Día de muertos
III. Esa noche, a dúo
Y ahí, ante sus ojos, el universo se mantuvo congelado por un largo tiempo mutuo, cada cuerpo aislado, cada mundo, en su introversión amniótica, vitral.
III. ESA NOCHE, A DÚO
Un click le devolvió la fe en lo suyo.
Se apagó el sol, acto seguido.
Y en la oscuridad de su infinito, esa noche, ante el teléfono público, con la lluvia suspendida por encima y por casualidad, Ruina recordó —y es que el presente aún no aterriza— al hombre del disfraz.
Esquivando traslaciones de títulos en segundo plano —por no decir que Barracuda es una bruja taimada que por temor a lo habido convoca lo por haber… o por decirlo en estilo directo, sin pasarlo por el agua de un charco inverso—, Ruina regresó por donde vino, a saber, la propia tienda de abarrotes donde comprara el carbón, el gis, la piedra pómez y el copal. Quizá así recuperaría el rumbo que, por cierto, nunca tuvo.
La cortina se hallaba corrida y puesto el candado. Pasó un dedo por las corrugaciones y sopló al polvo. Como era de esperarse, las partículas no atinaron a caer. Cayó en cambio el cabello, su brújula, muy leve y pausadamente, desde su mano hasta el suelo raso de la calle en cuestión. Ruina se puso de cuclillas, adivinando una nueva ruta en la dirección de su caída. Sus manos volvían a quedar vacías; la cana señalaba al teléfono, una vez más. Regresó un capítulo y se aferró al auricular. Sin moneda ni ilusión, marcó el redial.
Sostener el silencio de un auricular sin línea, sin nadie que calla al otro lado, es lo más parecido a tocar la frente de un moribundo que hace semanas se ha ido apagando… tocarla y dudar si todavía está, y al no sentirle el pulso, tal vez rezar. No es un fenómeno óptico, mucho menos sonoro. Si a algún sentido hubiese que apelar, sería al del tacto. Pero sin temperatura el tacto es nada. Pues bien, la sensación es esa: nada. Cuando, en cambio, uno suele esperar algo, aunque sea una inercia o un milagro, o una insípida obviedad: cualquier señal de vida en el espacio donde uno se ubica y de pronto, por y en el silencio, aunque este uno, falta algo más.
El Suicida volvió a escucharlo: Riing, quizá más largo.
Se había sentado a ver pasar una nada tras otra. Mentiría si dijera que una nada u otra era bella. Mas la belleza es un asunto personal. Verlas pasar era una cosa bella en sí misma, diría yo, que miraba desde acá las mismas nadas que el Suicida.
Una vez más un Riiing, tan insistente.
A medias tintas, miró que una mujer mojada agitaba en su dirección las palmas, ceñida por lo demás al auricular de la calle, bajo la luz sintética del arbotante, junto al seto, la lluvia a punto de instalarse en ella tanto como en lo demás.
Recordemos que la lluvia sigue suspendida, y la casualidad.
Cerró el ojo derecho y pidió un deseo. Y cerrando el ojo izquierdo para enfocar con más finura aquella imagen, comenzó a buscar dónde caerse muerto.
Un último sonar de Riiiing. Inoportuno, o todo lo contrario.
Y ya el Suicida deja su banquito. Siente otra vez temblar sus manos. Mira el teléfono, aspira y se entretiene en pensar quién diantres puede llamarlo: un vendedor, o número equivocado, alguien que al no saber por qué vino a la vida, resuelve su camino tropezando. Es un error, decide en su última versión apócrifa de este universo editado.
Error y todo decidido, ¿cómo procede un Suicida con lo suyo, si el teléfono sigue repicando?
Como si nada, pues, como ante todo: fiel a sus convicciones, y deprisa.
Primero juró no volver a hacerlo. Acto seguido, descolgó el auricular.
* * *
El cielo se desprendió de todo, festejando. Por primera vez en su vida, Ruina se sintió feliz: sola, entera, mojada, ahí nomás.
Fiel a su instinto, tenía intacta la certeza de que alguien remoto, ese mismo instante, estaría llorando a cambio de su felicidad —o algo así—. Ruina enchapopota su mirada a diario, por eso su llanto es tan parecido a una carretera federal en perpetuo proceso de reasfalte. Y porque rara vez la lleva más allá. Lanzó un vistazo al copal de su bolsita, y dispuesta a pedir fuego al primer transeúnte que cruzase por esa esquina —junto al seto, el caracol, bajo la falsa luz del arbotante— encendería esa noche su altar.
Dichosa en sí, colgó el teléfono. Con el cordón del suyo, sin mecate y copyright, el Suicida se acabó de suicidar.
* * *
«De eso se trata la muerte —hubiera explicado Ruina a quien atinase contestar—. No te mueres tú; se muere el resto. Lo demás, las cosas: aquello que nunca tuvo vida según criterio de lo orgánico y lo cierto. El fenómeno se explica con un pelo. Con un cabello cualquiera. Ponle cualquier color. Siéntelo de pronto en tu boca, entre la lengua y el paladar. Al principio no sabes si el cabello está vivo o está muerto, quiero decir: si sigue atado a alguien, a ti mismo, y por lo tanto es susceptible de dolerte y de crecer. Bien podría acabar en otro, alguien con la costumbre de enredársete en el cuello; alguien que tú sabrás quién lo será (tu madre, amante, hijo, o tu perro). Un cabello que está en tu boca pudiendo estar en cualquier otro terreno. Y no sabes si ese pelo está arraigado, y vivo aún, o si se ha desprendido del resto y por lo tanto está muerto. Discretamente lo enredas en la punta de tu lengua y tiras de él con suavidad. Si sientes un ligero jalón en la cabeza, una línea atravesándote la faz, desenredas y acicalas. Si en cambio se deja llevar, se conoce que el cabello ha fallecido, y sin mucho más prestigio, lo escupes con repulsión».
En su tienda, Barracuda profería las mismas palabras con su caligrafía otoñal. Tentempié le echaba aguas —de azahar— al pan.
Berkeley, marzo 2001
ALEJANDRA BERNAL (México, 1972) estudió arquitectura en México y California. Obtuvo el Premio Juan
Rulfo para Primera Novela en 1995 con Tránsito obligatorio (Editorial Joaquín Mortiz, 1996) y el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1998 con Naturaleza muerta, próximamente accesible en versión hipertextual. Actualmente es becaria del Consejo de Artes y Letras de Quebec.