Crónicas. Volumen I
4. «Oh Mercy»
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
ERA 1987, y estaba recuperándome de un accidente espantoso que me había lesionado terriblemente la mano. Aplastada y desgarrada hasta el hueso, aún se encontraba en estado grave; ni siquiera la sentía como mía. No sabía lo que se me había venido encima en ese vuelco insólito del destino. Todas las posibilidades que se abrían ante mí se habían ido al garete. Tenía cien actuaciones programadas para después del invierno, y no estaba claro que pudiera llevarlas a cabo. Fue como un jarro de agua fría. Todavía estábamos en enero, pero mi mano iba a necesitar mucho tiempo para sanar y rehabilitarse. Al mirar a través de la puerta vidriera el jardín cubierto de maleza, con la mano escayolada casi hasta el codo, me di cuenta de que era muy posible que mis días de conciertos hubiesen llegado a su fin. En cierto sentido, habría sido lo apropiado, pues había estado engañándome hasta entonces, explotando el poco o mucho talento que tenía hasta sobrepasar el límite. Había cobrado conciencia de ello hacía un tiempo. Recientemente, no obstante, el panorama había cambiado y ahora las implicaciones históricas de la situación me fastidiaban.
Habíamos administrado al público una dosis regular de mis grabaciones discográficas durante años, pero al parecer mis actuaciones en vivo nunca captaron el alma de las canciones; narraban el efecto preciso. La intimidad, entre muchas otras cosas, se perdía.
Para los oyentes debió de ser como avanzar por entre huertos abandonados y malas hierbas. Ahora, mi audiencia o futura audiencia podría explorar los campos recién arados en los que estaba por adentrarme. Había muchas razones para todo ello, razones por las que el whisky se había evaporado. Siempre había sido prolífico, pero nunca exacto, y demasiadas distracciones habían transformado mi senda musical en una maraña de enredaderas. Mantenía hábitos establecidos hacía largo tiempo, pero no funcionaban. Las ventanas llevaban años cegadas y cubiertas de telarañas, y no es que yo no lo supiera.
Antes de eso, las cosas habían cambiado, y no de un modo abstracto. Pocos meses atrás había ocurrido algo fuera de lo común y descubrí una serie de principios dinámicos que me permitirían transformar mis actuaciones. Mediante la combinación de ciertos elementos técnicos que se activan unos a otros podía modificar los niveles de percepción, estructuras temporales y sistemas rítmicos, para insuflar vida a mis canciones, levantadas de la tumba. Distendía sus cuerpos y los enderezaba. Era como si partes de mi psique se comunicaran con ángeles. Un gran fuego ardía en el hogar, y el viento lo hacía aullar. Se había alzado el telón. En Navidad se desató un tornado que se llevó a los Santa Claus impostores y los escombros. Resultaba desconcertante que esto hubiese tardado tanto en producirse. Era una putada que no hubiera sucedido antes. Yo también sabía que había escrito letras perfectas para complementar el estilo de música que interpretaba. Los diez años anteriores me habían dejado exhausto y derrotado desde el punto de vista profesional. Muchas veces me acercaba al escenario antes de actuar y me sorprendía pensando que estaba faltando a mi palabra. No recordaba exactamente en qué consistía esa promesa, pero sabía que estaba en algún rincón de mi mente. Traté de centrarme, pero no di con fórmula alguna.
Quizá si la hubiera visto venir, la habría agarrado por las solapas, pero no fue así. Mis ajetreados días de actuaciones se habían espaciado hasta terminarse casi por completo. Me había disparado deliberadamente en el pie en demasiadas ocasiones. Es bonito que te conozcan como leyenda —la gente paga para verlas—, pero para la mayoría basta con una vez. Hay que cumplir, sin desperdiciar tu tiempo ni el de los demás. No había desaparecido de escena, aunque el camino se había estrechado y estaba casi bloqueado cuando esperaba que estuviese totalmente despejado. Pero todavía no me había ido. Seguía vivo, remoloneando en la calzada. Notaba la ausencia de una persona dentro de mí y debía encontrarla. Lo intentaba de cuando en cuando, trataba duramente de forzar las cosas. En la naturaleza hay remedio para todo, y ahí es donde suelo emprender mis búsquedas. A veces acababa en una casa flotante, móvil, esperando oír una voz, arrastrándome afanosamente, o boca arriba, de noche, en una playa salvaje y protectora, rodeado de alces, osos, ciervos y el esquivo lobo gris que acechaba no muy lejos, o escuchando la llamada del somorgujo en un tranquilo atardecer estival. Reflexionaba sobre las cosas. Pero no sirvió de nada. Me sentía acabado, los restos de un naufragio en llamas. Había demasiado ruido en mi cabeza, y me era imposible expulsarlo. Dondequiera que vaya, soy un trovador de los sesenta, una reliquia del folkrock, un rapsoda de tiempos pasados, un jefe de Estado ficticio de un lugar que nadie conoce. Me encuentro en el abismo sin fondo del olvido cultural. Llámalo como quieras. No me lo puedo quitar de encima. Cuando emerjo de los bosques, la gente me ve venir. Siempre he sabido qué están pensando. Hay que conceder a las cosas la importancia que merecen.
Había estado en una gira de dieciocho meses con Tom Petty and The Heartbreakers. Iba a ser la última. Había perdido por completo la inspiración. Toda la que tenía, ya fuera mucha o poca, había decrecido, se había disipado. Tom estaba en la cúspide, y yo en el fondo del barranco. No podía superar la desventaja. Todo había caído por tierra. Mis propias canciones me resultaban ajenas, ya no poseía la habilidad de tocar su fibra ni de penetrar bajo la superficie. Mi momento de gloria había pasado. Sólo me quedaba un canturreo hueco en la cabeza, y ya estaba ansioso por liar los bártulos y retirarme. Daría otro concierto con Petty, cobraría mi parte de la pingüe recaudación y me iría a casa. Como suele decirse, estaba acabado. Si no tenía cuidado acabaría despotricando contra la pared en un desvarío. El espejo se había vuelto del revés y me mostraba el futuro: un viejo actor hurgando en los cubos de basura junto al teatro donde había cosechado sus viejos éxitos.
Yo había compuesto y grabado innumerables canciones, pero no tocaba muchas en vivo. Creo que mi repertorio se reducía a unas veinte. Las demás se me antojaban demasiado crípticas, impulsadas por una fuerza oscura, y ya no era capaz de hacer nada radicalmente creativo con ellas. Era como llevar conmigo a todas partes un paquete de carne podrida. No entendía de dónde venían. La chispa se apagó y la cerilla se consumió. Empecé a interpretar el material maquinalmente. Por mucho que lo intentara, los motores no se ponían en marcha.
Benmont Tench, uno de los músicos del grupo de Petty, siempre me pedía, casi implorante, que incluyera otros temas en las actuaciones. «Chimes of Freedom, ¿lo probamos? ¿Y My Back Pages, o Spanish Harlem Incident?» Yo siempre me inventaba alguna excusa patética. De hecho, no sé quién se excusaba, pues le había cerrado la puerta a mi propio yo. El problema residía en que después de confiar durante tanto tiempo en el instinto y la intuición, ambas musas se habían convertido en buitres que me estaban dejando en los huesos. Incluso la espontaneidad se había convertido en una cabra ciega. No había atado bien las balas de paja, y el viento empezaba a asustarme.
La gira con Petty se dividió en varias etapas, y durante uno de los recesos, uno de los organizadores, Elliot Roberts, me contrató para unas actuaciones con The Grateful Dead. Me hacía falta ensayar con el grupo para aquellos bolos, así que me fui a San Rafael para reunirme con ellos. Pensé que sería tan fácil como saltar la comba. Después de más o menos una hora, me quedó claro que el grupo quería ensayar más canciones de las que yo solía interpretar con Petty. Querían repasarlo todo, los temas que les gustaban, los menos conocidos. Me hallaba en una situación peculiar y oía en mi cabeza el chirrido de los frenos. Si lo hubiera sabido, quizá no me habría apuntado. No sentía un apego particular por ninguna de aquellas canciones y no sabía cómo cargarlas de significado. Además, seguramente muchas de ellas sólo las había cantado una vez, en el momento de su grabación. Había tantas que me resultaba imposible distinguir entre ellas, temía que acabara por confundir las palabras de unas y otras. Necesitaba armar bloques de letras para comprender de qué hablaban, y cuando las estudié, especialmente las de las composiciones más antiguas y oscuras, me sentí incapaz de imprimir algo de emoción a aquel material.
Me sentía como un bobo y no tenía ganas de quedarme. Es posible que todo aquello fuera un error. A lo mejor me convenía recluirme en una institución mental y pensar en ello.
Después de decir que me había dejado algo en el hotel, salí a la calle Front y eché a andar con la cabeza gacha bajo la llovizna. No pensaba volver. Si has de mentir, hazlo deprisa y lo mejor que sepas. Me dirigí calle arriba, unas cinco o seis manzanas, hasta que llegó a mis oídos el son de una banda de jazz algo más adelante. Tras cruzar la puerta de un bar diminuto, paseé la vista por el interior y vi que los músicos tocaban en el otro extremo del local. Llovía y había poca gente. Alguien se reía de algo. Aquello parecía la última parada del tren a ninguna parte, y el ambiente estaba cargado de humo. Algo me invitaba a adentrarme, de modo que recorrí la barra larga y estrecha hacia donde se encontraban los músicos, tocando sobre un estrado ante una pared de ladrillo. Me quedé a un metro del escenario, me acodé sobre la barra, pedí un gin-tonic y me volví hacia el cantante. Era un hombre mayor vestido con traje de mohair, tocado con una gorra de plato y una corbata lustrosa. El batería llevaba un vaquero Stetson, y tanto el bajo como el pianista iban pulcramente vestidos. Interpretaban baladas de jazz, cosas como Time on My Hands y Gloomy Sunday. El cantante me recordaba a Billy Eckstine. No era muy enérgico, pero no tenía por qué; aunque estaba relajado demostraba su natural poderío al cantar. De pronto y sin previo aviso, me asaltó la sensación de que el tipo tenía una ventana abierta a mi alma, de que me decía: «Deberías hacerlo así». De repente, comprendí una cosa más rápidamente de lo que jamás me había percatado de algo. Percibía el esfuerzo que le costaba reunir esas energías, lo que hacía para conseguirlas. Sabía de dónde procedían y no era de la voz, aunque fue ésta lo que me devolvió a mis sentidos de improviso. «Yo solía hacer lo mismo —pensé—. Fue hace mucho tiempo, y me salía solo». Nadie me lo había enseñado. Se trataba de una técnica sumamente elemental y sencilla que había olvidado, como quien olvida cómo atarse los zapatos. Me preguntaba si sería capaz de recuperarla. Al menos, quería una oportunidad para intentarlo. Si de algún modo lograba acercarme al dominio de esa técnica, podría superar aquella carrera de obstáculos.
Regresé al local de ensayo de The Grateful Dead como si nada hubiera pasado, reanudé el trabajo donde lo había dejado, impaciente. Nos pusimos a ensayar una de las canciones que ellos querían, y yo probé a poner en práctica el método que empleaba el viejo cantante. Tenía la corazonada de que algo iba a pasar. De entrada, resultó trabajoso, como taladrar granito. Notaba el sabor del polvo en la boca. Pero, milagrosamente, algo brotó desbocado de mi interior. Al principio todo lo que conseguí fue un carraspeo atragantado por la sangre que estalló en el fondo de mi ser primario pero no hizo parada en el cerebro. Nunca antes me había sucedido algo así. Escocía, pero me sacaba del letargo en que me hallaba sumido. El plan no estaba plenamente urdido; iba a necesitar unos cuantos retoques, pero capté la idea. Debía concentrarme al máximo para servirme de más de una estratagema a la vez, pero ahora sabía que podía interpretar cualquiera de aquellas canciones sin restringidas al mero mundo de las palabras. Era toda una revelación. Llevé a cabo aquellos bolos con The Grateful Dead sin una vacilación. Tal vez me habían puesto algo en la bebida, no sé, pero todo lo que se les ocurría me parecía bien. Se lo debía al viejo cantante de jazz.
Me volví a juntar con Petty para la última parte de aquella dilatada gira y le aseguré a la banda de Tom que estaba dispuesto a tocar cualquier cosa que quisieran. Empezamos en Oriente Medio con dos conciertos en Israel, uno en Tel Aviv y otro en Jerusalén, luego pasamos a Suiza, y de ahí a Italia. En esos primeros cuatro canté ochenta canciones distintas, sin repetir ninguna, sólo para averiguar si era capaz. Parecía fácil. Recurría a entonaciones difíciles pero altamente eficaces. Gracias a ese nuevo enfoque programático de la técnica vocal, nunca perdía la voz y podía cantar sin pausa ni fatiga.
Noche tras noche, salía a actuar en piloto automático. Independientemente de todo aquello, seguía pensando en dejarlo, retirarme de la escena. No pretendía ir más allá ni me había convencido de lo contrario. Además, no creía tener ya muchos seguidores. Incluso en aquella gira, por numeroso que fuera el público, en su mayoría asistían para ver a Petty. De todos modos, antes de juntarme con él no salía de gira con regularidad. Me hastiaba tener que reunir y disolver grupos para una tanda de treinta o cuarenta conciertos. Resultaba monótono. Mis interpretaciones se habían vuelto rutinarias, y la liturgia me aburría. Incluso en los bolos con Petty, divisaba personas entre la multitud que parecían peleles de una barraca de tiro; no había conexión con ellos; no eran más que sujetos aleatorios. Estaba harto de aquello, harto de vivir en un espejismo. Llegaba el momento de partir peras. La perspectiva del retiro no me abrumaba en absoluto. Había dado vueltas a la idea y me había acomodado a ella. Lo único que cambiaba desde entonces era que actuar ya no suponía un esfuerzo agotador para mí. Navegaba por inercia.
Pero, repentinamente, una noche, en la Piazza Grande de Locarno, Suiza, todo se vino abajo. Me precipité por unos instantes en un agujero negro. El escenario estaba al aire libre y soplaba un vendaval que amenazaba con llevárselo todo por delante. Abrí la boca para cantar y el aire se tensó; la presencia vocal se había extinguido, y no salió nada. No daba crédito: las técnicas no estaban funcionando. Pensaba que lo tenía todo bajo control, pero no era más que otro truco. Uno lo pasa mal en situaciones así. Puedes acabar por sucumbir a un ataque de pánico. Estás ante treinta mil personas que te miran, y no sale nada. Las cosas a veces adquieren visos de lo más absurdo. Pensando que no tenía nada que perder y sin tomar ningún tipo de precaución, eché mano de otro tipo de mecanismo para arrancar los resortes que no funcionaban. Lo hice automáticamente, a partir de la nada; lancé mi conjuro para expulsar al demonio. Fue como si un pura sangre hubiera cargado contra el vallado. Todo volvió a su sitio y en forma multidimensional. Incluso yo me sorprendí. Me quedé temblando. Inmediatamente, despegué a las alturas. Esta novedad se había producido ante los ojos de todo el mundo. Puede que la gente percibiera cierto cambio de energía, pero eso fue todo. Nadie notó la metamorfosis. La energía afluía ahora desde cien direcciones distintas, completamente impredecibles. Poseía una facultad nueva que parecía superar todos los otros requisitos humanos. Si quería un objetivo diferente, ya lo tenía. Era como si me hubiera convertido en otro músico, desconocido en toda la extensión de la palabra. En más de treinta años de actuaciones, nunca había visto aquel lugar, nunca lo había visitado. Si yo no hubiera existido, alguien tendría que haberme inventado.
Los conciertos con Petty terminaron en diciembre, y en lugar de quedarme varado al final de la historia, estaba en la antesala de una nueva. Mi decisión de retirarme podía esperar. A lo mejor resultaría interesante empezar de nuevo, ponerme al servicio del público. Sabía que me llevaría años perfeccionar y refinar aquel lenguaje, pero mi fama y reputación me brindaban la oportunidad. Parecía el momento justo para ello. Un día después del fin de la gira, estaba sentado en el St. James Club de Londres con Elliot Roberts, que había organizado los conciertos con Petty y The Grateful Dead, y le comenté que necesitaba dar doscientos conciertos el año siguiente. Elliot, con su pragmatismo característico, me aconsejó que me tomara un par de años sabáticos y regresara luego.
—La cosa está perfecta como está —dijo—. No la toques.
—No —repuse—. No está perfecta y debo corregirla.
Vacié la última botella de cerveza en dos vasos y lo oí decir que quizá sería más práctico esperar hasta la primavera, pues necesitaba más tiempo para montarlo.
—Muy bien —accedí—. Está bien.
—Te conseguiré también el grupo —se ofreció.
—Claro, no hay problema.
Me parecía fabuloso. Ni se me había ocurrido la posibilidad de que alguien se ocupara de encontrarme grupo. Me quitaba un gran peso de encima. También le dije que quería que programase un número parecido de conciertos en las mismas ciudades para los dos años siguientes: un plan trianual que cubriese aproximadamente las mismas poblaciones. Calculé que tardaría al menos tres años en regresar al punto de partida, en encontrar el público adecuado o en conseguir que el público adecuado me encontrara a mí. Mi razonamiento era el siguiente: tras el primer año, buena parte del público mayor dejaría de asistir, pero fans más jóvenes se traerían consigo a sus amigos para el segundo año y la asistencia sería más o menos la misma. Y al tercer año, aquella gente, a su vez, se traería también a sus amigos, y eso constituiría el núcleo de mi público futuro. El hecho de que algunas de mis canciones tuvieran más de veinte años no importaba. Debía empezar por abajo y todavía no había llegado. Todo aquello interrumpía el desarrollo evolutivo normal, por lo que nadie se lo esperaba. Sin saberlo a ciencia cierta, algo me decía que había creado un nuevo género, un estilo que todavía no existía y que sería enteramente mío. Todos los cilindros se hallaban en estado operativo, y el vehículo necesitaba pasajero. Sin duda, me convenía un público nuevo porque el mío ya había crecido con mis discos y, comprensiblemente, no estaba en condiciones de aceptarme como artista nuevo. En muchos sentidos, ese público andaba de capa caída y había perdido reflejos. Venían a mirar sin participar. Eso no me importaba, pero el tipo de multitud que iba a tener que encontrarme no debía estar al tanto de qué pasó ayer. Había alcanzado una fama enorme que bastaba por sí sola para llenar estadios, pero era como un diploma pintoresco que no me daba acceso a ninguna universidad. Los promotores tampoco querían saber nada de mí. Se habían quemado a menudo en el pasado y no se les había pasado el enfado. Decían cosas como: «Estoy contigo en todo —y al momento añadían—: pero no puedo hacerlo». En realidad, yo era poco más que un músico de cabaret. Apenas llenaba pequeñas salas. No había atajos milagrosos. En cuanto a los críticos, no tenían problemas para ponerme verde, de modo que no podría contar con ellos para relatar mi historia. En cualquier caso, los periodistas musicales, en su mayoría, se habían convertido en poco más que profesionales de las relaciones públicas. Sólo me quedaba el boca oreja. Me aferraría a ello como a un clavo ardiendo. Este tipo de publicidad se propaga como un incendio, no se detiene ante nada. Me habría gustado ser al menos veinte años más joven y ser un recién llegado a la escena. Pero ¿qué iba a hacer? Habría agradecido cualquier ayuda, aunque no la esperaba. Ya llevaba demasiado tiempo en aquel mundillo para eso. Iba a hacer lo que me recomendaba Roberts: aguardar a la primavera. Me iría a casa sabiendo que me hallaba a las puertas de algo; quizá algo no tan puro como el agua de lluvia, pero que, fuera lo que fuese, se haría más profundo con los años.
La primavera se me presentaba como una larga espera, pero puedo ser paciente. Quizá debía buscarme algo para leer. Ya vendrían muchos días en los que todo cobraría sentido. Mi destino se me figuraba plata brillando al sol. La vida había perdido sus efectos tóxicos. Ya no tenía por qué quejarme… Y entonces sucedió.
Al regresar de la sala de urgencias con el brazo sepultado en y eso, me desplomé en una silla, abrumado por una carga muy pesada. Era como si una pantera se hubiera abalanzado sobre mí para desgarrarme la piel andrajosa. Dolía mucho. Después de estar en el umbral de un proyecto arrojado, innovador y audaz, estaba ahora acabado, en el umbral de la nada. Aquella podía ser la última vuelta de tuerca. El sendero acababa allí. Pocas horas antes, acariciaba un plan saludable y metódico. Estaba deseando que llegara la primavera, ilusionado por subirme de nuevo al escenario donde desempeñaría los papeles de autor, actor, apuntador, director de escena, público y crítico. Sería distinto de todo lo que había hecho hasta entonces. Ahora, contemplaba ante mí la oscuridad de la que parecían emanar todas las cosas. Al igual que Falstaff, había estado pasando de una obra a otra, pero ahora el propio destino me había jugado una trastada de pesadilla. Ya no era Falstaff.
Mis ojos habían perdido su brillo, y nada podía hacer. Salvo refunfuñar. He aquí por qué: aparte de la nueva técnica vocal que había empezado a emplear con entusiasmo, algo más me ayudaría a dar nueva vida a mis canciones. Hasta entonces, al parecer, siempre me había acompañado a mí mismo a la guitarra. Tocaba con la púa al más puro estilo de la Carter Family, más o menos de forma rutinaria. Esta forma de tocar siempre había sido clara y legible, pero no reflejaba mi psique. No tenía por qué. Resultaba práctica, pero ahora también la iba a dejar de lado para reemplazarla por algo más activo, con una presencia más definida.
Ese estilo no lo inventé yo. Me lo había enseñado Lonnie Johnson a principios de los sesenta. Lonnie era un gran artista de jazz y blues de los años treinta que seguía actuando tres décadas después. Robert Johnson había aprendido mucho de él. Una noche me llevó aparte y me enseñó un modo de tocar basado en un sistema ternario en lugar de binario. Me hizo tocar unos acordes y me mostró cómo hacerlo. Era algo que él conocía, pero que no utilizaba constantemente, pues tenía un repertorio muy variado. «Esto quizá te sirva de algo», me dijo, y tuve la impresión de que estaba revelándome un secreto, aunque por entonces no le vi mucha utilidad porque yo necesitaba rasguear la guitarra a fin de expresar mis ideas. Se trata de un método que requiere un control considerable y se basa en las notas de una escala, en el modo en que combinan numéricamente, en las melodías que forman a partir de tresillos y que van ligadas al ritmo y las progresiones de acordes. Yo nunca había recurrido a ese estilo, no me parecía tener sentido. Pero de pronto me había venido a la cabeza de nuevo y caí en la cuenta de que ese modo de tocar revitalizaría mi mundo. El método funciona en mayor o menor grado según pautas diferentes y la síncopa de la pieza. Poca gente lo ha adoptado porque no tiene nada que ver con la técnica, que es lo que los músicos se esfuerzan durante toda su vida por dominar. Probablemente, nadie que no fuera también cantante prestaría la menor atención al método en cuestión. A mí no me costó asimilarlo. Entendía las reglas y los elementos básicos porque Lonnie me los había enseñado perfectamente. Ahora era cosa mía extirpar todo lo que no encajara. Tendría que depurar el estilo y adaptar mi forma de cantar a él.
El método funciona de manera cíclica. Dado que quien lo pone en práctica piensa en números ternarios, está ajustándose a un sistema de valores distinto. La música popular se basa normalmente en el número 2 y luego se rellena con tramas, colores, efectos y adornos para conseguir un efecto. Sin embargo, el resultado en conjunto suele ser deprimente y opresivo; un callejón sin salida que en el mejor de los casos llega a durar por pura nostalgia. Si te sirves de un sistema numérico impar, muchos elementos que fortalecen la actuación se conjugan para convertirla en algo memorable. No hace falta planificar ni pensar por adelantado. En una escala diatónica hay ocho notas, y en una pentatónica, cinco. Si estás utilizando la primera y formas una frase con los grados 2, 5 y 7 Y la repites, se crea una melodía. O bien puedes usar 2 tres veces. O bien 4 una vez, y 7 dos. Hay infinidad de combinaciones, y cada vez surge una melodía diferente. Las posibilidades son ilimitadas. La canción se ejecuta a sí misma en varios frentes, lo que te permite prescindir de los hábitos musicales. Todo lo que necesitas es un batería y un bajo, y cualquier deficiencia resulta irrelevante siempre y cuando te ciñas al sistema. Con un poco de imaginación, puedes tocar notas a intervalos y entre los acentos del segundo y cuarto tiempos, creando líneas de contrapunto, y entonces cantar encima de ello. No tiene ningún misterio ni se trata de un truco técnico. El planteamiento va en serio. Yo iba sacar mucho jugo a ese estilo, un diseño delicado sobre cuya base dispondría la estructura de cualquier pieza que interpretara. El oyente reconocería y sentiría la dinámica inmediatamente. Las cosas podían estallar o replegarse en cualquier momento, y no habría modo de predecir la conciencia de las canciones. Además, dado que todo esto funciona según su propia fórmula matemática, no falla. No soy numerólogo. No sé por qué el número 3 es metafísicamente más poderoso que el 2, pero es así. La pasión y el entusiasmo, que a veces bastan para emocionar a la multitud, ni siquiera resultan imprescindibles. Siempre te puedes sacar un as de la manga y hay un infinito número de patrones y frases que sirven para pasar de un tono a otro. Todo parece engañosamente sencillo. Uno adquiere poder con el mínimo esfuerzo, confía en que los oyentes aten sus propios cabos, y raramente dejan de hacerlo. Los errores de cálculo suelen ser más bien inocuos. Siempre y cuando los detectes, puedes invertir arquitectónicamente la dinámica en un segundo.
Se trata sin duda de un estilo que beneficia al cantante. Se acomoda perfectamente a las canciones de orientación folk y las de jazz-blues. Yo necesitaba adoptarlo, aunque sin hacerme notar en exceso, pues la música que iba a tocar era básicamente orquestal y, por tanto, habría una combinación de instrumentos interpretando su parte. No tenía tiempo que invertir en aquello, no me veía capaz de conseguirlo. Debía ser más sutil. Me parecía que si mi instrumento quedaba sepultado bajo la mezcla, donde sólo yo alcanzara a oído, el efecto sería más certero. No intentaba convertirme en guitarra solista ni impresionar a nadie. Lo que necesitaba era basar el fraseo de la canción en el esqueleto de lo que yo tocaba. Lo ideal para mí habría sido tomar una canción y tocarla varias veces delante de un musicólogo a fin de que escribiese los arreglos para una versión orquestal. La orquesta podría incluso interpretar la melodía principal. Yo ni siquiera tendría que estar allí.
Lo que era diferente acerca de esto es que en el pasado mis discos no presentaban arreglos cinéticos de ninguna clase. En el estudio sólo bosquejábamos las canciones, pero nunca las extraíamos de las tinieblas. Siempre había demasiados problemas: lidiar con el fraseo de la letra, cambiarla, modificar las líneas melódicas, la tonalidad, el tempo, cualquier cosa al tiempo que se intentaba dar con la identidad estilística de la canción. Quienes habían seguido mi evolución a lo largo de los años y pensaban que conocían mis canciones tal vez quedarían algo confundidos por el modo en que iban a interpretarse a partir de ahora. El efecto global sería fisiológico; las estructuras de tresillo moldearían melodías a intervalos. En eso consistiría el alma de la canción, y no necesariamente en su contenido lírico. Tenía fe en este sistema y sabía que funcionaría. Me atraía tocar de ese modo. Mucha gente diría que las canciones habían sido alteradas y otros que así deberían haber sonado de entrada. Podrías elegir.
Una vez que comprendí lo que hacía, descubrí que no era el primero, que Link Wray había hecho lo mismo en su clásico Rumble muchos años antes. El tema de Link no tenía letra, pero lo tocaba con el mismo sistema numérico. Yo jamás habría podido identificar de dónde provenía la energía de la canción, porque el sonido me hipnotizaba. Creo que también vi a Martha Reeves emplear el mismo método. Años atrás había asistido en Nueva York a una de sus actuaciones con Motown Revue. El grupo era incapaz de mantener su ritmo, no tenía idea de lo que ella hacía y se limitaba a seguirla trabajosamente. Martha tocaba la pandereta marcando tresillos, la sostenía junto a su oído y fraseaba la canción como si la pandereta fuera el grupo entero. Con una pandereta no se pueden ejecutar líneas melódicas, pero el concepto es parecido.
Cuando Lonnie me enseñó aquello tantos años atrás fue como si me estuviera contando algo en otro idioma. Entendí la etimología, pero no le veía aplicaciones posibles. Ahora se me encendió la luz y había llegado el momento de meterme de lleno en ello. Con un encantamiento nuevo para conferir a mi voz una presencia definida podía llegar lejos, sacar inconscientemente muchos trapos sucios al sol. Los tresillos temáticos creaban un ambiente hipnótico. Incluso llegaba a hipnotizarme a mí mismo. Podría hacer eso una noche tras otra, sin caer en la fatiga ni el hastío. Contaba con todo el bagaje técnico que iba a necesitar. Mi público dejaría de ser un ejército sombrío de gente sin rostro. Naturalmente, algunos de ellos seguirían concentrándose únicamente en las letras y posiblemente quedarían consternados al notar que el rasgueo del compás binario al que se habían habituado durante tanto tiempo ahora estaba desplazado, replanteado para impulsar la canción hacia el corazón de territorios ignotos. Pero daba igual, seguro que lo soportarían.
En cualquier caso, yo llevaba demasiado tiempo congelado en el templo secular de un museo. El método no es en absoluto complicado. Hay miles, tal vez millones, de variaciones de estas pautas, de modo que nunca se te agotan las ideas. Siempre te encuentras delante de un camino por explotar. No se trata de algo particularmente abstruso, es geométrico. No se me dan muy bien las mates, pero sé que el universo se rige según principios matemáticos, los entienda o no, y me iba a dejar orientar por ello. Mi modo de tocar iba a comunicar equilibrio a mi voz, y yo me serviría de diferentes algoritmos a los que el oído no está habituado, aunque debería.
Todo esto llegaba en el momento oportuno de mi vida. Sería como si me hubiese tocado la lotería. Mis letras, algunas escritas veinte años atrás, eclosionarían ahora musicalmente como una nube de hielo. Nadie tocaba así, y yo lo consideraba una nueva forma de música, estricta y ortodoxa. Nada de improvisación, sino todo lo contrario. Improvisar no me habría hecho ningún bien; me habría llevado en la dirección opuesta. Además, no hace falta estar de un humor en particular para tocar así. No funciona por emoción. Eso constituía otro factor positivo. Desde hacía tiempo había ido abandonando cantidad de canciones como conejos muertos. No sucedería más. Por desgracia, necesitaba dos manos. Si no podía tocar, nada iba a mejorar. Nada estaría bien del todo.
Era mediodía y andaba arrastrándome por mi jardín, que era como los de antes. Atravesando el solar hacia un arriate de flores campestres por donde andaban mis perros y caballos, el graznido ahogado de una gaviota hendió el aire. De regreso a casa, atisbé un destello de mar entre las frondosas ramas de los pinos. No estaba cerca, pero sentía la fuerza que latía bajo sus colores. Me parecía estar atrapado en una red en la que sólo conseguía enmarañarme más si pugnaba por librarme. Me había hecho un buen tajo en la mano; había perdido toda sensibilidad. Quizá nunca sanaría, nunca volvería a su condición original, y cuanto antes me hiciese a la idea, mejor. Oh, las amargas ironías de la vida. Me habían pegado una patada cósmica en el culo. Tendría que haber llevado una cota de malla.
Las cosas cambiaron un poco a lo largo de la semana, cuando fui a ver una representación de mi hija en la escuela. La energía creativa desplegada en escena me devolvió a mis sentidos. En mitad de todo ello, sobrevinieron otras desgracias. Mi velero de veinte metros de eslora había encallado contra un arrecife en Panamá. Se había producido un error al interpretar las luces de puerto. El barco se escoró, y el timón se soltó. No podía salir del arrecife, y el viento lo arrimaba aún más. Se quedó flotando sobre un flanco durante una semana y no hubo tiempo de recuperarlo. Buena parte del aparejo se partió al tratar de enderezarlo; al final, se lo llevó el mar. Durante los diez años que lo había tenido, mi familia y yo habíamos navegado por todo el Caribe y amarrado en cada una de las islas desde Martinica hasta Barbados. Esa pérdida palidecía en comparación con la lesión de mi mano, pero le tenía mucho apego a la embarcación y la noticia fue una sorpresa desagradable.
Una noche puse la tele y vi al cantante de soul Joe Tex en el Tonight Show with Johnny Carson. Joe cantó y se fue. Johnny no lo entrevistó, como solía hacer con otros invitados. Se limitó a saludarlo desde su mesa. Carson gustaba de hablar con los invitados sobre golf y cosas así, pero no tenía nada que decirle a Joe.
Tampoco creo que hubiera tenido nada que decirme a mí. Todos sus invitados intentaban ser graciosos, mostrarse desenfadados y risueños, imitar a Gene Kelly y cantar bajo la lluvia incluso bajo un aguacero. Si yo lo hubiera hecho, habría pillado una neumonía. Tenías que comportarte como si todo fuera maravilloso. Al igual que Joe Tex, yo siempre había nadado más bien a contracorriente. Pensé que me parecía mucho más a él que a Carson y apagué la tele.
Fuera, un pájaro carpintero martilleaba un tronco en la oscuridad. Mientras estuviera vivo debía mantenerme interesado en algo. Si mi mano no sanaba, ¿qué iba a hacer con el resto de mis días? Abandonar la industria de la música, por descontado. Alejarme de ella tanto como fuera posible. Fantaseé acerca del mundo de los negocios ¿Qué podía resultar más simple y elegante que aventurarse por allí? Quizá sería interesante probar a llevar una vida convencional durante un tiempo. Estaba adelantándome a los acontecimientos. Llamé a un amigo que me puso en contacto con un agente de bolsa que compraba y vendía empresas. Ya había descartado definitivamente la posibilidad de montar una desde cero. «Estoy pensando en vender todo lo que tengo para empezar a operar comercialmente —le dije—.
¿Qué es lo que tienes?» Vino a verme a casa y se trajo consigo folletos repletos de datos y cifras sobre prácticamente todos los negocios imaginables: caña de azúcar, camiones y tractores, una fábrica de piernas ortopédicas de Carolina del Norte, otra de muebles de Alabama, una piscifactoría, plantaciones y demás. Resultaba abrumador. Sólo de mirar aquello sentía que me pesaban los párpados. ¿Cómo se decide uno entre tantas opciones, sobre todo si no tiene un interés particular en ninguna de ellas? Mi mecánico y hombre de confianza, que siempre me ayudaba a resolver problemas prácticos, dijo:
«Déjamelo a mí, jefe. Le echaré un vistazo y ya encontraré lo mejor para ti». Sabía que era perfectamente capaz de ello, de salir al mundo y encontrar algo. Por otro lado, yo no quería precipitarme ni hacer nada de lo que después pudiera arrepentirme. Le dije que concretaría una fecha en otra ocasión. No estaba muy ansioso por continuar con aquello.
Cada vez veía menos la luz del día. Me repantingaba en un sillón para descansar la vista y despertaba dos o tres horas después. Me levantaba a buscar algo y olvidaba qué había ido a buscar. Me alegro de que mi esposa estuviera por allí. En momentos así, es bueno estar con alguien que desea las mismas cosas que tú y se muestra receptivo a tu energía. Gracias a ella, no siempre me sentía sumido en un agujero dejado de la mano de Dios. Un día que ella llevaba gafas de sol metálicas me vi reflejado en miniatura y pensé en lo mucho que había empequeñecido todo.
Si había algo que no tenía ningunas ganas de hacer era componer canciones. No había escrito una en mucho tiempo, de todos modos. Lo había dejado, no estaba de humor. Además, el último par de discos que había grabado no contenía muchas composiciones mías. Como compositor adopté una actitud de lo más despreocupada. Había escrito cantidad de temas y me daba por satisfecho. Puse todo mi empeño en llegar hasta allí, había alcanzado mi meta y ya no albergaba más ambiciones al respecto. Hacía tiempo que había dejado de desvivirme por ello. Cuando surgiese una idea —si es que algún día surgía—, no hurgaría en busca de la raíz de su poder. Podría desecharla fácilmente y olvidarme de ella. No iba a forzarme a desarrollarla. Había renunciado a seguir componiendo. Ya no necesitaba más canciones.
Una noche en la que todo el mundo dormía, me senté ante la mesa de la cocina. No se divisaba en la ladera de la colina más que un manto de luces brillantes. Todo había cambiado. Escribí unos veinte versos para una canción llamada Political World, la primera de una veintena aproximada que iba a escribir a lo largo de aquel mes. Salieron de la nada. Quizá no las habría escrito si no me hubiera visto reducido a ese estado. Quizá. Eran fáciles de escribir, flotaban río abajo con la corriente. No aparecían desdibujadas o remotas, sino que las tenía ante mí, pero si las hubiese mirado fijamente, se habrían desvanecido.
Las canciones son como sueños que debes luchar por hacer realidad; países ignotos en los que hay que penetrar. Puedes escribir una canción donde sea, en el compartimento de un tren, en un barco, a caballo; el movimiento alimenta la inspiración. A veces, personas dotadas de un gran talento para componer canciones no componen ninguna porque no se mueven. Al componer aquellos temas no estaba moviéndome, al menos externamente. Aun así, me salieron como si lo estuviera haciendo. A veces, cosas que ves y oyes influyen en una canción. Puede que la canción Political World fuese fruto de los acontecimientos recientes. La carrera hacia la Casa Blanca era un tema candente, y resultaba imposible no estar al corriente de ello. Pero a mí la política no me interesaba en absoluto como forma de arte, de modo que no creo que la canción dimanase exclusivamente de esa coyuntura: su alcance es mayor. El mundo político del que habla la canción representa más bien un submundo, y no el marco en el que los hombres viven, trabajan y mueren como hombres. Pensé que con esa letra empezaba a abrir camino a través del túnel. Era como despertar de un sueño profundo y narcótico al oír el tañido de un pequeño gong de plata. Tenía el doble de versos de los que luego se grabaron. Versos como: «Vivimos en un mundo político. Banderas ondeando al viento. Nace de la nada y avanza hacia ti, como un cuchillo tajando queso».
Al fondo de la cocina, los rayos plateados de luna atravesaban el cristal emplomado de la ventana e iluminaban la mesa. La canción ya no daba más de sí, así que dejé de escribir y me mecí hacia atrás en la silla. Me entraron ganas de encender un buen puro y darme un baño caliente. Era la primera canción que escribía en mucho tiempo, y aquellas letras parecían trazadas con las garras. Sabía que si algún día volvía a grabar, aquello serviría. Era consciente de que yo no aparecía en ella, pero daba igual; no me apetecía figurar como personaje. Guardé la canción en un cajón, pues, al fin y al cabo, no podía tocarla, y me sacudí el trance de encima.
El rugido sordo de una moto se acercó por la calzada y pasó junto al garaje. Al abrir la ventana de par en par, percibí el aroma de los granados en flor que flotaba en la brisa. Paseé la vista por la belleza del paisaje. Hacía tiempo que no escribía una canción entera de corrido. Political World me recordaba a otro tema que había compuesto dos años atrás llamado Clean-Cut Kid. En aquél tampoco aparecía yo.
Al final de la semana fuimos al teatro a ver Largo viaje hacia la noche, de Eugene O’Neill. Me costó aguantar la obra hasta el final; retrataba los peores aspectos de la vida en familia, una familia compuesta por morfinómanos egocéntricos. Me alegré cuando terminó. Los personajes me daban lástima, pero no me sentí identificado con ninguno. Después, fuimos a Harvelle’s, un club local de blues en la calle Cuatro, para ver a Guitar Shorty y a J. J. «Badboy» Jones. Las actuaciones de Shorty son un auténtico espectáculo. Toca la guitarra con todo menos con las manos. Ojalá yo fuera capaz de hacerlo. Su estilo suena como el de Guitar Slim, pero es mucho más audaz. Mientras regresábamos al coche por la calle Cuatro, vi que dos polis le ordenaban a un indigente que se sostenía la cabeza entre las manos que circulase. Un spaniel diminuto se encontraba a los pies del hombre, siguiendo los movimientos del amo con sus ojos negros pequeños y brillantes. No me pareció que los agentes se enorgulleciesen de lo que hacían.
Esa misma noche empecé a escribir la canción What Good Am I? en casa. Me encerré en un pequeño taller que había en la finca. Era algo más que un taller. Contenía un equipo para soldar por arco que yo utilizaba para hacer verjas de hierro con chatarra en el recinto que semejaba un granero. El pavimento era todo de cemento, salvo por una parte, que era de linóleo. Había una mesa y una ventana con las persianas bajadas que daba a una hondonada. La canción entera se me ocurrió de golpe; no sé de dónde me vino la inspiración. Quizá la escena del indigente, el perro y los polis, aquella deprimente obra de teatro o posiblemente las virguerías de Guitar Shorty tenían algo que ver con ello.
¿Quién sabe? A veces en la vida asistes a espectáculos que te pudren el corazón y te revuelven las tripas hasta la náusea, y tratas de plasmar esa sensación sin entrar en detalles. También para ese tema escribí versos de sobra, como éste: «¿Para qué sirvo si voy pisando huevos, si me embarga un frenesí salvaje y si llevo mojada la entrepierna?». Guardé la canción en el mismo cajón en que había metido Political World. ¿Qué tendrían que decirse la una a la otra? No había compuesto melodía para ninguna de las dos. Me fui a dormir.
Mi madre y mi tía Etta, que estaban pasando unos días en casa se levantaban temprano, así que también yo quería despertarme de buena mañana. El día siguiente amaneció nublado y neblinoso. Mi tía estaba en la cocina y me senté con ella a tomar café y a charlar. La radio estaba encendida y daban las noticias de la mañana. Me impresionó mucho enterarme de que Pete Maravich, el jugador de baloncesto, se había desplomado en una cancha en Pasadena. Se cayó y ya no se levantó. Había visto jugar a Pete Maravich en Nueva Orleans, cuando los Utah Jazz eran los New Orleans Jazz. Era digno de contemplar, con su pelambrera castaña y sus calcetines holgados: el terror del mundo del baloncesto, el mago que parecía volar sobre la pista. Durante el partido que presencié, regateaba con la cabeza, marcaba de espaldas sin mirar la cesta; dribló a los contrarios a lo largo de toda la pista, lanzó la pelota al tablero y se hizo con el propio rebote. Era fabuloso. Marcó unos treinta y ocho puntos. Podía jugar a ciegas. Pete Pistola había dejado de jugar como profesional durante un tiempo y muchos lo consideraban una figura venida a menos. Pero yo no lo había olvidado. Algunas personas se difuminan, pero cuando desaparecen de verdad uno tiene la impresión de que siempre han estado en primera línea.
Empecé y acabé la canción Dignity el mismo día que oí la triste noticia de Pete Pistola. Me puse a escribirla a primera hora de la tarde, cuando las noticias matinales empezaban a diluirse, y me llevó el resto del día y parte de la noche terminarla. Es como si hubiera vislumbrado la canción ante mí y la hubiera atrapado al vuelo, como si se me hubieran presentado a la vista todos sus personajes y yo hubiese decidido unir mi suerte a la suya. A veces tengo problemas para recordar el verdadero nombre de las personas, de modo que les pongo otro que los designa con mayor precisión como hice en esa composición. Había más versos en los que interactuaban otros individuos: el Boina Verde, la Hechicera, la Virgen María, el Tipo Equivocado, Big Ben, y el Tullido y el Blanquito. La lista podría ser interminable. Un desfile de personajes identificables se coló en la letra, pero muchos, por un motivo u otro, no sobrevivieron. Escuché la pieza entera en mi cabeza, con todo: el ritmo, el tempo, la línea melódica. Sería capaz de retenerla para siempre. El viento nunca me la arrancaría de la mente. Era buena compañía. En canciones como ésa las cosas no parecen tener fin. Iluminas a alguien con una linterna y le estudias el rostro. Para mí es tremendamente sencillo, sin complicaciones; todo cobra sentido. Mientras las cosas que ves no se desdibujen en un turbio claroscuro, todo va bien. Amor, temor, odio, felicidad, todo en términos inequívocos, con mil y una ramificaciones sutiles. Esa canción es así. Cada verso prepara el terreno para el siguiente, como cuando tu pie izquierdo da un paso y el derecho lo sigue. Si hubiera poseído el don de componer así diez años atrás, me habría ido directo al estudio de grabación, pero habían cambiado muchas cosas, y el ansia y el afán de grabar se habían extinguido, ya no lo necesitaba. De hecho, ni siquiera tenía ganas. Resultaba tedioso y no me gustaban los sonidos actuales; ni los míos ni los de los demás. No sé porqué me sonaba mejor una vieja grabación en vivo de Alan Lomax, pero así era. No me veía capaz de hacer un buen disco ni aunque lo intentara durante un siglo.
Fui un día a la clínica a que me examinaran la mano. El médico dijo que la cura iba por buen camino y que posiblemente no tardaría en recuperar pronto la sensibilidad. Era una noticia alentadora. Regresé a casa; mi hijo mayor estaba sentado en la cocina con quien pronto sería su esposa. Había una sopa de pescado hirviendo al fuego y al pasar levanté la tapa para catarla.
—¿Qué te parece? —preguntó mi futura nuera.
—¿Qué hay de la salsa de whisky?
—Falta preparara —respondió.
Coloqué la tapa en su sitio y salí al garaje. El resto del día pasó volando como un soplo de viento.
La canción Disease Of Conceit tiene unos toques inconfundibles de gospel. Debo decir de nuevo que los acontecimientos suelen ayudar a concebir nuevas canciones; de vez en cuando, ponen el motor en marcha. Recientemente, la dirección de la Asamblea de Dios había expulsado al popular predicador baptista Jimmy Swaggart por negarse a dejar de predicar. Jimmy, primo de Jerry Lee Lewis, era una gran estrella televisiva. La noticia causó un gran revuelo. Se le había relacionado con una prostituta, y alguien le había tomado una foto saliendo en pantalón de chándal de su cuarto de motel. Le ordenaron que dejara el púlpito temporalmente. Lloró en público y pidió perdón, pero no consiguió que le levantaran el castigo. Sin embargo, incapaz de contenerse, reanudó sus prédicas como si nada hubiera pasado, de modo que lo apartaron del ministerio. La historia era de lo más extraña. Sin duda, Swaggart no estaba en forma y había perdido reflejos. Nada de aquello tenía el menor sentido. La Biblia está plagada de relatos similares. Muchos de aquellos viejos reyes y patriarcas tuvieron innumerables esposas y concubinas, y el profeta Oseas incluso se casó con una prostituta, lo que no le restó un ápice de santidad. Pero los tiempos habían cambiado, y Swaggart había llegado al final del trayecto. La realidad puede resultar abrumadora. También puede ser una sombra, según como la mires. En cuanto a mí, sólo me preguntaba qué aspecto debía de ofrecer aquella ramera para impeler a tan afamado predicador a revolcarse en el lodo. ¿Se trataba de una doncella escultural y de tentadora belleza? Probablemente. No podía ser de otro modo. Si perdías un solo minuto calentándote los cascos con aquellos culebrones, con lo que sale por entre las puertas y ventanas mal cerradas de todos aquellos engreídos, corrías el riesgo de acabar en un manicomio. Quizá el germen de la canción se hallaba en este incidente, pero tampoco estoy seguro. La vanidad no es necesariamente una enfermedad, sino más bien una flaqueza. Una persona vanidosa resulta fácil de engañar y, por tanto, de hundir. Digámoslo sin rodeos: un vanidoso tiene un concepto erróneo de la propia valía, una visión hinchada de sí mismo. Lo puedes manipular sin problemas si sabes qué teclas pulsar. En cierto sentido, de eso es de lo que habla la letra. La canción fue cobrando forma hasta que logré descifrar su mirada. En la calma del atardecer, no tuve que ir lejos en su busca. Como de costumbre, algunos versos se quedaron en el tintero. «Hay gran cantidad de gente soñando esta noche en el mal de la vanidad, cantidad de gente gritando esta noche por el mal de la vanidad. Te levantaré, te dejaré caer y derribaré tu casa. Cortaré un trozo de tu tarta antes de abandonar la ciudad. Agarra número y siéntate víctima del mal de la vanidad».