Demonia
El Gran Mal
Para Andrés Ríos Molina, Víctor Mantilla y Jonathan Minila.
Cada uno sabe la parte que le toca en esta historia.
Durante muchos años soñé con una enfermera sin saber por qué. Venía hacia mí como en una fotografía de época, en color sepia, vestida con su uniforme y una cofia coronándole la cabeza. Emergía desde el fondo de un largo y oscuro pasillo hasta plantarse frente a mí. Entonces me miraba con ojos atormentados y decía palabras que nunca logré escuchar, como si en realidad se tratara del fragmento de una película muda. De hecho, más de alguna vez llegué a pensar que era alguna cinta que vi durante mis años de estudiante en la Facultad de Arquitectura, cuando asistía con regularidad a las sesiones del cineclub de Ciudad Universitaria. Nada más equivocado, aunque a la luz de las cosas que he descubierto recientemente, y mientras escribo todo esto en la penumbra del departamento con las ventanas tapiadas, hoy sé que los recuerdos que no nos pertenecen —al menos no en esta vida— llegan a nosotros como fragmentos de un filme perdido.
Ni siquiera mi psiquiatra estuvo cerca de adivinar la verdad. Intentó relacionar la presencia recurrente de la enfermera en mis sueños con mi madre muerta, un trauma de infancia no superado. Su teoría nunca me convenció, aunque tenía algo de lógica: mi madre falleció de cáncer en el páncreas, tras una larga convalecencia en un sombrío hospital, cuando yo tenía once años. Dejé de ver a mi psiquiatra mucho antes de conocer la vendad, pero me hubiera gustado saber qué pensaría al respecto. Nunca he creído demasiado en los psiquiatras —no estoy seguro de que la solución a los problemas del hombre contemporáneo sea domesticar a sus demonios—, pero me parecen un amigo al que uno puede descargarle toda su basura sin necesidad de un trago de por medio. En cualquier caso, me quedaré con la duda, porque he tomado una decisión y no hay marcha atrás. Arranqué el cable del teléfono, cerré la puerta con doble cerrojo y tiré la llave por el escusado. Mi aislamiento del mundo exterior es total.
En mi adolescencia me pareció emocionante el hecho de haber sido concebido en las Torres de Mixcoac, lugar donde antiguamente se alzaban los pabellones del Manicomio General La Castañeda. Mi padre me lo contó como una curiosidad, y yo utilicé esa información para impresionar a mis compañeros de escuela. En esa época había comenzado a manifestarse en mí un problema de epilepsia, las convulsiones que me sorprendían en el salón de clases me convertían en un fenómeno a los ojos de todos, en un enfermo al que había que evitar como si portara un virus contagioso. Intenté ganar amigos contando la anécdota de La Castañeda. Algunos de mis compañeros, intrigados, me pidieron que los invitara a la casa con la idea de rastrear algún vestigio de locura, pero una vez que veían las insípidas torres grises y rojas, así como su apacible patio con juegos y jardineras, se decepcionaban y perdían interés. Mi repentina popularidad se esfumó como había llegado y pronto volví a ser el sujeto apestado y solitario del salón, aunque para entonces las medicinas ya controlaban mis ataques. También dejé de entusiasmarme por el tema y con el tiempo lo olvidé. Pero hay cosas que forman parte de uno de manera indisoluble, y tarde o temprano regresan para instalarse en el lugar que les corresponde. Así fue con La Castañeda, pero para eso tendrían que pasar más de treinta años.
Cuando estaba por ingresar a la preparatoria nos mudamos de casa. Mi padre, mi hermana menor y yo nos cambiamos a Copilco, y dejamos atrás las Torres de Mixcoac. Sin embargo, mi padre no quiso deshacerse del departamento porque era herencia del abuelo, y lo puso en renta. Estaba escrito que seguiría siendo de la familia porque mi padre, que murió hace quince años, nos lo heredó a mi hermana y a mí, a pesar de que se volvió a casar y procreó dos hijos con su nueva mujer. Y aunque ni mi hermana ni yo teníamos intenciones en aquel momento de habitarlo —ella reside en el extranjero desde hace tiempo y yo prefiero el centro de la ciudad—, decidimos conservarlo. Las casas son cápsulas de recuerdos y sentimientos, y la mayoría de las veces, cuando se disuelve la familia, nos aferramos a los muros como si en ellos pudiera quedar atrapado algo de nuestro pasado. Es por eso que las casas paternas terminan pareciéndose a un museo. En mi caso, sin embargo, resultó ser algo más.
Su nombre se me reveló en las páginas de un libro. Hace dos meses, mientras hurgaba en una librería de viejo de la calle Donceles en busca de un diccionario de urbanismo, me topé con un estudio titulado Montañas de locura. Usos y costumbres del Manicomio General ha Castañeda. Los recuerdos se dispararon de inmediato, haciéndome sentir que tenía en las manos una pequeña máquina del tiempo, aunque en ese momento no sabía que no se trataba de una metáfora. Quedaba un solo ejemplar, así que decidí dejar para otra ocasión lo que andaba buscando, compré el libro y me fui a mi casa a leerlo. Ya iba bastante avanzado en sus páginas cuando apareció en ellas la imagen que me perseguía en sueños. Aquella mujer de uniforme y cofia tenía un nombre y una historia: Leonarda Servín, enfermera del pabellón de epilépticos de La Castañeda durante la década de los años cuarenta. El libro reproducía algunos fragmentos de su diario, en el que confesaba una relación amorosa con uno de los internos. Sólo se refería a él como X, pero en cambio, las descripciones de sus encuentros amorosos eran más detalladas:
X parece presentir sus ataques epilépticos y entonces le entran las ganas de poseerme. Me voltea con violencia, me arroja contra la cama, me levanta la falda y me embiste con un frenesí que me hace acompañarlo en su locura. Cuando todo termina y quedamos desfallecientes uno al lado del otro, baja su mano hasta mi vagina, recoge el semen que escurre de ella y lo acerca a mis labios para que lo beba. Dice que así estaremos ligados por siempre.
Páginas adelante se relataba que Leonarda comenzó a desarrollar una empatia psíquica extrema con X, al grado de que por momentos dudaba de su propia cordura. En una de las entradas de su diario, fechada en 1945, escribió:
Anoche tuve una visión extraña mientras hacía ronda por el pabellón. Al doblar la esquina en uno de los pasillos me topé con X, quien estaba sentado ante un escritorio. Lo primero que me alarmó fue que estuviera fuera de su celda, pero después me di cuenta que no se parecía al hombre que yo amaba ciegamente. Vestía una ropa que no era propia del manicomio, como si se tratara de un extranjero o un habitante de otro lugar; incluso tenía un corte de cabello diferente. Estaba inclinado sobre un cuaderno en el que escribía muy concentrado una serie de notas. Lo llamé, pero parecía no percatarse de mi presencia. Avancé hacia él, mientras mi corazón comenzaba a acelerarse y un sudor helado cubría mi frente. La vista se me nubló, las piernas me fallaron y me desvanecí antes de alcanzarlo. Desperté minutos después sobre las baldosas del pasillo. La visión de X había desaparecido. Entonces me dirigí a su celda, donde lo encontré durmiendo.
El romance entre X y Leonarda terminó se manera abrupta a finales de la década, cuando el diario fue descubierto y ella expulsada de La Castañeda. Según consta en los expedientes del manicomio, X pidió en repetidas ocasiones a sus padres que lo dejaran regresar a casa; eran intentos desesperados de continuar la relación con su amante, pero su familia nunca lo quiso de vuelta. El libro explicaba que, en aquella época, la epilepsia —a la que los psiquiatras denominaban «El Gran Mal»— era considerada un estigma social, una «degeneración de la raza», por lo que los familiares de los enfermos solían abandonarlos a su suerte en La Castañeda, junto a otros despojos humanos que cohabitaban detrás de sus muros, y que poco o nada tenían que ver con la locura: prostitutas, ninfómanas, alcohólicos o rebeldes adelantados a su época.
Tras esa extensa jornada de lectura pensé en las Torres de Mixcoac, y en mi infancia entre esos edificios construidos en un tiempo en el que se creía que un entorno cerrado y autosuficiente era sinónimo de vanguardia. Los arquitectos aliados de la modernidad confiaban en que esas pequeñas ciudades dentro de la gran ciudad pudieran prosperar sin la contaminación del mundo exterior. Me di cuenta de que la misma idea de progreso había alentado la construcción de La Castañeda cien años atrás, aunque ahí era al revés: los alienados debían ser aislados para no contaminar a la sociedad. Pensé también en Tlatelolco, Juárez, Santa Fe; todos esos multifamiliares alcanzados por la realidad de una urbe que no dejaba espacio para las utopías. Lo irónico era que a esos experimentos urbanísticos no los había infectado la ciudad, sino sus mismos habitantes. Convertidos en colmenas humanas por los propios inquilinos, los multifamiliares fracasaron como espacios de genuina libertad… El precio que se paga por querer vivir en esta ciudad, y a la vez intentar esconderse de ella.
Una cosa atrae a otra. Días después de la lectura del libro abrí el periódico y me topé con un anuncio: la semana siguiente se inauguraría una exposición fotográfica sobre La Castañeda en el Centro Histórico, a tan sólo unas cuadras de mi departamento. Acudí a la inauguración en la Casa de las Ajaracas, sede del Museo Archivo de la Fotografía, pero había demasiada gente y la muestra no se podía ver con calma. Le arrebaté un vaso con vino a un mesero y salí a la calle de Guatemala, donde los concheros comenzaban a golpear los tambores y soplar los caracoles en medio del humo del copal. Los danzantes que se congregan en torno al Zócalo siempre me han parecido un presagio ominoso, el recordatorio de una revancha que puede cumplirse en cualquier momento. Mientras bebía el vino barato y observaba los movimientos de los concheros con las ruinas del Templo Mayor como telón de fondo, recordé que la Casa de las Ajaracas, un edifico colonial construido en el siglo XVII, había sufrido un derrumbe algunos artos atrás, y que de los escombros había surgido Tlaltecuhtli, un monolito más grande que la Piedra de Sol. Ahora sé que nada ocurre por casualidad, pero esa noche comenzó a invadirme la sensación de que los acontecimientos de los últimos días estaban conectados. De regreso en casa, mientras intentaba dormir, estuve dándole vueltas a una idea que terminó convertida en certeza: las cosas que ocuparon un lugar y que luego fueron derribadas o borradas, no ceden tan fácil su territorio. ¿Cuál podía ser entonces el papel de un arquitecto en esta ciudad-palimpsesto? Llegué a la conclusión de que en la Ciudad de México no se debía ser arquitecto, sino arqueólogo. Aquí no hay que construir más, sino desenterrar todo lo que está escondido.
Regresé al museo al día siguiente y pude recorrer la exposición con detenimiento. Desde la primera imagen de La Castañeda me sentí inquieto: mostraba su imponente fachada afrancesada, con un reloj presidiéndola como un absurdo recordatorio de que el tiempo debe seguir contando para aquellos que ya viven fuera de él. Conforme fui recorriendo las distintas secciones comprendí que aquella sensación no tenía que ver con los alienados, a quienes de alguna manera sentía familiares —a algunos de ellos ya los había visto en fotografías incluidas en el libro—, sino con la arquitectura del lugar, con aquellos edificios rectangulares y sus patios polvorientos y agrietados. Lo que más me agobiaba eran los muros, que comenzaron a convertirse en una presencia sofocante en cada una de las fotografías en las que aparecían. En algún momento sentí deseos de alejarme de ahí y abandonar el museo, pero me ganó la curiosidad de averiguar qué era lo que me perturbaba. Pensé en mi psiquiatra y en lo que hubiera aventurado al respecto: «Fue un sentimiento empático al reconocer en ese lugar lo que después fue tu propia casa de la infancia…» Encontré la respuesta en el tercer piso. Era una fotografía de la entrada del pabellón de epilépticos. Detrás de las rejas estaban varios internos, recargados en las paredes o en los barrotes. Al fondo, pero distinguiéndose de manera clara, un loco miraba fijamente a la cámara, mientras esbozaba una sonrisa enigmática. Una mueca que resumía los últimos acontecimientos y cerraba un círculo perfecto y atroz. Estuve mirando esa imagen por largo tiempo, hipnotizado, hasta que un vigilante me interrumpió para informarme que ya era hora de cerrar.
No sé si alguien llegue a leer algún día estas notas que escribo en la penumbra del departamento de las Torres de Mixcoac, al que me he mudado hace una semana. No necesito aclarar detalles al hipotético lector que encuentre este estudio arqueológico sobre mí mismo. Los relatos, al contrario de las casas que se construyen a la medida de los inquilinos, no se escriben para complacer a nadie; sin embargo, hay un punto en el que ambos se parecen: siempre habrá alguien dispuesto a habitar en ellos. Aunque supongo que los mejores relatos son como casas abandonadas en las que nadie quiere quedarse, pero en las que no se puede dejar de pensar tras pasar una noche en ellas.
Hoy cortaron la luz por falta de pago, así que termino la redacción de este cuaderno a la luz vacilante de una vela. Miro las paredes de la habitación. Hay quienes cuelgan en ellas cuadros y retratos, pero lo que yo tengo son sombras que se agitan en las galerías de mi museo familiar.
La puerta está cerrada con doble llave.
El teléfono desconectado.
Las ventanas tapiadas con clavos y pedazos de madera.
El frasco de mi medicina lleno pues hace días que he dejado de tomarla.
Presiento las primeras convulsiones. Es como si un animal escarbara dentro de mi cerebro. Cierro los ojos y veo el largo y oscuro pasillo que se abre ante mí como un camino; la cofia blanca y los ojos atormentados en los que ahora hay un brillo de esperanza. Por primera vez entiendo las palabras que pronuncia la enfermera.
Dice: «Estuve esperando tu regreso».