Denuncia inmediata
Quejas
Al subir por el camino de entrada en el coche de alquiler, Cathy ve el cartel y tiene que echarse a reír: «Lyndham Falls - Retiro con encanto».
No se ajustaba exactamente a lo que Della había descrito.
El edificio se hace visible a continuación. La entrada principal es bastante bonita. Grande y acristalada, con bancos en el exterior y un aire de orden médico. Pero los apartamentos del jardín, al fondo de la finca, son pequeños y destartalados. Los porches son diminutos, y parecen corrales para animales. Desde fuera, frente a las ventanas con cortinas y las puertas castigadas por la intemperie, se intuye un interior habitado por vidas solitarias.
Cuando se baja del coche, el aire se le antoja diez grados más cálido que el del exterior del aeropuerto aquella mañana, en Detroit. El cielo de enero es de un azul casi sin nubes. Ni el menor indicio de la ventisca contra la que Clark le ha venido advirtiendo, tratando de persuadirla para que se quedara en casa a cuidarle.
—¿Por qué no vas la semana que viene? —dijo—. Aguantará.
Cathy está a medio camino de la puerta principal cuando se acuerda del regalo de Della y vuelve al coche para cogerlo. Al sacarlo de la maleta, se siente satisfecha una vez más de lo bien que lo ha envuelto. El papel de ese grueso, de tacto pulposo, sin blanquear, que imita la corteza de abedul. (Tuvo que ir a tres papelerías para encontrar el que le gustaba). En lugar de decantarse por un lazo chillón, Cathy cortó unas ramitas del árbol de Navidad que estaban a punto de dejar en la acera y compuso una guirnalda. Ahora el regalo parecía hecho a mano, y orgánico, como una ofrenda ceremonial de los pobladores autóctonos de Norteamérica, algo no para una persona sino para la tierra.
Lo que hay dentro no es nada original. Es lo que Cathy le regala siempre a Della: un libro.
Pero esta vez es más que eso. Es una especie de medicina.
Desde que se mudó a Connecticut Della se ha quejado de que ya no puede leer. «Últimamente no soy capaz de fijar la atención en un libro», es lo que me ha dicho por teléfono. No dice por qué. Las dos saben por qué.
Una tarde de agosto pasado, durante la visita anual de Cathy a Contoocook, donde Della vivía entonces, Della mencionó que su doctora le había mandado hacerse unos análisis. Eran poco más de las cinco, y el sol se ponía tras los pinos. Para protegerse de los vapores de pintura estaban tomándose las margaritas en el porche con mosquitera.
—¿Qué clase de análisis?
—Todo tipo de análisis tontos —dijo Della, con una mueca—. Por ejemplo, esa terapeuta a la que me ha estado mandando… Se llama a sí misma terapeuta, pero no aparenta más de veinticinco años. Me manda dibujar manecillas de reloj. Como si hubiera vuelto al jardín de infancia. O me enseña un montón de fotos y me dice que las recuerde. Pero luego se pone a hablar de otras cosas. Tratando de distraerme. Y luego me pregunta qué había en esas fotos.
Cathy miró la cara de Della a la luz mortecina. A los ochenta y ocho años, Della sigue siendo una mujer vivaracha y guapa, con un sencillo corte del pelo blanco que recuerda a Cathy las pelucas empolvadas. A veces habla sola, o se queda con la mirada fija en el vacío, pero no mucho más que cualquier persona que pasa mucho tiempo sin hablar con nadie.
—¿Cómo te ha ido?
—No demasiado bien.
El día anterior, volviendo en coche de la ferretería, en Concord, Della se había inquietado mucho a causa del tono de la pintura que habían elegido. ¿Era lo bastante brillante? ¿No sería mejor que la devolvieran? No era tan alegre como les había parecido en el muestrario de la ferretería. ¡Oh, qué derroche de dinero! Al final, Cathy dijo:
—Della, te estás angustiando otra vez.
Y eso bastó. La expresión de Della se apaciguó como si la hubieran espolvoreado con polvos mágicos.
—Lo sé, sí —dijo—. Cuando me pongo así tienes que decírmelo.
En el porche, Cathy dio un sorbo a su bebida y dijo:
—Yo no me preocuparía por eso, Della. Esos análisis ponen nerviosa a cualquiera.
Unos días después Cathy regresó a Detroit. Y ya no volvió a oír hablar de los análisis. Luego, en septiembre, Della la llamó para decirle que la doctora Sutton iba a ir a verla a su casa y le había pedido a Bennett, el hijo mayor de Della, que estuviera presente.
—Si quiere que Bennett venga hasta aquí —dijo Della—, seguramente serán malas noticias.
El día en cuestión —un lunes— Cathy esperó la llamada de Della. Cuando esta llamó finalmente, su voz sonaba agitada, casi aturdida. Cathy supuso que la doctora la había visto bien de salud. Pero Della no mencionó los resultados del análisis. En lugar de ello, y en un estado de ánimo de felicidad casi delirante, dijo:
—¡La doctora Sutton no podía creerse lo preciosa que me ha quedado la casa! Le conté lo ruinosa que estaba cuando me mudé, y cómo tú y yo planeamos algo cada vez que vienes a visitarme, y no podía creérselo. ¡Le pareció que estaba fantástica!
Tal vez Della no era capaz de encarar las noticias, o tal vez las había olvidado ya. Sea como fuere, Cathy se asustó.
Fue Bennett quien se encargó de explicarle los detalles médicos. Y lo hizo en un tono seco, pragmático. Bennett trabaja para una compañía de seguros, en Hartford, calculando las probabilidades de enfermedad y muerte día a día, y tal vez fue esta la razón.
—La doctora dice que mi madre ya no puede conducir. Ni utilizar la cocina. Va a medicarla con algo; para estabilizarla, supongo. Durante un tiempo. Pero la conclusión es que no puede vivir sola.
—Fui a verla hace un mes y estaba bien —dijo Cathy—. Le entra ansiedad, angustia, eso es todo.
Hubo una pausa, y al cabo Bennett dijo:
—Sí, ya. La ansiedad es parte de lo que tiene.
¿Qué podía hacer Cathy en su situación? No solo no tenía nada que hacer en el Medio Oeste, sino que era una especie de rara avis o intrusa en la vida de Della. Cathy y Della eran amigas desde hacía cuarenta años. Se conocieron cuando ambas trabajaban en la Escuela de Enfermería. Cathy tenía treinta años y se acababa de divorciar. Había vuelto a casa de sus padres; así su madre podría cuidar de Mike y de John mientras ella estaba en el trabajo. Della era una madre cincuentona que vivía en una elegante casa de un barrio residencial cercano al lago. Había vuelto a trabajar no porque necesitase con urgencia el dinero —como Cathy—, sino porque no tenía nada que hacer. Sus dos hijos mayores se habían ido ya de casa. El benjamín, Robbie, estaba en el instituto.
En circunstancias normales nunca se habrían relacionado en la Escuela de Enfermería. Cathy trabajaba abajo, en Tesorería, y Della era secretaria ejecutiva del decano. Pero un día, en el comedor del autoservicio, Cathy oyó a Della hablar con entusiasmo del programa Weight Watchers, de lo fácil que era seguirlo, y sin tener que pasar hambre.
Cathy acababa de volver a salir con hombres. Otra forma de decirlo sería que se acostaba con varios a la vez. A raíz de su divorcio se había visto apremiada por la urgencia de recuperar el tiempo perdido. Era tan temeraria como una adolescente, y lo hacía con hombres que apenas conocía, en asientos traseros de coches o en el suelo enmoquetado de furgonetas aparcadas en calles urbanas frente a casas donde dormían apaciblemente buenas familias cristianas. Además del placer esporádico que obtenía con esos hombres, Cathy buscaba una especie de autoenmienda, como si las arremetidas y los embates masculinos fueran capaces de hacerla entrar en razón y disuadirla para siempre de volver a casarse con alguien parecido a su exmarido.
Al volver a casa pasada la medianoche después de uno de estos lances, Cathy se dio una ducha. Luego se quedó de pie frente al espejo del cuarto de baño, evaluándose con la misma mirada objetiva que tiempo después aplicaría a la remodelación de casas. ¿Qué podía arreglarse? ¿Qué disimularse? ¿De qué debía hacerse caso omiso y convivir con ello?
Empezó a ir a Weight Watchers. Della la llevaba a las reuniones. Menuda y vivaz, de pelo escarchado, grandes gafas de montura translúcida y rosada y blusa de rayón satinada, Della se sentaba en un cojín para poder ver por encima del volante de su Cadillac. Llevaba cursis pasadores en forma de abejorros o perros salchicha, y se empapaba de perfume. Era de una marca de grandes almacenes, floral y empalagoso, diseñado más para enmascarar el aroma natural de la mujer que para acentuarlo, como hacían los aceites corporales que se aplicaba Cathy con unos toquecitos en sus puntos de presión. Visualizaba a Della rociándose de perfume con el aerosol y luego pavoneándose en medio de la niebla como una idiota.
Después de haber perdido unos cuantos kilos, se regalaban una vez a la semana con cena y copas. Della llevaba en el bolso su contador de calorías, para asegurarse de que no se desmadraban demasiado. Así es como descubrieron las margaritas.
—Oye, ¿sabes de algo que sea bajo en calorías? —dijo Della.
—El tequila. Solo tres calorías por gramo.
Intentaron no pensar en el azúcar del combinado.
Della era solo cinco años menor que la madre de Cathy. Ambas compartían numerosas opiniones sobre el sexo y el matrimonio, pero era más fácil escuchar estas proclamas en boca de alguien que no se arrogaba la propiedad de tu cuerpo. Además, la forma en que Della difería de la madre de Cathy dejaba bien claro que su madre no era el árbitro moral que siempre había sido en la cabeza de Cathy, sino solo una manera de ser.
Resultó que Cathy y Della tenían en común un montón de cosas. A las dos les gustaban los trabajos manuales: adornos de papel cortado, cestería, restauración de muebles antiguos…, todo tipo de artesanías. Y les encantaba leer. Se prestaban los libros que sacaban de la biblioteca, y al cabo de un tiempo dieron en sacar los mismos libros, de forma que podían leerlos al mismo tiempo y debatir sobre ellos. No se consideraban intelectuales, pero distinguían la buena escritura de la mala. Y, sobre todo, sabían disfrutar de una buena historia. Recordaban las tramas de los libros mucho mejor que sus títulos o autores.
Cathy evitaba la casa de Della, en Grosse Pointe. No quería tener que sufrir las alfombras de pelo largo o los cortinajes de tono pastel, o tropezar con el marido republicano de Della. Tampoco invitaba nunca a Della a la casa de sus padres. Era mejor encontrarse en un terreno neutral, donde nadie pudiera recordarles su incompatibilidad.
Una noche, dos años después de conocerse, Cathy llevó a Della a la fiesta de unas amigas. Una de ellas había asistido a una charla de Krishnamurti, y todo el mundo se sentó en el suelo, sobre cojines, a escuchar lo que contaba. Y empezó a circular un porro.
Oh, no…, pensó Cathy cuando este llegó a Della. Pero, para su sorpresa, Della inhaló el humo y lo pasó a la de al lado.
—Bien, es el no va más… —dijo Della luego—. Aquí me tienes fumando hierba.
—Lo siento —dijo Cathy, riendo—. Pero… ¿te ha gustado?
—No, no me ha gustado. Y me alegro. Si Dick supiera que he estado fumando marihuana se pondría como una fiera.
Pero estaba sonriendo. Feliz de tener un secreto.
Tenían otros. Unos años después de casarse con Clark, Cathy se hartó un día y se fue de casa. Se registró en un motel, en Eight Mile.
—Si te llama Clark, no le digas dónde estoy —le dijo a Della. Y Della hizo lo que le decía. Y se limitó a llevarle algo de comer todas las noches, durante una semana, y a escucharla despotricar contra su marido hasta que se desahogó por completo. O lo bastante, al menos, para reconciliarse con él.
—¿Un regalo? ¿Para mí?
Della, aún llena de un entusiasmo de chiquilla, mira con ojos muy abiertos el envoltorio que Cathy le tiende. Está sentada en un sillón azul, junto a la ventana; en el único asiento, de hecho, del pequeño estudio atestado. Cathy está encaramada con desmaña en la meridiana de al lado. Las persianas venecianas están echadas, y el estudio está en penumbra.
—Es una sorpresa —dice Cathy, con una sonrisa forzada.
Tenía la impresión, por Bennett, de que Wyndham Falls era una residencia de ancianos. La página web menciona «servicios de urgencia» y «ángeles visitadores». Pero el folleto que Cathy ha cogido en recepción, a su llegada, dice que Wyndham se anuncia a sí misma como una «comunidad de retiro de mayores de cincuenta y cinco años». Además de los muchos residentes ancianos que tratan de abrirse camino por los pasillos tras sus andadores de aluminio, hay veteranos de guerra más jóvenes, con barba, chaleco y gorra, moviéndose de un lado a otro en sillas de ruedas eléctricas. No hay personal de enfermería. Es más barato que un cuidado asistencial y los servicios son mínimos: comidas preparadas en el comedor, cambio de sábanas una vez a la semana. Eso era todo.
En cuanto a Della, parecía idéntica a la última vez que Cathy la vio en agosto. En atención a la visita de Cathy se había puesto un jersey sin mangas de tela vaquera limpio y un top amarillo. Se había pintado los labios y maquillado en los sitios adecuados y en la medida justa. La única diferencia es que ahora Della también utiliza andador. Una semana después de ingresar en el centro, resbaló y se golpeó la cabeza contra el pavimento del exterior de la entrada. Perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, un auxiliar médico grande, guapo y de ojos azules la miraba fijamente. Della alzó los ojos hacia él y preguntó:
—¿Me he muerto y he ido al cielo?
En el hospital, le hicieron una resonancia magnética para comprobar si había una hemorragia cerebral. Luego la examinó un médico joven por si tenía otras heridas.
—Así que heme aquí —le dijo Della a Cathy por teléfono—. Tengo ochenta y ocho años y aquí está este joven doctor examinando cada centímetro de mi cuerpo. Y cuando digo cada centímetro quiero decir cada centímetro. Le he dicho: «No sé cuánto le pagan, pero seguro que no es suficiente».
Estas muestras de humor confirman lo que Cathy ha pensado a todo lo largo del proceso: que la confusión mental de Della es de origen emocional. A los médicos les encantan los diagnósticos y las pastillas y apenas prestan atención al humano que tienen delante.
Della, por su parte, nunca ha mencionado su diagnóstico médico; siempre se refiere a él como «su dolencia», o «esto que tengo». Una vez dijo:
—Nunca puedo recordar el nombre de lo que tengo. Es algo que tienes cuando eres viejo. Eso que casi nadie quiere tener. Eso es lo que tengo.
Otra vez dijo:
—No es alzhéimer, sino lo siguiente menos grave.
A Cathy no le sorprende que Della reprima la terminología. «Demencia» no es una palabra bonita. Suena violenta, invasiva, como si tuvieras un demonio vaciándote el cerebro a paladas, lo cual, en realidad, es lo que es.
Ahora mira el andador de Della que está en un rincón, un infame artilugio color magenta con un asiento negro de polipiel. Sobresalen unas cajas de debajo de la meridiana. Hay cacharros apilados en el fregadero de la minúscula cocina. Nada demasiado llamativo. Pero Della siempre ha tenido la casa en el orden más escrupuloso; cualquier cosa fuera de sitio se le antojaba un engorro.
Cathy está contenta de haberle traído el regalo.
—¿No vas a abrirlo? —le pregunta.
Della mira el paquete como si de pronto se hubiera materializado en sus manos.
—Oh, claro.
Le da la vuelta y examina la parte de abajo. Su sonrisa es incierta. Es como si supiera que sonreír es algo obligado en ese momento, pero no supiera bien por qué.
—¡Mira qué papel de regalo! —dice al cabo—. Es precioso. Voy a abrirlo con cuidado para no romperlo. Quizá lo utilice otra vez.
—Puedes romperlo. No me importa.
—No, no —insiste Della—. Es un papel de regalo muy bonito y quiero conservarlo.
Sus viejas manos llenas de manchas de la edad manipulan el papel hasta abrir el envoltorio sin romperlo. El libro cae en su regazo.
No da muestras de reconocerlo.
Aunque eso no tiene por qué significar nada necesariamente. Los editores han sacado una edición nueva. La cubierta original, con la ilustración de las dos mujeres sentadas con las piernas cruzadas dentro de una tienda india, se ha reemplazado por una fotografía en color de montañas coronadas de nieve, y los tipos del título son mucho más llamativos.
Un segundo después, Della exclama:
—¡Eh, mira! ¡Nuestra historia favorita!
—No solo eso —dice Cathy, señalando la cubierta—. Fíjate. «¡Edición del vigésimo aniversario! ¡Más de dos millones de ejemplares vendidos!». ¿No es increíble?
—Bueno, siempre supimos que era un buen libro.
—Sí, claro. La gente tendría que hacernos caso. —Con voz más suave, Cathy añade—: He pensado que a lo mejor hace que vuelvas a leer, Della. Ya que este te lo conoces tan bien…
—Oh, ya… Como para calentar motores. El último libro que me mandaste, La habitación… Llevo ya dos meses leyéndolo y apenas he pasado de la página veinte.
—Es un libro muy intenso.
—¡Sobre alguien que no puede salir de su habitación! Me toca un poquito de cerca, ¿no?
Cathy se ríe. Pero Della no bromea en absoluto, y Cathy ve la oportunidad. Deslizándose fuera de la meridiana, gesticula en dirección a las paredes, como en señal de queja.
—¿No podrían Bennett y Robbie conseguirte un sitio mejor que este?
—Probablemente sí —dice Della—. Pero dicen que no pueden. Robbie tiene que pagar la pensión alimenticia y la manutención de un menor. Y por lo que se refiere a Bennett, esa Joanne seguramente no quiere que gaste más dinero en mí. Nunca le he gustado.
Cathy asoma la cabeza al cuarto de baño. No está tan mal como se temía; no hay nada sucio ni sonrojante. Pero la cortina de hule de la ducha parece más propia de un asilo. Por suerte es algo que se puede arreglar enseguida.
—Tengo una idea —dice Cathy, volviéndose hacia Della—. ¿Te has traído el álbum de fotos?
—Por supuesto. Le dije a Bennett que no iba a ninguna parte sin mi álbum de fotos. Tal como están las cosas, me hizo dejar todos mis muebles buenos en la casa, para poder venderla fácilmente. Pero ¿sabes qué? Hasta ahora no ha ido nadie a verla.
Si Cathy está escuchándola, no lo parece. Va hasta la ventana y sube de golpe la persiana.
—Podemos empezar por animar un poco el cuarto. Colgar unas cuantas fotos de las paredes. Hacer que esto parezca un sitio donde se vive.
—Estaría bien. Si esto no tuviera un aire tan lastimoso, creo que me sentiría mejor. Es casi como estar… presa. —Della sacude la cabeza—. Algunos de los residentes están nerviosísimos.
—Crispados, ¿no?
—Muy crispados —dice Della, riéndose—. Tienes que andarte con cuidado con quién te sientas en el comedor.
Cuando Cathy se ha ido, Della mira el aparcamiento desde la silla. A lo lejos se forman masas de nubes. Cathy le ha dicho que la tormenta no llegará hasta el lunes, después de que ella se haya ido, pero Della, aprensiva, alarga la mano para coger el mando a distancia.
Apunta hacia el televisor y aprieta el botón. El aparato sigue igual.
—Esta tele nueva que me ha traído Bennett es una porquería —dice, como si Cathy, u otra persona, estuviera allí para escucharla—. Tienes que encender la tele tú misma, y luego esa otra caja de debajo. Pero hasta cuando consigo encender esta maldita tele me es imposible encontrar ninguno de mis programas favoritos.
Ha dejado el mando a distancia justo cuando Cathy surge de un punto del edificio y se dirige hacia su coche. Della la sigue con la mirada, fascinada y perpleja. Su intento de disuadir a Cathy de que viniera a visitarla no se había debido por completo al mal tiempo. Temía no estar a la altura de la visita. Desde su caída y su estancia en el hospital, no se sentía demasiado bien. Se sentía consumida. Tener que ir de aquí para allá con Cathy, verse atrapada en un torbellino de actividad, se le antojaba excesivo.
Por otra parte, estaría bien animar un poco el cuarto. Della trata de imaginar las paredes repletas de caras amadas, esenciales en su vida.
Y luego sigue un período en que nada parece suceder; nada del presente, en cualquier caso. Últimamente estos interludios caen sobre Della cada vez con más frecuencia. Está buscando, por ejemplo, su libreta de direcciones, o haciendo café, cuando de pronto siente que algo tira de ella hacia atrás y la enfrenta a gente y objetos en los que no ha pensado en años. Tales remembranzas la inquietan no porque le traigan cosas desagradables (si bien a menudo lo hacen), sino porque resultan tan vívidas y exceden de tal modo su vida cotidiana que hacen que esta parezca tan desvaída como una blusa vieja que se ha lavado demasiadas veces. Uno de los recuerdos que vuelve y vuelve últimamente es el de la carbonera en la que había tenido que dormir de niña. Fue después de que se mudaran a Detroit desde Paducah. Y después de que su padre se fuera de casa. Della, su madre y su hermano vivían en una casa de huéspedes. Su madre y Glenn tenían cuartos normales, en el piso de arriba, pero Della tenía que dormir en el sótano. Un sótano en el que ni siquiera se podía entrar desde el interior de la casa. Había que salir al patio trasero y levantar las puertas que daban acceso al sótano. La patrona había blanqueado el habitáculo y puesto una cama y unos cojines hechos de sacos de harina. Pero eso no engañaba a Della. La puerta era de metal, y no había ventanas. Era oscuro como boca de lobo. ¡Oh, cómo odiaba tener que bajar todas las noches a aquella carbonera! ¡Era como bajar a una cripta!
Pero nunca se quejó. Se limitaba a hacer lo que se le decía.
La casita de Della, en Contoocook, era el único lugar que había sido exclusivamente suyo. Por supuesto, a su edad empezaba a ser un quebradero de cabeza. Subir la colina en invierno, o encontrar a alguien que le quitara la nieve del tejado para que no se hundiera y la enterrase viva. Quizá la doctora Sutton, Bennett y Robbie tenían razón. Quizá Della está mejor en esta residencia.
Cuando vuelve a mirar por la ventana el coche de Cathy ya no está. Así que coge el libro que Cathy le ha traído. Las montañas azules de la cubierta siguen confundiéndola. Pero el título es el mismo: Las dos ancianas. Abre el libro y pasa las hojas, deteniéndose aquí y allá para admirar las ilustraciones.
Luego vuelve a la primera página. Fija la mirada en las palabras y la desplaza hasta el final de la línea. Una frase. Dos. Luego un párrafo entero. Desde la última vez que la leyó, ha olvidado la historia hasta el punto de que le parece nueva, aunque familiar. Bienvenida sea. Pero, más que nada, es el acto mismo de leer lo que le procura alivio, el olvido de sí misma y el zambullirse y bucear en las vidas de sus semejantes.
Como muchos de los libros que Della ha leído a lo largo de los años, Las dos ancianas se lo recomendó Cathy. Después de dejar la Escuela de Enfermería, Cathy empezó a trabajar en una librería. Se había vuelto a casar y se había ido a vivir con su marido Clark a una vieja granja. Una vez instalada en ella, Cathy se pasó los diez años siguientes arreglándola.
Della se aprendió de memoria el horario de Cathy, y pasaba a verla en horas de trabajo, sobre todo los jueves por la tarde, cuando no había muchos clientes y Cathy tenía tiempo para charlar.
Así que Della eligió un jueves para contarle sus nuevas a Cathy.
—Adelante, te escucho —dijo Cathy. Empujaba un carro de libros por la tienda, reponiendo las existencias, mientras Della estaba sentada en un sillón de la sección de poesía. Cathy le ofreció un té, pero Della dijo:
—Preferiría una cerveza.
Cathy encontró una en la nevera de la oficina, había sobrado de una firma de ejemplares de cierto autor. Eran más de las siete de una tarde de abril y no había ningún cliente en la librería.
Della empezó a contarle a Cathy el comportamiento extraño que su marido estaba teniendo últimamente. Dijo que no sabía qué le estaba pasando.
—Por ejemplo, hace unas semanas Dick se levantó de la cama en mitad de la noche. Acto seguido oigo cómo su coche baja marcha atrás por el camino de entrada. Pensé para mí misma: «Bien, tal vez ha llegado el momento. Tal vez ya está harto de mí y no voy a volver a verle más».
—Pero volvió —dijo Cathy, poniendo un libro en una estantería.
—Sí. Como una hora después. Bajé y allí estaba él. De rodillas sobre la alfombra, con un montón de mapas de carretera a su alrededor.
Cuando Della le preguntó a su marido qué diablos estaba haciendo, Dick dijo que estaba estudiando la posibilidad de hacer unas inversiones en Florida. Terrenos en primera línea de playa en zonas infravaloradas a las que se podía llegar en vuelos directos desde las ciudades más importantes.
—Le dije: «Pero si ya tenemos dinero suficiente. Puedes jubilarte, y estaremos perfectamente. ¿Por qué quieres correr ese riesgo ahora?». ¿Y sabes lo que me contestó? Me contestó: «La palabra jubilación no está en mi vocabulario».
Cathy desapareció en la sección de autoayuda. Della estaba demasiado absorta en su historia como para levantarse y seguirla. Dejó caer la cabeza con gesto de desaliento, y fijó la mirada en el suelo. Su tono estaba lleno de pasmo y escándalo ante las ideas que los hombres eran capaces de concebir, sobre todo cuando se hacían viejos. Eran como arrebatos de demencia, solo que ellos, los maridos, vivían estos dislates como fogonazos de sagacidad. «¡Se me acaba de ocurrir una idea!», decía a todas horas Dick. Podían estar haciendo cualquier cosa, cenando, yendo al cine, cuando la inspiración se apoderaba de él y se quedaba quieto para proclamar: «Eh, acabo de tener un pensamiento…». Y allí seguía inmóvil, con un dedo en la barbilla, haciendo cálculos, maquinando.
Su última idea versaba sobre un centro de recreo en los Everglades. En las imágenes de Polaroid que le mostró a Della, el resort aparecía como una encantadora pero desvencijada cabaña de cazadores rodeada de robles de hoja perenne. La diferencia de esta última vez era que Dick ya había puesto en marcha su idea. Sin decirle nada a Della, había pedido un crédito hipotecario para comprar el lugar en cuestión, y había utilizado parte de sus planes de pensiones para pagar la entrada.
—¡Somos los ufanos propietarios de un resort propio en los Everglades de Florida! —anunció.
Por mucho que le doliera contarle aquello a Cathy, también le producía cierto placer. Sostenía la botella de cerveza con las dos manos. La librería estaba en silencio; el cielo, fuera, oscuro, y las tiendas de alrededor habían cerrado ya hasta el día siguiente. Era como si fueran las dueñas del recinto.
—Así que ahí nos tienes empantanados con ese maldito resort —dijo Della—. Dick quiere convertirlo en un montón de apartamentos. Y para eso, dice, tiene que irse a Florida. Y, como de costumbre, quiere que vaya con él.
Cathy reapareció con el carro. Della esperaba encontrar una expresión de solidaridad en su semblante, pero, en lugar de ello, Cathy tenía la boca apretada y tensa.
—¿Así que os mudáis? —dijo con frialdad.
—No me queda más remedio. Me obliga a hacerlo.
—Nadie te obliga a hacerlo.
Esto lo dijo Cathy con su recientemente adquirido tono de sabelotodo. Como si se hubiera leído la sección de autoayuda entera y pudiera ahora dispensar asesoramiento matrimonial y ayuda psicológica.
—¿Qué quieres decir con que nadie me obliga a hacerlo? Dick me obliga.
—¿Y qué pasa con tu trabajo?
—Tendré que dejarlo. Y no quiero. Me gusta trabajar. Pero…
—Pero cederás, como de costumbre.
El comentario parecía no solo cruel sino injusto. ¿Qué esperaba Cathy que hiciera Della? ¿Divorciarse de su marido después de cuarenta años de matrimonio? ¿Alquilar un apartamento y empezar a citarse con desconocidos, como hacía Cathy cuando se conocieron?
—Si quieres dejar el trabajo e irte a Florida, allá tú —dijo Cathy—. Pero yo tengo un trabajo. Así que, si no te importa, tengo cosas que hacer antes de cerrar.
Nunca se habían peleado. Durante las semanas siguientes, cada vez que Della pensaba en llamar a Cathy se daba cuenta de que estaba demasiado enfadada para hacerlo. ¿Quién era Cathy para decirle cómo llevar su matrimonio? Ella y Clark se pasaba la mitad del tiempo tirándose los trastos a la cabeza.
Un mes después, justo cuando Della estaba haciendo las últimas cajas para la mudanza, Cathy se presentó en su casa.
—¿Estás enfadada conmigo? —dijo Cathy cuando Della abrió la puerta.
—Bueno, hay veces en que piensas que lo sabes todo.
Aquello fue tal vez demasiado cruel, porque Cathy se echó a llorar desconsoladamente. Se inclinó hacia delante y dijo con voz lastimera:
—¡Voy a echarte de menos, Della!
Las lágrimas se le deslizaban por las mejillas. Abrió los brazos como para abrazar a su amiga. Della no aprobaba la primera de estas respuestas y vacilaba respecto de la segunda.
—Vamos, déjalo ya —dijo—. Vas a hacer que yo también me ponga a llorar.
Pero los sollozos de Cathy se hicieron más fuertes.
Alarmada, Della dijo:
—Podremos hablar por teléfono, Cathy. Y escribirnos cartas. Y visitarnos. Puedes venir y alojarte en nuestro «resort». Seguramente estará lleno de serpientes y caimanes, pero serás bienvenida.
Cathy no se rio. Entre lágrimas, dijo:
—Dick no querrá que vaya a visitarte. Me odia.
—No te odia.
—¡Bien, pues yo le odio a él! Te trata como a una mierda, Della. Lo siento, pero es la verdad. Y ahora te está haciendo dejar tu trabajo para irte con él a Florida. ¿A hacer qué?
—Ya basta —dijo Della.
—¡De acuerdo, de acuerdo! ¡Es que me siento tan frustrada!
Cathy, no obstante, se estaba tranquilizando. Al cabo de un momento dijo:
—Te he traído una cosa. —Abrió el bolso—. Llegó a la librería el otro día. De un pequeño editor de Alaska. No lo habíamos pedido, pero empecé a leerlo y no pude dejarlo. No voy a contarte de qué va la historia, pero, bueno…, ¡me ha parecido que viene que ni pintado al caso! Ya lo verás cuando lo leas. —Miraba a Della a los ojos —. A veces los libros le llegan a uno por un motivo, Della. Es algo muy extraño.
Della nunca sabía qué hacer cuando Cathy se ponía mística con ella. A veces decía que la luna le afectaba el estado de ánimo, y atribuía a las coincidencias significados especiales. Aquel día, Della le dio las gracias a Cathy por el libro y se las arregló para no llorar cuando al final se dieron el abrazo de despedida.
El libro tenía un dibujo en la cubierta. Dos indias sentadas en un tipi. Cathy se había aficionado a ese tipo de lecturas recientemente: historias sobre los nativos norteamericanos o los esclavos sublevados en Haití, historias con fantasmas o acontecimientos mágicos. A Della, por su parte, le gustaban unas más que otras.
Metió el libro en una caja de cosas diversas que aún no había cerrado con cinta adhesiva.
¿Y qué pasó luego con él? Envió la caja a Florida junto a todas las demás. Resultó que no había sitio suficiente para todas sus pertenencias en la cabaña de caza de una sola pieza, así que tuvieron que dejarlas en un guardamuebles. El resort se fue al garete al año siguiente. Dick pronto hizo que Della lo siguiera a Miami, y luego a Daytona, y finalmente a Hilton Head, a medida que iba intentando un negocio tras otro. Y cuando murió su marido, al verse enfrentada a la bancarrota, Della se vio forzada a abrir el guardamuebles para vender todos sus muebles. Examinando las cajas que había enviado a Florida casi una década antes, abrió la de objetos diversos y se topó con Las dos ancianas.
El libro retoma una vieja leyenda atabascana, que la autora, Velma Wallis, oyó de niña. Una leyenda que pasaba «de madres a hijas» y que contaba la historia de las dos ancianas del título. Ch’idzigyaak y Sa’, a quienes su tribu las deja atrás en un tiempo de hambruna.
Dicho de otro modo, las abandonan a una muerte cierta. Como dictaba la costumbre.
Solo que las dos ancianas no mueren. Se ponen a charlar en medio del bosque. ¿No supieron un día cazar y pescar y buscar comida? ¿No podían volver a hacerlo? Así pues, eso es lo que hacen: vuelven a aprender todo lo que aprendieron de jóvenes. Buscan animales que cazar y pescan en las aguas heladas, y en un momento dado se esconden de unos caníbales que cruzan su territorio. Pasan por todo tipo de trances.
Una ilustración del libro muestra a las dos mujeres atravesando la tundra de Alaska. Con zamarras esquimales con capucha y botas de piel de foca, arrastran sendos trineos, la que va en cabeza un tanto más encorvada que la otra. Al pie de la estampa se lee:
Nuestras tribus se han ido en busca de comida a la tierra de la que nos hablaron nuestros
abuelos, más allá de las montañas. Pero a nosotras nos han considerado no aptas para ir con ellos, porque caminamos con bastón y somos lentas.
Hay pasajes que destacan, como uno en el que Ch’idzigyaak dice:
—Sé que estás segura de que vamos a sobrevivir. Eres la más joven. No pudo evitar sonreír con amargura ante este comentario, ya que el día anterior mismo
las habían considerado demasiado viejas para vivir con los jóvenes.
—Es como tú y como yo —dijo Della cuando por fin leyó el libro y llamó a Cathy—. Una es más joven que la otra, pero las dos están en el mismo aprieto.
Había empezado como una broma. Era divertido comparar su situación, en el Detroit residencial suburbano y la rural New Hampshire, con el apuro existencial en que se encontraban las dos ancianas inuit. Pero los paralelismos les parecían reales. Della se mudó a Contoocook para estar más cerca de Robbie y Robbie, dos años después, se mudaba a Nueva York, dejando a su madre abandonada en los bosques. La librería de Cathy cerró. Y ella empezó un negocio de tartas caseras. Clark se había retirado, y se pasaba el día delante del televisor, extasiado ante las hermosas mujeres del tiempo. De senos generosos, con ceñidos vestidos de vivos colores, se movían ondulantemente ante los mapas meteorológicos, como remedando los frentes de tormenta. Los cuatro hijos de Cathy se habían ido de Detroit. Vivían lejos, al otro lado de las montañas.
Había una ilustración del libro que a Della y a Cathy les gustaba especialmente. Mostraba a Ch’idzigyaak en el acto de lanzar el hacha mientras Sa’ la observaba. La leyenda rezaba: Si vemos una ardilla, quizá podamos matarla con las hachas, como hacíamos de jóvenes.
E hicieron de tal pensamiento su consigna. Siempre que una de ellas se sentía desanimada, o necesitaba afrontar un problema, la otra la llamaba y le decía: «Es hora de coger el hacha».
Sobreponte, querían decir. No te deprimas.
Era otra cualidad que compartían con las mujeres inuit. La tribu no había dejado atrás a Ch’idzigyaak y a Sa’ solo porque fueran viejas. También porque eran quejicas. Siempre lamentándose de sus achaques.
Los maridos a menudo pensaban que sus mujeres se quejaban demasiado. Pero esta era también una queja en sí misma. Un modo de callar a las mujeres. Sin embargo, Della y Cathy sabían que su infelicidad, en parte, era culpa suya. Dejaban que las cosas se enconaran, tomaran un sesgo sombrío, se pusieran feas. Aunque sus maridos les preguntaran qué pasaba, no respondían. Hacerse las víctimas era demasiado placentero. Verse aliviadas les exigiría no seguir siendo ellas mismas.
¿Qué hay en la queja que le hace a uno sentirse tan bien? ¿Qué hace que el sufriente y su compinche en el sufrimiento salgan de una sesión concienzuda de quejumbre como si salieran de una sauna, frescos y cosquilleantes?
Della y Cathy se habían olvidado de Las dos ancianas durante largos períodos de tiempo. Entonces una de ellas volvía a leerlo, recuperaba el entusiasmo y hacía que la otra lo releyera también. El libro no estaba en la misma categoría que las historias de detectives y misterio que solían consumir. Estaba más cerca de un manual de vida. Les servía de inspiración. Y no permitirían que los esnobs de sus hijos lo denigraran. Pero ya no era necesario defenderlo. ¡Dos millones de ejemplares vendidos! Prueba palmaria de su buen criterio.
Cuando a la mañana siguiente Cathy llega a Wyndham Falls, se percibe la nieve en el aire. La temperatura ha bajado, todo es quietud, no hay viento, los pájaros están ocultos.
De jovencita, en Michigan, solía encantarle esa quietud ominosa. Era promesa de cancelación de clases, tiempo de quedarse en casa con su madre, de construir castillos de nieve sobre el césped. Incluso ahora, a los setenta años, las grandes tormentas le exaltan el ánimo. Pero su expectación tiene en su raíz un deseo oscuro, un deseo (casi) de autodestrucción, o de purificación. A veces, pensando en el cambio climático, en el fin del mundo provocado por cataclismos sin cuento, Cathy se dice a sí misma: «Oh, acabemos de una vez. Nos lo merecemos. Borremos la pizarra y volvamos a empezar».
Della está vestida y lista para salir. Cathy le dice que está muy guapa, pero no puede evitar añadir:
—Tienes que decirle a la peluquera que no te ponga acondicionador. Tienes el pelo demasiado fino. El acondicionador te lo aplana más.
—Sí, tú intenta decirle algo a esa mujer… —dice Della, mientras empuja el andador por el pasillo—. Ni siquiera escucha.
—Entonces dile a Bennett que te lleve a la peluquería.
—Oh, claro. No hay nada que hacer.
Cuando salen al exterior, Cathy decide que va a mandarle un e-mail a Bennett. Seguramente no entiende cómo una nimiedad como esa —que la peinen bien— es capaz de levantar el ánimo de una mujer.
Con Della y su andador avanzan muy lento. Ha de ir sorteando los obstáculos de la acera y bajar el bordillo para llegar al aparcamiento. En el coche, Cathy la ayuda a montar en el asiento del acompañante, y luego lleva el andador hasta la parte de atrás y lo mete en el maletero. Le lleva algo de tiempo descubrir cómo plegarlo y levantar el asiento.
Un minuto después, están en camino. Della se inclina hacia delante en el asiento, explorando atentamente la carretera y dando instrucciones a Cathy.
—Ya sabes cómo ir a los sitios —dice Cathy en tono de aprobación.
—Sí —dice Della—. Puede que esas pastillas estén haciendo su efecto.
Cathy habría preferido comprar los marcos en algún sitio agradable, en un Pottery Barn o un Crate & Barrel, pero Della la conduce al Goodwill de un centro comercial cercano. En el aparcamiento, Cathy hace la operación inversa: despliega el andador y lo lleva hasta la puerta del acompañante para que Della pueda ponerse de pie. Cuando echa a andar, se desplaza a buen paso.
Para cuando entran en la tienda ya es como en los viejos tiempos. Se mueven por el piso satinado, por el espacio iluminado con luz fluorescente con el ojo penetrante de unas buscadoras de tesoros. Al ver la sección de cristalería, Della dice:
—Oye, necesito unos vasos bonitos.
Y se distraen de su propósito inicial.
Los marcos de fotografías están al fondo del local. A medio camino, el linóleo da paso a un piso desnudo de cemento.
—Más vale que tenga cuidado con este suelo —dice Della—. Es muy irregular.
Cathy la coge del brazo. Cuando llegan al pasillo, dice:
—Quédate aquí, Della. Déjame echar una ojeada.
Como siempre con los artículos de segunda mano, el problema es encontrar un juego completo.
No hay nada ordenado. Cathy va hurgando de marco en marco, todos de tamaños y estilos diferentes. Al cabo de un minuto encuentra un juego entero de marcos sencillos de madera negra. Los está reuniendo cuando oye un sonido a su espalda. No es un grito exactamente. Es una mera inhalación de aire. Se vuelve y ve a Della con una expresión de sorpresa en el semblante. Está adelantando un poco el cuerpo para mirar algo —Cathy no sabe qué— y deja que su mano se deslice hasta soltar por completo la barra del andador.
Una vez, años atrás, cuando Della y Dick tenían el velero, Della casi se ahoga. El velero estaba anclado en ese momento, y Della resbaló al intentar subir a bordo y se hundió en las aguas verdes y turbias del puerto. «Nunca he aprendido a nadar, ¿sabes?», le contó a Cathy. «Pero no tuve miedo. Sentí como una gran paz allí abajo. Y me las arreglé como pude para subir a la superficie. Dick estaba llamando a gritos al mozo del muelle, que al final vino y logró agarrarme y sacarme».
La cara de Della tiene la expresión que Cathy imagina que debió de tener en aquella ocasión bajo el agua. Un poco asombrada. Serena. Como si unas fuerzas superiores a ella hubieran tomado las riendas de la situación y no tuviera ningún sentido resistirse.
Esta vez, el asombro no logra salvarla. Della cae de costado sobre el expositor. El borde metálico le hace un fino tajo en la piel del brazo con un sonido sordo parecido al de una cortadora de fiambre, y se golpea la sien contra el expositor. Cathy grita. El cristal se hace añicos.
Della pasa la noche en el hospital. Le hacen una resonancia magnética para detectar si ha sufrido un derrame cerebral y una radiografía de la cadera, y le ponen una venda fuerte en el brazo erosionado que tendrá que llevar durante una semana, entonces verán si la herida ha cicatrizado o no; a su edad tiene un cincuenta por ciento de probabilidades de curación.
Esto es lo que les dice la doctora Mehta, una joven facultativa con un glamour tal que podría interpretar a una doctora en una serie de televisión. Dos hileras de perlas le adornan el cuello esbelto. El vestido gris de punto envuelve holgadamente su figura grácil. Su único defecto está en las pantorrillas larguiruchas, pero se las enmascara con unas atrevidas medias de dibujo de diamantes y unos tacones altos que casan a la perfección con su vestido. La doctora Mehta representa algo para lo que Cathy no está totalmente preparada: una generación más joven de mujeres que supera a la suya no solo en logros profesionales sino en el terreno antes retrógrado del embellecimiento. La doctora Mehta lleva un anillo de compromiso con un diamante de buen tamaño. Seguramente se casará con algún médico, con el que en su día llegará a disfrutar de un enjundioso doble salario.
—¿Y si la piel no se cura? —pregunta Cathy.
—Tendrá que seguir llevando el vendaje.
—¿Para siempre?
—Esperemos a ver qué aspecto tiene dentro de una semana —dice la doctora Mehta.
Todo esto les ha llevado varias horas. Son las siete de la tarde. Aparte de la herida del brazo, a Della se le empieza a poner un ojo a la funerala.
A las ocho y media la doctora Mehta dictamina que Della pase la noche en observación en el hospital.
—¿Quiere decir que no puedo irme a casa? —le pregunta Della. Su tono es de desolación.
—Aún no. Necesitamos ver cómo evoluciona.
Cathy decide quedarse a pasar la noche con Della. El sofá verde lima es también sofá cama. La enfermera promete traerle una sábana y una manta.
Cathy está en la cafetería, consolándose con un pudin de chocolate, cuando ve entrar a los hijos de Della.
Años atrás, su hijo Mike le había hecho ver una película de ciencia ficción sobre unos asesinos que regresan a la Tierra del futuro. Incluía toda la violencia y las ridiculeces de rigor, pero Mike, que a la sazón estaba en la universidad, argumentó que las escenas acrobáticas de lucha del filme estaban imbuidas de un profundo sentido filosófico. Cartesiano, fue la palabra que utilizó.
Cathy no lo captó en absoluto. Sin embargo, es en esa película en la que piensa ahora, cuando Bennett y Robbie entran en la cafetería. Sus semblantes pálidos, en extremo serios, y los trajes oscuros les dan una apariencia a un tiempo discreta y ominosa, como si se tratara de agentes de una conspiración universal.
Con ella como blanco.
—Ha sido culpa mía —dice Cathy cuando llegan a su mesa—. No estaba vigilándola.
—No se culpe —dice Bennett.
Parece una muestra de delicadeza, hasta que añade:
—Es vieja. Se cae. Así es la cosa.
—Es lo que tiene la ataxia —dice Robbie.
A Cathy no le interesa qué quiere decir ataxia. Un diagnóstico más.
—Estaba perfectamente hasta que se cayó —dice—. Nos lo estábamos pasando bien. Me di la vuelta un momento y… zas.
—Con unos segundos basta —dice Bennett—. Es imposible impedirlo.
—Esa medicina que está tomando, el Aricept… —dice Robbie—. No es más que un tratamiento paliativo. Al cabo de un año o dos el efecto es casi nulo.
—Tu madre tiene ochenta y ocho años. Dos años podrían ser suficientes.
Lo que se infiere de estas palabras queda en el aire hasta que Bennett dice:
—A menos que se siga cayendo. Y que acabe en un hospital.
—Vamos a tener que trasladarla —dice Robbie en tono un poco más alto, y más tenso—. Wyndham no es un lugar seguro. Necesita más supervisión.
Robbie y Bennett no son hijos de Cathy. Son más mayores que los suyos, y no tan atractivos. No siente ningún vínculo con ellos, ni ternura maternal ni amor. Y sin embargo le recuerdan a sus hijos de un modo en el que prefiere no pensar.
Ninguno de los dos se ha ofrecido a llevar a su madre a vivir con ellos. Robbie viaja mucho, dice. La casa de Bennett tiene demasiadas escaleras. Pero no es su egoísmo lo que más mortifica a Cathy, sino cómo están allí delante de ella ahora mismo, imbuidos —inflados— de racionalidad. Quieren solucionar el problema con rapidez, de una vez por todas y con el mínimo esfuerzo. Al despojar de emoción la ecuación se han convencido a sí mismos de que están actuando con prudencia, aunque su deseo de resolver la situación no emane sino de emociones: miedo, en primer lugar, pero también culpa e irritación.
¿Y quién es Cathy para ellos? La vieja amiga de su madre. La que trabajaba en una librería. La que hizo que se colocara fumando hierba.
Cathy se vuelve para mirar hacia el fondo de la cafetería, que ahora se está llenado de personal médico en su descanso para la cena. Está cansada.
—De acuerdo —dice—, pero no se lo digáis ahora. Esperemos un poco.
Las máquinas zumban y chasquean durante toda la noche. De cuando en cuando suena una alarma en los monitores, y Cathy se despierta. E invariablemente aparece una enfermera —nunca la misma— y aprieta un botón para apagarla. Tales alarmas no significan nada, al parecer.
Hace mucho frío en la habitación. El sistema de ventilación incide de lleno en ella, y la manta que le han dado es fina como una servilleta de papel.
Una amiga de Cathy de Detroit, que lleva yendo a un terapeuta regularmente unos treinta años, le ha contado hace poco el consejo que este le ha dado en sus sesiones de terapia. No hay que hacer el menor caso al miedo que nos asalta por la noche. La psique está en su punto más bajo y es incapaz de defenderse. La desolación que te embarga la sientes como cierta, pero no lo es. No es sino fatiga mental enmascarada de penetración psicológica.
Cathy se recuerda esto mientras yace insomne sobre el colchón duro. Su impotencia para ayudar a Della llena su mente de pensamientos nihilistas. Admite cosas con claridad y frialdad lacerantes en su rigorismo. Nunca ha sabido realmente quién es Clark. El suyo es un matrimonio vacío de intimidad. Si Mike, John, Chris y Palmer no fueran sus hijos, serían personas que ella reprobaría. Se ha pasado la vida atendiendo a unas personas que desaparecían, como la librería en la que trabajó un día.
Al final llega el sueño. Cuando Cathy despierta a la mañana siguiente, con el cuerpo rígido, la alivia comprobar que la terapeuta de su amiga tenía razón. El sol está en lo alto y el universo no es tan lúgubre. Sin embargo, debe de quedar cierta oscuridad. Porque ha tomado su decisión. La idea le quema por dentro. No es ni bonita ni amable. Y es tan nueva que no sabe cómo llamarla.
Cathy está sentada junto a la cama de Della cuando su amiga abre los ojos. No le dice nada sobre el cambio de residencia. Solamente le dice:
—Buenos días, Della. ¿Sabes qué hora es?
Della parpadea, aún aturdida por el sueño. Y la propia Cathy responde:
—Hora de coger el hacha.
Empieza a nevar cuando cruzan la frontera estatal de Massachusetts. Están a un par de horas de Contoocook, y al verse inmersas en una súbita pérdida de visibilidad su único faro es el GPS.
Clark lo verá todo en el Canal del Tiempo. Llamará a Cathy o le pondrá un mensaje interesándose por la cancelación de su vuelo.
El pobre no tiene ni idea.
Ahora, en el coche, con el limpiaparabrisas y el desempañador en funcionamiento, Della no parece hacerse cargo de la situación. No para de hacerle a su amiga las mismas preguntas.
—¿Y cómo dices que entraremos en la casa?
—Dijiste que Gertie tiene una llave.
—Ah, es verdad. Se me había olvidado. Podemos pedirle la llave a Gertie y entrar en la casa. Hará un frío helador dentro. La manteníamos templada para ahorrar gasoil. Con la temperatura suficiente para que no se helasen las tuberías.
—La calentaremos nada más llegar.
—¿Y me voy a quedar allí?
—Vamos a quedarnos las dos. Hasta que se solucionen las cosas. Podemos pedir que nos manden a alguien de la asistencia médica a domicilio. Y apuntarnos al servicio de comidas a domicilio.
—Eso suena caro.
—No siempre. Lo miraremos.
Verbalizar esto de nuevo ayuda a Cathy a creer en ello. Mañana llamará a Clark y le dirá que va a quedarse con Della un mes; quizá más, quizá menos. No le gustará, pero tendrá que aceptarlo. Y Cathy se lo compensará de algún modo.
Bennett y Robbie suponen un problema mayor. Ha recibido ya en el móvil tres mensajes de Bennett y uno de Robbie, además de unos correos de voz preguntándole dónde están.
A Cathy le resultó más fácil de lo que esperaba sacar a Della del hospital a escondidas. Por fortuna, le habían retirado la vía intravenosa. Cathy la guio por el pasillo, como si estuvieran haciendo ejercicio, y bajaron en el ascensor. Durante todo el camino hasta el coche estuvo temiendo que sonara una alarma, o que los guardias de seguridad se acercaran a ellas corriendo. Pero no sucedió nada de eso.
La nieve cubre los árboles, pero aún no cuaja en la autopista. Cuando el tráfico se hace menos denso, Cathy deja el carril lento. Sobrepasa el límite de velocidad, ansiosa por llegar a su destino antes de que anochezca.
—A Bennett y Robbie no va a gustarles esto —dice Della, mirando cómo se arremolina la nieve—. Creen que soy demasiado estúpida para vivir sola ahora. Y seguramente tienen razón.
—No vas a estar sola —dice Cathy—. Estaré contigo hasta que arreglemos las cosas.
—No sé si la demencia es algo que pueda arreglarse.
Como si tal cosa: el trastorno identificado y nombrado. Cathy mira a Della para ver si es consciente de este cambio, pero la expresión de su amiga es de mera resignación.
A su llegada a Contoocook, la nieve está tan alta que temen no poder seguir con el coche. Cathy toma la pendiente a la velocidad suficiente y, tras un ligero patinazo, pisa a fondo el acelerador. Della prorrumpe en vítores. Su vuelta a casa empieza con una nota de triunfo.
—Mañana por la mañana tendremos que comprar comida —dice Cathy—. Ahora nieva demasiado para ir al supermercado.
A la mañana siguiente, sin embargo, sigue nevando. Y nieva durante todo el día. Y el buzón de voz de Cathy se llena de mensajes de Bennett y Robbie. No se atreve a contestarles.
Una vez, en los comienzos de su amistad con Della, a Cathy se le olvidó dejar la cena en la nevera para que Clark pudiera luego calentársela. Cuando volvió a casa tarde aquella noche, Clark fue directo al grano: «¿Qué os traéis entre manos Della y tú? Dios… Parecéis una pareja de lesbianas».
No era eso. No era una efusión de deseo prohibido. Era un modo de compensar facetas de la vida que les procuraban menos felicidad de la esperada. El matrimonio, sin duda. La maternidad bastante más a menudo de lo que les habría gustado admitir.
Hay un grupo de mujeres sobre el que Cathy ha leído en los periódicos. Una especie de movimiento de mujeres de la tercera edad. Las que lo componen, mujeres de edad mediana y de mucha más edad, se visten de punta en blanco y llevan sombreros recargados y de vivos colores: rosas, morados…, no logra recordar cuáles. Al grupo se le conoce por esos sombreros, con los que irrumpen en restaurantes y ocupan comedores enteros. No admiten hombres. Su acicalamiento indumentario es solo para disfrute mutuo, y al diablo con todos los demás. A Cathy esto se le antoja divertido. Cuando le pregunta a Della sobre ello, Della dice:
—Yo no me visto de gala ni me pongo un sombrero ridículo solo para cenar con un puñado de mujeres con las que seguramente ni siquiera tengo ganas de hablar. Además, ya no tengo ropa bonita.
Cathy lo podrá hacer sola, después de dejar a Della bien instalada. Cuando vuelva a Detroit.
En el congelador encuentra unos bagels, que descongela en el microondas. Hay también comida congelada, y café. Lo pueden tomar solo.
Aún tiene la cara bastante maltrecha, pero aparte de eso Della se siente bien. Está contenta de haber salido del hospital. Allí no podía dormir, con todo el ruido y el revuelo del personal entrando continuamente en el cuarto para examinarla o llevarla en silla de ruedas a hacerle alguna prueba.
Eso o que no viniera nadie a ayudarla, por mucho que tocara y tocara el timbre.
Salir del hospital para meterse en una fuerte nevada parecía una locura, pero tuvieron suerte en la elección del momento. Si hubieran esperado un día más, no habrían podido llegar nunca a Contoocook. Cuando llegaron, la ladera de la colina estaba resbaladiza. La nieve cubría el camino de entrada y los escalones traseros. Pero una vez dentro de casa y con la calefacción encendida, se pusieron cómodas y disfrutaron viendo cómo la nieve golpeaba las ventanas, como confeti.
En la televisión, los comentaristas del tiempo dan cuenta con gesto grave de la tormenta de nieve. Boston y Providence están aislados. Olas marinas han barrido tierra firme y hay casas sólidas cubiertas de hielo, congeladas.
Llevan aisladas una semana. La nieve tapa hasta media altura la puerta trasera de la casa. Aun en caso de que pudieran llegar hasta el coche, no podrían bajar por el camino de entrada. Cathy ha tenido que llamar a la agencia donde alquilaron el coche para prorrogar la duración del alquiler, y ello hace que Della se sienta mal. Se ofrece para pagar, pero Cathy se niega.
En su tercer día de aislamiento, Cathy brinca del sofá y dice:
—¡El tequila! ¿No nos quedaba algo?
En la alacena de encima de la cocina encuentra una botella de tequila y otra, mediada, de margarita.
—Ahora sí que podemos sobrevivir —dice Cathy, levantando la botella al aire.
Ríen las dos.
Todas las tardes, a eso de las seis, justo antes de poner a Brian Williams, se preparan unos margaritas helados. Della se pregunta si beber alcohol es una buena idea en su estado. Pero ¿quién va a chivarse si lo hace?
—Yo no —dice Cathy—. Soy la que te lo da.
Hay veces en que vuelve a nevar, y Della se hace un lío con los días. Cree que la tormenta continúa y que acaba de regresar del hospital.
Un día mira el calendario y ve que es febrero. Ha pasado un mes. En el espejo del cuarto de baño ve que ya no tiene el ojo a la funerala, que solo le queda una mancha amarilla en una comisura.
Della lee un poco de su libro todos los días. A ella le parece que lleva a cabo esta tarea de forma más o menos competente. Sus ojos se mueven sobre las palabras, que a su vez suenan en su cabeza y dan lugar a imágenes. La historia es tan absorbente y rápida como la recuerda. A veces no sabría decir si está releyendo el libro o solo recordando pasajes de tanto haberlos leído antes. Pero concluye que la diferencia no es tanta.
—¡Ahora sí que somos como esas dos ancianas esquimales! —le dice Della a Cathy un día.
—Pero yo sigo siendo la más joven. No lo olvides.
—Muy bien. Tú eres la vieja joven y yo soy la vieja vieja.
No necesitan cazar para procurarse el alimento. Gertie, la vecina de Della, que fue esposa de un pastor, sube desde su casa abriéndose paso entre la nieve y les lleva pan, leche y huevos de Market Basket. Lyle, que vive detrás de Della, cruza el patio nevado y les lleva otros víveres. La electricidad no se ha ido. Y eso es lo más importante.
En un momento dado Lyle, que tiene un segundo empleo quitando la nieve de la gente, aparece para quitar la de Della, y luego Cathy coge el coche y va a comprar al supermercado.
La gente empieza a ir a la casa. Un fisioterapeuta que hace que Della haga ejercicios de equilibrio y es muy estricto con ella. Una enfermera privada que la visita para comprobar sus constantes vitales. Una chica del vecindario que le prepara cenas sencillas cuando Della no utiliza el microondas.
Para entonces Cathy ya se ha ido. Ocupa su lugar Bennett. Va los fines de semana; se queda toda la noche del domingo y se levanta temprano para ir al trabajo en coche el lunes por la mañana. Unos meses después, cuando Della enferma de bronquitis y se despierta una mañana sin poder respirar, el servicio de Urgencias la traslada a un hospital y es Robbie el que llega desde Nueva York para quedarse una semana, hasta que su madre esté mejor.
A veces Robbie va con su novia, una chica canadiense de Montreal que se gana la vida con la cría de perros. Della no hace muchas preguntas sobre ella, aunque la chica la trata con suma amabilidad, al menos cuando la tiene delante. La vida privada de Robbie ya no es de su incumbencia. No vivirá lo bastante para que pueda llegar a importarle.
Relee un poco Las dos ancianas de cuando en cuando, pero no parece que vaya a acabarla nunca. Tampoco le importa mucho. Ya sabe cómo acaba. Las dos ancianas sobreviven al crudo invierno, y cuando su tribu vuelve, aún famélica, las dos mujeres les enseñan lo que han aprendido. Y a partir de entonces esa comunidad esquimal nunca abandona a sus mayores.
Della pasa mucho tiempo sola en casa. La gente que va a ayudarla acaba su jornada, o es su día libre, y Bennett está muy ocupado. Es invierno de nuevo. Han pasado dos años. Tiene casi noventa años. No parece haber perdido facultades mentales, o tal vez solo un poco. No lo bastante para que sea algo patente, en cualquier caso.
Un día vuelve a nevar. Della está mirando por la ventana y siente que la invade una necesidad urgente de salir de la casa y caminar por la nieve. Y llegar hasta donde la lleven sus viejos pies. Ni siquiera necesitaría el andador. No necesitaría nada. Mira la nieve, que cae al otro lado de la ventana, y tiene la sensación de que está mirando su propio cerebro. Sus pensamientos son así en ese momento, evolucionan incesantemente, se mueven de un sitio para otro como una gran ventisca dentro de su cabeza. Salir a la nieve, desaparecer en ella no sería nada nuevo. Sería como el exterior juntándose con el interior. Aunándose. Todo blanco. Salir de la casa. No dejar de andar. Tal vez se encontraría con alguien allí fuera, o tal vez no. Con una amiga.
2017