Crónicas. Volumen I
5. Rio de Hielo
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
LA LUNA ASOMABA por detrás del edificio Chrysler, ya era tarde y se iban encendiendo las farolas; los coches reptaban calle abajo emitiendo un rumor sordo, y el aguanieve tableteaba contra la ventana. Lou Levy encendía y apagaba su magnetófono; llevaba un diamante reluciente en su dedo rosáceo, y el humo de su cigarro lo envolvía de un halo azul. El lugar semejaba una sala de interrogatorios: había una lámpara de techo parecida a un frutero sobre nuestras cabezas, y dos lámparas de pie de latón. A mis pies, las tablas del parqué estaban dispuestas de modo que formaban dibujos decorativos. Era una habitación triste abarrotada de revistas de la industria de la música —Cashbox, Billboard— y gráficos de medición de audiencia, con un viejo archivador en un rincón. Aparte del escritorio de metal de Lou, había un par de sillas de madera. Yo estaba sentado en una de ellas, inclinado hacia delante, rasgando unos acordes a la guitarra.
Había llamado a casa hacía poco. Lo hacía como mínimo un par de veces al mes desde alguno de los incontables teléfonos públicos esparcidos por la ciudad. Las cabinas eran como santuarios. Entrabas en ellas, cerrabas la puerta de acordeón y te recluías en un mundo íntimo y libre de porquería, ajeno al ruido de la ciudad. Las cabinas proporcionaban intimidad, pero no así las líneas telefónicas en mi tierra. Allí, las viviendas tenían línea compartida, y ocho o diez familias se servían de la misma, aunque con números diferentes. Cuando descolgabas raramente estaba libre. Siempre se oían otras voces. Nadie decía jamás nada importante por teléfono ni solía extenderse mucho. Si querías hablar con alguien, normalmente lo hacías en la calle, en un solar, en un sembrado o en un café, nunca por teléfono.
Introduje la moneda en la ranura y llamé a la operadora para solicitar una conferencia a cobro revertido. La comunicación se estableció enseguida. Yo quería que todos supieran que estaba bien. Mi madre solía contarme las pocas novedades que hubiese. Mi padre tenía su propia manera de ver las cosas. Para él la vida consistía en trabajar duro. Pertenecía a una generación que profesaba otros valores, admiraba a otros héroes y escuchaba otra música, y no estaba muy seguro de que la verdad nos hiciera libres. Era pragmático y siempre salía con algún consejo críptico, como «recuerda, Robert: en la vida puede pasar de todo. Incluso si no tienes todo lo que deseas, da las gracias por aquello que no tienes y que no deseas». Concedía una gran importancia a mi educación. Le habría gustado que fuera ingeniero mecánico. Sin embargo, en la escuela me costaba mucho trabajo sacar notas decentes. No tenía madera de estudiante. A mi madre —que Dios la bendiga—, que siempre me había defendido y había estado de mi lado en casi todo, le preocupaba más «la cantidad de tejemanejes que hay en el mundo» y añadía: «Bobby, no olvides que tienes parientes en Nueva Jersey». Ya había estado en Jersey, pero nunca para visitar a los parientes.
Lou apagó el enorme magnetófono después de escuchar atentamente una de mis canciones originales.
—Woody Guthrie, ¿eh? Interesante. ¿Qué te llevó a escribir una canción acerca de él? Me gustaba ir a verlo actuar con su colega Leadbelly. Tocaban a menudo en la sala de actos del sindicato de trabajadores textiles, en la avenida Lexington. ¿Has escuchado alguna vez You Can’t Scare Me, I’m Sticking to the Union’?
Claro que la había escuchado.
—¿Qué se sabe de él?
—Oh, está en Jersey. En el hospital.
Lou mascó ostensiblemente el puro.
—Nada grave, espero. ¿Qué otras canciones tienes? Quiero oírlas todas.
No tenía muchas, pero podía apañar algunas composiciones in situ, haciendo un refrito de versos de viejas baladas de blues, añadiendo una línea original aquí y allá, cualquier cosa que se me ocurriera, e inventándome un título. Traté de hacerlo lo mejor que podía, tenía que justificar lo que estaba percibiendo. Nada podría convencerme de que era un cantautor, pues no lo era, al menos en el sentido convencional de la palabra. Definitivamente, no tenía nada que ver con aquella gente que se mataba trabajando en el edificio Brill, la factoría de canciones que se hallaba a unas pocas manzanas de allí, aunque para mí era como si estuviera en la otra punta del universo. Allí producían en serie los temas facilones que llegaban a las listas de éxitos de la radio. Jóvenes cantautores como Gerry Goffin y Carole King, o Barry Mann y Cynthia Weil, o Pomus y Shuman, Leiber y Stoller eran los compositores estrella del mundo occidental. Todos los temas populares de melodías pegadizas y letras sencillas que invadían las ondas como grandes composiciones eran obra suya. Uno de mis favoritos era Neil Sedaka porque escribía e interpretaba sus propias canciones. Mi camino nunca se cruzó con el de ninguna de esas personas porque las canciones populares no guardaban la menor relación con el folk ni con el panorama musical del centro de la ciudad.
Yo estaba metido en el rollo tradicional con T mayúscula y lo más alejado posible del ambiente quinceañero. Ante la grabadora de Lou podía sacar canciones de la nada basándome en la estructura de la música folk, con toda naturalidad. En cuanto a componer seriamente, los temas que me habría gustado escribir, si hubiese tenido el talento suficiente, eran los que deseaba cantar. Aparte de Woody Guthrie, no conocía a nadie capaz de ello. Sentado en el despacho de Lou, evocaba frases y versos basados en el material que conocía: Cumberland Gap, Fire on The Mountain, Shady Grove, Hard, Ain’t It Hard. Cambiaba unas palabras por otras y añadía cosas de mi cosecha aquí y allá. Nada serio ni realmente elaborado, simplemente progresiones típicas del modo mayor, y de vez en cuando algún recurso propio del modo menor, en la línea de Sixteen Tons. Con esa melodía se podían componer más de veinte canciones con sólo introducir leves modificaciones. En ocasiones insertaba versos de viejos espirituales o de temas de blues. No tenía nada de malo; todo el mundo lo hacía. Tampoco requería un gran esfuerzo mental. Normalmente, empezaba con algo como una frase conocida de toda la vida y agregaba una nueva para darle la vuelta, de modo que juntas significaran algo totalmente distinto. No practicaba mucho esta técnica ni me devanaba los sesos con ella: no pensaba empleada en concierto.
Lou nunca había oído una cosa parecida, pero se mostraba tan inexpresivo que no logré sacar en claro qué opinaba al respecto. De vez en cuando, paraba la máquina y me pedía que empezara de nuevo. «Suena bien», me decía y me animaba a repetirlo. Cuando esto sucedía, yo solía hacer algo distinto porque no había prestado atención a lo que acababa de cantar, de modo que me era imposible reproducir exactamente lo que Lou había escuchado. Yo no tenía idea de lo que él pensaba hacer con todo aquello. No había nada más apartado de lo convencional. Leeds Music había editado canciones como Boogie Woogie Bugle Boy, C’est si bon, Under Paris Skies, All or Nothing at All, algunas de Henry Mancini como Peter Gunn, I’ll Never Smile Again y todas las que se habían compuesto para Bye Bye Birdie, un gran éxito de Broadway.
La canción que me había abierto las puertas de Leeds Music, la que había convencido a John Hammond de llevarme hasta allí, no era una composición muy accesible, sino una suerte de homenaje, tanto por la melodía como por la letra, al hombre que había marcado el punto de partida de mi identidad y destino: el gran Woody Guthrie. La escribí pensando en él y me inspiré en la tonada de una de sus viejas canciones, sin sospechar que acabaría por componer mil más. Mi vida cambió para siempre el día que me pusieron un disco de Woody en Minneapolis, unos años atrás. Al escucharlo sentí como si hubiera estallado una bomba de un millón de megatones.
En el verano de 1959, estaba en Minneapolis, después de abandonar mi casa a principios de primavera. Venía del norte de Minnesota, de Mesabi Range, la región de las minas de hierro, capital del acero de Estados Unidos. Había crecido en Hibbing, pero había nacido en Duluth, unos ciento veinte kilómetros al este, a la orilla del lago Superior, que los indios denominan Gitche Gumee. Aunque vivíamos en Hibbing, ocasionalmente subíamos al viejo Buick Roadmaster de mi padre y nos íbamos a pasar el fin de semana a Duluth. Mi padre había nacido y crecido en ese lugar, y aún tenía allí a sus amigos. Se crió con cuatro hermanos, y había trabajado toda su vida, incluso de niño. A los dieciséis años, vio que un coche se estampaba contra un poste de teléfono y estallaba en llamas. Saltó de la bicicleta, corrió hasta el conductor y lo sacó, protegiéndole el cuerpo con el suyo propio, arriesgando la vida por salvar a un desconocido. Tiempo después, acabó por matricularse en la escuela nocturna para tomar clases de contabilidad. Cuando yo nací, él trabajaba para la Standard Oil de Indiana. La polio, que le había dejado cojo, también lo obligó a marchar de Duluth. Perdió su empleo y por eso fuimos a dar allí, acabamos en el Cinturón del Hierro, de donde venía mi familia materna. Cerca de Duluth, tenía primos al otro lado del puente colgante de Superior, Wisconsin, conocido centro de juego y prostitución. Algunas veces me alojaba en su casa.
Lo que más recuerdo de Duluth son los cielos de color gris pizarra, las inquietantes sirenas de los barcos, las tormentas violentas que siempre parecían venir a por ti y los despiadados y aulladores vientos procedentes del gran y misterioso lago negro en el que se levantaban traicioneras olas de tres metros. La gente decía que adentrarse en el agua era un suicidio. La mayor parte de Duluth se asienta en una pendiente. No hay un centímetro de tierra llana allí. La ciudad está construida sobre una cuesta, y siempre te ves subiendo o bajando.
En cierta ocasión, mis padres me llevaron a ver un mitin de Harry Truman en el parque Leif Erickson de Duluth. Leif Erickson era un vikingo supuestamente llegado a esta región mucho antes de que los peregrinos desembarcaran en Plymouth Rock. Por entonces yo debía de contar siete u ocho años, pero resulta sorprendente que aquellas sensaciones sigan tan vivas en mi mente. Recuerdo la emoción que me causaba estar allí entre el gentío, sentado sobre los hombros de uno de mis tíos, con mis pequeñas botas y sombrero de vaquero. Me contagié del entusiasmo del público al oír las aclamaciones y las manifestaciones de júbilo que le dedicaban a Truman… Truman, con su sombrero gris y su figura delgada, hablaba con el timbre y tono nasal de un cantante country. Me hipnotizaron su dicción arrastrada, su seriedad y el modo en que la gente estaba pendiente de cada palabra que pronunciaba. Unos años más tarde, llegó a decir que la Casa Blanca era como una celda. Truman era un tipo campechano. Una vez llegó a amenazar a un periodista por poner en duda las habilidades como pianista de su hija. En Duluth no hizo nada de eso.
La parte superior del Medio Oeste era una zona muy activa políticamente y extremamente volátil, donde tenían cierto peso el Partido Agrícola del Trabajo, los socialdemócratas, los socialistas y los comunistas. Era un personal difícil de complacer y que simpatizaba poco con los republicanos. Siendo senador y antes de ser elegido presidente, John Kennedy pasó por Hibbing en su gira de campaña, pero fue seis meses después de que yo me marchara. Mi madre me contó que dieciocho mil personas acudieron a verlo al monumento a los veteranos. Había personas colgadas de las vigas y otras fuera, en la calle. Según mi madre, Kennedy era un rayo de esperanza y había entendido perfectamente en qué parte del país se hallaba. Pronunció un discurso heroico que llenó de ilusión a la gente. El Cinturón del Hierro era un área poco visitada por los políticos conocidos a escala nacional o los personajes famosos. (Woodrow Wilson había estado allí a principios de siglo y había hablado desde un furgón de cola. Mi madre también lo había visto, cuando tenía diez años.) Si yo hubiera sido votante, habría votado a Kennedy sólo por haber venido hasta aquí. Ojalá hubiera asistido a su mitin.
Mi familia materna es de una pequeña ciudad llamada Letonia, situada al otro lado de las vías del tren, no muy lejos de Hibbing. En sus orígenes, la ciudad constaba de un almacén, una gasolinera, algunos establos y una escuela. El mundo en el que yo crecí era distinto, algo más moderno, pero todavía repleto de caminos de grava, marismas, colinas de hielo, árboles imponentes a las afueras, bosques frondosos, lagos prístinos de todos los tamaños, minas, trenes y carreteras angostas. Eran habituales los inviernos a veinte grados bajo cero con una sensación térmica de treinta bajo cero, las primaveras de deshielo y los veranos calurosos y húmedos, con un sol abrasador y temperaturas que subían por encima de los treinta y cinco grados. Veranos plagados de mosquitos que te picaban a través de las botas e inviernos de ventiscas que podían matarte por congelación. Los otoños eran maravillosos.
En aquellos años, me dedicaba básicamente a esperar a que llegara mi momento. Sabía que había un mundo mucho más grande ahí fuera, pero aquel en el que vivía tampoco estaba mal. Como no había muchos medios de comunicación de masas, la vida se reducía básicamente a lo que uno veía en torno a sí. Las cosas que solía hacer de crío eran las que pensaba que todo el mundo hacía: participar en desfiles, organizar carreras de bicis, jugar a hockey sobre hielo… (no se esperaba que todo el mundo jugara al baloncesto o al fútbol americano, pero sí que supiese patinar y jugar al hockey). Además, nos gustaba bañarnos en riachuelos, pescar en estanques, montar en trineo y agarrarnos del parachoques trasero de un coche y deslizarnos con los pies sobre la nieve; los fuegos artificiales del 4 de julio, construir casitas sobre los árboles… Había un sinfín de formas de pasar el tiempo. También se podía saltar fácilmente a un tren de mercancías y sujetarse de las escalerillas de hierro laterales para dirigirse a uno de los varios lagos de la zona y darse una zambullida. Lo hacíamos a menudo. De niños, también disparábamos con escopetas y carabinas de aire comprimido y de las buenas —del 22— contra latas, botellas y ratas gordas de vertedero. También entablábamos batallas de tirachinas. Hacíamos nuestros tirachinas con ramas de pino cortadas en forma de L. Se agarraban por el extremo más corto, que llevaba una pinza de ropa pegada con cinta adhesiva. El caucho que por entonces extraíamos de las cámaras de los neumáticos era auténtico, una goma gruesa que cortábamos en tiras circulares, atábamos con un lazo y extendíamos desde el percutor, que era la punta de la pinza, hasta el extremo del cañón. Cuando sostenías el arma por la empuñadura (las podías hacer de tamaños diferentes) y la apretabas, la goma salía disparada hacia delante con una fuerza súbita y violenta que te permitía dar en un blanco situado a tres o cuatro metros de distancia. Podías hacerle daño a alguien. Si te alcanzaban, escocía como el demonio y te salían ronchas. Estos juegos se sucedían a lo largo de todo el día. Normalmente, nos dividíamos en equipos al comienzo de cada juego. Después de eso no quedaba más que rezar para que no te sacaran un ojo. Algunos chavales llevaban hasta tres o cuatro armas. Si te daban, tenías que refugiarte bajo un árbol y esperar a que empezara otra tanda del juego. Un año todo cambió porque las minas empezaron a utilizar para sus camiones y tractores cámaras de goma sintética, que no era tan buena ni precisa como la auténtica. Se soltaba a menudo del extremo del cañón, y a veces caía al suelo tras recorrer poco más de un metro en el aire. Aquello no funcionaba. Ahora pienso que si alguien utilizara goma de verdad le parecería que está jugando con balas explosivas.
Por la misma época en que apareció la goma sintética, surgieron los cines al aire libre. Al principio se trataba de una actividad familiar, porque había que tener coche para ir. También había otras cosas. Carreras de camionetas en las noches frescas de verano, en su mayoría modelos Ford del 49 o 50 abollados, armatostes como ataúdes, cajas contrahechas, barras antivuelco y extintores; con los asientos arrancados, las puertas soldadas, petardeando, pegando sacudidas, frenazos y derrapes en una pista de casi un kilómetro, dando vueltas de campana sobre el camino sembrado de vehículos desguazados. Había circos de tres pistas que venían a la ciudad varias veces al año y ferias en toda regla con sus rarezas humanas, cabareteras y artistas cuya actuación consistía en hacer cosas repulsivas. En la feria del condado asistí a uno de los últimos espectáculos de revista en los que los blancos se pintaban de negro. Estrellas muy conocidas de country-western tocaban en el monumento a los veteranos, y una vez Buddy Rich y su banda actuaron en el auditorio de la escuela. El acontecimiento más emocionante del verano era cuando venía el equipo de astros de sófbol del Rey y su Corte y desafiaba a los mejores jugadores del condado. Si te gustaba el béisbol no podías perdértelo. El Rey y su Corte eran cuatro jugadores: lanzador, receptor, primera base y un entrebase. El lanzador era asombroso. Unas veces lanzaba desde la segunda base, otras con una venda en los ojos, y otras por entre las piernas. Muy pocos conseguían darle a la bola cuando él lanzaba, y el Rey y su Corte nunca perdían un partido. La televisión ya había llegado, pero no todas las casas tenían un receptor. Recuerdo aquellas pantallas redondeadas. Los programas solían empezar a emitir hacia las tres de la tarde una carta de ajuste que duraba unas horas. Después ponían programas realizados en Nueva York o Hollywood. Hacia las siete o las ocho finalizaba la emisión. No había mucho que ver… Milton Berle, Howdy Doody, Cisco Kid, Lucy y su esposo, el director de orquesta cubano, Desi, la familia de The Father Knows Best, donde todos iban muy elegantes incluso en su propia casa. No era como en las grandes ciudades, donde pasaban muchas más cosas por televisión. Nosotros no recibíamos American Bandstand ni otros programas dedicados a la música moderna. Naturalmente, había otras cosas que hacer. Aun así, eran cosas de ciudad pequeña, estrecha, y provinciana, donde todos saben la vida y milagros de los demás.
Ahora, por lo menos, estaba en Minneapolis, donde me sentía liberado y lejos, sin intención alguna de regresar. Había llegado sin avisar en un autobús de Greyhound. Nadie me esperaba, nadie me conocía y eso me gustaba. Mi madre me había dado la dirección de un club estudiantil en University Avenue. Mi primo Chucky, al que apenas conocía, había sido su presidente. Cuatro años mayor que yo, sacaba muy buenas notas en todas las asignaturas durante sus años de instituto; además, era capitán del equipo de fútbol americano, encargado de pronunciar el discurso de despedida, delegado de la clase. No era de extrañar que lo hubieran nombrado presidente del club. Mi madre me dijo que le había planteado a mi tía la posibilidad de llamar a Chucky para que me dejara alojarme allí; al menos, durante el verano, cuando casi todos sus residentes estaban ausentes. Al llegar me encontré con un par de chicos, y uno de ellos me dijo que podía ocupar una de las habitaciones de arriba, la del final del corredor. Era un cuartucho con una litera y una mesa junto a una ventana desprovista de cortinas. Dejé mis maletas y eché un vistazo al exterior.
Supongo que venía buscando lo que había leído en el libro En el camino: la gran ciudad, su ritmo frenético, su sonido, lo que Allen Ginsberg había denominado el «mundo de las máquinas de discos de hidrógeno». Quizá había vivido en él toda la vida, ¿quién sabe? Nadie lo llamaba así. Lawrence Ferlinghetti, otro de los poetas beatniks, lo había calificado como «el mundo a prueba de besos con asientos de retrete de plástico, Tampax y taxis». No estaba mal, pero en mi opinión el poema «Bomb» de Gregory Corso da más en el clavo y encaja mejor en el espíritu de los tiempos; habla de un mundo residual y totalmente mecanizado, de buscavidas y ajetreo, con cantidad de estantes por limpiar y cajas por apilar. No iba a cifrar mis esperanzas en aquello. Creativamente, no daba mucho de sí. Yo había aterrizado ya en un universo paralelo, en cualquier caso, en el que imperaban principios y valores más arcaicos; un universo de acciones y virtudes a la vieja usanza y en el que juzgar al prójimo estaba fuera de lugar; una cultura con mujeres forajidas, supermatones, adoradores del diablo y verdades evangélicas, calles y valles, ricas turberas, terratenientes y petroleros, Stagger Lees, Pretty Pollys y John Henrys. Un mundo invisible que se erguía hasta las alturas con sus muros de relucientes corredores. Todo estaba allí, y bien a la vista —ideal y temeroso de Dios—, pero tenías que salir a buscarlo. No venía servido en bandeja de plata. La música folk era una realidad que pertenecía a una dimensión más brillante. Trascendía la comprensión humana y si oías su llamada, podías desaparecer absorbido por ella. Me sentía como en casa en este mítico reino integrado no tanto por individuos cuanto por arquetipos, arquetipos de humanidad vívidamente perfilados, de forma metafísica, almas turbulentas imbuidas de conocimiento natural y sabiduría interior, todas merecedoras de cierto respeto. Todo aquel espectro me resultaba creíble y me impulsaba a cantar sobre él. Era más real, más fidedigno que la propia vida: la magnificación de la vida. La música folk era todo lo que yo necesitaba para existir. Por desgracia, no había bastante. Estaba pasada de moda, no conectaba con la actualidad, con las tendencias del momento. Era algo inmenso pero difícil de asimilar. Una vez que me hube introducido de lleno en ella, fue como si mi guitarra de seis cuerdas se convirtiera en una varita mágica de cristal que me permitiría modificar el mundo a mi antojo. Más allá de la música folk, no tenía intereses ni ocupaciones. Programaba mi vida en función de ella y tenía poco en común con quienes no compartían esos intereses.
Me asomé a la ventana del segundo piso del club estudiantil desde la que se alcanzaba a ver, a través de los verdes olmos, el tráfico que avanzaba lentamente por University Avenue, bajo unas nubes bajas. Los pájaros trinaban. Era como si se levantara un telón. Principios de junio, un perfecto día de primavera. Sólo había unos pocos chicos más en aquella casa aparte de mi primo Chucky. Solían juntarse en la cocina-comedor, un sótano tan amplio como una planta entera del edificio. Todos se acababan de licenciar y hacían trabajillos ocasionales de verano mientras intentaban buscar un empleo mejor. Se pasaban buena parte del día sentados jugando a cartas y tomando cerveza, vestidos con camisetas raídas y tejanos ajados. Panda de pichas flojas. Pasaban totalmente de mí. Yo entraba y salía de allí sin que nadie me agobiara.
Lo primero que hice fue ir a cambiar mi guitarra eléctrica, que no me habría servido de nada, por una Martin acústica doble O. El trato que me ofreció el dependiente de la tienda me pareció justo, y me fui a casa con la guitarra en su funda. La toqué durante los siguientes dos años. El barrio en el que se hallaba la universidad se conocía como Dinkytown, una suerte de pequeño Village, sin relación alguna con el resto del Minneapolis convencional. Se componía básicamente de casas victorianas destinadas sobre todo a acoger estudiantes. El período lectivo había terminado, de modo que casi todas estaban vacías. Encontré la tienda de discos local en el corazón de Dinkytown. Buscaba discos folk, y el primero que vi fue uno de Odetta, del sello Tradition. Entré en la cabina para escucharlo. Odetta era fabulosa. No había oído hablar de ella hasta entonces. Era una cantante de voz profunda que tocaba la guitarra con un rasgueo potente y ligados ascendentes. Me aprendí casi todas las canciones del disco allí mismo, los ligados y todo.
Equipado con un nuevo repertorio, salí y me dirigí calle arriba hasta el Ten O’Clock Scholar, un café de ambiente beatnik. Iba en busca de músicos con intenciones análogas. El primer tipo como yo que conocí en Mineápolis estaba allí sentado. Se llamaba John Koerner y también tenía una guitarra acústica. Koerner era un tipo alto y delgado, con la expresión de quien lo encuentra todo divertido. Nos pusimos manos a la obra enseguida. Había algunas canciones que nos sabíamos los dos, como Wabash Cannonball y Waiting for a Train. Koerner acababa de salirse del cuerpo de marines y estudiaba ingeniería aeronáutica. Era de Rochester, Nueva York, estaba casado y se había metido en la música folk un par de años antes que yo; había aprendido muchas canciones de un tipo llamado Harry Webber, sobre todo baladas callejeras. También tocaba mucho material de blues y canciones tabernarias de siempre. Nos sentábamos y yo tocaba mis canciones de Odetta y algunas de Leadbelly, cuyo disco había escuchado antes que el de Odetta. John tocaba Casey Jones, Golden Vanity y muchas composiciones de ragtime, como Dalias Rag. Tenía un hablar pausado y suave, pero al cantar pegaba auténticos berridos. Koerner me pareció estimulante como cantante. Empezamos a tocar juntos a menudo.
Aprendí muchas canciones de Koerner al practicar armonías vocales con él, y en su apartamento tenía discos folk de intérpretes que jamás había oído nombrar. Los escuchaba mucho, sobre todo a The New Lost City Ramblers. Me enganché a ese grupo enseguida. Todo en ellos me atraía: su estilo, su manera de cantar, su sonido. Me gustaba su pinta, su atuendo y sobre todo su nombre. Sus canciones recorrían toda la gama de estilos, desde baladas montañesas hasta melodías de violín, pasando por el blues ferroviario. Todas sus canciones encerraban cierta verdad abismal y profética. Podía escuchar a The Ramblers durante días. Por entonces, no sabía que estaban reproduciendo todo lo que habían sacado de viejos discos de 78 revoluciones, pero ¿qué más daba? Aunque lo hubiera sabido no me habría importado. Para mí rebosaban originalidad, eran auténticos magos. No me hartaba de escucharlos. Koerner tenía otros discos imprescindibles, casi todos del sello Folkways; «Foc’sle Songs and Sea Shanties» era uno que me gustaba escuchar una y otra vez. En él colaboraban Dave Van Ronk, Roger Abrams y algunos otros. Este disco me dejó alucinado. Estaba lleno de canciones de gran fuerza coral y elevado calibre armónico como Haul Away Joe, Hangin’ Johnny o Radcliffe Highway. A veces, Koerner y yo las cantábamos a dúo. Otro de sus discos era una antología de canciones folk de varios intérpretes, editado por Elektra. En él escuché por vez primera a Dave Van Ronk y Peggy Seeger, incluso al propio Alan Lomax, que cantaba el tema vaquero Doney Gal, que añadí a mi repertorio. Koerner tenía algunos otros discos, recopilatorios de blues del sello Arhoolie gracias a los cuales conocí a Blind Lemon Jefferson, Blind Blake, Charlie Patton y Tommy Johnson.
También escuchaba mucho un disco de John Jacob Niles. Niles no era un artista tradicional, pero cantaba canciones tradicionales. Este personaje mefistofélico salido de California aporreaba un instrumento similar a un arpa y cantaba en una voz de soprano que te helaba los huesos. El estilo de Niles era inquietante e ilógico, tan tremendamente intenso que te ponía la piel de gallina. Poseía la personalidad de un iluminado, casi como un hechicero. Su voz se antojaba de otro mundo, y al cantar se desgañitaba, formulando extraños conjuros. Escuché Maid Freed from the Gallows y Go Away from My Window infinidad de veces.
Koerner insistía en que yo debía conocer a un tipo llamado Harry Webber y finalmente me lo presentó. Era profesor de literatura inglesa e iba vestido de tweed, como un intelectual a la antigua. Se sabía cantidad de canciones, sobre todo baladas de trotamundos; sus letras eran muy duras, pintaban un mundo cruel. Me aprendí una titulada Old Greybeard, que trata de una muchacha cuya madre le indica que vaya a besar a un hombre con quien la ha prometido en matrimonio, y la hija le responde que vaya ella, que aproveche que el viejo acaba de afeitarse la barba gris. La canción está cantada en primera, segunda y tercera personas. Enseguida quedé cautivado por todas esas baladas. Eran románticas a más no poder y estaban muy por encima de todos los temas de amor populares que había escuchado. Estas canciones te permitían agotar todas las combinaciones de tu vocabulario sin tener que aprender palabras nuevas. Las letras funcionaban en un plano sobrenatural y llevaban implícito un significado propio. No tenías que buscárselo tú. También solía cantar otra llamada When a Man’s in Love, en la que un chico enamorado avanza sobre nieve helada, sin reparar en el frío, para ir en busca de su chica y llevársela a un lugar silencioso. Empezaba a sentirme como un personaje de una de esas canciones, incluso a pensar como ellos. Roger Esquire, otro tema que aprendí de Webber, versaba sobre el modo en que el dinero y la belleza encienden las pasiones y emborronan la vista.
Podía recitar de memoria todos esos temas sin la menor dificultad como si aquellas palabras sabias y poéticas fueran mías y de nadie más. Las canciones tenían melodías preciosas y eran un desfile de héroes cotidianos como barberos y sirvientes, amantes y soldados, marineros, braceros y obreras. Cuando hablaban pasaban a formar parte de tu vida. Pero es algo más que eso…, mucho más. También me iba el blues rural; era como mi sosias. En ese estilo estaban las raíces del primer rock and roll, y me gustaba porque era más antiguo que Muddy y Wolf. La carretera 61, la ruta principal del country blues, arranca no muy lejos de donde yo vengo… De Duluth, para ser precisos. Siempre sentí que mis orígenes se encontraban en esa ruta, que siempre había estado en ella y podía ir a cualquier lado desde allí, incluso al delta del Misisipi. Era el mismo trayecto, con las mismas contradicciones, los mismos pueblos de mala muerte, los mismos ancestros espirituales. El Misisipi, la corriente sanguínea del blues, también nace cerca de mis pagos. Nunca me alejé demasiado de allí. Era mi lugar en el universo, siempre lo sentí en mi sangre.
A Minneapolis y Saint Paul, las Ciudades Gemelas, venían cantantes de folk de los que también se podían aprender canciones, intérpretes de antaño como Joe Hickerson, Roger Abrams, Ellen Stekert o Rolf Kahn. Los discos folk eran tan escasos como los dientes de gallina. Había que conocer a gente que los coleccionase. Era el caso de Koerner y de otros, pero formaban un grupo muy reducido, y en las tiendas de discos se encontraban pocos, pues no había mucha demanda. Músicos como Koerner y yo mismo acudíamos a donde hiciera falta para escuchar alguno que creíamos desconocer. Una vez fuimos a Saint Paul a casa de un tipo que presuntamente tenía un disco de 78 de Blind Andy Jenkins cantando Death of Floyd Collins. El interesado había salido, de modo que nunca llegamos a escucharlo. Pero oí a Tom Darby y Jimmy Tarleton en casa del padre de alguien que poseía un ejemplar de uno de sus discos. Siempre pensé que la frase «auop-bop-a-lu-lop a lop-bam-bu» lo decía todo hasta que tuve la oportunidad de oír a Darby y Tarleton interpretando Way Down in Florida on a Hog. Aquellos dos también eran de otro mundo.
Koerner y yo cantábamos y tocábamos mucho a dúo, pero también hacíamos música por separado. De hecho, yo tocaba mañana, tarde y noche. Es lo único que hacía; normalmente me dormía con la guitarra en las manos. Así es como pasé el verano. Un día de otoño, estaba sentado a la barra de Gray’s, un establecimiento en el corazón de Dinkytown. Me había trasladado a una habitación situada justo encima. Las clases se habían reanudado y la vida universitaria recuperaba su ritmo normal. Mi primo Chucky y sus colegas se habían largado del club estudiantil, y los miembros que quedaban o los que aspiraban a serio reaparecieron enseguida. Me preguntaron quién era y qué hacía allí. Nada, no hacía nada…, dormía allí. Naturalmente, me imaginé lo que ocurriría a continuación, de modo que agarré mis bolsas y me fui. El cuarto que se hallaba encima de Gray’s costaba treinta pavos al mes. No estaba mal y me lo podía permitir.
Por entonces, sacaba de tres a cinco dólares cada vez que tocaba en alguno de los cafés de por allí o en una pizzería de Saint Paul llamada Purple Onion. Mi guarida era poco más que un trastero con un lavabo y una ventana que daba a un callejón. Ni armario ni nada. El retrete estaba en el pasillo. Puse un colchón en el suelo, compré una cómoda de segunda mano y coloqué un hornillo eléctrico encima. El alféizar me servía de nevera cuando apretaba el frío. Un día, sentado ante la barra de Gray’s, el viento rompió a aullar sobre el puente de Central Avenue, y un manto de nieve empezó a tapizar el pavimento; el invierno se había adelantado. Flo Castner, una chica que conocía de uno de los cafés, The Bastille, vino y se sentó junto a mí. Flo era una actriz de la academia de teatro, una aspirante, de aspecto peculiar pero estrambóticamente bello, larga melena pelirroja y tez clara, que iba vestida de negro de pies a cabeza. Su actitud la delataba como niña de familia bien pero con un toque de campechanía; era una mística trascendentalista; creía en el poder oculto de los árboles y cosas así. Y también se tomaba en serio lo de la reencarnación. Manteníamos conversaciones extrañas.
—En otra vida, yo podría haber sido tú —soltaba.
—Ya, pero entonces no habría sido la misma persona en esa vida.
—Es verdad. Hay que tener eso en cuenta.
Ese mismo día, mientras estábamos sentados charlando, me preguntó si había oído hablar de Woody Guthrie. Le respondí que sí, que lo había escuchado en los discos de Stinson con Sonny Terry y Cisco Houston. Entonces quiso saber si había escuchado sus discos en solitario. Le contesté que me parecía que no. Flo me dijo que su hermano Lyn tenía algunos de sus discos y que me llevaría a su casa para que los escuchase; no podía ir por la vida sin haber escuchado a Woody Guthrie. De su tono se desprendía que se trataba de algo verdaderamente importante, por lo que consiguió suscitar mi interés. La casa de su hermano no estaba muy lejos de allí, a un kilómetro más o menos. Su hermano Lyn, abogado del servicio de asistencia social del ayuntamiento, llevaba pajarita y gafas como James Joyce. A lo largo del verano nos habíamos visto en un par de ocasiones. Lo había visto tocar algunas canciones folk, pero como no hablaba mucho nunca había departido con él, ni él me había invitado a escuchar discos.
Estaba en casa cuando Flo me hizo pasar. Nos dio permiso para hurgar en su discoteca, sacó algunos álbumes de 78 y me los recomendó especialmente. Uno era «Spirituals to Swing Concert at Carnegie Hall»; una colección de discos de 78 con Count Basie, Meade Lux Lewis, Joe Turner y Pete Johnson y Sister Rosetta Tharpe, entre otros. La otra colección era aquélla de la que me había hablado Flo: una serie de cerca de doce dobles, también de 78, de Woody Guthrie. Puse uno en el plato y cuando la aguja descendió, me quedé anonadado; no sabía si iba ciego o sobrio. Escuché a Woody cantar gran cantidad de sus propias composiciones, canciones como Ludlow Massacre, 1913 Massacre, Jesus Christ, Pretty Boy Floyd, Hard Travelin’, Jackhammer John, Grand Coulee pam, Pastures of Plenty, Talkin’ Dust Bowl Blues y This Land Is Your Land.
Oír todas esas canciones, una tras otra, me dejó mareado, con ganas de gritar. Era como si la tierra se abriera a mis pies. Ya había escuchado a Guthrie con anterioridad, pero sólo alguna canción aislada; en general cosas que interpretaba con otros artistas. De hecho, no lo conocía, al menos no con esa contundencia aplastante. No daba crédito. Guthrie captaba como nadie la esencia de las cosas. Era tan poético, duro y rítmico a la vez… Transmitía una gran intensidad, y su voz era como un estilete. No tenía nada que ver con el resto de los cantantes que había escuchado, ni tampoco sus canciones. Su estilo personal, el modo en que su lengua iba desgranando la letra, tumbaba de espaldas. Era como si el tocadiscos me hubiera agarrado para arrojarme contra la pared. Me fijé muy bien en su dicción. Tenía una técnica muy trabajada en la que al parecer nadie había pensado. Soltaba el sonido de la última letra de una palabra cuando le apetecía y la cosa causaba el efecto de una andanada. Las canciones en sí, su repertorio, eran inclasificables. Presentaban una huella indeleble de humanidad. Entre todas aquellas composiciones no había una sola mediocre. Woody Guthrie arrasaba con todo lo que encontraba a su paso. Para mí fue como una revelación, como si un ancla muy pesada acabara de sumergirse en las aguas de un puerto.
Pasé toda la tarde escuchando a Guthrie, sumido en una especie de trance, y sentí que había descubierto algún principio básico del autodominio, que me había metido en el bolsillo interior del sistema y que por fin era yo mismo. Una voz en mi cabeza decía: «Así que se trataba de esto». Podía cantar todas esas canciones, sin excepción, y no deseaba cantar otra cosa. Era como si hubiera estado a oscuras y alguien hubiera activado un pararrayos.
Además, me invadió una fuerte curiosidad acerca del hombre que había detrás de aquella música. Tenía que averiguar quién era Woody Guthrie. No me llevó mucho tiempo. Dave Whittaker, uno de los beatniks con aire de chamán de aquel ambiente me prestó su autobiografía, Bound for Glory. La devoré de principio a fin de una sentada, bebiendo cada palabra. El libro me cantaba como una radio. Guthrie escribe como un torbellino, y el mero sonido de las palabras basta para colocarte. Puedes abrir el libro por cualquier página; todas desbordan energía. ¿Quién es él? Un ex rotulista errabundo de Oklahoma, un antimaterialista que creció durante la Depresión, en los tiempos de las tormentas de polvo; emigró al Oeste, tuvo una infancia trágica, una vida marcada por el fuego, tanto figurativa como literalmente. Es un vaquero cantante, pero es más que eso. Woody posee un alma profundamente poética; es el poeta de la tierra reseca y del cieno espeso. Guthrie divide el mundo entre los que trabajan y los que no y está interesado en la liberación de la humanidad y en crear un mundo donde valga la pena vivir. Bound for Glory es un libro tremendo, gigantesco, casi excesivo.
Pero sus canciones van más allá de eso, e incluso aunque no hayas leído el libro, acabas por enterarte de quién fue gracias a ellas. Para mí, aquellas composiciones hicieron que todo lo demás se detuviese de un frenazo. Entonces, allí mismo, decidí no interpretar más canciones que las de Guthrie. Prácticamente no tenía opción. Me gustaba mi repertorio tal como estaba, con temas como Cornbread, Meat and Molasse, Betty and Dupree y Pick a Bale of Callan, pero decidí dejarlo todo de lado por una temporada, sin saber si lo retomaría. A través de las composiciones de Woody, mi visión del mundo empezaba a aclararse. Me propuse convertirme en su mayor discípulo. Sin duda valdría la pena. Casi lo consideraba un pariente. Desde la distancia y sin haberlo visto jamás, veía su rostro con nitidez en mi mente. Guardaba cierto parecido con mi padre en sus años mozos. Yo sabía muy poco de Woody. Incluso ignoraba si seguía vivo. Al leer el libro, uno se queda con la impresión de que es un personaje del pasado. Sin embargo, Whittaker me informó de que estaba enfermo en algún lugar del Este, y eso me hizo pensar.
En el transcurso de las semanas siguientes regresé varias veces a casa de Lyn para escuchar aquellos discos. Por lo visto nadie tenía tantos como él. Uno a uno, empecé a aprendérmelos todos. Me sentía muy vinculado a estas canciones a todos los niveles. Eran cósmicas. Woody Guthrie jamás me había visto ni había oído hablar de mí, de eso estoy seguro, pero era como si lo oyese decir en mi cabeza: «Me voy a ir, pero lo dejo en tus manos. Sé que puedo contar contigo».
Ahora que había cruzado la línea divisoria, estaba condenado a cantar únicamente canciones de Guthrie, en fiestas, en los cafés, por las esquinas, con Koerner o sin él; si hubiera tenido una ducha también las habría cantado allí. Había muchas, y fuera de las más conocidas, resultaban difíciles de encontrar. No había reediciones de sus discos más antiguos; sólo estaban los originales, pero yo estaba determinado a mover cielo y tierra para encontrarlos. Incluso me acerqué a la sección de Folkways de la biblioteca pública de Minneapolis (las bibliotecas eran, por algún motivo, los lugares que albergaban mayor cantidad de discos de Folkways). Siempre que venía un cantante a la ciudad, yo intentaba averiguar qué canciones de Guthrie conocía. Empezaba a formarme una idea de lo extraordinariamente amplia que era la gama de sus composiciones: baladas sobre Sacco y Vanzetti, canciones infantiles o sobre la polvorienta zona central del país, temas que hablaban de la construcción de la presa de Grand Coulee, canciones sobre enfermedades venéreas, baladas de sindicatos y trabajadores, y hasta ásperas baladas de desencantos amorosos. Cada una de ellas semejaba un edificio imponente en el que se desarrollaban múltiples tramas, todas ellas apropiadas para situaciones distintas. Woody confería peso a cada una de sus palabras; pintaba con ellas. Eso, junto con su particular forma de cantar, su fraseo característico y el tono aparentemente inexpresivo propio del Oeste árido, aunque sorprendentemente grave y melódico, penetraba como una sierra radial en mi cerebro, y yo trataba de emularlo a toda costa. Quizá mucha gente consideraba que las canciones de Woody habían quedado anticuadas, pero yo no. Para mí eran plenamente vigentes, actuales e incluso proféticas. Ya no me veía a mí mismo como a un joven cantante folk de tres al cuarto que acababa de empezar de cero seis meses antes. Me sentía más bien como si me hubieran ascendido de recluta a caballero de honor, con galones y estrellas doradas.