Corresponsal en Rusia
Segunda parte. La tormenta
SEGUNDA PARTE
LA TORMENTA
(1914-1916)
XII
Comienza el drama
Durante los últimos días de junio de 1914, Paul permaneció en Moscú. Deseaba alejarse durante un tiempo de San Petersburgo para analizar fríamente lo sucedido con Irina. Se dedicó a escribir, a dar largos paseos por la ciudad y a volver a visitar la exposición cuando podía. Siempre le presentaban allí a artistas, críticos, expertos o curiosos con quienes hablar e intercambiar impresiones. Se sentía bien entre aquellos artistas de vanguardia que estaban aportando una nueva forma de entender la realidad y de hacer arte. Eran gente muy diferente a la que podía encontrar en Nueva York, probablemente con Paris la ciudad más interesada en los temas artísticos, a las que tanto Moscú como San Petersburgo no les iban a la zaga en cuanto a creación artística. Tal vez tendrían menos movimiento comercial alrededor de los artistas, pero eso era todo.
Se encontraba exactamente en el núcleo de la revolución artística y cultural, y probablemente política, aunque no creía que las cosas fueran a cambiar con la celeridad de la que hablaba Mijaíl Lariónov, que daba por hecho que el régimen autocrático del zar estaba viviendo sus últimos días, certeza que había logrado contagiar al grupo de artistas que lo rodeaban, tanto pintores como poetas, literatos, arquitectos y demás. Cuando por las noches se reunían, casi siempre en el estudio que compartía con Natalia Goncharova, hablaban como si ya todo hubiera sucedido. En realidad todos ellos se mantenían expectantes, aguardando la señal que indicaría el comienzo de una nueva época. La exposición se clausuraba el último día de junio y algunos de ellos comenzaban a sentirse frustrados al comprobar que no sucedía nada, tal era la fe que tenían depositada en Lariónov.
El 28 de junio, cuando llegó a media tarde a la exposición para despedirse de todos ellos, se topó con David Burliuk que salía corriendo de la sala hacia la calle con la faz demudada.
—¡Ha sucedido! ¡Ha sucedido!
Cuando le preguntó qué había sucedido, le contestó que aquella misma mañana habían asesinado en Sarajevo al heredero del imperio austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando de Austria, y a su esposa. Las primeras
noticias decían que el autor material era un anarquista de la Mano Negra[115]. La información acababa de llegar por telegrama a uno de los diarios de la ciudad y un amigo le había telefoneado a la galería desde la redacción. David Burliuk estaba pálido de la emoción.
En los primeros momentos las noticias que comenzaron a correr como la pólvora por Moscú eran contradictorias. Mijaíl Lariónov llegó al rato con Natalia. Ya se habían enterado. «¡Este asunto traerá cola, Paul! ¡Me apuesto lo que quieras que Austria no se quedará impávida!», le comentó, preocupado.
Luego se supo que el archiduque había ido a Sarajevo en visita de inspección con motivo de unas maniobras militares. Precisamente el 28 de junio era para los serbios el aniversario de la derrota ante los turcos en la batalla de Kosovo. Aquel viaje había sido considerado una gran provocación. Uno de los amigos de Lariónov era, paradójicamente, uno de los inspectores de la policía que tenían que controlar la exposición. Su misión era informar a la Ojrana de quién entraba y salía. El hombre, Iván Ivánovich Tatlin, era primo hermano de Vladimir Tatlin, uno de los participantes en la exposición, considerado una figura en ciernes y afiliado al partido socialista. Lariónov le pidió su opinión y el inspector le respondió que podía asegurar que detrás del atentado estaba la organización terrorista Mano Negra. Añadió bajando la voz que tras ella podrían estar los servicios de seguridad zaristas. Toda una demostración de confianza con Lariónov.
El inspector aceptó la invitación de Paul en un café cercano. Iván Tatlin le rogó que no utilizara su nombre. Paul comprendió que se trataba de esa clase de personas incapaces de mantener la discreción. Tras un café y varias copas de vodka, el hombre se distendió bastante. Le contó que había estado destinado un año en Belgrado en 1909, y que por tanto sabía muy bien de lo que estaba hablando. «Unificación o Muerte», también conocida como «La Mano Negra», era un grupo terrorista serbio ultranacionalista empeñado en reunificar todos los territorios de Serbia en una sola nación, por las buenas o por las malas, como se estaba demostrando. Estaba amparado y financiado por la División de Servicios Especiales de la Ojrana, ya que a Rusia le interesaba sobremanera que se constituyera un gran estado eslavo en los Balcanes, y para ello estaba poniendo mucho en juego. El inspector le advirtió que todo aquello era secreto de estado y que por tanto ningún político, ni ruso ni serbio, iba a aceptar que tal cosa existiera. Añadió que muy poca gente conocía el tratado secreto que, en definitiva, significaba presionar al imperio austro-húngaro desde el este y desde el oeste. ¡La pinza eslava! Estaba convencido de que el atentado se había cometido con la avenencia de los responsables de la Ojrana ya que, de no ser así, no hubieran sido capaces de llevarlo a cabo. Ni siquiera el propio asesino tenía por qué estar informado de ello.
Paul sospechó que aquel hombre tenía mucha imaginación. Aunque, por otra parte, el asunto tenía su lógica. Lo cierto era que se había creado una peligrosa situación de la que no iba a ser fácil salir. Recibió un cable del director del New York Herald para que le informara del clima político y ciudadano que se estaba viviendo en Rusia por aquella causa.
Las siguientes semanas se vieron marcadas por una escalada de la tensión entre Serbia y Austria. En Moscú ya se hablaba sin tapujos de guerra, pues Rusia no iba a abandonar a su aliada y hermana Serbia, ni tampoco Alemania permitiría que el imperio austríaco se enfrentara solo al problema. Se dio cuenta de que, aunque sus amigos eran antibelicistas, en aquellos momentos podían más la madre patria y los sentimientos que la razón. Rusia, decían todos ellos, era la protectora y defensora de la raza eslava. ¿Cómo iba a permitir que Austria-Hungría avasallase a los serbios? Por otra parte, la Iglesia ortodoxa también se movía. El telón de fondo, o al menos así lo percibía, era la tradicional enemistad con el imperio otomano y el imperio alemán. Mijaíl Lariónov le comentó que los rusos estaban además bastante hartos de la superioridad con que los alemanes los trataban.
En las tertulias se hablaba con alarma de que el ministro de Exteriores,
Serguéi Dmitrievich Sazonov[116], había convencido al comandante en jefe
del alto mando, el general Nikolai Yanushkevich[117], de estar preparado para un eventual conflicto bélico. Unos comentaban que antes o después sería preciso hacerlo, otros que solo se trataba de una argucia para intimidar a los austriacos. Todo el mundo parecía dar por descontado que ambas ciudades, Moscú y San Petersburgo, estaban llenas de espías prusianos.
Fiódor le envió un telegrama para que entrevistara al ministro de la guerra antes de volver a San Petersburgo. Aquella noche le puso una conferencia para explicarle que en un principio la petición de entrevista había sido denegada, pero que al explicar que se trataba del New York Herald, el Estado Mayor se lo había pensado mejor ya que querían ganar para su causa a los Estados Unidos. Lo habían vuelto a llamar fijando el 27 de julio, mencionando que lo recibiría el ministro Vladimir Aleksándrovich
Sukhomlinov[118] en el Ministerio de la Guerra.
Decidió por tanto permanecer en Moscú hasta el señalado día. Aprovechó para centrarse en el libro y escribir un par de reportajes. Aunque la exposición se había clausurado, seguía viendo a Natalia y a Mijaíl cotidianamente.
Cuando llegó el día de la entrevista, Paul se dirigió al Kremlin, donde se encontraba el ministerio. Sentía una fuerte curiosidad por lo que podía suceder. En la calle, la guerra contra Austria y por extensión contra Alemania se daba como inminente. El ministro Sukhomlinov se hallaba reunido con el general Dobrovolsky. Le advirtieron que el general estaría presente durante la entrevista ya que disponía de información de primera mano. Un teniente lo acompañó hasta la puerta del despacho y lo anunció. El ministro salió a recibirle y le estrechó la mano, señal evidente de que aquel hombre intentaba ser afable con su invitado. El general Dobrovolsky lo saludó con frialdad. Paul pensó que probablemente no estaba muy de acuerdo en contar nada a los americanos.
—Bien, señor Alexander. Estoy encantado de cambiar impresiones con usted. Rusia es una amiga leal y una aliada de los Estados Unidos pero, como comprenderá, puede que no podamos contestar a todas sus preguntas. Estamos a su disposición.
—Gracias, señor ministro. ¿Qué hay de cierto en que se ha iniciado el reclutamiento en toda Rusia?
—A eso le contestaré que es cierto. Se ha iniciado hace una semana. Estamos llamando a filas a los hombres de edad comprendida entre veinte y cuarenta años. Claro está que se trata de la primera llamada. Si es necesario, ampliaremos desde los dieciocho a los cuarenta y cinco. Si usted, en vez de ser Paul Alexander, con pasaporte de los Estados Unidos, fuese el ciudadano ruso Pablo Aleksándrovich, mañana estaría en un cuartel haciendo instrucción. En realidad, aun así le podríamos ofrecer un empleo en el servicio de comunicación del ejército. ¿Le gustaría defender a la patria de sus mayores? ¡Claro que no podríamos pagarle tanto como su periódico!
Paul devolvió la sonrisa.
—Usted sabe muy bien que un ciudadano americano no puede enrolarse en el ejército de otro país. Pero le diré que siento una gran simpatía por Rusia, y como bien dice usted, mi pasaporte es norteamericano pero mi sangre es rusa. En todo caso, le propongo que si llegara a declararse la guerra, me invite a realizar una visita al frente. Ahora lo que les agradecería es que me hablasen de lo que puede llegar a suceder. ¿Piensa Rusia hacer una declaración de guerra?
El ministro Sukhomlinov y el general Dobrovolsky se miraron un instante, como si ambos supieran algo que él aún ignoraba.
—Sí, señor Alexander. No estamos revelando nada que no se pueda difundir. Pero no es Rusia, ni tampoco Serbia las que desean la guerra, sino el imperio austro-húngaro, y por supuesto el alemán. Lo que está sucediendo es que Viena amenaza a Serbia con el beneplácito de Berlín. ¿Qué otra cosa podemos hacer los rusos? ¿Quedarnos de brazos cruzados viendo cómo agreden a uno de nuestros más cercanos aliados? Sepa que no permitiremos que Serbia sea atacada. Ya debe conocer por la prensa que Austria ha enviado un ultimátum a Serbia con unas exigencias muy duras, imposibles de cumplir, absurdas y deshonrosas. Nuestro embajador en Viena ya ha advertido a los austriacos que si atacan o agreden de cualquier forma a Serbia, los rusos nos veremos obligados a responder de inmediato. Pero véalo de esta manera: el archiduque y su esposa han muerto en un atentado terrorista. Aunque se comenta que el responsable pertenece a La Mano Negra, yo no lo aseguraría. Tal vez serían más prudentes los austriacos si buscaran entre los suyos. Muchos odiaban a la condesa por motivos dinásticos y otros muchos al archiduque. ¡Claro! ¡Lo más fácil es culpar a La Mano Negra! E incluso, como se ha difundido en los últimos días, afirmar imprudentemente que tras el atentado existía una conspiración dirigida por Rusia. ¡Sandeces malintencionadas! Eso es una terrible falsedad, lo cierto es que quien está detrás de todo esto es nada menos que el káiser Guillermo II, un imperialista convencido de que Alemania debe dominar el mundo. De momento lo que están consiguiendo es lo contrario de lo que pensaban, pues todos los rusos se han unido como una piña tras el zar Nicolás II. ¿Ha notado usted la ola de patriotismo que sacude el país? Lo que nosotros creemos es que Alemania y Austria están jugando con fuego… y terminarán quemándose. Francia y Gran Bretaña se unirán a Rusia. Incluso los Estados Unidos. Señor Alexander, en la vida no se puede ir contra la razón, el derecho y la ética. Rusia no desea esta guerra, pero no podemos dejar que nuestros hermanos eslavos sean masacrados por dos potencias ambiciosas, expansionistas y militaristas. Rusia es una nación que no necesita expansionarse. ¡Somos demasiado grandes para ambicionar más territorios! Hace poco escuché a uno de esos ideólogos alemanes en Berlín durante una conferencia a la que asistí para saber por dónde iban las cosas. Se habló de un nuevo concepto que expresa la ambición de Alemania: Lebensraum, el espacio vital. Alemania pretende crecer a costa de lo que sea, pero terminará estrellándose contra un muro. Perderán la guerra que están provocando. Si usted viaja ahora a Berlín, encontrará una atmósfera de pasión por la guerra. Allí todo el mundo quiere la guerra. Los banqueros, los militares, los grandes empresarios alemanes solo ven un gran negocio en la guerra. ¡Ah! ¡Cuánta ambición y que poco sentido común! No comprenden que es imposible vencer a Rusia. Podrán herir al oso, pero no podrán con él. Fíjese, Gran Bretaña es imbatible en el mar y los franceses son esa clase de gente que no se rinde jamás. Los americanos son capaces de fabricar más coches, barcos y cañones que diez Alemania juntas. Señor Alexander, dígalo así si lo estima oportuno, ya que eso podría ayudar a Rusia.
Paul salió del ministerio con la duda de si Rusia estaba preparada para entrar en guerra. Conocía muy bien los defectos del país. Excesiva burocratización, desorganización, corrupción, anacronismos, falta de tecnología y muchas cosas más. Sin embargo, los argumentos del ministro Sukhomlinov lo habían convencido. En cualquier caso era algo inminente, ya no había vuelta atrás.
El día siguiente, 28 de julio, amaneció soleado y radiante en Moscú. A media mañana los periódicos anunciaban en una tirada extraordinaria que Austria había declarado la guerra a Serbia. De inmediato, Rusia movilizó oficialmente a sus soldados y Alemania exigió a Rusia que depusiera su actitud, a lo que Rusia se negó. Tres días después, el primero de agosto, Alemania declaraba la guerra a Rusia. Francia respondió movilizando sus tropas y Alemania tardó veinticuatro horas en declararle la guerra. Los alemanes informaron al gobierno belga de que sus tropas cruzarían Bélgica con destino a Francia, lo que en modo alguno los belgas podían permitir, por lo que pidieron ayuda a los países firmantes del tratado de 1839, en el que se garantizaba que en caso de que Alemania no respetara la neutralidad, se la obligaría a ello. El tratado implicaba, además de Francia, a Gran Bretaña y Rusia. Después una lista interminable de países fueron colocándose en cascada en uno u otro bando.
Paul recibió desde Nueva York un cable urgente del director del periódico. Se le designaba como corresponsal para cubrir el conflicto en Rusia y el este de Europa. Pensó que no era exactamente lo que quería hacer pero no podía negarse. La parte positiva sería lo mucho que podría aprender desde aquel puesto. Tendría que recoger un pasaporte diplomático con el que poder moverse en aquellas circunstancias.
Dos días más tarde tomó el tren a San Petersburgo. Lo primero que hizo fue hablar con Karl von Lissberg, que le dijo que había recibido una citación de la Ojrana para que abandonara el país en veinticuatro horas debido a su nacionalidad alemana. Pero Karl no deseaba volver a Alemania, entre otras cosas porque no estaba de acuerdo con la política que estaba llevando su país y porque sabía que allí podría tener serios problemas. Sin pérdida de tiempo, llamó al secretario de la zarina, con el que solía coordinar las sesiones de fotografía que desde palacio le encargaban, y consiguió que le extendieran un permiso para quedarse. Satisfecho, le mostró su pasaporte con dicho escrito sellado. Aun así, le habían advertido de que, a pesar de ello, cualquier sospecha en su contra podría ocasionarle serios problemas.
Paul se dirigió a la embajada de los Estados Unidos y el embajador lo recibió personalmente en su despacho para entregarle el nuevo pasaporte.
—Señor Alexander, le felicito cordialmente. ¡Está usted creando escuela! En Nueva York todo el mundo celebra sus artículos. Ha logrado que la gente se interese por Rusia. Los que leo cuando recibo la prensa de nuestro país, aunque con retraso, me parecen magníficos. Creo que hasta su llegada, Rusia era una gran desconocida. Ahora, en cambio, la gente sigue con gran interés los acontecimientos que se producen en este país. ¡Mis más sinceras felicitaciones! Aquí tiene su nuevo pasaporte diplomático, y si necesita cualquier cosa de la embajada, hágamelo saber. A partir de ahora queda vinculado a esta legación y posee la inmunidad y derechos de los miembros del servicio diplomático. De hecho, está usted invitado a asistir a la recepción de pasado mañana. Queremos demostrar que los Estados Unidos no van a modificar su programa a causa de esta guerra.
Al abandonar la embajada, tuvo la sensación de que el embajador sabía mucho más que él sobre lo que estaba sucediendo entre bambalinas acerca de la guerra. Fue a visitar a Ludmilla Valenskovna. La mujer estaba resignada. La notó más entera, como si estuviera convencida de que, antes o después, Irina volvería a aparecer. Lo invitó a quedarse a comer y aceptó. Ludmilla era una mujer atractiva y simpática que parecía tenerle un gran aprecio a pesar de la situación. Quedó en tenerla al corriente si le llegaba alguna noticia y ella le dijo que esperaba que fuera por allí cuando pudiera.
Al día siguiente asistió a la recepción en la embajada. Entre las casi cincuenta personas encontró al general Dobrovolsky. Lo notó más distendido y amable que durante la reunión en Moscú, en el ministerio. El general lo saludó como si se conocieran de toda la vida, aunque parecía preocupado. Paul lo achacó a la situación. El general lo invitó a compartir una mesita algo apartada.
—Señor Alexander, es un placer volver a verle. Voy a ser sincero con usted, pero como no puedo olvidar que es periodista, tendrá que darme su palabra de caballero de que lo que voy a contarle solo podrá utilizarse con dos condiciones. La primera, no citará la fuente ni mencionará mi nombre bajo ninguna circunstancia. La segunda, no podrá utilizar esta información hasta pasados tres meses como mínimo. ¿Está de acuerdo?
Paul asintió. No entendía los motivos que lo llevaban a hacerle partícipe, precisamente a él, de un asunto en apariencia secreto. El general parecía algo abstraído, como si observara al resto de invitados que departían en el amplio salón de la embajada.
—Perdone que le insista, señor Alexander. Mi nombre no podrá salir a relucir en ningún caso. Este es un secreto de estado. Se trata de las relaciones entre el ministerio de la guerra de nuestro país y el coronel serbio Dmitrievich, jefe de los servicios de inteligencia del ejército serbio a la vez que jefe de la organización secreta La Mano Negra. ¿Se sorprende? Pues así es. Para su conocimiento, esa organización depende logísticamente del ejército serbio. Y, como es natural, los servicios de inteligencia austríacos lo saben.
Paul interrumpió a su interlocutor.
—General Dobrovolsky, eso que me está contando, al menos parte de ello, ya lo sabía. En determinados ambientes es casi vox populi. Quiero decir que ya tenía alguna información por varias fuentes.
Dobrovolsky lo miró con asombro.
—¿Me está diciendo que ya conocía usted esa relación? ¿Y quizás también la segunda parte?
—¿A qué segunda parte se refiere, general?
—¡Ah! ¡Entonces eso no lo sabe! ¡Esa es la parte que debe mantener en secreto! ¡Aunque a usted le creerían! Verá, el agregado militar ruso en Belgrado es el coronel Artamonov. ¿Le suena? No creo… Pues bien, el coronel se reunió con el coronel serbio Dmitrievich a fin de garantizarle el apoyo de Rusia en caso de un ataque por parte de Austria. ¿Qué cree usted que eso significaba? Se lo diré sin ambages. La Mano Negra ha actuado con el visto bueno del gobierno serbio ante la seguridad de que nosotros los respaldaríamos, sucediera lo que sucediera. Ese es el motivo por el que la guerra es inevitable. Los servicios de inteligencia austríacos están informados de la situación y también los alemanes. El káiser tiene ya lo que deseaba, la excusa perfecta para declarar la guerra a Rusia.
Aquello contradecía la versión de que la culpable de la guerra era Alemania. No acababa de entender lo que Dobrovolsky pretendía con aquella confesión.
—General, ¿significa eso que si hay una guerra, Rusia y Serbia serán las culpables de haberla propiciado? ¿O al menos de no haberla evitado?
El general negó con la cabeza.
—No, querido amigo, no he acabado mi exposición. Algunos miembros del Estado Mayor de nuestro ejército están muy influenciados por Alemania, por el modelo prusiano, al que en el fondo admiran. Naturalmente no le voy a dar nombres. Los que han propiciado la situación son los servicios de inteligencia alemanes en cumplimiento de los deseos del káiser. Guillermo II quiere arrebatarnos Polonia y parte de las provincias rusas limítrofes. La Grodneskaia, la Brestskaia, la Volinskaia, la Luovskaia, lo más fértil de Bielorrusia y de Ucrania. Necesitan espacio. Recuerde lo que le contó el ministro Sukhomlinov: el lebensraum, el espacio vital. ¿Comprende? No voy a hablarle de la zarina como princesa alemana de Hesse, ni de sus pretensiones en todo este asunto. Pero verá, estuve hace unos meses en Berlín asistiendo a una reunión de estado mayor, supuestamente entre dos países vecinos y en aquellos momentos, al menos sobre el papel, «aliados». No hay que olvidar que el zar es primo hermano del káiser. Se sabe que ambos se cartean amistosamente con frecuencia, tal vez recordando otros momentos. Incluso han cazado juntos en varias ocasiones. El káiser sabe bien lo que quiere y empleará todos los medios para conseguirlo. Nuestro zar, no. ¿Comprende? En Berlín se habla de expansión territorial, del tren que deberá unir Berlín con Constantinopla y más adelante con Bagdad, de nuevas armas, de los tratados secretos con el sultán turco, y sobre todo de la superioridad de los germanos frente a los eslavos. ¡Menuda estupidez! Ellos tienen la absoluta convicción de que si hubiera un conflicto entre ambas partes, los rusos no tendríamos nada que hacer. Como es natural, nuestros servicios secretos nos tienen al día. Desde la derrota de Tsushima, en la guerra de 1905 con Japón, los alemanes creen que podrían llevar a cabo una campaña muy rápida contra nosotros con total garantía de éxito. Es posible que nuestro armamento pesado se haya quedado obsoleto, que se comente por ahí que no tenemos siquiera un fusil para cada soldado, que los soldados alemanes sean más disciplinados, incluso le admitiré que el ejército alemán está muy bien organizado. Pero no se equivoque. Como bien decía el otro día el ministro Sukhomlinov, nadie puede con Rusia. Imagine un águila pretendiendo matar un oso. Esa águila dorada del casco del káiser, la vi refulgir en una parada militar y comprendí que ese hombre está convencido de la superioridad germana y de su capacidad para acabar con todos sus enemigos… juntos. Ellos son los que quieren la guerra, nosotros estamos movilizando a nuestra gente. La perfecta excusa para los alemanes. Fíjese que Yanushkevich y Sazonov, nuestro ministro de Asuntos Exteriores, son los que más han trabajado por convencer al zar de que era necesario prepararse. Si vis pax, para bellum. Esa es toda la excusa que necesita Alemania para declararnos la guerra. ¿A que le suena todo ello? Existe un plan para arrastrar a Europa a la guerra. Ya sabe, a río revuelto ganancia de pescadores. ¿Acaso es ese plan Schieffen de los alemanes una improvisación? Alfred Graf von Schieffen explicó al káiser antes de morir que para poder hacer la guerra contra Francia y al tiempo contra nosotros, debían atacar como el rayo a Francia por el norte, atravesando Bélgica, para más tarde, reducido este país, lanzar todo su potencial contra Rusia.
»Como militar, dudo mucho de que ese plan funcione. Los alemanes no cederán, aunque para ello tengan que aplastar a un país neutral y casi indefenso como Bélgica. Ese Helmut von Moltke no le llega a los talones a su tío, y eso es bueno para nosotros. Mire, Gran Bretaña ya ha declarado la guerra a los alemanes. ¿Cómo iban a abandonar a Bélgica? Bien, querido amigo, es cierto que Serbia y Rusia son leales aliados. También lo es que nuestros servicios de inteligencia colaboran con los serbios. Pero como le he explicado, los verdaderamente interesados en el conflicto son los alemanes. Ellos han incitado a los austriacos a declarar la guerra y a bombardear Belgrado. A partir de ahí ya no será posible detenerla. Alemania acabará perdiendo la guerra y el imperio austriaco nunca volverá a ser el que era. ¡No es fácil cazar un oso, y menos cuando el que pretende cazarlo cree ser más listo y más astuto! Pero los alemanes no aprenderán nunca, lo llevan en la sangre.
»Y ahora, querido amigo, recuerde lo que le comenté al principio. Discreción por el momento. Le deseo una buena tarde. Ya sabe dónde me tiene si me necesita, pero no mencione jamás mi nombre. ¿De acuerdo?
Ya en su piso, Paul seguía dándole vueltas a la información que el general Dobrovolsky le había proporcionado. Le costaba entender por qué le había contado todo aquello. Quizás fuera un acto de coherencia. La guerra era ya inevitable y probablemente asolaría Europa. Llegó a la conclusión de que aquel hombre no se fiaba de sus colaboradores más cercanos y quería compartir sus opiniones con alguien ajeno a su entorno para cubrirse las espaldas en caso de que le ocurriese algo. A fin de cuentas, él estaba intentando algo parecido al escribir un libro para explicar lo sucedido y que nadie ignorara las responsabilidades de unos y otros.
Unos días más tarde, durante la primera semana de agosto, mientras la guerra se desarrollaba en la frontera con Alemania, recibió una invitación de
Aleksandr Benois[119]. Se trataba de una reunión en su casa y la misiva mencionaba escuetamente que agradecería su asistencia. Benois era el líder del movimiento Mir Iskusstva, El Mundo del Arte, que plasmaba sus ideas en la revista más influyente en Rusia en relación con el mundo artístico, incluyendo las artes escénicas, y era considerada como la universidad artística de San Petersburgo. Por su parte, Aleksandr Benois era tenido por alguien cargado de visión de futuro y sentido común. Estaba tan interesado que contestó con una nota de agradecimiento y su compromiso de asistir.
Llegó a la mansión de Benois a la hora en punto. En la puerta del jardín encontró a Konstantín Alexeivich Korovin, al que ya conocía por haber coincidido con él en otras ocasiones. Korovin era un hombre de cincuenta y tantos años, de mirada profunda e inteligente, aunque algo melancólica, natural en aquellos difíciles días en que muchas familias tenían algunos de sus miembros luchando en el frente. Se saludaron con afecto. Korovin se hallaba en San Petersburgo invitado por el Teatro Mariinski, que pretendía imitar lo que aquel artista había conseguido en el Bolshoi con el enorme éxito de los decorados para el Don Quijote, que habían revelado hasta qué punto la escenografía y las técnicas teatrales podían contribuir al éxito de una obra.
Aleksandr Benois lo saludó efusivamente. Hacía tiempo que quería conocer al hombre que estaba dando a conocer Rusia en los Estados Unidos. Tenía amigos allí que le habían escrito hablándole del éxito de los reportajes del New York Herald titulados Corresponsal en Rusia. Le presentó a Lev Bakst, pintor y diseñador escenográfico y creador de los nuevos y atrevidos
vestuarios de ballets, al polifacético Nikolai Roerich[120], pintor, filósofo, escritor, arqueólogo y viajero, y a Konstantín Stanislavski, cofundador del Teatro de Arte de Moscú.
Cuando se incorporó a la reunión, Stanislavski estaba recordando a Mijaíl Aleksándrovich Vrúbel, fallecido cuatro años antes y recordado como uno de los más grandes artistas simbolistas.
—¡Aquel hombre poseía la magia de los sentidos! ¿Han tenido la oportunidad de admirar alguno de sus cuadros? Deberían contemplar detenidamente La princesa cisne, esa hipnotizadora obra de arte. Personalmente lo considero fabuloso. ¿Y El demonio sentado? ¡La primera vez que alguien utiliza esa curiosa técnica de las facetas cristalinas! ¡Ah, viejo Vrúbel! ¿Por qué tuviste que morir? ¡Qué gran desgracia para el arte!
Paul se sentó junto a Nikolai Roerich, del que ya le habían advertido que podía ser bastante excéntrico. Le preguntó qué opinión tenía sobre los nuevos movimientos artísticos en Rusia. Roerich se quedó mirándolo con media sonrisa y una taza de té en la mano. Paul supuso que no lo había oído, o que no quería contestarle. De pronto le soltó:
—A mí lo que me importa y lo que estoy buscando es el lucero del alba. ¡Todo lo demás ha dejado de interesarme! Esta guerra será el anticipo de un cambio brutal en nuestro país. Pero le adelanto que no gustará a nadie hacia dónde nos dirigimos. ¡Estamos cruzando la laguna Estigia! Si muero, ya tengo encargado que me coloquen una moneda sobre cada ojo y otra en la boca para pagar a Caronte.
Aleksandr Benois le comentó en un aparte que no hiciera mucho caso a Nikolai Roerich.
—Ese hombre está convencido de que las fuerzas del mal van a apoderarse del mundo. No sabe usted lo que llega a sufrir por culpa de sus presentimientos. No sé si sucederá lo que él cree, pero si es así, que Dios nos coja confesados.
En aquella reunión se encontraban los genios de la ópera y el teatro. Se daba cuenta de que lo observaban con simpatía. En un momento dado, el anfitrión se subió al rellano de la escalera y dio unas palmadas para llamar la atención. Todos los presentes se volvieron hacia él.
—¡Amigos míos, qué gran satisfacción teneros aquí y qué gran desgracia lo que está ocurriendo! Os contaré algo ilustrativo para que conozcáis la realidad en la que nos movemos. Como sabéis, hace unos días me encontraba en Varsovia, de donde regresé en uno de los trenes nocturnos. ¡Tal vez el último que pueda circular normalmente en mucho tiempo! No me resultó fácil cogerlo, pero me advirtieron de que si no lo hacía, podía llegar a quedarme en Varsovia por mucho tiempo. Me encontraba en la estación a punto de subir al tren cuando entró un tren militar arrastrado por dos locomotoras pues era muy largo, tanto que no se alcanzaba a ver el final desde donde me hallaba. En él llegaron más de cinco mil soldados de nuestro ejército. Los últimos vagones eran de los que se utilizan para el transporte de ganado. Hablé con algunos de ellos. Eran de Járkov y llevaban varios días de viaje. Los muchachos se quejaban del trato que estaban recibiendo. Me aseguraron que no habían comido, que solo habían entregado uniformes a unos cuantos, tal vez a no más de tres o cuatro mil. Era cierto, me fijé que solo algunos vestían el uniforme completo, y que muy pocos llevaban el fusil reglamentario. Así y todo, los que lo llevaban me explicaron que no tenían municiones. Gastaban sus últimos rublos en comer en las cantinas de la estación. Nadie les informaba, deambulaban como corderos camino del matadero. No sabían dónde los iban a acuartelar. Se quejaban amargamente del despiadado trato al que les sometían los oficiales. ¡Un desastre de organización! Yo me pregunté entonces cómo íbamos a ganar la guerra a los alemanes. Había estado en Berlín una semana antes de que se declarara la guerra. Allí reinaba un ambiente totalmente distinto. La gente aguardaba algo con euforia. Ya conocéis a los prusianos: disciplina y más disciplina, rigor, eficacia, orden. Por toda la ciudad se veían militares. Cierto que ya habían asesinado al archiduque, pero aún eran momentos de «impasse» en los que podía haberse buscado una solución diplomática. ¡No la deseaban! Pude contemplar en todas las ventanas, todos los balcones, en todas partes la bandera de Alemania. Vi oradores en muchas esquinas calentando el ambiente, y tuve la convicción de que no estaban allí por casualidad… Era como si hubieran asignado a cada uno su esquina. Ya me entendéis… Oí cómo insultaban al zar y a Rusia. No repetiré las afrentas, podéis imaginarlas. Estaban absolutamente convencidos de que si había guerra, arrasarían a sus enemigos. Los oradores hablaban de la superioridad racial germana, de su magnífico y potente ejército, de cómo invadirían Ucrania, Polonia, Bielorrusia. De la Gemeinschaft, la voluntad común de un pueblo para alcanzar sus fines; para el caso, la comunidad de intereses alemanes con un destino común: la victoria. ¡Ah, qué distintos somos los rusos! Más tarde, mientras el tren recorría de noche las inmensas llanuras hacia el noreste, nos cruzamos con varios trenes militares que iban en dirección a Varsovia. El mío se detuvo en Bialistok, en Grodno, en Vilnius, en Daugavpils y vi por doquier miles de reclutas aguardando los trenes que debían conducirlos a sus puntos de concentración. ¡Sentí una profunda emoción! ¡Una inmensa pena! ¡Muchos de ellos no volverían nunca con sus familias! Estaban agrupados, silenciosos, resignados a su suerte, sin saber dónde serían conducidos ni lo que se esperaba de ellos.
»Amigos míos, Rusia ha sido empujada a una guerra en la que van a ser sacrificados millones de sus jóvenes. No hablo de ambición territorial, ni de militarismo, ni siquiera de ansias de dominio de los rusos sobre otras razas. Todo eso se lo dejamos a los alemanes. En nuestro caso solo existe incapacidad de sus gobernantes, falta de personalidad, estulticia, una supina ignorancia de cómo es en realidad el mundo. ¡Siento pena por nuestro país! Pensad que nuestros generalísimos no son ni siquiera capaces de llegar a un
acuerdo sobre cómo dirigir la guerra. Rennenkampf[121] [122] y Samsonov
deberían haber sido destituidos. Rusia no debería haber entrado en el juego de los militaristas prusianos. Nunca debimos participar en esta guerra. Deberían retirar todos los soldados rusos de la frontera. Y en ese caso ¿qué podría haber hecho Alemania? ¿Invadir Polonia y luego adentrarse en las interminables llanuras? ¡Eso ya lo intentó el mismísimo Napoleón! ¡No a la guerra! Solo nos conducirá a la ruina, al hambre y a la desaparición de millones de rusos inocentes. ¡Amigos míos, perdonad esta inapropiada manera de recibiros!
Todos aplaudieron la inesperada intervención de Benois, que estaba rojo y exaltado. Paul pudo comprobar que ninguno de los presentes estaba a favor de la guerra. Era lógico. Todos ellos, hombres y mujeres, representaban a la inteligencia rusa, a la cultura, la sensibilidad poética, musical, pictórica, literaria, teatral. En modo alguno podían aplaudir la entrada en un conflicto bélico. Todos opinaban que ninguno de los altos mandos militares rusos, empezando por el propio zar, estaba capacitado para llevar a sus tropas a la victoria.
Al terminar la reunión, salió acompañado de Korovin. El pintor tenía un coche aguardándole para llevarlo a la estación, pues debía volver a Moscú en el expreso nocturno. Paul lo acompañó hasta la estación y se quedó con él en un café cercano hasta la hora de la salida.
—¿Qué le ha parecido la disertación de Benois?
Korovin estaba interesado en la opinión de un extranjero pero Paul no deseaba hablar de su opinión sino de las ideas de aquel famoso personaje.
—¡Oh, yo no soy ruso, pero estoy muy de acuerdo con lo que ha dicho! No creo que este país esté en condiciones de guerrear con Alemania, pero tal vez sea algo inevitable, quiero decir que efectivamente Rusia no puede olvidar sus compromisos con Serbia, con Francia y con Gran Bretaña; pero, por lo que se me ha informado, las tropas rusas no están suficientemente equipadas ni poseen la instrucción necesaria. Eso puede significar una catástrofe. Por mucho valor que se suponga a los soldados rusos, eso es como enviarlos al matadero. Siento una profunda repugnancia hacia la guerra. Y usted, Konstantín Alexeivich, ¿qué está llevando a cabo en estos tiempos tan duros?
—¡Ah, querido amigo, no me considero un gran patriota! Solo un ciudadano del mundo… solo eso. ¿Sabe?, desde que colaboré en el Don Quijote del Bolshoi creo que el hombre solo debería luchar contra los molinos de viento. Tendremos que asumir que Alemania es un incómodo vecino. Tal vez debería decir Prusia. Esos germanos del norte son calvinistas rigurosos, duros, exigentes, enérgicos, disciplinados, industriosos, imperialistas, racistas, y algunos de ellos profundamente estúpidos. Si emplearan su energía en cosas más positivas, podrían llegar a ser un pueblo extraordinario, pero me temo que el problema de fondo es que se consideran superiores a los demás. Una raza señalada por los dioses germánicos para conquistar el mundo… ¡Qué teoría tan absurda! ¡Y su acomplejado káiser los anima a la lucha! ¡Qué equivocados están! Nuestro zar Alexander es un hombre inepto para el cargo que ocupa, y creo que es consciente de ello. En fin, usted lleva sangre rusa y por tanto debe de conocer nuestras escasas virtudes y nuestros grandes defectos. Somos gente sensible hasta un grado insoportable, también somos familiares, amistosos, desorganizados, bebedores, pero buenos para las matemáticas, la música y el baile. Creo que Benois tiene razón. Es mejor no sacarnos de nuestras casillas, como ese oso ruso de aspecto inofensivo que baila en las aldeas para regocijo de los niños y al que más vale dejar tranquilo. Los alemanes y los austriacos han cometido la equivocación de su vida, aunque posiblemente hayamos colaborado en proporcionarles la coartada perfecta. Para colmo, tampoco están los mejores al frente de nuestro ejército. ¡Ah, qué gran drama para este desdichado país!
»Pero usted me pregunta por lo que estoy haciendo. La verdad es que no mucho, soy demasiado vago. Ahora, pasear por Moscú y admirar esos nuevos movimientos artísticos que lo inundan todo. En San Petersburgo sucede lo mismo y, por supuesto, en muchos lugares de Rusia. No todo ocurre entre San Petersburgo y Moscú. Fijase que Lev Nikoláyevich Tolstoi lo escribió casi todo en su casa de Yasnaia Poliana, Pushkin y Dostoievski en el destierro, y Chéjov en un balneario del Mar Negro. ¡Y así tantos otros!
»En mi caso, comprendí siendo muy joven que la pintura lo era todo para mí. Cuando veo un cuadro bueno de verdad lo considero un verdadero festín para los ojos. Creo que usted puede entenderme. Después, casi por casualidad encontré el camino de los decorados teatrales. ¡Es algo que me apasiona! He aprendido mucho gracias a esa nueva visión, y ahora pinto con mucha más soltura. Además, esa ocupación me permite asistir a los ensayos entre tramoyas, entender lo que el director pretende de cada caso, empaparme de ese especial y maravilloso ambiente entre bambalinas, y escuchar desde allí el solo del primer violín, imaginar lo que el compositor quería expresar con sus acordes. ¡Qué grandes músicos tenemos y qué grandes artistas de todo tipo! Estará usted de acuerdo conmigo en que ese Diáguilev es el mismísimo Lucifer. ¡Qué tipo tan excéntrico por otra parte! ¡Vrúbel también era maravilloso! ¡Polenov! ¡Tantos otros! De pronto comprendimos que Chaikovski, Borodin, Mussorgsky, Rimsky-Korsakov, todos ellos expresaban el alma de Rusia. ¡Qué tremenda belleza!
Paul regresó a su casa paseando y meditando sobre lo que Benois había descrito tan vívidamente. Al entrar en su piso, no pudo evitar pensar en Irina. Le hubiera gustado que siguiera allí, como en los primeros días, cuando todo era puro amor y lo demás no importaba. ¿Dónde estaría? Sentía una enorme pena por ella y, aunque creyera no amarla, siempre recordaría aquellos preciosos momentos vividos con ella.
Estaba con el batín puesto sobre el pijama, ya a punto de acostarse cuando sonó el timbre. Observó por la mirilla. Era Karl von Lissberg. Abrió la puerta y Karl le sonrió mientras pasaba.
—Paul, te ruego que me excuses, sé bien la hora que es, pero verás, como a las seis de la mañana salgo para el frente, no quería irme sin despedirme de ti. Increíblemente, he conseguido un visado del Estado Mayor como fotógrafo de guerra, y no pienso desaprovechar esta oportunidad. He escrito esta carta por si me sucediera algo y quiero que la guardes tú. A fin de cuentas, eres el mejor amigo que tengo en San Petersburgo. En fin, que vengo a decirte adiós —Karl le tendió la mano pero Paul lo abrazó.
—¡Por Dios santo, Karl, no seas tan tímido! ¡Un hombre como tú! — ambos rieron a carcajadas.
Paul no fue capaz de conciliar el sueño. Al fin y al cabo se trataba de su país. Había comprendido en los últimos años que su mentalidad coincidía mucho más con la rusa que con la de sus compatriotas americanos. ¡Ah, Rusia! ¡Qué país tan enorme y complejo! No podía dormirse y sabía que cuando eso le sucedía todo era inútil. De pronto se incorporó en la cama. Él también tenía que ir al frente. No a combatir sino a contar al mundo lo que estaba sucediendo. Puso el despertador a las cuatro y media. Luego intentó dormir.