Corresponsal en Rusia

G. H. Guarch · Capítulo 28 de 33

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Corresponsal en Rusia

Quinta parte. El final de un sueño

QUINTA PARTE

 

EL FINAL DE UN SUEÑO

XXVII

Un reencuentro inesperado

En junio de 1925 viajó a Paris acompañado de Amalia Teliéguina, con la que pensaba volver a casarse un par de meses más tarde, tras varios años de vivir juntos. Aleksandr Kérensky vivía en aquella ciudad y quería aprovechar el viaje para visitarlo. Aquel hombre, por lo que sabía, seguía obsesionado, empeñado en lo suyo, intentando buscar apoyos para conseguir lo que ya era imposible: volver a Rusia y recuperar el poder. Pero todos los que le rodeaban sabían que la guerra civil había terminado con la absoluta derrota de los rusos blancos. Consiguió en la embajada rusa en el exilio su teléfono y lo llamó para decirle que se encontraba en París y que le gustaría verle. Kérensky le contestó entusiasmado que le encantaría saludarlo. Cuando le dijo que estaba con Amalia Teliéguina, respondió que la recordaba con placer y que sería muy bienvenida. Los esperaba aquella misma tarde. Siguió su intuición y pidió a Kérensky que no comentara nada acerca de su intervención cuando lo ayudó a escapar de Petrogrado. Le explicó que nunca había querido hablarle a ella de aquel asunto y que prefería que no lo supiera. Al otro lado de la línea, oyó carraspear a Kérensky que solo dijo: «De acuerdo. Pero es una lástima que ella no sepa lo que sucedió, y lo valiente y leal que fue usted en aquel momento».

Kérensky vivía en aquellos tiempos en la Avenida de Iena, en un lujoso edificio sobre los jardines del Palacio de Chaillot. Cuando llegaron, el portero, que ya estaba avisado, se acercó solícito a la acera para abrirles la puerta del taxi. Subieron al ático en un silencioso ascensor. Cuando se detuvo, el propio Kérensky les abrió la puerta, emitiendo un ahogado grito de alegría al verlos. Los besó en ambas mejillas y a él lo abrazó repetidamente. Les habló en ruso. Luego los condujo a su salón-estudio, una amplia estancia llena de cuadros, objetos, libros y mesas cubiertas de papeles. Estaba escribiendo sus memorias sobre la época de la revolución. Paul le dijo que él estaba haciendo algo parecido y quedaron en intercambiar información.

Tomaron asiento en un tresillo frente al ventanal que dominaba la impresionante vista de la cercana Torre Eiffel al otro lado del Sena. Kérensky, todavía relativamente joven y muy apuesto, lucía una sonrisa algo cínica y una mueca de indiferencia, pero estaba ansioso por atender bien a sus invitados.

Mientras un joven mayordomo ruso les servía el café, poco a poco comenzaron a recordar los viejos tiempos. Kérensky les dijo que seguía confiando en que los dispersos restos del ejército blanco pudieran reorganizarse y darle la vuelta a la difícil situación, aunque su manera de explicarlo denotaba su falta de convicción. Paul le contó la prohibición que pesaba sobre él de entrar en Rusia, y que sus amigos en Petrogrado, ya convertida en Leningrado, habían desaparecido sin dejar rastro. Entonces Kérensky le pidió que, aunque creía recordarlos a todos ellos, le diera los nombres. Él volvió a recitarlos, comenzando por Irina Pávlova, ante lo que Kérensky exclamó: «¡Ah, sí! Aquella hermosa muchacha bolchevique. ¡Recuerdo haberla visto alguna vez con usted!». Paul asintió. Su madre Ludmilla Valenskovna, Fiódor Yegórovich, el periodista del Diario de San Petersburgo, que luego se hizo miembro del partido bolchevique y trabajó en el Pravda. Kérensky también lo recordaba bien. Por último, Karl von Lissberg. «¡Sí, aquel magnifico fotógrafo alemán del que usted era tan amigo y que comió alguna vez con nosotros! ¿No sabe nada de él?». Negó con la cabeza. Kérensky tomaba nota cuidadosamente mientras le hacía una serie de preguntas sobre la edad de cada uno, los amigos que podían conocerlos y demás.

Kérensky explicó que la policía política, la Cheka, dirigida por Féliks Dzerzhinski, era implacable y que le resultaba muy difícil averiguar información. No se podía confiar en nadie, salvo excepciones que había que conocer, sin poner en peligro a los posibles contactos. Paul le dijo que le agradecería mucho que se lo comunicase si llegaba a enterarse de algo.

 

Kérensky les contó entonces lo que sabía acerca de lo sucedido en Ekaterinburg aquella trágica noche. Había recibido una carta de Gleb Botkin, el hijo de Yevgueni Sergueyevich Botkin, el médico del zar que también había sido asesinado en Ekaterinburg, asegurando que poseía información directa a través de las conversaciones mantenidas con uno de los autores del crimen, Piotr Ermakov, hombre de confianza de Goloshchokin hasta aquel momento.

Ermakov le contó cómo había sido planeada la eliminación de la familia real y aseguró poseer información fidedigna sobre el asunto. Según él, la idea de liquidar a la familia Romanov partió de Yákov Mijáilovich Sverdlov, el presidente del Comité Central Ejecutivo de toda Rusia, pues mientras siguieran vivos, los Romanov significarían una amenaza permanente para la propia revolución, lo que alentaba al ejército de los rusos blancos, que en aquellos días eran una seria oposición. Sverdlov advirtió a Lenin y Trotsky de que estaban jugando con el porvenir de la propia revolución mientras el zar o alguno de sus descendientes directos pudieran volver a tomar el poder. Pero ni Lenin ni Trotsky parecían muy convencidos y mostraron sus grandes reservas por la repercusión internacional que una acción tan dura para la opinión pública podría desencadenar sobre la revolución. Quedaron en que previamente debía discutirse en el comité ejecutivo, para consensuarlo antes de tomar una determinación definitiva. Sverdlov salió decepcionado de la reunión y en un aparte lo comentó con Stalin, que desde el primer momento le mostró su total conformidad. No podrían garantizar el triunfo de la revolución hasta que aquella amenaza muy real hubiera desaparecido, y más conociendo que el ejército de los blancos, concretamente la legión checoslovaca, se hallaba ya muy cerca de Ekaterinburg. Sverdlov debió pensar que si no actuaba de inmediato no volvería a disponer de una oportunidad semejante, por lo que telegrafío al presidente del soviet de los Urales, Filipp Isáyevich Goloshchokin, con el que mantenía una estrecha relación de confianza, ordenándole que acabara con la vida de todos los miembros de la familia real sin más dilación, incluyendo a su médico personal y a los servidores que seguían con ellos, para evitar incómodos testigos. No debía hacer ninguna consulta más sino actuar de inmediato bajo su responsabilidad. Goloshchokin delegó en el comisario de la Cheka en Ekaterinburg, Yákov Yurovski, para llevar a cabo la ejecución sumaria de la familia real.

Para Sverdlov era la manera más pragmática de librarse de la espada de Damocles que pendía sobre la viabilidad final de la revolución, y siempre negó que aquello tuviera nada que ver con el que intenso odio que siempre había sentido hacia los zares. Según Piotr Ermakov, la ejecución tuvo lugar la madrugada del 17 de julio de 1918, en la casa Ipátiev de Ekaterinburg. Los pormenores del relato eran horripilantes. Cuando todos se habían retirado a

sus habitaciones, fueron despertados por Yákov Yurovski[201]. El escuadrón estaba compuesto por doce hombres, siete de los cuales eran excombatientes húngaros, y a cada uno de ellos se le dijo con antelación sobre quién debía disparar. Dos de ellos se negaron a ejecutar a las mujeres y uno de ellos fue reemplazado por Ermakov. Los miembros del pelotón, además del propio Piotr Ermakov, eran Grigori Nikulin, Emile Fekete, Anselm Fischer, Piotr Medveyed, S. Vaganov, Andreas Vergasi, Laszlo Horvath, Imre Nagy e Isidor Edelstein. Yurovski los aleccionó previamente, advirtiéndoles que debían acabar con todos los miembros de la familia y sus servidores. Les dijo que se tendría en consideración su actuación como un importante hito en su hoja de servicios. La causa de la revolución se hallaba en juego.

Ermakov le explicó pormenorizadamente cómo sucedió. Al zar y a su esposa se les dijo que necesitaban una fotografía de todos ellos como una prueba de vida, y con dicha excusa los condujeron al sótano, donde pensaban que las detonaciones quedarían algo amortiguadas. Los colocaron como para tomar una foto de conjunto. Pero ni víctimas ni verdugos eran capaces de ocultar sus nervios. La más pequeña, Anastasia, o Nastia como la llamaba su padre, no hacía más que ir de un lado a otro, intentando salir, hasta que su madre tuvo que decirle que se estuviera quieta de una vez. En cuanto a las grandes duquesas, Olga, Tatiana y María, sollozaban sin disimular su estado de ánimo, al igual que las doncellas. El zar y su esposa, confusos, permanecían ajenos a todo lo que estaba sucediendo. El médico, Yevgueni Sergueyevich Botkin, era el único que parecía comprender lo que preparaban y quiso dialogar con Yurovski, pero este le ordenó que se callara.

Cuando todos estuvieron colocados, Yurovski gritó al zar que el pueblo proletario de Rusia los condenaba a morir. Sin más, sacó su revólver y le disparó en el pecho a quemarropa, sin darle tiempo a responder. Las mujeres gritaban, horrorizadas, y los miembros del escuadrón comenzaron a disparar sus fusiles, convirtiendo aquella pequeña estancia en un infierno. Los destellos de los disparos iluminaban la escena, la sangre salpicaba las paredes, el humo de las armas lo llenaba todo entre los gritos de pavor y la enorme confusión. El zarévich intentaba abrazarse a su madre, las princesas cayeron hacia atrás pero era evidente que seguían vivas. Algo rechazaba las balas en sus cuerpos. Yurovski se adelantó cogiendo el fusil de Emile Fekete, se colocó sobre Tatiana y le clavó la bayoneta en el cuello. De inmediato repitió lo mismo con María, que estaba herida y musitaba algo. La pequeña Anastasia había resultado milagrosamente ilesa y lo observaba con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que aquello estuviera sucediendo. Entonces Grigori Nikulin se abalanzó sobre ella y le propinó sin compasión varios culatazos, destrozándole la cabeza, mientras otros remataban a los demás. Yurovski dio el tiro de gracia al zar, después a la zarina, que aún tenía convulsiones, y al doctor Botkin.

Uno de los hombres vomitó volviéndose contra la pared. Otros comenzaron a cortar con sus cuchillos las ropas de las princesas y de la zarina, convencidos de que ocultaban joyas entre sus ropas. Al encontrar los primeros diamantes en el corsé de Tatiana, desgarraron la ensangrentada ropa interior de las demás. Yurovski les advirtió a gritos que todo aquello era propiedad del pueblo, y que los haría fusilar si se guardaban algo para ellos. Increíblemente, una de las doncellas intentó incorporarse y Yurovski le disparó en el rostro. La mujer se desplomó como un saco. Algo se rebullía bajo las faldas de la zarina. Era el perrillo, gimiendo, y Andreas Vergasi lo aplastó con la culata de su fusil. El animal exhaló un ahogado aullido antes de morir. En la habitación era casi imposible respirar entre la humareda acre de la pólvora y el hedor a sangre y a excrementos de los cadáveres, a causa de la perforación de los intestinos en algunos de los cuerpos. La sangre viscosa que cubría el suelo hizo resbalar a Anselm Fischer, que cayó sobre el zar manchándose el rostro y las manos de sangre entre las risotadas nerviosas de sus camaradas.

Según Piotr Ermakov, nada lo había impresionado tanto en su vida como aquella matanza. Contaba que desde entonces no era capaz de dormir sin que se le aparecieran los rostros de los asesinados. Luego discutieron qué hacer con los cuerpos. Debían hacerlos desaparecer cuanto antes. Tres de ellos desnudaron totalmente a las princesas murmurando obscenidades, aunque Ermakov los disculpaba convencido de que eran los nervios, para coger hasta el último diamante o esmeralda. Entre los corsés encontraron muchas piedras y joyas de gran valor cosidas a la tela. Aquello era lo que había hecho rebotar las balas. Después los cargaron en los camiones envueltos en mantas y los llevaron a la fosa preparada desde el día anterior, los arrojaron dentro sin miramientos y echaron sobre ellos unas paladas de cal viva. Luego los cubrieron de tierra y la apisonaron con los pies. Yurovski no estaba satisfecho y al día siguiente volvieron al lugar, ordenó que volvieran a sacarlos y los llevaron al bosque cercano, donde se abrió otra fosa. Dijo que aquel lugar debía quedar igual que antes para evitar que los encontraran. Piotr Ermakov terminó su narración mencionando que todo aquel asunto había sido una barbaridad y una tremenda chapuza. Se arrepentiría siempre de haber participado en ella.

Kérensky aseguraba que aquello no era sino el principio de lo que estaba por llegar, que demostraba la catadura moral de los bolcheviques. Su opinión personal era que a Rusia le aguardaban años muy duros. A la nobleza y a la burguesía las perseguirían hasta la aniquilación física, como ya se había demostrado a lo largo de la guerra civil. En cuanto al pueblo llano, le aguardaba el terror y el hambre.

—¡Y qué no crean los funcionarios de los soviets y los propios bolcheviques que ellos se encuentran a salvo! ¡Todos se acordarán alguna vez de que un día les ofrecimos algo bien distinto y de que no supieron entonces elegir!

Como prueba de su aserto, les mostró la portada del diario Biednata de dos días más tarde de ocurrido todo aquello. Por voluntad del pueblo revolucionario, ha fallecido felizmente en Ekaterinburg el sangriento zar. ¡Viva el terror rojo!

Se despidieron después de que Kérensky le asegurara que haría lo imposible para dar con sus amigos. Seguía manteniendo buenos contactos dentro de la propia policía política soviética, la NKVD, algunos de cuyos miembros habían pertenecido a la Ojrana y después al cuerpo que organizó el gobierno provisional que él presidió al final. Quedaron en permanecer en contacto y al final, cuando ya estaban a punto de entrar en el ascensor para marcharse, Kérensky les dijo que acababa de adquirir un apartamento en Manhattan. «¡No le quepa duda de que algún día nos encontraremos allí, querido amigo!», dijo a modo de despedida.

 

De vuelta en Nueva York, Paul volvió a su vida normal. Asistía al consejo de redacción del Herald, impartía alguna que otra conferencia sobre arte, y sobre todo escribía su segundo libro sobre Rusia. No había vuelto a hablar con Trotsky tras resultarle imposible entrar en la Unión Soviética. Estaba convencido de que si pudiera entrevistarse con aquel líder al que creía conocer, le permitiría regresar a Rusia, aunque las últimas noticias eran que Stalin había conseguido apartarlo de la dirección del partido.

En octubre de 1925 recibió una larga carta de Kérensky. Mientras la leía no pudo evitar que se le saltaran las lágrimas. Le explicaba que, tras realizar una indagación entre sus contactos, lo que había averiguado confirmaba sus temores. La acompañaba un informe realizado en un papel amarillento, sellado y rubricado con una firma ilegible.

En cuanto a la ciudadana Irina Pávlova, miembro destacado del

partido bolchevique en Petrogrado, fue detenida en enero de 1918 acusada de colaboración con la Ojrana y de realizar una labor contrarrevolucionaria, además de espionaje desde su trabajo en Pravda en contra de los intereses de la revolución. Por ello fue conducida a la Lubianka, juzgada por un tribunal especial en Moscú y condenada a cadena perpetua en una cárcel de Tobolsk. En marzo

de 1923, la sentencia fue revisada al haber aparecido nuevas pruebas contra ella. Cuatro meses más tarde fue condenada a morir fusilada, sentencia que debió cumplirse de inmediato en la misma prisión de Tobolsk. Con respecto a Ludmilla Valenskovna, simplemente desapareció a principios de 1918 y no volvió a saberse de ella. El comentario entre los vecinos era que «se la había tragado al tierra». Se cree que murió asesinada sin que su cuerpo apareciese. De su compañero Karl von Lissberg, que había cambiado recientemente su apellido por el de Lissbergov, se sabe que fue detenido, acusado de espionaje a favor de Alemania, y condenado a muerte. Sin embargo, no llegó a aplicarse la pena ya que poco después fue canjeado por dos ciudadanos rusos pertenecientes al partido bolchevique, detenidos por la policía alemana en Berlín y Hamburgo respectivamente, acusados de espiar a favor de Rusia, por lo que fue entregado al ejército alemán en la frontera con Riga.

Con respecto al ciudadano Fiódor Yegórovich, de profesión

periodista, fue detenido el mismo día que Irina Pávlova, con la que había mantenido relaciones. Fue acusado de espionaje a favor de potencias extranjeras, y de colaboración en actividades contrarrevolucionarias en tiempo de guerra, por ello juzgado por un tribunal popular en Petrogrado y condenado a muerte. Su pena fue conmutada por veinte años de trabajos forzados en Siberia. Se desconoce su actual situación.

Paul creía que aquellas detenciones no eran más que la excusa política por su actuación en la fuga de Kérensky. No era capaz de contener sus lágrimas. Sentía pena, rabia y frustración. Ignoraba cómo se había llegado a saber su relación con aquello, pero no podía ser otra cosa. Precisamente cuando él se encontraba en Nueva York, a las pocas semanas de haber ayudado a Kérensky a escapar con ayuda de la embajada de los Estados Unidos.

Posteriormente tuvo noticias de que Anna Ajmátova había contraído matrimonio con un sabio asiriólogo, Vladimir Shileiko, del que se divorció en 1922 para volver a contraer matrimonio con Nikolai Punin, un famoso historiador de arte. Paul apreciaba el recuerdo de Anna como algo precioso. En una última carta, de las varias que le había ido enviando y que nunca tenían respuesta, le preguntaba a qué se podía deber la postura tan radical del Estado ruso con los Estados Unidos, aun sabiendo que sería muy probable que la censura borrase aquellas líneas.