Dama Misericordia
Capítulo II
PRIVILEGIOS PELIGROSOS
Luys Gallardo nada tenía de melancólico ni de propensión a ermitaño.
No obstante, al dejar tras él la sombría masa amurallada del castillo de Montemar, sentíase complacido, porque bella era la noche, diáfana la claridad lunar, y el frondoso camino por el que se internaba en su regreso hacia la Gruta de Anfitrite, exhalaba un tenue pero persistente aroma a flores silvestres.
Pensaba en la arrogante y estatuaria, dama que quedaba allá, en Montemar. Pero su carácter noble rechazaba toda idea de pasión por lo que a Altiera de Montemar se refería.
No ya porque fuera la prometida del famoso condotiero Ugo Paolo Renzo, sino porque con orgullo estimaba que un trovador como él, sin cuna ni fortuna, podía tal vez pulsar románticas resonancias en su laúd de plata, pero sin mañana, sin continuidad…
Como decía de él su escudero el piamontés Bembo, «enamorado de Eva, de ninguna requería amor».
Y porque en cada mujer bonita veía algún rasgo que la identificaba con su ideal, el cauce de su meditación derivó hacia Bianca Ventiglia la «más bella de Ajaccio», la prometida del rico sátrapa Bruno Sarto.
Estimaba que sólo la codicia podía imponer a tan delicada belleza, un fingido amor hacia el vicioso y maduro Sarto…
Le era agradable pensar que cuando irrumpió en la sala de banquetes del opulento personaje, ella aceptó con donosura sus impertinencias de trovador, para luego expresar un indecible horror al suponerlo el legendario y fatídico Dago, El Diablo Corso.
Un vericueto del sendero, en su descenso, dominaba una Vasta extensión boscosa. A lo lejos veíase la estrecha, línea blanquecina de la espuma del mar, en su festón de encajes con la orilla.
Pero Luys Gallardo no miraba hada el horizonte, sino a su diestra, donde surgiendo a un centenar de metros de la profusa flora de un cercado, un blanco corcel, al parecer desbocado, sueltas las riendas y relinchando de dolor, galopaba como asustado por algo invisible.
Avanzaba hacia el sendero, remontando el declive. Tendido sobre su ancho lomo veíase un cuerpo humano, envuelto en flotantes ropajes.
A medida que el caballo aproximábase, percibía Gallardo con mayor precisión el contorno de la figura tendida: una mujer cuyos colgantes brazos y piernas estaban unidos por lazos de seda bajo los flancos del bruto, que ahora más impetuosamente dejaba oír su galopar frenético.
Por el mismo lugar donde había hecho su aparición el extraño conjunto de caballo y prisionera, surgieron varios mastines en silenciosa persecución, y tras ellos dos jinetes: una amazona y un soldado. Vestía éste enteramente de cota de mallas, y llevaba cubierta la cabeza por redondo casco, a cuyos lados y por detrás pendían también mallas.
El jinete era voluminoso, macizo, dando impresión de una fuerza física poco común. La amazona, alta y esbelta, era cimbreña y no se adivinaba su rostro casi velado por transparente gasa…
La máxima de Luys Gallardo era: «Primero actuar, luego pensar». Abalanzóse sobre la cabalgadura, al pasar ante él, abrazándose al ancho cuello.
No disminuyó el potro su galope, y colgante quedó el trovador, hasta que con hercúlea torsión de brazos y cintura, consiguió montar. En seguida, hincó con rudeza las rodillas contra los remos delanteros obligando al corcel a pasar al trote, del que poco después, entorpecidos los movimientos, quedaba en paso lento, para detenerse al fin, resoplando y caracoleando de grupa.
Su cabeza revolvíase, abiertos los belfos, pero no para morder a su improvisado jinete, sino como intentando alcanzarse la cola…
Miró hacia atrás Gallardo, y su diestra, con esfuerzo, arrancó de debajo de la cola un erizado amasijo sangriento, incrustado en la carne del animal. Era un cardo silvestre de aceradas púas pilosas.
El caballo, libre de lo que le torturaba y le había obligado a un galope que fatalmente hubiera terminado en alocado despeñar, relinchó tenuemente, cesó de caracolear y se mantuvo inquieto, pero dócil ya a las palmadas que le prodigaba el trovador.
Saltó a tierra Gallardo, y con los mismos lazos que mantenían prisionera a la que hasta entonces no había mirado, rodeó el cuello del caballo para atarlo en el ancho tronco de un roble.
La mujer siguió inmóvil, atravesada en el ancho lomo… Gemía ininteligibles palabras…
Unos cercanos ladridos furiosos requirieron la atención de Luys Gallardo, que desenvainó su estoque, y a modo de látigo de acero, lo hizo ondear sobre los tres poderosos mastines.
—¡A muerte! —gritó la amazona, apareciendo con el jinete.
Su exclamación iba dirigida a los mastines, jauría domada y ejercitada para despedazar a fugitivos o condenados a tan horrible muerte.
Debido a tan cruel entrenamiento, aquellos animales no eran ya perros, sino fieras que sólo en despedazar seres humanos hallaban la razón de vivir.
El estoque de Gallardo atravesó el cuello del primero que sobre él se lanzaba, y fue gracias a su característica maestría en lanzar dagas, como logró evitar la mordedura de los afilados colmillos que buscaban su garganta.
Casi no se había extinguido el eco de la exclamación de la amazona azuzando los mastines, cuando estos tres yacían en las convulsiones agónicas…
Sangriento el estoque, Luys Gallardo asió con la zurda otra daga, que balanceó al extremo del índice y el pulgar…
Miraba risueño pero retador al jinete que a un paso tras la amazona de rostro velado por gasas parecía estar esperando una orden.
—Un trovador —dijo la amazona.
Y aunque velada la voz, rebosaba de desdén.
Tras Luys Gallardo, la liberada, cambiando de posición, quedó a horcajadas. Sus manejos parecieron alarmar al jinete, que exclamó en gutural italiano:
—¡Detente, Clara!
No debió hacerle caso la llamada Clara, porque con nerviosos movimientos trató de deshacer los nudos que ataban el caballo al tronco.
Avanzó el jinete, y Luis Gallardo asió las riendas de su montura con la mano que sostenía la daga, mientras su estoque paraba el primer altibajo que furiosamente le asestaba el coloso de la cota de mallas.
Tras el trovador oyóse distintamente el rumor de los cascos del blanco corcel al removerse y prontamente repicaran en galope que se alejaba.
Por varias veces intentó el soldado derribar con potentes altibajos al que hurtando ágilmente el cuerpo y parando con su estoque, no dejaba de asir las riendas.
La amazona espoleó su caballo intentando aprisionar al trovador entre el pecho de su montura y la del soldado, para aplastar al español.
En rápido esguince, saltó Gallardo para rodear con su brazo armado de daga el cuello del soldado.
Chocaron briosamente los pechos de ambos caballos, y hallóse en el suelo el soldado de gutural parla, montado a horcajadas por Luys Gallardo el cual aplicó en su garganta la punta de la daga.
—Quietud y paz, amigo —sonrió el trotador—. Muévete y tardío será tu arrepentimiento.
Casi por reflejo instintivo de su mente acostumbrada a continuos peligros, pudo Gallardo zafarse de la brutal pisoteadura de los cascos delanteros del caballo impulsado por la amazona.
Los cascos chocaron contra el pecho y el rostro del soldado, mientras ya en pie, Luys Gallardo saltó a la grupa y rodeó con sus brazos el talle de la amazona, a la vez que una de sus manos, asiendo las riendas, detenía al animal.
—Quietud y paz, dulce Eva. Fíjate en tu obra: has estropeado el hermoso físico de tu compañero de paseo.
Giró ella la cabeza, y bajo el velo relampaguearon sus luminosos ojos de un color azulado verdoso…
—¡Desciende, malandrín! —exclamó con arranque de soberbia ofendida.
—¿Ruego u orden, mi reina?
La burla pareció enojar aún más a la mujer, que forcejeó intentando liberarse de los brazos que rodeaban su talle.
—¡Morirás, insolente bufón! ¡No tendré descanso hasta verte destrozar por mis perros!
—Tus perros están reposando para siempre.
Cedió un poco Gallardo en la presión de sus brazos, y brilló un destello…
La amazona acababa de extraer de su cinto un largo estilete de los llamados «misericordia» porque solían ser empleados para rematar a los heridos.
Asió el trovador la muñeca armada, cuando ya la punta del acero estaba a escasos centímetros de su cuello, y atrayendo hacia sí a la mujer, saltó al suelo, abrazándola.
Cayó la «misericordia» cerca del cuerpo inanimado del soldado, cuya faz ensangrentada mostraba el magullamiento producido por el casco del caballo.
La desconocida, quedó respirando entrecortadamente, al separarse de ella el español. Miraba a lo lejos, como si pretendiera ver a la que había huido.
Contempló después al caído, y por fin el estilete lejos de su alcance.
Y al cabo de unos instantes, mientras, sonriente, Luys Gallardo admiraba la armonía del cuerpo esbelto de suaves redondeces avaloradas por la ceñida túnica negra, habló ella casi con amabilidad.
—Peligrosos privilegios los que te hacen sentirte caballero andante e importuno, trovador. ¿Cuál es tu nombre?
—¿Y el tuyo, mi reina?
—Lo sabrás, si quieres entrar a mi servicio.
—Te sobran perros amaestrados, y no gusto de tu daga «misericordia». Soy libre, y muy vivo estoy.
—Desgraciado… —murmuró ella—. ¿Sabes lo que has hecho?
—Meterme como siempre donde no me llamaba nadie, pero obedecer a urna voz, la única que en mí manda.
—¿Cuál es esa voz?
—La que resuena dentro del pecho de un hombre, cuando ve a alguien desamparado que necesita ayuda.
—¿Quién estaba desamparado?
—La que huyó a tiempo.
—Una imprudente que montó caballo sin domar, y mi fiel Ulrico conmigo iba a darle alcance.
—¿Con mastines salvajes?
—Para seguir el rastro.
—Extraño modo de montar tenía tu protegida. Atada. Y extraño adorno llevaba el caballo según tú sin domar, cuando era bravo y noble… sólo que un cardo no acaricia, precisamente.
—Más te hubiera valido seguir tu camino, trovador. Córcega es grande, pero mayor es mi poderío. Puedes irte ahora… Ya te encontraré.
—No me hagas languidecer en la espera, hermosa tapada.
—¿Qué sabes tú si soy o no hermosa?
—Podría saberlo quitándote el velo, pero soy galante y cortés.
—Vete.
—Tu generosidad me abruma. Comprendo por tu tono y ademanes que estás acostumbrada a mandar… pero en mí sólo manda la dulzura femenina cuando ruega, no cuando ordena. Esta tierra es libre, porque no hay cercado. Es tuya y mía y de cualquier paseante.
—Bien veo que no sabes quién soy.
—Una mujer.
Retrocedió día para asir las bridas de su caballo. Cruzóse de brazos Luys Gallardo.
—Lamentarás tu peligroso privilegio de trovador, de remedar a los andantes caballeros. Recuérdalo… sea cual sea tu nombre.
—Luys Gallardo, que nunca me encubro yo, haga bien o mal.
Con ágil escorzo montó ella, y sentada lateralmente sobre la silla, miró al suelo.
Recogió Gallardo el largo estilete, que tendió presentando la rica empuñadura enjoyada.
—Tu alfiler, dama «Misericordia».
Pareció ella sopesar el arma. La insertó en su cinto.
—Olvidaré tu imprudencia si colocas en su silla a Ulrico.
—Olvidaré tu soberbia, si me muestras el semblante con amable sonrisa me ruegas te haga el servicio de aupar a tu pateado esbirro.
Pegó ella un taconazo, y su caballo, dando vuelta, partió al galope.
Arrodillóse Gallardo y con la punta de su daga arañó el cuello del llamado Ulrico.
—No estás muerto, Ulrico, pero lo estarás si no me contestas pronto. El tiempo urge y no dudo que tu dueña regresará con más perros y más esbirros. ¿Quién es ella?
El ensangrentado rostro ladeóse. Penetró más la punta de la daga.
—Es… Beatriz d’Evisa… —murmuró estropajosamente por entre sus labios partidos, el caído.
—¿Y la que huyó? Haz un esfuerzo, Ulrico… y vivirás, porque yo soy muy generoso.
—Clara d’Evisa.
—¿Hermana?
—La hija de Beatriz.
—Tanto amor materno me conmueve.
—Madrastra.
—¡Ah! Esto ya me da menos escalofrío. ¿Y tú, qué pintas en todo esto?
—Soy… servidor de madona Beatriz.
Levantóse Gallardo y aproximándose al caballo de Ulrico, saltó a la silla.
—Dale recuerdos a tu dueña y asegúrale, que quizá nos veremos antes de lo que ella supone, Así será… si la asustada Clara d’Evisa no consigue huir y vivir en paz. Espero que no te abandonen, Ulrico.
No hacía ni cinco minutos que a todo galope habíase alejado el trovador, cuando precedida por una jauría de veinte perros y escoltada por una decena de soldados, Beatriz d’Evisa apareció en el claro, donde junto al sendero yacía inanimado, los miembros tundidos pero despierto el entendimiento, Ulrico Wolemburg, el jefe de reitres de la mansión de los d’Evisa.
—Marchó hacia Ajaccio, Beatriz —dijo el reitre, poniéndose en pie, ayudado por dos de sus subalternos, colosos como él.
Miró ella hacia el festón de espumas que señalaba el litoral de la ciudad.
En gesto habitual acarició la empuñadura de su largo estilete.
—Bestia —murmuró, con desdén—. Bestia eres Ulrico, que no supiste vencer a un impertinente trovador. No eres más que músculo y malla… pero tienes perdón porque nunca vi a luchador tan magnífico como ese endiablado trovador. ¡Wherung! Trata de seguir la pista de Clara. En cuanto a ti, Ulrico, cúrate lo mejor que sepas, porque mañana a primera hora irás conmigo a Ajaccio.
Los mastines partieron con varios reitres en dirección opuesta a la que tornaron los demás escoltando a Beatriz d’Evisa, que meditativa, encaminábase hacia el recoleto lugar donde entre frondosa arboleda hallábase la mansión de los d’Evisa.