabía.
Hasta Nev se comportaba de forma extraña. Ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos. Había sucedido algo que nadie quería contarle. Algo que afectaba a John y éste había accedido a ir al hospital con excesiva facilidad, aunque el peligro de perder la vista fuera razón más que suficiente para convencerlo incluso a él; pero luego se había comportado de manera ilógica respecto al coche. Y eso era raro en él. Nev estaba nervioso, y ahora John quería hablar en privado con el ayudante del sheriff. De repente, Michelle se convenció de que Phelps no tetaba allí solo porque se hubiera enterado de que m amigo estaba herido.
Había demasiadas cosas que no encajaban. El hecho mismo de que John hubiera sufrido un accidente no acababa de encajar. John conducía por aquellos pastos desde niño, mucho antes de tener la edad de sacarse el carné de conducir. Además, era uno de los conductores más prudentes que Michelle había visto. Tenía unos reflejos muy rá-pidos y la visión de un águila. No tenía sentido que hubiera perdido el control de la camioneta y se hubiera estrellado contra un árbol. Resultaba demasiado improbable, demasiado a propósito, demasiado similar a su propio accidente.
Roger.
¡Qué idiota había sido! Había pensado que su ex marido solo suponía un peligro para ella, no para John. Debía haberse imaginado que sus celos paranoicos se volverían contra el hombre que, según él, se la había arrebatado. Mientras ella intentaba hacerle salir a la luz, él estaba siguiendo a John. Apretó los puños con rabia. Roger no tendría ninguna oportunidad si se enfrentaba a John en una pelea limpia, pero se había escondido como un cobarde, evitando a toda costa una confrontación cara a cara.
Miró las dos bolsas de viaje que Edie había preparado y se llevó una mano a la cabeza.
-Estoy un poco mareada, Nev -musitó-. Disculpa, tengo que ir al servicio.
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Nev miró a su alrededor con expresión preocupada.
-¿Quieres que llame a una enfermera? Estás muy pálida.
-No, enseguida me encontraré mejor -consiguió esbozar una leve sonrisa-. Nunca he soportado la visión de la sangre, y se me ha revuelto un poco el estómago.
Le dio una palmadita en el hombro y dobló la esquina que llevaba a los servicios públicos, pero no entró. Esperó un momento, asomándose de vez en cuando a la esquina. En cuando Nev se dio la vuelta y se sentó a esperarla, cruzó el pasillo donde se encontraban las salas de curas. La puerta de la de John estaba cerrada, pero el pestillo no estaba echado. Michelle giró el pomo suavemente, y la puerta se abrió una rendija. La puerta daba al lado izquierdo de la habitación, de m odo que John no podía verla. Phelps debía de estar a la derecha de John, frente a él; con un poco de suerte, no notaría el leve movimiento de la puerta.
Sus voces se filtraron por la rendija.
-... creo que la bala procedía de un pequeño promontorio que había justo a la izquierda -dijo Jobn-. Nev puede enseñártelo.
-¿Hay alguna posibilidad de que la bala se haya incrustado en la tapicería?
-Seguramente no. La trayectoria no tenía el ángulo necesario.
-Puede que encuentre el cartucho. En las líneas aéreas no he encontrado absolutamente nada, pero se me ha ocurrido otra cosa. Si tomó un avión para llegar hasta aquí, tuvo que desembarcar en Tampa, lo cual significa que seguramente alquiló un coche en el aeropuerto. Si alguien reconoce su fotografía, conseguiremos el número de su matrícula.
-Debes buscar un Chevrolet azul -dijo John.
-No quiero ni pensar cuántos Chevrolets azules hay en este estado. Ha sido una buena
idea llevarte a Michelle a Tampa. Así tendré unos cuantos días para seguirle la pista a ese tipo. Puedo enviarte a un colega de Tampa para que vigile el hospital, si lo crees necesario.
-No podrá encontrarla si el doctor no se va de la lengua y mi historial desaparece.
-Eso puedo arreglarlo -se rio Andy.
Michelle no quiso oír más. Recorrió sigilosamente el pasillo y se acercó a Nev. Este estaba
leyendo una revista y no levantó la vista hasta que ella se sentó a su lado.
-¿Te encuentras mejor? -preguntó afectuosamente.
Michelle respondió algo y Nev pareció darse por satisfecho. Estaba sentada muy rígida en la silla, completamente asombrada. Lo que acababa de oír confirmaba sus sospechas de que Roger estaba tras el «accidente» de John, pero le resultaba difícil asumir el resto. John no solo creía lo de las llamadas telefónicas, sino que también las había relacionado con el Chevrolet azul y, a escondidas, había intentado localizar a Roger. Eso explicaba por qué de repente insistía tanto en que le dijera adónde iba y cuánto tiempo estaría fuera, y por qué no quería que saliera del rancho. Había intentado protegerla, mientras ella intentaba tenderle una trampa a Roger para que saliera a la luz.
No le había dicho a John lo que tramaba porque pensaba que no la creería; su Corazón roto – Linda Howard
experiencia le había enseñado de la manera más amarga que solo podía confiar en sí misma, y quizá había aprendido la lección demasiado bien. John la había ayudado desde el principio, a veces contra la voluntad de Michelle. Había intervenido y asumido las tareas del rancho; estaba dirigiendo literalmente su explotación hasta que ella pudiera volver a convertirlo en una empresa rentable. Le había dado amor, consuelo, mimos y atenciones, y también un hijo, y, sin embargo, Michelle seguía sin confiar en él. John no estaba cansado de ella: había soportado una presión considerable para protegerla.
Como era propio de él, no le había hablado de sus sospechas, ni de lo que estaba haciendo, por no preocuparla. El instinto de proteger a los demás estaba muy arraigado en él, hasta el punto de desafiar todo argumento lógico. Había pocas cosas o personas que le importaran en la vida, pero, cuando algo le importaba, se daba por entero.
El ayudante Phelps se paró a charlar un momento. Michelle decidió darle ocasión de hablar con Nev, y volvió a la habitación de John. La ambulancia acababa de llegar, de modo que pronto se marcharían.
Cuando abrió la puerta, John giró la cabeza para poder mirarla con el ojo bueno.
-¿Va todo bien?
Ella tuvo que apretar los dientes para contener la rabia que sintió al ver su cara desfigurada y amoratada. Deseó destruir a Roger. Una furia primitiva la invadió, inundando cada célula de su cuerpo. Le costó un gran esfuerzo acercarse a John con paso tranquilo y tomarlo de la mano.
-Con tal de que tú estés bien, me importa un bledo lo que Edie haya metido en la bolsa.
-Me pondré bien -dijo él con voz segura y confiada. Quizá perdiera la visión del ojo; quizá no. Pero se pondría bien. John Rafferty estaba hecho del acero más puro.
Michelle se sentó a su lado en la ambulancia y lo agarró de la mano durante todo el viaje a Tampa, sin apenas apartar los ojos de su cara. Quizás estuviera medio dormido; quizás, sencillamente, le resultaba menos doloroso mantener también el ojo derecho cerrado. Fuera cual fuera la razón, apenas hablaron durante el largo tra-yecto.
Hasta que llegaron al hospital John no abrió el ojo bueno y la miró, haciendo una mueca al ver lo cansada que parecía. Necesitaba tumbarse más que él. Debería habérsela llevado de allí cuando comenzó a sospechar que Beckman estaba detrás de su accidente, pero no había querido perderla de vista. No estaba seguro de ella, ni de cuánto lo necesitaba, de modo que había preferido tenerla cerca. Pero su expresión al ver que estaba herido... Una mujer no ponía esa expresión si alguien no le importaba. John no sabía cuánto le importaba a Michelle, pero por el momento se conformaba con saber que le importaba. Ahora era suya, y no quería perderla. En cuanto se arreglara el asunto de Beckman, se casaría con ella tan deprisa que Michelle no sabría ni qué estaba pasando.
Ella se ocupó de cumplimentar los trámites de ingreso en el hospital mientras las enfermeras, se llevaban a John. Aunque estaba magullado, exudaba una virilidad que atraía a las mujeres como un imán.
Michelle no volvió a verlo hasta tres horas después. Agotada, vagó por los pasillos hasta que un acceso de náuseas la impulsó a buscar la cafetería, donde se comió lentamente un montón de galletas saladas. El estómago se le asentó lentamente. John pasaría al menos dos días en el hospital, quizá más; ¿cómo le ocultaría su estado si Corazón roto – Linda Howard
iba a pasarse con él casi todas las horas del día? Nada escapaba a su atención por mucho tiempo. La reproducción no era nada nuevo para él; era su negocio. Las vacas parían terneras; las yeguas, potrillos. En el rancho, todo se apareaba y se reproducía. John no tardaría mucho tiempo en dar con la verdadera razón de sus mareos.
¿Qué diría si se lo contaba? Cerró los ojos y el corazón se le aceleró al pensarlo. Él
merecía saberlo. Michelle quería que lo supiera. Quería compartir con él cada
momento de su embarazo. ¿Pero y si aquello lo impulsaba a hacer alguna tontería,
sabiendo que Roger no solo la amenazaba a ella, sino también a su hijo?
Intentó pensar con claridad. Allí, en el hospital, estaban a salvo; así ganarían tiempo. John no querría marcharse sabiendo que, si se quedaban allí, ella estaría protegida. Michelle sospechaba que solo había accedido a ir a Tampa por eso. Le estaba dando tiempo al ayudante Phelps para que encontrara a Roger, si podía.
¿Pero y si no lo encontraba antes de que a John le dieran el alta? Roger había tenido tiempo de reparar los daños que hubiera sufrido el Chevrolet, y nadie le había visto disparar contra John. Tampoco había amenazado a Michelle durante sus llamadas telefónicas. No hacía falta; ella lo conocía, y con eso bastaba.
No podía seguir huyendo; ya no. Llevaba dos años haciéndolo, escapando emocionalmente mucho tiempo después de dejar de huir físicamente. John le había devuelto la vida con su pasión, forzándola a salir de su reducto defensivo. No podía abandonarlo, sobre todo ahora que llevaba un hijo suyo en las entrañas. Debía enfrentarse a Roger, enfrentarse a sus viejas pesadillas y vencerlas, o nunca se libraría de sus temores. Lucharía cco él, algo que nunca se había atrevido a hacer por miedo. Lucharía con él por John, por su hijo, y también por ella misma.
Finalmente, regresó a la habitación que le habían asignado a John y aguardó. Media hora
después lo llevaron en una silla de ruedas y lo tumb a r o n con mucho cuidado en la
cama. Cuando la puerta se cerró tras los celadores, John dijo con los dientes
apretados:
-Si alguien más entra por esa puerta, te juro qe lo echaré por la ventana -se acomodó sobre la almohada, incorporándose ligeramente, y luego apretó el botón que subía el cabecero.
Michelle ignoró su mal humor.
-¿Ya has visto al especialista?
-A tres de ellos. Ven aquí -aquel tono de voz, bajo y exigente, y el brillo de su ojo derecho res eran inconfundibles. Extendió la mano y repitió-. Ven aquí.
-John Patrick Rafferty, no estás en forma para portarte así.
-¿No lo estoy?
Michelle se negó a mirar su entrepierna.
-No debes moverte.
-No quiero moverme. Solo quiero que me des un beso -le dirigió una sonrisa lenta y
maliciosa a pesar de la hinchazón de su cara-. De ánimo estoy dispuesto, pero de
cuerpo estoy agotado.
Michelle se inclinó para besarlo, acariciando suavemente sus labios. Cuando intentó Corazón roto – Linda Howard
alzar la cabeza, él le metió los dedos entre el pelo y la sostuvo mientras sus bocas
se amoldaban. John dejó escapar un suspiro de placer y permitió que se incorporara,
pero deslizó la mano hasta su trasero para retenerla a su lado.
-¿Qué has estado haciendo mientras yo yacía tumbado en gélidos pasillos, esperando que me auscultaran, me pincharan, me hicieran radiografías y volvieran a auscultarme?
-Oh, he estado muy entretenida. Uno no se da cuenta de lo difícil que es el arte de manejar una fregona hasta que ve cómo lo hace un verdadero profesional. Además, aquí hay una cafetería de cuatro estrellas, especializada en galletas saladas -sonrió Michelle.
John le devolvió la sonrisa, pensando que, en otro tiempo, la habría acusado de ser una niña mimada. Ahora no podría hacerlo, porque él mismo la mimaba cuanto podía, mientras ella insistía en contentarse con mucho menos de lo que estaba dispuesto a ofrecerle. Sus gustos ya no parecían inclinarse por el caviar y los abrigos de visón, y hasta se conformaba con conducir su vieja camioneta en vez de un Porsche. Le gustaba la seda y tenía trajes bonitos, pero parecía igual de contenta poniéndose unos vaqueros y una camiseta de algodón. No éra fácil mimar a una mujer que se daba por satisfecha con lo poco que tenía.
-Haz que traigan una cama para ti -ordenó él-. A no ser que quieras dormir en la mía.
-No creo que las enfermeras lo consintieran.
-¿La puerta tiene cerrojo?
Michelle se echó a reír.
-No. Hoy no es tu día de suerte.
La mano de John se movió sobre su trasero, con la caricia lenta e íntima de un amante.
-Tenemos que hablar. ¿Te importaría que perdiera el ojo?
Hasta ese momento, Michelle no se había dado cuenta de que podía perder el ojo, y no solo la visión. Respiró hondo, aturdida, tomándolo de la sano. Él continuó mirándola fijamente, y Michelle se relajó poco a poco, comprendiendo qué era lo que le importaba.
-Me importaría por ti, pero en cuanto a mí... puedes ser tuerto, o totalmente ciego, o bizco, o lo que sea, que yo seguiré queriéndote.
Por fin lo había dicho. No pretendía hacerlo, pero las palabras le habían salido de forma tan natural que, aunque hubiera podido borrarlas, no lo habría hecho.
El ojo derecho de John brilló con un fuego negro. Michelle nunca había visto a nadie con los ojos tan negros; unos ojos negros como la noche que la habían obsesionado desde la primera vez que lo vio. Bajó la mirada y consiguió esbozar una leve sonrisa, un tanto vacilante, mientras aguardaba a que él dijera algo.
-Dilo otra vez.
Michelle no fingió ignorar a qué se refería, pero tuvo que respirar hondo de nuevo. El corazón le latía muy deprisa.
Corazón roto – Linda Howard
-Te quiero. No lo digo por intentar convencerte de nada. Es solo lo que siento, y no espero que tú...
Él le puso los dedos sobre la boca.
-Ya era hora -dijo.