Dama Misericordia

Arnaldo Visconti · Capítulo 1 de 10

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Dama Misericordia

Capítulo primero

Arnaldo Visconti

Dama Misericordia

El Galante Aventurero - 04

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xico_weno 15.08.16

Título original: Dama Misericordia

Arnaldo Visconti, 1949

Ilustraciones: Jaime Provensal

Editor digital: xico_weno

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CAPÍTULO PRIMERO

 

EL PULPO

Ocho días antes de los hechos hasta ahora relatados y sucedidos en la isla de Córcega, en los albores del siglo XVI, tenía lugar en la populosa capital portuaria de la República de Génova, una reunión aparentemente frívola.

El aspecto de la casona en que verificábase la citada reunión, era vulgar y casi pobre. Los grises muros de las dos plantas, parecían rezumar líquida melancolía de abandono, y las deslustradas maderas de puertas y ventanas, proclamaban muy necesarias atenciones de aseo y pintura.

Pero de todas las habitaciones con que contaba la casa, una de ellas, únicamente, estaba amueblada suntuosa y exquisitamente.

Dorados marcos, ricos tapices, mullidas alfombras, regio mobiliario, primorosa cristalería y perfumadas velas, elevaban íntimamente a rango encopetado aquella salita de la modesta casona.

Tres eran las personas allá reunidas: dos caballeros y una dama. Tres fisonomías, tres personalidades, tres seres de excepción.

Sin ser biógrafo ni psicólogo, cualquier obtuso mortal habría determinado que aquellos tres mortales, eran de especial contextura.

Uno de ellos vestía sobriamente, y su anguloso rostro demacrado, tenía impreso el sello de una inteligencia poco común.

Barnabó Lieto, principal agente de la Banca de San Jorge en Génova, era a modo de un ciclópeo y macabro titiritero que manejando muchos hilos de los que pendían múltiples marionetas, procuraba servir escrupulosamente los intereses de la poderosa sociedad financiera, que si bien con tentáculos en muchas naciones, dedicaba preferentemente su atención a los provechosos acontecimientos bélicos de Italia.

Gustaba de repetir con frecuencia a los iniciados, que la Banca de San Jorge era un pulpo de infinitas dimensiones, y que él era modestamente, un simple tentáculo.

Su física apariencia habría podido indicar un oficio noble, tal como genial y artista, doctor letrado o experto secretario de Estado.

En cambio, el otro individuo que frente a él sostenía en su blanca y gruesa mano, una quebradiza copa donde el vino transparentaba como liquido y enorme granate, era más indefinible.

El rostro abotagado, de gruesos labios, colgante el inferior; adormilados los claros ojos, carnosa y sin firmeza la mandíbula, la nariz y la frente, daba una impresión de glotonería y ociosa inutilidad.

Pero de vez en cuando, un fugaz levantar de los caídos párpados, mostraba un destello maligno de los claros ojos.

Charles Mombray estaba secretamente orgulloso de poseer la romana máscara de Calígula, y aunque mitigado por rencor, también le enorgullecía el que instintivamente produjera repulsión a toda mujer, fuera de la índole moral que fuera.

En el sillón de honor, por deferente cortesía de Barnabó Lieto, sentábase Viviane d’Aurigny.

Poseía las tres cualidades tan difíciles de hallar reunidas en una sola mujer: belleza, encanto e inteligencia.

Agradeció con una inclinación de cabeza el gesto con que Barnabó Lieto, alzó su copa, mirándola.

—Es placentero, madame, que la alianza de Francia y Génova, nos permita poder brindar por el país que posee las mujeres más encantadoras del Universo.

Charles Mombray limitóse a vaciar su copa. Era inglés y fríamente correcto, pero estimaba desplazada toda debilidad frente al peor enemigo del hombre en particular: la mujer en general.

—Y ahora que ya hemos brindado por nuestra feliz reunión, pasaré a exponer brevemente lo que sucede en Ajaccio, lo que es preciso suceda, y lo que de vuestra inteligencia se espera. Acostumbro considerarme un minúsculo componente del poderoso pulpo cuyos intereses me esfuerzo en servir. Un agente inactivo. No suelo adular, y por eso mismo me limitaré a reiterar la opinión que de vos, madame, se tiene. Reunís las dotes más ventajosas para poder triunfar en Ajaccio, Y vos, milord, sois la firmeza inexorable que sabe obrar con cautela. Hace exactamente dos noches zarpó un velero que conducía a uno de mi; mejores agentes el francés Jérôme Vilain, el cual acompañaba Alessandra Renzo, con una misión. En estos folios, está lo referente a Alessandra Renzo.

Hizo una pausa Barnabó Lieto para repiquetear con el índice sobre una tela negra enrollada que envolvía papeles.

—Lo que sucede en Ajaccio es natural: regocijo ante la huida de genoveses, regocijo entre el populacho. Los pocos sensatos, comprenden que las fuerzas de ocupación han abandonado el campo para mejor saltar. Consta en los folios la personalidad del que, aparentemente gran patriota, es, en realidad, un agente de la Banca de San Jorge. Inútil hacer, constar que esta noche, en la nave que a Ajaccio os conducirá, quemaréis estos folios, una vez compenetrados de su contenido. Por notificación de ese corso traidor a su patria, sabemos que existe el propósito de aunar en un solo grupo les desperdigados bandidos corsos. Y esta unión, contraria a nuestros intereses, sólo puede lograrla un hombre: Dago Corsi. Sandra Renzo y Jérôme Vilain tienen por misión convencer con oro a Dago Corsi, para que nos sirva. Y en último caso, suprimirlo Pero este recurso sólo en caso postrero. Lo que de vuestras inteligencias se espera, y para ello contáis con carta blanca, es que os adueñéis de la voluntad del llamado «Diablo Corso», que es desleal y sin piedad. Nada más tengo que añadir. Estos documentos y vuestros cerebros rellenarán las lagunas de mi pobre oratoria. Ahora, permitidme tener el honor de invitaros a cenar, anticipando interesados y sinceros votos de un total éxito en la empresa de poder disponer en Ajaccio de la cooperación de messer Dago Corsi.

* * *

Barnabó Lieto hacía las cosas bien. En el velero que había de conducir a la francesa y al inglés a Ajaccio, hallábanse ya selectos maestros en toda clase de emboscadas y alevosas fechorías.

Eran ocho bravis perfectamente adiestrados en anteriores misiones y que y ahora tenían por exclusivo dueño al que abandonando su gratuita título de milord, mostraba igual que la no menos gratuita madame, su perfecto dominio del italiano; haciéndose llamar Carlo Mombri y platicando en tal idioma con la que ahora era Viveta Dalmela.

Los bravis eran instrumentos de muerte, pero hombres al fin y al cabo, y para Viveta Dalmela, constituía un entrenamiento y también cierto placer verse deseada.

—Suplico te dignes atenderme cuando ceses de coquetear con miradas incendiarias con esta turba de brutos —dijo Charles Mombray.

—Querido… —rió ella—. No sabía que eras tan buen actor, que de veras te crees mi marido.

—Como tal, menos, en alcoba, pienso portarme. Es mi obligación.

—Hay obligaciones muy fastidiosas, Carlo. Pudieron elegirme un marido postizo más de mi gusto.

—Celebro no serlo.

—Están verdes, dijo la zorra.

—Tú eres la que hablas; querida mía.

La sala comedor del velero era también la que servía de Salón. Los bravis manteníanse alejados de la pareja.

—Reserva tu aticismo mejor ocasión, Carlo.

—Idéntica indicación me permito hacerle respecto a tus apasionadas, ojeadas. Viveta. No hemos llegado aún a Ajaccio.

—Me sé de memoria cuanto contenían los folios. Quemados están. El viaje es pesado. Eres, no ya feo, porque hay feos interesantísimos, sino grotesco, repulsivo y viscoso. En evitación de que mis ojos lloren, debo ir de vez en cuando a mirar a alguno de esos buenos mozos. Coquetería defensiva, maridito.

—En, el viaje de regreso puedes sentirte tal como eres, pero ahora no olvides que sí tú eres la sirena, yo soy el piloto ciego, sordo y del todo, insensible a tus arrumacos. Eres para mí un instrumento más, al igual que esos bruto. No lo olvides.

—Quien paga manda —suspiró ella—. ¿Qué, ordena el piloto?

—Que tengas la bondad de manifestarme cuáles son tus proyectos, tan pronto quedemos instalados en la casa que nos ha preparado Su Señoría.

—La mujer nunca proyecta, querido; improvisa.

—Servirá quizá en Francia…

—En todo el globo, porque el hombre es igual por doquier.

—Dago Corsi está acostumbrado a dominar a las bellas.

—No lo dudo, y de antemano me tiene conquistada. Ése es el secreto: el hombre cree conquistarnos y se esclaviza cuanto más sumisas somos en los adecuados instantes. Es puro talento adquirido el saber administrar las sumisiones.

—Doy por segura tu ciencia en este terreno. Hay no obstante un punto primordial: Dago Corsi es desleal. ¿Cómo poder adquirir la seguridad de que no nos traicionará si accede a convenir pacto?

—Ahí es donde interviene tu cerebral potencia querido, ya que ni musculatura ni encanto posees.

—Busco en ti ayuda, no ironía.

—Lo que hemos aprendido de memoria, dice que únicamente dos personas parecen gozar de cierto sentimiento parecido a afecto en el carácter de Dago, y son su lugarteniente y su amante.

—Bien. Continúa.

—Al parecer, dominas el arte de la tortura fríamente metódica. Si como rehenes conservas al llamado «Camorra» y a la bella Bárbara Foscari, tal vez Dago siga fielmente nuestros consejos, apoyados por la irresistible fuerza del oro.

—El pulpo no va a estrujar, sino que espera la presa. Pocos conocen a Dago Corsi; ir a su antro es imprudencia temeraria. ¿Cómo atraerlo a nuestra casa?

—Creo que consumes anticipadamente tu talento, Cario precioso. Allá verás el mejor camino a seguir.

—Yo no improviso, sino que mis triunfos se deben a que antes de entrar en acción, he meditado todos los planes posibles y todos sus fallos.

—Medita pues, amor mío. Y si no hubiera de entorpecer tus reflexiones, me gustaría conversar con aquel bravi de la redecilla roja. Tiene unas espaldas escultóricas… Ya sé, ya sé, Cario… Son unos brutos, y yo tengo que ser una señora. ¡Cosa muy aburrida eso!

—Falta de costumbre, Viveta. El ser señora es algo que nunca lograrás.

—¿Sabes en qué estoy pensando? Que tus ironías le dan un gran parecido con un sapo deshojando una margarita.

El sapo ingiere muchas mosquitas.

—Ah, ah, maridito… —rió ella—. Amenazas no, ¿o es que te crees que realmente somos marido y mujer?

Uno de los bravis no pudo contener una, risotada. Los claros ojos del inglés, parecieron convertirse en acero candente.

Agitó perezosamente una de sus manos. El bravi se aproximó, obedeciendo la señal.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó Mombray.

—Gian, mi señor.

La mano diestra del inglés propinó un bofetón blando sobre los labios del bravi. Un bofetón ominoso, despreciativo, más hiriente que un golpe viril.

—No te pago para que rías, Gian. Te pago para que mates.

—Sí, mi señor.

—Regresa a donde estabas.

Viviane d’Aurigny aguardó a que se alejara el esbirro abofeteado. Y en voz baja, sonriendo, dijo:

—Que me perdonen los cerdos, querido, pero ¡qué grandísimo cerdo eres!

—Léxico de verdulera, señora. Olvidad los propios sentimientos, si así puede llamarse vuestra feminidad volcánica, y recordad tan sólo que en el mar y en Ajaccio, el pulpo soy yo.

—No me cuesta mucho recordarlo. Reúnes en ti varios animales, pero de los menos favorecidos, Bien, ¿puedo con tu permiso ir a encerrarme en lo que allí llaman mi sala de dormir?

—Felices sueños, Viveta.

—Los tendré si no te veo, Carlo.

El velero siguió rumbo a Ajaccio. Despreciándose, mutuamente, los dos fingidos esposos, y su, séquito de bravis, al pisar suelo corso no tenían ya más que un pensamiento: no fracasar, porque el pulpo pagaba generosamente los éxitos, y con la misma generosidad alcanzaba y estrujaba a los perdidosos.