Dama Misericordia
Capítulo III
LA «VIRTU» ROMANA
Varios cuervos revoloteaban lentamente trazando círculos en el negro cielo y tomando por centro una peña de las muchas que formaban el recinto de la playa, conocido por la Gruta de Anfítrite.
Les atraía el cadáver de un estrangulado que yacía tras la peña, pero les impedía posarse la vida existente en dos seres humanos y dos fieras.
Las fieras eran dos lobos, uno de ellos tendido pies de un peregrino, el otro sentado sobre sus cuartos traseros, vigilante.
El peregrino voluminoso, arropado en su sayal cubierto de conchas, roncaba estentóreo, adosado a la peña tras la que yacía el cadáver de Piero Bassano.
A unos pasos, un sujeto, también tendido en la arena intentaba en vano dormir.
Vestido abigarradamente, enhiesto el mostacho y felinos los ojo, Delfín Lechuga, alias «Siete Vidas» y circunstancialmente por azares de su tormentoso vivir, Rasuni enviado del pirata Abdul Hamez, brazo derecho del Gran Visir, observaba con insaciable curiosidad el enigma que para él era Dom Corpacho el peregrino, que al parecer poco antes había hablado misteriosamente, anunciando no sólo que había estrangulado a micer Piero, sino también a Dago Corsi.
Había revelado, asimismo, con campechana tranquilidad que conocía la suplantación que del temible bandolero hacía Luys Gallardo, el trovador, que por noble juego quería emplear a los «piojos» del Diablo Corso en instrumentos al servició de mejores causas.
Removióse Dom Corpacho, bostezó, masculló tartajosas palabras y por fin, sentándose, abrió los brazos en ancho desperezo.
—Dos horas de sueño bien aprovechadas, descansan —anunció.
—Una hora dormitando y otra viéndote, fatigan —replicó Delfín Lechuga.
—No ha de tardar messer Corsi, nuestro amo. Es, plácida la noche, aunque revolotean cuervos.
—Para ti todo es plácido, Corpacho.
—De tierra soy donde muy tranquilos somos.
—¿Gallego?
—A mucha honra.
—Castellano viejo, yo.
—Tres españoles, pues, con el que esperamos.
—Me tengo por poco asombradizo, pero tu figura y tu habla, me asombran. Lo das todo por muy natural.
—¿Por qué no? Yo quiero servir a Luys, y lo sirvo. No hablo contigo, «Luys» — dijo el peregrino, acariciando la testa del lobo sentado, que obedeciendo a la presión, tendióse.
—¿Por qué tus lobos se llaman Dago y Luys?
—Capricho.
—Ya te he dicho que sabes mucho, Corpacho.
—Oh, no… Soy un mísero ignorante.
—¿Cómo supiste que… Dago huyó de Montemar?
—Peregrinando.
—¿Por qué lo estrangulaste? ¿Cómo pudo él ser tu víctima?
—El vagabundo enseña grandes verdades, don Delfín. Los cerebros complicados, que planean tortuosas venganzas, son sus propias víctimas. Quiso Dago recrearse en artística y maligna venganza. Y falla la malignidad. Yo sustento la opinión de que no hay nada mejor que el estacazo. —Y Dom Corpacho agitó su grueso bastón erizado de púas—. Estacazo recto al cráneo y si te he visto no me acuerdo. Ésa es la verdad. Nada de complicarse la existencia.
—¿Qué eres? ¿Un loco o un sabio?
Rió Dom Corpacho con ancha risotada contagiosa, campechana…
—Me acuerdo que de niño, ya tenía yo barruntos de genialidad. Un día me arrodillé y más o menos así imploré: «Dadme, ch cielos, una brizna de locura que me libre de la necedad».
—Oración muy sensata. Recelo de ti y, sin embargo, me agradas, hércules barbudo. Creo que por ocultos motivos piensas proteger a Luys.
—¿Piensas que necesita protección? Es fuerte, ágil, muerde —implacablemente, lanza dagas como nadie y tiene elasticidad de fiera.
—Pero es noble, leal, ingenuo, romántico. Por eso me ofrecí para guardarle las espaldas.
—Seremos, pues, dos. ¡Calla «Luys»! —Aquietó al lobo, que erizadas las orejas y el pelo gris del lomo, fosforescentes las pupilas, tendía el hocico levantados los labios, hacia una sombra que se acercaba.
En pie, Delfín Lechuga, cesó de manosear la guarda de su espada. Había reconocido al recién llegado, Filipo Ferrante, el jefe de «Los Cincuenta de Bastelica».
Y también el joven capitán bandolero, de sienes plateadas, reconoció al segundo del que creía Dago Corsi.
—Mis hombres rodean estratégicamente la gruía esperando la venia de nuestro jefe —dijo Ferrante, a guisa de saludo.
—Espera, pues, la llegada de messer Corsi, a quien aguardamos —replicó Delfín Lechuga.
—¿Quién es éste? —preguntó Ferrante, señalando al que seguía semiacostado.
—Dom Corpacho, peregrino amigo de nuestro jefe.
—Lo he visto merodear por los montes. Te saludo, peregrino.
—Te devuelvo la cortesía. Filipo Ferrante. Canta el romance que eres impetuoso y sabio bandolero patriota. También yo te he visto en varias ocasiones. Pero tus ojos eran mortecinos, apagados, tristones. Brillan ahora alegres, vividos, satisfechos.
Gracias a messer Corsi, mi enemigo de ayer, mi gran amigo de hoy. Gracias a él, he logrado ser bien recibido en casa de Rovizo y su cautivadora hija Zoraida es mi prometida.
Amortiguado por la arena, llegó, el rumor de los cascos de un caballo lanzado al galope.
—Marchó a pie, y con hermoso caballo regresa —comentó Delfín.
Descabalgó de un salto el trovador, que, aplicando palmada en la lustrosa anca del caballo, gritó:
—¡Libre eres, corcel! Hola, Filipo.
—Soy tu amigo, messer. Bendigo el milagro que te ha hecho volver a ser lo que fuiste: jovial y generoso. Zoraida me ha suplicado te haga saber su eterna gratitud.
—Gratitud que no acepto, Filipo. Zoraida te quería, y nada tengo yo que ver en amores compartidos.
—Pero… ella sabe que por tu renuncia a aceptar mi imprudente desafío, podremos casarnos, ya que ahora por decisión del Podestá, tú y tus hombres, sois gente de armas al servicio de la patria. Soy, pues, un capitán de messer Corsi, yo, un rebelde perseguido. Te debo personalidad y felicidad. —Todos felices, pues— sonrió Gallardo.
El caballo tras él, hocicó contra su espalda.
—¿No quieres irte? Te adopto. Eres un hermoso bruto. ¿Tus hombres, Filipo?
—Aguardan para entrar en la gruta, a tu orden.
—Llévalos allá. Hora es ya de que haga saber a los que quieran comprender como tú has sabido adivinar, que Dago Corsi ha mudado el temple.
Saludó marcialmente el joven bandolero antes de marcharse.
Luys Gallardo, acariciando la cabeza del caballo que apoyaba sus anchas mandíbulas en su hombro, miró sonriente al peregrino, que en pie, ocultaba tras el vuelo inferior de su sayal, a los dos lobos.
—Tenías razón, Dom Corpacho. Libre está ya madona Alicia. Eres, por razones que tú sabrás, mi amigo. Choca.
La amplia mano velluda del tonsurado hércules barbudo, estrechó con fuerza la diestra del trovador.
—Lealtad te doy, messer.
—Amistad te tengo, Dom.
—Tres españoles unidos, mucho pesan —dijo Delfín Lechuga.
—Pronto lo sabrán los «piojos» de Dago. Me dispongo a enseñarles lo que es la virtu romana.
* * *
Obedeciendo las instrucciones recibidas, los componentes de la cuadrilla de los Hermanos Corsos, no sólo alojábanse invisibles en todos los hoyos, entrantes y pasadizos de la grandiosa gruta, sino que permanecían quietos, penetrase quien pendrase en los ámbitos de lo que era su cuartel general.
Por eso, a «Los Cincuenta de Bastelica» —todos ellos de edad entre los dieciséis y veintiuno— les parecía deshabitada la enorme caverna laberíntica, mientras se dirigían hacia el Lago de Venus, que aparecía en el centro.
Pero cuando atravesando por entre ellos, Luys Gallardo, seguido por Delfín Lechuga y Dom Corpacho, lanzó el escalofriante alarido, contraseña de Dago Corsi, pobláronse como por encanto las dos márgenes del lago.
Y en la orilla pétrea donde ahora también entró el caballo blanco, haciendo una corveta al contornear los dos lobos atadas al cordel que ceñía el talle del macizo peregrino, Luys Gallardo llamó:
—¡Bembo, «Camorra»!
El piamontés, que iba ya dominando el miedo que sentía por hallarse rodeado de asesinos crueles, acercóse corriendo en anadeo grotesco.
—¡Novedades, mala peste te carcoma! —exigió Gallardo, cejijunto.
—Ninguna, mi amo —expuso el escudero—. Aparte que marchóse Bárbara.
Referíase a la calabresa de verdes ojos, amante de Dago Corsi.
—Ya volverá. ¡Oíd todos, gente de Dago Corsi! Veis tras mí a los mejores aliados con que puedo contar. Bembo «Camorra», mi fiel escudero, bravo y temible cual nadie. Rasuni, el enviado del poderoso hijo de Mahoma, Abdul Hamez, que me proporcionará el esfuerzo de tres galeotas. Filipo Ferrante, con quien paz he pactado, y que se une con sus cincuenta, valientes a nuestra cuadrilla y hermandad. Y Dom Corpacho, el peregrino de los lobos, que de segundo acepto. Ha llegado el momento en que a todos vosotros os he de hacer saber que de piojos os vais a convertir en héroes. La virtu romana me inspira.
La ya de por sí sonora voz del trovador, llegaba a todos los rincones, aumentada por el eco retumbante de la cóncava gruta.
—Hubo un tiempo en que el suelo italiano era surcado por legiones vencedoras. No eran más que hombres con todos sus vicios y malas pasiones. Pero los mandaba un hombre dispuesto a ser obedecido. ¡Y ay del que no supiera comprender que la disciplina era la fuente del triunfo! Eso os digo… —Y Luys Gallardo, en todo imitaba a la perfección los gestos y exclamaciones favoritas de Dago Corsi—. ¡Ay del que entre vosotros no cumpla sin rechistar las órdenes que por intermedio de mis segundos os haga llegar! Mañana al amanecer, Bruno Sarto, el espléndido, enviará su diezmo, consistente en sesenta de los mejores caballos de sus establos. Escogeré cinco decurias de jinetes, que mandados por Filipo Ferrante, serán la escolta de Dago Corsi, el rey de Córcega.
Fue casi ominoso y siniestro el ronco alarido con que todos los Hermanos Corsos lanzaron un estentóreo «¡viva!».
—En tres grupos os divido, gente de Dago Corsi. Los jinetes, que como cuadra a séquito glorioso, lucirán capa blanca con dagas bordadas en rojo. Los de a pie, que, diseminados, obedecerán a la voz de Dom Corpacho, y como él vestirán sayal de peregrino, cuyas conchas serán cota de naturales mallas contra el enemigo acero.
Aprobó a sus espaldas el aludido.
—Y un tercer grupo de ballesteros permanecerá bajo el mandato del ñero Bembo «Camorra», aquí, para salir, si enlace de jinete o peregrino, pide refuerzo. ¡Ay del que se atreva a discutir la orden del que me represente! No ha mucho, micer Piero ha cesado de existir. Murió por querer discutir mi personalidad. ¡Mala peste con quién olvide que la voz de Dago Corsi es la que reina en Córcega y en el Universo, si tal me propongo!
Hizo una pausa. Luys Gallardo, y siempre con sus manos apoyadas en los riñones, avanzado el busto, sombrío el semblante, continuó:
—La virtu romana, era una virtud comprensiva, alejada de la humildad del santo. Vosotros, en vuestra mayoría, amáis el oro. Lo tendréis, como lo tuvieron los romanos mercenarios. Los prohombres de Ajaccio contribuirán con sus voluntarias aportaciones a nutrir, vuestras bolsas. Pero ¡ay del que olvide que desde ahora es carne de héroe! Morir matando es la mejor gloria a la que aspiráis bajo mi mando. He decidido que los Hermanos Corsos sean para Ajaccio cintura defensiva y agresiva contra el invasor. Y por cada cadáver vuestro, diez quiero de los invasores. La virtu romana sea con vosotros, carne de héroes. ¡Desapareced!
Con prodigiosa agilidad, empujándose, codeando, los Hermanos Corsos desalojaron las marmóreas plataformas de las márgenes del lago.
Sólo al extremo de la orilla ocupada por Luys Gallardo y sus segundos, quedaron «Los Cincuenta de Bastelica».
—Que tus hombres acampen en la playa. Para ellos serán los cincuenta mejores caballos, Filipo.
Radiante el rostro, Filipo Ferrante cruzó las dos manos sobre la empuñadura de su espada:
—Fidelidad hasta la muerte, messer.
Y cuando el joven capitán bandolero húbose alejado con sus muchachos, comentó Luys Gallardo:
—Éste sí que es un buen romano virtuoso. ¿Sabes leer, Dom?
—Lo bastante, si prisas no me das, messer.
—Toma estos papeles que la historia de Dago cuentan y son
también
lista de los Hermanos Corsos escrita por el difunto Piero. Elige treinta peregrinos. Cuento contigo por tus dotes de aparecer oportunamente. Si emboscadas me tienden, me placerá sumamente ver aparecer tus peregrinos.
—Me place el cargo, messer. Fidelidad hasta el completo triunfo… Que después mi camino seguiré.
—Paz entre la gente de buena voluntad —sonrió Gallardo.
Volvióse para enfrentarse con Bembo.
—¿Oíste, valentón camorrista?
—Oí, mi amo.
—Te quedarás aquí al frente de la escoria, de los reptiles, de la carroña. Serás el capitán de los condenados a pronta muerte redentora. ¿No te enorgullece el cargo?
—Chocan sus rodillas —gruñó Delfín Lechuga—. No te apures, Bembo, que pronto dejarás de capitanear a los que queden, porque tu amo requiere para su propio servicio las tres galeotas de Abdul Hamez. ¡Y ay si tiemblas ante tus súbditos!
Rió Gallardo al unísono con Delfín Lechuga. Bembo forzó una risita conejil.
—Organizada ya la fuerza de Dago Corsi, podemos dormir satisfechos —declaró Luys Gallardo.
—Mi amo, he preparado unas suculentas empanadas y…
—Cenemos, pues, Bembo. Mortales somos. Después… el sueño nos confortará para al lucir el sol, renovar la brillante tarea del patriótico y arrepentido Dago Corsi.