Crónicas. Volumen I

Bob Dylan · Capítulo 2 de 5 · parte 1/3

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Crónicas. Volumen I

2. La Tierra Perdida

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

ME INCORPORÉ en la cama y miré en derredor. La cama era en realidad un sofá del salón. El radiador de hierro emitía ondas de calor. Sobre el hogar, me miraba el retrato enmarcado de un colono con peluca. Junto al sofá había un armario de madera sobre columnas acanaladas, y cerca de éste, una mesa oval con cajones redondeados, una silla en forma de carretilla y un pequeño escritorio revestido con madera de palisandro con cajones que se abrían hacia abajo. También había un asiento posterior de coche tapizado y con muelles que hacía las veces de diván, un sillón bajo de respaldo semi ovalado y brazos en voluta, una espesa alfombra francesa en el suelo, una luz plateada que se colaba por entre las persianas y tablones pintados que hacían resaltar los contornos del techo.

La estancia olía a ginebra y tónica. El apartamento estaba en el piso superior de un edificio sin ascensor de estilo neoclásico cercano a la calle Vestry, por debajo de Canal y próximo al río Hudson. En la misma manzana estaba Bull’s Head, una bodega en la que en su día solía beber John Wilkes Booth, el Bruto americano. Estuve allí una vez y vi su espectro en el espejo; un espíritu ominoso. Paul Clayton, un cantante folk amigo de Van Ronk, un tipo afable, triste y melancólico que probablemente había sacado unos treinta discos pero era completamente desconocido para el público estadounidense —un intelectual, estudioso y romántico con un saber enciclopédico sobre el mundo de las baladas—, me había presentado a Ray Gooch y Chloe Kiel, los ocupantes de la casa. Me acerqué a la ventana y dirigí la vista a las calles blancas, grises, y luego hacia el río. El aire era de un frío cortante, siempre bajo cero, pero el fuego en mi mente, una veleta que giraba sin cesar, no se extinguía. Era media tarde, y Ray y Chloe habían salido.

Ray venía de Virginia y tenía unos diez años más que yo. Me recordaba a un lobo viejo, demacrado y herido en batalla. Entre sus ascendientes había obispos, generales e incluso un gobernador colonial. Era un inconformista, contrario a la integración de los negros, un nacionalista sureño. Él y Chloe vivían allí como a escondidas. Ray parecía un tipo salido de una de las canciones que yo cantaba, alguien con muchas vivencias y aventuras amorosas a sus espaldas; se había movido y conocía muy bien el país y su situación. Aunque ya existía una corriente subterránea de agitación que en pocos años convulsionaría las ciudades americanas, a Ray todo aquello le interesaba poco; decía que la auténtica acción estaba «en el Congo».

Chloe tenía el cabello rojizo con tonos dorados, ojos color de avellana, una sonrisa ilegible, rostro de muñeca, un cuerpo que lo superaba, las uñas pintadas de negro. Trabajaba como encargada del guardarropa en Egyptian Gardens, un local con bailarinas del vientre en la Octava Avenida, y también posaba como modelo para la revista Cavalier. «Siempre he trabajado», decía. Vivían como marido y mujer, o como hermanos o primos; era difícil saberlo, pues sencillamente vivían allí, juntos. Chloe tenía una visión primaria del mundo, siempre decía cosas incoherentes que cobraban sentido de manera críptica. Cierta vez me aconsejó que me aplicara sombra de ojos porque protegía contra el mal de ojo. Cuando le pregunté quién querría echarme mal de ojo, me contestó: «Perico de los Palotes». Según ella, Drácula gobernaba el mundo y era el hijo de Gutenberg, el tipo que inventó la imprenta.

Por mi condición de heredero de la cultura de los años cuarenta y cincuenta, ese tipo de charla no me importunaba. Gutenberg también era un individuo que podría haber salido de una canción folk. A efectos prácticos, la cultura de los cincuenta era como un juez en sus últimos días en activo. Estaba a punto de retirarse. Antes de que pasaran diez años, lucharía por resurgir y acabaría desplomándose. Las canciones folk estaban tan incrustadas en mi mente como una religión, así que no importaba. La canción folk trascendía la cultura inmediata.

Antes de trasladarme a mi propia casa, me alojé prácticamente por todo el Village. En algunos lugares sólo me quedaba una noche o dos; en otros, varias semanas o más. Residí durante mucho tiempo en casa de Van Ronk. Y probablemente pasé en la calle Vestry, entrando y saliendo, más tiempo que en ningún otro sitio. Me gustaba estar en casa de Ray y Chloe. Me sentía a gusto. Ray era de buena familia; incluso había estudiado en la academia militar de Camden, en Carolina del Sur, que abandonó, movido por «una aversión declarada y total». También había sido «expulsado con gratitud» del Divinity School de Wake Forest, una universidad religiosa. Podía recitar de memoria parte del Don Juan de Byron, así como algunos hermosos versos de Evangeline, el poema de Longfellow. Era empleado de una fábrica de herramientas y troqueles de Brooklyn, pero antes de eso pasó una época a la deriva, había trabajado en una planta de Studebaker en South Bend y también en un matadero de Omaha. Una vez le pregunté cómo era aquello. «¿Has oído hablar de Auschwitz?». Claro, ¿quién no? Era uno de los campos de exterminio nazis en Europa, y Adolf Eichmann, jefe de la sección de «asuntos judíos» de la Gestapo, había sido procesado recientemente en Jerusalén. Consiguió escapar tras la guerra, y los israelíes lo habían capturado en una parada de autobús en Argentina. Su juicio levantó un gran revuelo. En el estrado, Eichmann declaró que él se había limitado a cumplir órdenes, pero los fiscales no tuvieron problema en demostrar que llevó a cabo su misión con entusiasmo y celo monstruosos. Se le había declarado culpable, y ahora estaba pendiente de sentencia. Se hablaba mucho de salvarle la vida, incluso de mandarlo de regreso a Argentina, pero habría sido una locura. Aun si lo liberaban, no habría durado una hora. El Estado de Israel se reservaba el derecho de actuar como heredero y albacea de todos los que habían perecido en la solución final. El proceso era un recordatorio al mundo entero de lo que condujo a la fundación del Estado de Israel.

Yo nací en la primavera de 1941. La Segunda Guerra Mundial ya asolaba Europa, y Estados Unidos pronto intervendría en ella. El mundo estaba saltando en mil pedazos, y el caos recibía a los recién llegados con un puñetazo en la cara. Si estabas vivo, aunque hubieses nacido hacía poco, notabas en el ambiente que el viejo mundo estaba desapareciendo para ceder el paso al nuevo. Era como retrasar el reloj hasta el momento en que a. C. se convirtió en d. C. Todos los que nacimos por aquel entonces formábamos parte de ambos mundos. Hitler, Churchill, Mussolini, Stalin, Roosevelt, figuras imponentes que el mundo no volvería a dar, hombres que confiaban en su propia determinación, para bien o para mal, todos preparados para actuar a solas, sin buscar la aprobación de nadie, indiferentes a la riqueza y al amor, tenían en sus manos el destino de la humanidad y estaban reduciendo el mundo a cenizas. De la estirpe de Alejandro, Julio César, Gengis Kan, Carlomagno y Napoleón, se repartieron la tierra como una cena suculenta. Da igual si se peinaban con la raya en medio o iban tocados con casco vikingo; nadie se interpondría en su camino ni les plantaría cara: eran bárbaros despiadados que estaban asolando la tierra y perfilando el mapa a martillazos.

Mi padre contrajo la polio, lo que lo salvó de ir a la guerra, pero todos mis tíos fueron y regresaron con vida. El tío Paul, el tío Maurice, Jack, Max, Louis, Vernon y otros habían estado en Filipinas, Anzio, Sicilia, el norte de África, Francia y Bélgica. Al regresar, trajeron consigo recuerdos y souvenirs —una pitillera de paja y una bolsa del pan de Alemania, una taza esmaltada británica, unas gafas protectoras alemanas, un cuchillo de combate británico, una pistola Luger—, todo tipo de cachivaches. Y reanudaron su vida de civiles como ni nada hubiera pasado, sin decir una palabra sobre lo que hicieron o vieron.

En 1951 yo iba a la escuela primaria. Una de las cosas que nos enseñaban era a escondernos y buscar refugio bajo nuestros pupitres cuando sonaban las alarmas antiaéreas porque los rusos podían bombardearnos. También nos decían que podían saltar sobre la ciudad en paracaídas en cualquier momento. Eran los mismos rusos en cuyo bando habían luchado mis tíos pocos años antes. Ahora se habían convertido en monstruos que iban a degollarnos y a quemarnos vivos. Resultaba curioso. Un ambiente de temor constante acaba por arrebatarle el espíritu infantil a quien se cría en él. Una cosa es asustarse cuando a uno lo apuntan con una pistola, y otra muy distinta temer algo que no es del todo real. Sin embargo, mucha gente se tomaba en serio la amenaza, y al final uno se contagiaba. Era fácil caer víctima de su extravagante fantasía. En la escuela tenía los mismos profesores que había tenido mi madre. Habían sido jóvenes en la época de ella y eran ya mayores en la mía. En la clase de historia de Estados Unidos nos enseñaban que los comunistas no podrían destruir América únicamente con armas o bombas, sino que tendrían que destruir también la Constitución; el documento sobre el que se había fundado este país. No es que eso cambiara gran cosa. Cuando se disparaban las sirenas, tenías que acurrucarte de todas maneras bajo el pupitre, boca abajo, sin mover un dedo y sin hacer el menor ruido. Como si eso pudiera salvarte de las bombas. La amenaza de aniquilación era algo aterrador. No sabíamos qué les habíamos hecho para que se enfadaran tanto. Nos aseguraban que los rojos, sedientos de sangre, rondaban por todas partes. ¿Dónde estaban mis tíos, los defensores del país? Pues ocupados tratando de salir adelante, trabajando, ganando todo el dinero que podían y esforzándose por estirarlo.

¿Cómo iban a saber lo que sucedía en las escuelas, el miedo que se inculcaba a los alumnos?

Ahora todo aquello se había acabado. Yo estaba en Nueva York, con o sin comunistas. Probablemente había muchos por allí. Y cantidad de fascistas también. El lugar estaba lleno de aspirantes a dictadores de izquierdas y de derechas, radicales de todo pelaje. Se decía que la Segunda Guerra Mundial había supuesto el principio del fin de la era de la Ilustración, pero a mí no me lo parecía. Yo seguía inmerso en ella. De algún modo, los recuerdos y sensaciones de todo aquello permanecían vivos en mi cabeza. Había leído a esa gente —Voltaire, Rousseau, John Locke, Montesquieu, Lutero—; visionarios, revolucionarios… Era como si los conociera, como si hubieran estado viviendo en mi patio trasero.

Crucé la sala hacia las cortinas de color crema, subí la persiana y contemplé las calles nevadas. El mobiliario del apartamento era bonito; incluso había algunas piezas hechas a mano. Eso me gustaba: armarios roperos con elaboradas tallas y floreados picaportes; librerías ornadas que cubrían parte de la pared desde el suelo hasta el techo; una estrecha mesa rectangular con incrustaciones metálicas y dibujos geométricos que parecían seguir una pauta descontrolada; y un objeto especialmente divertido: una consola de contorno orgánico en forma de dedo del pie. Había enchufes ingeniosamente instalados en los estantes de los armarios. La pequeña cocina era como una selva. En ella abundaban los tarros repletos de poleo, asperilla, hojas de lila, entre otras hierbas. Chloe, una sureña con sangre yanqui, era muy ducha en el empleo del tendedero del baño, ya veces me encontraba alguna de mis camisas colgada allí. Solía llegar antes del alba y tenderme en el sofá cama, situado en el salón de altos techos. A menudo me dormía arrullado por el rumor y el traqueteo del tren nocturno que atravesaba Jersey, el caballo de hierro con sangre de vapor.

Estaba familiarizado con el paso de los trenes desde mi primera infancia, por lo que verlos y oírlos siempre me infundía una sensación de seguridad. Los grandes furgones, los vagones que transportaban mineral de hierro, los trenes de mercancías o de viajeros, los coches cama. En mi ciudad natal no podía uno ir a ninguna parte sin tener que parar en un paso a nivel y esperar a que pasaran los largos trenes. Las vías cruzaban los caminos y corrían también paralelas a ellos. El sonido de los trenes a lo lejos me hacía sentir más o menos como en casa, como si no me faltara nada, como si me hallara en un lugar tranquilo, libre de amenazas importantes, como si todo encajara.

Al otro lado de la calle se alzaba una iglesia con un campanario. El tañido de las campanas también me hacía sentir como en casa. Siempre había escuchado con atención el canto de las campanas, ya fueran de hierro, plata o latón. Los domingos y días de fiesta tocaban a misa. Sonaban cuando moría alguien importante, cuando la gente se casaba. En cualquier ocasión especial repicaban las campanas. Al oídas me embargaba un sentimiento placentero. Me gustaban incluso los timbres y la señal horaria de la NBC en la radio. Miré por el ventanal hacia la iglesia. Las campanas estaban ahora en silencio mientras la nieve se arremolinaba sobre los tejados. La ciudad parecía sitiada por la ventisca, y la vida giraba sobre un fondo gris, frío y cubierto de hielo.

A medio camino, un tipo con chaqueta de cuero quitaba escarcha del parabrisas frontal de un Mercury Montclair negro cubierto de nieve. Detrás, un sacerdote vestido con un manto púrpura salía del patio de la iglesia por una verja para cumplir con algún deber sagrado. Cerca de allí, una mujer con la cabeza descubierta y calzada con botas avanzaba penosamente calle arriba cargada con la bolsa de la colada. Había un millón de historias, simples situaciones cotidianas de Nueva York, en las que pensar. Se desarrollaban siempre ante ti, entrecruzadas, pero había que aisladas para que cobraran sentido. El día de San Valentín, fiesta de los enamorados, había llegado y se había ido sin que me diera cuenta. No tenía tiempo para el amor. Me alejé de la ventana, a través de la cual brillaba el sol invernal, crucé el salón, me acerqué al hornillo y me preparé una taza de chocolate caliente que me serví y encendí el transistor.

Me gustaba pasar de una emisora a otra para ver qué pescaba. Al igual que los trenes y las campanas, la radio formaba parte de la banda sonora de mi vida. Estuve moviendo el dial arriba y abajo hasta que la potente voz de Roy Orbison salió de los pequeños altavoces. Running Scared, su nueva canción, atronó el salón. Últimamente, me interesaba escuchar canciones con connotaciones folk. Ya había oído algunas en el pasado: Big Bad John, Michael Row the Boat Ashore, A Hundred Pounds of Clay. Brook Benton había convertido Boll Weevil en un éxito del momento. The Kingston Trio y Brothers Four conseguían que les dedicaran bastante tiempo en antena. Me gustaba The Kingston Trio. Pese a su estilo pulido y universitario, me agradaba la mayor parte de su material, canciones como Getaway John, Rememeber the Alamo, y Long Black Rifle. Siempre acababa por abrirse camino alguna canción de tinte folk. Endless Sleep, el tema de Jodie Reynolds que había pegado fuerte antes, era folk hasta en carácter. Orbison, no obstante trascendía todos los géneros; folk, country, rock and roll, lo que fuera. Su material mezclaba todos los estilos e incluso algunos que no se habían inventado siquiera. Podía adoptar un tono agresivo y perverso en un verso y luego cantar con voz de falsete a lo Frankie Valli en el siguiente. Con Roy no sabías si estabas escuchando ópera o a una banda de mariachis. Te mantenía alerta. Todo en él era muy visceral. Sonaba como si cantara desde la cima del monte Olimpo y realmente se lo creyera. Una de sus primeras canciones, Ooby Dooby, se había hecho bastante popular mucho antes, pero la nueva no tenía nada que ver. Ooby Dooby era engañosamente sencilla, y sin embargo, Hoy había progresado. Interpretaba ahora sus composiciones aprovechando su extensión vocal de tres o cuatro octavas que te daba ganas de arrojarte en coche por un acantilado. Cantaba como un criminal profesional. Por lo general, empezaba en un tono grave, casi inaudible, y se mantenía allí hasta que, de pronto, se entregaba al histrionismo. Tenía una voz capaz de sacudir un cadáver y dejarte musitando algo como: «Tío, no me lo puedo creer». Había canciones dentro de sus canciones. Pasaban del modo menor al mayor sin lógica alguna. Orbison iba muy en serio; no se andaba con niñerías ni con pinitos de novato. En la radio no había nadie como él. Esperé a que terminara con la esperanza de que pusieran otra canción suya, pero después de Hoy el repertorio era un muermo sin matices, insulso y convencional. Las emisoras te asediaban con esa clase de material como si no tuvieras cerebro. Aparte quizá de George Jones, tampoco me gustaba la música country. Al escuchar a Jim Reeves y Eddy Arnold, resultaba difícil saber qué tenía aquello de country. Todo lo que había de salvaje y extravagante en ese género se había exiliado. Elvis Presley. Ya nadie lo escuchaba. Habían pasado años desde su irrupción en el panorama musical con su estilo novedoso que elevaba las canciones a otra órbita. Yo seguía poniendo la radio, más por hábito inconsciente que por otra cosa. Tristemente, todo lo que oía no era más que un tazón de leche caliente con azúcar sin un ápice del espíritu de la época, a lo doctor Jekyll y mister Hyde. Las ideologías callejeras de On the Road, Howl y Gasoline que empezaban a marcar un nuevo tipo de experiencia vital no estaban allí, pero ¿cómo iban a estarlo? Los discos de 45 revoluciones por minuto no daban para tanto.

Yo ansiaba grabar un disco, pero no sencillos, el tipo de canciones que pinchaban en la radio. Los cantantes de folk, los artistas de jazz y los intérpretes de música clásica hacían LP, discos de larga duración con cantidad de canciones sobre el vinilo, y con ello forjaban identidades e inclinaban la balanza, ofrecían un cuadro más extenso. Los LP eran como la fuerza de gravedad. Tenían tapas, delante y detrás, que podías contemplar durante horas. A su lado, los discos de 45 revoluciones parecían insustanciales e incompletos. Se amontonaban en pilas y presentaban un aspecto intrascendente. En cualquier caso, en mi repertorio no había canciones aptas para la radio comercial. Las letras sobre contrabandistas depravados, madres que ahogan a sus propios hijos, Cadillacs que consumen cuatro litros cada ocho kilómetros, inundaciones, incendios en sedes de sindicatos o las tinieblas y cadáveres en el fondo del río no eran para radioyentes típicos. No había nada plácido en las canciones que yo interpretaba. No eran pegadizas ni melifluas. No transcurrían de principio a fin sin sobresaltos. Se puede decir que no eran comerciales. Además, mi estilo, demasiado errático, no era fácil de encasillar para la radio, y yo atribuía a mis canciones una importancia mayor que la de un mero pasatiempo. Las consideraba mi preceptor y guía hacia una conciencia alterada de la realidad, hacia otra república, una república liberada. Treinta años más tarde, Greil Marcus, el historiador de la música, la llamaría «la república invisible». En cualquier caso, no es que yo fuera contrario a la cultura popular ni nada parecido, y tampoco tenía afán de agitar conciencias. Lo que ocurría es que para mí la cultura mayoritaria era relamida, un engaño. Me recordaba a la capa lisa de escarcha que re cubría la calle y que te obligaba a usar un calzado incómodo para caminar por ella. No sabía en qué época de la historia nos encontrábamos ni en qué consistía la realidad de todo ello. A nadie le importaba. Si decías la verdad, fantástico, y si decías la no-verdad, pues también. Las canciones folk me lo habían enseñado. Por lo que respecta al tiempo en que vivíamos, era un amanecer constante, y yo, que sabía también algo de historia —la historia de algunas naciones y estados —, era consciente de que siempre se repite la misma pauta. A un temprano período primitivo en que la sociedad se desarrolla y prospera, sigue un período clásico en que la sociedad alcanza su madurez y luego otro de flojera en que todo decae y se desploma. No sabía en cuál de esos estadios se hallaba Estados Unidos. No había un entendido a quien consultar. Aunque un cierto ritmo turbulento lo estaba sacudiendo todo, no valía la pena pensar en ello. Cualquier cosa que se te ocurriera podía estar completamente fuera de lugar.

Apagué la radio, atravesé la sala, vacilé por un instante y puse el televisor en blanco y negro. Estaban dando la serie del Oeste Wagon Train. Las imágenes parecían centellear desde un país lejano. También lo apagué y me fui a otra habitación, una sin ventanas con la puerta pintada; una caverna oscura con una biblioteca hasta el techo. Encendí la luz. La presencia abrumadora de la literatura que se respiraba en ese cuarto te empujaba de forma implacable a abandonar tu pasión por la idiotez. Las referencias culturales con las que había crecido me habían dejado el cerebro tiznado de hollín. Brando. James Dean. Milton Berle. Marilyn Monroe. Lucy. Earl Warren y Jruschov, Castro. Little Rock y Peyton Place. Tennessee Williams y Joe DiMaggio. J. Edgar Hoover y Westinghouse. Los Nelson. Los hoteles Holiday Inn y los Chevrolets. Mickey Spillane y Joe McCarthy. Levittown.

En aquel cuarto todo eso quedaba reducido a una broma. Allí había de todo, volúmenes sobre tipografía, epigrafía, filosofía, ideologías políticas. Material que hacía que te saltaran los ojos de las órbitas. Libros como El libro de los mártires, de Juan Foxe, Los doce césares, los discursos de Tácito y las epístolas a Bruto. El estado ideal de la democracia, de Pericles, El general ateniense, de Tucídides, un relato que producía escalofríos. Escrito cuatrocientos años antes de Cristo, sostiene que la naturaleza humana es siempre enemiga de los valores superiores. Tucídides muestra cómo ha cambiado el significado de las palabras hasta sus días, y de qué modo las acciones y las opiniones pueden dar un giro de ciento ochenta grados en un abrir y cerrar de ojos. Me daba la impresión de que nada había cambiado de su época a la mía.

Había novelas de Gógol y Balzac, Maupassant, Hugo y Dickens. Normalmente, abría algún libro por la mitad, leía unas pocas páginas y si me gustaba empezaba por el principio. Materia Medica (causas y curas para las enfermedades) era muy bueno. Buscaba llenar con aquellas lecturas las lagunas que había en mi educación. A veces abría un libro y encontraba una nota garabateada a mano, como en El príncipe de Maquiavelo, donde alguien había escrito: «El espíritu del buscavidas». «El hombre cosmopolita», podía leerse en la cubierta del Infierno de Dante. Los libros no estaban dispuestos según un orden particular ni por temas. El contrato social de Rousseau estaba junto a la Tentación de san Antonio, y Las Metamorfosis de Ovidio, espeluznante cuento de terror, junto a la autobiografía de Davy Crockett. Hileras interminables de libros: el de Sófocles sobre la naturaleza y la función de los dioses, que explica por qué existen dos sexos únicamente. Alejandro Magno marcha sobre Persia; cuando la conquista, a fin de mantenerla bajo su dominio, anima a todos sus hombres a casarse con lugareñas. Gracias a eso, jamás tuvo problemas con la población, ni se vio obligado a aplastar revueltas u otras cosas por el estilo. Alejandro sabía cómo hacerse con el control absoluto. También estaba la biografía de Simón Bolívar. Me apetecía devorar todos esos libros, pero para ello tendría que haber estado recluido en un asilo o algo parecido. Leí parte de El ruido y la furia; no lo pillé del todo, pero Faulkner tenía fuerza. Eché un vistazo al libro de Alberto Magno, el tipo que mezclaba teorías científicas con teología. Comparado con Tucídides, era una lectura ligera. Me imaginaba a Magno como un tipo con insomnio que escribía sus cosas bien entrada la noche con la ropa adherida a un cuerpo húmedo y pegajoso. Muchos de esos libros eran demasiado voluminosos para resultar manejables, como zapatos gigantes para gente con pies enormes. Leí sobre todo los de poesía. Byron y Shelley y Longfellow y Poe. Memoricé el poema de Poe «The Bells» y busqué un acompañamiento para él con la guitarra. Había un libro sobre Joseph Smith, el auténtico profeta americano que se identifica a sí mismo con el Enoch bíblico y dice que Adán es el primer hombre-dios. Todo eso también palidece en comparación con Tucídides. Aquellos libros parecían sacudir el cuarto de manera nauseabunda y enérgica. Las palabras de «La vita solitaria» de Leopardi se me antojaban salidas del tronco de un árbol, sentimientos desolados e infrangibles.

Había un libro de Sigmund Freud, el rey del subconsciente, llamado Más allá del principio del placer. Lo estaba hojeando cuando Ray entró, lo vio y comentó: «Los mejores en ese campo trabajan para agencias de publicidad. Venden humo». Repuse el libro en el estante y ya no lo volví a agarrar. Pero leí una biografía de Robert E. Lee. Su padre, que había salido desfigurado de un altercado (le habían echado lejía en los ojos) abandonó a su familia para irse a las Antillas. Robert E. Lee había crecido sin padre, pero se acabó convirtiendo en alguien. No sólo eso, sino que fue únicamente su palabra lo que impidió que Estados Unidos entrara en una guerra de guerrillas que probablemente habría durado hasta hoy. Los libros eran algo fantástico. Sin duda. Leía muchos pasajes en voz alta, degustando el sonido de las palabras, el lenguaje. Recuerdo el poema de protesta de Milton «De la última matanza del Piamonte», unos versos políticos acerca del asesinato de inocentes por obra del duque de Saboya, en Italia. Eran como letras de canciones folk, incluso más elegantes.

Todas las obras rusas que había en aquella biblioteca tenían una presencia especialmente tenebrosa. Estaban los poemas políticos de Pushkin, considerado un revolucionario. Murió en un duelo en 1837. Había un libro del conde León Tolstoi, cuya finca —la hacienda familiar, donde educaba a los campesinos— yo visitaría unos veinte años más tarde. Se encontraba a las afueras de Moscú, y fue donde se instaló en los últimos días de su vida, renegando de sus escritos y rechazando toda forma de guerra. Cierto día, con ochenta y dos años, dejó una nota a la familia pidiéndoles que lo dejaran en paz y se adentró en los bosques nevados. Unos días después hallaron su cadáver. Había muerto de neumonía. El guía turístico me dejó montar en su bicicleta. También Dostoievski había llevado una vida dura y sombría. El zar lo envió a un campo de prisioneros en Siberia en 1849. Se le acusaba de escribir propaganda socialista. Finalmente, se le concedió el perdón y escribió para mantener alejados a sus acreedores. A principios de los años setenta, yo hacía exactamente lo mismo.

En el pasado, nunca me habían entusiasmado los libros ni los escritores, aunque me gustaban las historias. Historias de Edgar Rice Burroughs, que escribía sobre una África mítica; Luke Short, el de los míticos relatos del Oeste; Julio Verne; H. G. Wells. Eran mis favoritos antes de que descubriese a los cantantes folk. Éstos eran capaces de expresar en unos pocos versos lo mismo que un libro entero. Cuesta determinar qué convierte a un personaje o acontecimiento en material folk. Quizá tenga que ver con el hecho de que sus protagonistas posean un carácter franco, honesto y abierto, así como cierto arrojo, en un sentido abstracto. Al Capone fue un gángster de éxito que llegó a dominar los bajos fondos de Chicago, pero nadie escribía canciones acerca de él. No resulta interesante o heroico en ningún aspecto. Es una figura anodina. Una rémora, un hombre que jamás en su vida se aventuró a solas en la naturaleza. Pasó a la historia como un matón y un chulo que me recuerda a aquella canción de bluegrass, Looking for that Bully of the Town [buscando al matón de la ciudad]. No merece siquiera la reputación de la que goza; para mí no era más que un vampiro despiadado. Al legendario atracador de bancos Pretty Boy Floyd, por el contrario, lo rodea un halo aventurero. Incluso su nombre dice algo. Hay algo vivo y auténtico en el fango que lo envuelve. Nunca llegó a ser el amo de una ciudad, no supo manipular el sistema ni someter a la gente a su voluntad, pero era de carne y hueso, representa a la humanidad en general y nos permite atisbar lo que es el verdadero poder. Al menos antes de que lo pillaran en un lugar dejado de la mano de Dios.

La casa de Ray era muy silenciosa, excepto cuando alguien ponía la radio o escuchaba discos. Salvo en esas ocasiones, imperaba una quietud sepulcral, y yo siempre acababa volviendo a los libros… Hurgaba entre ellos como un arqueólogo. Leí la biografía de Thaddeus Stevens, el republicano radical que vivió a principios del siglo XIX y fue todo un personaje. Natural de Gettysburg, andaba cojo como Byron. Creció pobre, se hizo rico y, desde entonces, abanderó la causa de los débiles y de cualquier otro grupo incapaz de luchar en igualdad de condiciones. Tenía un sentido de humor lúgubre, una lengua venenosa y un odio visceral hacia los arrogantes aristócratas de su época. Se proponía apoderarse de las tierras de la elite esclavista, y una vez dijo de un colega del Congreso que «chapoteaba en su propio cieno». Stevens era antimasónico y se refirió/a sus adversarios como «aquellos cuyas bocas hieden a sangre humana». Irrumpió allí, llamó a sus enemigos un «hatajo de reptiles rastreros que rehuían la luz y acechaban desde sus madrigueras». Stevens se hacía difícil de olvidar. Me causó una gran impresión, pues me parecía un personaje inspirador, al igual que Teddy Roosevelt, quizá el presidente con más carácter que haya tenido Estados Unidos en toda su historia. También leí acerca de Teddy: ganadero y azote de criminales, le habría declarado la guerra a California si no lo hubiesen contenido, y mantuvo un severo contencioso con J. P. Morgan, casi un dios a quien pertenecía la mayor parte de Estados Unidos por aquel entonces. Roosevelt lo amedrentó, amenazándolo con meterlo en la cárcel.

Cualquiera de esos tipos, Stevens o Roosevelt, quizá también el propio Morgan, podrían haberse convertido en protagonistas de una canción folk del estilo de Walkin’ Boss, The Prisioner’s Song, o incluso de Ballad of Charles Guiteau. En realidad esas letras hablan de ellos, aunque quizá no de manera explícita. Hasta algunas de las primeras canciones de rock and roll hablan de ellos, con electricidad y batería incorporadas.

También había libros de arte en los estantes, de Motherwell y del primer Jasper Johns, panfletos impresionistas alemanes, Grünewald, cosas de Adolf von Menzel. Manuales de primeros auxilios que te enseñaban a arreglar una rodilla dislocada, a atender un parto, a llevar a cabo una operación de apendicitis en casa…; cosas que avivaban la imaginación de cualquiera. En aquella habitación había otros objetos llamativos: esbozos de Ferraris y Ducatis trazados con tiza, volúmenes sobre amazonas o sobre el Egipto de los faraones, libros de fotografías de acróbatas circenses, amantes, tumbas. No había grandes librerías cerca de allí, de modo que era poco probable que todos esos libros procedieran de un único sitio. Me encantaban las biografías y leí parte de la de Federico el Grande, quien, además de reinar en Prusia, era compositor, dato que me sorprendió bastante. También miré por encima De la guerra, el libro de Clausewitz. Algunos lo consideraban el principal filósofo de la guerra. A juzgar por su nombre, uno creería que presentaba el mismo aspecto que Hindenburg, pero no es así. En el retrato que aparece en el libro tiene un aire a Robert Burns, el poeta, y a Montgomery Clift, el actor. El libro fue publicado en 1832, y Clausewitz llevaba en el ejército desde los doce años. Sus tropas se componían de profesionales altamente preparados, difícilmente reemplazables, y no de jóvenes que servían sólo unos pocos años. La obra dedica muchas páginas a exponer las tácticas para situarse en una posición estratégica de modo que el otro bando concluya que está en clara desventaja y deponga las armas. En su época había poco que ganar y mucho que perder en una batalla seria. Para Clausewitz, la guerra, o al menos su concepto idealizado de la misma, no consistía en arrojar piedras. Abunda asimismo en la incidencia de factores psicológicos y accidentales como el tiempo y las corrientes de aire en el campo de batalla.

Ese tipo de cosas ejercía una fascinación morbosa sobre mí. Años atrás, antes de saber que iba a ser cantante y cuando mi mente estaba en pleno desarrollo, llegué a desear ir a la academia militar de West Point. Siempre había imaginado que moriría en alguna batalla heroica, más que en la cama. Quería ser un general con mi propio batallón pero ignoraba cuál era el mejor sistema para acceder a aquel mundo maravilloso. Cuando le pregunté a mi padre cómo podía ingresar en West Point, replicó algo alterado que mi apellido no empezaba con un «De» o un «Von» y que se necesitaban contactos y referencias para entrar allí. Me aconsejó que me centrase en procurar conseguirlos. Mi tío se mostró aún menos dispuesto a ayudarme a cumplir mi sueño. Me dijo: «No te conviene trabajar para el gobierno. Un soldado es un ama de casa, un conejillo de Indias. Para eso mejor vete a trabajar a una mina».

Pero no eran las minas, sino los contactos y las referencias, lo que me inquietaba. Me preocupaba el hecho de necesitarlos, me daba la sensación de que sufría una grave carencia. No tardé mucho en descubrir qué eran y cómo podían interferir en mis planes. Cuando empecé a montar mis primeros grupos, algún otro cantante al que le hacía falta uno me los solía arrebatar. Aparentemente sucedía cada vez que reunía una banda completa. Yo no entendía por qué, pues ninguno de esos tipos era mejor cantante ni músico que yo. Lo que sí tenían era la puerta abierta a actuaciones en las que había dinero de verdad. Cualquiera que formase parte de un grupo podía tocar en pabellones de parque, concursos de aficionados, parques de atracciones, subastas e inauguraciones de comercios, pero en esos bolos no pagaban nada salvo para cubrir gastos, en el mejor de los casos. En cambio, los otros vocalistas podían actuar en pequeñas convenciones, bodas y aniversarios de boda celebrados en hoteles, actos de los Caballeros de Colón y cosas así… Allí había pasta. La promesa de dinero era lo que siempre alejaba al grupo de mí. Yo le contaba mis penas a mi abuela, que vivía con nosotros y era mi única confidente, y ella me aconsejaba que no lo tomara como algo personal. Intentaba consolarme con frases como: «Hay gente a la que jamás podrás persuadir. Déjalo correr y las cosas se arreglarán». Claro, era fácil decido, pero no me hacía sentir mejor. La verdad es que los chicos que me robaban a los músicos tenían vínculos familiares con peces gordos de la cámara de comercio, el ayuntamiento o asociaciones de comerciantes; agrupaciones conectadas a distintos comités en todos los condados. El rollo de los contactos familiares impresionaba a la gente y a mí me dejaba como desnudo.

Esto no era más que un reflejo del problema de fondo: en el mundo algunos disfrutaban de privilegios injustos, mientras que otros se quedaban en la cuneta. ¿Cómo podía uno aspirar a algo si carecía de esos privilegios? Parecía ley de vida, pero, aunque lo fuese, yo no estaba dispuesto a dejarme llevar por el resentimiento ni, como decía la abuela, a tomármelo como algo personal. Los contactos familiares eran legítimos. No podías culpar a nadie por tenerlos. Al final yo ya daba por sentado que perdería a mi grupo, de modo que cuando sucedía ni siquiera me sorprendía. Siempre volvía a formar otro porque estaba decidido a tocar. Eso suponía una espera tensa y constante, poco reconocimiento y nula seguridad, pero a veces lo único que se necesita es un guiño o asentimiento por parte de una persona inesperada para acabar con el tedio de una existencia confusa.

Eso me sucedió cuando el Guapo George, el gran luchador, vino a la ciudad. A mediados de los cincuenta, yo tocaba en el vestíbulo del arsenal de la Guardia Nacional, el edificio construido en memoria de los veteranos de guerra, donde se desarrollaban todos los grandes acontecimientos (ferias de ganado, partidos de hockey, espectáculos de circo, combates de boxeo, mítines de predicadores, festivales country). Yo había ido allí a ver a Slim Whitman, Hank Snow, Webb Pierce y muchos otros. Una vez al año aproximadamente, el Guapo George venía con su troupe a la ciudad: Goliat, el Vampiro, el Contorsionista, el Estrangulador, el Triturador, el Terror Sagrado, enanos y una pareja de mujeres, luchadores, y mucho más. Yo tocaba en un estrado improvisado en el vestíbulo del edificio rodeado de gente que iba y venía sin prestar mucha atención. De pronto, la puertas se abrieron de golpe y apareció el Guapo George en persona. Irrumpió como un vendaval y, en lugar de entrar por entre los bastidores, atravesó el vestíbulo como una legión de cuarenta hombres. Era el Guapo George, en toda su gloria, con toda la majestuosidad y la energía que cabía esperar de él. Tenía asistentes e iba rodeado de mujeres que portaban rosas, llevaba una capa señorial forrada de piel y su rizada cabellera rubia al viento. Pasó junto al estrado y al oír la música se volvió. No se detuvo, pero clavó en mí sus ojos, que despidieron un centelleo a la luz de la luna. Me hizo un guiño y tuve la impresión de que esbozaba con los labios las palabras: «Le estás dando ambiente».

Importa poco que lo dijera o no. Lo importante es lo que me pareció oír, y nunca lo he olvidado. Era todo el reconocimiento y ánimo que iba a necesitar en años venideros. A veces, basta con eso, con el reconocimiento que llega cuando haces las cosas con ganas y con cierto talento, aunque nadie más lo haya notado todavía. El Guapo George. Un espíritu poderoso. La gente decía que era tan grande como su casta. Quizá lo era. Inevitablemente, yo no tardaría en perder a los músicos que tocaban conmigo en el vestíbulo del monumento a los veteranos. Alguien les echó el ojo y se los llevó. Tendría que esforzarme por hacer contactos. También empezaba a darme cuenta de que me convenía aprender a cantar y tocar por mí mismo para no depender de un grupo hasta que pudiera permitirme pagar y mantener uno. Los contactos y las referencias debían convertirse en algo irrelevante, pero me sentí bien por un momento. Cruzarme con el Guapo George fue fabuloso.

El libro de Clausewitz parecía pasado de moda, pero mucho de lo que dice sigue siendo válido, y al leerlo uno comprende cantidad de cosas sobre la vida cotidiana y las presiones del entorno. Cuando el autor señala que la política ha usurpado el lugar de la moral y que se basa en la fuerza bruta, no bromea. Tienes que creerlo. Haces lo que otros te dicen, quienquiera que seas. Si no pasas por el aro, estás acabado. No quiero saber nada de esos cuentos sobre la esperanza y la justicia, ni por supuesto de esas pamplinas de que Dios está con nosotros o que provee nuestras necesidades. Vayamos al grano. No existe ningún orden moral. Olvídalo. La moralidad no tiene nada que ver con la política. No está ahí para que la transgredamos. Están la virtud o la bajeza, y punto. El mundo está hecho así y nadie va a cambiarlo. Es un lugar abigarrado y enloquecido al que hay que mirar a los ojos. Clausewitz fue en cierto modo un profeta. De modo inconsciente, ciertos pasajes del libro pueden perfilar tus ideas. Si te crees un soñador, léelo y verás que ni siquiera estás capacitado para soñar. Soñar es peligroso, y Clausewitz hace que no te tomes tus ideas tan en serio.

También leí La diosa blanca de Robert Graves. La invocación de la musa poética era algo con lo que todavía no estaba familiarizado. Al menos, no sabía lo bastante como para empezar a preocuparme por ello. Pocos años después, conocería al propio Robert Graves en Londres. Dimos un largo paseo por Paddington Square. Quería hacerle algunas preguntas acerca del libro, pero ya no recordaba gran cosa. Me gustaba mucho el escritor francés Balzac. Leí La piel de zapa y El primo Pons. Las obras de Balzac me parecían muy divertidas. Su filosofía es sencilla; viene a decir que el materialismo puro es una receta para la locura. Por lo visto, el único conocimiento verdadero para Balzac se encuentra en la superstición, Todo es susceptible de análisis. Ahorra energías: ése es el secreto de la vida. Se puede aprender mucho del señor B.

Resulta gracioso tenerlo como compañía. Viste con una túnica de monje y bebe infinitas tazas de café. Duerme tanto que tiene la mente embotada. Cuando se le cae un diente, dice: «¿Qué significará esto?». Lo cuestiona todo. Al acercarse a una vela, su ropa empieza a arder. Él se pregunta si el fuego es buena señal. Balzac es hilarante.

El Gaslight no era un sitio de postín; en él no había ni mesas de primera ni nada por el estilo, pero estaba siempre atestado. Algunos clientes se sentaban a las mesas, otros se quedaban de pie, apiñados junto a la pared de obra vista en aquel recinto de iluminación tenue y tuberías vistas. Incluso en las frías noches de invierno había cola, se formaban aglomeraciones escaleras abajo, ante la puerta doble. Había tanta gente que costaba respirar. No sé cuánta cabía en el lugar, pero siempre parecía que hubiera unas diez mil personas. Los inspectores del cuerpo de bomberos solían ir y venir; siempre flotaba en el aire una gran expectación y cierto temor que movía a comportarse con osadía. Daba la impresión de que algo o alguien iba a aparecer en cualquier momento para disipar la bruma.

Yo tocaba en tandas de veinte minutos. Interpretaba las canciones folk de que me había apropiado, siempre atento a lo que pasaba alrededor. Hacía excesivo calor y el ambiente era demasiado claustrofóbico para quedarse después de la actuación, de modo que, cuando terminaban, los músicos solían pulular por uno de los cuartos traseros de la planta baja. Para llegar allí había que salir de la cocina al patio y subir por la escalera de incendios. Siempre había timba allí arriba. Van Ronk, Stookey, Romney, Hal Waters, Paul Clayton, Luke Faust, Len Chandler y otros jugaban al póquer durante toda la noche sin parar. Podías entrar y salir sin problemas. Un pequeño altavoz anunciaba quién estaba tocando abajo, y así te enterabas de cuándo tenías que volver. Se solía apostar de cinco a diez céntimos, hasta cuartos de dólar, y a veces el bote llegaba a los 20 dólares, Yo solía retirarme si para el segundo o tercer descarte no tenía ya una pareja. Chandler me dijo una vez: «Tienes que aprender a tirarte faroles. Nunca ganarás si no lo haces. A veces incluso es útil que te pillen en un farol, por si luego te sale una buena mano y quieres que piensen que se la estás pegando».

Yo no pasaba mucho tiempo en el sótano porque estaba hasta los topes y el aire allí estaba muy viciado. Cuando no me encontraba en el cuarto del póquer me iba al bar de al lado, el Kettle of Fish Tavern. Aquello también solía estar abarrotado cualquier noche de la semana. Reinaba una atmósfera frenética: todo tipo de personajes, algunos encantadores, otros disolutos, hablando atropelladamente y moviéndose a toda prisa. Hombres de barba negra con aspecto de literatos, intelectuales de aire grave, chicas eclécticas, no exactamente caseras. Abundaba la clase de gente que salía de ningún lado y más tarde regresaba allí; un rabino con pistola, Una chica con dientes desiguales y un gran crucifijo entre los senos…, toda suerte de personajes en busca de un poco de calor humano. Me sentía como si los viera a todos sentados al borde del abismo. Algunos incluso tenían títulos «El Hombre que hizo Historia», «El Eslabón entre Razas», y así era como querían que los llamasen. Cómicos con número propio, como Richard Pryor, también solían dejarse caer por allí. Podías sentarte en un taburete junto al bar y ver por la ventana la gente importante que pasaba por la calle nevada: David Amram, arrebujado en su abrigo, Gregory Corso, Ted Joans, Fred Hellerman.

Una noche un individuo llamado Bobby Neuwirth entró con un par de amigos y armó un buen alboroto. Bobby y yo nos conocimos tiempo después en un festival folk. Ya de entrada, se notaba que Neuwirth tenía tendencia a la provocación y que no estaba dispuesto a detenerse ante nadie. Se había declarado en franca rebeldía contra algo. Había que armarse de paciencia para hablar con él. Tenía más o menos mi edad, era de Akron, Ohio, tocaba el banjo al estilo clawhammer y sabía algunas canciones. Estudiaba bellas artes en Boston y también pintaba. Me contó que esa primavera volvería a casa de sus padres en Ohio para quitar las contraventanas e instalar las mosquiteras. Era lo que acostumbraba a hacer, al igual que yo en otra época. Pero yo no pensaba regresar. Con el tiempo, trabamos amistad y viajamos por ahí juntos. Del mismo modo en que Kerouac había inmortalizado a Neil Cassady en la novela En el camino, alguien debería haber escrito sobre Neuwirth. Era todo un personaje. Podía hablar con quienquiera hasta hacerle sentir que su inteligencia se había agotado. Tenía una lengua cáustica y mordaz que incomodaba a cualquiera, y con ella podía salir de cualquier apuro. Nadie sabía qué pensar de él. Si hubo jamás un hombre renacentista que saltara de un tema a otro sin el menor esfuerzo, tenía que ser él. Neuwirth era de lo más agresivo. A mí no me provocaba, sin embargo, de ningún modo. Todo lo que hacía me divertía, y él me caía bien. Tenía talento, pero carecía por completo de ambición. Compartíamos los mismos gustos, incluso en lo que a las canciones de la máquina de discos se refiere. En la máquina del Gaslight había sobre todo discos de jazz. Zoot Simms, Hampton Hawes, Stan Getz y algo de rhythm-and-blues; Bumble Bee Slim, Slim Galliard, Percy Mayfield… Los beatniks toleraban la música folk, pero en realidad no les gustaba. Escuchaban exclusivamente jazz moderno, bebop. En un par de ocasiones eché una moneda en la ranura y puse The Man That Got Away de Judy Garland. Ese tema siempre me producía un efecto curioso, aunque nada muy espectacular ni brutal. No suscitaba pensamientos extraños en mí. Simplemente era bonito escucharla. Judy Garland había nacido en Grand Rapids, Minnesota, ciudad situada a unos treinta kilómetros de donde venía yo. Escuchar a Judy se me figuraba como escuchar a la vecina. Era muy anterior a mi época y, como dice la canción de Elton John, «me habría gustado conocerte, pero no era más que un crío». Harold Arlen era el compositor de The Man That Got Away y la cósmica Somewhere Over the Rainbow, que también cantaba Judy Garland. Había compuesto muchas otras canciones populares: la tremenda Blues in the Night, Stormy Weather, Come Rain or Come Shine, Get Happy… En los temas de Harold yo detectaba toques de blues rural y folk. Había un vínculo emocional y no podía dejar de notario. Las canciones de Woody Guthrie gobernaban mi mundo, pero antes de eso Hank Williams había sido mi cantautor favorito, aunque más bien lo consideraba un cantante. Hank Snow venía inmediatamente después. Sin embargo, nunca logré escapar del universo agridulce, intenso y desolado de Harold Arlen. Van Ronk sabía cantar y tocar esas canciones. Yo también, pero jamás se me habría ocurrido hacerlo. No figuraban en mi guión. No entraban en mi futuro. ¿Qué era el futuro? Un muro macizo, ni amenazador ni prometedor…, pura palabrería. Nada te ofrecía garantías, ni siquiera de que la vida no fuera una humorada.

Nunca sabías con quien ibas a toparte en Kettle of Fish. Todos se parecían a alguien y a nadie al mismo tiempo. Una noche, Clayton y yo estábamos sentados a una mesa bebiendo vino con otra gente, y resultó que uno de los tipos de allí se había dedicado a realizar efectos de sonido en programas de radio. Buena parte de mis recuerdos relativos a la época que pasé en el Medio Oeste, cuando creía estar viviendo una juventud perpetua, giraban en torno a los programas de radio: Inner Sanctum, The Lone Ranger, This Is Your FBI, Fibber McGee and Molly, The Fat Man, The Shadow, Suspense… En este último sonaba siempre el crujido de una puerta lo más espeluznante que puedas imaginar, en medio de relatos pavorosos que te hacían un nudo en el estómago una semana tras otra. Inner Sanctum, terror y humor a partes iguales. Lone Ranger, el Llanero Solitario, con el radiofónico traqueteo de carrozas y el tintineo de espuelas. The Shadow, la Sombra, el hombre acaudalado y estudiante de ciencias que se ponía en acción para enderezar entuertos. Dragnet era un programa de policías cuyo tema musical parecía sacado de una sinfonía de Beethoven. Con The Colgate Comedy Hour te partías de risa.

Ningún sitio estaba demasiado lejos. Lo tenía todo al alcance de la mano, gracias a la radio. Lo único que necesitaba saber sobre San Francisco era que Paladin vivía allí en un hotel como pistolero a sueldo. Estaba al corriente de que las «piedras» eran joyas, de que los villanos iban en descapotable y de que si había que esconder un árbol, lo mejor era esconderlo en el bosque. Me crié escuchando todos aquellos programas que me hacían estremecer de emoción. Me daban pistas sobre cómo funcionaba el mundo y alimentaban mis fantasías, poniendo a trabajar mi imaginación a deshoras. Los seriales de radio eran la expresión de un arte peculiar.

Antes de haber entrado jamás en unos grandes almacenes, yo ya era un consumidor imaginario. Utilizaba jabón Lava Soap, me afeitaba con Gillette Blue Blades, consultaba la hora en un Boliva, me ponía tónico Vitalis en el pelo, consumía chicles laxantes Feenamint, pastillas para la acidez y polvos dentífricos del doctor Lyon. Iba de Mike Hammer por la vida, tomándome la justicia por mi mano. Los tribunales, demasiado lentos y complicados, no se encargaban debidamente de los delincuentes. En mi opinión, la ley estaba bien, pero esta vez, la leyera yo; los muertos no pueden defenderse. Yo lo hago por ellos, ¿vale? Le pregunté al tipo que había trabajado en la radio cómo conseguían el efecto sonoro de la silla eléctrica y me contestó que ponían beicon a freír. ¿Y los huesos partidos? Se llevaba un caramelo a la boca y lo partía con los dientes.

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