Corresponsal en Rusia

G. H. Guarch · Capítulo 24 de 33

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Corresponsal en Rusia

Cuarta parte. La dura realidad

CUARTA PARTE

 

LA DURA REALIDAD

XXIII

Mentiras y verdades

Tal y como Mijaíl Lariónov había predicho, la huelga general complicó la organización de la conferencia nacional. Como los bolcheviques pretendían, no hubo servicios públicos, incluso en algunas fábricas y talleres no se pudo trabajar, bien porque faltaron algunos de los encargados o de los obreros indispensables, bien por falta de suministros. Aquello demostró que el partido bolchevique, aun sin poder ejecutivo, poseía una gran fuerza entre las bases populares.

En cuanto a la conferencia nacional, Paul vio que los que pretendían representar a Rusia no eran capaces de conseguirlo. A lo largo de las sesiones se hacía cada vez más palpable el ansia de poder de Kérensky, al que nunca hubiera creído tan ambicioso, la rabia contenida de los mandos y oficiales del ejército, la falta de representatividad de la izquierda, y sobre todo la palpable ausencia de los bolcheviques, que mantenían paralizada la ciudad en un alarde de organización y poder real.

Durante las sesiones pudo escuchar retórica, populismo, demagogia y mentiras lanzadas sin rubor alguno. Cuando lo comentó con su vecino de butaca en un momento de la primera conferencia, el hombre lo miró con sorpresa y solo respondió: «¡Políticos!». A pesar de haber negado la asistencia a los miembros del partido bolchevique al declararlos fuera de la ley, salió de allí convencido de que estaban llamando a la puerta, aunque en aquel caso no para completar el espectro político sino para destruir a sus oponentes. Un periodista británico, David Buchanan, le dijo en el receso que no le extrañaría ver entrar a Trotsky en aquel templo de mercaderes para expulsarlos con su látigo. Lo mismo pensaba Paul.

Volvieron a Petrogrado el 20 de agosto. Irina estaba eufórica tras haber contrastado la fuerza del partido en Moscú. Nadie parecía preocupado por el imparable avance de las tropas alemanas, que ya amenazaban Riga, no tan lejos de Petrogrado. Sin embargo la derecha más radical mantenía que, en cualquier caso, aquella ciudad no era más que un nido de revolucionarios y bolcheviques, y que si entraban en ella los alemanes les ajustarían las cuentas y harían una buena limpieza.

Dos días después, Paul mantuvo una reunión con el embajador Francis a la que asistió también el embajador británico, indignado con sus aliados rusos. Según él, todos eran culpables de dejación, incluso de traición a los aliados, y si el frente terminaba por derrumbarse podría ser una catástrofe para los franceses y los ingleses. Ninguno de los dos embajadores ponía sus esperanzas en Kérensky sino en Kornilov, para ellos el único capaz de poner orden y concierto. Paul comprendió que cada día que pasaba le quedaba menos cuerda al gobierno provisional, que estaba siendo abandonado por sus aliados en beneficio de una posible dictadura militar, que era en lo único que cifraban sus esperanzas los aliados. Aquella gente no terminaba de comprender el carácter ruso y se podrían llevar una gran sorpresa.

Fiódor lo llamó y quedó con él en una tetería situada en la esquina opuesta al palacio Stroganoff, en la Perspectiva Nevski. Allí solían reunirse los miembros del soviet, pero nunca los bolcheviques. Cuando se lo hizo notar, Fiódor contestó que por eso mismo se trataba del lugar adecuado, ya que donde solían reunirse los bolcheviques estaban permanentemente vigilados. Fiódor seguía manteniendo un tono frío con él.

—¿Qué tal por Moscú? Te he llamado porque se trata de un asunto importante. Kérensky está cada día más equivocado. ¡Pretende dar un golpe de Estado, hacerse con el poder e instaurar una dictadura! ¡Y por su parte Kornilov parece tener la misma idea! ¡Un doble juego, a ver quién gana la partida!

Escuchaba a Fiódor con atención, aunque en Petrogrado se hablaba a diario de conjuras, espionaje, atentados y golpes. Fiódor no era el típico correveidile sino alguien experto que, por su posición en Pravda, mantenía una buena relación con casi todos los líderes, salvo tal vez con Stalin, quien tampoco parecía llevarse bien con ninguno de sus redactores. Fiódor le confió que creía que se trataba de un problema de celos profesionales. Como escritor, Stalin era excesivamente denso y repetitivo, y sin embargo criticaba sin cesar los textos de sus subordinados, que en su mayoría escribían mejor que él. La poca brillantez de sus textos generaba una compleja situación en la redacción del periódico. ¿Quién le ponía el cascabel al gato? Fiódor se negó a decir a su jefe político que siempre debía ser el artículo más brillante el que ocupase la cabecera.

 

Los últimos días de agosto fueron de zozobra. El embajador Francis volvió a llamarle por teléfono para pedirle que pasara por la embajada cuanto antes, así que se puso una chaqueta y media hora más tarde estaba allí. Se trataba de analizar la situación anunciada por su amigo Fiódor, ya que las noticias eran que el general Kornilov, apoyado por otros generales como Krimov y miembros de la asociación de oficiales, con la connivencia de parte de los miembros del gobierno provisional que se oponían a Kérensky, entre ellos los kadetes, además de gran parte de la burguesía, pretendía dar un golpe de Estado y derrocar al primer ministro. Eso era, según el embajador, muy preocupante pues se temía que fuese un golpe a sangre y fuego. Los informes que le habían llegado aseguraban que Kornilov tenía la intención de hacer fusilar a los ministros y altos funcionarios del gobierno que no le mostraran adhesión inmediata, así como al soviet de Petrogrado en su totalidad, para seguir con todos los miembros del partido bolchevique y los que se manifestaran en su contra. El embajador se lo advertía ya que los ciudadanos extranjeros deberían permanecer al margen por su propia seguridad. Cuando replicó al embajador que no creía que algo semejante pudiera llegar a suceder, este le manifestó que se trataba de información confidencial contrastada. El golpe era algo inminente. Además tenía conocimiento de que los apoyos a Kornilov eran numerosos.

Pensó que todo podría ser cierto, pero no lo veía posible, y menos conociendo a Kérensky.

—Embajador, con todos los respetos… No dudo de que esa información sea cierta. ¿Pero con qué fuerzas pretende el general Kornilov tomar Petrogrado? Piense que los revolucionarios dominan lo esencial: los ferrocarriles, los telégrafos, las emisoras, los suministros. Tal y como están las cosas, dudo mucho que los soldados obedezcan las órdenes de los mandos, pues los comités de los soviets lo impedirán. Los comisarios políticos no lo permitirán. Creo que el general Kornilov se podría encontrar al frente de un golpe sin el más mínimo respaldo.

—Podría ser, de hecho hemos valorado esa posibilidad. Pero el general Kornilov es cosaco, y todas las divisiones cosacas lo seguirán sin dudarlo. Además está vinculado al regimiento de montañeses musulmanes. Esos solo le obedecerán a él. En cuanto a los oficiales, suman miles de individuos armados y preparados, y todos ellos son contrarrevolucionarios.

—Sí, eso es cierto, pero Kornilov tiene aquí varios frentes abiertos, y Kérensky no se va a quedar mano sobre mano. En cuanto al soviet, preferirá a un demócrata, por muy incapaz que lo considere, que a un militar reaccionario que amenaza con fusilarlos a todos ellos sin juicio previo en cuanto se haga con el poder. Los bolcheviques son los más organizados, y ningún tren puede llegar hasta Petrogrado sin su visto bueno, como vimos con el tren imperial, cuando inmovilizaron al zar. Creo que aún no está todo dicho, pero en cualquier caso le agradezco su advertencia. No sé si tiene información de que mi actual compañera pertenece al partido bolchevique, mientras que yo no estoy convencido de que sean la mejor opción.

El embajador sonrió.

—Puedo comprenderle perfectamente. Mi mujer es republicana y yo demócrata, y de vez en cuando tenemos un serio debate. La solución más pragmática sería que usted se hiciera bolchevique, aunque solo fuera de boca hacia afuera… Hablando en serio, sé lo que ha querido decirme, y si necesitan mi ayuda, aquí estaré.

 

Tras despedirse del embajador, mientras caminaba de vuelta hacia su piso, pensó que se trataba de un asunto bastante más serio. Miles de vidas y el futuro de Rusia estaban en juego. Fiódor le advirtió que si Kornilov lograba finalmente entrar en Petrogrado, podría producirse una hecatombe. Había hablado de ello con Irina y le pidió que abandonara la ciudad por unos días, pero ella se negó a escucharle, replicándole que si llegara a haber un golpe de Estado, ella tendría que estar allí, y que en cualquier caso no pensaba separarse de él. Luego pensó que su pasaporte diplomático podría impedir que nadie entrara en el piso por la fuerza, aunque eso era muy relativo.

Irina no estaba en el piso. Durante toda la tarde estuvo pendiente del teléfono, pero no recibió ninguna llamada. Comenzó a preocuparse al caer la noche. Le preguntó a Ludmilla, pero ella tampoco sabía nada. Llamó a Fiódor a su casa, y no le contestó, pero imaginaba que dada la situación se encontraría en algún lugar organizando la respuesta ante un posible golpe de Estado, ya que todos los barrios obreros de Petrogrado se estaban preparando para la defensa. A fin de cuentas, Irina era una dirigente del partido y aquellos eran momentos críticos para cualquier bolchevique.

Sonó el teléfono y escuchó con alivio la voz apenas audible de Irina al otro lado de la línea. Le preguntó dónde estaba y ella contestó que en el barrio de Viborg, en su nuevo cargo de delegada en aquel lugar del comité permanente. Le dijo que no debía preocuparse por ella, que se hallaba donde debía, y que sabía muy bien que no podría estar sentada, escondida, aguardando a que todo se resolviera.

—Paul, sabes que te quiero, pero ahora debo estar aquí. No te preocupes por mí, creo que la situación está controlada. En cuanto pueda volveré a casa. Te amo.

No le dio tiempo a contestar, la línea se cortó. No podía hacer nada. Ella estaba donde quería estar, era su carácter y eso nunca podría cambiarlo.

El 28 de agosto transcurrió en medio de una enorme tensión en toda la ciudad, aunque a última hora de la tarde se supo que ni Kornilov ni sus tropas parecían capaces de llegar a Petrogrado. Pensó con una sonrisa que el tozudo sindicato de los ferroviarios tendría mucho que ver en ello. Fiódor lo mantenía informado. Volvió a llamarle para advertirle que no saliera a la calle donde, por otro lado, poco se podía ver. Todo el mundo se encontraba a la expectativa, aguardando acontecimientos. En los barrios proletarios y alrededor de las grandes fábricas los obreros, soldados revolucionarios y campesinos, dirigidos en la mayoría de los casos por comisarios bolcheviques, preparaban con ahínco la defensa, cavando zanjas y extendiendo alambradas. Paul le contó que Irina le había llamado desde algún lugar de Viborg.

—Es normal, no está sino cumpliendo con su obligación con el partido. Hoy nos faltan hombres y mujeres. ¿Sabes la última? ¡El propio Kérensky ha

pedido auxilio a la guarnición de Kronstadt[196], y los marineros están llegando a Petrogrado! ¡Para defender al gobierno provisional y a Kérensky, que los declaró enemigos de la revolución hace unos días! ¡Lo que son las cosas! De todas maneras, el principal temor es lo que Kornilov pueda llegar a hacer. Si lograra entrar, lo primero que haría sería fusilar a todos los presos políticos. ¡Recuerda que ahora se encuentran en prisión la mayoría de los líderes bolcheviques! Pero las últimas noticias nos dan algo de esperanza. ¡Los ferroviarios están volviendo locos a los golpistas mandándolos arriba y abajo! Si me entero de algo más te llamo de inmediato. ¡Adiós!

 

Ya atardeciendo, Paul no pudo resistir y bajó a la calle a pesar de las advertencias. Se acercó andando a la Perspectiva Nevski. Todo parecía tranquilo. Lloviznaba y cuando comenzó a anochecer las escasas farolas de gas que seguían iluminando apenas permitían ver los obstáculos. Solo circulaban algunos coches oficiales y camiones llenos de soldados revolucionarios, además de alguna ambulancia de tarde en tarde. No vio a nadie y decidió volver al piso. En la esquina de la calle un grupo de hombres de paisano le pidió la documentación en tono amenazador. Cuando le iluminaron el rostro con un farol de carburo, el que parecía el jefe se dirigió a Paul:

—¡Usted es el periodista americano! ¡Váyase a casa, que la noche no está para paseos!

Pensó que aquel hombre tenía razón y caminó con rapidez hacia el portal. Entró cerrando tras él. Se sintió aliviado. No se consideraba un cobarde, pero cada día estaba más convencido de que en aquella hermosa y peligrosa ciudad, podía suceder cualquier cosa en cualquier momento. Le inquietaba la ausencia de Irina, pero no podía hacer nada.

Dos días más tarde, se hallaba en la cama cuando pudo escuchar el llavín en la puerta. A aquella hora solo podía ser Irina. La vio entrar en la penumbra de la habitación. Se tendió junto a él en la cama y lo abrazó.

—Ya ha pasado todo. Kornilov está detenido y Kérensky sabe quién manda ahora en Petrogrado.

—¿Quién? —era una pregunta estúpida, pero quería que ella le contestase.

—¡Nosotros, los bolcheviques! —Irina cerró los ojos agotada y se quedó durmiendo junto a él, vestida tal como había llegado.

 

Durante los siguientes días, Petrogrado daba la impresión de ser una ciudad muerta. La gente no quería salir a la calle. La propia Irina salía a comprar algo, el periódico, o a dar una vuelta, pero volvía al poco rato. Paul no quería interferir y, mientras, él permanecía escribiendo, y tosiendo en ocasiones, pues se sentía bastante débil tras la pulmonía mal curada. Allí se estaba bien, en aquel extraño otoño aún no era necesaria la calefacción y el sol entraba a raudales por los balcones de la biblioteca. Karl fue a hacer unas fotografías en la fábrica Putílov, pero al volver lo asaltaron unos junkers, que le destrozaron la cámara gritando que se trataba de un amigo de los bolcheviques. Al caer al suelo, cuando se dieron cuenta de que le faltaba una pierna lo dejaron tranquilo.

Fiódor Yegórovich iba y venía por la periferia de la ciudad, e incluso se atrevía a visitar los pueblos cercanos. Las revueltas campesinas se habían extendido por todo el país y él deseaba ser testigo presencial. El 7 de septiembre pasó a verlo para contarle lo que estaba sucediendo. Le explicó que en todos los pueblos y aldeas donde había estado, se repetían las mismas escenas. Los campesinos talaban los arboles como si les fuera la vida en ello.

—¡Esos impresionantes bosques de las fincas privadas están desapareciendo por días! ¡Como si los árboles tuvieran la culpa de todo! Los campesinos, los mujiks quieren hacerse con la madera, para construir o como leña para los próximos inviernos, y el resto, una demostración de que no le temen a nada. ¡Árboles centenarios derribados como una prueba de fuerza, para que las cosas no tengan vuelta a atrás! ¡Miles de ejemplares! ¡Las antiguas mansiones señoriales han sido destruidas hasta sus cimientos y los animales de labor han sido sacrificados para el consumo! Nadie había previsto esta situación, y si las cosas siguen así, todo esto nos conducirá a una terrible hambruna. Si eso está sucediendo en un pueblo, en el siguiente, en todos los de la región, y probablemente de toda Rusia, muy pronto se notará el desabastecimiento. ¡En fin! Luego viajé hasta las propiedades de Ludmilla Valenskovna. ¡Ya no quedan más que tierras yermas! Vi los restos de su vieja mansión incendiada y sentí una gran tristeza. ¡Qué cierto es que pagan justos por pecadores! ¡Alguien tendrá que poner fin a esta situación! Los campesinos ya no creen en las leyes, solo en sus propias organizaciones campesinas.

Luego le comentó el último bulo que corría por Petrogrado. Según él, Kérensky había llegado a un acuerdo con los alemanes para cederles Petrogrado. Aunque fuese un bulo, aquello parecía tener un cierto sentido. Kérensky sabía que los alemanes podrían hacer por él lo que él mismo no había sido capaz de conseguir. Ellos se encargarían de descabezar y acabar con la revolución, y sobre todo con los bolcheviques, a los que Alemania consideraba sus peores enemigos. Petrogrado era el caldo de cultivo, el centro intelectual desde el que se irradiaba la revolución, el lugar donde se estaban fraguando los discursos y la política de los bolcheviques. Si todo aquello se debía trasladar a Moscú, ya sería otra cosa. Se hablaba de que la pretensión de Kérensky era privar al lobo de su guarida.

Entonces Paul le preguntó a Fiódor lo que todo el mundo quería saber en Petrogrado.

—Fiódor, ¿dónde está Lenin y cuándo piensa volver?

Fiódor se encogió de hombros.

—Eso solo lo sabe el propio Lenin y en todo caso la Krúpskaya. Pero si quieres mi opinión, no debe de andar muy lejos… si es que no se encuentra escondido en algún barrio de la ciudad, a la espera de que pase el peligro. Da la impresión de ser un sabio despistado, pero es un hombre astuto.

 

Septiembre iba pasando con rapidez. Irina volvió a su trabajo en la redacción de Pravda, allá donde estuviera, ya que entre otras medidas el gobierno provisional había prohibido el periódico. Volvía a la hora que podía, y tuvo más de un susto por la calle del que salió bien librada. Le explicaba que la situación se estaba acelerando y que pronto sucederían cosas importantes, aunque él lo achacaba a que quería tranquilizarlo.

Paul recibió una nueva llamada del embajador Francis, que le adelantó que se trataba de una reunión informal y que lo invitaba a acompañarlo a la embajada del Reino Unido. Un automóvil negro del servicio diplomático con la banderita de los Estados Unidos se detuvo delante del edificio a las cuatro treinta, la hora convenida. No terminaba de entender lo que pretendían de él. Tal vez se debiera a su conocida relación con los principales actores de la revolución, Lenin, Trotsky y Kérensky. Dentro del coche se encontraba el embajador Francis, que lo saludó como a un viejo amigo. Hablaron de banalidades mientras se dirigían a la embajada británica. Allí los aguardaba el embajador Buchanan, que los recibió en una sala anexa a su despacho.

—Este es territorio neutral, considérense en casa de un amigo.

Apenas conocía a Buchanan, solo por una reunión anterior, pero sabía que ni Lenin ni Trotsky tenían un buen concepto de aquel hombre. No solo por lo que representaba, sino porque sabían que colaboraba activamente intentando destruir la revolución. Gran Bretaña quería volver a tener como aliada a la Rusia imperial y no, empleando el lenguaje de su embajador, «a un grupo de zarrapastrosos bolcheviques que están impidiendo mantener el frente del este activo».

Buchanan les confirmó lo que muchos pensaban. Lenin estaba escondido en algún lugar de Petrogrado, probablemente en Viborg, al menos eso era lo que mantenían sus servicios de inteligencia. Los americanos creían lo mismo. Buchanan fue taxativo en su criterio: «Si los bolcheviques terminan por hacerse con el poder, cosa que empieza a ser factible, la embajada del Reino Unido tendrá que cerrar sus puertas en Rusia», dijo. El embajador Francis asentía a las palabras de su colega. Los americanos tenían el mismo punto de vista que los británicos. Ellos seguirían sus pasos. Una cosa era trabajar con alguien razonable como Kérensky, aunque estuvieran convencidos de que le faltaban apoyos para conseguir lo que pretendía, y otra muy diferente hacerlo con personajes radicales como Lenin o Trotsky, que querían imponer un gigantesco experimento socio-político de incalculables consecuencias para el resto del mundo. Según Buchanan, un posvictoriano, la pretensión de los bolcheviques era destruir el orden mundial existente.

Al final ambos embajadores le enseñaron sus cartas. ¿Podría intentar conseguirles una reunión con Trotsky? Una vez decantado por el partido bolchevique, Lev Davidovich Bronstein parecía confirmarse como el segundo de a bordo, y ya que no podían hablar con Lenin, les gustaría hacerlo con el hombre que llevaba la voz cantante. Le confesaron que ambos lo habían escuchado de incógnito en los días en que Trotsky daba sus conferencias en el Cirque Moderne.

—No sé si resultará fácil conseguirlo. Se trata de un hombre muy especial. Como saben, apenas hace unos días que acaba de ser puesto en libertad por el gobierno provisional. Están intentando una nueva estrategia de acercamiento o, mejor dicho, de apaciguamiento con los bolcheviques. Lo intentaré. Cada vez tengo menos dudas de que al final los bolcheviques se harán con el poder, y sin duda sus líderes más capaces son Lenin y Trotsky.

—¡Y pensar que tuvimos a ambos en nuestras manos! ¡Y ahora esos dos tramando la revolución mundial!

El embajador Buchanan lamentaba la falta de decisión de su gobierno cuando Lenin les solicitó permiso para llegar a Rusia a través de Gran Bretaña y el gobierno británico se lo denegó, y de la oportunidad perdida en Halifax, Canadá, donde Trotsky fue obligado a permanecer en una situación cercana a la prisión por el gobernador británico, cuando también intentaba volver a Petrogrado.

Al terminar la reunión prefirió volver caminando a su piso. Era evidente que no existía la menor voluntad, ni por parte de su propio gobierno ni por el de Gran Bretaña, de intentar un acercamiento de buena fe con los revolucionarios. Era como si no supieran a qué carta quedarse. En cuanto a Kérensky, tenía la impresión de que había perdido la poca credibilidad que tenía.

 

Una semana más tarde, a través de Irina, consiguió hablar por teléfono con Trotsky. Cuando le comentó la posibilidad de mantener una reunión con los embajadores de los Estados Unidos y de Gran Bretaña, en un primer momento el líder bolchevique pareció sorprendido, pero aceptó.

—¡De acuerdo! ¿Le parece bien mañana, en su piso, a las nueve de la noche? Solo podré estar allí alrededor de una hora. Y para que le conste, iré porque usted me lo pide. ¡Dígale a Irina que deseo que esté presente!

De una parte, dos grandes potencias recurrían a él para conseguir una entrevista privada con uno de los principales líderes de la revolución. De otra, Trotsky, una de las cabezas pensantes de la revolución, le aseguraba que si asistía era porque él se lo pedía. Cuando lo comentó con Irina, ella lo observó extrañada, pero asintió.

—Sí. Trotsky no se fía de Zinoviev, ni de Kámenev, ni de Stalin. Quiere que alguien del partido esté presente, y además conoce bien nuestra relación. De acuerdo, naturalmente que estaré.

Al día siguiente, Trotsky se presentó con veinte minutos de antelación. Lo primero que hizo fue pedirle a Irina que le preparara un café con leche, que Irina le sirvió con un bizcocho. Se le veía relajado, con la seguridad de encontrarse entre amigos. Con Irina mostraba una gran complicidad, después de tanto tiempo luchando por una causa, aunque durante un tiempo hubieran estado en bandos diferentes. En un principio Irina había pertenecido a los mencheviques, al igual que él. Después ambos habían terminado en el partido bolchevique.

Mientras mojaba el bizcocho en el café caliente, les contó entusiasmado que Lenin estaba acabando un nuevo texto, El Estado y la revolución.

—Me ha permitido leer parte de lo que lleva, y me parece una sensacional aportación a nuestra revolución. La dictadura del proletariado demostrará ser la solución al Estado tradicional, que se basa en el dominio de unas clases sobre las otras.

Paul lo escuchaba con atención, y decidió intervenir en aquel momento.

—Lev Davidovich. ¿Y no puede ocurrir que esa dictadura del proletariado lleve a los dirigentes a imponer su particular punto de vista al resto de la sociedad? ¿Quién vigilará a los vigilantes?

Trotsky replicó sin darle tiempo a acabar:

—¡No! ¡Precisamente la dictadura del proletariado se autorregulará! ¡Sería imposible!… aunque comprendo que esa pregunta, obvia por otra parte, requiera su propio análisis.

Sonó el timbre. Eran las nueve en punto. Se dirigió a abrir la puerta. Dio la mano a ambos embajadores, los invitó a entrar e hizo las presentaciones, incluyendo a Irina. Los condujo a la biblioteca, donde había un gran tresillo, y allí tomaron asiento. Hizo intención de dejarlos solos, acompañados de Irina Pávlova, como era deseo de Trotsky, que quería tener un testigo presencial de confianza en aquella reunión, y se dirigió a la puerta. Trotsky se dirigió a él:

—Querido amigo, si la reunión se celebra en su casa por la confianza que los presentes tenemos en usted, sería absurdo que no la tuviéramos para que escuchara lo que aquí va a hablarse. Como confiamos plenamente en su discreción, por parte mía no hay inconveniente alguno.

Ambos embajadores asintieron. Buchanan tomó la palabra.

—¡Naturalmente! ¡Por favor, Alexander, permanezca con nosotros!

Tras un breve silencio, se vio que el embajador Buchanan no deseaba perder tiempo.

—Señor Bronstein, seré claro y directo. Mi amigo y colega aquí presente, el embajador David R. Francis, representa los intereses de los Estados Unidos en Rusia y ha tenido la deferencia de cederme la palabra, y yo, como embajador, represento los de Gran Bretaña. Nos hubiera agradado también la presencia de Vladimir Ilich Ulianov, ya que ustedes dos son al día de hoy los máximos dirigentes del partido bolchevique, que a su vez da la impresión de haberse convertido en el mayoritario dentro del Soviet de Rusia. Tenemos la certeza de que ustedes podrán gobernar muy pronto. Rusia es uno de los países más importantes de la tierra a todos los niveles. Ni los Estados Unidos ni el Reino Unido pueden ni deben quedar al margen de lo que aquí está sucediendo. Corren rumores de que nosotros estamos en contra de esta revolución y que apoyamos a los contrarrevolucionarios. Deseo expresarle personalmente, en nombre de los dos, que eso no es cierto. Solo somos testigos privilegiados de lo que aquí está sucediendo. Gran Bretaña y los Estados Unidos no intervienen en los asuntos internos de otros países. Si finalmente, como parece muy probable, ustedes se hicieran con el poder, nos pondríamos a su disposición al entender que esa habría sido la voluntad del pueblo ruso. Le rogamos por tanto que transmita al señor Vladimir Ilich Ulianov, y al resto del comité ejecutivo del partido bolchevique, esta disposición. Como comprenderá, mientras tanto no podemos recibirles oficialmente en nuestras respectivas embajadas, pero hemos querido expresárselo personalmente para evitar ser manipulados por terceros.

—Señores embajadores —contestó Trotsky—, quiero agradecerles esta discreta reunión, ya que es importante para el partido al que represento despejar equívocos. Creo que es prudente por ambas partes. Yo también deseo transmitirles el interés del partido bolchevique de mantener unas relaciones lo más positivas y sinceras posibles. La voluntad expresada de no intervenir en los asuntos internos demuestra la prudencia de sus respectivos países. En cuanto a las posibilidades de hacernos con el poder para entregárselo al pueblo bajo la formula de la dictadura del proletariado, les puedo asegurar que para ello estamos trabajando. Tenemos la firme convicción de que el gobierno presidido por Kérensky es en efecto un gobierno provisional. Muy provisional, por cierto, aunque la burguesía es un poderoso enemigo para el pueblo, y por tanto no se puede cantar victoria. En cuanto al ejército, no es nuestro enemigo. Es una lucha de una parte del ejército contra la otra. Unos miran hacia adelante, los otros miran hacia atrás. El que mira hacia atrás termina siempre tropezando.

No hubo mucho más. Los embajadores terminaron sus cafés y apenas eran las diez cuando se despidieron, agradeciendo a Trotsky que hubiera acudido a la reunión, y a Irina y a Paul su hospitalidad y confianza. En cuanto salieron, Trotsky volvió a agradecer a Paul lo que estaba haciendo desinteresadamente.

—Yo también debo irme. Me aguardan en el comité ejecutivo. Le agradezco esta interesante reunión. Al menos servirá para poner las cosas más claras. Nosotros somos un partido revolucionario proletario que pretende realizar un cambio social de gran calado. Hay quién lo llama «experimento social». ¡En un experimento nunca se sabe lo que puede suceder! Nosotros, los bolcheviques, estamos bien seguros del resultado.

Trotsky besó a Irina tres veces en las mejillas y tendió la mano a Paul esbozando una sonrisa.

—Lev Davidovich —preguntó Paul—, ¿besar a las mujeres no es parte de una cultura burguesa que demuestra una ascendencia sobre ellas, como una tutela del varón sobre la hembra, mientras que cuando dos varones se dan la mano es señal de un saludo entre iguales?

Trotsky negó enérgicamente con la cabeza.

—No en este caso, mi querido y perspicaz Paul Alexander, ya que al menos en este caso, Irina Pávlova es como si fuera mi hermana pequeña. ¡Es solo buen cariño ruso! ¡Adiós! ¡Tal vez nos veamos en la Conferencia Democrática! ¡Acudan a apoyarme!

Trotsky salió riendo a carcajadas. Paul cerró la puerta tras él y le dijo a Irina con una sonrisa:

—¡Este hombre siempre tiene respuesta para todo!

—Es cierto, si Lev Davidovich tiene un defecto es que no puede permanecer callado.

 

El 14 de septiembre se había convocado la Conferencia Democrática por los mencheviques y los social revolucionarios. La idea era dejar en minoría a los bolcheviques. A pesar de ello, Fiódor Yegórovich podía asistir como informador utilizando su carnet de periodista e invitó a Paul como acompañante. Eran momentos críticos para la revolución y ambos lo sabían. Un día a día de circunstancias cambiantes en los que cada uno de los actores del drama histórico que se desarrollaba ante sus ojos intentaba marcar las diferencias. El verano se estaba acabando con rapidez, y varios días de lluvias consecutivas enfriaron el ambiente. Un cielo gris, encapotado, era como el dosel que enmarcaba el estado de ánimo de la ciudad.

Ambos se dirigieron al Teatro Alexandrinski. Un escenario muy adecuado para la conferencia. Los bolcheviques, le explicó Fiódor, pretendían que se llevaran a cabo las elecciones para una asamblea constituyente. Los demás partidos preferían posponerla por temor a que surgiera una asamblea excesivamente radicalizada. La idea de la Conferencia Democrática era de los socialistas moderados, convencidos de que la conferencia sería lo más cercano a un parlamento, hasta que las cosas cambiasen.

Apenas tomaron asiento cuando los moderados iniciaron un feroz ataque dialéctico a lo sucedido en las jornadas del intento de golpe de Kornilov y del propio Kérensky, lanzándose improperios entre sí. Muchos de los asistentes pateaban el suelo del teatro, intentando callar a sus oponentes. Los bolcheviques como Fiódor se mantenían a la expectativa. Kérensky intentó defenderse pero le fue imposible hacerse oír. Entonces le tocó exponer a Trotsky, por el que la mayoría de los asistentes sentía una gran aversión. A pesar de ello, el silencio se hizo en la gran sala. Comenzó pidiendo al gobierno provisional dimitido que rindiese cuentas de su gestión.

—¡No necesitamos consejos sino cuentas ya que, por lo que acabamos de presenciar, nadie ha defendido al primer ministro! ¡Ni siquiera sus propios compañeros!

A partir de ahí, Trotsky exigió que los guardias rojos fuesen armados para impedir otro alzamiento militar. Antes de acabar su intervención denunció la no representatividad de la conferencia.

—¡Aquí se quedan ustedes y sus políticas vacías de contenido! ¡Nosotros nos vamos!

Fiódor intentó levantarse para acompañar a sus camaradas, pero Paul le pidió que permaneciese junto a él. Fiódor se sentó de nuevo, moviendo la cabeza como si no acabara de entender lo que su amigo pretendía. Mientras, la conferencia terminaba entre acusaciones e insultos. Kérensky pretendía que le otorgasen la confianza para gobernar en coalición, pero cuando comprendió que aquel no parecía ni el momento ni el escenario adecuado, abandonó el teatro.

Al salir vieron venir manifestaciones de unos y otros. Los kadetes mostraban pancartas apoyando al ejército. Los mencheviques acusaban a los bolcheviques de desestabilizar la política. Los bolcheviques permanecían en silencio en el centro de la ciudad mientras calentaban a los obreros en los barrios periféricos. Comenzó a llover torrencialmente y todos los manifestantes corrieron a refugiarse. Paul llegó empapado a su piso. Mientras tomaba un baño caliente, ya que no quería exponerse a una nueva pulmonía, pensaba que existía demasiada tensión en el ambiente.

 

El 22, los periódicos trajeron la noticia de la constitución de un nuevo gobierno de Kérensky, apoyándose en los kadetes, pero no tuvo gran impacto. Kérensky había perdido toda la credibilidad. Paul intentó verlo, lo llamó a su teléfono directo varía veces pero nadie lo cogió. Fue a comer al restaurante donde se encontraban a menudo, pero la propietaria le dijo que llevaba varias semanas sin aparecer por allí.

Mientras, Irina se levantaba a las seis cada mañana para desaparecer hasta casi la medianoche. Hablaba poco con ella, ya que cuando aparecía agotada apenas podía sacarle unas palabras. Él la aguardaba escribiendo y corrigiendo su libro, que iba avanzando más despacio de lo que quería, y del que nunca se encontraba satisfecho. Recordaba que fue en sus primeros días en Rusia cuando conoció a personas como la princesa Pavlovski o el profesor Rikov en Novgorod, que le abrieron los ojos al explicarle que en Rusia estaba acabando una época, y que tendría que llegar un tiempo nuevo que barriese como un vendaval las cenizas del tiempo pasado. Esa tormenta había llegado, pero amenazaba con arrastrarlo todo sin contemplaciones, lo viejo y lo nuevo.

Comenzó a dar largas caminatas sin importarle el tiempo que hiciera. Simplemente se abrigaba bien y se calaba un sombrero alemán que le regaló Karl. A pesar de la complicada situación, cada día se encontraba más satisfecho de su decisión de permanecer en Rusia, y sobre todo en Petrogrado. No podía quejarse de estar pasando penalidades ya que, con el retorno de Irina, Ludmilla se preocupaba todavía más por ellos.

Karl trabajaba sin descanso en montar su futura exposición y en editar un libro de fotografías sobre la ciudad; el cambio de la época de los zares a la revolución, de las apariencias al pragmatismo, de los rituales a las circunstancias. Fotografías tomadas por un experto ojo al que nada se le escapaba y que todo lo veía, y que levantaban acta de aquellos momentos históricos. En las paredes de su estudio se encontraban colgadas las más impactantes. Desde las melancólicas y profundas miradas de los Romanov, que parecían adivinar lo que se les venía encima, a la inquisitiva y algo cínica de Lev Davidovich Bronstein, que observaba el mundo que le rodeaba como un moderno Moisés, dispuesto a romper las tablas de la ley para cambiarlo todo, o el instante en que un sorprendido Vladimir Ilich Ulianov se asomaba a la puerta del tren que lo traía del exilio, mientras los suyos lo aclamaban convencidos de que aquel era el hombre que les conduciría definitivamente a la libertad. En ocasiones, paseando por Viborg, donde se estaba cociendo la verdadera revolución, se preguntaba si aquellas promesas llegarían a cumplirse o si, al final, todo se convertiría en un monumental fracaso.

 

Al comenzar la última semana de septiembre, su mirada se cruzó una mañana en la Perspectiva Nevski con unos ojos que le resultaron familiares. Se volvió y comprobó que el desconocido también giraba su cabeza. Recordó aquel rostro. Era el de Serguéi Nesvisky, el antiguo fiscal jefe de la audiencia del San Petersburgo zarista, ahora con aspecto demacrado y desmejorado. Volvió sobre sus pasos mientras el hombre permanecía inmóvil, en mitad de la acera.

—¿Serguéi Nesvisky? ¿Se acuerda usted de mí?

El hombre asintió. De cerca se notaba más su palidez, fatiga y desesperanza.

—Sí, creo reconocerlo… ¡Ha pasado tanto tiempo! Usted es… Alexander, el periodista americano. ¡Claro que lo recuerdo! ¡He pensado muchas veces en usted! ¡Tenía razón, todo iba a cambiar!

—Así es. Nos conocimos aquella noche en el expreso de Moscú, hace nueve años, creo recordar que entonces ocupaba usted el cargo de fiscal jefe de la audiencia, y con usted viajaban un tal… ¿Vasilievich? Creo recordar que era abogado del Estado. Y no recuerdo el nombre del juez del tribunal de apelación. ¿Qué tal están?

—Nikolai Fischeliev falleció hace un año y no ha llegado a ver esta catástrofe. Fue lo mejor que pudo hacer, quitarse de en medio. Siento envidia de él. En cuanto a Iván Vasilievich, está en prisión, acusado de actividades contrarrevolucionarias. ¡Un hombre que ha servido a Rusia durante toda su vida! Creo que ha perdido la cabeza, lo cual le hará sufrir menos.

—¿Y usted, Nesvisky? ¿Cómo lleva la revolución?

El hombre lo miró fijamente con sus pequeños y gastados ojos, su ropa estropeada y manchada, los viejos zapatos sucios de barro, el rostro sin afeitar, el ralo cabello despeinado, las manos inflamadas y amoratadas. Era una pregunta absurda y sintió habérsela hecho.

—¿Le gustaría acompañarme a tomar un café? —propuso Paul.

—Verá, señor Alexander —Nesvisky negó con la cabeza—, es que no puedo permitírmelo. ¡No tengo un copec!

—No se preocupe por eso. Estaré encantado de invitarle. Conozco un lugar por aquí donde, en un piso que hace las veces de restaurante, nos servirán un buen desayuno. ¡Acompáñeme, se lo ruego!

Nesvisky asintió, aunque Paul se dio cuenta de que el hombre se sentía avergonzado. Se hallaban muy cerca del lugar. Subieron en el ascensor ya que su invitado daba la impresión de encontrarse al borde del agotamiento. Entraron y la propietaria, que lo conocía, lo observó con extrañeza aunque tuvo la delicadeza de no hacer ningún comentario. Paul se dirigió sin inmutarse a la mesa que ocupaba habitualmente. Tuvo que pedir por los dos ya que Nesvisky era incapaz de decidirse. Les trajeron café con leche, bollos recién hechos, mantequilla y un par de huevos fritos con panceta. El hombre miraba lo que iban trayendo con asombro e incredulidad.

—¡Creía que todo esto ya no existía! ¡Aquí, en el centro de Petrogrado! ¡Pero si las tiendas están vacías! ¡Claro, que todo es cuestión del precio que se esté dispuesto a pagar!

Pudo observar las lágrimas que corrían por sus mejillas. Una mezcla de frustración, lástima por sí mismo, emoción. Luego comió en silencio, intentando contener su ansiedad. Cuando Paul pidió otro plato con bollos, Nesvisky se guardó algunos en el bolsillo. Después, tras un largo silencio, se decidió a hablar:

—Como observador estará usted viendo que esta revolución está transformando muchas cosas, prácticamente todo. Las circunstancias nos han colocado a muchos en el bando perdedor. El zar incluido. ¡Quién iba a pensar que esto podía llegar a suceder! ¡Yo entonces solo cumplía con mi deber! Tuve que procesar a muchos de los que hoy pertenecen al soviet de Petrogrado… incluso llegué a abrir un proceso contra Kérensky, así que tal vez debería felicitarme por seguir vivo. No me hago ilusiones, sé que esto va a ir a peor para los que piensan como yo, y cuál será mi destino. Los vencedores nunca aceptan que alguien conozca su pasado y, para mi desgracia, yo podría recitarle el de muchos de ellos… de cualquier partido. Lo único que por el momento sigo conservando es la memoria. ¡Ah, quisiera olvidarlo todo! La mayoría de ellos atentaron de una u otra manera contra el Imperio, y a los que pude los llevé a juicio. ¡No me lo perdonan! Yo solo cumplía con mi obligación… ¡solo eso! Y ahora, no tengo un solo copec. Ahí tiene a los de la Ojrana, la mayoría vuelven a ser útiles. Simplemente han cambiado de señor. ¡Qué más da servir al imperio que a la república, o como ahora a los revolucionarios! Lo importante es seguir viviendo, comer todos los días. Pero los que conoció usted aquella noche en el tren estábamos predestinados: un fiscal, un abogado del Estado, un juez… Tras nosotros irán muchos otros. ¿Quién será el nuevo zar del imperio? ¿Lenin? ¿Trotsky? ¿Kámenev? ¿Kérensky? ¿Un general cualquiera? ¿Alguien desconocido y más ambicioso que los demás? Perdone. ¿Podría pedir más café? —Paul asintió—. Gracias. Le decía que dará igual. ¡Al que llegue por ese camino le sobrarán todos, sus propios compañeros, los cómplices del asunto! Llegará un día en que no los querrá ver a su lado. Aunque, claro está, eso nosotros no lo veremos. Algunos estaremos bajo tierra para entonces, y en cuanto a usted… cuando le convenga volverá a América. ¡Cómo le envidio! Usted no está implicado, solo observa y escribe en libertad. ¡Mientras que para otros, Rusia se está transformando en un infierno! —Nesvisky había alzado la voz sin desearlo—. Perdón, señor Alexander, excúseme, en los últimos tiempos me excito sin darme cuenta. ¡Ahí tiene! Los bolcheviques ya son prácticamente la mayoría en el Soviet, y Trotsky es su presidente. Esos pretenden instaurar la justicia social, y lo que sucederá es que el pueblo perderá la poca libertad que tiene. Cambiar la historia no es tan fácil. ¿Cuántos tendrán que desaparecer para que nadie se oponga a esta utopía? ¡No me diga que tuvimos la oportunidad de ser más justos! ¡Yo procesé a la mayoría de los nuevos líderes y volvería a hacerlo!

Nesvisky sollozaba sin poder contenerse. Al salir Paul le entregó todo el dinero que llevaba encima, ciento veintidós rublos, una cantidad considerable pese a la inflación. Nesvisky no quería aceptarlo, pero luego debió de pensárselo mejor y lo cogió mientras murmuraba:

—Vuelva a América, Alexander, aquí va a suceder algo terrible. Váyase ahora que está a tiempo. ¡Adiós y gracias! Es usted una buena persona.

Comenzaba a llover y corrió para subirse al tranvía que pasaba. Desde la plataforma pudo contemplar al antiguo fiscal que permanecía estático en la acera brillante por el agua. Una imagen patética de absoluta desolación que quedó grabada en su mente.