Corazón roto

Linda Howard · Capítulo 7 de 14

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Corazón roto

Corazón roto – Linda Howard

 

Siete

Era media mañana cuando Michelle se despertó, y se quedó un momento tumbada, sola, en la enorme cama, intentando orientarse. Estaba en casa de John, en su cama. Él se había levantado hacía horas, antes del alba, despidiéndose con un beso en la frente y la orden de que siguiera durmiendo. Michelle se desperezó, dándose cuenta al mismo tiempo de que estaba completamente desnuda y de que le dolían todos los músculos del cuerpo. No le apetecía moverse, no quena abandonar el confortable refugio de las sábanas y las almohadas que todavía olían a John. El recuerdo del placer que había sentido la hizo estremecerse, y se removió, inquieta. Él apenas había dormido, ni la había dejado dormir, hasta que finalmente se levantó para emprender un día normal de trabajo.

Ojalá la hubiera llevado con él. Se sentía incómoda con Edie, la asistenta interna. ¿Qué pensaría? Solo se habían visto un momento, porque John la había hecho subir al piso de arriba con prisas casi indecentes, pero le había dado la impresión de ser una mujer fría, altiva y digna. La asistenta no diría nada si aquello le parecía mal, pero daba igual. Michelle lo sabría de todos modos.

Por fin salió de la cama y se duchó, sonriendo, cansada, para sí misma al comprender que no tendría que escatimar agua caliente. El aire acondicionado central mantenía la casa agradablemente fresca, otra comodidad de la que había prescindido para reducir gastos. Fuera cual fuese su estado de ánimo, al menos físicamente allí podría encontrarse a gusto. De repente, le sorprendió pensar que nunca había estado en casa de John; no sabía qué podía esperar. Quizás otra vieja casa ranchera, como la suya, a pesar de que su padre la había reformado y modernizado completamente por dentro antes de que se mudaran, y era en realidad tan lujosa como la casa en la que Michelle había crecido. Pero la casa de John era de estilo español, y solo tenía ocho años. Las frescas paredes de ladrillo, pintadas de color ocre, y los altos techos mantenían el calor a raya, y una colorida hilera de macetas refrescaba el aire. A principio le sorprendieron las plantas, pero luego pensó que serían cosa de Edie. La casa en forma de U se curvaba en torno a una piscina rodeada por un jardín tan frondoso que parecía un lago selvático. Todas las habitaciones daban a la piscina y al patio.

A Michelle le sorprendió el lujo. John estaba muy lejos de ser pobre, pero la casa debía de haberle costado una fortuna. Ella esperaba algo más funcional. Sin embargo, al mismo tiempo, aquel lugar era ciertamente su hogar. La presencia de John lo permeaba todo, y todo estaba dispuesto a su gusto.

Finalmente, se armó de valor y bajó las escaleras; si Edie pensaba mostrarse hostil, sería mejor que lo averiguara cuanto antes.

La disposición de la casa era sencilla, y Michelle encontró la cocina sin contratiempos. Solo tuvo que seguir el olor a café. Cuando entró y Edie se giró y la miró con un semblante inexpresivo, el alma se le cayó a los pies. Entonces, la asistenta puso los brazos en jarras y dijo tranquilamente:

-Llevo mucho tiempo diciéndole a John que ya era hora de que trajera una mujer a esta casa.

Michelle respiró aliviada, porque se habría sentido muy mal si Edie la hubiera mirado con desprecio. Ahora era mucho más sensible a lo que pensara la gente de ella que cuando tenía menos años y poseía la arrogancia natural de la juventud. La vida se había encargado de doblegar su arrogancia y le había enseñado a no esperar vino y rosas.

El rubor cubrió sus mejillas.

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-Anoche, John no se tomó la molestia de presentarnos. Soy Michelle Cabot.

-Edie Ward. ¿Le apetece desayunar? También soy la cocinera.

-Esperaré hasta la comida, gracias. ¿John viene a comer? -preguntó, azorada.

-Si está trabajando por aquí cerca, sí. ¿Qué tal un café?

-Yo lo prepararé -dijo Michelle rápidamente-. ¿Dónde estás las tazas?

Edie abrió el armario a la izquierda del fregadero y sacó una taza, dándosela a Michelle.

-Será agradable tener compañía durante el día -dijo-. Esos condenados vaqueros no tienen mucha conversación.

Fuera lo que fuese lo que Michelle esperaba, Edie no se ajustaba a su idea. Debía de tener unos cincuenta años; aunque su pelo todavía era negro, había algo en ella que le hacía aparentar su edad. Era alta y ancha de espaldas, y tenía la tiesura de una madre superiora y la misma clase de dignidad invencible, pero también poseía los ojos sagaces y ligeramente cansados de quien estaba de vuelta de todo. Su tácita aceptación hizo que Michelle se relajara. A Edie no le gustaba juzgar a la gente.

A pesar de que la tensión desapareció rápidamente, Edie, sin decir nada pero con firmeza, impidió que Michelle la ayudara en las tareas de la casa.

-Rafferty nos arrancará la cabeza a las dos -dijo-. A mí me paga por hacer la casa, y por aquí procuramos que no se enfade.

De modo que Michelle vagó por la casa, asomando la cabeza a cada habitación y

preguntándose cuánto tiempo podría aguantar el aburrimiento y la sensación de vacío. Trabajar en el rancho ella sola le había resultado tan duro que a veces lo único que quería era tirarse en cualquier parte, pero al menos el tiempo siempre tenía un propósito. Le gustaba ocuparse del rancho. No era fácil, pero le venía mejor que los papeles conjuntos de florero y amante. Aquella falta de propósito la inquietaba. Había esperado que vivir con John significaría hacer cosas con él, compartir el trabajo y las preocupaciones... como hacían las parejas casadas.

Contuvo el aliento al ocurrírsele aquella idea; en ese momento estaba en el dormitorio, de pie frente al armario abierto, mirando la ropa de John, como si la contemplación de sus efectos personales lo acercara más a ella. Estiró lentamente un brazo y tocó la manga de una camisa. Sus propias ropas estaban en el armario, junto a las de él, pero aquel no era su sitio. Aquella era la casa de John, su dormitorio, su armario, y ella era solamente una posesión más, de la que podía disfrutar en la cama pero de la que se olvidaba al amanecer. De mala gana, admitió que aquello era mejor que nada; aunque su orgullo sufriera, se quedaría allí tanto tiempo como él quisiera, porque estaba tan enamorada que haría cualquier cosa por estar a su lado. Pero lo que quería, lo que de verdad quería más que nada en la vida, era que la amara. Quería casarse con él, ser su compañera, su amiga y su amante, pertenecer a aquel lugar tanto como él.

En parte, le sorprendía darse cuenta de que podía pensar en casarse otra vez. Roger había destruido su confianza, su alegría de vivir; al menos, eso pensaba. La confianza había vuelto a florecer, como un frágil ave fénix que alzara la cabeza entre las cenizas. Por primera vez, comprendió que era fuerte. El terror y la vergüenza de su matrimonio la habían cambiado, pero no la habían destruido. Estaba curándose, y en gran parte se lo debía a John. Lo quería desde hacía tanto tiempo que su amor parecía ser el único hilo conductor de su vida, siempre allí, dándole de alguna forma algo a lo que Corazón roto – Linda Howard

agarrarse hasta cuando pensaba que no le importaba.

Al final, el desasosiego le hizo salir de la casa. No quería hacer preguntas, ni interferir en

el trabajo de nadie, pero decidió dar una vuelta y echar un vistazo. Había un mundo entre el rancho de John y el suyo. Allí, todo estaba limpio y bien cuidado; los establos y las vallas estaban recién pintados y la maquinaria zumbaba. Caballos sanos y vigorosos se pavoneaban en el corral o pastaban en los prados. El cobertizo de las herramientas estaba en mejores condiciones que su establo. Su rancho se había parecido alguna vez a aquel, y de pronto decidió que así volvería a ser.

¿Quién estaba cuidando de su ganado? No se lo había preguntado a John. Este no le

había dado ocasión de preguntarle nada. La había llevado a la cama tan rápidamente que a Michelle no le había dado tiempo ni a pensar. Y luego se había ido mientras ella dormía.

Para cuando John regresó a casa, al anochecer, Michelle estaba tan nerviosa que tenía los músculos agarrotados. En cuanto él salió de la cocina, sus ojos recorrieron la habitación, y una expresión de satisfacción cubrió su rostro al verla. Llevaba todo el día reprimiendo las ganas de volver a casa, imaginándosela allí, bajo su techo al fin. Ocho años antes, cuando proyectó la casa, se había preguntado qué pensaría ella, si le gustaría y qué aspecto tendría en aquellas habitaciones. No era una gran mansión, como las de Palm Beach, pero la había construido a su gusto para que fuera cómoda, bonita y hasta cierto punto lujosa.

Michelle tenía un aspecto tan fresco y hermoso como el sol de la mañana, mientras que él estaba cubierto de sudor y polvo, y tenía la mandíbula ensombrecida por un principio de barba. Si la tocaba, le dejaría manchas de polvo en el vestido blanco impoluto, y tenía que tocarla o se volvería loco.

-Ven, vamos arriba -gruñó, y sus botas resonaron sobre el suelo de madera mientras

se dirigía hacia las escaleras.

Michelle lo siguió con paso lento, preguntándose si lamentaría ya haberla llevado a su casa. Aún no la había besado. Ni siquiera le había sonreído.

Cuando entró en el dormitorio, John se estaba quitando la camisa machada de polvo y sudor y al cabo de un momento la dejó caer sobre la alfombra. Michelle se estremeció al ver su pecho amplio y cubierto de vello y sus poderosos hombros, y se le aceleró el pulso al recordar cómo se movía sobre ella y dejaba que soportara su peso, acogiendo sus pechos en aquella mata de pelo rizado.

-¿Qué has hecho hoy? -preguntó él, entrando en el cuarto de baño.

-Nada -respondió Michelle con acritud, sacudiéndose de encima el letargo sensual que empezaba a apoderarse de ella.

Le llegó ruido de agua del cuarto de baño y, cuando John volvió a aparecer unos minutos después, tenía la cara limpia de polvo. Mechones de pelo negro, mojados, se rizaban sobre su frente. La miró, y una mirada de impaciencia ensombreció su rostro. Agachándose, se quitó las botas y luego comenzó a desabrocharse la hebilla del pantalón.

El corazón de Michelle se aceleró de nuevo. Iba a llevársela a la cama en ese preciso momento, sin darle tiempo a hablar con él. Recogió con nerviosismo las botas cubiertas de polvo y las guardó en el armario, preguntándose cómo podía empezar.

-Espera -exclamó de pronto-. Tengo que hablar contigo.

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John no veía ninguna razón para esperar.

-Pues habla -dijo, bajándose la cremallera de los pantalones y bajándoselos por los muslos.

Michelle respiró hondo.

-Me he aburrido mucho sin nada que hacer...

John se puso rígido y sus ojos se endurecieron al ver que ella se interrumpía. Demonios, debería habérselo imaginado. Si uno se compraba algo caro, tenía que pagar el mantenimiento.

-De acuerdo -dijo tranquilamente-. Te daré las llaves del Mercedes y mañana abriré una cuenta a tu nombre.

Michelle se quedó helada al comprender el significado de sus palabras, y todo el color abandonó su rostro. No. No permitiría que la convirtiera en una mascota, en un juguete sexual que se contentaba con un coche caro y una cuenta corriente. De pronto sintió una oleada de rabia y le tiró las botas con furia. Sorprendido, John esquivó la primera, pero la segunda le dio en pleno pecho.

-¿Pero qué demonios...?

-¡No! -gritó ella, echando fuego por los ojos, con la cara muy pálida. Estaba de pie, muy rígida, con los puños apretados a los lados-. ¡No quiero tu dinero ni tu maldito coche! Quiero ocuparme de mi ganado y de mi rancho, no quedarme aquí todo el día como... como una muñeca hinchable, esperando a que vuelvas a casa y juegues conmigo.

John acabó de quitarse los pantalones, los apartó de una patada y se quedó frente a ella, en calzoncillos. Estaba empezando a enfadarse, pero intentó contenerse y dijo con voz pausada:

-Para mí no eres una muñeca hinchable. ¿Por qué dices eso?

Ella estaba pálida y temblaba.

-Porque me traes aquí directamente y empiezas a quitarte la ropa.

Él alzó las cejas.

-Porque estaba lleno de polvo de la cabeza a los pies. Ni siquiera podía darte un beso sin ensuciarte, y no quería estropearte el vestido.

Michelle se miró el vestido, con labios temblorosos.

-Solo es un vestido -dijo, dándose la vuelta-. Se puede lavar. Y preferiría llenarme de polvo que pasar el día aquí, sin nada que hacer.

-Ya hemos hablado de esto antes, y está decidido -John se acercó a ella por la espalda y le puso las manos sobre los hombros, apretándola suavemente-. No aguantarías tanto trabajo; solo conseguirías hacerte daño. Algunas mujeres pueden hacerlo, pero tú no eres lo bastante fuerte. Mira tus muñecas -dijo, deslizando la mano por su brazos y alzándole la muñeca-. Tus huesos son tan delicados...

De pronto, Michelle se encontró apoyada contra él, con la cabeza descansando en el hueco de su hombro.

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-Deja de hacerme sentir como una inútil -sollozó, desesperada-. Por lo menos, deja que vaya contigo. Puedo perseguir a las vacas extraviadas, o..

Él la hizo volverse en sus brazos y, apretándola contra sí, interrumpió sus palabras.

-Dios mío, nena -musitó-. Intento protegerte, no hacerte sentir inútil. Me puse enfermo cuando te vi intentando arreglar la valla, sabiendo que podías cortarte con el alambre.

-Tú también.

-No tan fácilmente. Reconócelo; la fuerza cuenta cuando se trabaja en el campo. No quiero que te pase nada.

Aquella era una batalla que ya habían sostenido muchas veces, y Michelle sabía que no daría su brazo a torcer. Pero no podía abandonar, porque no podría seguir así muchos días.

-¿A ti te gusta estar de brazos cruzados? Imagínate que tuvieras que quedarte parado, mirando mientras los demás trabajan. Edie ni siquiera me ha dejado que le eche una mano.

-Y será mejor que no lo haga.

-¿Ves lo que digo? ¿Se supone que tengo que pasarme el día sentada?

-Está bien, te entiendo -dijo él en voz baja. Había creído que a Michelle le gustaría volver a llevar una vida ociosa, pero en vez de eso se había puesto al borde de un ataque de nervios. John le acarició la mejilla suavemente y ella se relajó poco a poco, rodeándole el cuello con los brazos. Tenía que encontrar una manera de mantenerla ocupada, pero en ese momento no se le ocurría ninguna. Le resultaba difícil pensar teniéndola a su lado, notando sus pechos firmes y su dulce olor a mujer. Llevaba todo el día pensando en ella. Su sola imagen lo atraía como un imán. Por más veces que la poseyera, el deseo seguía asaltándolo con renovado ímpetu.

De mala gana, la apartó de él unos centímetros.

-La cena estará lista dentro de diez minutos, y tengo que ducharme. Huelo como un caballo.

A Michelle, el olor cálido y terrenal a sudor, sol, cuero y hombre no le desagradaba. De pronto, se encontró de nuevo apoyada contra él, y apretó la cara contra su pecho, lamiendo suavemente su piel caliente. John se estremeció, y de inmediato se olvidó de la ducha. Deslizando los dedos por la cortina dorada y reluciente del cabello de Michelle, le alzó la cara y la besó, como deseaba desde hacía horas.

Michelle no consiguió refrenarse. Cada vez que John la tocaba, se entregaba a él instantáneamente, derritiéndose, abriendo la boca para él, lista para darle lo poco o lo mucho que quisiera tomar. Amar a John la internaba en un territorio emocional y físico que era nuevo para ella y que superaba los límites de cuanto había conocido hasta entonces. Fue el dominio que John ejercía sobre sí mismo, y no el de ella, lo que impidió que acabaran en la cama en ese mismo momento.

-Una ducha -musitó él, alzando la cabeza-. Luego, a cenar. Y después tengo que hacer un poco de papeleo que no puede esperar.

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Michelle notó que esperaba que protestara y exigiera que se quedara con ella, pero ella sabía mejor que nadie que ciertas tareas no podían posponerse. Se retiró de sus brazos y le sonrió.

-Estoy muerta de hambre, así que dúchate deprisa -en un rincón de su mente empezaba a formarse una idea que necesitaba explorar.

Durante la cena, se encontró extrañamente relajada; de alguna manera le parecía natural estar allí, con él, como si de pronto el mundo hubiera asumido el orden natural de las cosas. El azoramiento de esa mañana había desaparecido, quizá debido a la presencia de John. Edie comió con ellos, una informalidad que a Michelle le gustó. Y que también le dio la oportunidad de pensar, pues los comentarios de Edie llenaban el silencio, haciéndolo menos aparente.

Después de la cena, John le dio un rápido beso y una palmada en el trasero.

-Acabaré tan pronto como pueda. ¿Podrás entretenerte sola un rato?

Michelle sintió una súbita irritación que le hizo decidirse.

-Yo me quedo contigo.

Él suspiró y la miró fijamente.

-Nena, si te quedas conmigo, no seré capaz de hacer nada.

Ella le lanzó una mirada de indignación.

-Eres el mayor egoísta que conozco, John Rafferty. Vas a trabajar, y vas a hacerlo porque tienes que enseñarme qué es lo que haces para que pueda encargarme de llevar los libros.

Él pareció repentinamente desconfiado.

-Yo no soy egoísta.

Y tampoco quería que tocara sus libros de cuentas. Podía haberlo dicho en voz alta, porque de todo modos Michelle se dio cuenta por su expresión.

-0 me das algo que hacer, o me voy a mi casa ahora mismo -dijo llanamente, mirándolo con los brazos en jarras.

-¿Pero qué sabes tú de contabilidad?

-Tengo un graduado en administración de empresas -dijo, con la intención de que John rumiara durante un rato aquella información. Como era obvio que no le permitiría de buen grado que se quedara con él en el despacho, Michelle pasó a su lado y echó a andar por el pasillo sin él.

-Michelle, por favor -murmuró, irritado, siguiéndola.

-¿Se puede saber por qué no quieres que me ocupe de los libros? -preguntó ella, sentándose al enorme escritorio.

-No te he traído aquí para que trabajes. Quiero cuidar de ti.

-¿Y crees que aquí corro algún peligro? ¿Te parece que el lápiz es demasiado pesado para que yo lo sostenga?

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Él la miró con el ceño fruncido, deseando quitarla de su silla. Pero ella lo miraba con ojos brillantes, y su mentón tenía un gesto adusto y desafiante que evidenciaba que estaba dispuesta a luchar. Si la presionaba, seguramente volvería a aquella casa vacía y oscura. Podía retenerla allí a la fuerza, pero no quería hacerlo. Quería que se encontrara a gusto, que fuera complaciente y cariñosa con él, no que lo arañara como un gato salvaje. Qué demonios, al menos allí corría menos peligro que pastoreando el ganado. Y él podría volver a revisar los libros por la noche.

-De acuerdo -gruñó.

Michelle le dirigió una mirada burlona.

-Qué generoso eres.

-Esta noche estás un poco sarcástica -musitó él, sentándose-. Quizá debería haberte hecho el amor antes de cenar, después de todo. A lo mejor así estarías menos rabiosa.

-Lo que yo digo, el mayor egoísta del mundo -le lanzó su mirada altanera, la que hasta ese momento siempre lo había enfurecido.

A John se le ensombreció el semblante, pero logró controlarse y tendió la mano hacia un montón de facturas, recibos y notificaciones.

-Presta atención, y procura no liarlo todo -dijo secamente-. Los impuestos ya son suficientemente sangrantes sin necesidad de que una contable aficionada enrede los libros.

-He estado haciendo la contabilidad desde que murió mi padre -replicó ella.

-Menuda recomendación, teniendo en cuenta el aspecto que tiene tu rancho, nena.

Michelle se quedó helada y apartó los ojos de él. John maldijo para sus adentros. Sin decir palabra, ella le quitó los papeles y empezó a revisarlos, ordenándolos por fechas. Él se recostó en su enorme silla, y su expresión fue cambiando a medida que la veía anotar las cifras rápida y pulcramente en la matriz del libro y luego hizo dos veces las cuentas en la calculadora para asegurarse de que estaban bien.

Cuando acabó, empujó el libro de cuentas hasta el otro lado del escritorio.

-Compruébalo, a ver si he cometido algún error.

John lo hizo sin vacilar. Finalmente cerró el libro y dijo:

-Está bien.

Ella achicó los ojos.

-¿Eso es todo lo que vas a decir? No me extraña que no te hayas casado, si piensas que las mujeres no tiene cerebro ni para sumar dos y dos.

-Sí que me he casado -dijo él bruscamente.

Michelle se quedó atónita. Nunca había oído decir que estuviera casado. Ni siquiera asociaba el matrimonio con John Rafferty. De repente, sintió un arrebato de celos al pensar que alguna otra mujer había vivido con él, había compartido su nombre y su cama y poseía el derecho a tocarlo.

-¿Con quién? ¿Cuándo? -balbuceó.

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-Hace mucho tiempo. Yo acababa de cumplir diecinueve años, y tenía más hormonas que sentido común. Solo Dios sabe por qué se casó conmigo. Solo tardó cuatro meses en darse cuenta de que no estaba hecha para vivir en un rancho, que quería dinero para gastar y un marido que no trabajara veinte horas al día.

Su voz sonaba plana, y sus ojos estaban llenos de desdén. Michelle sintió un sudor frío.

-¿Y por qué nunca lo oí decir? -musitó ella-. Hace diez años que te conozco, y no sabía que habías estado casado.

Él se encogió de hombros.

-Nos divorciamos siete años antes de que tú llegaras aquí, así que no era precisamente la noticia más fresca del condado. De todo modos, duró tan poco que la mayoría de la gente ni siquiera la conoció. Yo trabajaba demasiado y no tenía tiempo de ver a nadie. Si se casó conmigo pensando que la mujer de un ranchero nadaría en el lujo, tardó pronto en cambiar de opinión.

-¿Dónde está ahora? -Michelle esperaba fervientemente que aquella mujer no siguiera viviendo en las cercanías.

-No lo sé, ni me importa. Oí que se casó con un viejo rico en cuanto nos divorciamos. No me importó entonces, ni me importa ahora.

Michelle no podía comprender que una mujer pudiera preferir a otro hombre, por muy rico que fuera, a John Rafferty. Ella sería capaz de vivir en una choza y comer carne de serpiente con tal de estar con él. Pero empezaba a comprender por qué John despreciaba tanto a la gente de la alta sociedad, a los ricos indolentes, por qué en el pasado se había mostrado siempre tan cáustico respecto al hecho de que ella dejara que otros la mantuvieran, en lugar de ganarse la vida. Por lo cual, pensándolo bien, resultaba aún más sorprendente que ahora no la dejara hacer nada, como si quisiera que dependiera totalmente de él.

John la miraba con los párpados entrecerrados, preguntándose qué estaba pensando. Parecía muy impresionada por el hecho de que hubiera estado casado. De eso hacía tanto tiempo que ya nunca pensaba en ello, y ni siquiera lo habría mencionado si su comentario acerca del matrimonio no se lo hubiese recordado. Aquello había ocurrido en otra época de su vida, cuando era un chaval de diecinueve años que se dejaba la piel para sacar adelante el pequeño rancho que había heredado. A veces, ni siquiera recordaba su nombre, y desde hacía años ni siquiera recordaba su cara. No podría reconocerla si se la encontraba cara a cara.

Lo cual resultaba extraño, porque, aunque no había visto a Michelle durante los años de su matrimonio, nunca había olvidado su rostro, su forma de moverse, el brillo de su pelo a la luz del sol. Conocía cada línea de su hermosa cara, quizá demasiado angulosa, con sus altos pómulos, su orgulloso mentón y su boca grande y suave. Tenía un aspecto tan frío e intocable con aquel inmaculado vestido blanco y, sin embargo, cuando le hacía el amor, se transformaba en fuego líquido. Recordó la forma en que le rodeaba la cintura con las piernas y empezó a excitarse. Se inclinó hacia delante en la silla, removiéndose, inquieto.

Michelle, que no quería seguir indagando, había vuelto a concentrarse en los papeles que había encima del escritorio. No quería saber nada más sobre su ex mujer y, sobre todo, no quería que John aprovechara la ocasión para preguntarle sobre su matrimonio fallido. Parecía más seguro volver a los asuntos de negocios; y, de todos modos, tenía que hablar con él sobre la venta del ganado.

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-Necesito que me aconsejes sobre un asunto. Quería engordar al ganado para venderlo este año, pero necesito liquidez, así que creo que debería venderlo ahora. ¿Con quién puedo contactar, y cómo organizo el transporte?

En ese momento, a John le importaba un bledo el ganado. Michelle había cruzado las piernas, y la falda se le había subido ligeramente, atrayendo su mirada. Deseaba que se la subiera un poco más, que se la enrollara alrededor de la cintura y le mostrara sus piernas desnudas. Notaba la estrechez de los pantalones vaqueros, y tuvo que hacer un esfuerzo por contestarle.

-Deja engordar al ganado; sacarás mucho más dinero por él. Yo me ocuparé de mantener el rancho mientras tanto.

Ella giró la cabeza en un movimiento rápido e impaciente, haciendo oscilar su cabello, pero lo que iba a decir murió en sus labios al ver la mirada de John.

-Vamos arriba -murmuró él.

Resultaba casi pavoroso ser el foco de una sensualidad tan intensa, pero se sentía incapaz de resistirse a él. De pronto se encontró de pie, y se estremeció cuando John, poniéndole una mano en la espalda, la condujo al piso de arriba. Caminar a su lado la hacía sentirse vulnerable; a veces, como en ese momento, su estatura la intimidaba. Era tan alto y corpulento, sus hombros eran tan anchos, que cuando yacía bajo él en la cama, su cuerpo le tapaba completamente la luz. Solo el autodominio de John y su ternura la protegían.

John cerró la puerta del dormitorio y luego, colocándose tras ella, empezó a desabrocharle lentamente el vestido. La sintió temblar.

-No tengas miedo, nena. ¿O es excitación?

-Sí -musitó Michelle mientras él deslizaba las manos por debajo del vestido abierto y le acariciaba los pechos desnudos. Sintió que los pezones le palpitaban bajo las palmas de sus manos, y dando un ligero gemido se reclinó contra él, intentando sumirse en su fortaleza y su calor. Se sentía tan bien cuando la tocaba...

-¿Las dos cosas? -murmuró él-. ¿Por qué tienes miedo?

Ella cerró los ojos y su respiración se hizo entrecortada cuando él le frotó los pezones erectos.

-Por cómo me haces sentir -jadeó, girando la cabeza contra su hombro.

-Tú me haces sentir igual -dijo con voz lenta y gutural-. Caliente, como si fuera a estallar si no me hundo dentro de ti. Y entonces te siento tan suave y tensa a mi alrededor que me parece que voy a estallar de todos modos.

Michelle sintió que sus palabras le hacían el amor, que sus estremecimientos se convertían en estertores de placer. Las piernas se le volvieron de agua, incapaces de sostenerla; si no hubiera sido porque John estaba tras ella, se habría desplomado. Musitó su nombre, y aquella sola palabra vibró de deseo.

El cálido aliento de John le acariciaba el oído mientras le lamía el lóbulo.

-Eres tan sexy, nena. Este vestido me estaba volviendo loco. Tenía ganas de levantarte la falda... así... -bajó las manos hasta sus caderas y le subió la falda por los muslos y Corazón roto – Linda Howard

por la cintura, y después metió las manos bajo la tela y abrió los dedos sobre su vientre desnudo-. Pensaba en meter las manos bajo tus bragas... así. En bajártelas... así.

Ella gimió cuando le bajó las bragas por las caderas y las nalgas, invadida por una sensación de voluptuosa indefensión. De alguna manera, estar medio vestida la hacía sentirse más expuesta y vulnerable. John deslizó los dedos entre sus piernas, y ella se convulsionó cuando empezó a acariciarla y frotarla, acrecentando lentamente su tensión y su placer hasta ponerla al límite.

-Eres tan dulce y suave -susurró-. ¿Estás lista para mí?

Ella intentó responder, pero solo consiguió dejar escapar un gemido. Estaba ardiendo, su cuerpo entero palpitaba, y sin embargo él siguió abrazándola, introduciéndole lentamente los dedos, a pesar de que sabía que lo deseaba y estaba lista. Lo sabía. Tenía demasiada experiencia para no saberlo, pero insistía en aquel dulce tormento, solazándose en su placer.

Michelle se sentía tan sexy como él le decía; su sensualidad se abría como una flor bajo las manos y la voz baja y áspera de John. Cada vez que hacían el amor, se sentía un pico más segura de sí misma y de su capacidad de dar y recibir placer. John era extremadamente sexual, y tan experimentado que le daban ganas de abofetearlo cada vez que se acordaba, pero ella había descubierto que podía complacerlo. A veces, él temblaba de deseo cuando la tocaba; aquel hombre, cuya evidente virilidad le otorgaba poder de seducción sobre cualquier mujer que se le antojara, temblaba de deseo por ella. Michelle tenía veintiocho años y solo ahora, en brazos de John, empezaba a descubrir su poder y su placer como mujer.

Finalmente, no pudo aguantarlo más y se apartó de él, con la mirada fiera, quitándose el vestido y tendiéndole los brazos, intentando arrancarle la ropa. John se echó a reír, pero su risa sonó más a excitación que a hilaridad, y la ayudó. Desnudos y ya unidos, cayeron en la cama. Él la tomó con embestidas lentas y fuertes, por primera vez sin tener que penetrarla poco a poco y con cuidado, y el incendio se desató, fuera de control.

 

A la mañana siguiente, Michelle saltó de la cama antes que él, con la cara resplandeciente.

-No hace falta que te levantes -gruñó él con la voz enronquecida por el madrugón-. ¿Por qué no te quedas durmiendo?

En realidad, le gustaba pensar que Michelle estaba dormitando en su cama, desnuda y exhausta después de hacer el amor toda la noche.

Ella se apartó el pelo enredado de los ojos y se quedó un instante en suspenso al ver la desnudez de John cuando este salió de la cama.

-Hoy me voy contigo -dijo, y corrió al cuarto de baño para adelantarse a él.

Unos minutos después, John se metió en la ducha con ella. Tenía los ojos achicados por lo que acababa de anunciarle. Michelle esperaba que le dijera que no podía acompañarlo, pero él se limitó a murmurar:

-Supongo que puedes venir, si te apetece.

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Sí, le apetecía. Había decidido que John era tan egoísta y protector que, si por él fuera, la mantendría entre algodones, así que razonar con él no tenía sentido. Sabía lo que podía hacer, y lo haría. Así de simple.

Durante las tres semanas siguientes, una profunda felicidad comenzó a formarse dentro de ella. Empezó a ocuparse ella sola del papeleo, dedicándole tres días en semana, lo que le permitía a John tener más tiempo libre por la noche del que había tenido nunca. El dejó de revisar su trabajo, porque nunca encontraba un error. El resto de los días, Michelle cabalgaba junto a él, feliz en su compañía, y John descubrió que le gustaba tenerla a su lado. A veces estaba tan acalorado, sucio y enfadado que le daban ganas de maldecir a los cuatro vientos, pero entonces levantaba la vista y la veía sonriéndole, y su mal humor se desvanecía por completo. ¿Qué importaba un novillo rebelde si ella lo miraba de aquel modo? A Michelle no parecían importarle ni el calor ni el polvo, ni los malos olores. No era aquello lo que John esperaba, y a veces se molestaba por ello. Tenía la sensación de que ella se estaba escondiendo allí, enterrándose en aquel mundo de dimensiones reducidas. La Michelle que había conocido en otro tiempo era una mujer sociable, alegre y risueña a la que le gustaban las fiestas y el baile. Pero aquella Michelle rara vez se reía, aunque sonreía tanto que tardó algún tiempo en darse cuenta. Una sola de sus sonrisas se le subía a la cabeza, a él y a todos sus hombres, pero también recordaba su risa chispeante, y se preguntaba qué había sido de ella.

Sin embargo, tenerla para sí resultaba tan nuevo que no tenía ganas de compartirla con nadie más. Pasaban las noches entrelazados, consumidos por la pasión, y en lugar de aplacarse, su ansia solamente se intensificaba día a día. John pasaba los días en un estado de excitación amortiguado pero constante, y en ocasiones solo tenía que mirarla para excitarse hasta tal punto que tenía que buscar un modo de disimular su erección.

Una mañana, Michelle se quedó en casa para trabajar en el despacho; estaba sola porque Edie había ido a hacer la compra. El teléfono no dejaba de sonar, interrumpiéndola a cada rato. Ya estaba irritada cuando volvió a sonar y dejó lo que estaba haciendo para contestar.

-Residencia de John Rafferty.

Nadie contestó, a pesar de que Michelle oyó una respiración lenta y profunda, como si quienquiera que estuviera al otro lado de la línea controlara deliberadamente su resuello. Pero no era un «jadeador»; aquel sonido no resultaba obsceno, ni exagerado.

-Hola -dijo-. ¿Me oye?

Un suave clic sonó en su oído, como si quien estaba llamado hubiera colgado el aparato con sumo cuidado, igual que jadeaba.

«Él». Por alguna razón, no tenía ninguna duda de que se trataba de un hombre. La razón le decía que podía ser algún adolescente aburrido, o simplemente alguien que se había equivocado de número, pero un súbito escalofrío se apoderó de ella.

El silencio de la línea parecía lleno de amenazas. Por primera vez desde hacía tres semanas, se sintió aislada y en cierta forma amenazada, aunque no había razón concreta para ello. No dejaba de sentir escalofríos, y de pronto sintió la necesidad de salir de la casa, al sol caliente de la mañana. Tenía que ver a John. Solo mirarlo y oír su voz profunda rugiendo maldiciones, o enlazando suavemente a un caballo o a una tornera asustada. Necesitaba su calor para disipar el frío de aquella amenaza que no podía definir.

Corazón roto – Linda Howard

Dos días después, hubo otra llamada telefónica y, de nuevo, por casualidad, fue ella quien contestó.

-Hola -dijo-. Residencia de John Rafferty.

Silencio.

Empezaron a temblarle las manos. Aguzó el oído y oyó aquella respiración regular y suave, y luego el clic cuando colgaron el teléfono, y un momento después el zumbido de la línea empezó a pitar en su oído. Sin saber por qué, se sintió mareada y fría. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién le estaba haciendo aquello?