Demonia
Deuteronomio
No te harás ídolos ni imagen tallada alguna de lo que hay arriba en los
cielos, o abajo en la tierra, o en las aguas, debajo de la tierra.
Dt: 5,8
Vine aquí abajo para esconderme de Jesucristo. También, porque hace muchos años las voces dentro de mi cabeza me ordenaron hacer algo terrible. Igual que Abraham obedecí, pensando que se trataba de una prueba del Señor, pero no hubo un Ángel que detuviera mi cuchillo. Desde entonces soy un pecador en penitencia. He pasado por diversos castigos y penurias, pero sé muy bien que el perdón no ha llegado y que, de encontrarme cara a cara con el Hijo de Dios, me condenaría sin dudarlo a las llamas eternas.
Hoy es el día señalado por la Iglesia del Juicio Final para el regreso de Cristo. Elstuve atento a las profecías y me preparé para afrontar el Holocausto. Pacientemente fui armando un refugio y lo llené de provisiones. Aún tengo una misión, una última que tal vez consiga la salvación de mi alma. He sellado ya la entrada al búnker. Mi compañía son la Biblia y este cuaderno en el que, como Moisés, redactaré un nuevo Deuteronomio: las leyes que guiarán a los sobrevivientes a la destrucción.
Conozco las cloacas a la perfección. El sistema de drenaje que se extiende bajo el asfalto como una ciudad subterránea. Elegí una antigua estación de bombeo abandonada. No figura en los mapas que trazamos hace décadas, durante lo que llamaré el Proyecto Noé. Es un lugar ideal y seguro. Creí que encontraría a mis viejas amigas las ratas, pero se han marchado. Presienten que el final se aproxima. Las extrañaré: son los únicos seres vivos que despiertan mi simpatía. Ellas no me temían cuando estuve atrapado en los túneles. Me hicieron compañía y me brindaron el alimento de su carne. Ahora estoy solo, escribiendo a la luz de una vela. ¿Cuánto tiempo permaneceré sepultado? Esta vez ni Dios lo sabe. Cuarenta días y cuarenta noches, quizá.
El Predicador de la Iglesia del Juicio Final quiso darme un veneno, el mismo que suministró a sus seguidores. Le hablé de mi misión y su respuesta fue que nadie era especial. Todos debíamos morir para resucitar en la Gloria Eterna. Me decepcionó. Era un cobarde, y tenía tanto miedo como yo de ser castigado por sus pecados.
Pero el Hijo de Dios ya está aquí. Vino a juzgar tanto a vivos como a muertos. Las lápidas se abrieron. Al principio se escucharon los gritos de la gente que intentaba huir. El pánico de los vivos. Ahora sólo se oye el paso lento de los muertos, sus pies descarnados arrastrándose sobre el pavimento. Sin embargo, estoy a salvo en el búnker. Dios se encuentra ocupado separando la basura allá arriba. No soy soberbio: conozco mi falta. Es la razón por la que la red de drenaje me resulta familiar.
Yo asesiné a mi hijo.
* * *
Un homicida podrá refugiarse allí y salvar su vida, si mató a su
prójimo sin querer, sin haber sido antes su enemigo.
Dt: 19,4
Hace mucho tiempo que no pienso en mi hijo. Quiero decir que ya no lo recuerdo vivo. Siempre me ha acompañado la imagen de su garganta cercenada. Esa última y extraña sonrisa que me prodigó desde su cuello. Esa segunda boca por la que salieron palabras que no pude comprender. Y aunque parecía reír, en sus ojos estaba fija una mirada de desconcierto y terror. Porque hasta para un niño de siete años debe ser incomprensible que su padre lo mate. Él no sabía nada de las voces en mi cabeza. Del sacrificio que me pidieron para iniciar el largo camino que me trajo hasta este búnker. La policía tampoco comprendió nada, por supuesto, y tras un corto juicio fui condenado a cadena perpetua.
Tiempo después vino el Proyecto Noé. Comenzaba a pudrirme en mi celda cuando el gobierno puso en marcha un programa de emergencia para reconstruir el colapsado sistema de drenaje que amenazaba con desatar un Armagedón anticipado en la ciudad. Todo se hizo en secreto: cientos de reos fuimos obligados a trabajar en estas cloacas inmundas. Limpiamos ductos y tuberías. Saneamos los colectores que tenían remedio y sellamos los inservibles. Cavamos nuevos túneles y galerías, y las conectamos a las viejas. Fue algo parecido a remendar un gigantesco laberinto. Muchos reos murieron durante el proceso, algunos sepultados por los continuos derrumbes, otros ahogados en los inesperados torrentes, la mayoría por la extenuación. Ni siquiera sacaban los cuerpos. Las ratas se dieron un festín durante el largo periodo que tardamos en arreglar ese caos.
Cuando cerrábamos la última galería inservible hubo un derrumbe que dejó atrapado a un grupo de presidiarios. Las autoridades no hicieron nada por rescatarnos. Los escombros cerraron el túnel, así que el trabajo estaba completo. Además, nadie reclamaría el pellejo de un puñado de asesinos. Aquella tumba era nuestro destino final. La primera noche gritamos como poseídos e imploramos el rescate, hasta que escuchamos cómo el resto se marchaba. Sólo yo sobreviví. Pasé meses en los túneles clausurados, escarbando la tierra pútrida con mis propias uñas, avanzando de un pasadizo a otro. Platicando con las ratas que, a veces, me respondían. Me volví un animal de las profundidades. Hasta que un día mis ojos se toparon con un rayo de sol. Una visión divina que descendía de una alcantarilla situada en la calle. Tuve que esperar a que se hiciera de noche para salir. Allí, con la libertad a unos metros, pensé en mi futuro, y tuve una certeza: mi penitencia no había terminado.
Emergí de las cloacas como un auténtico Lázaro. La gente me confundió con un menesteroso y me ignoró. A unos pasos de la alcantarilla había una iglesia. La cruz de neón rojo que flotaba sobre su fachada fue una epifanía. De su puerta salió el Predicador y me extendió la mano. Desde entonces me volví un fiel devoto de la Iglesia del Juicio Final.
Una corriente de aire agita la llama de la vela. ¿De dónde ha salido? Y comprendo, con un estremecimiento. No es el viento: es la risa de mi hijo. Ahora la escucho con nitidez en la penumbra.
No estoy solo en este búnker.
* * *
Hoy hemos visto que Dios puede hablar al hombre sin que este perezca.
Pero no queremos morir devorados por ese gran fuego, y si seguimos oyendo la voz del señor nuestro Dios moriremos. Porque, ¿hay algún
mortal que, habiendo oído como nosotros la voz del Dios vivo hablando
desde el fuego, haya quedado con vida?
Dt: 5,24-26
Me despertó una fuerte sacudida. Al principio pensé que soñaba, pero después me di cuenta de que el búnker se había ensanchado. Fue un terremoto, uno de tantos que vendrán durante la destrucción. Una de las paredes de la vieja estación se derrumbó y ahora hay un hueco, una boca enorme que desea tragarme. La risa que escuché anoche proviene de ahí. ¿Cómo llegó hasta este lugar? Quizá vino conmigo durante el Proyecto Noé y aquí se quedó, esperando mi regreso en la oscuridad. Intuyo lo que me espera del otro lado del agujero: palabras hechas de burbujas de sangre y saliva. Pero antes de acudir al inevitable encuentro debo pensar en cómo era mi hijo cuando estaba vivo, en ese único recuerdo que poseo previo a su muerte: lo que Dios me permitió guardar en la memoria para saber que no fue una pesadilla, que aquello que destruí era algo hermoso que le arrebaté al mundo, a su madre, pero sobre todo a mí mismo.
Era un día soleado. Mi hijo disfrutaba de los juegos infantiles en el parque. Sonreía. Iba de los columpios al sube y baja, y sonreía. Yo lo observaba sentado en una banca, con la Biblia entre las manos. Su pelo chino y castaño reverberaba con el sol, sus dientes blanquísimos refulgían en cada risa. De pronto desapareció. Había bajado la vista un segundo hacia las páginas de la Biblia y, cuando regresé la mirada hacia los juegos él ya no estaba. Fue una sensación espeluznante. Y no porque me llenara de temor la repentina desaparición 4e mi hijo, sino porque me di cuenta de que su ausencia encajaba perfectamente en el mundo. Cuando mi hijo emergió segundos después de uno de los juegos en forma de tobogán, riendo como siempre, supe que las voces tenían razón, y que yo debía borrar esa sonrisa. Era demasiado perfecta.
Ahora la voz de mi hijo me llama desde el hueco del muro. Es un borboteo. El siseo de una serpiente. El ruido de un cuerpo momificado que se arrastra en la penumbra. Llevo tanto tiempo escuchándola que comienzo a entenderla. Me dice: «Hola papá. Ven a jugar conmigo aquí abajo. Flotaremos en la oscuridad. Y ya nada podrá separarnos».
Tengo lista una antorcha. Me llevaré sólo este cuaderno. Un viento caliente sopla desde el agujero y se me unta en la cara, como la lengua de un animal. La risa es más nítida. El juego empieza a ponerse serio. Miro la pared y me dispongo a penetrar en su boca hambrienta.
* * *
El Señor te herirá de locura, ceguera y delirio, de stierte que en pleno
día andarás a tientas, como anda a tientas el ciego en su tiniebla.
Dt: 28,28
Hago una pausa en el camino para relatar lo que he ido encontrando del otro lado de la pared. Atravesé una serie de galerías subterráneas que no conocía. Son muy antiguas, están talladas directamente en la piedra y carecen de revestimiento de concreto. La antorcha poco puede hacer para iluminar la oscuridad que me rodea. La tiniebla del centro de la Tierra es espesa, casi líquida, como si en realidad avanzara en las profundidades del océano. Sin embargo, he notado que el terreno se inclina y ahora desciende. En algunos tramos las rocas parecen contener inscripciones, trazos extraños e indescifrables como jeroglíficos. Quizá sólo son las sombras que proyecta la antorcha en las piedras pero, por momentos, creo que las paredes susurran un lenguaje ominoso.
No sé cuánto tiempo después llegué ante un inmenso agujero abierto en el suelo. Es donde me encuentro ahora. Unas escaleras de piedra se adentran en él y descienden en espiral. Parece la entrada al inframundo. El calor es intenso y estoy empapado en sudor. Debo dejar de escribir porque las gotas caen sobre el cuaderno, convirtiendo también en jeroglíficos mis anotaciones. Puedo ver cómo las letras cambian de forma ante mis ojos.
Las escaleras me aguardan. La risa de mi hijo desapareció, pero este silencio pétreo resulta más aterrador. Espero volver a esta bitácora en algún momento. El descenso parece no tener fin.
(Más tarde)
Todo está perdido. Lo que encontré al final de las escaleras superó mis más sombríos presagios. Ni, mi diario ni yo sobreviviremos. Aun así, escribo para conjurar el horror de estos últimos instantes. Nadie puede escapar a su castigo, ni siquiera sepultándose bajo tierra. Ahora comprendo que fui atraído a esta trampa como un insecto. Y llegó el momento de pagar con mi propia alma.
Tras bajar por esa espiral eterna, llegué ante una cueva en cuyo centro se alzaba una gigantesca zarza ardiente. No era una visión infernal: era como estar frente al mismo Sol. El calor resultaba insoportable y mi piel comenzó a llenarse de ampollas. Antes de que pudiera regresar por donde había venido, una voz colosal se proyectó desde la zarza incandescente. Me dijo: «¿Creías poder esconderte de mí? Vine por todos. Porque todos cabrán en el infierno». No pude mirar más, sentía como si mis pupilas se derritieran. Me di la vuelta y comencé a subir por las escaleras lo más rápido que pude, pero era inútil, la voz se escuchaba dentro de mí: «No puedes huir. Quemaré tus entrañas y continuaré la cosecha. Porque soy la Peste Encarnada. El contagio me alimenta».
Con mis últimas fuerzas regresé al búnker. No habrá un nuevo Deuteronomio, tampoco redención. El Predicador no se equivocaba: debí consumir su veneno. Yo no era especial. Nadie lo es, mucho menos a las puertas del Apocalipsis.
El calor me abrasa por dentro y no puedo escribir más. El Dios de las Profundidades ha llegado al umbral de la pared. Antes de que desate sobre mí su castigo final, lo escucho decir: «Hola papá. Es un hermoso día soleado».
* * *
Y vosotros que erais numerosos como las estrellas del cielo, quedaréis
reducidos a un pequeño número por no haber obedecido al Señor Dios.
Dt: 28,62
El sargento Gutiérrez se subió a su auto y se dirigió al Servicio Médico Forense. Aunque era domingo, tenía una cita con López para hablar de trabajo. El caso que tenían en sus manos era uno de los más extraños de sus carreras. Accidentalmente, trabajadores del sistema de drenaje profundo provocaron un derrumbe en uno de los túneles mientras hacían reparaciones y descubrieron un búnker secreto. Dentro estaba un hombre muerto y un cuaderno en que relataba su estancia en aquel agujero. El texto era críptico, pero se entendía que el hombre creía en el Juicio Final y por eso se había refugiado bajo tierra. Cómo diablos tenía conocimiento de aquella estación de bombeo abandonada, era uno de tantos misterios que rodeaban el caso.
López le había mandado un mensaje mientras se encontraba en la cantina, diciéndole que tenía los resultados de la autopsia. Tras pagar al mesero y despedirse de algunos parroquianos, Gutiérrez se marchó. Condujo por calles poco transitadas, disfrutando la sensación de embriaguez que invadía su cuerpo. El cielo estaba despejado y hacía buen clima. ¿El fin del mundo? Qué tontería.
El forense le ofreció una taza de café y después le entregó el expediente. Mientras lo revisaba, López le dijo:
—Hay algo inexplicable.
—Es un caso singular —comentó Gutiérrez, sin despegar la mirada de las páginas —. ¿De qué hablas?
—Por fuera, el cuerpo de este hombre estaba intacto —el forense hizo una pausa, mientras encontraba la manera adecuada de expresarse—. Pero por dentro…
—Lo leeré primero aquí si te sigues tardando.
López tomó aire y se animó a decirlo:
—Parece como si se le hubieran cocido las visceras.
Gutiérrez dejó de leer el informe y miró al forense. No dijo nada, pero aquellas palabras se clavaron en sus oídos como uñas afiladas.
De regreso a su casa, Gutiérrez pensó en aquel hombre, su sombrío refugio subterráneo y el contenido del diario. Recordó lo que relataba: el descenso hacia la caverna y el encuentro con la zarza ardiente. No sabía qué conclusión sacar de todo aquello, pero de una cosa estaba seguro: en su reporte recomendaría a las autoridades sanitarias que rellenaran ese búnker con cemento. Si por alguna razón había en el drenaje algo más que ratas, no sería él quien bajaría a comprobarlo.
Sacó la cabeza por la ventana del auto y dejó que el aire fresco lo golpeara.
Era un día endemoniadamente agradable.