Denuncia inmediata

Jeffrey Eugenides · Capítulo 6 de 12

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Denuncia inmediata

Buscad al malo

 

Somos propietarios de esta casa desde hace, pongamos, calculo, doce años. Se la compramos a una pareja de ancianos, los De Rougemont, cuyo olor aún se sigue notando en ella, sobre todo en el dormitorio principal, y en el despacho, donde el viejo memo sesteaba en verano, y un poco también en la cocina. Todavía.

Recuerdo que de pequeño iba a las casas de la gente y pensaba: «¿Podrán oler cómo huelen?». Algunas casas eran peores que otras. Los Pruitt de la casa de al lado tenían un olor a grasa, a carreta de víveres en la conquista del Oeste, bastante tolerable. Los Willot, que tenían aquella academia de esgrima en su cuarto de juegos, olían a col fétida. No se podía mencionar a qué olían tus amigos, porque ese olor era parte de ellos. ¿Era la higiene? ¿O era…, ya sabes, algo glandular, y cómo olía cada familia tenía que ver con las funciones fisiológicas de muy dentro del cuerpo? El caso es que cuanto más pensabas en ello, más se te revolvían las tripas.

Ahora yo vivo en una casa vieja que a quienes no nos conocen probablemente les huela raro.

O vivía, más bien. En este momento estoy en el jardín delantero, escondiéndome entre la pared de estuco y las palmeras viajeras.

Hay luz en el cuarto de Meg. Meg es mi hijita del alma. Tiene trece años. Desde mi posición estratégica no puedo ver el cuarto de Lucas, pero Lucas normalmente prefiere hacer los deberes abajo, en el salón. Si me acercara sigilosamente a la casa, seguramente podría espiar a Lucas, con jersey de pico y corbata del colegio, y armado para el éxito: calculadora gráfica (sí), iPad de Saint Boniface (sí), fichas de ejercicios de latín (sí), pecera con peces de colores (sí). Pero no puedo ir hasta allí porque vulneraría la orden de alejamiento.

Se supone que no puedo acercarme a menos de cinco metros de mi encantadora esposa Johanna. Se trata de una OUA (Orden de Alejamiento de Urgencia), dictada por un juez en horario nocturno. Mi abogado, Mike Peekskill, ha solicitado su revocación. Quien esto suscribe, Charlie D., aún conserva el proyecto del arquitecto paisajista de cuando Johanna y yo pensábamos reemplazar estas palmeras por algo menos salvaje y propenso a sucumbir a las plagas. Así que tengo la certeza de que la distancia de la casa a la pared de estuco es exactamente 19,20 metros. Ahora mismo, calculo que estoy, oculto entre la vegetación, a unos dieciocho o dieciocho y medio. Y, de todas formas, nadie puede verme porque estamos en febrero y ya ha oscurecido por estas latitudes.

Es jueves, así que ¿dónde está Bryce? Exacto. En la clase de trompeta del señor Talawatamy. Johanna no tardará en ir a recogerle. No puedo quedarme mucho más.

Si saliera de mi escondrijo y rodeara con sigilo la esquina de la casa, vería el cuarto de invitados, donde solía recluirme cuando Johanna y yo nos enfadábamos de verdad, y donde, la primavera pasada, después de que a Johanna la ascendieran en Hyundai, empecé a fornicar de lo lindo con la canguro, Cheyenne.

Y si siguiera todo recto y pasara al jardín trasero me daría casi de bruces con la puerta de cristal que hice añicos cuando arrojé contra ella el enano del jardín. Borracho, claro.

Sí, señor. Un montón de munición para Johanna en el juego de «Buscad al malo» de los consejeros matrimoniales.

No hace lo que se dice frío, pero para Houston sí lo hace. Cuando me agacho para sacarme el teléfono de la bota siento una punzada en la cadera. Tengo algo de artritis.

Saco el teléfono para jugar a Palabras con Amigos. Empecé con este juego en la radio, para pasar el tiempo, pero luego descubrí que Meg jugaba a lo mismo, así que le mandé una invitación a jugar conmigo.

En mrsbieber vs radiocowboy veo que mrsbieber no ha jugado más que la palabra caca. (Trata de cabrearme). Meg ha puesto la primera «c» en una casilla de doble palabra y la segunda en una de doble valor de la letra, y ha logrado veintiocho puntos. No está mal. Ahora a mí me toca una palabra sencilla, ataúd, por nueve míseros puntos. Le llevo cincuenta y un puntos de ventaja. Y no quiero que se desanime y me deje plantado.

Veo que su sombra se mueve por la ventana. Pero no juega ninguna otra palabra. Puede que esté hablando por skype, o escribiendo en el blog, o pintándose las uñas.

Johanna y yo —se pronuncia «Yo-jana»; es muy puntillosa en eso— llevamos casados veintiún años. Cuando nos conocimos yo vivía en Dallas con mi novia de entonces, Jenny Braggs. A la sazón hacía de asesor en solo tres emisoras diseminadas por todo el estado, así que me pasaba la mayor parte de la semana en la carretera. Y un buen día estaba en San Antonio, en la WWWR, y allí estaba Johanna. Clasificando cedés. Era una chica muy alta y bastante anodina.

—¿Qué tal tiempo hace ahí arriba? —dije.

—¿Perdón?

—No, nada. Hola, soy Charlie D. ¿Y ese acento?

—Sí. Soy alemana.

—No sabía que en Alemania gustase la música country.

—No gusta.

—Quizá debería asesorar a los alemanes, entonces. Hay que difundir el Evangelio. ¿Cuál es el artista country que más te gusta?

—Yo soy más de ópera —dijo Johanna.

—Entiendo. Estás aquí por el trabajo.

Después de aquello, cada vez que iba a San Antonio no dejaba de pasar por el despacho de Johanna. Hablábamos, y si seguía sentada a mí no se me ponían los nervios de punta.

—¿Has jugado al baloncesto, Johanna?

—No.

—¿Hay jugadoras de baloncesto en Alemania?

—En Alemania no soy tan alta —dijo Johanna.

Así fue la cosa más o menos. Luego, un día, voy a verla al despacho y ella me mira con esos grandes ojos azules y dice:

—Charlie, ¿qué tal actor eres?

—¿Actor o mentiroso?

—Mentiroso.

—Bastante bueno —dije—. Pero puede que esté mintiendo.

—Necesito una tarjeta verde —dijo Johanna.

Veamos la película: estoy vaciando la cama de agua en la bañera para poder llevármela, mientras Jenny Braggs derrama lágrimas copiosas. Johanna y yo apretujándonos en un fotomatón para sacarnos unas fotos bonitas de una «relación que lleva ya cierto tiempo» para nuestro «álbum de recortes». Y llevando ese álbum de recortes a la entrevista con Inmigración, seis meses después.

—Bien, señora Lubbock… ¿Es ese su apellido?

—Lübeck —le dijo Johanna al funcionario—. Con diéresis en la «u».

—En Texas no hay de eso —dijo el funcionario—. Bien, señora Lubbock, estoy seguro de que entiende que los Estados Unidos tienen que cerciorarse de que aquellas personas que admitimos a la vía de obtención de la ciudadanía en virtud de su matrimonio con ciudadanos estadounidenses están realmente casadas con esos ciudadanos. Y por lo tanto voy a tener que hacerle unas preguntas personales que tal vez puedan parecerle un tanto indiscretas.

Johanna asintió con la cabeza.

—¿Cuándo fue la primera vez que usted y el señor D.? —Se interrumpió en seco y me miró—. Oiga, usted no es ese Charlie Daniels, ¿no?

—No. Por eso pongo solo la D. Para que no me confundan.

—Porque usted se le parece un poco.

—Soy un gran fan —dije—. Se lo tomo como un cumplido.

El funcionario se volvió hacia Johanna, suave como la mantequilla.

—¿Cuándo fue la primera vez que usted y el señor D. tuvieron relaciones sexuales?

—No se lo dirá a mi madre, ¿verdad? —dijo Johanna, tratando de bromear.

Pero era un funcionario todo burocracia.

—¿Antes o después del matrimonio?

—Antes.

—¿Y cómo calificaría usted la competencia sexual del señor D.?

—¿Usted qué cree? Maravillosa. Me he casado con él, ¿no?

—¿Alguna señal distintiva en su órgano sexual?

—Se lee: «En Dios confiamos». Como en el de todos los norteamericanos.

El funcionario se volvió hacia mí, sonriendo.

—Se ha emparejado usted con una verdadera tigresa.

—Si lo sabré yo… —dije.

 

Pero entonces aún no nos acostábamos. Eso no llegó hasta más tarde. A fin de fingir que era mi novia, y luego mi prometida, Johanna tuvo que pasar tiempo conmigo, e ir conociéndome. Es de Baviera. Tiene la teoría de que Baviera es la Texas de Alemania. La gente de Baviera es más conservadora que un europeo izquierdista medio. Es católica, si no exactamente devota. Además, la gente de Baviera lleva chaquetas de cuero y prendas por el estilo. Johanna quería saberlo todo sobre Texas, y yo era el hombre apropiado para enseñárselo. La llevé al festival South by Southwest, que entonces no era esa especie de casting generalizado en que se ha convertido hoy. Y, oh Dios…, lo maravillosa que estaba Johanna en tejanos y con botas de cowboy.

De lo siguiente que me acuerdo es de que vamos volando rumbo a Michigan a que conozca a mi familia. (Nací en Traverse City, y si hablo así es porque llevo mucho tiempo viviendo aquí. Mi hermano Ted me pone verde por hablar como hablo, y yo le digo que hay que hablar como se habla en el medio donde trabajas).

Quizá fue la ciudad de Michigan lo que hizo que pasara lo que pasó después. Era invierno. Llevé a Johanna a montar en motonieve y a pescar en el hielo. Mi madre nunca hubiera dado su aprobación al apaño de la tarjeta verde, así que le dije que éramos amigos. Una vez allí, sin embargo, entreoí que Johanna le decía a mi hermana que estábamos «saliendo». Una noche de fiesta, en el local de los veteranos de guerra, después de tomarnos unas cervezas, Johanna empezó a cogerme la mano por debajo de la mesa. No protesté. O sea, ahí estaba ella, con su más de uno ochenta y su aspecto sano como el que más y su magnífico apetito, cogiéndome la mano entre las suyas sin que nadie lo viera. Creedme, estaba más contento que un perro con un buen hueso.

Mi madre nos asignó habitaciones separadas. Pero una noche Johanna entró en la mía, sigilosa como una piel roja, y se deslizó dentro de mi cama.

—¿Es parte de las técnicas de actuación?

—No, Charlie. Esto es real.

Me abarcaba con los brazos, y empezamos a mecernos, muy muy suavemente, como mecía Meg al gatito que le regalamos antes de que se muriera. Me refiero a cuando era solo una especie de peluche caliente y aún no tenía boca y garras y no se había ido de casa.

—Parece real —dije—. Parece lo más real que me ha pasado nunca.

—¿Y esto también te parece real, Charlie?

—Sí, señora…

—¿Y esto?

—Déjame ver. Tengo que sentirlo a conciencia. Oh, sí. Es real.

El amor a la decimoquinta vista, podría decirse.

 

Miro hacia lo alto de mi casa y medito un poco, no quiero decir exactamente sobre qué. El caso es que soy un hombre de éxito en la flor de la vida. Empecé a pinchar discos en la facultad, y aunque mi voz encajaba bien en el espacio de tres a seis de la mañana en Marquette, Michigan, he de admitir que fuera, en el mundo real, había un límite que no podía franquearse. Nunca me cayó en suerte un trabajo delante de un micrófono. Solo trabajos de telemarketing. Luego volví a sentir el gusanillo de la radio y empecé a asesorar emisoras. Esto fue en los años ochenta, cuando se celebraron los primeros encuentros mixtos country-rock. Hubo muchas emisoras de radio a las que les costó mucho ponerse al día en esto. Yo les aconsejaba quién y qué poner en antena. Empecé teniendo una clientela de tres emisoras y ahora tengo sesenta y siete que vienen y me preguntan: «Charlie D., ¿cómo aumentamos nuestra cuota de mercado? Transmítenos tu sabiduría sobre la mixtura de géneros, Sabio de la Artemisa». (Es lo que se lee en mi página web. La gente se lo ha apropiado).

Pero lo que estoy pensando ahora mismo no me hace sentirme tan sabio. Nada en absoluto, a decir verdad. Estoy pensando: ¿cómo me ha sucedido esto a mí? ¿Estar escondido aquí entre los arbustos?

«Buscad al malo» es una expresión que hemos aprendido en las sesiones de terapia de pareja. Johanna y yo estuvimos un año yendo a esa terapeuta, la doctora Van der Jagt. Holandesa. Tenía una casa cerca de la universidad con dos caminos de entrada, uno para la puerta principal y otro para la puerta trasera. Así, la gente que entraba no se topaba con la gente que salía.

Imagina que estás saliendo de una sesión de terapia de pareja y te encuentras con el vecino de al lado de tu casa que está entrando.

—Hola, Charlie D., ¿cómo te va?

Y tú le dices:

—Mi mujer acaba de decir que la maltrato verbalmente, pero por lo demás me va estupendamente.

No. No quieres que eso suceda.

A decir verdad, no me entusiasmaba que nuestra terapeuta fuera mujer, y europea. Pensaba que sería parcial a favor de Johanna.

En la primera sesión, Johanna y yo nos sentamos cada uno en un extremo del sofá, con los cojines en medio.

La doctora Van der Jagt se situó frente a nosotros, con un fular del tamaño de una manta de caballo.

Nos preguntó la razón por la que acudíamos a su consulta.

Hablaba con suavidad, en tono afable, mostrando su lado femenino. Esperé a que hablara Johanna.

Pero se le había comido la lengua el mismo gato que se había comido la mía.

La doctora Van der Jagt lo intentó de nuevo:

—Johanna, dígame cómo se siente en su matrimonio. Tres palabras.

—Frustrada. Furiosa. Sola.

—¿Por qué?

—Cuando nos conocimos, Charlie solía llevarme a bailar. En cuanto tuvimos hijos dejó de hacerlo. Ahora los dos trabajamos a jornada completa. No nos vemos en todo el día. Pero nada más llegar a casa se sienta en su rincón junto al fuego…

—Podrías venir a sentarte conmigo —dije yo.

—… y bebe. Toda la noche. Todas las noches. Está más casado con ese fuego del jardín que conmigo.

Y yo la escuchaba, porque quería conectar con ella, y lo intentaba con todas mis fuerzas. Pero al rato dejaba de prestar atención a sus palabras y me limitaba a oír su voz, modulada por su acento extranjero. Era como si Johanna y yo fuéramos pájaros y su canto no fuera el canto que yo pudiera reconocer, sino el canto de un pájaro de un continente diferente, de una especie que anidara en los campanarios de las catedrales o en los molinos de viento y que a mi especie le pareciera algo así como… Bueno, engreída…

Por ejemplo, lo del fuego. ¿No intentaba yo reunir a todo el mundo alrededor de él todas las noches? ¿Dije alguna vez que quería estar allí sentado solo? No, señor. Lo que me gustaba es que estuviéramos allí todos juntos, como una familia, bajo las estrellas, con la leña de mezquite en llamas, crepitando. Pero Johanna, Bryce, Meg e incluso Lucas nunca querían. Estaban demasiado ocupados con sus ordenadores o sus Instagrams.

—¿Qué siente al oír lo que está diciendo Johanna? —me preguntó la doctora Van der Jagt.

—Bueno —dije—. Cuando compramos la casa, Johanna estaba entusiasmada con el foso del fuego.

—Nunca me ha gustado ese foso. Siempre piensas que si a ti te gusta algo, a mí también me gusta.

—Cuando la señora de la inmobiliaria nos enseñó casas por esta zona, ¿quién fue la que dijo: «¡Eh, Charlie, mira esto! ¡Te va a encantar!»?

—Ja, y tú querías una cocina Wolf. Tenías que tener una cocina Wolf. Pero ¿has cocinado alguna vez algo en ella?

—Hice aquellos bistecs a la parrilla en el fuego del foso…

Aproximadamente en este punto, la doctora Van der Jagt alza la mano pequeña y suave.

—Tenemos que tratar de ir más allá de estas nimiedades. Necesitamos encontrar el meollo de su infelicidad. Lo que se están echando en cara son solo cosas superficiales.

Volvimos a la semana siguiente, y la siguiente. La doctora Van der Jagt nos hizo rellenar un cuestionario que valoraba nuestro nivel de contento marital. Nos dio unos libros que debíamos leer: Abrázame fuerte, que trataba de cómo las parejas tienden a comunicarse de forma deficiente, y El volcán bajo la cama, que abordaba cómo superar los períodos de «sequía» sexual y brindaba algunos pasajes francamente atrevidos. Quité las sobrecubiertas de ambos libros y les puse otras distintas. Así la gente, en la radio, creía que estaba leyendo a Tom Clancy.

Poco a poco, fui haciéndome con la jerga. «Buscad al malo» quiere decir que, cuando estás discutiendo con tu cónyuge, los dos tratáis de salir victoriosos de la contienda. ¿Quién ha dejado abierta la puerta del garaje? ¿Quién ha dejado esa masa de pelos de Bigfoot en el desagüe de la ducha? La cosa estriba en caer en la cuenta — ambos miembros de la pareja— de que no existe tal «malo». No puedes ganar en la disputa cuando estás casado con tu contrincante. Porque si ganas, tu cónyuge pierde y siente resentimiento, y entonces también tú pierdes, y mucho.

Como había resultado ser un marido deficiente, empecé a pasar mucho tiempo solo, y a habituarme a la introspección. Lo que hice fue ir al gimnasio y tomar saunas. Echaba unas gotas de eucalipto en un cubo de agua, vaciaba el cubo encima de las rocas de imitación, esperaba a que se formara el vaho y daba la vuelta al diminuto reloj de arena. Y, tardara lo que tardase la arena en descender totalmente, me entregaba a la introspección. Me gustaba imaginar que el calor quemaba todo mi exceso de carga —podía permitirme perder algo de peso, tal como podría permitírselo todo el mundo— hasta dejarme convertido en un puro residuo de Charlie D. La mayoría de los hombres, a los diez minutos, decían a gritos que se estaban «cocinando» y salían disparados de aquel horno. Yo no. Volvía a volcar el reloj de arena y seguía en cuclillas un rato más. El calor abrasaba todas mis impurezas. Cosas que jamás le contaba a nadie. Como cuando Bryce, casi recién nacido, tuvo un cólico que le duró seis meses y yo, para no tirarlo por la ventana, me tomaba dos bourbons antes de la cena; y cuando nadie me veía, trataba a Forelock como si fuera un saco de boxeo. Entonces no era más que un cachorro de unos ocho o nueve meses. Siempre había hecho algo. Un hombre hecho y derecho pegándole a su propio perro, haciéndole gimotear hasta el punto de que Johanna me gritaba: «¡Eh! ¿Qué estás haciendo?», y yo le contestaba, también a gritos: «¡Está fingiendo! ¡Es un farsante nato!». O incluso otras veces, más recientemente, en que Johanna iba en avión a Chicago o Phoenix y yo pensaba: ¿Y si el avión se estrellase? ¿Les pasaban estas cosas a los demás o solo a mí? ¿Era yo malo? ¿Sabía Damien que era maligno en La profecía y La profecía 2? ¿Pensaba que «Ave Satani» era tan solo una banda sonora pegadiza? «¡Oíd, están tocando mi canción!».

 

Mi introspección debió de remitir, puesto que empecé a percibir patrones de realidad. A modo de ejemplo: Johanna entraba en mi despacho para tenderme el tapón de la pasta de dientes que se me había olvidado enroscar; eso hacía que luego yo le espetara «Achtung!» cuando me pedía que llevara la basura a los contenedores de reciclaje, lo cual la ponía más furiosa que un pollo mojado; y en un abrir y cerrar de ojos estábamos batallando como en la mismísima Tercera Guerra Mundial.

En la terapia, cuando la doctora Van der Jagt me instaba a que hablara, yo decía: «Como apunte positivo de esta semana, diré que cada vez soy más consciente de nuestros “diálogos malditos”. Me doy cuenta de que ese es nuestro enemigo real. Y no el uno del otro. Nuestros “diálogos malditos”. Me reconforta saber que Johanna y yo, ahora que hemos llegado a ser conscientes de ello, podremos unirnos contra esos patrones de conflicto».

Pero era más fácil decirlo que hacerlo.

Un fin de semana fuimos a cenar con una pareja. La chica, Terri, trabajaba con Johanna en Hyundai. Su marido, Burton, era del Este.

Aunque nadie lo diría al verme, yo era tímido de nacimiento. Para relajarme en cualquier entorno social, solía tomarme unas margaritas. Me estaba sintiendo bien cuando la chica, Terri, apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia Johanna en actitud de querer entablar una charla entre mujeres.

—¿Y vosotros cómo os conocisteis? —dijo Terri.

Yo hablaba con Burton sobre su alergia al trigo.

—Se supone que el nuestro fue uno de esos matrimonios de tarjeta verde —dijo Johanna.

—Al principio —dije yo, inmiscuyéndome.

Johanna siguió mirando a Terri.

—Yo trabajaba en aquella emisora. Mi visado estaba a punto de caducar. Conocía un poco a Charlie. Me pareció un buen tipo. Así que, ja, nos casamos. Y conseguí la tarjeta verde y…, ya sabes, ja, ja…

—Ahora lo entiendo —dijo Burton, mirándonos primero a uno y luego a otro y asintiendo, como si hubiera resuelto un acertijo.

—¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté.

—Charlie, sé amable —dijo Johanna.

—Estoy siendo amable —dije—. ¿Tú crees que no estoy siendo amable, Burton?

—Me refería solo a las diferentes nacionalidades. Tenía que haber una historia detrás de eso.

La semana siguiente, en la terapia de pareja, fui yo quien tomó la palabra el primero.

—De lo que quiero hablar es… —dije—. ¿Ve?, tengo un tema que tratar. Cada vez que la gente pregunta cómo nos conocimos, Johanna dice que se casó conmigo por la tarjeta verde. Como si nuestro matrimonio fuera algo parecido a una obra de teatro.

—No es cierto —dijo Johanna.

—Por supuesto que lo es —dije yo.

—Bueno, pues es cierto, ¿vale?

—Lo que creo que quiere decir Charlie —dijo la doctora Van der Jagt— es que cuando usted hace eso, Johanna, aunque pueda parecerle que se limita a constatar un hecho, Charlie siente que está infravalorando el vínculo que les une.

—¿Qué debería decir, entonces? —dijo Johanna—. ¿Inventar una historia sobre cómo nos conocimos?

Según Abrázame fuerte, lo que sucedió cuando Johanna le contó a Terri lo de la tarjeta verde fue que yo sentí una amenaza contra ese vínculo. Sentí que Johanna estaba reculando, lo cual me llevó a querer hacer el amor con ella cuando volvimos a casa. Pero dado que no había sido demasiado amable con ella durante la velada —a causa de mi enfado por lo de la tarjeta verde—, ella no estaba precisamente de humor para eso. Además, yo estaba hasta la coronilla de hacerme el maridito sonriente. Así que fue un compañero de vida hosco, borracho, secretamente necesitado y asustado quien se deslizó hacia ella por el colchón de espuma viscoelástica. La espuma viscoelástica era un litigio entre nosotros en sí misma, ya que mientras que a Johanna le encantaba, yo le echaba la culpa de un dolor mío en la zona lumbar baja.

Ese era nuestro patrón: Johanna huyendo y yo siguiendo su rastro como un sabueso.

 

Estaba trabajando a conciencia en todo ello: leía y reflexionaba. Al cabo de unos tres

meses de terapia, las cosas empezaron a mejorar en La Casa D.[4] Para empezar, a Johanna la ascendieron de representante local a regional. Establecimos como algo prioritario pasar algo de tiempo juntos. Y yo me avine a beber menos.

Hacia las mismas fechas, Cheyenne, la chica que nos hacía de canguro, apareció una noche con un olor apestoso. Resultó que su padre la había echado de casa a patadas. Se había ido a casa de su hermano, pero allí las drogas circulaban a mansalva. Así que se fue. Todos los que se brindaron a alojarla querían solo una y la misma cosa, y al final Cheyenne acabó durmiendo en su Chevy. Entonces Johanna, que tiene blando el corazón y desperdicia su voto votando al Partido Verde, le ofreció una habitación de la casa. Además, Johanna viajaba más y se necesitaba más ayuda con los niños.

Cada vez que Johanna volvía de un viaje, las dos se comportaban como amigas íntimas, y se reían y hacían el tonto juntas. Luego Johanna volvía a irse y allí estaba yo mirando fijamente por la ventana mientras Cheyenne tomaba el sol junto a la piscina. Conocía de memoria su anatomía.

Por si fuera poco, le gustaba el foso del fuego. Bajaba casi todas las noches.

—Le voy a presentar a mi amigo el señor George Dickel —dije.

Cheyenne me miró como si pudiera leerme la mente.

—No tengo la edad legal, ¿sabe? —dijo—. Aún no puedo beber.

—Eres lo bastante mayor para votar, ¿no? Tienes edad suficiente para entrar en el ejército y defender a tu país.

Le serví un vaso.

Me dio la impresión de que ya había bebido antes.

Todas aquellas noches en el jardín, en compañía de Cheyenne, junto al fuego, me hicieron olvidar que yo era Charlie D., un hombre lleno de manchas solares y de las marcas de una vida larga, y ella Cheyenne, una chica no mucho mayor que la sobrina que John Wayne va a buscar en Centauros del desierto.

Empecé a mandarle mensajes de texto desde el trabajo. Lo siguiente que puedo recordar es que la llevo de compras, y le regalo una camiseta con una calavera, o un puñado de tangas de Victoria’s Secret, o un teléfono nuevo con Android.

—No estoy segura de que deba aceptar todo esto de usted —dijo Cheyenne.

—Es lo menos que puedo hacer. Estás ayudándonos mucho a Johanna y a mí. Es parte de tu sueldo. Un pago justo.

Yo era mitad papi, mitad novio. Por la noche, junto al foso del fuego, nos contábamos nuestras infancias, la mía infeliz en el pasado lejano, la suya infeliz en el presente.

Johanna pasaba media semana fuera de casa. Volvía mimada por la vida en los hoteles, y era como si esperara un servicio de habitaciones y el papel higiénico doblado en V. Y volvía a irse.

Una noche, estaba yo viendo Monday Night y en una pausa publicitaria pusieron un anuncio de Captain Morgan —son anuncios que me encantan—, y se me antojó tomarme un Captain Morgan con Coca-Cola. Así que me preparé uno. Y en ese momento entró en la sala Cheyenne.

—¿Qué está viendo? —preguntó.

—Fútbol. ¿Quieres una copa? Es ron especiado.

—No, gracias.

—Esos tangas que te regalé el otro día, ¿qué tal te quedan?

—De maravilla.

—Podrías ser modelo de Victoria’s Secret, Cheyenne, te lo juro.

—¡No!

Se echó a reír; la idea le gustaba.

—¿Por qué no posas para mí con uno? Haré de juez.

Cheyenne se volvió hacia mí. Los niños estaban dormidos. Los hinchas gritaban en el televisor. Mirándome directamente a los ojos, Cheyenne se soltó el cierre de los vaqueros cortos y los dejó caer hasta el suelo.

Me puse de rodillas, como si me dispusiera a rezar. Pegué la cara contra el pequeño vientre duro de Cheyenne, como si quisiera inhalarla. Me deslicé hacia más abajo.

En la mitad de todo ello, Cheyenne levantó la pierna hacia un lado, al estilo Captain Morgan, y nos ayuntamos.

Horrible, lo sé. Vergonzoso. (Aquí es muy fácil saber quién es el malo).

Dos veces, quizá tres. De acuerdo, más de siete. Pero una mañana Cheyenne abre sus ojos de quinceañera inyectados en sangre y dice:

—¿Sabes que podrías ser mi abuelo?

Un día me llama al trabajo, completamente histérica. La recojo y vamos a una farmacia CVS para comprar un test de embarazo. Cheyenne está tan fuera de sí que no puede esperar a llegar a casa para hacérselo. Me hace parar en una cuneta, baja por una especie de barranco y se pone en cuclillas. Y vuelve con el rímel deslizándosele por las mejillas.

—¡No puedo tener un hijo! ¡Solo tengo diecinueve años!

—Por favor, Cheyenne, pensemos un momento —dije.

—¿Vas a criarlo tú, Charlie D.? ¿Vas a mantenernos a mí y al bebé? Eres viejo. Tu esperma es viejo. El bebé puede salir autista.

—¿Dónde has leído eso?

—Lo vi en las noticias.

Ella no tuvo que pensarlo mucho. Yo estoy en contra del aborto, pero, dadas las circunstancias, concluí que era ella la que debía tomar la decisión final. Cheyenne me dijo que se ocuparía de todo. Concertaría ella misma la cita. Dijo que ni siquiera hacía falta que la acompañara. Lo único que necesitaba eran tres mil dólares.

Sí, hasta a mí me parecía mucho dinero.

Una semana después estoy de camino a la terapia de pareja con Johanna. Estamos subiendo por el camino de entrada de la doctora Van der Jagt cuando el móvil vibra en uno de mis bolsillos. Abro la puerta para que pase Johanna y digo:

—Después de ti, cariño.

El mensaje es de Cheyenne: «Se acabó. Que tengas una vida feliz».

Nunca había estado embarazada. Fue entonces cuando caí en la cuenta. Pero no me importaba. Se había ido de mi vida. Estaba a salvo. Había esquivado otra bala.

Y, entonces, ¿qué dije e hice? Entré en el despacho de la doctora Van der Jagt y me senté en el sofá y miré a Johanna. Mi mujer. No tan joven como antes, por supuesto. Pero más mayor y más estropeada por mi causa, sobre todo. Por criar a mis hijos y lavarme la ropa y cocinar mis comidas mientras seguía trabajando a tiempo completo. Viéndola allí, triste y agotada, sentí un nudo en la garganta. Y en cuanto la doctora me preguntó si tenía algo que decir, me salió a borbotones toda la historia.

Tuve que confesar mi delito. Sentía que iba a estallar si no lo hacía.

Lo cual significaba algo. Significaba, si bien se piensa, que la verdad es verdadera. Que la verdad saldrá a la luz.

Hasta aquel momento, no estaba muy seguro.

Cuando se agotaron los cincuenta minutos de la sesión, la doctora Van der Jagt nos condujo hasta la puerta trasera. Como de costumbre, no pude evitar mantenerme vigilante por si alguien nos veía.

Pero ¿por qué nos íbamos casi a hurtadillas? ¿De qué nos avergonzábamos? Éramos dos personas enamoradas con problemas que nos dirigíamos a nuestro Nissan para ir a recoger a los niños al colegio. Allá en los Alpes, cuando encontraron a aquel hombre prehistórico en la tundra, congelado, y lo desenterraron, y lo llamaron Ötzi, vieron que, aparte de unos zapatos de piel llenos de hierba y de una piel de oso, llevaba una cajita de madera con lo que había sido un rescoldo. Pues eso es lo que Johanna y yo estábamos haciendo al ir a la terapia de pareja. Estábamos sobreviviendo a una glaciación armados con arcos y fechas. Teníamos heridas de escaramuzas anteriores. De lo único que disponíamos cuando estábamos enfermos era de unos puñados de hierbas medicinales. Yo tenía una punta de flecha de sílex alojada en el hombro izquierdo, lo cual hacía algo más lentos mis movimientos. Pero teníamos esa cajita con el rescoldo apagado, y si lo lográbamos trasladar a alguna parte —no sé, una cueva, una espesura de pinos—, podríamos reavivar el fuego de nuestro amor. Allí, sentado en el sofá de la doctora Van der Jagt, con cara de palo, pensaba en Ötzi, solo en el lugar en el que había encontrado la muerte. Asesinado, al parecer. Tenía una fractura en el cráneo. Uno ha de caer en la cuenta de que hoy día las cosas no son tan malas como puedan parecer. La violencia humana ha remitido estadísticamente un tanto desde los tiempos prehistóricos. Si hubiéramos vivido en la era de Ötzi, habríamos tenido que vigilar nuestras espaldas cada vez que dábamos un paso. En tales circunstancias, ¿a quién querría tener yo a mi lado más que a Johanna, con sus anchos hombros y sus fuertes piernas y su —en su día— fructífero seno? Ella ha ido llevando el rescoldo todo este tiempo, varios años ya, pese a mis tentativas de mandarlo todo al traste.

Al llegar al coche, mira por dónde, no me funcionaba el mando de apertura. Apretaba y apretaba y nada. Johanna, en el camino de grava, parecía pequeña, para lo que es ella, y lloraba: «¡Te odio! ¡Te odio!». Seguí viendo llorar a Johanna como desde muy lejos. Era la misma mujer que, cuando intentábamos tener a Lucas, me llamaba por teléfono y, a la manera de Tom Cruise en Top Gun, me decía: «¡Necesito semilla!». Y yo me iba a casa a toda velocidad desde el trabajo, entraba en el dormitorio quitándome el chaleco y la corbata de lazo, a veces me dejaba las botas (aunque no me parecía bien e intentaba no hacerlo), y allí estaba Johanna, tendida boca arriba en la cama, con las piernas y los brazos abiertos en señal de bienvenida y las mejillas inflamadas, y yo saltaba hacia ella y caía y caía, como tardando una eternidad, y entraba en ella, y ambos nos sumíamos en el asunto dulce y solemne de hacer un hijo.

 

Así que por eso estoy ahora aquí entre los arbustos. Johanna me echó de casa. Ahora vivo en el centro, cerca del barrio de los teatros, en un apartamento de dos dormitorios de los edificios de pisos de precios exorbitados que construyeron antes de la crisis y ahora no logran llenar.

Apostaría a que ahora estoy a unos veinte metros de la casa. Quizá a dieciocho. Creo que me acercaré un poco más.

Diecisiete y medio.

Diecisiete.

¿Qué le parece eso, señor policía?

Estoy al lado de uno de los focos cuando me acuerdo de que la orden de alejamiento habla de cincuenta metros. ¡Debo mantenerme a al menos cincuenta metros de distancia de Johanna!

Maldición.

Pero no me muevo. Y es por esto: porque si la orden de alejamiento dice que he de estar a al menos cincuenta metros de Johanna llevo semanas incumpliéndola.

Ya soy culpable.

Así que por qué no voy a acercarme un poco más.

Hasta el porche delantero, por ejemplo.

Justo lo que suponía: la puerta principal está abierta. ¡Maldita sea, Johanna!, pienso. Sí, deja la puerta de la casa abierta de par en par para que cualquier intruso se meta dentro tranquilamente, ¿por qué no?

Durante un minuto, es como en los viejos tiempos. Estoy más furioso que un avispón, y estoy allí de pie, en mi propia casa. Un dulce impulso de autojustificación me embarga. Sé quién es el malo aquí. Es Johanna. Me muero de ganas de entrar y buscarla y gritarle: «¡Has dejado la puerta de casa abierta! Otra vez». Pero no puedo hacerlo, porque, técnicamente, estoy allanando ese domicilio.

Entonces me llega el olor. No el de los De Rougemont. Es, en parte, de la cena: chuletas de cordero, además de vino de cocinar. Buenos olores. Y, en parte, también, del champú de Meg, que se acaba de duchar arriba. Un aire húmedo, cálido, perfumado se cuela hacia abajo por el hueco de la escalera. Lo siento en las mejillas. También me llega el olor de Forelock, que es demasiado viejo para venir a saludar a su amo, lo cual, dadas las circunstancias, me viene de perlas. Son todos esos olores juntos; es decir, nuestro olor. ¡El olor de los D.! Por fin llevamos viviendo aquí lo bastante para haber desplazado el olor a viejo de los De Rougemont. No había caído en ello antes. Han tenido que echarme de mi casa para que sea capaz de venir a ella y oler este olor, que no creo que sea, ni para un niño pequeño con un olfato finísimo, otra cosa que agradable.

Arriba, Meg sale corriendo de su cuarto.

—¡Lucas! —grita—. ¿Qué has hecho con mi cargador?

—No he hecho nada —le contesta Lucas desde su cuarto.

—¡Lo has cogido!

—¡No señor!

—¡Sí señor!

—¡Mamá! —grita Meg, y va hasta lo alto de la escalera, y me ve. O quizá no. Porque necesita las gafas. Mira fijamente hacia donde estoy quieto, entre las sombras, y grita—: ¡Mamá! ¡Dile a Lucas que me devuelva el cargador!

Oigo algo, y me vuelvo. Y ahí está Johanna. Cuando me ve, hace algo muy extraño. Da un brinco hacia atrás. Se pone muy pálida y dice:

—¡Niños! ¡Quedaos arriba!

Eh, venga, pienso. Que soy yo.

Johanna aprieta la marcación rápida de su teléfono sin dejar de recular.

—No tienes por qué hacer eso —le digo—. Venga, Jo-Jo.

Pulsa el 911. Doy un paso hacia ella con la mano tendida. No pretendo cogerle el teléfono. Lo único que quiero es que cuelgue e irme. Pero de pronto estoy agarrando el teléfono, Johanna está gritando, y, de la nada, algo me salta encima desde atrás y me tira al suelo.

Es Bryce. Mi hijo.

No está en la clase de trompeta. Puede que lo haya dejado. Siempre soy el último en enterarme de las cosas.

Bryce tiene una cuerda en la mano, o un alargador, y está fuerte como un toro. Siempre se ha puesto de parte de Johanna.

Me está hundiendo la rodilla en la espalda, mientras trata de atarme pies y manos con el alargador.

—¡Lo tengo, mamá! —grita.

Intento hablar, pero mi hijo me tiene con la cara pegada a la alfombra.

—Eh, Bryce, suéltame —digo—. Soy papá. Estás sujetando a papá. ¿Bryce? No estoy de broma.

Trato de aplicarle una vieja maña de lucha Michigan: una patada de tijera. Y funciona de maravilla. Me quito a Bryce de encima y cae al suelo de espaldas. Él intenta zafarse de la pugna, pero soy demasiado rápido para él.

—Eh, oye… —digo—. ¿Quién es tu padre, Bryce? ¿Eh? ¿Quién es tu padre?

Es entonces cuando veo a Meg en lo alto de la escalera. Ha estado así, como petrificada, desde el principio. Pero cuando ahora la miro sale disparada. Tiene miedo de mí.

Al ver eso se me va todo ánimo de lucha. ¿Meg? ¿Mi niña bonita? Papá no va a hacerte ningún daño.

Pero ya se ha ido.

—Muy bien —digo—. Me voy ahora mismo.

Me doy a vuelta y salgo de casa. Miro al cielo. No hay estrellas. Alzo las manos al aire y espero.

 

Después de llevarme a la comisaría central, el agente me quitó las esposas y me llevó ante el sheriff, que me hizo vaciarme los bolsillos: cartera, teléfono móvil, calderilla, botella de 5-Hour Energy y un anuncio de Ashley Madison recortado de una revista. Me hizo ponerlo todo dentro de una bolsa de plástico con cierre y firmar un formulario que daba fe del contenido.

Era demasiado tarde para llamar a mi abogado a su despacho, así que llamé a Peekskill al móvil y le dejé un mensaje en el buzón de voz. Pregunté si eso contaba como llamada, y me dijeron que sí.

Me llevaron por el pasillo a una sala de interrogatorios. Al cabo de una media hora, un tipo al que no había visto hasta entonces, un detective, entró en la sala y se sentó.

—¿Cuánto ha bebido esta noche? —me preguntó.

—Un poco.

—El camarero de Le Grange dice que llegó usted a eso del mediodía y se quedó hasta la hora feliz.

—Sí, señor. No voy a mentirle.

El policía se echa hacia atrás en la silla.

—Aquí entran tipos como usted todos los días —dice—. Sé cómo se siente. Yo también soy divorciado. Dos veces. ¿Cree usted que a veces no me apetece echar un polvo con mi ex? Pero ¿sabe qué? Es la madre de mis hijos. ¿Le suena cursi? Pues a mí no, en absoluto. Lo que tiene usted que hacer es asegurarse de que es feliz, le guste o no. Porque sus hijos van a tener que seguir viviendo con ella, y son ellos los que tendrían que pagar el pato.

—También son mis hijos —digo.

Mi voz suena extraña.

Dicho lo cual, el policía se va. Miro a mi alrededor, para ver si hay algún espejo espía como el de Ley y orden, y cuando me cercioro de que no lo hay, dejo caer la cabeza y me echo a llorar. Cuando era un chiquillo solía imaginar que me detenían y que mantenía la sangre fría. No lograban sacarme nada. Era un auténtico forajido. Bueno, pues ahora estoy detenido y lo que soy es un tipo con barba de unos días gris y con la nariz aún un poco sangrante de habérmela aplastado contra la alfombra mi hijo Bryce.

Han descubierto algo acerca del amor. Científicamente. Han hecho estudios para averiguar qué es lo que hace que las parejas sigan juntas. ¿Sabe alguien qué es? No es llevarse bien. No es tener dinero, o hijos, o una visión del mundo parecida. Es, sencillamente, hablar de las cosas de cada uno. Dedicarse pequeñas delicadezas. En el desayuno, pasarse la mermelada. O, en un viaje a Nueva York, cogerse de la mano durante un segundo en el ascensor del metro. Preguntarle a tu pareja: «¿Qué tal estaba tu padre?», como si te importara. Cosas de este tipo son las que funcionan de verdad.

¿Suena muy sencillo, verdad? Pues la mayoría de la gente no es capaz de hacerlo. Además de buscar al malo en cada pelea, las parejas hacen algo que se llama la «polca protesta». Es una danza en la que un miembro de la pareja busca tranquilizarse respecto de la relación e intenta un acercamiento al otro, pero, como suele hacerlo quejándose o mostrándose furioso, el otro quiere librarse del apuro y se bate en retirada. Para la mayoría de la gente esta complicada maniobra es más fácil que preguntar: «¿Cómo estás de las mucosidades hoy, cariño? ¿Sigues con la nariz tapada? Lo siento. Voy a traerte el suero fisiológico».

Mientras estoy pensando en todo esto, el detective vuelve y dice:

—Muy bien. A correr.

Quiere decir que me vaya. Y no discuto. Le sigo por el vestíbulo hacia la salida de la comisaría central. Espero ver a Peekskill, y lo veo. Está charlando con el sargento de guardia y profiere alegres obscenidades. Nadie es capaz de llamar a alguien «cabronazo» con más joie de vivre que el abogado Peekskill. Nada de eso me sorprende en absoluto. Lo que me sorprende es que unos pasos detrás de él está mi mujer, Johanna.

—Johanna ha decidido no denunciarte —me dice Peekskill, cuando vienen hasta mí—. Legalmente eso no importa una mierda, porque la orden de alejamiento obliga de oficio. Pero la policía no quiere acusar a nadie de nada si la mujer no secunda la denuncia. He de decir, sin embargo, que eso no sirve de mucho si te llevan ante el juez. Hay muchas posibilidades de que no logres librarte.

—¿No va a hacerlo nunca? —digo—. Ahora estoy a menos de cincuenta metros de ella.

—Cierto. Pero estás en una comisaría de policía.

—¿Puedo hablar con ella?

—¿Quieres hablar con ella? Ahora mismo no te lo aconsejo.

Pero yo ya estoy cruzando el vestíbulo de la comisaría.

Johanna está al lado de la puerta, con la cabeza baja.

No estoy seguro de cuándo voy a volver a verla, así que la miro con verdadera intensidad.

La miro pero no siento nada.

Ni siquiera sabría decir si sigue siendo guapa.

Probablemente sí. En los actos sociales, la gente, los hombres, al menos, siempre dicen: «Me suena tu cara. ¿No eras animadora de los Dallas?».

La miro. La sigo mirando. Finalmente, Johanna levanta la vista y me mira.

—Quiero que volvamos a ser una familia —digo.

Su expresión es difícil de interpretar. Pero tengo la sensación de que la cara joven de Johanna está debajo de esta nueva, más vieja, y de que esta, la más vieja, es como una máscara. Quiero que su cara más joven aflore no solo porque es la cara de la que me enamoré sino porque era la cara que me había correspondido. Recuerdo cómo se arrugaba cuando yo entraba donde ella estaba.

Ya no se arrugaba más. Era más una calabaza de Halloween, con la vela apagada.

Y entonces me lo explica:

—Lo he intentado durante mucho tiempo, Charlie. Hacerte feliz. Pensé que si ganaba más dinero serías feliz. O teniendo una casa más grande. O si te dejaba solo para que pudieras pasarte el día bebiendo. Pero nada de eso te hacía feliz, Charlie. Y a mí tampoco. Ahora que ya no estás en casa, lloro todas las noches. Pero como ahora ya conozco la verdad, puedo empezar a afrontarlo.

—Esa no es la única verdad —digo.

Suena más vago de lo que yo quiero que suene, así que abro los brazos todo lo que puedo, como si abrazara el mundo entero, pero esto acaba resultando aún más vago.

Lo intento de nuevo:

—No quiero ser la persona que he sido —digo—. Quiero cambiar.

Y soy sincero. Pero, como la mayoría de las sinceridades, está un poco gastada. Además, como no tengo mucha práctica en ser sincero, siento como si estuviera mintiendo.

No soy muy convincente.

—Ya es tarde —dice Johanna—. Estoy cansada. Me voy a casa.

—A nuestra casa —digo.

Pero ella ya está a medio camino de donde ha dejado el coche.

 

No sé por dónde estoy andando. Deambulo. No tengo muchas ganas de volver al apartamento.

Después de que Johanna y yo compráramos la casa, fuimos a ver a los propietarios, ¿y sabéis lo que me hizo el viejo? Estábamos saliendo de la casa para ir al cobertizo de las herramientas —quería explicarme el mantenimiento de la caldera —, y él avanzaba con verdadera lentitud. Entonces, de pronto, volvió hacia mí con rapidez la vieja cabeza calva, me miró y dijo:

—Usted espere y verá…

Tenía el espinazo tieso como un huso. No podía sino arrastrar los pies. Así que, para quitarse de encima la vergüenza de estar más cerca de la muerte que yo, me obsequió con aquel recordatorio lúgubre de que algún día acabaría como él, arrastrando los pies alrededor de la casa como un inválido.

Pensando en el señor De Rougemont, caí súbitamente en la cuenta de cuál era mi problema. Por qué había estado actuando como un lunático.

Era la muerte. Ella era el malo.

Eh, Johanna. ¡Lo he encontrado! El malo es la muerte.

Seguí andando, pensando en ello. Perdí la noción del tiempo.

Cuando por fin levanté la vista, ¡que me aspen si no estaba otra vez delante de mi casa! En la acera de enfrente, en territorio legal, pero aun así… Los pies me habían llevado hasta allí por la fuerza de la costumbre, como un viejo caballo de tiro.

Saco el teléfono del bolsillo. Tal vez Meg haya jugado alguna palabra mientras yo estaba detenido.

No ha habido tal suerte.

Cuando aparece una palabra nueva en Palabras con Amigos, es una delicia de ver. Las letras surgen de la nada, como un chorro de polvo de estrellas. Podría estar en cualquier parte, haciendo cualquier cosa, pero cuando la palabra siguiente de Meg surca la noche para brincar en la pantalla de mi teléfono móvil, sé que está pensando en mí, por mucho que esté tratando de ganarme.

Cuando Johanna y yo nos acostamos por primera vez, me sentí un poco intimidado. No soy un hombre pequeño, pero ¿encima de Johanna? Pues una situación como de Los viajes de Gulliver. Era como si Johanna se hubiera dormido y yo me hubiera subido encima de ella para contemplar la escena. ¡Hermosa vista! ¡Ondulantes colinas! ¡Fértiles campos! Pero solo había uno como yo, no una población entera de liliputienses lanzando cuerdas de un lado al otro de su cuerpo para atarla bien atada.

Pero fue extraña. Aquella primera noche con Johanna, y más y más extraña cada noche que pasaba, era como si en la cama ella se encogiera, o yo creciera, hasta tener los dos el mismo tamaño. Y poco a poco ese igualamiento acabó dándose también a la luz del día. Seguíamos llamando la atención. Pero era como si la gente nos viera como a una unidad, un solo ser, no como a dos inadaptados uncidos por la cintura. Nosotros. Juntos. En aquel tiempo no nos rehuíamos ni nos perseguíamos. Buscábamos, eso es todo, y cada vez que uno de los dos buscaba, allí estaba el otro a la espera de ser encontrado.

Nos encontramos durante tanto tiempo antes de perdernos. ¡Aquí estoy!, decíamos, desde el fondo de nuestros corazones. Ven a buscarme. Tan fácil como poner un toque de rubor a un arco iris.

2013