Día de muertos
Melville no suele escuchar el sonido del viento
MELVILLE NO SUELE ESCUCHAR EL SONIDO DEL
VIENTO
Mario Bellatin
Melville no escucha el sonido del viento, afirma su madre cuando descubre que su hijo ha redactado una página en blanco.
Expresión popular, bastante común en ciertos pequeños poblados de América del Norte.[1]
PANORAMA GENERAL
Cuando una criatura muere en los pueblos situados en las partes altas de la cordillera de los Andes, el padre debe avisar de inmediato a los padrinos para que se encarguen de los gastos necesarios. Horas después la madre del párvulo tendrá que cocinar los alimentos que los padrinos están en la obligación de proveer para la celebración del velorio. Aquellos padrinos dadivosos deben llegar en la noche acompañados de un arpista contratado especialmente para la ocasión. Los invitados dedican las primeras horas de la ceremonia a descubrir si la criatura murió con los ojos abiertos. Uno a uno se acercan a la pequeña mesa donde yace el cuerpo sin vida y dan en voz alta su opinión. No siempre es fácil darse cuenta hasta qué grado los ojos de un muerto, y menos aún tratándose de un infante, están cerrados del todo. En caso de que los invitados no logren ponerse de acuerdo, los presentes saben que esa duda es síntoma de que pronto el párvulo se llevará consigo a alguno de los allí reunidos. El cuerpo de la criatura es trasladado al cementerio a la medianoche. El padrino debe obsequiarle al sacristán media botella de aguardiente para que repique la campana. En la fosa, que ha sido cavada por el propio padre inmediatamente después de haber avisado a los padrinos del deceso, colocan el pequeño cuerpo envuelto en un hábito generalmente marrón. Luego de enterrarlo comienza el baile. Los arpistas en esos momentos deben tocar algo de gran animación. Los primeros en bailar alrededor de la tumba son los padrinos, seguidos después por el resto de los concurrentes. Los padrinos deben brindar con los padres una y otra vez. Por eso, y más aún si han sido realmente dadivosos, son cargados de vuelta a sus casas.
MUERTE DE GEORGE PRESA DE HORRIBLES CONVULSIONES
Cuando me vienen a preguntar si está bien que desentierren de vez en cuando a sus muertos, nunca sé qué contestar. En medio de la fiesta me cuentan cómo se encuentran las calaveras de los padres, de los hijos, de los abuelos, ya que muchas de ellas todavía conservan los ojos en buen estado, con un brillo especial que quiere decir que no han sido destinados por los espíritus a un lugar desagradable. Hablan de los restos de cabellera, atada de la misma manera como fue enterrada. También me cuentan de los vestidos. Me describen principalmente el estado de las telas de las mortajas. Establecen de pronto una extraña competencia entre las telas y la carne. Con el paso del tiempo creo entender el significado de estas comparaciones tan macabras. Cuando se da el caso, con un inusitado orgullo me dicen que los hábitos y las mantas están destrozados por acción de la tierra y los gusanos, y que en cambio las pieles se mantienen tersas, los cutis frescos, las orejas aún delineadas. Parece que tienen obsesión con las uñas. Siempre hacen referencia a ellas. En la forma como siguen creciendo a pesar de las circunstancias. O, por el contrario, puedo ver sus expresiones de quebranto cuando constatan que las uñas es lo primero que la muerte se llevó. Que de las pieles no quedan sino jirones podridos, y que los trajes o vestidos de fiesta con que a veces los entierran se encuentran como acabados de comprar. Nunca me lo han querido decir abiertamente, pero intuyo que piensan que de acuerdo a las condiciones como se mantenga el cuerpo bajo tierra se pueden sacar conclusiones sobre la vida que llevó el difunto. De ese modo saben si se trató de una buena persona, si los dioses estuvieron de acuerdo con la existencia que llevó, y, sobre todo, si esa muerte es capaz de otorgar bienestar a los deudos. En más de una ocasión he visto cómo después de la celebración del día de Muertos se han retirado a sus casas llevando consigo fragmentos de los cuerpos. En un principio pensé que se trataba de demostraciones de un amor que va más allá de los límites establecidos. Sólo con el tiempo descubrí que lo hacen para conducir días después aquellos restos hasta la cumbre de la fortaleza que preside el poblado —se trata de la mítica fortaleza inca de Ollantaytambo— y comprobar desde la altura, para lo cual deben contar con